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Desilusión Mundial

En esta semana, de partidos de eliminatorias para la Copa Mundial de Qatar 2022, el fútbol como tal quedó en un plano secundario frente a unas intervenciones simbólicas, en su mismo espacio, que han generado no solo atención mediática, sino también discusión y formación de posiciones críticas. Y es que, previo a su partido frente a Gibraltar el pasado miércoles, el representativo futbolístico noruego salió al terreno de juego con unas camisetas que contenían —aludiendo a la explotación y abusos que sufren los trabajadores migrantes dedicados a la construcción de la infraestructura deportiva en territorio catarí— la siguiente inscripción: “Derechos Humanos. Dentro y fuera de la cancha”. Antes de ser una reivindicación puntual escandinava, días después, la selección alemana se identificó con el mensaje y salió, para su encuentro ante Islandia, con sus jugadores portando, de forma individual, una letra para formar la palabra  “HUMAN RIGHTS”.

 

No creo conveniente discutir aquí el grado de radicalidad de estas acciones ni lo estrictamente legal. Solo, en principio señalar que, en el ámbito del —por lo general —conservador fútbol espectacularizado, donde los márgenes para expresiones críticas o expresión de mensajes sobre causas sociales son bastante reducidos por la posibilidad de sanciones oficiales, estas acciones se han revestido de particular importancia al sentar posición, visibilizar, llamar la atención, poner “sobre la mesa global”, un asunto generalmente ignorado por la gran prensa deportiva.

 

Ahora bien, como indicó Slavoj Zizek en su libro El Coraje de la desesperanza, en el marco de la situación económica actual , diversas formas —aunque, obviamente, no bajo un manto legal— de «esclavitud» han emergido y vuelto a manifestarde en diversas partes del globo. Así, uno de los ejemplos que expone, adquiere sentido en este contexto; es decir, la de los “millones de trabajadores inmigrantes en la península saudí (EAU, Qatar, etc.) que se ven privados de sus derechos civiles y libertades elementales y sometidos a una movilidad restringida”.  Bajo la perspectiva del filósofo esloveno, esto, lejos de ser “un accidente deplorable”, es, en realidad, una “necesidad estructural” para el funcionamiento del sistema.

 

De hecho, un informe reciente publicado el diario “The Guardian”, demuestra que, desde que Qatar obtuvo —en el 2010— el derecho a ser sede del campeonato mundial y se embarcó en un acelerado proceso de construcción de infraestructura deportiva, 6500 trabajadores —provenientes de la India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka— han fallecido en su territorio. Y, aunque según los portavoces del régimen catarí, sólo 37 de los que fenecieron están directamente vinculados a las obras de los estadios, su versión ha sido cuestionada y rebatida.

 

Un aspecto resaltado en el informe es que el 69% de las defunciones de los trabajadores indios, nepalíes  y bangladesíes y hasta el 80% de los indios, son clasificadas por autoridades de la monarquía absolutista, como  vagamente “naturales”, lo cual no hace sino revelar los métodos poco transparentes —la ley prohíbe los exámenes post mortem— que se emplean en el país organizador del torneo. Para el periódico británico, que viene siguiendo el caso de cerca, esto tendría relación con la exposición de los trabajadores a “niveles potencialmente fatales de estrés térmico, trabajando a temperaturas de hasta 45 ° C durante hasta 10 horas al día”.

 

En esa línea, Amnistía Internacional también ha investigado este problema  desde hace años e identificó ocho manifestaciones de la explotación en el país del Golfo Pérsico. Pagar altas sumas de dinero a contratistas para conseguir el trabajo, vivir en condiciones deplorables, ser víctimas de engaños sobre el salario a cobrar, retrasos en los pagos, un régimen de inmovilidad inducido por los empleadores, imposibilidad de salir del país o cambiar libremente de trabajo —los empleadores generalmente confiscan los documentos de identidad de los trabajadores—, amenazas  constantes ante cualquier reclamo y, en algunos casos, trabajo forzoso bajo métodos intimidatorios, son los elementos que configuran la experiencia de los trabajadores migrantes en el régimen catarí.

 

“Aún recuerdo mi primer día en Qatar. Prácticamente, lo primero que hizo [un agente] que trabajaba para mi empresa fue quedarse mi pasaporte. Desde entonces, no lo he vuelto a ver”, expresa Shamin, un jardinero de Bangladesh que brindó su testimonio a la organización de derechos humanos. “Mi vida aquí es como estar en una cárcel. El gerente de la empresa dijo: si quieres quedarte en Qatar, cierra la boca y sigue trabajando”, agrega Deepak, obrero metalúrgico que trabaja en el estadio Jalifa.

 

En realidad, desde su designación, la Copa Mundial de Qatar 2022 estuvo marcada por irregularidades y sospechas graves de sobornos millonarios vinculados a la votación, con un supuesto protagonismo del exfutbolista Michel Platini. Las investigaciones judiciales, que se enmarcan en la causa del FIFA Gate, continúan, y dirigentes futbolísticos de todo el mundo, se encuentran, todavía, enfrentándose a la justicia. Cuando Mark Fisher, en su análisis sobre la producción de un famoso artista británico contemporáneo, afirmó que, en sus obras, las “únicas certezas son la muerte y el capital”, en realidad parece que se refería a lo que envuelve a este, cada vez más notorio, cuestionado y rechazado públicamente próximo Mundial de Fútbol.

 

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