Puno

Puno: ¿Polvorín étnico?

"La etnicidad es un concepto difícil de definir, más aún si debe serlo en relación a los movimientos sociales. ¿Es posible calificar, lo que viene ocurriendo en Puno, como un conflicto político de carácter étnico? La pregunta es relevante, pues de la respuesta, dependerán en gran medida las estrategias de solución que deberán implementarse."

Concepto de etnia

¿Qué es una etnia? Según el sociólogo inglés Anthony D. Smith, cinco son los elementos que definen una identidad étnica: Existencia de un nombre propio portador de identidad; historia y memoria colectiva compartida; cultura y lengua comunes; pertenencia racial, y todo lo anterior, en conexión con un área geográfica determinada. Estos cinco elementos son fácilmente reconocibles en los pueblos originarios de nuestro altiplano, en donde, a diferencia de otras regiones del Perú, sometidas a un intenso mestizaje, existe una importante presencia de población directamente descendiente de los antiguos habitantes precolombinos y que posee, además, un fuerte sentido de pertenencia cultural. Más del 90% de los puneños, se autoidentifica como quechua o aymara, y casi el 70% aprendió a hablar en una lengua originaria.

Etnia y conflictos políticos

¿Qué situaciones pueden determinar que una etnia, como tal, se movilice políticamente y recurra a la violencia?   De acuerdo a los defensores de la llamada “polarización cultural”, cualquier ataque dirigido contra los elementos de identidad de una etnia, basta para desencadenar la violencia. Así, el factor religioso, habría explicado los conflictos en Irlanda del Norte. Actualmente, se pone mayor énfasis en otros elementos generadores de conflicto, como, por ejemplo, las dificultades de acceso al bienestar económico, que una etnia pueda considerar como intencional. En el caso de Puno, con el 42.6% de su población viviendo en pobreza, el 11.4% en pobreza monetaria extrema y el 48.6% en pobreza multidimensional (falta de acceso a los servicios básicos que garantizan la dignidad y desarrollo de las personas), es tradicional culpar de esta situación al abandono por parte del Estado, de lo que Johan Galtung ha denominado la “violencia estructural”.

Movilización étnica en Puno

La socióloga María Isabel Remy ha escrito: “(en el Perú) muy reducidos sectores de la población, localizados en territorios precisos y solo muy recientemente, se autodenominan “indígenas” (o utilizan apelaciones particulares) y elaboran las diferencias étnicas como discurso de identidad, sustento de movilizaciones y organizaciones, y agenda de demandas de carácter étnico al sistema político.” Puno es, sin ninguna duda, un caso emblemático.  

Como Eland Vera ha señalado en su “Cultura y política en Puno: El dispositivo de la Identidad Etnocultural”, desde las elecciones regionales del 2002, la escena electoral puneña ha estado dominada por organizaciones locales, cuyos programas políticos contienen reivindicaciones regionalistas, teñidas de un fuerte componente etnocultural quechua-aimara. Estas organizaciones giran en torno a un eje identitario que se sostiene sobre las lenguas originarias, la organización comunal, las costumbres y ritos, el arte y el folklore, la religiosidad popular y la historia de rebeldía del pueblo puneño, ejemplarizada en el alzamiento, en 1915, del sargento mayor de caballería Teodomiro Gutiérrez Cuevas, apodado Rumi Maqui. Algunas de estas reivindicaciones plantean opciones políticas “radicales”, como la creación de una región autónoma federal, o el reconocimiento de una nación quechua/aimara al interior del Perú, concepto, este último, de innegable semejanza con los planteamientos de plurinacionalidad de Evo Morales. Llover sobre mojado.

El conflicto actual

Las violentas manifestaciones de las últimas semanas tienen, en Puno, un componente eminentemente étnico, con gran movilización de las poblaciones aymara y quechua, y un carácter exclusivamente político (para desesperación de muchos). Exigen la renuncia a la Presidencia de Dina Boluarte, el cierre del Congreso, la inmediata convocatoria a elecciones generales y el llamado a una Asamblea Constituyente. 

Ante este preocupante panorama de violencia y muerte, se han multiplicado los intentos por designar culpables: Evo Morales y su Runasur, el MOVADEF, la minería ilegal, la tala ilegal, el narcotráfico, los traficantes de personas, algunos parlamentarios de izquierda, en fin, un verdadero disparo a la bandada.  También se ha apelado, sin pudor, a los miedos de un país que ha perdido territorios en todas sus fronteras terrestres, agitando el espectro de una delirante anexión de Puno a Bolivia o de la creación de una fantasmagórica “República del Sur”, la que, en palabras de Mirko Lauer, no sería otra cosa que “un paisito sur-andino desgajado del Perú y manejado desde fuera por los aymara y otras etnias”. Siempre resulta más sencillo simplificar las cosas hasta el límite, para evitarse el arduo trabajo de investigar las verdaderas razones, que suelen ser demasiado complejas para las atribuladas mentes de nuestros políticos, además de poco útiles para sus ridículos espectáculos de cara a la galería.   

Los actuales sucesos violentos en Puno, parecen apuntar a lo que el exministro de Educación, Ricardo Cuenca, señaló hace varios años como el “apropiarse del tiempo”, esto es, la posibilidad de que un movimiento étnico ejerza poder para actuar colectivamente frente al Estado y otros grupos dominantes, buscando subvertir el orden social.

La campaña electoral 2020-2021 y los incesantes mensajes políticos del gobierno de Pedro Castillo, reavivaron los sentimientos de desigualdad social y marginación racial, no solo en Puno, sino en buena parte de nuestra población. La “Encuesta Nacional de Percepción de la Desigualdad en el Perú 2022”, señala que el 59% de los peruanos considera demasiado grande la desigualdad entre ricos y pobres, el 47% intolerable; que el 66% piensa que el país es gobernado por unos cuantos poderosos; que el 76% percibe desigualdad entre blancos y no blancos, el 30%, muy grave. No debe sorprender pues que el relato nacional e internacional, según el cual, la caída de Castillo fue motivada exclusivamente por su origen racial, provinciano y campesino haya calado hondo, con los resultados que tenemos a la vista.           

Los conflictos sociales con componente étnico, como el que enfrentamos actualmente en Puno, suelen ser intensos y de difícil solución, más aún si se centran sobre demandas políticas que el establishment juzga inaceptables, tales como la elaboración de una nueva Constitución. Queda por ver si las balas, los toques de queda, las prohibiciones de ingreso al país y algún diálogo sin verdaderas concesiones, serán suficientes para evitar que el polvorín étnico puneño le explote en la cara al modelo.


*Fotografía perteneciente a un tercero

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