Opinión

Los lectores hispanos, en especial los que leemos devotamente el cuento, debemos a Juan Casamayor la revitalización del género, gracias al trabajo que desempeña al mando de su editorial, Páginas de Espuma, que este año está celebrando bodas de plata y ha publicado, entre otros, un nuevo libro de relatos de la peruana Katya Adaui, Un nombre para tu isla. 

Su amplio catálogo da cuenta de la vitalidad y versatilidad que posee el cuento en nuestra lengua, desde exploraciones de carácter realista hasta la construcción de universos cuyos bordes anuncian umbrales hacia lo fantástico, lo extraño, lo grotesco, lo pesadillesco y, más de una vez, lo mítico. Visiones que se aproximan a la vida cotidiana en sus costados más terribles y menos visibles, para alimentar un hecho indiscutible: la maravillosa diversidad del cuento escrito hoy en nuestra lengua. 

Durante mis pesquisas encontré algo interesante y, como se verá luego, no menor: que Juan Casamayor se doctoró en Filología Hispánica con una tesis sobre la poesía española del XVIII, sobre Cadalso, el de las célebres Cartas marruecas. De ahí a ser uno de los editores más importantes de nuestra lengua, hay otra historia, que empieza aquí.

Dice Javier Cercas: “Un escritor es un editor frustrado porque solo publica lo que escribe, mientras que el editor publica lo que le hubiera gustado escribir”.  ¿De alguna forma esta frase te describe?

–No estoy muy de acuerdo con Javier. Eso implicaría que el editor tiene un escritor dentro, un escritor latente o fracasado que se esconde tras la careta de un editor. Yo creo que un editor es ante todo un lector, esa es la base de cualquier proyecto editorial. Yo no llegué a la edición por un deseo de escritura, es más, mientras más edito, más respeto le tengo a la escritura y más le temo a la remota posibilidad de convertirme en escritor. No nací editor ni moriré editor, el editor vive en el gerundio: siempre está aprendiendo. 

¿Cuál ha sido en todo caso el aprendizaje principal de todos estos años?

–Descubrir los secretos de un texto. Gracias a este oficio he ido descubriendo cómo pulir un texto, cómo ajustar sus tuercas, cómo leer finamente para detectar errores o fallas, no digo para perfeccionarlo, no me sobra soberbia. Esa agudeza es un aprendizaje valioso, sin duda. Hasta ahí llegan las ínfulas del escritor que no soy ni quiero ser. 

¿Qué tan determinante es el gusto para un editor?

–El gusto y el buen gusto son conceptos muy de mi formación filológica, tengo que decirlo. Dentro de la extrañeza que son siempre las elecciones que he hecho en mi vida, pues, monto una editorial en torno al cuento, algo que sonaba a misión imposible. Yo me había especializado en la poesía española del siglo XVIII y ahora estoy en este punto: editor de cuentos. Páginas de Espuma, que trabaja con narrativas breves, siendo esto un campo muy flexible, trabaja contra la corriente. El gusto solo se forma en la lectura. Y un editor es fundamentalmente un lector.

¿Hay algún momento o hecho de tu vida que sirva para explicar tu vocación de editor? 

–Vocación es una palabra que la he vivido en la piel. Fíjate, mi familia está vinculada al mundo médico, y no es un detalle menor, creo. Tengo un gran cuidado por la editorial, por los autores con los que trabajo, es casi una analogía de la relación de un médico con su paciente, ¿no? hay un cuidado, un celo, un esmero, muy grandes. Páginas de Espuma tiene un aire de familia, ese es un rasgo definitorio de la editorial. 

Otra figura que podríamos asociar al editor es la de cirujano…

–Y mira que mi padre era neurocirujano (risas). El editor es muchas cosas, es un ser que de vez en cuando cambia de sombrero, que un día sonríe y otro día tiene algo de fenicio. Te confieso una cosa: a los editores nos gusta comer al menos un par de veces al día. Algo que se exige al editor no es solamente que lea bien un manuscrito, porque los autores no escriben libros, escriben manuscritos. Y de ahí nacerá un libro. 

En síntesis, lo que podríamos llamar el método Casamayor tendría una de sus claves en la proximidad con el autor.

–Estoy convencido de que es así. Involucrarse con el autor es clave.

Mencionaste hace poco a Herralde, de Anagrama. ¿Dirías que hay un aire de familia entre ustedes?

–Sí. Yo siento un aire de familia, un parentesco con Herralde, nosotros nos comprometemos con la obra de un escritor, no somos meros editores de un libro. Eso sí, nunca diría Páginas de Espuma C’est moi (risas).

Hay una frase que usamos peyorativamente, “vivir del cuento”. En tu caso adquiere un sentido productivo, positivo. ¿Cómo decides fundar una editorial para, precisamente, vivir del cuento?

–La primera vez que dije esa frase fue hace varios años en una entrevista para El País, y quizá no fue el mejor lugar para decirla (risas). Luego titulé así un discurso para recibir un premio en la Feria de Guadalajara. No es que vivir del cuento sea peyorativo, lo que era peyorativo era el concepto que se había formado la industria editorial respecto a un género. Páginas de Espuma, viene de una idea un tanto arriesgada, un tanto lúdica también. El siglo XXI, gracias al avance tecnológico, ha hecho más accesibles las formas breves y eso beneficia al cuento, que ha generado un espacio comercial del que antes carecía. 

¿Piensas que el cuento latinoamericano tiene alguna singularidad? En tu catálogo hay una presencia femenina muy visible. Y esas escritoras han elegido una escritura cercana a lo extraño, lo grotesco, lo fantástico, entre otros asuntos. ¿Cómo leerías esta recurrencia temática?

–Me cuesta mucho pensar en esa singularidad porque no dejan de ser diecinueve o veinte literaturas de por sí muy distintas, ¿cierto? Esa escritura se da bajo condiciones económicas, sociales y culturales diferentes. La singularidad debe andar por ahí, colándose entre las palabras de cada autor. Una de esas singularidades ha sido la aparición e incorporación de muchas escritoras. Se ha roto el círculo de su invisibilidad. Pero existe el peligro de etiquetar las cosas, desde lo insólito de Samanta Schweblin a lo oscuro de Mariana Enríquez. ¿Dónde situamos entonces a Pilar Quintana o a Guadalupe Nettel, a Gabriela Cabezón o a Katya Adaui? Esa singularidad es flexible.  

Katia Adaui

La recurrencia al fantástico o a lo insólito se vincula con aspectos de lo real.

–Lo fantástico, o mejor, lo insólito, hace ver cosas que están en el entorno, en la realidad de cada escritora. Permite abordar distintas temáticas, distintas militancias, distintas maternidades, abordar una escritura del cuerpo y de la sexualidad, enfrentar los distintos machismos, en fin. Por eso pienso que la etiqueta de estas escrituras sería injusta, limitante. Los reduccionismos no juegan en este partido. Esas escritoras constituyen hoy en día una auténtica vanguardia creativa. 

Eres especialista en literatura española del siglo XVIII. En mi paso por la universidad, se esparcía el mito de que la literatura española de esos tiempos era muy aburrida (risas). Autores como Cadalso podrían contradecir esa idea…

–Estoy de acuerdo en que hubo tiempos más brillantes en la literatura española, eso sí. Yo trabajé la poesía de Cadalso y puedo decir que nunca podemos afirmar que en un periodo de tiempo determinado no hubo textos que valiera la pena leer o estudiar. Lo que se pone a prueba es el rigor de la lectura, una dedicación obrera a esa lectura. Eso me dio la filología. Cadalso fue una elección. No es un tema menor para mí.

Quisiera conocer tu opinión sobre la actualidad de las Humanidades. Se clausuran materias como filosofía o lenguas clásicas en diversas partes del mundo, por ejemplo. También el avance grosero de una reducción de la educación a la formación para el mercado laboral, olvidando a la persona ¿Qué ves en todo esto?

–Venimos de un largo proceso en el que las materias de letras paulatinamente pierden espacio. Es curioso porque al mismo tiempo parece que entendemos cada vez menos este mundo. No soy agorero, pero siento que nos tendremos que alejar de ese día. Tengo un hijo que es arqueólogo, sus amigos son uno actor y el otro artista plástico. ¿Están acaso perdidos para la causa? No. Soy un optimista, es decir, un pesimista bien informado. Y sí, iremos hacia algo mejor. 

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Hace bien el gobierno en retomar los esfuerzos del Consejo para la reforma del sistema de justicia -como ha anunciado el ministro de Justicia, Eduardo Arana-, para refundar tanto el Poder Judicial como el Ministerio Público, hoy gravemente afectados por la infiltración izquierdista que ha politizado su quehacer a extremos delirantes.

Hace bien, decimos, porque, tal cual se plantea la reforma, no se hace al manazo, desde afuera -como se temía-, sino que involucra a los propios actores, por más que aparentemente se muestren reacios a hacerlo (ni Delia Espinoza ni Janet Tello parecen empeñadas en ese propósito). No hay reforma orgánica y viable posible que no involucre a los propios ficales y jueces en el proceso.

Debe acabar de una vez por todas la politización escandalosa de ambos poderes del Estado, producto de una larga y meditada cooptación diseñada por controlar estamentos de poder que electoralmente la izquierda nunca ha conseguido, pero que subrepticiamente ha ido labrando, con la complicidad indolente del resto de la sociedad civil que no miraba con atención lo que se venía produciendo.

Como resultado de ello, hemos visto persecuciones políticas al amparo de la labor fiscal, venganzas menudas, corrupción soslayada, protección teledirigida a los allegados o afines, etc., bajo el influjo de organismos externos que se excedieron en sus atribuciones y actuaron de operadores políticos del resultado obtenido.

Ello debe acabar. No se trata de reemplazar una casta por otra, por cierto, sino de establecer instituciones meritocráticas sin que importe el color de la camiseta del magistrado en carrera. Parte de este proceso supondría acabar de una por todas también con la alta tasa de provisionalidad que afecta tanto al Poder Judicial como el Ministerio Público y siendo partícipe del Consejo el Congreso, disponer las partidas presupuestales para lograr ese cometido.

Reestablecer la democracia plena -tarea que el gobierno entrante debe acometer como prioridad- pasa por reconstruir una Fiscalía y un Poder Judicial afectados por la politización y la corrupción, problemas que no se solucionan con arreglos cosméticos sino con una profunda cirugía institucional.

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Sudaca, Sudaka

Querida Manuela,

Estoy de regreso, en el marco del Día Internacional de los Derechos de la Mujer regreso para seguir compartiendo como vamos luego de 200 años de Independencia. En estos meses que no te he podido escribir, estaba trabajando a tiempo completo como Oficial de Integridad del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social. 

La integridad es parte esencial de un Estado Moderno. Genera un Estado justo, previsible e inclusivo ya que se rige por valores democráticos. En ese sentido, el bien común debe siempre primar sobre los intereses particulares de los gestores públicos. Por eso, en el marco del Día Internacional de los Derechos de la Mujer quisiera compartirte mi preocupación por la corrupción y el género. Ha habido tantos escándalos que, a la larga, ya se atenta contra las mujeres directa o indirectamente en estos últimos tiempos y conisdero que el tema debe ser incluido en la agenda pública.

Eres, Manuela, un claro ejemplo, te borraron de la historia, de los libros, por el solo hecho de ser mujer. Los valores para las mujeres son diferentes que para los varones pues el espacio público es masculino. Nuestros cuerpos femeninos son deshumanizados y vendidos, así como juzgados por la sociedad, eso lleva a que nuestra existencia tenga retos que los varones no tienen. Los cuerpos de las mujeres tienen un valor monetario y eso es muy peligroso. Hoy querida, las mujeres trabajamos, estudiamos, nos podemos divorciar y tener propiedades, pero aún no tenemos exceso al poder político ni económico. Nuestros cuerpos son bienes que se comercializan y cuando más inocentes tienen mayor valor. Es una visión patriarcal y machista que se mantiene desde tus días. El poder de los varones que gobierna, lidera batallas, congresos, políticas. La diferencia en estos 200 años es que actualmente hay normas y principios nacionales e internacionales que prohíben la discriminación hacia las mujeres, pero se incumplen diariamente.  Es por ello que debemos responder, hoy 8 de marzo de 2025, en las dimensiones de genero y corrupción. 

Existe la sextorsión que es el chantaje de gestionar en base a recibir favores sexuales y nadie está hablando de ello. El acoso sexual en las oficinas del Estado como formas de corrupción por funcionarios y servidores, tanto nombrados como elegidos. Lo vemos a diario en las noticias. El cuerpo de la mujer tiene un precio y en un sistema capitalista sin oportunidades para nosotras se vuelve el único bien que tiene para ofrecer. No reconocer la violencia ejercida por miembros del Estado como una forma de corrupción nos lleva a separarlo de los valores éticos que deben regir el comportamiento de todo servidor, gestor y autoridad pública. El respeto a la vida de una mujer y su sexualidad es parte de la ética pública.

Por otro lado, la corrupción en los servicios públicos para los más vulnerables, en este caso las mujeres y niñas, lleva a incrementar la desigualdad porque no logran sus fines ni ser eficientes. Su objetivo es desviado del interés superior de la niña hacia fines personales de mercantilismo y ganancia personal de redes criminales, que ven en los más vulnerables un botín. Sectores como salud, educación, desarrollo e inclusión, mujer, poblaciones vulnerables, medio ambiente y cultura deben tener acciones de prevención de la corrupción diferenciadas porque son los responsables de cerrar brechas de desigualdad entre hombres y mujeres. Lamentablemente, este gobierno eliminó la transversalización del enfoque de género.

Una sociedad más inclusiva es menos corrupta, la participación de las mujeres rompe el dominio tradicional del club de varones que maneja el poder desde hace más de 200 años. Las mujeres aún no logramos ser parte, seguimos sin tener fuerza. A veces ingresan, pero como amantes. Manuela, mujeres como tú, Francisca Pizarro, Quispe Sisa, Beatriz Ñusta, Ana María Lorenza Coya de Loyola, Flora Tristán, Francisca Zubiaga y Bernales que tenían que decidir entre un matrimonio forzado o un monasterio no pueden ser borradas de la historia del Perú. Las mujeres como mercancías o botines de decisiones políticas. 

Somos más de 12 millones de mujeres votantes y representamos en las elecciones de 2021 el 50.40%. Debemos sentirnos representadas, pero lamentablemente nuestras agendas como prevención de la violencia, así como acceso a educación, salud y trabajo no son prioridad. No basta con ser mujer para entrar al espacio público, se debe ser mujer y tener clara nuestra agenda diferenciada. ¿Recuerdas cómo ingresaste a la esfera de poder liderada por varones? La Independencia del Perú fue una pugna de poder masculino y tú fuiste la libertadora del libertador. Queda mucho por caminar, por ello este 8 de marzo te honro junto a todas las mujeres del pasado y estoy muy contenta de retomar nuestra correspondencia, querida Manuela. 

Siguiendo la tendencia internacional hacia la polarización, en el Perú hoy, en el ámbito político, prosperan las opciones radicales en desmedro de las agrupaciones más centradas, quienes contribuyen a su devaluación por su pasmo político.

Conforme nos acercamos a las elecciones apreciamos que esa polarización aumenta, aminorando las posibilidades de que agrupaciones de centroizquierda o centroderecha prosperen.

Salvo que ocurra un milagro y la ciudadanía se harte de este fenómeno y busque opciones más sensatas, lo más probable es que el 2026 tengamos que definir la elección entre dos radicales.

Al Perú le conviene infinitamente más una segunda vuelta entre alguien como López Chau versus alguien como Rafael Belaunde, que una que coloque frente a sí a Guido Bellido versus Rafael López Aliaga. La viabilidad de la institucionalidad democrática estaría más a salvo y, por ende, la propia solvencia macroeconómica del venidero lustro.

Ya existe un caudal de votos importante a favor del centro, pero la tugurización del segmento juega en contra de las pretensiones de alguien surgido de esta cantera ideológica. Va a tener que hacer varias tareas, muchas de las cuales ya hemos expuesto hasta el cansancio en esta columna (alianzas, buen plan de gobierno, cuadros técnicos, purga de candidatos, frentes sociales en caso no prosperen las alianzas, etc.).

Los grandes adversarios a derrotar no son solo los extremos radicales sino también el fujimorismo, que goza de una base electoral sólida e irreductible, que, sin embargo, tiene esta vez un techo que va más allá del antifujimorismo raigalsino que abreva del pacto soterrado de Keiko con el desprestigiado régimen de Dina Boluarte.

De no hacer la tarea, el centro va a ser subsumido por los extremos polarizantes y después no podrá culpar a nadie de su desventura. La tendencia está dada y tienen que remar contra la corriente.

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Rafael Lopez Aliaga, Sudaca

Como ya muchos analistas lo han señalado, estamos viviendo un cambio en el orden mundial. Como todo orden de esa magnitud no se trata de un simple y nuevo ranking de poder económico liderado por los países imperialistas, sino de un reordenamiento de los territorios junto con el otro reordenamiento, el de la población. Un nuevo orden que tarde o temprano se incorpora dentro de cada habitante de este planeta, traducido en los hábitos, las costumbres y su inevitable representación y reflexión cultural. Por ejemplo, las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial y su redistribución del territorio, estuvieron enmarcadas bajo la Guerra Fría. Fuimos educados socialmente bajo la amenaza del comunismo soviético (y luego chino, cubano, africano…) al capitalismo estadounidense y europeo (con su estilo poscolonial asiático, latinoamericano, africano…). 

En Perú, la Guerra Fría fortaleció nuestros lazos con el mercado norteamericano y tras el paréntesis que nos distanció durante el gobierno militar de Juan Velasco, (que nos acercó a los modelos cooperativistas alternativos al comunismo extremo), la dependencia de Estados Unidos retornó con fuerza. Ya no se trataba tan sólo de superhéroes en cómics. Culturalmente, toda la producción estadounidense cinematográfica, televisiva de entretenimiento, junto con la prensa, fueron diseñadas para convencernos de nuestra postura respecto de esa guerra: la Rusia estalinista era el origen de todos los males y los argumentos de las series y películas pusieron la evidencia. Los rusos eran espías, científicos lava cerebros, soldados, bailadores de ballet, boxeadores, que mostraban convincentemente que Rusia era el enemigo que todos debíamos vencer. 

El año 1978, el Partido Comunista Chino comenzó con las reformas para crear una economía socialista de mercado, alejándose cada vez más del comunismo. Pero en Perú Abimael Guzmán con su lectura del Maoísmo y justamente, su rechazo a la reforma china, nos hizo vivir la versión terrorista del comunismo. Para él, debía ser sangriento. Los años de la dura guerra entre el Estado y Sendero Luminoso, alimentaron en nuestra cultura el rechazo al comunismo. Alberto Fujimori, muy sagaz, se encargó de montar su fama como el vencedor de Sendero. De esta manera, en el Perú todo lo que no fuera Fujimorista se convirtió en terrorista. 

El año 1989 cayó el muro de Berlín y de pronto el orden mundial pareció vivir una temporada de bienestar: el capitalismo estaba dispuesto a terminar con la pobreza, cerrar brechas con programas sociales y acoger a las minorías incorporando la diversidad como nueva forma de convivencia. La única presión venía de los países musulmanes y su control del petróleo. Pero en América, el comunismo no había sido vencido, quedaban Cuba y Venezuela. Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro representaban el demonio más cercano. Y cuando se agravó la diáspora venezolana por las duras medidas de Donald Trump, la descuidada apertura del Perú a migrantes con antecedentes delictivos, alimentó el encono contra el comunismo. Ya no era necesaria una campaña de cine y televisión, bastaban las redes sociales. Las ideologías de la conspiración cobraron suficiente protagonismo como para convencer a todo un continente a qué debíamos temer.

Mientras tanto, en Rusia Vladimir Putin la estaba pasando muy bien desde que tomó el poder al finalizar el siglo XX. Fortaleció a un poderoso sector de la oligarquía, reemplazó a la Unión Soviética con la Federación de Rusia y si bien económicamente no anda tan bien por las medidas de Europa contra la invasión de Ucrania, sigue teniendo el mayor arsenal de armas nucleares del mundo. 

¿Por qué se habla de un nuevo orden mundial? Porque de pronto, sus formas burdas de gobernar, persiguiendo poblaciones y recuperando territorios, han hecho de Rusia un modelo de capitalismo federativo que le ha interesado en demasía a Donald Trump y que al seguirlo ha dejado boquiabierto al mundo entero. El antes país enemigo es ahora el principal aliado. Tendremos entonces que aprender que Rusia ya no es comunista, sino capitalista oligarca, como Trump y Elon Musk. Que sus enemigos son las economías que pueden hoy desafiar a esa alianza ruso estadounidense; y que de todas, Unión Europea, Canadá, México, China es la primera potencia económica actual. Principal mercado y principal exportadora en el mundo entero. 

Este nuevo orden, comienza con Trump imponiendo aranceles del 20% a China, 25% al resto, rompiendo tratados de comercio, sin anunciar cómo se enfrentará el impacto en los precios de los productos chinos en su país. ¿Putin se atreverá a desafiar a China? En Perú, China es nuestro primer mercado para la exportación e importamos muchísimos de sus productos. Tenemos además una gran colonia china y con ella, una de nuestras principales cocinas. Hoy, cada vez son más los colegios que enseñan chino mandarín. El puerto automatizado de Chancay ha sido resultado de un acertado acuerdo entre China y la minería peruana. Pero nuestra gobernante, interesada en aliarse con Trump, hasta ahora no responde cómo el Estado peruano va a afrontar el retiro de la ayuda humanitaria de Estados Unidos en el Perú. Sus intereses y preocupaciones son otras, vinculadas a las investigaciones a las que ella y su gabinente están sometidos por sus componendas. El Congreso está dedicado a tomar leyes contra las minorías de la población (en eso sí se acerca al nuevo orden que buscan Putin y Trump), pero su meta es legislar para favorecer a delincuentes y empresarios ilegales. ¿Así es como vamos a responder a un oleaje que no sabemos hacia qué nuevo orden nos va a llevar?

Un sector que puede terminar teniendo gran impacto electoral en la jornada del 2026 es la derecha radical. La inseguridad ciudadana es su combustible creciente y seguramente los discursos prometiendo mano dura, pena de muerte, retiro dela Corte de San José, segregación de migrantes venezolanos, etc., serán parte del arsenal narrativo a emplear.

En general, según la encuesta del IEP, la derecha ha venido creciendo significativamente en las preguntas de autodefinición ideológica, en consonancia con el aumento de la inseguridad. Por más que el gobierno de Dina Boluarte sea identificado como de derecha (más aún ahora que ha estrenado un arraigado anticaviarismo) y tenga un nivel de aprobación paupérrimo, la derecha crece como la espuma.

El problema es que el 10 o 15% que se puede identificar como de derecha radical va a tener que dividir sus preferencias. Ya en estos momentos hay por lo menos tres candidatos que pisan esos predios: Rafael López Aliaga, Phillip Butters y Carlos Álvarez.

No está tan fragmentada como la centroderecha, que presentará cerca de 20 candidatos, pero no tiene el caudal de votos de aquella, bastante más grande que la derecha radical. Eso le puede complicar el panorama de meter a algunos de los tres mencionados en la segunda vuelta electoral.

López Aliaga lleva ventaja por su tribuna municipal. Butters tiene que romper la burbuja televisiva en la que se mueve y Carlos Álvarez tiene que prepararse para afrontar con solvencia la campaña que atacará su identidad sexual (ésta va a ser una campaña furibunda y muy sucia).

El problema para ellos es que si se nivelan sus intenciones de voto, no podrán disputarle el sitio a la izquierda radical y antisistema, y al fujimorismo, que tiene un sólido 10 o 12%, difícil de revertir, a pesar del apoyo absoluto que le brinda al impopular gobierno de Dina Boluarte.

Lo interesante, en todo caso, es que serán animadores de la campaña. Son contestatarios, beligerantes, políticamente incorrectos y confrontacionales. Al menos garantizan algo de condimento a una contienda que si algo no debe ser, por lo que juega en ella, es sosa y plana.

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Sudaca, Ultraderecha

[La columna deca(n)dente] Cuando un ministro del Interior acumula denuncias de ineficacia, miente con descaro, evade la justicia y, en lugar de responder a las investigaciones en su contra, contraataca denunciando a la fiscal de la Nación, el problema no es solo él: es el gobierno que lo sostiene. Pero cuando ese ministro, además, es protegido por la presidenta Dina Boluarte y cuenta con el respaldo de Keiko Fujimori, César Acuña, Rafael López Aliaga, Vladimir Cerrón y José Luna, el panorama se vuelve aún más preocupante.

La permanencia del ministro en el cargo no se explica, presumiblemente, por su capacidad ni por su gestión, sino por lo que sabe. Su lealtad no es gratuita: es el precio de su silencio. En un gobierno donde la impunidad es la norma, un ministro con demasiados secretos bajo la manga se convierte en un escudo invaluable. Boluarte no lo sostiene por convicción, sino por necesidad. Si él cae, podría arrastrarla consigo.

Su negativa a acudir a la fiscalía y la entrega de un teléfono formateado no son gestos de rebeldía, sino de advertencia: él tiene información que lo hace intocable. En este escenario, su permanencia es menos una decisión política y más un pacto de mutua protección. No es el ministro quien depende del gobierno, sino el gobierno el que depende de él.

Pero el problema no es solo el Ejecutivo. Que este ministro cuente con el respaldo de políticos que dicen representar distintos sectores del espectro ideológico revela un pacto de conveniencia: una alianza pragmática en la que la impunidad se antepone a cualquier principio político. No hay derechas ni izquierdas en esta ecuación, solo actores que buscan sobrevivir políticamente protegiéndose unos a otros. En otras palabras, la corrupción no tiene patria ni bandera.

El acceso anticipado del ministro a un reportaje que lo compromete y su intento de influir en la prensa evidencian un uso sistemático de la información como arma política. Esto sugiere dos cosas: que existen filtraciones desde los medios o que la información se obtiene de manera ilegal. Esto último es una pieza clave en regímenes donde la corrupción es norma y la transparencia, una amenaza.

El país se encuentra ante una deriva peligrosa. Lo que se está consolidando no es un gobierno con una agenda clara, sino una coalición de la impunidad, donde los acuerdos no giran en torno a reformas o políticas públicas, sino a blindajes y favores. Este no es un gobierno de derecha ni de izquierda, sino un gobierno de intereses personales, de grupo y criminales.

En este escenario, la justicia se convierte en una amenaza para quienes ostentan el poder. La policía no responde a la seguridad ciudadana, sino a las órdenes de quienes la controlan políticamente. La prensa es atacada y la institucionalidad, erosionada. Mientras tanto, el ciudadano común es testigo de cómo unos cuantos malgobiernan y legislan en beneficio de las organizaciones criminales.

¿Hasta cuándo durará este pacto? Hasta que las tensiones internas entre sus propios integrantes lo hagan insostenible o hasta que la sociedad, junto con líderes y partidos políticos democráticos, decida romper con esta lógica de impunidad. La pregunta es si la ciudadanía seguirá tolerando un gobierno que, lejos de garantizar justicia y seguridad, se ha convertido en el refugio de quienes más temen rendir cuentas y buscan eludir la justicia.

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Sorprende el estruendoso silencio de los precandidatos presidenciales al 2026 respecto de la crisis política que asola al gobierno de Dina Boluarte, a propósito del último escándalo del controvertido ministro del Interior Juan José Santiváñez.

Normalmente, empezada ya la campaña, la clase política suele pronunciarse frecuentemente sobre los quehaceres del régimen que gobierna porque eso les permite “posicionarse” frente al electorado. Así, paulatinamente se van perfilando y capitalizando políticamente, más aún en una situación en la que la mayoría de la población -según confirman todas las encuestas- no tiene idea de por quién va a votar.

Eso sucede en todas las democracias del mundo. Es lo habitual en un contexto preelectoral. Acá en el Perú, por el contrario, parece que el silencio es la consigna.

Por supuesto, ha habido aislados pronunciamientos. Los congresistas, inevitablemente -porque son abordados por la prensa- hablan sobre la coyuntura, pero en el caso que comentamos nos referimos a los que preparan maletas para emprender el viaje de la candidatura presidencial. Salvo una o dos excepciones (Víctor Andrés García Belaunde y Carlos Anderson), el resto de precandidatos ha guardado absoluto silencio, tanto en la izquierda como en la derecha.

Tal vez sea el anticaviarismo del que ha hecho gala el gobierno, empezando por la mismísima presidenta de la república, avalado por una buena parte de la población (ya es casi, podría decirse, la primera fuerza política del país por encima del antifujimorismo), algo que es compartido por la izquierda y la derecha peruana en su mayor parte, lo que ha hecho que se prefiera guardar silencio y en el fondo se espere que la batalla librada por el régimen lleve efectivamente a la derrota de la “mafia caviar”.

No obstante, aún si fuese ése el cálculo detrás, se comete un grave error guardando silencio. Porque ese vacío es ocupado en el imaginario popular por el imprevisible candidato antisistema que, sin lugar a dudas, aparecerá en el firmamento electoral a pocos días de las elecciones, tal como sucedió con Pedro Castillo (hoy, las condiciones para que surja un candidato antiestablishment son más fuertes que las que existían el 2021).

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Candidatos, elecciones 2026

[El dedo en la llaga]  El 14 de febrero de 2025, en el marco de la Conferencia de Seguridad realizada en Múnich (Alemania), el actual vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, lanzó un discurso criticando a las democracias europeas sobre todo por haber permitido una migración masiva y limitar la libertad de expresión de sus ciudadanos. En sus propias palabras, «la amenaza que más me preocupa en Europa no es Rusia, no es China, no es ningún otro actor externo. Y lo que me preocupa es la amenaza desde dentro: el retroceso de Europa en algunos de sus valores más fundamentales. Valores compartidos con los Estados Unidos».

Lo paradójico del asunto es que las críticas provienen de una autoridad política de un país (Estados Unidos) que ocupa el puesto 29 en el Índice de Democracia 2024 de la revista The Economist —siendo catalogado como una democracia deficiente—, mientras que Alemania, país anfitrión de la Conferencia de Seguridad, ocupa actualmente el puesto 13 y es considerado una democracia plena. Es algo así como que el discípulo le quiera enseñar algo al maestro, escueleándolo con arrogancia. Porque este último ingrediente, compartido por quienes tiene la sartén por el mango en la administración Trump, no suele faltar en las intervenciones de esa cúpula ultraderechista y conservadora, como se evidenció recientemente —el viernes 28 de febrero— en las conversaciones públicas de Donald Trump y JD Vance con el presidente de Ucrania Volodímir Zelenski en la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Regresando a Múnich, esto es lo que dijo JD Vance sobre el tema de la libertad de expresión:

«Me temo que la libertad de expresión está retrocediendo. Y, queridos amigos, en aras del humor, pero también de la verdad, estaré dispuesto a admitir que, a veces, las voces más fuertes a favor de la censura no provienen de Europa, sino de mi propio país, donde la administración anterior amenazó e intimidó a las redes sociales para que censuraran lo que ella llamaba desinformación. Desinformación, como por ejemplo la idea de que el coronavirus probablemente se había escapado de un laboratorio en China. Nuestro propio gobierno animó a las empresas privadas a silenciar a las personas que se atrevían a decir lo que resultó ser una verdad evidente».

Parece que JD Vance considera la libertad de expresión como un derecho absoluto, cuando en realidad en todas las legislaciones de países democráticos —incluso en los Estados Unidos— está sujeta a ciertas limitaciones. En muchos países se imponen restricciones cuando ciertas personas se amparan en la libertad de expresión para difamar, incitar al odio, a la violencia o para afectar derechos de terceros, entre ellos el derecho a la privacidad, sobre todo cuando ésta carece de todo interés público.

La desinformación atenta contra el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad, pues niega o tergiversa hechos que han sido debidamente probados o corroborados. O determina hechos basándose en supuestos o creencias sin contar con ninguna evidencia anclada en la realidad. Como la misma afirmación que hace JD Vance de que el coronavirus se originó en un laboratorio en China, lo cual no sólo nunca ha sido demostrado ni corroborado, sino que resulta altamente improbable.

En el ámbito periodístico, cuando se presentan noticias existe la obligación de enfocarse en la objetividad y en la presentación de hechos verificables. Pero cuando se trata de opiniones, se trata de interpretaciones subjetivas, análisis, suposiciones sobre aquello que aún no se sabe o no ha sido debidamente aclarado, y en esto se goza de libertad plena. Siempre habrán opiniones distintas y alternativas. Peo lo que no puede haber son hechos alternativos, donde se presenta una narrativa distinta a hechos debidamente corroborados, simplemente porque no se ajustan a la propia ideología. Parece que se quisiera aplicar lo que decía el filósofo inglés John Locke (1632-1704), uno de los padres del liberalismo clásico: «si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad». La desinformación no puede tener carta libre en una sociedad democrática, pues atenta contra el derecho a saber la verdad.

Ignorando no sólo este principio sino también las legislaciones de países democráticos al respecto, JD Vance prosigue:

«Y creo que, en el fondo, permitir que nuestros ciudadanos expresen su opinión los hará aún más fuertes. 

Lo que, por supuesto, nos lleva de vuelta a Múnich, donde los organizadores de esta conferencia prohibieron a los legisladores que representan a los partidos populistas de izquierda y derecha participar en estas conversaciones.

Ahora bien, tampoco estamos obligados a estar de acuerdo con todo o parte de lo que dicen las personas, pero cuando las personas, cuando los líderes políticos representan a un distrito importante, al menos tenemos la responsabilidad de dialogar con ellos. Sin embargo, para muchos de nosotros, al otro lado del Atlántico, todo esto se parece cada vez más a viejos intereses bien establecidos que se esconden detrás de palabras horribles de la era soviética como desinformación y mala información, y que simplemente no les gusta la idea de que alguien con un punto de vista diferente pueda expresar una opinión distinta o, Dios no lo quiera, votar de manera diferente o, peor aún, ganar una elección».

JD Vance parece estar aquí defendiendo la libertad de expresión que ejerció Adolf Hitler, cuando le echaba la culpa a los judíos de los males que sufría Alemania, sin ningún sustento en la realidad. Hitler era un maestro de la desinformación, y basándose sobre ella fomentó el odio contra grupos determinados de la sociedad alemana de la época, no sólo contra los judíos, sino también contra los gitanos, los comunistas, los homosexuales y los discapacitados.

En la Alemania contemporánea, la negativa a colaborar con partidos populistas —como, por ejemplo, la Alternativa para Alemania— se justifica en el rechazo a discursos que fomentan el odio y el desprecio hacia determinadas minorías, los cuales constituyen delito. Atribuirle a la migración la crisis económica o el aumento de la delincuencia no condice con los datos que manejan los expertos. Más bien, la migración ha contribuido a que Alemania mantenga cierto nivel económico, siendo las causas de la crisis otras distintas, causas que no ha sabido enfrentar adecuadamente el gobierno del saliente canciller Olaf Scholz. La libertad de expresión no debe tolerar que se busque un chivo expiatorio y se fomente el odio contra migrantes —muchos de ellos musulmanes— sólo por no encajar con el perfil de “lo alemán”, entelequia ideológica de los partidarios de la ultraderecha, similar en muchos puntos al concepto de “lo ario” que manejaba el nazismo.

Eso nos recuerda la paradoja de la tolerancia que planteaba el filósofo austriaco-británico Karl Popper (1902-1994) en el año 1945:

«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes».

JD Vance termina su discurso de la siguiente manera:

«Creer en la democracia es comprender que cada uno de nuestros ciudadanos tiene sabiduría y voz. Y si nos negamos a escuchar esa voz, incluso nuestras luchas más fructíferas no llegarán a ninguna parte. Como dijo una vez el papa Juan Pablo II, que en mi opinión es uno de los mayores defensores de la democracia en este continente y en cualquier otro, no tengan miedo. No debemos tener miedo de nuestro pueblo, incluso cuando expresa opiniones que no están de acuerdo con sus líderes».

Coherente con su incoherencia, el vicepresidente estadounidense culmina su discurso con información falsa, pues el tema de la democracia apenas aparece en los discursos de Juan Pablo II y durante su pontificado se aprobó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde la palabra “democracia” brilla por su ausencia.

Y si bien es preocupante el avance de la extrema derecha en Alemania, en una cosa le doy la razón a JD Vance. El domingo 23 de febrero el pueblo alemán expresó su voluntad en las urnas. Y cerca del 80% de los votantes le dieron la espalda a la ultraderechista Alternativa para Alemania.

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