Opinión

[EL DEDO EN LA LLAGA]  La película “Grâce à Dieu” (“Gracias a Dios”, 2018) del cineasta francés François Ozon nos muestra las dificultades que tienen que afrontar las víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica. Allí se nos cuenta un drama basado en hechos reales que denuncia el escándalo de abusos sexuales en perjuicio de menores cometido por el sacerdote Bernard Preynat en Lyon (Francia), entre los años setenta y noventa, principalmente en campamentos de scouts. Está confirmado que Preynat abusó de por lo menos 70 menores de edad, aunque se estima que el número de víctimas llegaría a las 400, y las autoridades de la Iglesia católica encubrieron los hechos durante décadas.

El film se centra en la historia de tres víctimas:

  • Alexandre Guérin, un banquero exitoso, católico practicante, casado y padre de cinco hijos.
  • François Debord, un ateo furioso y activista, que canaliza su rabia en acciones directas.
  • Emmanuel Thomassin, un hombre más atormentado y emocionalmente inestable, cuya vida ha sido profundamente marcada por el trauma.

Los tres, los cuales inicialmente no se conocen entre sí, terminan uniéndose a través de la asociación “La Parole Libérée” (“La Palabra Liberada”, fundada por sobrevivientes reales como François Devaux y Alexandre Hezez), que recopila testimonios, crea una red de apoyo y presiona judicial y mediáticamente para que se levante el secreto y se haga justicia. Se muestran sus luchas personales, el impacto del trauma en sus vidas (familia, fe, identidad), las respuestas evasivas o insuficientes de la Iglesia (incluyendo el famoso lapsus del cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon: “La mayoría de los hechos, gracias a Dios, están prescritos”), y cómo forman una comunidad para romper el silencio y buscar reparación.

Pero también se muestran los conflictos internos que aquejan a una asociación de víctimas. Mientras unos quieren ir más allá de sus casos individuales y denunciar el sistema eclesiástico que permite que clérigos cometan abusos, sistema que luego los encubre y protege, otros se contentan con que los responsables paguen sus culpas, y también hay víctimas que se niegan a unirse a las denuncias porque están tan afectadas por el trauma, que se sienten incapaces de soportar la presión pública que significa exponer abiertamente sus casos, o simplemente no logran reunir el valor para unirse a esta lucha. Porque hay algo muy cierto: el activismo abierto contra la pederastia eclesial suele traer consigo un alto costo personal y no pocos problemas individuales y sociales.

Ciertamente, las asociaciones de víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica han jugado un papel muy importante en la visibilización de los abusos y la ruptura del silencio. Han sido fundamentales para exponer encubrimientos sistémicos a nivel global, forzando la agenda pública y mediática. Ofrecen redes de apoyo mutuo, grupos de sanación, recursos psicológicos/emocionales y conexiones legales. Muchas son lideradas por sobrevivientes, lo que genera empatía y credibilidad entre víctimas que desconfían de instituciones eclesiales o estatales.

Han logrado avances concretos: listas públicas de clérigos acusados (en EE.UU. y otros países), políticas de “tolerancia cero” en algunas diócesis, presión al Vaticano y colaboración en comisiones de la verdad (Australia, Francia, Alemania). Han impulsado cambios legislativos (imprescriptibilidad en algunos países) y denuncias ante la ONU.

Sin embargo, algunos críticos, incluyendo algunos sobrevivientes y analistas, señalan que priorizan la Iglesia católica sobre otros contextos de abuso (escuelas, familias, otras religiones), lo que puede percibirse como sesgo anticatólico o agenda ideológica más que protección universal de menores.

No han faltado en esas asociaciones conflictos internos y crisis de liderazgo. Algunas voces, incluyendo sobrevivientes que encontraron sanación en la Iglesia, critican que ciertos grupos parecen más enfocados en atacar la institución eclesiástica que en sanar a víctimas o colaborar constructivamente. Muchas operan con donaciones y voluntarios, lo que restringe su alcance, especialmente en regiones pobres o con fuerte influencia eclesial.

Además, muchos de quienes hemos sido víctimas de abusos por parte de personal clerical o religioso de la Iglesia católica —en mi caso, en el Sodalicio de Vida Cristiana— creemos que los abusos sexuales son sólo el síntoma de un problema más profundo. Y que la lucha contra los abusos sexuales no podrá tener éxito si no se atacan las raíces mismas, que radican en el abuso de poder y abuso de conciencia que practican sistemas de rasgos autoritarios e instituciones de características sectarias.

SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), la más antigua asociación de víctimas de la Iglesia católica, fundada en 1988 por Barbara Blaine (1956-2017), una sobreviviente de abusos, sufrió entre 2016 y 2017 una crisis de liderazgo, la cual llevó a renuncias masivas. En diciembre de 2016, David Clohessy, director nacional durante décadas y figura pública clave, renunció abruptamente, citando conflictos internos y preocupaciones por su salud. Clohessy era una de las voces más visibles de SNAP en medios y audiencias. En febrero de 2017, Barbara Blaine, fundadora y presidenta, también renunció, dejando a la organización sin sus líderes históricos en un corto período. Estas salidas ocurrieron en medio de una convulsión institucional, con reportes de divisiones internas, pérdida de confianza y cambios en la dirección, pues Barbara Dorris asumió como nueva líder.

En enero de 2017, Gretchen Hammond, una exempleada administrativa había presentado una denuncia alegando que SNAP tenía un esquema de comisiones o pagos de retorno con abogados que representaban a sobrevivientes en demandas contra la Iglesia. Según la denuncia, SNAP aceptaba comisiones financieras —en forma de “donaciones”— de abogados que representaban a víctimas de abuso sexual. A cambio, SNAP refería o dirigía a sobrevivientes como clientes potenciales a esos abogados, quienes luego presentaban demandas contra la Iglesia Católica, a menudo con acuerdos millonarios. SNAP negó las acusaciones, afirmando que aceptaba donaciones de abogados pero no dirigía clientes. Más de la mitad de las donaciones anuales de SNAP provendrían en ese momento de abogados litigantes, e incluso se mencionaba un abogado de Minnesota que habría donado alrededor de un millón de dólares. Esto convertía a a SNAP en una “operación comercial” que “entregaba” víctimas a abogados para beneficio mutuo. La demanda generó escrutinio mediático y contribuyó directamente a las renuncias de Clohessy y Blaine. El caso se resolvió posteriormente en 2018 con un acuerdo extrajudicial, sin admisión de culpa por parte de SNAP, y Clohessy regresó regresó parcialmente a SNAP en 2018 como portavoz voluntario.

Problemas internos de otro tipo también han afectado a Ending Clergy Abuse (ECA).

Este proyecto había sido concebido en agosto de 2017 por Barbara Blaine, poco antes de su muerte inesperada en septiembre de 2017, junto a Timothy Law, abogado de Seattle, y otros activistas, con el nombre inicial de The Accountability Project (TAP). Esta iniciativa se convirtió rápidamente en Ending Clergy Abuse (ECA). Surgió como respuesta a la necesidad de una red internacional unificada de sobrevivientes y activistas contra el abuso sexual clerical en la Iglesia Católica, donde los casos de encubrimiento y falta de rendición de cuentas eran —y siguen siendo— un problema sistémico global. La organización se presentó públicamente en junio de 2018 en Ginebra (Suiza), con una conferencia de prensa el 7 de junio de 2018. En ese momento, ya contaba con más de 25 sobrevivientes y activistas de 15 países y 4 continentes. El anuncio coincidió estratégicamente con la visita del Papa Francisco a Ginebra (21 de junio de 2018), para presionar por mecanismos centrales de rendición de cuentas de obispos y una política global de tolerancia cero.

ECA ha organizado manifestaciones de resonancia mediática, a fin de visibilizar el problema de abusos en la Iglesia católica, entre los cuales se cuentan la “March to Zero Tolerance”, que tuvo su epicentro en Roma a fines de septiembre de 2023. También tuvieron resonancia la reunión de la junta directiva de ECA con el Papa León XIV el 20 de octubre de 2025, y la Cumbre Global ECA en Buenos Aires (16 de diciembre de 2025), que fue el primer evento internacional dedicado exclusivamente a alegaciones de abusos institucionales, coerción y explotación en el Opus Dei, centrado en testimonios de sobrevivientes y acceso a la justicia.

Pero más allá eventos mediáticos, ECA no puede ostentar ningún logro significativo en la lucha contra el abuso clerical. El éxito que han tenido algunos miembros de ECA en su lucha para que los responsables rindan cuentas se debe exclusivamente a iniciativas personales que no fueron apoyadas institucional ni financieramente por la asociación. Por ejemplo, fue la labor de Pedro Salinas, hasta hace poco miembro destacado de ECA, junto con la de otras víctimas y periodistas, la que contribuyó a la disolución definitiva del Sodalicio de Vida Cristiana.

También es conveniente mencionar que hubo otros integrantes de ECA a lo largo de su breve historia que renunciaron a la asociación, desilusionados ante la manera en que se manejaban los asuntos internos, en ocasiones muy similar a la manera autoritaria en que se manejan muchos asuntos dentro de la Iglesia católica.

En diciembre de 2025, ECA contaba oficialmente con 45 miembros. Ese mismo mes 8 de esos miembros —entre los cuales me cuento yo mismo desde la campaña en Roma en septiembre de 2023— decidimos renunciar a la asociación debido a una serie de circunstancias y acciones por parte de miembros de la junta directiva, que ponían en tela de juicio el talante democrático de la asociación. La junta directiva se negó a proporcionarnos información transparente sobre el proceso de expulsión de un miembro de ECA que había participado en las jornadas de septiembre de 2023 en Roma. Se nos quiso imponer un código de conducta más apropiado para instituciones donde los abusos sexuales eran probables y frecuentes. Se quiso implementar la obligatoriedad de entrenamientos (que debíamos pagar nosotros mismos) en el tema de abusos, además de cuotas en dinero para asociados.

He aquí lo que expresamos los renunciantes:

«Aun cuando ECA tenga fines justos y nobles por los cuales siempre lucharemos personalmente, consideramos sin embargo que a muchos no nos ha traído ningún beneficio verificable pertenecer a la organización, pero sí podríamos tener problemas en el futuro debido a una mala gobernanza que se ha inclinado hacia un autoritarismo inaceptable.

Durante los últimos años, muchos miembros de ECA han expresado su profundo descontento con la gestión de la organización por parte de la junta directiva, gestión marcada por el autoritarismo, la negativa a escuchar la opinión de las bases y la imposición de decisiones desde arriba. Hemos utilizado todos los mecanismos disponibles en una organización democrática para fomentar el debate sobre la buena gobernanza democrática. La junta directiva se ha negado repetidamente a permitir que este debate se lleve a cabo. ECA ha dejado de ser una organización democrática.

Las bases no tienen derechos, sólo obligaciones arbitrarias establecidas por la junta directiva. Se nos pide que contribuyamos con nuestro esfuerzo y trabajo a una organización donde no tenemos voz. El autoritarismo con el que opera ECA hoy en día se asemeja mas a la Iglesia católica que a una organización de derechos humanos. Se ha permitido que prospere un ambiente tóxico. Permanecer en dicha organización infligiría daño moral a cualquier activista de derechos humanos que se precie. Por todas estas razones, no queremos formar parte de ECA y hemos decidido renunciar a nuestra membresía».

En un solo mes ECA ha perdido el 18% de sus miembros. Los renunciantes son originarios de España, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y El Salvador. Por eso mismo, decíamos también en uno de nuestros escritos a la junta directiva:

«Agotamos todos los mecanismos a nuestro alcance para obtener respuestas y propiciar un cambio de actitud; sin embargo, una y otra vez nos encontramos con una negativa sistemática que impidió, cuando menos, recibir respuestas claras y serias a los planteamientos expresados.

Durante este proceso cuestionamos, nos quejamos y también propusimos alternativas que permitieran dar un giro a la verticalidad impuesta. No obstante, todos nuestros intentos fueron ignorados u opacados. Por el contrario, fuimos calificados como un “pequeño grupo”, “disidentes” o “latinoamericanos”».

La lucha contra los abusos sigue siendo una de nuestras banderas. Esperamos que las organizaciones que siguen abocadas a esta causa aprendan de sus errores y no socaven sus legítimas batallas con actitudes similares a las que están en la raíz de los abusos mismos.

[Música Maestro] Bruce Springsteen tiene actualmente 76 años. Como muchos otros rockeros de su generación, el cantante, compositor y guitarrista sigue activo, ofreciendo conciertos que, en los casos más conservadores, superan las dos horas de duración.

Y si bien es cierto existe un sector nada desdeñable del público y la crítica especializada que, muchas veces por puro esnobismo, pretenden decir que esta clase de músicos ya fueron, que por su edad deberían dedicarse a cuidar a sus nietos (si los tienen), a nadie, ni siquiera a los más detractores, se le ocurriría calificarlo de fiasco, destalentado, inconsecuente con sus ideas o fracasado, como si fuera alguien que “nunca hizo nada”.

A nadie menos a Donald Trump quien, públicamente, despotricó hace unos meses contra “El Jefe” -apelativo que identifica a Mr. Springsteen desde hace décadas- después de enterarse que, en sus recitales, el intérprete de clásicos del rock de carreteras estadounidenses como Born to run (ídem, 1975), Badlands (Darkness on the edge of town, 1978), Hungry heart (The river, 1980) o Glory days (Born in the U.S.A., 1984) no perdía ocasión para expresarse políticamente frente a las fieles multitudes que lo siguen.

A través de reels de Instagram lo hemos escuchado y visto, siempre con su Fender Telecaster a la espalda, alzando la voz frente a los ditirambos ejecutivos, las declaraciones mediáticas y las decisiones gubernamentales del segundo periodo trumpista, en pleno ejercicio de sus derechos como cualquier ciudadano, protegidos por la constitución de su país.

La reacción de Bruce Springsteen

Recuerdo que hace unos meses, esa veleta ideológica llamada Jaime Bayly, que suele llenar la Feria del Libro de Lima con sus libros repetitivos y aburridos, mencionó en su canal de YouTube la agresión verbal de Trump hacia Springsteen, criticándola aunque no con mucha firmeza, fiel a su estilo, para no chocar del todo con ese personaje poderoso a quien hoy bate palmas por la invasión a Venezuela, las amenazas a Groenlandia e Irán y el genocidio en Gaza.

Y también resaltó, si la memoria no me falla, que el rockero, demostrando altura, no contestó nunca de manera directa, persistiendo en sus manifestaciones públicas durante sus concurridos conciertos. Después de todo, su prestigio y su llegada a las masas no se empañarán nunca por los dichos en Fox News de un político poderoso, sea quien sea.

Pero lo ocurrido en el último mes con los injustos asesinatos abusivos de Renée Good y Alex Pratti, a balazos disparados por los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas Enforcement (o como todos conocemos, ICE, por sus siglas en inglés) sí hicieron reaccionar a Bruce Springsteen. Y esa reacción tuvo forma de canción, una potente canción de casi cinco minutos titulada Streets of Minneapolis, ciudad en la que ocurrieron estos crímenes que la oficialidad niega con descaro. “El Jefe” lidera la protesta, es hora de que más estrellas de la música popular norteamericana se unan a esta cruzada política desde el arte.

Si bien es cierto estas canciones -como las marchas, como las páginas de firmas online- no detendrán por sí solas, sin acciones políticas concretas, estos desmanes en Estados Unidos ni en ningún otro lado, en estos tiempos indiferentes tiene mucho valor que un consolidado artista que se acerca a los ochenta años demuestre valentía y se ponga en la línea de fuego, aunque sea simbólicamente, cuando podría estar muy tranquilo, como tantos otros, como si nada irregular estuviera pasando. O peor, apoyando el caos, la vulgaridad, la impunidad.

Un símbolo de la cultura pop norteamericana

En Perú, (casi) todos identifican a Bruce Springsteen como un artista representativo de los años ochenta. La primera canción que muchos peruanos escuchamos de este músico nacido en New Jersey en 1949 fue Dancing in the dark, acompañada de un icónico video de la era MTV en el que veíamos a un joven en jeans y camisa blanca remangada en concierto, en un estadio lleno, haciendo subir al escenario a una adolescente de pelo corto para bailar con ella, que resultó ser la actriz Courteney Cox, entonces de solo 20 años, mundialmente conocida décadas después por interpretar a la compulsiva Monica en la serie Friends.

La canción, hasta ahora vigente en las programaciones de radios locales dedicadas a la música del recuerdo, fue el single principal de su álbum Born in the U.S.A. (1984), con una carátula en que el cantante aparecía de espaldas, con el mismo atuendo del mencionado videoclip y de fondo los colores de la bandera norteamericana, toda una declaración de principios como entenderíamos más adelante. En ese entonces, para el público del Perú -estábamos sin saberlo por ingresar al oscuro periodo de crisis del primer alanato- solo era una manifestación más de la cultura pop gringa, con poca carga política y lejos de ser un fenómeno de masas, pasaba como cualquier otra canción de la radio.

Sin embargo, en los Estados Unidos, para cuando esta canción y LP salieron al mercado estadounidense, Bruce Springsteen era ya una leyenda viva del rock mundial. A sus 36 años, el cantante y guitarrista era todo un veterano de las giras y los discos con mensajes emocionales que transmitía no solo a través de sus letras sencillas y poéticas, dirigidas a las clases trabajadoras y al hombre común, sino por su sonido anclado en esa tradición que inició Bob Dylan con temas como Like a rolling stone (Highway 61 revisited, 1965) o Absolutely Sweet Marie (Blonde on blonde, 1966) -guitarras electroacústicas, órganos Hammond-B3, armónicas- y acrecentado por la potencia escénica e instrumental de The E Street Band, con la que venía lanzando álbumes desde 1972. El exitoso Born in the U.S.A. era el séptimo.

Cincuenta años en la ruta

Con álbumes como Greetings from Asbury Park, N.J. (1972), The wild, the innocent & The E Street shuffle (1973), Born to run (1975) y Darkness on the edge of town (1978), Bruce Springsteen se consolidó como fenómeno de masas, tras varios años de carrera musical subterránea en el circuito de clubes de New Jersey -la famosa escena del “sonido Jersey Shore”- y New York, liderando varias bandas de boogie-rock, soul guitarrero y rock and roll -la más notable fue Southside Johnny and the Asbury Jukes-, junto a su gran amigo y cómplice Steven Van Zandt -más adelante conocido en la escena del rock norteamericano como Little Steven-, guitarrista, productor y compositor que se convertiría en su brazo derecho.

Para ese entonces, ya lo llamaban “The Boss” (“El Jefe”, en castellano), porque al final de cada tocada él se encargaba de repartir lo recibido entre sus compañeros, un colectivo de amigos que en 1974 adoptó el nombre The E Street, la calle donde estaba la casa que les servía de sala de ensayos, propiedad de los padres de David Sancious, uno de los tecladistas originales del grupo.

Para fines de los años setenta, la formación más o menos estable de The E Street Band la integraban Bruce Springsteen (voz, guitarra), Steven Van Zandt (guitarras, coros), Garry Tallent (bajo), Clarence Clemons (saxo, percusiones, coros), David Sancious (teclados), Roy Bittan (piano), Danny Federici (teclados), y Max Weinberg (batería). En la década siguiente se incorporaron su esposa Patty Scialfa (guitarra, voz) y Nils Lofgren, virtuoso guitarrista que había formado parte de The Crazy Horse, la banda de Neil Young.

El megaéxito de algunas de sus producciones ochenteras, como el intimista Nebraska (1982), el mencionado Born in the U.S.A. (1984) o Tunnel of love (1987), convirtieron a Springsteen en una presencia incuestionable en el panorama del pop-rock norteamericano. Su participación en el single benéfico We are the world (1985) del colectivo USA for Africa fue una de las estelares, con un recordado segmento a dúo en la coda final, combinando su rugosa voz con la limpieza vocal de Stevie Wonder, otra de las legendarias figuras que grabaron ese histórico tema.

Las siguientes décadas, Bruce Springsteen fue “desapareciendo” de los rankings, a pesar de que su agenda de conciertos con y sin The E Street Band se mantuvo apretada y vigente, con multitudinarias giras por todo el mundo y ocasionales éxitos en las radios convencionales, como el tema Human touch (1992) o la canción central de la película Philadelphia (Johnatan Demme, 1993), protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washington que causó más de una controversia pues fue una de las primeras en Hollywood en abordar la problemática del SIDA en contextos profesionales y desde la perspectiva de una enfermedad que aun era asociada únicamente a la homosexualidad.

Su composición, sensible y oscura -en la que se encarga de todos los instrumentos- le valió a Springsteen un Oscar en la categoría Mejor Canción Original y cuatro Premios Grammy. Durante el siglo XXI, siguieron los conciertos y los álbumes, así como su activismo político respaldando las campañas de Barack Obama, Hillary Clinton, Joe Biden y Kamal Harris. Los discos de Springsteen, aun cuando no fueran masivamente conocidos, tenían siempre algo qué decir sobre la situación sociopolítica de su país, convirtiéndose para su público en la voz de la conciencia y orgullo norteamericano, como lo son también Bob Dylan, Tom Petty o Neil Young.

Streets of Minneapolis

Como él mismo anunció, compuso la canción el mismo día que se produjo el asesinato de Alex Fratti (37), el 24 de enero, una reacción a esta noticia que estremeció no solo al estado de Minnesota sino a Estados Unidos y, pocas horas después, a todas las personas de bien del mundo. En la letra, que Springsteen entona con los dientes apretados, se enfrenta con nombre propio a Donald Trump, el ICE y dos de los principales funcionarios de la oficina federal de seguridad de Estados Unidos, Stephen Miller y Kristi Noem, calificándolos de “sucios mentirosos”.

El sonido de Streets of Minneapolis es contundente y emocional, con rotundas líneas de Hammond y voces femeninas en los coros, en clave gospel, a manera de uno de esos himnos libertarios del Springsteen más clásico. La grabó el 27 de enero y se lanzó al día siguiente, con un videoclip grabado íntegramente en blanco y negro, recopilando las principales imágenes en foto y video de la cobertura de ambos asesinatos -el de Renée Good, también de 37 años, se había producido tres semanas antes, el 7 de enero- e incluyendo la letra en subtítulos con tipografía grande, para facilitar la comprensión de sus indignados versos.

En su primera semana al aire, Streets of Minneapolis alcanzó más de seis millones de vistas en el canal de YouTube del artista y dos días después, el 30 de enero, la estrenó en vivo en el concierto Defend Minnesota, un recital benéfico organizado por Tom Morello, guitarrista de Rage Against The Machine y Audioslave. La taquilla del show fue íntegra a las familias de Fratti y Good. En el concierto, donde también tocaron la banda punk Rise Against y el legendario guitarrista de jazz-rock Al di Meola, “El Jefe” apareció como invitado sorpresa e interpretó, además de su nueva canción, el clásico Power to the people (1971) de John Lennon y uno de sus propios temas, The ghost of Tom Joad (1995) que Morello grabara con RATM en dos ocasiones, en 1997 como single y en el 2000 para su álbum de covers, Renegades.

Streets of Minneapolis -título que hace referencia a Streets of Philadelphia de 1994- no es la única canción motivada por los asesinatos de enero. El cantautor británico de folk Billy Bragg también reaccionó con una composición titulada City of heroes; mientras que la reconocida cantautora de country-rock Lucinda Williams hizo lo propio con World’s gone wrong, tema-título de su décimo séptima producción discográfica. Todas estas canciones traen a la memoria el activismo musical del canadiense Neil Young, quien apenas se enteró a través de las noticias de la represión a estudiantes en la universidad de Kent, compuso un tema que se convirtió en clásico de Crosby Stills Nash & Young, Ohio (LP So far, 1974).

¿Una canción puede cambiar al mundo?

La verdad duele, pero no ofende. Y la respuesta es no. Lamentablemente, el efecto de una canción con millones de vistas en el YouTube tiene, como el de las marchas pacíficas y los banderazos en plazas y avenidas, para hacer retroceder a los corruptos con poder, es nulo. Su valor reside en que son testimonio voluntario de personas cuya ética les impide quedarse callados ante lo que viene ocurriendo, más allá de que los reaccionarios de siempre traten de desmerecer ello con su indiferencia o con críticas vacías, carentes de fundamento.

Bruce Springsteen ha decidido tomar posición frente a una situación que afecta directamente a su país. No será un acto heroico, pero sí implica un riesgo directo para su figura pública e inclusive su integridad personal. Eso queda claro cuando vemos la reacción de Mr. Trump tras los valientes comentarios del comediante Trevor Noah, de origen sudafricano y poseedor de una historia personal muy triste e inspiradora, durante la última ceremonia de entrega de los Premios Grammy, marcada por esta clase de expresiones.

Hasta Bad Bunny, representante máximo de la degradación de la industria musical, se ha puesto del lado correcto de la historia. Lamentablemente, el discurso que dio el portorriqueño en esa misma ceremonia no tuvo ni el peso ni la convicción que sí tuvieron las palabras del presentador. Sin embargo, alias “Conejo Malo” siguió haciendo lo correcto el último domingo, en su participación en el tradicional concierto de medio tiempo del Super Bowl.

Aunque el ruido y la actitud de Benito Antonio Martínez Ocasio no representan la vasta riqueza musical que, desde Desi Arnaz hasta Gloria Estefan, desde Ernesto Lecuona hasta Rubén Blades, la cultura latina ha aportado no solo a los Estados Unidos sino al mundo entero, el despliegue simbólico realizado por el reggaetonero ante más de 70,000 espectadores en el Levi’s Stadium de California -tradiciones, salsa de El Gran Combo, el apoyo de otras figuras masivas como Ricky Maretin o Lady Gaga-, y visto por una audiencia global televisiva superior a los 140 millones de espectadores va a ser difícil de ser pasado por alto en los días que vienen.

Sería genial, como me comentó esta semana una persona de mi entorno más cercano, que a partir de estos pequeños atisbos de reacción desde ámbitos artísticos se generara una cruzada de la magnitud que tuvo We are the world en 1985 y seamos capaces de ver, dentro de poco, a medio centenar de los músicos más famosos, desde figuras legendarias como Bruce Springsteen hasta los nombres más mentados del pop-rock actual cantando a pulmón partido Streets of Minneapolis o cualquier otra canción que sea escrita especialmente para la ocasión.

Desafortunadamente, vivimos en un mundo mucho más degradado que el de hace cuarenta años y, como podemos comprobar diariamente, hay cada vez menos personajes públicos en quienes confiar. No sería extraño que, así como pasó con Mick Jagger o Aretha Franklin, entusiastas participantes de las fiestecitas viciosas de Jeffrey Epstein o Puff Daddy, nos enteremos de que respetados artistas frecuentaban también esos sórdidos círculos cuando nadie los veía.

Por otro lado, como también pasa en las discusiones menores que tenemos en sobremesas y grupos de WhatsApp, hay enormes masas de gente común y corriente dispuesta a defender a los criminales que hoy gobiernan nuestros países y es más difícil lograr consensos y causas comunes incluso sobre temas que, en una situación normal, solo podrían generar indignación como los tráficos de influencias, los negociados con dineros públicos, la explotación sexual, entre otros.

[OPINIÓN] Recientemente, la actriz Jhoanna San Miguel ha conmocionado las redes sociales, al declarar que una persona trans no puede ser una mujer y que la condición de hombre y de mujer la determina la biología, esto es los cromosomas XY y XX. Lo demás vendrían a ser las opciones sexuales de los seres humanos.

Sus declaraciones, luego refrendadas en una declaración escrita tan contundente como amigable, ha provocado gran revuelo pues se pensaba que la actriz estaba alineada con la tendencia progresista-liberal. Los bandos enfrentados en  este debate le han sacado el máximo provecho al asunto: desde el congresista Alejandro Muñante desviviéndose en halagos a San Miguel, hasta colectivos LGTB+ anunciando escraches en el local de trabajo de la susodicha, y activistas acusándola de promover discursos de odio.

Quiero abordar el tema desde tres miradas. La primera es básica pero resulta que la hemos olvidado: la libertad de opinión, derecho fundamental que, en tiempos de guerra ideológica y batalla cultural, ya no es garantía para nadie. Si no te alineas te botan del trabajo, te expulsan del grupo de amigos, del círculo social, entre muchas otras cosas más. En estos tiempos expresar tus ideas no es solamente asunto tuyo y Johanna San Miguel lo está experimentando en carne propia.

Dentro de este enfoque, la actriz ha expresado su opinión desde una mirada biológica: el hombre es XY y la mujer es XX. Lo ha hecho respetuosamente lo que no quita que sus observaciones hayan podido resultar dolorosas e incluisve ofensivas para personas y colectivos que luchan por ser aceptados en sociedad como mujeres y hombres, a pesar de no haber nacido como tales. Pero son las ideas de Jhoanna, como decía Voltaire, “discrepo completamente de tus posturas pero mataría por tu derecho a expresarlas”.

Luego, toda vez que ya he expresado en qué consiste la postura biológica sobre el tema, en la que se basan los movimientos conservadores los que, además, rechazan y, en muchos casos, desprecian a las personas LGTBI+ en virtud de mandatos bíblicos e imperativos religiosos, veamos la última dimensión del problema que quería tratar: la variante legal, judicial y ciudadana.

Desde hace algunas décadas, en el Perú, a las personas trans se les permite cambiarse de sexo y existen en nuestra sociedad algunos miles de personas trans que, habiendo nacido hombres, aparecen como mujeres en sus DNI o viceversa, lo que supone que debamos reconocerlas, admitirlas y tratarlas como a tales, porque se trata de ciudadanos con los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos. Si la carta de ciudadanía señala que eres mujer, habiendo nacido hombre, pues para todo efecto eres mujer, y deberás ser hallada y reconocida como tal también para todo efecto.

Sin embargo, recientemente la ofensiva conservadora mundial, pero también peruana, con su telúrica mayoría parlamentaria, ha limitado la posibilidad de una persona trans de transitar de mujer a hombre o viceversa. Así, a través de la Ley de igualdad de oportunidades de 2025, el Congreso ha eliminado el concepto género de la legislación limitando las posibilidades de cambiarse de sexo de las personas trans.

No obstante, previamente el Tribunal Constitucional amparó el cambio de sexo arguyendo que las cuestiones biológicas no eran las únicas determinantes de la identidad personal y los jueces -pues el cambio de sexo se solicita en el Poder Judicial y Reniec lo admite sólo ante sentencia firme- lo siguen aplicando.  En otras palabras, aún las personas trans pueden cambiarse legalmente de sexo en el Perú.

Para terminar, es atendible la postura de quienes sostienen que, en el plano estrictamente biológico, una mujer trans no es una mujer pues carece de los cromosomas XX, pero sí puede serlo en el plano identitario, psicológico, cultural, social, etc. En todo caso, algunas personas puedan no aceptar estas transiciones o, como en el caso de Jhoanna San Miguel, expresar su respeto hacia ellas, pero priorizar el enfoque biológico. Luego, prevalece siempre la situación legal del ciudadano: no tratar como mujer a quien es reconocida como tal ante la ley constituye un abierto acto de discriminación por motivo de sexo. Recordemos que, conforme a nuestra Constitución Política, nadie puede ser discriminado por motivo de sexo, religión, opinión, raza etc.

En esto consiste el debate democrático que hemos olvidado y, la verdad, no debería levantar tanto polvo, a no ser por la batalla cultural, por la guerra de trincheras ideológicas que se ha activado en el mundo contemporáneo, y que se nos presenta como única alternativa de participación política en la tercera década del siglo XXI. Ojalá encontremos pronto una nueva y fecunda vía de diálogo, de consensos y de disensos republicanos. Ojalá la democracia encuentre finalmente sus ropajes posmodernos, cuando amanece el segundo cuarto del Tercer Milenio.

 

[CIUDADANO DE A PIE] En una reciente entrevista, Beatriz Mejía Mori —abogada constitucionalista, exdirectora de la Academia de la Magistratura y hoy candidata al Senado— se refirió de manera inusualmente directa y crítica al derecho al voto de los militares en actividad y a su posibilidad de postular a cargos electivos tras el pase al retiro (Ley N° 28480). Un “craso error”, según la jurista, pues los militares no han sido educados para vivir en democracia sino para obedecer órdenes, lo que explica los “gestos dictatoriales” que exhiben en el actual Congreso. Elegir un militar a la presidencia en el 2026, concluye Mejía Mori, sería “llevar los cuarteles a palacio de gobierno”.

Por su parte, Carla Granados Moya —teniente EP en situación de retiro e investigadora de la cultura política castrense— sostiene que, a diferencia de las épocas de golpes de Estado, los militares utilizan hoy las urnas para socavar la democracia desde dentro:

“Los nuevos ‘soldados políticos’ hacen uso de las reglas de la democracia para imponer paradójicamente su agenda antidemocrática. Y, al introducir una concepción bélica de la política, no solo estimulan y naturalizan la violencia simbólica, sino también la violencia física en contra de las y los ciudadanos” (“Una guerra política: la avanzada militar y la destrucción de la democracia peruana”. Trama Crítica, 20 junio 2024).

Si estas advertencias son atendibles, la pregunta evidente es: ¿qué estamos eligiendo cuando votamos por militares?

Soldados políticos: la amenaza uniformada

La figura del “soldado político”, estudiada por Dirk Kruijt, emerge en la política como uno de los principales obstáculos para la consolidación democrática latinoamericana. Por lo general se trata de militares en situación de retiro que compiten electoralmente sin desprenderse de la lógica, los reflejos y la cultura del mundo castrense. Su agenda es esencialmente autoritaria y antipolítica. Para alcanzar sus fines, pervierten las reglas formales de la democracia con la intención de debilitar los controles civiles y judiciales. Justifican soluciones de fuerza frente a conflictos que, en esencia, son políticos y sociales, naturalizando una visión bélica de la política (amigo/enemigo), donde el disenso y la protesta —expresiones legítimas de pluralismo democrático— son tratados como amenazas al orden que deben ser eliminadas. Estos políticos en uniforme (Grabendorff), que operan bajo una lógica de cuartel aplicada al Estado, pueden tanto presentarse como figuras progresistas (Hugo Chávez) como ultraconservadoras (Jair Bolsonaro), pero en ambos casos constituyen la antítesis de un verdadero demócrata.

Del cuartel al Congreso

En Democracia asaltada (2024), Alberto Vergara y Rodrigo Barrenechea nos ofrecen un lúcido análisis del colapso de la política peruana y del vaciamiento de nuestra democracia representativa, pero el diagnóstico de esta crisis democrática quedaría incompleto si no se examinara el rol de los soldados políticos en nuestra actual coyuntura.

Tras las elecciones generales del 2021, la falsa narrativa de un supuesto “fraude en mesa” —impulsada por la derecha radical— contó con el respaldo de importantes miembros de la Asociación de Oficiales Generales y Almirantes del Perú (ADOGEN) y de otros colectivos de militares en retiro, varios de los cuales exhortaron al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas a desconocer a Pedro Castillo como presidente electo. Algunos de estos actores participaron activamente en intentos de internacionalizar dicha narrativa, y aunque estas acciones no lograron sus objetivos antidemocráticos, constituyeron un evidente atentado contra el Estado de derecho y la legitimidad democrática fundamentada en la voluntad popular expresada en las urnas.

La experiencia parlamentaria de estos últimos cinco años nos ha proporcionado una clara evidencia de cómo operan los soldados políticos electos. Uno de sus rasgos más visibles ha sido el respaldo sistemático a salidas políticas impositivas, en particular la banalización de la vacancia presidencial por “incapacidad moral”, un mecanismo excepcional cuya transformación en instrumento rutinario de presión política, ha erosionado gravemente el equilibrio entre poderes.

La concepción bélica de la política, en la que el adversario es un enemigo que debe ser abatido, se comprobó con ocasión de las protestas sociales de 2022/23 que exigían la convocatoria a nuevas elecciones. Los militares congresistas, lejos de actuar como defensores del Estado de derecho, validaron y justificaron el “uso excesivo y arbitrario de la fuerza letal” (Amnistía Internacional, CIDH) que costó la vida a 49 compatriotas. La intervención militar en tareas de orden interno, la minimización de las denuncias por graves violaciones de derechos humanos y la ausencia de rendición de cuentas son prácticas habitualmente promovidas por los soldados políticos latinoamericanos, y el caso peruano no ha sido la excepción.

La democracia exige una reconciliación crítica con un pasado de violencia, basada en la verdad, la justicia y la reparación (Jelin, Collins, Martínez, Reátegui). Sin embargo, estos mismos soldados políticos actuaron en la dirección opuesta, bloqueando avances en justicia para las víctimas mediante amnistías y prescripciones que garantizan la impunidad (Ley 32107). A ello se suma una actitud persistente de hostilidad hacia los mecanismos de control jurídico, tanto nacionales como internacionales, que se ha traducido en propuestas para abandonar el sistema interamericano de derechos humanos. Estas posiciones revelan una resistencia a toda forma de supervisión y una concepción del poder estatal como un espacio carente de límites cuando se actúa en nombre de la “Seguridad y Defensa Nacional”.

Ninguna de estas acciones es atribuible a la casualidad ni a iniciativas personales anecdóticas; responden a un patrón psicológico y cultural presente en ciertos sectores de nuestras Fuerzas Armadas. Pero la responsabilidad de la militarización de la política peruana, no es únicamente de los soldados políticos.  

La alianza perversa

La creciente presencia de militares retirados en la política peruana no puede entenderse como una iniciativa autónoma proveniente de las Fuerzas Armadas (Granados Moya). Por el contrario, ha sido impulsada por agrupaciones políticas de ultraderecha, algunos de cuyos dirigentes —siendo civiles— adoptan voluntariamente la lógica militar como forma de hacer política. Estos “políticos militarizados” no solo respaldan la participación de militares en retiro, sino que mimetizan su mentalidad. Renuncian deliberadamente a ejercer un liderazgo democrático como contrapeso civil al poder armado y, en su búsqueda de respaldo popular ofrecen “mano dura” como solución infalible para los conflictos sociales y problemas de seguridad.

El caso de Avanza País es un ejemplo revelador, pero por desgracia no el único, de esta deriva: en su retórica, la contienda electoral se ha transformado en una operación militar, dirigida no solo contra los delincuentes que campan a sus anchas en nuestras ciudades, sino igualmente contra «caviares» y «progres», vale decir, contra cualquier ciudadano que se oponga democráticamente a su agenda autoritaria y conservadora. Sus postulantes civiles a las vicepresidencias —ambos pertenecientes a las élites privilegiadas del país— se exhiben saludando militarmente a su candidato presidencial de origen castrense. Más allá de lo patético del gesto, el mensaje político que transmite es inquietante: a diferencia de lo que ocurre en democracias consolidadas, el poder civil peruano no se afirma frente a lo militar, sino que se subordina a él. Representa una subordinación simbólica que no es otra cosa que la renuncia vergonzante a la supremacía civil sobre la militar, un pilar básico de cualquier democracia republicana digna de ese nombre. No estamos, pues, solo ante soldados políticos que trasladan la lógica del cuartel al Estado, sino también ante políticos civiles que, por cálculo o convicción autoritaria, adoptan esa lógica y la legitiman. Esta alianza perversa no fortalece la democracia peruana, la socava desde dentro, normalizando el autoritarismo y la represión en espacios que deberían regirse por la deliberación y el pluralismo democráticos.

Sí, un craso error

En un país como el Perú, con una historia jalonada de dictaduras militares, violencia e impunidad, votar por militares en retiro y sus aliados civiles, no es una apuesta prudente, sino un riesgo innecesario, un craso error de consecuencias nefastas para la democracia y la convivencia plural. La crónica reciente de su accionar como congresistas constituye la mejor prueba de lo que nos espera si son elegidos como diputados, senadores o alcanzan la presidencia de la república. Honestamente, nuestro sufrido país merece mucho mejor que eso.

[Música Maestro] Esta semana, la cultura popular rioplatense celebró importantes centenarios relacionados al tango. Con una diferencia de apenas cinco días nacieron, en 1926, dos de las más importantes voces de la canción ciudadana, cultores de un género que gozó de inmensa popularidad, capaz de trascender su área de influencia directa, a pesar de las particularidades rítmicas y líricas que se alejaban bruscamente de otros ritmos contemporáneos muy de moda en la música latina.

Efectivamente, el tango y su marcado 2/4 -dos por cuatro, como leen los músicos- difiere muchísimo de los compases de estilos mexicanos -corridos (2/4), rancheras (3/4), boleros (4/4)- y de la comodidad de la amplia familia de ritmos caribeños -Cuba, Puerto Rico- asociada al 4/4 tradicional, basado en instrumentos de percusión. Incluso se desmarca de nuestro vals criollo, también en tres por cuatro, a pesar de que, en sus épocas de gloria -la Guardia Vieja, los años cuarenta y cincuenta-, como bien saben los conocedores del folklore costeño del Perú, tuvo como principales influencias las interpretaciones de artistas como Carlos Gardel y Libertad Lamarque.

Y, si hablamos de las letras, muchas de ellas contienen vocablos y conjugaciones verbales que no formaron nunca parte del habla coloquial de ningún otro país que no fuese Argentina o Uruguay. Un porcentaje extremadamente pequeño del enorme glosario del lunfardo se incorporó al habla cotidiana del Perú -con palabras como “bacán”, “estar en cana”, “pituco”, entre otras de amplio uso- ya sea en sus formas originales o variaciones que terminaron peruanizándolas.

Los argentinismos más populares como “ché”, “pibe”, “boludo/pelotudo” y otros solo se usan en contextos de parodia o imitación, sin mencionar a los huachafos que creen que hablar “en argentino” sin serlo los hace especiales (algo que también pasa con los dejos colombiano, portorriqueño y cubano, en diferentes contextos).

Aun así, el tango impuso su personalidad única, forjada desde mediados del siglo XIX en los fragores del desengaño y las luchas por salir delante de los habitantes de zonas porteñas en Montevideo y Buenos Aires, hasta convertirse en una de las formas musicales cantadas en castellano favoritas por su dramatismo, su conexión con las comunidades populares y sus intérpretes, que fueron admirados en toda Hispanoamérica durante la primera mitad del siglo XX.

Roberto Goyeneche: El nexo entre el tango y el rock

En un caso raro de la música latinoamericana, todos saben más o menos qué es el tango, de qué país es, cómo suena, cómo lucen sus bailarines -por su uso desmedido en Hollywood, por las adaptaciones electrónicas surgidas durante la primera mitad del siglo XXI, por el carácter que hoy posee, reducido a sofisticación y sensualidad para turistas, el “tango for dummies”- pero actualmente, a sus principales exponentes no los reconoce nadie que no sea argentino o uruguayo, ni por nombre ni por foto. Sin embargo, Roberto Goyeneche fue, en su momento, el más grande cantante de tango y sus grabaciones son hoy clásicos del género.

Dicen que lo apodaron “El Polaco” -como al bajista de Los Violadores, Roberto Zelazek- por su cabello castaño, aunque en las fotos de época apenas se ve un poco más claro que el de su gran amigo y director de la orquesta con la que se hizo famoso, el bandoneonista Aníbal Troilo (1914-1975), con quien trabajó entre 1956 y 1962. Su voz de barítono era clara y reconocible, con un estilo propio que tenía muy poco que ver con la gruesa nasalidad del paradigma de cómo debía sonar un tanguero, Carlos Gardel, “El Zorzal Criollo”.

Los fanáticos del rock argentino habrán escuchado una poética canción llamada Naranjo en flor. Este icónico tango fue escrito a mediados de los años cuarenta, pero la versión que grabara Goyeneche, tres décadas después, para el LP Personalidad y tango (1974) es la definitiva para este dramático y dolorido testimonio de ruptura, compuesto por los hermanos Homero y Virgilio Expósito. Naranjo en flor ha sido interpretado por astros del folklore argentino como Mercedes Sosa, así como por personajes famosos del rock gaucho como Juan Carlos Baglietto, Andrés Calamaro, Fito Páez, entre otros.

Un artista influyente

Precisamente, el rosarino fue uno de los rockeros que más devoción demostró por “El Polaco”, desde que se conocieron, durante el rodaje de la película Sur (Fernando Solanas, 1988). Goyeneche sentía mucho aprecio por la primera generación de músicos argentinos dedicados al rock, lo cual fue retribuido con un profundo respeto por parte de varios representantes de la escena joven. Litto Nebbia, uno de los padres fundadores del rock argentino, fundó el sello Melopea con el cual editó, en los ochenta, varios álbumes en vivo del venerado cantante.

Entre sus grabaciones más recordadas, además de Naranjo en flor, podemos mencionar sus versiones de Uno (Barrio de tango, 1969), La última curda (1963) o En esta tarde gris, composición de Mariano Mores, incluida en su reencuentro con Troilo, titulado ¿Te acordás, Polaco? (RCA Victor, 1971). A finales de los sesenta, Goyeneche dio un atrevido paso en su carrera cuando decidió grabar Balada para un loco, junto al quinteto de Astor Piazzolla (1921-1992), para espanto de los más puristas. Piazzolla, que había sido alumno de Troilo, revolucionó el tango cruzándolo con la música sinfónica y este tema es uno de los más emblemáticos de su repertorio.

Nacido en Buenos Aires, en el barrio bonaerense de Coghlan, un 29 de enero de 1926, “El Polaco” falleció en 1994, a causa de la neumonía, a los 68 años. La capital argentina tiene estatuas y bustos de Goyeneche en diversas plazas y avenidas, así como lleva su nombre la tribuna popular del estadio del Atlético Platense, club del que fue hincha. El 2024 se estrenó el documental Las formas de la noche, dirigido por Marcelo Goyeneche, sobrino nieto del cantante. En Uruguay, donde tuvo también mucha fama, artistas como No Te Va Gustar y Leo Maslíah, grabaron sus propias versiones de Naranjo en flor, los primeros en un álbum en vivo del 2005 y el segundo con letra y melodías alteradas a su irreverente estilo humorístico, en el disco Zanguango (1996).

Julio Sosa: Orgullo del Uruguay

Cuatro días después que Roberto Goyeneche, el 2 de febrero de 1926, nacía en la localidad de Las Piedras, al costadito de Montevideo, Julio María Sosa Venturini, “El Varón del Tango”. A diferencia de “El Polaco”, tuvo una vida muy corta. Un accidente de tránsito, mientras manejaba un automóvil de lujo, le quitó la vida antes de llegar a los cuarenta, en 1964. Para cuando aquel siniestro ocurrió, en Buenos Aires, ciudad a la que había llegado a los 23 años, Sosa ya era una superestrella del lunfardo y el malevaje.

En sus casi 15 años de trayectoria tanguera, Sosa se entregó a la interpretación tradicional del género y sus grabaciones con prestigiosas orquestas típicas -dirigidas por Armando Pontier (bandoneón) y Enrique Francini (violín)- le aseguraron un lugar de privilegio entre los amantes de la canción ciudadana, como llaman los argentinos a su estilo citadino más popular. Canciones como La gayola (1957), Pa’ que sepan cómo soy (1959), La cumparsita (1961) o Guapo y varón (1958) -solo por mencionar algunas- lo catapultaron al estrellato en Argentina y Uruguay.

Para la primera mitad de los años sesenta, Julio Sosa era considerado el único cantor de tango capaz de convocar a multitudes en sus recitales, “el Gardel de nuestra generación” a decir de Pontier, en la contracarátula de la primera recopilación editada un año después del choque. En 1962 lanzó una de sus mejores grabaciones, el disco Milonga triste, con un conjunto de guitarras dirigidas por Héctor Arbelo (1921-2003), que contiene temas como Guitarra, guitarra mía, Criollita de mis amores o la despechada Por un cariño.

Poco después, inició su sociedad con la orquesta típica del director, compositor y bandoneonista Leopoldo Federico (1927-2014), con la cual permanecería hasta el momento de su trágica y prematura muerte, después de grabar cinco LP con el sello internacional Columbia Records, entre los que destacan El varón del tango (1961), Reciedumbre y ternura (1963) y El firulete (1964), su último disco.

Cambalache, una canción profética

En los ochenta, durante los peores años del primer gobierno de Alan García, el locutor y empresario radial Juan Ramírez Lazo (1927-2003) iniciaba a diario la emisión de su sintonizado noticiero en la recordada Radio Cora con un tango que parecía casi un editorial, un resumen de las noticias del día anterior, cantado por una voz ronca y nasal muy parecida a la de Carlos Gardel.

Nosotros, entonces unos adolescentes, nos aprendimos de memoria esa letra -mi padre encendía religiosamente la radio de su cuarto a las 6 de la mañana todos los días- y, como ocurre con el vals Parlamanías escrito por doña Serafina Quinteras, periodista y poeta limeña, en 1938, sigue tan vigente hoy como entonces, a pesar de tener más de noventa años de antigüedad.

Pero, si el valsecito que Los Troveros Criollos grabaron en los años cincuenta era festivo y chacotero, el tango ese sonaba amargo e indignado, trascendía la sátira para convertirse en denuncia seria, cachetada directa a quienes se sintieran aludidos, en cualquier época y cualquier país. Cambalache, como decía el catalán Joan Manuel Serrat antes de interpretarla en vivo -versión inmortalizada en su álbum En directo, de 1984- “describe este siglo difícil, complicado y marrullero que, queramos o no queramos, nos toca transitar a todos nosotros”.

Julio Sosa cantaba esa versión, la más conocida de Cambalache -la que ponía Ramírez Lazo en su programa- en el año 1955 con la orquesta de Armando Pontier. Pero, para cuando lo hizo, la canción ya tenía dos décadas de existencia. La letra la había escrito, en 1934, otro titán de la música porteña argentina, Enrique Santos Discépolo (1901-1951), “Discepolín” para los amigos, porque era menor y más flaco que su hermano Armando, escritor de teatro.

El autor de Uno, otro clásico del folklore bonaerense -con música de Mariano Mores (1918-2016)-reaccionó con esa canción a los desmadres que azotaban a Argentina durante la llamada “Década Infame”, iniciada cuatro años antes, en 1930, por el golpe militar que derrocó al presidente Juan Hipólito Yrigoyen. Incluso estuvo prohibida por los diferentes gobiernos asociados a aquella junta militar que se sucedieron hasta 1943. En 1949, Juan Domingo Perón, en su primer mandato, levantó la censura y Cambalache volvió a las radios.

“Lo mismo un burro que un gran profesor…”

Cada verso de Cambalache nos hace pensar en una situación peruana actual. Reemplace usted “burro” por el político de su preferencia y la ecuación será perfecta, en esta campaña que insulta tanto nuestra inteligencia. Otra, por ejemplo, que parece escrita pensando en el actual Congreso de la República es esta: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor / ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…” (el vocablo “chorro” se transformó en “choro” entre nosotros, por lo que ya saben qué significa exactamente). Y así podríamos seguir, línea por línea, sorprendiéndonos frente a la claridad visionaria de esta excelente canción argentina.

Sosa hace una versión potente y realiza ligeras modificaciones, especialmente en la mención de personajes, un tema del que se han ocupado muchos en internet. Por eso, prefiero comentar el uso de pronunciaciones típicas del habla popular gaucha, que también fueron parte del repertorio del ilustrador y humorista Roberto “El Negro” Fontanarrosa (1944-2007) y su entrañable personaje Inodoro Pereyra. En frases como “vivimos revolcaos en un merengue / y en el mismo lodo todos manoseaos” tenemos un claro ejemplo de eso. O en esta otra línea en la que el autor nos da un consejo de oro para evitarnos malos ratos frente a los políticos corruptos: “no pienses más, sentáte a un lao / que a nadie importa si naciste honrao”. Nada más cierto.

Otras voces que entonaron Cambalache

Carlos Gardel la había popularizado, poco antes de morir. Y después de Sosa, la interpretaron todos los grandes del tango, desde Tita Merello (1904-2002) hasta, cómo no, Roberto Goyeneche, quien la grabó varias veces, aunque una de sus mejores interpretaciones es esta, en vivo, junto a Astor Piazzolla, de 1982. Casi en paralelo a la versión de “El Varón del Tango”, Cambalache se lució en la voz del tenor venezolano Alfredo Sadel (1930-1989) en su LP Fiesta latinoamericana (1956).

Dos legendarios artistas brasileños, Caetano Veloso y Raúl Seixas, también hicieron sus propias rendiciones de Cambalache. La máxima figura del tropicalismo, aun activo a sus 83 años, la grabó en su tercer LP, titulado simplemente Caetano Veloso (1969), mientras que el irreverente guitarrista y compositor de pop-rock psicodélico fallecido en 1989 le dio vuelta en una de sus últimas producciones discográficas, Uah-bap-lu-bap-lah-béin-bum!, del año 1987.

En Argentina, artistas de otros géneros también han rendido honores a este clásico de su folklore. Por ejemplo, Andrés Calamaro hizo su versión en Las otras caras de Alta suciedad, uno de los tres discos que conforman el boxset Inéditos + rarezas + canciones (1998). Otro ídolo del rock gaucho, León Gieco, aunque nunca la grabó oficialmente, la interpretó en televisión y luego incluyó el audio en su colección de rarezas La historia esta Vol. 2, del mismo año. mientras tanto, los metaleros de Hermética le metieron velocidad en su disco de covers Intérpretes (1990).

En España, baladistas como Dyango y Raphael han interpretado Cambalache, dejando versiones memorables. En cambio, el recientemente desenmascarado Julio Iglesias la destruyó en un disco comercialmente muy exitoso, Tango (1996). En cuanto a trovadores, además de la mencionada versión de Joan Manuel Serrat, podemos mencionar a Ismael Serrano, a quien podemos verlo en el DVD en vivo Un lugar soñado (2008), cerrando su recital con el tema.

Por su parte, el cantautor español-filipino Luis Eduardo Aute (1943-2020) compuso Siglo XXI para su décimo sexto disco Ufff! (1990), excelente canción que funciona como una continuación y que inicia con una de las frases centrales del tema de Santos Discépolo: “Siglo XX, cambalache problemático y febril…”

Los inmorales nos han igualao

Escuchando canciones como Balada para un loco (Goyeneche/Piazzolla) o Cambalache (Sosa/Discépolo) uno se reengancha con el poder sociopolítico del tango y, en especial, de esas formas de hacer música en Latinoamérica que invitaban a la reflexión, a partir de la crónica fantasiosa o la furibunda crítica. Cuánta falta nos hacen ahora canciones como estas ahora que, como dice el coro de Cambalache, “los inmorales nos han igualao”.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos» Antonio Gramsci

Recién la política progresista española Irene Montero ha exclamado que el medio millón de migrantes que serán legalizados en su país deben servir para aplicar la teoría del reemplazo étnico o cultural y limpiar la península de tantos fachas y racistas. A su turno, Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso de los diputados español, le ha dicho a su colega Juan Gabriel Rufián, de la Esquerra Republicana de Catalunya, que antes de criticar las credenciales morales de María Corina Machado, debe mirarse largo tiempo en el espejo y lavarse la boca.

Desde otro ángulo, La eurodiputada Afroditi Latinopoulou ha  denunciado a la bancada socialista del Parlamento Europeo: «Han inundado las ciudades europeas con islámicos; estamos llenos de Mohammed’s. Ustedes, los socialistas, quieren islamizar Europa; son los mayores racistas con los europeos. ¡Detengan las subvenciones ya y depórtenlos a todos en masa!». Georgio Meloni se ha sumado a la protesta: “si se sienten ofendidos por un crucifijo, no es aquí donde deben vivir”. Y el islamismo no se ha quedado atrás, en tiempos de absoluto griterío no faltan líderes islámicos que llaman a la islamización de Occidente y se multiplican las manifestaciones de intolerancia de los propios musulmanes en contra de los rituales cristianos dentro de Europa.

Irene Montero y Cayetana Álvarez de Toledo. Representan dos extremos irreconciliables en la política española

Cierro esta introducción, con una referencia al escritor Arturo Pérez Reverte quien se ha confesado republicano que, en el caso de España, significa creer en la república como modelo político y no en la monarquía constitucional. Pérez Reverte cree en el gobierno de un presidente que encarna el Estado y que viene provisto de una serie de virtudes como la serenidad, la sensatez, el civismo. Sin embargo, ante la más absoluta crisis de la clase política española, admite su simpatía con Su Majestad Felipe VI, el actual monarca hispano, porque encarna al país, porque lo ve bueno, porque quiere a España y la prioriza por sobre cualquier otra consideración.

Viví en España entre 2001 y 2003, la viví intensamente. Me pareció que algo había cambiado cuando hice dos trasvases en el aeropuerto de Madrid al dirigirme a Roma, y realicé el viaje de Lima a Madrid en Iberia a finales de 2024. Es que sucedieron demasiadas cosas. Dos aeromozas que comentaban en voz baja “ojala que todos estos no vengan a delinquir”, y luego en el aeropuerto de Barajas, otra funcionaria  de Iberia, con un gran megáfono separaba a los gritos a los pobrecillos europeos de la “sarta de bandidos y truhanes” con quienes tuvieron que viajar apretujados por más de 14 horas en el aire, sin que haya forma de evitarlo. Los gritos de la señora, obviamente, separaban a los comunitarios de quienes no lo eran, pero sus maneras recordaban a los esbirros del Tercer Reich separando a judíos de cualquier otro ser humano que tuviese en suertes no serlo: “Juden links, Europäer rechts”, esa sensación me dio vueltas por la cabeza.

Yo saqué de inmediato mi pasaporte antes de ser detenido por la policía antiinmigración o lo que fuere y me acerqué al lado de los no europeos. La funcionaria levantó la mirada, me vio y me dijo muy gentilmente: “no hace falta señor, Ud. siga por favor, adelante” sin siquiera ver mi pasaporte. Entonces entendí que no solo era la nacionalidad, sino que la cara también entraba en la ecuación.

Luego recordé que ya en el caunter de Lima, sí, de Lima, una funcionaria española de Iberia gritaba a su gusto a los futuros pasajeros que llegaban para sacar su ticket de vuelo y embarcar su equipaje. Los acomodaba con total desdén e irrespeto al punto que quise presentar una queja y pregunté donde podía realizarla. Y entonces pasé de un pasadizo al otro, de una oficina a la otra del viejo aeropuerto Jorge Chávez hasta que me vi como a Josef K. de El Proceso de Kafka, inmerso en el indescifrable laberinto judicial de un país de Europa del este, por lo que desistí en mi empeño, so riesgo de perder mi vuelvo.

Al punto, este mix que combina intervenciones recientes de políticos europeos y las lamentables anécdotas de un viaje a Europa a finales de 2024, busca ofrecer algunas conclusiones coherentes. En primer lugar, la España de hoy, y la Europa de hoy, no son más las de inicios del siglo XXI: el mundo no lo es. Entre 2001 y 2003 España no había aprobado la ley contra la violencia de género, ni el feminismo había eclosionado como lo ha hecho. Igual, la derecha: no existía Vox. El esquema de la política era aún el tradicional: PP, PSOE y la Izquierda Unida diminuta, casi un bipartidismo, más las fuerzas políticas regionales, PNV, entre otras. Aún regía la democracia, bien entendu.

Los debates parlamentarios eran fieros: recuerdo cada mes, en las Cortes españolas, cómo se presentaba José María Aznar, como lo atacaba José Luis Rodríguez Zapatero y los grandes contrapuntos entre ellos dos, durísimos, pero ni una lisura, ni una descalificación, ni un epíteto, todo política pura. A su turno, el debate respecto de la migración musulmana se limitaba al uso de la burka en los colegios, sé que la discusión continúa, pero los islámicos en Europa parecían comprender que se encontraban en otro continente y que no se trataba de modificar las costumbres locales.

Al mismo tiempo, como migrante peruano, conocí a otros migrantes peruanos y, en general, tenían una buena relación con los españoles y los españoles con ellos. Ya existía el feo mote de sudaca pero, en general, la relación fluía, esto no quita que los peruanos que conocí tendían más a vincularse con otros peruanos, pero no implicaba actitudes excluyentes. Lo que vi fue más armonía y aceptación que conflicto.

Unas horas, de ida y de vuelta en el aeropuerto de Barajas, y otras más en un vuelo de Iberia de Lima a Madrid cambiaron completamente mi percepción aunque reconozco generalizar a partir de una experiencia particular. Sin embargo estoy enterado, la derecha española está escandalizada por la normalización de la situación de los inmigrantes en su país, evocan la ya referida teoría del reemplazo, Irene Montero le echa más leña al fuego y la evoca también como argumento para acabar con los “fachas”.

Un gran y estridente griterío. Hace 23 años, cuando dejé Europa, esta no era un gran griterío. Hoy día lo es. Buscar o señalar culpables sería tomar partido y convertirme en cómplice. A quien señalo como culpable es a la batalla cultural pues su intención no es transar, llegar a un acuerdo, dividir territorios. Su intención es la destrucción del otro, no desde la violencia de las armas, pero sí la del fanatismo ideológico.

Me quedo con Arturo Pérez Reverte, quien mencionó a Felipe VI como hombre de sentido común, que hace las cosas buscando el bien general y del país, hasta donde se puede en el marco de la política, entendida como la búsqueda del consenso entre las partes. Esa política que ayer tuvo un lugar entre nosotros y que hoy se nos ha perdido. Ojalá que no para siempre, ojalá concluya pronto la era de los monstruos.

Foto:  lavanguardia.com

[OPINIÓN] Durante años se repite, casi como un mantra moderno, que la televisión abierta está muriendo. Que el entretenimiento migró a Netflix, HBO, YouTube y otras plataformas digitales. Y es cierto: series, novelas y películas ya no se consumen mayoritariamente por señal abierta. Esa batalla está perdida.

El error es creer que con eso se extinguió el valor de una señal abierta.

En América Latina, la televisión abierta ya no vale por el entretenimiento. Vale por el poder. Por la noticia. Por la opinión. Por la política. Ese es hoy el verdadero negocio. Las señales VHF y UHF, amplificadas por el cable, siguen siendo el espacio donde se construye agenda, se destruyen reputaciones y, en época electoral, se empujan candidaturas.

En el Perú, América TV, Latina, ATV y, en UHF, Willax, lo han entendido y lo ejercen con notable éxito.

Panamericana Televisión, que durante décadas fue la columna vertebral de la televisión peruana, evidentemente no.

Hoy, salvo por Panorama —programa que sobrevive más por inercia histórica que por contenido—, el canal lleva casi veinte años navegando plácidamente entre el cuarto y quinto lugar en credibilidad y sintonía.

Hace unos meses, el canal fue adquirido por Jimmy Pflucker, empresario exitoso y minero polémico, con el doble propósito de reflotar la señal y, de paso, reforzar su posición, sus ideas y defender su imagen frente a sus injustos detractores. Pero a tres meses de iniciada la aventura, el balance es cristalino: el proyecto avanza con admirable determinación… hacia el fracaso.

Sin dirección ni propósito evidente, Pantel no solo no mejora: retrocede. Sin estrategia para recuperar credibilidad, sin lectura del activo más valioso del canal —su memoria emocional— y sin comprensión real del juego político-mediático, Panamericana pretende disputar un poder de opinión que no sabe ni siquiera dónde lo guardó.

Y lo hace incluso contando con figuras como Phillip Butters, una víctima contratada para el bloque estelar de opinión.

El contraste es brutal. Allí está Willax, una señal UHF infinitamente más pequeña, que en los horarios nocturnos donde 24 Horas y Butters compiten con Beto Ortiz y Christian Hudtwalker, los humilla en rating con la elegancia de quien pisa un charco.

No es casualidad. Es dirección.

Porque hoy, Panamericana está, además, sin director periodístico. La renuncia de Renato Canales —el único que sabía cómo encender la luz y hacer funcionar el ascensor— dejó al canal irrevocablemente sin timón. Y ese no es un puesto que se cubra con entusiasmo ni con improvisación. Es un cargo que exige experiencia, espalda política y visión estratégica.

Todos lo saben. Todos, menos el trío de avezados entusiastas hoy a cargo, por encargo del minero, de la conducción del canal.

Pretender que ese vacío pueda ser llenado por  ejecutivos sin trayectoria real en dirección editorial ni manejo político de una señal abierta es desconocer cómo funciona la televisión. Productores, vendedores o administradores no reemplazan conducción periodística. No al menos en este universo tercermundista.

Más aún: en la coyuntura actual, bajo estas condiciones y con estas expectativas, difícilmente aparecerá en el mercado alguien del nivel de Renato dispuesto a asumir la responsabilidad de un proceso de reconstrucción serio, largo y costoso de la mano de “Los 3 Chiflados” Y aunque existiera ese valiente, sus resultados no serían inmediatos. Y la paciencia, al parecer, no figura entre las virtudes del buen señor Pflucker.

En resumen, hoy Panamericana no está en transición… está en desarme.

El canal sin conducción sigue cayendo.

Y esta vez, sin paracaídas.​​​​​​​​​​​​​​​​

[OPINIÓN] Y, haciendo una matemática simple e inexacta, la payasienta campaña de este 2026 nos aguarda con más de seis mil individuos peleándose a codazos un lugar en el congreso que, tres décadas después, vuelve a una bicameralidad que nadie quería de regreso, en una movida que tiene menos de política y más de angurria por detentar poderes omnímodos para hacer lo que les dé la gana. Más o menos lo que vienen haciendo ahora pero aun peor, si tal cosa es posible.

En ese contexto, los pueblos y ciudades del Perú esperan, resignados, para quedar empapelados de punta a punta por los rostros photoshopeados y tratados con IA de esos aspirantes a saqueadores del Estado, a través del tradicional sembrado de carteles, esas estructuras de madera que sostienen gigantografías odiosas de gente que sonríe, como el Gato de Cheshire, para así -ellos creen- convencer a sus votantes.

Dentro de algunas semanas los veremos por toda Lima Metropolitana. Ya hay algunos. De Barranco a Jesús María, de La Punta a Miraflores, de San Isidro a La Perla, de San Miguel a Surquillo, estarán por todos lados. Lima y las demás ciudades del Perú se convertirán en un museo al aire libre dedicado a la hipocresía, la impostura y el engaño.

El frenesí electorero provoca, desde hace lustros, un aluvión incontinente de gestos fingidos, labios entornados y dientes brillantes bien iluminados por los flashes fríos y aparentemente incapaces de captar lo que se esconde detrás de esas muecas unidimensionales, inexpresivas, impersonales y que, en casos específicos, hasta sórdidas son. ¿Quién les ha dicho a los equipos de marketing político que todavía sirve gastar tanto en esos paneles invasivos y antipáticos?

¿Alguien puede creer que esos personajes nos sonríen a nosotros, masas anónimas de ciudadanos que asistiremos a votar el próximo abril con la única consigna de no llegar tarde para evitar una multa que afecte más nuestros atribulados bolsillos? ¿Pueden estos hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos, realmente engañar al mil veces mencionado «pueblo» colgando sus retorcidas muecas en las principales avenidas y hasta en casas familiares que ceden sus espacios con la esperanza cortoplacista de una prebenda, un trabajito, un negocio con el Estado si gana “su” candidato?

Todos estos personajes solo se acuerdan de las masas cuando deciden lanzarse a la búsqueda de un cargo público que les asegure cinco años de privilegios -si acaso consiguen quedarse, habida cuenta de que hoy los cargos son más endebles que nunca, especialmente el de Presidente-, poco trabajo y sendos sueldos, sin contar con los suculentos dividendos -la “santa comisión”, Luis Eduardo Aute dixít- que dejan las obras sobrevaloradas, las dietas incalculables y las corruptelas cotidianas?

Desde las patéticamente cínicas imágenes sonrientes de los líderes de las principales agrupaciones en contienda, como Fuerza Popular, Renovación Popular, Alianza para el Progreso, Podemos, Somos Perú y unas cuantas más que son inmediatamente reconocibles, hasta las incontables risitas y miraditas de miles de advenedizos y advenedizas que pretenden hacerse de una curul, todas son testimonio fotográfico de esa vocación por el descaro. Una vez que ganen, los que sean, guardarán en el cajón las sonrisas y se entregarán a recorrer los oscuros caminos de la cutra y la desvergonzada cuchipanda del poder.

Esas sonrisas macilentas y falsas que van a malograr nuestros paisajes urbanos, ya afeados por el abandono bicentenario que padecen y por el caótico boom inmobiliario, son además una expresión burlesca. Los candidatos no nos están sonriendo. Se están riendo de nosotros, que es totalmente diferente. Y me atrevo a generalizar porque francamente, no necesito de CPI o de Apoyo para comprender que el porcentaje de sinceridad debe estar por debajo del margen de error de cualquier encuestadora.

Por alguien habremos de votar, tanto para Presidente como para Senadores/Diputados -hasta Parlamentarios Andinos hay, aunque no sepamos qué hacen- pero definitivamente mi decisión no tendrá absolutamente nada que ver con quienes me hayan pelado más los dientes en esas impresiones de alta resolución y baja confiabilidad.

Nuestro país no necesita payasos que rían a mandíbula batiente ante sus problemas. Nuestro país no necesita sonrientes profesionales que después son un fiasco en la gestión o que terminen llevándose hasta el último engrapador de las dependencias ejecutivas y legislativas que vayan a ocupar. Lo que necesita nuestro país es una persona honesta, con vocación de servicio y sentido común, cuyos valores cívicos estén por encima del protagonismo mediático y que no haya participado en ningún acto delictivo o corrupto durante su carrera política, si es que la tiene. Una persona que, en el momento actual, no existe.

Lo que tendremos será una colección de conocidos y desconocidos que contaminarán el paisaje urbano y, si es posible, talarán árboles con tal de que se vean sus carteles. Ya están contaminando las redes con bailecitos ridículos que logran difusión gracias a esa trampa de la franja electoral. Alguien debería decirles que sus sonrisas ensayadas y recomendadas por sus asesores, genios del marketing político y del Photoshop, no sirven para nada más que para seguir ensuciando el país con esas muecas duras y disforzadas que ni la más sofisticada cámara digital puede hacer lucir sincera.

[Música Maestro] “La música, como la democracia, no es algo rígido sino que se va construyendo, la vamos construyendo todos juntos noche tras noche, nota tras nota, voz tras voz” dijo Nancy Pelosi, reconocida figura de la política estadounidense identificada por toda una carrera pública representando al Partido Demócrata. Pelosi, de 85 años, fue una de las principales personalidades que estuvieron en Homecoming: Celebrating the life of Bob Weir, un evento especial que se desarrolló el mediodía del sábado 17 de enero, en el Civic Center Plaza de San Francisco.

La reunión fue para despedir a Bob Weir, icono de la cultura popular norteamericana fallecido el pasado 10 de enero, a los 78 años. En el amplio jardín de esta emblemática plaza, frente al teatro que lleva el nombre del recordado promotor de conciertos de la Costa Oeste Bill Graham (1931-1991), decenas de miles de Deadheads acompañaron a la familia, amigos y colaboradores cercanos de uno de los fundadores de Grateful Dead, en una jornada que tuvo muy poca música pero sí emotivas palabras para recordar al artista, al padre, al activista, a la leyenda.

Pelosi, una Deadhead declarada desde hace años, era amiga personal de Weir y, en general, de toda la banda. Y lo hizo notar, mostrándose visiblemente afligida pero, a la vez, contenta de estar rodeada de esa multitud de seguidores que, como ella, hacían hasta lo imposible para no perderse un concierto. “Cuando me preguntan -dijo en un momento- cuál es mi canción favorita de Grateful Dead, respondo que es cualquiera que esté cantando Bobby en ese momento”.

Para despedir a su entrañable amigo, la ex senadora y vocera mostró a la colorida feligresía un cuadro que él le había regalado en el backstage de una de sus últimas actuaciones, en el parque Golden Gate de San Francisco. En el afiche, uno de los clásicos logotipos de los Dead, quizás el más conocido, el cráneo blanco mirando hacia abajo con un rayo blanco cortando los colores azul y rojo que fuera diseñado en 1976 por el artista Bob Thomas y Owsley Stanley, ingeniero de sonido del grupo, con cuatro enormes letras en la parte superior: V-O-T-E (“Voten”). Un mensaje que el público entendió y agradeció con aplausos y rugidos.

Un orgullo para San Francisco

Un cuarteto de monjes tibetanos de la orden Gyuto ofreció una oración y cánticos guturales dedicados a Weir, de quien se hicieron amigos desde la primera vez que llegaron a EE.UU. en los ochenta. Luego comenzaron los saludos en video. Dos estrellas del fútbol americano, George Kittle y Nick Bosa, integrantes de los San Francisco 49ers, equipo del cual Weir fue hincha desde su infancia, fueron los primeros en dar sus condolencias.

La ceremonia había comenzado poco antes del mediodía, con la procesión de los restos de Weir desde la calle Market, una de las principales de la ciudad. Los caminantes recibieron una hermosa rosa roja de tallo largo distribuidas por los Wharf Rats -como la canción del mismo nombre del LP en vivo Skulls & bones (1971)-, conocidos por ser el único colectivo de Deadheads sobrio del mundo entero, algo especial si pensamos en el íntimo nexo que siempre hubo entre la banda y el consumo recreativo de drogas como la marihuana y el LSD.

Delante de una inmensa pantalla de alta resolución con un marco de elegantes rosas escarlatas apareció, para dar inicio al homenaje, el alcalde de San Francisco, el demócrata Daniel Lurie (48) quien, con una prestancia que ya quisiéramos ver en nuestras mediocres autoridades, resaltó los logros artísticos de Weir y la trascendencia de esa comunidad que ayudó a construir. Lurie agradeció a la familia “por haberlo compartido con nosotros” y consideró que es un orgullo para esta ciudad, cuna del irreverente grupo de rock psicodélico y country-rock que se convirtió en uno de los fenómenos de masas más grandes durante el siglo XX.

Bob Weir, el eterno “otro”

En el segundo álbum en estudio de Grateful Dead, Anthem of the sun (1968), figura That’s it for the other one, uno de sus primeros himnos psicodélicos. De ese tema salió el sobrenombre con el que se conoció a Weir durante toda la trayectoria del grupo. Le llamaban “The Other One” –“El Otro”, en español- porque estaba siempre al lado de Jerry García, indiscutible líder musical y espiritual de la banda. A pesar de que su rol era casi igual de importante, Weir aceptó siempre de buen grado aquello de ser “el otro”. Después de todo, era su maestro.

Su conexión era cósmica. Tanto en los escenarios, donde ambos cantaban y sostenían -Jerry con sus solos y Bob con sus impredecibles acompañamientos- los alucinantes viajes instrumentales del grupo; como en entrevistas, en las que podían hablar desde las más vacías payasadas hasta comentarios elaborados sobre su vida en comunidad, sus opiniones artísticas, filosóficas o políticas. García consideraba que la forma de tocar de Weir era imposible de catalogar. Weir se esforzaba por conseguir nuevas variaciones y acordes para no dejar de sorprenderlo.

Estar siempre en medio de un viaje alucinógeno les daba apariencia de andar desconectados del mundo real. Sin embargo, esa relación forjada desde las clases de guitarra y banjo que Jerry, de 21 años, le dio a Bob, de 16, en los almacenes de una vieja tienda de discos en la localidad de Palo Alto (San Francisco, California) no era solo musical o metafísica sino también humana, de respeto y cordialidad. Como con el resto del grupo y sus leales seguidores.

Cuando se mudaron a aquella casa comunal del 710 de la calle Haight Ashbury, donde vivieron entre 1966 y 1968 –aquí un reportaje que le hiciera la cadena CBS News como parte del especial The Hippie Temptation de 1967-, esa mancha de freaks jamás imaginó que estaban iniciando un largo y extraño viaje que se extendería hasta 1995, año en que García falleció a los 53 años.

Las siguientes tres décadas de Bob Weir

El guitarrista y cantante, cuya vida y trayectoria fue explorada en el documental The other one: The long strange trip of Bob Weir (Mike Fleiss, Netflix, 2015) siempre fue un músico muy inquieto. En 1972 editó Ace, firmado como solista pero grabado con todos los Dead, del cual salieron tres temas fijos en sus setlists, One more Saturday night, Cassidy y Playing in the band. Luego, en 1976, se unió a Kingfish, con quienes grabó ese mismo año su debut epónimo en el que destacan Lazy lightnin’ y Supplication, que también se integraron al repertorio en vivo de los Dead.

Del mismo modo, en los ochenta alternó su trabajo en Grateful Dead con un par de proyectos personales, The Bob Weir Band y Bobby and The Midnites, con la colaboración de destacados músicos como Alphonso Johnson (bajo) y el panameño Billy Cobham (batería), ex integrantes de los importantes grupos de jazz-rock Weather Report y The Mahavishnu Orchestra, respectivamente. En ambos grupos conoció a Brent Mydland quien, a la postre, sería el tercer tecladista de Grateful Dead.

Tras la muerte de Jerry García, Bob Weir se comprometió a mantener vivo el legado que habían construido juntos, una tarea que cumplió sin descanso hasta pocos meses antes de morir. Acompañado por el espíritu de Jerry -a quien solía ver y escuchar en sueños, como él mismo declaró más de una vez-, Weir siguió tocando con el resto de la banda, el bajista Phil Lesh y los bateristas Bill Kreutzmann y Mickey Hart, primero como The Other Ones y, poco tiempo después, como The Dead, en incontables conciertos que se fueron sumando, poco a poco, a los más de 2,500 recitales registrados entre 1965 y 1995, hasta duplicar esa cantidad.

Bob Weir en el siglo XXI

En paralelo, armó un par de jam-bands, RatDog -con quienes grabó el energético Evening moods (2000)- y Furthur, nombre tomado del legendario bus parrandero del periodista y promotor de la Generación Beat, Ken Kesey y sus Merry Pranksters, donde los Dead animaron con su música los “happenings” y “acid tests” entre 1964 y 1967, cuando aun se hacían llamar The Warlocks. En ambas, se rodeó de otros músicos que, constantemente, iban y venían de sus agrupaciones como Rob Wasserman (bajo), Jimmy Herring (guitarra), Steve Kimock (guitarra), entre otros.

Entre los años 2012 y 2015, Bob Weir inició sus dos proyectos más estables desde la muerte de Jerry García. El primero fue el trío The Wolf Bros, junto con el bajista Don Was y el baterista Jay Lane (ex Primus). Aquí podemos ver la brillante presentación que dieron en los NPR Tiny Music Desk, hace cinco años. Con ellos organizó, en el año 2022, una ronda de diez recitales sinfónicos con orquestas de diversos estados. En junio del año pasado, Bob Weir y los Wolf Bros llevaron su espectacular concierto sinfónico al prestigioso Royal Albert Hall de Londres.

El segundo se llamó Dead & Co., para seguir interpretando el vasto repertorio de Grateful Dead, además de sus propias composiciones, algunas de ellas recogidas en el disco Blue mountain (Columbia Records, 2016). Para esta banda llamó a uno de sus compañeros originales, el baterista Bill Kreutzmann -luego reemplazado por Jay Lane-, el tecladista Jeff Chimenti, con quien había alternado en RatDog y el ex bajista de The Allman Brothers Band y Gov’t Mule, Oteil Burbridge.

Para asumir el rol de Jerry García, Weir escogió a un joven y conocido músico de la Costa Este, John Mayer, que ya tenía seis álbumes en el mercado y un bien ganado prestigio como uno de los mejores guitarristas de blues de la nueva generación. De aparecer en los rankings de Billboard, los Premios Grammy y los programas de farándula por sus escarceos con una tal Taylor Swift, John Mayer, entonces de 38 años, pasó a ser primera guitarra de una de las agrupaciones más alejadas de lo comercial, una comunidad contracultural que lo recibió con los brazos abiertos.

La vuelta a casa de Bob Weir

Desde que se anunció su muerte, el sábado 10 de enero a causa del cáncer que se le había diagnosticado durante el verano del 2025, toda la realeza del rock & roll se manifestó por redes sociales. Paul McCartney, Keith Richards, Steve Vai, Bob Dylan, entre muchísimos otros, publicaron fotos y videos de sus colaboraciones con Weir, quien puso su voz en varios clásicos de Grateful Dead como Truckin’, Sugar magnolia (American beauty, 1970), The music never stopped (Blues for Allah, 1975) o el cover de Good lovin’, tema original de 1966 The Young Rascals, que tocaban en vivo desde sus inicios pero recién grabaron en 1978 en su LP Shakedown street.

Hasta el Empire State Building, el emblemático rascacielos neoyorquino, le rindió homenaje iluminando su punta, ubicada a más de 400 metros de altura, con los característicos colores de la escena psicodélica, algo que también hicieron los años 1995 y 2024, tras las muertes de Jerry García y Phile Lesh. Esto no le debe gustado nada al actual presidente de Estados Unidos, mudo ante este deceso que ha entristecido a una de las comunidades más numerosas en la historia reciente del país, integrada por ciudadanos de todos los estados, géneros, edades y profesiones.

El año pasado, Bob Weir recibió, junto a los otros sobrevivientes de la formación original de Grateful Dead, Mickey Hart y Bill Kreutzmann, el prestigioso premio Kennedy Center Honor, siendo los últimos en obtenerlo -junto con Bonnie Raitt y Arturo Sandoval- antes de que Donald Trump decidiera pisotearlo, en una de sus acostumbradas movidas narcisistas, cambiándole de nombre a la institución que entrega este galardón desde 1978, a The Trump-Kennedy Center.

“Duerme con las estrellas, hermano mío”

Esas fueron las palabras de Bill Kreutzmann (79), en un mensaje que fue visto por las más de 250 mil personas que se unieron, desde la transmisión en vivo hecha por el canal de YouTube del portal nugs.net, a las 25 mil presentes en la explanada del Civic Center Plaza de San Francisco. Mickey Hart (82) subió al escenario para contar algunas simpáticas anécdotas de su largo camino juntos. “Era el bromista del grupo, le encantaba romper las reglas. ¿A quién no?”

Entre las estrellas de la música que despidieron a Bob Weir esa clara mañana destacó la cantautora Joan Baez (85), quien describió a su amigo como “la única persona, aparte de mí, que bailaba sin zapatos sobre el escenario”, antes de dedicarle un fragmento de Oh freedom, un himno gospel que se usó mucho durante las luchas ciudadanas por los derechos civiles, hoy nuevamente bajo amenaza, como estamos viendo en estados como Minnesota y La Florida.

También dejaron sus saludos en video el pianista Bruce Horsnby, conocido entre nosotros por su éxito The way it is (1986) quien además fuera integrante de Grateful Dead en su último periodo (1988-1995), el cantante Sammy Hagar, Les Claypool y Larry Lalonde de Primus, el guitarrista Warren Haynes (de los Allman Brothers Band y Gov’t Mule), las nonagenarias leyendas del country Willie Nelson (92) y Ramblin’ Jack Elliott (94), el guitarrista de Phish, Trey Anastasio, entre otros.

John Mayer, en estricto luto, contó a la multitud cómo se habían conocido. “Ambos nacimos el mismo día, 16 de octubre, con treinta años de diferencia”, dijo visiblemente afectado y con lágrimas en los ojos. “Esa diferencia se diluyó gracias a la música, nos hicimos hermanos, él confiaba en mí y yo en él”. Al final del evento, ofreció una sentida versión de uno de los temas favoritos de Grateful Dead, Ripple, del cuarto LP, American beauty (1970).

Un hombre de familia

Bob Weir, el integrante más joven de Grateful Dead, se mantuvo soltero durante años por lo que cabe imaginarse que vivió al máximo aquello del amor libre durante los años del flower-power, el hippismo, Woodstock y todo lo demás. Recién en 1999 se casó, con una mujer 20 años menor, la activista y Deadhead Natascha Münter, a quien había conocido cuando era una adolescente, estando de gira. Bob y Natascha tuvieron dos hijas.

“Mi padre fue un orgulloso demócrata toda su vida”, dijo Monet, la mayor, de 28 años. “Fue un ser único, aventurero, amante de la vida y defensor de los derechos humanos”. Por su parte, su hermana menor Chloe (23) añadió que su papá “fue la persona más sabia que he conocido. Superó la dislexia y la falta de educación formal hasta el punto de ser capaz de saber de todo. Me daba respuestas a nivel Wikipedia sobre cualquier cosa”. Ellas crecieron en la comunidad de Deadheads, en un ambiente lleno de protección, espiritualidad, excelente música y buena onda.

Entre lágrimas y risas, las dos junto a su madre Natascha (58) solicitaron al público guardar 108 segundos de silencio –“era un número que le encantaba a Bob” por sus connotaciones religiosas, astronómicas y espirituales- para estallar luego en palmas, silbidos y gritos, también a pedido de la viuda con una indicación especial: “Háganlo lo más fuerte que puedan porque Bob no escucha muy bien…”. En los instantes finales del evento, un enorme halcón fue visto sobrevolando la plaza, aparición que fue interpretada como un mensaje desde el cielo. Después, todos se unieron en un frenético baile al ritmo rockero de One more Saturday night.

El espíritu rebelde, esperanzador y libre de Bob Weir, ese mismo que compartían Grateful Dead y sus Deadheads en una mística conexión que el guitarrista definía usando la palabra “azimuth”, término de la navegación y la astronomía que sirve para describir líneas de referencia entre un punto -en el mar, en el espacio exterior- y el camino que se recorre para llegar a él, vivirá por siempre en San Francisco y en cada lugar del mundo donde alguien se ponga un polo colorido -un Tie-Dye Shirt- o que se siente, dándole la espalda a todo los demás, a escuchar su envolvente música, una trayectoria de seis décadas representativa de esa idiosincrasia norteamericana que hoy viene siendo aplastada por sus actuales gobernantes.

A ese neofascismo que muchos celebran incomprensiblemente como símbolo de fuerza, decisión y éxito multimillonario habría que cantarles, a todo pulmón, el estribillo de Not fade away, un clásico del auroral rocanrol escrito en 1957 por Buddy Holly que los Grateful Dead transformaron en himno de resistencia y amor universal.

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