Opinión

Desde hace unas semanas, debido a la posible aprobación de la cuestión de confianza por parte del Congreso de la República por insistencia, se viene debatiendo la posibilidad de su reforma y sus implicancias. ¿Qué propone el proyecto de ley en cuestión? Regular los artículos 132 y 133 en la que se proponga que el Ejecutivo solo pueda utilizar la cuestión de confianza para temas relacionados a políticas de gobierno en general, exceptuando de ella reformas constitucionales que competen al Congreso de la República y otras entidades autónomas. Acto seguido -en una disposición complementaria y final de la autógrafa- propone que solo el Congreso de la República puede interpretar el sentido de decisión. 

Proyecto de ley realmente cuestionable porque pone en desbalance el equilibrio de poderes. Como señala Carlo Magno Salcedo en su análisis del tema (La Mula, 11/10/21), actualmente el Congreso de la República, implícitamente, tiene la potestad de poder interpretar la Constitución para su labor legislativa, pero qué pasa cuando contraviene -por ejemplo- temas que puedan afectar la relación ejecutivo y legislativo. 

Sabemos que el contexto actual es de una polarización extrema debido al objetivo que tiene el gobierno de llevar adelante una Asamblea Constituyente, pero se debe actuar con suma cautela en temas jurídicos para causas políticas prodemocráticas, como detener esa intentona que pretende cambiar las reglas de juego. En ese sentido, y de acuerdo a la propuesta del constitucionalista y docente universitario Joel Campos, es necesario salir de esa dicotomía que contribuye a un enfrentamiento político fratricida y sin salida. 

Para ello -según el constitucionalista- se debe establecer una reforma al artículo 134 de la Constitución, sobre la disolución del Congreso de la República, en la que se proponga la “muerte cruzada” (que se usa también en el Ecuador) en la que disuelto este primero poder del Estado se proponga convocatoria a nuevas elecciones no solo para elegir nuevos parlamentarios sino también de presidente de gobierno. 

Dicha reforma limitaría el enfrentamiento permanente de los actores en el juego político. Reformas así oxigenan nuestro precario sistema político tan venido a menos en la que minorías activas (como el caso de grupos vinculados a Sendero Luminoso) tengan margen de acción para -desde el propio sistema- destruir los cimientos democráticos que tanto nos ha costado construir. 

La oposición política debe hilar fino -en tiempos turbulentos para el mantenimiento del Estado de derecho- para proceder a usar armas legales que no contravengan a la Constitución y a su estrategia de detener pretensiones que generan graves problemas a lo avanzado durante los últimos dos décadas en el país. 

 

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Asamblea Constituyente, Congreso de la República, voto de confianza

Francia o Inglaterra, S XII. Se señala que en algunos monasterios de clausura los monjes, para evitar el aburrimiento, tenían un juego particular que se basaba en una pelota que tenían lanzar a un contrincante que se situaba al frente y que solamente tenía permitido un bote antes de responder al adversario. Se le denominaba jeu de paume o juego de palma, ya que solo se podía usar la mano. Recién en el S XVI se permite el uso de una raqueta y a fines del S XIX se forma el primer club profesional. Evidentemente, hablamos del tenis.

Más allá de algunas referencias asiáticas (ts’uh Kúh en la China de la dinastía Han y el kemari japonés) o americanas (el pok ta pok maya o el pasuckuakohowog norteamericano), la principal referencia sobre el fútbol como lo conocemos hoy se remonta al S XII también en Inglaterra y Francia. Eran juegos de pelota grupales que iban tomando forma como entretenimiento y que después fueron tomando forma. Sin embargo, se trató de un juego asociado al lumpen y a la violencia extrema que estuvo proscrito y practicado de manera ilegal durante algunos siglos. Es recién en el XVI que en Italia se publica el primer libro de reglas. 

Si continuamos indagando por la historia de los demás deportes, tendremos relatos parecidos. Una lógica de entretenimiento que va tomando una forma específica, que normalmente personas asociadas con élites sociales deciden desarrollar y normar y que luego generan una institucionalización de su práctica: el deporte como tal, con reglas específicas.

Hace una semana, en pleno siglo XXI asistimos sin darnos cuenta al intento contemporáneo más relevante en este sentido: el primer campeonato mundial de globos, que por añadidura lo ganó un peruano y lo hizo el mismo día que la selección de fútbol, nuestro deporte más popular, caía ante Argentina. La metáfora es la misma: aprovechar una práctica popular (¿quién no ha jugado con un globo, evitando que toque el piso, en su infancia o más adelante, con sus amigos, familiares o como una forma de hacer amigos en una fiesta?) y darle forma, reglas y manejar la normativa del deporte. Como jugando.

El responsable de hacer algo así se llama Ibai Llanos. Y es un fenómeno a nivel mundial que está dando qué hablar y sobre el que vale la pena hacer ciertas reflexiones relevantes en la realidad del país.

¿Quién es este Ibai? A ver si somos precisos y que nuestros propios sesgos no nos ganen el comentario. Ibai es un streamer. Un streamer es un transmisor en vivo. El término me lo comentó Joaquín, 13 años, seguidor del comunicador. Un streamer que además sabe perfectamente qué decir y cómo decir permanentemente. Va de acierto en acierto. Muy famoso e influyente. Tanto que es portada de la edición española de la revista Forbes. Tanto que tiene más de 8 millones de seguidores en Twitch, 6 en Instagram,  7 en Youtube y 5 en Twitter. Tanto que puede darse el lujo de transmisiones con más de 600 o 700 mil espectadores en vivo, solo porque el las hace. Tanto que entre todos los periodistas deportivas de canon mundial, fue a él a quien Messi eligió para dar la primera entrevista oficial cuando pasó al PSG. Una de las preguntas que Ibai le hizo, suelto de huesos, a la estrella argentina fue: “¿crees que el otro día comí mucho en tu casa?”. Fue la primera vez que Messi hablaba en Twitch además.

Ya. Alguien que ha logrado tanto en apenas cinco años, ¿qué truco tiene? Antes de pensar en ensayos que lo expliquen decidimos preguntarle a la fuente más directa. Volvimos donde Joaquin y le consultamos qué le veía: “es entretenido, me hace reír”. Pero ni es solo entretenimiento ni es solo risa. Es cercanía, es lenguaje directo y no es dependencia a ninguna regla que no sea la de Ibai. Es honestidad en un mundo que no se considera honesto. Es capaz de despertarse un día y conversar con Messi, al día siguiente hacer de un juego de sala un deporte con Mundial y luego hacer una transmisión con un cuarto de millón promedio de espectadores viéndolo comentar sobre casi cualquier cosa.

El entretener pasa por hacer cosas diferentes cuando todos se esfuerzan en hacer lo mismo. La risa viene por el lado de la naturalidad con la que enfrenta los fenómenos. ¿Cuál es la diferencia con una entrevista en ESPN o Fox? Que Ibai habla con ellos (los entrevistados) y les pregunta las cosas como las preguntaría a amigos. No se complica. Es lo que textualmente Joaquín nos dice y le creemos. Joaquin puede quedarse viendo una entrevista que Ibai le hace a cualquiera en Twitch, pero jamás vería una de ESPN.

Más allá del medio, aunque este sea importante, creo que la principal ventaja competitiva de Ibai es esta manera de romper el canon que los medios imponen. Su forma de comunicar es distinta y eso lo hace deseable. Es un medio en sí mismo. Probablemente -es una hipótesis- si sometemos a prueba la credibilidad de algo que diga Ibai versus algo que diga un medio tradicional, las audiencias jóvenes no dudarían en creerle más al streamer que al medio. Todo está en el lenguaje.

Como el periodista Diego Salazar ha explicado con mejor arte: “Lo importante es que Ibai está siendo él mismo, o al menos eso es lo que los espectadores perciben. A diferencia de lo que ocurre con la televisión o la radio, donde la distancia con el espectador u oyente es inherente al medio, donde hay un emisor y un receptor y esos papeles no se confunden nunca, internet es el espacio donde todos acudimos a expresarnos como somos o como nos gustaría creer que somos”¹

Estando claros en lo que Ibai significa, ¿qué es lo que tiene que ver con la realidad nacional un conductor como él? Bueno, con la realidad como tal, no mucho. Pero hay tanto que aprender que a veces nos intriga saber por qué a nadie le interesa ver estos ejemplos en el mundo mundial. 

Esta semana, hubo algunos comunicados desde distintas fuerzas políticas. Uno de ellos, de los más recientes, es el de la cuenta oficial de la bancada de Perú Libre explicando los motivos por los que no se reunirán con La PCM mañana. No abundaré en razones, pero ya Eduardo Gonzales lo ha comentado en un hilo de tuiter²: ¿por qué la comunicación política tiene que ser tan distante, enrevesada, complicada y repetimos, distante? ¿Por qué no pueden decir las cosas directamente, en sencillo, sin usar un metalenguaje que nadie más quiere seguir? ¿Por qué optar por el laberinto en lugar de la línea recta? 

 Los políticos, así como los analistas e influenciadores locales, en su gran mayoría, jamás entendieron que la posibilidad de usar la expresión vía redes sociales los obliga a dialogar. Todos son mensajes unidireccionales, sin respuestas, sin intercambio. Y lo peor, sin capacidad de reflexión conjunta. Una de las principales fuentes de desconfianza interpersonal es la percepción de falsa autoridad. No es posible construir lazos si se opta por una forma de comunicación que sólo va a expresar y no a dialogar. Revisen cuentas de políticos y de autoridades. Jamás responden comentarios o preguntas. Si no quieren discutir, mejor que no posteen nada.

Cuando apreciamos las entrevistas a las autoridades, es tan evidente el armado de historias que no corresponden a la realidad que a todos se les asigna el rol de mentirosos y desconfiables. Parece que el ejercicio de honestidad estuviera penado. 

Tres ejemplos bien simples pero potentes de cómo en un universo de discursos armados y falsos, personajes como Ibai son tan bien recibidos. El contraste, pero sobre todo el uso de códigos que las audiencias valoran y esperan parece bastante claro. Desde estos parajes, ejercicios como las transmisiones casi diarias de comunicadores como Carlos León Moya (@contracultural) o el popular Man Ray (@litolobo) son ejemplos que debemos mirar. En especial este último, no solo por su parecido con Ibai, sino por la sensibilidad que muestra y porque a diferencia de otros comunicadores, no le cuesta ceder el micro y dejar que su audiencia se apodere de sus temas. Son dos grandes ejemplos que han planteado el uso de un lenguaje diferente, claramente comunitario y recíproco, que deberíamos mirar con expectativa y, por qué no, esperanza. 

Más allá de generar nuevos deportes, Ibai nos está enseñando qué grandes errores cometemos al comunicar como lo hacemos.     

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1 https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2021/09/01/ibai-llanos-messi-twitch-entrevista-periodistas/

 2 https://twitter.com/elfjcgc/status/1449660108418555906?s=20

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ESPN, Fox, Ibai Llanos

Después de casi treinta años, José Alberto Bravo de Rueda publica su segunda novela, titulada Fanático del rock (Lima: Hipocampo Editores). Si bien Bravo de Rueda es un prolífico escritor peruano que publica poesía y prosa, esta vez nos sorprende con un tema muy actual –político y cultural– que resalta la historia peruana de los últimos cincuenta años. 

Desde el inicio del relato notamos que el narrador en tercera persona nos cuenta sobre la admiración que existe en Lima por los músicos internacionales, particularmente los del género del rock y la banda The Rockin’ Bones (un sucedáneo literario de The Rolling Stones). Así, el argumento se desarrolla a través del secuestro de esa famosa banda por el comandante Fernando Goicochea, ex torturador y genocida del Grupo Colina que había sido dado de baja por sus atrocidades, pero seguía suelto en plaza y se dedicaba a la vida delictiva gracias a su avanzado entrenamiento militar y su posesión de diversas armas. Goicochea, curiosamente, es un fanático del rock y su intención es tocar con la banda mientras esta se encuentra cautiva.

Con una prosa limpia dentro de un lenguaje coloquial y lúdico, el narrador nos relata las hazañas de gente de poder en el estado peruano donde los corruptos (como Goicochea) terminan siendo los triunfadores y los honestos (como el detective Jorge Arteaga, de la Policía Nacional, perseguidor de Goicochea) son castigados. 

Asimismo, los temas de violencia, corrupción y crímenes son vistos bajo una nueva luz, donde se busca e indaga quiénes son los responsables de dichas acciones. La música cumple un rol fundamental a través del relato político-policial, desde un rock internacional, donde grandes músicos comparten su talento, hasta el gusto por lo local y regional. La música en sí identifica y define en muchos casos a nuestros personajes, que viven tanto el rock como el huayno.

La relevancia cultural que Fanático del rock nos expone es justamente la presencia musical en todos sus ámbitos y categorías, como un retrato alegórico del Perú, desde el rol fundamental que se le asigna al rock hasta sus derivaciones en subcategorías, como el auge de los músicos nacionales que representan distintas esferas sociales.

Sin embargo, el trasfondo histórico y político de la trama nos lleva a pensar en la denuncia de las atrocidades cometidas contra los derechos humanos que no se han resuelto en el país y que han derivado en algunos casos en la formación de comandos de delincuentes como síntoma de una sociedad enferma que no ha logrado superar sus problemas fundamentales (pobreza, desigualdad social, inseguridad pública, etc.). 

Fanático del rock nos ofrece una visión diferente a la aceptada por el conservadurismo nacional. Es decir, la novela pone en tela de juicio comportamientos y acciones perpetradas por gente de poder y finalmente nos ofrece una entretenida prosa con personajes que ejemplifican momentos trascendentes en la historia cultural y política del país.

José Alberto Bravo de Rueda ha publicado los poemarios Intento de ala (1983) y El libro de las reencarnaciones (2019), el conjunto El hombre de la máscara y otros cuentos (1994) y la novela Hacia el sur (1992). Es uno de los grandes valores de la notable Generación del 80, descuidada está, en su conjunto, por nuestra crítica local, más atenta a las publicaciones de las angurrientas editoriales transnacionales. Por añadidura, Bravo de Rueda forma parte del enorme contingente de escritores peruanos afincados en los Estados Unidos, que ya llega a por lo menos unos 150, según los índices del primer Encuentro de Escritores Peruanos en los Estados Unidos realizado el 2015 en Washington, DC. 

A leer a Bravo de Rueda, que vale la pena.

 

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#Rock, Fanático del rock, Literatura

La elección de Mirtha Vásquez en reemplazo de Guido Bellido plantea un nuevo escenario para los actores políticos y posibles recomposiciones en la izquierda y la derecha,  las que manteniendo sus estrategias primordiales podrían redefinir sus ubicaciones en el actual juego político. La tensión de fondo sigue siendo entre el proyecto de cambio y la conservación del estatus quo, pero están a la orden del día modificaciones tácticas que pueden tener consecuencias en el mediano y largo plazo.

Purga en la oreja

Así, la coalición vacadora mantiene su proyecto estratégico. A la espera de nuevas oportunidades, renueva su táctica principal de proponer censuras ministro por ministro, apuntando ahora a los titulares de las carteras de Interior, Educación y Cultura. Además, se insiste en la ley que acota la cuestión de confianza. Ambas tácticas bajo el paraguas polarizador de  un discurso hiperideologizado, macartista y terruqueador.

Lo que llama la atención, sin embargo, es que estas tácticas y narrativas sean asumidas también por sectores más amplios, desde el centro derecha hasta cierto progresismo liberal. Particularmente, sobresale aquella que apunta -incluso desde la segunda vuelta-, tanto a la exclusión de Perú Libre de la coalición de gobierno, como al abandono de las propuestas de campaña expresadas en el “plan de bicentenario” y en la apuesta por una nueva constitución.

Tenemos al frente un guión más o menos conocido, que con actores distintos repetía el mismo drama cada temporada. El régimen político instalado en el presente siglo combinó, en tiempos no electorales, el bloqueo de cualquier reforma distributiva significativa -vía terruqueo y criminalización de la protesta-con la cooptación del candidato reformista, el que terminaba abandonando su propuesta de cambio y su equipo original de gobierno. 

Sn embargo, lo que se suele omitir en estas posturas es que las elecciones no solo son respecto al presidente y su fórmula, sino también respecto de un programa de gobierno y una determinada conformación política para sostenerlo e implementarlo. Por ello, es profundamente antidemocrático la exclusión tanto del partido político –¡más aun cuando se trata del partido que ganó las elecciones!-, como también la exigencia de excluir propuestas que fueron parte de la oferta de gobierno de cara al electorado; Pedro Castillo ganó ofreciendo, entre otras cosas, una nueva constitución. 

Otro asunto es que la oposición exija a las fuerzas oficialistas que dicho objetivo se desarrolle en el marco de la legalidad democrática. Algo sobre lo cual el Presidente también ha insistido, anunciando que enviará un proyecto de ley que permita la convocatoria a una Asamblea Constituyente.  

Fuego amigo

El guion, sin embargo, ha dado un giro novedoso -y suicida- por izquierda: la misma fuerza política que los poderes fácticos quieren excluir, es la que amenaza con separarse y pasar a una inédita oposición. Los altisonantes términos que han proferido los liderazgos principales de Perú Libre hacia el gobierno y su nuevos conformantes contrastan con sus trayectorias y los hechos: no se ha podido ver ninguna política abandonada, ni ninguna tendencia que pueda señalarse como humalización o “caviarización” (con todos los amplísimos significados que eso supone). Salvo que se entienda que luchar por la memoria de las victimas del terrorismo de Estado y la defensa ambiental en confrontación con Yanacocha sea una señal de centroderechización. En efecto, la constitución no está en la agenda gubernamental -como no lo estuvo con Bellido-, aunque como lo ha señalado Castillo y otras fuerzas políticas del gobierno sigue siendo un objetivo político de mediano plazo. 

Hay obvias diferencias, de estilos y trayectorias, pero que principalmente expresan  formas distinta para llegar a un objetivo compartido. Si el Plan Bicentenario y el discurso del Presidente el 28 de julio son los que marcan los objetivos estratégicos  -y que ni es el “comunismo” ni “caviarización”-, entonces se debería reconocer que lo que existe  son diferencias menores o –apelando al manual leninista más rústico- de orden táctico. 

Las diferencias corren, entonces, por otro cauce o causa. Como ya lo dijimos anteriormente -y más allá de los pendientes judiciales-, la dirección de PL pretende perfilarse como una fuerza “verdadera” de la izquierda de cara a las elecciones regionales y municipales y, con un pie adentro  o sin eso, agitar la inconsecuencia del gobierno,  construyendo un perfil diferenciado -pero sin ofrecer alternativas programáticas viables-, intentando alejarse de los pasivos que suele cargar todo gobierno, más aun cuando hay un proyecto de vacancia al acecho.

El siempre difícil proyecto unitario choca aquí con una lógica más bien sinuosa que debe pasar a consideración. Y es que, paradójicamente, un distanciamiento permanente y radical de PL debilitaría por izquierda al gobierno, haciéndolo más dependiente de los votos siempre preciados del centro liberal y la centroderecha, con lo que el discurso de la derechización terminaría siendo una profecía autocumplida. 

Lo que está en juego hoy es la tantas veces burlada promesa de cambio que la democracia peruana le debe a millones de peruanos. En perspectiva, en términos narrativos, la coalición de gobierno debería insistir en que hay suficiente espacio para un proyecto que se coloque entre un continuismo mediocre y una política de agitación y consigna sin programa alternativo, que además alimenta la paranoia ultraderechista. El diálogo y el consenso tiene que apuntar no solo a avanzar en políticas que legitimen cambios más de fondo, sino también en una materia pendiente: el diálogo y consenso abajo, en la sociedad, mediante la activación de los sectores sociales beneficiados o por beneficiarse. Una ruta democrática y constituyente.

 

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gabinete Vásquez, Guido bellido, Mirtha Vasquez, Pedro Castillo

Ha hecho mucho el presidente Castillo por quitarle argumentos a la derecha extrema, que lo quiere vacar desde el primer día sin importar razones, al romper con Vladimir Cerrón, el polo radical marxista que el exgobernador de Junín representaba.

La queda aún tarea por hacer. Desde tomar distancia también del ala maoísta del magisterio que lo acompaña y que se infiltra a través del Fenate-Movadef y de un displicente -si no, cómplice, ministro de Educación-, hasta, además, en lo que sería la piedra madre de la maduración del régimen, el abandono del proyecto de Asamblea Constituyente (y cuyo pase obligado por la disolución del Congreso es lo que activa todas las alarmas de una vacancia expréss). La última encuesta de Ipsos refleja que solo el 10% de la ciudadanía apoya el cambio de la Carta Magna.

Haciendo ello, Castillo no se humaliza, ni despliega una “hoja de ruta”. Simplemente quita toda la maleza que en estos momentos sigue perturbando la visión legítima de un gobierno de izquierda, que, como tal, debiera abocarse a tareas urgentes pendientes en el país.

Desde ajustar inequidades tributarias obvias, hasta generar nichos de competencia donde en estos momentos no los hay, en lo que coincidiría, dicho sea de paso, con una opción liberal, en manejar disruptivamente el establishment económico-empresarial del país.

Y, sobre todo, desplegar una reforma radical y profunda de los sistemas de salud y educación públicas. Allí radica la esencia de un gobierno de izquierda en el Perú. En lograr una ecualización ciudadana en base a esos dos grandes sistemas de nivelación e inclusión social, que representa que los pobres del país gocen de una salud y educación de primer orden, gratuita y universal.

Pero de ello hasta el momento poco o nada. El ministro de Salud está abocado, con eficacia, a manejar los asuntos de la vacunación (esperemos que también esté preparando al país para la tercera ola), pero de reforma del sector y de integración de EsSalud y el Minsa en un solo sistema, no hay una sola letra. Y el ministro de Educación va a contramarcha de lo mucho de bueno que se ha avanzado en los últimos lustros respecto de la carrera magisterial meritocrática y se la quiere tumbar de un porrazo. Es, en la práctica, un contrarreformista.

Castillo debe durar cinco años. Un gobierno de izquierda declarado debe poder hacerlo. Pero necesita despercudirse de tics ideológicos absurdos y abocarse a lo que realmente importa y corresponde.

-La del estribo: a ver si la correcta ministra de Cultura, Gisela Ortiz, le da una miradita al absurdo tema de rutas y aforos de Machu Picchu, la estrella del turismo nacional, que hoy está atrapada en regulaciones absurdas que solo espantan al turista en lugar de atraerlo.

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gobierno de Castillo, Izquierda, Presidente Castillo, Vladimir Cerrón

Así, en plural. Me refiero a la vuelta a la oficina, a la vuelta a los salones de clase, a esa tan mentada nueva normalidad, cuando la pandemia amaina y parece enfilarse hacia la endemia.

Se supone que todos estamos saltando en un pie: madres y padres hartos de actuar varios guiones distintos en el mismo escenario, por fin exonerados de ser asistentes de aula impagos. Los chicos eximidos de esa cercanía sofocante —he escuchado a varios que juran “la siguiente epidemia no me agarra ni de a vainas en la casa de mis viejos”— que puso entre paréntesis las promesas de independencia y autonomía.

Pero no…, por lo menos no así de sencillo, ni unánime.

Acompañé a pacientes de todas las edades en los varios matices del encierro y las múltiples tonalidades del miedo. Ahora voy siguiendo los sentimientos encontrados camino a los espacios pre covídicos, no solo de individuos, sino también de grupos de ejecutivos que trabajan en organizaciones de todo tipo y en varios países.

Los hay claustrofóbicos y otros claustrofílicos, los hay que se sienten cómodos con colegas bidimensionales y otros que añoran la carne y el hueso de los pasillos. Pero si los mandamases en los directorios y quienes dirigen los departamentos de recursos humanos creen que se va a imponer una talla única, se equivocan groseramente.

Muchos la tienen clara: el contacto importa, pero la reunionitis compulsiva es una pérdida de tiempo y energías. Nada justifica desplazamientos que en algunas ciudades se miden en horas. La identidad organizacional no depende de una sede central llena de rituales y señales que tienen que ver más con jerarquía y control que con innovación y productividad. Se puede trabajar desde cualquier lugar, por lo menos parte del tiempo.

Todos saben que lo que se extraña de las empresas y colegios —encuentros casuales, intercambio de información interpersonal, vale decir, chismes y recreos de todo tipo— es justamente lo que estará fuera de límites y que el resto es, más o menos, lo que se hacía en casa o cualquier otro lugar, solo que… con mascarilla.

Pero, sobre todo, un número apreciable de quienes estudian y trabajan, han comenzado a redefinir lo que significan esas dos actividades y su contribución a la identidad de las personas y están llegando a la conclusión de que por lo menos algunos protocolos educacionales y profesionales no son más que estupideces consagradas por la tradición y la autoridad.

Ya se dieron cuenta.

Los más creativos y capaces ofrecerán sus talentos a organizaciones —públicas y privadas, con y sin fines de lucro— que acepten lo anterior y ofrezcan flexibilidad, así como reconocimiento a maneras distintas de hacer las cosas; que combinen lo presencial con lo remoto, la circulación de personas e ideas por espacios diversos sin que dejen, por ello, de pertenecer a culturas institucionales vigorosas.

El COVID-19 causa una enfermedad, SARS-CoV-2, que se volvió pandemia. Habíamos olvidado que las pestes nos han acompañado desde que se nos ocurrió erigir la torre de Babel, mítico emprendimiento bíblico, símbolo de nuestra soberbia.

Hemos podido más que nuestros ancestros cuando sufrieron los embates de las plagas ateniense, antonina, justiniana, la muerte negra, la gripe rusa y la española, para solo mencionar algunas. Con celeridad extraordinaria desarrollamos vacunas eficaces y las venimos aplicando a pesar de las dificultades —que han terminado siendo más ideológicas, basadas en ideas, que logísticas—, así como estrategias comportamentales individuales y colectivas que limitan los contagios.

Sin embargo, no hay bala de plata: todos los países, no importa el sistema político que los gobierna ni los perfiles culturales que los definen, han pasado por cimas y simas en sus indicadores pandémicos.

Independientemente de lo anterior, el estado de ánimo colectivo —que ya venía groggy desde 2008— ha cambiado para peor. Sin entender los nuevos sentidos del trabajo, lo que esperamos de la vida, lo que define a los individuos, la identidad colectiva, el significado de salud y enfermedad, el balance entre protección y libertad, la palabra regreso es una cáscara vacía.

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Covid-19, sociedad

Es un disparate supremo el perpetrado por Vladimir Cerrón y su cúpula partidaria, de acusar al actual gobierno de derechista o de caviar. Si algo caracteriza claramente al régimen de Castillo es su izquierdismo manifiesto.

¿Qué política pública de derecha ha aplicado en estos primeros meses de gobierno? ¿Qué derechista agazapado se ha infiltrado en las filas del régimen? ¿Qué indicio de sojuzgamiento a los grupos de poder -si como derecha mercantilista se le quisiese clasificar- puede apreciarse en las decisiones del Ejecutivo?

El de Castillo es un gobierno de izquierda. Y como tal, un gobierno lleno de mediocridades y errores, propios de los regímenes que siguen esa línea ideológica. Por lo pronto, una clara aversión a lo que significa la inversión privada, sin cuyo aliento no tendremos forma de obtener tasas de crecimiento del PBI superiores al mediocre 2% que la mayoría de expertos pronostica para el vigente lustro.

Habrá pocas nueces izquierdistas, es verdad, porque felizmente funcionan en el país los poderes de contención institucionales. El Congreso, el Poder Judicial, el Ministerio Público y el Tribunal Constitucional, de diversas formas le han hecho saber al Ejecutivo que no es un poder dictatorial y tiene que ceñirse a ciertos cartabones.

La medianía en el ejercicio del poder va a caracterizar a este gobierno precisamente por ser de izquierda. Lo reiteraremos hasta el agotamiento: lo que el Perú necesitaba más que nunca en las actuales circunstancias era un shock de inversiones capitalistas que permitieran remontar la recesión pandémica, en el corto plazo, y en el mediano, la inercia proinversión (excepción hecha del segundo alanismo) de la transición post Fujimori.

Y Castillo y sus diletantismos izquierdistas no generarán la confianza necesaria para alentar ese proceso. La única manera de, siquiera, rozar mínimamente un grado de inversión privada interna potable, pasa por descartar la Asamblea Constituyente corporativista que aún piensa ejecutar. Más temprano que tarde esperemos que se dé cuenta del desmadre que implicará ese proyecto y lo deseche, pero el tiempo que demore en hacerlo será tiempo valioso perdido para el país.

El Perú necesitaría veinte años seguidos de gobiernos promercado para acceder a ser un país medianamente desarrollado y con grados de disminución de la pobreza y de las desigualdades tales, que se desarraiguen ideas pasadistas como las que alberga un sector significativo de la ciudadanía. Castillo, claramente, no forma parte de ese proceso. Su izquierdismo rampante lo condena a la mediocridad.

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Derecha, Izquierda, Presidente Castillo, Vladimir Cerrón

Ayer se inició la colocación de una dosis de refuerzo al personal de primera línea y, si bien aún no existe evidencia a favor de una tercera dosis en vacunas heterólogas (ya que vamos a mezclar el esquema de Sinopharm con una dosis de Pfizer), sinceramente, aplaudo esta iniciativa. 

He visto el gran descenso de casos hospitalizados gracias a que se está vacunando a toda la población; pero aún llegan pacientes graves, los cuales son personas no vacunadas. Por eso, no voy a negar que, a pesar de que sé que nuestro principal escudo son las mascarillas, mientras más pasan los meses, crecen mis dudas respecto a si aún tengo esa protección extra que adquirí en febrero. Lo último que quisiera es que con el paso del tiempo nuestra protección baje a tal punto que, en caso de contagiarnos, alguno de mis compañeros o incluso yo misma lleguemos a desarrollar una enfermedad grave. 

Por eso agradezco esta tercera dosis, sin embargo, no estoy contenta por completo. Creo que faltó algo mandatorio, que es plantear una investigación para evaluar realmente qué grado de protección podríamos tener con esta tercera dosis y, principalmente, confirmar que efectivamente la estamos adquiriendo. 

Si bien es cierto, el ministro Cevallos anunció que el INS tomaría muestras a 800 médicos antes y 3 meses después de inocular esta dosis, sin embargo, no se ha hablado de un protocolo de investigación en sí como para conocer si estos 800 médicos constituirán una muestra significativa o si los resultados encontrados serían extrapolables al resto de la primera línea o la población general. 

Esto me preocupa porque, ¿qué pasaría si en realidad usar una vacuna con un mecanismo de acción diferente no funcionara como refuerzo? El peor escenario sería  que lo tomemos como si así fuese y al final terminemos desprotegidos. 

Espero que pronto haya mayor información por parte del INS acerca de cómo es que se realizará este estudio, porque es importante para nosotros conocer si esta tercera dosis realmente nos servirá como refuerzo para que, en caso contrario, se tomen decisiones como, por ejemplo, aplicar el esquema de Pfizer completo. Además, realizar un buen estudio nos serviría también para replicar esta medida en el resto de la población. 

 

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Covid-19, Ministerio de Salud, vacunas covid 19

La filósofa norteamericana Susan Wolf publicó en el 2010 un artículo llamado “Meaningfulness: A Third Dimension of the Good Life” en el que hace una propuesta acerca del sentido de la vida. Tuve acceso a este artículo recientemente a través de un curso de filosofía y me llamó la atención su propuesta por la manera clara y didáctica en la que explica un tema muy relevante. Por esto decidí que valía la pena producir un resumen en español que espero disfruten tanto como yo.

Introducción

Los modelos filosóficos de motivación humana tienden a caer en dos categorías. Por un lado, existen modelos egoístas, que conciben a los seres humanos como movidos y guiados exclusivamente por lo que consideran su propio interés. 

Por otro lado, hay modelos dualistas, que sostienen que las personas son capaces de moverse no solo por el interés propio, sino también por algo «superior».  

Estos modelos de motivación, sin embargo, dejan fuera muchos de los motivos y razones que dan forma a nuestras vidas, los cuales no son periféricos ni excéntricos.

Específicamente, sugiero que estas razones están conectadas con la posibilidad de que vivamos vidas con significado, entendiendo el significado como un atributo no reducible bajo los criterios de felicidad o moralidad.  

La conciencia de que el significado representa una categoría de valor conceptualmente distinta a la felicidad y al interés propio, por un lado, y la moralidad, por otro, debería afectar la forma en que pensamos sobre estas otras categorías más familiares.  

Los ejemplos más obvios de esta nueva categoría son aquellos en los que actuamos por amor. No actúo por interés propio ni por deber ni cualquier otro tipo de razón imparcial, actúo por amor. 

Así como los modelos egoístas y dualistas dejan fuera estas «razones de amor», me parece también dejan fuera muchas de las razones que nos mueven a perseguir intereses que nos apasionan, como por ejemplo escribir filosofía, practicar un instrumento musical o cuidar el jardín, los cuales pueden exigir más tiempo del razonable desde el punto de vista de nuestro propio bienestar.

No es forzado pretender que los sujetos de estos ejemplos amen la filosofía, la música o las flores, y que su amor por estas cosas pueda no solo explicar sino justificar sus decisiones y comportamiento más que el amor por sí mismos o un imperativo moral.

En el caso de actuar en favor de un ser querido, es el bien de esta otra persona el que nos proporciona las razones para actuar, lo que nos atrae es un valor percibido que se encuentra fuera de uno mismo. 

Mi afirmación entonces es que las razones de amor – ya sea a personas, ideales u otro tipo de objetos – tienen un papel distintivo e importante en nuestras vidas y no deben ser asimiladas como razones de interés propio o de moralidad.  

Sin embargo, no todas las acciones motivadas por razones de amor están justificadas ni son buenas razones. Lo que deseo defender es la justificación e importancia de un subconjunto de esas acciones y decisiones que se guían por razones de amor. 

Quiero defender la importancia de las acciones y patrones de acción que se involucran positivamente con objetos dignos de amor, de una manera que sea independiente de si estas acciones promueven el máximo bienestar de la persona en cuestión o el bienestar del mundo en general.  

Ser propensos a ser movidos y guiados por razones de amor, cuando los objetos de amor son dignos, es, creo, el núcleo de nuestra habilidad para vivir vidas con significado.

De acuerdo con el concepto de significado que propongo, este surge de amar objetos dignos de amor y comprometerse con ellos de una manera positiva. 

La relación entre el sujeto y el objeto de su atracción debe ser activa. El mero reconocimiento pasivo y una actitud positiva hacia el valor de un objeto o actividad no es suficiente para una vida significativa. 

Lo que quizás sea más distintivo de esta concepción de significado, es que implica elementos subjetivos y objetivos, inextricablemente vinculados.

Este punto de vista podría verse como la combinación de dos puntos de vista populares. 

El primero, también llamado Enfoque de Plenitud,es la visión de que no importa lo que hagas con tu vida, siempre y cuando sea algo que amas. Encuentra tu pasión. Averigua lo que te enciende y búscalo. 

El segundo, también llamado Enfoque Más grande que uno mismo, dice que para vivir una vida verdaderamente satisfactoria, uno debe ser capaz de ser parte de algo “más grande que uno mismo”. Esto con el objetivo de contribuir a algo cuyo valor es independiente de uno mismo.  

Entendida de esta manera, la primera visión, puede entenderse como una forma de abogar por el elemento subjetivo, mientras que la segunda visión, nos insta a satisfacer la condición objetiva.   

Cuando se piensa en la propia vida, por ejemplo, la preocupación de una persona respecto a que su vida carece de significado suele ser una expresión de insatisfacción con la calidad subjetiva de su vida.  

Por otro lado, cuando consideramos las vidas de los demás, nuestra tendencia es a caracterizarlas como significativas, o no, basados en nuestra evaluación del valor objetivo de estas.

El Enfoque de Plenitud

El Enfoque de Plenitud nos insta a «encontrar nuestra pasión e ir a por ella», porque hacerlo nos dará un tipo particular de sentimientos positivos, llamémoslos de plenitud, opuestos a sentimientos de aburrimiento y alienación. 

Aunque los sentimientos de plenitud son indudablemente buenos, hay muchos otros que podrían ser clasificados como placeres, que no tienen nada que ver con la plenitud. 

Para alguien que trata de decidir qué carrera seguir o cómo estructurar su vida, este enfoque aconseja no centrarse demasiado en los objetivos superficiales de la facilidad, el prestigio y la riqueza material.  

No obstante, el Enfoque de Plenitud, tal como lo he interpretado, es una forma de hedonismo, en el sentido de que su prescripción para la mejor vida posible se basa exclusivamente en la cuestión de cómo una vida puede alcanzar el mejor carácter cualitativo. Desde este punto de vista, la experiencia positiva es lo único que importa.

Si, como sugiere el Enfoque de Plenitud, lo único que importa es la calidad subjetiva de la vida, entonces no debería importar qué actividades dan lugar a esa calidad. Imagínese, en particular, una persona cuya vida está dominada por actividades que la mayoría de nosotros estaríamos tentados a llamar sin valor, pero que sin embargo le dan satisfacción, como por ejemplo resolver crucigramas o ver telenovelas. 

En la variación que el filósofo Richard Taylor hace del mito de Sísifo (los dioses inyectan a Sísifo una sustancia que lo hace apasionarse por rodar piedras), la tarea de Sísifo ya no es aburrida para él. Pero sigue siendo una tarea inútil. Algo deseable parece faltar en su vida a pesar de su experiencia de plenitud. Dado que lo que falta no es una cuestión subjetiva –la vida de Sísifo es la mejor posible desde su punto de vista–, debemos buscar una característica objetiva que defina lo que falta. 

El Enfoque Más grande que uno mismo 

Este segundo enfoque nos dice que el mejor tipo de vida es aquella que contribuye a algo «más grande que uno mismo». Podríamos entender este enfoque como uno que recomienda la participación en algo más importante que nosotros mismos, algo, en otras palabras, que es más grande que nosotros mismos no en tamaño, sino en valor. 

¿Es la filosofía o la poesía o el baloncesto algo “más grande que uno mismo” en valor?  Es difícil saber lo que significan estas preguntas. Una interpretación más prometedora de este enfoque es recomendar que uno se involucre con algo que no sea uno mismo, es decir, con algo cuyo valor es independiente y tiene su fuente fuera de uno mismo.  

El Enfoque Bipartito o de Plenitud Adecuada

La combinación del Enfoque Mas grande que uno mismo y el Enfoque de Plenitud, producen el Enfoque Bipartito, una mejor concepción del significado que cualquiera de los dos enfoques tomados por sí solos.  

En esta visión bipartita, para que una vida sea significativa, se debe cumplir una condición objetiva y subjetiva. Lo que recomienda este enfoque es que uno se involucre activa y amorosamente en proyectos que den lugar al sentimiento de plenitud, pero siempre que estos tengan un cierto tipo de valor objetivo.  

Al vivir de una manera que está parcialmente ocupada y dirigida hacia la preservación o promoción o creación de algo independientemente valioso, uno hace algo que puede ser entendido, admirado y apreciado desde el punto de vista de los demás, incluyendo el punto de vista imaginario de un observador imparcial.

La contemplación de la propia mortalidad, de la insignificancia cósmica y la indiferencia del universo puede hacer que algunos se estremezcan o entren en desesperación. El vivir de una manera activa y comprometida en proyectos de valor independiente puede poner fin a estos sentimientos.  

Si estamos comprometidos en proyectos de valor independiente –luchando contra la injusticia, preservando un edificio histórico, escribiendo un poema–, entonces presumiblemente otros también serán capaces de apreciar lo que estamos haciendo. Esto nos hace al menos teóricamente parte de una comunidad, compartiendo valores y un punto de vista.  

El hecho de que el interés por una vida con significado no aflore hasta que se satisfagan las necesidades más básicas no es razón para perder de vista su importancia. El hecho de que una persona no articule conscientemente un interés en garantizar que algunos de los proyectos o cosas con los que está ligada su vida puedan ser juzgados independientemente como valiosos no es suficiente para justificar la opinión de que su valor sea irrelevante para él.  

La búsqueda de significado a través de un compromiso activo y amoroso en proyectos de valor es una característica distinta de la felicidad y la moralidad y merece ser incluida en una concepción de vida humana plenamente exitosa.  

Nuestro interés en vivir una vida significativa no es un interés en que nuestra vida se sienta de cierta manera – es un interés en que sea de cierta manera, específicamente, que sea una que pueda ser apreciada apropiadamente, admirada o valorada por otros al menos en principio; que sea una vida que contribuya o se conecte de una manera positiva con un valor independiente.

Para tener una vida que no sólo parece significativa, sino que es significativa, el aspecto objetivo es tan importante como el subjetivo. 

Me parece que hay dos tipos de preocupaciones que tienden a alimentar las dudas sobre la objetividad de los valores. 

La primera es de tipo moral y está relacionada con la pregunta “¿Quién puede decir que proyectos son o no valiosos?”, a la cuál respondo “Nadie en particular”. 

Estas son preguntas abiertas, nuestros juicios de valor siempre serán tentativos y supongo que las responderemos mejor si compartimos nuestra información, experiencia y pensamientos. 

Sin embargo, la ausencia de una autoridad final sobre la cuestión de qué cosas tienen valor no pone en duda la legitimidad o coherencia de la búsqueda de una respuesta más o menos razonable, aunque también parcial, provisional, impermanente. 

El segundo tipo de preocupación es más intelectual y pone en duda el hecho de que pueda existir un estándar objetivo de valor. Algunos podrán juzgar una actividad como inútil mientras que otros la podrán ver como valiosa. 

Con respecto a los juicios de valor, entonces, uno puede estar equivocado. En mi opinión, encontrar una explicación adecuada de la objetividad de los valores es un problema sin resolver en filosofía, o quizás mejor, un grupo de problemas sin resolver.  

La ausencia de un cálculo adecuado de la objetividad en los valores nos da mayor razón para ser tentativos en nuestros juicios sobre qué tipo de proyecto merece ser incluido en la clase de actividades que puede contribuir al sentido de la vida.  

Debemos admitir la razonabilidad de la controversia no sólo sobre el valor de actividades particulares, como hacer bailes de tiktok, jugar frisbi o estudiar filosofía, sino también sobre categorías enteras de actividad, como la autorrealización o la comunión con la naturaleza. 

Mi propia inclinación es ser generosa en mis juicios tentativos acerca de lo que es valioso. ¿Cuál es el punto de insistir en que existe tal cosa como una vida significativa, podrían preguntarse, si no se puede dar ningún tipo de orientación sobre cómo vivir una?  

Parte de la respuesta es que reconocer al significado como una categoría distinta de la felicidad y la moralidad nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y a nuestros valores, y nos hace menos propensos a distorsionar el carácter y la importancia que algunos de nuestros intereses más profundos tienen para nosotros. 

Una segunda parte es que el reconocimiento del significado como una tercera dimensión de la buena vida debe cambiar la forma en que pensamos en las otras dos dimensiones de la felicidad y la moralidad.  

Uno puede considerar la pregunta “¿Qué tiene valor objetivo?” como inteligible e importante sin dejar de ser apropiadamente humilde sobre la limitada capacidad para descubrir la respuesta y ser debidamente cauteloso sobre el uso que se le puede dar a la respuesta parcial y tentativa que se obtenga.  

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Susan Wolf
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