Opinión

UNO

“Una vez tuve una chica o debo decir que ella me tuvo a mí” – Norwegian Wood

Caminaba presuroso y anhelante. Tenía 14 años, físico esmirriado, pelo largo y el acné marcaba mi rostro. Iba a casa de mi tía Luisa, llevando, entre manos, el vinilo llamado “Rubber Soul”. Era la única persona que conocía, de más de treinta años, que podía hablarme minuciosamente de los Beatles, así como también de cine y tv (mis hermanos y yo vivíamos pegados a la caja boba). Recuerdo, en una ocasión en casa de los abuelos, veíamos “Rebelde sin Causa”. Reconoció al actor Jim Backus, que luego protagonizaría la popular serie “la isla de Gilligan” e hizo hincapié en él. Deteniéndose en detalles que yo no había percibido en absoluto. Era la hermana menor de mi viejo, con conocimientos acerca del mundo del celuloide, y, en especial, de los FabFour. Estaba felizmente casada, con el fachero de mi tío Hugo. En 1980, no había Google, ni Youtube; tampoco canales de cable, solo las antenas de conejo (ni hablar de parabólicas). Cuatro años después, en Ventanilla (34 km de Lima) teníamos en el techo una antena enorme (parecía de radio) en casa, con las justas, captaba 3 de los 7 canales que había en la ciudad. Patético.

Aquella tarde, con el vinilo a cuestas, le pedí que me ayude con la traducción (manejaba el inglés muy bien) de temas como “In My Life”, “Girl”(su favorita), “Norwegian wood” y “Nowhere Man”. Aun después del translate, no entendía la letra. Con el tiempo lo comprendí. Lennon y McCartney se adentraron a un universo distinto: oscuro, con contradicciones e íntimo.

¿Alguien va a escuchar mi historia?

¿Todo sobre la chica que vino para quedarse?

Ella es el tipo de chica que deseas tanto que te arrepientes.

Aun así, no te arrepientes ni un solo día

¿Le dijeron cuando era joven?

¿Ese dolor conduciría al placer?

Al principio, como dijo Elvis Costello, mucha gente no entendió el álbum. Esperaban las canciones de amor, características o facilonas. Luego de unas semanas, Costello manifestó lo lógico.

  • No podía dejar de escuchar el álbum.

DOS

“Es el hombre de ninguna parte/ sentado en la tierra de nadie/haciendo planes para nadie/no tiene punto de vista/ no sabe adónde ir/ no es poco como tú y yo?” – Nowhere Man

Ya seas sentimental, mordaz, duro o boludo, joven o viejo; en algún momento te toca el alma, aunque nos parezca mentira. La poesía nos sirve para sobrellevar los avatares de la vida. De ahí que sea importante la música en nuestras vidas. Nos revitaliza. Una vez en clases, en la universidad, los alumnos me manifestaron su desconocimiento de la poesía, las chicas ídem. Insólito. Crecí en una época – 70, 80 y 90 – donde había, por doquier, grupos de rock, balada, salsa, romántica, en castellano, inglés, italiano, entre otros. La gran mayoría, componía e interpretaba sus canciones. En la actualidad, el negocio musical, cambio en su totalidad. Las artistas deben tener una hermosa figura y vestir de licra en los conciertos. La letra procaz y sexualmente predatoria

  • ¿Podría tener éxito, en estos tiempos, la obesa cantante de Mocedades?

Pareciera que la temática y el ritmo es el mismo. Charly García, en su momento, criticó la ausencia de melodía y armonía. Personalmente, estoy pronto a cumplir los sesenta, no me interesa, en absoluto, escuchar ritmos chirriantes, sin gusto y ni una pizca de poesía.. No soy un remilgado, nunca lo fui. Jamás he sido partidario de la censura y menos en el arte. Pero el hecho de que los jóvenes nunca escuchen poesía o siquiera conozcan una porción mínima de ella, es preocupante.

  • ¿Me equivoco o es la secuela natural de la música actual?

Recordemos que somos lo que escuchamos.

TRES

” Hay lugares que recordaré toda mi vida/aunque algunos han cambiado/algunos para siempre, no para mejor/ algunos se han ido y otros aún existen/ todos esos lugares tienen sus momentos/con amantes y amigos que aun puedo recordar/ algunos han muerto y otros viven/ en mi vida los he amado a todos” – In my Life.

Lo que más atesoro, es ese momento con ella. Se tomó el tiempo para atender a su adolescente despistado. Ese mismo año, me visitó, en la Clínica, cuando me operaron de apendicitis. Doce años después, manifestó que su hijo Denis, era fanático de los Beatles. Sonreí al saberlo.

– Muchas gracias, por compartir tu tiempo, esa lejana tarde del 1980, conmigo.

[Música Maestro] El mundo de la salsa no ha tenido un buen inicio de la temporada navideña. Dos importantísimos integrantes de la orquesta El Gran Combo de Puerto Rico pasaron “al otro barrio” como dice siempre el panameño Rubén Blades, en cuestión de pocos días. El sábado 6 de diciembre falleció, a los 99 años, don Rafael Ithier, pianista, fundador y líder de la orquesta, poseedor de una envidiable vitalidad como pudimos apreciar en videos donde, ya alejado de su principal instrumento, seguía al frente de sus músicos, dirigiéndolos.

Su deceso produjo una enorme cantidad de reacciones en el ámbito de la música latina, desde colegas, alumnos y seguidores, apenados por su partida. Entre las tantas publicaciones de pesar y recuerdo de esa vida plena, casi cien años de los cuales dedicó noventa a la actividad musical, destacaron las de su histórica línea de cantantes, integrada por Charlie Aponte, Jerry Rivas y Luis “Papo” Rosario.

Precisamente este último, de 78 años, falleció el viernes 12, ya retirado de la escena por dolencias en la espalda. Cuando ocurrió lo de Ithier, la voz de Carbonerito, Regresa ya y otras, escribió en sus redes sociales: “Don Rafa, su legado es inmenso y eterno. Su visión, musicalidad, astucia, talento, disciplina y liderazgo siempre fueron motivos de admiración y cariño”. Hoy los dos bailan juntos en otro plano, pero vivirán por siempre en las memorias de quienes admiramos su música.

Rafael Ithier (1926-2025): Maestro salsero

“El principal legado que deja El Gran Combo no es musical, sino de disciplina”, dijo Rafael Ithier, a los 95 años, en una entrevista concedida al periodista dominicano Tony Dandrades para su canal de YouTube, días antes de las celebraciones por el sesenta aniversario de la orquesta que él dirigió con decencia y mano firme prácticamente hasta su último suspiro. Don Rafael, el hombre de los arreglos creativo y del piano elegante, falleció a los 99 años y enlutó a la familia salsera.

Hace pocos días circuló en sus perfiles de redes sociales, el video de un nuevo “aguinaldo”, nombre que recibían las clásicas canciones navideñas con las que se les identificó siempre, desde 1966 en que lanzaron su sexto LP, En Navidad, cuando todavía trabajaban para el sello Gema Records, la misma casa discográfica donde Ithier y la primera formación de la banda integraban el combo de Rafel Cortijo e Ismael Rivera.

La canción, titulada Paz en nuestros pueblos es un canto de esperanza, esa cosa que ya casi nadie siente en medio de los cinismos, las corrupciones, los sicarios y los vicios artísticos socialmente aceptados. Y en el video se ve a Ithier, con su clásica sonrisa amplia, gozando la música a la que dedicó su vida. Ya no sentado frente a su querido piano -que no tocaba desde 2006 por problemas de salud- sino de pie, sacudiendo los brazos como quien dirige a “sus muchachos”, con una evidente delgadez pero, al mismo tiempo, con un semblante envidiable para un hombre al borde de la centuria. Cuando vi el video, francamente yo pensé que llegaba.

Una vida dedicada a la salsa

Nació en agosto de 1926, en San Juan, la capital de esa isla que tanto ritmo le ha puesto a la vida de generaciones de latinos que hoy ven cómo su descendencia pisotea ese legado con adaptaciones modernas encajadas en golpeteos animalescos y balbuceos ininteligibles. Desde mediados de los años cincuenta, después de regresar de un breve servicio militar que lo llevó a la guerra de Corea, comenzó su camino como músico profesional, primero al frente de The Borinqueneers Mambo Kings y luego como parte del combo de un buen amigo suyo, el timbalero Rafael Cortijo.

Había aprendido a tocar varios instrumentos de forma autodidacta, en casa, inspirado por su familia donde “el que no bailaba, cantaba y el que no cantaba, gritaba”. Después de la guitarra, vino el contrabajo pero, como le parecía muy grande, pesado y había que tocarlo de pie, un día vio el piano, se sentó y dijo “aquí me quedo”. Y vaya si se quedó. Canciones clásicas de la salsa primigenia como Quítate de la vía, Perico o El negro bembón, tienen el piano de Ithier como columna vertebral. Con esa seminal orquesta boricua grabó también algunas composiciones suyas como Ensíllala o Báilala bien.

Luego llegó la separación de Cortijo, tras un incidente con “Maelo” y sus malos hábitos –la historia completa aquí– el pianista y otros siete músicos de aquel combo decidieron seguir adelante, bajo su dirección. Como Cortijo e Ithier eran tocayos no se contempló la idea de usar el nombre “Rafael y su Combo” para evitar confusiones. En 1962, una invitación de Gema Discos para acompañar en un álbum al merenguero dominicano Joseíto Mateo -uno de sus héroes en aquel tiempo- se convirtió en Menéame los mangos, el primer LP de El Gran Combo, nombre que surgió en una de las primeras reuniones en casa del percusionista Roberto Roena. Sería el inicio de una saga que se prolongó durante las siguientes seis décadas de salsa pura.

El Gran Combo de Puerto Rico, su obra

Más de setenta álbumes entre 1962 y 2023, incluyendo los dobles recopilatorios de celebración que lanzaron cada cinco años desde 1982, cuando cumplieron veinte, hasta convertirse en una tradición del grupo, un par de discos en vivo -ya en la era del CD- e innumerables apariciones en televisión, conforman un cuerpo de trabajo enorme y poderoso que ubica a El Gran Combo como una de las orquestas tutelares del género salsero, una institución en sí misma, de sonido inconfundible y prestigio como colectivo artístico.

Esa personalidad fue labrada por don Rafael Ithier, por su carácter y ética de trabajo, su obsesión por la disciplina en aspectos personales y el perfeccionismo en el acabado de sus canciones, su claridad para la administración de lo que con los años se conoció como “la corporación del combo”. Ese sistema, como él mismo lo llamaba, se manifestaba en el control artístico pero también en la visión empresarial, en la que cada músico era un trabajador con plenos deberes y derechos y que, además, era tratado como un miembro de la familia.

El Gran Combo es una agrupación de récords. No solo es la única orquesta de salsa que ha tocado en los cinco continentes, sino que además ha mantenido por más tiempo a su núcleo creativo e instrumental más tiempo que ningún otro conjunto del género. Los cambios se hicieron solo por motivos de salud o fallecimiento, con la excepción de uno de sus históricos cantantes, quien renunció por diferendos por un tema de regalías digitales, resuelto hace poco. Durante 33 años, entre 1981 y 2014, El Gran Combo mantuvo fija su línea de cantantes, algo insólito en el universo salsero.

Hasta su retiro, por ejemplo, en el año 2024 por problemas de dentadura, el trompetista Luis “Taty” Maldonado (78) era el miembro más antiguo con 52 años de permanencia en la banda. Andy Montañez (83), quien fuera uno de los integrantes originales de El Gran Combo -incluso, llegó a empeñar su casa para que pudiera constituirse el sello EGC Records en 1970-, estuvo once años como su voz principal, algo inusual en las orquestas, que cambian todo el tiempo de cantantes. Su reemplazante, Jerry Rivas (70) es actualmente el más longevo, con 48 años desde su ingreso en 1977. Y Charlie Aponte (74), quien entró para cubrir la plaza dejada por Pedro “Pellín” Rodríguez en 1973, se retiró del grupo en el 2014, tras 41 años en esa genial línea de cantantes.

Papo Rosario (1947-2025): El tercer micrófono

Luis Antonio “Papo” Rosario también pasó muchos años como miembro de El Gran Combo de Puerto Rico. El vocalista boricua se retiró en el año 2018, luego de 38 años en la agrupación. Con su llegada, en 1980 para el álbum Unity -que contiene clásicos como Te regalo el corazón y Compañera mía-, se cerró la terna más duradera y exitosa de la orquesta de Rafael Ithier, junto con Charlie Aponte y Jerry Rivas, una de las delanteras más carismáticas y estables de la escena salsera.

Originalmente, El Gran Combo solo tenía dos cantantes, Pedro “Pellín” Rodríguez y Andy Montañez. En ese tiempo, Roberto Roena, años después integrante de la Fania All-Stars y líder de su propia orquesta, la Apollo Sound, al provenir del combo de Rafael Cortijo, colaboró también con Ithier, como percusionista y bailarín, armando algunas coreografías. En 1969 fue reemplazado por Mike Ramos quien asumió el rol de  organizar los pasos de baile, pero comenzó a ubicarse casi en línea con los vocalistas y, ocasionalmente, haciendo coros.

Para cuando Rivas y Aponte ocuparon los lugares de Montañez y Rodríguez, Ramos era ya un cantante más, aunque nunca como vocalista central en alguna de las grabaciones en las que participó hasta 1980, año en que fue reemplazado por Papo Rosario. Al comienzo, dio la impresión de que su ingreso era para cumplir el mismo rol. Pero, poco a poco, la química entre los tres y sus dinámicas coreografías en los conciertos hicieron que Rosario se convirtiera, de manera definitiva, en el tercer micrófono de El Gran Combo de Puerto Rico.

Sin embargo, no fue sino hasta el álbum In Alaska: Breaking the ice (1984) que se escuchó la voz solista de Papo Rosario por primera vez, con un tema escrito por Peter Velázquez que se convirtió “en un palo” como suele denominarse, en la jerga de la música popular caribeña, a las canciones que tienen mucho éxito entre el público. Carbonerito se volvió infaltable en las presentaciones de El Gran Combo y el momento estelar de Rosario, quien pasaba al centro para contar la historia de cómo se casó como “una negra encantadora”. Velázquez, también autor de Mujer celosa (LP La universidad de la salsa, 1983), contó en una entrevista que, cuando le presentó el demo a Rafael Ithier, de inmediato designó a Rosario como su intérprete.

La voz de Papo Rosario se ubicaba en el punto intermedio entre los potentes agudos atenorados de Charlie Aponte y el acajonado timbre barítono de Jerry Rivas, permitiendo la creación de esas coloridas armonías que son características de los arreglos vocales de la orquesta, tan reconocibles como los ataques de metales y esa base rítmica profunda que, desde el piano, las percusiones y el contrabajo, redondean las estructuras de la idiosincrasia sonora de El Gran Combo, lo que el periodista, escritor y locutor venezolano César Miguel Rondón bautizó como “la fórmula”, en su importante publicación de 1979, El libro de la salsa: Crónica de la música del Caribe urbano.

El Gran Combo y su relación con el Perú

Muchas canciones de El Gran Combo forman parte del imaginario colectivo de quienes fuimos adolescentes en los años ochenta. Desde los éxitos que, en aquel entonces, ya eran “las clásicas” -Brujería, Un verano en Nueva York, Julia, Vagabundo, La muerte, La salsa de hoy y tantas más- hasta la interminable cadena de éxitos que produjeron entre 1980 y 1988 -Y no hago más na’, Trampolín, Aguacero, Se me fue, Por más que quiera, Cupido, y muchas otras-, su alegría y ritmo natural son fuente de orgullo para Puerto Rico y, por extensión, para quienes sin ser caribeños disfrutamos de esa música y la bailamos (si podemos).

Y cómo no mencionar sus asaltos navideños o aguinaldos, que graban desde mediados de los sesenta y que, a través de las décadas, se volvieron sinónimo de la Navidad y las celebraciones por la llegada del Año Nuevo, como por ejemplo La fiesta de Pilito, No hay cama pa’ tanta gente o la más reciente, Paz en nuestros pueblos, contenida en el álbum pascuero De trulla con el Combo (2021). O la setentera Si no me dan de beber lloro (1973). El espíritu navideño peruano tiene, además de las canciones de Los Toribianitos o los niños chiclayanos del colegio Manuel Pardo, estos himnos salseros fijos en sus listas de reproducción para esta temporada.

La primera vez que tocó El Gran Combo en el Perú fue en 1980, durante su primera gira con Aponte, Rivas y Rosario como delantera de cantantes. Y luego, ofreció cuatro conciertazos en el inolvidable Gran Estelar de la Feria del Hogar, en julio de 1988. Posteriormente, ha venido infinidad de veces a festivales en el Callao y otras localidades. La última hace fue apenas un par de años y para una celebración muy especial.

En octubre de 2023, la orquesta festejó su aniversario 60 con un show de gala en el Gran Teatro Nacional. En esa ocasión, don Rafael Ithier llegó al Perú como líder, aunque su lugar en el piano lo ocupó José “Lenny” Prieto, quien a su vez había reemplazado a Willie Sotelo, el primero en tomar la posta tras el retiro de Ithier hasta su fallecimiento en el 2022.

Esa relación tan cercana al país -que, musicalmente, se manifestó con la grabación de dos composiciones nacionales, el vals Bandida (Unity, 1980), escrito por Francisco “Panchito” Quirós, y la salsa Callao puerto querido (Alunizando, 2016), del chalaco Jorge “Jorginio” Mendoza y su Combo Espectáculo Creación- es la que hace que un amplio sector del público salsero peruano sienta las partidas de Rafael Ithier y Papo Rosario como muy cercanas, como sinónimo de unas épocas en que las reuniones familiares y entre amigos terminaban con espectaculares bailes de salón, gracias al talento y carisma de estos legendarios artistas portorriqueños.

[OPINIÓN] Rafael López llegó a la alcaldía porque el general Urresti le bajaron la llanta y terminó preso. Ese es el dato duro. Todo lo demás es literatura urbana.

Como todo heredero inesperado, tenía que mostrar algo. Eligió un tren de 70 años que no funciona y dudo que alguna vez lo haga. No estaba en la grandiosa oferta original de “Lima, potencia mundial”, ni hacía falta ser ingeniero para advertir —con solo mirarlo— que no cuadraba con el pomposo título prometido con tanta épica de campaña.

A eso se suma una Vía Expresa hecha a las patadas, hoy declarada en emergencia, donde a las cinco de la tarde avanzas más rápido caminando por la vereda paralela. Un puente en la Ramiro Prialé que se construye en capítulos, como novela mexicana. Y un endeudamiento creativo con bonos, multas y eventuales pagos a terceros en Estados Unidos por abogados y demandas civiles que algún día habrá que honrar y explicar.

Ahora, López se presenta como candidato a la Presidencia de la República después de renunciar a la alcaldía, algo que juró que nunca haría. -Una raya más al tigre-.

A ese perfil se suma un personaje sin familia ni amigos conocidos y los problemas públicos archiconocidos con su —ahora nuevamente— socio y, al parecer, también con las mujeres, a las que, como él mismo declara, mantiene lejos a punta de silicio; un hombre agresivo y lejano que anuncia a los cuatro vientos ser millonario-algo que los millonarios de verdad nunca advierten-, y se jacta de ser bueno con los pobres…  y por último, ofrece trabajar gratis para la sociedad si lo eligen —como si su sueldo cubriera los gastos de sus despropósitos—. En fin, un tipo raro, con promesas grandilocuentes pero sin explicaciones para situaciones extrañas que siguen pendientes.

Con ese currículum, López se vende hoy como candidato ganador. No en la realidad, claro, sino en redes sociales, donde despliega una campaña de acoso digital sin precedentes. Acoso que no busca convencer, sino saturar. Repetir hasta que algo pegue. Lo que sea: trenes, drones, aeropuertos, leyes, pleitos e insultos.

Lamentablemente, el método cala en un sector que llamaré —con cariño navideño— los pelotudos limeños: groupies del desastre que viven mirando la realidad a través de su celular o por la ventana de su dormitorio con vista al golf, convencidos de que ahí está la única salvación de un país con quince años de crisis institucional. ¡Qué lejos están de la verdad! López es solo un “talibán político”  sin —hasta el día de hoy— nada real que ofrecer.

Y para completar el cuadro, cuenta en sus filas con algunos periodistas “de primer nivel” que amplifican el eco del acoso, le revientan cohetes y ayudan a confundir. No informan: acompañan. No cuestionan: aplauden y festejan, lo que sea. Una pena para los medios donde pululan y para la profesión en general.

La buena noticia es que otros candidatos empiezan a perfilarse. Tal vez, con suerte, para enero la pelotudez haya terminado.

Son mis mejores deseos esta Navidad para los peruanos de buena voluntad. Y para el resto… que apaguen el Wi-Fi por un rato.

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] No solo la derecha terruquea, y el tema no es exclusivamente peruano. El terruqueo deviene del escrache, de la cancelación, de silenciar a alguien en tiempos de redes sociales, atacándolo brutalmente y negándole la posibilidad de defenderse. Estas prácticas, que son políticas, tienen un objetivo claro: condenar moral o socialmente a alguien y, de esta manera, anularlo, aniquilarlo.

Se trata, pues, de un tema contemporáneo, global, que atañe la batalla cultural, las derechas conservadoras enfrentando a izquierdas progresistas cuyas agendas se imponen con métodos igual de nefastos. El tema es que ninguno dialoga, y menos en las redes sociales.

El problema con el artículo de Alfonso López Chau acerca de Víctor Polay es que proviene del pasado, de la década de los ochenta, de un tiempo en el cual sí se dialogaba y se debatía ideológicamente. Cuando un artículo escrito desde aquellas coordenadas temporales se filtra al presente la derecha gritará: ¡terruco! pero la propia derecha no lo haría en el tiempo en el que dicho artículo fue escrito, de hecho, no lo hizo.

Por eso surgieron de inmediato las contradicciones que derribaron esta narrativa. Una de ellas resultó demoledora: nada menos que en la foto del artículo que López Chau publicó en 1989 figura Fernando Rospigliosi en una reunión junto a Víctor Polay y entonces la campaña de desprestigio estalló: si el candidato de Ahora Nación fuese terruco por deslindar de Víctor Polay sin señalarlo como terrorista            -que es lo que finalmente le reclaman sus detractores-  entonces ¿cómo habría que considerar al hoy conservador Fernando Rospigliosi?

En fin, seré breve esta vez. Que este tropiezo de la derecha  nos sirva a todos para recuperar la política, la buena política. Hasta los años ochenta en el Congreso Nacional había marxistaleninistas, pues estaba normalizada su participación electoral en el Perú de entonces, situado en el mundo de la Guerra Fría. Y vaya como polemizaban los marxistas, los apristas y la derecha de entonces; era para quedarse escuchándolos.

Algunos dicen que Alfonso López Chau es “aburrido”, a mi me gusta precisamente porque es doctrinario, porque es ideólogo, porque le gusta confrontar planteamientos como los confrontó contra Polay en su articulo de 1989. Ojalá aparezcan en nuestra variopinta escena electoral otros más como él. Así, durante la campaña, podremos discutir proyectos de país, en medio del griterío ensordecedor de un tiempo en el que los argumentos y las ideas han sido desplazados por la descalificación ramplona y el insulto más soez.

Imagen: Alfonso López Chau, recuerda a los políticos doctrinarios de antes.

[ENTRE BRUJAS] El Perú atraviesa un momento particularmente grave en materia de protección de la niñez. Mientras el país intenta sostener avances normativos conquistados durante décadas de trabajo institucional, feminista y de derechos humanos, el Congreso de la República impulsa iniciativas orientadas al retroceso. El Proyecto de Ley N.º 13300/2025-CR, que propone derogar la Ley 30403 —la norma que prohíbe el castigo físico y humillante contra niñas, niños y adolescentes—, es la expresión más reciente y una de las más peligrosas de este rumbo regresivo.

El contexto político en el que este proyecto emerge tampoco es casual. El Congreso ha venido aprobando normas que favorecen a actores con antecedentes delictivos, reducen controles anticorrupción y debilitan mecanismos de protección social y desarrollo. Ahora busca reinstalar como legítima una práctica violenta bajo el eufemismo de “disciplina”. Esta deriva legislativa se sostiene, además, en autoridades con alta tolerancia a la violencia y una agenda contraria a la igualdad, que erosiona los sistemas de protección para las poblaciones más vulnerables.

Los datos disponibles desmontan cualquier intento de minimizar el problema. Entre enero y octubre de 2025, el portal estadístico Warmi Ñan registró 8 320 casos de violencia física contra niñas, niños y adolescentes de 0 a 17 años. Esta cifra, que representa solo la fracción visible del problema —pues gran parte de la violencia en la infancia permanece oculta por miedo, dependencia y silencio institucional—, revela una realidad alarmante: la crianza violenta sigue siendo ampliamente tolerada y reproducida en los hogares del país. Aunque se ha avanzado en la promoción de una crianza respetuosa, estos esfuerzos resultan insuficientes frente a la magnitud del problema.

Frente a esta realidad, derogar la Ley 30403 sería un acto de irresponsabilidad política y moral. El Perú es Estado Parte de la Convención sobre los Derechos del Niño, que establece de manera categórica que ningún niño o niña debe ser sometido a violencia bajo ninguna forma, incluida aquella ejercida como “disciplina”. Desconocer este estándar internacional equivale no solo a incumplir obligaciones jurídicas vinculantes, sino a renunciar al principio del interés superior del niño, pilar de toda política pública y todo sistema de protección.

El peligro de retroceder en esta normativa no radica únicamente en el impacto jurídico, sino en el mensaje social que envía: la violencia vuelve a ser considerada un recurso válido para educar. Esta idea —que contradice décadas de evidencia científica, psicológica y pedagógica— perpetúa ciclos de maltrato, reproduce patrones de sometimiento y deteriora el desarrollo emocional, cognitivo y social de la infancia. La normalización de la violencia no educa: destruye.

El Congreso debe asumir el costo político y ético de sus decisiones. Proteger a la niñez no es un gesto simbólico ni una opción discrecional: es un deber constitucional y una obligación internacional. Pretender reinstalar el castigo físico en la vida familiar revela no solo una desconexión con la realidad, sino una profunda renuncia al deber de construir una sociedad más justa, democrática y libre de violencia.

Por ello, resulta urgente rechazar con firmeza el Proyecto de Ley N.º 13300/2025-CR. Lo que está en juego trasciende una sola norma: es la orientación ética del país, el compromiso con la democracia y la capacidad del Estado de garantizar que las niñas y los niños crezcan en entornos seguros y dignos.

[OPINIÓN] Antes de entrar en la historia criolla, vale recordar Being There, la sátira de Jerzy Kosiński que Hal Ashby llevó al cine. Chance, un jardinero de mente simple criado entre plantas y un televisor, es expulsado del único hogar que conoce y lanzado a un mundo que interpreta literalmente. Su vocabulario se limita a estaciones y podas, pero una sociedad ansiosa de escuchar algo que suene sensato decide convertirlo en oráculo. La ingenuidad se toma por genialidad y el vacío por profundidad. Ese truco, contado con humor en la película, tiene su versión local.

Carlos Espá llega a la política como Chauncey Gardner llegó a Washington: tranquilo, sonriente y armado de frases simples que algunos elevan a revelación. Solo que Chauncey venía del jardín y Carlos parece recién salido de un retiro espiritual donde se redactan deseos que harían sonrojar a una Miss Universo. Le falta rematar con: “…y la paz mundial”.

Su plan de gobierno es una lista de deseos: crecimiento explosivo, seguridad total, empleo para todos, ciudades ordenadas y un país funcionando como reloj. Suena hermoso, casi navideño. El problema no es la intención, sino la realidad, que suele arruinar las fantasías mejor intencionadas.

Como Chauncey, habla en metáforas que algunos interpretan como iluminaciones. Pero detrás de esa frescura no hay un estratega oculto, sino un hombre simpático y claramente desbordado por un escenario político en el que la inocencia dura menos que un presidente peruano en Palacio de Gobierno..

Y aquí entra el paralelo inevitable. Mientras Carlos imagina un país perfecto, Porky ya nos vendió el tráiler de la película Misión Imposible: Lima potencia mundial. Prometió trenes, autopistas futuristas, seguridad y orden absoluto… y entregó una ciudad convertida en laboratorio mundial del caos. Hoy lo único que no ofrece es lo urgente: decir la verdad. Frente a ese historial de ficción convertida en desastre, el idealismo ingenuo de Carlos —aunque irreal— resulta casi un descanso.

Espá inspira ternura y hasta curiosidad sociológica. Pero el Perú no es un jardín zen; es un terreno pedregoso poblado de Gorritis, Vizcarras, Porkys, Velas, Carhuanchos, Pérez, Generación Z, minería ilegal y el tóxico cura Castillo. No basta “poner de nuestra parte”. Aquí se gobierna entre plagas, no entre margaritas.

Carlos sueña. Y sueña bonito. Pero su programa es más cuento que ruta. Una versión nacional de Being There, sin Peter Sellers… y sin jardín.

Y aun así —en esta feria de impostores— es “lo menos peor.”

[Música Maestro] La semana pasada, al reflexionar en esta columna sobre la calidad de los cantantes de antes y los de ahora, sin querer me salió una pieza que Fabiola Bazo, la conocida socióloga experta en rock subterráneo -entre otras cosas- destruiría, en el supuesto de que la haya leído, desde luego. Y lo haría con justicia, porque casi no hago mención de cantantes mujeres, solo de manera transversal y complementaria. Lo curioso es que me di cuenta de ello después de publicarla.

Aunque siempre me resulta odioso y algo huachafo hacer comentarios sobre mis propios textos -también algo triste porque al parecer nadie más los comenta-, y lo evito lo máximo posible, en esta ocasión me parece pertinente aclarar la situación.

La mínima presencia de mujeres cantantes en el artículo anterior no es por sesgos machistas sino porque la voz femenina en la música popular ha tenido una evolución diferente y, en algunos aspectos, más significativas y determinantes, que la masculina. A pesar de ello, la hipersexualización y, en muchos casos, la elevación de lo vulgar/grotesco a la categoría de elegante/fashion que hoy promueven las redes sociales, las modas y las masas, han hecho retroceder esa influencia hasta casi hacerla desaparecer.

El poder en la sombra

Dicho lo anterior, tampoco se trata de que, en un supuesto afán “inclusivo”, se acabe por tergiversar la historia, al describir las cosas que pasaron desde una óptica con intenciones actualizadoras. Por eso es interesante una película como Tár, única en su género pues, desde la ficción, retrata la vida y conflictos de una directora de orquesta, figura casi inexistente en el mundo real. Otras películas cuyas tramas giran en torno al apasionante universo de la música académica, como Lisztomania (Ken Russell, 1975), Amadeus (Milos Forman, 1984) o Maestro (Bradley Cooper, 2023), tienen como personajes centrales a Franz Liszt, Wolfgang Amadeus Mozart y Leonard Bernstein, respectivamente.

Como en las guerras, que atraviesan el desarrollo de la humanidad desde las primeras civilizaciones, hasta las sucias componendas políticas del Perú de los últimos años, la historia siempre la escriben “los vencedores”. Y, en el caso de la música popular, fueron los hombres quienes dominaron la escena, aunque siempre en todas las épocas -como en la literatura, como en el cine, como en la política- hubo también siempre mujeres talentosas, distinguidas, creativas y, sobre todo en ese tiempo, aguerridas que, gracias a su autenticidad y en una época en que todo se les hacía cuesta arriba, brillaron con luz propia y sin ninguna necesidad de convertirse de forma voluntaria y en casi todos los casos, muy grotesca, como lo hacen ahora, en objetos sexuales (aunque muchas, en la música y el cine, definitivamente, lo fueron).

Como ha demostrado la neurociencia hace ya más de veinte años, el cerebro femenino posee conexiones más complejas y entrecruzadas que el masculino, especialmente en lo relacionado a la emoción, a la sensibilidad, a la intensidad con la que son capaces de expresarse en distintos ámbitos. Y eso refiriéndonos a las mujeres en general, desde sencillas y empobrecidas madres de zonas andinas o tribus africanas hasta sofisticadas filósofas, académicas y científicas de Oriente y Occidente. Es un equipamiento natural distinto del nuestro, una realidad que únicamente puede negarse desde puntos de vista cavernarios e ignorantes.

No menciono aquí su habilidad para hacer y pensar una multiplicidad de cosas distintas a la vez -derivada de esa condición natural- puesto que, a nivel de entrenamiento musical, muchos músicos hombres poseen también esa asombrosa funcionalidad. Solo dos ejemplos de ello, los bajistas Geddy Lee (Rush) y Mike Rutherford (Genesis) quienes, en situaciones de absoluta concentración y estrés escénico, son capaces de tocar el bajo con manos y pies en simultáneo, inclusive mientras cantan. Pero, definitivamente, cuando hablamos de voces femeninas, tenemos mucho que decir también.

Buenas cantantes, las de antes

Joan Baez (84) y Joni Mitchell (82) fueron las voces de su generación. Ambas representaron el ideal de búsqueda por reconocimiento artístico e ideológico que acompañó a los movimientos feministas y de recuperación de derechos civiles que se consolidaron en los años sesenta. Pero, además de eso, eran excelentes cantantes. La actuación de la norteamericana en el festival de Woodstock, interpretando clásicos del folk y del gospel –Joe Hill y We shall overcome– exhibe una encantadora voz de soprano que, cuando dice las palabras correctas, suena mucho más fuerte y libertaria que las irritantes raperas que se creen contestatarias soltando onomatopeyas repetitivas y gemidos fingidos.

En el caso de la canadiense, su dulce voz era capaz de entonar letras profundas y hasta duras, de intenso contenido emocional, personal y sociopolítico, acordes con la onda poética y contracultural de la era hippie en las soleadas colinas californianas de Laurel Canyon. Los cuatro álbumes que lanzó entre 1968 y 1972 son registros de su suave y a la vez rotunda tesitura vocal, que no requería de autotune ni tampoco de exhibicionismos baratos para sobresalir. Posteriormente, Joni bajó su tonalidad coincidiendo con su viraje del folk al jazz y la experimentación, pero siempre con excelencia y calidad.

Así como ellas, en ese tiempo también brillaron las potentes voces de Grace Slick (Jefferson Airplane) y Janis Joplin, la atribulada integrante del famoso “Club de los 27” -por la edad que tenía al fallecer, en 1970- que nos dejó algunas de las grabaciones de blues-rock y psicodelia más estremecedoras por su rasposa intensidad, en canciones como Maybe, Ball and chain, Summertime, entre otras. Por su parte, Slick -actualmente de 86 años- destacó con su poderosa voz en clásicos sesenteros como White rabbit o Somebody to love; y ochenteros como We bulit this city (1985) o Nothing’s gonna stop us now (1987).

Cantantes de pop-rock de impresionante capacidad vocal fueron moneda corriente en los años ochenta, educando nuestros oídos y dejando, por supuesto, la valla muy alta en nuestros niveles de apreciación. Encender una radio de música popular “anglo” de la época nos permitía escuchar, por ejemplo, a Pat Benatar y su potente actitud en temas como Promises in the dark (1981) o Shadows of the night (1982). A Sheena Easton y su candoroso tono de soprano. O a Cyndi Lauper y su estruendosa y aguda voz pletórica de personalidad.

Otro ejemplo es, por supuesto, la banda Heart, liderada por dos extraordinarias cantantes, las hermanas Ann y Nancy Wilson, que compartían micrófonos y combinaban sus tonos -una agresiva, la otra dulce- en inolvidables composiciones como These dreams (1986), What about love (1985) o incluso temas más antiguos como Dreamboat Annie y Straight on, de la década anterior.

En español: La música latina verdadera

A diferencia de lo que ocurrió en las artes plásticas o la literatura, la mujer tuvo una presencia muy fuerte en la música -académica, folklórica y popular- casi desde siempre. Inicialmente solo como intérpretes y, con el avance de las décadas, también como creadoras, incluso en épocas de amplia postergación y ninguneo machista. Los casos de cantantes femeninas del mundo angloparlante que hemos mencionado hasta el momento ilustran esa realidad. Pero en nuestro idioma también tenemos gran diversidad de ejemplos de ello.

Qué lamentable resulta constatar que voces deficientes, homogéneas e inexpresivas como las de Shakira, Rosalía o Karol G sean sinónimo actual de “cantante latina”. Ellas tres y la legión de clones que, como ellas, lideran las preferencias y triunfan actualmente por las desreguladas dosis de exhibicionismo que forman parte de sus perfiles artísticos, han logrado borrar de la memoria de las masas a las cubanas Celia Cruz (1925-2003), Olga Guillot (1922-2010) o la mexicana Toña La Negra (1912-1982), dignas y sobre todo, espectaculares vocalistas de calidad, gracia y diversidad de recursos. Y no podemos olvidar a esa otra cubana, La Lupe (1936-1992), que alborotó el cotarro de los años sesenta con su estilo provocador y fuertemente anclado en la tradición musical de su país.

Ochenta años de exquisita música latina cantada en castellano, con instrumentaciones preciosistas y letras que combinaban ritmo, sensualidad, romanticismo y deseos de libertad femenina, han sido sepultados por un estilo “moderno” que, en lugar de mejorar lo que encontró en sus bases más antiguas, ha decidido -en nombre de las ventas millonarias y los likes- sacrificar la musicalidad para dar privilegio a un disforzado desenfado que altera y pervierte el desarrollo tanto de la propia historia de nuestra música latinoamericana como de la capacidad apreciativa de los públicos.

Baladas, trova y pop-rock en voces femeninas

Si hablamos de baladas, voces muy escuchadas en los ochenta y noventa como las de Myriam Hernández (Chile), Isabel Pantoja (España), Laura Pausini (Italia), Ana Gabriel (México) o Amanda Miguel (Argentina) recogieron el legado de otras que, en décadas anteriores, desplegaron también una elegancia y fuerza interpretativa, particularmente desde España. Los nombres de Rocío Dúrcal, las hermanas Izaskun y Amaya Uranga (del grupo coral Mocedades) y Rocío Jurado aparecen como las primeras opciones que permite una revisión superficial de aquellas generaciones. Otros nombres, como Ángela Carrasco (República Dominicana), María Martha Serra Lima (Argentina), Marlene Arias (Venezuela), también destacaron con grabaciones inolvidables.

La argentina Mercedes Sosa (1935-2009) poseía un profundo tono vocal, además de una telúrica presencia escénica. En las antípodas de lo que representan hoy las mujeres “libres” de la música pop, la libertad de la legendaria “Negra” fluía de su humanidad y su mensaje, pero también de su capacidad para interpretar, en términos musicales, la amplia gama de géneros folklóricos de su tierra y de esa Latinoamérica rural que encarnaba. Si quisiéramos encontrar una intérprete actual que se ubicara a ese nivel, nos quedaríamos horas mirando al techo sin conseguirlo. Voces globales aun vigentes como las de Susana Baca (Perú), Björk (Islandia), Omara Portuondo (Cuba) o Cesaria Evora (Cabo Verde) pertenecen también a otras generaciones.

Por el lado del rock en castellano, buenas cantantes fueron y siguen siendo la española María Gara, Alaska para los amigos, y su paisana Luz Casal. Asimismo, Argentina produjo voces fenomenales como Patricia Sosa, María Rosa Yorio -quien fuera pareja de Charly García entre 1978 y 1982 aproximadamente-, Fabiana Cantilo, la rosarina Silvina Garré, Celeste Carballo y Claudia Puyó, la que acompaña a Fito Páez en el grand finale de su éxito El amor después del amor (1992).

En México, Alejandra Guzmán dedicó al rock el talento que heredó de sus padres Silvia Pinal y Enrique Guzmán, pionero del rocanrol en nuestro idioma. “La Guzmán” ingresa al rubro de cantantes con voz no tan prodigiosa pero cargada de actitud y expresividad, como también son los casos de Christina Rosenvinge, Ana Torroja (España) o Andrea Echeverri (Colombia).

Voces extraordinarias amenazadas por el olvido

Uno de los peores daños que artistas contemporáneas muy famosas y multimillonarias como Shakira (Colombia), Ariana Grande (Estados Unidos) o Dua Lipa (Inglaterra) y sus cientos de clones -a quienes podemos rastrear desde las épocas de Britney Spears y Thalía- le hacen a la apreciación sonora de las nuevas generaciones es la idea de que así se canta bien. Al escuchar a diario esas voces limitadas y procesadas, niños y niñas interiorizan esa noción equivocada y crecen sin experimentar la emoción que generan voces extraordinarias del pasado como Barbra Streisand (Estados Unidos), Paloma San Basilio (España) o Gal Costa (Brasil).

En la era de la música disco, por ejemplo, surgió toda una generación de vocalistas mujeres, mayormente afroamericanas, con registros y técnicas depuradas, herederas tanto de las reinas del gospel, el blues y el soul -Aretha Franklin, Diana Ross, Bessie Smith- como de las divas del jazz -Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Nina Simone-, capaces de verdaderas proezas vocales, emotivas y vibrantes, pero aplicadas al género más de moda. Me refiero, por ejemplo, a Donna Summer, Gloria Gaynor, Chaka Khan o Patti LaBelle. También en esos años destacaron las voces de Olivia Newton-John, Yvonne Elliman o Linda Ronstadt, provenientes de las escenas country, pop y del teatro musical.

En los ochenta, ese legado fue recogido por una nueva hornada de cantantes, encabezada por Whitney Houston y, algunos años después, Mariah Carey. En las mismas radios en que escuchábamos, por ejemplo, voces cumplidoras y expresivas, aunque no necesariamente buenas, como las de Madonna o Gloria Estefan, nos cruzábamos con la fuerza rockera de Joan Jett, el misterioso y oscuro encanto de Siouxsie Sioux o la aterciopelada voz de Christine McVie, la más alta en las finas armonías que armaba Fleetwood Mac.

En nuestra música criolla encontramos más ejemplos de excelentes ataques vocales femeninos. Escuchar a Cecilia Barraza, Bartola, Lucía de la Cruz, Eva Ayllón, Lucila Campos, Tania Libertad o María de Jesús Vásquez da gusto, por esa heterogeneidad que contrasta con las fotocopiadas voces de cumbiamberas y salseras actuales que solo saben repetirse entre ellas, con un “estilo” que limita las posibilidades del público de conocer y familiarizarse con las buenas voces, todavía están por ahí, cantando mejor y vendiendo menos.

Las cantantes buenas nunca desaparecerán

En los tiempos dorados de la música popular se formó un bagaje musical de amplios parámetros, desde el pop anglosajón perfecto de Karen Carpenter hasta los cantos exóticos de Yma Súmac. Mujeres de belleza natural, como Tina Charles o Angélica María, aparecían en la televisión sin disfuerzos, sin despojarse de su intimidad, sin alardear de ser tan “atrevidas” como los hombres y conquistaban a sus públicos, cantando bien.

Quizás la última representante de este tipo de mujer cantante pop, elegante y sugerente a la vez, coqueta pero sin entregarse a la (rentable) experiencia de cosificarse voluntariamente, haya sido la canadiense Celine Dion (57), quien vinculó el universo de Barbra Streisand con el de Kylie Minogue con asombros naturalidad. Es cierto que, en todas las décadas anteriores a esta, siempre ha sido el género masculino el dominante, tanto en las empresas discográficas como en las programaciones radiales e incluso entre el público masivo que, por ese motivo, da más atención al atractivo físico cuando se trata de mujeres en cualquier campo artístico.

Pero, en la medida que eso fue cambiando, las cosas para las mujeres en la música, en lugar de mejorar, empeoraron hasta degradarse y llegar a los extremos hipersexualizados de la actualidad. Esta degradación hegeliana, signo de los tiempos que vivimos, no ha impedido que aparezcan buenas voces, aquí y allá. Beyoncé y Adele son dos ejemplos, aunque ahí el problema es el tipo de canciones que interpretan.

Desde los años noventa surgió un segmento de público que acogió a voces pop pero formadas en el mundo clásico. Por ejemplo, Sarah Brightman (Inglaterra), Charlotte Church (Gales) o Emma Shapplin (Francia), a mitad de camino entre la rígida ópera de la rusa Anna Netrebko o la italiana Cecilia Bartoli -herederas de una larguísima tradición que tiene en la griega Maria Callas a su punto más alto en el siglo XX- y la volátil nueva era de Loreena McKennitt o Enya, tuvieron cierta popularidad pero, poco a poco, fueron también desplazadas por cuestiones más prosaicas y hasta grotescas, como las que hoy dominan las modas y preferencias.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 20 de noviembre de 2020 el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich, suprimió canónicamente la Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) en su arquidiócesis, como medida final tras una exhaustiva investigación iniciada en 2019. Seguirían las supresiones en las diócesis de Paderborn, Augsburgo, Münster y Rottenburg-Stuttgart, la última en febrero de 2023.

El detonante fueron “graves acusaciones” de antiguos miembros sobre “prácticas abusivas” en la comunidad, incluyendo manipulación psicológica, dependencia emocional y violaciones a la libertad personal, no de manera eventual y esporádica, sino como parte de un “sistema de abuso espiritual” estructural. Estas quejas, que se acumulaban desde los años setenta y fueron ignoradas entonces, se intensificaron en 2018-2019, en paralelo al escándalo de abusos sexuales en Alemania.

En el documental “Geknechtet unterm Kreuz – Leben in einer katholischen Sekte” (“Esclavizados bajo la cruz: Vida en una secta católica”), emitido el 30 de noviembre de 2021 por Bayerischer Rundfunk, una cadena de televisión bávara, se detallan los principales tipos de abusos basados en testimonios de exmiembros e informes eclesiásticos.

Abuso espiritual y psicológico

Manipulación y control totalitario: La comunidad imponía un “sistema de dependencia psíquica” donde la disidencia se equiparaba a un “pecado contra el Espíritu Santo”. Los líderes, agrupados en torno a la fundadora Traudl Wallbrecher, fomentaban un “culto a la personalidad” e indoctrinación, presentando a la Comunidad Católica Integrada como una “élite salvadora de la Iglesia”. Exmiembros describen procedimientos que pueden catalogarse como “lavado de cerebro” y aislamiento de familiares y amigos externos, con sanciones como el ostracismo para quienes cuestionaban las decisiones de las autoridades de la comunidad.

Abuso del sacramento de la penitencia: Se usaba la confesión para control disciplinario y psicológico, obligando a revelaciones íntimas que se compartían en asambleas comunitarias, violando la privacidad y generando vergüenza en los miembros que eran sometidos a esta humillación pública.

Interferencia en relaciones personales: La asamblea comunitaria decidía sobre matrimonios, separaciones y hasta la procreación —hasta el extremo de prohibir tener hijos u obligar a tenerlos, según fuera “útil para la comunidad”—. Esto incluía romper parejas o matrimonios contra la voluntad de los involucrados.

Abuso financiero y económico

Explotación económica: Los miembros debían entregar sus ingresos, herencias y propiedades a la comunidad, que los usaba para proyectos como “casas de integración” o la adquisición en 1995 y posterior acondicionamiento de la Villa Cavalletti, una histórica villa del siglo XVI ubicada en Grottaferrata cerca de Roma, utilizada brevemente como un centro teológico y de formación. No había transparencia en el manejo de fondos, y se presionaba para abandonar profesiones estables en favor de “compromisos totales” en beneficio de la institución.

Dependencia financiera: Se promovía la renuncia a la autonomía económica, en aras de una “obediencia evangélica”, lo que dejaba a muchos de los que se iban de la comunidad sin recursos y en estado de relativa pobreza.

Abuso en perjuicio niños

Separación de niños de padres: En las “casas de integración”, que funcionaban como una especie de comunas, los hijos eran separados frecuentemente de sus padres para ser educados colectivamente, generando traumas y negligencia emocional. Exmiembros relatan que se se sintieron crecer “como huérfanos” en un entorno de control ideológico.

Peligro para el bienestar infantil, con presiones psicológicas sobre familias que violaban normas básicas de la comunidad.

Abuso sexual

Aunque menos central, hay indicios de “casos individuales de abuso sexual” de hace más de 40 años, durante las décadas de los setenta y ochenta, posiblemente por parte de miembros o sacerdotes vinculados.

La Integrierte Gemeinde (IG, Comunidad Integrada) fue fundada en 1965. Sus orígenes se remontan a 1945, cuando la iniciadora, Traudl Wallbrecher, desarrolló la idea de un nuevo comienzo en la Iglesia conectado con las raíces judeocristianas como respuesta al Holocausto. Tras su matrimonio con el abogado Herbert Wallbrecher, surgió el núcleo de lo que luego sería la Comunidad Integrada. El grupo se estableció a finales de los años sesenta en Múnich. Durante un tiempo se la consideró un esperanzador impulso renovador en la Iglesia católica y, según su propia descripción, quería ser “un lugar para un cristianismo ilustrado e íntegro”. Su orientación espiritual y teológica se basaba en la exégesis moderna, el movimiento litúrgico y ecuménico, las raíces judías del cristianismo, y la filosofía y literatura de posguerra —entre otros, los existencialistas franceses—.

Los miembros de la Comunidad Integrada se entendían como una gran familia formada por matrimonios y solteros, sacerdotes y laicos, ancianos y jóvenes. Vivían repartidos por todo Múnich en comunidades conocidas como “casas de integración”. Un fuerte sentimiento elitista y el comportamiento percibido por exmiembros como adoctrinamiento y culto a la personalidad de la fundadora Traudl Wallbrecher marcaron la convivencia.

La jerarquía eclesiástica se mostró inicialmente reservada y cautelosa respecto a esta iniciativa. Ya en 1973 constaban en actas acusaciones de restricción de la libertad de los miembros y prácticas de abusivas por parte de la dirección de la comunidad.

A partir de 1976 se estableció un contacto más estrecho con Joseph Ratzinger, quien poco después sería nombrado arzobispo de Múnich y cardenal de la Iglesia. Ratzinger aprobó eclesiásticamente la Comunidad Integrada en su arquidiócesis en 1978; ese mismo año también fue reconocida en Paderborn por el arzobispo Johannes Degenhardt. A la comunidad se incorporaron varios teólogos de renombre que, gracias a la cercanía con Ratzinger, le otorgaron considerable prestigio. Rudolf Pesch reclutó a numerosos miembros de su comunidad estudiantil de Fráncfort para la Comunidad Integrada y en 1984 abandonó su cátedra. En 1977 se trasladó con su familia a una “casa de integración” y en 1996 su hija se casó con un hijo del matrimonio fundador; la boda fue oficiada en Roma por el cardenal Ratzinger. También se incorporaron el renombrado biblista Norbert Lohfink y su hermano Gerhard, teólogo, quien en 1986 igualmente dejó su cátedra y se mudó a la comunidad. La Comunidad Integrada se hizo presente y fue aprobada en otras diócesis de Alemania, Austria, Tanzania e Italia, o se destinaron sacerdotes de la comunidad a parroquias de esas diócesis.

En 1994 se fundó la comunidad sacerdotal vinculada a la Comunidad Integrada. Posteriormente ésta cambió su nombre por Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) y se convirtió en un grupo de católicos comprometidos, principalmente del sur de Alemania, que gracias a su posición especial como entorno familiar y de amistad de Joseph Ratzinger ganó influencia tanto en el ámbito eclesial interno como en la curia romana.

El vínculo con Ratzinger quedó ampliamente documentado en el libro “30 Jahre Wegbegleitung: Joseph Ratzinger/Papst Benedikt XVI. und die Katholische Integrierte Gemeinde” (“30 años de acompañamiento en el camino: Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI y la Comunidad Católica Integrada”), publicado por la misma comunidad y que consiste en un recuento de encuentros, cartas y fotos inéditas. Ratzinger habría visto en el grupo un «impulso esperanzador» para la Iglesia post-Vaticano II, en un contexto de crisis eclesial. La comunidad, con su énfasis en la liturgia renovada, el ecumenismo y las raíces judías del cristianismo, encajaba en las ideas de Ratzinger sobre una “Iglesia como comunión” y sobre la recuperación de lo esencial de la fe.

La Comunidad Católica Integrada se convirtió en un “entorno familiar y de amistad” para Ratzinger, quien la describió como una “comunidad de contraste” con el mundo, que actuaba como “sal de la tierra” en una sociedad secularizada. A partir de 1981, ya como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger continuó respaldándola, al punto de que en 1985 fue erigida como “asociación de derecho público” de acuerdo al canon 301 del Código de Derecho Canónico. La influencia de Ratzinger fue clave en la expansión Comunidad Católica Integrada, la cual fundó la Academia para la Teología del Pueblo de Dios en la Villa Cavalletti (Roma) en 2003, con un mensaje extenso de felicitación de Ratzinger, quien definió su misión como una reflexión interdisciplinar sobre el “Pueblo de Dios” de judíos y cristianos.

Tras su elección como Papa en 2005, concedió audiencias privadas al equipo directivo de la Comunidad Católica Integrada en el Vaticano (febrero de 2006) e invitó a una delegación a Castel Gandolfo ese mismo año, reforzando su rol como “promotor y amigo de larga data”.

Como ya se ha señalado, desde 1973 constaban actas con denuncias de restricciones a la libertad de los miembros y liderazgo abusivo. En 2000, un alto representante de una diócesis alemana informó a Ratzinger de quejas de exmiembros, incluyendo interferencias en matrimonios, confesiones públicas y presiones psicológicas. Ratzinger, según informes, no se sorprendió mucho, pero prefirió defender y acompañar a la comunidad en lugar de investigarla, argumentando que los testimonios de desertores tenían “credibilidad limitada”. Exmiembros lo contactaron directamente, pero él priorizó la lealtad al grupo.

En octubre de 2020, tras el informe final de la investigación encargada por el cardenal Marx, Benedicto XVI se distanció públicamente en una declaración a la revista Herder Korrespondenz: lamentó “profundamente” haber sido “informado insuficientemente” o “engañado” sobre aspectos internos de la Comunidad Católica Integrada, y negó haber avalado todas sus actividades como arzobispo. Afirmó que su aprobación se limitaba a iniciativas específicas, no a las “graves distorsiones de la fe” que habían sido denunciadas.

Eso no lo excusa ni le quita responsabilidad. Según el periodista Hanspeter Oschwald (1943-2015) en su libro “Im Namen des Heiligen Vaters: Wie fundamentalistische Mächte den Vatikan steuern”

(“En nombre del Santo Padre: Cómo las fuerzas fundamentalistas controlan el Vaticano”), publicado en 2010, quienes más influencias tenían sobre Benedicto XVI eran su secretario Georg Gänswein y el secretario de estado vaticano Tarcisio Bertone, seguidos de la Comunidad Católica Integrada. A continuación venían el Opus Dei y los tradicionalistas.

No debe extrañarnos que durante el pontificado de Ratzinger ninguna sociedad religiosa haya sido suprimida por motivos de abusos y falta de carisma, pues él mismo tuvo una vinculación muy cercana con una institución católica, aprobada canónicamente, que presentaba evidentes características sectarias y donde había un sistema de abusos. Por eso mismo, se entiende que entonces no haya tomado medidas más drásticas contra los Legionarios de Cristo, la Comunidad de las Bienaventuranzas y el Sodalicio de Vida Cristiana, por mencionar algunos ejemplos.

Tiene razón Alejandro Bermúdez cuando cree que durante el pontificado de Benedicto XVI no se hubiera suprimido al Sodalicio de Vida Cristiana, como no se suprimió a los Legionarios de Cristo. Pero eso no se debería a las virtudes de Ratzinger, sino más bien a su irresponsable ingenuidad que le llevó a prestarle todo su apoyo a una secta católica, la cual nunca hubiera tenido la expansión e influencia que logró si no es por su amistad con el Papa alemán.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El 23 de agosto de 1960 al canciller Raúl Porras Barrenechea casi se le acababa la vida pero ello no le impidió hacer uso de la palabra en la VII Reunión de Cancilleres de la OEA que se llevó a cabo en Costa Rica, bajo auspicio de Estados Unidos y con la deliberada intención de expulsar a Cuba de la organización, luego del triunfo de su revolución y su acercamiento al régimen socialista de Moscú.

La presión y hegemonía norteamericanas surtieron efecto en la sesión: todas las delegaciones votaron a favor de la expulsión de Cuba o se abstuvieron con excepción de dos, la peruana y la cubana, directamente perjudicada con la medida. Esta historia trae más que esto, Porras actuó desobedeciendo la orden de su gobierno, el de Manuel Prado. Fue el acto principista de un hombre que se moría y que antepuso su dignidad por sobre cualquiera otra consideración.  Y Porras no era socialista, por algo era canciller del conservador Prado, sencillamente creía en el americanismo y en la libre determinación de los pueblos.

Aquél día, en su célebre y recordado discurso señaló que la <<base del sistema democrático debía ser la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios, y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación, que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales>>.

De esta manera, desde premisas desarrollistas que clamaban por la mejora material de la condición humana en nuestro continente, a través del integracionismo, Porras planteó alcanzar el bienestar compartido, para, al final de su alocución, abogar por una solución pacífica a las divergencias surgidas entre Cuba y Estados Unidos.

He querido rescatar la proactividad de Porras, su capacidad de iniciativa y de enfrentar con propuestas los grandes desafíos regionales porque cobran relevancia en tiempos en los que Donald Trump amenaza abiertamente a la región con repotenciar la vieja doctrina Monroe para defender los intereses de Estados Unidos, aparentemente amenazados por China y eventualmente los BRICS. El viejo y conservador líder tiene motivos por los cuales preocuparse: los chinos son el mayor socio comercial de la mitad de nuestros países y acaban de inaugurar el mega puerto de Chancay con lo cual ya cuentan con una cabecera de puente en la región para sus operaciones comerciales.

Pero también recordaba a Porras debido al tenor quejumbroso de ciertos sectores respecto de las políticas trumpistas que no son novedad,  y no lo son, como el mismo señala, desde que en 1823 su lejano antecesor James Monroe plantease la doctrina a la que hoy se recuerda por su nombre. A primera vista, la intención de esa antigua geopolítica era defender el continente de la agresión de potencias europeas pero, a reglón seguido, quedó claro que la idea, más que altruista, buscaba reservar América Latina como zona de influencia de Estados Unidos, allí donde filibusteros como William Walker pudiesen hacer realidad sus sueños imperialistas más excéntricos.

Después vinieron los demás. A inicios del siglo XX, Theodore Rooselvelt comprendió que el imperio americano no podía estar en manos de aventureros e instituyó el Big Stick para intervenir donde quisiese cada vez que fuese necesario solo que con marines y ya no con corsarios desvariados. Ocho décadas después, las cosas habían cambiado poco.  En 1989, George H. W. Bush invadió Panamá con 27.000 marines y logró que el dictador Manuel Noriega se entregue a las fuerzas de ocupación americanas luego de buscar asilo en la sede episcopal del istmo.

Ahora es el turno de Donald Trump: entre supuestos narco-botes hundidos con misiles teledirigidos, reiteradas amenazas a la soberanía venezolana, aranceles por las nubes y la evocación a James Monroe para expulsar a los chinos de la región, el inefable líder mundial cavila una nueva y gran aventura imperialista sobre América Latina.

Pero a mí lo que me molestan son las lamentaciones. Los Estados Unidos no son el malo del cuento, mucho menos el bueno: es un hegemón que actúa como tal. A pesar de algunos periodos de acercamiento con la región como la Buena Vecindad de F.D. Roosevelt o la Alianza para el Progreso de J.F.Kennedy, el hegemón seguirá siendo tal -léase un imperio- que velará por sus intereses y por los de nadie más. China hace los mismo, pero es más sutil, la diplomacia de Xi Jinping hacia el Tercer Mundo es la mano extendida, pero es hegemón al fin y al cabo, salvo que los orientales, en virtud de su cosmovisión del mundo, le den una vuelta de tuercas a las teorías sobre el poder y la razón de Estado que manejamos desde los tiempos de Nicolás Maquiavelo y Tomas Hobbes. Pero la historia dice otra cosa.

La verdadera pregunta, en medio de tantas lamentaciones, es qué estamos dispuestos a hacer para cambiar la historia de América Latina y obtener nuestro lugar en el mundo, porque el hegemón no va a cambiar, así como en la naturaleza de un depredador estará siempre serlo

Y no me refiero a revoluciones trasnochadas, ni a bloques regionales endebles y temporales que se sostuvieron en los altos precios del petróleo en los mercados internacionales. Me refiero a cómo integrar mercados, a cómo integrar economías, a cómo integrar tecnologías, con quién hacerlo y hasta qué punto, pensando en la funcionalidad del proyecto. Estoy pensando en llevar la Alianza del Pacífico, tan golpeada recién por los conflictos con México, al plano del desarrollo de la industria y la tecnología, estoy pensando en la propia China y en Corea del Sur hace setenta años, cuando eran países tan tercermundistas cómo nosotros. Algo hicieron al respecto ¿verdad? Y lo hicieron solos, por iniciativa propia, y lograron que el mundo juegue a su favor.

Pero nosotros ni siquiera nos detenemos a pensar en ello, ¿es que no hay en América Latina cuatro o cinco líderes capaces de idear un camino desarrollista de mediano plazo? El triunfo de la patria chica tiene el rostro del  fracaso colectivo mientras que  el hegemón lo seguirá siendo, y no hace falta llorarlo ante nadie.

Imagen: Recordado diplomático Raúl Porras Barrenechea, defendió el interamericanismo, como camino hacia el desarrollo y bienestar compartidos

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