Opinión

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] La segunda vuelta en nuestras próximas elecciones parece de pronóstico reservado en virtud del excesivo número de candidatos a la presidencia de la República, 36 en total, y unas encuestas que nos dicen que a estos les resultará muy complicado pasar el 5% de las preferencias ciudadanas, es decir, la valla electoral.

En un mundo paralelo, o escenario distópico, podría inclusive suceder que ningún candidato pase la valla con lo cual ¿las justas tendrían que repetirse? o podría ser que solo uno lo haga, de suerte que este ganaría en primera vuelta, no por obtener la mitad + 1 de los votos, sino por falta de otro contrincante capaz de obtener más del 5%. Y en el Congreso, si solo dos o uno pasaran la valla electoral, ingresaríamos a un esquema bipartidista o, lo que es peor,  a una telúrica dictadura de partido único.

Pero imaginémonos que estos escenarios, que no son ni tan fantasiosos, ni tan inverosímiles, no se produzcan y que dos o más candidatos pasen la valla, con lo cual accederíamos a una segunda vuelta tradicional. Es decir, el primero vs el segundo bajo formas similares a las de los últimos procesos electorales. En este caso, se nos presentan solo 3 escenarios posibles:

  1. Una segunda vuelta entre dos candidatos de derecha, como podrían serlo Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori:

Esta situación dejaría en ascuas a la ¿mayoría? de peruanos alineados con el HT Por estos no, y que quisiera un cambio radical, léase de clase política, en el gobierno del Estado. La figura señalada, supondría la continuidad de la actual alianza gobernante que se gesta más desde el Congreso que desde el poder Ejecutivo.

  1. Una segunda vuelta entre candidatos que no son de derecha y que abarcan desde la extrema-izquierda hasta el centro:

Conforme a las encuestas,  esta posibilidad se nos muestra bastante más remota que la primera. En realidad, solo un candidato de este espectro del electorado ha asomado en los muestreos de opinión y es Alfonso López Chau, y su novedosa Ahora Nación. Su partido está realizando  mítines en diversas plazas del Perú, donde ha podido apreciarse un entusiasta apoyo ciudadano a su candidatura, aunque sin alcanzar las multitudes de las campañas electorales de antaño. Pero en el Perú nada está dicho, la meteórica aparición de un contrincante para López Chau, que yo vislumbraría más en la izquierda radical que en el centro, podría cambiar el panorama.

  1. Una segunda vuelta entre un candidato de derecha frente a otro de centro o centro-izquierda:

En este caso, la candidatura de derecha buscará llevar la discusión a la batalla cultural: contra el aborto, el matrimonio LGTBI+, reivindicar las consignas de “con mis hijos no te metas” y la libertad de los padres a escoger qué educación sexual elegir para sus vástagos. La apuesta derechista-conservadora por esta agenda se explica en la percepción de que la mayoría de peruanos, inclusive entre muchos de los que se auto perciben como izquierdistas, responde a un histórico pensamiento conservador y que, es probable, no apruebe ninguna de estas políticas progresistas, las que intentará achacarle al contrario.

Cuestiones como el aborto libre o el matrimonio LGTBI+ definirán el voto de millones de peruanos en la segunda vuelta. En 2021 pudimos apreciar claramente una corrida electoral desde Verónica Mendoza hacia Pedro Castillo debido a que la primera hizo suyas las agendas culturales del progresismo. Una opción de izquierda que pretenda seriamente llegar al poder debe tener en cuenta estas variables.

Por su parte, la candidatura de Centro Izquierda buscará llevar la discusión hacia la dicotomía honestidad vs corrupción, y acusará a su contrincante derechista de formar parte, en el actual Congreso, del denominado pacto mafioso que gran parte de los peruanos identifica como responsable de nuestras crisis política, económica, social y de seguridad. De hecho, los responsabilizará de las leyes cuyos detractores denominan procrimen por recortar facultades a la lucha contra la delincuencia y la corrupción. Este parecería ser el caso de la ley 32108 que excluye de las organizaciones criminales a la extorción, la corrupción y la trata de personas.

Además, los últimos años, varios líderes de izquierda como el actual alcalde de New York, Zohran Mamdani, han volteado de nuevo la mirada hacia la agenda social -el acceso a los servicios públicos del ciudadano de a pie- y han logrado éxitos notables, marcando así una línea que la izquierda puede  retomar si lo que busca es reposicionarse y plantarle cara a este mundo conservador en el que campea Donald Trump.

Palabras finales

Por supuesto que nada es tan simple, ni tan complejo tampoco. En todos los casos, la discusión de cómo los partidos y sus candidatos piensan solucionar los problemas más urgentes de la vida cotidiana, se suman a las agendas que hemos señalado. Conectar con la gente supone conectar y conocer primero cuáles son sus verdaderas y más básicas necesidades, más allá de lo que se discute en la superficie ideológica del debate electoral.

Veremos entonces que pasará, pero el panorama parece más claro de lo que se parecía a simple vista. Tenemos tres opciones para la segunda vuelta. La tercera parece ser la más probable. De ser el caso, cada uno de los dos candidatos contrincantes buscará llevar el debate hacia temáticas que favorezcan sus aspiraciones. Será una guerra de narrativas: el triunfo del Perú conservador frente a la agenda progresista o el triunfo de la agenda  anticorrupción que ofrece recuperar el Estado y ponerlo al servicio de las grandes mayorías ¿cuál será?

[OPINIÓN] La candidatura de Rafael López Aliaga vive instalada desde hace meses en una cómoda meseta del 10 %. Ni sube ni baja. Un curioso fenómeno de la política peruana: motor encendido, bocina sonando… pero el vehículo no se mueve. Mientras tanto, su entorno insiste en anunciar épicas multitudinarias y una ruta directa hacia Palacio. El problema es que la realidad suele ser bastante menos entusiasta que los comunicados.

López Aliaga tiene, además, un obstáculo político evidente: su carácter. Agresivo, autosuficiente y poco dispuesto al diálogo. Una mezcla complicada en un país donde gobernar exige exactamente lo contrario. En el Perú —territorio fragmentado por naturaleza— el presidente necesita sumar, negociar y, sobre todo, no espantar a los aliados potenciales.

El personaje, por lo demás, cultiva algunas particularidades llamativas: el celibato como bandera moral, la proclamación pública de su propia riqueza —algo que los millonarios suelen manejar con mayor discreción—, una insistente narrativa de bondad personal que, curiosamente, necesita repetirse con bastante frecuencia para que alguien la recuerde, y una lista más bien escueta de logros concretos al servicio del Estado o de la sociedad.

A eso se suma su estrategia política favorita: atacar a cualquiera que aparezca en el camino. Keiko, Acuña, Luna Gálvez —entre otros— reciben su respectiva descarga. Todos tienen problemas, por supuesto. Pero también poseen algo que a la aventura de “Porky” no se le conoce: estructuras políticas reales, cuadros y organización. Algo más que entusiasmo en redes sociales.

Y es aquí donde aparece la famosa sopa de Herodes.

Si López Aliaga llegara a una segunda vuelta frente a alguien como López Chau, el cálculo es simple. Difícil imaginar a Keiko, Acuña, Luna o cualquier otro actor del mismo espacio movilizando su electorado para salvar a quien pasó meses atacándolos. La política tiene memoria corta, pero no tanto. El resultado sería previsible: una derrota.

La escena inversa es todavía más interesante. Si, por ejemplo, Keiko llega a segunda vuelta —algo que hoy las encuestas no descartan—, la gran mayoría de los fervorosos simpatizantes de “Porky” terminará votando por ella. No por entusiasmo, sino por una simple aritmética electoral cuyo motor es el miedo: que es, a fin de cuentas, la esencia de su incomprensible apoyo.

La sopa no es el plato favorito de los Porky lovers, pero en política a veces no se elige el menú.

En resumen: López Aliaga tiene seguidores ruidosos, apasionados y convencidos de su cruzada. El problema es que no son suficientes. En una elección presidencial no gana el que grita más fuerte, sino el que logra sumar más gente.

Y ahí, justamente ahí, está el problema. Porque más allá de su círculo, su candidatura no suma.

Resta.

[ENTRE BRUJAS] Estamos próximas al 8 de marzo, una fecha emblemática para las defensoras de derechos en todo el mundo. En el Perú existe un movimiento feminista y de mujeres diverso, plural y potente, que durante décadas ha logrado colocar en la agenda pública y política temas fundamentales para la democracia: la igualdad de género, el derecho a la no discriminación, la autonomía sobre nuestros cuerpos y la urgente erradicación de la violencia contra mujeres y niñas.

La relevancia alcanzada por estas luchas en el espacio ciudadano y político es tal que, en tiempos de auge de fundamentalismos y pulsiones autoritarias, son precisamente estas agendas y quienes las defienden las que se han convertido en blanco de ataques sistemáticos, hostigamiento y campañas de amedrentamiento. Dichos ataques se despliegan mediante múltiples mecanismos: desde el uso instrumental de recursos “legales” hasta la violencia simbólica, la estigmatización pública y la deslegitimación permanente de quienes defienden la igualdad.

Esta reacción, por más incómoda y desgastante que resulte, debería también permitirnos reconocer algo fundamental: los avances alcanzados han sido lo suficientemente significativos como para incomodar a quienes buscan restaurar un orden profundamente desigual. Por ello, aunque pesen los retrocesos, es necesario hacer una pausa y reconocer el camino recorrido antes que asumir una narrativa de derrota.

En un contexto donde discursos oscurantistas, acríticos y absolutistas buscan apropiarse del país – acompañados de prácticas corruptas y profundamente antidemocráticas— resulta imprescindible reafirmar que las conquistas alcanzadas por el movimiento feminista no son concesiones circunstanciales, sino logros históricos construidos con décadas de organización, pensamiento crítico y acción política.

No podemos ignorar que en los últimos años —y particularmente en los últimos tres— se ha producido una pérdida significativa de avances normativos en materia de igualdad; y quienes defendemos derechos hemos tenido que destinar gran parte de nuestras energías a proteger lo ya conquistado, antes que a impulsar nuevas reformas pendientes que durante años estuvieron en agenda. Este retroceso no se limita al ámbito normativo. También se expresa en el terreno cultural y simbólico. La violencia de género ha comenzado a relativizarse en ciertos discursos públicos, y aquellos “aliados/as” que en 2016 salían a las calles bajo la consigna “Ni una menos” hoy guardan silencio frente a los intentos de desmontar políticas y derechos fundamentales. Aunque existen, por supuesto, honrosas excepciones, el contraste resulta evidente.

A pesar de ello, quienes seguimos aquí —desde distintas tribunas, con nuestras diversidades, diferencias y trayectorias— continuamos defendiendo la posibilidad de un mundo más justo. Porque la igualdad de género siempre ha sido una apuesta por el bien común.

Cuando el machismo opera, no solo afecta a mujeres, niñas y adolescentes. Deteriora el tejido social en su conjunto, reproduce desigualdades estructurales y genera escenarios de violencia, dolor y muerte que impactan a toda la sociedad. En hombres, mujeres y diversidades.

Y cuando el machismo se entrecruza con el clasismo y el racismo —tan profundamente arraigados en un país que aún arrastra estructuras coloniales— el daño se vuelve exponencial. Basta escuchar las historias de nuestras hermanas indígenas amazónicas, de mujeres andinas rurales que viven en condiciones de pobreza, o de niñas y mujeres sobrevivientes de violencia, para comprender que, aunque el camino recorrido ha sido largo, los desafíos aún son enormes.

Hoy vemos cómo desde el poder se articulan discursos y acciones que buscan reinstalar un orden profundamente patriarcal. Existen figuras políticas que actúan como verdaderas guardianas de ese sistema, utilizando incluso el sufrimiento de niñas víctimas de violencia para sostener agendas ideológicas que niegan sus derechos. Congresistas que promueven cuestionados “albergues” destinados a forzar a niñas violadas a continuar embarazos que nunca debieron ocurrir, iniciativas que merecen ser investigadas con rigurosidad y transparencia.

Se suman candidatas que justifican la maternidad forzada en niñas, y actores políticos —tanto de derecha como de izquierda— que pactan para bloquear avances en materia de igualdad. El patriarcado, en toda su expresión, opera a través de múltiples rostros, guardianes y cómplices.

En este escenario profundamente hostil, las defensoras de derechos y feministas de distintas regiones del país seguimos presentes. Con identidades diversas, realidades distintas y estilos múltiples, persistimos en las calles, en las organizaciones , en los espacios políticos y en la academia colocando en la agenda pública aquellos temas que muchos preferirían mantener en silencio. Seguimos acompañando a las víctimas y a sus familias, sosteniendo espacios de denuncia, cuidado y organización.

Por eso, este 8 de marzo también debe ser un momento para celebrar nuestra persistencia. Si hay una característica que define a una feminista es su perseverancia incómoda y sostenida en el tiempo. Quienes abrazamos la igualdad como horizonte político no lo hicimos por moda, ni por una marcha, ni por coyuntura: lo hicimos por convicción, por principios y por una profunda ética de justicia.

Celebremos entonces las vidas que hemos logrado transformar, los espacios que hemos abierto y las estructuras del patriarcado que hemos comenzado a resquebrajar. Reconozcamos que no ha sido fácil para quienes caminaron antes por sendas aún más agrestes, y que tampoco lo será para quienes vendrán.

Pero cada vida protegida, cada conciencia que despierta, cada niña que logra acceder a una nueva oportunidad constituye, en sí misma, una victoria invaluable.

[OPINIÓN] Salvo los científicos e inventores -un grupo poblacional de porcentaje ínfimo con relación a la cantidad total de gente que habita este planeta- que siguen, como siempre, trabajando en silencio y en el anonimato, nos la pasamos sin hacer nada más que lo mismo de siempre, consumir y usar, como autómatas.

Si el proceso de adaptación produjo los avances tecnológicos -para no morir de hambre, de frío o engullido por algún depredador- durante veinte siglos, el proceso de automatización que nos gobierna desde el inicio de la revolución tecnológica del siglo XXI produce conductas repetitivas, rutinarias, robotizadas, todo con erre.

Repetimos hábitos, desde rituales masivos como ir al estadio o a un concierto hasta pequeñas rutinas cotidianas: detener el timbre del despertador en el celular, tomar el micro para ir al trabajo, tocarle el claxon a todo lo que no se mueve como si eso fuera a arregla algo en el tráfico, encender la televisión, maratonear en Netflix, postear fotos en Facebook y chistes en WhatsApp.

Esa automatización se siente también en la campaña hacia la presidencia del Perú. Y supongo que debe ocurrir lo mismo en otros países, pero aquí pareciera ser aun más evidente esa repetición de conductas, como las miniaturas de reels en el Facebook que no avanzan más de tres segundos para volver a empezar. De forma irreflexiva, maquinal, la situación del país da vueltas cada cinco años, sin rumbo.

Y lo paradójico es que no es siempre igual. Cada vez hay más candidatos, cada vez hay más videos en redes sociales, más spots en la mañosa “franja”, cada vez hay más advenedizos jurándonos que tienen la solución, que harán casas de ochenta pisos y que las carreteras correrán solas mientras las corvinas sobre las olas nadarán fritas con su limón (Parlamanías, Los Troveros Criollos, 1954). Pero, lustro tras lustro, como el hámster de la rueda, terminamos siempre haciendo lo mismo.

Lo vemos en las calles que, un poco más tarde de lo habitual, ya están llenas de carteles con sonrisas fingidas y miradas perdidas al cielo. Sean los tradicionales paneles sostenidos por dos estacas astilladas de madera o el video LED en las pantallas de PuntoVisual, el cuadro es el mismo. Los mismos presentadores en los canales de señal abierta diciendo las mismas cosas, las mismas cuñas grandilocuentes con las tituladoras digitales que dan vueltas delante de nuestros ojos y los mismos segmentos de noticias electorales con sus pomposos nombres. Lo mismo. Nada cambia.

Nada cambia y, al mismo tiempo, todo avanza hacia el despeñadero. Avanza de manera cansina, torpe y lerda, en medio de este verano calcinante que, gracias a las grandes inamovilidades del mundo globalizado incapaz de llegar a consensos sobre cómo reducir las emisiones de contaminación industrial, nos hace pensar que estamos en Pucallpa y no en Lima. Aquellas cosas que sí se mueven, a pesar de nuestro cómodo automatismo usuario -los negociados, el lobbismo sin escrúpulos- ha transformado nuestro clima, tropicalizándolo.

Aunque los tres últimos procesos de elecciones generales -2011, 2016 y 2021- fueron bastante lentos y pobres en contenidos políticos, este excede todo límite. Como ocurrió en los comicios pasados, las encuestas son lideradas de manera inapelable por una masa de indecisos e intencionales viciadores a la que se unirán todas las personas que, confundidas por la cantidad de símbolos, recuadros y filas, terminarán invalidando su propio voto. Y la segunda vuelta será una carrera de dos pollos descabezados, el segundo y tercer lugar de un escrutinio que estará, como siempre, cargado de observaciones, dudas y acusaciones mutuas.

De alguna forma, las cosas se resolverán también como siempre, con la misma sensación de que las cosas ocurren en este país casi por inercia -el “casi” es solo para relativizar la frase- y, como siempre, nos acostumbraremos a esa idea de que así se hace política en el Perú, con franjas electorales invasivas, cartelones por todas partes y debates televisados en que cada candidato usará los cuarenta segundos que le correspondan para atacar a quien perciba como su principal obstáculo para hacerse del segundo o tercer puesto. Un déjà vu permanente, un loop de internet, el eterno retorno.

Lo otro que no cambia en este Perú frío y sin rumbo, inmóvil, autómata, de usuarios, es la injusticia. A diario vemos cómo nuestro país es arrollado por la espalda y los perpetradores, en lugar de socorrernos, se la pasan reuniéndose entre sí, armando estrategias y sobornando autoridades para salir bien librados, una situación que deja de ser metáfora cuando pensamos en el caso de la pobre Lizeth y su familia, víctimas de la indolencia y la crueldad, de la caradura de los privilegiados. Rubén Blades canta en Plástico (Siembra, 1978): “estudia, trabaja y sé gente primero, allí está la salvación”.

Nadie en esta campaña fría de parálisis repetitiva, desde los que aparecen en sondeos como primeras opciones hasta los del batallón de los otros, parece estar pensando en eso.

[Música Maestro] “¿Qué te parece este fenómeno?”

La primera vez que escuché el nombre de este dúo fue a través de un mensaje de WhatsApp que me envió en mayo del año pasado una muy buena amiga, melómana y cinéfila, que formó conmigo parte de la última generación de vendedores de música entre fines de los noventa e inicios de los dosmiles, antes de los mp3 y Spotify. Me preguntó “¿qué opinas de este fenómeno, tío?” -alguna vez contaré por qué nos decimos “tío” o “tía” en ese grupo de antiguos trabajadores de desaparecidas cadenas de discotiendas- y acompañó su consulta con un video adjunto.

El video era un clip de treinta segundos de TikTok. Un concierto diurno ante muchísima gente y una segunda línea que decía “(Gustavo) Dudamel tocó con ellos en Coachella”. Y luego una mención a su participación en los Tiny Desk Concerts de la NPR, esos unplugged del siglo XXI que, por dárselas de inclusivos y modernos pasan de la excelencia a la viruta entre un capítulo y otro. No tuve tiempo de verlo, solo le di play sin mirar, prometiéndole una pronta respuesta.

En este momento no podría decir que recuerdo exactamente qué escuché -un ritmo alatinado, medio funky quizás, unas congas, un bajo fuerte, unos rapeos ininteligibles e indudablemente argentinos por el acento- pero sí que le escribí a mi amiga lo primero que vino a mi mente -está la conversación grabada en mi teléfono, por lo que no es un mérito de mi memoria: “esto parece un cruce entre Ilya Kuryaki y El Gran Silencio”. Ella insistió, enviándome otro clip en que uno de los jóvenes aparecía tocando un tema muy rebuscado de Luis Alberto Spinetta, El anillo del Capitán Beto (del tercer LP de Invisible, El jardín de los presentes, 1976). La referencia me interesó pero, como estaba trabajando, lo dejé ahí “para después”.

El dúo de marras en Yo Soy

Los meses pasaron y no conseguí darme el tiempo de escuchar al “fenómeno” que despertaba tanto entusiasmo en mi amiga y excompañera de trabajo. Hace unas semanas, en el espacio televisivo Yo Soy, apareció una pareja de imitadores con sombreros y lentes estrafalarios, balbuceando tonterías. La “canción” con la que pasaron la prueba en el sintonizado programa de Frecuencia Latina era un típico e intrascendente reggaetón/trap, por lo que no me generaron interés alguno ni los relacioné con aquel WhatsApp de mayo.

Sin embargo, en uno de los últimos capítulos del concurso, Ricardo Morán -uno de los jueces y, al parecer, productor general del programa- mencionó esa asociación con el famoso director venezolano de orquestas sinfónicas. “¿Serán los mismos?”, me pregunté internamente. Como suelo confiar en mi intuición para casi todo, y mucho más si se trata específicamente de cuestiones musicales, tomé la decisión de exponerme voluntariamente a las producciones de este conjunto reggaetonero, llamado Ca7riel y Paco Amoroso.

Y lo que descubrí me puso delante de un problema: los muchachos comenzaron sus carreras haciendo música de verdad pero, al parecer, decidieron deliberadamente tomar el camino de lo que está más de moda para hacerse ricos y famosos, porque las masas responden muy bien a la agresiva y homogénea vulgaridad de los “géneros urbanos”.

Ca7riel y Paco Amoroso, el “fenómeno”

Hace poco me di a la tarea de escuchar Baño María (2024), debut oficial de Ca7riel y Paco Amoroso y me pareció una pérdida de tiempo. Reggaetón puro y duro, densas bases electrónicas y letras que caen en los mismos clichés, vicios y exageraciones de personajes desechables e igual de famosos como Bad Bunny, Karol G y afines, música para las masas adictas a lo canalla. A renglón seguido, el algoritmo de YouTube me lanzó de inmediato su actuación en la NPR. Y lo que escuché era básicamente lo mismo. Pero sonaba diferente. Era otra cosa.

Alrededor de los dos jóvenes, cuyos nombres verdaderos son Catriel Guerreiro y Ulises Guerriero -lea bien, no comparten el mismo apellido- había un conjunto de músicos extremadamente buenos, jóvenes como ellos. Aunque su desarrollo instrumental se desenvuelve en torno a esos rapeos insulsos que tanto me irritan, es notorio que tienen la capacidad de tocar ritmos latinos, funk y latin-jazz con bastante solvencia. Siendo argentinos, eso no sorprende, desde luego. De lejos, Argentina es el país que mejores músicos de jazz, pop y rock ha producido en Latinoamérica.

Esa tocada de casi veinte minutos que, según datos de internet, se viralizó y superó los 30 millones de visualizaciones en solo medio año -el “fenómeno”-, me llevó a otra actuación en concierto ante más de 15 mil espectadores en el Movistar Arena de Buenos Aires. En este formato, sin las restricciones de espacio ni tiempo que caracterizan a los Tiny Desk de Washington, pude entender lo que ya venía sospechando. Ese bajista, esos solos de Moog, algo más había detrás de este dúo argentino y su coprolalia reggaetonera.

Una discusión que se repite una y otra vez

Cada vez que alguien se atreve a criticar las actitudes y letras del reggaetón por su talante misógino y su desembozada chabacanería, saltan las barras bravas que defienden y relativizan todo lo actual para desautorizar agresivamente esta opinión que, como todas, puede ser discutible pero nunca sujeto de agravio o desprecio por ser diferente e incluso contraria a las tendencias y preferencias de las mayorías.

Nos tildan de “hipócritas” porque escuchamos a los Rolling Stones, Aerosmith o Mötley Crüe, solo por mencionar a algunos de esos artistas del pasado que también tienen como temas recurrentes una actitud machista y cosificadora que denigra a la mujer, además de exhibir comportamientos ajenos a lo política y socialmente correcto en otros ámbitos. Sin embargo, la respuesta ante ese argumento no solo consiste en comparar a los reggaetoneros con esos y otros ejemplos sacados de la escena rockera.

Porque más allá de las similitudes líricas, las envolturas musicales del pop-rock poseen una serie de valores intrínsecos de los cuales carecen las canciones del reggaetón, eso sin contar las proporciones de la atención que dedican a ciertos tópicos en sus letras. Mientras que en cualquier banda -incluso si pensamos en actos extremos como Cannibal Corpse, Throbbing Gristle o Carcass- las referencias sexuales son una de tantas otras situaciones que abordan, la naturaleza monotemática del reggaetón es difícil de negar.

Y ni hablar de los vuelos poéticos que podemos encontrar en canciones de Leonard Cohen, Lou Reed, Kate Bush o Patti Smith, que pueden ir de lo sugerente a lo explícito sin perder inteligencia, frente a las majaderías baratas del reggaetonero o reggaetonera de su preferencia.

Astor y Las Flores de Marte

El éxito de Ca7riel y Paco Amoroso configura un caso de uso preconcebido de lo que está de moda para llamar la atención. Es como si una desconocida escritora de apenas 22 años, después de haber publicado dos brillantes novelas con ventas proporcionalmente opuestas a una avalancha de comentarios positivos de la crítica especializada rendida ante su complejidad y uso creativo del idioma, decidiera a los 23 abrirse un perfil de OnlyFans y hacerse famosa y millonaria de la noche a la mañana, prostituyendo su imagen. Nadie niega el derecho de esta literata ficticia de hacer lo que le venga en gana, pero eso no garantiza que el cambio sea artísticamente positivo.

Rastreando en el pasado de Catriel y Ulises, encontré un interesante bloque de canciones compuestas e interpretadas por ellos, siendo aun más jóvenes -actualmente los dos tienen 32 años- ubicadas en las antípodas de las simplonerías que hoy rapean y que tanta fama les ha dado, en una banda llamada Astor y Las Flores de Marte, con viajes instrumentales que pasan del funk al jazz-rock al metal alternativo, fuertemente influenciada por toda la ola del virtuoso rock progresivo argentino que encabezó Luis Alberto Spinetta, inspirada a su vez por lo más pesado del prog-rock británico y el jazz-rock norteamericano de los setenta.

Astor y Las Flores del Mal -a veces consignados simplemente como Astor- se formó en Buenos Aires en el año 2011, por los amigos de escuela Catriel Guerreiro (voz, guitarra, bajo), Ulises Guerriero (batería), Alan Alonso (guitarras) y Felipe Brandy (bajo). Se presentaron en diversos concursos musicales de su localidad e incluso llamaron la atención del legendario pianista y productor Lito Vitale, quien los apoyó para grabar un tema, el sorprendente Mazitagus.

El cuarteto no produjo ningún material oficial hasta el año 2017, un EP de cinco canciones titulado Vacaciones todo el año, un placer para el oído conocedor por sus eclécticas ideas musicales, virtuosismo instrumental y autenticidad. Pero, como ese estilo ya no le gusta a nadie a niveles masivos -aunque sí recibieron atención de cierta prensa especializada y de un público minoritario que los consideraba de culto-, optaron por hacer otra cosa, a todas luces más rentable.

Ca7riel, Paco Amoroso y sus músicos

Las nuevas identidades, vestimentas extravagantes y actitudes forzadamente bizarras hacen que mi comparación de Ca7riel & Paco Amoroso con los Ilya Kuryaki and the Valderramas, banda de latin-funk y rap que alborotó al pop-rock en nuestro idioma en los noventa sea pertinente, aunque el colectivo liderado por Dante Spinetta (hijo de “El Flaco”) y Emmanuel Horvilleur (hijo del fotógrafo de “El Flaco”, Eduardo Martí), es de lejos mucho más interesante por su sonido influenciado por el funk clásico y una paleta temática que no se circunscribe a la promiscuidad sexual sino que incorpora referencias a las artes marciales y cierta conciencia sociocultural.

En su comentada actuación en los Tiny Desk Concerts, el dúo aparece con una banda de apoyo de alto calibre. Felipe Brandy (bajo, 31) los acompaña desde las épocas de Astor y Las Flores de Marte. Posee una extrema habilidad para los fraseos libres y el funk, respaldado por el ritmo sólido de Eduardo Giardina (batería, 44). Javier Burín (piano, teclados, 24) lanza solos de Moog que hacen recordar a Chick Corea y Cory Henry, insospechados en un contexto reggaetonero. Los tres, junto al percusionista Maxi Sayes (26), acaban de armar UATS, un cuarteto de jazz-fusión emparentado con colectivos como Snarky Puppy y Vulfpeck. Otro lote.

Catriel Guerreiro es un afilado guitarrista de rock, funk y jazz, con momentos que hacen recordar a algunas de sus principales inspiraciones, Luis Alberto Spinetta y Michael “Kidd Funkadelic” Hampton, del universo P-Funk que comanda desde 1970 George Clinton. En cierta manera, estos Ca7riel y Paco Amoroso podrían recordarnos a los Beastie Boys, quienes comenzaron siendo una banda de hardcore punk adolescente y evolucionaron hasta convertirse en expertos raperos que, de vez en cuando, tomaban sus instrumentos para tocar acid-jazz, funk o punk, sus géneros matrices. Sin embargo, esa obsesión por parecerse a lo peor del reggaetón, más allá de darles éxitos comerciales, desmerece su versatilidad en lugar de potenciarla.

De hecho, luego de toda la excesiva fama que han tenido con sus irritantes reggaetones, los argentinos parecen dispuestos a dar nuevamente una vuelta al timón con su próximo disco, que vienen anticipando con un tema llamado Hasta Jesús tuvo un mal día, con la colaboración vocal de Sting, que suena totalmente distinto al sonido atolondrado y ridículo de sus canciones más populares. ¿Autenticidad o movida marketera? Solo el tiempo lo dirá.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Varios influencers en redes sociales están tomando abierto partido por Irán en la desastrosa guerra que ha estallado, una vez más, en Medio Oriente.

Me queda claro que Israel y Estados Unidos la han iniciado -como casi siempre- me queda también claro que se trata del petróleo de Irán y del estratégico estrecho de Ormuz por donde este pasa y sale hacia el  Océano Indico.

Tengo claro todo: la histórica prepotencia de Israel contra Palestina como la madre de este conflicto, pero también conozco la abyecta dictadura teocrática de los Ayatolas en Irán. Es obvio que por este motivo no voy a justificar el ataque recibido. Además,  no se trata de un match  de cualquier deporte en el cual tenga que optar por un bando y alentar a uno de los contendientes. El tema es mucho más serio que eso, y me queda meridianamente claro, también, que varios países y grupos fundamentalistas islámicos presentan agendas maximalistas absolutamente cuestionables a ojos  occidentales.

La pregunta es por qué todo esto explota ahora. El histórico despojo de los palestinos desde 1947 y los ataques de Hamas de 2023 constituyen una parte de la respuesta. La otra es el 2do mandato de Donald Trump, corregido y aumentado: un niño cuyo juguete para conquistar el mundo es el ejército más poderoso del mundo. Su objetivo final es imposible: frenar el avance económico chino.

Solo me queda decir, aunque suene ingenuo, que resulta que este planeta también es nuestro; es decir, de los que vivimos en América Latina, el Africa y otras regiones del planeta, que no somos protagonistas de este cuento de terror, pero que igual pagaremos las consecuencias si el final resulta trágico e irreversible.

Y me queda recordar a JF Kennedy y Nikita Kruschev que le ofrecieron al planeta un mensaje y una opción racional y humanista, cuando las bombas atómicas casi volaban por encima de nuestras cabezas. El mundo iba rumbo a la catástrofe pero ellos supieron entenderlo y evitarlo, aunque el líder soviético haya estrellado su zapato nada menos que contra su escaño en la sala de sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Hoy extrañamos a ambos personajes. No sé qué nos pasó ¿fue lo que digo siempre? ¿fue la guerra de extremistas progresistas contra extremistas conservadores? No lo creo, casi que no me parece para tanto. Ese, en todo caso, es el cariz ideológico a una guerra que es económica y cuya meta es el dominio sobre el planeta Tierra.

Tras la Primera Guerra Mundial, Inglaterra comprendió que no sería más la potencia dominante del mundo, como lo fue durante el siglo XIX, en la recordada Era Victoriana. ¿Qué hizo al respecto? Se convirtió en la principal aliada de la nueva potencia dominante. Estados Unidos no necesitan líderes como Trump que van en contra de las agujas del reloj, la historia, la historicidad y el tiempo, este es un camino sin retorno.

Ha pasado poco tiempo desde la caída de aquel infame muro berlinés que  abrió las puertas a un Nuevo Orden Mundial Unipolar con Estados Unidos al frente. Pero ese mundo se extinguió deprisa, nadie pudo calcularlo o verlo venir, pero vino de la mano de la China de Deng Xio Ping y sus sucesores. Donald Trump es un hombre del pasado, de una USA patrona del mundo que ya no está más en condiciones de serlo, solo  que él no se ha dado cuenta. Ojalá, cuando despierte a la realidad, no sea demasiado tarde para todos.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El caso de la red criminal construida por el infame magnate de las finanzas Jeffrey Epstein, si bien resulta escandaloso, no constituye ninguna novedad en la historia del género humano, plagada de atrocidades innombrables que muchos prefieren seguir ignorando.

Epstein armó una red de tráfico sexual sistemático de menores. Se calcula que unas mil niñas y adolescentes fueron reclutadas con promesas de dinero por “masajes” que derivaban en abusos sexuales. Testimonios detallan cómo Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell abusaban sexualmente de las menores en sus propiedades (Nueva York, Palm Beach, isla privada Little St. James, Nuevo México, París). Hay alegatos, algunos en documentos del FBI de 2019 a 2025, de que Epstein “prestaba” sus víctimas a hombres poderosos y adinerados. Esta red involucraba modelos, empleados, pilotos y asistentes que ayudaban a transportar y atraer a chicas jóvenes de distintos países. También hay testimonios aislados aún no corroborados de asesinatos, mutilaciones, sacrificios rituales, cercenamiento de bebés, intestinos removidos y consumo de excrementos (coprofagia) o carne humana (canibalismo) en yates o propiedades de Epstein.

Expertos independientes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon en febrero de 2026 que los archivos publicados sobre el caso Epstein contienen “evidencia perturbadora y creíble” de abuso sexual sistemático a gran escala, tráfico y explotación de mujeres y niñas, hasta el punto de constituir crímenes de lesa humanidad (esclavitud sexual, prostitución forzada, tortura, etc.), cometidos en un contexto de misoginia extrema, racismo y corrupción.

Hay quienes han querido ver una premonición de lo que recién está saliendo a la luz en la película “Ojos bien cerrados” (“Eyes Wide Shut”, 1999) de Stanley Kubrick, sobre todo en la escena central de la orgía enmascarada en una mansión remota, con máscaras venecianas, rituales formales, contraseñas, jerarquías y un ambiente de poder absoluto. Uno de los temas que la película explora es cómo el dinero y el estatus permiten acceder a mundos prohibidos donde las mujeres son cosificadas, y donde se garantiza la impunidad de los participantes. No es sólo sexo; es control y degradación, esa dinámica de élites que usan su posición para explotar a personas vulnerables sin temer ninguna consecuencia.

Sin embargo, la película que, a mi parecer, mejor retrata esa realidad es “Saló o los 120 días de Sodoma” (“Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975) de Pier Paolo Pasolini, una adaptación de una obra del Marqués de Sade que el cineasta e intelectual italiano convierte en una alegoría del fascismo. En el film, cuatro libertinos fascistas (el duque, el presidente, el obispo y el magistrado) secuestran a un grupo de jóvenes y los llevan a un castillo remoto durante 120 días, donde crean un régimen totalitario de placeres sádicos. Las víctimas (jóvenes vírgenes, hijos/hijas de los propios libertinos) son tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva (desde humillaciones hasta abuso sexual, coprofagia, tortura y asesinato).

Los cuatro libertinos establecen reglas, contratos y rituales precisamente para afirmar su poder absoluto sobre la ley y la moral. Pasolini lo presenta como la lógica íntima del fascismo/capitalismo desatado: el placer máximo deriva del control total y la degradación ajena sin castigo. El verdadero “producto” no es el sexo, sino la impunidad. Los cuatro poderosos (representando poder económico, político, religioso y judicial) se vigilan y refuerzan entre sí.

“Saló” es ficción alegórica extrema, diseñada para ser insoportable y denunciar el fascismo como posibilidad permanente del poder. Por la crudeza de sus imágenes, no obstante su valor artístico, el film fue prohibido o censurado en decenas de países, entre ellos Italia, Reino Unido, Alemania Occidental, Suecia, Nueva Zelanda y Canadá

Los paralelos con el caso Epstein son evidentes. Tanto en el film como en el caso que nos atañe había un espacio aislado y “extraterritorial”, donde las víctimas eran tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva. La isla Little St. James, de propiedad de Epstein, funcionaba como un enclave aislado, accesible solo por avión privado o yate, donde se alega que ocurrían abusos sistemáticos sin interferencia externa. Los archivos del caso Epstein muestran una red de contactos entre multimillonarios, políticos y figuras influyentes, donde la participación o el conocimiento mutuo creaba una barrera de silencio y protección.

Mientras que Pasolini filmaba para provocar y diagnosticar la corrupción del poder, lo de Epstein ocurrió en una sociedad democrática con leyes, pero con fallas institucionales que permitieron la impunidad por décadas. Pero tanto en el film como en la realidad se constata que la concentración extrema de riqueza y poder puede generar espacios de impunidad donde la explotación se convierte en sistema.

Las semejanzas van más allá de los contextos históricos. Pues Pasolini concebía el fascismo no como un régimen histórico puntual, el de Benito Mussolini, sino como una posibilidad permanente y estructural del capitalismo avanzado, lo que algunos llaman “capitalismo filofascista”, “neofascismo consumista”, “fascismo tardocapitalista” o “fascismo total” en su forma más sutil y depredadora.

Pasolini lo dijo explícitamente en sus ensayos de los años 70: que el consumismo masivo y el neocapitalismo no son opuestos al fascismo; son su evolución más eficaz y menos visible. Mientras el fascismo clásico usaba uniformes, marchas y propaganda nacionalista abierta, el “nuevo fascismo” (el del capital desregulado) homogeneiza culturalmente, anula la diversidad, reduce al ser humano a objeto de consumo y crea espacios de impunidad absoluta para las élites.

Esto se aplica perfectamente a la red de Epstein. El capitalismo filofascista se manifiesta en la cosificación extrema de las víctimas (niñas tratadas como mercancía intercambiable, reclutadas en red piramidal), la protección mutua entre poderosos (contactos cruzados que crean silencio cómplice) y la degradación antropológica (aquí, por la explotación sexual sistemática de personas vulnerables). No se trata de ideología explícita, sino de una lógica fascistoide inherente al poder desnudo. Cuando la acumulación ilimitada de riqueza elimina cualquier freno ético o legal, surge un “fascismo de mercado” o “anarquía del poder” donde las élites crean micro-totalitarismos privados. Pasolini lo llamó «fascismo total» porque penetra hasta en lo corporal y lo íntimo.

Así lo expresaba en sus “Escritos corsarios”, una recopilación de artículos periodísticos y ensayos breves escritos entre 1973 y 1975:

«Creo profundamente que el verdadero fascismo es lo que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad “la sociedad de consumo”. […] Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha tocado en lo íntimo, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. No se trata ya de una regulación superficial, escenográfica, como en la época mussoliniana, sino de una regulación real que les ha robado y cambiado el alma. […] La “civilización del consumo” es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la “sociedad de consumo” ha realizado bien el fascismo».

Epstein no era un “perverso aislado”; era el gestor de un enclave extraterritorial (la isla, el jet, las mansiones) donde elites capitalistas experimentaban la impunidad total. El placer máximo no viene del sexo en sí, sino de violar todas las leyes humanas sin consecuencias, igual que en “Saló”, donde el sadismo se ritualiza para afirmar el poder absoluto.

De este modo, “Saló” no es sólo una comparación estética o de atrocidades. Es una premonición ideológica que Pasolini lanzó contra el capitalismo consumista, y los archivos de Epstein la hacen sonar proféticamente acertada. Muestra cómo el poder absoluto, cuando se desliga de cualquier rendición, tiende a reproducir dinámicas fascistas, no por nostalgia mussoliniana, sino por la lógica interna del capital sin frenos.

[Música Maestro] El sábado, casi al mediodía, la noticia de su fallecimiento conmovió a mi corazón salsero a través de un mensaje de WhatsApp. Y supongo que lo mismo debe haber ocurrido con miles de corazones salseros a lo largo y ancho de Latinoamérica y Estados Unidos, en aquellas zonas donde el aura de su música barrial, sus arreglos inteligentes para metales y orquestas sinfónicas, su inconfundible voz nasal y esa estética de bajomundo que caracterizó a las carátulas de sus álbumes clásicos -diseñadas por el célebre “señor salsa”, Israel “Izzy” Sanabria- se impuso como el espíritu vital de la salsa dura.

Esa identidad visual y sonora que fue, por un lado, una innovación estrictamente artística que desligó a la naciente salsa de sus orígenes ambiguos -el boogaloo sonaba todavía demasiado gringo, demasiado jazzeado- y por el otro, una declaración de principios de orgullo étnico y socioeconómico, una combinación de pobreza con sofisticación que dio a Willie Colón estatus de padre fundador de la salsa, junto con los creadores del sello Fania. Si Jerry Masucci era el negociante y Johnny Pacheco el líder, Colón era el obrero que en los estudios dirigía, producía, arreglaba, ordenaba elementos y lanzaba voces al estrellato.

Lamentablemente, la vejez le trajo ciertas inconsistencias -en concreto, su incomprensible apoyo a Donald Trump- pero ese tramo de su vida no es lo suficientemente relevante como para opacar todo su legado como organizador de los primeros momentos de un género que hoy padece una nueva crisis, acaso más aguda y difícil de superar que la debacle sufrida a mediados de los ochenta con la caída de la salsa clásica y el ascenso de sonidos más aguados y accesibles a los públicos nuevos. Que en paz descanse Willie Colón, “el diablo”.

Con Héctor Lavoe: Su eterno protegido

Durante casi una década, los nombres de Willie Colón y Héctor Lavoe fueron una sola cosa, una entidad imbatible en el entorno de la nueva música latina. Johnny Pacheco (1935-2021), el flautista y director dominicano, fue quien los presentó, allá por 1966. Tenían 16 y 19 años, respectivamente. crecieron y aprendieron juntos las mieles de la fama, las caídas y recuperaciones en un torbellino de música, efervescencia creativa y excesos de todo tipo.

Colón venía desarrollando su carrera como trombonista, trompetista y productor desde jovencito. Había nacido en el Bronx, en Nueva York, pero fue criado en la patria de sus padres, Puerto Rico para después, de adolescente, llegar de nuevo a la Gran Manzana. Su pasión por el latin-jazz y el boogaloo le permitió componer varias canciones para llenar por lo menos un par de discos para Alegre Records.

Pero, cuando el sello cayó en dificultades financieras, aquel proyecto inicial se frustró. Allí aparecieron Masucci y Pacheco para llevarse al intuitivo pero aun inexperto Willie Colón a la escudería de Fania Records. Esos dos discos terminaron siendo El malo (1967) y The hustler (1968), con Héctor Lavoe compartiendo el micrófono con Elliot Romero y el legendario Gabriel Peguero, más conocido por su alias “Yayo El Indio”.

Discos y canciones inolvidables

Entre 1967 y 1975, el dúo produjo diez extraordinarios álbumes para Fania Records, todos con éxitos inolvidables y fundamentales para cualquier persona que se diga amante de la buena salsa. Imposible no emocionarse al escuchar clásicos como la poderosa Barrunto (La gran fuga, 1971), la bomba Ah-ah/Oh-no (El juicio, 1972) o los infaltables temas navideños La murga y Aires de Navidad (Asalto navideño Vol. 1, 1970). Sin embargo, son los discos Cosa Nuestra (1970) y Lo mato (Si no compra este LP) (1973) los que aportaron más canciones al canon salsero: Te conozco, Che che colé, el bolero Ausencia, Todo tiene su final, El día de mi suerte, Calle luna, calle sol.

La sociedad se acabó en 1975, aunque solo en lo relacionado a firmar discos como dúo. Luchando con sus propias inseguridades, Héctor Lavoe inició su carrera como solista ese año, con el LP La voz, que contiene exitazos como El todopoderoso, Rompe Saragüey, la versión en estudio de Mi gente -que habían estrenado con la Fania All-Stars en sus discos en vivo- y el bolero de nuestro Mario Cavagnaro, Emborráchame de amor, bajo la producción de Willie Colón.

Este trabajo conjunto se mantuvo en casi todos los álbumes en solitario de Lavoe. Así, cada vez que escuchas canciones como Juanito Alimaña, Triste y vacía (Vigilante, 1983), Periódico de ayer, Hacha y machete (De ti depende, 1976), El cantante (Comedia, 1978), escuchas, además de la inconfundible presencia vocal de Héctor, los coros y arreglos de Willie.

El sonido de Colón

Los trombones fueron el aporte central que hizo Willie Colón a la salsa, un sonido rugoso, duro y agresivo que él mismo generaba, junto a sus otros dos compañeros, los norteamericanos Barry Rogers y Lewis Kahn. Ese ataque grueso y metálico caracteriza todas las secciones instrumentales en los temas más conocidos de Colón, tanto con Héctor Lavoe como con Rubén Blades, una marca registrada. Pero cuando uno escucha los tres instrumentales incluidos en The good, the bad and the ugly (1975) -MC² (Theme Realidades), Doña Toña o I feel campesino, la cosa queda aun más clara.

Otro gran aporte de las instrumentaciones de Willie Colón fue la decidida incorporación de los dos ritmos tradicionales de Puerto Rico, la bomba y la plena, con uso de brillantes percusiones menores -triángulos, campanas- y el cuatro de Yomo Toro (1933-2012), que además forma parte de las carátulas de los asaltos navideños, esa selección de ritmos caribeños aplicados a las fiestas decembrinas, canciones conocidas en el folklore boricua como “aguinaldos”.

Por último y no menos importante está la visión modernizadora de Willie Colón, al introducir elementos nuevos a sus ensambles salseros, como conjuntos de cuerdas, coros femeninos e instrumentos del pop-rock -baterías electrónicas, guitarras eléctricas-, además de un fino oído para enriquecer su repertorio caribeño con sonidos del Brasil -Oh qué será, de Chico Buarque es un ejemplo (Fantasmas, 1983), de España -como la conocidísima Gitana (Tiempo pa’ matar, 1984) o del lejano oriente- en el instrumental Chinacubana (Solo, 1979) o Asia (Top secrets, 1989).

Con Rubén Blades: Una amistad rota por el dinero

El camino de Willie Colón continuó cosechando éxitos tras la separación parcial de Lavoe. Al frente de sus músicos regulares en Fania -entre ellos Salvador Cuevas (bajo), Joe “Professor” Torres (piano), Barry Rogers y Lewis Kahn (trombones), Milton Cardona, José Mangual Jr. (percusiones)- Colón entabló una nueva sociedad junto al cantautor panameño Rubén Blades, alcanzando cuotas más elevadas de fuerza lírica y conciencia sociopolítica.

Cinco años bastaron para hacer de este dúo el nuevo capítulo estelar de la salsa clásica. Canciones como Según el color, Pablo pueblo (Metiendo mano, 1977), Maestra vida, El nacimiento de Ramiro (Maestra vida, 1980), Tiburón, Ligia Elena (Canciones del solar de los aburridos, 1981) y todo el LP Siembra (1978), contienen algunas de las mejores grabaciones de la historia de la salsa, todas bajo la dirección musical de Willie Colón.

Aunque después de The last fight (1982) sus caminos musicales se separaron, Colón y Blades coincidieron unas cuantas veces más, antes de romper palitos en una cadena de desavenencias que solo la muerte del trombonista ha logrado cortar. Inclusive el álbum Tras la tormenta (1995), que generó un gran ingreso a los rankings de Colón con el tema Talento de televisión y se promocionó como el gran reencuentro entre ambas estrellas, fue grabado por separado. Asuntos mezquinos de contratos y regalías quebraron una de las colaboraciones más fructíferas de la música popular en nuestro idioma.

Como solista: Cantante y productor infatigable

Aunque podríamos calificar sus dos primeros trabajos -El malo y The hustler- como solistas, en realidad Willie Colón se estrena como artista individual con una extraordinaria suite instrumental, preparada especialmente para un programa de televisión, El baquiné de angelitos negros (1977) en el que incorpora violines -con solos de Alfredo de la Fe, otra estrella de la Fania- al ensamble salsero e intercala su extensa composición con una melodía muy conocida, la del bolero Angelitos negros (Andrés Eloy Blanco/Manuel Álvarez Rentería) que popularizara el cantante mexicano Pedro Infante en la película del mismo nombre.

Paralelamente a ese trabajo y sus presentaciones con Rubén Blades, Willie Colón se unió a la cubana Celia Cruz, para el disco Only they could have made this album (1977), en el que destacaron Burundanga y un arreglo de Willie de Usted abusó, clásico de la música brasileña. Dos años después lanzaría Solo (1979), con composiciones propias como Nueva York, Señora, Sin poderte hablar o el instrumental Chinacubana -que usaría en los ochenta Luis Delgado Aparicio como cortina de su programa televisivo Maestra Vida (Canal 9)- y donde exhibe una vez más sus interesantes ideas musicales, combinando arreglos sinfónicos, elegantes coros femeninos y ritmos caribeños con maestría.

Los años ochenta vieron a Willie Colón más decidido en consolidarse como voz solista, con una cadena de populares álbumes como Corazón guerrero (1982), Fantasmas (1983), Criollo y Tiempo pa’ matar (1984). Precisamente, en este último aparece la canción que se convertiría en uno de sus trabajos más sofisticados -aunque los arreglos no son suyos sino de Héctor Garrido- la canción Gitana, escrita en 1979 por el cantaor José Manuel Ortega Heredia «Manzanita», para su primer disco. Willie Colón hizo suya esta canción española hasta convertirla en la más popular de su catálogo solista.

Esa misma década produjo álbumes para Héctor Lavoe, Celia Cruz, Ismael Miranda, entre muchos otros, un trabajo que venía realizando desde sus inicios como integrante de la Fania All-Star y promotor de clásicos de la salsa como la orquesta La Conspiración del trompetista portorriqueño Ernie Agosto (1950-2003). En 1982, relanzó la carrera de la trovadora venezolana Soledad Bravo con el LP Caribe, poniendo a su servicio a los músicos de su orquesta y arreglos para salsa de composiciones de Milton Nascimento, Chico Buarque y Silvio Rodríguez.

De Idilio a El Malo II, lo último de Willie Colón

En 1986, en un disco titulado Especial No. 5, apareció un bolero con sonido sintetizado, composición del venezolano Luis Guillermo González, titulado Pregunta por ahí, que fue usado como tema de créditos finales en la telenovela La intrusa (RCTV), protagonizada por los actores Víctor Cámara y Mariela Alcalá. Debido a la popularidad de la novela -en la que el mismo Colón aparece haciendo de sí mismo- la canción se hizo muy conocida, mostrando una faceta nueva del salsero.

Luego siguieron dos éxitos radiales, Asia y El gran varón (Top secrets, 1989), cerrando una década difícil para la salsa como género musical, por el auge de la llamada “salsa sensual”. En los noventa, Willie Colón se mantuvo vigente con dos canciones que hasta hoy rotan por radios salseras: Idilio, una composición de los años treinta, de Alberto “Titi” Amadeo, en que hace armonías vocales con el productor Ángel “Cucco” Peña (de su LP Hecho en Puerto Rico, 1993) y la mencionada Talento de televisión (Tras la tormenta, 1995). Sus giras por Latinoamérica, siempre exitosas, mostraban a un artista algo desgastado por el sobrepeso y otros problemas de salud, aunque su prestigio en el mundo de la música latina se conservó intacto.

El siglo XXI vio a Willie Colón involucrándose en política y, específicamente, en temas de seguridad ciudadana. Incluso alcanzó a graduarse como teniente adjunto del Departamento de Seguridad Pública de la policía del condado de Westchester, en Nueva York. Entre 1994 y 2008 fue común verlo apoyando campañas del Partido Demócrata. Sin embargo, entre 2012 y 2013, desde que manifestó su abierta oposición a la dictadura de Hugo Chávez en Venezuela -incluso hizo una canción al respecto, Mentiras frescas- su postura política fue virando hasta decantar en un inexplicable respaldo a Donald Trump, lo cual generó más de un cruce de palabras con su antiguo camarada, Rubén Blades.

Entre los años 2017 y 2019 estuvo de gira celebrando sus 50 años de carrera artística, pero el 2023 anunció su retiro de los escenarios debido a una descompensación tras un concierto en Cali, Colombia. Su última producción discográfica se tituló El Malo II: Prisioneros del mambo (2008) que incluyó un medley de su época junto a Héctor Lavoe con las canciones La banda (1973), Periódico de ayer (1976), El todopoderoso (1975) y El cantante (1978).

De La banda a Siembra: Las polémicas de Willie

En el año 2010, los medios peruanos fueron leídos por toda la América Latina salsera por un titular en sus secciones de espectáculos que daba cuenta de la detención, durante la madrugada posterior a un concierto que había ofrecido en una desaparecida discoteca en el distrito limeño de La Molina, de Willie Colón, por un caso de plagio.

La famosa canción La banda (Asalto navideño Vo. 2, 1973) -a veces consignada como “Llegó la banda”- había sido motivo de una denuncia penal hecha por el compositor y músico limeño Walter Fuentes Barriga (1948-2019) -integrante de la orquesta nacional Las Estrellas de la Máquina- quien aseguraba ser el autor original, en sus tiempos como integrante de la orquesta de música tropical del director argentino Enrique Lynch (1948-2020), muy conocido en Lima a finales de los sesenta. Y era cierto, como demuestran las grabaciones.

Luego de varias idas y vueltas, la cosa legal se entrampó sin llegar a buen puerto. Al parecer, este sería uno de esos casos en que no se respetaron los créditos por las precariedades de los controles de derechos de autor de la industria musical en esas épocas, algo similar a lo que le ocurrió al cantautor Paul Simon, tras la versión en inglés de El cóndor pasa que tituló If I could (Bridge over troubled waters, 1970, el último LP de Simon & Garfunkel). Mientras que los herederos de Daniel Alomía Robles (1871-1942) sí llegaron a un acuerdo con el músico neoyorquino, Fuentes falleció sin alcanzar justicia, aunque actualmente las reediciones de la grabación de Colón sí mencionan su nombre como autor.

El caso de Siembra, el legendario disco que grabara junto a Rubén Blades en 1978, se reactivó hace un par de años cuando el panameño recibió un Grammy por su versión en vivo, conmemorando los 45 años de su lanzamiento, sin considerar a Colón -quien había sido productor y organizador de aquella obra maestra salsera, el álbum más vendido en la historia del género-, lo que motivó una virulenta reacción de Willie y una respuesta, alturada y firme, del compositor de clásicos incluidos allí como Plástico y Pedro Navaja. Solo la muerte pudo acabar con esta pelea, que cuento a detalle en este artículo.

En estos días, en que se viene hablando desde distintos ámbitos -desde conversaciones domésticas hasta círculos académicos y líderes de opinión- acerca de Bad Bunny y su supuesto rol como máximo representante de la latinidad moderna, la muerte de Willie Colón nos obliga a mirar y escuchar a un verdadero e indiscutible referente de un orgullo racial, regional y musical que perduró durante décadas y del cual se seguirá hablando en generaciones posteriores.

[Migrante al paso] Abrí una hoja de Excel. No entendía nada. Desde el colegio con sus clases de informática que no veía algo así. Soy pésimo para esas cosas. Con las justas manejo Word básico. Ahora que manejo un negocio, tengo que estar por lo menos familiarizado con el programa y entender a la perfección lo que es un flujo de caja. Ya se imaginarán a un escritor haciendo un flujo de caja. Me sentía totalmente descolocado. Intenté varias veces y no me salía. Me comencé a poner ansioso y derrotado por esa página cuadriculada. Me sentía tonto. Los números no cuadraban y ya estaba mareado. Hasta pensaba que me había olvidado de cómo multiplicar y dividir. Llevo menos de un año usando chat GPT para tareas simples, justamente como para sacar cálculos u ordenar finanzas. Cuando tuve que hacerlo solo perdí el control. Yo no crecí con estas herramientas de inteligencia artificial, me preguntaba qué pasará si de pronto deja de existir. ¿En qué momento se volvió algo imprescindible? Creo que el mundo ya cambió por completo, pero aún no lo asimilamos. Supongo que algo parecido sucedió con el internet. Me temo que esto sí es un poco más invasivo. Solo me bastó un pequeño ejercicio para darme cuenta de lo fácil que es hacer a una persona inútil y lo fácil que va a ser que negocios y sistemas complejos de políticas públicas lleguen a manejarse solos. Bueno, después de todo lo que vemos tal vez sea mejor así.

Recordaba un examen de Office en el colegio, no recuerdo bien el nombre, pero era un examen internacional que demostraba tu dominio sobre los principales programas de Microsoft. Me saqué sobresaliente, pero no lo hice yo. Justo cuando tocaba la parte de Excel, me rendí. Eran como 40 preguntas o algo así. Faltaban 10 minutos y no había respondido nada. Yo ya había aceptado jalar el curso. Ya no quedaba nadie en el cuarto helado lleno de pantallas antiguas y pesadas, un salón que siempre estaba oscuro. No sé con qué cara me habrán visto, pero me ayudaron. Alguien tomó mi sitio y en poquísimo tiempo terminó todas las preguntas. De esa manera, fui el mejor del salón. Ahora solo agarraría mi teléfono o abriría otra pantalla y chat GPT me daría todas las respuestas.

Me imagino que ya no existirán ese tipo de exámenes. Estas nuevas herramientas están obligando a los sistemas educativos a que cambien por completo. Me parece perfecto, porque era de lo más anticuado. Estuve en un buen colegio y, aun así, siendo niño me daba cuenta de lo desfasado e inútil que era. Desde el sílabo hasta el sistema de evaluación. Bueno, esas tonterías ya no pueden pasar desapercibidas. Me río de recordar que me decían: ¿acaso vas a tener una calculadora en el bolsillo? Si hubieran sabido que lo que todos tenemos en el bolsillo tiene más herramientas que todo ese salón de cómputo. Hubiera sido una locura pensarlo también, pero ahora que ya sabemos cómo avanzan las cosas debería ser tomado en cuenta para futuros modelos educativos.

El trabajo dignifica a la gente. Estoy de acuerdo, no de manera exagerada ni luterana, en el sentido de que mediante el trabajo logras el camino correcto. Pero sí me he dado cuenta de que, ocupando tu tiempo, por lo menos un poco, trabajando te sientes mejor. Es algo que recién estoy descubriendo. He trabajado antes, pero muy poco comparado con otras personas de mi edad. Pero tengo bastantes cosas que he hecho y los demás no. Mi tolerancia es mucho más baja, porque recién estoy aprendiendo cosas, cosas que varios tuvieron que aprender hace 10 años o más. Nunca es tarde. Pronto podré superar, calmado, momentos mucho más difíciles que una simple hoja de Excel.

Termino de escribir la crónica un poco tarde. A la vez muy temprano. Lunes, 5 de la mañana, ahora tengo que despertarme temprano para hacer ejercicio antes de trabajar. Lo que antes era una tortura ahora es algo usual. No suele ser tan temprano, pero he tenido épocas en las que no conocía las mañanas, mi día comenzaba con el almuerzo. En ese momento me encantaba, ahora me siento inútil cuando me sucede. No solo he tenido que aprender a tener que trabajar, también a ser productivo de día. La noche era mi momento, me sentía más cómodo mientras todos dormían. Entonces, no sé si el trabajo te dignifica, pero por lo menos te da una estructura. Y como me dijo un amigo el otro día: tu vida no es el horario, pero el horario ayuda a que tu vida funcione.

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