Opinión

Mientras la vida seguía en un país azotado por tantas problemáticas, la luz de una estrella se apagaba. Yola Polastri falleció a los 74 años, llevándose consigo no solo sus creaciones y la esencia que la hizo un ícono a nivel nacional e internacional, sino también la infancia de nuestros padres, hermanos, abuelos y de todos aquellos que tuvieron la suerte de vivir en la época de la televisión en blanco y negro y conectar con «la chica de la tele»

Un poco irónico estar sentado escribiendo esta columna y que muchos de nuestros lectores se pregunten, ¿qué puede escribir este chico de 22 años si no ha vivido la época de Yola Polastri? Sinceramente, no puedo contradecirlos; es más, les doy la razón a muchos de ustedes. Sin embargo, no haber estado presente en esa hermosa época que muchos de ustedes, tal vez, sí vivieron, no me hace mezquino al sentimiento, emoción y algarabía que Polastri cautivaba en los adultos que aún tenían su niño interior guardado en lo más profundo de sus almas.

Recuerdo cuando se acercaba el Día del Niño y vimos una publicidad en el Parque Zonal Lloque Yupanqui que anunciaba la llegada de Yola Polastri. De manera ingenua, uno podría pensar que los padres llevarían a sus hijos a los típicos juegos mecánicos también anunciados en el evento. Sin embargo, ese día, todos esperaban a la tan anhelada «chica de la tele». Mientras las emblemáticas canciones como «Mi Rancho Bonito», «Eco» y otras creaciones de Yola se escuchaban en el evento, la gente estaba entusiasmada por su llegada. Todos se preguntaban: «¿A qué hora llegará Yola?», «¿Cantará El Teléfono?», «¿Vendrán las burbujitas?».

A las seis de la tarde, el estrado donde se iba a presentar Yola comenzó a iluminarse, y la música se escuchaba más fuerte. La gente empezó a gritar y a corear su nombre. Los más pequeños no entendían. No entendían por qué adultos y adultos mayores parecían haber retrocedido varios años y empezaban a saltar y a comportarse como esos niños que parecían haber desaparecido con el pasar de los años.

Mientras la algarabía se encendía en el ambiente, las famosas «burbujitas» salieron al escenario, y todos empezaron a gritar y cantar al ritmo de la música. Pasaron solo unos segundos cuando se escuchó la famosa canción «Vamos a ver a la chica de la tele», y detrás de las burbujitas apareció Yolanda Piedad Polastri Giribaldi, la famosa Yola Polastri.

El ambiente se llenó de emoción. Adultos llorando y saltando, mientras los niños los miraban con asombro. Las pelotas comenzaron a volar por toda la zona del evento, y las personas, emocionadas, esperaban que llegaran a su lado para lanzarlas hasta el otro extremo. Estoy seguro de que muchos de los presentes en el evento no se conocían, y a pesar de ello, se abrazaban y saltaban para corear las canciones de Yola.

El impacto que Polastri ha generado en la sociedad peruana es inminente, no solo porque fue parte de la infancia de nuestros padres, sino también porque llegó en un momento en el que nuestro país vivía los momentos más difíciles de su historia. Sin embargo, eso no fue excusa para que la esencia, los colores y la luz de la «chica de la tele» encendieran en tantos adultos el niño interior que llevaban dentro.

Hoy, la tan querida Yola Polastri ha regresado a su rancho bonito, donde brillará para muchos, y cuyo legado no será reemplazado por nadie. Desde este espacio, un joven de 22 años le agradece por haber iluminado la infancia de mis padres y haber hecho sus vidas mucho mejor.

¡Gracias, Yola!

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la chica de la tele, la chica de la tv, Yola Polastri

[La columna deca(n)dente]

La reciente aprobación de dos polémicos proyectos de ley por parte de la Comisión Permanente del Congreso ha desencadenado una seria preocupación tanto a nivel nacional como internacional. Estos proyectos han sido objeto de críticas por parte de analistas y diversos sectores de la sociedad debido a las implicaciones profundas que podrían tener para la democracia y el Estado de derecho en el país.

El primer proyecto de ley ha generado controversia al limitar la aplicación del concepto de crimen organizado únicamente a delitos que generan valor económico, como el narcotráfico, excluyendo delitos como el sicariato, la extorsión, la tortura y el asesinato. Esta restricción debilita la capacidad del sistema judicial para enfrentar eficazmente la criminalidad violenta y organizada, poniendo en riesgo la seguridad pública y la confianza de los ciudadanos en las instituciones estatales.

Por su parte, el segundo proyecto de ley es igualmente alarmante al declarar prescritos los crímenes considerados de lesa humanidad cometidos antes del 2003. Esta medida va en contra de los compromisos internacionales asumidos por Perú al suscribirse tanto al Estatuto de Roma como a la Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y Delitos de Lesa Humanidad, que establecen la imprescriptibilidad de tales crímenes. El proyecto de ley aprobado niega a las víctimas de estas atrocidades su derecho fundamental a la justicia, la verdad y la reparación, beneficiando de manera directa a Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos y el grupo Colina, entre otros, así como a los subversivos de Sendero Luminoso y del MRTA.

La aprobación de estos proyectos refleja un preocupante panorama político donde las diferencias ideológicas y partidarias parecen diluirse frente a intereses particulares y la protección de organizaciones criminales. Partidos como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, Acción Popular, Perú Libre, entre otros, han mostrado una convergencia nada sorprendente al respaldar medidas que debilitan gravemente el Estado de derecho y el bienestar de la ciudadanía en general.

El impacto de estas leyes va más allá de sus implicaciones inmediatas; amenaza con socavar los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la democracia peruana. El debilitamiento del sistema judicial y la posible consolidación de la impunidad podrían generar un clima de desconfianza y desesperanza entre los ciudadanos, afectando la estabilidad política y social del país a largo plazo.

Quienes hoy legislan, embriagados de poder, creen que pueden hacer lo que quieran, olvidando que el poder es efímero y que tarde o temprano pagarán por sus fechorías. Esta arrogancia y desmesura en el ejercicio del poder no solo pone en riesgo la estabilidad política, sino que también amenaza los cimientos mismos de la democracia y el Estado de derecho. La historia ha demostrado repetidamente que el abuso de poder y la corrupción inevitablemente conducen a la caída de aquellos que creen estar por encima de la ley y la justicia.

Ante este escenario, es imperativo que los ciudadanos, la sociedad civil, los partidos políticos democráticos y la comunidad internacional estén alertas y actúen de manera decidida para defender el Estado de derecho y los derechos humanos en el país. La resistencia activa y la presión constante sobre el Congreso para revertir estas leyes son cruciales para evitar retrocesos irreversibles y asegurar un futuro justo, fraterno y equitativo para todos y todas. 

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Congreso, crimen, impunidad, organizaciones criminales, Partidos políticos

Cualquiera que haya visto el espectáculo brindado por el fiscal José Domingo Pérez en la primera audiencia del juicio por el caso cocteles o haya leído la reveladora entrevista a Ricardo Briceño, expresidente de la Confiep, a quien el Ministerio Público viene sometiendo a un calvario abusivo e irracional, debe concluir que algo se pudre en el organismo de la avenida Abancay.

La Fiscalía se ha vuelto -salvo honrosas excepciones- en una máquina moledora de carne de los adversarios, políticos o mediáticos, y que aprovecha cualquier resquicio absurdo de la ley para provocar acusaciones, detenciones preliminares, prisiones preventivas, allanamientos y cuanta parafernalia punitiva exista en su arsenal de instrumentos coercitivos.

Y el eje interpretativo más pertinente es el político. No guía a los fiscales el derecho penal sino el interés político, como cada vez se demuestra con mayor claridad. Hemos sido engañados, todos estos años, por una aparente lucha radical anticorrupción de parte de la Fiscalía, cuando lo que ha habido es una trama de intereses ideológicos y políticos puestos en marcha para aplastar a los adversarios.

El Poder Judicial, felizmente, no está tan contaminado como el Ministerio Público y ya veremos cómo sabrá poner orden en los casos que la Fiscalía amaña, pero entre tanto, se hizo pasar a personas inocentes por años de zozobra, gastos abogadiles, incertidumbre vital y enorme daño reputacional. ¿Quién les va a devolver eso? ¿Quién nos va a devolver eso?

Al respecto, tiene enorme responsabilidad la Junta Nacional de Justicia que en sus varios años de existencia no ha sabido corregir los malos rumbos que el Ministerio Público ha seguido y le ha permitido actuar con impunidad absoluta, sin siquiera una amonestación.

Una de las tareas fundamentales del gobierno que ingrese el 2026 es emprender una reforma profunda del Ministerio Público. Bien meditada, no puede ser al caballazo -la historia reciente nos demuestra que esas reformas apuradas, a nada bueno conducen-, para volver a colocar la institución en el sitial de prestancia y neutralidad penal que corresponde a un Estado de Derecho.

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Domingo Perez, Fiscalía, Ministerio público

[CIUDADANO DE A PIE] La accidentada y trunca presidencia de Pedro Castillo, la enérgica reacción popular suscitada por su destitución/encarcelamiento, y la tanto ilegítima como letal represión gubernamental resultante -tal como la ha calificado Amnistía Internacional-, han establecido un antes y un después en la política peruana de este siglo. Un siglo que, sin embargo, se inició bajo los buenos auspicios de una regeneración democrática, que al 2024, se han vistos incumplidos, como así lo evidencia la contundente regresión autoritaria y mafiosa que se ha instalado en las esferas gubernamentales y legislativas de nuestro país. Lentamente, el país va ingresando a un periodo pre-electoral caracterizado por la imposición de leyes y modificaciones constitucionales que buscan únicamente favorecer a los partidos actualmente presentes en el Congreso. Es en este inestable marco político que resulta pertinente preguntarse cuál podría ser el nivel de participación e influencia de Pedro Castillo en las próximas elecciones, máxime cuando su abogado y exministro, Walter Ayala, ha declarado recientemente, que su patrocinado desea “volver al poder”. Aunque resulta prácticamente imposible que el expresidente pueda candidatear en un futuro cercano, dada su previsible inhabilitación por el actual Congreso, esto no sería impedimento para que, como bien ha señalado Mirko Lauer en La República, pueda reciclarse en algún “partido castillista”, creado para tal fin, o en agrupaciones ya inscritas ante el JNE, dispuestas a jugar la “carta castillista”, como “locomotora parlamentaria”. Pero, ¿qué es y qué no es el Castillismo, una ideología, un movimiento, un sentimiento? Frente a quienes, como el politólogo Alberto Vergara, niegan llanamente su existencia, o al hipercrítico neoliberal Álvarez Rodrich, para quien un “castillismo sin Castillo” es poco menos que un imposible, intentemos esbozar algunas reflexiones al respecto.

Un populismo pragmático

El triunfo electoral de Pedro Castillo en el 2021, fue en gran parte posible gracias a la combinación de lo que Carlos Meléndez calificó como un “populismo silvestre”, carente de referencias intelectuales, pero animado por un fuerte sentimiento compartido de injusticia y explotación, y de un implícito “populismo étnico” en virtud del cual Castillo encarnaba a los pueblos originarios de nuestro país, a la vez que los representaba en su totalidad (en nuestra nota precedente tratamos este tema con amplitud https://sudaca.pe/noticia/opinion/pedro-castillo-tantas-veces-populista/).

María Esperanza Casullo, politóloga argentina y autora del libro “¿Por qué funciona el populismo?” ha escrito: “Aún el populismo más extremo debe mantenerse en el poder, lo cual implica gobernar, y esto requiere al menos cierto grado de capacidad tecnocrática.” Ya en el gobierno, pronto se hizo evidente que Castillo no contaba, salvo honrosas excepciones, con los cuadros técnicos calificados, no solo para emprender las grandes transformaciones prometidas, sino en muchos casos, para simplemente administrar los asuntos corrientes de la administración pública, haciéndose realidad aquello expresado por Juan Domingo Perón, el más prominente líder populista latinoamericano, hace más de seis décadas: “Una revolución no puede perder el tiempo, y si es el caso, se desprestigia y se viene abajo. Una revolución que improvisa no es una revolución.” Pero esta carencia fue solo una parte del problema pues, como Gino Costa ha reconocido en su muy reciente libro “La democracia tomada”: “Las condiciones políticas en las que asumió la presidencia de la república Castillo fueron muy adversas, y lo hubieran sido para cualquiera, más aún para él.” En efecto, sin una mayoría parlamentaria y con una derecha desatada, resuelta a vacarlo a la primera de bastos, haciendo uso para ello de sus potentes armas políticas, mediáticas y legales, Castillo se vio reducido a conducir, lo que Juan de la Puente ha llamado un “populismo pragmático”, un gobierno preocupado antes que nada en su supervivencia, recurriendo para ello a estrategias sospechosas de ilegalidad, de las que la justicia deberá pronunciarse oportunamente. En esta tesitura, el “castillismo” nunca pudo constituirse en una forma progresista de gerenciar el Estado, como sí sucedió, por ejemplo, con el correísmo y el lopezobradorismo. No contó con los medios, las condiciones, ni el tiempo para ello.    

Un castillismo simbólico

Incluso quienes, desde posiciones de izquierda, critican duramente a Castillo, no pueden dejar de valorar aquello referido por Jorge Frisancho en “Estallido popular. Protesta y masacre en Perú, 2022-2023”: “Hay, sin embargo, un aspecto en el cual el ascenso de Pedro Castillo significó un cambio sustancial. Se dio -se da- en el terreno simbólico y en el campo general de la imaginación política. Un sector amplio de la ciudadanía, con particular, pero no exclusiva intensidad en el sur andino, se identificó con la idea de Castillo en Palacio, se vio genuinamente representado en él, y percibió que su encumbramiento operaba una apertura de cotos previamente cerrados del poder en el Perú, dándole acceso, aunque solo fuera en abstracto y de un modo puramente potencial, a millones de peruanos sometidos a una pluricentenaria historia de exclusión.” Es precisamente en el terreno simbólico en donde los actores políticos, sociales y mediáticos se enfrentan por la hegemonía cultural, social y política. Más allá de sus limitaciones personales, Pedro Castillo se convirtió en un símbolo, el símbolo de un “nosotros”, constituido por los cientos de miles de peruanos que salieron a las calles a protestar tras su caída, enfrentándose a pecho descubierto a un “ellos”, tan bien caracterizado por Héctor Béjar como “una presidenta espuria, un Congreso dominado por un pequeño grupo de militares y marinos retirados vinculados con el Opus Dei, unos tres o cuatro jefes de bandas criminales dueños de partidos y cadenas de universidades privadas que usan la política como coartada, unos cuantos jueces y fiscales corruptos, banqueros y poderosos comerciantes y constructores, la que podríamos llamar una lumpen burguesía.” Enérgica y valerosa reacción en un país, en donde al decir de Alberto Vergara, “nadie es castillista”.

Plebeyo, y politizado     

En enero del 2023 y en plena efervescencia de las protestas populares en Puno, en una nota publicada en este mismo medio (https://sudaca.pe/noticia/opinion/jorge-velasquez-puno-polvorin-etnico/), evocábamos la expresión de Ricardo Cuenca “apropiarse del tiempo”, para referirnos a un movimiento étnico, actuando colectivamente frente al Estado y otros grupos dominantes, buscando transformar el orden social existente. Pero ha sido la socióloga y exministra Anahí Durand quien, en su libro “Estallido en los Andes. Movilización popular y crisis política en el Perú” -de lectura indispensable en la actual coyuntura política-, ha caracterizado, con mayor precisión, a los ciudadanos que se movilizaron durante las protestas, y que ella denomina -siguiendo la estela de pensamiento del intelectual y político boliviano Álvaro García Linera- un “sujeto plebeyo”, el cual “emerge de la experiencia compartida de dominación y asume los contornos de una sociedad abigarrada y multiforme donde la condición de clase convive con formas comunitarias (…) este Perú plebeyo configurado por las condiciones e informalidad, precariedad y exclusión que genera el neoliberalismo. Son sectores históricamente subordinados de la sociedad política debido a la herencia colonial y la permanente crisis de representación.” Más adelante, Durand agrega: “sujeto plebeyo, multiforme y cambiante, que avanza en conciencia política y podría constituir su propia representación… (que) puede liderar la conformación de un bloque plebeyo, que profundice la democracia acordando un nuevo pacto social plasmado en una nueva Constitución escrita con participación de ellos mismos.”. Una mayor politización implica una mayor posibilidad de avanzar en la emancipación, nos señala el académico y político español Juan Carlos Monedero, mientras que, por su parte, Andrés Manuel López Obrador considera como uno de los principales logros del proceso de cambio que él ha liderado en México, la politización y el empoderamiento de su pueblo. Es pues, justamente, en la politización de este sujeto plebeyo que conforma el “Perú insumiso” de hoy, como lo ha denominado Juan de la Puente, en que se encuentra la clave para la supervivencia y vigencia del castillismo. Frente a las propuestas cavernarias, elitistas, entreguistas y mafiosas de la derecha peruana, aquellos que aún se sienten próximos al encarcelado expresidente, pueden asumir su legado simbólico y -corrigiendo los errores- construir una opción nacional-popular portadora de un claro mensaje de inclusión, justicia social y democracia. Este castillismo tendría, qué duda cabe, un lugar asegurado bajo el sol.

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castillismo #simbolismo, hegemonía, Politización

Si este gobierno mediocre e ineficaz quisiera hacer algún aporte a la viabilidad democrática del país después del 2026, debería acometer una intensiva tarea de construcción de infraestructura y provisión de servicios básicos de calidad en el sur andino, matriz geográfica de los movimientos antisistema que se alistan a reverdecer laureles el 2026.

Tiene dos años por delante para lograr ese cometido. Ya es sabido que es incapaz de hacerle frente a la arremetida antidemocrática del Congreso y se allana a los exabruptos que allí se perpetran, sin chistar, porque requiere sus votos para mantenerse en el poder. Pedirle que se convierta en un baluarte de resistencia democrática resulta un exceso (ni siquiera en materia económica, el MEF es capaz de contener los arrestos populistas del Legislativo).

Miremos para otro lado respecto de las responsabilidades del régimen y en ese sentido, si de verdad quiere dejar una herencia positiva que haga que el próximo periodo gubernativo no sea una pesadilla, podría tranquilamente establecer un programa de nivelación social con la región más olvidada del país.

El gran sur andino representa casi el 20% del electorado nacional. Si vota, como es previsible, en la primera vuelta del 2026 como lo hizo en la segunda del 2021 (80% a favor de los radicales), la izquierda extrema tendrá asegurado un cupo y quizás hasta dos para la jornada definitoria de dicho proceso electoral.

Es tarea patriótica evitar que ello ocurra. Y eso sí se le puede exigir a la actual administración. Conminar al gobierno de Dina Boluarte a que rompa la inercia mediocre en la que se halla atrapado y exigirle que, al menos, haga algo respecto del tema que mencionamos.

Se impone una suerte de Plan Marshall para el sur andino. Los niveles de inequidad allí existentesson de escándalo y generan una dinámica política contraria a la del resto del país y constituye el basamento de los discursos antiestablishment en el que, con astucia, ya se hallan embarcados varios candidatos de la izquierda, que no va a brillar precisamente por su moderación en la jornada electoral venidera.

La del estribo: conmovedor y a la vez inspirador el último libro de Salman Rushdie, Cuchillo,Meditaciones tras un intento de asesinato, en el que narra las peripecias del atentado que sufriera, que casi le costó la vida, y las consecuencias y perspectivas que ello le ha generado para su existencia futura. Con enorme resiliencia, Rushdie ha sabido procesar el traumático incidente. De venta en todas las librerías.

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Congreso del Perú, Gobierno de Dina

¿Por qué se detuvo la evolución de la izquierda peruana, primero a aceptar las fórmulas democráticas en los 80, y luego a incorporar criterios económicos de mercado a partir del 2000?

En el Perú la izquierda difiere de otras izquierdas regionales, como la chilena, inclusive la mexicanao la brasileña, ya ni qué decir del mundo, donde la aceptación de la economía de mercado como lecho rocoso sobre el cual construir políticas propias de la izquierda es perfectamente posible.

Interpreto que mucho ha tenido que ver con la fallida gestión de Susana Villarán, perteneciente a una izquierda moderada y que aceptó asociaciones público privadas y el esquema de concesiones. El problema es que ese esquema se manejó corruptamente concediendo beneficios legales a los empresarios brasileños a cambio de millonarias donaciones para la campaña de la revocatoria y del intento de reelección de la propia exalcaldesa.

A partir de allí, un sector importante de la que aparecía como nueva izquierda, abandonó cualquier consideración por el libre mercado, creyendo que era el culpable del desaguisado, cuando la culpa verdadera recayó en una autoridad de moral laxa.

Hoy por eso, salvo excepciones como la de Alfonso López Chau (aunque no tiene remilgos en conversar con sectores radicales de la izquierda), este sector del espectro ideológico peruano ha abandonado cualquier consideración por las libertades económicas y, de paso, también por las libertades políticas.

Es una grave involución de la política peruana, como lo es, a su vez, que no cuaje una opción potente de una derecha liberal, y predomine una derecha mercantilista, autoritaria y conservadora.

El Perú ha retrocedido políticamente de una manera preocupante en la última década. Lo ha hecho a pasos agigantados. Hoy es un reducto de delincuentes, de influencia de mafias ilegales, y de falta absoluta de consideración por las instituciones democráticas y los principios de una economía de mercado moderna y robusta.

Por culpa de una transición post Fujimori mediocre y carente de visión reformista, el país se halla atrapado en una polarización que anula las perspectivas de una centroizquierda o centroderecha liberales. La pauperización ideológica que se aprecia no es si no, consecuencia de ello y veremos, lamentablemente, su mejor expresión, salvo que los astros se alineen inesperadamente, en las elecciones del 2026.

Dedicado a a mis profesores de guitarra Pepe Torres, Álex Torres y José Purizaca. Feliz día, maestros… 

El mundo está lleno de maestros que no son, necesariamente, profesionales de la educación. Que, sin haber memorizado las técnicas constructivistas del ruso Lev Vigotsky (1896-1934) o el suizo Jean Piaget (1896-1980) ni ser seguidores de iconos magisteriales de Latinoamérica como el brasileño Paulo Freire (1921-1997) o el peruano José Antonio Encinas (1888-1958), han formado a generaciones enteras, brindándoles herramientas que no solo les permitieron dominar una disciplina, profesión u oficio sino que, además, les ofrecieron imperecederos ejemplos de ética de trabajo, valores y vocación de servicio. Por eso hoy, que el Perú celebra el Día del Maestro, va un abrazo para los miles de anónimos maestros de música que trabajan en casas, pequeñas escuelas y conservatorios, a contracorriente de las modas y con lo mínimo indispensable. 

Una de las actividades humanas en las que más se han visto casos de maestros que no ostentan un título académico que los certifique como tales es, en general, la artística. Cada escultor, pintor, arquitecto o escritor ha tenido un maestro al lado que en cada clase le reveló secretos, técnicas, saberes que no se encuentran en ningún manual. Y, entre las artes mayores, la música ha desarrollado un rico historial asociado a la enseñanza. Esto, que también ocurre en oficios como la mecánica, la albañilería, la carpintería, la gastronomía, etc., ha evolucionado con los siglos y, como tantas otras cosas, se ha trasladado con éxito al ámbito digital.

Cada video de Rick Beato (New York, 1962) es una clase maestra que, como dice el eslogan de un concurso local, deja huella. Él es un experimentado músico y productor que ha decidido compartir sus conocimientos en el ciberespacio y las redes sociales. En su canal de YouTube, que tiene más de cuatro millones de suscriptores, analiza diversos tópicos relacionados a los géneros de su competencia: rock, blues, jazz, música clásica, con un sentido de la didáctica muy fresco y auténtico. Beato comenzó tocando cello y contrabajo por influencias familiares, además de aprender piano y composición. Posteriormente, cambió los instrumentos clásicos por los bajos y guitarras eléctricas. En algunos de sus videos demuestra sus alucinantes habilidades replicando, nota por nota, complejos solos de Kirk Hammett, Marty Friedman o Eddie Van Halen o de iconos del jazz como Joe Pass, Frank Gambale y George Benson, con absoluta precisión. 

Asimismo, descompone grabaciones para hacernos notar esos detalles que, generalmente, no se perciben a la primera escucha -armonías vocales, efectos-, aislándolos para explicar las intenciones que tuvo el compositor o el productor al incluir esos sonidos en la mezcla final. Desde que abrió su canal, en el 2016, ha publicado distintos tipos de videos. Entre los que mayores visitas tienen están los capítulos de la serie What make this song great? (¿Qué hace genial a esta canción?) en los que toma una canción muy conocida y, literalmente, la desarma pieza por pieza usando herramientas tecnológicas para que su público entienda por qué se trata de una buena composición, exitosa en su momento y recordada por décadas. Aquí un par de ejemplos, Don’t stop believin’ (1981) de Journey y Just like heaven de The Cure (1987).

La amplitud de sus recursos es sorprendente. Rick Beato pasa de deconstruir canciones multiformes a hacer un recorrido por la evolución de las técnicas de grabación con ejemplos, menciones a artistas, análisis de notas y escalas que se usan en cada estilo para hallar la relación entre sonidos y emociones. Así, podemos entender por qué nos ponemos melancólicos, tensos o alegres al escuchar determinadas secuencias de acordes o armonías. También son muy populares sus rankings. Por ejemplo, este de veinte mejores intros rockeras.

Ver sus videos de manera ordenada y sistemática equivale a seguir un curso comprimido de producción, apreciación musical, métodos para desarrollar el oído perfecto e historia del pop y la industria discográfica. En los últimos meses, está haciendo largas entrevistas con destacados personajes de las escenas del pop-rock y el jazz mundial, extrayendo información valiosísima para aquellas personas que ven y sienten la música como algo más que una forma de hacerse conocidos y ganar dinero. Por supuesto, todas estas técnicas y clases maestras también han encontrado su camino en la forma de libros, impresos y digitales, que Beato comercializa en su página web. 

Uno de sus últimos videos aborda un tema que, visto bajo los reflectores adecuados, adquiere una importancia que va más allá del análisis musical, una preocupación por la degeneración de las sociedades, la educación y la pérdida de sensibilidad que promueven las nuevas tecnologías, contraponiendo pasado y presente. “Antes -argumenta Beato- si yo quería escuchar el segundo disco de Led Zeppelin, tenía que ahorrar un par de semanas, comprar el LP y, en la intimidad de mi habitación, escuchar atentamente y cuidar el vinilo para que no se ralle, la carátula para que no se dañe, leer las letras, los créditos, decodificar el arte gráfico. Luego, lo compartía con mis amigos”. 

Se trataba de un aprendizaje múltiple y comunitario que requería una dosis de esfuerzo, de poner atención y valorar la obra de arte que se tenía entre manos. Hoy, afirma, las plataformas de streaming te dan, por veinte dólares al año, la posibilidad de escuchar todas las discografías de todos los géneros, en un solo día. Entonces, la música pasa como cuando uno abre el caño y deja caer el agua, sin detenerse, perdiendo sustancia. “Las personas ya no se relacionan con la música como lo hicimos nosotros” comenta, un poco desconsolado. Y tiene razón.

Otro caso de divulgador/educador musical moderno es el del productor y compositor panameño Rodney Clark Donalds (54), más conocido por su nombre artístico “El Chombo”, considerado uno de los creadores del reggaetón, muy exitoso a fines de los noventa con la colección Cuentos de la Cripta que en su tercer volumen incluyó canciones de alta rotación en radios populares como la absurda El gato volador o experimentos reggaetoneros más divertidos como Bien mamá o Todo el mundo ama a Mao. “El Chombo” se reinventó en los últimos años a través de su canal de YouTube, donde despliega sus amplios conocimientos sobre la evolución de la industria musical y cómo se han venido transformando los gustos del público a lo largo de las décadas. Además de eso, criticó a los ídolos masivos del reggaetón, señalando las diferencias entre lo que hacen ellos y lo que considera “la esencia original” de dicho género, enfrentándose frontalmente a vacas sagradas del vulgarísimo reggaetón a Daddy Yankee, Don Omar o Bad Bunny.

Si bien es cierto el estilo de los videos de “El Chombo”, algunos de los cuales sobrepasan las dos millones de reproducciones, está más orientado al entretenimiento socarrón -efectos de sonido, distorsiones de la voz, emoticones e imágenes alteradas con trucos de edición- también poseen buena carga didáctica, sobre todo porque dedica muchas de sus emisiones para resaltar las carreras de emblemáticos artistas latinos de las épocas doradas de la salsa, el pop-rock y la balada en español, acercándolos a un público que es definitivamente más joven, perteneciente a una generación que no fue capaz de verlos en acción. Además, aunque mayormente toca temas de géneros asociados a la salsa o latin-pop, también ha mostrado solvencia al comentar otros estilos, como este capítulo, dedicado al heavy metal. O este otro, sobre Gustavo Cerati. De esa manera, “El Chombo” educa, muy a su manera, a quienes creen que la música popular comenzó en el año 2000. 

Rick Beato y “El Chombo”, cada uno a su estilo, realizan un trabajo educativo y de difusión de inmenso valor, para una época como esta en que la música se ha convertido en un producto enlatado y homogéneo, donde ya nadie tiene, hablando del gran público, la intención de dedicar su tiempo a conocer qué hay detrás de cada canción, estilo, técnica de grabación o carrera artística. Aun cuando no pertenecen a la generación cibernética, ambos se han adaptado muy bien a los formatos tecnológicos y, sobre la base de sus particulares talentos, experiencias y estilos de comunicación -informal y académico, Beato; divertido y callejero, “El Chombo”-, son maestros porque los usan para educar, difundir información de calidad y ofrecer aspectos diferentes, que aportan reflexión y perspectivas particulares sobre cosas que las masas no suelen cuestionar y ni siquiera valoran porque no saben que existen.

En los años previos a la revolución tecnológica y las redes sociales, las Master Class y las “clínicas” llegaron como opción novedosa cuando se trataba de enseñanza musical. Estos eventos ofrecen un acercamiento vivencial a través del contacto directo con músicos profesionales, en muchos casos exitosos o conocidos, que abandonan por un momento su papel de estrellas inalcanzables y, usan sus días libres antes de un concierto para reunirse con un público más reducido, formado por sus seguidores que son, además, estudiantes de alguna escuela formal o músicos principiantes autodidactas, con demostración y todo. 

Recuerdo haber asistido a algunas de estas clínicas musicales cuando comenzaron a hacerse en Lima, en la primera década de los años dos miles. Una de ellas fue, por ejemplo, del pianista de latin jazz Michel Camilo (República Dominicana, 1954), quien ofreció una clase maestra sobre ritmos latinos, polirritmia africana y jazz, en los días previos a un inolvidable concierto que dio junto a Arturo Sandoval, Abraham Laboriel y nuestro compatriota Alex Acuña. Otra que viene a mi mente es la que brindó el guitarrista de Sting, Dominic Miller (Inglaterra/Argentina, 1960), un día antes del recital que dio el ex líder de The Police junto con la orquesta sinfónica nacional. El guitarrista argentino de rock y blues Diego Mizrahi (59) condujo, entre 2001 y 2004, un sintonizado programa de clínicas de guitarra, Music Expert, en el que interactuaba con estrellas de la escena musical de su país. Aquí, por ejemplo, lo podemos ver con Walter Giardino, guitarrista y fundador de Rata Blanca.

Si en siglos anteriores las clases de música se daban en los conservatorios, a partir de la explosión audiovisual de los años ochenta, empujada por la subcultura MTV y la comercialización masiva de videos en formato casero -el recordado Video Home System o, simplemente, VHS- surgió una alternativa nueva, los videos instructivos. Aunque, por supuesto, nunca llegaron a reemplazar a los establecimientos formales de enseñanza -Julliard o Berklee, en New York y Boston, son dos de los más conocidos hasta hoy-, los videos instructivos se convirtieron rápidamente en una opción accesible para aquellos principiantes que no podían con los altos costos de estas prestigiosas escuelas. 

Músicos reconocidos como Eric Clapton, Paul Gilbert (guitarra), Jaco Pastorius, John Patitucci (bajo), Dave Weckl o nuestro compatriota Alex Acuña (batería), solo por mencionar algunos, han lanzado uno o varios videos de instrucción, ofreciendo una herramienta educativa de calidad asegurada, por el alto nivel y prestigio de los instrumentistas. Géneros desde el jazz y el flamenco hasta el heavy metal y la música criolla pueden aprenderse hoy en YouTube, a través de canales que combinan entretenimiento con educación inspirados en los viejos VHS de instrucción, muchos de los cuales ya están disponibles también en la omnipresente plataforma de videos online.

Si alguien llevó al extremo la relación entre ser músico y maestro, fue el guitarrista y líder de King Crimson, el británico Robert Fripp (78). A mediados de los ochenta, tras disolver su banda por segunda vez, fue invitado a participar como profesor en la Sociedad Americana para la Educación Continua (ASCE, por sus siglas en inglés), donde nació su proyecto educativo Guitar Craft -que luego cambió su nombre a Guitar Circle-, a partir del cual se formaron un par de grupos, The League of Crafty Guitarists y California Guitar Trio.

Entre 1985 y 2010, cientos de estudiantes aprendieron, en Guitar Craft, todo acerca de los patrones circulares y afinaciones no convencionales creadas por Fripp. Entre sus destacados alumnos estuvieron Trey Gunn, Bill Rieflin -ambos se unieron a King Crimson en distintos momentos-, Mark Reuter (Stick Men) o Davide Rossi (Goldfrapp). Desde el año 2022, Fripp dio un paso más en su trayectoria como educador, lanzando la gira de conferencias An evening of talking junto a su amigo y colaborador David Singleton, con la que sigue encandilando a sus auditorios con profundas reflexiones, anécdotas y enseñanzas sobre ser músico. 

Actualmente, como en cualquier otro tema, las opciones son ilimitadas y de distintos niveles de calidad en YouTube, al momento de buscar maestros de música. Están desde el pianista español Jaime Altozano, que dedica su talento y conocimientos teóricos para tratar de convencer al mundo hispanohablante de que la desechable música de Rosalía es la octava maravilla, hasta el bajista norteamericano Scott Devine y su canal Scott’s Bass Lessons, exclusivo para bajistas. O la web Drumeo.com, una plataforma multicanal perfecta para todos aquellos que deseen aprender todo sobre batería y que tiene también escuelas online para tecladistas (Pianote.com), guitarristas (Guitareo.com) y cantantes (Singeo.com). 

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En medio de la campaña de destrucción masiva de la democracia que el Congreso viene perpetrando, se van alineando, en paralelo, los astros electorales. Y lo terrible es que se ven pocas luces de esperanza de que el statu quo vaya a ser revertido y, por el contrario, todo apunta a que la situación institucional empeorará a partir del 2026.

La centroderecha, la única que nos podría salvar del colapso, ha decidido, frívolamente, ir fragmentada. Las conversaciones que ha habido y hay no apuntan a alianzas electorales sino a una suerte de reperfilamiento identitario ideológico.

En resumen, el fujimorismo va a capturar un tercio del electorado derechista y el saldo se lo van a repartir por lo menos veinte candidatos (de entre los 30 ya inscritos y los 45 que al parecer lo lograrán). Con esa perspectiva, ninguno va a pasar a la segunda vuelta y con suerte lo logrará Fuerza Popular.

Porque al paso que van las cosas no sería improbable que, dado ese panorama, sean dos los candidatos de la izquierda radical los que pasen a la segunda vuelta. Encima, la izquierda sí está conversando seriamente para armar frentes y pactos que la aglutinen en una o dos candidaturas como máximo.

La ceguera política de la centroderecha resulta inverosímil. No parece haber conciencia del peligro que se cierne sobre la democracia y el modelo económico y los egos y ambiciones personales priman sobre ese necesario sentido patriótico de sacrificio y postergación de apetitos individuales.

La centroderecha no parece percatarse del profundo sentimiento antiestablishment que alberga la mayoría de peruanos y que este Ejecutivo y Congreso -de los cuales muchos partidos derechistas son percibidos como aliados- acentúa.

La izquierda ha reconstruido su narrativa y se ha librado del chamuscón de haber sido comparsa del nefasto, corrupto y golpista régimen de Castillo (es tal el ánimo antisistema que si Pedro Castillo volviese a postular seguramente ganaría). La centroderecha arranca perdiendo el partido y si no cambia de estrategia rápidamente, el resultado final va a ser catastrófico.

 

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Juan Carlos Tafur

En enero del año pasado, un superior del Departamento de Rescate 1 de la División de Escuadrón de Emergencia en el distrito de La Victoria en Lima llevó a uno de los suboficiales a su cargo hasta los dormitorios de dicha dependencia. Luego de retirarse y dejar al suboficial en uno de los cuartos, un grupo de aproximadamente 10 suboficiales —incluyendo un compañero de promoción del suboficial en mención— ingreso al dormitorio gritando en unisonó que lo iban a violar. Con toallas, frazadas, una tabla y mediante golpes, forcejeos y cogoteos redujeron a su compañero y procedieron a ultrajarlo. Antes de finalmente librarse y huir de aquella habitación, el suboficial pudo notar que los perpetradores habían grabado el ataque con un celular. 

Desde que se dio a conocer este abominable acto mediante un reportaje dominical, diversas autoridades políticas, del sector Interior y de la Policía Nacional del Perú han denunciado el hecho, pero solo se han referido al mismo como “un exceso más grave” o “practicas absurdas” (ver comentarios de congresista Alfredo Azurin), “una inconducta” (ver comentarios de Cluber Aliaga, exministro del Interior) y “una tradición policial” (según uno de los perpetradores en un audio que logro grabar el suboficial luego del ataque). 

En el país donde se nos hace imposible llamar las cosas por su nombre, los delitos más execrables se convierten en “excesos” e “inconductas” y, si se cometen con un uniforme, los eufemismos se vuelven más leves aún. 

Este atroz incidente no es una simple «tradición» o «inconducta», sino un crimen grave que revela problemas sistémicos profundos en la cultura institucional de la Policía Nacional del Perú. La violencia sexual, el abuso de poder y la violación de derechos humanos no pueden ser tolerados bajo ninguna circunstancia, menos aún dentro de una institución encargada de proteger a la ciudadanía. Es imperativo que las autoridades tomen medidas contundentes: una investigación exhaustiva e independiente, el procesamiento penal de todos los involucrados, protección integral para la víctima, y una reforma profunda de las prácticas y cultura policial. Solo a través de acciones decididas y transparentes se podrá comenzar a restaurar la confianza pública en una institución tan fundamental —pero también hay que decirlo también, tan venida a menos— para la sociedad. 

 

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