fabrizio Ricalde

El Hombre Del Norte es una atrevida excepción a la mala calidad del cine comercial

"Un refrescante hilo de esperanza para el futuro del cine: aún existen películas comerciales originales y con coraje artístico. ¡Aleluya!"

Algo se pudre en Islandia. Un príncipe traumado por el asesinato de su padre el Rey crece en el exilio para convertirse en un oso de combate con infinita sed de venganza. El enemigo es su tío, quien ha asesinado a su propio hermano por hambre de poder. En el camino de la venganza se asocia con una joven bruja capturada por el mismo enemigo y con similares ansias de destrucción.

El Hombre Del Norte parece rodada entre el infierno y el cielo. En un territorio lejano en el tiempo y también muy lejos de la tierra como la conocemos. Es un mundo donde seres fantasmales se confunden por humanos. Quizás fue así en el pasado de la humanidad, cuando vivir en el bosque o a la intemperie no permitía distinguir lo real y el más común individuo se perdía entre sus alucinaciones. 

Una película surrealista al extremo como esta sería imposible de imaginar en un presupuesto de 100 millones de dólares otorgados por una mega casa productora de Hollywood como Universal Pictures. Y es que algo ocurre cuando un director independiente como Roger Eggers acepta una película bajo la lupa de un grande de la industria. La calidad narrativa se desploma y la creatividad desaparece.

Pero toda duda se despeja en los primeros minutos. Es un espectáculo sensorial pocas veces visto en el cine comercial de hoy. Somos testigos de una ceremonia al borde de una fogata donde la cámara serpentea en todas las formas. Ethan Hawke y Willem Dafoe ladran como perros desesperados. Las tripas salen del estomago de algunos personajes. La sangre salpica directo a la retina de la audiencia.

El director Roger Eggers es conocido por su estética retorcida y la extrema espiritualidad de sus relatos. Sus películas parecen sueños, pesadillas o alucinaciones. Parece todo pertenecer al surrealismo de la mente humana, o casi humana, y en ese universo navega su voz narradora con libertad. Es una audacia que Eggers haya mantenido el estilo a pesar de ser financiado como un blockbuster de Hollywood

De hecho, viviendo una era donde las películas multimillonarias son parte de la normalidad, se siente como una novedad ver una de las tantas que es coherente con su propia visión. Ello hace de El Hombre del Norte un testamento al arte de la cinematografía, labrado a manos desde sus chozas precarias donde los héroes planean su venganza hasta las batallas donde no hay más que víceras, lodo y sangre.

En esencia, es una película que ha sido artesanalmente hilvanada y no producida. La calidad del detalle estético es estremecedora. Pero la violencia está acompañada de momentos de dulzura, y en algunos tramos hacen recordar a historias de amor sutiles a pesar de la crudeza de su relato. Me viene a la mente Corazón Valiente de los 90 y ese cine épico y apasionado que producía un espectáculo visual y narrativo perfecto para las salas de cine. Lo que promueve al héroe en su cruzadas es ese desenfreno agresivo producto del amor. 

Roger Eggers logra solidez en una propuesta cercana a lo teatral. No hay otra forma de rodar esta historia. Es como una larga tarima de actuaciones memorables y diálogos sentidos. Logra el espectáculo en esta pregunta clásica de la narrativa de qué tanto están dispuestos a sacrificar por amor o revancha. También atrapa al público con múltiples giros narrativos y el jugar con el elemento de los límites del destino. 

Parece muy fácil hablar mal del estado actual del cine en el mundo y en Estados Unidos en particular. La carencia de una personalidad en su estilo o guión es indiscutible en líneas generales, para muestra cualquier producción regular de Netflix o Amazon. Y entonces uno se cruza con estas películas y merecen tener un valor a partir de sus agallas de propuesta original, ruidosa y compleja. Entonces, existe un halo de esperanza hacia el futuro.

Eggers nos recuerda que aún podemos tener películas audaces y hermosas con altos presupuestos y actores de taquilla. También el cine puede transportarnos a mundos inexplorados, y hay cineastas corajudos capaces de poner todo ello en salas comerciales, aún cuando abiertamente se quejan del exceso de supervisión editorial sobre los guiones y las propuestas artísticas. Al final del día, como todo, el cine es en principio un negocio.

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