Fabrizio Ricalde

Lo que sí ganó la selección en Brasil

Una imagen queda en la retina después del partido del lunes, contra Brasil. El tobillo doblado de Gianluca Lapadula, todo el pie hecho hacia un costado, y el rostro de dolor del delantero cayendo al suelo. Las manos a la cabeza, a la nuca, a la frente, de todos los peruanos. Se lesionó el nueve, se acabó el partido, perdimos una vez más. 

Y sí, perdimos. Una vez más. Contra Brasil, el verdugo de todos, el equipo invicto lleno de estrellas de Play Station. Pero no perdimos al nueve. Lapadula, tendido en el piso, aceptó el dolor, se entregó a él, se paró, pisó una, dos, tres veces, y siguió corriendo. Con esa máscara que ayer no era un protector nasal, sino el casco de un luchador greco romano. Con un pie doblado así, Pizarro hubiera salido en camilla y directo al avión. 

Lapadula es el triunfo más grande de Perú en esta Copa América. Un crack. Él, con la nueve en la espalda, en sí mismo, vale más que un partido y que un gol. Hoy, Perú tiene un nuevo delantero titular, el reemplazante claro a Guerrero y Farfán. Dígase y repítase: el nuevo titular. Su virtud principal es el carisma: ha capitalizado a través del sentimiento, la confianza de todo un país futbolístico, y le da así vida a una ilusión. 

Ojalá el pago a Lapadula por este impresionante último mes con Perú, donde encontró goles y determinación, sea conseguir un equipo para protagonizar. En el Leicester, en Mónaco, en la primera de Italia o en la segunda. Donde sea, pero jugando. Motivado, con objetivos, y con goles. Su paso por Perú será breve, pues en pocos años ya será un delantero veterano. Pero mientras esté, no caben dudas, va camino a la leyenda.

En dos meses, toca Uruguay. Ningún partido de la Copa era más importante que Uruguay en Lima, para ir al Mundial. Perú ha probado jugadores nuevos y ha encontrado algunas respuestas. Lapadula es la más visible, pero no la única. Detrás suyo, hay uno que se confunde con Cueva y hace recordar al típico jugador peruano desvergonzado, con cintura y baile. 

Raziel García no es una confirmación. Con tres partidos, entrando desde la banca, es imposible serlo. Es más una agradable sorpresa. Es el recuerdo de que la habilidad más notable de Gareca ha sido encontrar pólvora donde tantos antecesores suyos solo pudieron producir polvo. A punto en lo físico y quizás saliendo pronto del cabizbajo fútbol peruano, es una opción para las próximas doce finales rumbo a Qatar.

Pasos atrás en la misma banda izquierda, Trauco tiene reemplazo y ya no solo un suplente. Gareca ha persistido por años con un jugador originario de Cristal que supo irse rápido a un fútbol de más competencia y mejor formación, la liga de Estados Unidos. Marcos López encontró la titularidad en el San José ya hace mucho, y cuando le toca con Perú entra con ganas, decidido a pelear el puesto. 

Sergio Peña hizo una temporada excelente en Holanda. Encontrará equipo en primera pronto y volverá a la competencia. En Perú, ha logrado entrar en el universo de opciones para ser titular. Bastaba un par de encuentros para descubrir su noble pegada y su toque rápido. Falta contundencia, pero eso sería mucho pedir a cualquier jugador peruano. Quizás con los años. 

Algunas otras conclusiones para Perú. Ha llegado el momento de despedir de la selección, quizás no rápida pero sí decididamente, a Ramos y a Corzo. El primero es una insistencia ante la falta de respuestas que encuentra Gareca en Abram, Araujo, Santamaría o Callens. Pero el único camino al éxito es la perseverancia, y Ramos es un jugador cuyo ritmo actual está muy por debajo de la alta competencia sudamericana. 

Si se reconcilia con Zambrano, Ramos debe quedar en el olvido. Y hay que rotar entre los más jóvenes, que se mantienen en la alta competencia internacional. Hay que saber qué pasó con Abram, y por qué Araujo no le parece una solución al técnico. Pero el camino es la insistencia. Y sino, habrá que encontrar respuestas en el torneo local, no en el pasado.

Aldo Corzo, con casi cuarenta partidos en selección en más de diez años involucrado, es un jugador con notable experiencia y oficio. Pero Perú no es una selección que mira al presente, sino al futuro. Como cualquier equipo chico. Y perseverar en un lateral incapaz de proyectarse y que es superado cuando el rival aprieta el acelerador,  no le hace bien a un fútbol cuya mayor debilidad es la variante. Y ahí están Lora y Lagos.

Aunque no estuvo, el otro que va quedando fuera del universo de Gareca es Farfán. Suena mal agradecido decirlo, pero Jefferson ya no es necesario. Merece un gran partido de despedida y pasar al retiro internacional. Detrás suyo, se clasifique o no al Mundial, es momento de probar variantes, si Lapadula o Guerrero no están. Y si persevera el técnico en un jugador roto en lo físico y al borde del retiro, peligra, nuevamente, el futuro. 

Perú se alista para Uruguay, la primera de las finales en menos de seis meses. Colombia por el tercer puesto es un premio consuelo a una Copa América que dejó conclusiones positivas. Sobre todo, la revalidación de entrar en un séptimo año de Gareca con motivación y buen ritmo de competencia. Ojalá no sea el séptimo malo. Ojalá no sea el séptimo y último. Ojalá llegue a once y más. 

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Lapadula, Raziel García, Ricardo Gareca

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