Opinión

[Agenda País] La semana pasada, la presidenta Dina Boluarte se vio obligada a dar un mensaje a la nación junto a sus uniformados ministros, para dar, finalmente, su versión de la ya famosa cirugía y del fin de semana en las playas de sur de Lima.

El incomprensible silencio presidencial en estos dos temas ha permitido que se tejan innumerables teorías, unas probablemente cercanas a la verdad, otros dignas de Agatha Christie, afamada escritora de novelas detectivescas que nos cautivaron en nuestra adolescencia.

Era más sencillo y transparente, informar a la población, de manera oportuna, que la presidenta se iba a someter a una operación ambulatoria de la nariz, algo muy común que se hace tanto por temas respiratorios como estéticos. Nada malo en ello.

Que, si fue Mykonos o Asia del Mar el condominio donde pernoctó en casa de una amiga es también un tema menor, pero yerra el equipo de comunicación presidencial en dilatar una respuesta de la mandataria azuzando el fuego mediático y dándole pie a la fiscalía de hacer lo que más le gusta, un show mediático con poco impacto investigativo.  

A todo este entrevero del cual Corin Tellado, de estar aún con nosotros, podría inspirarse para una novela pintoresca y con seguridad, de alto volumen de ventas, se suma la reciente encuesta que publicó el diario El Comercio el domingo pasado donde la mandataria obtiene un 95% de rechazo a su gestión y solamente un 3% de aprobación. Siendo el margen de error de esta encuesta un +- 2.8%, podemos inferir que Dina Boluarte no cuenta con ninguna confianza de la ciudadanía.

Ya no hay margen de error para la presidenta.

Es imprescindible que cuente con un mejor equipo de comunicación y de manejo de crisis, así como un media training constante a los ministros para que no se les escape respuestas inadecuadas o “malentendidas” que al final, debilitan a los propios ministros, pero más aún, al liderazgo de la mandataria.

Ese liderazgo que a veces ella misma vulnera al insistir en mantener al ministro Demartini en la cartera del Midis a pesar de los graves cuestionamientos al fenecido programa Qali Warma.

Demartini parece ser una buena persona y probablemente competente, pero ya tiene 2 años en el Midis y muchos más como funcionario en ese ministerio, por lo que su responsabilidad política es ineludible. La ausencia de congresistas en la votación que permitió que su censura no prosperara no es excusa para que la presidenta no tome la decisión de separarlo.

Ahora se suma en esta investigación el vocero presidencial Fredy Hinojosa, que fue también funcionario del Midis dirigiendo Qali Warma. Si bien su involucramiento en la carpeta fiscal es reciente, ha quedado fuera de juego para continuar en su función de vocero.

Pero si la presidenta insiste en rodearse de ministros y funcionarios cuestionados, sin estrategia de comunicación oportuna y sin tomar decisiones que afirmen su liderazgo, está cruzando el lindero del margen de error, y como escribió Carlos Meléndez en su columna en El Comercio, el “máximo nivel de inestabilidad en el próximo otoño, (será) un día entre abril y julio”.

De usted depende presidenta Boluarte.

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ausencia, cirugía, denuncia constitucional, Dina Boluarte, Encuestas, mensaje, mentira, Perú, Rolex, Vacancia

Constantino fue el emperador romano que cambió la historia del mundo al llevar al cristianismo al poder. Era el siglo IV y el territorio del imperio era tan vasto que abarcaba culturas y tradiciones de pensamiento muy diversas. Como consecuencia, apenas arribaron al poder, los cristianos se dividieron en dos grandes bandos: los romanos que creían en la Trinidad, es decir que Padre, Hijo y Espíritu Santo tenían la misma naturaleza, y los arrianos, los seguidores de Arrio, que consideraban que Jesús tenía una naturaleza distinta, de cierta forma menos que la del Padre. La fecha de nacimiento que proponía cada bando tenía por tanto un significado político.

Dado que Constantino se la tenía jurada al obispo de Roma, el papa Liberio, poco antes de ser desterrado, impuso la postura romana y decretó el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús. La fecha fue acatada por todo el imperio y un par de siglos más tarde, ya dividido el territorio romano, en la mitad ortodoxa de Oriente se empezó a celebrar el nacimiento con un banquete para los allegados. Primero en Constantinopla, luego en Antioquía, después en Egipto. La Navidad no era entonces una fiesta de regalo para niños o meramente familiar. Durante la Edad Media, se trataba eso sí de una fiesta de camaradería. Buen ejemplo de ello fue lo ocurrido con San Francisco (el joven rico que se desprendió de sus bienes para vivir en pobreza cristiana) en el siglo XIII. El fraile partió de Asís hacia el Oriente como parte de las Cruzadas, soñando convertir musulmanes. Al retornar con logros de otro tipo (digamos) se dio con que durante su ausencia, sus frailes se habían peleado entre sí y cundía la desorganización. Como parte de las estrategias para recomponer su Orden, montó el primer nacimiento, el pesebre, cosa que todos los frailes se acercarían a celebrar el nacimiento del Dios que los mantendría unidos en la pobreza. 

Cuando España impuso la celebración de la Navidad en el Perú, al banquete y al nacimiento, le habían agregado procesiones, bailes y obras de teatro al estilo aún medieval y popular. Luego fueron reapropiadas por nuestras poblaciones originarias. Como en España los regalos y el festejo llegaba a su momento más álgido en la Bajada de Reyes, por eso hay muchas comunidades y pueblos peruanos que hasta hoy celebran más el 6 de enero que la fiesta de diciembre. 

Históricamente, el protagonismo de los niños en la Navidad coincide con el uso del árbol. Sea o no una tradición precristiana, lo cierto es que recién cuando las ciudades empezaron a crecer y a crecer, llevar el árbol a la casa a fines del siglo XVIII se convirtió en Alemania una manera de celebrar la fiesta regalando a los niños. Conforme las modernas naciones empezaron a reconocer a la infancia como un momento de la vida que requería cuidado y atención, el árbol se fue expandiendo y popularizando, de forma que hoy es un ícono que para muchos ha reemplazado al nacimiento medieval. Cuando la tradición de Europa pasó a Estados Unidos, la cultura capitalista introdujo las compras navideñas mediante el personaje de Santa Claus sentado a conversar con niños en las grandes tiendas comerciales. Esa celebración, si bien está centrada en los niños, trae problemas y frustración para quienes viven en condiciones de pobreza. En nuestro país sabemos que la quinta parte de nuestros niños carecen de recursos básicos. En Navidad, instituciones y familias consiguen al menos un regalo para los niños más cercanos. Pero en muy pocas ocasiones conseguimos que el regalo sea un cambio de verdad: alimentación de calidad en sus casas y escuelas, ministros que los protegen, docentes que los respetan y fortalecen, entornos solidarios para que puedan dar rienda suelta a sus sueños, sus alegrías. Asegurar una buena Navidad, parece que tarde o temprano pasará por lo político.

Actualmente, la información circula demasiado rápido, lo que lleva a que temas de especial relevancia pasen desapercibidos o sean mal informados. A continuación, una opinión de la norma, recientemente aprobada por el Congreso de la República, sobre los permisos de viaje de niños y niñas cuyo contenido preocupa. 

Se trata de la Ley 32191 que modifica el Código de niños y adolescentes. Los medios de comunicación han difundido que, con esta norma, se ha aprobado que las personas menores de dieciocho años pueden viajar fuera del país tan solo con el permiso de uno de sus progenitores. ¿Qué tan cierto es esto? y ¿Qué tan positivo puede de resultar?

Hasta antes de la mencionada modificación legislativa, en todos los supuestos un niño/a o adolescente menor de dieciocho años necesitaba la autorización notarial del padre y de la madre. Si el menor viajaba solo con uno de sus progenitores, se requería el acuerdo notarial de la otra parte. 

He escuchado a varias madres y padres preocupados/as, por si esto significa que podrán llevarse a sus hijos/as al extranjero con mayor facilidad y sin el permiso de la otra parte. Esto no es así. Es importante aclarar esta dimensión, incluso en los titulares de los medios, ya que se puede estar generando angustias innecesarias en personas que tienen conflictos y en donde los niños/as quedan en medio de la disputa.

La mencionada norma señala que solo se requerirá la autorización de una de las partes en casos de defunción (dimensión obvia), cuando el menor haya sido reconocido solo por uno de los progenitores (dimensión justa) y cuando el viaje sea por una beca de estudios completa, intercambio estudiantil, tratamiento médico no disponible o haber sido seleccionado para representar al país en juegos olímpicos o campeonatos deportivos (dimensiones riesgosas). ¿Por qué?  

Si vamos al detalle, podemos concluir que la medida es positiva en los dos primeros supuestos, ya que se aceleran trámites absurdos y no se pone en riesgo la seguridad de los niños/as. Es decir: (1) cuando uno de los progenitores ha fallecido, el hecho puede ser verificado por la notaría mediante la partida de defunción y, (2) cuando solo una de las partes ha reconocido al menor, puede ser verificado mediante la partida de nacimiento y el registro pertinente. 

De más está decir, que muchas madres crían a sus hijos/as solas y que existen padres biológicos que no reconocen su paternidad. Brindar esta facilidad, en casos como este, es absolutamente justo. 

No obstante, ¿qué pasa en los otros supuestos? Voy a intentar reflexionar esta parte teniendo como horizonte un principio fundamental de los derechos humanos: el interés superior del niño y de la niña, según el cual cualquier medida normativa debe analizar el impacto diferenciado que puede tener en la seguridad, el ejercicio de derechos y la protección de la niñez. 

La Ley en cuestión habilita otros supuestos que vistos de forma general pueden sonar positivos, pero que analizados en el contexto del país son muy peligrosos. Esto, debido a que no se puede dejar en potestad de un notario el discernimiento sobre la veracidad de una beca de estudios, un tratamiento médico o una competencia deportiva, por más papeles que pueda presentarse. Si solo un padre/madre presenta la solicitud significa que de por si puede existir un conflicto o un desacuerdo que debe ser deliberado por un juez/a, teniendo diferentes elementos a disposición. 

Esta norma tal cual está dada, le quita al Poder Judicial la potestad protectora sobre los niñas y niñas, y, deposita esta enorme responsabilidad en las notarías. En un país corrupto como el nuestro, en donde existe un mercado de falsificaciones de documentos y firmas falsas de notarías, es un salto al vacío. 

La disposición, además señala que, de presentarse “disentimiento” ya sea del padre o de la madre, esto se verá conforme lo estipulado en el artículo 112 del Código de niños y adolescentes. En el cual se determina que, frente al desacuerdo, el juez decidirá considerando los documentos que justifiquen el viaje. 

Entonces, si de igual manera frente a un desacuerdo explícito deberá resolver un juez/a, ¿qué sentido tiene la norma, si esto ya se señala en las disposiciones actuales?, ¿si sólo se tiene que presentar una de las partes frente a la notaría con la documentación que justifique el viaje, ¿cómo el notario sabrá que la otra parte no está de acuerdo?, y, sin esta información ¿cómo lo va a derivar al juez pertinente? 

Así mismo, ¿sabiendo que en conflictos de pareja o ex pareja sobre tenencia y alimentos los niños/as quedan al medio, se puede aligerar las medidas para su protección?, ¿en un país con tanta violencia hacia las mujeres puede ser esto un riesgo para sacar a los niños/as del país sin el consentimiento de la madre y con la complicidad de otros? 

Estas son algunas de las preguntas que tenemos que hacernos, porque no se puede legislar con tanta ligereza, sobre todo si esto afecta la protección de los más vulnerables.

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PermisoDeViajeAMenores

El congresista Carlos Anderson se ha lanzado como precandidato presidencial del partido Perú Moderno -que en algún momento albergara a Carlos Añaños-. Es una buena noticia. Anderson es de lo mejor que ha tenido el Congreso actual -del cual se salvan muy pocos-, ha demostrado probidad y posee solvencia académica suficiente como para pasar una prueba de conocimientos mínimos para gobernar el país.

Su participación en el Parlamento atajando proyectos populistas ha sido, inclusive, más efectiva que la de un MEF alicaído, sin bríos, ni capacidad de contención de los desmanes fiscales que el Legislativo ha perpetrado ni de exabruptos irracionales como los de Petroperú, que el titular del MEF ha pasado por alto como si con él no fuera la cosa.

Anderson ha tenido, además, la perspicacia política de colocarse en un lugar frontalmente opositor al actual gobierno, tema en el que coincide con otros precandidatos, como Rafael Belaunde o Jorge Nieto, y que le servirá de mucho como credencial a la hora de enfrentar a los partidos cómplices del régimen, como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso o Podemos (partidos que merecen un castigo popular significativo en las urnas y ojalá, por lo menos algunos de ellos, ni siquiera pase la valla electoral).

El problema político que el tipo de candidatura que representa Anderson -de centroderecha- es que va a tener que lidiar no solo con los partidos del statu quo mediocre que nos gobierna, sino con los polarizantes disruptivos que por la izquierda (Antauro, Bellido, Torres) o por la derecha (López Aliaga, Butters, Álvarez) se encaramarán sobre la profunda ola de malestar ciudadano existente, y que sobrepasará las identidades ideológicas de los votantes.

Y es en ese talante que más inconvenientes va a encontrar la pléyade de candidatos centristas o moderados. No basta con ser radical opositor a Boluarte -condición necesaria, pero no suficiente-, se necesita de mensajes díscolos del establishment, capaces de recoger el sentimiento contestatario que la población alberga y que se expresará en las urnas en abril del 2026. Allí estriba, quizás, el mayor desafío de la centroderecha, ad portas del crucial proceso electoral venidero, que contiene el riesgo de lanzar al país al aventurerismo autoritario.

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Carlos Anderson

En la última encuesta de Datum, el 95% desaprueba la gestión de Dina Boluarte. Eso ya no es novedad. Todas las encuestadoras coinciden con porcentajes similares de rechazo al gobierno.

Lo interesante de la encuesta referida es que pregunta a ese 95% las razones por las cuales desaprueba la gestión y las respuestas son reveladoras del estado de ánimo de la población. Son todas respuestas emotivas.

Un 33% señala que la decepciona cómo está manejando el país; a un 20% le enfurece su indiferencia hacia los problemas reales de la gente; 18% siente que su presencia es una burla para el país; 17% considera que cada decisión suya empeora la situación; y 9% siente una rabia profunda cada vez que la ve o escucha.

No aparecen discrepancias ideológicas, razones programáticas, divergencia del modelo que aplica, no, es un sentimiento general que aflora de diversos ángulos respecto de una gobernante absolutamente impopular.

Por eso es que se equivocan profundamente los candidatos de centroderecha cuando se amparan en las encuestas que señalan que la mayoría de la población se autodefine ideológicamente como de centro o de derecha, siendo la gente de izquierda minoritaria.

La ciudadanía no va a acudir a votar en abril del 2026 apertrechada de su andamiaje de ideas y a votar por aquel candidato que más se acerque a su propio perfil ideológico. No, la gente va a ir a las urnas de muy mal humor, irritada, con furia, inclusive.

No solo buscarán a alguien que se distinga del gobierno vigente sino de quien represente mejor que otro un voto antiestablishment. Claramente las encuestas así lo revelan. Ese factor va a primar por encima de las identidades ideológicas o políticas de los votantes. Recordemos que ya el 2021, más del 20% de los votantes de López Aliaga en la primera vuelta votó por Pedro Castillo en la segunda. Esta vez, ese fenómeno se va a apreciar desde la primera vuelta, a la que la gente va a acudir con ánimo tumultuoso.

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Datum, Encuesta

[La columna deca(n)dente] En un acto de flagrante desvergüenza, el ministro de Educación, Morgan Quero, pronunció una declaración que atenta contra los principios fundamentales de un Estado democrático y refleja la naturaleza autoritaria del gobierno de Dina Boluarte: “Los derechos humanos son para las personas, no para las ratas”. Con estas palabras, Quero intentó justificar la ejecución extrajudicial de 49 ciudadanos a manos de las fuerzas del orden, despojándolos de su dignidad y presentándolos como enemigos a eliminar.

Esta afirmación no solo refleja un profundo desprecio por la vida humana, sino que también busca legitimar el uso de la violencia por parte del Estado, un patrón característico de los regímenes autoritarios. En un país que aspira a respetar los derechos humanos, un alto funcionario público debería ser un defensor inquebrantable de la dignidad y el respeto hacia todos los ciudadanos sin distinción. Sin embargo, al recurrir a un lenguaje deshumanizador, Quero se posiciona como un apologista del abuso de poder, alimentando un discurso que justifica la impunidad y perpetúa la violencia institucionalizada.

La historia ha demostrado que las palabras tienen consecuencias, especialmente cuando provienen de quienes ejercen el poder. Al calificar de “ratas” a las víctimas de ejecuciones extrajudiciales, Quero recurre a una retórica que despoja a las personas de su humanidad, creando un contexto en el que la eliminación de “los otros” parece legítima. Este tipo de discurso desvía la atención de las responsabilidades legales y morales del Estado, presentando las víctimas como prescindibles y, por ende, justificando su exterminio. Esta estrategia de deshumanización tiene un paralelismo directo con la utilizada por regímenes totalitarios del siglo XX, como los de Pinochet y Videla, quienes emplearon discursos similares para trivializar masacres, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.

Las palabras de Quero no deben quedar impunes. Es imperativo que la sociedad civil, los medios de comunicación, las instituciones y los partidos políticos democráticos condenen enérgicamente estas declaraciones. Asimismo, es necesario que los organismos internacionales de derechos humanos presten atención a este caso, el cual refleja una alarmante deriva autoritaria del gobierno de Boluarte. En este sentido, deben activarse mecanismos de rendición de cuentas, incluyendo la exigencia de disculpas públicas por parte de Quero y la implementación de sanciones por las instituciones correspondientes.

Los derechos humanos son universales, sin excepciones ni condicionamientos. Cuando un ministro de Educación justifica la exclusión de ciertos grupos de estos derechos, no solo atenta contra las víctimas de hoy, sino que pone en peligro los principios democráticos que deberían protegernos a todos en el futuro. Si dejamos que este tipo de discursos se normalicen, estaremos abriendo la puerta a un futuro en el que la violencia estatal sea vista como una herramienta legítima de control social.

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derechos humanos, Dina Boluarte, Ejecuciones Extrajudiciales, Morgan Quero

Resulta encomiable la labor que viene realizando el PPC de cara a las elecciones del 2026. No solo ha logrado un tándem de precandidatos de lujo (Carlos Neuhaus, Fernando Cillóniz, Javier Gonzáles Olaechea y Óscar Valdéz) sino que, además, ha formado un comando técnico de primer orden.

Se han conformado comisiones especializadas por temas de gobierno que visitan regularmente provincias y se reúnen con los actores regionales para registrar la problemática local y poder armar así un plan de gobierno detallado y aplicado a la realidad.

Están haciendo la tarea que corresponde a un partido político. Tienen, además, un membrete partidario conocido, no achicharrado como el de Acción Popular o puesto en salmuera como el APRA, los otros dos partidos “tradicionales”.

El PPC siempre ha sido un partido que ha merecido mejor suerte. Adelantado a su tiempo con la prédica promercado, no cosechó electoralmente lo que correspondía (otro hubiera sido el Perú si en 1980 ganaba Bedoya y no Belaunde las elecciones), pero hoy hay mayor receptividad a ese tipo de mensaje.

No se cierra a alianzas, pero -hay que decirlo con pena- nadie en la centroderecha está dispuesto a sumar esfuerzos y malcreen que ir por separado será mejor para todos (cuando haya dos candidatos de izquierda disputando la segunda vuelta o uno de ellos contra Keiko Fujimori, allí los quiero ver).

Si la labor que vienen desplegando el PPC da frutos, hasta les convendría ir solos. Han empezado con antelación, como corresponde, y la campaña electoral lo agarrará preparados y no improvisados, como otros partidos. Ya con que tengan un plan de gobierno detallado y sustentado ya es bastante en un país donde nadie prepara nada para llegar a gobernar desde el primer día y no esperar a ver qué pasa el 28 de julio cuando tienen que asumir las riendas del poder.

El PPC merece que la suerte le sonría. Un trabajo serio merece cosechar buenos resultados. Ojalá el tiempo político le sea favorable, si no para ganar las elecciones por lo menos para colocar una potente bancada congresal, que sea un pivote de buen gobierno para quien salga electo.

Al ausentarse vergonzosamente de la votación para impedir que sentenciados por crímenes graves puedan postular, Fuerza Popular ha mostrado claramente cuál es su carta jugadora para el 2026: una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Antauro Humala.

La apuesta del fujimorismo es que en ese escenario sí le sería posible a Keiko Fujimori ganar las elecciones dado que el antifujimorismo sería menor que el terror que despierta en gruesos sectores de la población el líder etnocacerista.

Es de una supina irresponsabilidad el juego de Keiko. Primero, porque nadie asegura ese triunfo. Si a Castillo, acusado por sus vinculaciones con el Movadef, no le pudo ganar, mucho menos lo podrá hacer con alguien infinitamente más articulado como Antauro Humala. Segundo, porque al dejar libres las fuerzas radicales de izquierda, hace que Antauro arrastre consigo a otros de su perfil, y dado el profundo malestar antiestablishment que existe, probablemente pasen a la segunda vuelta dos radicales y no solo Antauro. Tercero, si la gente busca a alguien que salve al Perú de estos radicales, es más probable que piense en un López Aliaga o en un Butters que en una perdedora como Keiko Fujimori.

Keiko Fujimori confía en el 10% que más o menos le dan todas las encuestas como intención de voto. Lo que no estima es que ese también es su techo, Su complicidad abierta con el desprestigiado gobierno de Dina Boluarte le va pasar factura sí o sí en las elecciones del 2026. Cualquiera que sea socio del régimen va a sufrir las consecuencias electorales ineludiblemente.

Keiko Fujimori y sus asesores demuestran una vez más su profunda desconexión del Perú político, que ya la llevaron a tres derrotas electorales que debió haber ganado (quizás con la de Ollanta Humala sí tenía menos posibilidades, pero con PPK y Castillo perdió por su propia culpa estratégica). Si logra pasar a la segunda vuelta -cosa que se hace dudosa- lo más probable es que también vuelva a perder.

-La del estribo: muy recomendable la película María Callas, con la que quizás sea la mejor actuación de Angelina Jolie. Dirigida por Pablo Larraín. Cónclave, dirigida por Edward Berger con Ralph Fiennes. Firebrand, la última reina, dirigida por Karim Ainouz, sobre la vida de Catalina Parr, la sexta y última esposa de Enrique VIII. Todas con su proveedor favorito.

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2da. vuelta 2026

[Música Maestro] A pesar de la importancia que tiene la batería, como instrumento, en cualquier estilo derivado del pop-rock y del jazz, son muy raras las ocasiones en que sus ejecutantes ocupan el centro de la noticia. Esto ocurre tanto en el cerrado microcosmos de medios especializados en música popular como en el universo amplio de la información cotidiana, en que esa invisibilidad es aun mayor, una regla que solo se quiebra cuando, lamentablemente, algún músico importante fallece. 

Por ejemplo, hace apenas tres años, Charlie Watts (1941-2021) fue titular en las secciones culturales y de espectáculos de casi todos los periódicos y noticieros del mundo. Pero claro, se trataba del integrante de una banda de rock conocida hasta por el más impresentable de los reggaetoneros. Y, aun así, no podríamos decir que fuera masivamente cubierto como hecho noticioso, si lo comparamos, por ejemplo, con las barrabasadas de Shakira, Christian Cueva o Puff Daddy. Quizás cuando, triste e inevitablemente, el ex Beatle Ringo Starr (84) fallezca pase, a nivel de medios de comunicación, algo similar a lo que vimos tras la muerte del sobrio y elegante baterista de los Rolling Stones.

Sin embargo, la semana pasada sucedió algo atípico. La comunidad metalera recibió una noticia que la mantendrá hablando del tema durante meses, aun cuando no tenga que ver -en buena hora- con el fallecimiento de uno de sus soldados. Nicko McBrain, baterista de Iron Maiden, emblemática banda que lideró a comienzos de los ochenta la New Wave Of British Heavy Metal y que es, además, uno de los grupos más queridos y exitosos entre oyentes de todos los géneros del rock por su consistencia, influencia y carisma, anunció su retiro después de pasar 42 años de su vida detrás de esos tambores con los que estremeció a multitudes que lo vieron a nivel mundial. Y lo hizo por todo lo alto, tocando ante más de cuarenta mil fanáticos de la Doncella de Hierro en Sao Paulo, Brasil, el 7 de diciembre pasado.

Los expertos en Iron Maiden lo saben. McBrain, el segundo de los dos bateristas oficiales que ha tenido la banda en su larga historia y el tercer integrante con más tiempo dentro, después de Steve Harris (68) y Dave Murray (67)- se convirtió en el alma del grupo. Si Harris es el cerebro y comandante en jefe, Bruce Dickinson (66), el piloto de la nave -literalmente hablando- y Dave Murray, Adrian Smith (67) y Janick Gers (67), los incansables guerreros de primera línea, McBrain puso la sensibilidad y la contundencia desde el fondo, la base sobre la cual todo comenzaba a levantarse hasta alturas insospechadas de energía pura en cada interpretación, desde el brillante periodo comprendido entre Peace of mind (1983) y Fear of the dark (1992); la difícil transición de 1995-1999, con Dickinson fuera del cuadro; y el renacimiento de la banda, ya como sexteto, que se dio a partir del décimo segundo álbum, el sorprendente Brave new world (2000) hasta el denso y algo repetitivo Senjutsu (2021). 

Y en concierto, ni qué decir. Desde que se sentó, a fines de 1982, en la batería de Iron Maiden, que ya tenía tres poderosos álbumes en el mercado en ese entonces y una fanaticada que crecía por el mundo entero sin publicidad alguna, para reemplazar a Clive Burr (1957-2013), McBrain convenció a los hinchas del quinteto con su soltura y extravagancia, esa mirada de zorro viejo y su capacidad para darle combustible, en presentaciones cada vez más largas, al grupo desde su enorme batería de un solo bombo y decenas de tambores. Tocando siempre con la boca abierta y, desde los dos miles, descalzo, McBrain era una fuerza de la naturaleza y parecía imparable.

Parecía imparable hasta inicios del año 2023, en que sufrió un derrame cerebral que dejó paralizado el lado derecho de su cuerpo, desde el hombro hacia abajo. Como cuenta en este video, el dinámico baterista ingresó por sus propios pies a una clínica y, tras las pruebas de rigor, comenzó un exigente proceso de rehabilitación física que duró aproximadamente tres meses. Gracias a su convicción y al apoyo del personal médico, logró no solo recuperar la movilidad de brazo y mano derecha, sino que se puso a tono para salir con sus compañeros, en lo que se llamó The Future Past World Tour, ochenta shows entre mayo de 2023 y diciembre de 2024. Precisamente, el último concierto de esta larga gira mundial fue aprovechado por la banda para anunciar el retiro de Nicko McBrain, que se despidió vitoreado y celebrado por una multitud agradecida por tantas décadas de buena música y harta bulla.

A lo largo de la historia del rock, ha habido varios casos de bateristas que, debido a la exigencia física de su trabajo, han tenido que dejar de tocar por motivos de salud. El más conocido probablemente sea el de Phil Collins (73), uno de los músicos más famosos de los años setenta y ochenta, tanto con Genesis como en solitario y, a la sazón, uno de los mejores percusionistas de todos los tiempos. Sus múltiples problemas, desde auditivos hasta neurológicos, lo alejaron por completo de su adorado instrumento, un hecho que comunicó oficialmente en el año 2014 y que lo sumió en una profunda depresión que terminó reactivando otra de sus enfermedades, el alcoholismo. 

Según un informe de www.drumeo.com, página web especializada en todo lo relacionado al mundo de la batería, “los problemas de salud son especialmente frecuentes entre los músicos que trabajan a tiempo completo. Un reciente estudio alemán demostró que más de dos tercios de los músicos profesionales viven con dolores crónicos, lo que significa que incluso después de meses o años de lesión, muchas personas siguen tocando a pesar del dolor, lo que podría provocar daños permanentes y el fin prematuro de su carrera”. El mismo artículo señala que “muchos de los problemas de salud que separan a los bateristas de su actividad surgen con la edad. Se vuelve más difícil curarse de lesiones físicas a medida que pasa el tiempo. Y para algunas personas, tocar durante largos periodos de tiempo puede resultar mentalmente agotador”.

Esto último parece ser el caso de Tim “Herb” Alexander (59), un baterista norteamericano muy respetado que surgió en la década de los años noventa como integrante original del trío de funk-rock Primus. Aunque no tiene una edad muy avanzada, Alexander viene tocando ininterrumpidamente desde 1985 y, de manera profesional, en prácticamente toda la discografía de la intensa entente, desde el vertiginoso Frizzle fry (1990) hasta su última producción oficial, The desaturating seven (2017), además de interminables giras y apariciones en festivales. En el año 2014 fue sometido a una operación a corazón abierto, luego de sufrir un infarto. Posteriormente, siguió tocando con Primus hasta hace pocos meses en que, abruptamente, anunció su retiro de la actividad musical.

La noticia del alejamiento del gran “Herb” no fue tan llamativa como la de McBrain, pero ciertamente causó gran revuelo en la comunidad mundial de seguidores de Primus, una banda de estilo virtuoso y frenético que registró clásicos noventeros como Jerry was a race car driver, Tommy The Cat (Sailing the seas of cheese, 1992) o My name is Mud (Pork soda, 1999). En su comunicado oficial, Alexander se despide de sus fans y declara necesitar tiempo para cuidar su salud y estar más cerca de su familia. “Tocar durante tantos años me ha generado serios problemas físicos y de estrés” dice el batero. Su público, comprensivo y agradecido, no le reprochó nada, por supuesto. 

Además de permitirnos entrar en contacto con esta dimensión humana de los bateristas, poco explorada por el público convencional que es, generalmente, indiferente a las situaciones que atraviesan quienes ejecutan las melodías con las que llenan sus reproductores digitales -también envejecen, se enferman, se estresan-, los casos de Nicko McBrain y Tim Alexander nos muestran cómo funciona la lealtad y admiración que generan sus respectivas bandas. En un mundo de espectáculos vacíos y masas que pierden el control por personajes de pacotilla, ver a una multitud coreando el nombre de Nicko McBrain y sosteniendo carteles dándole las gracias, resulta conmovedor. Cómo olvidar la estrecha relación de Iron Maiden con el público brasileño, desde aquella legendaria primera edición de Rock In Rio en 1985, donde el grupo se lució como protagonista, hasta sus posteriores participaciones en los años 2001, 2019 y 2021.

En el caso de “Herb”, las redes sociales de Primus se llenaron de mensajes de apoyo, preocupación por su bienestar y deseos de buena suerte. Sus compañeros de siempre, Les Claypool y Lary Lalonde, también mostraron comprensión y ofrecieron palabras muy sentidas elogiando el legado de Tim, su extremado talento, amistad y ética de trabajo. Luego, lanzaron una convocatoria abierta para encontrar a quien lo reemplace, colocando “términos de referencia” que evidencian la dificultad que tendrán para hallar alguien nuevo con tantas cualidades y destrezas. Un viejo amigo de la banda, considerado el mejor de su generación, Danny Carey (Tool, Beat), ocupará el lugar de su colega durante las próximas fechas de Primus, correspondientes a la gira 2025 que ya tenían pactada y en medio de la cual llegó la drástica pero necesaria decisión de Tim Alexander, quien también fuera baterista temporal de A Perfect Circle y del colectivo de percusionistas The Blue Man Group.

Cuando se trata de bateristas que se ven forzados a abandonar sus actividades por temas médicos, un caso que estremeció a la escena rockera fue, definitivamente, el de Bill Berry (66), fundador y pieza fundamental en el armazón creativo y sonoro de los norteamericanos R.E.M., importante banda de rock alternativo que fuera protagonista de la escena musical anglosajona durante buena parte de los ochenta y todos los noventa, con álbumes como Document (1987), Green (1988), Out of time (1991) o New adventures in Hi-Fi (1996), aclamados tanto por la crítica especializada como por las radios convencionales y el público en general. Berry sufrió, durante un concierto en Suiza en 1995, un colapso sobre el escenario a causa de un aneurisma. 

Berry, que se encargaba de varios instrumentos en las grabaciones de R.E.M. -bajo, piano, guitarras- se recuperó de aquel evento pero, dos años después, anunció su retiro pues no se sentía bien, aunque se le ha visto participar esporádicamente en reuniones de su banda, incluyendo una presentación especial en New York, en junio de este año, tocando el exitazo de 1991, Losing my religion. Para los trabajos en estudio y las giras posteriores a 1997, Bill Berry fue reemplazado por varios músicos, entre ellos Bill Rieflin (1960-2020), conocido por haber sido miembro de diversos grupos de géneros menos comerciales como Ministry (metal industrial), Swans (noise rock) y King Crimson (prog-rock). Rieflin también tuvo problemas de salud, mientras andaba de gira con el Rey Carmesí y, lamentablemente, falleció de cáncer poco antes de cumplir 60 años.

En Aerosmith, el baterista Joey Kramer (74) tuvo también que alejarse por asuntos de este tipo. El año 2020 anunció que dejaba el grupo tras ser operado del corazón, una situación que le generó, además, problemas legales porque cuando quiso regresar, denunció que le impidieron hacerlo, a pesar de sentirse “recuperado al 150%”. Después de algunos tires y aflojes, el quinteto anunció en sus redes sociales en el año 2023 que Kramer, uno de los fundadores del grupo, no formaría parte de una gira de despedida llamada Peace out: The Farewell Tour que iba a extenderse, supuestamente, hasta inicios del 2025 pero que fue cancelada de manera definitiva, debido a una serie de problemas vocales de Steven Tyler, vocalista y frontman de esta banda de blues-rock, conocida por los permanentes ingresos a clínicas de rehabilitación de varios de sus miembros, a causa de sus excesivos estilos de vida.

No podemos dejar pasar el dramático caso de Joey Jordison (1975-2021), baterista de Slipknot, una de las preferidas entre las nuevas generaciones de metaleros. Casi como una paradoja, quien asomaba como el músico más talentoso de este colectivo que no se caracteriza necesariamente por su trascendencia musical, sino por andar más preocupados en los aspectos teatrales de su actuación -pogos sobre el escenario, hábitos físicamente agresivos, disfraces y máscaras horripilantes-, tuvo que retirarse a causa de una mielitis que terminó quitándole movilidad en las piernas, lo cual obviamente le impidió seguir tocando. Lamentablemente, Jordison falleció muy joven, a los 46 años, a causa de esta terrible enfermedad neurológica.

La decisión de Nicko McBrain es un acto de responsabilidad hacia su propia vida, por supuesto. Pero también hacia su banda y sus fieles seguidores, consciente de no poder seguir cumpliendo el exigente rol dentro de uno de los ensambles de heavy metal más potentes, con canciones rápidas y extensas, además de trabajar “junto al bajista más rudo del mundo” como él describe a Steve Harris, con quien conformó una de las secciones rítmicas capitales para entender el género del cuero negro y las guitarras afiladas. La retumbante batería de McBrain en todos los clásicos de Iron Maiden que grabó durante más de cuarenta años (como este, de 1983), es el fondo perfecto para los frenéticos riffs y solos de Dave Murray, Janick Gers o Adrian Smith, un catálogo de canciones que producen emoción y vértigo.

En marzo de este año, casi un año después del derrame cerebral, Nicko McBrain se sentó al frente de la orquesta y coros de la Marina Británica para presentar The Maiden Legacy, una recopilación de clásicos de su banda montada para la edición 52 del Mountbatten Festival of Music, arreglados para dicha ocasión. En el concierto, realizado en el Royal Albert Hall, vemos al buen McBrain totalmente recuperado, tocando la batería que usó en The Future Past World Tour con Iron Maiden, que muestra aquí en un video en el canal de YouTube oficial de Iron Maiden. 

Curiosamente Clive Burr, a quien McBrain reemplazó, también abandonó la música por graves problemas neurológicos. A fines de los noventa, casi 15 años después de su salida, fue diagnosticado con la temible esclerosis múltiple, por lo que quedó sumamente endeudado y, a medida que el mal fue avanzando, postrado en silla de ruedas. La banda organizó varios conciertos para ayudarlo económicamente y estuvieron a su lado hasta su fallecimiento, en el año 2013, a los 59 años. 

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