Opinión

[OPINIÓN] Aun cuando supiéramos que la política, en los últimos cuarenta años, no ha dejado de dar asco, y pensando especialmente en los procesos de 2001, 2011, 2016 y 2021 en que ganó siempre un “mal menor” por el que terminamos votando sin dudarlo ni un segundo, de todas formas daba gusto seguir las transmisiones de los dos feriados, ya sea como simple espectador -sentado frente al televisor, renegando- o como periodista interesado en la noticia y cobertura -los nombres, las presencias/ausencias, los análisis, los protocolos, los gestos, los detalles curiosos-, porque siempre había algo positivo: la posibilidad de reírnos con las paparruchadas de los conductores de televisión, el ejercicio retórico ante el discurso, la emoción de ver a las brigadas caninas, los desfiles militares y escolares, la algarabía de las personas de a pie en tribunas vitoreando a sus hijas, sus hermanos, sus parejas, mientras marchaban.

Todo eso ha desaparecido este 2026. Mejor dicho, han desaparecido las ganas de ver todo eso. Ni siquiera este brillante y extraño sol de julio, preámbulo de lo que será un terrible fenómeno climático, capaz de hacernos olvidar que julio solía ser uno de los meses más fríos en Lima, sirvió para que tanto la Misa Te Deum y el Mensaje a la Nación del 28 como el Desfile Militar del 29 generaran esa sensación de patriotismo epidérmico -casi como el que generan los partidos de la selección- que iba más allá de las coyunturas, siempre atragantadas de sucia politiquería. Porque al final de cuentas las festividades nacionales trascienden o deberían trascender a la viruta encanallada de quienes año tras año utilizan el poder para satisfacer sus propias ambiciones y oscuros deseos de venganza. Esta vez no fue así.

En casa tenemos un juego, “El Juego de las Canciones” se llama. Nos juntamos frente al televisor conectado a internet y pedimos cada uno al YouTube una canción, de la época y estilo que uno quiera. Aunque el tema generalmente es libre, tratamos de ser considerados con los gustos más o menos estándar y los niveles de tolerancia de los participantes, no solo al tipo de música sino a la duración de las canciones, algo así como lo que en la política y la práctica mediática se suele denominar “autocensura” o, para no irnos tan allá, autocontrol.

Es decir, si alguien escoge una de José Luis Perales o de Journey, y luego los otros siguen la línea pidiendo Men At Work, Camilo Sesto o los Bee Gees, en mi turno no voy a lanzar una de Morbid Angel, el Genesis setentero o Keith Jarrett. O sea, no está prohibido, pero es allí donde se activa el mencionado autocontrol. Porque finalmente se trata de pasarla bien y no incomodar a nadie, aunque de vez en cuando nos permitamos ligeras digresiones para matizar. Es como un karaoke pero no para cantar -aunque siempre son bienvenidos unos buenos gritos para acompañar tu elección-, sino para escuchar. Y, como la fuente es YouTube, mayormente se trata de escuchar pero también de ver, activando motores nostálgicos de poderoso potencial divertido y motivador a través de videoclips que ya nadie programa en ninguna parte.

Si reúnes a cuatro o cinco personas con amplia cultura musical y obsesionadas con ello, las posibilidades son ilimitadas y muy entretenidas. Generalmente, jugamos mis hermanos, mi esposa y yo -mi papá también participó alguna vez, introduciendo entrañables boleros de Rolando La Serie o valsecitos de la Guardia Vieja en medio del rock, la salsa y las baladas- y literalmente, podemos pasar horas jugando. Las nostalgias, los estados de ánimo, la vocación por compartir con tus seres queridos algo que te gusta mucho y que no conocen tanto o rescatar del pasado videos que no veíamos hace tiempo, nos integra y libera.

No recuerdo quién de nosotros llegó a casa con la idea del juego, pero ya llevamos más de diez años haciéndolo -en reuniones de fines de semana o feriados largos- y no nos aburrimos nunca. El 28 de julio, en lugar de pasar Fiestas Patrias sintonizando el Te Deum o las palabras huecas del Mensaje a la Nación, tuvimos una nueva jornada de este pasatiempo que nos permitió evitar esas transmisiones en directo que, seguramente, deben haber estado insufribles.

Por supuesto que la lamentable agenda política marcó nuestras decisiones al momento de pedirle canciones al YouTube aquel mediodía del martes 28. Por ahí sonó Am I evil?, clásico del metal británico que grabara Metallica en su primera época, con video armado por un cibernauta mostrando escenas de viejas películas donde aparecen brujas siendo quemadas -cada quien puede pensar en su candidata favorita-, Silvio Rodríguez y sus temas de rabia y esperanza, Los dinosaurios de Charly García, La peste de Narcosis, Parlamanías de Los Troveros Criollos. Pero uno de los momentos más bacanes de esa tarde de escapismo musical fue cuando uno de nosotros solicitó El baile de los que sobran, éxito principal de Pateando piedras (1986), el segundo álbum del trío chileno Los Prisioneros.

Es una canción lanzada hace exactamente cuarenta años que cuyo sonido y letra no solo nos remite a nuestra adolescencia, una época difícil pero a la vez marcada por el pueril idealismo de creer que quejándonos las cosas podrían mejorar, sino que sirve también como constatación de que seguimos tristemente igual, “en las mismas”, como agregó Jorge González en la versión en vivo incluida en el álbum doble y DVD que registró el multitudinario concierto ofrecido por su banda el 2001 en el Estadio Nacional de Santiago. Pero con el agravante de que, a las edades actuales, pensar que todo puede cambiar ya no es de inocentes sino de tontos útiles.

En casa no escuchamos en directo el Mensaje a la Nación del 28, no vimos el Desfile y Parada Militar el 29. Fuimos, probablemente, una rara avis en esta sociedad que se ha olvidado de cómo funciona la subcultura del boicot, por el marasmo y la inercia de lo que se tiene que hacer en determinadas ocasiones. Y la verdad, se sintió raro. Fue como pasar los feriados de Semana Santa sin ver Los Diez Mandamientos ni Ben Hur. Se sintió raro y también sano, como cuando uno sale del dentista tras una profilaxis, como cuando uno apaga el ruido tóxico de la ciudad para respirar aire fresco y no escuchar necedades. Como entrar a una iglesia o un museo y dejar que el silencio te tranquilice, aunque sea por un instante.

Después nos enteraríamos por redes de lo principal -titulares, fotos, resúmenes, bytes-, pero decidimos no participar ni darles rating a los canales de televisión y sus odiosas cuñas para anunciar por enésima vez la pantomima de “la fiesta democrática”. Por cuestiones estrictamente laborales, tengo la desagradable obligación de informarme y consumir noticias pero, en lo personal, preferí por dos días no ver aquello que, como ciudadano y como periodista, siempre he visto/escuchado con interés y hasta con delectación: los detalles noticiosos, los nombres, las curiosidades, criticar a los comentaristas, analizar las mentiras, las alianzas, las traiciones. Este año no fue así y se sintió bien.

El baile de los que sobran -los ladridos sintetizados, la guitarra acústica de fondo, los teclados electropop, las frases agudas y vigentes-, himno generacional para quienes crecimos a mediados de los ochenta, retrata la amarga resignación frente a las aplastantes injusticias de siempre y convoca a la protección comunitaria, a la organización para resistir y para protegerse de la discriminación, del abuso. Y también, cómo no, para consolarse mutuamente entre iguales. ¿Cuántos jóvenes de hoy, hipnotizados por la IA, las redes sociales y esos nuevos “cuentos sobre el futuro” engrosarán ese baile en los próximos cinco años en el Perú?

 

 

 

 

[Migrante al paso]  Hoy estaba hablando con mi gran amigo, vive en Londres, y está de vacaciones en un balneario de Portugal. Me dijo para prender la cámara y me enseñó cómo un joven de negro tocaba un violín eléctrico al centro de una plaza redonda, tanto la música como el piso empedrado me dieron nostalgia. Los violines siempre me llamaron la atención, el sonido de esas cuerdas parece cortar el tiempo y aliviana el peso que todos llevamos encima. Se siente como una pluma que cae lentamente, casi flotando, para reposar sobre un pequeño lago o riachuelo. No soy creyente de ninguna religión, pero si algo me hace sentir cercano a un plano celestial es ese sonido. Va más allá de la melodía. Se siente mágico como si pudiera invocar tormentas o despejar el cielo de toda interferencia.

Cuando vivía en Buenos Aires, caminando por las calles porteñas me crucé una tienda antigua. Se veían instrumentos de madera por la ventana. Crucé una puerta pequeña y me encontré a un señor, era flaco, canoso y muy delgado. Me recibió con una sonrisa, pero su mente estaba en otro lado. Estaba enfocado en otra cosa, estaba fabricando un violín a mano. De puro impulso gasté plata que no tenía en comprarme uno. Hay mucha variedad en los precios, mientras más antiguos según la calidad de fabricación y la madera el sonido mejora. Yo me compré uno nuevo, pero aun así era caro. Tuve un par de clases y quedó ahí, de hecho, no lo traje conmigo cuando regresé a Lima. Una maldición que me persiguió durante toda mi vida que es no terminar lo que comienzo.

Es muy común ver a gente cantando o tocando algún instrumento en la calle cuando estás viajando, en plazas y parques. Hay de todo, puedes encontrar una voz angelical o una flauta que suena espantoso, pero cualquiera de los dos casos te alegra el día. Ya sea por asombro o risas. Igual me parece respetable poder salir y exponerte a tocar música en la calle, cualquiera no lo hace así nomás. En fin, algo me dice que esos momentos de turismo relajado y libre está llegando a su fin. Si tuviera que predecir el futuro, los países van a abordar políticas proteccionistas y cada vez será más difícil y más caro acceder a ellos. Todo por miedo y odio, la misma historia de siempre.

A no muchos kilómetros de donde estaba mi amigo, unos días después ocurrió un desastre migratorio en Ceuta. Una ciudad española separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar, o sea está en el continente africano, frontera con Marruecos. Entraron por mar aproximadamente 60 mil personas que intentaban escapar de las malas condiciones de vida que tienen. Evito usar la palabra migrante a propósito porque los deshumaniza. Hay niños dentro de esas decenas de miles también. Al igual que en Estados Unidos un grupo comenzó a llamar a personas “alien”. Parece sacado de una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Vale recalcar que hay otro gran grupo que se está oponiendo fuertemente a las medidas antiinmigratorias que se han dado en el último año en ese país.

En Europa, lo ocurrido en Ceuta, ha tenido reacciones distintas, pero algunos países como Italia y Francia han reforzado sus fronteras e incluso han solicitado limitar los movimientos de España. Esas reacciones de odio hacia quienes inmigran suceden en todos lados, lo he visto en Londres hacia personas de India y, sin ir muy lejos, en nuestro país he escuchado demasiadas veces cómo le echan la culpa de casi todo a las personas venezolanas. Se repite en todos lados y en muchos momentos de la historia. Casi siempre momentos recordados como oscuros.

De repente se dejarán de escuchar violines, cantos y sonidos desafinados por las plazas y parques. De repente los viajes que poco a poco se fueron volviendo más accesibles regresarán a ser algo casi imposible de hacer. Espero que no. Está comprobado que el desarrollo de la humanidad ha ido de la mano con movimientos migratorios masivos. Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo. Si ocurre un caso extremo pedir algo como entrar y comprarme un violín en una tienda extranjera pasaría a ser un sueño. La sociedad mundial está comenzando a padecer los mismos síntomas que tenía en momentos como la Europa postguerra o el apartheid en Sudáfrica. Me temo que detrás de ese pensamiento masivo de odio y miedo se esconde algo mucho peor. Como les pregunté hace unos meses con unos amigos, con este pensamiento, mientras caminábamos por Rotterdam: ¿Les da miedo que Europa deje de ser lo que era o, simplemente, les molesta que dejara de ser blanca?

“Desde 2016 hasta ahora tuvimos un parlamentarismo de facto que maniató de tal manera al Ejecutivo que motivó la vacancia o renuncia de ocho presidentes”, asegura el historiador Daniel Parodi.

“Juro que defenderé esta tierra, la soberanía nacional, la libertad, la democracia y la independencia de los poderes del Estado”, dijo Keiko Fujimori en el Congreso peruano cuando asumió como la primera presidenta elegida en las urnas en el vecino país. En el estrado la acompañaban el titular del Senado, Miguel Ángel Torres, un ejemplar de la Biblia, un crucifijo y un pergamino que la mandataria firmó para mechar el ritual de la asunción al poder.

La ceremonia continuó con el primer discurso de Keiko ya investida con la primera magistratura. En primera fila la escuchaban el rey Felipe de España, el chileno José Antonio Kast, el argentino Javier Milei y el ecuatoriano Daniel Noboa, entre otras autoridades invitadas.

Antes de comenzar a leer su mensaje, la presidenta peruana observó cómo los integrantes de la bancada parlamentaria opositora de Juntos por el Perú se levantaron y dejaron la sala en señal de protesta.

“Este mandato me compromete a construir el futuro que soñamos, pero para eso debemos tener el valor de mirar nuestra realidad de frente, sin anestesia, sin maquillaje, sin medias verdades. El diagnóstico de nuestra patria en este momento es complejo y doloroso”, afirmó Fujimori en su intervención, el mismo día del cumpleaños de su fallecido padre.

Añadió que “recibimos un país marcado por el abandono; recibimos un Estado debilitado por la improvisación reflejada en la ausencia de una visión de país que identifique los objetivos nacionales que demandan nuestro Perú; un Estado a la deriva por la carencia de una gestión estratégica que organice a las entidades detrás de dichos objetivos; un Estado debilitado por la corrupción donde las instituciones dejaron de servir a los ciudadanos con servicios básicos que nunca llegaron a quienes más lo necesitaban”.

Aludió que había “miles de obras paralizadas o mal ejecutadas. Un sistema de salud que llega tarde o que nunca llega y un transporte caótico que les arrebata cada día tiempo, oportunidades y no solo la calidad de vida a millones de peruanos, sino lamentablemente en muchos casos también les arrebata la vida misma”.

En su intervención de 14 páginas se refirió a las medidas que adoptará en sus primeros cien días en materia de seguridad, economía y obras públicas. “El reloj ha comenzado a correr. Los 1.826 días de trabajo por la grandeza de nuestra patria empiezan ahora mismo”, concluyó. Luego, se fue caminando hasta la Casa de Pizarro, la sede gubernamental, y en el camino saludó afectuosamente a sus hijas, Kyara y Kaori.

El periodo presidencial inaugurado este martes y que termina en 2031 tiene como particularidad que coincide con el regreso del sistema bicameral, pues hasta ahora el Senado no funcionaba como tal.

“El regreso al sistema bicameral, junto con una serie de reformas electorales, ha permitido que las bancadas parlamentarias se reduzcan a seis. Comenzamos con 35 candidatos esta elección, pero sin embargo, solo seis partidos tienen representación y además los partidos que han ingresado al Congreso aparentemente son los más organizados e institucionales, lo que es positivo”, explica el historiador peruano Daniel Parodi.

El académico también valora que el Senado sea controlado por el oficialismo y la Cámara de Diputados tenga supremacía opositora: “Esto restituye el equilibrio de poderes, lo que no tuvimos durante los últimos diez años y que explica todo el caos político y los ocho presidentes. Me da la impresión que vamos a tener un congreso con posturas claras, sólidas, con mejor nivel y al que no le va a quedar otra que negociar y conversar para que haya acuerdos y avanzar en la agenda nacional en los puntos más importantes donde hay coincidencia, en la inseguridad ciudadana, la precariedad de los servicios estatales y la necesidad de infraestructura para el desarrollo”.

¿Cómo se llegó a solo una cámara legislativa?

“Se adoptó en la Constitución de 1993 de Alberto Fujimori que dejó de lado la bicameralidad. Sucedió porque Fujimori tenía gran aprobación y su narrativa acusaba que la situación que vivía el país con hiperinflación y terrorismo era responsabilidad de los políticos y los partidos tradicionales, esa era la narrativa y de eso se desprende otra, adjunta, que no eran necesarios tantos parlamentarios, que eran un gasto excesivo para el Estado. Eran posturas demagógicas y populistas”.

Es paradójico que ahora las dos cámaras le den estabilidad a la hija de Alberto Fujimori.

“Más aún, hasta ahora la mayoría del Congreso era con el protagonismo del fujimorismo, que fue una de las fuerzas que promovió el retorno a la bicameralidad aunque hubo controversias porque se criticaba que lo hacían para que ellos mismos pudieran reelegirse y cambiar de Cámara. Independiente de eso, porque muchas veces en política los resultados no son los que uno prevé, las propias condiciones están empujando a la clase política peruana a institucionalizarse más y a actuar más democráticamente. Es una circunstancia un tanto paradójica”.

¿Con esto se termina el parlamentarismo de facto?

“Desde 2016 hasta ahora tuvimos un parlamentarismo de facto que mecantó de tal manera al Ejecutivo que motivó la vacancia o renuncia de ocho presidentes y sumió al país en una década de desorden, caos político y crisis institucional. Curiosamente el día que Keiko Fujimori asume la presidencia, cuyo movimiento estuvo vinculado con el parlamentarismo, se restituye el equilibrio efectivo entre el Ejecutivo y el Legislativo. Si nuestros políticos son inteligentes tienen que abrir obligatoriamente un espacio para el diálogo y la negociación bien entendidas, que finalmente en eso consiste la democracia”.

https://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2026-07-29&PaginaId=9&BodyId=0

«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción o artista mencionados en los artículos para verlos en YouTube»

[Música Maestro] En nuestra historia política reciente hemos visto, sin reaccionar lo suficiente, con una resignación casi colonial, que personas con poder llamen a nuestros compatriotas del sur “ciudadanos de segunda clase” o incluso asegurando alegremente, para defenderse de las protestas que “Puno no es el Perú”. Hoy que conmemoramos 205 años de independencia y lo hacemos, paradójicamente, iniciando un periodo de nuevas formas de esclavitud -ideológicas, mediáticas-, hagámoslo recorriendo Puno y su música, porque Puno sí es el Perú.

Puno: Capital del folklore peruano

El 7 de noviembre de 1985, por Decreto Ley 24325, Puno fue nombrada Capital del Folklore Peruano, en reconocimiento a la amplia variedad de danzas y géneros musicales que, según los expertos, llega a 350 tipos diferentes, originados en el profundo mestizaje que dio forma a la sociedad puneña, heredera del legado Tiahuanaco, quechua y aimara, asentada en nuestra Meseta del Collao.

A través de su desarrollo histórico, la importancia de Puno como centro neurálgico de la actividad política, social y económica del Altiplano se vio coronada con una serie de manifestaciones populares que, poco a poco, han ido ingresando al imaginario colectivo hasta posicionarse como uno de los más grandes motivos de orgullo nacional en tiempos modernos.

Como ya hemos revisado en otras entregas, las expresiones musicales de las distintas regiones del Perú enfrentan una paradójica situación: a pesar de ser ampliamente conocidas en sus respectivas localidades e incluso elogiadas a nivel nacional e internacional, les resulta muy difícil convertirse en productos artísticos masivos, que generen identificación en las nuevas generaciones de peruanos que no sean, directa o indirectamente, puneños.

Más allá de la Candelaria

Por eso es necesario promover el mayor conocimiento posible de estas manifestaciones portadoras de identidad nacional y con alto potencial integrador. El caso de Puno no escapa, por supuesto, a esta realidad, y sus principales exponentes permanecen en una injusta oscuridad que solo es tenuemente iluminada por los interesados reflectores de quienes desean hacer de la “inclusión” y la “pluriculturalidad” un par de banderas de marketing político que aseguren popularidad, buena imagen y ganancias comerciales.

La música de Puno se despliega con fervor y algarabía durante febrero. Ese mes, sus principales calles y plazas de se llenan de comparsas, pasacalles, coloridos vestuarios, fantásticas máscaras y rítmicas danzas en el Festival de la Virgen de la Candelaria, una de las manifestaciones culturales más bonitas de la sierra sur peruana.

El arte enigmático de las máscaras artesanales se combina con la alegría de los bailes colectivos en un sincretismo religioso que integra lo ancestral y prehispánico con la herencia del catolicismo español. Pero la música de Puno no se limita a los desfiles candelarios pues existe una rica tradición de géneros, estilos y danzas.

Los compositores: Huirse, Valcárcel, Masías

Rosendo Huirse Muñoz (1881-1971) es, probablemente, el compositor de música popular más importante de Puno. Nacido en la provincia de Melgar, escribió entre muchas otras obras el huayno El picaflor (letra de Carlos Emanuel) que solía interpretar al charango. Esta conocida canción ha sido interpretada por todos los grandes exponentes del folklore andino de nuestro país. Aquí, un ejemplo: la versión de Amanda Portales acompañada de los Wayanay.

Además, don Rosendo escribió en 1955 el Himno de Puno, así como otras melodías de gran difusión como el vals Ondas del Titicaca, la marinera La Fandanguera, el huayno Paja brava, entre otras. Su hijo, Jorge Huirse (1920-1992), fue también un famoso periodista, pianista y director de orquestas, quien pasó a la inmortalidad por su composición Montonero arequipeño, inolvidable éxito del dúo Los Dávalos, muy escuchada en el Perú y en Argentina, donde vivió y trabajó muchos años.

Otro nombre importante es el de Theodoro Valcárcel Caballero (1902-1942), uno de los primeros peruanos en fusionar sonidos andinos con música orquestal sinfónica y de cámara. Formado artísticamente en Europa, cultivó un estilo propio orientado a la música de vanguardia, produciendo obras que fundamentales para el desarrollo de la música clásica peruana como la Suite sinfónica (1942) y el ballet Suray Surita (1939), muchas de ellas orquestadas por su colaborador, el músico peruano-alemán Rodolfo Holzmann.

Su sobrino Édgar Valcárcel Arce (1932-2010) siguió sus pasos como compositor académico e incluso incursionó en la música electrónica vanguardista, uniendo estas tendencias modernistas con aires del Altiplano y los Andes peruanos. Su Canto coral a Túpac Amaru (1965), es una de las cumbres de la música experimental peruana del siglo XX. Valcárcel recibió en vida, en el año 2007, la Medalla de Honor José Antonio Encinas, de Derrama Magisterial. A su vez, Fernando, hijo de Édgar, también desarrolló una carrera como compositor sinfónico.

Por su parte, la obra de don Augusto Masías Hinojosa (1932), maestro de música y profesor de Secundaria en diversas instituciones educativas importantes como, por ejemplo, el Glorioso San Carlos -como los Valcárcel-, se ancla nuevamente en los aspectos populares, continuando la tradición de su familia. Su padre, Víctor Masías Rodríguez (1900-1973) fue, en palabras del investigador Félix Paniagua Loza, autor del libro Compositores y músicos puneños (1990) “cultor y creador de grandes manifestaciones musicales, vocales, coreográficas, poéticas y del teatro costumbrista trilingüe, extraídos del ambiente regional de esencia folklórica del altiplano peruano”. Augusto Masías formó con su hermano Julio y los también hermanos Enrique y Máximo Mallea Masías, El Cuarteto Masías, con quienes grabó marineras, carnavales, valses, boleros y huaynos como Imillita, quizás lo más difundido de su vasta obra.

Cuerdas del Lago, un clásico contemporáneo

En 1974 apareció un LP que se convirtió en el símbolo de la música folkórica puneña para las generaciones posteriores, previas al auge comercial y turístico de las festividades candelarias. La Estudiantina Cuerdas del Lago grabó este álbum con los arreglos musicales de Augusto Portugal Catacora, quien le dio nuevos aires a una fina selección de composiciones clásicas del repertorio de Puno, en una época en la que el arte musical peruano tuvo amplia difusión en medios masivos para favorecer su conocimiento y preservación.

Puno –tal era el nombre del disco, aunque todos lo conocían como “Cuerdas del Lago”, por el nombre del conjunto- ofrece un sonido lacustre y ensoñador, recogiendo el espíritu de la atmósfera que se respira en el Titicaca. Pasear por las islas de Los Uros escuchando esta suave y rítmica música hace que uno entienda el carácter señorial y guerrero pero, a la vez, sensible y melancólico, del pueblo puneño, cuna de la civilización incaica.

Entre sus nueve canciones destacan Ciudad del lago (marinera de Jorge Huirse), Para ti (huayno de Augusto Masías) y alegres selecciones de huaynos pandilleros, llameradas y sicuris. Los integrantes originales de la Estudiantina Cuerdas del Lago fueron: Alberto Faggioni Mallea (director), Ricardo Calderón Luna, Jorge Paniagua Bueno y Ricardo Paniagua Bueno (guitarras), Edgar Paniagua Bueno, Roberto Paniagua Salmón, Hernán Prieto Alcón y Uriel Serrano Calle (mandolinas), Anibal Paniagua Bueno (acordeón) y José Carrascto Yturry (charango).

Virgen de la Candelaria: Música, religión y danza

Esta festividad patronal, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en el 2014, representa la máxima expresión de cultura popular y musical de Puno, a los ojos del Perú y del mundo. Basada en las celebraciones católicas dedicadas a la presentación de Jesús en el templo, la purificación de la Virgen María después del parto y la aparición de esta en Tenerife (España), que se observan desde hace siglos, la Fiesta de la Candelaria en Puno es un muestrario del profundo mestizaje religioso y artístico que se produjo durante la Colonia.

Actualmente, es ocasión para que todo el pueblo de Puno se una en alegres y coloridas procesiones y pasacalles en los que destacan los carros alegóricos, trajes típicos y las características máscaras de diablos y caporales, sofisticados trabajos en los que confluyen la religiosidad prehispánica con símbolos del catolicismo, al ritmo de vigorosos ritmos como la danza de los caporales, diabladas, morenadas, entre otras.

Aun cuando la festividad se celebra aproximadamente desde el siglo XVI, en tiempos modernos ha recibido más atención hasta convertirla en un acontecimiento masivo que incluye concursos de comparsas, trajes y bailes, en medio de una enorme fiesta popular que convoca a miles de visitantes de todas partes del mundo. Entre el 2 y el 11 de febrero, participan más de 40,000 danzarines y 9,000 músicos de todo el departamento.

De diablos, caporales y tuntunas

La influencia africana también se hace patente en las manifestaciones musicales y dancísticas de Puno. Personajes como el Rey Moreno, la Danza de los Caporales o los Diablos -cuyos orígenes se asemejan a los de géneros afroperuanos costeños como el festejo o el son de los diablos- marcan la pauta de este ritmo asincopado y enérgico en el que destacan también los caporales con sus uniformes de corte militar, látigos y aparejos que simulan a los capataces; y las “chinas”, jóvenes muchachas que enamoran a los espectadores con sus llamativos y coquetos atuendos, conocidos como “minipolleras” y sombreros de Borsalino.

El colorido de las máscaras, tocados, trajes típicos y comparsas es impresionante y el ritmo de los géneros musicales que acompañan a los desfiles, en los que los bailarines –ellos y ellas- saltan con gran energía y guían sus pasos con silbidos y gritos agudos, es contagioso y alegre.

Como manifiesta el abogado y catedrático Manuel Bermúdez Tapia, orgulloso puneño: “Los caporales, la tuntuna (saya es un término boliviano) y la diablada son 100% peruanos porque nacieron en Puno. No son aimaras ni quechuas, son mestizos puros y se remontan a 300 años desde ahora. Pero recién en 1825 existe Bolivia y hasta 1830 La Paz fue parte de Perú, como provincia de Puno. El registro más antiguo de estos bailes, en ambos países, de esos bailes es peruano y data de 1860. Y las fotografías más antiguas son también de Puno, de 1900”.

A pesar de ello, en Bolivia existen los carnavales de Oruro y La Paz, con elementos comunes a lo que se ve y escucha en la Fiesta de la Candelaria por lo que, de vez en cuando, surgen voces que buscan restarle veracidad al origen peruano de estas danzas. En realidad, si nos apegamos a la historia, al haber sido Bolivia parte del Perú, no existe lugar a discusión en este tema.

La Asociación Cultural Brisas del Titicaca

Convertida en toda una institución artística y atractivo turístico, la Asociación Cultural Brisas del Titicaca supera las seis décadas de trabajo, difundiendo la rica variedad de música y danza de nuestro país. Su origen está asociado al grupo musical Brisas del Titikaka, integrado por los músicos puneños Policarpo Miranda Mestas, Tommy Sardón Bacarreza, Jorge Rojas Gironda, Armando Azcuña Niño de Guzmán, Antonio Ontiveros Luna y Manuel Calderón, que llegó a Lima en 1961 y se hizo muy conocido en el circuito de música folklórica.

Fue el maestro puneño Juan José Carpio Mostajo (1935-2018) quien dio forma a la Asociación Cultural, organizando actividades que dieran realce a la música nacional. Hoy, 66 años después, “el Brisas” mantiene su intensa programación cultural con conferencias, talleres y conciertos pero, además, es un próspero negocio que incluye restaurante turístico y elenco artístico de alto nivel que, noche a noche, encanta a miles de visitantes nacionales y extranjeros con sus estampas que incluyen géneros regionales como la marinera, festejo y, por supuesto, danzas puneñas como caporales, diabladas y demás, que son las más aplaudidas en cada una de sus presentaciones.

Discografía básica y otros estilos

Para quienes sientan curiosidad por explorar más y mejor la riqueza musical de Puno, les dejo un listado de diez álbumes que cubren un amplio periodo de tiempo, desde las primeras recopilaciones de sellos ya desaparecidos como Sono Radio o El Virrey hasta grabaciones independientes del siglo XXI que merecen mayor difusión y reconocimiento.

  • Centro Musical Theodoro Valcárcel – Música de los Andes Peruanos Vol. 1 (Sono Radio, 1961)
  • Conjunto Orquesta de Puno – Puno Pandillero (Odeón del Perú, 1964)
  • Los Violines de Lima – Puno, Ciudad del Lago (El Virrey, 1968)
  • Centro Musical y de Danzas Theodoro Valcárcel – Homenaje a Puno (Sono Radio, 1968)
  • Estudiantina Cuerdas del Lago – Puno (El Virrey, 1974)
  • Los Uros del Titicaca – Poco a poco (Music Shop, 1981)
  • Sikuris 27 de Junio – Fuerza Sikuris (Independiente, 2001)
  • Grupo K’aphia – Miguelito (Independiente, 2002)
  • Grupo Nayjama – Puno Milenario (Independiente, 2011)
  • Edith Ramos Guerra – Tikarisun (Independiente, 2016) 

Otros géneros de música puneña

Del mismo modo, además de los huaynos y las comparsas carnavalescas, Puno ofrece -como nuestras otras regiones- una diversidad de ritmos y expresiones que varían según la provincia, un aprendizaje necesario que debemos asumir como peruanos.

  • Sikuris: El sikuri denota fuerza y orgullo. Consiste en un grupo de sikus o zampoñas, instrumento andino pentafónico que está compuesto por diversos tubos sonoros de distintos calibres de longitud y diámetro. A este instrumento se suma el bombo, generando una simbiosis musical que acompaña a los intérpretes-danzantes que avanzan dando pasos hacia adelante y hacia atrás, con movimientos circulares.
  • La Pandilla: Otra de las expresiones dancísticas de Puno es la pandilla. Se ejecuta de forma pausada y expresa la caballerosidad del varón y la elegancia de la dama puneña.
  • Tundique: Esta danza alude a los esclavos negros del tiempo de la colonia y su liberación, en los primeros años de la República. Es también un baile colectivo en el que participan varios danzarines, representando esclavos y capataces, s.
  • Waca waca: Danza originaria de la época colonial que satiriza a las corridas de toros españolas. Se baila en Puno y Bolivia.
  • Wifala: Palabra que proviene del quechua, cuyo significado es “bandera”, aunque también puede significar “alegría”. Tiene su origen en el distrito de Ayaviri, provincia de Melgar, así como en los distritos de Asillo y Muñani, en la provincia de Azángaro.

[El dedo en la llaga] Cada 28 de julio, cuando los balcones se llenan de banderas raídas y los políticos de turno se embadurnan el pecho de escarapelas, resurge el verbo sagrado: patria. O, en su versión más socorrida y cínica, «por el país». Se pronuncia con voz temblorosa y gesto solemne, como si invocara a una divinidad ancestral capaz de absolver todos los pecados. «Todo lo hacemos por el país», repiten una y otra vez los mismos que, horas después, firman decretos a la medida de sus amigos, de sus financistas de campaña o de las empresas que les reservan un sillón en el directorio cuando abandonen el poder.

El concepto de patria, tal como lo hemos heredado en el Perú, nunca fue un abrazo fraterno ni un proyecto colectivo construido sobre la igualdad. Fue, más bien, una construcción ideológica elaborada en los salones limeños del siglo XIX por una élite criolla que aspiraba a emanciparse de España, pero no de los privilegios que había heredado del orden colonial. Era una patria que exaltaba el mestizaje en los discursos grandilocuentes mientras lo negaba en la práctica cotidiana; una patria que celebraba la libertad en las plazas, pero mantenía la servidumbre indígena en las haciendas, solo que bajo nuevos dueños. Décadas más tarde, José Carlos Mariátegui describiría con precisión esa continuidad histórica en sus «Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana»: un país escindido entre una costa relativamente moderna y una sierra condenada al abandono, una sociedad de señores y siervos que la retórica oficial se empeñaba en ocultar bajo el manto de una supuesta unidad nacional. Poco ha cambiado desde entonces.

«Todo lo hacemos por el país». Qué frase tan útil, tan vacía y tan perversa. Sirve para justificar prácticamente cualquier cosa: contratos millonarios sin licitación, leyes confeccionadas a la medida de inversionistas amigos, repartijas de cargos públicos entre los leales, blindajes recíprocos dentro de la clase política y favores a quienes financiaron la campaña electoral. Cuando las protestas por territorios devastados o contaminados estallan en Cajamarca, Puno o Madre de Dios, aparece de inmediato el ritual patriótico de rigor: «Estamos actuando por el bien del país». Traducido al lenguaje llano: cállense, que estamos exportando minerales y commodities mientras unos pocos se reparten sueldos exorbitantes, bonos generosos, viajes pagados por el Estado, contratos jugosos y favores que facilitan enriquecimientos tan rápidos como sospechosos. El «país» —ese ente abstracto, omnipresente y convenientemente impreciso— se queda con la contaminación, la pobreza y la miseria; los beneficios toman otro camino.

Cuando la brecha entre Lima y el resto del Perú se vuelve obscena —con pueblos indígenas y comunidades afroperuanas soportando las tasas más elevadas de pobreza, mortalidad infantil, desnutrición y abandono estatal—, los mismos personajes reaparecen para invocar a los «peruanos de todas las sangres» y a la «unidad nacional». Todas las sangres, sí. Pero unas siguen derramándose mientras otras cuentan los dividendos en cuentas offshore. Así funciona esta patria: como la anestesia social perfecta. Convierte cualquier crítica estructural en «odio al Perú», toda denuncia de corrupción en «ataque a las instituciones» y cualquier reclamo de justicia territorial en un intento de «dividir al país».

Los mismos que saquean el presupuesto en nombre del «país» son quienes, acto seguido, se rasgan las vestiduras ante la menor sospecha de «antipatriotismo». No hay impostura más rentable que envolverse en la bandera mientras se vacían las arcas públicas. A lo largo de la historia, numerosos pensadores han desenmascarado esa apropiación interesada del patriotismo. León Tolstói advertía que «el patriotismo es un sentimiento esclavo, porque es la esclavitud respecto del gobierno». Samuel Johnson lo definió con una sentencia que ha sobrevivido a los siglos: «El patriotismo es el último refugio de los canallas». George Bernard Shaw llevó la ironía aún más lejos al afirmar que «el patriotismo es, en verdad, un sentimiento bastante ridículo». Albert Einstein lo consideraba «el tumor cancerígeno de la humanidad», mientras que Bertrand Russell veía en él «la disposición a matar y a ser matado por motivos triviales». Frente a esa concepción excluyente y manipulable, en nuestra América José Martí formuló una idea radicalmente distinta y mucho más exigente: «Patria es humanidad». No un escudo para proteger intereses particulares ni un altar donde sacrificar el bien común en beneficio de camarillas políticas y económicas, sino un ideal ético que trasciende las fronteras, los nacionalismos estrechos y los negocios sucios.

Mientras tanto, las cifras permanecen obstinadamente inmunes a la retórica. No cantan el himno nacional ni se emocionan con los desfiles militares. Lo que muestran es un país atravesado por profundas fracturas: brechas étnicas y regionales escandalosas, un centralismo limeño que continúa absorbiendo recursos, inversiones y oportunidades con una voracidad casi colonial, y una sierra y una selva que irrumpen en el discurso oficial casi exclusivamente cuando hay que sofocar protestas, inaugurar alguna obra simbólica o extraer recursos naturales. La patria, tal como suele invocarse desde el poder, termina uniendo solo en aquello que comparte la mayoría de los peruanos: la precariedad, la desigualdad, el abandono y la resignación. Une, sí, pero para preservar intactas las estructuras que impiden un desarrollo verdaderamente nacional.

Lo más insultante no es siquiera la desigualdad, sino el cinismo con que se la administra. Políticos corruptos hasta la médula, empresarios que evaden o eluden impuestos con descaro y comentaristas de X que pontifican desde la comodidad de San Isidro o Miraflores se conmueven con la «patria» mientras el Perú real —el de las comunidades olvidadas, los hospitales sin suficientes médicos, infraestructura, personal sanitario ni medicinas, y las escuelas con docentes cuya formación profesional deja mucho que desear— continúa desangrándose lentamente. Quizá haya llegado el momento de admitir que tanta exaltación de una patria abstracta no es sino la coartada perfecta para evitar mirar de frente la realidad. Porque un país que necesita invocar constantemente una unidad casi mística suele ser, precisamente, un país que nunca terminó de construirla. Un país fracturado por la herencia de su historia y por la conveniencia de quienes siguen beneficiándose de esa fractura.

La verdadera patria no se proclama con frases vacías ni se agita en banderas utilizadas como cortina de humo para encubrir abusos y privilegios. No puede reducirse a un escudo retórico que permite a unos pocos apropiarse del relato nacional mientras la mayoría sobrevive a pesar del Estado, y muchas veces contra sus propias deficiencias. La patria no se demuestra con discursos encendidos ni con ceremonias oficiales; se construye con instituciones sólidas, con una justicia que funcione, con políticas públicas capaces de cerrar brechas reales, con educación de calidad y con un proyecto nacional que integre de verdad, no mediante la imposición cultural o económica de unos sobre otros.

El problema no es la existencia de la patria como ideal. Toda comunidad necesita símbolos, memoria compartida y un horizonte común. El problema surge cuando esa palabra noble se convierte en una herramienta de manipulación; cuando quienes tienen poder la utilizan para exigir obediencia en lugar de asumir responsabilidades; cuando la invocan para pedir sacrificios a los de siempre mientras protegen los privilegios de unos pocos. La patria deja entonces de ser un compromiso colectivo y se transforma en una coartada.

Mientras permitamos que la palabra «patria» —y su expresión inseparable, «por el país»— continúe siendo el refugio retórico de los oportunistas, los corruptos y los irresponsables, seguiremos celebrando cada 28 de julio con fuegos artificiales en Lima mientras, en buena parte del territorio nacional, continúan los fuegos cruzados del abandono, la exclusión y el resentimiento. Un país no se construye negando sus fracturas, sino reconociéndolas y enfrentándolas.

La patria está muy bien como aspiración. Es una idea poderosa cuando significa justicia, solidaridad y responsabilidad compartida. Pero cuando se convierte en una palabra vaciada de contenido, repetida hasta el cansancio para justificar privilegios y ocultar fracasos, termina traicionando aquello que pretende defender. Quizá la mayor muestra de amor por un país no sea proclamar constantemente cuánto se lo ama, sino tener la honestidad suficiente para reconocer cuánto falta todavía para estar a la altura de ese amor.

Y esa, precisamente, es la verdadera traición a la patria: utilizar su nombre para impedir que cambie.

[MIGRANTE AL PASO]  Acabó el mundial, se sintió raro. Sonaré viejo, pero el fútbol ya no es como antes. Todo está demasiado controlado, hay registro de todo y todo es mucho más táctico. No sé si es mejor o peor, solo diferente. Desde antes ya estaba conflictuado por la sede principal, como era incoherente con lo que para mí significaba un mundial de fútbol. Ahora invadido por cientos de comerciales, la mayoría de apuestas, que hasta me los aprendí de memoria. También, ahora hay todo un mundo en redes sociales que gira alrededor de este evento que también me parece algo nuevo, por lo menos es la primera vez que lo noto. Pero me quedo con la sensación extraña de que el fútbol está siendo usado como lo era el coliseo en la antigua Roma. Lo más probable es que siempre fue así, pero es primera vez que tengo esa perspectiva. Igual me motivaban los partidos y goles, pero tenía esa voz desencantadora ahí permanente. Ya pasó una semana, y la gente aún sigue enganchada. ¿Cuántas cosas habrán pasado desapercibidas?

Al igual que el malhumor y los pleitos continuaron. Exaltados por cientos de publicaciones. También continuó esa sensación extraña, como si al final todos estuviéramos siendo manipulados, probablemente lo pensaba desde antes. Sentía que el mundo era cada vez menos mágico. Una semana en la que la mayor parte del tiempo he estado en mi cuarto, salía solo a trabajar y regresaba. Como si hubiera estado somnoliento o letárgico. De esa manera cualquiera se siente así. No se puede tomar perspectiva en cuatro paredes y una pantalla. Tal vez todo lo que pienso de lo que pasó alrededor del mundial es cierto, probablemente estamos siendo controlados indirectamente de manera constante. Pero no necesariamente tengo que dejar moldear mis pensamientos. Mis propios recuerdos han comprobado que existen lugares y momentos mágicos en el mundo. Solo parecen olvidados.

Hoy día me desperté temprano, sin alarma y sin reuniones por pedir, y me puse a escribir, ya es un pequeño cambio. Normalmente escribo desde mi cuarto, esta vez me senté en la salita de abajo, con vista al jardín y a mi enorme perro intentando fallidamente hacer que el gato del techo baje, siempre se pone ahí para molestarlo, probablemente sepa que mi pitbull de 55 kilos es bastante torpe. Es raro que esté despierto tan temprano, suele dormir todo el día, si alguien tiene comida se va a despertar esté donde esté. Solo en cambiar de lugar de escritura ya tus pensamientos comienzan a moverse en otras direcciones. Se siente como volver a respirar. En esos momentos se vuelve a sentir más mágico el ambiente, como pasar de blanco y negro a color.

Ese cambio ya estaba apareciendo desde antes con pequeños movimientos. Fui a ver la Odisea con mi madre, hace años que no íbamos al cine, entramos a las dos de la tarde y salimos de día. Se siente nostalgia, pero de la buena. Me pareció espectacular. Lo mismo que me había pasado con el fútbol me había pasado con las películas, sentía que ya no me atrapaban y le había perdido respeto a los premios y críticas. Con esta película sentí lo contrario, como cuando vi Gladiador o El Señor de los Anillos por primera vez. En la cola, sí, ahora hay cola para entrar al cine aparentemente, nos reíamos porque un chico le decía a su enamorada que no quería que lo spoileen. Spoilear la Odisea es de locos, cómo no todos saben qué es lo que pasa en la historia. Aunque debo aceptar que me había olvidado de muchas cosas. Interpreté por primera vez esa épica legendaria de una manera distinta que se alineaba con lo que había estado sintiendo.

Ulysses, junto al ejército conjunto de Agamenón, logra ganar la batalla mediante un engaño ideado por Odiseo. Fue Ulises quien imaginó al caballo como ofrenda y el ataque sorpresa. Se rompió el código de convivencia que había mantenido cierta estabilidad y justicia hasta el momento. Fue como emboscar a un invitado a tu casa o reino. Ese par de historias, casi mitos, marcan la debacle de la humanidad. Un error hizo girar la rueda hacia un futuro donde la convivencia dejaría de ser sagrada. Muchas leyendas y mitos tienen ese mismo concepto, tal vez el más conocido para nosotros es el pecado original. Todos apuntan aparentemente a un destino de culpa y arrepentimiento. Sin embargo, aun después del saqueo de Troya, Ulises vio sirenas, cíclopes, brujas y más cosas mágicas en su camino de vuelta. Retó a los dioses y recibió su castigo. Pero los elementos mágicos continuaban. Cometiendo errores y aprendiendo, logró su cometido con todo en contra, también estamos hablando de uno de los primeros ejemplares literarios del arquetipo del héroe genio y astuto. Entonces, hoy pienso que no importa si existe un destino terrible o si todo eso es mentira, solo importa moverte un poco. Aquel personaje se demoró 20 años en lograr lo que quería.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Cada 28 de julio los peruanos conmemoramos un nuevo aniversario de nuestra Independencia. Sin embargo, cada año parece más difícil reflexionar serenamente sobre el significado de aquella fecha. El debate público se encuentra cada vez más condicionado por lecturas ideológicas que proyectan sobre el pasado las controversias del presente. Cuando ello ocurre, la historia deja de ser un espacio para comprender lo que fuimos y se convierte en un instrumento para justificar posiciones políticas actuales.

Esta tendencia adopta formas aparentemente opuestas. Una corresponde al presentismo, que juzga el pasado exclusivamente con los parámetros morales del siglo XXI y termina reduciendo procesos históricos de enorme complejidad a relaciones entre opresores y oprimidos. La otra puede identificarse con un cierto pasadismo, que idealiza determinadas etapas del pasado como si hubieran constituido una edad de oro perdida y contempla con desconfianza muchas de las transformaciones políticas y culturales de la modernidad. Aunque discrepan en sus conclusiones, ambas corrientes comparten un mismo problema: ninguna procura comprender el pasado desde las circunstancias que le dieron origen. Las dos terminan convirtiéndolo en un escenario más de las batallas culturales del presente.

En el Perú, esta forma de aproximarse a la historia ha llevado a relativizar el significado de la Independencia como momento fundacional de nuestra vida republicana. Con frecuencia se sostiene que el Perú existía mucho antes de 1821 y que, por tanto, la emancipación no constituyó un verdadero punto de quiebre. La primera afirmación es indiscutible; la segunda merece una cuidadosa reflexión.

El Perú posee una historia milenaria. Nuestra identidad se fue formando a partir del encuentro entre el legado andino, el aporte hispánico, al afrodescendiente y los múltiples procesos de mestizaje que, durante siglos, dieron origen a una sociedad singular. Esa continuidad histórica es innegable, como también lo es la vigencia de pueblos originarios que conservan una riqueza cultural propia y constituyen parte esencial de nuestra diversidad. Pero una cosa es la continuidad de una cultura y otra muy distinta el nacimiento de una comunidad política soberana.

Antes del proceso emancipador existía el Virreinato del Perú, una de las principales jurisdicciones de la monarquía española. Sus habitantes eran súbditos del rey y no ciudadanos de un Estado propio. Existía una sociedad peruana estamental, una economía virreinal e incluso una identidad territorial cada vez más definida, pero no un Estado independiente llamado Perú. Fue la Independencia la que transformó esa realidad.

Por ello, la proclamación realizada por José de San Martín el 28 de julio de 1821 representa mucho más que la ruptura del vínculo colonial. Marca el nacimiento del Perú como Estado soberano, sujeto del derecho internacional, y el inicio de un proyecto nacional. A partir de entonces comenzó la compleja tarea de construir una comunidad política integrada por ciudadanos llamados a compartir instituciones, derechos, responsabilidades y un destino común. Allí reside el verdadero carácter fundacional de la Independencia. No fundó nuestra cultura, que venía gestándose desde mucho antes, sino nuestra existencia como Estado libre y como nación políticamente organizada.

Las ideas que hicieron posible ese cambio no surgieron de manera espontánea. Durante el siglo XVIII, la Ilustración difundió nuevas concepciones sobre la libertad, la ciudadanía y la soberanía popular. Los habitantes de América comenzaron a verse, progresivamente, no solo como súbditos de la Corona, sino también como titulares de derechos políticos.

En el Perú, la Sociedad de Amantes del País y el Mercurio Peruano desempeñaron un papel decisivo al promover el conocimiento científico, económico y geográfico del territorio. Aquella labor contribuyó a despertar una conciencia cada vez más clara sobre la singularidad del país. Poco después, la crisis de la monarquía española y el liberalismo difundido por las Cortes de Cádiz incorporaron al mundo hispánico conceptos como representación política, ciudadanía, constitucionalismo y soberanía nacional. Esas ideas inspiraron a pensadores como Juan Pablo Viscardo y Guzmán e Hipólito Unanue, y terminaron proyectándose sobre la acción de los próceres y libertadores que hicieron posible la emancipación.

Negar el carácter fundacional de la Independencia equivale a desconocer el origen de nuestra propia comunidad política. El Perú no nació culturalmente en 1821, pero sí comenzó entonces su existencia como Estado soberano. Esa diferencia resulta esencial para comprender nuestra historia.

Algo semejante puede observarse en otros países de América. En México, por ejemplo, algunos discursos contemporáneos han tendido a relativizar la trascendencia histórica de la conquista española, presentándola incluso como un proceso de liberación de los pueblos sometidos por el Imperio mexica. Sin negar la existencia de alianzas indígenas decisivas para la caída de Tenochtitlan, una interpretación de esa naturaleza, llevada hasta sus últimas consecuencias, conduciría a desconocer la formación del Virreinato de la Nueva España, la implantación de las instituciones castellanas, la expansión del idioma español y la profunda influencia del derecho, la religión y la cultura hispánica en la posterior construcción del Estado mexicano. Como vemos, la historia es siempre más compleja que las simplificaciones ideológicas.

Naturalmente, reconocer el carácter fundacional de la Independencia no significa idealizar la República. Basta observar la realidad contemporánea para advertir que el proyecto republicano continúa profundamente inconcluso. Nuestra institucionalidad sigue siendo frágil; la representación política atraviesa una crisis persistente; la corrupción erosiona la confianza ciudadana; y la nación peruana aún enfrenta enormes dificultades para consolidar un auténtico sentido de pertenencia compartido. En demasiadas ocasiones seguimos comportándonos como un país dividido, incapaz de reconocerse plenamente en su diversidad.

Pero precisamente porque la República permanece inacabada, carece de sentido relativizar su nacimiento. Algunas corrientes de izquierda identitaria han tendido a presentar la historia republicana casi exclusivamente como una sucesión de exclusiones y fracasos. Al mismo tiempo, ciertos sectores conservadores contemplan el pasado virreinal con una nostalgia que termina restando importancia al significado emancipador de 1821. Ninguna de esas miradas hace justicia a la complejidad de nuestra historia.

Hace ya varias décadas, Jorge Basadre definió al Perú como una promesa. Más recientemente, Carmen Mc Evoy ha reivindicado la utopía republicana como horizonte permanente de nuestra vida política. Ambas ideas siguen plenamente vigentes porque describen una obra en permanente construcción. La República no es un proyecto concluido; es una tarea que cada generación recibe y está llamada a perfeccionar.

Este 28 de julio el Perú conmemora 205 años de vida independiente. No celebramos una República perfecta ni una nación plenamente realizada. Celebramos el momento en que los peruanos dejamos de ser súbditos para asumir la responsabilidad de gobernarnos a nosotros mismos. Desde entonces hemos avanzado, retrocedido y vuelto a empezar muchas veces. Pero esa es precisamente la naturaleza de toda construcción nacional.

La promesa de Basadre continúa pendiente. La utopía republicana evocada por Carmen Mc Evoy sigue convocándonos. Mientras esa aspiración permanezca viva, también deberá permanecer viva la voluntad de fortalecer nuestra democracia, nuestras instituciones y nuestra ciudadanía. Porque la Independencia no fue el punto final de nuestra historia, sino el comienzo de la empresa colectiva más ambiciosa que hemos emprendido como sociedad: construir, por fin, el Perú que todavía nos debemos.

 

 

[OPINIÓN] El Perú no puede permitirse otro quinquenio de diagnósticos repetidos ni de estados de emergencia que solo mueven el delito a la calle de al lado. Tras años de extorsión creciente y sicariato sistémico, con duplicación de tasas de homicidios, la ciudadanía exige resultados medibles. Con la instalación del nuevo Poder Ejecutivo y un Congreso Bicameral recién electo, se abre la oportunidad institucional para abandonar el populismo punitivo e implementar una estrategia integral de seguridad.

GOLPEAR CAJA DEL CRIMEN

​Para transformar la frustración social en eficacia estatal, la agenda prioritaria debe concentrarse en golpear la caja chica del crimen mediante inteligencia y penetración financiera. El delincuente no opera por reputación, sino por rentabilidad. Mientras el patrullaje tradicional busca el delito menor en la vía pública, las verdaderas redes extorsivas se desarticulan estrangulando sus ingresos.

​Un ejemplo claro de éxito ocurre cuando la policía judicial e inteligencia financiera enfocan sus esfuerzos en el mapeo de transferencias digitales y la extinción de dominio sobre bienes mal habidos, logrando que la capacidad operativa de las bandas se desplome. Congelar cuentas usadas para el cobro de cupos a transportistas o comerciantes paraliza la logística criminal de inmediato. Ante esto, el nuevo Senado y la Cámara de Diputados deben aprobar de forma prioritaria leyes que faciliten el levantamiento acelerado del secreto bancario y de las telecomunicaciones en investigaciones de extorsión, sin descuidar las garantías constitucionales. Además de crear la obligación de los funcionarios policiales de dar autorización de levantamiento de su secreto bancario y el de sus familiares cercanos para seguimiento de las autoridades del estado.

LA CLAVE QUE TODOS OLVIDAN : DESARROLLO SOCIAL

​Asimismo, resulta indispensable abordar la contención social e intervención comunitaria. Ninguna política represiva es sostenible si las economías ilegales continúan reclutando a jóvenes en situación de vulnerabilidad. La contención social no es asistencialismo, sino prevención estratégica del delito. Las intervenciones urbanas que combinan iluminación masiva, recuperación de parques, programas de retención escolar y capacitación técnica juvenil en distritos golpeados reducen significativamente la tasa de ingresos a pandillas y redes locales.

EL FACTOR DE PARTICIPACION POPULAR

​En este esquema, la participación de la población es útil como red de alerta temprana e inteligencia comunitaria, pero nunca como fuerza de choque. El Estado debe proteger a los líderes vecinales con canales de denuncia completamente anónimos para evitar represalias y frenar cualquier intento de justicia por mano propia.

TECNOLOGIA CONTRA EL CRIMEN

​Por otro lado, el país debe transitar del monitoreo aislado a la tecnología interoperable. Llenar las ciudades de cámaras que nadie vigila en tiempo real genera una falsa sensación de seguridad, por lo que el salto hacia la eficiencia exige interconectar los esfuerzos locales y nacionales. Los municipios que integraron la lectura de placas mediante analítica de video e inteligencia artificial redujeron el tiempo de respuesta policial frente a vehículos sospechosos de minutos a segundos, logrando capturas en flagrancia.

​El Ejecutivo debe liderar la implementación de un Centro de Comando, Control, Comunicaciones y Cómputo unificado a nivel nacional, donde la Policía Nacional y las centrales de serenazgo compartan datos, imágenes y mapas del delito en tiempo real.

EL ROL DEL CONGRESO Y LIDERAZGO DEL EJECUTIVO

​Como mandato inmediato, el Congreso Bicameral saliente dejó un sistema de justicia atomizado, por lo que los senadores y diputados entrantes tienen la responsabilidad histórica de otorgar un marco legal coherente. Esto implica unificar los criterios de la Policía Nacional, el Ministerio Público y el Poder Judicial mediante la expansión de Unidades de Flagrancia equipadas en todo el país.

​Por su parte, el Poder Ejecutivo debe asumir el liderazgo político sin improvisaciones, priorizando la reforma del sistema penitenciario con la instalación definitiva de inhibidores de señal en las cárceles y la profesionalización de la policía comunitaria. La seguridad ciudadana no se recupera con discursos encendidos, sino con inteligencia financiera, tecnología integrada y presencia estatal preventiva en los barrios.

 

[PAPELES VIRTUALES]

UNO

Nunca había visto tan impotente, en los Mundiales, a la selección argentina. Hay paralelismos con la goleada que sufrió, en el 74, de la Holanda de Cruyff. España los desdibujó totalmente. Fue el uno a cero más mentiroso de la historia. Muchos se preguntaron.

  • ¿Porque no atacó?

No pudo. Aparte del desgate físico evidente, el juego colectivo de la furia anuló el mediocampo rival. Ahí estuvo la clave. Messi no tocó, prácticamente, el balón. Días después, los periodistas argentinos se dieron cuenta que la humillación fue por la monopolización del juego. En otras palabras, su selección, que muchos –argentinos lógicamente- comenzaron a considerar la mejor de la historia (por un partido) se hizo añicos. El sueño se tornó en pesadilla. Nunca el Brasil 70 se dejó maniatar de esa manera; menos la del 58; por mencionar, dos de las más grandes selecciones de la historia.

Scaloni creyó conveniente esperar bien agazapado. Durante más de 120 minutos solo remataron, desviado, dos veces. España lo hizo en más de veinte ocasiones. Quisieron llegar a los penales, como en Italia 90. Hubiera sido injusto. Como si toda la suerte –y ayudas – que tuvo durante el Mundial se terminara. Mucha gente no entiende, pide huevos y coraje en vez de futbol. Al final, eso es lo que prevalece. Casi siempre. Podes ganar un partido o dos, nunca un Mundial. Porque al final de cuentas, el deporte rey es eso.

  • Un juego

Terminado el encuentro, la tangana demostró, una vez más, que son malos perdedores. Cuti Romero, Otamendi y Paredes fueron los que más gastaron y gozaron a los rivales. En cambio, cuando les tocó perder, no lo soportaron. Te la tienes que bancar, eso significa madurez. No es folclore, como estúpidamente dijeron varios. Normalizar este tipo de situaciones, hacen que sigan prevaleciendo. Y me refiero a estos dos jugadores, que encima son buenos. No necesitan matonear o jugar más allá del reglamento, para prevalecer. La mayoría consideró que la FIFA daba privilegios a una selección y lo del VAR fue muy evidente. Por otro lado, fue increíble a cantidad de quejas, de parte de los televidentes que vieron los partidos por ESPN o DIrectTV. El parcialismo de los relatores y periodistas argentinos, colmó los ánimos. Muy pocos reconocieron los excesos del seleccionado y la falta de autocrítica, ante lo que se veía por la pantalla.

Estos factores, se unieron para que un gran porcentaje apoyara a España. Y no solo hablo de los sudamericanos.

DOS

La Fuente, fue entrenador de inferiores de la selección española, conoce a todos los chavales del equipo, los tuvo a su mando. A partir del éxito del 2008, la Federación, considero fundamental, que el toque y la posesión sean la piedra angular de las selecciones. De ahí, que jugadores como Zubimendi, no le temblaron las piernas cuando sustituyo a Rodri (el mejor jugador del Mundial) en plena final. Viene repitiendo los mismos movimientos y ejercicios desde que estaba en la categoría sub 17. De ahí que no hay diferencia, cuando juegan titulares o suplentes. La filosofía es la misma. No hay ningún torpe, todos juegan a un toque y presionan. Los extremos driblan y abren defensas. Algunos, absurdamente, criticaron el rendimiento de Lamine y Nico. Ambos vienen con una gran inactividad. Yamal, de un mes y Williams, de tres meses, por sendas lesiones. Igual, fueron fundamentales en el partido final.

Es imposible que alguna selección supere a la actual campeona. Ni siquiera Brasil le haría sombra. Al contrario, haría el ridículo. Los europeos desde hace muy buen tiempo, han aprendido la técnica sudamericana. Nos han rebasado desde hace un tiempo. Son mejores, tanto técnica, como tácticamente. Si España no hubiera eliminado a Francia, creo que Les blues se hubieran coronado campeones. No los superamos. Esa es la verdad.

En tanto, Messi con 39 años dijo adiós a los Mundiales. Argentina debe reinventarse, tiene con qué. Mac Allister, Enzo, Lautaro, Julián Álvarez y Thiago Almada son buenos jugadores. Por su parte, Brasil debe buscar recuperar su identidad. No tiene un Bellingham, increíble. Tampoco tiene un Haaland y menos un Cubarsi, Gavi o un mediocampista del nivel de Rodri. De laterales, mejor ni hablemos. Colombia, mientras siga dependiendo de un jugador como James o Quinteros, que solo caminan en la cancha, nunca va a llegar más allá de octavos de final.

Entre tanto, la brecha se agiganta.

  • Europa tiene 13 Mundiales y Sudamérica solo 10.
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