Opinión

No sé qué es peor en términos socioculturales, si la autocensura de la Pontificia Universidad Católica del Perú respecto de una obra de teatro que trataba con irreverencia la figura de la virgen María, o si la vuelta de la estatua de Pizarro a un lugar prominente en la ciudad, a despecho de la orgía de violencia y saqueo que tuvo para la población indígena de estos territorios la llegada de los conquistadores españoles.

La PUCP ha cometido un grosero error, llevada por el temor a la reacción furibunda de la derecha conservadora y les ha dado un mensaje terrible a sus propios alumnos, al hacerles saber que el arte tiene parámetros religiosos que debe cumplir si quiere estar en caja. El festival “Saliendo de la caja” ya nunca más será el mismo luego de este acto de pusilanimidad mostrado.

Y Pizarro, el iniciador de la tragedia apocalíptica que supuso para las masas indígenas la llegada de los españoles, ha vuelto por sus fueros gracias al hispanismo iletrado del alcalde de Lima, que hace suyas tesis hispanistas que por estos días la ultraderecha ha insistido también en subrayar. El mestizaje que tanto se pondera no nació de armoniosas relaciones consentidas entre blancos e indios sino que fue producto de la violación y esclavitud sexual de las indias a sus conquistadores. Ello no merece ponderación ni rescate sino superación. Es inevitable nuestra condición de país mestizo, pero deberá asumirse bajo la contrición de un pecado original que nunca debió ser reivindicado como hecho cultural positivo.

¿Es cierto que después, con la República, el indio mereció peor suerte? Sí, he allí, pues, la herencia colonial, que aun hasta nuestros días cargamos encima y que es menester superar. Y ello no se logrará con gestos simbólicos retrógrados, como devolver la estatua del iniciador del proceso de conquista a un sitial que no merece.

Felizmente, en algo compensa estos trastes, la decisión del Vaticano de disolver el Sodalicio de Vida Cristiana, una orden religiosa preñada de denuncias de abuso sexual y psicológico por parte de la mayoría de sus fundadores. Tarde ha llegado la reacción del Vaticano, pero ha llegado y solo queda confirmar que la información se haga oficial. Un duro golpe a las huestes reaccionarias del país que la justicia demandaba. Una buena noticia en medio de una semana cargada de avances culturales de la derecha ultramontana.

La del estribo: muy placenteras y recomendables dos obras de la premio Nobel coreana, Han Kang: La vegetariana y La clase de griego. Literatura fácil en términos narrativos, pero honda en su densidad psicológica. Y sigue llegando buen teatro. A ver La Cena, obra dirigida por María Dalidou, basada en la obra de Herman Koch. Va en el entrañable teatro Ricardo Blume del 24 de enero al 2 de marzo. Entradas en Teleticket.

[Música Maestro] Hace cuatro años, en esta misma columna, publiqué un texto titulado Lima en canciones: Entre jaranas y pogos. Al releerlo, me sorprende cómo esas líneas, en esencia pesimistas y ligeramente oscuras, se quedan cortas frente a lo que hoy vivimos a diario. Si en el 2021, año pandémico, la Lima de antaño, la de mis padres, yacía “entre bocinazos de combis, balbuceos reggaetoneros y gritos de cantantes de cumbia norteña”, actualmente estamos bajo el fuego cruzado de sicarios extorsionadores y, literalmente, toda persona que necesite salir a la calle -a trabajar, a hacer las compras de la semana, a visitar a amigos y/o familiares- está en riesgo potencial de ser asaltado a mano armada o de que le caiga una bala perdida, a cualquier hora y en cualquier distrito de Lima Metropolitana.

Nuestra capital afronta el aniversario 490 de su fundación española sobreviviendo, a rastras y en completo estado de indefensión, padeciendo el feroz ataque de criminales desalmados, nacionales y extranjeros, capaces de disparar por la espalda con una mano y sostener el celular con la otra, para grabar “el trabajo” y asegurarse la paga; y de políticos corruptos descarados que se burlan de la inteligencia de una población maniatada, enmudecida por la apatía y el miedo, una ciudadanía a la que se supone que deberían servir desde el Congreso, desde Palacio, desde el Poder Judicial. 

Así las cosas, ¿a quién le quedan ganas ahora, enero del 2025, de recordar las letras de “esas canciones del folklore costeño que hacen remembranza de aquel talante señorial, esa elegancia mestiza poscolonial que, con todo su anacronismo, aún sirve como afirmación de una identidad cada vez más desaparecida” de Lima? Me pregunto y repregunto eso mientras escribo, sintiéndome en conflicto personal por dedicar este humilde espacio al aniversario de Lima solo porque la fecha coincide con su publicación, a ver si eso genera algo más de tráfico y consigue acercar a más lectores. 

En lugar de sumergirme en la discografía de The Cult -pronto en Lima-, hablar de la música dodecafónica de Arnold Schoenberg, celebrar los ochenta años de Chico Buarque, reescuchar los discos de Anthrax a todo volumen o comparar las letras del último álbum de The Cure, Songs of a lost world (2024) con las de clásicos como Pornography (1982) o The top (1984), escritas por la misma persona, Robert Smith, a cuarenta años de distancia; me someto voluntariamente a pensar en canciones que hablen de Lima, pero no de esa Lima que hace décadas ya fue y que las nuevas generaciones, adictas a Netflix y a Magaly TV, no extrañan o lo que es peor, ni siquiera conocen, sino de la actual, la de sicarios que musicalizan sus Tik Toks con los mismos reggaetones que bailan nuestros hijos en sus actuaciones escolares.

¿Por qué hago esto? Porque a veces, la nostalgia por los tiempos idos puede ser más terapéutica que varias visitas al psiquiatra -y mucho más barata-, siempre y cuando aquel segmento del pasado al que te aferres haya tenido momentos que te ayuden a superar las cenagosas realidades que nos tocan hoy en suerte. Sin embargo para este caso, para el aniversario de Lima, esos escapismos nostálgicos parece que no son de mucha efectividad.

¿Cómo aguantar las arcadas que producen las paporretas negacionistas del ministro del Interior? ¿Cómo resistir la tentación de lanzar algún objeto pesado a la pantalla del televisor cada vez que sale a decir, después de algún horrendo asesinato en San Juan de Lurigancho o Ate, en Surco o San Miguel, en Carabayllo o Villa María del Triunfo, en el Callao o en Surquillo, que todo está bien y que los estados de emergencia van sobre ruedas? ¿Escuchando Lima de veras de Chabuca Granda? ¿Cantando “Lima está de fiesta, la canción criolla se viste de gala” como escribiera, en 1965, Manuel Raygada Ballesteros, para su valsecito Acuarela Criolla? No da para tanto.

Aun cuando yo también suelo utilizar ese formato en determinadas ocasiones, me resultan extremadamente odiosas esas publicaciones que proliferan en medios tradicionales o en sus respectivas páginas web, con listados bajo títulos como “10 canciones que representan mejor a Lima”, cada 18 de enero y, en especial, este año. Abrí varias en estos días y, a medida que iba avanzando, me decía a mí mismo lo absurdas que se ven, pues representan una absoluta negación de lo que nos está pasando como ciudad. Y, a estas alturas del partido, eso califica como complicidad frente al crimen. 

¿A quién le puede importar la historia de Romance en La Parada, la creativa y picaresca letra escrita por Augusto Polo Campos para un vals grabado por Los Troveros Criollos hace cinco o seis décadas, cuando en este mismo instante, mientras usted lee esto, en las inmediaciones de ese mercado popular, a alguien le están arrebatando su celular desde una moto o un local termina reventado a balazos por no pagar la cuota extorsiva de la semana? 

No es novedad que la Lima de ahora no es la misma que inspiró a Laureano Martínez, Lorenzo Humberto Sotomayor, Victoria Santa Cruz o Alicia Maguiña. De hecho, esa Lima a la que se pretende homenajear, recordando su pasado cada vez más antiguo y borroso, comenzó a desaparecer poco después de que esos y otros compositores le cantaran a sus zaguanes, sus jaranas, guapas limeñas y callejones de un solo caño, cuando el fenómeno de la migración -que describió José Matos Mar en aquel libro publicado por el IEP en 1984- dio sus primeros pasos en los albores del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, a finales de los años sesenta, para consolidarse en los ochenta como consecuencia de la barbarie terrorista que terminó de ahuyentar a las familias andinas de sus terruños. 

Esta Lima que hoy padecemos, más horrible de lo que jamás pudo imaginar don Sebastián Salazar Bondy ni en sus peores pesadillas, tampoco se parece a la que motivó a un quinteto de muchachos de Breña, fanáticos del rock progresivo británico de los setenta, para cantar sobre las noches de cacería de los jóvenes miraflorinos nietos y bisnietos de la república aristocrática, hijos de los hacendados expropiados por la Reforma Agraria. Av. Larco, con su historia cargada de metáforas sobre la acción nocturna y ese video cinematográficamente producido, describía una pequeñísima porción de una urbe semivacía, si la comparamos con el hacinamiento actual, que aun podía contemplarse y vivirse sin el temor de morir, de madrugada –“el fin de fiesta se acerca ya”- o a la hora del almuerzo. 

Es cierto que en el resto del Perú las cosas comenzaron a ponerse muy feas justo en esa época pero, para cuando Frágil lanzó su LP debut en 1981, un año después de la primera acción registrada de Sendero Luminoso en el distrito ayacuchano de Chuschi, en 1980, nuestra capital todavía era un remanso de paz (los apagones y atentados citadinos comenzaron algunos años después). Los problemas de racismo, desorden urbano, misoginia y clasismo que venía arrastrando, de los cuales no se comenzó a hablar con claridad hasta mediados de los años noventa, encontraron en esa canción -letra de Andrés Dulude, música de César Bustamante- un vehículo de expresión que, con cierto sarcasmo, anticipó casi sin quererlo las cosas que llegaron después. Lamentablemente, aquello del “viernes sangriento” es, desde que el descontrol criminal nos domina, más que un creativo juego de palabras, una descripción, casi un titular para El Trome o Reporte Semanal, solo que de lunes a domingo.

También podríamos detenernos en Nostalgia provinciana, incluida en el segundo larga duración de Los Mojarras, Ruidos en la ciudad (1994, que también contiene ese otro himno suburbano, Triciclo Perú). La canción, escrita por el cantante Hernán Condori Montero, más conocido en el ambiente artístico local como “Cachuca”, logró introducir en las programaciones radiales y televisivas de la época algunos de los temas que fueron bandera de las agrupaciones de chicha durante la década anterior como las migraciones, los pueblos jóvenes, los ambulantes, la informalidad, pero con una ambientación sonora que combinaba las guitarras eléctricas del pop-rock con el golpeteo percusivo del huayno. 

El orgullo limeño-provinciano que declama, a gritos, el líder de Los Mojarras y su propia historia personal -de padres puneños, nacido en Lima, criado en uno de los distritos enclave de la migración, El Agustino, en los extramuros de Lima Metropolitana antes del surgimiento de los “conos”- se convirtieron en símbolo de esa nueva Lima y su mestizaje caótico, por un brevísimo tiempo. Algo similar ocurrió con el grupo de rock fusión Del Pueblo… Del Barrio, cuyos orígenes datan de mediados de los ochenta, que encarnó el espíritu rebelde, contestatario, marginal y achorado de la nueva Lima, aunque recién plasmaron con claridad las preocupaciones de la nueva urbe que sepultó, entre cerros e invasiones, a las quintas y a los barrios altos, en su canción Esteras en el sol (a veces consignada como Esteras in the sun), de su ¿tercer? álbum Matute FM (2000).

La irregular banda de Piero Bustos y Ricardo Silva, célebre por temas como Escalera al infierno, Posesiva de mí (Del Pueblo… Del Barrio, 1985) o Polvos Azules (Antología 1983-1994) -que usa el nombre de las populares galerías pero trata de un asunto totalmente diferente- grabó el tema central de la película nacional Gregorio (Grupo Chaski, 1984), compuesta por el tecladista Arturo Ruiz del Pozo, recordado por sus experimentos de new age local en Marcahuasi y las pampas de Nasca. La historia del niño que baja del campo a la ciudad para padecer discriminación en la capital también podría calificar como un retrato sonoro de esa (ya no tan) nueva Lima, con su letra plañidera y ese ritmo afroandino que caracterizó siempre al combo victoriano. 

Es tan limitada la producción de canciones contemporáneas que hablen claramente de Lima, que no sean de aquella entrañable música criolla perteneciente a otra época que, en uno de los más recientes listados publicados, incluyeron el tema de créditos finales de Juliana (1989), la otra gran película ochentera del Grupo Chaski. En su escena final podemos ver un micro subiendo lenta y tranquilamente, atravesando la negra noche, por la accidentada autopista de un cerro -algo impensable en tiempos actuales-, lleno de niños que cantan y bailan, al ritmo de una acompasada pero pobremente producida salsa compuesta por José Bárcenas. Si bien es cierto el largometraje también usa como contexto y escenografía los problemas de la capital a fines de esa década, la canción en sí misma no tiene absolutamente nada que ver con el aniversario de “la ciudad de los reyes”.

Por supuesto que esos clásicos valses que hablan de la Lima “romántica y altiva, alegre y soñadora” (Lima de novia) o de la “fragancia evocadora que brota en cada esquina” (Lima de octubre) son parte de nuestro acervo musical más querido. No es posible negar la calidad de las interpretaciones que de ellas hicieran, en los años sesenta y setenta, artistas populares como Edith Barr, Lucha Reyes, Conjunto Fiesta Criolla o Los Embajadores Criollos. Pero son, en la actualidad, descripciones que no aplican a esta ciudad de humores rancios y rostros desencajados, que esquivan las motos y van rogando para llegar a salvo a sus casas, evitando cualquier contacto visual con potenciales criminales y sintiéndose ellos mismos vigilados, en un estado de permanente inseguridad y desconfianza. 

Si uno sale caminando del tugurizado y peligroso Centro Comercial Polvos Azules por alguna de las puertas de Paseo de La República y camina hacia el óvalo Grau encontrará, a la altura del grifo Repsol, una cuadra en diagonal que es como una cuña por donde autos y transeúntes cortan camino para salir directo a la avenida del mismo nombre. Es un pequeño callejón sin nombre, con la pista llena de huecos, las paredes descascaradas, a punto de caerse y un intenso olor fétido a basura acumulada en estado de descomposición, orines y quién sabe qué más. Solo Dios sabe qué otras barbaridades ocurren en ese lugar pasada la medianoche. Está así desde hace más de treinta años. Esta callecita representa mejor que ninguna otra el abandono que sufre nuestra ciudad. 

En ese sentido, el pop-rock subterráneo produjo temas que calzan más con la situación actual de este laberinto en estado perpetuo de putrefacción y asediado por delincuentes. Sin embargo, al tratarse de expresiones artísticas marginales y con serios problemas de producción y ejecución, no alcanzan para armar un setlist apropiado para esta Lima del siglo XXI. El portal La Mula intentó hacer un recuento, hace algunos años, pero solo refuerza mi punto de vista. De ese largo y rebuscado listado, vale la pena mencionar al recientemente fallecido César N que lanzó, con su banda Éxodo, un divertido rockabilly titulado Rock en Lima, la podrida ciudad (Rock and roll para los incrédulos, cassette, 1986) en el que los problemas de aquella Lima -represión policial, mendigos, charlatanes, ambulantes- suenan, frente a los pistoleros de ahora, a juego de niños, como su inquieta guitarra al estilo Chuck Berry o Brian Setzer (salvando, por supuesto, las distancias).

Definitivamente, aunque siempre son dignas de escucharse por ser parte importante de la historia de nuestro folklore, no hay manera de relacionar a la Lima actual, la de Rafael López Aliaga y Juan José Santivañez, con los versos floridos y la fina inspiración de Chabuca Granda o Mario Cavagnaro. Pero sí con un LP de punk-rock grabado hace exactamente 40 años por Leusemia, un cuarteto de veinteañeros de la Unidad Vecinal No. 3, tradicional complejo habitacional del Cercado construido a finales de los años cuarenta del siglo XX. Tres de las canciones de ese legendario disco de rock nacional, escritas por Leo Escoria y Raúl Montañez, integrantes originales del combo liderado por Daniel F, deberían gritarse hoy a la cara de nuestros políticos cada vez que salen a dar sus indignas declaraciones.   

Me refiero a Crisis en la gran ciudad –“¡todos mueren, nadie vive, caos, crisis y agonía, todos quieren, nadie puede, el sistema es una birria!”, Decapitados –“¡no quiero más gente oprimida, hay que acabar con los poderes, no quiero ideas derrumbadas, no quiero más!”- y Astalculo –“¡Lima angustiada, Lima violenta, Lima injusta, Lima mórbida, Lima hacinada, Lima sórdida, Lima revienta, Lima morirá!”. Dicho sea de paso, el título de esta última, según “Montaña” -nuestro Johnny Ramone- describe a la canción en sí misma, pero podríamos usarlo para resumir a nuestra clase política.

DATO CURIOSO: la banda francesa Indochine le dedicó una canción a Lima, titulada Bienvenue chez les nus (Bienvenidos a los desnudos), en su sexto álbum Un jour dans notre vie (1993), cinco años después de los multitudinarios conciertos que ofrecieron en el Coliseo Amauta en abril y mayo de 1988. En la letra, el vocalista Nicola Sirkis menciona los cercos policiales, las escolares que los saludaban y los autos muertos bajo el cielo azul de Lima.

Estamos ante una segunda ola de criminalidad en el país. El número de ataques, extorsiones, sicariato, asaltos, etc., ha aumentado exponencialmente con el inicio del año. La diferencia respecto de la primera ola es que esta vez el gobierno ya no atina a hacer nada al respecto, rindiéndose frente al problema y dejando a los ciudadanos de a pie a merced del crimen.

Con anterioridad se decretaron inútiles estados de emergencia, se cayó en el populismo penal, se mostraron grandilocuentes gestos de inversión en el sector Interior, se plantearon reorganizaciones fallidas. Esta vez, ni eso, simplemente no hay respuesta alguna.

Mientras ello ocurre, la presidenta y el titular del Interior pierden su tiempo en frivolidades o en defenderse de las acusaciones en su contra, sin que les importe ya un pepino resolver un problema gravísimo, el mayor ataque a la seguridad nacional después del conflicto armado interno que nos enfrentó a Sendero Luminoso y el MRTA.

De por sí, ello debería bastar para que se declare la vacancia presidencial y el Congreso, aun desprestigiado como está, designe a alguien cuya única misión, además de convocar elecciones, sea afrontar con genuina preocupación el problema de la inseguridad, que nos está corroyendo la entraña ciudadana y que amenaza con distorsionar las elecciones del 2026.

El efecto de la inseguridad será como el de la pandemia. Afectará los ánimos del votante, harto de la situación y conducido a votar por opciones radicales autoritarias, así como la pandemia y el desnudamiento de la inoperancia del Estado llevó a votar por un candidato antisistema como Pedro Castillo.

Allí radica la principal responsabilidad de la mediocridad de este gobierno, seducido por los oropeles del poder, sin afán alguno por utilizarlo para mejorar la vida de los ciudadanos, y que va a dejarnos como herencia un país incendiado, desesperado, con la psicología electoral alterada, distorsionada al punto de que la moderación política será desbordada por esa situación psicosocial.

No es tarde para hacer algo. Este gobierno no lo va ni a intentar. El Congreso tiene en sus manos la posibilidad de romper esa inercia y buscar una solución, así sea solo a este problema.

Muchos candidatos pretenden iniciar sus campañas electorales a fines de año, creyentes fieles en el axioma de que no hay que asomar la cabeza temprano a riesgo de que se la corten. Haciendo ello, sin embargo, le entregan en bandeja el país a las fuerzas radicales autoritarias que ya asoman en el horizonte, ya hacen campaña y partirán con la ventaja de tener un país polarizado a su merced.

Las fuerzas que van del centro a la derecha tienen que empezar a hacer política puertas hacia afuera y no solo embarcarse en planes de organización interna, mesas de discusión o armado de equipos técnicos. Eso está bueno, pero la coyuntura exige que se manifiesten desde ya sobre aspectos cruciales de la agenda nacional.

Hay que romper el nudo gordiano de ver la agenda adscrita exclusivamente a las desventuras de un gobierno mediocre y sin quehacer político, como el de Dina Boluarte, y los avatares judiciales, presentes y pasados, que dominan las primeras planas periodísticas. Entre Nicanor, las cirugías, los jueces Lavajato, las inconductas graves de la fiscal Marita Barreto y las tropelías del Congreso, se establece la pauta informativa, sin dejársele abrir paso a la política monda y lironda.

Ello no va a ser posible si los partidos o candidatos se guardan hasta tiempos más cercanos a la elección y los medios no asumen su rol responsable de ampliar el margen de discusión hacia temas políticos propiamente dichos.

Por ejemplo, en el tema de la inseguridad ciudadana, que es el que más preocupa a la ciudadanía, sería bueno escuchar ya las propuestas técnicas de Libertad Popular, el PPC, el Apra, Renovación Popular, Acción Popular, Partido del Buen Gobierno, etc., en lugar de ver el cansino desfile de fugaces exministros del Interior o exdirectores de la Policía Nacional, que cuando ejercieron el cargo no hicieron nada de lo que ahora proponen y cuya estancia temporal en el cargo les otorga, según los medios que les dan cobijo, autoridad para pontificar sobre la materia.

Es menester hacer política desde ya, y que los medios puedan, en consecuencia, abrir la cancha para debates de ese nivel entre las diferentes opciones gubernativas para el 2026. Ya estamos en año electoral y merecemos romper la inercia de la agenda mediocre que hoy nos rige.

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En el arte pictórico, el aguafuerte es una técnica que busca crear un efecto de relieve en ciertas superficies del soporte, protegiéndolas de la corrosión producida por la aplicación de ácidos o sustancias similares. De esta manera, partes de una obra serán más visibles o notorias que otras, sin que por ello se sacrifique, necesariamente, la totalidad de la pieza.

En literatura el aguafuerte parece establecer unas coordenadas analógicas con su pariente en planchas de metal, pues ciertos segmentos del texto podrán hacerse notar con más intensidad (relieve, digamos) que otras, ya que, al ser una combinación de ensayo breve, crónica y relato personal, uno puede encontrar porciones de texto más brillantes y sugerentes, sin perjuicio del texto global.

En medio de su hibridez, el aguafuerte tiene una tradición interesante en América Latina, destacando el argentino Roberto Arlt (autor de la magnífica novela El juguete rabioso, 1926), uno de sus más consumados cultores. En Arlt, hay que señalarlo, el aguafuerte fue sobre todo un conjunto de experiencias de viaje que luego se trasvasan al relato. Casi podríamos afirmar que Arlt viaja para escribir.

Sin embargo, en ese camino, aparecen otros rasgos que marcan al aguafuerte como subgénero: la pintura de impresiones y sensaciones personales frente al entorno, la agilidad argumental, la observación social y sus contrastes íntimos, desde la reflexión hasta la memoria o el apunte histórico o literario, en el contexto de una especie de melancolía gozosa y personal. 

Mucho de esto hay en Arlt, pero también en el trabajo de un escritor peruano, Carlos Schwalb, quien ha entregado hace poco más de un año a sus lectores un volumen con un título muy explícito: Aguafuertes. Los textos de Schwalb privilegian la reflexión y una suerte de mirada interior que va sumergiendo al lector en la intimidad de la voz narrativa. Esto ocurre en el contexto de un hábil tejido textual, con un lenguaje preciso y que, en más de una ocasión, se acerca a un ánimo poético. 

El texto inaugural de este libro resulta muy sintomático. Si habíamos mencionado la posibilidad de una analogía entre la práctica plástica del aguafuerte y su manifestación en la escritura, este texto que sirve de pórtico nos ofrece toda una poética partiendo de la relación entre el sujeto y un instrumento que materializa lo textual: el lapicero. En la página 15 se lee: “Personalmente, no me bastan los libros para encausar mis energías creativas. Si no hay cuadernos y lapiceros a mi alcance, para mí es igual que nada. Así como los alambres de cobre son excelentes conductores de la energía eléctrica, los lapiceros son excelentes conductores de la energía anímica. Una casa con una biblioteca bien surtida me lleva a suponer que su dueño posee una fecunda vida interior, pero una casa con lapiceros me revela que esa vida se halla en estado de ebullición, como un horno a presión que necesita una válvula de escape para no estallar”.

Exquisitez sin alambicamientos innecesarios, ironía, inventiva. ¿Para qué? Para descubrir esas zonas insólitas de lo cotidiano, zonas que normalmente nos nubla la rutina. Schwalb descorre, con sus aguafuertes, aquello que normalmente no vemos. “Mi amigo el poeta”, por ejemplo, es uno de los textos más interesantes del libro. Este aguafuerte suma elementos fantásticos y de relato extraño; añade humor y configura una singular alegoría del poeta y su libertad creadora. El poeta personaje de este texto es alguien que va perdiendo paulatinamente contacto con el suelo y en algún momento el narrador informa que “baila como si levitara” (p. 53). Sus sueños tienen un mayor sentido de realidad que su propia existencia, que es más bien pesadillesca, pues cada vez va elevándose más sobre la tierra. Mención aparte: Me dejó la impresión de estar frente a un velado homenaje al Licenciado Vidriera, uno de los grandes enajenados de la literatura. 

Cada aguafuerte de Schwalb nos reserva un giro sorpresivo. Partiendo siempre de una situación cotidiana (una visita, la llegada a un lugar, la observación del paisaje o de cualquier otro objeto del entorno) dan pie a una “intervención” maquinada desde la rica subjetividad del narrador, que nos va guiando en este arte de descubrir el asombro allí donde pensábamos que solo había aire o humo. Estos aguafuertes transitan caminos imprevistos, tienden puentes entre la realidad y su distorsión a través de lo fantástico o del enrarecimiento de la percepción de la realidad. Su lectura consiente un encuentro con esos secretos que revelan profundas verdades sobre la vida. 

Carlos Schwalb. Aguafuertes. Lima: Garamond, 2024. 

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[Agenda País]  Como era de esperarse, y a pesar del entusiasmo contagioso de María Corina Machado, se consumó el nauseabundo fraude de la dictadura de Nicolás Maduro avalado por sus colegas y también dictadores de Cuba, Nicaragua, Corea del Norte y de los autócratas de China y Rusia. ¡Qué bonita familia!

Con el apoyo del cerebro político y de la inteligencia de Cuba, cuya dictadura ya tiene nada menos que 65 años, Venezuela es un eje geopolítico importantísimo para el balance de China y Rusia frente a los Estados Unidos de América, además de contar con ingentes reservas petroleras de cuya explotación, se financian regímenes criminales.

La situación actual por la que atraviesa el mundo es convulsionada pero vislumbra, a través del liderazgo de Trump, un horizonte de pragmatismo político que ya empezó con el acuerdo de cese del fuego entre Israel y Hamás que conlleva a la liberación de 33 rehenes aún privados de su libertad desde el 7 de octubre de 2023.

El ejemplo de Siria, donde Rusia tuvo que retirarse para concentrar sus fuerzas en Ucrania, debilitó tanto al régimen de Bashar al-Assad, que los insurgentes derrocaron al dictador y se orientan ahora ante un nuevo pero incierto futuro.

Donald Trump, como parte de sus negociaciones o más bien, imposiciones, para terminar con la invasión de Putin a Ucrania, podría demandar también un retiro ruso de Venezuela que abriría un frente a una rebelión interna, con parte de las fuerzas armadas venezolanas, y restablecer la democracia permitiendo la asunción del presidente electo Edmundo Gonzales y su vicepresidenta María Corina Machado.

A esta posibilidad, Trump tiene 4 años para cortar de una vez la exportación ideológica criminal que emana de Cuba, seguramente endureciendo el embargo y volviéndola a poner en la lista de países que auspician el terrorismo y el narcotráfico, algo que Biden acaba de liberar, de manera incomprensible y desafiante.

Maduro no es un presidente. Es un dictador que maneja una mafia de narcotráfico por la cual el departamento de estado de los Estados Unidos ofrece una recompensa por su captura cuya suma ha aumentado a US$ 25 millones.

La salida de la dictadura venezolana y el inicio de una nueva era democrática tiene que pasar por todas estas aristas, la geopolítica, el abastecimiento de petróleo y el debilitamiento político de Cuba para que las fuerzas democráticas venezolanas encuentren el camino de la victoria.

¡Viva Venezuela Libre!

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1,- Disputan la segunda vuelta dos candidatos de izquierda radical. El alto voto antisistema que habrá, debido a la tremenda irritación popular contra el régimen y el pacto Ejecutivo-Legislativo, hará que la población, sobre todo del sur andino, vote en la primera vuelta del 2026como lo hizo en la segunda vuelta del 2021. Con ello alcanza de sobra para que sean dos candidatos tipo Antauro, Bellido, Aníbal Torres los que disputen la definición.

2.- Un candidato de izquierda radical versus un candidato de derecha disruptivo. Aparece como receptor del voto antisistema un candidato de derecha que le arrebata a la izquierda radical un cupo. ¿Quién se asoma con mayor probabilidad? Rafael López Aliaga, derechista disonante que puede capitalizar su gestión edil para ahorrarse buen trecho de la campaña. A diferencia de Butters -el otro candidato de derecha disruptivo- López Aliaga ya tiene a los cerros. Butters tiene que romper la burbuja Willax si quiere convertirse en protagonista.

3.- Un candidato de izquierda radical versus Keiko Fujimori. El fujimorismo tiene un núcleo duro de 10% o más, que crecerá con los recientes fallos judiciales, y si no pega el candidato disruptivo de derecha, puede alcanzarle para disputarle la elección al candidato radical de izquierda, que de todas maneras estará presente en la lid definitoria. Lo más probable en este escenario es que Keiko Fujimori vuelva a perder la segunda vuelta, pero con el bolsón de votos que ya tiene le podría alcanzar para pasar nuevamente -por cuarta vez- a una segunda elección.

4.- Aparece en el horizonte un improbable candidato de centroderecha, que aproveche un eventual hastío de la gente por candidaturasdisruptivas y que logre consolidar una candidatura que aglomere a varios partidos de similaridentidad ideológica. Es la única manera de que alguien de la derecha moderada irrumpa en el escenario de probabilidades que se plantea.

De más a menos, es éste el múltiple juego de escenarios probables que avizoro para el 2026. Como siempre en el Perú, la vida te da sorpresas, pero si no sucede nada extraordinario, por estos senderos parece que andará la jornada electoral del 2026.

La reciente medida adoptada por el Congreso del Perú, que prohíbe el uso de minifaldas para las trabajadoras, es una clara manifestación del control social sobre el cuerpo de las mujeres y una muestra de cómo aún se perpetúan normas patriarcales bajo la fachada de «formalidad». 

Lo que podría parecer una simple normativa de vestimenta es, en realidad, una forma de discriminación directa y una herramienta más para restringir las libertades; condicionando y determinando no solo cómo deben vestirse las mujeres sino también como deben comportarse en los espacios de poder y toma de decisiones.

El Congreso, el segundo poder del Estado, se ha convertido en el principal perpetuador de estereotipos, reafirmando que las mujeres deben mantener conductas basadas en un moralismo patriarcal que solo favorece a los agresores. 

En una sociedad en donde la violencia de género contra las mujeres y niñas es drama diario, este tipo de medidas solo fortalece la impunidad de los agresores y coloca como “provocadoras” a las mujeres que libremente deciden su forma de vestir. Así se valida la violencia sexual en el espacio público y se perpetúa la tolerancia a este flagelo social. 

El retroceso al que nos están llevando las actuales autoridades es gravísimo. Cuando pensábamos que el Congreso no podía caer más bajo surge el escándalo de la supuesta red de explotación sexual, las autoridades deciden limitar la vestimenta de las mujeres y se destapan escándalos de violencia sexual protagonizados por los mismos congresistas. 

Evidentemente estamos ante un Congreso, cuyos representantes son la expresión de una cultura patriarcal y machista que prevalece en nuestro país, la cual vulnera diariamente la vida de miles de personas. 

Las mujeres, niñas y adolescentes tienen derecho a sentirse seguras en el espacio privado y público. Es decir, en los diferentes ámbitos en donde se desarrollan.

El control sobre las elecciones de vestimenta esta intrínsecamente ligado a la histórica objetivización de los cuerpos, la sumisión a cánones hegemónicos de belleza y el “moralismo patriarcal y religioso” que se expresa además en la censura de contenidos que plantean una crítica a este modelo de exclusiones. Aunque ese es otro tema no puede dejar de mencionarse, ya que todo se encuentra relacionado. 

Volviendo a esta absurda y retrógrada medida que solo sirve para perpetuar estereotipos y la discriminación directa a las mujeres; su crítica es indispensable. No es un tema menor, estamos asistiendo a un retroceso de décadas en materia de igualdad. Lo que esta norma regular es la libertad individual de las mujeres, devolviéndonos a tiempos que pensamos ya estaban superados. El control, la vigilancia y la reculpabilización en su máxima expresión. 

Un feminicida justifica su crimen diciendo que “la mato porque lo dejó por otro”, los congresistas con esta medida dicen “las mujeres provocan los ataques sexuales”, exculpando así a los agresores. En el modelo patriarcal, punto de apoyo de la violencia de género, son las mujeres las culpables de lo que les pasa: ya sea por cómo estaban vestidas, si fueron o no a las fiestas, si salieron tarde o no, si tomaron alcohol o no. 

Cuánta razón y vigencia tiene la letra de la agrupación feminista “Las tesis”, quienes han graficado esta realidad al decir: 

“El patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer, y nuestro castigo
es la violencia que no ves (…) Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía.
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía”

El camino hacia la igualdad de género pasa por promover autonomía, respetar libertades y ciudadanías. No por limitar libertades y culpar eternamente a las mujeres. La violencia sexual es un delito y el culpable siempre es el agresor. El Congreso, no entiende eso. Caer más bajo se puede. 

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[La Tana Zurda]  Aún me embarga una profunda tristeza y nostalgia por no haber podido despedir en Lima a mi gran hermano del alma, José Antonio Mazzotti. Sin embargo, me siento orgullosa y reconfortada por la forma en que su familia y amigos cercanos en Lima le brindaron un adiós a la altura de lo que él hubiera querido. Fue una despedida que resonó con su espíritu: una chalana, que había sido previamente bautizada por su dueño con el nombre de su madre, Rosa Elvira, surcando las aguas del mar en la Costa Verde, con una puesta de sol y de lluvia que parecían invocar la presencia de los Incas, al reflejarse en los colores del arco iris. La imagen, mágica y espléndida, se desplegó en la mañana del sábado 4 de enero, un día que quedará grabado en mi memoria como una despedida que, a su manera, encapsuló la esencia de lo que José Antonio fue: inmenso, luminoso, indomable.

Quince personas, todas cercanas a José Antonio, salieron de su casa en La Aurora en Miraflores y se dirigieron en tres autos hacia el muelle de Chorrillos en la Costa Verde.

Llevaban consigo las cenizas de nuestro gran poeta, rumbo al Cementerio Marino, mientras un pájaro blanco los acompañaba en su viaje silencioso. En el aire, sonaban las notas de una canción que su viuda, Bárbara Corbett de Mazzotti, y su buen amigo, el poeta Manuel Liendo habían seleccionado para esa ocasión, las canciones favoritas de José Antonio: “Amigo” de Roberto Carlos y “Wish You Were Here”, de Pink Floyd, temas emblemáticos de la época en que José Antonio y Bárbara compartían su tiempo universitario. La melodía resonaba como un himno de despedida, como un suspiro nostálgico que rememoraba aquellos días dorados, mientras el paisaje urbano de Lima se desvanecía lentamente tras ellos.

En un instante de profunda intimidad, y mientras aún sostenía el sobre que contenía las cenizas de nuestro querido poeta, Bárbara hizo un llamado solemne. Uno por uno, los presentes se despidieron, abrazando ese sobre de cartón biodegradable que simbolizaba el cuerpo de José Antonio, arrojado ahora al vasto mar que tantas veces lo inspiró. Manuel Liendo, testigo de aquel acto tan significativo, compartió con nosotros el momento exacto: “Bárbara arrojó al mar el sobre, un intenso sol cayó sobre el mar y sobre nosotros. Un calmo Océano Pacífico, que hacía tan solo unos días había estado encrespado, recibía la enorme vastedad de nuestro querido hermano”. Fue un gesto de despedida que evocó no solo la grandeza de su ser, sino también la inmensidad de su legado, que se diluía en el océano, pero que jamás se perdería.

Así, con una ceremonia tan sencilla como profunda, le dieron el adiós que él merecía, un adiós acorde con la magnitud de su figura. José Antonio Mazzotti fue, sin lugar a dudas, uno de los más grandes poetas, académicos e investigadores que el Perú haya dado. Su obra brilló no solo en el ámbito de la poesía, sino también en la crítica literaria, en sus estudios sobre el Inca Garcilaso de la Vega y en su conocimiento profundo de la poesía mundial. Publicó más de una docena de poemarios y recibió premios y reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional. Un hombre cuya huella era imposible de borrar, quien dejó una marca indeleble en cada disciplina que tocó.

Lo irónico, sin embargo, es que, en su propia tierra, Perú, muy pocos recuerdan o valoran adecuadamente su enorme aporte. A veces, resulta hasta cómico ver cómo los vacíos y las omisiones resaltan aún más la presencia de los grandes olvidados (destaco aquí el risible e inestable “olvido” de Pera en su reciente “In Memoriam. Literatos, artistas y promotores culturales fallecidos en 2024” de su suficientemente computado Vallejo and Company, con lo que demostró magistralmente algo que se hace palpable cada vez más para los autores y editores de, entre otros países, Chile, Argentina y España). No pueden callar la grandeza del intelecto de Mazzotti, ni la creatividad con la que diseñó e impulsó eventos culturales de gran magnitud. Es realmente grotesco cómo aquellos que siempre se presentan como advenedizos, dispuestos a traicionar por un poco de protagonismo, parecen ignorar la verdadera esencia de quienes realmente dejaron una huella profunda. Pero el hecho de que “algunes” alucinen ningunearlo solo resalta aún más su enorme valor, su capacidad para transformar y para seguir presente a pesar de todo.

José Antonio Mazzotti, una y mil veces, ¡siempre presente! Porque su legado es intocable, y sus palabras seguirán vibrando, no solo en las aguas que rodean la Costa Verde, sino en cada rincón del alma que lo conoció.

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Despedida, fraternidad, Literatura, poeta
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