Alonso-Rabi-Do-Carmo

Mirar la tradición

"Se trata de contar con textos cuya edición cuidada permite finalmente una lectura de todos los elementos que se dan cita para dar vida y forma --nunca definitiva-- a nuestra propia tradición."

El trabajo de Ediciones MYL no debería pasar inadvertido. Creo que es digno de aplauso que un editor decida emprender la tarea de publicar una colección que rescate, en ediciones críticas muy pulcras y cuidadas, diversos textos pertenecientes a la literatura peruana del siglo XIX, algunos canónicos, otros olvidados y unos mas con la etiqueta de verdaderos hallazgos.

Un extendido prejuicio nos hace ver muchas veces el siglo XIX como una etapa literariamente aburrida y sin gracia. Pero olvidamos con frecuencia la necesidad de conocer la tradición a la que uno pertenece, ya que no por un prurito nacionalista, que sería el motivo más ramplón, sino por tener claras los trazos históricos de nuestra propia literatura. Parece poco, pero no es.

Hemos oído con frecuencia, por ejemplo, que nuestra tradición narrativa es fundamentalmente realista. ¿Dónde vamos a buscar las raíces de ese realismo –que algunos ven como un lastre– si no es, por ejemplo, en el costumbrismo? Y si quieren, podemos rebautizarlo como la primera literatura urbana de este país. ¿Qué decir del primer indigenismo, donde se ubica la trilogía de Clorinda Matto?

Los lugares comunes abundan, los estereotipos también. ¿Cómo una literatura aburrida tiene una Mercedes Cabello, un Palma, un Segura, una González de Fanning, un Atanasio Fuentes, un Portillo? Me pregunto cuántos narradores peruanos han leído de verdad El padre Horán de Arrestégui antes de decir doctamente que no vale una peseta. Puede no tratarse de una gran novela, es cierto, pero de ella pueden extraerse algunas lecciones que, en conjunto, harían ver que la literatura fue siempre un termómetro crítico del entorno nacional.

El siglo XIX en nuestra literatura, hasta donde llego a conocerla, es un laboratorio de lo más interesante. Nacida la república se nota la continuidad de canones estéticos y literarios peninsulares, pero casi de inmediato surgen las excepciones. Ya antes de 1821 la obra de Melgar tenía resonancia nacional –recordemos que fue fusilado en 1815, después de caer prisionero en la batalla de Umachiri– y presentaba visos de gran originalidad. Romántico por obra y actitud vital, nos legó el yaraví (del quechua “haraui”) hoy un género musical que representa cabalmente al sur andino.

Sobre el costumbrismo pesa también el estigma del aburrimiento o la extrema simplicidad, pero aguzando el ojo se puede advertir la enorme tensión que existe entre los discursos de dos de sus representantes más destacados: Manuel Ascensio Segura, de mirada liberal y empática hacia los sectores populares y Pardo y Aliaga, en su tiempo un monárquico que no hizo nunca un esfuerzo por ocultar dicha filiación y que hoy sería todo un señorón conservador.

Claro, me dirán, no hay un Dickens, ni un Thackeray, mucho menos un Balzac o un Flaubert. A cambio de eso, hay un corpus de textos que permite acercarse a un mundo que, como el nuestro de hoy, vive la crispación propia de la búsqueda de definiciones, más aún, la frustración de dicha búsqueda.

No pondré más ejemplos. Un esfuerzo editorial como el de MYL es una aventura a través de los distintos derroteros que configuran nuestra historia intelectual y cultural. No se trata solo de ver pasar escuelas, vertientes y representantes con la falsa suficiencia de un diccionario. Se trata de contar con textos cuya edición cuidada permite finalmente una lectura de todos los elementos que se dan cita para dar vida y forma –nunca definitiva– a nuestra propia tradición. Esto es algo que como lector agradezco. Y mucho.

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el padre Horán

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