Opinión

[La columna deca(n)dente] En los últimos años, ha ganado fuerza un discurso que promueve la reducción del Estado, argumentando que este es ineficiente y que su intervención limita el desarrollo individual y económico. Sin embargo, detrás de esta retórica anti-Estado, muchas veces se esconde un interés particular: el deseo de ciertos grupos de interés de operar sin regulaciones que frenen su ambición, su influencia y sus ganancias.

Este fenómeno no es nuevo, pero su impacto es cada vez más evidente. En el país, congresistas han impulsado normas que debilitan la capacidad del Estado para fiscalizar y sancionar, bajo la premisa de que la empresa privada es siempre más eficiente, También han propuesto normas, por ejemplo, para que las inspecciones a centros comerciales se realicen cada 10 años, como el proyecto de ley formulado por Maricarmen Alva y Adriana Tudela.

Sin embargo, la realidad ha demostrado que esta falta de control tiene consecuencias devastadoras. Por ejemplo, la tragedia en Trujillo, donde el colapso de un centro comercial dejó seis personas muertas y más de setenta heridas, evidencia lo que ocurre cuando se prioriza la desregulación sobre la seguridad pública. La erosión de los organismos reguladores, en nombre de la «libertad económica», ha permitido que se construyan infraestructuras inseguras, poniendo en riesgo la vida de las personas.

Hemos llegado a esta situación debido a la complicidad de quienes legislan. Muchos congresistas, influenciados por intereses privados, han promovido leyes que reducen la capacidad del Estado para fiscalizar y sancionar. Estas leyes, presentadas como medidas para «simplificar trámites» o «atraer inversiones», terminan siendo un bumerán para la sociedad. Al debilitar los organismos reguladores, se crea un vacío de poder que es aprovechado por aquellos que buscan operar sin rendir cuentas. El resultado es un Estado que no solo pierde su capacidad de proteger a los ciudadanos, sino que también se vuelve cómplice de las injusticias.

La narrativa de que el Estado es siempre ineficiente y la empresa privada siempre virtuosa ha calado hondo, pero es una simplificación peligrosa. Si bien es cierto que el Estado puede ser burocrático y lento, su papel como regulador y garante del bien común es insustituible. La desregulación no es sinónimo de progreso; en muchos casos, es la puerta de entrada a la impunidad y la desigualdad.

En este contexto, es urgente repensar el rol del Estado. No se trata de defender un aparato estatal obeso y autoritario, sino de garantizar que este cumpla su función esencial: proteger a los ciudadanos y asegurar que las reglas del juego sean respetadas por todos. Para ello, es necesario que los congresistas prioricen el interés público sobre los intereses privados, aunque hoy suene utópico, y que fortalezcan, en lugar de debilitar, las instituciones encargadas de la fiscalización. Solo así podremos evitar que más tragedias, como la de Trujillo, se repitan. El Estado no es perfecto, pero su desmantelamiento no es la solución; es, más bien, el problema.

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[Música Maestro] Cuando se le sugiere, en un comentario o pregunta, que las letras de sus canciones son irónicas, la respuesta de Leo Maslíah es cortante: “no ironizo con nada”. Un poco antes, durante el mismo intercambio de correos, Leo Maslíah se dedicó más tiempo a puntualizar, desde inconsistencias o imprecisiones de mis preguntas hasta errores involuntarios de tipeo que a ofrecer una respuesta concreta, casi como para desanimarme a seguir, como en aquella entrevista publicada en la revista argentina de literatura Cuadernos del Tábano, del 2008 (pp. 33-37). Busqué la entrevista voluntariamente, escribiéndole a la direcciónconsignada en su página web www.leomasliah.com con entusiasmo e interés genuinos, pues se trata de uno de los artistas que más me impactaron en mi etapa adulta.

Lamentablemente, fui aplazando la nota sobre él y, en ese camino, pasó casi un año. Cuando tomé contacto de nuevo a través de un mensaje, la explosión de incomodidad de sus palabras fue, por decir lo menos, desmesurada. En apariencia, Leo Maslíah es un artista intolerante a las entrevistas de quienes queremos saber más de él, conocerlo -ya me lo imagino respondiendo, por escrito, algo así como que no es “en apariencia” sino que “es” o que yo debería decir “me parece a mí que…” O que no es un “artista intolerante” sino una “persona intolerante”… O repreguntar, impaciente: “¿intolerante? Eso depende de cuál sea tu definición de intolerante…” A estas alturas, varios de ustedes deben estarse preguntando ¿y quién es Leo Maslíah?”

Leo Maslíah es un músico. Pero es también un escritor. Es un pianista fuera de serie, un virtuoso guitarrista y compositor de piezas sinfónicas e instrumentales en diversos estilos y registros. Pero también es, aunque él lo niegue, un afilado e inteligente humorista, capaz de ridiculizar con sus (no intencionales) ironías, asuntos tan de moda como el reggaetóncriticándolo mientras toca Eco, el octavo movimiento de la Obertura francesa (1735) de Johann Sebastian Bach– o la autoayuda –“los libros de autoayuda son de autoayuda pero solo para el autor, para que él gane guita– así como tópicos más, digamos, tradicionales, como el esnobismo de la alta sociedad, representado en la historia ficticia de Álex Estragón, un pianista mundialmente famosoa quien le piden con insistencia, en reunión casera, que “toque algo”para así tener oportunidad única de escucharlo gratis pero, al cabo de varias horas de interminables melodías clásicas y ejercicios, los asistentes a la reunión lo sacan a empujones de la casa y hasta acusándolo de egoísta, narcisista e irrespetuoso (El precio de la fama, Textualmente 2, 2002).

Obsesionado con los juegos de palabras y con encontrar múltiples maneras de ordenarlas para redondear una idea, Leo Maslíah tiene un particular talento, podríamos decir que único, para dar vuelta lingüísticamente a las situaciones más comunes y cotidianas -botar la basura, salir de viaje, asistir a un concierto-, con un sorprendente dominio del razonamiento (i)lógico, la argumentación que busca exacerbar las contradicciones -casi un marxista, me atrevo a pensar, aunque no me atrevería a decírselo personalmente- de un tema, una emoción, un hecho histórico o noticioso, real o (re)creado por él.

Los pleonasmos, la asociación/oposición de ideas, cruces de estilos y referencias culturales -algunas de ellas imposibles de imaginar- todo forma parte de un continuum narrativo y musical que hacen de su obra un hecho sin precedentes en la música popular contemporánea de Latinoamérica, junto al conjunto argentino de instrumentos informales Les Luthiers, con quienes se le ha comparado en más de una ocasión, solo para motivarle profundas respuestas en las que establece las diferencias entre lo suyo y lo de los geniales creadores del universo ficticio de Johan Sebastian Mastropiero, aunque sí reconoce que escucharlos fue crucial en su desarrollo musical.

Sus generales de ley están más o menos disponibles, como casi todo, en internet. Leo Maslíah nació en Montevideo, Uruguay, en 1954.Tiene más de sesenta álbumes grabados y más de cuarenta libros escritos, aunque no todos publicados. Hace recitales a casa llena en centros culturales, universidades y festivales literarios. Toca solo o acompañado, a veces de un solo músico, a veces de un conjunto u orquesta. Entre sus canciones hay pop, jazz, folklore, distintos estilos de música clásica o académica, instrumentos acústicos, orquestas y/o bases electrónicas.

Leo Maslíah es de ascendencia turca -sus padres nacieron en Esmirna, la ciudad que alberga al segundo puerto más importante de Turquía después de Estambul- pero esto solo se refleja en su apellido. En sus canciones, por lo menos en las que he tenido la suerte de apreciar, no hay un solo atisbo de sus genes sefardíes. Lo que hay es una irrestricta vocación por la disonancia, la combinación de géneros e intenciones y una manía por repetir sus propias fórmulas que, al ser buenas, nunca llegan a cansar a quien logre superar el primer impacto que suele ser, por decir lo menos, algo confuso. “Su capacidad de producción -parafraseando a Les Luthiers- es asombrosa, trabaja constantemente como si no pudiera dejar de componer. Y uno se pregunta ¿no podría dejar de componer?»

El prestigioso Auditorio Nacional Adela Reta, administrado por el Servicio Oficial de Difusión, Representaciones y Espectáculos, el Sodre, institución estatal de gestión de artes y cultura, bautizado en homenaje a una de las gestoras culturales y maestras más importantes de la historia reciente de Uruguay, Adela Reta (1921-2001) -quien fuera ministra de Educación durante el primer periodo de uno de loslíderes históricos del Partido Colorado, Julio María Sanguinetti- ha sido escenario de muchos recitales de este artista. Una de sus últimas apariciones en el Sodre fue en diciembre pasado, para ofrecer un concierto pianístico que incluyó obras propias y de otros importantes compositores, pianistas y educadores uruguayos de música instrumental contemporánea como Carmen Barradas (1888-1963), Felisberto Hernández (1902-1964) y Héctor Tosar (1923-2002).

Barradas, Tosar, Hernández, Maslíah. Apellidos desconocidos, por supuesto, para el oyente convencional. Incluso para quienes son medianamente expertos en la historia contemporánea de la música latinoamericana, popular y/o académica. Si pensamos en música pop, esa de la que escuchamos siempre en las radios, los únicos uruguayos notables son Los Iracundos y, en un segundo nivel -ya casi de experto- podemos pensar en los beatlescos Los Shakers de los hermanos Osvaldo y Hugo Fattoruso, con quienes Leo Maslíah ha tocado en más de una ocasión, sobre todo con Hugo, pianista como él.

Si miramos la escena trovadoresca, allí están Daniel Viglietti (1939-2017), el recordado cantautor y musicalizador de poetas como Mario Benedetti, Nicolás Guillén y nuestro César Vallejo, uno de sus referentes, el gran Alfredo Zitarrosa (1936-1989) y, para los más jóvenes, a mitad de camino entre Pedro Guerra (España) y Fito Páez (Argentina), se cuela el multipremiado cantautor Jorge Drexler. Y en cuanto a los seguidores del pop-rock (no tan) comercial en español, hablarles de Uruguay es hablarles de El Cuarteto de Nos -banda guitarrera existente desde 1978- o los noventeros La Vela Puerca y No Te Va Gustar. Para los oyentes más eclécticos, las figuras de loslegendarios Eduardo Mateo y Rubén “El Negro” Rada sonindispensables para entender la música popular uruguaya de origen africano, el candombe, y su evolución hacia ritmos más globales.

Pero el polifacético Leo Maslíah no aparece en esos radares, ni por asomo. Ni siquiera cuando uno escribe en la barra de búsqueda de Google algo tan genérico como “músicos conocidos uruguayos”. El amplio repertorio de Leo Maslíah permanece como un asunto de culto, oculto para el mainstream pero conocido y admirado por una enorme minoría de seguidores en varios países de América Latina. En lo que a mí respecta, conocí la música de Leo Maslíah por una absoluta casualidad.

Hace varios años, a inicios de los dos miles, mientras hacía despreocupado zapping, me crucé en un canal de cable con fragmentos de uno de sus recitales. En un teatro grande repleto de gente, vi a un señor de mediana edad, parado delante de lo que parecía ser un sencillo piano eléctrico, de esos que utilizan los conjuntos que uno contrata para interpretar canciones de misa.

Vestido de forma muy sencilla, con gruesos anteojos para miopes, una calvicie incipiente y denso mostacho entrecano que me hizo recordar al actor y humorista Groucho Marx –una asociación que también le irrita mucho, por cierto- y a esos lentes de utilería que vienen connariz y bigote incorporados, el artista aun desconocido para mí, con los labios muy pegados al micrófono, cantaba en voz baja una serie de frases obsesivas mientras tocaba arpegios complicados que iban aumentando gradualmente de velocidad y que me sonaron, en ese momento, a una balada de música clásica en tiempo de vals. Se tratabade Corriente alterna, uno de los temas más apreciados entre quienes conocen su vasta producción. Luego siguieron una o dos canciones más y varios monólogos, hilarantes, envolventes e impredecibles, como sus alucinados Horóscopos.

Para ese tiempo yo era bastante fanático de artistas contraculturales y emparentados con el humor negro e intelectual como Les Luthiers, The Residents o Frank Zappa (1940-1993). También había escuchado a íconos del stand-up de comedia y/o denuncia como George Carlin (1937-2008) o Enrique Pinti (1939-2022). Pero jamás a Leo Maslíah. Y me pareció genial. Años después, con toda la facilidad que ofrece internet, logré conocer otras canciones y espectáculos suyos, cada unomás desafiante que el anterior. Por ahí hay un video en el que Leo Maslíah se auto entrevista, como hiciera aquí también un impresentable congresista cusqueño se llama Autorreportaje (2016)-que es, a la vez, divertidamente absurdo y psiquiátricamente revelador.

Sus composiciones no son fáciles de escuchar y, por momentos, pueden llegar a ser extremadamente tensas y hasta exasperantes, pero siempre terminan generando sanas y sonoras carcajadas en su público y la satisfacción de estar frente a un artista que no huye de la confrontación -consigo mismo, con los demás, con las convenciones sociales, con la ligereza en todas sus formassino que más bien la promueve, en un constante uso del pensamiento crítico y de loslenguajes -musical, hablado, audiovisual, gráfico, escrito– como armasy vehículos de expresión libre y furiosamente independiente.

Para escuchar a Leo Maslíah uno requiere de mucho silencio -para no perderse cada giro estrambótico, cada frase/fraseo genial- y tiempo, dos cosas que hoy escasean. Y da gusto que, al margen de las tendencias populares o masivas, se haya mantenido vivo, prolífico y vigente, y no solo con sus publicaciones musicales y literarias, sino que utiliza profusamente medios interactivos (redes, internet), para regalarle al universo su inagotable creatividad. De hecho, en su perfil de Instagram cuenta con más de 60 mil seguidores que, casi a diario, se enteran de sus actividades, a través de reels, fotografías y anuncios de todo tipo, además de compartir inteligentes bromas en formato de cómic, fotos/videos generados con IA e ilustraciones en las que se ocupa de diversos temas.

Por ejemplo, el pasado 14 de febrero, Día del Amor y de la Amistad, publicó una canción llamada Samba lentín -que, como aclara el mismo autor, es del año pasado, en ritmo de bossa nova. Para quienes “amamos a Mastropiero” -Marcos Mundstock (1942-2020) dixít-, quedan clarísimos los diversos niveles de humor de la pieza. Contrapone, por un lado, la rapidez asociada a la samba versus el neologismo “lentín” que alude al ritmo pausado, lento, del género brasileño internacionalizado por João Gilberto (1931-2019) y Antonio Carlos Jobim (1927-1994); por otro lado, transforma “San Valentín” en otra cosa, “Samba lentín”, de grafías y significados diferentes. Y la cereza del pastel, la letra: “Hoy tengo que cantar un samba lentín (sic), así lo pide el calendario como un tonto pasquín, porque las cosas ya nunca más valen por lo que son sino por la fecha que las trae a colación”.

En esta pequeña viñeta, Maslíah realiza al piano un círculo armónico complejo, disonante, opuesto a la placidez natural de los acordes de la romántica bossa nova, que comienza en Mi mayor con sexta añadida(E6) y termina en Mi dominante con trecena (E13) pasando por una combinación de variaciones de notas mayores sostenidas –Fa mayor con novena añadida (F9), Do sostenido mayor aumentado (C#+), Fa sostenido mayor con séptima disminuida (F#-7), Sol sostenido con séptima de dominante y novena menor (G#7b9), son solo algunas-; mientras canta, con su voz apagada, aburrida, siguiendo una melodía más convencional. Y lo hace “mirando” directamente a la cámara, con los ojos cubiertos por dos gráficos, como GIF, de corazoncitos rojos latiendo. Todo en menos de dos minutos.

Así es todo en la discografía de Leo Maslíah. Desde su primer álbum oficial, Cansiones barias (1980, nótese la ortografía deliberadamente errónea), en que se le escucha más tocando la guitarra acústica -como en este video de 1984 de otro de sus ¿éxitos?, Agua podrida (LP Falta un vidrio, 1981)-, la transgresión musical y lírica del uruguayo se muestra en plenitud y madurez absoluta. Su debut, según él mismo cuenta, había sido seis años atrás, en 1974, interpretando un concierto del germano-británico G. F. Haendel en un festival organizado por elya mencionado Sodre.

Posteriormente, comenzó a publicar discos, hacer apariciones en televisión, principalmente en Uruguay y Argentina, y dar conciertos en varios países de la región, entre ellos el nuestro. Leo Maslíah pisó por primera vez tierras peruanas para una de las ediciones de larecordada Semana de Integración Cultural LatinoamericanaSICLA, festival organizado entre 1986 y 1989 por el primer gobierno aprista. En el 2007 fue su última presentación en Lima. Entre los discos de su primera década, entre 1980 y 1989, destacan además del mencionado Cansiones barias, Desconfíe del prójimo (1985), el LP Leo Maslíah y Jorge Cumbo en dúplex (1987), Punc (1985) y el disco de temas infantiles El tortelín y el canelón ¿Canciones para chicos? (1989), a dúo con el músico argentino Héctor Pichi de Benedictis.

En este último aparece una obra suya que llegó a otros públicos, en la versión que le hiciera Attaque 77 para su séptimo disco, Otras canciones (1998). La conocida banda argentina de punk incluyó en este disco de covers Cinco estrellas. Maslíah, sin embargo, me aclaró que el título correcto es simplemente Estrellas. El astro de la MPB y el jazz brasileño Milton Nascimento grabó, por su parte, Biromes y servilletas, otra de las composiciones ochenteras de Maslíah, en su trigésimo álbum Nascimento (1997), ganador del Premio Grammy a Mejor Álbum de World Music. Por si acaso, “birome” es un vocablo de amplio uso en Argentina, Paraguay y Uruguay, sinónimo de “lapicero”. La canción, considerada un clásico moderno de la música uruguaya, es un homenaje a los poetas anónimos de su país. Andrés Calamaro, icono del rock gaucho, también ha versionado este tema en su disco Romaphonic sessions con Germán Wiedemer-Grabaciones encontradas, Vol. 3 (2016).

Leo Maslíah ha lanzado tantos discos que es imposible conocerlos todos, a menos que se trate de sus seguidores más obsesivos y completistas. Pero si quieren tener un resumen de su voluminosa obra y de su personaje, recomiendo con mucho entusiasmo -el mismo que me llevó a contactarme con el autor- los discos Textualmente, lanzados en 2001, 2002 y 2004, con varias de sus canciones y sus desopilantes monólogos. Por supuesto que hay mucha más música de Leo Maslíah antes y después de este tríptico. De las producciones musicales que ha lanzado en lo que va del siglo XXI disfruté muchísimo Jazz (2020), Árboles (2005), Música no alineada (2013) y el concierto 40 años (2018), en el Teatro Solís de Montevideo, Uruguay, con un grupo en el que participa su única hija, Paula, en los coros. La música (o)culta de Leo Maslíah está disponible para quien desee adentrarse en su profundo y controlado caos.

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La importancia de Enrique Prochazka en el panorama del cuento peruano de las últimas décadas es indiscutible. El año pasado apareció en Campo Letrado una edición de sus cuentos completos, lo que permite ahora, casi treinta años después de la publicación de Un único desierto (1997), su primer libro de relatos, hacer una lectura más comprensiva de un conjunto narrativo singular y sugerente.

Los lectores de Un único desierto (el comienzo de esta historia) ponderaron no solamente el hecho de que algunos relatos como “Cáucaso” abrieran nuevas posibilidades a un realismo que parecía exhausto, aun tratándose de una pieza que no ocultaba cierta filiación ribeyriana así como un impecable manejo de la oralidad popular y el intertexto mítico, pensando en una especie de Prometeo del arenal marginal limeño.

Ese mismo libro era un territorio compartido por otros registros, por ejemplo, cierto eco borgiano que, lejos de la imitación o del epígono, resulta una apropiación creativa e inteligente. Del mismo modo, la ciencia ficción y el fantástico ocupan un espacio significativo en un libro que, para ser el primero, cometía la audacia de mostrar a un autor versátil, capaz de moverse en varios frentes y que derrotaba, por fin, la tiranía del libro unitario. En todo caso, si alguna unidad tiene Un único desierto es, paradójicamente, su diversidad, su insistencia en lo disímil, en una cuentística que se asume múltiple.

Lo advierte Andrea Ortiz de Zevallos en “La máquina de alumbrar universos”: “Lo que da unidad a su obra es su voz, que tiene particularidades que la hacen única, profunda y maravillosamente entretenida”. Una voz, añadiría, que tiene la capacidad de encarnar una amplia tesitura de estilos, así como un variado catálogo de temas.

Hay en Prochazka cosas que delatan a un escritor que no rehúye riesgos y transparenta su deseo de construir un universo personal. La insistencia en la especulación, en un auténtico talante especulativo (“2984”), el trasfondo filosófico (“Acero”), en un lenguaje a veces muy cercano a la poesía, son una muestra de ello. No se puede hablar de Prochazka en términos definitivos, porque en todas las vertientes que practica, más allá de seguir un rumbo convencional, prefiere sorprender al lector.

Entonces, que su obra cuentística esté disponible ahora en una edición pulcra, es una circunstancia feliz. Volver a las páginas de Un único desierto, Cuarenta sílabas, catorce palabras (2005), Ocho cuentos de tampoco y todavías(2021) y dos textos inéditos o poco conocidos (“Like a Rolling Stone” y “Smisek en la casa Miró”) es internarse en un inventario de cambios que han afectado para bien los derroteros del cuento en el Perú, en especial en vertientes que se han propuesto, como ocurre en muchos cuentos de Prochazka, no afincarse para siempre en lo mimético.

Todos los cuentos. Enrique Prochazka. Lima: Campo Letrado, 2024.

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[Tiempo de Millenials] Era 1996, Shakira vino a Perú bajo la gira “Pies Descalzos” y era su primer concierto en nuestro país, en la extinta Feria del Hogar. En ese año, ella no era una cantante tan conocida y menos para mí que apenas estaba entrando en la adolescencia. Sin embargo, había logrado “el permiso” y estaba en la feria del hogar, parada en la tribuna esperando que salga la tal Shakira para que yo pueda disfrutar el primer concierto de la vida. 

Recuerdo ese día como mágico con una mezcla de emociones como independencia, felicidad y canciones que de pronto amaba y me sentía identificada. A lo largo de los años, Shakira ha permanecido entre mis cantantes favoritos en todas las etapas de mi vida. Es decir, no es la cantante que me gustaba de niña, joven o adolescente si no que siempre ha sido la cantante que me gusta en el presente.  

Esta semana estuve en el concierto -que fue increíble de principio a fin- y además de sorprenderme con la producción, me sorprendió el abanico de asistentes ya que eran de todas las edades con el factor común de que estábamos disfrutando a todo pulmón. Mi favorita -sin duda- fue la de mamás compartiendo un momento único con sus hijas y cantando las mismas canciones, sin duda un “core memory”. 

Y es que, para todos – en especial para las mujeres – Shakira se ha convertido en un símbolo de sororidad, de apoyo, de respetar los códigos y de lo importante que es levantarnos en lugar de meternos cabe, en conclusión, de unión. Esto me dejó como reflexión que Shakira es una cantante que trasciende y es muy influyente.

¿Por qué es tan influyente Shakira? 

Porque ha logrado trascender fronteras culturales y musicales gracias a su talento, carisma y capacidad para conectar con un público global. Ha abierto las puertas a nuevas generaciones de artistas latinos y han contribuido a que la música latina sea reconocida como una de las más importantes del mundo. Pero por sobre todo es percibida como una persona honesta, genuina y carismática. Haberse permitido mostrarse vulnerable frente a un momento doloroso en su vida hizo que las personas podamos conectar con ella y sentirnos identificados volviéndola así en un referente.  

Finalmente, es percibida como una persona que se aleja del odio y, por el contrario, busca unir a través de mensajes y actitudes positivas y que importante es -sobre todo en esta época- tener referentes que construyan en lo positivo. 

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El Premier en la sombra, el ministro de Justicia, Eduardo Arana, sería el autor intelectual del plan que busca descabezar al Ministerio Público y el Poder Judicial, a través de una denuncia constitucional del ministro del Interior contra la fiscal Delia Espinoza y una acción celerísima dela Junta Nacional de Justicia contra la titular del PJ, Janet Tello.

El objetivo sería crear, a renglón seguido, sendas comisiones reorganizadoras de ambos poderes del Estado, tarea que, dicho sea de paso, debieron emprender tanto Espinoza como Tello, pero se dejaron llevar por el statu quo degradado que representan, lamentablemente, las instituciones que presiden.

El Ministerio Público es, claramente, la entidad más podrida, con procesos ineficientes si no corruptos en los casos más emblemáticos, teniendo como símbolo de esa degradación a la fiscal Marita Barreto, sobre quien ahora pesan serias suspicacias de enriquecimiento ilícito y sele investiga por ello.

Pero una cosa es emprender una reorganización orgánica, institucional, con participación de diversos poderes del Estado, con ciertos consensos y apoyo logístico, y, sobre todo, participación activa de las entidades involucradas,y otra cosa es meter un caballazo como el que se pretende al amparo de cierta coalición mafiosa que nos gobierna, en este caso con conocimiento de causa de la propia presidenta de la República, Dina Boluarte.

La independencia del Ministerio Público y del Poder Judicial es la piedra angular de una democracia auténtica. Son guardianes de la ley, llamados a velar por la justicia sin ataduras políticas ni presiones externas. En un sistema sin esta autonomía, el poder se convierte en un instrumento de control y opresión, al amparo de la corrupción y la arbitrariedad. Un Ministerio Público comprometido y un Poder Judicial libre son el antídoto contra el abuso y la impunidad, pilares que, al no ceder ante los intereses de turno, protegen la equidad y el derecho de los ciudadanos a una justicia imparcial. Es una lástima que sus propios gestores hayan faltado a estos preceptos, pero en el caso que mencionamos el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Si revisamos viejos periódicos de tan sólo cincuenta años atrás, las fotografías de presidentes rodeados de sus ministros nos mostraban un mundo totalmente masculino. Era en aquel entonces, lo natural. Veinte años antes, en Perú, las mujeres tampoco votábamos y era normal que las más pobres no supieran leer ni escribir. Todo ello estaba legislado o vetado en la norma para facilitarlo. Por esos mismos años, también era normal (estaba normado) que en el sur de Estados Unidos las personas afrodescendientes no compartieron los mismos espacios públicos con las personas blancas, incluidos buses, escuelas o la universidad.

Existe otra acepción de lo normal en una sociedad, ya noentendida como lo normado por escrito, con principios,reglas y leyes, sino como lo acostumbrado: una forma más “ejemplar” que siguen las personas, imitando y modelandosus hábitos, siguiendo las conductas aprobadas odesaprobadas por su sociedad. De esta normalización se suele hacer cargo la escuela, el gobierno, las religiones. También podemos ir más allá e imaginar la normalización como parte de nuestra condición animal vinculada a la supervivencia: sea donde estemos y como estemos, nuestra especie se tendrá que adaptar. Así, la normalización formaría parte del complejo proceso etológico o de comportamiento de la población estudiada por la Biología. Para las Ciencias Sociales, la normalización se produce cuando una sociedad o un gran sector de la población acepta o tolera actos violentos y los convierte en parte de la vida cotidiana. Buen ejemplo de ello fue cuando durante la guerra contra Sendero Luminoso, normalizamos la falta de luz eléctrica. La canción más popular de aquel entonces, llegó a ser una que hasta ahora canturreamos, “un elefante/ se balanceaba/ sobre una torre derrumbada… Frente a la amenaza del terrorismo senderista que buscaba mantenernos en la oscuridad para cometer sus abusos y ajusticiamientos, creció el mercado de velas, reemplazado después por los grupos electrógenos, necesarios también para la distribución del agua potable, los servicios sanitarios y muchos otros. Mientras tanto, Alan García imponía normas económicas que nos llevaron a la escasez de alimentos y a una inflación de mil por ciento anual. Con el Perú en quiebra, incapaz de pagar deudas internas y peor aún la externa, normalizamos la leche en polvo y las colas para conseguir alimentos, la emisión de billetes de corta duración con más y más ceros, los cúmulos de basura en las vías públicas y hasta tener un carnet del partido aprista. Naturalizamos vivir bajo toque de queda y soportamos la corrupción de los dólares MUC. Convivimos en las ciudades de la costa y más aún en Lima con cientos de miles de vendedores ambulantes y con pocos buses reventando de gente. Muchos se preguntan cómo conseguimos hacerlo. Simple y llanamente, se normalizó.

Se tornó natural enterarnos de las matanzas que los gobiernos y Sendero Luminoso cometían; fue común tener un amigo o familiar desaparecido y vivir con el vidrio de las ventanas protegido por cintas adhesivas para disminuir el impacto de las explosiones. Normalizamos nuestra convivencia con Vladimiro Montesinos y el Congreso Constituyente. Con los comedores populares y las combis. Con visionar en la televisión al presidente del país después de su divorcio, habitando con sus hijos el Cuartel General del Ejército.

La peor consecuencia de vivir bajo amenaza, sea de guerra, de alimentación, de vivienda, de odio, de corrupción es que tarde o muy temprano lo normalizaremos. Ahora el mundo se encuentra bajo grandes amenazas desatadas por Donald Trump y su gobierno en Estados Unidos. Amenaza con anexarse los territorios poblados o no que le convengan para susfuentes de energía. Ha arranchado del subempleo a los latinos y nos ha lanzado detrás de un muro. Y ha desnormalizado (en los dos sentidos del término) las políticas para reducir las brechas que separan a las minorías por género y raza.

Dicen las encuestas que la mitad de su país celebra sus decretos y normas amenazantes y es que gracias a ellas es que finalmente se puede visibilizar la ansiada normalidadcon la que siempre se aplaud el invasionismo, se grita el racismo, se criminaliza a los latinos y se condena la homosexualidad. Una mitad que en sintonía con la Biología, está lista para adaptarse y defender a su especie, y que siente, como todo animal, que ha de estar con el más fuerte.

[La columna deca(n)dente] El sábado pasado, los estudiantes del octavo ciclo de Artes Escénicas de la PUCP culminaron una breve temporada de «Incendios», la obra de Wajdi Mouawad, con una soberbia y conmovedora puesta en escena. Incendios es un poderoso testimonio sobre las consecuencias de la guerra y la importancia de la memoria y la búsqueda de la verdad. A través de la historia de Nawal y sus hijos, Jeanne y Simon, el texto explora cómo los conflictos armados no solo destruyen vidas, sino que también fracturan identidades y dejan cicatrices que atraviesan generaciones.

La trama comienza con un legado póstumo: Nawal, una mujer que huyó de un país en guerra, deja a sus hijos dos cartas que deben entregar a un padre que creían muerto y a un hermano del que nunca supieron. Este encargo desencadena un viaje físico, emocional y moral para Jeanne y Simon, quienes se ven obligados a adentrarse en un pasado marcado por la violencia, la traición y el sufrimiento. La pieza teatral plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es mejor dejar el pasado enterrado o es imperativo desenterrarlo, por doloroso que sea?

Mouawad no presenta soluciones sencillas. En cambio, muestra que la búsqueda de la verdad, aunque dolorosa, es esencial para sanar las heridas del pasado. Nawal, como personaje central, encarna esta lucha, pero también la resistencia y las cicatrices que deja la guerra. A través de su historia, la obra nos recuerda que la memoria no es solo un acto individual, sino colectivo. Los conflictos armados, internos o externos, no solo afectan a quienes las viven directamente; sus consecuencias se extienden a las generaciones futuras, que heredan el trauma y la responsabilidad de recordar.

Sin embargo, la memoria no es un acto pasivo. En Incendios, la verdad no se revela de manera fácil o lineal. Jeanne y Simon deben reconstruir la historia de su madre a partir de fragmentos, testimonios y documentos. Este proceso refleja la dificultad de acceder a la verdad en contextos de violencia y opresión, donde los registros históricos suelen ser incompletos o manipulados. La obra nos recuerda que la memoria es un acto de resistencia contra el olvido y la deshumanización que traen consigo los conflictos armados.

Pero la búsqueda de la verdad también tiene un costo emocional. Para Jeanne y Simon, descubrir el pasado de su madre significa enfrentarse a realidades que desafían su comprensión del mundo y de sí mismos. Mouawad nos confronta con otra pregunta crucial: ¿estamos preparados para asumir las consecuencias de conocer la verdad? El texto sugiere que, aunque el conocimiento puede ser doloroso, es preferible a vivir en la ignorancia. La verdad, por dura que sea, nos permite entender quiénes somos y de dónde venimos.

En un mundo donde las guerras siguen siendo una realidad, Incendios adquiere una relevancia particular. La obra nos recuerda que la memoria no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para evitar que los errores del pasado se repitan. Al recordar a las víctimas de los conflictos armados y al confrontar las verdades incómodas, honramos su legado y construimos un futuro más consciente y compasivo.

Por último, la poeta Wislawa Szymborska nos recuerda en “Fin y principio” que con el tiempo, la memoria de lo ocurrido se desvanece: «Aquellos que sabían / de qué iba aquí la cosa / tendrán que dejar su lugar / a los que saben poco. / Y menos que poco. / E incluso prácticamente nada”. En Incendios, la memoria es un acto de resistencia contra el olvido. Wajdi Mouawad nos muestra que, si no se confronta el pasado, las generaciones futuras perderán la comprensión de lo que ocurrió, perpetuando el ciclo de trauma y deshumanización.

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[El dedo en la llaga] El MVC, o Movimiento de Vida Cristiana, fundado en 1985 por Luis Fernando Figari y aprobado en 1994 como asociación internacional de fieles de derecho pontificio por el ahora extinto Pontificio Consejo para los Laicos. Desde septiembre de 2016 hasta su supresión en enero de 2025, el MVC dependió del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. De las asociaciones fundadas por Luis Fernando Figari, todas ellas suprimidas por la Santa Sede por falta de carisma fundacional, el MVC era la más numerosa, pues para pertenecer al MVC el único requisito era participar de sus actividades, repartidas en diferentes grupos asociados: Agrupaciones Marianas, Familia de Nazaret (para parejas de esposos), Betania (para mujeres adultas), Emaús (para varones adultos), Simeón y Ana (para personas de edad avanzada), iniciativas de acción social como Solidaridad en Marcha,  Pan para mi Hermano, Christ in the City, y otras asociaciones diversas.

Poco se ha sabido de abusos cometidos en el MVC, pues durante un tiempo, después de la publicación del libro reportaje “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz en octubre de 2015, se creyó que los abusos se restringían al Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica integrada por laicos consagrados y sacerdotes que vivían en comunidades pequeñas. Sin embargo, en febrero de 2016 me llegó el testimonio de un exmiembro del MVC, que detallaba abusos cometidos en su mayoría por emevecistas. La víctima no quería en ese momento perjudicar al MVC haciendo público su testimonio, no obstante los abusos sufridos. Pero dado que el MVC ha sido suprimido junto con el Sodalicio de Vida Cristiana, ese reparo carece actualmente de objeto. Se respeta el deseo de la víctima, proveniente de un estrato social de clase media baja, de permanecer anónima. Asimismo, para evitar que se la identifique, se han cambiado los nombres de la mayoría de las personas implicadas en esta historia. Los lugares mencionados son todos localidades ubicadas dentro de Lima metropolitana. 

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Tuve una gran excusa, en mi caso, para no adquirir el libro “Mitad monjes, mitad soldados”: la cuestión económica. Además —esto era lo más importante—, consideraba que lo “poco” revelado del libro en los medios me bastaba para iniciar y culminar un proceso de sanación interior. Pero casualmente lo vi en Lince en versión pirata y creo que también, por la vergüenza de verlo expuesto, lo adquirí. Mis disculpas a Pedro Salinas y a todos los implicados en la edición.

Todos los testimonios apuntan a lo mismo. Incluso el único testimonio positivo trata de un sistema que procuró el sometimiento, que atentó contra la libertad, hizo daño y perjudicó en el tiempo la vida de muchas personas, siendo las primeras víctimas los mismos miembros. Y aunque hubo diferencias respecto al MVC, ¿acaso no hubo también victimas allí?

En 1994, cuando yo 15 años de edad y ya tenía dos años de agrupado mariano, conocí en la Urbanización Apolo al P. Antonio Santarsiero, quien llegaría a ser obispo de Huacho, en ese entonces rector del seminario “Casa de San José”. Yo iba a rezar de vez en cuando a la capilla que tenían allí. Él conocía a Germán Doig. Conversamos varias veces, incluso me propuso crear una agrupación con los acólitos (menores que yo), además de ver lo de mi vocación religiosa, pues desde niño he tenido una inquietud religiosa, y no sabría decir si en ese entonces era por una cuestión intelectual, espiritual o quizá psicológica, ya que no he vivido con mi padre y siempre esperaba que regresara a casa.

En esa época yo iba al Centro Apostólico San Juan Apóstol en La Victoria. Emocionado por lo de formar una agrupación, se lo comenté a César Salazar y él, a su vez, a Humberto del Castillo, quien opinó que no era algo prudente. César me lo dijo y asumí que tenía que dejar las cosas tal como estaban. No volví a ir a la capilla. Antes busqué a JQ, quien hacía poco había dejado de ser mi animador, y le conté sobre el P. Santarsiero y lo de mi inquietud religiosa. Me dijo que yo era muy joven y que no me preocupara todavía.

Mi primer animador estuvo discerniendo tres años en una “casa” para ser consagrado emevecista o sodálite. Cabe mencionar que no era ni blanco, ni alto ni tenía plata. Mis referentes eran también Miguel Saravia, Santiago Garcés y Francisco Almonte, el primero por ser alguien cercano, el segundo por ser radical y el tercero, porque me parecía místico. Por lo mismo, yo quería ser consagrado del MVC, sin saber que en realidad las cosas no estaban definidas. Esperaba con ansias terminar la educación secundaria y empezar a discernir en aquellas “casas”.

En 1996, ya con 17 años le comunico a LFLL, mi animador en ese tiempo, que quería discernir. Se alegró, se lo comunicó supongo que a VP, quien quería que yo fuera sodálite, y fue éste último, no mi animador, quien me dijo que la instancia en el MVC para el tema de discernimiento era Miguel Saravia. Yo esperaba un cambio de grupo, no porque quisiera separarme de mis hermanos de agrupación, sino porque me parecía lo adecuado, pues ninguno más quería renunciar a ser casado, por decirlo de algún modo, y después ir a vivir a una de esas “casas”.

Empecé a conversar con Miguel. Al año siguiente ingresé al Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC) para ser profesor de religión. También empiezo a hacer apostolado, primero en la parroquia y luego en un barrio. Es allí donde me presentan a quien ahora es mi esposa. Pasados unos meses, nos hicimos enamorados. Yo lo veía como algo también querido por Dios, pues sólo conversaba con Miguel y me encontré con ella haciendo apostolado.

Sucedió que hubo en mi casa un problema grave y mi madre ya no pudo seguir ayudándome a pagar las pensiones del ISPEC, de modo que tuve que retirarme. José Pablo del Nogal, quien era entonces mi nuevo animador, iba a vender libros de la editorial Vida y Espiritualidad (VE) al ISPEC. Al enterarse de mi salida, habla con Alan Patroni, quien entonces era director del instituto, y éste ofrece ayudarme. Yo tenía buenas notas y también era delegado del salón, y creo que le caía bien a la Hna. Julia, directora de estudios del ISPEC. José Pablo del Nogal me avisa y me dice que regrese y vaya al ISPEC, Alan Patroni incluso era mi profesor. Al tercer día me llama la secretaria donde la Hna. Julia y ésta me reclama gritándome que por qué estaba allí si yo mismo había pedido mi retiro (pues fue a ella a quien le había contado del grave problema en mi casa) y además que quién se cree el sodali (así llamaba a los sodálites y José Pablo del Nogal usaba barba [aunque era sólo emevecista]), que aquí mando yo y ni siquiera el cardenal se puede meter. Sorprendido y triste, me retiré. Se lo conté a José Pablo y se molestó, así que volví otro día a hablar con el mismo Patroni. Él, con un poco de vergüenza o malestar, me dijo que no podía hacer nada y que las cosas dependían de la Hna. Julia. José Pablo le dijo a todos los de mi agrupación que yo era un quedado, que la monja me puso mala cara y que yo me fui. Esta fue la primera vez de muchas que él manifestó un prejuicio hacia mí.

Al poco tiempo me encuentro con el P. Santarsiero en la parroquia. Habían pasado tres años desde nuestra ultima conversación. Así que en la sacristía, después de Misa, nos pusimos a conversar y me da trabajo en el seminario. Tuve una fuerte experiencia de oración, pues el trato era que me presentara una hora antes para rezar. Le conté lo del ISPEC y también que tenía enamorada. Conversé mucho con él y otra vez me propuso lo del discernimiento. Yo no sabía qué decidir, qué hacer y se lo preguntaba a Dios. ¿Y el MVC? Porque yo creía que Él me había llamado al Movimiento. Y así pasaron los días y algunas semanas, hasta que decidí terminar con mi enamorada y luego conversar con mi animador José Pablo. Éste me dijo que el Padre me estaba manipulando, ofreciéndome cosas y que tú te tienes que quedar con nosotros, que Dios te ha llamado aquí, etcétera, etcétera. Así que el Padre era el malo de la película, e incluso le envié una carta perdonándolo por haberme manipulado.

José Pablo no se lo consultó a nadie, lo decidió en el momento en el que nos encontramos. El Padre fue prudente al decirme lo siguiente: “Si no es tu vocación, aquí lo vas a descubrir y el estudio te va a quedar. Si estudias bien, también podrías ir a Italia”. Incluso después de contarle de la grave situación de mi casa, hizo a un lado su propuesta inicial y me dijo con cierta pena y empatía: “Conozco al embajador… puedes viajar a Italia, trabajar y ayudar a tu familia”. A decir verdad, no le puse atención a esto, pues mi prioridad era saber dónde quería Dios que me quedara. Cuando el Padre me acompañó a mi casa para conversar con mi madre, no la encontramos. Ahora que recuerdo, en el MVC a mí jamás me preguntaron ni siquiera de refilón por mi familia.

De modo que dejé al Padre y seguí en el MVC. No regresé durante casi dos meses con mi chica y en aquel tiempo —antes de regresar con ella— las cosas siguieron igual: esperé a que me dijeran que converse con un sacerdote sodálite o algún consagrado, o que pasara a algún grupo de discernimiento, y nada. Regresé con ella y decidí formarme para el matrimonio. Así que busqué material para estudiarlo y a ella busqué involucrarla en el MVC, pero no se sentía a gusto, de modo que se dedicó a la parroquia. Ella me llevó algunas veces a la casa que las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta tienen en La Parada. Con Óscar Alvarado fui varias veces al Hospital del Niño.

Lo que encontré fueron los folletos que editó VE [Vida y Espiritualidad] con la Conferencia Episcopal Peruana. El de Luis Fernando Figari se agotó. Aún así lo pude leer, al igual que el de Pedro Morandé, y lo que fue para mí como el descubrimiento del fuego por el tema de la fenomenología (que me acompaña hasta el día de hoy pero ésa es otra historia) fue el folleto de Alfredo García Quesada. Por decirlo de alguna manera, consideraban las cosas desde la cúspide de la estructura humana sin considerar la afectividad y sus reacciones, así como la sensualidad y la necesaria y posible reorientación de estas dos esferas de las que también se compone el hombre. A pesar de mi esfuerzo, considerando todo lo que un emevecista normalmente hacía, no pude evitar las reacciones. Más aún cuando lo único que había aprendido o recibido respecto al tema se reducía a “la guerra contra la lujuria la ganan los cobardes, los que huyen”. No me excuso, pero también estaba el desconcierto y el voluntarismo, el no saber qué hacer, pues sí nos queríamos, hubo amor entre nosotros (yo y mi enamorada) en todas sus dimensiones. Rezar más, leer más, más ejercicio…. Después de más de un año, pasó lo que no quería.

Luego de aquella primera experiencia busqué a VP. Su comentario al verme y escucharme sobre lo sucedido fue: “Tranquilo, mis hermanos le dan duro”. Si bien yo le tenía respeto a aquella agrupación mayor, lo que me dijo no redujo para nada mi turbación y sentimiento de culpa. José Pablo del Nogal, cuando se enteró, me dijo: “¡Ah, ya te la cachaste!” Me puso un ultimátum. “Si vuelve a pasar, la dejas”. Miguel Saravia no estaba de acuerdo con esto último, pero me dijo algo aún más perturbador: “Tienes que entender que las relaciones sexuales entre los no casados es una especie de masturbación de a dos”.

Fue en el año 1999 cuando se creó el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación [bajo gestión del Sodalicio de Vida Cristiana]. Allí me encontraba, el mejor año de mi vida en cuánto al estudio, cuando José Pablo me planteó: “O la dejas, o te vas”. Para sorpresa de todos, me fui por primera vez de la agrupación. Pensé: “Otra vez no le voy a hacer caso”, creyendo también que iba a poder solo con un problema que no sabía como resolver. Y de repente ocurrió lo del embarazo.

A aquellos que me trataron con indiferencia o rencor, que me cerraron puertas y me juzgaron, empezando por mis hermanos de agrupación, que luego ante situaciones similares lograron evitar los embarazos, pues la prudencia tuvo forma de condones y pastillas, los seguí estimando y respetando.

Durante varios años pedí apoyo moral para casarme y se me decía que no. Muchas veces se me presentaba el siguiente dialogo con mi enamorada:

Ella: Tú me amas.

Yo: Yo te amo.

Ella: Y si me amas, ¿por qué no te casas conmigo?

Yo: Tú no entiendes….

Y se generaban los conflictos externos e internos.

Por ese entonces, el Centro Apostólico San Juan Apóstol alquiló después del año 2000 por segunda vez una casa en Balconcillo. Yo la cuidaba. Me lo permitió Roberto Gálvez, coordinador del Centro y el último animador de agrupación que tuve. Me instalé allí antes de la inauguración. La casa estaba sucia y ocupada con muebles viejos. En el último piso había un palomar. Aparte del polvo y del olor a excremento de palomas, creía yo que eran éstas las que hacían ruidos en la madrugada. Pero se trataba de una rata, que fue descubierta y matada por Homero Álvarez después de limpiar, pocos minutos después que Iván Torres me preguntara que cómo había pasado las noches y yo le hablara de los ruidos de las palomas en la madrugada. Algunas veces cortaron la luz eléctrica, una vez el agua y por varios días. Lo más incomodo fue cuando cambiaron la cerradura y no me avisaron, y estuve hasta muy tarde tratando de abrir la puerta para entrar a descansar.

En una oportunidad trajeron una botella de ácido muriático y la dejaron en el baño. Llegué en la noche y la vi, la cogí y pensé en matarme de una vez y acabar así con todo. Hacía tiempo que padecía de una depresión. Mi vida en ese tiempo era triste y no le veía salida. Me sentía mal, las culpas me pesaban demasiado, me creía un traidor, traidor al llamado que el Señor me había hecho y un fracasado. Ciro Beltrán, quien conversaba conmigo, me llegó a decir que yo padecía una especie de SIDA espiritual, porque mis defensas estaban bajas. Mis hermanos de agrupación me trataban mal, especialmente uno. El motivo era que yo ya tenía un hijo. Mi enamorada salió embarazada después de dos años de relación.

Tomé la botella de ácido y la abrí. Hacía poco Ciro Beltrán me había regalado un par de anteojos con lentes de resinas. Me acerqué al wáter y eché el ácido sobre los lentes. Al ver lo que ocurrió, me arrepentí de lo que pretendía hacer.

Por una discusión que tuvimos, Ciro ya percibía que yo estaba mal, y me envío a hablar con Santino Moreno. No sabía cómo contarle las cosas, pues yo mismo no consideraba la pena, la angustia, el dolor de años respecto también al Plan de Dios para mí. Y le conté de mi supuesta homosexualidad, enquistada por el temor de mi madre desde que tengo memoria y de la amenaza de mi novia, porque había salido embarazada otra vez y decía que iba a abortar, ya que no nos casábamos. Aun así, conversar con Santino me alejó de aquella idea del suicidio.

Al poco tiempo me fui, experimentando todo lo que implica haber participado durante años, añorando volver y lamentándome, pero quedarme en mi agrupación era ya insoportable para mí.

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[Música Maestro] “… y que conozca las palabras que jamás le voy a decir… y que no le importe mi ropa si total me voy a desvestir… para amarla, para amarla” es una de las líneas de ese ejercicio al piano clásico convertido en balada pop que escribiera Carlos Alberto García, el gran Charly, durante su época más pueril e inocente. Necesito se llama esta canción del álbum debut de Sui Generis, Vida (1972) y ofrece un brochazo de la primigenia genialidad del argentino, aquella libre del cinismo y los vicios de su posterior adultez. En esa viñeta que apenas supera los dos minutos de duración, el compositor se muestra vulnerable y anhelante de cariño, un joven rebelde, idealista, esmirriado y pelilargo capaz de abandonar todo por alguien “que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo”.

Esa clase de sensibilidad era moneda corriente en los artistas de antaño. En plena era del rock más efervescente, combativo y contracultural, había también jóvenes músicos capaces de escribir cosas como estas: “… todo el día lo paso usando una máscara de falsa valentía… tratando de que una sonrisa oculte mis lágrimas… pero cuando cae el sol tengo ese vacío de nuevo… cómo ruego a Dios que estés aquí…” Esos versos doloridos pertenecen a un exitazo radial de 1977. Es parte de una de las estrofas de Baby come back, primer y único single de otro álbum debut, el del cuarteto angloamericano Player. La canción, que hasta ahora forma parte de las programaciones de radios dedicadas al pop-rock en inglés, fue escrita a cuatro manos por los guitarristas y vocalistas Peter Beckett y J. C. Crowley, ambos de 30 años en ese momento.

Estos dos ejemplos de baladas llegaron a mi mente cuando pensaba en qué canciones deben haberse compartido o regalado entre muchachos y muchachas ayer, 14 de febrero, en el manoseado e hipersexualizado “Día del Amor y la Amistad”. Por supuesto, si no fueron las majaderías de algún reggaetonero o reggaetonera, probablemente hayan sido entonces las banales confesiones de Taylor Swift o afines, acerca de relaciones pasajeras y/o tóxicas. La crisis de la música popular contemporánea -que revisamos a detalle la semana pasada con relación a la fallida edición 67 de los Premios Grammy– también se expresa y de maneras extremadamente groseras, por cierto, en los géneros y subgéneros que usan el amor como insumo principal para sus letras.

Los Beatles -y, en especial, Paul McCartney- fueron excepcionales creadores de canciones de amor. Michelle (Rubber soul, 1965), Two of us (Let it be, 1970), All my loving (With The Beatles, 1963) o Here, there and everywhere (Revolver, 1966) son solo algunos ejemplos -aunque John Lennon y George Harrison también tienen las suyas, como I’ll be back (A hard day’s night, 1964) y Don’t let me down(single de 1969) en el primer caso, o Something (Abbey road, 1969) yI need you (Help!, 1965), en el segundo.

Mientras tanto sus eternos rivales, los Rolling Stones, tuvieron siempre un acercamiento oblicuo al tema del amor, para no perder su fama de “chicos malos”, aun cuando el dúo de Mick Jagger y Keith Richards sí mostró de vez en cuando su vocación sentimental, sin perder el filo, en temas como Memory motel (Black and blue, 1976), She’s a rainbow (Their satanic majesties request, 1967) o la ultra conocida Angie (Goat head soup, 1973).

En cuanto a las baladas en español, cuyo máximo florecimiento se produjo en un periodo de tiempo de casi cuarenta años, desde mediados de los sesenta hasta la primera década del siglo XXI, tuvieron como fuente inmediata de información a los grandes letristas del bolero -César Portillo de la Luz, Agustín Lara, Armando Manzanero y tantos otros- quienes, a su vez, se nutrieron de la poesía del Siglo de Oro español y terminaron extendiendo sus odas al lirismo y el melodrama con versos que hablaban de todas las situaciones románticas posibles.

Así, plumas como las de los españoles Juan Carlos Calderón, Manuel Alejandro o Rafael Pérez Botija impusieron ese estilo que combinaba frases profundas y emotivas con instrumentaciones grandiosas, capaces de conmover hasta al alma más fría e insensible.

El universo de baladistas que se formó en Hispanoamérica es extremadamente amplio, un conglomerado de hombres y mujeres de todas las nacionalidades de la región, quienes dejaron una huella imborrable en el imaginario colectivo de varias generaciones. Desde cantautores como José Luis Perales, Leo Dan, Julio Iglesias o Camilo Sesto hasta intérpretes como José José, Dyango, Nino Bravo, Emmanuel, José Luis Rodríguez “El Puma” o Raphael.

Entre las intérpretes más famosas podemos mencionar, por ejemplo, a las españolas Paloma San Basilio, Rocío Dúrcal, Rocío Jurado e Isabel Pantoja, el trío mexicano Pandora -canciones como Solo él y yo (LP Otra vez, 1986) y Cómo te va mi amor (LP Pandora, 1985) son verdaderos clásicos de los ochenta- o la chilena Myriam Hernández, una de las últimas cultoras serias de la canción romántica.

Pero hay toda una segunda y tercera línea de nombres que, a pesar de ser también muy famosos y haber grabado canciones que ninguna persona que haya crecido en esos años podría no reconocer, solo tienen presente los fieles radioescuchas de programas locales como La Hora del Lonchecito (La Inolvidable) o La música de tu vida (Felicidad): Mari Trini, Yuri, Lorenzo Santamaría, Sergio Faccheli, Lupita D’Alessio, Mirla Castellanos, Jorge Rigó, Carlos Mata, Basilio, Valeria Lynch, Amanda Miguel, Nelson Ned. Son tantos que no acabaríamos nunca.

La última gran generación de baladistas en español la podríamos trazar a partir de los años ochenta, con músicos como Franco de Vita o Ricardo Montaner que aun enarbolaban la bandera de la canción romántica. Todo eso funcionó más o menos bien hasta que la popularidad del rock en español -principalmente desde Argentina y España- y el pop adolescente desde México comenzaron a modificar los gustos de la juventud. Aun así, la aparición de discos de intérpretes nuevos como por ejemplo Luis Miguel, Cristian Castro, Alejandro Sanz, etc., se convirtieron en un vaso comunicante con aquel pasado dorado de la balada romántica en español, aunque ya con una vocación más abierta al cruce de estilos e intenciones para no aburrir ni alejarse de sus públicos objetivos.

Ejemplos típicos de ello son los CD de Ricky Martin A medio vivir(1995) y Vuelve (1998) que presentaban una combinación de composiciones sentimentales con esos temas fiesteros y super rentables, una tónica que siguieron otros astros del naciente latin-pop como Chayanne o Shakira. En cuanto a la mezcla de baladas con un sonido ligeramente más afilado o experimental podemos considerar las producciones noventeras del español Miguel Bosé -cuya carrera se había iniciado a mediados de los setenta, cuando la figura del “baladista” ya estaba plenamente consolidada- en las que intercalaba melodías suaves con influencias del pop-rock y la música electrónica.

En paralelo, tres géneros aportaron nuevas ideas de romanticismo, alternativas al bolero y la balada. Por un lado, la trova principalmente de Cuba, Argentina y España -y, en menor medida, en Chile y México, que comenzó a desarrollarse, en algunos casos, en circuitos subterráneos como universidades, clubes de lectura, movimientos políticos y sociales; ajenos a los estilos más difundidos en radio y televisión, se diferenció con versos extremadamente inspirados y poéticos, entrelazando la intensidad apasionada del enamoramiento con la reflexión filosófica y la identificación con luchas reivindicativas. Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Fernando Ubiergo, son los nombres que representan mejor esta arista del romanticismo musical en español.

Por su parte, el rock en español y la salsa también tuvieron una serie de logros artísticos en el terreno amoroso. En el primer caso, los vínculos se daban con la trova –el influjo de rockeros poetas anglosajones como Bob Dylan, Tom Waits o Leonard Cohen tuvo mucho que ver en eso. Por otro lado, canciones como Cada vez que digo adiós (Enanitos Verdes, ídem, 1986), Temblando (Hombres G, Estamos locos… ¿o qué?, 1987), Me cuesta tanto olvidarte (Mecano, Entre el cielo y el suelo, 1986) o Trátame suavemente (Soda Stereo, ídem, 1984) son claras muestras de baladas firmadas por conjuntos pop-rock.

Santa Lucía (Miguel Ríos, Rocanrol bumerang, 1980) es el símbolo máximo de la balada rock en nuestro idioma. “Dame una cita, vamos al parque, entra en mi vida sin anunciarte” debe ser una de las líneas más repetidas por los adolescentes ochenteros.

En nuestro país, aunque los fenómenos de la nueva ola y el bolero cantinero produjeron infinidad de temas románticos, de amor y despecho, de ilusión y venganzas, en comparación hubo un limitado desarrollo de baladistas con cierto alcance nacional y regional, pero en general sin mayores posibilidades de proyectarse internacionalmente. Lo mismo ocurrió con el boom del pop-rock comercial, con canciones como Te necesito (Beto Danelli, LP De lado a lado, 1987), Todo estaba bien (Río, Dónde vamos a parar, 1988) o No sé nada de ti(Dudó, ídem, 1988) que sonaron ampliamente en radios nativas y que, a la distancia, ya no suenan tan mal.

En el caso de la escena afrolatina-caribeña-americana (Luis Delgado Aparicio, “Saravá”, dixít), si bien a mediados de los ochenta se produjo el auge de la “salsa sensual” -Eddie Santiago, Lalo Rodríguez, Hildemaro, Willie González, etc.- que solo volteaba baladas antiguas, ya en los años gloriosos de la salsa dura hubo canciones que lidiaban con la decepción amorosa, la melancolía o el desengaño, con conexiones directas al bolero y, en general, a la música cubana clásica.

Para nuestra generación -me refiero a todas aquellas personas que fuimos niños y adolescentes durante las décadas de los ochenta y noventa-, la conexión entre rock y romance fue una de las principales vías de identificación con este maravilloso y siempre cambiante estilo musical, hoy en crisis. ¿Quién no ha incluido en algún cassette, con intenciones de regalárselo a alguien especial, canciones como Hopelessly devoted to you (Olivia Newton John, banda sonora de Grease, 1978), Hard habit to break (Chicago, Chicago 17, 1984), She’s always a woman (Billy Joel, The stranger, 1977)?

¿Quién no ha escuchado Amanda, baladón del tercer LP de Boston, Third stage (1986) o Love hurts, un cover que los duros escoceses Nazareth incluyeron en su sexto álbum Hair of the dog (1975) -la versión original fue grabada en los sesenta por The Everly Brothers y Roy Orbison- o las baladas guitarreras como I’ll be there for you (Bon Jovi, New Jersey, 1988), I won’t forget you (Poison, Look what the cat dragged In, 1987) o Without you (Mötley Crüe, Dr. Feelgood, 1989), solo tres botones de muestra de ese subgénero denominado “power ballads” -baladas potentes o poderosas- que comenzó, según aseguran algunos estudiosos, con Lady, del quinteto norteamericano Styx, de su segundo álbum de 1973?

Podríamos seguir, por supuesto. Desde los Carpenters y Abba hasta Celine Dion y Bryan Adams, desde Nicola di Bari y Gabriela Ferri hasta Laura Pausini y Eros Ramazzotti. Desde Demis Roussos hasta Norah Jones. Desde Air Supply hasta Phil Collins, desde las tiernas palabras de José Luis Perales en El amor (ídem, 1979) hasta las escenas íntimas de De punta a punta, del cantautor salvadoreño Álvaro Torres (LP Tres, 1985), las antiguas canciones de amor, con sus melodramas corta-venas, sus instrumentaciones preciosistas y esos niveles de musicalidad que recogen y sintetizan -aunque no siempre con buenos resultados- todo lo que el cerebro humano originó, en términos musicales, desde las épocas del barroco, la ópera y el neoclasicismo durante siglos, superan por leguas al cancionero primario, homogéneo y simiesco al que están expuestos los jóvenes de hoy.

En cualquiera de los estilos mencionados o en otros, totalmente distintos –jazz, música criolla, bossa nova, blues, folklore andino, country, más allá de preferencias específicas, modas ocasionales o gustos desarrollados en la adultez –las masas de oyentes convencionales de radio y hasta actuales fans latinoamericanos de Stereolab, Joy Division, King Crimson, Opeth o Extreme Noise Terror escucharon, siendo niños o adolescentes, canciones como Noelia(Nino Bravo, Mi tierra, 1972), Love so right (Bee Gees, Children of the world, 1976), ejemplos de esta forma de mirar el tema del amor a través de canciones populares que contribuyó a nuestra formación emocional.

¿Qué clase de formación emocional se puede esperar de las cagarrutas sexualizadas y materialistas excretadas por Ozuna, Karol G o similares? Antes teníamos compositores cursis y engolados pero, por lo menos, activaban sentimientos humanos. Hoy, son creadores de bandas sonoras para sicarios, prostitutas, extorsionadores y proxenetasque reinan tanto en las calles como en edificios públicos como el Congreso de la República.

Para nadie es un secreto que vivimos una época de despersonalización absoluta -las redes sociales y su gratificante oferta de interacción fría e inmediata, a distancia y sin incómodos involucramientos emocionales; la inteligencia artificial y sus herramientas de hiperrealidades virtuales y metaversos- por lo que el amor y amistad, en la actualidad, solo soningredientes adicionales de odiosas campañas de marketing que, durante todo febrero, vendieron desde arreglos florales y pelucheshasta paquetes de fin de semana en un hotel o saunas/spa con final feliz incluido.

En esa línea, las composiciones que nos legaron artistas del pasado que tuvieron como enfoque central las ilusiones, alegrías y sufrimientos asociados al enamoramiento y sus consecuencias son genuinas y valiosísimas piezas de museo que, a pesar de estar enterradas bajo las toneladas de bosta generadas a diario por el reggaetón, el hip-hop y el latin-pop, difícilmente sucumbirán ante el desprestigio que sobre ellas tratan de imponer los gustos de las masas, cada vez más tolerantes al encanallamiento de las relaciones interpersonales. Parafraseando a Charly García en uno de los mejorestemas de Serú Girán: mientras miran las nuevas olas, esas cancionesya son parte del mar.  

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