Opinión

La presidenta Dina Boluarte ha querido estrenar un discurso populista a consecuencia de la negativa del Congreso a autorizarle un viaje a la Asamblea General de la ONU. Así, y no es la primera vez que lo hace, ha hablado de malos peruanos que se dedican a obstruir la marcha del gobierno.

Patético amago de populismo. El populismo era normalmente entendido por los liberales como cualquier plan heterodoxo en economía. Al final, ha predominado la visión de que es una fórmula política que busca crear una confrontación con una élite o un grupo social y lanza toda su artillería en contra de aquellos para galvanizar cierto apoyo popular.

Personalmente pienso que es necesaria una dosis de populismo en países como el Perú para que sea gobernable. Pero, obviamente, estamos hablando de gobiernos que quieren desplegar políticas de Estado confrontacionales o controversiales, no un viajecito a Nueva York, lo cual dice mucho de la diluida densidad política de nuestra primera mandataria.

Fujimori arremetió contra la partidocracia, Chávez contra la oligarquía venezolana, Milei lo hace contra la “casta” kirchnerista, Vizcarra lo hacía contra el fujiaprismo. ¿Contra quién combate Boluarte? Contra unos cuantos congresistas -porque la mayoría la apoya por alianzas non sanctas- que osaron negarle un permiso.

Boluarte no está emprendiendo ni una sola política pública que merezca fragor político. Lo suyo es la nada, la indolencia, la vacuidad absoluta. No tenemos gobierno y mucho menos un enemigo contra el que aquel deba arremeter.

Ya lo hemos dicho: después del de Castillo, éste es el peor gobierno que hemos tenido en los últimos lustros. Es incapaz de asumir responsabilidades mínimas de gobierno y se dedica a sobrevivir a cuenta de concesiones políticas pueriles a sus aliados principales, como Fuerza Popular y Alianza para el Progreso.

Confío en que no tarde la calle en reaccionar. Es de espanto la banalidad del gobierno y su impune soslayo de las preocupaciones esenciales de los ciudadanos de a pie: crisis económica, inseguridad y corrupción. Si no se pronuncia el activismo callejero, habremos sembrado un voto antisistema vigoroso para el 2026.

Ojalá el Congreso no reconsidere la votación que le negaba a la presidenta Boluarte el permiso para ausentarse del país para acudir a la Asamblea General de la ONU.

Demasiado viaje inútil en medio de una situación de absoluta ingobernabilidad nacional. Con el caso Petroperú arreglado desastrosamente, con incendios forestales que han arrasado y siguen haciéndolo con miles de hectáreas de bosques sin que el gobierno atine a nada, con la inseguridad ciudadana creciendo impunemente sin ningún control, con un Congreso desatado proponiendo leyes cada vez más antidemocráticas sin que el Ejecutivo imponga cierto criterio.

Dina Boluarte claramente no gobierna, pero el problema para ella es que está obligada constitucionalmente a hacerlo. No se puede escabullir de esa responsabilidad, como al parecer simbólicamente le representan psicológicamente estos viajes sin sentido.

Y está muy bien que el Congreso le ponga un alto a esa estancia vacacional permanente en la que parece hallarse la primera mandataria. Pocas veces se ha visto una gobernante tan frívola como la actual, carente de todo sentido de compromiso con los problemas nacionales confiada con que cuenta con el aval vergonzoso de bancadas como la de Fuerza Popular, a cambio de prebendas políticas.

Un “estáte quieto” a Palacio podría servir para enderezar la psique presidencial y a ver si se pone a pensar un poco más en las obligaciones que por su condición le corresponden y deja de vivir esta fiesta de inauguraciones irrelevantes y protocolos pomposos (los funerales de Alberto Fujimori parecieron diseñados para ella).

Nos va a costar muy caro esta indolencia presidencial. La furia popular sigue creciendo y si no explota socialmente lo va a hacer en el encuentro con las urnas, el 2026 o antes (si se alinean los astros de la protesta social y termina precozmente su mandato).

Los radicalismos desquiciados que ya vemos prodigarse, son hechura de la inutilidad gubernativa que sufrimos. Cada día que transitamos ese sendero, esos radicalismos se van engordando y asomándose con posibilidades electorales que luego lamentaremos, pero de los que no podremos sorprendernos.

No he opinado acerca de la muerte de Alberto Fujimori, he opinado sobre él a propósito de su muerte. He tratado de ser firme y ponderado al mismo tiempo, de recordar el oprobio sin caer en el linchamiento, de pensarme a mí mismo como analista y académico, antes que como activista radical. Es tan fácil tirar piedras, es tan sencillo hacer la revolución con una pañoleta verde tapándote la cara. 

Me he paseado por las redes de otros países. En Colombia debaten sobre Petro y es lo mismo -al margen de la lesa humanidad- y en el Chile de Boric o la Argentina de Milei también es lo mismo. Me pregunto si son las redes o si es la pulsión humana de siempre eso de sacarse las vísceras unos a otros, o si, finalmente, las redes no son más que un medio que nos permite hacer lo que siempre quisimos pero no podíamos porque carecíamos de un lugar invisible para emboscar al otro bajo el cobijo del anonimato. 

Primo Levi escribió Si esto es un hombre, sobre su supervivencia al campo de concentración de Auschwitz, la expresión más absoluta del mal que ha conocido la modernidad occidental. Recién nos hemos conmovido con la vida reducida a la nada confrontada con su éxtasis más complaciente en la cinta “zona de interés”. Apenas una pared separa al bien del mal más absolutos, nunca el maniqueísmo disfrutó de una vecindad más funcional entre sus sempiternos antagónicos.  Julia Shaw, en su libro, «Hacer el mal» (2024) sostiene que todos somos capaces de cometer un asesinato. La afirmación reitera una verdad ineludible, la he escuchado tantas veces en boca de protagonistas de series policiales. El hombre llevado a aquel extremo en el que se convierte en animal, en bestia, en lo que fue al principio y sigue siendo tras milenios de socialización: un animal, al fin y al cabo, un animal. 

He pensado en el poder, en la puerta giratoria que lleva a ese lóbrego lugar del que no se retorna, he visto a tantos cruzarla, podría nombrarlos, no voy a hacerlo. Hace años dejé de pelear así, desde que entendí que los malos están al frente pero que igual estoy rodeado de ellos y que, finalmente, yo tampoco soy más que un hombre, un simple hombre que, con suerte, dejará este mundo en las próximas tres décadas. Mejor así, con el tiempo aprendí de la ponderación del perfil bajo, de la calidez reposada de una acogedora sombra, lo suficientemente inadvertida como para que no la alcancen las habladurías, los chismes, la maledicencia humana. 

Fujimori se ha ido, el fujimorismo no, el Perú tampoco, eso es lo peor, tenemos que seguir siendo peruanos y amar entrañablemente a nuestra patria a pesar de ella misma. Al Perú legado por Fujimori, por Francisco Pizarro, por Ramón Castilla, por Manuel Odría, por todos los presidentes del siglo XXI, salvo los honorables Valentín Paniagua y Francisco Sagasti, que por algo fueron transitorios pues gobernaron el tiempo exacto para no ser alcanzados por el oprobio. 

La clase política antes de la dictadura de Alberto Fujimori languidecía pero era mejor tenerla que hacerla estallar en miles de caudillos regionales, provinciales y distritales esparcidos a nivel nacional, sin control, sin Estado, sin ley ni Constitución, realizando sucios negocios con el erario público, los que luego son decretados con urgencia, entre gallos y media noche, por un Congreso ominoso. En el Perú no amanece, ni tampoco huele a mañana, varón*.  

*Parafraseo de verso del tema GDBD, de Rubén Blades, del álbum Buscando América, 1984

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[CIUDADANO DE A PIE ] El reciente fallecimiento de Alberto Fujimori ha sido la imperdible ocasión para que sus adeptos y opositores saquen a relucir sus mejores argumentos, tanto a favor como en contra, de una herencia política compleja en la que resulta muy difícil separar el trigo de la cizaña. Como era de esperarse, la vocería mediática de la derecha, se aplicó inmediatamente a resaltar los que considera son los grandes logros del fujimorato, entre los que destaca nítidamente la Constitución de 1993 -especialmente su capítulo económico-, que consagró la aplicación en nuestro país de las recetas neoliberales del llamado “Consenso de Washington”, ya previamente implantadas, a sangre y fuego, en el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla. Así, Juan Paredes Castro en “El Comercio”, se refiere a la Carta fujimorista como un legado “que le ha dado no solo mayor estabilidad política y jurídica al país, sino las condiciones claves de crecimiento económico de largos años que lamentablemente hoy estamos tirando por la borda”, a lo que Jaime de Althaus, fiel a sus convicciones ideológicas, agrega la necesidad de “devolverle oxígeno” a su capítulo económico. Por su parte, el diario “Gestión”, abona la misma evaluación positiva en la pluma de su editor de finanzas, Omar Manrique, quien, entre otras grandes virtudes, enumera: la limitación del accionar del Estado en la economía y su confinamiento a un papel subsidiario, el amplio programa de privatizaciones de empresas estatales, y los contratos-ley con el sector privado, mediante los cuales el Estado peruano “establece garantías y otorga seguridades”. Ya desde el campo político fujimorista, el alcalde de la ciudad de Cajamarca y ex Secretario General de Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, ha escrito en X: “A los odiadores (…) Alberto Fujimori les deja su Constitución por la que juran cada cinco años y su gran obra que no podrán soslayar.” ¿Cómo explicar entonces los ímpetus reformistas y deconstituyentes que se han reflejado en las encuestas de opinión, y más importante aún, en los estallidos sociales?

¿Olvidadizos y desagradecidos? 

Fue a partir de las protestas contra la efímera presidencia de Manuel Merino, en noviembre del 2020, que el tema de un cambio de Constitución sale de los estrechos círculos académico-políticos a los que se circunscribía, y llega a convertirse en un asunto de interés público (Tanaka, Lynch). El “Informe de Opinión-Diciembre 2020. Cambios o nueva Constitución”, elaborado por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), reveló que un contundente 48% de los encuestados, creía que debería cambiarse la Constitución vigente por una nueva, mientras que un 49%, estaba a favor de introducir cambios en ella, ¡entre los que descollaba, promover una mayor intervención económica del Estado!

Mucha agua y sangre han corrido bajo los puentes de nuestras acostumbradas “crisis” político-sociales de estos últimos años, aunque la palabra crisis, como Luis Pásara afirma con mucha razón, no es la adecuada para describir un estado en que las cosas no están mal, sino que son malas. El estallido popular de diciembre 2022/marzo 2023 -que tuvo precisamente como una de sus principales reivindicaciones democráticas, la elaboración de una nueva Constitución por una Asamblea Constituyente-, y que se saldó con la represión brutal y el asesinato de decenas de compatriotas, es una clara evidencia de lo malas que son las cosas en nuestro país. 

La última encuesta de IEP que trató sobre el tema constitucional, fue publicada en noviembre del año pasado, mostrando que el 40% de los encuestados, aún se inclinaba por una nueva Constitución, mientras que el 48% lo hacía por introducir modificaciones ¿Por qué tantos compatriotas no están conformes con la Carta Magna que nos habría permitido alcanzar tantos éxitos económicos y sociales? ¿Somos los peruanos un pueblo de olvidadizos y desagradecidos? Intentemos dar una respuesta a esta última pregunta, sin entrar a valorar la veracidad de la prédica profujimorista de los grandes logros, y recurriendo más bien a un concepto denominado “sentimiento constitucional”. 

El sentimiento constitucional

Hace dos mil quinientos años, Aristóteles escribió: “Es preciso que todos los ciudadanos sean adictos, tanto como sea posible, a la Constitución”. Esta “adicción”, entendida como una conexión emocional profunda, a menudo inconsciente, que los ciudadanos profesan hacia las normas e instituciones fundamentales de su país (y que no presupone un conocimiento pormenorizado de las mismas), ha venido a denominarse en tiempos modernos, el “sentimiento constitucional”. Pablo Lucas Verdú, eminente jurista español, señala que esta conexión proviene esencialmente del convencimiento de los ciudadanos, que sus normas e instituciones son buenas y convenientes para la integración, mantenimiento y desarrollo de una justa convivencia. Karl Loewenstein, uno de los padres del constitucionalismo moderno, ha calificado este sentimiento como la “conciencia de la sociedad”, la misma que permite el establecimiento de un orden comunitario. La debilidad o ausencia del sentimiento constitucional, pone de manifiesto una carencia de integración social, y es característica de las jóvenes democracias… y de las fallidas. Dudamos sinceramente que alguna de nuestras doce constituciones, haya generado tal conexión emocional con los peruanos, menos aún la de 1993, que no fue el producto de una exigencia del pueblo ni de sus representantes democráticamente elegidos, que no contó con mecanismos apropiados para la discusión e incorporación de propuestas provenientes de la sociedad civil, y de cuya aprobación en referéndum, existen claros indicios de haberse obtenido mediante fraude. Esto explicaría nuestro mayoritario desapego hacia la Constitución del 93 y muy probablemente, una buena parte de nuestros problemas presentes y pasados.

Interesantemente, en su más reciente libro “La dictadura de la minoría”, Levitsky y Ziblatt, señalan cómo los estadounidenses profesan “una devoción casi religiosa” hacia su Constitución, y por ello se resisten a la idea de que ésta pueda tener deficiencias o necesidad de actualización. Un caso extremo de sentimiento constitucional refractario a cambios, que contrasta nítidamente con nuestra realidad, en la que han sido los grupos de poder económico y sus representantes político-mediáticos, acompañados de una franja muy minoritaria de la población, los que se han opuesto encarnizadamente a cualquier modificación constitucional, estableciendo, en los hechos, una suerte de “dictadura de la minoría” (siguiendo la terminología de Levitsky y Ziblatt). Sin embargo, esta situación viene cambiado aceleradamente por obra y gracia del actual Congreso, cuyas modificaciones a la Constitución del 93, entre las ya realizadas y las previstas, habrán significado el cambio de un 40% de su contenido original. Es lo que Juan De la Puente ha calificado de “ruptura del inmovilismo constitucional” y “activismo reformista”, en su imprescindible obra “La Constitución peruana revisión crítica actualizada” que acaba de publicarse. ¿Qué ha sucedido para que “los defensores de la intangibilidad de la Carta de 1993 pasen a oficiar de sus principales reformadores” y cuáles serán las consecuencias para el futuro de nuestra convivencia social y de nuestra democracia, este “ciclo inconstitucional”? La discusión queda abierta.  

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Por supuesto que el populismo vende. Lo demostró Fujimori y más recientemente Vizcarra. Arremeter contra la partidocracia rinde frutos políticos que se manifiestan en índices de aprobación ciudadana muy altos (hasta ahora Vizcarra, a pesar de sus tramposerías infames, conserva márgenes de popularidad que ya quisieran tener sus adversarios).

Pero la otra clave del éxito ciudadano estriba en una política pública que en el Perú no puede ser soslayada, que es la microobra popular. Fujimori mantiene recordación en los sitios más alejados del país porque construyó colegios, postas, puso luz, agua, desague, hizo caminos rurales (que, como ha demostrado Richard Webb, cambiaron la faz económica de las zonas agrarias históricamente abandonadas).

Cualquier gobierno que asuma las riendas del país el 2026 va a requerir contar con altos márgenes de aprobación si no quiere ser desbordado por una situación legislativa adversa (es tal la fragmentación electoral que difícilmente algún partido va a conseguir mayoría legislativa).

Experiencias exitosas como la de Foncodes, la de los comedores populares, la de los caminos rurales, etc., deben ser replicadas a nivel nacional y ello supone operadores políticos afiatados y conocedores de las necesidades locales (como lo era Absalón Vásquez para Fujimori). Eso no se improvisa y no pasa por regalar fondos -como hace Dina Boluarte- a los corruptos gobiernos regionales y locales.

Fujimori tuvo un plan específico que acompañaba la estrategia macroeconómica y la pacificación nacional. Sus visitas permanentes a las zonas donde estrenaba esas pequeñas obras a años luz de las megaobras, pero grandiosas para los poblados que las recibían, le han permitido conservar hasta ahora una memoria popular agradecida y en su momento un respaldo político masivo en los sectores más marginados de la sociedad.

La coyuntura del 2026 en adelante va a ser muy difícil porque el descrédito del establishment político es brutal y va a afectar al gobierno que asuma el poder desde el primer día. Si no acompaña la gestión de una narrativa anti statu quo con un despliegue extraordinario de recursos en este tramado de microobras populares, su futuro político se asoma sombrío.

[La columna deca(n)dente] El conflicto armado interno que sacudió al Perú durante los años 80 y 90 dejó una profunda huella de muerte y sufrimiento. Dos de las figuras más representativas de esta etapa fueron Alberto Fujimori y Abimael Guzmán, quienes, a pesar de sus diferencias ideológicas, llevaron a cabo acciones que resultaron en graves violaciones de derechos humanos. Tanto Fujimori como Guzmán intentaron justificar o minimizar las atrocidades cometidas bajo sus liderazgos utilizando términos como «errores» o «excesos».

«A raíz de mi gobierno se respetan los derechos humanos de 25 millones de peruanos, sin excepción alguna. Si se cometieron algunos hechos execrables, los condeno, pero no fueron ordenados por quien habla. Por eso rechazo totalmente los cargos; soy inocente y no acepto esta acusación fiscal», declaró Fujimori.

“Frente al uso de mesnadas y a la acción militar reaccionaria, respondimos contundentemente con una acción: Lucanamarca. Ni ellos ni nosotros la olvidamos, claro, porque ahí vieron una respuesta que no se imaginaron. Ahí fueron aniquilados más de 80; eso es lo real. Lo decimos: hubo exceso (…), pero fue la propia Dirección Central la que planificó la acción y dispuso las cosas. Lo principal fue hacerles entender que éramos un hueso duro de roer y que estábamos dispuestos a todo, a todo”, afirmó Guzmán.

Las declaraciones de Alberto Fujimori y Abimael Guzmán revelan un rasgo inquietante y compartido: un desprecio por la vida humana. A pesar de las diferencias en sus ideologías y objetivos, ambos tomaron decisiones que resultaron en la muerte y el sufrimiento de miles de personas, y en sus declaraciones intentan justificar o minimizar estas acciones mediante eufemismos como «errores» o «excesos», anteponiendo sus causas políticas al valor de la vida humana.

Fujimori, en su lucha por derrotar al terrorismo y estabilizar al país, permitió que se cometieran crímenes atroces, como ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas, perpetrados por el Grupo Colina, destacamento militar bajo su mandato. En su declaración, al referirse a estos crímenes como «hechos execrables», los condena sin asumir responsabilidad directa. Se distancia de las víctimas, omitiendo su sufrimiento y el dolor de sus familias, mientras destaca los logros de su gobierno, ignorando que estos crímenes ocurrieron en el marco de su estrategia de lucha contra el terrorismo.

Por su parte, Guzmán, líder de Sendero Luminoso, adopta una postura más brutal al reconocer que la masacre de Lucanamarca fue una acción planificada por su organización. Justifica la matanza como una respuesta estratégica para imponer respeto y miedo, relativizando el «exceso» al describirla como un golpe necesario para fortalecer su lucha. Guzmán deshumaniza a las 69 víctimas, muchas de ellas mujeres y niños, al reducirlas a peones sacrificados en nombre de su causa.

Fujimori y Guzmán legitiman la violencia como un medio para alcanzar sus fines, mostrando así su desprecio por la vida. Fujimori evade su responsabilidad amparándose en condenar los actos cometidos, mientras Guzmán admite su rol, justificándolo como una táctica necesaria. En ambos casos, las víctimas son tratadas como daños colaterales, despojadas de su humanidad.

Desde la perspectiva de los derechos humanos, esta instrumentalización de las personas es una de las transgresiones más graves que pueden cometer los líderes. Al colocar sus proyectos políticos por encima de la vida humana, tanto Fujimori como Guzmán perpetúan una lógica en la que el fin justifica los medios, aunque implique la muerte de ciudadanos inocentes. Esto no solo afecta a las víctimas directas, sino también a la sociedad, que sufre las consecuencias de una violencia legitimada en nombre de la política o la ideología.

Este legado, heredado de Guzmán y Fujimori, sigue siendo perpetuado por la actual presidenta Dina Boluarte, quien, para mantenerse en el poder, ha consentido las ejecuciones extrajudiciales de 49 personas. Este legado exige que cada uno de nosotros actúe para erradicarlo, de manera que nunca más la vida humana sea considerada un recurso prescindible para alcanzar objetivos políticos.

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Abimael Guzmán, Alberto Fujimori, conflicto armado interno, violación de derechos humanos

[El dedo en la llaga] Querido Alfonso:

Tras ver la entrevista que Pedro Salinas te hizo a ti y a tu hermana, Rocío Figueroa, en su programa Rajes del Oficio, publicada el 13 de septiembre, me han venido a la memoria recuerdos de la época que has descrito tan vivazmente. Como, por ejemplo, los rosarios en el Colegio Santa Úrsula frente a la pirámide trunca de la huaca Huallamarca (San Isidro), después del cual nos íbamos al cine, o en otras muchas ocasiones a la comunidad sodálite de San Aelred, ubicada en la Av. Brasil 3029, en Magdalena del Mar, en el Volkswagen escarabajo color naranja de Germán Doig. Una vez nos metimos en el carro unas diez personas, y cómo estábamos apachurrados dentro del vehículo, Germán no podía accionar la palanca de cambio y eras tú, sentado a su lado, el que lo hacía cuando él te lo indicaba. A nosotros adolescentes la situación nos parecía cómica, inconscientes del peligro que corríamos con esas maniobras. Pero igual de inconscientes fuimos de los riesgos de la vida en comunidades sodálites, donde pasamos por situaciones peligrosas para nuestra integridad física y moral con una inocencia que confiaba absolutamente en los miembros de la generación fundacional del Sodalicio, sin percatarnos jamás de que se nos había lavado el cerebro y nuestro verdadero yo había sido secuestrado, arrojado a las profundidades del océano del subconsciente, esperando prisionero para volver algún día a aflorar nuevamente y ver la luz.

Yo también, como tú, participé del Organismo de Promoción y Publicaciones (OPP) del Sodalicio, que con el tiempo se convertiría en el Área de Comunicaciones de la institución. A mí se me encomendaba corregir las pruebas de esos folletos conocidos como las Memorias de Luis Fernando Figari y de los primeros libros que se publicaron en el Sodalicio. Fui elegido para esa tarea porque, además de ser muy leído, tenía excelentes notas en el colegio en el curso de castellano y conocía muy bien las reglas ortográficas. Pero a Figari no le gustaron algunas de las correcciones que hice, y muchos de sus escritos salieron con errores de puntuación porque el señor siempre se empecinó en que él era la suprema autoridad no sólo en cuestiones espirituales y doctrinales, sino también en la manera cómo se escribe correctamente el castellano. Y a eso no se reducía el asunto, pues Figari tenía la última palabra respecto a los libros y películas que debían gustarles a los sodálites, las comidas que debían agradarles, la ropa que debían usar, la música que debían oír, las ideas que debían tener y hasta las palabras que debían emplear.

En diciembre de 1981, teniendo 18 años cumplidos, ingresé a la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar, ubicada entonces en la calle Alfredo Silva en Barranco, cerca del Museo Pedro de Osma y del malecón que lleva el mismo nombre. Fue en esa misma casa donde nos encontramos años más tarde —si la memoria no me falla— en 1985 ó 1986. Ya habías pasado antes por esa misma casa en 1983, cuando yo ya había sido traslado a la comunidad de San Aelred, antes de que fueras asignado a a la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe en la Ribera Sur de San Bartolo para integrar la primera hornada de sodálites que se formaban en esos centros de —¿cómo llamarlos realmente?— abuso sistemático, torturas psicológicas y lavado profundo de cerebro. Pues en eso consistía la “formación”, efectuada en un lugar aislado donde se creaba una ilusión de familia, pero que en realidad era un centro de reclusión incomunicado del mundo real, sin paredes ni muros circundantes, ya que las jaulas eran invisibles, construidas en nuestras almas, con barrotes psicológicos difíciles de romper.

Durante el tiempo que compartimos techo en la comunidad de Barranco, recuerdo que algunos de nosotros ya estábamos componiendo canciones, que debían reflejar la espiritualidad sodálite —o, mejor dicho, la ideología fundamentalista de Figari—. En ese entonces tomábamos a veces himnos del breviario y les poníamos música. Una de esas noches Germán Doig nos ordenó componer canciones y me formaron en pareja contigo para pergeñar una de esas melodías para el texto de un himno. Todavía recuerdo la primera estrofa de esa canción:

«Porque anochece ya

y se nubla el camino,

porque temo perder

las huellas que he seguido,

no me dejes tan solo

y quédate conmigo».

Era un texto que calzaba perfectamente con lo que te había sucedido en esa comunidad durante tu primera estadía, sin que fueras consciente de lo que ello significaba ni estuvieras entonces en capacidad de categorizar los hechos como lo que eran. Habías sido abusado sexualmente por Germán Doig, y ninguno de nosotros lo sabía ni nos imaginábamos que pudieran ocurrir esas cosas. Pues entonces se comentaba entre nosotros que Germán, a quien considerábamos un ejemplo a imitar, había alcanzado la castidad perfecta, al punto de que ya ni siquiera tenía poluciones nocturnas. Y eso me resultaba entonces plausible, pues yo mismo había experimentado ese estado durante mi primer año en comunidad. Mucho después supe, a través de algunos libros, de experiencias similares que otras personas habían tenido en un determinado contexto, saber, el de las sectas destructivas.

Cuando al final le pusimos melodía al himno, te vi en ese momento entusiasmado por el logro musical, aunque yo no estaba satisfecho con los resultados, pues la melodía —inspirada en tonadas andinas— me parecía pobre musicalmente, por lo cual nunca incluí este canto entre mis composiciones.

Aunque siempre fuiste pequeño en tamaño, tu entusiasmo y compromiso fue siempre grande. Tu entrega optimista a los ideales falsarios del Sodalicio era evidente, por lo cual te vimos avanzar rápidamente en los niveles de formación, ascendiendo en la jerarquía de compromisos hasta convertirte en un profeso, que es cuando se alcanza el compromiso de pertenencia plena a la institución. Yo, en cambio, ascendí muy lentamente en esa escala, y quizás eso se debía a que logré mantener islotes de pensamiento crítico aun cuando mi espíritu también había sido tomado interiormente por el monstruo.

Lo cierto es que pocos años más tarde, cuando la comunidad Nuestra Señora del Pilar se había trasladado temporalmente de Barranco a una casa en la calle Juan José Calle en la urbanización La Aurora (Miraflores), volvimos a compartir techo. Pero esta vez tu situación era muy distinta. Te habían traído de la comunidad de Chincha (Ica) porque —según se nos dijo— estabas pasando por una crisis vocacional y corrían rumores de que te habías enamorado de una chica. Sea lo que sea que hubiera pasado, se nos advirtió que no debíamos hablar contigo más que lo estrictamente necesario y evitar cualquier conversación larga y tendida contigo. Para nosotros te convertiste en un zombi, en una especie de condenado a muerte que esperaba la ejecución de la sentencia. Pues —según lo que nos habían inculcado— quien abandonaba una comunidad sodálite debía ser considerado un muerto por nosotros, alguien de quien no se podía esperar que fuera feliz ni este mundo ni en la otra vida.

No sabíamos entonces todo aquello a lo que habías sobrevivido y —si la memoria no me traiciona— ya había entonces atisbos de felicidad en tu mirada, por más que nosotros te veíamos como alma errante en pena.

Al igual que tú, también sufrí una especie de síndrome de Estocolmo después de dejar de vivir en comunidades sodálites en julio de 1993. Cuentas que tú y tu hermana, tras el fallecimiento de Germán Doig, iban a visitar su tumba para dejarle flores. Te confieso que, un mes después de su hasta ahora inexplicable muerte el día 13 de febrero de 2001, terminé de componer una canción dedicada a su memoria. Afortunadamente —lo digo ahora— esa canción nunca fue acogida ni encontró difusión, pues yo también me había convertido —sin que fuera realmente consciente de ello— en un apestado para el Sodalicio.

Ahora te he visto, ya frisando los 60 años de edad, hablando con valentía y dándole cara al pasado, que ha dejado profundas huellas en tu ser y consecuencias médicas que te acompañarán hasta tu muerte. Pero eso no ha podido apagar tus ganas de vivir, tu amor y solidaridad con todos aquellos que hemos sido víctimas de ese sistema sectario llamado Sodalicio, tu chispa de fe que te hace creer —al igual que yo— en una realidad plena más grande que las miserias de esta vida, tu alegría de colores que no ha podido disipar las depresiones que te asaltan como fantasmas de una pesadilla recurrente, tu límpida hermosura de ser humano comprometido con la justicia, los derechos humanos y la libertad de los hijos de Dios.

Sé ahora que tu fuiste el primero que habló con Pedro Salinas y que la investigación sobre el Sodalicio que se plasmó en “Mitad monjes, mitad soldados” se inició contigo.

Gracias, Alfonso, gracias por este regalo que nos hiciste desde tus heridas del alma, desde tu vida quebrada por el Sodalicio, desde tu voluntad nunca vencida de no someterte a un destino aciago que has superado con una existencia que es un canto a la belleza de formar parte de lo mejor de la humanidad. Gracias, hermano.

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Una de las tantas razones que explican el éxito en la gestión administrativa del fujimorismo de los 90, fue la convocatoria por parte de Alberto Fujimori de operadores políticos, capaces de cruzar transversalmente las divisiones normativas del Estado peruano, entonces mil veces más endiablado que el de hoy.

Así, contó con un tándem de operadores de primer nivel: Santiago Fujimori, encargado de la convocatoria de cuadros tecnocráticos, Jaime Yoshiyama de las reformas económicas, y Absalón Vásquez de la microobra popular y el populismo asistencial.

De otra manera hubiera sido imposible derrotar al Estado elefantiásico heredado de los 80, que ni Belaunde ni García se atrevieron a desmontar de la herencia militar. No se movía un alfiler del Estado sin veinte cartas selladas. Sin estos operadores, que movilizaban recursos logísticos, que cruzaban transversalmente el Estado y además tenían cuadros trabajando a nivel del Congreso, gran parte de las reformas o actos de gobierno positivos de los 90 hubieran sido imposibles de llevarse a cabo.

Lamentablemente, Fujimori se dejó llevar de las narices por Montesinos y terminaron todos ellos apartados de mala manera del ejercicio gubernativo en el segundo mandato de Fujimori y allí se halla una de las tantas razones de la parálisis reformista de ese segundo lustro.

Pero a lo que íbamos. Hoy también se va a necesitar que quien gobierne el país, del 2026 en adelante, cuente con operadores semejantes. El Estado intervencionista y empresario de los 80 ya no existe más, pero desde el gobierno de Ollanta Humala, el modelo de libre mercado consagrado en la Constitución del 93 ha ido poco a poco desmontándose, llegándose hoy a una situación de sobrerregulación que traba de manera superlativa el flujo de inversiones privadas.

Y a ello se le suma el empeoramiento de un mal proceso de regionalización emprendido con Toledo y que ha construido una trama corrupta e intervencionista que coadyuva, aún más, a la ralentización del crecimiento económico. Estos poderes regionales, que no existían en los 90, deberán sumarse a la red de influencia que los operadores políticos deberán añadir a su cartera de poderes a ser gestionados.

[Música Maestro] Para un mundo cada vez más desinteresado en el pasado, el fallecimiento de las estrellas legendarias de la música popular, de cuando esta era entendida como una manifestación de elegancia y talento en lugar de ser vehículo validador de conductas zafias y combinaciones de elementos que son cada uno más vulgar que el anterior, pasa oprobiosamente desapercibido.

Me cruzó esa idea por la cabeza cuando vi la noticia de la muerte deSérgio Mendes relegada a espacios extremadamente pequeños en los medios de comunicación masiva. Y me refiero específicamente a los escritos, porque en la televisión ni siquiera apareció, por lo menos en la local, más preocupada en las correrías sórdidas y corruptas de ese esperpento llamado “Chibolín”, sus bailes ridículos y sus hijas destalentadas. Únicamente internet y sus alternativas para enfrentar las degradadas escalas de valores que tienen actualmente las masas, permiten la creación de un oasis en medio de ese fango farandulero y político cuya banda sonora se equipara a la que usan los sicarios, corruptos y proxenetas para musicalizar sus publicaciones en TikTok e Instagram.

Sérgio Mendes nació artísticamente junto a las personalidades más importantes del bossa nova, como Antonio Carlos Jobim (1927-1994), João Gilberto (1931-2019) o Edu Lobo (81) -de hecho, Mendes produjo el álbum debut del autor de la samba Upa neguinho y la balada Pra dizer adios, en 1967- pero, a diferencia de ellos, decidió fijar su residencia en los Estados Unidos cuando se instaló el golpe militar de 1964. Mendes decidió hacer patria desde lejos, introduciendo en las cadenciosas armonías de la música de Brasil las texturas orquestales de Burt Bacharach (EE.UU., 1928-2023), James Last (Alemania, 1929-2015) o Percy Faith (Canadá, 1908-1976), con un trabajo que de inmediato se posicionó como una de las primeras vertientes de lo que hoy suele rotularse como “crossover”.

Con elencos de vocalistas mixtos y bilingües, el pianista y arreglista puso los ritmos brasileños en las radios pop gringas. Su presencia en las primeras ligas de la música mundial se mantuvo inalterable durante toda la segunda mitad de los años sesenta y gran parte de los setenta, merced de una cadena de álbumes en los que no tuvo temores para combinar el repertorio clásico del Brasil -A. C. Jobim, Jorge Ben Jor, Baden Powell, Luiz Bonfá, Vinicius de Moraes- con los Beatles, Cole Porter, Rodgers & Hammerstein, con arreglos preciosistas en los que se sentían tanto violãos y pandeiros como cornos franceses y violines.

Habría que comenzar recordando que Sérgio Mendes pertenece a esa categoría especial de artistas cuyo pronóstico no era tan auspicioso a causa de la discapacidad. En ese sentido, haber superado la osteomielitis infantil que padeció para convertirse en uno de los directores de conjunto más importantes de toda una época debería ser suficiente para admirarlo.

En el quinquenio comprendido entre 1961 y 1965, Sérgio Mendes paseó sus ideas integracionistas por varios sellos discográficos -Philips, Atlantic Records, Capitol-, con discos como Você ainda não ouviu nada! (1963, que contiene uno de los primeros covers de Garota de Ipanema) o Cannonball’s Bossa Nova (1962), que grabó liderando su Bossa Rio Sextet of Brazil para acompañar al célebre saxofonista Julian “Cannonball” Adderley (1928-1975). Una curiosidad que conecta a esta primera etapa de Mendes con el universo salsero. En su sexto disco The great arrival (1965), incluyó una composición de Edu Lobo, Boranda, que una década más tarde fue grabada por La Sonora Ponceña, con arreglos del pianista Papo Lucca, para su álbum El gigante del sur (1977).

El punto de quiebre llegó cuando fue contratado por Jerry Moss y Herb Alpert para el sello discográfico A&M Records. Alpert (89), es un productor y trompetista californiano de origen judío que también fue fundamental para la fusión entre sonidos latinos y norteamericanos, a través de su propio grupo The Tijuana Brass. Para ese momento, Sérgio Mendes armó la banda que se convertiría en la base de su periodo más exitoso, Brasil ’66. Durante los siguientes tres años, Sérgio Mendes & Brasil ’66 comenzó a construir el repertorio que le daría fama y prestigio.

En su debut para A&M Records encontramos temas como Berimbau(Baden Powell) o One note samba (Antonio Carlos Jobim), que ya habían sido publicados en discos previos; y varios covers. Pero, definitivamente, el tema Mas que nada, composición que el cantante Jorge Ben Jor había estrenado en 1963 en su primer disco, Samba esquema novo, fue el que atrajo más la atención por sus percusiones profundas y asincopadas, sus densas capas de coros entre lo psicodélico y lo bahiano y ese piano que propulsa el ritmo a mitad de camino de lo que normalmente es la samba, dándole un toque de sofisticación y particularidad únicos. Hasta hoy, Mas que nada es la canción más representativa y reproducida de Sérgio Mendes & Brasil ’66. Imposible no conocerla.

Posteriormente, entre 1966 y 1969, Sérgio Mendes & Brasil ’66 lanzaron un total de siete álbumes, siempre bajo el manto de A&M Records. Aunque tuvo sucesivos cambios en su personal, la alineación de Mendes alcanzó cierta estabilidad con los percusionistas SebastiãoNeto y Dom Um Romão -que después se uniría al combo de jazz-rock Weather Report- el norteamericano John Pisano y el brasileño Oscar Castro-Neves en guitarras, y las vocalistas Karen Philipp y Lani Hall. Para los arreglos orquestales, Mendes contó con la colaboración del pianista Dave Grusin (90), quien años más tarde fundó el sello discográfico GRP Records, especializado en jazz contemporáneo y fusión.

Esta mixtura entre lo brasileño y lo norteamericano se aprecia escuchando clásicos de su catálogo como Bim Bom (Equinox, 1967), The look of love (Look around, 1967); Masquerade (Ye-Me-Lé, 1969) o Manha de carnaval (Quiet nights, 1967), Pais tropical (Sérgio Mendes & Brasil ’77, 1971, otra composición de Jorge Ben) o Scarborough fair (Fool on the hill, 1968); que confirman el estatus de Sérgio Mendes como un arreglista con vuelos exóticos pero sin caer en la parodia y, a la vez, conocedor del repertorio anglosajón en todos sus extremos, desde los tiempos dorados del musical de Broadway hasta artistas del momento como The Mamas & The Papas (Monday morning, The great arrival, 1966), Otis Redding (Sitting on the dock of the bay, Crystal illusions, 1969) o My favorite things (John Coltrane, Sérgio Mendes favorite things, 1968). Pero si hubo un artista del pop-rock que inspiraba al músico carioca fue el grupo británico The Beatles.

Prueba de ello es el quinto LP de Sérgio Mendes & Brasil ’66 -el décimo segundo de su discografía total-, titulado Fool on the hill (1968), que contiene una versión alucinante de esa canción que lanzaran un año antes los hijos ilustres de Liverpool en su disco Magical Mystery Tour. Paul McCartney, compositor del tema, le envió una nota de agradecimiento a Mendes por el simpático arreglo. Otros himnos beatlescos que recibieron el tratamiento de Mendes y su conjunto fueron With a little help from my friends (Look around, 1967), Day tripper (Herb Alpert presents Sérgio Mendes & Brasil ’66, 1966) y Norwegian wood (Ye-Me-Lé, 1969). En todos los casos, los conocimientos musicales de Mendes le permitieron darle un girooriginal a cada tema sin caer en la extravagancia desmedida o la predictibilidad de una fusión débil.

Entre 1969 y 1970 hubo dos grandes modificaciones en la banda. Por un lado, cambió de nombre a Brasil ’77, una proyección hacia la década que recién comenzaba. Y por el otro, tuvo que superar la deserción de Lani Hall, su vocalista principal, quien le fue arrebatada del grupo por su amigo Herb Alpert, algo que al comienzo no le gustó mucho -de hecho, en 1973, Alpert y Hall se casaron-. Lani Hall (78) se hizo conocida para el público latino en los ochenta, con una serie de duetos con estrellas de la balada en nuestro idioma como De repente el amor con el brasileño Roberto Carlos y Un amor así con el portorriqueño José Feliciano (Es fácil amar, 1985), junto al mexicano José José (1948-2019) registró el éxito Te quiero así (Lani, 1982) y, especialmente, Corazón encadenado, acompañando al español Camilo Sesto (1946-2019), una de las canciones románticas más populares de 1984, de su LP Lani Hall. Su lugar en Brasil ’77 fue cubierto por Gracinha Leporace, esposa y compañera de Sérgio Mendes, desde 1969 hasta el final de sus días.

Sérgio Mendes & Brasil ’77 también tuvo momentos de puro brillo musical como los discos Sérgio Mendes (1975, que incluye otro cover de los Beatles, Here comes the sun), el ecléctico Stillness (1970, con covers de Gilberto Gil, Buffalo Springfield y Joni Mitchell) y el experimental Primal roots (1972). En este álbum destaca un temainstrumental, Promise of a fisherman (Promessa de pescador), recuperado de la década de los años treinta, escrito por Dorival Caymmi (1914-2008), legendario cantautor de Bahía, con un sonido misterioso y tribal que se alejaba momentáneamente del estilo pop que lo caracterizaba hasta entonces. Del mismo modo, la suite The circle game (Jogo de roda), una composición de Edu Lobo y Ruy Guerra que supera los dieciocho minutos, permite ampliar las posibilidades expresivas de su conjunto, con voces, percusiones y ritmos oriundos del Brasil a cargo de sus compatriotas Flora Purim y Airto Moreira (integrantes de Return To Forever).

Para 1977, Sérgio Mendes trabajó en el que sería probablemente su último gran trabajo de esa década, la banda sonora del documental Le Roi Pelé (François Reichenbach, Francia) dedicado a la vida de Edson Arantes do Nascimento, “El Rey del Fútbol” (1940-2022). En esta producción, en la que Mendes se rodeó de extraordinarios músicos como su compatriota Oscar Castro-Neves, el saxofonista de jazz Gerry Mulligan, el baterista Jim Keltner, famoso por trabajar con astros del rock como Joe Cocker, John Lennon, George Harrison, entre otros, o el percusionista de la banda Chicago, Laudir de Oliveira, también brasileño, lo más saltante es la participación del mismo Pelé, como compositor y cantante de dos temas, Meu mundo é uma bola y Cidade grande. Por supuesto, Pelé ya había mostrado anteriormente su talento musical, en los singles que grabó en 1970 con la cantante Elis Regina (1945-1982), Perdão, não tem y Vexamão, y volvió a hacerlo con otras canciones en años posteriores.

En los años ochenta, el artista volvió a reinventarse, ingresando al mercado del soft-rock y la música adulto-contemporánea con álbumes como Sérgio Mendes (1983) y Confetti (1984), con la participación de los mejores músicos de sesión de la época como Jeff Porcaro (batería), Peter Wolf (teclados), Michael Sembello (guitarra), Nathan Watts (bajo), entre otros. La balada Never gonna let you go, cantada por el dúo Joe Pizzulo y Leeza Miller, de alta rotación en radios de todo el mundo; y el tema usado como himno de las Olimpiadas Los Angeles 1984, fueron dos de sus mayores logros artísticos en esos años.

Cuando uno escucha Olympia -también con la poderosa voz de Pizzulo-, la inspiradora composición de Barry Mann y Cynthia Weil y ve su recordado videoclip en que se evoca el espíritu deportivo y la ilusión que podía despertar en niños y adultos, y la compara con las paparruchadas que hoy utilizan para eventos deportivos similares, nuevamente aparece esa estupefaciente sensación de derrota ante la grisura de las múltiples vulgaridades que actualmente las masas consideran “elegante” o “cool”. Su último éxito masivo llegaría con el tema Magalenha, batucada escrita por Carlinhos Brown, incluida enBrasileiro (1992), su trigésimo sexto álbum, en el que se reencontró además con los ritmos de su país, con participaciones estelares como el guitarrista João Bosco y el inclasificable multi-instrumentista e investigador Hermeto Pascoal.

Mendes se convirtió, durante el Siglo XXI, en una figura reverenciada a ambos lados del espectro musical. Desde compatriotas suyos como Milton Nascimento o Gilberto Gil, camaradas en la difusión de la cultura del Brasil desde distintos géneros; hasta estrellas del pop como The Black Eyed Peas o Justin Timberlake, han trabajado con él en distintos momentos. En el documental In the key of joy (HBO, 2020), aparecen varios personajes de la industria discográfica reconociendo su talento e influencia a lo largo de cinco décadas. En el CD Timeless (2006), Mendes reactivó su presencia en el panorama musical, actualizando sus éxitos del pasado con ritmos modernos como hip-hop, música electrónica y hasta reggaetón. Real in Rio, tema central de la película animada Rio (2012), obtuvo una nominación al Oscar.  

Sérgio Mendes se encargó de internacionalizar el bossa nova y la samba con una lectura fresca y colorida de sus ritmos y significados. A diferencia de Jobim, que mantuvo la identidad de la MPB aferrado a sus formas básicas o de los revolucionarios tropicalistas como Caetano Veloso, Gilberto Gil o Chico Buarque, Mendes le agregó glamour y cosmopolitismo a su folklore. Aunque en algún momento se le catalogó de superficial y de producir “música para ascensores”, a la distancia uno reescucha sus álbumes y refuerza el asombro de ver cuán bajo han caído las capacidades apreciativas y los gustos musicales de las masas en el mundo entero.

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