Mauricio-Saravia

Inconsciente -no- colectivo

"El progreso se entiende siempre en primera persona. El fracaso también. Hay pocos esfuerzos colectivos que se asimilan así. ¿No lo creen? Tratemos de pensar en lo que peor hicimos desde los años 90, competir colectivamente."

Hace unos meses fui invitado por la revista Ideele para escribir un artículo sobre la evolución de la sociedad en los últimos 30 años. De allí resultaron las líneas que usted leerá. ¿Por qué? Porque de ese ejercicio surgieron ideas que nos ayudan a explicar buena parte de las cosas que hoy estamos viviendo. Fundamentalmente, es el inicio de la reflexión de por qué hoy no hay un movimiento social que represente una amenaza real al poder ejercido por una élite mediocre y corrupta que está en el Ejecutivo y el Legislativo, sin sonrojarse ni ocultar ya el saqueo de las instituciones del Estado.

1990 no fue cualquier año en el Perú. No solo fue un año de transición electoral. También fue el año en que todo cambió. La llegada al poder de Fujimori generó una evolución (¿o era involución?) tan grande en el país que -para bien o para mal- no podemos dejar de recordar con sorpresa un año tan especial para nosotros. Bah, un año, un quinquenio, una década, cómo quieran. Lo cierto es que sin 1990 en la historia del país tal vez no estuviera escribiendo esto hoy y usted no lo estaría leyendo.

“Tu voto fue por la esperanza. Este país que perdía el rumbo, esta sociedad, cansada de la demencia de la demagogia y la inoperancia gubernativas, acudió al llamado de un mensaje de renovación. Apostó nuevamente por democracia y nos toca a los hombres hoy en el gobierno ser fieles a su mandato.” Si hiciéramos una apuesta sobre qué presidente elaboró este discurso, tal vez perderíamos. Es una frase tan trillada en el país que cuesta trabajo reconocer que la dijo Alberto Fujimori el 28 de julio de 1990, frente a un Parlamento conformado por senadores y diputados, con mayoría del Fredemo vargasllosista que había perdido las elecciones en junio frente al outsider con el que supimos que perdería recién una semana antes. Pero importa poco porque se trata de una frase tan frecuente que debería ser obligatoria para cualquier presidente del país en cualquier 28 de julio.

Si en los inicios de los años 90 nadie podía decir que éramos un país viable, la construcción de ese imaginario en el que la economía y sus indicadores era lo único que necesitaríamos para serlo se hizo corriente. Corrimos como locos a la reconstrucción de nuestra economía, no sin cambiar algunas cosas de manera muy relevante. Pero eso nos llevó a un tránsito hacia una lógica única de crecimiento económico como panacea que generó la base de lo que hoy vivimos.

Perú, país de emprendedores

Dentro de este panorama, se forjó el primer gran paradigma del cambio noventero: la cultura del emprendimiento. Tan arraigada hoy en día que nadie la discute. La aplaudimos a rabiar. De hecho hoy buena parte del sistema bancario peruano tiene que ver con los emprendimientos. Banca exclusivamente de PYME. Lo que no hemos pensado es qué hay detrás de ese discurso.

La desesperación de salir de la situación de los 80 y la llegada del modelo de los 90 nos insertó en un esquema en el cual cada uno era el único responsable de poder avanzar y sobrevivir y asegurar su destino. El Estado dejó de ser proveedor y pasó a ser solo recaudador. Los buses fueron reemplazados por combis y teníamos la libertad de sobrevivir como quisiéramos. Solo que en la base de ese discurso aprendimos que como quisiéramos significaba sin los demás o contra los demás. Aprendimos a pasar por encima de todos y se instaló una idea macabra de progreso. Casi con una lógica evolutiva de la ley del más fuerte.

Esta herencia de los años 90 nos dejó frente a una sociedad que no genera marcha atrás en el individualismo como patrón de movilización. Desde allí no es extraño que votemos por personas más que por ideas, que creamos en el poder de uno en vez de un movimiento o colectivo; que la clave siempre sea yo y no nosotros. Desde ese patrón hemos aprendido a organizarnos como individuos en la sociedad, esperando sacar el máximo provecho con la mínima inversión. Nos transformamos de ciudadanos incipientes en clientes y proveedores. Todos vendemos algo o compramos algo. Las transacciones marcan nuestra definición de lo que somos. Eso lo aprendimos a golpes y bien.

Tu envidia es mi progreso

Entonces, primera lección de los 90. Perú, país de emprendedores. No importan las reglas de juego si esas te llevan al progreso. Curiosa palabra esa del progreso. Que nos lleva a la segunda reflexión. Durante los 90 y durante todos estos años, la lógica de progreso ha sido desigual. Como lo ha planteado Willy Nugent en su genial La desigualdad es una bandera de papel, pero también como lo hemos vivido expresamente estos años, la búsqueda del progreso siempre ha estado desligada de una lógica común o nacional. Ha sido un progreso desordenado, impuesto y asimilado.

Las imágenes que logramos recuperar en tres décadas de buscar ese progreso siempre nos hablan del esfuerzo como motor de cambio. Pero nunca se habla -otra vez volviendo a Nugent- de bienestar. Mucho menos de comunidad. Eso siempre lo podemos ver en las mediciones que año a año hacemos de evaluación de la situación personal y del país. Somos un país que siempre está mejor a nivel individual y que siempre tiene mejores indicadores de futuro que a nivel país. Aprendimos a prescindir de los demás para buscar nuestro propio avance en la vida.

El progreso se entiende siempre en primera persona. El fracaso también. Hay pocos esfuerzos colectivos que se asimilan así. ¿No lo creen? Tratemos de pensar en lo que peor hicimos desde los años 90, competir colectivamente. Nuestro querido fútbol, siempre repleto de imágenes de blanco y negro y de Pocho Rospigliosi en los 90 y 2000 y 2010 tocó fondo una y otra y otra y otra vez. Pero preguntemos quién era el responsable. Siempre lo fue Popovic, o Pepe, o el Pacho o el Chemo o Uribe o Company o quien quiera. Siempre individual. Jamás nos preguntamos qué hizo que nuestros deportes colectivos relativamente exitosos finalmente desde los 90 se hundieron sucesivamente. Pensar en el vóley es una lágrima también.

Mientras el país iba hacia adelante imparable, con un PBI que ya lo quisieran tantos países que estuvieron por delante nuestro, nuestros emblemas de colectividad se desvanecieron. El progreso y por lo tanto el futuro nunca fue grupal, nunca fue nacional. Siempre individual. Por eso cuando pensamos en los procesos que dieron luz a los años 90 siempre tenemos en mente personas. Nunca colectivos. Jamás los construimos.

El emprendimiento y el progreso como ideas de uno marcan el derrotero del país durante tres décadas (y me temo que serán muchas más). Lo que han sido las “generaciones” artísticas y culturales en otras partes del continente y el mundo acá han sido apellidos. Tal vez el mejor esfuerzo fue la movida subte de fines de los 90, pero se quedó allí, entre botellas de Jirón Quilca. Aprendimos a destacar de entre los NN como sea y al costo que sea. Por eso el recuerdo es sobre personas y no sobre grupos. 

La herencia 

En ese contexto en el que la sociedad pasó a ser una suma de gente que iba a destacando a punta de apoyarse en la cabeza de los demás, el “progreso” económico del país nos ha acompañado durante décadas. Entendimos la modernidad no como homogeneización sino como tecnificación. Acceso se convirtió en gadget y no en igualdad. De pronto el ejercicio de la ciudadanía se transformó en cuántos gigas teníamos a disposición. Ese progreso también lo vivimos a un ritmo no natural. Las clases medias pusieron más enchufes en casa y aprendieron a conectarse. Pero tampoco con un sentido colectivo, sino como manifestación de lo privado. No en vano somos un país con tanto Facebook y con tanto Instagram. Buscamos representarnos y dejar testigos de nuestro “progreso”, y la interacción se basa en eso. Lo que se busca no es comunicación, es expresión, huella, testimonio. Yo soy quien digo que soy. No es un fenómeno peruano, pero vaya que lo asumimos bastante bien.

El último fenómeno colectivo podría haber sido el freno al gobierno de Merino y sabemos que fue un hipo. Que no se construyó nada. Ni siquiera en la memoria de Inti y Bryan pudimos generar un consenso. Porque fue una reacción emocional, visceral, que buscaba un equilibrio. Y que lo logró. Una vez que ese equilibrio se obtuvo volvimos a nuestro propio progreso y esfuerzo. En las siguientes elecciones elegimos igual. Ni media reflexión ciudadana. Ni un solo grupo quedó de aquello. Reaccionamos al cliché, a las etiquetas de auto ayuda, a los metalenguajes que nos dicen lo que está bien y lo que está mal. Somos los genios de los memes pero los más aburridos en el estadio y los conciertos.

Así las cosas, pasarán 200 años más de Perú como república y podremos volver a escribir letra por letra y palabra este artículo. Sin quitarle una sola coma. No hay OCDE, Mundial o movimiento que haya construido algo sólido. Mañana podríamos perder la palabra Perú y a nadie le importaría. Pero no es pesimismo. Es lo que nos toca vivir.

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