Fabrizio Ricalde

Ratoneando fui campeón (¿cómo ganar al rival invencible?)

Sergio Markarián, otrora técnico de la selección de fútbol peruana, lanzó a la historia varias frases memorables mientras dirigió a la blanquirroja. Egocéntrico y picón, pero no por ello menos acertado. Una fue su declaración de amor al juego defensivo. “Ratoneando fui campeón”. Se refería, claro, a mandar un equipo a la cancha que no tema jugar al contragolpe, agrupar la mayor cantidad de jugadores defensivos, y proteger el cero como principal objetivo. 

Le dijeron de todo. Pero Markarián y otros técnicos del mundo han demostrado que el ratoneo funciona. Aún hoy, en el siglo XXI. Es un sistema de juego que requiere menos preparación en comparación de alistar una ofensiva productiva. Es más fácil bloquear y destruir al rival, que crear una armonía de ataque para fabricar goles. Y se adapta de forma perfecta a la escasez de tiempo de trabajo de una selección, donde los jugadores y el técnico se ven por apenas un puñado de entrenamientos. Entonces, parece mediocre. 

En Sudamérica, Paraguay y Uruguay son dos exponentes clásicos de este estilo. La apuesta por el triunfo con la mínima o el empate cerrado. El juego aéreo como herramienta principal. El balonazo alto, la defensa cerrada con el cuchillo entre los dientes y la fortuna de un arquero a diez puntos. Ha sido muchas veces el sistema elegido por Bolivia, Venezuela o Perú al jugar con un rival superior. Suena a último recurso de equipo chico. 

Quizás eso es lo que más hace sorprender de la aparición de La Scaloneta. En Argentina, se discute el logro de la Copa América únicamente a partir de criticar el sistema de juego. ¿Cómo con tantas estrellas se va a ratonear? Incluso, antes de la final que gran parte del periodismo argentino daba por perdida, pedían la renuncia del técnico Lionel Scaloni por apostar a firmar el 1-0 en todos los partidos. Jugar cerrado. Priorizar el orden defensivo a la voluntad de encontrar más espacios de gol.

Pero en la final, con La Scaloneta llevada a su mejor expresión, Argentina logró domar a un Brasil invencible. Al mismo estilo del ratoneo de Markarián. Dedicándose a erradicar de la cancha las intenciones cariocas. El propio Tite lo llamó anti-juego. Denunció un bloqueo del rival a crear ritmos en el partido. “Así no se puede jugar”, sentenció frustrado. Fue una extraña explicación de su derrota debido a la injusticia del juego comedido de Argentina. Claro, él quería una final de igual a igual. Porque nadie puede mover la pelota como Brasil. 

Cómo hizo entonces Argentina para ganarle a un Brasil invicto, que solo supo perder con Bélgica en el Mundial, y en una Copa América de local que parecía teledirigida. No fue con un juego vistozo ni ganando con facilidad a nadie. Pues no se trata de intentar verse mejor que Brasil, ni tratar de bailar a mejor ritmo en un deporte que parece destinado a ser siempre más armonioso en pies cariocas. No van a jugar mejor que ellos, sino hacer que Brasil juegue mal. 

El lugar para el ratoneo fue el mediocampo. Apretar y destruir cada intento de ataque del rival. Correr, meter la pierna fuerte, luchar a punta de mayor desgaste físico y convicción gladiadora. Argentina planteó una idea táctica con un fútbol de respuesta más que propuesta, pragmático y eficiente de acuerdo a la realidad invariable entre su calidad futbolística y la del rival. Y así, logró la victoria.

Otro factor determinante es el desgaste. El jugador no llega a los partidos de selecciones con la misma frescura que a un domingo con su club. Llega traginado, extraído de su rutina habitual, a un grupo al que debe volver a adaptarse, rápido. Juega con poca distancia entre partido y partido, después de haberse acostumbrado a otro ritmo semanal. Y en esta Copa América, fueron nueve partidos apretados uno tras otro. El ratoneo es hasta inevitable. 

Que el mejor jugador de la final hayan sido Rodrigo De Paul y Nicolás Otamendi, -que jugaron de Batista y Ruggeri- dice mucho del partido, y de la forma de detener a Brasil. Jugadores rudos, toscos y cortadores. Ratones. No dieron espacios al rival ni lo dejaron correr. Incluso, intimidaron desde la actitud triunfadora, el mismo antídoto con el que Chiellini y Bonucci ganaron la final a Inglaterra en Wembley. 

Para Perú, Brasil es cualquier selección, todas parecen invencibles. Uruguay, Argentina, Colombia y Chile son Brasil. Incluso la mejor versión de Ecuador. Hoy solo se puede plantear un partido de igual a igual quizás a Paraguay, Venezuela y Bolivia. Lo que Argentina ha hecho frente a Brasil es un ejemplo del sistema táctico que Perú debe aplicar en las doce finales para llegar a Qatar: cortar el fútbol desde el medio campo, eliminar la elaboración del rival, y privilegiar el fútbol defensivo. Que explote por las bandas y a buscar la oportunidad con el delantero solitario, Lapadula.

Hay una sola variable al ratoneo de Markarián para el Perú de hoy: que no sea con la defensa, sino gestado en el mediocampo. El comandante de la colonia de ratas debe ser Tapia, con Yotún y Peña en mayor labor de corte y recuperación. El fútbol del rival se debe destruir antes de que empiece, para obligarlo a retroceder y ver el reloj correr. Argentina lo ha demostrado. Hay que hacerlo sin vergüenza, para ganarle al rival invencible. 

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Copa América, Lionel Scaloni, Sergio Markarián

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