Carla-Sagastegui

El secuestro de las hechiceras

"En Chillia, el 78% de su población es adulto mayor en condición de pobreza y pobreza extrema, de ahí la edad y el bajo grado educativo de sus ronderos y de las mujeres sacrificadas; mujeres de las cuales más de la mitad no tiene como defenderse porque ni siquiera sabe leer ni escribir."

En el mes de junio, varios pobladores de Chillia (uno de los distritos más pobres del Perú, ubicado en la provincia de Pataz, al extremo oriental de la Libertad) fueron víctimas de brujería: una señora falleció por haber ingerido baba de sapo mezclada en su comida, un hombre y una mujer quedaron postrados por haber pisado malignas sustancias dejadas en el camino. Otra señora perdió un terreno y una madre que reclamaba por la pensión de sus hijos sufrió un mal daño. Alarmados por los pobladores, los ronderos del distrito identificaron y secuestraron a siete mujeres y un hombre como los causantes de esos hechizos malignos, conocidos en la sierra norte del Perú como daños o brujeadas. Son “enfermedades y síndromes culturales” identificados por el Instituto Nacional de Medicina Tradicional del seguro social Essalud. Y están descritos como malas artes ejercidas por maleros o hechiceras que, como en esta tragedia, se ejecutan mediante muñecos, pócimas o rastros de pisadas para provocar pérdidas económicas y dolencias físicas que en este caso se afirma que llevaron hasta la muerte.

Aunque las autoridades y los ronderos han sostenido que la sanción se trató de una mera “cadena ronderil” de trabajo social, las imágenes facilitadas muestran que al menos dos de las mujeres fueron llevadas desnudas de un pueblo a otro para ser castigadas con ortiga o latigazos. Un conjunto de maltratos degradantes y humillantes en los que, al parecer, se llegó a colgar de cabeza a una de las mujeres. José Luis Agüero, Defensor del Pueblo en La Libertad, ha considerado que las rondas han realizado, según la evidencia, episodios de tortura.

Muchos estudios sostienen que cuando las comunidades tradicionales entran en crisis extremas se despierta una violencia que culmina provocando la expulsión de las personas que se identifican como causantes del desorden. René Girard notó en sus libros que las culpables son frecuentemente acusadas injustamente, es decir que son lo que solemos llamar chivos expiatorios. Para él, la cohesión de la comunidad se logra gracias a la vulnerabilidad de estas víctimas sacrificiales, porque la conminan a cerrar filas para poder negar que se han cometido esos violentos rituales y acciones tan humillantes. Para el filósofo, se trata de un principio muy básico del orden humano en la que vemos con claridad cómo los hombres y también buena parte de la mujeres tienen tendencia a derivar su violencia en otros.

En el Perú estas historias no nos resultan extrañas. Hace un par de décadas atrás, el antropólogo Fernando Santos-Granero, estudió como en la región Asháninka de Río Tambo, varias niñas, niños y adultos que huyeron de los campamentos senderistas fueron acusados de haberse tornado en hechiceros mientras vivían en ellos al interior del bosque, habitado por seres malignos. Percibidos como el «enemigo interno», como capaces de infectar a las demás fueron limpiados ritualmente, escondidos o eliminados.

A pesar de la crisis económica producida por la pandemia y las primeras medidas radicales de restricción social, el canon que recibió La Libertad tuvo un alza de más del 20%; llegando a 270 millones de soles en el 2021. Sin embargo, los gobiernos subnacionales de La Libertad dejaron un saldo sin ejecutar de 184 millones. De ese total, 163 millones correspondieron a los gobiernos locales como el de Chillia, sin condiciones para poderlos utilizar. A pesar de ser Pataz la provincia donde se extrae la mayor cantidad de oro en el departamento, hasta hoy no se han construido carreteras para unir a sus comunidades o dotarlas de agua potable. Mientras tanto, Chillia forma parte de sus once distritos ubicados entre los más pobres del Perú.

El chivo expiatorio, señalan los estudios, suele ser un niño o una mujer que se encuentra en una situación de indefensión absoluta, pues hasta los familiares se ponen en contra en estas situaciones de crisis extrema. No en vano el defensor Agüero remarcó que las dos mujeres que fueron castigadas de pueblo en pueblo eran indefensas adultas mayores. Irónicamente, no son minoría. En Chillia, el 78% de su población es adulto mayor en condición de pobreza y pobreza extrema, de ahí la edad y el bajo grado educativo de sus ronderos y de las mujeres sacrificadas; mujeres de las cuales más de la mitad no tiene como defenderse porque ni siquiera sabe leer ni escribir. Solo firmaron el compromiso que detuvo los golpes.

Que las sobrecogedoras imágenes del cuerpo magullado y herido de una de las señoras nos sirvan para despertar, para tomar en serio la pobreza y concentrarnos en conseguir evitar que expulsar al más débil sea la única razón que quede para mantenernos unidos.

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brujería, Chillia, provincia de Pataz, Ronderos

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