Jorge-Luis-Tineo

Guns N’ Roses en Lima: Reavivando el apetito

"El pasado sábado 8 de octubre nuestra ciudad recibió, por tercera vez, la visita de esta aplanadora rockera que estremeció el estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con una potencia que muchos incrédulos no esperaban. Más de 40 mil espectadores que saltamos y gritamos a más no poder la descarga de clásicos de su breve pero sustanciosa discografía..."

Cuando, en 1999, apareció el álbum doble de Guns N’ Roses, Live Era ’87-’93, que recopilaba sus grandes éxitos en vivo, Slash declaró lo siguiente: “El disco no quedó muy bien, está lleno de errores. Pero somos Guns N’ Roses, no la puta Mahavishnu Orchestra. Es lo más honesto que se puede ser”. Después de ver el sorprendente nivel de precisión con el que ahora su banda realiza conciertos de casi tres horas, a razón de una ciudad cada dos días, no pecarían de pretensiosos si osaran compararse con el perfeccionista combo que lideró el guitarrista británico John McLaughlin, entre 1971 y 1984. Por supuesto que lo de Guns N’ Roses no tiene nada que ver con el jazz sino con el más crudo y ruidoso hard-rock que se produjo en Estados Unidos durante la segunda mitad de los años ochenta. 

El pasado sábado 8 de octubre nuestra ciudad recibió, por tercera vez, la visita de esta aplanadora rockera que estremeció el estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con una potencia que muchos incrédulos no esperaban. Más de 40 mil espectadores que saltamos y gritamos a más no poder la descarga de clásicos de su breve pero sustanciosa discografía. Para quienes fuimos estudiantes de Secundaria entre 1986 y 1990, el sonido rudo, aspecto peligroso e iconografía de este grupo formado en California hace 37 años nos atrapó con un magnetismo que cambió nuestra forma de entender ese extraño mundo del rock que descubríamos a cuentagotas en aquellos tiempos sin televisión por cable, YouTube ni Spotify.

Por eso era emocionante ver, desde temprano ese sábado, hordas de fanáticos de todas las edades, padres, madres, hijos e hijas, luciendo polos con esos símbolos que llenaron nuestros cuadernos y casacas durante esa época formativa: las pistolas y las rosas, la cruz y las calaveras que son carátula de su álbum debut Appetite for destruction (1987); las adaptaciones de ese fresco del siglo dieciséis de Rafael de Sanzio que sirvieron para el díptico Use your illusion I & II (1991), bandanas y sombreros de copa. No les faltaba nada a los vendedores ambulantes que quizás intuyan, pero no lleguen a entender, en estos tiempos reggaetoneros en que todo se fabrica de forma homogénea para activar los sentidos más primarios, la profunda conexión emocional que puede establecerse entre esta clase de artistas y sus públicos, cuando estos últimos están dotados de cierta sensibilidad. En el fondo, todos esos mercachifles de ocasión deben hasta preguntarse, mientras cuentan lo recaudado, ¿y por qué les gustará tanto todo esto?

Como a las siete y media de la noche saltó al escenario Molotov, orgullo del rock en nuestro idioma. Juan Francisco “Paco” Ayala, Mickey “El Huidos” Huidobro, Ismael “Tito” Fuentes y Randy “Gringo Loco” Ebright demostraron toda su irreverencia y poderío sónico, con esos bajos tan bien tocados y esa versatilidad para intercambiar voces e instrumentos a su antojo. Clásicos de su repertorio como Amateur (cover del pop ochentero Rock me Amadeus, del cantante austriaco Falco), Mátate Teté, Here we kum o Chinga tu madre calentaron muy bien la fría noche sanmarquina. Las más coreadas fueron, por supuesto, Gimme tha power, Frijolero y Puto. Aunque se extrañaron otras rolas como Cerdo, Rastaman-dita, Voto latino, Parásito o su más reciente single Que tiren el trap, los “pinches cabrones” justificaron su elección como teloneros con su combinación de hard-rock, punk, funk, rap y jerga mexicana que los convierte en el equivalente latino de Beastie Boys y Rage Against The Machine.

Después de una hora de liberadores insultos y groserías de la Molotov, que puedes dirigir mentalmente a tus corruptos favoritos -empresarios, periodistas, políticos-, a los mamarrachos del reggaetón o a los conductores de Arriba Mi Gente y afines; pasaron un poco más de treinta minutos antes de que las luces se apagaran y el estadio repleto se aprestara al ingreso de Guns N’ Roses. Una estrambótica animación con estética de videojuego fue cortada de golpe por dos electrizantes temas, It’s so easy y Mr. Brownstone, del recordado Appetite for destruction. 

Duff McKagan (bajo), Slash (guitarras) y W. Axl Rose (voz), reunidos desde el 2016, grabaron estas canciones junto a sus cómplices Steven Adler (batería) e Izzy Stradlin (guitarras), cuando todos tenían entre 23 y 25 años y querían comerse el mundo con su hard-rock intoxicado y promiscuo. Hoy, bordeando los sesenta y con muchos de sus vicios convenientemente superados, lo que queda es un conjunto de contundentes composiciones acerca de una juventud destrampada y libertina, vivida al filo de la cornisa, pero a la vez cargada de entusiasmo, reacción ante lo social y políticamente correcto y auténtica pasión por la música que hacían en oscuros sótanos y clubes nocturnos, entrenando sus habilidades hasta alcanzar la excelencia.    

Para nadie es novedad que Axl Rose ya no es aquel flaco y arrebatado cantante que daba alaridos similares, por momentos, a los de Brian Johnson de Ac/Dc, en perfecta afinación (como en este legendario concierto en el Ritz, 1988). Sin embargo, desde hace varios años es lo único que se comenta respecto de sus actuaciones. Que si su voz, que si su aspecto, que si su estado físico. Prefiero concentrarme en dos puntos notables de su desempeño el sábado pasado: por un lado, la energía desplegada en la justa medida de sus posibilidades le permitió hacer, de vez en cuando, sus característicos pasos de baile, un rezago de aquel estilo reptiliano que todos recordamos. Y por otro, su decisión de no bajar ni medio tono a las canciones, aunque hubiera sido una salida fácil para evitar fallas. 

Atrás quedaron las irrespetuosas tardanzas, los excesos y las reacciones iracundas ante los fotógrafos. Hoy, Axl -que cumplió sesenta en febrero de este año- se muestra más tolerante ante el bosque de celulares en modo cámara que las lo siguió incesantemente desde las primeras filas y hasta pareciera disfrutarlo. Brillante al piano en November rain, panfletario en Civil war -con bandera de Ucrania de fondo-, incendiario en Reckless life, Axl se habría adueñado, él solo, del show si no hubiera sido por su compinche, Slash (57).

El extraordinario músico de padre inglés y madre afroamericana volvió a dar una clase maestra de guitarra rockera. Catalogado como uno de los mejores de todos los tiempos, Saul Hudson -su verdadero nombre- exhibió algunas de las más de cien guitarras que conforman su colección, entre las que destacan las Gibson Les Paul, Epiphone de doble diapasón, B.C. Rich y se lució durante todo el concierto, especialmente en los solos y riffs de canciones como You could be mine, Estranged, Don’t cry, Welcome to the jungle, Rocket queen o Sweet child ‘o mine, una de las más esperadas por el público. 

Precisamente, antes de iniciar la icónica introducción de este tema, se mandó con un segmento de casi diez minutos de guitarra solista, en clave de blues, disparados desde una preciosa Gibson Les Paul Sunburst. Ya lo había hecho previamente al final de Double talkin’ jivedel Use your illusion I-, con escalas de música árabe y flamenca. O en esas referencias a Jimi Hendrix –Machine gun, de su álbum en vivo Band of gypsys de 1970, al final de Civil war- y Link Wray -el standard rocanrolero de 1958 Rumble, antes de Welcome to the jungle. Pero esa descarga bluesera fue uno de los puntos más altos de la noche.

Por su parte, Duff McKagan (58), el tercer integrante original del grupo, recordó sus orígenes en la escena punk de Seattle, su ciudad natal, cantando Attitude, cover de 1978 de los británicos Misfits incluido en el disco The spaghetti indicent? (1993) y apoyó a Axl en los coros, una función que cumple desde los inicios de GN’R. Esta formación es la misma desde el 2016, en que Duff y Slash decidieron reunirse con Axl Rose tras varios años de desencuentros personales y legales, tiempo en que ambos fundaron Velvet Revolver, junto al ex vocalista de Stone Temple Pilots, Scott Weiland. Slither, uno de los singles de su álbum debut, fue incluida en el concierto de San Marcos, quizás como una muestra de que esas rencillas ya han sido absolutamente olvidadas.

Algo que nadie ha mencionado en las reseñas publicadas de este concierto fue lo mucho que ha ganado la banda con la presencia de Richard Fortus (55) -incluso un redactor de La República escribió que era un “miembro original”. Fortus, que llegó a Guns N’ Roses en el 2002, no se limita a llevar la segunda guitarra como, en su momento, lo hicieron sus antecesores Izzy Stradlin o Gilby Clarke, sino que además aporta su inmenso talento con solos alucinantes. En los teclados, el integrante más longevo después de Axl, Dizzy Reed (59), en el grupo desde 1990; y la integrante más “nueva” -desde la reunión del 2016-, Melissa Reese quien, además, también apoyó permanentemente como corista. Lástima que no haya tenido mayor espacio para mostrar su talento esta joven de 32 años que ha trabajado con Brian “Brain” Mantia (ex baterista de Primus) y Buckethead, ambos ex integrantes de Guns N’ Roses en el periodo 2000-2004. En las baquetas, otro “nuevo”, Frank Ferrer (56), baterista estable desde hace quince años y que, junto a Fortus, ha tocado en grupos de culto como The Psychedelic Furs y The Dead Daisies.

El dúo de guitarras que hicieron Slash y Fortus durante Knockin’ on heaven’s door, uno de los tantos covers que ha interpretado Guns N’ Roses desde sus inicios -la hacen desde 1987 pero recién grabaron este clásico del álbum Pat Garrett & Billy The Kid (1973) de Bob Dylan en el Use your illusion II, el de la carátula azul- y los elegantes arreglos para la fantástica versión de Blackbird, una de las mejores viñetas acústicas que Paul McCartney ha compuesto para los Beatles -incluida en el White album de 1968-, fueron un regalo para los más expertos, antes de entrarle a Patience (GN’R Lies, 1988), otra de las que el estadio aguardaba con ansiedad. 

Y es que Guns N’ Roses, como todos los grandes grupos de rock, sigue haciendo temas de sus referentes históricos. Además de las mencionadas Attitude y Knockin’ on heaven’s door, incluyó en su repertorio Live and let die, de los Wings (1973) y Wichita Lineman, de la leyenda del country Glen Campbell (1968). El show, que también incluyó algunas canciones del subvalorado disco Chinese democracy (2008) como Better o Sorry, un tema de su prehistoria, Shadow of your love, y hasta dos canciones nuevas, Absurd y Hard skool, cerró con una espectacular Paradise city, que aun resuena en mis oídos, una semana después. La que fuera considerada “la banda más peligrosa” después de los Rolling Stones y Aerosmith volvió con todo para reavivar su apetito. 

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Axl Rose, Guns en Lima, Guns N' Roses, Molotov, San Marcos, Slash

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