Las aguas de la memoria

"El sentido de la soledad organiza pues los momentos más reveladores de una trayectoria vital y creadora, navegando entre la ternura, el desarraigo, la sensación de abismo o la de plenitud, experiencias salpicadas tanto de elementos dramáticos como epifánicos."

El discurso autobiográfico ejerce una indudable fascinación entre los lectores. Aunque existen atendibles cuestionamientos a su valor referencial, pues difícilmente el texto garantizaría una veracidad absoluta –considerando que los autores de este género no pueden sortear la natural tentación de ofrecer una imagen que podría responder más al interés personal que a la verdad–, la posibilidad de conocer el perfil humano, cotidiano y creador de sus autores es, igualmente, una oferta suculenta.

La organización de la memoria es esencialmente fragmentaria. La paradoja de no poder contar toda la experiencia se resuelve eligiendo momentos y pasajes que en teoría revisten una relativa trascendencia o están marcados por un carácter intransferible. La forma predominante, articulada la mayor parte de veces en un discurso lógico-temporal (la vida, al fin y al cabo, es sucesión y transcurrir). La estampa, la anécdota y otras especies de relato breve van entretejiéndose en el discurso y son, para decirlo de una manera sencilla, el ADN del texto.

De un tiempo a esta parte la tradición peruana comienza a ser pródiga en textos autobiográficos (me refiero estrictamente al plano literario) y ya podemos enumerar hitos destacados, algunos verdaderas cumbres como El pez en el agua de Mario Vargas Llosa o el monumental diario La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro, cuya parte inédita se espera con persistente ansiedad. 

Recientemente ha aparecido el volumen El sentido de la soledad Memorias (1961-2001) del destacado poeta Roger Santiváñez, una referencia obligada en el panorama de la poesía peruana surgida entre los años 70 y 80 del siglo pasado. El volumen propone un vasto tejido de experiencias divididas en el recuerdo de carácter familiar, el nacimiento de la vocación literaria, la escritura y experiencias personales de variado calibre que abarcan desde la militancia política hasta la drogadicción, pasando por el ejercicio del periodismo, la cercanía al rock subterráneo y el recuento de intensas y (algunas) turbulentas experiencias amorosas.

Nada de esto es contado, por cierto, con un espíritu amarillista. El sentido de la soledad de caracteriza por un lenguaje cálido y muy cercano al espíritu coloquial, que no hace grandes esfuerzos por evitar la confesionalidad (quizá sea ese uno de sus atractivos centrales) y posee momentos de crudeza puestos en escena con palabras de contención. El poeta tiene conciencia de su oficio y este se manifiesta, naturalmente, en el trabajo con las palabras.

De las múltiples vivencias que concurren en este volumen, sin duda las que más interés concitan son las referidas al oficio poético, que fue asumido en el caso de Santiváñez de manera casi religiosa, una especie de sacerdocio sobre el que poeta ha trazado el itinerario de una obra abierta a múltiples caminos estéticos. El tono de esta memoria alcanza, por momentos, ese horizonte en el que la intención poética se impone a la obligación narrativa.

Para cerrar este comentario abro ahora el volumen al azar y caigo en la página 219, donde se lee: “Grande fue mi sorpresa y mi alegría cuando me enteré (…) que había ganado el concurso de poesía, otorgado por un jurado en el que estaban César Pacheco Vélez, profesor de historia (del prestigioso, derechista e hispanista Instituto Riva Agüero de la Universidad Católica), el padre Javier Cheesman (fina sensibilidad poética, quien había sido el primero en recopilar la obra poética de Abraham Valdelomar hasta entonces, 1858, dispersa en periódicos y revistas) y el propio José Ramón de Dolarea y Calvar, símbolo de la poesía en la universidad. La noticia salió en El Tiempo y en La Industria de Piura y hasta rebotó en El Comercio y La Prensa de Lima. Yo tenía diecisiete años y el tema significó un tremendo aliciente para mi entonces incipiente vocación poética. Fue una gran reafirmación sin duda. Lo gracioso es que –en el acta de premiación—el Opus Dei tuvo el cuidado de señalar por qué poemas del librito se daba el premio. Y, obviamente, no estaban considerados ciertos textos en los que había mencionado a Marx y otros que entrañaban una dimensión erótica”.

El sentido de la soledad organiza pues los momentos más reveladores de una trayectoria vital y creadora, navegando entre la ternura, el desarraigo, la sensación de abismo o la de plenitud, experiencias salpicadas tanto de elementos dramáticos como epifánicos. Pero nada de esto puede verbalizarse si uno no se interna antes en esta narración calidoscópica, tierna o descarnada en el recuerdo, iluminadora en sus más íntimos secretos. 

Roger Santiváñez. El sentido de la soledad Memorias (1961-2001). Lima: Penguin Random House, 2022.

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