Jorge-Luis-Tineo

Héroe Inocente e Historia de la cumbia: El valor de la nostalgia

"Desde hace algunos años, se viene desarrollando en el Perú una interesante actividad editorial relacionada a la música popular hecha en el país, con aportes valiosos de músicos, productores, investigadores y/o seguidores de distintos géneros musicales que buscan llenar el vacío dejado por el Estado, incapaz de implementar un contenedor oficial de producciones discográficas y archivos de material existente en radios, canales y otros medios tradicionales..."

Desde hace algunos años, se viene desarrollando en el Perú una interesante actividad editorial relacionada a la música popular hecha en el país, con aportes valiosos de músicos, productores, investigadores y/o seguidores de distintos géneros musicales que buscan llenar el vacío dejado por el Estado, incapaz de implementar un contenedor oficial de producciones discográficas y archivos de material existente en radios, canales y otros medios tradicionales; y de los mismos medios que le dan la espalda a la posibilidad de realizar un trabajo serio de recopilación, catalogación, recuperación, almacenamiento y difusión de esa memoria musical que siempre acaba fragmentada e incompleta en internet y redes sociales, como una maraña de datos inconexos, falsos o inverificables (más sobre ese tema aquí).

Así, desde los libros de Pedro Cornejo Guinassi -Alta tensión, Enciclopedias del rock peruano-; las revistas especializadas como Esquina, Caleta y sus derivados; hasta los tiempos modernos en que distintas casas han reconocido el nicho de mercado que conforman los melómanos de toda clase y procedencia, han proliferado estas publicaciones que echan luces sobre tópicos tan diversos y, a la vez, interconectados -por obvias razones espacio-temporales- como los inicios del rock en el Perú -Días felices, Sótano Beat, Editorial Contracultura, 2012-; la escena “subte” -Desborde subterráneo: Crónicas de la movida punk en Lima (1983-1992), Fabiola Bazo, Editorial MAC, 2017-; la salsa -¡Qué cosa tan linda!: Una introducción al estudio de la salsa en el Perú, Jesús Cosamalón y José Carlos Rojas, Fondo Editorial de la PUCP, 2020-; el heavy metal -Espíritu del Metal: La conformación de la escena metalera peruana (1981-1992), José Ignacio López y Giuseppe Risica, Sonidos Latentes, 2018-; entre otros.

Dos de las más recientes fueron presentadas en la Feria Internacional del Libro de Lima, en su primera edición post-pandemia. La primera es una novela, escrita por Gherson Linares Peña, economista y antropólogo, que narra la gesta, a tropezones y distintos encontronazos con los prejuicios, las adicciones y la crisis político-social, de Héroe Inocente, cuarteto de punk limeño, que combina elementos de realidad y ficción “que solo quienes vivieron la historia sabrán reconocer” como dice el prólogo de Fidel Gutiérrez. Y la segunda es un recorrido por el nacimiento, evolución y primer cenit de la cumbia peruana, basado en una descripción de contextos históricos, sociales, económicos, políticos y discográficos, realizada con suma precisión por el historiador Jesús Cosamalón Aguilar.

En ambos, además del evidente sustrato reivindicador que los inspira, encontramos otro elemento en común, el valor de la nostalgia como disparadora de emociones y fuente de sentido para justificar la idealización de una escena musical que (casi) siempre está condenada a mirarse a sí misma de puertas para adentro, ajena a las movidas artísticas del mundo, ya sean mainstream o marginales. No nos referimos, por supuesto, a personajes como Juan Diego Flórez, Ramón Stagnaro, Álex Acuña o Susana Baca, quienes sí han alternado con las grandes estrellas de la música a un nivel planetario, sino al grueso de músicos e intérpretes peruanos cuyas carreras no llegaron más allá de nuestras fronteras en términos de popularidad y vigencia en el tiempo, más allá de las fugaces apariciones que algunos de ellos han tenido en contextos foráneos.

Linares y Cosamalón construyen sus textos de tal forma que terminan cobrando vida propia, haciéndose incluso más interesantes que los artistas y producciones a las que aluden, a quienes dotan de dimensiones épicas que no necesariamente alcanzaron, independientemente de su calidad musical y/o trascendencia artística, debido a la subjetividad con la que alimentan sus relatos. Esta subjetividad corre siempre el riesgo de convertirse en abierto chauvinismo o, peor aun, en el descarado autobombo con el que se celebran a sí mismos, todos los días, músicos, actores, cineastas, presentadores de televisión e incluso políticos, líderes de opinión, deportistas y periodistas. No es el caso, por supuesto, de estos autores y sus respectivas obras.

Héroe Inocente (Muki Records, 2022) de Gherson Linares, nos cuenta el difícil camino de un grupo de jóvenes que decide formar una banda de punk en una ciudad hostil, en todos los sentidos. Ambientada en Lima durante los primeros años noventa, recrea las correrías de los integrantes de la banda, sus amigos y colaboradores más cercanos, con interesantes flashbacks hacia sus infancias y preadolescencias, pasando del Centro de Lima a San Juan de Lurigancho y todo lo que se encontrara en medio, sus esfuerzos por cumplir un sueño -grabar un disco- y lo que significó lidiar con demonios tanto internos -las limitaciones, los problemas de salud- como externos -las traiciones, los escándalos de la prensa amarilla, como el que hizo célebre a uno de sus integrantes por un tema absolutamente extramusical (el caso de Lucho Sanguinetti y su diagnóstico positivo al VIH).

Héroe Inocente posee una narrativa ágil, capaz de generar una identificación inmediata. Escenas como aquella en que dos muchachos de colegio conversan, sin hacer nada más que pintar los bordes blancos de sus zapatillas con lapicero azul, o de un grupo de amigos de barrio que esperan ansiosos que comience su programa de televisión favorito (Disco Club), -solo por mencionar dos de las estampas que dibuja el narrador con su prosa relajada y nutrida de harta calle- nos recuerdan nuestros propios años adolescentes, a la vez que da, en saltos temporales que cubren un rango de tres décadas, suficientes elementos para comprender por qué un segmento de nuestra generación adoptó este comportamiento, entre lo antisocial y lo ilusorio, que buscaba forjar una identidad propia como parte de su crecimiento y el inevitable choque generacional frente a “los mayores”.

Todo esto, en medio del caos en que estaba sumergido el Perú: la resaca del desastre alanista de 1985-1990, el shock del primer Fujimori, las acciones terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA, el atentado de las Fuerzas Armadas contra la periodista Melissa Alfaro, del semanario izquierdista Cambio -uno de los hilos conductores del relato- componen un amplio collage de situaciones coyunturales que explican las actitudes y escalas de valores de los protagonistas, personas reales que participaron en la formación de la banda desde sus precarios inicios hasta su consolidación en la segunda ola de rock subterráneo. Todo lo que puedes esperar de la trayectoria de un grupo de punk -desde lealtades irracionalmente sólidas hasta excesos inimaginables- da pie al entretenido anecdotario de esta novela que llegó a ser finalista del Premio Copé 2021.

Nacidos de las cenizas de Sor Obscena -uno de los grupos de la primera asonada “subte”- y luego emparentados con la segunda etapa de Leusemia -dos de sus miembros se unieron al grupo de Daniel F., sin dejar el suyo- los Héroe Inocente rodaron por los circuitos underground de Lima durante toda la década de los noventa, pero recién editaron su primera producción, el CD Vicio, vicio, vicio, en el 2001. Luego vendrían los álbumes El campeón de los campeones (2005), Vive Punk Rock (2014) y Sepulturero amor (2019), con su formación definitiva: Mario “Tío Marriott” Castañeda (voz), Luis “Lucho” Sanguinetti (bajo, coros), Adrián Arguedas (batería), y Edwin Mayurí (guitarra, coros). El baterista Mino Mele -fallecido en el 2015, recordado por sus trabajos con Rafo Ráez, Del Pueblo Del Barrio y Manuelcha Prado- y el guitarrista Ernesto Jerí también pasaron por el cuarteto en sus años formativos.

Por su parte, Historia de la cumbia peruana: De la música tropical a la chicha (Instituto de Estudios Peruanos, 2022) es, probablemente, el primer acercamiento que un investigador académico serio hace al proceso de gestación de la cumbia peruana. Si bien es cierto existe una bibliografía muy extensa de artículos, ensayículos y ensayos sobre estas temáticas, dispersos en publicaciones multiautorales, revistas de sociología o medios de comunicación -que el mismo autor se encarga de citar apropiadamente-, este libro de Jesús Cosamalón traza una línea evolutiva que, también en tres décadas, encuentra vasos comunicantes entre sí, con la salsa y hasta con el rock de sus respectivas épocas.

La meticulosidad del historiador para enlazar acontecimientos políticos y económicos con el desarrollo de los hábitos de consumo y gustos populares es muy ilustrativa, aun cuando por momentos se intuye cierta idealización respecto de la influencia, en términos sociales y de construcción de autoestima, de movimientos como los encabezados por las orquestas de Freddy Roland, Carlos Pickling, Rulli Rendo (años sesenta), Los Destellos, Los Pakines, Juaneco y su Combo (años setenta), Los Shapis, Chacalón y la Nueva Crema (años ochenta). Es cierto que estos y otros artistas mencionados en sus páginas tuvieron, en muchos casos, gran éxito masivo en el Perú -y algunos también lo lograron fuera- en cuanto a venta de discos y asistencia multitudinaria a conciertos. Pero, a la luz de lo que vino después del auge de la chicha -que Cosamalón ubica, correctamente, como resultado de un proceso previo y no como creación original de migrantes del campo a la ciudad- es evidente que ese éxito comercial no sirvió para construir una ética de trabajo, con productos de calidad que ofrezcan algo más que el escapismo vacío, de infértil irreverencia y desacato permanente al buen gusto que hoy vemos y oímos.

Los excesos de sublimación en ambas obras no constituyen, en modo alguno, una característica negativa. Por el contrario, esa visión romántica que es, a un tiempo, objetiva y realista pues proviene de datos concretos, vivencias, materiales publicados, hace atractivas a estas publicaciones pues pone ante ojos y oídos de los lectores, un pasado que merece ser reconocido como fundacional de aquellos fallidos intentos por construir una identidad musical nacional, en la que se integraron, en desorden, múltiples fuentes de información, con la finalidad de recuperar esos bríos y, por qué no, reiniciar esa búsqueda a contramano del sistema que busca homogeneizarlo todo.

Si al escuchar canciones como 1ero. de Noviembre, del segundo álbum de Héroe Inocente (El campeón de los campeones, 2005), La sociedad me enferma, del álbum debut; o cumbias como Don José (Los Ribereños, 1969), Viento (Grupo Celeste, 1975), Colegiala (Los Ilusionistas, 1977) o El aguajal (Los Shapis, 1981) -todas incluidas en un listado de QR al final del libro de Cosamalón, para escucharlas en YouTube- no se activa en tu cerebro esa nostalgia capaz de emocionarte con recuerdos entrañables de tu infancia, adolescencia o eterna juventud, significa que la modernidad y sus distracciones te han dejado vacío.

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