Opinión

Según la última encuesta de Datum, un 74% considera que la delincuencia durante la gestión de Juan José Santiváñez como ministro del Interior ha aumentado y 23% que sigue igual, es decir, un 97% considera que no ha mejorado. En esa medida, el 87% considera que el ministro debe renunciar o ser retirado del cargo.

Un ministro del Interior, una figura clave del gobierno, debería renunciar si su aprobación es mínima, si ha perdido la confianza popular y la moral de la ciudadanía se ha visto mermada bajo su gestión. La política, como la vida misma, es una cuestión de legitimidad. Si un ministro no goza del respaldo de los ciudadanos, su autoridad se ve erosionada, no solo por las críticas, sino por la evidencia de que ya no cumple su función esencial: mantener el orden y la seguridad en la sociedad. En una democracia, la legitimidad se encuentra en la conexión directa entre el poder y la voluntad popular, un vínculo que debe renovarse constantemente.

La tarea de quien ocupa el Ministerio del Interior es proteger el orden, promover la paz social, salvaguardar el bienestar colectivo. Pero si las urnas y las encuestas reflejan que la opinión pública lo rechaza, entonces ha fallado en la misión primordial de un servidor público: ser el puente entre el gobierno y el pueblo. La baja aprobación no es solo un número frío; es un termómetro de la desconfianza y el malestar generalizado.

Un líder incapaz de mantener la cohesión social es, en última instancia, un líder vacío, que vive en la ilusión de la eficacia mientras el país se desmorona. Y un ministro cuya labor no es reconocida por la sociedad está destinado a ser solo un espectro de poder, desprovisto de la esencia misma de su rol. En ese sentido, la renuncia es un acto de responsabilidad política, una aceptación de que, cuando el pueblo pierde la fe, el poder pierde su sentido.

[La Tana Zurda] Esta semana se llevará a cabo el primer Festival Yana Runa, un evento cultural único en su tipo que fusiona la riqueza musical afro-peruana con los sonidos ancestrales andinos. Esta propuesta, organizada por el Centro Cultural Amador Ballumbrosio bajo la dirección de Miguel Ballumbrosio, busca celebrar el talento nacional y destacar la diversidad cultural del Perú. Este encuentro no es solo una muestra artística, sino también un homenaje al mestizaje y a las raíces compartidas de nuestra identidad como país.

Del viernes 24 al domingo 26 de enero, el festival ofrecerá una programación variada que incluye presentaciones musicales, talleres, clases y convivios culturales. Estas actividades no solo invitan a disfrutar de la música, sino también a reflexionar y dialogar sobre su importancia como vehículo de memoria histórica y construcción comunitaria. Cada día contará con un programa diseñado para que los participantes puedan interactuar con los artistas y aprender directamente de ellos, fortaleciendo así el vínculo entre público, profesores invitados y creadores.

Además de disfrutar de espectáculos de alta calidad, los asistentes tendrán la oportunidad de participar en sesiones de danza, cajón, violín y zapateo, lideradas por miembros de la emblemática familia Ballumbrosio, guardianes y difusores de la tradición afroperuana. Lucy Ballumbrosio, miembro clave del equipo organizador, comenta: “Estamos emocionados de construir juntos este festival que hará brillar a El Carmen. ¡Creemos que superará todas nuestras expectativas! ¡Únete a nosotros en el primer festival hecho por carmelitanos, para los carmelitanos!”

Entre los artistas invitados destacan “La Picante”, Renata Flores Rivera, “Herencia Criolla”, “Kayfex”, “Cosa Nuestra”, “Del Pueblo y del Barrio” y, por supuesto, la “Familia Ballumbrosio”. Esta selección de talentos promete una experiencia inolvidable que resalta la riqueza musical tanto de la herencia afroperuana como de la tradición andina, mostrando además el potencial de sus fusiones. La interacción de estos estilos no solo es una apuesta artística, sino una afirmación del mestizaje como una de las vías de exploración de la cultura peruana.

Este proyecto, liderado por Miguel Ballumbrosio y respaldado por su gran equipo, representa un esfuerzo significativo por revalorar y proyectar el patrimonio cultural hacia nuevos horizontes. En un mundo donde la globalización amenaza con homogeneizar las expresiones artísticas, iniciativas como el Festival Yana Runa demuestran que es posible abrazar nuestras raíces mientras se crean nuevas formas de diálogo cultural.

Es fundamental reconocer el impacto social y cultural de eventos como este, que no solo celebran la música, sino que también fortalecen la identidad y la memoria colectiva de comunidades como El Carmen, un lugar profundamente ligado a la historia afroperuana. Proyectos de esta índole merecen apoyo y patrocinio para garantizar su continuidad y expansión.

Así que este fin de semana, todas las miradas están puestas en Chincha. No solo por la música, sino por la reivindicación de un legado que sigue vivo en cada zapateo, cada cajón y cada nota que resuena desde el corazón del Perú. ¡Vamo’ pa’ Chincha, familia! Este es un llamado a celebrar lo que somos, a reconocer nuestra diversidad y a encontrar en ella una razón para seguir creando juntos.

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Cultura, festival, fusión, Música

Esta casita de Cartón abre sus puertas dejando atrás el año más doloroso de su vida, con la despedida de su amigo y mentor, un padre que la vida le dio, Víctor Patiño Marca, más conocido en el medio periodístico como el Búho. Un luto que siempre llevaré en el silencio de los días, y sobre todo de las noches, que es donde los recuerdos renacen para jugar con el tiempo y las vivencias que se fueron, quedando una lágrima irreparable dentro de mí. Es que si de lecciones me ha dado la vida el año que acaba de irse, es entender su valor por sí mismo, lo frágil y volátil que tiende a ser, a pesar de que el sol de este enero brilla luminosamente, indiferente, donde parece andar todo con total normalidad. Pero es un verano ya sin él en vida. Y ya no hay más largas conversaciones sobre arte, cultura y política, no hay ceviches hechos al instante después de regresar del mercado de Ciudad de Dios con el pescado fresco, no hay más risas ni bromas de ese ingenio mordaz, ni esa voz rocosa que delataba tantas fecundas vivencias, ya no hay esa canción de su Charly querido, que nos dedicaba a sus amigos y familia: «Cuando estés mal/ cuando estés solo/ cuando ya estés cansado de llorar/ No te olvides de mí/ Porque sé que te puedo estimular”. O cuando decía, «Sobrino, esta es tu canción”. Y esa era ‘Rezo por vos’. O cuando rememoraba a su amor de antaño, el amor de su vida, Anita, y traía a la conversación las letras de ‘Estación’. Y escribo esto, después de días que entre sueños lo encuentro, y inevitablemente brotan estas letras: «Te siento respirar/ lejos de tu lugar. / Hoy tuve un sueño con vos. / Qué locos éramos los dos / en los buenos tiempos. Obra maestra que yace en el apoteósico álbum de ‘Peperina’.

Nuestro trato era como la alguna vez tuvo el genio de las letras niponas, Yukio Mishima (quien irónicamente su país no quiere que se le recuerde, y del que se cumpliera hace pocos días 100 años de su inmortalidad) con su mentor, el primer Premio Nobel japonés, Yasunari Kawabata. Con esa muestra de respeto y admiración incólume hacía el querido ‘Pico’. A ambos nos agradaba mucho esas dos mentes brillantes. Recuerdo una vez que nos pusimos hablar de sus polémicas en cierta medida e íntimas cartas. Donde en una ocasión Kawabata, acaso a sabiendas que en algún momento terminaría suicidándose, le pediría que Mishima Mande una carta dirigida a la academia sueca, pidiendo que sea reconocido con tal estatuilla eterna. A lo que el aprendiz no pensaría dos veces y lo haría. De alguna manera eso influenciaría y en 1968 se le concedería. La cuestión es la honorabilidad de Kimitake Hiraoka (nombre de nacimiento de Mishima), ya que sabía que, al entregarle el Nobel a su maestro, no se lo entregarían a él, exactamente por el tiempo y como suele manejarse la academia de las letras del Nobel, diversificando por diferentes latitudes su preciado galardón. En la premiación diría curiosamente su maestro: «No entiendo cómo me han dado el premio Nobel a mí en vez de a Mishima. Un talento como el suyo sólo aparece una vez cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”. Lo cierto que el aprecio y admiración de estos sabios era el calco más cercano para el sentimiento mutuo que nos teníamos.

Esta Casita de Cartón cierra sus puertas releyendo las columnas de aquel querido maestro, que ahora yace seguramente en una cajita de cristal en el cielo. Vivencias y experiencias que la vida misma nos deparó y que al escribir estas líneas lo recuerdo con profunda emoción en su ausencia… Aunque no se encuentre físicamente, aún la pluma del periodista más enigmático que tuvo nuestro país sigue alumbrando para los millones que crecimos leyéndolo, que nos alentó e inspiró a seguir en el sendo camino de la lectura y en mi caso, como probablemente de muchos otros, de la literatura también. Sé que alguna vez nos volveremos a ver. Espérame con unas copas de vino y unos discos de Charly, que yo sigo recordándote con ‘Rezo por vos’, y así será hasta que nos encontremos una vez más.

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Charly García, el buho, Premio nobel de literatura, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima

Hay dos millones y medio de electores que por primera vez votarán en unas elecciones presidenciales el 2026, es decir casi el 10% del total del padrón emitirá su voto presidencial de estreno.

Normalmente, en los jóvenes uno encuentra el depósito de entusiasmo y optimismo respecto del futuro y su voto solía ser, por ello, un caudal de esperanza. Hoy, sin embargo, ocurre todo lo contrario. La mayoría del casi millón de peruanos que desde la pandemia ha migrado fuera del Perúes gente joven, desesperanzada y sin ilusiones de seguir viviendo en el país que los vio nacer. No encuentran oportunidades ni ven un futuro viable y por eso migran a buscar mejores horizontes en realidades ajenas, por lo general adversas.

Ese bolsón de votos es crucial a la hora de definir al ganador de la justa electoral venidera. Considerando que en los últimos procesos electorales, el triunfador lo ha sido por apenas decenas de miles de votos, encontrar receptividad en este conglomerado de millones de peruanos puede hacer la diferencia.

Aquel partido que se haga del voto juvenil ganará la elección. Los jóvenes son, además, dinámicas fajas de transmisión de simpatías en sus círculos familiares y amicales. Hay que ser imaginativos para llegar a ellos. No consumen medios tradicionales, se manejan a través de redes sociales y el mundo digital, no retienen grandesdiscursos sino “memes”, no votan por carcamanes sino por sus pares.

Toda una estrategia deberá ser construida para atraerlos a la política y a las propias alforjas. Buscan algo nuevo, distinto, prometedor. Recurrir a la vieja fórmula de una plancha venerable, listas congresales llenas de veteranos, repetir discursos tradicionales y aplicar estrategias electorales reiterativas es construir el camino al fracaso.

Hay que impedir que esos nuevos electores juveniles caigan presas de la polarización radical que embarga hoy en día a la política peruana. La centroderecha liberal tiene allí un desafió enorme a cumplir, fungiendo de agente catalizador de la “moderación con cambios”, que es el mensaje propicio a construir para atraer a estos nuevos votantes.

La del estribo: solo nueve funciones de una obra teatral fundamental. Watanabe, todo el vasto fondo marino, que se pone en la Casa Yuyachkani.K’intu Galiano es el autor y director de la obra, que ya ha merecido múltiples reconocimientos. Va hasta el domingo 23 de febrero y las entradas se venden en Joinnus.

 

La polarización política que vive el país, entre los heraldos de la cólera contra el statu quo y los pregoneros de la mano dura contra el miedo ciudadano, abre un gran espacio ideológico para que la centroderecha enarbole del discurso de la ilusión y el entusiasmo.

Son varios los requisitos que deberá cumplir la centroderecha liberal si quiere afrontar la tarea de enfrentar a la izquierda y derecha radicales, que en principio predominarán en esta campaña, y al fujimorismo, que parte de una base sólida de intención de voto.

Allí están la elaboración de un buen plan de gobierno, detallado y efectista, capaz de convencer al electorado de que se tiene la solución a los principales problemas que la aquejan. Segundo, la conformación de cuadros técnicos que sean capaces de salir a los medios a defender con solvencia y de modo atractivo las propuestas de gobierno elaboradas. Tercero, presentar listas limpias de candidatos al Congreso, que haga la diferencia con las agrupaciones que seguramente llenarán sus candidaturas a curules de prontuariados.

Pero en definitivo lugar aparece la hechura de política, en el más tradicional sentido del término: vender ilusiones y entusiasmo por el futuro del país si el candidato que lo proponga es elegido. Un buen candidato, con una buena campaña de marketing, puede lograrlo. No hay lugar para la improvisación. Los fondos que se recolecten -que seguramente no serán muchos, porque las empresas están curadas de espanto de financiar candidatos, así eso sea ahora legal-, deberán ir en principal medida a contratar buenos asesores publicitarios y de campaña, capaces de convertir la desazón ciudadana en entusiasmo y sentimientos positivos.

De otro modo, serán la irritación y el miedo los ingredientes emocionales que primarán en esta campaña, con la consecuente ventaja de los radicales de izquierda y derecha que abrevan de esos sentimientos con ventaja.

Debe ser la campaña de la alegría, del entusiasmo, de la esperanza. Y para eso existen expertos en marketing político para lograrlo. No se puede dejar ello al azar empírico de la inspiración de los entornos políticos actuales, que de ello no saben.

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centro derecha, Derecha, elecciones 2026

Los niveles de degradación institucional a los que está llegando este Congreso no tienen parangón en nuestra historia republicana reciente. Ya no se trata solo de paquetes de normas anticonstitucionales que afectan la lucha contra la criminalidad sino de actos puntuales que revelan la entraña pueril que lo signa.

El reciente blindaje al congresista Jerí, acusado de violación sexual, por parte de la comisión de Ética, es parte de un rosario de impunidades compartidas entre todas las bancadas con “niños”, “mochasueldos” y demás.

Por ello, el descrédito mayúsculo y la furia ciudadana en contra de los parlamentarios. No es que estemos tan solo ante un síntoma de un fenómeno global, como es el desprestigio de la labor legislativa, sino que en el Perú le sumamos ingredientes que coadyuvan a que ese fenómeno mundial se agrave hasta grados superlativos.

Ya hace algunos años, el fallecido y correcto congresista Daniel Abugattás me contó que al día siguiente de haber juramentado, ya había gente que en la calle le mentaba la madre. Ser parlamentario en el Perú es desde hace tiempo un motivo de agravio y deshonra, no de prestigio y solera, como era antaño.

Tarea primordial de los partidos que aspiran a ocupar el poder a partir del 2026 es no solo armar un buen plan de gobierno o conformar equipos técnicos que le garanticen una buena gestión gubernativa desde el saque, sino filtrar, en grado sumo, la solvencia ética y profesional de aquellos a quienes llevará en sus listas congresales. Solo así podremos aspirar a revertir la tendencia al deterioro que vemos en un poder del Estado que cada quinquenio estrena una situación peor que la anterior.

A quienes señalan que una de las causas de ese descrédito es el pacto con el Ejecutivo habría que señalarles que de repente la situación es al revés, que la bajísima aprobación presidencial, a pesar de su despliegue de inauguraciones de obras y demás, se debe a este pacto con el Legislativo, con un poder del Estado absolutamente degradado moral y políticamente. En esa perspectiva, bajo la convicción de que por nada del mundo la van a vacar (el país no toleraría otro Merino), Boluarte debería empezar a marcar distancia de la plaza Bolívar.

Resulta difícil pensar que Donald Trump vaya a tener un efecto derechizador en la región. A diferencia de Milei, cuyos éxitos macroeconómicos pueden influir positivamente en las huestes liberales del continente -junto con Bukele, por distintas razones, son los grandes referentes locales-, lo de Trump más bien va a generar aversión, por la arbitrariedad y prepotencia de sus acciones.

Trump, hasta el momento, no pasa de decisiones farandulescas, hechas para la tribuna, que buscan impacto mediático y bulla civil, pero no representan una mejora tangible de la marcha de su país. Por el contrario, la guerra comercial que pretende iniciar solo va a conllevarle perjuicios. Si sigue adelante con ella, va a afectar la economía norteamericana y la global.

La ultraderecha sí está fascinada por sus maneras y por sus políticas premodernas, antiinclusión o antipolíticas de género, pero acabado el fuego artificial no va a quedar nada. Y ese tipo de políticas no tienen impacto alguno en una región asolada por problemas más estructurales o de base.

Al peruano de a pie le importa un carajo que USAID destinara fondos para un cómic transgénero. La irritación con el statu quo boluartista o el miedo por la inseguridad ciudadana dominan su mente y solo aquello que toque esos problemas moverá la aguja de sus simpatías.

Trump, en ese sentido, aporta poco o nada. Por el contrario, su conducta autoritaria, sin efectos prácticos en las materias señaladas, constituirá un factor de disturbio proclive a posturas más bien izquierdistas antes que derechistas. El renacimiento de la República Imperial, con el garrote en mano, es combustible para los discursos antisistema que ya parten con ventaja por el profundo descrédito del statu quo que nos rige.

Trump va a opacar a Milei y a Bukele, es una máquina de generar titulares, gobierna para eso. Le importa más la forma que el fondo y solo busca alborotar el cotarro con anuncios grandilocuentes que disimulen la desgracia de sus políticas proteccionistas.

Algunos despistados creen que el fujimorismo va a diluirse por su apoyo al régimen de Dina Boluarte y que, en consecuencia, que aparezca con 12% liderando la intención de voto, es una ilusión pronta a desvanecerse apenas comience la campaña.

El bolsón de votos fujimoristas es sólido como una roca. Ha sobrevivido a los vladivideos, a la carcelería de Keiko, a los ataques de la prensa. No hay nada que haga pensar que su cercanía al oficialismo la vaya a afectar sobremanera. En el peor de los casos, le coloca un techo de crecimiento que podría costarle la elección, eso sí.

Recordemos que en la campaña del 2021, Keiko empezó recién salida de la cárcel, con todo el estigma que ello conlleva, estaba peleada con su progenitor y su hermano Kenji, había jugado un papel deleznable en el Congreso obstruyendo tozudamente al régimen de PPK. A pesar de ello, apeló al voto duro fujimorista y logró pasar a la segunda vuelta. Hoy parte en una posición infinitamente más ventajosa, con su proceso cayéndose a pedazos, reconciliada con su familia y con el único pasivo de su gestión parlamentaria aconchabada con Palacio.

Cuando desde esta columna se recomienda a la centroderecha hacer de ella un blanco de ataques, no es porque pensemos que ello le pueda quitar votos sino porque reperfila a un sector ideológico históricamente dominado por el fujimorismo que ya es hora empiece a distinguirse y a cosechar sus propios bonos de esa postura antifujimorista.

El fujimorismo será un hueso duro de roer y se equivocan de cabo a rabo quienes subestiman su poder de supervivencia. Hoy Keiko tiene la primera opción de pasar a la segunda vuelta. Para impedirlo, la derecha radical o la centroderecha tienen que obtener 12% o más y así meterse en el partidor final. Ponderábamos la correcta estrategia de López Aliaga de tomar distancia de Keiko y creemos que deberían seguirlo en el empeño el resto de fuerzas políticas de centroderecha que parecen creer que el único enemigo a derrotar es la izquierda.

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Fujimorismo, Fujimorista

[La columna deca(n)dente] La política nacional atraviesa una de sus etapas más críticas en décadas, y un fenómeno que ilustra esta crisis es el «reciclaje» de ministros en el gobierno de Dina Boluarte. Recurrir a exministros no es solo una señal de falta de renovación, sino también un síntoma de que, en el actual contexto, nadie quiere asumir el desafío de ser ministro. Este hecho revela problemas profundos que van desde la debilidad del gobierno hasta el desencanto generalizado con la “clase política”.

Uno de los principales factores que explican este «reciclaje» es la falta de legitimidad que enfrenta el gobierno de Boluarte. Desde que asumió la presidencia, Boluarte ha navegado en aguas turbulentas. Su administración enfrenta una desaprobación ciudadana que ronda el 95%, según diversas encuestas. En este escenario, atraer a nuevas figuras con conocimiento, capacidad y legitimidad para asumir cargos ministeriales se ha vuelto una tarea casi imposible.

Muchos políticos y técnicos competentes prefieren mantenerse al margen antes que unirse a un gobierno deslegitimado. Ser ministro en este contexto implica asumir un cargo de alto riesgo, con escasas posibilidades de éxito y un altísimo costo político. ¿Quién querría sumarse a un gobierno así? La respuesta es clara: muy pocos. Por ello, Boluarte se ve obligada a recurrir a exministros que, en el mejor de los casos, conocen los desafíos del cargo, aunque no necesariamente representan una solución innovadora.

El «reciclaje» de ministros también refleja la persistencia de prácticas políticas tradicionales, como el clientelismo y las lealtades personales. En muchos casos, el regreso de exministros responde más a acuerdos políticos detrás de escena que a una evaluación objetiva de su idoneidad o desempeño previo. Esto limita la capacidad del gobierno para responder a las demandas ciudadanas como la de seguridad.

El «reciclaje» de ministros no pasa desapercibido para la ciudadanía. Para muchos ciudadanos y ciudadanas, este fenómeno refuerza la percepción de que la política está estancada y dominada por las mismas figuras de siempre. Esto alimenta el descontento y la desconfianza en las instituciones, ya que se interpreta como una falta de voluntad para impulsar cambios reales. Además, cuando los exministros reciclados estuvieron involucrados en gestiones anteriores cuestionadas o poco exitosas, su regreso puede verse como una falta de rendición de cuentas y una clara indiferencia hacia las demandas ciudadanas, lo que debilita aún más la credibilidad del gobierno de Boluarte.

El «reciclaje» de ministros en el gobierno de Dina Boluarte es un síntoma de la crisis política y de representación que vive el país. Refleja la falta de renovación en la “clase política”, la debilidad del gobierno para atraer nuevos talentos y la persistencia de prácticas tradicionales que perpetúan la concentración del poder en un grupo reducido de personas. Este fenómeno, lejos de aportar estabilidad, exacerba el desencanto ciudadano.

En un contexto donde nadie quiere ser ministro, el gobierno de Dina Boluarte se ve obligado a depender de figuras del pasado, lo que solo profundiza la crisis. Para romper este círculo vicioso, se necesitan reformas estructurales que permitan una renovación política genuina y una mayor participación de nuevos liderazgos políticos. Mientras tanto, el «reciclaje» seguirá siendo un recordatorio de que, en la política peruana, la falta de alternativas es tan preocupante como la falta de voluntad para cambiarla.

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