Opinión

[OPINIÓN] En 1964, un hombre saltó una reja. No era metáfora. Era literal. Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, irrumpió en el Estadio Nacional con la furia de quien no mide consecuencias. Un impulso. Un acto. Una chispa. El resultado: caos, represión y más de 300 muertos. No fue un líder. Fue un detonante.

Sesenta años después, el país ya no necesita rejas para saltar. Basta un megáfono y una red social.

El nuevo Negro Bomba no invade canchas: invade calles, timelines y cabezas. No corre contra un árbitro: arremete contra cualquiera que no piense como su jefe ocasional. El método cambió; la lógica es la misma: provocar, incendiar, empujar al límite. La violencia ya no es física —aunque coquetea peligrosamente con ella—, pero sí verbal, sistemática y calculada.

Hay uno que se hace llamar “El Profe” —dizque sobre ruedas. Alguien que  afirma, tiene estudios —aunque incompletos en dos universidades—, trayectoria política —aunque con partidos cambiados como camisetas—, y hasta libros publicados —vendidos en buses. Nada de eso deshonra: es historia de vida. Pero tampoco construye un ideólogo. Es el recorrido de alguien que encontró en el conflicto lo que no pudo consolidar por otras vías. Y que, en algún momento, descubrió que el conflicto también se monetiza.

Porque esto no es espontáneo ni pasional. Es un servicio. Ataca a quien le indican, cuando le indican, con la intensidad requerida. La agenda no es suya: es de su jefe ocasional. Él solo pone la voz —y el odio de alquiler.

En política siempre hay operadores. Unos construyen; otros ensucian el terreno. Este pertenece al segundo grupo. No debate: ataca. No argumenta: grita. No construye: dinamita. Y siempre hay alguien arriba que se beneficia del humo.

Pero el problema real no es el personaje. Es el entorno que lo celebra y salta, como conejos.

Ahí aparecen los llamados Porky Lovers. Y es aquí donde el cuadro se vuelve grotesco. Gente con títulos, viajes y biblioteca. Gente que se proclama derecha civilizada, liberal, republicana. Que cita a Dante, pero aplaude el insulto. Que exige institucionalidad con una mano y celebra a quien la dinamita con la otra. No son ingenuos: son cómplices voluntarios. Y lo más grave no es la incoherencia —eso sería tolerable—, sino el entusiasmo con el que difunden cada exabrupto, cada provocación, cada acusación sin sustento. Como si la cultura fuera adorno y la política, barra brava.

Son groupies con vocabulario técnico. Idiotas útiles con ínfulas de analistas. Y su jefe los merece.

Porque el jefe tampoco modera el tono. Ese es el dato que prefieren ignorar: el modelo original es tan agresivo como el imitador —o más. Capaz de insultar en vivo, de atacar a empresarios, periodistas, autoridades o a cualquiera que no le resulte funcional. No es un líder que contenga el caos: lo genera. Y el Profe no lo contradice: lo replica. En menor escala, pero con la misma lógica: incendiar para que otro capitalice.

Un individuo que no trabaja para el Perú ni para Lima. Trabaja para sí mismo.

El paralelo histórico es incómodo, pero inevitable —y más grave de lo que parece. El Negro Bomba del 64 actuó por impulso: era hincha, se exaltó, cruzó una reja. Nadie le pagó. Nadie le dio instrucciones. La tragedia fue real, pero el origen fue humano: pasión desbordada, error, adrenalina. Este Negro Bomba del 2026 no tiene esa coartada. Actúa por encargo. Y eso lo vuelve algo distinto: no es un detonante involuntario. Es un mercenario del caos.

Lo que viene después es peor.

Y mientras tanto, la ciudad: obras improvisadas, conflictos abiertos, demandas internacionales en curso y una gestión que produce más titulares que resultados. Todo envuelto en una narrativa de confrontación permanente, ahora reforzada con el grito de “fraude” para paliar su derrota. Una confrontación que no le sirve a nadie —salvo a quienes pretenden vivir de ella. Vergüenza nacional.

[PUNTO CRÍTICO] Imagine un equipo de fútbol, el Sporting Jamón, que siempre pierde en el campeonato local. Tanto sus hinchas como sus dirigentes se ponen horribles al perder: acusan al árbitro, culpan a los organizadores, acosan a la prensa que no les da bola, incluso atacan a los hinchas de equipos contrarios. El Sporting Jamón tiene a su jugador estrella: el ‘Torpedo Gigante’, un delantero mediocre que por alguna razón han glorificado. Ellos creen que, si no fuera por la mala prensa que reciben, el Torpedo ya estaría jugando en el Real Madrid. Pero la triste realidad es que el Torpedo Gigante juega casi todos los partidos, e igual siempre pierden.

Una tarde, al comenzar el segundo tiempo de un agitado encuentro en el que el Sporting Jamón iba una vez más perdiendo 2 a 0 (con el Torpedo en la cancha desde el minuto inicial), un recogebolas despistado se confunde y se mete a la cancha. Para horror de la tribuna, justo se golpea con el Torpedo, quien cae al suelo estrepitosamente y en su caída se lleva de encuentro a un jugador del equipo rival. Ante la decepción de los hinchas, los dos jugadores se lesionan y los tienen que cambiar. Al final el marcador no se movió y el Sporting Jamón perdió 2 a 0, como siempre. Pero los hinchas y dirigentes jamonistas se pusieron furiosos, acusando al pobre recogebolas de haber sido pagado por el otro equipo para perjudicarlos. La situación escaló en las siguientes semanas, durante las cuales acusaron a los organizadores de ser parte del fraude, y que por eso siempre pierden las elecciones… perdón, los partidos. Incluso los observadores neutrales de otras ligas, que dijeron que no había evidencias de que el recogebolas hubiera hecho eso a propósito, fueron acusados de participar en la estafa también. Es más, a las casas de apuestas que predijeron que el Jamón iba a perder también les cayo palo: ¿cómo podrían haber predicho el resultado si no lo hubieran sabido de antemano?

Lo más delirante, sin embargo, vino de parte de decenas de analistas deportivos ‘moderados’, que comenzaron a sacar cuentas y especular sobre qué hubiera pasado si el Torpedo hubiera seguido jugando:

“Incluso si no hubiera sido a propósito—señalan los analistas—el Torpedo habría alcanzado con la cabeza alguno de esos centros que los delanteros jamonistas desperdiciaron—a pesar de que el torpedo gigante mide 1 metro 60—y habría podido agarrar al arquero de contrapié, pues ese arquero suele moverse hacia el lado contrario con un momentum promedio de 280  kg•m/s. Eso a su vez le habría levantado la moral al equipo, y al final habrían terminado ganando por más de un millón y medio de votos…  perdón, de goles.”

Basados en estos cálculos, emergió un consenso entre la comunidad jamonista: hay que repetir todo el partido, o al menos el segundo tiempo. Felizmente, los organizadores dijeron que, ya que ambos equipos pudieron reemplazar a sus jugadores inmediatamente, el partido fue justo y no se repetirá. Esto tiene mucho sentido, por supuesto, pero no es difícil imaginarse de acá a 40 años a dos renovación-jamonistas, borrachos en una esquina, recordando con amargura el episodio: “si lo dejaban jugar al Torpedo ganábamos pues. Nos robaron el partido bien feo estos comunistas… perón, organizadores.”

En el resto de las ligas del mundo, una vez descartadas las pobres justificaciones de que el comportamiento del recogebolas fue intencional, se habría aceptado honorablemente la derrota con un simple ¡son cosas del fútbol!, y se habría descartado como ridícula la idea de rehacer el partido.  Pero en el Perú hemos perdido la brújula. Aquí nos tiramos horas pensando en que si se juega o no el partido de nuevo depende del si el arquero rival estaba o no girando a la izquierda con un momentum de 280  kg•m/s.

Felizmente, gracias a una buena decisión del JNE, ya podemos sacarnos eso de encima y seguir adelante… a menos que Keiko Fujimori pierda en la segunda vuelta y comience de nuevo con la cantaleta del fraude, y sus seguidores empiecen a vociferar por el nuevo Torpedo Gigante que crearán para la ocasión.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

Fotografía: https://www.independent.co.uk/voices/comment/the-winner-may-take-all-but-sportsmanship-and-the-plucky-loser-are-still-to-be-celebrated-9584877.html

[Música Maestro] Provengo de una generación para la cual pensar en grandes conciertos en Lima era un sueño imposible. Y no es que nunca nos visitaran artistas de renombre. De hecho, desde los años ochenta los mejores salseros, merengueros, boleristas y baladistas llegaron al Perú para ofrecer recitales en teatros, hoteles, coliseos o El Gran Estelar de la Feria del Hogar. Incluso en la época del boom del rock en castellano, sus máximos exponentes pisaron nuestro que fue, en muchos casos, el inicio de exitosas carreras posteriores. Pero en cuanto a artistas no latinoamericanos, con la excepción de Richard Clayderman y el extraño fenómeno del grupo francés Indochine, nadie pisaba estas tierras ni de casualidad.

El quiebre llegó en la primera mitad de los noventa, con conciertos de estrellas del rock clásico como Jon Anderson (vocalista de Yes), Foreigner o Jethro Tull, los primeros tras las cancelaciones de Bon Jovi y Michael Jackson, por motivos de seguridad relacionados a la situación de violencia armada. Para fines de esa década, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar y hoy, recibir conciertos de gran formato es moneda corriente en Lima, tanto de músicos consagrados como de aquellos en plena y ascendente moda mundial, en todos los estilos imaginables.

En simultáneo con la incertidumbre de estas semanas post-electorales, ha habido varios conciertos -y se vienen anunciando otros- que funcionan como consuelo y escapismo, pero también como muestra de que el Perú sigue vivo gracias al poder de la inercia. Como sabemos, la industria de conciertos genera enormes movimientos que van de lo logístico a lo económico y hasta turístico, dependiendo del artista. Así, tanto las masas seguidoras de modas desechables como las minorías fieles a intérpretes con trayectoria -algunas verdaderamente de culto-, tienen motivos para estar contentos y no escatiman esfuerzos -ni gastos- cuando se trata de responder entusiastamente a la diversa agenda de espectáculos musicales en venta.

Mientras las muchedumbres convencionales aguardan con ansiedad a Ricardo Arjona o a BTS, se apelotonan en el Estadio Nacional para un festival de salsa/cumbia/reggaetón o deliran con la enésima visita de Sebastián Yatra, otros celebramos la llegada de icónicos artistas de distintas épocas y registros. En medio, bocanadas de aire fresco como la de los chilenos Candelabro -con un público joven que no dejó de saltar y gritar “¡Fujimori nunca más!”- nos hacen pensar que, por lo menos desde las tribunas musicales, todavía hay quienes nos permiten descargar toda esa frustración que deja la mal habida política y su eterna vocación por lo abiertamente ridículo, pernicioso y corrupto.

Dream Theater: Bajo cielo peruanos

Dieciséis años después de su primera visita, los maestros del metal progresivo ofrecieron una épica noche con lo mejor de su amplio catálogo, el martes 21 de abril. James LaBrie (voz, 62), John Petrucci (guitarras, 58), John Myung (bajo, 59), Jordan Rudess (teclados, 69) y Mike Portnoy (batería, coros, 58) dejaron boquiabiertos una vez más a su público cautivo -aspirantes a músicos, conocedores, fanáticos de la velocidad y la técnica instrumental- con esas reconocidas habilidades que, por momentos, parecen sacadas de una dimensión sobrenatural.

La gira que vienen realizando sirve para presentar en vivo las canciones de su décimo séptimo álbum, Parasomnia (2025), que trajo de vuelta a Portnoy, fundador del grupo que se había alejado el 2010. En sus canciones confluyen con naturalidad las atmósferas etéreas de Pink Floyd con el vértigo de Rush, la vocación melódica de Styx con el peso rotundo de Black Sabbath, la destreza instrumental de Yes con el frenesí de Iron Maiden.

La primera mitad fue un sustancioso recorrido por algunos de sus clásicos -canciones de álbumes como Images and words (1992), Octavarium (2005), Awake (1994) o Metropolis Pt. 2: Scenes from a memory (1999). Durante ese set, destacó Peruvian skies (Falling into infinity, 1997) que, por razones obvias, es una de las favoritas del público local. En el tema introdujeron fragmentos de Pink Floyd (Wish you were here, 1975) y Metallica (Wherever I may roam, 1992). Y para la tercera parte, hicieron volar a sus fanáticos con la suite A change of seasons, tema-título del disco homónimo de 1995.

Isabel Pantoja: 50 años de trayectoria

Una de las intérpretes de baladas en nuestro idioma más exitosas y queridas en el Perú es la española Isabel Pantoja (69), poseedora de un repertorio exquisito y una emotiva voz que conquistó los corazones del público con su décimo LP Marinero de luces (1985), en el que aparecen las canciones que hasta ahora suenan en las emisoras dedicadas a este género musical, compuestas por su compatriota José Luis Perales e inspiradas en un evento extremadamente personal, la trágica muerte de su primer esposo, el torero Francisco Rivera, más conocido como “Paquirri”.

Ayer, lunes 27, Pantoja se reencontró con sus admiradores peruanos en un recital que es parte de las celebraciones por sus cincuenta años de trayectoria. La intérprete de éxitos como Hoy quiero confesarme, Era mi vida él o Marinero de luces entregó todo de sí sobre el escenario, derrochando elegancia y talento. Aun cuando su imagen personal se vio perjudicada por serios problemas judiciales, a raíz de su involucramiento en comprobados casos de corrupción de Julián Muñoz, exalcalde de Marbella quien fuera su pareja, que incluso la llevaron dos años a la cárcel, regresó a los escenarios hace una década, cosechando nuevos logros artísticos en cada país que visitó desde entonces.

Durante la velada, Isabel Pantoja ofreció una amplia selección de canciones, cubriendo tanto las exitosas baladas con la que se hizo famosa en toda Latinoamérica como aquellas con las que inició su camino en el canto andaluz, tonadillas de Sevilla, su ciudad natal, grabadas entre 1971 y 1983, así como boleros y melodías clásicas del cancionero latino incluidas en dos de sus discos más contemporáneos, 10 boleros y una canción de amor (2007) o Canciones que me gustan (2020).

Megadeth: La última despedida

El thrash metal sigue de pie gracias a bandas como Megadeth, liderada por el guitarrista, compositor y vocalista Dave Mustaine, una de las figuras más trascendentales para el desarrollo y la vigencia del rock duro desde que fundó este grupo en 1984, tras su abrupta salida de Metallica. El jueves 23 de abril, mientras los medios confirmaban que no habría “elecciones complementarias”, miles de headbangers bajaron a la Costa Verde para sacudirse una vez más con los intrincados solos y las agresivas canciones de Mustaine quien, a sus 64 años y habiendo superado al cáncer, continúa remeciendo cada escenario que pisa.

Megadeth es, actualmente, una banda multinacional. Dirk Verbeuren, el baterista, es belga, mientras que Teemu Mäntysaari, quien cubre con absoluta justicia el lugar que alguna vez ocuparon los hiper talentosos Marty Friedman, Chris Broderick o el brasileño Kiko Loureiro, llegó desde Finlandia para aportar su impresionante dominio de las guitarras de siete cuerdas. Cierra el cuarteto el bajista norteamericano James LoMenzo, exintegrante de los ochenteros White Lion, recordados por su exitosa power ballad When the children cry (Pride, 1987).

Esta fue la quinta visita de Megadeth al Perú y, como en las anteriores, el público se conectó intensamente con un setlist que tuvo desde temas de su más reciente producción, Megadeth (2026) hasta clásicos como Holy wars… The punishment due, Tornado of souls (Rust in peace, 1990), Peace sells (Peace sells… but who’s buying?, 1986), Mechanix (Killing is my business… and business is good!, 1985), entre muchas otras. Anunciada como la gira despedida de esta poderosa banda metalera, su actuación dejó a todos contentos y exhaustos, pidiendo más.

Caifanes y Bunbury: Rock en español noventero

Para septiembre y noviembre se anuncian dos conciertos que nos traerán la nostalgia de una de las décadas más interesantes para el pop-rock en nuestro idioma. Primero vendrá una de las bandas más importantes de México, liderada por el cantautor y guitarrista Saúl Hernández (62).

Entre 1988 y 1995, Caifanes fue la respuesta del rock alternativo al imperio popular de Maná, con álbumes que sonaban a new wave y post-punk con fuertes dosis de ritmos latinos, algunos de ellos producidos por el guitarrista norteamericano Adrian Belew (Talking Heads, King Crimson). Su versión del clásico guarachero de los años treinta, La negra Tomasa (1988), los posicionó como una rara avis en el panorama del pop-rock en español.

Caifanes llega con tres de sus integrantes originales, Saúl Hernández, Diego Herrera (teclados) y Alfonso André (batería). Los músicos que reemplazan a los históricos Sabo Romo (bajo) y Alejandro Marcovich (guitarra) vienen alternando con ellos desde la reformación de Caifanes en el 2011 y su proyecto hermano, Jaguares. Canciones como Viento, No dejes que…, Aviéntame, Perdí mi ojo de venado, Afuera, entre otras, serán sin duda parte de esta tocada.

Luego llegará Enrique Bunbury (58), o simplemente Bunbury, como se le conoce desde que inició su carrera solista hace casi treinta años. Su combinación de pop-rock, vaudeville, música circense y latinoamericana lo ha convertido en uno de los artistas más interesantes y auténticos de la escena hispanoamericana. Aunque sigue siendo recordado como vocalista de Héroes del Silencio -uno de los grupos más importantes de la historia del rock en España- ya ha triplicado la cantidad de álbumes que hizo con el cuarteto que lideró entre 1987 y 1995.

Helloween y Iron Maiden remecerán Lima

Los metaleros de corazón estamos esperando con ansias las nuevas visitas de dos de las bandas fundamentales de este género que emociona y libera tensiones gracias a su potencia, energía y velocidad, al margen de los sonidos convencionales de las radios y lo suficientemente accesible para no generar rechazo en públicos intermedios.

Desde Inglaterra, por tercera vez y después de década y media, llega “La Doncella de Acero” con toda la fuerza y experiencia para celebrar con el público peruano sus 50 años en la ruta del metal. Run for your lives, paráfrasis del coro de Run to the hills, una de sus canciones clásicas, incluida en su tercer álbum, The number of the beast (1982) es la gira mundial que trae al sexteto conformado por Bruce Dickinson (voz), Dave Murray, Adrian Smith, Janick Gers (guitarras), Steve Harris (bajo) y Simon Dawson (batería), quien reemplaza desde hace un año a Nicko McBrain, quien decidió renunciar tras superar diversos problemas cardiacos. El show será el 17 de octubre, en el Estadio Nacional. La próxima semana tendremos un anticipo con el estreno en salas limeñas del documental Iron Maiden: Burning ambition, sobre sus cinco décadas.

Y, desde Alemania, los reyes del speed metal Helloween nos visitarán también por tercera vez. Considerados por la prensa especializada como la banda europea/no inglesa más influyente del heavy metal, inició su carrera con una tríada de excelentes LP editados por el sello Noise Records: Walls of Jericho (1985) y las dos partes de Keeper of the seven keys (1987 y 1988), con sonidos de influencias sinfónicas e historias épicas que sirvieron para iniciar un nuevo subgénero, el power metal. desde entonces, han lanzado una docena de discos de alto calibre para su legión de seguidores.

La alineación actual de Helloween incluye a los históricos Michael Weikath (guitarras), Markus Grosskopf (bajo) y Andy Deris, Michael Kiske (voz) y al legendario Kai Hansen (guitarras), quien fundara la banda en 1984 y se retirara poco después para dedicarse a Gamma Ray, otra pionera del power metal. Desde hace cinco años, Hansen volvió a Helloween para celebrar los cuarenta años de vida del grupo. El grupo de la calabaza de malévola sonrisa tocará en el Parque de la Exposición el 9 de septiembre.

Korn: El poder del nu metal

Mayo será el mes de la tercera visita de Korn, una de las bandas más representativas del “nu metal”, una corriente que desplazó en popularidad al grunge de Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam, durante la segunda mitad de los noventa. Junto con Limp Bizkit y Deftones, los liderados por el vocalista Johnatan Davis y los guitarristas James «Munky» Shaffer y Brian «Head» Welch -los tres de 55 años- prometen llenar de angustia y catarsis el aire frío de la Costa Verde con sus estruendosos gritos y profundas bases rítmicas.

Entre 1994 y 1999 Korn lanzó los icónicos álbumes Korn (1994), Life is peachy (1996), Follow the leader (1998) e Issues (1999), simbolizando el espíritu de una nueva generación que, poco después, comenzó a generar su propia subcultura, cruzando caminos con otros derivados del grunge como el emo -asociado al punk en sus versiones más melódicas- y el death metal gótico, fenómenos juveniles de raigambre norteamericana que tuvieron enorme resonancia en nuestra región.

El poder vocal de Davis -que pasa de la tensa calma susurrada a intensos y guturales alaridos- y su particular sentido de la estética, siempre con dreads y casacas de cuello alto, se convirtieron en imagen representativa de su propuesta, mientras que el profundo bajo funky de Reginald “Fieldy” Arvizu hacía contraste con las densas guitarras de Head y Munky. Arvizu, uno de los fundadores del quinteto, se retiró lamentablemente de la banda hace algunos años, en el 2021, y su lugar ha sido ocupado por un elenco cambiante de músicos desde entonces.

Public Image Ltd.: La decadencia

La semana pasada cantó, en Barranco, ante un reducido público, una de las personalidades más trascendentales de la subcultura punk, otrora generador de algunos de los momentos más rebeldes y políticamente incorrectos que se hayan visto en setenta años de rock. Irlandés de nacimiento y criado en un barrio londinense de clase trabajadora, John Lydon fue sacado de los tugurios en los que se movía por el empresario Malcolm McLaren (1946-2010), en 1977.

Debido al descuido y la pobreza, sufrió el deterioro de varias de sus piezas dentales, por lo que adoptó un alias de lo más chocante en su época, “Johnny Rotten” (Juancito Podrido) y se convirtió en vocalista de Sex Pistols, cuarteto al que le bastó un solo LP para ingresar a la historia, el corrosivo Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols (1977). Después, Lydon lanzó su propio grupo, Public Image Ltd -o simplemente PiL- con quienes se estableció como pioneros del post-punk.

Entre 1978 y 1992, PiL lanzó ocho discos de consistente rock experimental -los melómanos peruanos recordarán que Cucho Peñaloza usó, en una de las temporadas de su programa TV Rock, la canción Public image (First issue, 1978), al margen del desarrollo comercial de la new wave y electropop, con un sonido más arrugado que se permitía jugar incluso con la electrónica y el dub.

Su llegada a Lima activó a los más nostálgicos, aunque su perfil personal -nacionalizado norteamericano desde el 2013, devenido en participante de realities y actual seguidor de Donald Trump, con todo lo que eso implica- lo ha convertido en una caricatura de sí mismo. A sus 70 años, Johnny Rotten, la voz que causaba temor con himnos anárquicos como Pretty vacant o Anarchy in the UK, ya no asusta a nadie.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El jueves de la presente semana, el periodista Augusto Thorndike difundió en su programa de canal Willax, imágenes del líder de Ahora Nación Alfonso López Chau junto a dos jóvenes dirigentes del partido, Yulisa Prado y Yesmi Ortega, departiendo en el restaurant de un hotel miraflorino. El periodista no dudó en sexualizar el encuentro y denunciar al veterano dirigente político por sostener encuentros íntimos con jóvenes representantes de su movimiento.

En realidad, algunas fuentes cercanas nos han informado que ese restaurant se ubica cerca a la casa de López Chau y que lo usa frecuentemente para despachar con dirigentes de su partido, posibles aliados, periodistas, o, en general, personas con las que hubiere alguna motivación o interés recíproco en las movidas aguas de la política peruana.

Yulisa Prado, joven dirigente nacional de Ahora Nación, andahuaylina, que está de paso por Lima, no perdió el tiempo y envió una carta notarial a un periodista que tuvo mejores tiempos, pero que ha ido perdiendo paulatinamente el sentido de la ética profesional para adoptar el estilo que hoy se conoce como brutal o brutalista. Pero una cosa son las lisuras y la informalidad verbal, otra es manchar honras.

Las rectificaciones de Thorndike fueron peores que sus ofensas. Señaló que él no había estado en “la habitación del hotel” y que, por lo tanto, no le constaba lo que hubiese hecho dentro López Chau con las dos señoritas. De esta manera, la aparente disculpa afirmaba que los tres mencionados ocuparon una habitación del hotel, lo cual resulta falso y aún más ofensivo que el propio “destape”. El resultado: Yulisa Prado le ha enviado otra carta notarial a Thorndike y el lunes tendremos una rectificación más cabal del hombre de prensa o una denuncia penal en su contra.

El Perú ha vivido peores pero también mejores tiempos: peores porque en la década de los ochenta la demencia terrorista nos destrozó a bombazos casi todos los días en varias regiones del país, tiñendo de sangre a la nación peruana. Además, vivimos la quiebra económica del estado, la crisis económica más severa de la segunda mitad del siglo XX, y la más prolongada de todo el siglo. Mejores, porque nuestra sociedad poseía un pozo de valores que hemos perdido, entonces existía una valla muy alta para que alguien, ora desde la prensa, ora desde la política, pudiese dirigirse a nosotros.

Me late que prácticamente en todas las fuerzas políticas de nuestro nuevo congreso habrá representantes con más nivel que en el que ya se va y al que nadie va a extrañar. Ojalá la prensa, en este caso la de derecha, nos ofrezca más personajes valiosos -que ya los tiene- pues a la propia derecha le interesa procurarnos algo más que una cultura brutalista y soez si quiere hacer del Perú algo más que un país brutalista y soez. Cada uno, desde su esquina política o ideológica, puede hacer docencia política y periodística en un país que la necesita a gritos, no se la neguemos.

[OPINIÓN] La semana pasada comenzó con una marcha dominical convocada por las huestes de Renovación Popular en la que un enajenado Rafael López Aliaga lanzó bravuconerías que, incluso para sus estándares, resultaron extremadamente tóxicas y lascivas, ante los rugidos de su incondicional platea limeña, una muestra de que la degradación de la salud mental en gruesos sectores capitalinos es cada vez más oscura y peligrosa.

Y a mitad de la semana, dos hechos volvieron a remover el panorama inestable, como cuando el micro sacude a los pasajeros que luchan por no perder el equilibrio mientras el conductor enloquecido va en carrera hacia el abismo, pasando a toda velocidad por rompemuelles, tocando sus claxon de buque cada tres segundos y haciendo temerarios zigzags en espacios reducidos y atiborrados de carros, motos y otros micros haciendo lo mismo.

Por un lado, la aceptación de la renuncia de Piero Corvetto, jefe de la ONPE, a pesar de que la ley orgánica de dicha institución dice expresamente que dicho cargo es irrenunciable. A eso siguieron notas informando que la policía lo tenía cercado y, como colofón de la historieta, dos operadores de Willax publicaron en redes sociales información de los hijos menores de Corvetto, vulnerando su privacidad y luego acusaron, después de “lamentar ese error que, por supuesto, corrigieron de inmediato”- a quienes advirtieron la barrabasada.

Y, por el otro, un terremoto en el Poder Ejecutivo actual, que incluyó renuncias de ministros cuyos nombres nadie recuerda, un enredo de anuncios sobre la compra falsamente anulada de aviones a los Estados Unidos con amenazante pataleta del actual embajador de ese país y hasta debates de anulación… ¡de todo el proceso electoral! planteada en dos modalidades, ambas absurdas: elecciones complementarias y nuevas elecciones para el próximo año, cuyo resultado habría sido el gobierno transitorio del actual Congreso, el más desprestigiado en los 205 años de historia republicana del Perú.

Esta última ida-y-vuelta se diluyó poco antes del final de la semana -concretamente, la noche del miércoles- con los primeros anuncios extraoficiales de que esa idea no pasaba y que se continuaría el proceso como está, de forma que hoy, domingo 26 de abril, seguimos esperando que la ONPE, ahora con improvisado jefe nuevo, cierre sus resultados y quede sellada la información que ya es un masivo trascendido: la segunda vuelta será entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).

En estos días hemos visto cómo el Perú nunca deja de sorprender por su capacidad para seguir cavando cada vez que uno cree que ya se ha tocado fondo.

Desde el oportunismo de Jorge Nieto, cuarto lugar en los comicios del 12 de abril, quien no ocultó su entusiasmo  ante la posibilidad de que unas “complementarias” modificaran su ubicación fuera del podio hasta las tonterías que estuvo lanzando el tándem Panamericana/Willax, la sensación de inestabilidad y desorganización comienza a hacerse normal entre la población.

Inestabilidad y desorganización que pronto se transforman en desánimo, hartazgo, ganas de bajar los brazos y dejarse llevar por la corriente de este huaico electoral que cada cinco años nos arrasa y embarra de pies a cabeza.

Una de las últimas escenas de esta tragicomedia está formada por los renovados bríos de Willax TV y sus adláteres para atacar a Alfonso López Chau, el único de los candidatos presidenciales perdedores que reaccionó correctamente. Con sus últimas apariciones en medios y redes, López Chau comenzó a asomar la cabeza como futuro líder de la oposición congresal.

De inmediato, la artillería de la DBA se le tiró encima y, como el terruqueo ya no les funciona por ser un refrito de la primera vuelta, ahora el enfoque es personal. Y de qué tipo. Recordando a los diarios chicha de los noventa, el reportaje que sirvió de play-de-honor para demoler al exrector de la UNI denunciaba que el líder de Ahora Nación “fue visto en un hotel con dos mujeres”. ¿Más obvios no pueden ser?

El Perú está ingresando a la historia como portador de una nueva concepción de democracia, esa en la que solo importan los derechos y no los deberes -como manifestara en 1998, en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura, el portugués José Saramago-, un asunto que también preocupaba a nuestro recordado Marco Aurelio Denegri.

En nombre de esa nueva democracia, acá todos tienen derecho a exigir que se haga lo que ellos quieren, sobre todo si tienen poder. No importa que, en el camino, terminen barriendo con los derechos de los demás, esa entidad abstracta que generalmente conciben como obstáculo para lograr sus sueños, sus resultados, sus victorias electorales.

Los limeños tienen derecho a armar escándalo en la vía pública, celebrando las injurias de su líder. Y también tienen derecho a exigir que el Estado rodee las plazas de policías si lo mismo quieren hacer un grupo de cajamarquinos o puneños. “La Pestilencia” tiene derecho a hostigar y agredir sin que las fuerzas del orden los interrumpan, porque representan a las mentes pensantes de la política nacional con sus griterías, sus piquetes coprolálicos, sus acosos de toda índole.

¿Y sus deberes de respetar la propiedad privada, la integridad física de los otros? ¿Y sus deudas con la justicia? Nada de eso cuenta. En la nueva democracia peruana, los deberes no forman parte de la ecuación republicana.

Y en la segunda vuelta, cuando Keiko Fujimori sea derrotada por cuarta vez, seguramente veremos a sus militantes ignorando su deber de aceptar los resultados y ejerciendo su pleno derecho a reclamar ser víctimas de fraude.

Lo harán de todas las maneras posibles y con todos sus aliados, encabezados por las vociferantes barras bravas de Renovación Popular -en las calles, en redes sociales, en los medios-, porque en la nueva democracia peruana, la derecha limeña tiene solo derechos, especialmente si los resultados no la favorecen, aun cuando hayan hecho todas las movidas posibles para garantizar eso, la última de las cuales es colocar un fusible naranja en el Ministerio de Defensa.

[PUNTO CRÍTICO] Un caso que evidencia esto tiene que ver con la prohibición de difundir encuestas a boca de urna antes del cierre de la votación. Se armó un tremendo escándalo porque, debido a que más de 200 mesas no pudieron abrirse el domingo, el JNE decidió que esas mesas votaran al día siguiente. Esto implicaba que unos 60mil peruanos votarían conociendo el resultado de las encuestas a boca de urna, lo cual podría –y al parecer en efecto así fue—sesgar su voto en favor de los candidatos que iban en la delantera. ¡Horror! ¡Estafa! ¡Fraude! ¡Votemos todos de nuevo!

Pero la verdad es que, en cada elección, muchos peruanos rutinariamente votan conociendo el resultado del flash electoral. Para comenzar, muchos se encuentran dentro de su lugar de votación a las 4pm y ya no se les puede impedir votar (una miradita rápida a su teléfono, y ya está). Más relevante aún, muchos peruanos viven en países que tienen un horario más atrasado que el horario peruano. Una mirada a la página de la ONPE nos muestra que, entre los peruanos que votan en San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México, y Vancouver, más o menos hay unas 150 actas. Eso significa que existen más de 40mil peruanos que consistentemente tienen la opción de votar conociendo el resultado de boca de urna. Obviamente no todos lo hacen, pues no todos votan después de las 2 de la tarde de su horario local, pero tienen la opción de hacerlo. Lo que esto muestra es que no es tan extraño de por sí votar después del flash.

La gran mayoría de peruanos conoce a alguien que vive en el extranjero, y el fenómeno de la diferencia horaria no les es ajeno. Pero si uno escucha repetidamente que esto es terrible, que está muy mal, que es un caos, que ya todo se fregó, y que tenemos que hacer todo de nuevo (y que además esto es culpa de una sola persona a la que tenemos que odiar), va a terminar creyendo que esto es en verdad así, con una mezcla de odio, miedo e indignación que termina oscureciendo su buen juicio. Pero si nos detuviéramos a pensar que, como lo ilustra el ejemplo específico de votar después del flash, en realidad no es para tanto, entonces nos daríamos cuenta de que hay muchas cosas que han sido terribles en esta elección, pero que no son para tanto, no son como para incendiarlo todo. No son como para rehacer de nuevo todas las elecciones.

Se repite constantemente el cliché de que el problema del Perú es la educación. Pero una buena educación consiste también en no dejarnos impresionar rápidamente por argumentos que inicialmente suenan muy contundentes. ¿Estamos realmente aprendiendo esto en los colegios y universidades peruanas, ya sea públicas o privadas, costosas o accesibles?  Ser bien educado implica darnos a nosotros mismos, como un hábito casi automático, un momento de reflexión antes de saltar a conclusiones apresuradas. Esto no significa que ‘debemos apagar las pasiones para darle paso a la razón’. No. Significa más bien acallar algunas de nuestras emociones (rabia, pánico) y dar paso a otras (compasión, empatía). Tal vez así nos demos cuenta de que acosar a un funcionario público en su club no es gracioso, rehacer todo el proceso electoral es injusto, y que atribuir errores puntuales a un fraude es simplemente absurdo. Pienso que una buena educación debería darnos esa capacidad de detenernos a pensar y reflexionar, y a no saltar a conclusiones inmediatamente. Eso sería un gran logro de la educación peruana.

Así que señor, señora, cuando se siente a la mesa con sus hijos este fin de semana y salga usted con más evidencias ridículas sobre el fraude, haga el siguiente test: si sus hijos universitarios lo contradicen o le piden sus fuentes, entonces usted los ha educado bien, y la inversión que ha hecho en su educación está dando frutos. Pero sí sus hijos aceptan inmediatamente sus ideas, y se ríen con usted del acoso a funcionarios públicos, lamento informarle que esa universidad que tanto le cuesta a usted pagar lo está estafando.

 

Fuente de la foto: https://verdict.justia.com/2023/08/29/is-higher-education-spending-excessive-in-some-ways-maybe-yes-in-others-perhaps-not

[EL DEDO EN LA LLAGA] A finales de los años setenta y comienzos de la década de los ochenta, el mundo occidental vivía una mezcla de fascinación y temor ante un fenómeno inquietante: la proliferación de sectas destructivas. Grupos cerrados, liderados por figuras carismáticas, prometían iluminación espiritual, pertenencia o respuestas simples a problemas complejos. Sin embargo, detrás de muchos de estos movimientos se ocultaban dinámicas de manipulación psicológica, control coercitivo y, en los casos más extremos, tragedias de gran magnitud. El episodio que marcó de forma indeleble la percepción pública fue el suicidio-asesinato colectivo ocurrido en Guyana el 18 de noviembre de 1978, cuando más de 900 miembros del Templo del Pueblo murieron bajo las órdenes de su carismático líder, Jim Jones. Aquella escena, en la que familias enteras —incluidos niños— ingirieron cianuro disuelto en refresco Flavor Aid, dejó una herida profunda en la conciencia colectiva.

En ese contexto emergieron a inicios de los ochenta un par de representaciones cinematográficas que intentaban explicar, o al menos acercar al gran público, los procesos internos que llevan a una persona a integrarse en una secta y, eventualmente, a perder su autonomía. Me refiero a la canadiense “Ticket to Heaven” (Ralph L. Thomas, 1981) y a la estadounidense “Split Image” (Ted Kotcheff, 1982), que ofrecen retratos particularmente valiosos de los cambios mentales y físicos que experimentan los individuos atrapados en estos grupos.

Ambas películas parten de una premisa común: nadie está completamente a salvo. Los protagonistas no son retratados como personas ingenuas o débiles, sino como individuos en momentos de vulnerabilidad emocional o de transición vital. En “Split Image”, por ejemplo, el personaje principal es un joven universitario brillante, con una vida aparentemente estable, que se ve seducido por una comunidad que le ofrece propósito y claridad. Esta representación resulta clave para desmontar el estereotipo de que sólo ciertos perfiles “caen” en sectas; en realidad, cualquier persona puede ser susceptible bajo determinadas circunstancias.

Uno de los primeros cambios que se observan en los miembros de estas organizaciones es de carácter mental y emocional. Las sectas suelen emplear técnicas de persuasión intensiva —a veces denominadas “lavado de cerebro” o, en términos más técnicos, reforma del pensamiento— destinadas a debilitar la identidad previa del individuo. En “Ticket to Heaven”, esto se refleja en sesiones prolongadas de adoctrinamiento en las que se combinan discursos repetitivos, privación del sueño y una presión grupal constante. El resultado es una progresiva disolución del pensamiento crítico.

El lenguaje también desempeña un papel fundamental en este proceso. Tanto en una película como en la otra, se observa cómo los líderes introducen un vocabulario propio que redefine la realidad. Conceptos cotidianos adquieren nuevos significados, mientras que las dudas o críticas son etiquetadas como signos de debilidad o traición. Este cambio lingüístico no es superficial: transforma la manera en que los miembros interpretan sus experiencias y limita su capacidad para cuestionar la autoridad.

A medida que el control mental se intensifica, aparece otro fenómeno clave: la dependencia emocional. Los miembros comienzan a ver al líder como una figura paternal o incluso divina. En “Split Image”, el líder del grupo —interpretado por un muy convincente Peter Fonda— se presenta como alguien que posee respuestas absolutas, capaz de guiar a sus seguidores hacia una vida superior. Esta idealización extrema crea un vínculo en el que la aprobación del líder se convierte en una necesidad psicológica básica.

Paralelamente, se produce un aislamiento progresivo del entorno exterior. Amigos, familiares y cualquier influencia externa pasan a ser percibidos como amenazas. En ambas películas, este proceso se muestra con crudeza: los protagonistas rompen el contacto con sus seres queridos o reinterpretan sus intentos de ayuda como ataques. Este aislamiento refuerza la burbuja ideológica del grupo y dificulta enormemente cualquier intento de rescate.

Los cambios físicos, aunque menos visibles en un primer momento, son igualmente significativos. La vida dentro de una secta destructiva suele implicar rutinas extenuantes, dietas restrictivas y falta de descanso. En “Ticket to Heaven”, se observa cómo los miembros son sometidos a jornadas interminables de trabajo o actividades “espirituales”, con escasas horas de sueño. Este desgaste físico no es accidental: una persona agotada es más fácil de controlar y menos capaz de resistirse.

En “Split Image”, estos efectos corporales adquieren una dimensión especialmente inquietante cuando empiezan a manifestarse en funciones biológicas íntimas. El protagonista, inmerso en un régimen de disciplina extrema y represión de impulsos, llega a notar la desaparición de las poluciones nocturnas que antes formaban parte de su normalidad fisiológica. Este detalle, aparentemente menor, sugiere hasta qué punto el control psicológico puede extenderse al terreno corporal, afectando incluso a procesos involuntarios. De forma paralela, una de sus compañeras dentro del grupo le confiesa que ha dejado de menstruar, un cambio que, lejos de interpretarse como una señal de alarma médica, es asumido dentro de la comunidad como evidencia de purificación o de avance espiritual. Ambos casos ilustran cómo la presión psicológica, el estrés y las condiciones de vida pueden alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, al tiempo que el propio grupo redefine el significado de esos cambios para reforzar su narrativa.

La apariencia también puede transformarse como parte del proceso de desindividualización. Uniformes, códigos de vestimenta o incluso cambios en el peinado contribuyen a borrar la identidad personal y a reforzar la pertenencia al grupo. En “Split Image”, aunque de forma más sutil, se percibe una homogeneización en la forma de vestir y comportarse de los miembros, lo que simboliza la pérdida de singularidad.

Otro aspecto físico relevante es la respuesta al estrés. Vivir bajo un sistema de control constante genera altos niveles de ansiedad, aunque estos no siempre son reconocidos por los propios miembros. Dolores de cabeza, problemas digestivos y fatiga crónica son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer. Sin embargo, dentro del contexto sectario, estos síntomas suelen reinterpretarse como parte de un proceso de “purificación” o crecimiento espiritual, lo que dificulta que los individuos identifiquen el daño que están sufriendo.

Uno de los elementos más perturbadores que ambas películas ponen de relieve es la transformación de la moral individual. Acciones que antes habrían sido impensables —como mentir a la familia, entregar todos los bienes materiales o participar en dinámicas abusivas— pasan a ser justificadas e incluso celebradas. Este cambio se produce de manera gradual: pequeños actos de obediencia que, con el tiempo, conducen a decisiones cada vez más extremas.

En “Split Image”, este proceso alcanza un punto crítico cuando el protagonista es incapaz de reconocer el daño que está causando a su entorno. Su percepción de la realidad ha sido completamente reconfigurada, y cualquier crítica es interpretada como ignorancia o maldad. Este fenómeno, conocido como disonancia cognitiva, permite a los miembros mantener su compromiso incluso frente a evidencias contradictorias.

La recuperación de una persona que ha estado en una secta destructiva es otro tema que ambas películas abordan, aunque de forma diferente. Salir de estos grupos no implica simplemente abandonar un espacio físico, sino reconstruir una identidad que ha sido profundamente alterada. Los exmiembros suelen experimentar confusión, culpa y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana.

En el caso de “Ticket to Heaven”, se muestra el impacto duradero que la experiencia tiene en los personajes, subrayando que las secuelas no desaparecen de inmediato. Por su parte, “Split Image” explora el papel de la familia y de los profesionales en el proceso de desprogramación, destacando tanto las posibilidades como las limitaciones de estas intervenciones.

A más de cuatro décadas de su estreno, estas películas siguen siendo relevantes porque capturan dinámicas que, aunque han adoptado nuevas formas, continúan presentes en distintos contextos. Las sectas destructivas no han desaparecido; simplemente han evolucionado, adaptándose a nuevas tecnologías y entornos sociales.

Lo que “Ticket to Heaven” y “Split Image” consiguen, cada una a su manera, es humanizar a las personas atrapadas en estas dinámicas. Lejos de presentar a sus personajes como meras víctimas pasivas, muestran la complejidad de sus decisiones y los procesos graduales que conducen a la pérdida de autonomía.

Yo tuve la oportunidad de ver la película “Split Image” doblada al español —bajo el sugestivo título de “Las dos caras de la moneda”— en algún momento de los años noventa, después de haber salido de una comunidad sodálite, aunque todavía no había roto los lazos mentales que me unían al Sodalicio. Sin ninguna duda, el film contribuyó a que diera otro paso hacia la libertad, al permitirme identificar muchas semejanzas con el estilo de vida que se llevaba en las comunidades sodálites. La desaparición de las poluciones nocturnas durante varios meses, que yo interpreté como una señal positiva de estar caminando hacia la santidad, era en realidad parte del paquete sectario: una transformación física que tenía su correlato en una transformación mental que me alejaba de mi verdadera identidad y me impedía ser verdaderamente libre. Y eso no deja de tener consecuencias, como se verá a continuación.

En una encuesta a 101 sobrevivientes y exmiembros de las tres instituciones de vida consagrada de la Familia Sodálite —Sodalicio de Vida Cristiana, Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Siervas del Plan de Dios—, realizada por Sandra Álvarez y Camila T. Alvim, dos exfraternas, y publicada el 1° de diciembre de 2024 en un blog, se resaltan los siguientes resultados:

40 reconocieron haber sufrido cuadros de depresión y ansiedad. Un número menor manifestó diagnósticos de bipolaridad (10), trastorno obsesivo compulsivo (4), esquizofrenia (2) y adicción (1). Otros sobrevivientes indican haber padecido estrés postraumático e insomnio (27), cansancio crónico (16) y trastorno de pánico (15). En menor medida aparecen diagnósticos de agorafobia (6), trastorno límite de la personalidad o borderline (4) e hipersensibilidad o semi-autismo (1).

En cuanto a enfermedades físicas, destacan la migraña y los cuadros de gastritis (43); problemas de espalda (29); fibromialgia (22); problemas de colon (19); tendinitis (18); dolor crónico (14); presión ocular por estrés (8); desórdenes alimenticios como bulimia y anorexia (5); apnea del sueño (1); asma (3); anemia (1), además de enfermedades hormonales como obesidad (13), endometriosis (7), alopecia (6), acné hormonal y prediabetes (1), así como enfermedades autoinmunes como celiaquía (3), lupus (1), Hashimoto (2), leucopenia (1) e intolerancia al gluten (1). Una exconsagrada manifestó haber desarrollado un cáncer reactivo (1).

El estudio de estos cambios mentales y físicos no sólo permite entender mejor el funcionamiento de las sectas destructivas, entre las cuales debería incluirse al disuelto Sodalicio de Vida Cristiana y grupos afines, sino también reflexionar sobre la naturaleza de la influencia, la identidad y la libertad individual. Porque la línea que separa la elección consciente de la manipulación puede ser mucho más difusa de lo que nos gustaría admitir.

 

[OPINIÓN] Ninguna conspiración sobrevive a esta diferencia. Sin drama: con resultados al 95%, el país votó así: 70% entre derecha y centro, 30% entre izquierda e izquierda radical. Eso no es ideología. Es aritmética.

Y sin embargo, aparece la sorpresa de siempre: gente que, viendo ese mapa, decide que el resultado “no cuadra”. Que hay algo raro. Y de paso, aprovecha para instalar el viejo argumento: que Keiko es perdedora, que siempre pierde, que esta vez no va a ser distinto. Un relato conveniente para quienes necesitan que no lo sea.

Hay diagnósticos que la ciencia llama heurísticas sesgadas: atajos mentales que alguna vez fueron útiles pero que el cerebro se niega a actualizar aunque la evidencia los contradiga. “Keiko perdedora” es exactamente eso. Un reflejo condicionado, no un análisis. El porcentaje de peruanos que carga ese prejuicio como certeza ha caído dramáticamente. Lo que antes era una convicción del 70 u 80% de la población hoy es residual, sostenido apenas por inercia tribal. Y cuando llegue la hora de marcar la cédula, ese residuo se evapora al ritmo en que la gente recuerda lo que tiene en el bolsillo.

El dato es este: Keiko Fujimori gana porque está parada donde está la mayoría. No hay mucha ciencia. Al frente, Roberto Sánchez representa un espacio que, sumando todo, con suerte pasa del tercio. Pretender que ese tercio sea mayoría no es análisis político. Es un acto de fe, de terquedad, o de mala leche para crear confusión ante una derrota que para muchos es vergonzosa, pero 100% razonable.

La candidata que hoy compite no es la de hace diez años. Se le nota en la cara: serena, segura de sí misma, con una tranquilidad que transmite sin esfuerzo. Proyecta algo que no se ensaya fácilmente —una presencia que genera confianza, no distancia. Y detrás de eso hay historia real: ha sufrido en carne propia la injusticia, la persecución y la prisión. Esa experiencia le ha dado una templanza y una visión que, bien aplicadas, son garantía de que ciertas cosas no vuelvan a suceder. Tiene además partido, cuadros, estructura y presencia nacional. No es poca cosa en un país donde muchos candidatos no tienen ni comité en su distrito.

El Perú de hoy tampoco es el de hace cinco ni diez años. La gente está trabajando, generando ingresos, mirando hacia adelante. El votante peruano —ese que la teoría política subestima sistemáticamente— es mucho más pragmático que sus comentaristas. No vota por simbolismos; vota por estabilidad. Y el contexto regional confirma la tendencia: el ciclo populista en América Latina está en retirada. Los experimentos radicales, incluyendo el colapso del propio Castillo —una advertencia que el electorado procesó en tiempo real— han dejado una lección cara. Cuando el caos tiene nombre y apellido, la estabilidad deja de ser un argumento abstracto para convertirse en un voto concreto.

Del otro lado, mucho relato y poca consistencia.

Y luego están los que no aceptan el resultado —no porque tengan pruebas de irregularidades, sino porque su candidato no llegó. Rafael López Aliaga, que fracasó de manera estruendosa y demostró una debilidad política y una fragilidad psicológica que le resta simpatías diariamente, tiene operadores dispuestos a explorar la salida creativa: anulemos todo, repitamos la elección, a ver si esta vez la realidad coopera. Y mientras tanto, seguir alimentando la idea de que ella no puede ganar. Que su victoria es anomalía, accidente, error. Una ilusión bastante más allá de lo que permite la ley del sentido común, la moral y la decencia.

La realidad no coopera. Pensar que en una repetición alguien sacaría más de lo que ya sacó es un optimismo difícil de sostener.

¿Errores en el proceso? Seguro, como en toda elección. Se corrigen. Pero no reescribiendo resultados porque no gustan.

El problema no es electoral. Es cultural. Treinta y cinco candidatos compitiendo en lo que pareció más un casting para una novela que un debate no elevan precisamente el nivel de la discusión.

Así que a los que todavía musitan “Keiko perdedora” como quien reza un rosario: actualicen el software. El país cambió. El electorado cambió. El contexto cambió. El sesgo de confirmación es gratis. Las elecciones, no.

En resumen: 70 contra 30. Ninguna conspiración sobrevive a esa diferencia. El 28 de julio jurará una mujer. No por casualidad. Por votos.

[Música Maestro] A lo largo de la historia del rock hemos conocido casos de bandas cuyos integrantes son irreemplazables, especialmente cuando tiene que ver con su muerte. Ocurrió en los Beatles, en The Doors, en Led Zeppelin, en Queen, aunque estos dos últimos lo intentaron -Led Zeppelin con Phil Collins primero y con el hijo de John Bonham después, Queen con Paul Rodgers primero y con Adam Lambert después- pero conscientes de que se trataba ya de otra cosa y con resultados que no lograron igualar a los originales.

Desde el fallecimiento de Neil Peart, los fanáticos de Rush aceptamos sin cuestionamientos que el paso siguiente era el natural y comprensible fin del camino para el famoso trío. Tras la muerte de “The Professor”, ocurrida el 7 de enero del año 2020, Geddy Lee y Alex Lifeson habían dejado medianamente claras sus intenciones de no volver a tocar bajo el nombre de Rush, una regla que rompieron en el tributo al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, en septiembre del 2022, con el apoyo en batería de Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Danny Carey (Tool).

En el 2023, Lee publicó su autobiografía titulada My effin’ life (HarperCollins), la misma que presentó con una gira de 19 fechas por Estados Unidos, Canadá e Inglaterra -a veces con Lifeson como invitado- y en ninguna dejó filtrar proyectos de presentaciones en vivo. Por eso cuando se anunció, en octubre del año pasado, que ambos habían escogido en estricto privado a alguien para reemplazar a Peart, de inmediato surgieron especulaciones de todo tipo.

¿Quién podría cubrir a Neil Peart?

Facebook y otras redes sociales se llenaron de encuestas que generaron acaloradas discusiones entre fans y conocedores sobre quién podría ocupar esa importante plaza. Los nombres más mentados fueron los de Mike Portnoy (Dream Theater), Tim Alexander (Primus) y Danny Carey (Tool), tres de las bandas de generaciones posteriores más influenciadas por el sonido de la entente canadiense. Los más especializados soltaron candidatos menos obvios y diferentes, pero igual de interesantes: Simon Philips, Vinnie Colaiuta, Stewart Copeland, Alex Van Halen.

Estos ejemplos demostraban que a nadie se le ocurría pensar en Lee y Lifeson escogiendo a algún baterista nuevo, desconocido, sin prestigio, a pesar de que el ciberespacio está repleto de músicos jóvenes muy talentosos que muestran sus habilidades en YouTube, Instagram o TikTok todos los días. La estatura de Neil Peart era tan alta que solo un baterista de renombre podría ocupar su lugar.

Sin embargo -como ocurrió también con Primus en febrero- la pareja fundadora de Rush sorprendió a todos con una selección inesperada. Un nombre desconocido para la mayoría, treinta años menor que ellos y de otro país, con una trayectoria sólida en la escena del jazz, las clínicas musicales y la fusión, pero casi indetectable para los radares convencionales. Sin embargo, hubo un detalle adicional que literalmente descuadró a propios y extraños. Lee y Lifeson presentaron a su nuevo baterista: una mujer.

Rush, una banda ¿para hombres?

Desde su aparición en 1974, Rush se posicionó como una banda de público casi exclusivamente masculino. Esto no tiene nada que ver con posturas machistas o discriminadoras, es más bien un dato de la realidad. Según Neil Peart, en las épocas de más éxito del grupo, el público era masculino en un 85-90%, una conclusión a la que llegó observando la ausencia casi total de mujeres en sus conciertos. El dato empírico del baterista fue confirmado luego con estudios estadísticos serios, publicados en revistas especializadas como Rolling Stone o Classic Rock.

Quienes somos fanáticos de Rush, todos esos nerds que nos convertimos en bateristas en el aire cada vez que escuchamos Tom Sawyer (Moving pictures, 1981) y nos sabemos de memoria las líneas de bajo de The spirit of radio o Limelight (Permanent waves, 1980), los cambios rítmicos de Anthem (Fly by night, 1975), los solos de La villa strangiato (Hemispheres, 1978), sabemos que nuestras parejas no comparten nuestra obsesión sonora, elevada pero inútil y escapista a la vez. Pueden hasta disfrutar algunas canciones, pero no les interesan sus detalles, nombres, duraciones ni las historias detrás de cada una. Y tampoco verían con nosotros una y otra vez los videos completos de Xanadu (A farewell to kings, 1977) o Subdivisions (Signals, 1982) con el mismo nivel de compromiso.

Incluso cuando el heavy metal, ese otro subgénero del rock asociado normalmente a la testosterona, comenzó a recibir comunidades enormes de mujeres, Rush se mantuvo como placer musical exclusivo de hombres. Ni siquiera el fútbol o la Fórmula 1 poseen esa particularidad. Por supuesto que hay mujeres fans de Rush, sobre todo en años recientes, pero siempre en números menores. Como se ha analizado en más de una ocasión, las letras que van de lo filosófico a lo fantástico, la ausencia de temas románticos, el aspecto intelectual y carente de glamour de sus tres integrantes y la complejidad de sus arreglos musicales han alejado tradicionalmente al público femenino de Rush, una situación que incluso se trasladó en tonos bromistas a varios sitcoms y películas hollywoodenses.

Por eso, la noticia de que Geddy Lee y Alex Lifeson habían escogido a la baterista alemana Anika Nilles fue una agradable sorpresa por las posibilidades de romper ese estigma. Quizás ahora que sea una mujer quien ejecute los intrincados solos, ritmos y ataques de Rush en The Fifty Something Tour haga que el estereotipo por fin caiga y más público femenino preste oídos a esta extraordinaria música. El inicio de la gira se ha anunciado para la primera semana de junio y llegará a tres países de Sudamérica en enero de 2017. Argentina, Chile y Brasil son los afortunados. ¿Alguna empresa de espectáculos, que no sean los cabeceros de Evolution Concerts, se animará a traer a Rush al Perú? Esperemos que sí.

1974-1978: La etapa esotérica

De principio a fin, la discografía de Rush hace que el oyente se sumerja en un universo paralelo donde solo importan las historias fantásticas, las reflexiones filosóficas y cierto sarcasmo para la crítica sociopolítica de su tiempo, todo envuelto en una incombustible mezcla de hard-rock, rock progresivo y new wave que, en cuatro décadas, mantuvo su personalidad intacta, al margen de modas, cambios en la industria y la dictadura de los gustos masivos, casi siempre ajenos a propuestas artísticas que exijan del público un nivel de atención superior al promedio.

Rush lanzó veinte álbumes en estudio. Desde su debut, la fuerza y dinámica de sus canciones exhibieron un afilado hard-rock en la línea de bandas consagradas como Led Zeppelin, Deep Purple, Cream o Thin Lizzy. Lanzado cuando Geddy y Alex (bajos y guitarras) tenían solo 21 años, el disco epónimo de 1974 contiene un contundente bloque de riffs y solos acompañados por la precisa batería de John Rutsey, de la misma edad, con canciones como Working man, What you’re doing o Finding my way, cantadas por el bajista con inconfundible voz, rotunda y aguda.

Entre 1975 y 1978, el trío se consolidó dentro del prog-rock con largas suites, complejos intermedios instrumentales, uso de bajos y guitarras de doble mástil, pedaleras, instrumentos electroacústicos y letras arcanas, escritas por Neil Peart, el nuevo baterista que, además, enriqueció el proceso creativo por sus espectaculares recursos técnicos que le permitieron incorporar percusiones de todo tipo, desde campanas tubulares y xilófonos hasta sets amplios de tambores acústicos y baterías electrónicas.

A esta etapa pertenecen los extraordinarios discos Fly by night, Caress of steel (1975), 2112 (1976, para muchos su obra maestra), A farewell to kings (1977) y Hemispheres (1978), con temas como Closer to the heart, The trees o A passage to Bangkok, reflexiones propias sobre temas ambientalistas y sociopolíticos; e historias épicas como The fountain of Lamneth, 2112, Xanadu o Cygnus X-1 Book I: The Voyage, con letras inspiradas en escritos de la filósofa rusoamericana Ayn Rand (1905-1982), el autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien (1892-1973), la mitología grecorromana o los textos del poeta y filósofo británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), el mismo que inspiró a Iron Maiden para su clásico tema Rime of the ancient mariner (Powerslave, 1984).

1980-1989: Una adaptación efectiva

Como sabemos, el rock progresivo inició una etapa de declive en la segunda mitad de los setenta por la nueva estética, más cruda y desorganizada, de bandas como The Clash y Sex Pistols –“los punks nos hacían ver a nosotros como si fuésemos Beethoven”, declaró recientemente Geddy Lee a The Guardian- y los canadienses supieron adaptarse mucho mejor que sus pares de la onda “progre”. Como se cuenta en el documental Rush: Beyond the lighted stage (2010), Lee, Lifeson y Peart conservaron la complejidad instrumental, dejando atrás la actitud solemne y fantasmagórica de su etapa previa. El resultado fue un sonido igual de sólido y personal, pero en formatos más comprimidos y hasta amigables para las radios de la época.

Desde Permanent waves (1980) hasta Presto (1989), Rush produjo siete álbumes de puro vértigo y adrenalina musical. A su sorprendente capacidad para tocar líneas de bajo potentes y creativas mientras cantaba, Lee añadió un uso masivo de sintetizadores -especialmente Moog y Oberheim- y pedaleras Taurus para ejecutar largas notas graves con los pies. Lifeson, uno de los mejores guitarristas de su generación, se afianzó con riffs y solos que sonaban a prog-rock clásico y power-pop ochentero, mientras que Peart siguió dejándonos con la boca abierta con su estremecedora potencia y precisión. Moving pictures (1981) contiene clásicos como Red barchetta, el instrumental YYZ -código IATA del aeropuerto de Toronto- y, especialmente, Tom Sawyer.

Otros discos como Signals (1982), con Subdivisions -que aborda un tema de extremada vigencia como es la presión social y angustias de los jóvenes en un mundo de apariencias- y New world man -sobre el choque generacional en tiempos de cambio-; Grace under pressure (1984), que produjo los singles Red sector A y Distant early warning, sobre la guerra fría, mensajes aplicables al mundo actual); o Power windows (1985) con temas como Manhattan Project o la confrontacional The big money, demostraron que los etéreos músicos de rock que en 1976 salían con túnicas y kimonos también poseían un aterrizado discurso geopolítico y social.

1991-2012: Peso y experiencia

Luego vino un tercer periodo, el último, donde el peso y la experiencia de Rush se asentaron para ofrecer un sonido contundente, más cercano al hard-rock, pero sin abandonar su identidad progresiva, reconocible en cada desarrollo instrumental y en el tono vocal de Lee que, desde fines de los setenta ya había dejado atrás las notas extremadamente altas para hacerlo más intermedio.

Además, añadieron un elemento nuevo, el humor, incluyendo por ejemplo la melodía de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) al inicio de sus conciertos-algo que hacían desde 1988- o interactuando con los personajes de dibujos animados como Family Guy o South Park, cuyos creadores son grandes fanáticos del grupo. Jack Black, estrella de la comicidad, salió una vez al escenario con ellos y metió toda su ropa salvo paños menores, en una de las lavadoras/secadoras que la banda usa como escenografía desde los años dosmiles.

Y, en su discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 2013 -un hecho que tardó catorce años desde que se hicieron elegibles en 1999- Alex Lifeson, cuyo apellido real es Živojinović, por sus padres llegaron a Canadá desde Serbia, hizo reír al público con dos minutos y medio de «blah blah blah» ironizando respecto de las solemnidad que suele rodear a esas ceremonias. Esa ocasión tocaron Tom Sawyer, The spirit of radio y una versión editada de Overture 2112/The Temples of Syrinx, acompañados por Neil Raskulinecz (bajo), Taylor Hawkins (batería) y Dave Grohl (batería).

Este ciclo arranca con Roll the bones (1991), un disco de transición que tiene de ambas etapas -el vertiginoso instrumental Where’s my thing? que alguna vez usara Canal N como cortina de sus noticieros, la poderosa Dreamline y hasta algo de rap en el tema-título– y termina con Clockwork angels (2012), su última producción en estudio. En el medio, sólidos discos como Counterparts (1993), Test for echo (1996) o Vapor trails (2002) confirmaron su prestigio dentro del rock mundial. En el 2004, el trío se animó a grabar un álbum de covers, Feedback, un homenaje a aquellas bandas que los inspiraron: Cream, The Who, The Yardbirds y Buffalo Springfield.

Una de las particularidades de su discografía son los álbumes en vivo, lanzamientos que sirven para entender la energía, virtuosismo y evolución del grupo en sus distintas etapas. Tanto All the world’s stage (1976), Exit… stage, left (1982) y A show of hands (1988) ofrecen el sonido clásico de Rush en todo su esplendor. A partir del recopilatorio de conciertos Different stages (1998) en adelante, sus discos en directo –Rush in Rio (2003), R30: 30th Anniversary World Tour (2005) o R40 Live (2015)-, funcionan como un muestrario del legado artístico de Rush y un testimonio de su resistencia al paso del tiempo, incluso superando tragedias de toda índole. La decisión de Neil Peart de retirarse de los escenarios, tras la gira del 2015, y su posterior fallecimiento cinco años después, a los 67 años, de cáncer cerebral, parecían los puntos finales de una notable trayectoria. Hasta ahora.

El regreso de Rush en los Juno Awards

El pasado 29 de marzo, Rush hizo su primera aparición con Anika Nilles en batería, durante los Juno Awards, en el TD Coliseum de Ontario. Tocaron Finding my way, el primer tema del primer disco del grupo. La interpretación de Anika es precisa y limpia, mostrando sus credenciales y convenciendo a los seguidores de la banda. El video fue subido a YouTube esa misma noche y actualmente, tres semanas después, supera ya los dos millones de visualizaciones.

La presentación que nadie anticipó -fue una verdadera sorpresa con la que empezó la ceremonia de entrega de los Grammy canadienses- permite ver cómo sonará Rush en The Fifty Something Tour. El bajo de Geddy Lee es perfección absoluta mientras que su voz, aunque suena bien, ya no registra los legendarios alaridos de antaño -sería irracional esperar eso- pero la técnica que usa actualmente le permite llegar a notas altas sin desentonar. Alex Lifeson es garantía de riffs y solos electrizantes. Al lado izquierdo Loren Gold, un joven y experimentado músico de sesión que viene trabajando con todos, desde Hilary Duff hasta The Who y Chicago, apoya en teclados y coros.

Y detrás, Anika, la sorprendente baterista alemana que cumplirá 43 años a fines de mayo y, a juzgar por su presentación en los Juno, ya está lista para afrontar el enorme desafío de cubrir a Neil Peart, uno de los bateristas más admirados en la comunidad mundial de músicos. “En la primera sesión de ensayos, nos dedicamos a hablar de Neil, de cómo captar su forma de pensar, su feeling”, declaró recientemente a Classic Rock. Más allá de una que otra mezquindad publicada en internet, lo que prima entre los seguidores de Rush es la entusiasmada expectativa que ha despertado su presencia.

Anika Nilles: ¿De dónde salió?

Anika Nilles toca batería desde los seis años. Posee un estilo fluido y polirrítmico que fue desarrollando por su dedicación a la práctica y su amor por el jazz fusión. Comenzó a publicar videos en YouTube con sus composiciones en el año 2013, lo que la llevó a realizar cursos, primero en su país Alemania y luego en otros. Desde hace algunos años, es parte del equipo docente del website Drumeo.com, con sede en Canadá. La revista norteamericana DRUM! la eligió la mejor baterista los años 2015 y 2016.

Sus videos tutoriales y canciones la fueron haciendo conocida en la comunidad de bateristas, al punto de ser portada en la revista especializada Modern Drummer, una de las más conocidas del rubro. Nilles tiene su propia banda, Nevell, con la que ha publicado hasta el momento tres álbumes -Pikalar (2017), For a colorful soul (2020) y False truth (2025). Aquí podemos verla en acción, tocando Shine y Pikalar, dos de sus composiciones, donde podemos apreciar su capacidad técnica y sentido del ritmo.

Entre mayo y noviembre del 2022, Anika Nilles se unió a la banda de Jeff Beck para la que sería la última gira del célebre guitarrista, antes de su fallecimiento. El 22 y 23 de mayo del 2023 participó en los dos conciertos-tributo a Beck en el Royal Albert Hall de Londres, en una banda que incluyó a estrellas como Eric Clapton, Billy Gibbons (ZZ Top), Ronnie Wood (The Rolling Stones), Rod Stewart, entre otros. Sobre el desafío de tocar con Rush, Anika explica: “El estilo de Neil Peart era muy enérgico, algo con lo que me siento muy cómoda. También me encanta tocar enérgicamente. Además, siempre ponía cosas nuevas a las canciones, nunca se repetía a sí mismo, eso lo hace más emocionante”.

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