Opinión

[OPINIÓN] El Jurado Nacional de Elecciones ha logrado, con meticulosa organización, recrear en versión electoral lo que la historia ya había advertido: la confusión total. Su propuesta: un debate presidencial con treinta y cinco candidatos, donde cada uno dispone de ocho minutos en total —repartidos entre exposición y réplica— sobre temas que no eligen ellos sino el propio Jurado. Todo ordenado. Todo incomprensible.

El problema no es solo la cantidad, sino el formato. Esos ocho minutos están partidos en dos jornadas separadas por una semana. Cuatro minutos un día, sobre un tema; cuatro la siguiente, sobre otro. Un discurso fragmentado que asegura levedad en lo expuesto y olvido garantizado en quien escucha.

¿Quién puede seguir ese hilo? Nadie. Se le pide al ciudadano retener 35 intervenciones por jornada y reconstruirlas días después, en otro contexto, con otros rivales. No es información, es desgaste.

Para completar el cuadro, el sorteo cambia los cruces cada día. Keiko Fujimori con López Aliaga hoy; Belmont con el Cómico Álvarez mañana. Sin comparación directa, sin contraste, sin debate real. Solo combinaciones aleatorias que convierten el evento en una sucesión de monólogos que, gracias a Dios, duran apenas dos minutos. Al final de cada uno, el infaltable ¡Viva el Perú, carajo! y a otra cosa.

El problema, siendo justos, no es de los candidatos. Es del sistema que permite 35 postulantes —y miles más en listas parlamentarias— y luego pretende ordenarlos con cronómetro, para darlos a conocer sabiendo que el 80% está condenado a la irrelevancia desde el inicio. Participan igual, porque quieren sus  8 minutos de gloria y lamentablemente para nosotros,  la ley los obliga.

La televisión abierta vislumbró antes que nadie la falta de interés: en la primera jornada, el lunes 23, pasó de largo sin remordimientos.

Lo que queda es un desfile que, con menos protocolo, sería un buen programa cómico de fin de semana. Y no se duerman: aún falta la cédula de votación —ya de por sí incomprensible— para confirmar que en este bulín electoral, entender es lo único que no estaba previsto.

Que Dios nos coja confesados.

[INFORME] Roberto Sánchez Palomino empieza a tomar protagonismo mostrándose como el elegido para reivindicar a Pedro Castillo y su proyecto político. Sin embargo, su historial no sólo refleja la imagen de un ministro que entregaba puestos a sus conocidos, sino que también traicionó a la propia izquierda.

Cuando Pedro Castillo Terrones abandonó Palacio de Gobierno en diciembre del 2022, tras un fallido intento de golpe de Estado, podía parecer que se había escrito el capítulo final de su historia política. Sin embargo, las desaciertos y provocaciones del Congreso, su principal opositor, sumado a que un considerable sector del interior del Perú interpretó la vacancia como la intolerancia de los políticos limeños ante un maestro rural llevaron a que, más de tres años después, el nombre de Pedro Castillo siga teniendo un impacto considerable.

De cara a las elecciones que se llevarán a cabo en algunas semanas, la pregunta que restaba por responderse era quién podría representar a ese sector castillista que todavía estaba a la espera de una reivindicación. Desde el espectro de la izquierda habían surgido diversos nombres como Alfonso López Chau, quien siendo rector de la UNI había acogido a quienes llegaron a Lima para manifestarse contra el gobierno de Dina Boluarte, el líder aymara Vicente Alanoca y hasta Ronald Atencio, exabogado de Castillo.

Pero quien finalmente parece haber sido el elegido de la mayoría de los seguidores de Pedro Castillo es Roberto Sánchez Palomino. El congresista y líder del partido Juntos por el Perú hoy hasta brinda mítines usando el sombrero que supo caracterizar al expresidente y su nombre ha tomado fuerza en las encuestas. No obstante, debajo del sombrero existe un historial reciente que muestra la cuestionable manera en que se ha desempeñado Sánchez Palomino cuando tuvo poder.

EL CASO CENFOTUR

Luego que Pedro Castillo pasó a segunda vuelta en abril del 2021 se encontró ante la necesidad de acercarse a otros sectores de izquierda y, cuando posteriormente se convirtió en presidente, buscó en estos grupos  a quienes serían sus ministros. Roberto Sánchez Palomino fue uno de ellos y entre los años 2021 y 2022 se desempeñó como titular del sector de Comercio Exterior y Turismo.

Su llegada a este ministerio no tardó en tener repercusión en las entidades adscritas al Mincetur. El Centro de Formación en Turismo (Cenfotur) fue uno de los lugares donde se empezaron a evidenciar, y padecer, los cambios que trajo consigo la gestión del ministro Sánchez Palomino.

El 31 de diciembre del 2021, el entonces ministro Roberto Sánchez designaría a Víctor Fernando Sotelo Canales como el nuevo director nacional del Centro de Formación en Turismo. Una decisión que tomó por sorpresa a más de uno debido a que Sotelo no sólo carecía de experiencia en el rubro, sino porque además acumulaba denuncias por violencia familiar.

Este personaje que gozaba de la confianza del líder del ahora candidato presidencial fue el líder de una gestión que parecía no tener reparos en perseguir a todo aquel trabajador que no estaba dispuesto a acatar órdenes por más irracionales e injustificadas que sean. En ese contexto, en agosto del año 2022, Sudaca pudo conocer el caso de Tania Mabel Zurita Sánchez, quien era jefa encargada de la Oficina de Planificación, Presupuesto y Desarrollo de Cenfotur.

Zurita venía trabajando en el Centro de Formación en Turismo desde el año 2018. Pero fue con esta nueva gestión que se encontró ante un inesperado proceso disciplinario que hasta llegó al punto en que se le prohibió el ingreso a su centro de labores. ¿Qué acto tan grave la llevó a encontrarse ante este escenario? El haber solicitado una justificación técnica para avalar el pedido de un aumento de presupuesto que hicieron las nuevas cabezas de esta entidad.

Sudaca pudo acceder a la defensa presentada por Zurita Sánchez donde directamente menciona actos de hostigamiento que hasta llegaron a descuentos de su salario sin justificación alguna. Aunque desde Cenfotur negaron estas acusaciones, tras la difusión del informe de Sudaca, sólo pasaron unos días para que  Víctor Fernando Sotelo Canales presente la renuncia al cargo de director.

Pero la salida de Sotelo estuvo lejos de representar un cambio de rumbo para Cenfotur y sin dudas tampoco fue un escarmiento para Sánchez Palomino, quien no buscó a su reemplazo en una lista de especialistas del sector turismo sino en la lista de su partido. Fue así como Giannina Iris Avendaño Vilca, excandidata al Congreso por Juntos por el Perú, terminó ocupando el puesto vacante.

No pasó mucho tiempo para que la nueva gestión ponga sobre la mesa sus prioridades. A tan sólo días de la designación de Avendaño en Cenfotur se publicó una resolución de gerencia en la cual se establecía una nueva escala salarial que oficializaba aumentos que iban de dos mil hasta cuatro mil soles. Según el Reglamento de Organización y Funciones (ROF), le correspondía al Consejo Directivo ser quien proponga una la escala remunerativa, pero la gerencia general optó por saltarse este paso.

TRAICIÓN

Pero así como parece tener especial consideración con algunos de sus aliados de izquierda a los que colocó en puestos importantes, Roberto Sánchez también ha defraudado a quienes en algún momento compartieron con él una campaña electoral. El siguiente antecedente sobre la trayectoria de Sánchez Palomino expone lo que se podría calificar como una traición.

Para las elecciones del año 2021, la agrupación política de Roberto Sánchez Palomino, Juntos por el Perú, formó una alianza con Nuevo Perú, el partido de Verónika Mendoza, en un intento de lograr la unidad de la izquierda. No obstante, la culminación del proceso electoral se convertiría en el inicio de un cambio radical del vínculo entre quienes supieron ser aliados.

Acorde al documento del acuerdo político, al que pudo acceder Sudaca y que fue firmado por Roberto Sánchez y Verónika Mendoza, uno de los puntos incluídos hacía mención al uso del financiamiento público que alcanza la cifra de S/ 6,873,214.75 y se entregarían durante cinco años. Según el acta que se puede ver en la siguiente imagen, el monto que les sería entregado “se distribuirá equitativamente de común acuerdo entre Juntos por el Perú y Movimiento Nuevo Perú”.

Fuentes confiables revelaron a Sudaca que apenas en el mes de julio del 2021 se produjo el quiebre total entre estas dos facciones de izquierda y que, pese a los intentos por parte del grupo liderado por Verónika Mendoza para continuar trabajando de forma conjunta, Sánchez Palomino había decidido ignorarlos y, por supuesto, incumplir con la distribución equitativa del monto que recibirían por el financiamiento público.

La siguiente imagen corresponde a un grupo de Whatsapp con los representantes del partido y en el cual incluso participa Raúl Del Castillo, quien era el encargado designado por el partido de Sánchez Palomino para implementar el acuerdo con Nuevo Perú. En esta conversación se expone que Juntos por el Perú no sólo había decidido ignorar a Nuevo Perú y el compromiso asumido, sino que hasta eran vistos como una especie de enemigos sobre los cuales decían “deben morder el polvo de la derrota”.

Con la inclusión de exministros y hasta familiares de Pedro Castillo como candidatos al Congreso, resulta innegable que Roberto Sánchez y Juntos por el Perú intentan convertirse en una alternativa potenciada que cumplirá las promesas que el gobierno de Castillo Terrones no pudo. Pero debajo del sombrero y los discursos combativos sigue estando el mismo personaje que como ministro designaba funcionarios sin preparación y como líder político traicionaba a la izquierda.

 

[Música Maestro] “Si Bad Bunny llenó tres River… vos venís acá a la Argentina y llenás seis…” dice, emocionado casi hasta el llanto, un tiktoker argentino enfundado en una casaquilla de Boca Juniors, mientras en la parte superior de su pantalla aparecen algunos segundos de la imitación del joven peruano Fernando Sosa (27), interpretando Prófugos, uno de los tantos clásicos de Soda Stereo, convertido en la reencarnación de Gustavo Cerati, en el programa Yo Soy de Frecuencia Latina.

La cantidad de reacciones de diversos medios digitales argentinos ha sido abrumadora. Dos conductoras de podcast lo invitaron para entrevistarlo, luego de que la noticia de su perfecta imitación llegara a las redes gauchas, y resaltaron además su absoluta humildad. “Nosotras estamos comenzando -dice una de ellas- y Fer(nando) no nos puso peros, no preguntó cuántas vistas tenemos, hizo todo lo posible para atendernos, como si le estuviéramos haciendo un favor”.

Sosa, que se perfila seriamente como el ganador de esta temporada del popular espacio, les dedica un par de versos de Crimen, tema de Cerati en solitario. Las entrevistadoras no lograban contener su emoción. “Sos un ángel, nos hiciste llorar…” le dijeron al peruano. Así como ellas, muchos otros influencers han quedado conmovidos al sentir en el talento de este joven imitador que Gustavo Cerati, uno de los ídolos máximos del pop-rock argentino, ha vuelto a sus vidas, doce años después de haber abandonado el mundo físico.

“En momentos tan difíciles de las sociedades -dice una de ellas- volver a encontrarnos con esa proximidad, esa calidez nos conmueve. Fernando, sos un grosso, sos un ganador…” antes de culminar su entrevista. La algarabía causada por Sosa en Argentina se resume con una frase cargada de agradecimiento: “Se trataba de imitarlo ché, no de revivirlo…” Buen motivo para recordar la trayectoria de Gustavo Cerati (1959-2014).

Un clásico del pop-rock en nuestro idioma

A mediados de los ochenta, una ola de nuevas bandas de pop-rock en español ingresó a las emisoras radiales con canciones frescas y accesibles a todo tipo de público. Países como México, España y, especialmente, Argentina, que ya tenían una fuerte tradición de artistas en este género, fueron los más pródigos, inundando las programaciones de radio y televisión con sus canciones. En 1984, desde Buenos Aires, un trío llegó y revolucionó el gusto popular con su estética influenciada en la new wave británica y una diversidad sonora que, sin dejar de ser argentina, se separaba por completo de la idiosincrasia del rock producido en ese país.

Gustavo Cerati (voz, guitarras), Héctor “Zeta” Bossio (bajo, coros) y Carlos “Charly Alberti” Ficicchia (batería) lanzaron tres álbumes que los convirtieron en la banda de rock en castellano más exitosa y popular de todos los tiempos. Las canciones Te hacen falta vitaminas, Tele-K, Sobredosis de TV (Soda Stereo, 1984), Cuando pase el temblor, Nada personal, Juegos de seducción (Nada personal, 1985), Persiana americana, Signos y Prófugos (Signos, 1986) se inocularon en las venas de toda una generación y hoy son innegables clásicos de una época que, gracias al poder de la nostalgia, lucha tenazmente para no desaparecer sumergida en la densa y sucia neblina del reggaetón y el latin-pop, por el peso y sustancia que le dieron a la música cantada en nuestro idioma.

La “Sodamanía”: Un fenómeno sudamericano

El impacto de la imitación ejecutada por Fernando Sosa, hijo de una estilista que trabaja hace años en la televisión nacional, es solo una muestra del fanatismo que despertó Soda Stereo no solo en el Perú, sino en toda la región. En esos años, aquí eran muy populares bandas como The Police, Duran Duran, Tears For Fears y The Cure, de sofisticado sonido y estética recargada, con peinados y maquillajes que resultaban fascinantes para el público en general.

Soda Stereo adoptó esas características, puliendo al máximo los aspectos instrumentales con cuidadosos acabados para sonar más cosmopolitas. Lejos de fusionar el rock con los ritmos folklóricos, como lo hicieron los padres fundadores del rock de su país -Charly, Spinetta, Páez-, la “trilogía del rock”, mote un tanto exagerado que le inventaron los disc-jockeys de la época, presentó una propuesta original que se nutría de toda la información del rock anglosajón, sin perder el idioma ni el acento.

Esos tres primeros discos son la base de la multitudinaria y leal comunidad de seguidores que Soda Stereo conservó toda la década siguiente y que, gracias a las giras de despedida y reunión que tuvieron en 1997 y 2007, respectivamente, no ha hecho más que crecer y multiplicarse. Con Cerati como principal compositor y extraordinaria primera (y única) guitarra, la banda conquistó todos los países que visitó en aquel primer periodo, generando euforias colectivas que dieron paso al fenómeno de la “Sodamanía”.

Cómo no recordar las triunfales presentaciones de Soda Stereo en el XXVIII Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar en Chile (febrero de 1987), con esas inolvidables versiones en vivo de Sobredosis de TV o Persiana americana. O las históricas actuaciones en el Coliseo Amauta de Lima, en noviembre de 1986 y junio del año siguiente de las cuales se extrajo el Vita-Set, unión de dos éxitos de su primer LP, Te hacen falta vitaminas y ¿Por qué no puedo ser del jet-set? para su primera producción en vivo, Ruido blanco (1987).

Soda Stereo en los 90: Consolidación

Luego del lanzamiento de Doble vida (1988), su cuarto larga duración que contiene la que para muchos es su mejor canción -En la ciudad de la furia-, Soda Stereo inició los noventa con un disco de poderoso rock dominado por guitarras distorsionadas y una vocación lírica más críptica. Si Doble vida es lo que, en términos de crítica musical, suele denominarse “disco de transición”, Canción animal (1990) es la consolidación, con canciones fuertes como En el séptimo día, Sueles dejarme solo u Hombre al agua. Aunque la efervescencia de la “Sodamanía” decayó ligeramente, este álbum pasó a la inmortalidad por De música ligera, a la postre su canción más popular.

Su fama, éxito comercial y prestigio en Argentina, el resto de Hispanoamérica y Estados Unidos eran incuestionables. El juvenil conjunto que había presentado, con músicos de apoyo y ambiciosa puesta en escena, su segundo LP Nada personal en el legendario teatro Obras Sanitarias de Buenos Aires ante 20 mil personas, ahora ofrecía conciertos gratuitos multitudinarios en el centro de Buenos Aires -reunieron a un cuarto de millón de personas en la Av. 9 de diciembre en 1991- y sus giras eran esperadas con impaciencia por todos lados. En ese tiempo, Cerati combinó su trabajo como líder y figura central de Soda Stereo con sus primeras inquietudes en solitario.

Inicios de Cerati, final de Soda

Así, tras el experimento electrónico Colores santos (1992), que Cerati concibió a dúo con su compatriota Daniel Melero, productor y multi-instrumentista de amplia trayectoria en la escena argentina, Soda Stereo sorprendió ese mismo año a propios y extraños con Dynamo, un álbum denso y experimental que dividió a su fanaticada. A renglón seguido, apareció el debut oficial de Gustavo Cerati como solista, Amor amarillo (1993), un disco en que el cantautor y guitarrista deja en claro sus principales influencias, desde el indie-rock, el pop alternativo y un tributo a Luis Alberto Spinetta, con una versión de Bajan, tema del álbum Artaud (Pescado Rabioso, 1972).

El último disco en estudio de Soda Stereo llegó tres años después, con una amplia publicidad para anticipar su gran retorno. Sueño Stereo (1995) produjo algunos clásicos nuevos como Zoom -con reminiscencias de la auroral Cuando pase el temblor-, Paseando por Roma o Ella usó mi cabeza como un revólver -más cercanas al sonido del Canción animal- y múltiples intervenciones electrónicas, rezagos de la era Dynamo y anticipo de sus propias experimentaciones futuras, no muy difundidas, como Plan V (1996) o los bonus track del “desenchufado” para la MTV, Comfort y música para volar, grabado en Miami ese mismo año.

En 1997, luego de varios rumores, Soda Stereo oficializó su despedida con una minigira de seis fechas titulada El último concierto, inmortalizada por aquellas dos palabras que el músico pronunció en la noche final, tras la fanfarria con la que cierran una catártica versión de De música ligera, coreada y saltada por más de 65 mil personas en el Estadio River Plate.

Después de dos horas tocando y tras dedicar unas emocionadas palabras a quienes los habían acompañado y a su público, un Cerati sobrepasado por la emoción solo atina a decir “totales” -para describir a la multitud- después de dar las gracias y quedarse un par de segundos en blanco, sin palabras. El “¡Gracias… totales!” de aquel 20 de septiembre de 1997 no fue una frase, sino dos exclamaciones desconectadas una de la otra.

Gustavo Cerati como solista: Otro rollo

Aunque nunca quiso desligarse de su imagen como voz y guitarra de Soda Stereo, Gustavo Cerati dejó evidente que sus intereses musicales iban algo más allá de las fronteras estilísticas de la entente que lideró entre 1983 y 1997. En su segunda producción como solista, Bocanada (1999), “El Gus”, como cariñosamente lo llaman sus fans más fieles, consiguió un logro artístico notable con su inteligente uso de samplers, densas capas de guitarras sobregrabadas y efectos electrónicos en la línea de géneros alternativos como el trip-hop o el dream pop de artistas como Massive Attack o Cocteau Twins, respectivamente, desde las coordenadas del pop-rock latino, naturalmente.

Sus exploraciones electrónicas se expandieron cuando comenzó a trabajar con el proyecto del fallecido Flavio Fernández Etcheto, Ocio, en melodías que formaron los álbumes Medida universal (1999) e Insular (2000), incorporando su apreciado trabajo como guitarrista en contextos menos asociados al rock. El retorno a estructuras más convencionales llegó con Siempre es hoy (2002), su tercera placa individual. Cosas imposibles, el tema central del disco, vino acompañado de un simpático video que puso a Cerati delante de un público nuevo.

El 2006 vio la llegada de Ahí vamos, que produjo singles como La excepción y la sensible balada Crimen, de texturas semi electrónicas combinadas con ataques decididamente rockeros. Al año siguiente, Soda Stereo se reunió para la gira Me verás volver, 22 conciertos entre octubre y diciembre del 2007.

Y, dos años después, lanzaría Fuerza natural (2009), su quinta y última producción en estudio, que ratificó la voluntad de Gustavo Cerati de regresar a formas más musicales más accesibles. Ese mismo año, participó en el megaconcierto Spinetta y Las Bandas Eternas, ante 45 mil espectadores en el Estadio Vélez Sarsfield, tocando junto a su admirado “Flaco” los clásicos Té para tres de Soda Stereo y Bajan de Pescado Rabioso.

La última vez de Soda Stereo en Lima

La enorme expectativa que despertó el anuncio de la visita de Soda Stereo, como parte de su gira Me verás volver, se vio plenamente superada la noche del sábado 8 de diciembre del 2007, frente a 50 mil personas en el Estadio Nacional.

A las 9 en punto, las luces se apagaron y las notas de Algún día, notable versión del tema Some day one day del segundo LP de Queen, que los Soda grabaran en 1997 para un álbum tributo a “la Reina”, anunciaron que el concierto iba a comenzar. La tocada fue una intensa sucesión de éxitos de todas etapas de Soda Stereo, así como segmentos dedicados a su época más experimental y arriesgada. Un placer para fanáticos.

Cerati, el indiscutible líder de Soda, salió a escena con su clásica guitarra Jackson color azul eléctrico y se entregó al público demostrando un potente filo rockero y una madurez musical que varios momentos climáticos, como cuando tocaron En la ciudad de la furia. Al final de Pic-Nic en el 4to. B, el cantante y guitarrista incluyó el coro del clásico And she was de Talking Heads (Little creatures, 1985), para sorpresa de quienes pudimos darnos cuenta.

Cerati, Zeta y Charly regresaron dos veces esa noche, ante los aplausos del público. Junto a sus músicos de apoyo, Fabián “Tweety” Gonzáles, Leandro Fresco (teclados) y Leo García (guitarra) y Leandro Fresco, Soda Stereo se despidió del público peruano que demostró, durante las 2 horas y 40 minutos que duró, ser uno de los más conectados con la carrera de la banda. Dos años después, Cerati pisaría Lima de nuevo, presentando su álbum Fuerza natural en el estadio de San Marcos.

Gustavo Cerati: Un artista de primera

Además de sus dotes como cantante, Gustavo Cerati fue un excelente guitarrista. Desde los solos de Te hacen falta vitaminas (1984) o el uso de efectos en Ecos (1985) -por poner dos ejemplos- el oyente atento entiende de inmediato que se trata de un músico de otro nivel.

En la versión alterada de En la ciudad de la furia, a dúo con la vocalista de Aterciopelados, la colombiana Andrea Echeverri; o el cover de un clásico del rock argentino, Génesis, original del álbum La Biblia (1972) del cuarteto Vox Dei, ambos en el disco en vivo Comfort y música para volar (1996), los solos de Cerati alcanzan niveles estratosféricos, de ligas mayores. Argentina siempre ha sido tierra de buenos guitarristas de rock -Spinetta, Pappo, Roth, Mollo, Lebón- y Cerati entra en ese club sin problemas ni cuestionamientos.

Como letrista, Cerati utilizó siempre un lenguaje entre lo poético y lo alegórico, con temas recurrentes como la sensualidad, el romance, las relaciones interpersonales, reflexiones atemporales sobre la vida, humor negro y críticas socioculturales pero desde mensajes etéreos, nunca directos, tanto en Soda Stereo como en solitario. Su voz abaritonada posee rasgos comunes con las de otros vocalistas argentinos, sobre todo en los tonos altos y en la forma pronunciada del acento particular de su país, pero con un tinte personal inconfundible.

Ese sello vocal es el que replica a la perfección nuestro compatriota Fernando Sosa. Como dicen los comentaristas argentinos, extasiados con este homenaje a una de las figuras que más ha influido a su escena nacional, el talentoso joven reproduce con sorprendente exactitud no solo la tonalidad e inflexiones vocales –“sacás perfecto el argento” le dicen en un podcast- sino también los movimientos y actitudes de Cerati sobre los escenarios. Su imitación está siendo reconocida como un homenaje a una de las figuras más importantes del rock en castellano. Felicidades por eso.

[OPINIÓN] Balcázar intentó presentar la compra de los F-16 como un «hecho consumado» heredado del gobierno de Jerí, buscando evitar el costo político de una inversión multimillonaria en medio de carencias sociales. Pero al ser desmentido por los hechos y por su propio entorno, ha quedado expuesto un manejo errático. No se puede jugar al «dije pero no dije» cuando se trata de la soberanía militar.

La soberanía no es solo tener aviones; es tener la capacidad de decidir con autonomía qué tecnología conviene más al interés nacional. El F-16 es una máquina formidable, pero su compra amarra al Perú a la logística y los permisos de uso de Estados Unidos. ¿Es esa la mejor ruta? Esa es una pregunta que debe responder un gobierno con mandato pleno, no uno que ya tiene las maletas hechas.

Faltan pocos meses para el 28 de julio de 2026. Forzar la firma de un contrato de 3,500 millones de dólares en el «minuto 90» del gobierno es éticamente cuestionable y técnicamente peligroso. Balcázar debe entender que su rol ahora es garantizar una transición ordenada, no comprometer la caja fiscal y la estrategia de defensa de la próxima década. El expediente debe quedar sobre el escritorio, listo para que el nuevo presidente, con la legitimidad de las urnas, decida el destino de nuestros cielos. Cualquier otra ruta solo alimentará sospechas y debilitará la institucionalidad de nuestras Fuerzas Armadas.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]

  1. A pesar de que Chile tenga derecho de reforzar su frontera, ¿crees que este tipo de acciones resienten la relación entre Chile y Perú y reviven tensiones del pasado que nunca sanaron del todo?

Lo primero que quiero señalar es que no creo que José Antonio Kast haya adoptado estas medidas con la deliberada intención de agredir u ofender, de alguna manera, a las naciones peruana y boliviana. Su campaña electoral tuvo entre sus ejes centrales solucionar el tema de la migración venezolana que, con justicia o no, incomoda a la mayoría de chilenos. De hecho, este podría ser el gran diferencial que explica su victoria electoral del 14 de diciembre pasado.

Por otro lado, las políticas de los estados presentan consecuencias colaterales y la construcción de muros para, finalmente, separarse o alejarse del Perú y Bolivia no coadyuva a una política del acercamiento y la integración. La razón de un muro siempre ha sido separar algún compartimento de otro, y esta no es la excepción. Este es el mensaje que transmite Chile sea o no la intención de su flamante presidente José Antonio Kast.

  1. ¿La colocación de vallas puede generar problemas con respecto a la demarcación de límites en zonas como el denominado «triángulo terrestre»?

Podría, dependerá de la buena intención y el sentido común del gobierno chileno. Desde que quedó pendiente la cuestión del Triángulo Terrestre ambos gobiernos han optado por dejar el tema reposar. Estas políticas también constituyen parte de la diplomacia, se trata de un territorio menor pero que podría abrir un frente de confrontación bilateral entre dos países que todavía ponderan sus diferencias desde miradas muy nacionalistas y que, de hecho, remiten también a algunas voces que nos vienes del pasado como diría Philippe Joutard.

Si el gobierno chileno optase por cercar para sí dicho triángulo se abriría un frente de conflicto internacional entre los dos países. Sin embargo, existe una solución a la mano, pues tanto el  Perú como Chile pueden solicitar a la Corte Internacional de Justicia de la Haya que defina o explique ese aspecto de su fallo. De este modo cerraríamos el tema definitivamente. Es absurdo tener un pendiente territorial entre el Perú y Chile a estas alturas, estamos para mejores cosas.

  1. En varias ocasiones has dicho que Perú y Chile necesitan «una reconciliación». ¿Crees que eso aún está pendiente? ¿Estamos más lejos que en otras épocas de que esa reconciliación pueda hacerse efectiva?

Estamos lejísimos. Permíteme explicarte un poco las cosas. Los nacionalismos chileno y peruano son distintos. El chileno está muy bien articulado, responde al orden de su Estado y a la calidad de su clase política. El peruano es más espontáneo, pero también más primario y adjetivo. Desde esas premisas, esperar que las partes ingresen a un proceso de reconciliación binacional –que no implica que Chile le pida perdón al Perú y punto, como muchos creen- es casi imposible.

Luego, si gobiernos progresistas como el de Gabriel Boric no se lo han planteado, menos lo hará un gobierno conservador con toques nacionalistas como el de José Antonio Kast. Y el lado peruano no está mejor: su clase política no tiene la consistencia suficiente para siquiera plantearse el tema: gritarían “que devuelvan el Huáscar”, en el mejor o el peor de los casos.

Así que tras 20 años de trabajar la posibilidad de efectuar un proceso formal de reconciliación histórica entre el Perú y Chile, relativa a la Guerra del Pacífico (1879-188) debo confesar que solo me he llenado de escepticismo.

  1. El presidente de Perú, José María Balcázar, ha advertido que las vallas en la frontera no sean «un nuevo muro de Berlín». ¿Crees que este tipo de acciones pueden generar tensiones o divisiones entre la población de Tacna y Arica? ¿Sería mejor que ambas ciudades tuvieran alguna especie de régimen «binacional» como sucede en algunas otras fronteras del mundo?

En este caso suscribo al presidente José María Balcázar. Es curioso, cuando cayó el muro de Berlín en 1989 pensábamos que la época de los muros y de los telones de acero que separaban a los seres humanos había terminado. Sin embargo, tres décadas después Donald Trump inició la construcción de un muro al borde de río Grande para detener la migración mexicana y la idea de Kast me aterra porque podría implicar que cunda el ejemplo y volver a un mundo lleno de muros que nos separen.

En la Edad Media, eran los muros y torres de los castillos; durante la Guerra Fría, además del muro de Berlín, fueron las fronteras castrensemente custodiadas para evitar que personas que buscaban cambiar su situación, elijan donde vivir, creo que la idea de separarnos por muros la deberíamos superar definitivamente.

Cierro con esta idea, veo a José Antonio Kast más interesado en acercarse a Donald Trump y resolver sus temas migratorios que en indisponerse con el Perú y Chile. Pero entre países con tanta sensibilidad histórica vinculada al pasado común, lo segundo es casi inevitable. Queda por ver, sin embargo, con qué políticas Kast piensa acercarse a Perú y Bolivia por otras vías. Si queremos algo de reconciliación, no interrumpamos el diálogo, más de lo que podría interrumpirlo el susodicho muro.

El Link de la nota en Sputnik

https://noticiaslatam.lat/20260319/un-muro-de-chile-en-la-frontera-con-peru-podria-reabrir-viejas-disputas-advierten-analistas-1172625417.html

 

[OPINIÓN] En la taberna del Admiral Benbow, Billy Bones aporrea la mesa, levanta la jarra y entona a voz en cuello lo único que parece saber con certeza: ”🎶…¡y una botella de ron!” No importa el rumbo. No importa el naufragio. No importa nada que no sea el momento, el canto y el trago. Es pirata: vive del botín, celebra sin consecuencias y navega sin puerto fijo.

Uno lo mira y piensa: qué familiar.

Porque a pocas semanas de las Elecciones Generales del 2026, el Perú presenta cerca de diez mil candidatos; bucaneros disputando protagonismo y la mayoría con el mismo argumento. Diez mil voces ofreciendo lo mismo: seguridad, educación y lucha contra la corrupción. Un coro monocorde que, de tan repetido, ya ni molesta. La palabra “seguridad”, o “educación”, dejaron de ser promesas. Hoy son más bien un monumento al fracaso colectivo. Y ni qué decir de “lucha contra la corrupción”.

Desde hace ya buen tiempo los partidos dejaron de ser partidos. Ya no forman, no seleccionan, no representan. Son plataformas de ocasión: estructuras vacías donde el requisito no es la trayectoria ni las ideas sino la audacia —y, si alcanza, algo de dinero. Barcos Piratas. Eso es lo que son. Barcos sin bandera, con tripulación improvisada, que no navegan hacia ningún puerto sino que saquean lo que encuentran al paso. Y no es que hayan llegado los peores; es que el sistema dejó de distinguir entre mejor y peor.

De líderes con formación y peso político —Belaundes, Prialés, Bedoyas, Garcías o Barrantes— hemos pasado a Acuñas, Porkys, Forsyths, Álvarez o Vizcarras: una oferta donde abundan los audaces de caricatura, la improvisación, la mediocridad y el marketing. Y, como si fuera poco, la vara sigue bajando.

Llevamos más de quince años en una secuencia que, vista desde afuera, provoca esa sonrisa diplomática reservada para lo incomprensible: presidentes que entran y salen, partidos que nacen y mueren, candidatos que hoy prometen redención y mañana rinden cuentas —cuando pueden. Un carrusel sin aprendizaje, donde lo único estable es la falta de consecuencias. Y aun así, el país sigue en pie.

No por mérito de la política, sino a pesar de ella. La economía peruana ha funcionado como ese motor que sigue andando aunque nadie lo mire, sostenida por lo que se construyó entre los noventa y el 2011. Desde entonces, más que avanzar, hemos vivido del impulso acumulado. Gastando ahorros con una serenidad casi irresponsable. Como si el saldo fuera infinito. No lo es.

Pero aquí, lo  más inquietante no es el desorden. Es la reacción frente a él.

Hoy la campaña electoral no indigna. Aburre. Y ese aburrimiento es más peligroso que la indignación. Porque cuando la gente deja de molestarse, también deja de esperar. Se vota como quien cumple un trámite: sin real conocimiento, sin expectativa, sin convicción, sin ilusión. Una democracia ejercida por inercia, por resignación… o por temor.

El Perú ha logrado esa rareza: convivir con el exceso y el vacío al mismo tiempo en un sistema que produce más postulantes que soluciones. Millones de votantes, miles de candidatos y una oferta que, en términos reales, es escasa. Una democracia sobrepoblada de desconocidos y desierta de ideas.

Mientras tanto, en la cantina, la fiesta sigue. La jarra va y viene, la canción se repite, y nadie pregunta hacia dónde va el barco. Total, para eso están los votantes.

” 🎶… y una botella de ron”

[OPINIÓN] Para darle vuelta a esa tortilla, habría que argumentar que corresponde a la lógica de este país que en diez años ha tenido ocho presidentes y cuyos actuales representantes, desprestigiados por sus prontuarios, deciden aumentar la cantidad de congresistas a pesar de que sus habitantes, en pleno uso de sus facultades, manifestaron estar en contra de algo así. En ese panorama, lo que en cualquier otro país sería una locura, tener 34 aspirantes al sillón presidencial, en el Perú del 2026 es absolutamente coherente.

En estos últimos veinte días vamos a ver la desesperación de todos ellos por salir en las pantallas de la tele, en los canales de streaming, en internet, desde los que aparecen con nombre y apellido en los sondeos hasta el pelotón reunido bajo la etiqueta “otros”. Ya estamos padeciendo esas odiosas pautas que se cuelan, como los ladrones por las ventanas, en las reproducciones de YouTube.

¿Puede haber algo más irritante que ver la toma fingida de un candidato que se va corriendo de espaldas, como si trotara todas las madrugadas, al estilo de los comerciales de Nike, antes de que comience tu video favorito? Hay algo de agresivo, de prepotente, de invasivo, en esa manera de vender propaganda que tiene internet. Esa agresividad, esa prepotencia que asociamos a lo malcriado, a lo que no tiene educación.

La educación, precisamente, es la más ausente en esta coyuntura electoral. La educación política, por ejemplo, tan venida a menos en el Perú desde hace varias décadas, hoy se muestra en su máxima bajeza con la inexistencia de partidos reales. De los dos o tres tradicionales que quedan solo vemos las cenizas de lo que alguna vez fueron, una viruta sin sustancia y mucho discurso vacío. El resto, puras “alianzas” pasajeras para lograr los ansiados cupos de poder que luego serán usados para satisfacer sus propias agendas.

La falta de educación ciudadana de quienes pretenden auparse al aparato estatal, muchos de ellos reincidentes, también campea en esta “lid electoral” con esos cartelones espantosos que, ahora sí, ya están cubriendo todas las bermas, esquinas y parques, afeando la ciudad.

Y por supuesto la educación es la gran ausente en el debate público, esa absurda y repetitiva coreografía que vemos a diario en todos los programas. Nadie la menciona, nadie la toca, nadie la incluye en el paquete de frases hechas que todos sabemos son construidas únicamente para la campaña. Ya ni siquiera como gancho electoral la educación tiene alguna utilidad.

Algunos analistas dirían que es el trauma que nos dejó el proceso anterior, marcado por elementos asociables a la educación: un profesor rural, un lapicito, un bloque magisterial. Sin embargo, aquella vez tampoco se habló tanto de educación. Se habló de sindicatos, de supuestas filiaciones extremistas, de camarillas enquistadas en dirigencias por aquí y por allá. La educación no es eso.

Y es que la educación, como tema electoral, ha fracasado hace mucho tiempo, lo cual deja a la coyuntura que vivimos el 2020-2021 como un episodio bochornoso de la historia reciente, sin duda, pero irrelevante en términos de preocupación por el futuro. Porque eso es la educación, preocupación por el futuro.

Tenemos expertos en todos los extremos de la opinión pública, desde los directores de cadenas privadas de modernos colegios “de élite” hasta ideólogos nostálgicos de la reforma educativa de Velasco, desde los colegios Fe y Alegría -que este año cumplen 60 años de trabajo en el Perú- hasta tradicionales colegios parroquiales que se reúnen desde hace décadas -en Tarea, en Foro Educativo, en el CNE, en la Derrama-, para hablar de la educación para toda la vida, de los institutos técnicos, de la educación rural, de la EIB, la ESI, el enfoque STEAM. Y seguimos igual, con la educación mal y cada vez peor.

En estos tiempos en que la inteligencia artificial es la cereza del pastel de una revolución tecnológica que comenzó hace ya un cuarto de siglo, con internet y las TIC -una sigla que ya suena anticuada- poniéndose por delante del sistema educativo tradicional en el mundo entero, hablar de Pedagogía es cada vez más difícil, porque es una disciplina académica que se nutrió durante siglos de la filosofía, del buen vivir, de la cultura y hasta la espiritualidad.

Todas esas cosas hoy están sepultadas por el utilitarismo, la rentabilidad, la fama superficial de los likes, la dictadura del algoritmo. El homo videns de Sartori ha sido reemplazado por el homo digitalis hace más de una década y nadie se ha dado cuenta.

La pandemia hizo que las computadoras y los teléfonos hiperconectados, hasta ese momento solo herramientas tecnológicas, se convirtieran en la única manera de tener contacto con cualquier aprendizaje. Todos coinciden en que fueron dos años de pérdida por la ausencia de interacción directa, el empobrecimiento de la relación docente-estudiante, etc. pero, en nuestro país, ya traíamos unos déficits en cuestiones elementales tan amplios que aquella crisis sanitaria solo nos hundió más.

La educación nacional en todos sus niveles, desde la inicial hasta los más altos grados académicos superiores, está atravesada por los vicios sociopolíticos que afectan a las otras disciplinas profesionales y actividades productivas: corrupción, dejadez, predominancia de intereses -de poder y angurria por los presupuestos estatales en el sector público; de ganancia y ratificación de superestructuras discriminatorias en el sector privado- y un profundo estancamiento del que no somos capaces de salir porque, para hacerlo, tendríamos que nacer de nuevo como nación. Y eso es imposible.

Por ello ningún candidato toma la decisión de convertir la educación en el principal tema de su campaña. Porque hablar de cultura, de filosofía, de valores educativos, no tiene potencial electorero, es caduco, sin potencial para convertirse en trending topic. ¿La pedagogía de la ternura -Alejandro Cussiánovich, dixít- en esta jungla donde toda agresión vale para lograr tus objetivos? ¿El respeto, la tolerancia, el pudor, la dignidad, en medio de streamers lisurientos con efectos de sonido Magaly-style y exhibicionismo en redes sociales como trampolín a la fama, aspiración juvenil e independencia económica?

No se trata de ser ingenuos. El mundo cambió y no dará marcha atrás. Por eso muchos consideran que esas campañas con mensajes mesiánicos del tipo “yo vivo, como y duermo pensando en el bienestar de los peruanos” no funcionan porque las personas no votamos por planes -que nunca se cumplen- sino por simpatías, carismas, personajes -reales o ficticios-, afinidades.

Pero eso no debería alejarnos de una verdad tan grande como los data center de Silicon Valley que producen la distractiva IA: solo los fundamentos de la educación -aprender a leer y escribir, enriquecer la sensibilidad para desanimalizarnos, valorar el pasado, no pensar solo en dinero- actualizados con los valiosos aportes de la neurociencia y la tecnología para entender mejor el mundo en que vivimos, nuestra propia humanidad, es la única forma de evitar que las nuevas generaciones cambien de rumbo y dejen de admirar los delincuenciales modelos de comportamiento de políticos, deportistas, artistas y candidatos que hoy admiran.

[CIUDADANO DE A PIE] A escasas semanas de las elecciones del 12 de abril, las preferencias electorales empiezan a moverse tras semanas de relativo estancamiento. A la izquierda del espectro político, el socialdemócrata Alfonso López Chau, de Ahora Nación, aparece como la opción con mayores posibilidades de pasar a una segunda vuelta. En la derecha, en cambio, el panorama es más complejo: Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori aparecen técnicamente empatados en la punta, mientras José Williams Zapata, de Avanza País, otra de las figuras clave del parlamentarismo de facto que ha gobernado el Perú en los últimos años, figura bastante más rezagado.

Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, aunque compiten entre sí, pertenecen a un mismo bloque político, unidos por los intereses que representan, las políticas que defienden y su forma de entender el ejercicio del poder. Estas tres fuerzas constituyen lo que en España se denominó un “trifachito”: tres expresiones de una misma derecha radicalizada que compiten entre sí sin dejar de pertenecer al mismo campo político.

A este triada radical le ha surgido un rival inesperado en la persona de Wolfgang Grozo, candidato de Integridad Democrática. Su acelerado crecimiento en las encuestas podría desbaratar planes de segunda vuelta. La pregunta inevitable es si Wolfgang Grozo representa una verdadera alternativa al trifachito o si no es más de lo mismo con una envoltura de novedad.

Dios los cría y ellos se juntan: el Foro Madrid

La extrema derecha contemporánea ya no opera encerrada en fronteras nacionales, sino a través de redes transnacionales que comparten discursos, enemigos y estrategias. El Foro Madrid, impulsado por el partido neofascista español VOX, se ha convertido en el principal espacio de articulación que reúne a las derechas radicales iberoamericanas.

En el Perú, ese espacio ha encontrado adherentes y colaboradores entusiastas en dirigentes —y hoy candidatos— del trifachito y grupos afines: Keiko Fujimori, Luis Galarreta, Alejandro Muñante, Jorge Montoya, José Cueto, Patricia Chirinos, Adriana Tudela y, de manera especialmente activa, Rafael López Aliaga, anfitrión en Lima del II Encuentro Regional del Foro Madrid en marzo de 2023. Se trata, en el fondo, del mismo horizonte ideológico: una derecha reaccionaria que combina autoritarismo, guerra cultural y fantasías de reconquista bajo el emblema neocolonial de la “Iberoesfera”.

¿Cuántos más, mejor?

El refrán “cuantos más, mejor” sugiere que una tarea compartida entre varios tiene mayores posibilidades de éxito. Ese no es el caso de la política peruana, donde el “cuantos más” se ha traducido en una saturación de siglas que, lejos de favorecer un sano pluralismo de ideas, produce en el elector perplejidad y confusión al decidir su voto.

Las derechas —entendidas desde el centro liberal hasta el radicalismo — se presentan en al menos una decena de planchas presidenciales y listas parlamentarias. ¿Existen diferencias significativas que justifiquen tal fragmentación? No es el caso de los partidos que componen el trifachito, pues los tres han adoptado, en mayor o menor medida, los discursos y consignas de la actual ola reaccionaria mundial, cuyos principales rasgos son:

La guerra cultural permanente: lejos de traducirse en una defensa efectiva de la “libertad” que pregonan, su accionar político apunta a restringir derechos. Toda agenda o política pública asociada a la igualdad, la educación sexual, el feminismo o los derechos reproductivos son el blanco de sus estridentes cruzadas morales.

El integrismo religioso: a diferencia de su referente VOX, apoyado por grupos ultraconservadores católicos como el Opus Dei y El Yunque, en el Perú el respaldo más visible al trifachito —en especial a Renovación Popular— proviene de corrientes evangélicas neopentecostales. Estas iglesias viven hoy en un matrimonio de conveniencia con sectores católicos ultraconservadores que durante años las menospreciaron. Juntos buscan imponer sus convicciones religiosas al conjunto de la sociedad mediante leyes y políticas públicas, atentando contra la separación entre la Iglesia y el Estado propia de las democracias avanzadas. Paradójicamente, algunos de sus líderes y candidatos no son precisamente modelos de cumplimiento de la moral que predican.

El autoritarismo punitivo: culto a las soluciones de “mano dura” frente a problemas tan complejos y multifactoriales como la delincuencia. Promesas de megacárceles, militarización de la seguridad ciudadana, endurecimiento de castigos y reintroducción de la pena de muerte resultan atractivas en un país que enfrenta niveles de criminalidad nunca antes vistos. Pero el discurso del trifachito es una estafa, pues mientras sus candidatos proponen la “bukelización” del país, sus actuales bancadas han elaborado y promulgado un paquete de leyes procrimen que se resisten a derogar. ¿Podemos razonablemente esperar rectificaciones por parte de sus nuevos electos cargados, en muchos casos, con un prontuario delictivo difícil de ignorar?

El populismo maniqueo: a falta de un proyecto nacional inclusivo capaz de aglutinar a las grandes mayorías, el trifachito recurre a lo que Taguieff llama la «manufactura del odio»: la deshumanización y demonización de grupos a los que se atribuyen todos los males de la sociedad. Es un recurso recurrente de la ultraderecha, que convierte la política no en diálogo y gestión de los conflictos, sino en un enfrentamiento regido por la lógica militar del “amigo-enemigo”. Una guerra en la que el bien, que ellos encarnan, debe destruir al mal: sus oponentes. En el Perú, el trifachito ha designado como enemigo a “los caviares”, un cajón de sastre en el que se coloca a cualquier persona o grupo que convenga a sus intereses. La figura del caviar resulta particularmente útil, ya que —a diferencia de otras latitudes— el trifachito no puede asignar ese papel a las élites económicas y sociales, de las que forma parte y cuyos intereses defiende.

Capitalismo sin rostro humano: sectores pertenecientes al fujimorismo, pero principalmente a Avanza País, plantean una agenda económica de desregulación profunda, reducción radical del Estado, mayor flexibilización laboral, ampliación de las privatizaciones y disminución de la carga impositiva. Se trata de un recetario típico del neoliberalismo radical (Stiglitz) que persigue el beneficio del capital privado en desmedro de la protección social. Pero a ese “menos Estado” que predican, lo acompañan invariablemente con un “más Estado” represor que defienda sus intereses, tal como quedó claramente demostrado en su apoyo a las ejecuciones extrajudiciales del gobierno Boluarte en 2022/2023.

¿Más vale trifachito conocido que outsider por conocer?

Algunos analistas políticos se han mostrado sorprendidos ante el persistente apoyo electoral que reúnen Fuerza Popular y Renovación Popular, y aunque este apoyo parece haber alcanzado su techo e incluso mostrar cierto declive, lo cierto es que uno de cada cinco peruanos está ahora mismo dispuesto a votar por una de estas agrupaciones.

La sorpresa de estos analistas sería menor si tomaran en cuenta algunos datos relevantes: dos tercios de los peruanos consideran necesario contar con un “líder fuerte” que ponga orden (IDEA/Ipsos), más de la mitad apoyaría a un líder que acabe con la delincuencia, aunque no respete los derechos humanos (IEP), y a casi un tercio de nuestros compatriotas le da lo mismo vivir bajo un régimen democrático o no (IDEA/Ipsos). A la vista de estas opiniones, lo sorprendente es más bien que el trifachito no tenga una intención de voto mucho mayor.

Pero los peruanos no nos acostamos demócratas una noche y nos levantamos autoritarios la mañana siguiente. Nuestro país ha venido sufriendo desde hace años una “desdemocratización acelerada” que afecta gravemente la capacidad de gobierno, la representación ciudadana, la protección de derechos y el balance de poderes (Vergara, Barnechea), pero es la gravísima crisis de seguridad ciudadana la que actualmente capta prioritariamente nuestra atención. Cuando la población siente que su vida corre peligro al salir de casa cada día, la democracia y sus instituciones se convierten en un lujo irrelevante. Es en ese clima que el discurso de “mano dura” adquiere enorme importancia, aunque su aplicación signifique el abandono de las formas democráticas: el autoritarismo deja de ser una amenaza y se convierte en una tabla de salvación.

El crecimiento acelerado de Wolfgang Grozo tampoco debería sorprender, pues responde a las mismas causas, con un factor adicional: López Aliaga, Fujimori Higuchi y Williams Zapata no representan ninguna novedad, sino que forman parte del desprestigiado establishment político actual. Cada uno de ellos tiene un lastre que dificulta su crecimiento: a López Aliaga lo apoyan principalmente los varones de más de 50 años de las clases acomodadas capitalinas, Fujimori Higuchi tiene un monumental antivoto y Williams Zapata, como el resto de militares retirados del actual Congreso, solo parece haber tenido una agenda corporativa de dos puntos: impunidad y mejoras salariales (Rosa María Palacios dixit).

Wolfgang Grozo ha sabido captar las simpatías del electorado más joven, encarnando una opción novedosa de “mano dura”, aliada a las habilidades propias de los servicios de inteligencia. Sus promesas de hacer que Bukele parezca “un niño de pecho” a su lado y pacificar al país en menos de seis meses, no podían sino seducir a una ciudadanía que exige resultados inmediatos en materia de seguridad. Por lo demás, Grozo tiene planteamientos bastante similares a los del trifachito en temas de conservadurismo moral, neoliberalismo radical, populismo maniqueo y terruqueo. Nada que pueda realmente desencantar a amplios sectores de la derecha, incluidos los más radicales. Todo lo contrario.

¿Logrará Grozo mantener su tendencia ascendente? Ya algunos nubarrones ensombrecen su horizonte electoral: un discurso que se modula o contradice según el auditorio al que se dirija, más propio del cálculo político que de verdadera convicción, y una imagen de outsider sin tacha que se desdibuja por su acercamiento a cuestionables personajes como Zamir Villaverde y Tomás Aladino Gálvez… El tiempo —muy breve — responderá esta pregunta.

[Música Maestro] El estreno, a finales de febrero, de Do the impossible (Christine Turner, 2026) para la serie American Masters de la plataforma de streaming PBS trajo de regreso a los medios culturales y especializados en música, a la enigmática e inescrutable figura de Sun Ra, uno de los compositores de jazz vanguardista menos mencionado entre los titanes del género.

Aun cuando los conocedores equiparan su capacidad en el piano a la de Thelonious Monk, su sentido del riesgo y la experimentación a Miles Davis o sus dotes de arreglista y director de ensambles a Duke Ellington, es prácticamente imposible encontrar títulos suyos en el canon de standards -si pertenecen a esa exclusiva minoría que le dedica tiempo a leer esta columna, ya saben perfectamente qué es un “standard” cuando hablamos de jazz-, a pesar de que lanzó más de un centenar de discos entre 1955 y 1993, año en que falleció a los 79 años.

También es verdad que, por momentos, la cacofonía producida por la línea de metales que organizaba, entre saxofones, trombones, clarinetes, trompetas y oboes, es un caos controlado que se hace difícil de escuchar, aun para el oído experto. Es como tener a diez Eric Dolphy (1928-1964) juntos haciendo solos de hard-bop con pitos agudos de Arturo Sandoval de fondo y Pharoah Sanders (1940-2022) soplando tres saxos al mismo tiempo, todo a la vez. Mientras eso pasa, Sun Ra, con los ojos extraviados, hace señas y se recuesta sobre los teclados, a veces lanzando arácnidos arpegios de be-bop y otras, simplemente, aporreando los acordes como su colega Cecil Taylor (1929-2018).

En esos instantes -eventualmente, bastante largos- las fanfarrias de Frank Zappa y The Mothers Of Invention entre 1967-1969, sus arrestos de estrafalaria big-band con The Grand Wazoo/The Petit Wazoo Orchestras (1972) o las oleadas de ruido eléctrico de Miles Davis en su periodo Bitches brew -como las del álbum en vivo Pangaea (1969)- quedan como ejercicios de educación inicial frente a todo este desmadre sonoro. Es que la música de Sun Ra era, literalmente, de otro planeta.

El jazz no tiene límites

La primera vez que leí algo acerca de Sun Ra fue hace un cuarto de siglo, en una entrevista a George Clinton. Hasta ese momento, yo estaba seguro de que el cantante, productor y compositor que llevó al espacio exterior al funk de James Brown y al soul de Sly & The Family Stone era el creador de esa imaginería entre espacial y africanista que, posteriormente, fueron marca registrada de Earth, Wind & Fire y, en algunos momentos -sobre todo en vivo- de Prince.

En la conversa que, si mal no recuerdo, fue publicada por la revista Rolling Stone, el líder de la pandilla Parliament-Funkadelic menciona a Sun Ra pero no como una influencia directa, sino con sorpresa cuando, al escucharlo a mediados de los setenta, descubrió que ambos venían alimentándose de las mismas fuentes de inspiración para levantar el orgullo afroamericano, en una época dura para ese grupo racial, ligándolo a cuestiones extraterrestres y todo lo que eso implica -libertad, estigmatización, prejuicio-. “Íbamos al mismo restaurante y, sin cruzarnos entre nosotros, comíamos lo mismo”, dijo esa vez.

Sun Ra llevó ese concepto, el de la alienación en un mundo hostil y reprimido por distintas fronteras -culturales, sociales, políticas, religiosas, psicológicas- al máximo de su capacidad expresiva. Sus largas y confusas suites no son el resultado de arranques de liberación motivados por una coyuntura, que podría ser una moda o un específico momento de su vida personal. Son la materialización sonora de su ruptura con todo lo convencional, seguro de que algo o alguien le encomendó la misión de dar a conocer ese mensaje diferente a una humanidad que le es ajena, que está incapacitada para comprenderlo porque ese mensaje proviene del espíritu, esa dimensión mística que el ser humano occidental tiene olvidada desde hace décadas.

Ser negro, norteamericano y, como sugieren tímidamente algunos, asexuado -para no decir sin tapujos lo que hasta hoy, treinta años después de su muerte, sigue siendo solo una sospecha- fueron para Sun Ra los motores que dispararon la necesidad de inventarse una vida distinta a la del resto, una elección que en términos de “lo normal” puede verse como cierta especie de locura, una delusión ocasionada por traumas o problemas mentales surgidos de su propia genética humana. De pertenecer a todas las minorías pasó a convertirse en una entidad única, inasible. Por ello la oficialidad del jazz le dio la espalda.

Sun Ra inventó el afrofuturismo

A pesar de esa postergación -Frank Tirro, por ejemplo, en su célebre libro The history of jazz (1977), no lo menciona ni una sola vez en sus más de 400 páginas- el extravagante pianista contribuyó tanto como el saxofonista Ornette Coleman (1930-2015) o The Art Ensemble of Chicago a la aceptación del free-jazz como subgénero de la vanguardia musical norteamericana, con álbumes como los dos volúmenes de The heliocentric worlds of Sun Ra (1965) que, de alguna manera, pueden servir de puerta de ingreso y resumen para un catálogo mucho más extenso y retador.

Su verdadero nombre fue Herman Poole Blunt, pero decidió cambiarlo por Le Sony’r Ra -en alusión a la divinidad solar egipcia- como un acto de rebeldía ocasionada por la discriminación que padeció durante sus años juveniles. La nueva identidad quedó comprimida, poco tiempo después, a Sun Ra, que se convirtió en su nombre legal a inicios de los años cincuenta, en una movida similar a la que hiciera una década después el boxeador Muhammed Ali, otro icono del “poder negro”, movimiento de reivindicación racial en medio de la lucha por derechos civiles.

Había nacido en 1914 en la ciudad de Birmingham (Alabama, Estados Unidos) y, desde su adolescencia mostró serias aptitudes para la música, tocando en el piano melodías completas de oído. Su carrera en el jazz se inició mucho tiempo antes de reinventar su personalidad, en tríos y conjuntos de Chicago y Nueva York, puliendo su estilo virtuoso como pianista hasta que, en algún lugar entre los años treinta y cuarenta le ocurrió algo extraordinario.

“Todo mi cuerpo se transformó, podía ver a través de mí mismo, no tenía forma humana. Me teletransportaron y estaba en un escenario con ellos. Ellos me hablaron”, cuenta su biógrafo John Szwed en Space is the place: The lives and times of Sun Ra (1997), libro en el que se revelaron, por primera vez, varios aspectos de su infancia, adolescencia e inicios en la música. Como queda claro, Sun Ra describe, en este pasaje, una abducción. Según el músico, fue secuestrado por seres extraterrestres que se lo llevaron nada menos que a Saturno, a mil cuatrocientos millones de kilómetros de distancia de aquí.

A partir de ese extraño y poco comprobable evento, Sun Ra adoptó una personalidad mística y distante, como si todo el tiempo estuviera en un plano diferente. Para sus músicos, era además de director, una especie de gurú espiritual, un maestro. En sus entrevistas, abundaban las divagaciones entre lo metafísico y lo onírico. Y en sus conciertos, él y sus músicos se presentaban con coloridas vestimentas hechas de materiales sencillos que influenciaron a toda una generación, a través de una estética musical y artística que integra elementos de identidad racial con una combinación entre historia de la cultura negra ancestral, tecnología y ciencia ficción que, años más tarde, terminó llamándose “afrofuturismo”.

The Sun Ra Arkestra: sus discípulos

Después de algunos años fuera de todo circuito musical, quizás recuperándose de aquella inverosímil experiencia y ordenando los encargos que recibió “desde el espacio exterior”, Sun Ra reapareció, en la segunda mitad de los años cincuenta, con tres álbumes de jazz más o menos convencional –Jazz by Sun Ra (1957), Super-sonic jazz (1958) y Jazz in silhouette (1959)- con los que presentó en sociedad a su propia orquesta, un conglomerado de colaboradores que lo acompañó de manera casi permanente durante las tres décadas y media siguientes.

Siempre en esa onda entre lo esotérico y lo religioso, Sun Ra bautizó a su grupo como “The Arkestra”. El nombre une los vocablos “Orchestra” y “Ark”. Este último –“arca” en español- hace alusión a dos objetos de fuerte significado para el judaísmo, presentes en el Antiguo Testamento. Por un lado, la mítica embarcación que Noé construyó, por mandato divino, para proteger a las especies del castigo diluviano y, por el otro, el Arca de la Alianza, el contenedor de madera recubierto de oro donde Moisés guardó las tablas de la ley.

Los músicos de The Arkestra se entregaban por completo a la filosofía de Sun Ra, convirtiéndose en constantes aprendices de aquello que aprendió en Saturno. En el documental A joyful noise (Robert Mugge, 1980) pueden verse entrevistas a varios de ellos, describiendo el proceso creativo de Sun Ra y sus cósmicos conceptos que influyeron profundamente en sus carreras. Para entender la relación entre Sun Ra y las múltiples configuraciones de su Arkestra, este largometraje -junto a Space is the place (John Coney, 1974), cuya banda sonora se convirtió en uno de sus álbumes más celebrados- son excelentes muestras de ese liderazgo, entre paternalista e hipnótico, que Sun Ra ejercía en quienes ingresaban a su órbita.

Aunque la mayoría de sus álbumes oficiales estuvieron firmados como Sun Ra and His Arkestra, el colectivo recibió a lo largo del tiempo distintos sobrenombres que aumentaban su conexión con lo galáctico. Así, el álbum When sun comes out (1963), uno de los primeros que lanzó con su propio sello, convenientemente llamado El Saturn Records, tiene en sus créditos a la Myth Science Arkestra; mientras que lanzamientos setenteros como Atlantis (1970) o Pathways to unknown worlds (1975), bajo el nombre de Astro-Infinity Arkestra o variaciones que incluían frases como “universo azul”, “intergaláctica astral” y otras marcianadas de ese estilo.

The Arkestra sin Sun Ra: Un legado vivo

Para la década de los noventa, Sun Ra and His Arkestra tenían un amplio y muy bien ganado prestigio, como pioneros del afrofuturismo, una corriente musical que, de forma equivalente a la blaxpoitation del cine setentero, generó fuertes dosis de orgullo en la comunidad afroamericana en épocas de intensas luchas sociales y como portadores de una idiosincrasia sonora arriesgada y experimental, al punto que una banda en apariencia tan distinta como Sonic Youth los tuvo de teloneros durante varios conciertos promocionales de su noveno álbum oficial, el influyente Dirty (1992), un evento que Lee Ranaldo, guitarrista de los iconos del indie-rock calificó de “memorable”.

Un año después de aquella insospechada colaboración, Sun Ra falleció a los 79 años, de múltiples dolencias orgánicas tras una larga convalecencia y rodeado de su familia en Alabama. El saxofonista John Gilmore asumió la dirección de The Arkestra hasta su propia muerte en 1995, a los 63, de un enfisema pulmonar. Su lugar fue ocupado por otro de los más cercanos colaboradores de Sun Ra, Marshall Allen, también saxofonista. Ambos, junto a la vocalista June Tyson (1936-1992), el saxofonista Danny Ray Thompson (1947-2020), el bajista Ronnie Boykis (1935-1980) o el percusionista Stanley Morgan, conocido como Atakatune (1953-2018), estuvieron entre los más identificados con la filosofía artística de Sun Ra.

El caso de Marshall Allen es verdaderamente notable. A sus 102 años, sigue haciendo sonar su saxo alto a impresionantes volúmenes, manteniendo intacta su vocación por la experimentación sonora y el catálogo de Sun Ra, que enriquece con sus propias composiciones. Bajo su dirección, The Arkestra ha seguido adelante como uno de los actos en vivo más coloridos, desafiantes e innovadores en una escena de jazz que también padece los rigores de la homogeneización que prima en la industria musical. Junto con trompetista Ray Anthony (104), el único sobreviviente de la big-band de Glenn Miller (1904-1944), Marshall Allen -que el año 2024 lanzó un disco nuevo, titulado New dawn– debe ser el músico de jazz más longevo y activo.

Un ruido agradable

Hubo épocas en que los músicos de pop-rock tenían cosas qué decir, relevantes, trascendentes. Podía ser con melodías accesibles y simples, como en el caso de los Beatles y los Rolling Stones o de arcanas armonías intrincadas y complejas, como pasaba con Genesis o Frank Zappa. En el mundo del jazz, se podía ser convencional como Frank Sinatra y sus orquestas melódicas o contracultural como Miles Davis, espiritual como John Coltrane, social como Charles Mingus. Pero el patrón se repetía. Con simplicidad o en medio de complicaciones, la música transmitía cosas que iban más allá del mensaje superficial o políticamente correcto.

Con el correr de los años, una crisis de contenidos que comenzó en la década de los ochenta fue haciendo retroceder a aquellos artistas conscientes de su rol social, convirtiéndolos en placer para minorías. Donde antes el mensaje marcaba la tendencia, hoy reina la ligereza, el reduccionismo de fórmulas vendedoras. No hay discursos, solo eslóganes.

Por eso, la presencia del legado artístico y sonoro de Sun Ra, imperceptible y a la vez perenne, como el aire que respiramos, es un hecho que debe conocerse y, en la medida de lo posible, difundirse. Y su trabajo sostenido junto a reconocidas bandas de indie-rock como Clap Your Hand And Say Yeah o Yo La Tengo -con quienes estuvieron de gira el año pasado-, una muestra del valor que tiene para quienes siguen aferrados a hacer música no solo para estimular los sentidos sino también para ponerlos a prueba y expandirlos.

Escuchar álbumes clásicos como el alucinante Live at Montreaux (1976) o los sonidos menos enredados de títulos como Lanquidity (1978), Visits planet earth (1966) o Some blues but not the kind that’s blue (1977), o ver la tocada que hizo, en el año 2014, The Sun Ra Arkestra en los Tiny Desk Concerts de la NPR, permite entrar en contacto con una propuesta difícil pero fresca a la vez, un rotundo manifiesto de personalidad musical ante la ausencia de riesgos que toman muchos músicos modernos, más preocupados en hacerse famosos rápidamente que en construir un legado que resista la prueba del tiempo, como en su momento lo hizo Sun Ra.

 

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