Este socialismo es en realidad equivalente al planteado por el Nacionalsocialismo alemán de Adolph Hitler, quien siempre subrayando que Karl Marx era judío, se oponía tajantemente a la lucha de clases, reemplazándola en su socialismo por la unión racial de todos los sectores sociales alemanes en una sola raza y una sola nación bajo el control absoluto del Estado. En el caso peruano, es el control estatal, sobre todo el del sistema productivo durante el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, el hecho que parece llevar a Humala a imaginar a Velasco como un ejemplo de su ideología política. Algo por cierto, muy alejado del cooperativismo velasquista que surgió, al menos en el campo, como una forma de poder cumplir con la promesa de la Reforma Agraria, pues ocurrió que una vez llegados al gobierno se dieron cuenta de que el Perú no tenía la cantidad de tierra cultivable suficiente como para dar a cada campesino. Ni de lejos. De inmediato la gestión colectiva y el modelo yugoslavo de la cooperación se volvieron vías alternativas, y pronto la corrupción de los funcionarios designados por el Estado no se hizo esperar. Es interesante sí encontrar que la propuesta velasquista también tenía vínculos con una doctrina religiosa, dado que su formación militar y la de sus compañeros del Plan Inca, tuvo mucha influencia del Padre Louis-Joseph Lebret, un economista y religioso católico francés, fundador de la corriente del Desarrollo humano.
Sea como sea, en pleno siglo XXI, el discurso religioso sigue vigente en las diversas ideologías políticas del país. Keiko culmina rezando sus mítines y en el Congreso las creencias son la base de innumerables proyectos de Ley. Quizá se ahí, en el terreno de las divinidades y la moral, donde se encuentren las verdaderas tendencias políticas de nuestro país.
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