Opinión

A veces, la historia del rock la escriben los ganadores. Y, en términos de un género de música popular que ha tenido siempre entre sus principales características la capacidad de figuración y la asociación, por un lado, con los lados luminosos de la vida y, por otro, con los márgenes más salvajes, sórdidos o estridentes de la fama y la fortuna, los ganadores son quienes más llaman la atención ya sea por su imagen, sus vidas exageradas, sus ventas millonarias, sus muertes precoces. 

Por eso, cuando se toca el tema de las mujeres artistas durante el flower power sesentero, es más fácil recordar a Janis Joplin, la extraordinaria cantante de blues, de vida atormentada, voz agresiva y vicios explosivos que acabaron con ella antes de llegar a los 30, que a Joan Baez, la joven de gesto adusto, voz celestialmente lánguida, hablar pausado e ideales profundos. La primera, con absoluta justicia, adquirió el estatus de leyenda que hasta hoy la acompaña, a más de 50 años de su muerte. La segunda acaba de cumplir 81 años y luce espléndida, contando su larga y consecuente trayectoria en defensa de los derechos humanos, la no violencia y la conciencia social.

Joan Baez, nacida en New York en 1941, de padre mexicano y madre escocesa, cantó desde muy niña, entonando melodías tradicionales de folk y gospel en cafés y universidades de diversos estados e incluso países, ya que su familia se mudaba constantemente debido al trabajo de su papá, un reconocido científico que participó en el desarrollo de la tecnología de los rayos X. Su voz de soprano embellecía las composiciones de héroes del folk norteamericano -Pete Seeger, Woody Guthrie- y el extenso catálogo recopilado por Francis James Child (1825-1896), un profesor de Harvard interesado en el folklore de Inglaterra y Escocia, desde canciones costumbristas hasta infantiles y navideñas (conocidas como las “Child Ballads”).

Entre 1960 y 1964, Joan Baez lanzó melancólicos discos acompañada únicamente de una guitarra acústica, a la que arrancaba arpegios sutiles para musicalizar aquellas historias de campos, montañas, familias, héroes de guerra y luchadores sociales. Bajo el sello Vanguard Records y la producción del musicólogo Maynard Solomon, Baez plasmó en una decena de vinilos su capacidad interpretativa, la misma que la llevó a compartir tarimas con la generación rockera y psicodélica de Woodstock. En el documental que registra los tres días del famoso festival, Baez ilumina la oscura madrugada de aquel sábado 16 de agosto de 1969 con un set de 15 canciones, de las cuales la película original solo rescata dos: el clásico spiritual Swing low, sweet chariot (1865); y Joe Hill, acerca de un sindicalista de fines del siglo 19, encarcelado y fusilado por un crimen que no cometió. Esa misma noche, su esposo David Harris estaba también encarcelado por negarse a ir a la guerra de Vietnam. La canción, compuesta originalmente en 1936, fue grabada por Baez en su LP One day at a time (1970).

En el Festival Folk de Newport de 1963, ella invitó al escenario a un joven desgarbado y desconocido que comenzaba a destacar por las canciones que escribía, demasiado profundas para su corta edad. Era Bob Dylan. Desde entonces, para bien y para mal, sus nombres y vidas quedaron entrelazados en una relación romántica y artística que, en su momento, ilusionó a muchas personas. Sin embargo, la naturaleza indómita del futuro Nobel terminó por desgastar aquel intenso romance que jamás se formalizó. 

Dylan se hizo gigante, a pesar de los altibajos de su discografía y de su prolífico camino entre el folk y el rock, entre el compromiso soñador y la indiferencia rebelde. Joan, fiel a su perfil bajo, coronó su carrera con muchos logros musicales como “nueva reina del folk”. Pero, sobre todo, se mantuvo firme y en la sombra, defendiendo aquello en lo que creía. Casi como una Diana de Gales, pero sin el glamour de la realeza ni los paparazzis, Joan se fajó por causas nobles, marchó del brazo con Martin Luther King y lideró, a los 22 años, las masivas protestas civiles cantando el himno gospel We shall overcome ante más de 300,000 personas en Washington, actuó en Woodstock, estuvo presa, soportó bombardeos en Hanoi y en Sarajevo, se unió a Amnistía Internacional. A su propia manera, también se hizo gigante.

Su historia con Bob Dylan ha sido motivo de diversas especulaciones, cruces de miradas y aclares extemporáneos. En una época de relaciones abiertas y compartidas, Joan y Bob vivieron el sueño del amor libre, aparentemente sin mayores compromisos. Sin embargo, cuando ambos decidieron casarse con otras personas (Dylan, en esa época, se emparejó con Sara Lownds, madre de cuatro de sus seis hijos), algo se quebró. Pasaron de compartir el mismo micrófono a lanzarse pullas a través de canciones. Mientras que Dylan habría escrito, siempre con su estilo disperso y metafórico, temas como Visions of Johanna, Lily Rosemary and the Jack of hearts, She belongs to me, entre otros, pensando en ella; Baez fue más directa en títulos como To Bobby, Winds of the old days, la furibunda Oh brother (en respuesta a Oh sister de Dylan) y, especialmente, Diamonds & rust, su canción más emblemática, en la que rememora sus días juntos. Este tema, que da título a su vigésimo disco editado en 1975, fue versionado por la banda británica de heavy metal Judas Priest, en su tercer álbum Sin after sin (1977), un hecho que la cantante describió como “asombroso”. El LP contiene temas de Jackson Browne, Stevie Wonder y los Allman Brothers Band, además de Simple twist of fate, otra composición de Dylan en la que incluso se anima a imitarlo, y Dida, un divertimento vocal en la que participa su amiga, Joni Mitchell.

En 1975-1976 la chispa se encendió de nuevo en la colorida y caótica gira Rolling Thunder Venue, pero sin replicar la magia de sus pueriles escarceos de antaño. En aquel tour – en el que también participaron Roger McGuinn de los Byrds y el icono de la generación beat Allen Ginsberg-, ambos cantan y se divierten juntos. Años después, en 1984, lo intentaron nuevamente en una serie de conciertos junto a Santana, pero la cosa acabó tan mal que Baez abandonó la gira antes de concluirla. Todas estas idas y vueltas han quedado registradas en las dos autobiografías que ha publicado la cantante -Daybreak (1966) y And a voice to sing with (1987), además de los documentales sobre Bob Dylan, Don’t look back (D. A. Pennebaker, 1968), No direction home (Martin Scorsese, 2005), Rolling Thunder Revue, también de Scorsese  (disponible en Netflix) y How sweet the sound (2009), de la serie American Masters de PBS, dedicado a Baez. Recientemente, la cantante presentó en su cuenta de Instagram unos retratos de Dylan, con reflexiones acerca de este importante capítulo de su vida.

From every stage (A& M Records, 1976) es un álbum en vivo en el que puede apreciarse la calidad vocal de Joan Baez que, en canciones como la abridora (Ain’t gonna let nobody) Turn me around, hace pensar en vocalistas modernas como Adele o Björk. Acompañada por músicos de primera como Larry Carlton (guitarra), James Jamerson (bajo), Dave Briggs (teclados) y Jim Gordon (batería), Baez ofrece versiones excelentes de Suzanne de Leonard Cohen; Stewball, una tradicional melodía británica del siglo 19 que le sirvió de base a John Lennon para su single navideño Happy Xmas (War is over) de 1971; dos clásicos de The Band –I shall be released y The night they drove Old Dixie down– el cántico gospel Amazing grace y un puñado de clásicos de Dylan, además de sus propias composiciones. Otro punto importante en su discografía fue Gracias a la vida (1974), su única producción en español, que contiene clásicos latinoamericanos como Cucurrucucú paloma, Guantanamera, De colores, Te recuerdo Amanda y el tema-título, de la chilena Violeta Parra. En su quinto LP, Joan Baez/5 (1964) incluyó una versión de O’ cangaceiro, base de lo que todos nosotros conocemos aquí como Mujer hilandera, popularizada por Juaneco y su Combo en los setenta. Y no olvidemos su trabajo con Ennio Morricone en el film Sacco & Vanzetti (Giuliano Montaldo, 1971), acerca de dos inmigrantes italianos sentenciados a muerte injustamente en los Estados Unidos durante los años veinte.

En las décadas siguientes, Joan Baez estuvo muy activa, tanto en lo personal como en lo artístico. A inicios de los ochenta mantuvo una breve relación sentimental con Steve Jobs, el genio de Apple, a pesar de la diferencia de edad (ella tenía 41 y él, 27) e incluso cantó en los funerales del icono tecnológico en el 2011. En 1985 participó en Live Aid y luego viajó a Checoslovaquia, donde colaboró con Václav Havel, primer presidente democrático de ese país. Compartió su vida musical con su activismo político, participando en cuanto tema social le fue posible. Se involucró con Amnistía Internacional, hizo campañas a favor de la desactivación de minas antipersonales, medioambientalistas y en defensa de la comunidad LGTBI. En el 2008 apoyó activamente la candidatura presidencial de Barack Obama y fue, después, dura crítica de Donald Trump. 

Entre sus álbumes más destacados de los últimos tiempos podemos mencionar Play me backwards (1992), Dark chords on a big guitar (2003) y Whistle down the wind (2018), su última producción oficial en las que, además de sus propias canciones, Baez interpreta a compositores como Tom Waits, Mark Knopfler, Mary Chapin Carpenter, Natalie Merchant y Steve Earle. El año previo a la pandemia, 2019, realizó su gira de despedida con varios shows en Estados Unidos y Europa. Un año después, Baez fue reconocida con el Kennedy Center Honors 2020, por sus contribuciones a la música norteamericana, un merecido homenaje para la voz de los sesenta.

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Claudia Tangoa, Diego Pérez, dramaturgos, obra de teatro, San Bartolo, Sodalicio, teatro

A pesar de los evidentes esfuerzos de César Hildebrandt por lograr precisiones, la primera entrevista que ha dado Pedro Castillo a un periodista desde que asumió el mandato, y que ha salido publicada en Hildebrandt en sus trece, ha sido una profunda decepción.

Si Castillo lo que quería -imaginamos que para ello ha decidido acercarse a la prensa- es aclarar las dudas respecto de su paso por el gobierno y su mirada de largo plazo, pues no aclara ninguna y, más bien, deja pendientes las inquietudes que muchos tienen respecto de su gestión.

El Primer Mandatario parece creer que con los éxitos del plan de vacunación es más que suficiente respecto de sus responsabilidades gubernativas y, además, parece estimar que ello lo exime de no haber hecho casi nada en otras materias.

No aclara lo de Sarratea, defiende el nombramiento de Salaverry, no admite mayores errores, no aclara si va a haber cambio de gabinete o no, no logra definir su estrategia respecto de una Asamblea Constituyente, etc.

Si nos guiáramos por esta entrevista para trazar un derrotero de cómo será su gobierno, habría que resignarnos a la mediocridad vigente y a que Castillo no se moverá de ese margen, con eventuales bandazos hacia la izquierda o hacia la derecha, pero manteniendo como eje de acción central, la medianía más pueril en sus actos gubernativos.

Es realmente una lástima, porque el mundo global atraviesa por un periodo de bonanza en los precios de las materias primas, que nos podría permitir un despegue económico sustantivo, capaz de reducir las tasas de pobreza en la misma proporción que se logró en la segunda gestión de Alan García (quien también gozó de esa bonanza internacional), pero para ello se requieren señales claras y contundentes, no mensajes esquivos, cifrados, cargados de incógnitas.

Al final, algo de capitales vendrá, porque ya para los inversionistas es una buena noticia que Castillo no sea, efectivamente, un Presidente estatizador ni conculcador de la propiedad privada, pero el boom económico que podríamos haber espectado este lustro, se va a perder groseramente.

A la luz de lo que potencialmente pudo ser, estos serán cinco años perdidos. No habrá ni siquiera grandes cambios estructurales ni reformas importantes, ni en salud ni en educación, con un gobernante tan limitado y de poca monta como el que nos ha tocado en suerte.

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César Hildebrandt, Pedro Castillo

Todavía hay quienes piensan en la antigualla de oficios masculinos y oficios femeninos. La idea de que un corresponsal de guerra debe ser sin duda un hombre, por ejemplo, es uno de esos casos en los que el imaginario patriarcal ha consagrado su tóxico conservadurismo. 

Un reciente libro de Christiane Félip Vidal, escritora francesa afincada en Lima y que ha elegido el español como lengua literaria, recoge el testimonio y las vivencias de seis periodistas que lograron romper diversas barreras y ejercer con valentía su oficio: Patricia Castro Obando, Vera Lentz, María Luisa Martínez, Mariana Sánchez Aizcorbe, Mónica Seoane y Morgana Vargas Llosa. 

El erudito y cálido prólogo de Juan Gargurevich nos ofrece una larga lista de mujeres que a lo largo de la historia del periodismo mundial supieron enfrentar el prejuicio y realizaron, al igual que sus colegas, reunidas esta vez por Félip Vidal, un notable trabajo en la cobertura de distintos conflictos en diversas partes del mundo. 

Habría que recordar con gratitud que, por ejemplo, Patricia Castro Obando informó con puntualidad y rigor de muchísimos sucesos ocurridos en Islamabad, Pakistán, durante el conflicto de los Talibanes. 

Descendiente de una estirpe de fotógrafos, Vera Lentz (con quien tuve el honor de trabajar en Expreso en 1995) sabe y mucho de guerras, pero hay una imagen estremecedora: Vera, con su hija Kantú a la espalda, fotografiando la áspera realidad de los refugiados en El Salvador y la violencia en Nicaragua.

Tendríamos que sumar a este recuento la audacia de María Luisa Martínez para conseguir, a punta de adrenalina e ingenio, historias sobre la matanza de Accomarca, testimonios dramáticos que de otro modo hubiesen quedado en el olvido. Y también a Mariana Sánchez Aizcorbe, acaso la más experimentada en materia de cobertura de guerras, desde el Asia Central hasta la narcoviolencia, en un amplio arco temporal.

Y por supuesto el temple de Mónica Seoane, que dejó varias lecciones imborrables entre las que se pueden contar varios reportajes notables sobre la Revolución Sandinista (la primera y esperanzadora, por cierto) y un motín de presos durante el primer gobierno de García que valió el cierre del programa en el que entonces laboraba. 

Para el cierre, el lente de Morgana Vargas Llosa, que entre miles de imágenes tomadas en diversas partes del mundo, nos legará para la posteridad ese ojo tan atento al sufrimiento, al indecible encierro y al horror de vivir en Gaza.

En tiempos de medios calientes (medios que hierven diría mejor), en tiempos de medios que hiperinforman sin decir nada y lo espectacularizan todo, es reconfortante recordar que estas seis mujeres, sin olvidar la huella dejada por tantas otras, hicieron del periodismo algo digno y limpio; que la vocación no se traiciona ni se mancha. Esa es la escuela. Gracias a Christiane Félip Vidal por abrir sus puertas. 

Mujeres en conflictos. Christiane Félip Vidal. dición de Leila Guerriero. Lima: Cocodrilo Ediciones, 2021. 

 


Alonso Rabí Do Carmo es profesor ordinario de la Universidad de Lima, donde imparte cursos de Lengua, Literatura y Periodismo. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y obtuvo el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado. Ejerce el periodismo desde 1989.

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Christiane Félip Vidal, María Luisa Martínez, Mariana Sánchez Aizcorbe, Mónica Seoane, Morgana Vargas Llosa., Patricia Castro Obando, Vera Lentz

Los rumores siguen corriendo, insistentes, respecto de un posible cambio de gabinete, que modificaría el rumbo conocido del gobierno hasta la fecha. Lo cierto es que el Presidente tiene frente a sí tres opciones y sería bueno que zanjara definitivamente cuál de ellas va a seguir a lo largo de su gestión y no esté saltando de una a otra a lo largo de su mandato.

Opción A: mantiene el formato actual, con una repartición más o menos equitativa entre las diversas fuerzas de la coalición de izquierdas que nos regenta. El beneficio que conllevaría es el de una relativa tranquilidad en los mercados, ya que solo tendría que corregirse la pavorosa mediocridad que se ha instalado en diversos ministerios u oficinas públicas (el caso de Petroperú es uno de los más flagrantes y recientemente conocidos). El problema es que no generaría la suficiente confianza como para desatar una vorágine inversora que aproveche el extraordinario momento de los precios internacionales, que, a pesar de la medianía del régimen, ha disparado los valores de la minería o la pesca (se anuncia, por ello, un récord tributario para este marzo entrante).

 

Opción B: le hace caso a los consejos de Vladimir Cerrón y radicaliza su gobierno, expectorando a los que el propio extremismo cerronista llama “los caviares” del gabinete, se coloca a alguien como Róger Nájar o Hernando Cevallos en el Premierato, se insiste con el tema de la Constituyente y se trata de aplicar políticas económicas más agresivas en materia de redistribución o intervención estatal. El beneficio sería que fortificaría la representación política de un gobierno que fue votado precisamente para que haga eso y cerraría así la brecha creciente de potenciales crisis políticas futuras (hay, embalsada, una “energía” izquierdista, por llamarla así, producto de las defecciones anteriores de Fujimori, Humala o el propio García II). El problema es que llevaría al país al caos económico y en este caso se dilapidaría el buen momento internacional. Lo que se ganaría en representatividad política se perdería en viabilidad socioeconómica.

Opción C: Castillo gira al centro y convoca funcionarios de centro o, inclusive, de derecha, expectorando también, pero por otras razones, al “ala caviar” hoy vigente de los sectores claves que maneja, particularmente del MEF. El beneficio es que cosecharía de un influjo de capitales, que los propios peruanos han sacado al exterior, tranquilizaría los mercados inversores desatando su dinámica y generaría un crecimiento económico importante. El problema es que se acrecentaría la energía política disruptiva, que se vería nuevamente embalsada y postergada por un giro de timón del gobierno, que una vez instalado, administra por la derecha desoyendo su mandato de izquierda.

En cualquier caso, sea cual sea la opción que Castillo elija, lo va a tener que hacer pronto. Las dudas, incertidumbre y sombras que hoy subsisten, medran la confianza y generan parálisis.

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Pedro Castillo, política peruana

Por el 2012, la alcaldesa de centroizquierda, Susana Villarán (actualmente en prisión domiciliaria por corrupción), recibió en la Municipalidad de Lima y otorgó distinciones a las Damas de Blanco y la bloguera de Miami Yoani Sánchez. Asimismo, recibió al líder de la oposición venezolana, Henrique Capriles. Todos estos personajes empleados por el gran capital y con vínculos con organizaciones fascistas. 

En el 2016, junto a apristas y fujimoristas, la bancada del Frente Amplio, conformada por la frágil alianza entre Nuevo Perú y Tierra y Libertad, liderados por Marisa Glave y Marco Arana, se sumaron al antichavismo del Congreso. Igualmente, Sigrid Bazán, congresista de JPP, demostró como periodista una alineación ideológica con sus patrones, afirmando que denunciar la dictadura de Maduro es “ser de izquierda”. Y en la última campaña electoral, Verónika Mendoza dejó su usual “neutralidad” para llamar al gobierno venezolano “dictadura corrupta”.

Esta “nueva izquierda” ha reemplazado su posición ideológica contra el imperialismo por un “moralismo” basado en una «verdad» fabricada por el imperio y repetida por la prensa neoliberal, ignorando todo contexto histórico y político. Hablan de la Patria Grande, pero callan sobre las sanciones de EEUU para asfixiar la economía venezolana, el “congelamiento” de las cuentas de miles de millones de dólares del estado venezolano en bancos europeos y la millonaria asistencia “humanitaria” para financiar a la oposición.

De esa manera aparecen posiciones como la de Indira Huilca, ex regidora de S. Villarán y supuesta aspirante a la alcaldía de Lima, quien llegó al extremo de decir que Maduro es igual a Fujimori. Este estilo político de posverdad parece aprendido del manual “centrista” de EEUU. La senadora estadounidense Elizabeth Warren, precandidata demócrata de “izquierda” en el 2020, se autodenominó “una capitalista hasta el tuétano” para ganarse el apoyo del poder dominante y aislar al popular Bernie Sanders, colocándolo como el socialista radical y peligroso. A pesar de eso, la candidatura de Warren se evaporó rápidamente. 

Martin Luther King Jr. luchó contra lo que él llamó los tres males en el mundo: racismo, pobreza y guerra. Habría que agregar el patriarcado, pero sabemos que la opresión sexista no se eliminará mientras no eliminemos esos tres males. Por eso sorprende, y es paradójico, que en esta izquierda liderada por mujeres que han hecho carrera política levantando la bandera feminista, no se atrevan a conectar el imperialismo y su impacto en la clase trabajadora, especialmente en las mujeres. Las guerras imperialistas coloniales exponen a las mujeres al abuso sexual, explotación y muerte. Como consecuencia millones de mujeres se han visto obligadas a migrar dejando sus hogares. Será por eso que el feminismo liberal no tiene resonancia en mujeres de sectores populares. 

Se debe hablar sobre el imperialismo para confrontar una realidad histórica y actual. Los imperios existen desde la aparición del estado y actúan anexando territorios mediante el sometimiento de otros pueblos y culturas para el aprovechamiento económico de sus recursos. Desde los últimos siglos, el imperialismo se ha desarrollado como etapa superior del capitalismo, como lo definió Lenin, cuando se ha superado el librecambio para pasar a una etapa dónde el capital se concentra en pocas manos y se expande para asegurar mercados, territorios y salidas de inversión para sus corporaciones. El poder corporativo utiliza el militarismo e instituciones como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, entre otras, para controlar estados y asegurar sus intereses.

Al igual que en otros países que ejercen su soberanía, el actual conflicto militar en Ucrania para atacar Rusia, nos enseña cómo el imperialismo utiliza la conocida estrategia de crear crisis políticas e insurrecciones lideradas por grupos fascistas. 

En el 2014 el gobierno de Obama dirigió un golpe de estado contra el presidente ucraniano Viktor Yanukovych, elegido democráticamente en el 2010. Victoria Nuland, funcionaria del Departamento de Estado desde la época de Bush, y una de las arquitectas de la invasión a Irak y el golpe en Ucrania, testificó ante el Congreso de EEUU que el gobierno de Obama invirtió miles de millones de dólares para el golpe de estado. Nuland ha sido recientemente promovida por Biden a un cargo más alto. Dicho sea de paso, el hijo de Biden, se enriqueció con el golpe al ser “asesor” de una compañía de gas en Ucrania y cuando era investigado por corrupción, Biden logró que se cierre la investigación amenazando al gobierno ucraniano con sanciones.

Es responsabilidad de la izquierda denunciar las acciones realizadas por el imperialismo que agravan las desigualdades económicas con la complicidad de la clase política, la prensa neoliberal y ONGs financiadas desde EEUU, como USAID y otras fundaciones, en países donde aparecen iniciativas anti-neoliberales. 

Aprovechemos el triunfo de Perú Libre que con una clara posición de los postulados de izquierda ha recreado el mapa político y generado entusiasmo en el campo popular. Una izquierda que acepta la ideología imperialista jamás podrá liderar un movimiento popular.

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imperialismo, Izquierda, izquierda liberal

UNO

Pelado, con un buzo de marca y el ceño fruncido; ante la consulta, Daniel Córdova, sigue con la obtusa narrativa de fraude. Aburre ya. Pasaron más de seis meses y sigue con lo mismo. No presenta pruebas. Está a punto de convertirse en un meme, como Acuña, de quien es amigo. Es así nomás. 

 “Nunca se dio a conocer un suplantado” indica el periodista

“Eso no es factor relevante para determinar la existencia de fraude” responde sin sonrojarse el pelado.

O sea, yo puedo tener una hipótesis. 

  • ¿Y tienes las pruebas? 
  • No, no las tengo

¿Entonces de que estamos hablando?

“¿Pedir perdón por defender la democracia? Es propio del Stalinismo, me hace recordar el caso Padilla”.

Este personaje orondo, incluso no sabe nada de Stalin. Si hubiera estado en la URSS, de los años cuarenta, el hombre del Kremlin, lo hubiera mandado fusilar, no le hubiera pedido que se disculpe. Y por el caso Padilla, el Barbón lo metía preso, mínimo.

Defender la Democracia no significa socavar las Instituciones Democráticas. Pensar que todas ellas estaban coludidas con el Hombre del Lápiz, pues es delirante. 

No va a pedir perdón, jamás. Y Keiko, López Aliaga y demás conservadores recalcitrantes, mucho menos.

DOS

“Un héroe nacional que se acerque al chotano de mierda y le meta un balazo, a lo J.F.Kennedy” – Tuit de Dave Jimmy Hernández

El periodista, apócrifo, Dave Jimmy solicitó en su Twitter, matar al Presidente. Aunque parezca mentira, esta es, una de las secuelas de la polarización que sufre el país, desde abril de 2220. Nada es gratuito. 

Umberto Eco tenía una reflexión muy interesante con respecto a esto.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar, después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas».

Lo interesante de esto, es que el personaje de marras, es periodista de un diarucho que pertenece al Grupo “El Comercio”. Deberían despedirlo como primera medida, y luego que la Fiscalía le abra un expediente por sus dichos. 

Pero no fue el único caso de periodistas incitando a la violencia.

“¿Si fuera legal matar a alguien, por media horita, a quien matarías tú?” Hace un mes atrás, Phillip Butters le hizo esta pregunta al Congresista Bellido, quien, lógicamente, rechazó responder.

¿Y recuerdan cuando Beto Ortiz, exhibió un arma y se dirigió amenazadoramente a un Ministro?

“Es mi cultura, yo me siento identificado con este objeto folclórico, con este objeto típico; entonces no se asuste si yo entro a su casa o su ministerio, con este objeto, que es tan querido para mí”.

¿En esto se ha convertido el Periodismo? ¿Puede ser que haya gente que los justifique?

En una encuesta del año pasado, Ortiz salió como el segundo periodista más influyente. 

Y pensar que antes teníamos a Alfonso Tealdo y a Cesar Hildebrandt, en la caja boba.

TRES

Las artes, muchas veces, dan respuestas a nuestras dudas o cuitas.

“La Purga”, es una película de cuarta, que habla de un gobierno totalitario (¿El Nazismo?) que declara un día libre para delinquir o matar a quien se crea prescindible. Del cual, son fanáticos –seguramente- los tres personajes mencionados en el párrafo anterior.

En 1948 Hitchcook hizo una peli excepcional: “La Soga”. Que trata de 2 jóvenes aristócratas (Brandon y Phillip) que asesinan a un compañero, por puro placer. 

“Los conceptos morales del bien y del mal, de los justo o de lo injusto, no son válidos para los seres intelectualmente superiores…” exclama Brandon ante Rupert Cadell, su profesor universitario, para justificar su crimen

Su profesor le replica. “Que derecho tienes para atreverte a decir que eres superior a la mayor parte de los seres humanos? Quien te dio el derecho para decidir que ese pobre muchacho que está ahí, era un ser inferior y debía ser eliminado. ¿Creíste que eras Dios Brandon? Pero sé lo que eres: Un asesino.

Y Hitchcook, hizo “La Soga” tres años después de Hitler.

Otra película es “The Fischer King” (del genial Terry Gilliam) con Jeff Bridges y Robin Williams. Jack Lucas (Bridges) es un locutor radial grandilocuente con mucho éxito. Misógino irredento. Uno de sus radioescuchas lo llama a diario para contarle sus cuitas de amor. Harto, Jack le replica.

“Te enamoras de chicas que solo buscan placer y que no conocen el amor, ni les interesa”

A la noche, mientras mira televisión, se entera que el tipo en cuestión, había matado a 7 mujeres por las palabras de Lucas. 

La vida de Jack Lucas vira en 180 grados. Pierde su trabajo, casa y empleo.

Conoce a un homeless llamado Parry (Robin Williams) que justo perdió a su novia por culpa del radioescucha. Ahí empieza un largo camino de redención del personaje de Jeff Bridges.

Me parece, que no hace añadir más, ¿no?

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Polarización

Quizás crees conocer esta historia. El cuento navega en los recuerdos de tu infancia. La nariz larga cuando hay mentiras, el carpintero capaz de crear vida de una marioneta de madera y las moralejas éticas. Ha sido adaptada al cine y a la televisión mundial múltiples veces, Disney la convirtió en un clásico desde 1940 e incluso Robert Zemeckis y Tom Hanks estrenarán este año una versión en CGI.

Pero este Pinocchio en nada se parece a todos los previos. Es la primera versión hecha en Italia con alto presupuesto desde que Carlo Collodi publicó el primer cuento en 1883. Y es, sin dudas, un acercamiento más fiel a esa versión original. La historia real no contaba con el tono positivo y dulce de Disney, ni tampoco bañada en risas y emociones fáciles de Hollywood. Pinocchio no es gracioso.

El muñeco de madera cuya nariz crece al mentir es en realidad un cuento sombrío y crudo, sobre cómo asustar a los niños sobre las consecuencias del engaño.

En el 2002, Miramax pagó a Roberto Benigni buena plata por ponerse un traje ridículo y hacer de Pinocchio un verdadero circo. Fue un fracaso de taquilla y despreciada por la crítica. Quizás para reinvidicarse, Benigni aceptó ser ahora Geppetto. Lo vemos en la primera escena, viejo y canoso, tallando lo que creemos ser Pinocchio. Pero no. Son migajas del resto de queso que le quedaba.

Este Geppetto es muy pobre. Debe rogar por trabajo, le regalan la comida y para hacer algún trabajo artesanal pide prestado la madera. En cinco minutos, la película te presenta a un personaje sumergido en la soledad y vulnerable al entorno, que encuentra en inventar una marioneta de madera el último recurso para salir de su condición humana. Y así, de pronto, le crees.

La magia de un muñeco de madera cobrando vida se presenta también sutil. Otro viejo artesano ve como un tronco se mueve de pronto por sí solo. No sabe qué es y no lo quiere cerca. Se sorprende y lo regala. Parece estar borracho y no hay mayor explicación al respecto. Quizás todos estamos medio intoxicados en la vida. Y elegimos dejar pasar por delante eso que parece extraño y mentiroso.

A diferencia de Disney, el director y guionista Matteo Garrone no tiene miedo de incluir en Pinocchio todo el drama adulto y social. Este muñeco no es un niño inocente y despreocupado. Es un niño real. Sale corriendo cuando su padre quiere darle cariño y afecto. Le lanza un martillo al grillo que quiere servirle como conciencia. Busca sin paciencia lo que quiere para vivir la vida a sus anchas.

Por esa naturalidad y dejando de lado todas las trampas y el manual, es más sincero el personaje y, en consecuencia, la historia.

Es dificil distinguir las características de muñeco de madera en la reacreación humanoide del personaje interpretado por Federico Ielapi. Pero esta decisión hace posible empatizar más con un Pinocchio que ofrece gestos y movimientos naturales en comparación a otras adaptaciones. Y mantener la atención en esta película lenta y larga es posible debido al carisma natural de la actuación.

Pinocchio resulta una celebración de un mundo fantástico visto desde los ojos de un niño. A pesar de que conocemos la historia, encontramos nuevas lecciones morales. Conecta a la audiencia con toneladas de humor infantil, que visto desde los ojos de un adulto pueden ser interpretados como negro, y un detallado diseño de producción que permite cumplir los caprichos de un narrador talentoso.

El resultado es una experiencia visual lujosa con escenas emocionantes que pueden capturar a cualquier escéptico. Aunque carece de sorpresas en su narrativa, ver un clásico infantil convertirse en una historia convulsa, turbia y profunda es una golosina para los recuerdos. Y Garrone la vuelve una adaptación convincente, divertida y emocionante. La valla de Disney está muy alta.

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Tiene razón Fernando Cillóniz cuando señala, en su última colaboración en Lampadia, que hay que revisar a fondo el proceso de regionalización, el mismo que ha fracasado estrepitosamente. No se trata de volver a centralizar todo en el gobierno capitalino, sino de crear -recojo su idea- organismos constitucionales autónomos que se encarguen de las principales responsabilidades: salud, educación, agua y saneamiento, limpieza pública, tráfico vehicular, vivienda y urbanismo, infraestructura, entre otros.

Siguiendo el ejemplo de la excelencia funcional del Banco Central de Reserva, Cillóniz propone la creación de organismos meritocráticos, altamente profesionales, especializados y con autonomía constitucional, y -ojo con esto- descentralizados, es decir no habría un organismo nacional del agua, por ejemplo, sino que cada región tendría su propia entidad, con personal local, pero con las mismas prerrogativas de autonomía respecto de la politiquería ineficiente del gobierno central, de los gobiernos regionales y de los gobiernos municipales.

No se puede volver al centralismo. Es antirepublicano y antidemocrático, además de causante de todas las disrupciones electorales de los últimos tiempos. Es una tara histórica a la que se debe poner remedio y sería, por ello, absurdo y reaccionario pretender una marcha atrás.

Pero el esquema con el que se diseñó la regionalización fue un desastre. Su promotor irresponsable fue Alejandro Toledo, pero en ello tiene culpa compartida. Hay que recordar que el entonces presidente chakano citó a Palacio a Alan García, líder de la oposición, a comentarle que estaba evaluando suspender el inicio de la regionalización porque temía que fuera más perjudicial que benéfica. Trataba, como es evidente, de conseguir su anuencia política para facilitar la decisión. La conversación, que era reservada y hasta ese entonces meramente consultiva, fue violentada por García, quien a la salida de Palacio denunció a la prensa que el gobierno pretendía tirarse abajo la anhelada descentralización, obligando al régimen a retroceder y mantener el despropósito.

Hoy pagamos las consecuencias. Los gobiernos regionales, provinciales y distritales son antros de corrupción (la cantidad de autoridades denunciadas o encarceladas es descomunal), las obras son un desastre inacabado, las responsabilidades esenciales son abandonadas, se gasta en estupideces (como monumentos, piscinas o coliseos inservibles), y el pueblo, a pesar de que estas autoridades nunca antes en la historia han tenido tantos recursos, en algunos casos millonarios, sigue en la pobreza, en la indignidad urbana y la orfandad de servicios básicos. Y le echa la culpa de ello, increíblemente, al centralismo limeño y no a sus propias autoridades, eligiendo una y otra vez cada vez peor. A esta espiral mediocre, ineficiente y corrupta hay que ponerle coto.

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Alan García, Alejandro Toledo, regionalización
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