Opinión

Si la derecha liberal quiere tener algún futuro político en el pantano en que se ha convertido el Perú contemporáneo, necesita tener presente una verdad elemental: basta de proponer tan solo la lucha contra el Estado y la defensa de la libertad de mercado; debe, por fin, capturar el imaginario social y convertirse en la voz disidente respecto de un orden que humilla a la ciudadanía.

El problema, en resumen, es que en el Perú ahora estamos experimentando el rostro deforme y repugnante de una derecha sin valores, de la derecha al estilo Boluarte, ese rostro feo, enjuto y venal cuyo grito político es solo uno: sobrevivir, cueste lo que cueste.

Para forjar una derecha liberal disruptiva, tendremos que escapar de este estado de estancamiento prevaleciente. Debe decir, sin eufemismos, que Boluarte no es liberal ni es una persona sensata de derecha; ella es simplemente una superviviente del naufragio castillista, un caso adicional de la mediocridad generalizada que ha estado devorando nuestras instituciones desde hace décadas. Construir la narrativa de que su administración es, de alguna manera, un cierto orden liberal no solo sería un error, es un harakiri moral.

Lo que es necesario es una historia difícil y valiente capaz de convertir la defensa de la libertad individual, el libre mercado y el estado de derecho en una forma de insubordinación cívica.

Los liberales no deberían dudar ni un momento en llamar a esto como lo que es: mercantilismo corporativo — el uso de intereses comerciales poderosos y bien conectados que se alimentan del erario público, y el uso de una clase política corrupta que ha estado trepando como hiedra sobre el Congreso — eso es todo lo que es.

Deben dirigirse a la gente en un lenguaje que la gente entienda: claro, apasionado, incluso enojado. La defensa de la libertad no se puede hacer en modo tecnocrático, el argumento tiene que ser épico. Los corazones no se ganan con hojas de cálculo en Excel.

La tarea de la derecha liberal no podría ser más clara: ser la fuerza auténtica para el cambio, abogando por un Perú moderno y abierto — no podemos olvidar, por un Perú libre. Desvincularse del populismo de izquierda y derecha actual.

Y para hacerlo, necesita superar su miedo al descontento, su miedo a ser opositora, su miedo, en el sentido más elevado y hermoso de esa palabra, a ser disruptiva y radicalmente revolucionaria.

En el Perú de hoy, la centroderecha es algo así como un fantasma: está ahí, pero no está presente. Su silencio, su timidez, su miedo casi patológico a participar públicamente la hace irrelevante.

Con muy pocas excepciones, sus miembros tienden a susurrar entre bambalinas en lugar de pronunciarse con declaraciones públicas firmes. Y aún así, deben saber que, en política, el silencio es rendirse.

Frente a una extrema derecha que ha monopolizado el lenguaje de la indignación y una izquierda radical para quien la protesta se aproxima a una forma de arte, ahí está, impotente: la centroderecha, callada, calculadora. Esa moderación tibia y sin pasión no despierta.

El público no anhela esfinges que respeten códigos discretos de conducta privada; anhela líderes que puedan encontrar las coordenadas éticas de la vida pública, incluso desde un punto de vista centrista. Se puede ser un centrista con la pasión de un radical, defendiendo los valores liberales mientras otros proclaman las utopías poco prácticas que tienen en mente.

La centroderecha peruana resulta ser un drama más moral que estratégico. Es el miedo al riesgo, al debate, a la impopularidad transitoria que es el precio a pagar por defender la democracia liberal en una época de populismo demagógico.

Pero aquellos que no están dispuestos a luchar por esa visión del mundo al final serán avasallados por las visiones de otros. Si no se deshace de este perfil bajo, de su moderación política, la centroderecha terminará devorada, primero por el extremismo conservador que promete orden a toda costa, y luego por el populismo de izquierda que promete redención sin sacrificio.

En un país que necesita volverse más sensato,pero también más valiente, la centroderecha debería resurgir como una opción disruptiva: de valores firmes, soluciones creativas, comunicación audaz. Ya no basta con tener la razón; hay que saber defender la propia verdad en el foro público, empuñar palabras vivas, un espíritu combativo.

Lo que el Perú no necesita es otro silencio cómplice; necesita voces valientes que, bien posicionadas desde el centro, arriesguen el presente.

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[Agenda País] La encuesta de Ipsos, a un año de las elecciones generales peruanas publicada el domingo último por Perú21, ha arrojado un punto de partida previsible, tanto de los candidatos con opciones, como de lo que la ciudadanía busca en el perfil presidencial.

Con 42% entre indecisos, blancos y nulos, la derecha conservadora ha tomado la ventaja con Keiko Fujimori liderando el podio con 11%, seguida de Rafael López-Aliaga con 6% y Carlos Alvarez con el mismo porcentaje.

Luego sigue un grupo grande que obtienen entre 2% y 3%, desde los conocidos De Soto y Acuña al centro, Verónica Mendoza, Vladimir Cerrón y Guillermo Bermejo de la izquierda radical, “caviarones” como Rafael Belaúnde, Lopez-Chau y Susel Paredes ( quien no puede postular a la presidencia ) y nuevamente algunos de derecha conservadora como Philip Butters y Alfredo Barnechea.

A nivel ideológico, podemos extrapolar que la derecha, entre conservadora y liberal, puede estar aglutinando un 30%/35% del electorado, los radicales de izquierda alrededor del 25%/30%, los “no sé qué soy” un 15%/20%, al igual que la izquierda caviar.

Esta foto actual nos encaminaría al mismo escenario del 2021, con un candidato de derecha conservadora enfrentando a uno de izquierda radical. Y el final de la historia, ya la conocemos.

Pero otra parte importante de la encuesta de Ipsos es que la ciudadanía, preocupada por el aumento de la inseguridad y un deterioro de su economía, quiere un presidente con agallas que luche de manera decidida contra la delincuencia y que tenga propuestas claras (y simples) de cómo va a mejorar el bienestar de todos los peruanos.

Nadie ha tomado la bandera del liberalismo como plataforma político-ideológica y los llamados a hacerlo, como Rafael Belaúnde y Carlos Anderson, más paran criticando a la derecha conservadora, posible aliada de gobierno, por lo que automáticamente son tildados de “caviares” y no aprovechan ese espacio vacío del “Milei” peruano que les podría dar la oportunidad de aglutinar una importante porción electoral.

La figura del outsider que Milei pudo encarnar con la bandera del liberalismo libertario y su efusiva crítica a la casta gobernante (los caviares peruanos) no la está tomando nadie y ms bien es Carlos Alvarez, con una alocución disruptiva y fuerte en contra de la inseguridad y el crimen, quien se está aprovechando de la tibieza de la mayoría de candidatos.

Imaginemos un candidato que, no solamente tenga un discurso a lo “Bukele”, sino también, que enarbole los principios del liberalismo económico y social.

Sí, aquel donde la iniciativa privada es el motor fundamental de la economía, donde se priorice al individuo como eje de la sociedadrespetando sus decisiones personales de vida, incluso la de amar a quien le de la gana y que propugne un estado eficiente donde prime la seguridad ciudadana, el estado de derecho y los servicios públicos de calidad en educación y salud.

El espacio político está allí. Solo se tiene que mirar el bosque desde afuera otra vez para que algún candidato tome la bandera del liberalismo bajo el lema de “Seguridad con Bienestar” y se meta de lleno en la contienda electoral. Lo necesitamos.

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Querida Manuela

¿Cómo te imaginaste el Perú hace 200 años? No tengo claro cuál era tu posición; la de tu amado Simón Bolívar sí es bastante más clara. Me interesaría saber cuáles eran tus sueños como mujer y luchadora. Por eso, iré a buscarlos.

El 14 de abril de 1823 partió Antonio José de Sucre hacia el Perú en calidad de ministro diplomático colombiano y jefe de las fuerzas militares (participó en la batalla de Junín y en la ocupación de los territorios que antes estaban bajo dominio español). Luego llega tu Simón Bolívar, a pedido del Congreso del Perú. En ese momento, necesitábamos ayuda externa porque no había unión suficiente para terminar de expulsar a los españoles del territorio. Como sabes, expulsar a los españoles del Perú no solo iba a permitir crear una nueva república, sino también garantizar la independencia de toda América del Sur.

Hoy, la guerra, aunque no lo creas, es entre peruanos. No tiene sentido, ¿verdad? Pero es cierto. Un mes duró el “cuarto de guerra” establecido por el Ejecutivo, cuyo objetivo nunca fue claro. Tú me preguntarás cuál era la causa de esa guerra. Ese cuarto no tenía claro al enemigo. Debo advertirte también que hoy todo es marketing y comunicación. En un momento hablaban del “terrorismo urbano”, donde parecía que los terroristas eran aquellos que cometían delitos comunes, pero en bandas o como parte del crimen organizado. Es decir, delincuentes comunes. Luego, parece que todo aquel que cometía un acto ilícito era considerado terrorista urbano. En fin… al final, seguimos siendo víctimas de violencia, impunidad y descaro del crimen en las calles.

Asesinan a cantantes, dirigentes transportistas, mujeres trabajadoras sexuales, mujeres a manos de sus parejas. Ni el Ejecutivo, ni el Congreso, ni los gobiernos regionales, provinciales o distritales han respondido al pedido ciudadano. Creo que hay demasiados actores en la prevención del delito y ninguno tiene el liderazgo ni la capacidad para responder. Para los líderes políticos es más importante bajar la edad penal, limitar los fondos de cooperación para la defensa en procesos penales, declarar estados de emergencia y tratar de imponer la pena de muerte. Ninguna de estas propuestas va a disminuir la delincuencia.

Manuela, ¿sabes? Cuando escucho las noticias llenas de impunidad y corrupción, es como oír una historia paralela, como un ruido de fondo en mi día a día. Me hace acordar a la obra Sólo yo escapé, de Caryl Churchill. Churchill es actualmente la dramaturga más influyente del teatro inglés contemporáneo. Su obra es muy personal, experimental y con una mirada feminista crítica a la sociedad neoliberal y las terribles consecuencias del capitalismo sobre nuestras vidas y el planeta.

Tuve la oportunidad de verla dos veces en 2024, con dos elencos diferentes. Fue difícil de entender al inicio: la reunión de cuatro mujeres que conversan en un parque sobre sus vidas, tomando té de manera tierna, divertida y a la vez perturbadoramente oscura, ya que entre la conversación se va mostrando la crisis mundial en la que vivimos. Esa crisis que no queremos ver, pero que limita nuestra calidad de vida, nuestra libertad y alimenta nuestros miedos.

Cuatro maravillosas actrices para cuatro personajes increíbles, en ambas producciones. Los personajes son mujeres que se acercan a los setenta años, o que ya los tienen, y que, conversando tranquilamente en un parque, hacen frente a un mundo que parece llegar a su fin. Conversan de lo cotidiano con resiliencia, con diálogos espontáneos, cruzados, informales, donde nos van dando pinceladas de un mundo que conocemos: la falta de trabajo, negocios cerrados, los retos de la tecnología, la violencia de género, la amoralidad de las guerras, la destrucción de la naturaleza… Todo bajo un velo de normalidad muy europeo. Si esa obra hubiera transcurrido en Lima, o en cualquier ciudad grande del Perú, sería imposible que cuatro mujeres adultas mayores se reunieran a tomar té solas en un parque, con carteras, joyas y sin tener la paranoia de que las asalten, les caiga una bala perdida, las roben o las toquen.

“Té y catástrofe”, así la describe la autora. Una tarde cualquiera de cuatro mujeres “encerradas al aire libre”. En nuestra realidad peruana, eso es imposible. Nos han quitado el disfrute de la banalidad de caminar por los pocos espacios públicos en Lima. Lo que sí veo es la fuerza femenina: como los personajes, las peruanas, de manera tranquila, segura, irónica, parecemos encontrar la paz, la armonía y las ganas de vivir creando comunidad en compañía de las demás.

Esta obra me dejó con una pregunta: ¿Seremos las mujeres, esas anónimas que transitamos entre lo doméstico y lo global, de lo personal/privado a lo público/político,quienes mediante esta distopía podamos cambiar el rumbo de la humanidad mientras todavía quede tiempo para hacerlo? Veamos cómo se desenvuelve este año electoral, sin olvidar el presente en el que vivimos. 

[PIE DERECHO] El rechazo del Congreso al viaje de la presidenta Dina Boluarte para asistir al funeral del papa Francisco —una acción simbólica y diplomática, pero no una cuestión de urgencia nacional— fue una rara, pero saludable muestra de sensibilidad en la vida política de un país acostumbrado durante mucho tiempo a la pretensión vacía y el ritual.

No es que el Perú no deba rendir homenaje a Francisco: ¿quién no respeta al Sumo Pontífice, venerado por millones?; pero hoy más que nunca debemos decir que nuestro país está ardiendo en una crisis de seguridad y descrédito institucional que requiere que la más alta autoridad esté completamente presente en nuestra tierra.

Es grotesco, tal vez incluso patético, que mientras sicarios siembran el terror en calles que ya no son de ciudadanos sino de bandas criminales; mientras el Estado retrocede con marchas incansables mediante el avance del narcotráfico y la extorsión, la presidenta haya insistido en hacer un viaje que responde más a un impulso protocolar —y a la vanidad de estrechar manos entre jefes de gobierno durante funerales de Estado— que a una necesidad efectiva de representación.

Ningún gesto traiciona la frivolidad palaciega tanto como esta solicitud de una escapada disfrazada de diplomacia.

Las condiciones en el panorama político peruano son históricamente propicias para la comedia, la mascarada y el autoengaño institucional. Pero nunca, tal vez, ha sido tan necesario arrancarles su oropel, su pose, su inercia cortesana. La realidad de la situación necesita un presidente que gobierne, no que desfile. Que lidere con seguridad desde Palacio, no utilizando el cargo como excusa para turismo diplomático.

Debemos poner fin a este sinsentido vertiginoso, no por crueldad o cálculo político miserable, sino porque el país está sangrando. Que la muerte del Papa sea una ocasión para considerar la importancia de un liderazgo sobrio y comprometido, un liderazgo que se dirija al aquí y al ahora. Porque el Perú no necesita hoy un presidente que rinda honores desde lejos, sino uno que ordene acá, en medio de su patria desolada.

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Por: Rik Ahrdo

Carlos Álvarez: Entre el sketch y el desatino nacional

Después de tantos años interpretando presidentes, era cuestión de tiempo para que Carlos Álvarez quisiera ser uno. Total, si ya se ha puesto la banda en sketches, ¿por qué no intentarlo en serio? En esta comedia electoral, el protagonista es este talentoso payaso —con todo respeto por el noble arte del humor— que ha hecho reír a varias generaciones… pero que ahora amenaza con hacernos llorar, de verdad.

Carlos, querido, tú has dirigido guiones, maquilladoras y payasos de reparto. Y lo has hecho bien, nadie te quita eso. Pero pasar del teatro a Palacio es como creer que por haber jugado Winning Eleven estás listo para dirigir la FIFA. La política no es un casting, aunque últimamente lo parezca.

Imitar presidentes te sale excelente, hay que decirlo. Fujimori, Toledo, Humala, PPK, Vizcarra, Castillo… cada uno con sus gestos, sus frases, sus tics. Pero resulta que imitar el caos no te habilita para administrarlo. No por saber parodiar el desastre estás listo para evitarlo.

Y para muestra, un botón: en los últimos dos meses, tus respuestas a periodistas han sido como una función de domingo: ligeras, predecibles y con el mismo remate de siempre. Ni una propuesta, ni una idea fresca. Nada que diga “acá hay algo serio”. Solo evasivas, alguna broma y el clásico “yo me río para no llorar”. Pero el país ya no está para reírse, Carlos. El Perú ya es una sátira ambulante, no necesitamos mejor libreto.

Si te lanzas, solo hay dos posibles finales: o el Perú pierde a su mejor cómico o tú te conviertes en el mejor chiste de tu carrera.

Keiko Fujimori: Una carrera de derrotas

Pasemos a la siguiente estrella de este circo político: Keiko Fujimori. Pobre Keiko, ha perdido hasta con su marido. Su único mérito conocido es ser hija de su padre y hermana de Kenji. Digamos que una cosa anula la otra, por lo que su legado familiar no parece ser suficiente para ganar en las urnas.

Está rodeada de la misma gente que la alienta a seguir perdiendo y yo me pregunto: ¿sabrá cocinar? Tal vez sí. Entonces, en lugar de seguir jorobando a los votantes, debería abrir un sushi bar. Así, al menos podría ofrecer algo que no sea confusión a los pequeños saltamontes que pretenden elegir a alguien medianamente digno y capaz para gobernar nuestro querido Perulandia

Taaambieeen vieeeneee! Porky y Alfredo… 

Nos vemos la próxima semana!

La partida del Papa Francisco ha conmovido a creyentes y no creyentes. Esta figura pública y líder de la Iglesia Católica no fue un hombre sin errores. A lo largo de su vida supo reconocerlos (incluyendo los cometidos durante la dictadura en Argentina), evidenciando así su humana imperfección.

Este Jesuita de carisma particular se ganó la admiración de católicos, ateos y agnósticos porque hizo lo que ningún Papa se atrevió a hacer: enfrentó la pederastia, se opuso a las guerras de forma clara, a la persecución de migrantes, al enriquecimiento desmedido; renunció a la opulencia del Vaticano y se mostró en contra del cambio climático.

Francisco, para el caso peruano, ha sido extremadamente relevante. No solo pidió perdón por los abusos sexuales al interior de la Iglesia; cerró una de las organizaciones más nefastas: el Sodalicio de Vida Cristiana, escuchando a las víctimas y dando validez a las investigaciones realizadas por los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz, quienes sufrieron –además– actos de hostigamiento que fueron escuchados por el Sumo Pontífice.

Ese solo hecho, que implica enfrentar el patriarcado en la cuna del mismo, es valioso y digno de admiración. Fue su última obra, pero lo hizo, brindando un espacio de sosiego a las víctimas al devolverles la dignidad.

De otro lado, quienes pretenden colocar al Papa como súper progresista o feminista se equivocan. Claro que tuvo posturas mucho más abiertas, compasivas y dialogantes frente a temas de debate social, pero también tuvo sus límites. Me hubiera gustado decir que era un papa feminista, pero no es así. Tampoco creo que se le podía pedir más.

Francisco mostró una actitud de reconocimiento de la dignidad humana para todos, señalando, por ejemplo, que las personas LGBTIQ+ “son hijos de Dios” y, en ese sentido, amados.

Además, criticó a quienes esparcen el odio y expulsan a sus hijos de casa por esta causa, comprendiendo que este hecho solo genera más dolor y pidiendo abrazar a cada ser humano en sus diferencias.

En cuanto al aborto, solo pidió pensar y hacer más por las mujeres que sufren esta angustia, evitando juzgar con dureza y comprendiendo las desigualdades que están alrededor del problema.

Francisco alzó con claridad y sin miedo su voz en contra de las guerras, se solidarizó con Palestina, se indignó y abrazó a los migrantes, reconociendo el drama que muchos viven. Habló del enriquecimiento desmedido y la corrupción, señalando al cambio climático como una de sus consecuencias. Enfrentó resistencias, pero se mantuvo del lado de los más necesitados, rechazando la opulencia absurda de la Iglesia.

Fue así un buen hombre. Una persona que habló desde la empatía, el sentido de humanidad y de bondad. Por ello, se ganó la admiración de gran parte de la población, incluso de aquella crítica y opuesta a la jerarquía de la Iglesia Católica.

Así, Francisco coincidió con muchos principios feministas como la igualdad, sin llegar a coincidir en todo. Pero abrazó la lucha contra varias formas de discriminación y rechazó los discursos de odio. Eso es bastante.

Amado por muchos y odiado por otros, sobre todo por quienes insisten en sembrar odio en el mundo.

Se le reconoce el entender de justicia e igualdad; enfrentando las resistencias. No sé si se le podía pedir más.

Hace varios años, un jesuita querido, al conocer mi trabajo, me dijo: “hay muchos caminos para llegar a Dios”. Y desde ahí entendí que, si pensamos en el bien, los caminos (a pesar de las diferencias) se pueden encontrar.

Francisco, también jesuita, dialogando con diferentes luchas sociales, ha afirmado el mismo precepto. La humanidad necesita bondad, dignidad y derechos, no odios ni individualismos que solo nos siguen destruyendo.

Me quedo con el último discurso del Papa Francisco, en donde, aun al final de su vida, le preocupa la involución del mundo, denunciando un afán de muerte y violencia que nos está deshumanizando. En este resalta su preocupación por las mujeres y la niñez, principales víctimasde un planeta que se sumerge en la barbarie con la risa de quienes lo provocan.

Tras su muerte queda su obra, pero también se abre un nuevo periodo. Esperemos que este no traiga de regreso lo más retrógrado, medieval y cruel de la Iglesia, ya que, de ser así, se complicaría aún más el escenario global.

Que vuele alto Francisco y que su partida no sea centro de aprovechamiento político de quienes, con descaro, contribuyen a empobrecer el país y la humanidad.

[OPINIÓN] Según la última encuesta de Ipsos, el 37% de los votantes peruanos hoy elegiría a Pedro Castillo como senador y el 15% a Antauro Humala, dos figuras extremadamente desafortunadas que, ahora más que nunca, exponen esa parte de la sociedad que no ha aprendido nada a lo largo del camino.

Este impulso no surge solo de la ignorancia ni emerge de una memoria histórica corta, aunque esto es un deporte nacional. Es el cóctel tóxico de desesperación y agravio social, y un sentido vacío de justicia, un cóctel envenenado que destruye por completo el sentido común de la democracia.

Pedro Castillo fue un presidente signado por una total ineptitud y desdén por los valores más inalienables de la vida republicana. Gobernó como un bandido, como si el Estado fuera un botín. El hecho de que una gran parte del electorado actual lo perciba al menos con indulgencia advierte de una peligrosa disposición a ignorar la evidencia en la búsqueda de un espejismo populista.

Antauro Humala, en contraste, no es solo un soldado envejecido con creencias repugnantes y un pasado violento. Es la historia de un ideólogo del resentimiento, un príncipe despiadado que ha sabido bailar con la ira de las facciones pobres y marginadas que saben —y en algunos casos creen con razón— que la república nunca fue realmente suya. Su radicalismo es una especie de reaccionarismo desesperado, la última defensa de personas que no creen en nada ni en nadie excepto a través de la destrucción de un sistema.

El apoyo a estas figuras no es una aberración; es un síntoma. Hay que entenderlo así. La democracia peruana ha decaído hasta convertirse en algo tan poco atractivo, que el autoritarismo y la demagogia parecen magnéticos para muchos. Es un espejo en el que una nación consideraría sus extremos como sus salvavidas, en la cual los fantasmas del pasado se convierten en opciones de futuro.

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Las tendencias emergentes en la encuesta más reciente de Ipsos — Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y, de forma algo sorprendente, el comediante Carlos Álvarez — son síntomas de lo que la sociedad peruana sufre más que de otra cosa: miedo. La inseguridad ha sangrado en las calles, en los hogares y ha trastornado la vida cotidiana de millones.

Cualquiera que haya intentado asegurar algo en un entorno turbulento sabe que la gente anhela estabilidad, aun cuando el orden no tiene por qué tomar la forma de autoritarismo, populismo de derecha, demagogia digna de una caricatura. Pero un votante tan desencantado quiere redención y la descubre —incorrectamente— entre quienes prometen una mano dura.

El Perú no es el primer país seducido por el autoritarismo al borde del abismo. A un nivel más profundo, esta preferencia no es una posición ideológica, sino una desesperación crónica.

La democracia se ha convertido en una palabra sin sentido, y a los ojos de la mayoría el término significa una situación de corrupción, mala gestión y promesas incumplidas que se extienden por décadas. En este mundo polarizado, estos candidatos, avatares de una derecha a veces estridente, a veces mesiánica, resuenan profundamente entre un pueblo que ahora cree en poco más que en sí mismo.

Pero hay un hecho que cambia el panorama: muchos votantes indecisos. Esta masa todavía está silenciosa y caótica, aún no ha hablado y tiene una memoria peligrosa: la actitud antisistema. En el sentido general, es solo aventurerismo destructivo consistente con lo que ya conocíamos —y sufrimos— cuando Pedro Castillo estaba en el poder.

La izquierda puede estar preparada para recuperar terreno con una contraofensiva agresiva, y hordas de votantes indecisos inclinándose una vez más hacia alguna encarnación del siglo XXI de un mesías pantanoso de izquierda o, peor, un gran oportunista sin verdaderas creencias dispuesto a arrojar todo por el proverbial desagüe (baste mencionar que un 37% de peruanos -según la propia Ipsos- votaría por Castillo si postulase al Senado).

Estamos en las garras de un repugnante interregno. Atrapado entre una derecha radical y un populismo antisistema, el Perú está listo para repetir su propia historia una vez más.

O reconstituimos una alternativa legítima, liberal y progresista en el mejor sentido del término, o la barbarie tomará el control de nuevo, con una biblia o con una hoz y un martillo, como tantas veces antes.

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