Lerner, Roberto

Constantes y variables

Entender las relaciones entre ambas es uno de los logros de la conciencia humana. Todo gira alrededor de permanencias y modificaciones. Las grandes revoluciones científicas han consistido en detectarlas y reformularlas, quizá entender que son maneras distintas de hablar de lo mismo. El arte, con la palabra y la imagen, también se ocupa de capturar los vínculos entre efímero y perpetuo. Las disciplinas de la mente discuten si sus expresiones están determinadas por la inalterable herencia o el moldeable aprendizaje. Y en la política las categorías que distinguen a sus agentes, tienen que ver con cuánto desean conservar o, por el contrario, cambiar y, también, las maneras de hacerlo.

Hemos vivido una era obsesionada con el cambio. Cuestionar las tradiciones se convirtió en una vocación y aquel lema parisino de prohibir la prohibición definió una generación cuyos integrantes, muy inocentes ellos, creyeron que nunca serían convencionales.

Cuando la historia y la geopolítica parecieron abandonar el escenario, en su centro se erigió un altar para adorar la innovación. Lo único que no cambia es el cambio, y el asunto era crearlo o abrazarlo para llegar a las cumbres de la realización personal y la riqueza colectiva. Las horas dedicadas al arte y la ciencia de dejar en offside a lo establecido son innumerables. Libros, diplomados, ceremonias iniciáticas, en fin, las más diversas formas de capacitación para convertir a todos en goleadores. ¡Nada de arqueros ni defensas! Un permanente recorrido por las redes de la creatividad, siempre atentos a la cita con un unicornio que nos haga ricos y famosos.

Cuando torres de cemento y otras de riqueza se desmoronaron, derribadas por aviones las primeras, e instrumentos financieros tramposos las segundas, la seguridad de que el futuro sería mejor que el pasado y la convicción de que el esfuerzo por salir de la inercia siempre paga, se debilitaron de manera importante, y cada vez más jóvenes comenzaron a mostrar recelo, miedo y deseos de construir refugios, diques, practicar el arte de la defensa y, para volver al lenguaje futbolístico, abrazarse para formar barreras antes que desmarcarse para colocar el balón en el fondo del arco contrario.

Es cierto que la mente humana necesita cambio y variedad. La ausencia de ello enferma, literalmente enloquece. Pero también requiere estabilidad y predictibilidad. Sin ellas no se desarrolla la confianza básica en que el mundo es vivible. Creo que la  novedad se convirtió en una obsesión y se dejó de lado las maneras de sobrellevar cooperando y compartiendo, usando la tradición, turbulencias que no tienen nada que ver con el emprendedurismo.

¿Qué encuentran la guerra, la pandemia, la catástrofe natural, esas realidades que nadie quiso discutir en colegios y escuelas de negocios, que relegamos a películas de zombies, sectas de supervivientalistas o pájaros de mal agüero que no aceptaban ni entendían el progreso?

Pues jóvenes que se sienten engañados, que no quieren ser incomodados, sumamente recelosos, cuando no abiertamente rabiosos, frente a autoridades de todo tipo —científicos, servidores públicos, representantes políticos, expertos y especialistas—, que buscan protección antes que experimentación, que quieren explicaciones sencillas y totales, que prefieren conductores recios e inescrupulosos.

Claro, es una tendencia, quizá pasajera, pero suficientemente marcada como para  recalibrar nuestros mensajes con respecto a lo constante y lo variable, sin ensalzar ni despreciar ninguna de esas dos dimensiones que dan sentido a todo.

 

 

 

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Cultura, sociedad

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