Opinión

Siguiendo la tendencia internacional hacia la polarización, en el Perú hoy, en el ámbito político, prosperan las opciones radicales en desmedro de las agrupaciones más centradas, quienes contribuyen a su devaluación por su pasmo político.

Conforme nos acercamos a las elecciones apreciamos que esa polarización aumenta, aminorando las posibilidades de que agrupaciones de centroizquierda o centroderecha prosperen.

Salvo que ocurra un milagro y la ciudadanía se harte de este fenómeno y busque opciones más sensatas, lo más probable es que el 2026 tengamos que definir la elección entre dos radicales.

Al Perú le conviene infinitamente más una segunda vuelta entre alguien como López Chau versus alguien como Rafael Belaunde, que una que coloque frente a sí a Guido Bellido versus Rafael López Aliaga. La viabilidad de la institucionalidad democrática estaría más a salvo y, por ende, la propia solvencia macroeconómica del venidero lustro.

Ya existe un caudal de votos importante a favor del centro, pero la tugurización del segmento juega en contra de las pretensiones de alguien surgido de esta cantera ideológica. Va a tener que hacer varias tareas, muchas de las cuales ya hemos expuesto hasta el cansancio en esta columna (alianzas, buen plan de gobierno, cuadros técnicos, purga de candidatos, frentes sociales en caso no prosperen las alianzas, etc.).

Los grandes adversarios a derrotar no son solo los extremos radicales sino también el fujimorismo, que goza de una base electoral sólida e irreductible, que, sin embargo, tiene esta vez un techo que va más allá del antifujimorismo raigalsino que abreva del pacto soterrado de Keiko con el desprestigiado régimen de Dina Boluarte.

De no hacer la tarea, el centro va a ser subsumido por los extremos polarizantes y después no podrá culpar a nadie de su desventura. La tendencia está dada y tienen que remar contra la corriente.

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Rafael Lopez Aliaga, Sudaca

Como ya muchos analistas lo han señalado, estamos viviendo un cambio en el orden mundial. Como todo orden de esa magnitud no se trata de un simple y nuevo ranking de poder económico liderado por los países imperialistas, sino de un reordenamiento de los territorios junto con el otro reordenamiento, el de la población. Un nuevo orden que tarde o temprano se incorpora dentro de cada habitante de este planeta, traducido en los hábitos, las costumbres y su inevitable representación y reflexión cultural. Por ejemplo, las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial y su redistribución del territorio, estuvieron enmarcadas bajo la Guerra Fría. Fuimos educados socialmente bajo la amenaza del comunismo soviético (y luego chino, cubano, africano…) al capitalismo estadounidense y europeo (con su estilo poscolonial asiático, latinoamericano, africano…). 

En Perú, la Guerra Fría fortaleció nuestros lazos con el mercado norteamericano y tras el paréntesis que nos distanció durante el gobierno militar de Juan Velasco, (que nos acercó a los modelos cooperativistas alternativos al comunismo extremo), la dependencia de Estados Unidos retornó con fuerza. Ya no se trataba tan sólo de superhéroes en cómics. Culturalmente, toda la producción estadounidense cinematográfica, televisiva de entretenimiento, junto con la prensa, fueron diseñadas para convencernos de nuestra postura respecto de esa guerra: la Rusia estalinista era el origen de todos los males y los argumentos de las series y películas pusieron la evidencia. Los rusos eran espías, científicos lava cerebros, soldados, bailadores de ballet, boxeadores, que mostraban convincentemente que Rusia era el enemigo que todos debíamos vencer. 

El año 1978, el Partido Comunista Chino comenzó con las reformas para crear una economía socialista de mercado, alejándose cada vez más del comunismo. Pero en Perú Abimael Guzmán con su lectura del Maoísmo y justamente, su rechazo a la reforma china, nos hizo vivir la versión terrorista del comunismo. Para él, debía ser sangriento. Los años de la dura guerra entre el Estado y Sendero Luminoso, alimentaron en nuestra cultura el rechazo al comunismo. Alberto Fujimori, muy sagaz, se encargó de montar su fama como el vencedor de Sendero. De esta manera, en el Perú todo lo que no fuera Fujimorista se convirtió en terrorista. 

El año 1989 cayó el muro de Berlín y de pronto el orden mundial pareció vivir una temporada de bienestar: el capitalismo estaba dispuesto a terminar con la pobreza, cerrar brechas con programas sociales y acoger a las minorías incorporando la diversidad como nueva forma de convivencia. La única presión venía de los países musulmanes y su control del petróleo. Pero en América, el comunismo no había sido vencido, quedaban Cuba y Venezuela. Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro representaban el demonio más cercano. Y cuando se agravó la diáspora venezolana por las duras medidas de Donald Trump, la descuidada apertura del Perú a migrantes con antecedentes delictivos, alimentó el encono contra el comunismo. Ya no era necesaria una campaña de cine y televisión, bastaban las redes sociales. Las ideologías de la conspiración cobraron suficiente protagonismo como para convencer a todo un continente a qué debíamos temer.

Mientras tanto, en Rusia Vladimir Putin la estaba pasando muy bien desde que tomó el poder al finalizar el siglo XX. Fortaleció a un poderoso sector de la oligarquía, reemplazó a la Unión Soviética con la Federación de Rusia y si bien económicamente no anda tan bien por las medidas de Europa contra la invasión de Ucrania, sigue teniendo el mayor arsenal de armas nucleares del mundo. 

¿Por qué se habla de un nuevo orden mundial? Porque de pronto, sus formas burdas de gobernar, persiguiendo poblaciones y recuperando territorios, han hecho de Rusia un modelo de capitalismo federativo que le ha interesado en demasía a Donald Trump y que al seguirlo ha dejado boquiabierto al mundo entero. El antes país enemigo es ahora el principal aliado. Tendremos entonces que aprender que Rusia ya no es comunista, sino capitalista oligarca, como Trump y Elon Musk. Que sus enemigos son las economías que pueden hoy desafiar a esa alianza ruso estadounidense; y que de todas, Unión Europea, Canadá, México, China es la primera potencia económica actual. Principal mercado y principal exportadora en el mundo entero. 

Este nuevo orden, comienza con Trump imponiendo aranceles del 20% a China, 25% al resto, rompiendo tratados de comercio, sin anunciar cómo se enfrentará el impacto en los precios de los productos chinos en su país. ¿Putin se atreverá a desafiar a China? En Perú, China es nuestro primer mercado para la exportación e importamos muchísimos de sus productos. Tenemos además una gran colonia china y con ella, una de nuestras principales cocinas. Hoy, cada vez son más los colegios que enseñan chino mandarín. El puerto automatizado de Chancay ha sido resultado de un acertado acuerdo entre China y la minería peruana. Pero nuestra gobernante, interesada en aliarse con Trump, hasta ahora no responde cómo el Estado peruano va a afrontar el retiro de la ayuda humanitaria de Estados Unidos en el Perú. Sus intereses y preocupaciones son otras, vinculadas a las investigaciones a las que ella y su gabinente están sometidos por sus componendas. El Congreso está dedicado a tomar leyes contra las minorías de la población (en eso sí se acerca al nuevo orden que buscan Putin y Trump), pero su meta es legislar para favorecer a delincuentes y empresarios ilegales. ¿Así es como vamos a responder a un oleaje que no sabemos hacia qué nuevo orden nos va a llevar?

Un sector que puede terminar teniendo gran impacto electoral en la jornada del 2026 es la derecha radical. La inseguridad ciudadana es su combustible creciente y seguramente los discursos prometiendo mano dura, pena de muerte, retiro dela Corte de San José, segregación de migrantes venezolanos, etc., serán parte del arsenal narrativo a emplear.

En general, según la encuesta del IEP, la derecha ha venido creciendo significativamente en las preguntas de autodefinición ideológica, en consonancia con el aumento de la inseguridad. Por más que el gobierno de Dina Boluarte sea identificado como de derecha (más aún ahora que ha estrenado un arraigado anticaviarismo) y tenga un nivel de aprobación paupérrimo, la derecha crece como la espuma.

El problema es que el 10 o 15% que se puede identificar como de derecha radical va a tener que dividir sus preferencias. Ya en estos momentos hay por lo menos tres candidatos que pisan esos predios: Rafael López Aliaga, Phillip Butters y Carlos Álvarez.

No está tan fragmentada como la centroderecha, que presentará cerca de 20 candidatos, pero no tiene el caudal de votos de aquella, bastante más grande que la derecha radical. Eso le puede complicar el panorama de meter a algunos de los tres mencionados en la segunda vuelta electoral.

López Aliaga lleva ventaja por su tribuna municipal. Butters tiene que romper la burbuja televisiva en la que se mueve y Carlos Álvarez tiene que prepararse para afrontar con solvencia la campaña que atacará su identidad sexual (ésta va a ser una campaña furibunda y muy sucia).

El problema para ellos es que si se nivelan sus intenciones de voto, no podrán disputarle el sitio a la izquierda radical y antisistema, y al fujimorismo, que tiene un sólido 10 o 12%, difícil de revertir, a pesar del apoyo absoluto que le brinda al impopular gobierno de Dina Boluarte.

Lo interesante, en todo caso, es que serán animadores de la campaña. Son contestatarios, beligerantes, políticamente incorrectos y confrontacionales. Al menos garantizan algo de condimento a una contienda que si algo no debe ser, por lo que juega en ella, es sosa y plana.

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Sudaca, Ultraderecha

[La columna deca(n)dente] Cuando un ministro del Interior acumula denuncias de ineficacia, miente con descaro, evade la justicia y, en lugar de responder a las investigaciones en su contra, contraataca denunciando a la fiscal de la Nación, el problema no es solo él: es el gobierno que lo sostiene. Pero cuando ese ministro, además, es protegido por la presidenta Dina Boluarte y cuenta con el respaldo de Keiko Fujimori, César Acuña, Rafael López Aliaga, Vladimir Cerrón y José Luna, el panorama se vuelve aún más preocupante.

La permanencia del ministro en el cargo no se explica, presumiblemente, por su capacidad ni por su gestión, sino por lo que sabe. Su lealtad no es gratuita: es el precio de su silencio. En un gobierno donde la impunidad es la norma, un ministro con demasiados secretos bajo la manga se convierte en un escudo invaluable. Boluarte no lo sostiene por convicción, sino por necesidad. Si él cae, podría arrastrarla consigo.

Su negativa a acudir a la fiscalía y la entrega de un teléfono formateado no son gestos de rebeldía, sino de advertencia: él tiene información que lo hace intocable. En este escenario, su permanencia es menos una decisión política y más un pacto de mutua protección. No es el ministro quien depende del gobierno, sino el gobierno el que depende de él.

Pero el problema no es solo el Ejecutivo. Que este ministro cuente con el respaldo de políticos que dicen representar distintos sectores del espectro ideológico revela un pacto de conveniencia: una alianza pragmática en la que la impunidad se antepone a cualquier principio político. No hay derechas ni izquierdas en esta ecuación, solo actores que buscan sobrevivir políticamente protegiéndose unos a otros. En otras palabras, la corrupción no tiene patria ni bandera.

El acceso anticipado del ministro a un reportaje que lo compromete y su intento de influir en la prensa evidencian un uso sistemático de la información como arma política. Esto sugiere dos cosas: que existen filtraciones desde los medios o que la información se obtiene de manera ilegal. Esto último es una pieza clave en regímenes donde la corrupción es norma y la transparencia, una amenaza.

El país se encuentra ante una deriva peligrosa. Lo que se está consolidando no es un gobierno con una agenda clara, sino una coalición de la impunidad, donde los acuerdos no giran en torno a reformas o políticas públicas, sino a blindajes y favores. Este no es un gobierno de derecha ni de izquierda, sino un gobierno de intereses personales, de grupo y criminales.

En este escenario, la justicia se convierte en una amenaza para quienes ostentan el poder. La policía no responde a la seguridad ciudadana, sino a las órdenes de quienes la controlan políticamente. La prensa es atacada y la institucionalidad, erosionada. Mientras tanto, el ciudadano común es testigo de cómo unos cuantos malgobiernan y legislan en beneficio de las organizaciones criminales.

¿Hasta cuándo durará este pacto? Hasta que las tensiones internas entre sus propios integrantes lo hagan insostenible o hasta que la sociedad, junto con líderes y partidos políticos democráticos, decida romper con esta lógica de impunidad. La pregunta es si la ciudadanía seguirá tolerando un gobierno que, lejos de garantizar justicia y seguridad, se ha convertido en el refugio de quienes más temen rendir cuentas y buscan eludir la justicia.

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corrupción, impunidad, ministro del Interior, Pacto

Sorprende el estruendoso silencio de los precandidatos presidenciales al 2026 respecto de la crisis política que asola al gobierno de Dina Boluarte, a propósito del último escándalo del controvertido ministro del Interior Juan José Santiváñez.

Normalmente, empezada ya la campaña, la clase política suele pronunciarse frecuentemente sobre los quehaceres del régimen que gobierna porque eso les permite “posicionarse” frente al electorado. Así, paulatinamente se van perfilando y capitalizando políticamente, más aún en una situación en la que la mayoría de la población -según confirman todas las encuestas- no tiene idea de por quién va a votar.

Eso sucede en todas las democracias del mundo. Es lo habitual en un contexto preelectoral. Acá en el Perú, por el contrario, parece que el silencio es la consigna.

Por supuesto, ha habido aislados pronunciamientos. Los congresistas, inevitablemente -porque son abordados por la prensa- hablan sobre la coyuntura, pero en el caso que comentamos nos referimos a los que preparan maletas para emprender el viaje de la candidatura presidencial. Salvo una o dos excepciones (Víctor Andrés García Belaunde y Carlos Anderson), el resto de precandidatos ha guardado absoluto silencio, tanto en la izquierda como en la derecha.

Tal vez sea el anticaviarismo del que ha hecho gala el gobierno, empezando por la mismísima presidenta de la república, avalado por una buena parte de la población (ya es casi, podría decirse, la primera fuerza política del país por encima del antifujimorismo), algo que es compartido por la izquierda y la derecha peruana en su mayor parte, lo que ha hecho que se prefiera guardar silencio y en el fondo se espere que la batalla librada por el régimen lleve efectivamente a la derrota de la “mafia caviar”.

No obstante, aún si fuese ése el cálculo detrás, se comete un grave error guardando silencio. Porque ese vacío es ocupado en el imaginario popular por el imprevisible candidato antisistema que, sin lugar a dudas, aparecerá en el firmamento electoral a pocos días de las elecciones, tal como sucedió con Pedro Castillo (hoy, las condiciones para que surja un candidato antiestablishment son más fuertes que las que existían el 2021).

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Candidatos, elecciones 2026

[El dedo en la llaga]  El 14 de febrero de 2025, en el marco de la Conferencia de Seguridad realizada en Múnich (Alemania), el actual vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, lanzó un discurso criticando a las democracias europeas sobre todo por haber permitido una migración masiva y limitar la libertad de expresión de sus ciudadanos. En sus propias palabras, «la amenaza que más me preocupa en Europa no es Rusia, no es China, no es ningún otro actor externo. Y lo que me preocupa es la amenaza desde dentro: el retroceso de Europa en algunos de sus valores más fundamentales. Valores compartidos con los Estados Unidos».

Lo paradójico del asunto es que las críticas provienen de una autoridad política de un país (Estados Unidos) que ocupa el puesto 29 en el Índice de Democracia 2024 de la revista The Economist —siendo catalogado como una democracia deficiente—, mientras que Alemania, país anfitrión de la Conferencia de Seguridad, ocupa actualmente el puesto 13 y es considerado una democracia plena. Es algo así como que el discípulo le quiera enseñar algo al maestro, escueleándolo con arrogancia. Porque este último ingrediente, compartido por quienes tiene la sartén por el mango en la administración Trump, no suele faltar en las intervenciones de esa cúpula ultraderechista y conservadora, como se evidenció recientemente —el viernes 28 de febrero— en las conversaciones públicas de Donald Trump y JD Vance con el presidente de Ucrania Volodímir Zelenski en la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Regresando a Múnich, esto es lo que dijo JD Vance sobre el tema de la libertad de expresión:

«Me temo que la libertad de expresión está retrocediendo. Y, queridos amigos, en aras del humor, pero también de la verdad, estaré dispuesto a admitir que, a veces, las voces más fuertes a favor de la censura no provienen de Europa, sino de mi propio país, donde la administración anterior amenazó e intimidó a las redes sociales para que censuraran lo que ella llamaba desinformación. Desinformación, como por ejemplo la idea de que el coronavirus probablemente se había escapado de un laboratorio en China. Nuestro propio gobierno animó a las empresas privadas a silenciar a las personas que se atrevían a decir lo que resultó ser una verdad evidente».

Parece que JD Vance considera la libertad de expresión como un derecho absoluto, cuando en realidad en todas las legislaciones de países democráticos —incluso en los Estados Unidos— está sujeta a ciertas limitaciones. En muchos países se imponen restricciones cuando ciertas personas se amparan en la libertad de expresión para difamar, incitar al odio, a la violencia o para afectar derechos de terceros, entre ellos el derecho a la privacidad, sobre todo cuando ésta carece de todo interés público.

La desinformación atenta contra el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad, pues niega o tergiversa hechos que han sido debidamente probados o corroborados. O determina hechos basándose en supuestos o creencias sin contar con ninguna evidencia anclada en la realidad. Como la misma afirmación que hace JD Vance de que el coronavirus se originó en un laboratorio en China, lo cual no sólo nunca ha sido demostrado ni corroborado, sino que resulta altamente improbable.

En el ámbito periodístico, cuando se presentan noticias existe la obligación de enfocarse en la objetividad y en la presentación de hechos verificables. Pero cuando se trata de opiniones, se trata de interpretaciones subjetivas, análisis, suposiciones sobre aquello que aún no se sabe o no ha sido debidamente aclarado, y en esto se goza de libertad plena. Siempre habrán opiniones distintas y alternativas. Peo lo que no puede haber son hechos alternativos, donde se presenta una narrativa distinta a hechos debidamente corroborados, simplemente porque no se ajustan a la propia ideología. Parece que se quisiera aplicar lo que decía el filósofo inglés John Locke (1632-1704), uno de los padres del liberalismo clásico: «si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad». La desinformación no puede tener carta libre en una sociedad democrática, pues atenta contra el derecho a saber la verdad.

Ignorando no sólo este principio sino también las legislaciones de países democráticos al respecto, JD Vance prosigue:

«Y creo que, en el fondo, permitir que nuestros ciudadanos expresen su opinión los hará aún más fuertes. 

Lo que, por supuesto, nos lleva de vuelta a Múnich, donde los organizadores de esta conferencia prohibieron a los legisladores que representan a los partidos populistas de izquierda y derecha participar en estas conversaciones.

Ahora bien, tampoco estamos obligados a estar de acuerdo con todo o parte de lo que dicen las personas, pero cuando las personas, cuando los líderes políticos representan a un distrito importante, al menos tenemos la responsabilidad de dialogar con ellos. Sin embargo, para muchos de nosotros, al otro lado del Atlántico, todo esto se parece cada vez más a viejos intereses bien establecidos que se esconden detrás de palabras horribles de la era soviética como desinformación y mala información, y que simplemente no les gusta la idea de que alguien con un punto de vista diferente pueda expresar una opinión distinta o, Dios no lo quiera, votar de manera diferente o, peor aún, ganar una elección».

JD Vance parece estar aquí defendiendo la libertad de expresión que ejerció Adolf Hitler, cuando le echaba la culpa a los judíos de los males que sufría Alemania, sin ningún sustento en la realidad. Hitler era un maestro de la desinformación, y basándose sobre ella fomentó el odio contra grupos determinados de la sociedad alemana de la época, no sólo contra los judíos, sino también contra los gitanos, los comunistas, los homosexuales y los discapacitados.

En la Alemania contemporánea, la negativa a colaborar con partidos populistas —como, por ejemplo, la Alternativa para Alemania— se justifica en el rechazo a discursos que fomentan el odio y el desprecio hacia determinadas minorías, los cuales constituyen delito. Atribuirle a la migración la crisis económica o el aumento de la delincuencia no condice con los datos que manejan los expertos. Más bien, la migración ha contribuido a que Alemania mantenga cierto nivel económico, siendo las causas de la crisis otras distintas, causas que no ha sabido enfrentar adecuadamente el gobierno del saliente canciller Olaf Scholz. La libertad de expresión no debe tolerar que se busque un chivo expiatorio y se fomente el odio contra migrantes —muchos de ellos musulmanes— sólo por no encajar con el perfil de “lo alemán”, entelequia ideológica de los partidarios de la ultraderecha, similar en muchos puntos al concepto de “lo ario” que manejaba el nazismo.

Eso nos recuerda la paradoja de la tolerancia que planteaba el filósofo austriaco-británico Karl Popper (1902-1994) en el año 1945:

«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes».

JD Vance termina su discurso de la siguiente manera:

«Creer en la democracia es comprender que cada uno de nuestros ciudadanos tiene sabiduría y voz. Y si nos negamos a escuchar esa voz, incluso nuestras luchas más fructíferas no llegarán a ninguna parte. Como dijo una vez el papa Juan Pablo II, que en mi opinión es uno de los mayores defensores de la democracia en este continente y en cualquier otro, no tengan miedo. No debemos tener miedo de nuestro pueblo, incluso cuando expresa opiniones que no están de acuerdo con sus líderes».

Coherente con su incoherencia, el vicepresidente estadounidense culmina su discurso con información falsa, pues el tema de la democracia apenas aparece en los discursos de Juan Pablo II y durante su pontificado se aprobó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde la palabra “democracia” brilla por su ausencia.

Y si bien es preocupante el avance de la extrema derecha en Alemania, en una cosa le doy la razón a JD Vance. El domingo 23 de febrero el pueblo alemán expresó su voluntad en las urnas. Y cerca del 80% de los votantes le dieron la espalda a la ultraderechista Alternativa para Alemania.

Son dos los riesgos políticos que la democracia debe sortear este 2026 si quiere ser parte de un proceso de reconstrucción de la democracia y romper la espiral de deterioro a la que el Ejecutivo aliado al Congreso han conducido al país.

Uno primero, es el triunfo de un radical populista, sea de derecha o de izquierda, que decida hacer tabla rasa, en base a su probable popularidad, de lo poco que queda de institucionalidad democrática en el país. Otro segundo, es la aparición de un outsider aventurero, sin programa ni cuadros, que irrumpa a la hora nona en medio de la multitud de agrupaciones que tentarán suerte el 2026 (Castillo es la más cercana medida del desastre que podría avecinarse).

A los radicales populistas se les combate con política, con planes de gobierno eficaces y vendibles, con cuadros técnicos, con frentes sociales (ya que las coaliciones electorales no prosperarán, por lo visto). A los outsiders, haciendo política anticipada, desde ya, sin esperar a diciembre de este año para aparecer, imitando justamente a los referidos outsiders, como parecen pretender sinfín de candidatos que guardan perfil bajo en estos momentos.

Corresponde dar un golpe certero a la narrativa populista que ofrece soluciones fáciles a problemas complejos. Los ciudadanos, cansados de promesas vacías, claman por alternativas realistas, pero con una visión a largo plazo.

Un aspecto clave es el fortalecimiento de la institucionalidad. Los outsiders, con su discurso anti-establishment, ganan terreno precisamente porque la percepción de que las instituciones no funcionan es cada vez más fuerte. Si el Ejecutivo y el Congreso no maduran políticamente y no ponen de su parte, se abrirá espacio para que los populistas se presenten como salvadores.

Es urgente, además, trabajar sobre los problemas reales de la gente: la inseguridad, la pobreza, el desempleo. Combatir a los radicales populistas no es solo una cuestión de teoría política, sino de ofrecer soluciones concretas y cercanas a la gente. De nada sirve atacar a los outsiders si no se presenta una alternativa viable que, además, resuelva de manera efectiva las demandas populares.

Con un lenguaje claro y sencillo, libre de tecnicismos, conectando con un electorado que se siente desconectado, la política puede y debe recuperar su capacidad de entusiasmar, de motivar a la acción, pero sobre todo, de generar esperanza.Si no se hace así, estaremos condenados y el 2026 será el parteaguas democrático del país.

La del estribo: amante de las novelas históricas, leo con pasión y con culpa -por no haberlo hecho antes-, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, bajo la inspiración estimulante del club del libro de Alonso Cueto. Muy recomendable para buenos momentos de solaz y de aprendizaje histórico.

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elecciones 2026, pie derecho, Sudaca, Sudaca Perú

[Música Maestro] En cuatro meses habrá una fiesta metalera en Inglaterra. El estadio del Aston Villa, uno de los equipos más conocidos e importantes de la Premier League -que alguna vez tuvo como arquero al gigante Peter Schmeichel, con capacidad para más de cuarenta mil personas, se convertirá en un oscuro templo dedicado a la despedida de la banda que es, por consenso general, creadora absoluta del heavy metal como concepto, sonido y actitud, Black Sabbath.

El cuarteto original -Ozzy Osbourne (76, voz), Tony Iommi (77, guitarra), Geezer Butler (75, bajo) y Bill Ward (76, batería)- subirá nuevamente al escenario, después de veinte años de su última aparición pública oficial en el Ozzfest del 2005, en un concierto titulado Back to the beginning, a realizarse en el coloso futbolero deBirmingham, ciudad donde nació el grupo allá por 1968, el próximo 5 de julio.

La última vez que Black Sabbath se presentó en vivo de manera oficial no lo hizo con sus cuatro miembros fundadores. En aquella gira, titulada The end, el lugar de Bill Ward fue ocupado por Tommy Clufetos, experimentado músico de sesión que aportó su juventud y energía a aquella versión de Black Sabbath, con Ozzy aun en pie. Clufetos también tomó las baquetas para la gira promocional de 13, su décima novena placa, en reemplazo de Brad Wilk, de Rage Against The Machine, quien a su vez había sustituido a Ward para aquel trabajo en estudio.

En ese tour mundial, que tuvo en total 80 presentaciones en más de 30países, Black Sabbath hizo un recorrido por lo mejor de esos diez primeros años comprendidos entre 1968 y 1978, haciendo conciertos de una hora y media de duración, en un despliegue notable de esfuerzo y precisión que fue, para muchos, más que suficiente como acto dedespedida. Después de todo, sus cuatro integrantes son sobrevivientes de una de las trayectorias más extremas de la historia del rock, viviendo al filo de la cornisa y con toda clase de excesos. El último concierto de la gira sirvió de base para un alucinante CD/DVD titulado The end of the end: Live in Birmingham.

Revisando las imágenes de aquella espectacular velada -en la que además participó, en los teclados, Adam Wakeman, hijo de Rick (sí, el de Yes)– queda claro cómo sonarán los amos del metal cuando llegue el momento. A muy pocas bandas del periodo dorado del rock clásico le va bien eso de tocar sus canciones un semitono o un tono por debajo de las grabaciones originales. Black Sabbath es una de ellas. Con tonalidad más grave, los pesados riffs y solos electrizantes de Tony Iommi quedan más amenazantes y el bajo de Geezer Butler suenaprofundamente denso y nítido.

Entre 1970 y 1978 Black Sabbath lanzó ocho discos. Los cinco primeros –Black Sabbath, Paranoid (1970), Master of reality (1971),Vol. 4 (1972) y Sabbath bloody Sabbath (1973)– incluyen temas que forman parte del canon fundacional del heavy metal. En cambio, los tres discos siguientes –Sabotage (1975), Technical ecstasy (1976) y Never say die! (1978)– muestran algunas variaciones en el sonido, combinando su ataque metalero con incursiones en el pop (Am I going insane? (Radio), 1975) y hasta un instrumental de jazz-rock (Breakout, 1978).

Entre los años 1980 y 1996, antes de la primera reunión del cuarteto que se despedirá del público este 5 de julio, hubo un primer momento brillante con la llegada del imponente Ronnie James Dio (1942-2010), ex vocalista de Rainbow, en reemplazo de Ozzy y, posteriormente, el empuje de Iommi mantuvo a flote al grupo con diversos cambios de personal que, con sus propios altibajos, no tuvo el mismo impacto que aquella década inicial, un periodo que merece un artículo aparte.

La historia de Black Sabbath se remonta a los últimos años de la década de los sesenta, marcada por el auge de la generación Woodstock en los Estados Unidos (psicodelia y folk-rock) mientras que, en Inglaterra, tras la tormenta de la Beatlemanía y la primera Invasión Británica, comenzaron a aparecer bandas que expresaban sus inquietudes artísticas a través de relecturas del blues y el R&B norteamericanos. En esa escena, altamente creativa y de efervescente competencia, iban surgiendo músicos por todas partes tratando de incorporar elementos innovadores a sus composiciones.

En Birmingham, un cuarteto de veinteañeros desadaptados comenzó a tocar blues en los tugurios de la zona industrial de esta ciudad meridional, futura cuna de otros astros de la música popular contemporánea como Steve Winwood, Electric Light Orchestra o Duran Duran. Antes de llamarse Black Sabbath, se presentaron como The Polka Tulk Blues Band (1967) y Earth (1968). Sin embargo, la adopción del nuevo nombre vino acompañada por un giro absoluto en la música que hacían, que sería a la vez novedoso y supuestamente anticomercial.

En sus comienzos, todos compartían un genuino interés por dos cosas: el blues y las películas de terror. Y les llamaba la atención -en especial a Geezer Butler– ver las tremendas colas de personas que esperaban para ingresar a cada estreno de largometrajes sobre monstruos y hechos paranormales. Entonces, un día Butler les comentó a sus compañeros: “Si la gente paga para asustarse en el cine, seguro también pagará para escuchar canciones terroríficas”. Con esta frase se cerró uno de los mejores estudios de mercado de la historia del rock.

De carátula oscura y canciones sobre posesión diabólica, aparicionesfantasmales y demonios enamorados, el epónimo disco debut de Black Sabbath fue un sorpresivo éxito de ventas. Sobre el nombre del grupo, la historia más conocida es que salió de una película de terror italianode 1963, protagonizada por el legendario actor británico Boris Karloff (1887-1969). Sin embargo, la banda norteamericana de rock psicodélico Coven había lanzado, medio año antes, un álbum titulado Witchcraft destroys minds & reaps souls, cuya primera canción se llamaba… Black Sabbath. Y, para colmo, el bajista de aquel olvidado grupo era Oz Osbourne, lo que habría inspirado el mote Ozzy del excéntrico vocalista británico (su nombre real es John Michael). De hecho, en una crónica para la revista Rolling Stone, el crítico Lester Bangs describió a Black Sabbath como “un cruce entre Cream y Coven”.

Las letras las escribieron a cuatro manos Geezer Butler y Ozzy Osbourne y, para la música, apareció el genio creativo del guitarrista Tony Iommi, quien basó sus composiciones en el uso de tritonos. En teoría musical, un “tritono” es un intervalo que abarca tres tonos completos adyacentes o seis semitonos, “que no es lo mismo, pero es igual”, parafraseando a Silvio Rodríguez. A esta combinación de notas se le conoce desde el siglo XVIII como “diabolus in musica” o “el diablo en la música” por sus disonancias siniestras y sobrecogedoras.Si a eso le agregamos la imaginería ocultista -cruces invertidas, textos que recrean historias terroríficas sacadas de cuentos de Dennis Wheatley (1897-1977), H. P. Lovecraft (1890-1937) y hasta la presencia del mismísimo creador de la “Iglesia de Satán”, el norteamericano Anton LaVey (1930-1997), en la fiesta de presentación de su álbum debut -algo que fue planificado por los productores sin avisarles- el mensaje estaba claro: Black Sabbath era una banda de temer.

Ozzy Osbourne fue despedido de mala manera por sus compañeros en 1978, poco después de la gira promocional del octavo álbum Never say die! (1978) –aquí podemos ver un concierto de esa época- y, posterior a ello, desarrolló una exitosísima carrera como solista, armando bandas en las que han tocado verdaderos genios del heavy metal como los guitarristas Randy Rhoads (1956-1982), Zakk Wylde, Jake E. Lee; los bajistas Robert Trujillo, Rudy Sarzo (Quiet Riot, Whitesnake); o los bateristas Tommy Aldridge (Whitesnake, Ted Nugent), Lee Kerslake (Uriah Heep, 1947-2020) o Mike Bordin (Faith No More). Muchos de ellos también estarán presentes en Back to the beginning. En el 2024, el cantante y estrella de realities fue inducido al Salón de la Fama del Rock and Roll, por su trabajo en solitario.

Pero Tony Iommi es el alma y sonido de Black Sabbath. Aun cuando se trató siempre de una banda de creación colectiva, su oscura guitarraconforma el 80% del impacto que tiene la música de Black Sabbath en el oyente común y corriente. Después vienen las atronadoras líneas del bajo de Geezer, los frenéticos bombazos de Ward, la voz de ultratumba de Ozzy y los sonidos extraños que contribuyen al resultado final de manera contundente y ominosa. Pero esa poderosa guitarra orgánica, sin recarga de efectos ni whammy bars, es la que queda grabada en la mente para siempre, después de oírla por primera vez. Un sonido con historia propia, además.

Los padres de Anthony Iommi Valenti llegaron a Birmingham desde la encantadora ciudad de Palermo, capital de Sicilia, al sur de Italia. Comenzó a tocar guitarra desde muy pequeño, haciéndose notar por ser zurdo, como Paul McCartney. A los 17 años sufrió un accidente terrible que estuvo a punto de terminar con sus sueños de convertirse en músico de rock. Mientras trabajaba en una fábrica de acero, una máquina cortadora industrial le cercenó las puntas de los dedos anular y medio de la mano derecha, la que usaba para digitar notas en el diapasón. Desconsolado, escuchó a los doctores decirle que no podría volver a tocar. Mientras se recuperaba, un amigo le hizo escuchar al belga Django Reinhardt (1910-1953), famoso por tocar la guitarra eléctrica con solo dos dedos tras unas graves quemaduras sufridas en un tren, casi a la misma edad que él tenía.

Esto lo motivó tanto que decidió solucionar su problema, fabricando sus propias prótesis a manera de dedales, con pedazos de botellas de detergente que derritió para darles forma y adaptarlos a sus dedos mutilados. Las extensiones funcionaron desde el principio, permitiéndole retomar la guitarra. Para compensar el hecho de no tener sensibilidad en las puntas de los dedos dañados, Tony aprendió a dominar la armadura de acordes desde las zonas más bajas del diapasón y comenzó a afinar su instrumento uno o dos tonos por debajo de lo normal, para reducir la tensión de las cuerdas.

Todo eso le permitió alcanzar tonalidades más cavernosas y sombrías. En medio de los años formativos de Black Sabbath (1967-1968), Tony Iommi pasó brevemente por la banda de blues y prog-rock Jethro Tull. Un registro de ello puede verse en el especial para televisión de The Rolling Stones Rock and Roll Circus, en el que los dirigidos por el flautista Ian Anderson tocan Song for Jeffrey, uno de los temas de su álbum debut, This was (1968). Luego de eso, el guitarrista volvió a su grupo y nunca más se fue. En los sesenta años de trayectoria de Black Sabbath, Iommi ha sido el único miembro estable y presente en todos y cada uno de los lanzamientos discográficos del grupo, tanto en estudio como en vivo.

Geezer Butler y Bill Ward conforman la base rítmica, encargada de dar fondo a las tormentas eléctricas que suele desatar Mr. Iommi en cada tema. Geezer -un término coloquial del inglés británico que podemos traducir como “compadre”, “causa”- es uno de los bajistas más carismáticos y representativos del rock clásico en general y del heavy metal en particular. Sus movimientos sobre el escenario eran enérgicos y agresivos, sacudiéndose y levantando su pesado instrumento mientras tocaba, con digitación natural o púa plástica, líneas melódicas contundentes, veloces y de permanentes cambios.

Bajistas como Jason Newsted (Metallica), Steve Harris (Iron Maiden), Billy Sheehan (Mr. Big) o Justin Chancellor (Tool) lo mencionan siempre como una de sus principales influencias. Como letrista principal de Black Sabbath, Butler usó sus estudios en literatura británica antigua y su afición por los escritos de Aleister Crowley(1875-1947), introduciendo temas de magia negra y ocultismo. A diferencia de sus compañeros, Geezer Butler -cuyo primer instrumento fue la guitarra- no ha grabado discos en solitario. Estuvo en Black Sabbath desde su fundación hasta 1983 y, posteriormente, alternó sus entradas y salidas del grupo colaborando en ciertos tramos de la carrera solista de Ozzy Osbourne y, después de 1998, ha participado en todas las reuniones de Black Sabbath hasta ahora, incluyendo la del año 2006 que juntó a la formación de 1980-1982- con Dio y el baterista Vinny Appice-, Heaven & Hell.

Con respecto a Bill Ward, es difícil imaginarlo como un amante del jazz, aunque sus principales influencias fueron Gene Krupa (1909-1973), Buddy Rich (1917-1987) o el rey del shuffle, Bernard Purdie (Steely Dan, Stevie Wonder). En los años más salvajes de Black Sabbath, Ward era blanco de distintas bromas, algunas de ellas muy pesadas y peligrosas. Por ejemplo, durante una gira en 1973, Iommi prendió en fuego la frondosa barba del baterista, ¡con su permiso! El músico acabó con serias quemaduras en la barbilla tras aquella trastada, en medio de literales montañas de cocaína y otros postres. Sus excesos con el alcohol lo pusieron al borde del colapso en más de una oportunidad, una adicción que también afectó su vida personal y su continuidad en la banda.

El título del concierto que se viene, Back to the beginning, juega con el concepto obvio del “regreso a los inicios” -los integrantes del grupo vivieron desde niños, con sus padres, a pocas cuadras del estadio donde se realizará, el Villa Park- y con el título de una de sus últimas canciones, End of the beginning, que abre el álbum 13, lanzado hace ya una docena de años. Si a eso le añadimos que, durante sus tiempos de gloria, la banda nunca tocó en este escenario, la idea de decir adiós en su barrio adquiere mucha mayor relevancia y emotividad, tanto para los músicos como para los habitantes de Birmingham, ciudad que se disputa con Manchester el título de la segunda más grande del Reino Unido.

Pero esto es mucho más que el concierto de reunión de un grupo retirado, en búsqueda de capitalizar económicamente su brillante pasado. Back to the beginning será una verdadera celebración y homenaje, en la que célebres aprendices se acercarán a mostrar respeto y agradecimiento a sus maestros, los padres fundadores de un género que, a pesar de los cambios, degradaciones y retrocesos que han sufrido los públicos consumidores de música popular y asistentes a conciertos, se mantiene vigente a nivel mundial en festivales multitudinarios como Wacken (Alemania), Hellfest (Francia) o Download (Inglaterra).

El cartel incluirá a pesos pesados surgidos en la década de los ochenta como Metallica, Anthrax, Slayer y Guns N’ Roses, de los noventa como Alice in Chains, Lamb of God, Pantera o Tool y una constelación de personalidades del rock duro de distintas épocas y estilos, desde el compositor, cantante y guitarrista Sammy Hagar (Montrose, Van Halen, exitoso solista) hasta Wolfgang Van Halen, hijo del desaparecido guitarrista Eddie Van Halen y líder de Mammoth;desde Johnatan Davis, vocalista de Korn, hasta Papa V Perpetua (líder de Ghost); desde Chad Smith, baterista de Red Hot Chili Peppers,hasta Billy Corgan, guitarra/voz de los Smashing Pumpkins; todos bajo la dirección de Tom Morello, guitarrista de los también noventeros Rage Against The Machine. Será, sin duda alguna, el evento musical del año.

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Black Sabbath, Hard-rock, heavy metal, metal., Ozzy Osbourne, rock clásico

A falta de respuesta de los partidos de la derecha para armar coaliciones partidarias que eviten la fragmentación suicida de este sector del espectro ideológico, un camino alternativo a recorrer es el de la constitución de coaliciones con gremios sociales y movimientos universitarios que a lo largo del país constituyen un tejido social vivo capaz de movilizar activos políticos muy superiores a los que los partidos pueden mover.

Solo en el mundo de la pequeña y microempresa hay cientos de gremios desperdigados por todo el territorio nacional, inclusive en el mundo agrario, y que son emprendedores identificados con un discurso proinversión, alejados de prédicas violentistas o antisistema. Lo mismo sucede con movimientos estudiantiles que ya existen y se movilizan activamente en favor de la inversión y la economía de mercado.

Ya desde la izquierda se están activando movimientos parecidos. Lucio Castro, secretario general del Sutep y precandidato presidencial del Partido de los Trabajadores y Emprendores, ha lanzado la idea de un frente social que agrupe a gremios sociales y organizaciones sindicales como una manera de aglutinar esfuerzos y constituir una opción más atractiva que la de los outsiders radicales que pululan en su segmento.

Es una propuesta interesante, disruptiva sin ser extremista, capaz de ser efectiva frente a los populismos autoritarios que germinan tanto en la izquierda como en la derecha, y que sería capaz de recuperar un espacio para fórmulas democráticas, pluralistas y moderadas.

Sería formidable para el Perú que en la elección del 2026, los antisistema, que abrevan del miedo o la irritación, le cedan el paso a alternativas pensadas seria y laboriosamente. Hay tiempo para que cuajen y el Perú cívico haría bien en atenderlas como corresponde, porque su fortaleza no estriba en la sorpresa, la novedad imprevista o la radicalidad demagógica.

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