Opinión

Tengo una posición sobre el conflicto Israel-Palestina y es a favor de Palestina. A estas alturas de mi vida ya no voy a cambiar;  además, a partir de mis conocimientos acerca de dicho evento histórico, que no son pocos, he sacado mis propias conclusiones. Pero en historia la soberbia es mala consejera. 

Esto lo aprendí en el dictado de clases, más específicamente cuando enseñaba el periodo del Conflicto Armado Interno o la lucha contra el terrorismo (1980 – 1995). Sucedía que entre mis alumnos, siempre alguno provenía de la familia militar o policial y su narrativa, como puede comprenderse, era distinta a la que se difunde desde el conocimiento académico, que no por ser tal resulta poseedora de la verdad absoluta. Alguna vez,  uno de ellos me relató que, en aquellos tiempos, la preocupación en su hogar era que su padre volviese con vida a casa pues había sido destacado a la zona de emergencia.  

Situaciones como esta me plantearon un dilema más ético que epistemológico, máxime si mi postura frente al conocimiento histórico es narrativista: no se trata de la verdad, de la exactitud, se trata de interpretaciones con contenidos de verdad siempre discutibles. Y desde esa premisa me preocupé por conocer la otra mirada sobre este doloroso episodio y también por matizar más mis conclusiones al momento de enseñar la época del terror.

Por cierto, esto me ha sucedido también en relación con el tema central al que he dedicado mi carrera: las relaciones peruano-chilenas. Tuve que viajar a Chile en más de diez ocasiones y multiplicar mis amistades en el vecino país para comprender finalmente que ellas tienen su propia narrativa de nuestra historia en común, de los conflictos pasados que llevamos a cuestas, así como de las relaciones presentes y no solo tienen derecho a tenerla, lo lógico y natural es que la tengan.  

No se trata de someter la mirada propia a la del otro, pero sí de lograr la suficiente apertura de criterio y empatía como para conocer esa otra mirada. Y esto comienza por aceptar que esa mirada existe, no por negarla.

Hoy conversaba con un amigo historiador, es chileno y de origen judío.  El me replicó con mucha ponderación la última nota sobre el conflicto Israelí-Palestino que publiqué en mi block Palabras Esdrújulas. Le respondí algo que reafirmo, que no nos íbamos a poner de acuerdo. Pero entonces me confesó ser parte del problema porque perdió amistades muy valiosas en los atentados de Hamas del 7 de octubre de 2023. 

En dicho atentado, Hamas asesinó a casi 1200 personas, la mayoría jóvenes que disfrutaban de un concierto y tomó de rehenes a otras 251 que parecen importarle poco tanto al grupo terrorista como a la administración de Benjamín Netanyahu, cuyo sionismo radical denuncio aquí una vez más. El tema es que nosotros no le restemos importancia a esos crímenes.

Mi postura general sobre el asunto no cambia. Hablando en términos bíblicos, me parece evidente que  hay un Goliat expoliando a un David en ese territorio desde mediados del siglo pasado y que esa es la madre del cordero. Pero más allá de posturas políticas o históricas, nadie gana en un conflicto así, más bien todos sufren y sufren también los judíos quienes tienen derecho a narrar su historia desde sus propias coordenadas, igual que todos los demás.  

Link de mi artículo en Palabras Esdrújulas, referido en esta nota: 

http://blog.pucp.edu.pe/blog/daupare/2025/06/04/israel-ataca-de-nuevo-una-reflexion-a-base-de-historia-y-principios/

[Música Maestro] Luis Alva (1927-2025): Tenor peruano  

Una vida larga y exitosa

El tenor peruano Luis Eduardo Alva Talledo -algunos medios españoles e italianos especializados en ópera colocan una aristocrática e innecesaria preposición “y” entre sus dos apellidos- o Luigi Alva, como lo conocieron más en las escenas líricas de Estados Unidos y Europa, falleció el pasado 15 de mayo. Cosas, esa inútil revista limeña, en su versión online, malinforma que su deceso se produjo en Lima, “rodeado de sus seres queridos”. Es una paradoja que el medio favorito de las actuales clases altas que suel  en apoderarse de estos temas sea el que dé la peor muestra de ignorancia con respecto a la noticia final acerca de un artista que, prejuicios aparte, logró triunfar en su actividad como pocos.

Y sobre todo tomando en cuenta que había nacido en Piura, en un tiempo en que el centralismo era mucho más fuerte que ahora, si tal cosa es posible. Alva se codeó con los más grandes de su tiempo y, desde su rol como tenor ligero -un término que suele producir confusión entre los no iniciados en música académica, pero que en el contexto correcto sirve para describir voces especiales, de refinamiento técnico y registros altos- se posicionó como intérprete de papeles muy específicos que afianzaron su perfil en una época fundamental para el desarrollo de la ópera a mediados del siglo XX.

De actuaciones “expléndidas” -otra paparruchada del artículo post mortem firmado por un tal Alejandro Saldaña en Cosas- en los más prestigiosos teatros del circuito operístico, Luis Alva murió, en realidad, en su casa ubicada en Barlassina, en la región de Lombardía, al norte de Italia -casi a treinta kilómetros de Milán-, poco más de un mes después de haber alcanzado los 98 años. Una vida larga, plena y muy exitosa, dedicada al exigente y selecto mundo de las artes escénicas, lejos de su país, del que había salido en la década de los años cincuenta.

Su carrera, más allá de los obituarios inmediatos publicados en nuestros medios tradicionales, reduccionistas y motivados por la oportunidad -irrespetuosos, al final de las cuentas-, no despierta el más mínimo interés entre las masas actuales, más preocupadas de las últimas de Magaly, Bad Bunny o Christian Cueva. Ni siquiera les importó que Juan Diego Flórez, de quien seguramente creen que es el único tenor nacido en Perú, escribiera en su Instagram, al enterarse, lo siguiente: “Hoy el Perú y el mundo de la ópera despiden a una de sus más grandes voces”.

La música “clásica” y el Perú

Hace 35 años, las grandes mayorías no eran indiferentes a la música no popular. Mi padre, de familia humilde, nacido en La Victoria a inicios de los años treinta, sin instrucción universitaria ni cercanía con las élites limeñas durante sus años de juventud, sabía perfectamente quién era Luis Alva y cómo cantaba. Recuerdo a mi viejo, que en paz descanse, tan admirador del Conjunto Fiesta Criolla y Felipe Pinglo Alva como de Frank Sinatra y Mario Lanza, criticando la voz delgada de Luis Alva y, como buen criollo, riéndose socarronamente de que se hiciera llamar “Luigi”, un hecho que a él le sabía a disfuerzo, a huachafería. Dejando de lado sus sesgos, era evidente que, antes de llegar a los 30, ya tenía la capacidad de emitir un juicio apreciativo sobre un cantante de ópera, algo imposible para el veinteañero moderno.

Así como él, muchas personas de espectros socioeconómicos medios y bajos de Lima -y del Perú- tuvieron contacto con lo que pasaba en el mundo artístico de otros países, géneros y sensibilidades, más allá de aquellos intérpretes y canciones que escuchaban en casa o bailaban en fiestas. No era extraño que grupos de muchachos capitalinos, de distritos populosos, sin recursos económicos para recibir educación superior ni para pagar palcos pudieran, una vez colocados en el mercado laboral, cultivar gustos musicales sofisticados y construir colecciones de vinilos de sus artistas favoritos. Desde los boleros que se escuchaban en las películas del cine mexicano y el jazz del cine gringo hasta la música sinfónica en sus diversas variantes, las opciones eran innumerables.

Curiosamente, en la era de la mega información, los jóvenes de hoy, independientemente de su grado de instrucción o procedencia -lo mismo un barrista de San Juan de Lurigancho que se moviliza en micro que un magíster de la UPC con carro propio a los 22 años- ni siquiera son capaces de reconocer la diferencia entre tenor, barítono y bajo, los tres registros básicos de la voz masculina. Ni se imaginan qué es un contralto o un tenor ligero. Eso ha acrecentado la noción de que la música culta o académica solo es para las élites. Y esta problemática mundial es aun más grave en nuestro país. 

El conocimiento en general -y los gustos musicales, en particular- en lugar de democratizarse gracias a la tecnología, se han hecho más elitista que nunca. A pesar de que siempre, en el mundo contemporáneo, la música académica que muchos aun insisten en llamar en bloque “clásica” cuando esta palabra solo aplique para uno de sus periodos, ha sido consumida principalmente por las clases altas, hubo una época en que, por uno u otro camino, sus manifestaciones se permeaban hasta llegar a las bases de la población. Y si eran personas aficionadas al canto, como lo fue mi papá, con más razón.

En ese contexto, aunque Luis Alva desarrolló su vida y trayectoria musical en el extranjero, era un personaje conocido entre sus compatriotas, incluso entre quienes nada tendrían que ver, supuestamente, con la ópera. Tal y como ocurrió con la soprano Yma Súmac, Alva salió del Perú dejando atrás un medio poco estimulante para sus inquietudes musicales. A pesar de la popularidad que tuvieron, en las décadas de los cincuenta y sesenta, subgéneros sinfónico-teatrales como la zarzuela y la opereta, el Perú no ofrecía lo elemental para que su talento se desenvolviera. 

Mientras que la cajamarquina se dedicó al jazz y al mambo, haciéndose pionera de lo “exótico”, el piurano optó por rumbos menos masivos y más serios. Y lo hizo muy bien.

Estrella internacional del bel canto

Precisamente, Luis Alva hizo su debut como cantante lírico en el Perú cantando zarzuelas, específicamente la conocida Luisa Fernanda (Federico Moreno Torroba, 1932). Aunque inicialmente su intención fue hacer carrera en la Marina de Guerra del Perú, sus aptitudes musicales fueron descubiertas por la legendaria educadora y compositora limeña Rosa Mercedes Ayarza de Morales (1881-1969) quien lo animó a que dejara los uniformes blancos y se concentrara en entrenar su voz, pues allí estaba su futuro. 

Más que un consejo, lo de Ayarza de Morales -no “Ayarsa” como aparece en la web de Revista Cosas- fue una premonición. Luego de apuntarse en el Conservatorio Nacional de Música y ganar experiencia en la escena local en diversas producciones, la maestra vio a su pupilo partir, en 1953, hacia Italia y vivió lo suficiente como para ser testigo de su éxito. En 1956, apenas tres años después, ya estaba cantando en La Scala, la prestigiosa sala de conciertos de Milán, y su hermana menor La Piccola Scala, interpretando al personaje que marcaría su carrera desde entonces, El Conde de Almaviva en la ópera El barbero de Sevilla (Gioachino Rossini, 1816).

Entre 1956 y 1989, año en que se retiró oficialmente de los escenarios operísticos, Luis Alva consolidó su estatus como uno de los principales nombres en diversas temporadas de ópera, especializándose en papeles de corte humorístico, los cuales eran perfectos para su registro agudo. Fueron más de tres décadas en las que interactuó con personajes de la talla de Claudio Abbado (director), Tito Gobbi (barítono), Teresa Berganza (soprano), entre otros. Pero, sin duda alguna, el punto de su carrera del que más se habla es cuando compartió roles con la diva griega-norteamericana Maria Callas, durante la mencionada obra de Rossini, inmortalizada en grabaciones para el sello EMI Records, que fueron en su momento elogiadas por el afamado director Carlo Maria Giulini.

Alva fue reconocido por la crítica especializada como uno de los mejores intérpretes de las óperas de Rossini y Mozart, maestros de la llamada “ópera bufa” -entre otros ejemplos de este subgénero operístico podemos mencionar a Don Pasquale (Gaetano Donizetti, 1843) o Il matrimonio segreto (Domenico Cimarosa, 1792)- pero también alternó en obras más serias como Don Giovanni (Wolfgang Amadeus Mozart, 1787) o La traviata (Giuseppe Verdi, 1853), solo por mencionar dos de las tantas que fueron parte de su repertorio.  

A medida que su prestigio aumentaba, más se alejaba de los radares del Perú, su tierra natal, que prácticamente le perdió el rastro a sus mayores triunfos artísticos. Sin embargo, el cantante no abandonó sus vínculos con el país, pues iba y venía permanentemente, participando de vez en cuando en programas de televisión y dedicándose a apoyar a jóvenes valores de la lírica nacional, junto a su amigo y colega Ernesto Palacio (78), otro alumno de Ayarza de Morales que también logró forjar una carrera en el exterior. De manera transversal, Alva colaboró con Palacio en la educación musical y la formación artística internacional de Juan Diego Flórez (52), el belcantista nacional que superó largamente a sus dos antecesores y que es, actualmente, una de las figuras más importantes de la ópera y permanente difusor de la música nacional en el mundo.

Luis Alva en grabaciones

El nombre de Luis Alva aparece -como Luigi- en una innumerable cantidad de vinilos, recopilaciones y antologías de arias y óperas completas, publicadas en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta por importantes sellos discográficos especializados como London Records, Deutsche Grammophon, Philips o Columbia, muchas de las cuales dieron el salto a la era del disco compacto, en los años noventa y más allá. En esos álbumes podemos ver a nuestro compatriota al lado de las más grandes estrellas del canto y la dirección orquestal, un verdadero orgullo para la esmirriada escena musical peruana que, a su suerte, se mantiene a flote pero nunca como resultado de una política estatal ni mediática, sino por el empuje individual de artistas y sus leales públicos.

Además de esas selecciones, cuyo público objetivo es la comunidad de conocedores y entusiastas de la música clásica -por cuestiones de uso y practicidad yo también caigo en esa generalización conceptual, casi sin querer queriendo-, Alva grabó un par de LP orientados a un mercado más amplio y popular, algunos años antes de que tenores como Luciano Pavarotti o Plácido Domingo comenzaran su cruzada discográfica para acercarse a la gente no consumidora de música clásica y, en simultáneo, permitir que las grandes masas se conecten con la existencia del amplio mundo de lo sinfónico y lo académico a través de sus canciones -arias, romanzas, intermedios, dúos- más representativas.

El primero se titula Ay-ay-ay: Spanish and Latin American songs by Luigi Alva y lo grabó en 1964 con la Nueva Orquesta Sinfónica de Londres -el ensamble oficial de los conciertos que se hacían en el Royal Albert Hall en esos años, incluidas las tradicionales galas de los Proms que organiza anualmente la BBC- bajo la dirección del italiano Iller Pattacini, para los estudios Decca Records de Inglaterra. En ese LP, el peruano graba doce composiciones clásicas del repertorio latinoamericano y español, como por ejemplo Granada o Muñequita linda, de los mexicanos Agustín Lara y María Grever, respectivamente. También destacan algunas melodías muy conocidas como Princesita -romanza de la zarzuela La corte del amor, de José Padilla, 1916- o la popular Amapola, canción española escrita por José María Lacalle, en 1920. 

Un año antes, Alva había grabado el disco Songs of Tosti (Philips Records, 1963), acompañado por una orquesta bajo la dirección del pianista y arreglista italiano Benedetto Ghiglia. En este vinilo, relanzado en 1971 por Ricordi Discos, un antiguo sello italiano absorbido hace muchos años por Sony Classical, bajo el título Le romanze di Tosti, nuestro compatriota interpreta populares canciones napolitanas escritas por Francesco Paolo Tosti (1846-1916), como ‘A vuccella, Mattinata o Marechiare, habituales en el repertorio de todos los más famosos cantantes líricos anteriores y posteriores a Alva, desde Enrico Caruso y Tito Schippa hasta Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus y, por supuesto, estrellas más contemporáneas del llamado “crossover” entre lo pop y lo clásico como Andrea Bocelli, Josh Groban o el mismo Juan Diego Flórez. 

Luis Alva Talledo recibió la Orden del Sol del Estado peruano en el año 2000 en el grado de Gran Oficial y, posteriormente, en el 2004, en el de Gran Cruz. Años más tarde, en el 2015, a los 88 años, fue reconocido con la Medalla de Honor de la Cultura Peruana, otorgada por el desaparecido Instituto Nacional de Cultura del Perú (hoy Ministerio de Cultura, también desaparecido, pero por otras razones). 

     

Una marca sin buses

FlixBus no opera buses. Su negocio es vender pasajes con su marca, delegando la operación de transporte a terceras empresas que afilia con condiciones contractuales también engañosas. El usuario cree que va a viajar con un empresa llamada FlixBus, que no existe como empresa de transporte, el consumidor aborda un bus de otra empresa que de otra forma no elegiría.

Este modelo comercial es engañoso porque genera una falsa percepción de garantía. Ante un accidente, quién debe asumir la responsabilidad es la empresa de transporte desconocida por el consumidor pues la multinacional para eso, solo «gestiona la plataforma».

Además, distorsiona también la competencia. Los operadores tradicionales que cumplen normativas, tienen infraestructura propia y tributan correctamente deben enfrentar una competencia desleal, porque FlixBus es una «startup» con gran capacidad económica que utiliza para desplazar a la competencia a través de precios predatorios imposibles de igualar,

 

Seguridad sacrificada por el precio bajo

Las carreteras peruanas son peligrosas, con escasa fiscalización y controles técnicos laxos, por ello predomina la informalidad. Ofrecer pasajes a precios extremadamente bajos plantea una pregunta obvia: ¿cómo se financia un viaje de 14 horas por menos de 30 soles? Cuando lo hace un informal, el público puede percibir que asume un riesgo por un precio barato; en este caso, piensa que es bueno y barato y no es así.

La consecuencia muy probable es alarmante: Se reducen mantenimientos, se contratan conductores con menores exigencias, se extienden jornadas laborales y se utilizan buses antiguos. En suma, se sacrifica la seguridad y aunque FlixBus no lo muestra, quien asume el riesgo es el pasajero.

 

Una coartada perfecta para el lavado de activos

El modelo FlixBus puede servir como vehículo para el lavado de dinero. El transporte terrestre —por su manejo de efectivo, facilidad para justificar ingresos y baja fiscalización— es un canal históricamente infiltrado por redes criminales para el lavado de activos.

El Perú enfrenta múltiples formas de crimen organizado que generan enormes volúmenes de dinero ilegal. Este modelo permitirá que pseudo empresarios operen flotas a pérdida bajo el aval de una marca internacional que solo actúa como intermediaria. Esto es muy funcional para ese tipo criminal. Mediante esta modalidad, se puede lavar dinero justificando pérdidas operativas, todo bajo la justificación de ser «socio operador» de FlixBus.

 

Conclusión: amenaza disfrazada de modernidad

La llegada de FlixBus al Perú representa una alerta sobre cómo un modelo aparentemente moderno puede ocultar riesgo para los pasajeros, el transporte formal y la seguridad nacional. No se trata de rechazar la innovación, sino de exigir transparencia y regulación clara para resguardar al público y la sociedad del perjuicio de un modelo depredador aplicado a un servicio público, que debe ser económico, pero también seguro y eficiente.

La verdadera pregunta no es si FlixBus es sostenible, sino cuánto daño causará antes de que las autoridades reaccionen.

La proliferación de partidos políticos en el Perú, lejos de reflejar signos de salud democrática, ha convertido al país en una patética sátira de la representación ciudadana. Un proceso que, en su forma ideal, es serio y selectivo, ha sido suprimido por el fraude y la falsificación. No estamos ante un caso aislado sino ante una práctica sistemática (Reniec calcula que hay por lo menos 300 mil firmas falsificadas). No es sinootro ejemplo de la decrepitud moral de nuestra clase política, de cuán descarada es en su disposición de socavar las reglas y cuán despreciable es en la forma abusiva en que se comporta.

No estamos solo ante una ofensa legal, sino frente a uno de los golpes más destructivos que el ya limitado nivel de confianza en la democracia ha recibido en mucho tiempo. Fruto de mentiras, estas creaciones no pueden ser actores de algo estable, y mucho menos de los ciudadanos cuyos intereses pretenden representar. Nacen comonegocios familiares, máquinas clientelistas o herramientas de poder circunstanciales, sin ideología, sin programa, sin escrúpulos.

El Jurado Nacional de Elecciones debe tener el coraje de dejar atrás las investigaciones pusilánimes, o sanciones referenciales solo para dramatizar, y hacer una limpieza radical en el registro de organizaciones políticas. No es solo justo, sino necesario borrar la inscripción de partidos que han mentido desde el principio. Es un paso higiénico, profiláctico, que traería un poco de dignidad al espacio político y también tendría el efecto saludable de disminuir la fragmentación caótica que ha que gobernar, legislar o incluso debatir de una manera coherenteen el futuro próximo sea casi imposible.

En una democracia saludable, los partidos existen para ser vehículos de ideas, no espacios para oportunistas o, peor aún, franquicias de unnegocio electoral. Estaremos atrapados en esta grotesca tragicomedia hasta que actuemos en consecuencia; no podemos permitir que aquellos con la menor fe política sean, paradójicamente, los que más se beneficien.

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elecciones peru 2026, JNE, Jurado Nacional de Elecciones

[Música Maestro]

BEAT: Relevancia artística 

La semana pasada, cuatro músicos extraordinarios ofrecieron uno de los conciertos de mayor relevancia artística de los últimos tiempos. Hay artistas que, a estas alturas, trascienden todas las discusiones sobre géneros, épocas o niveles de popularidad/ventas pues lo que ofrecen es de una calidad incuestionable. Salvo para los necios, que nunca faltan. 

Dicho de otra forma, importa muy poco si a las grandes mayorías no les gusta el rock progresivo, si creen que es un estilo caduco, desfasado, que nadie escucha ya. Lo que ofreció BEAT hace ocho días en la legendaria Concha Acústica del Campo de Marte fue una clase magistral de irreverencia sonora, atemporalidad y brillo instrumental. Una tocada cuyo valor no se puede medir por cuánta gente fue o cuánto dinero recaudó.

Tampoco sirve, para calibrar la importancia de un espectáculo de este tipo, si la empresa organizadora tuvo que abrir una fecha extra o que haya publicado en redes sociales, a las pocas horas de haberse iniciado la venta de entradas, el afiche oficial con sellito rojo de «sold out». El éxito, en estos casos, no depende de factores externos. Hay talentos que, como el buen vino, simplemente añejan bien. Se cuidan y permanecen en el tiempo, son clásicos y omnipresentes, se ubican por encima de los demás. Pero lo hacen sin arrogancia, sin proponérselo siquiera, sin invasivas campañas de marketing ni disfuerzos exagerados para convencer a las masas de que son lo máximo. 

El resultado de lo que BEAT es capaz de hacer sobre los escenarios tiene mucho de espectacular pero también de esfuerzo, disciplina, creatividad y destreza. No es algo que se consigue de la noche a la mañana, por una presentación vulgarona, un hecho escandaloso, una millonaria publicidad o un golpe de suerte. Si la meritocracia existiera, Bad Bunny balbucearía frente a 2,000 personas y grupos como estos llenarían el Estadio Nacional. Es, desde luego, al revés. 

Lo anunciamos primero

Sudaca fue, a través de esta humilde columna semanal, el primer y único medio local que tomó contacto con este excelente proyecto musical, seis meses antes de que arrancaran una gira que, al principio, solo iba a abarcar un puñado de sesenta ciudades en Estados Unidos y Canadá. Me enteré por las redes sociales de Prog Rock Magazine, impecable revista mensual británica. En una columna titulada A propósito de BEAT, el acontecimiento musical del año, publicada el 13 de abril del 2024, ofrecí detalles de cómo nació la idea y qué alcances pretendía tener, incluso antes de que comenzaran a ensayar. En noviembre del 2024, me inscribí en la plataforma Veeps para ver la transmisión en vivo de un concierto que dieron en Los Angeles. Jamás imaginé que llegarían a Sudamérica. Y menos que incluyeran al Perú en ese periplo.

En esos días y durante todos los meses siguientes, las páginas web y redes sociales especializadas explotaron de emoción con la noticia. Rick Beato, el productor y guitarrista que mantiene un canal de YouTube ampliamente sintonizado entre músicos y melómanos de todo el mundo, los tuvo a los cuatro juntos y les dedicó un programa de una hora, solo para hablar de la gira, sus detalles, motivaciones y expectativas. En la entrevista fluyeron las anécdotas y las personalidades de los cuatro. 

Steve Vai, analítico y detallista, desmenuza casi científicamente su experiencia como fan de King Crimson desde sus años como alumno en Berklee y su emoción de tocar junto a Adrian Belew, uno de sus héroes, con quien comparte origen común. Ambos fueron descubiertos por Frank Zappa y tocaron con él -Belew de 1977 a 1979 y Vai de 1980 a 1982-. Carey, probablemente el mejor baterista de su generación, cuenta en las previas que saltó como un niño en piscina de pelotas cuando recibió la invitación para reemplazar a Bill Bruford, a quien admiraba desde su más temprana juventud. 

La sencillez es una de las principales características de los cuatro integrantes de BEAT, a pesar de que podríamos llenar páginas enteras detallando sus trayectorias y describiendo sus aportes a la evolución de la música popular contemporánea, al margen de las modas pasajeras y las imposiciones del mercado. Recuerdo haber visto publicaciones de Steve Vai, en sus redes, narrando lo nervioso que se ponía con solo mirar las transcripciones de todas las líneas para guitarra -riffs, acompañamientos y solos- escritas por Robert Fripp que tenía que aprenderse para The BEAT-Tour. 

Por su parte, Levin y Belew, integrantes originales del periodo de King Crimson que BEAT está reactualizando, no cabían en su felicidad por volver a tocar juntos. Lecciones de humildad, cuando llegan de talentos superlativos, contrastan con los irritantes delirios de grandeza que suelen presentar en programas como Sonidos del Mundo o Noches de Espectáculo, desde los principiantes que nos cuentan cómo se sorprenden con sus propias genialidades hasta gastados personajes locales que, en cuarenta años de carrera, siguen tocando una sola canción y eso les basta para ser considerados “leyendas”.  

La importancia de King Crimson

Para entender el valor de BEAT como acontecimiento artístico, es necesario también tener más o menos clara la dimensión de King Crimson en el desarrollo del rock como fenómeno cultural. Estamos hablando de una de las entidades musicales con más personalidad y peso de las últimas seis décadas, ni más ni menos. Para cuando Robert Fripp -quien acaba de superar un infarto, sufrido pocos días antes de cumplir 79 años- decidió retornar de su autoexilio en el bienio 1979-1981, la sola mención del nombre de su banda generaba devoción y respeto entre los amantes del rock clásico, sus derivados y cruces con otros géneros (jazz, música concreta, experimentación y fusiones múltiples).

En su primera etapa (1969-1974), Fripp construyó uno de los cuerpos de trabajo más complejos, idiosincráticos e influyentes, conservando inalterables su independencia con respecto a la industria discográfica y esa visión que parecía siempre adelantada a lo que hacían los demás. Como Frank Zappa o Miles Davis, Robert Fripp no aceptaba otros dictados que no fueran los de su propia creatividad y su férrea mano guio los destinos de las distintas formaciones que tuvo durante ese periodo inicial. El anuncio de una nueva alineación fue una de las noticias musicales más aplaudidas de inicios de los ochenta.

Los tres discos que King Crimson produjo en esa década -Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a perfect pair (1984)- conservaron el sonido esquizofrénico -a veces calmo, a veces frenético-, distorsionado y caótico de la banda, actualizándolo con una estética cercana a los extremos más pesados de la new wave, con mucho uso de herramientas electrónicas, y añadiendo dos elementos particulares, extraídos de las nuevas obsesiones del enigmático guitarrista: la creación de oleadas de arpegios discontinuos que había conocido escuchando música tradicional de Indonesia y una declarada ambición por explorar los límites de la polirrimia africana. 

Para lo primero, contó con la compañía de Adrian Belew, un guitarrista y compositor inquieto por naturaleza. Y para lo segundo, enlistó a una base rítmica de polendas, Tony Levin (bajo/Chapman Stick) y Bill Bruford (batería), el único rescatado de la anterior formación del Rey Carmesí. El resultado fue un bloque de 24 canciones que contienen, en partes equilibradas, ecos inconfundibles del King Crimson primigenio -el vértigo de Red (1974), la tensa calma de Epitaph (1969), la deconstrucción sonora de Fracture (1971) o Starless (1974)- con elementos cargados de funk, afrobeat y electropop de artistas como David Bowie, Peter Gabriel y Talking Heads.

BEAT: El concierto

Las afueras de la Concha Acústica del Campo de Marte en Jesús María comenzaron a llenarse de gente una hora antes de pactado el show de BEAT. Como la metalera, la comunidad de amantes del prog-rock es leal y comprometida, siempre dispuesta a congregarse ante “la llamada de la tribu” como diría Vargas Llosa. Las mismas caras, los mismos desconocidos que uno solo se encuentra en estas ocasiones especiales, que intercambian miradas de complicidad porque saben y, sobre todo, conocen lo que se viene.

Cuando salieron, los aplausos y rugidos de los casi dos mil que allí estuvimos calentaron la fría noche del lunes 12 de mayo. Para quienes hemos seguido el desarrollo de The BEAT-Tour a través de los medios especializados, internet y las redes sociales del cuarteto, la emoción fue desbordante. Perú es uno de los dos países incluidos en esta minigira sudamericana que nunca había recibido la visita de King Crimson -el otro es Colombia-, de modo que era un momento especial. De todos los pesos pesados de la etapa dorada del rock progresivo británico, el Rey Carmesí era el único que nos faltaba ver en vivo y en directo. 

De hecho, el King Crimson oficial es actualmente un monstruo de siete cabezas que nadie se ha atrevido aun a traer a nuestras costas. Sin embargo, BEAT es prácticamente lo mismo, con un 50% de la formación original del periodo 1981-1984 -Adrian Belew y Tony Levin- acompañados por Danny Carey y Steve Vai reemplazando a Bill Bruford y a Robert Fripp. Eso, y los Frippertronics que usaron para los minutos de espera, bastaron para redondear la experiencia. Después de todo, esta sucursal de King Crimson había sido autorizada y certificada por el mismísimo Fripp.

Desde el inicio con Neurotica y Neal and Jack and me, ambas del LP Beat (1982), hasta los intercambiose impredecibles de guitarras en Industry, una de las más difíciles del Three of a perfect pair (1984), o la tercera parte de Larks tongues in aspic; la banda ofreció lo mejor de sus capacidades para la sorpresa y esa sensación de caos controlado que caracterizó siempre a King Crimson. Tony Levin, en las accesibles Man with an open heart o Heartbeat, o en Sartori in Tangier, ese instrumental de atmósfera medio oriental, se robó la atención del público con sus movimientos y recursos, tanto con el bajo convencional como con el Chapman Stick, ese extraño instrumento que domina a la perfección. Y esa solo fue la primera parte.

Luego de quince minutos de intermedio, en que escuchamos un segmento de la obra de Steve Reich, Music for 18 musicians (1976), en una versión grabada en los ochenta si no me equivoco, vino uno de los momentos más esperados del concierto. Carey, frente a un set electrónico de batería portátil, comenzó a recrear la base polirrítmica que da comienzo a Waiting man, a la que se unió Belew con sus propias baquetas y esa sonrisa de satisfacción que sostiene hasta cuando se agacha frente a sus amplificadores para extraer sonidos extraterrestres de su clásica guitarra Twang Bar -una Fender Mustang que tenía guardada, como mencionó antes de tocar Dig me, desde 1984- para luego recibir a Levin y Vai, desde el fondo, replicando la coreografía que seguían en las giras originales con Fripp y Bruford en los ochenta.

Steve Vai, conocido en el mundo entero por su arrebatada forma de tocar y comportarse sobre los escenarios, parece contenido en su rol ocupando el lugar de Mr. Robert. Cumplió a cabalidad con todas las líneas arácnidas y los paquidérmicos riffs de los arreglos originales. Y cuando le tocó brillar -especialmente en The sheltering sky y en los segmentos instrumentales de todas las demás-, se desató para lanzar su arsenal de solos frenéticos, tappings enloquecidos y manejo de efectos, mientras finge estar caminando entre nubes, moviendo sus piernas en cámara lenta o intercambiando miradas cómplices con Belew, armando esos arpegios enredados que terminan en perfecta sincronización, reinventando de forma respetuosa y personal uno de los repertorios más admirados por los guitarristas alrededor del mundo.

Tony Levin usó el Chapman Stick durante casi toda la segunda mitad, generando ritmos y fondos imposibles en temas como Waiting man, Frame by frame, la etérea Matte kudasai -brillante Belew en la slide- y Elephant talk, con el elefantiásico logo de BEAT, creación del fotógrafo, diseñador y artista visual Dan Ermey cobrando vida delante de nuestros ojos. Para Sleepless, Levin desenvainó sus alucinantes “funk fingers”, extensiones de sus dedos con los que golpea las cuerdas para lograr más contundencia.

El momento para Danny Carey, el único que tocaba por primera vez en Lima, llegó casi al final del show en Indiscipline. Durante un minuto y medio, el genial baterista de Tool entregó un solo con toda la potencia de la que es capaz, dejando sin aliento a la gente. En esa caótica y tensa composición, Adrian Belew desarrolla un monólogo hablado de naturaleza obsesiva -¿será realmente sobre un cuadro de su esposa pintora o sobre las composiciones de Fripp?- que es siempre celebrado por el público. Recuerdo haber escuchado la versión de King Crimson del 2019, cantada por Jakko Jakszyk en vivo y no consigue el efecto de Belew y sus demenciales interjecciones y gritos. 

Para finalizar, la gente bailó al ritmo enfermizo del funk de Thela Hun Ginjeet, antes de tener que aceptar a la única desilusión de la noche, la banda no pudo tocar Red por “problemas de tiempo”, convirtiendo a Lima en la primera ciudad del mundo en la que no tocaron este clásico de 1974. No bastó para empañar este extraordinario concierto, después del cuál BEAT entra en receso hasta septiembre, en qué visitarán Japón. En el entretiempo, cada uno se dedicará a cosas no menos interesantes: Belew de gira con su amigo Jerry Harrison para rendir tributo al icónico LP Remain in light (1980) de Talking Heads. Levin reactiva la banda de jazz The Levin Brothers, con su hermano Pete. Carey regresa a Tool, su casa matriz. Y Vai retoma su reunión con su colega, profesor y amigo Joe Satriani, en el proyecto SatchVai.

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[Casita de Cartón] Esta Casita de Cartón abre sus puertas con uno de sus mayores sueños cumplidos, y ese fue volver a ver a River en el país en que nació. Pero a su vez, le era inevitable no sentir un sentimiento que abrazaba la nostalgia profunda, y esa fue por la ausencia de la última persona a quien fue dedicado su columna, mi hermano y amigo, que desde el cielo seguramente alentó ese día con la euforia y emoción que le caracterizaba, Bruno Raitzin.

Y es que el Monumental de Ate fue el escenario de este nuevo comienzo de la Libertadores para el cuadro millonario. Y ojalá que también sea la última, ya que sería en una hipotética final. Dado que Lima será la sede de la final de la Libertadores. Curiosamente, años atrás, después de la final más épica de este torneo entre River Plate y Boca Juniors en el Santiago Bernabéu (donde River terminaría alzando la copa), Lima sería la primera sede de una final única, en el 2019. Como siempre, torpe y sosamente, la Conmebol copiaría a la UEFA ese modelo (un sinsentido dado que, en Europa, a diferencia de Sudamérica, llegas en tren a otro país, en cambio acá cordilleras y densas y a la vez hermosas selvas nos separan). Aquella vez no pude estar, había pedido mi vuelo sin saber que la final sería acá tiempo atrás (en primera instancia iba a ser Chile, pero las revueltas sociales imposibilitaron que fuera y de emergencia lo trasladaron). Pero para darle más ironía a esto, una semana después de aquel partido, la fecha de mi viaje se daría. Historia aparte, hay algo que me dijo mi amigo y que me dejó brotando: ‘En tu propio país fue la final, hermano. Y por esas cosas caprichosas de la vida no pudiste estar”. Tal vez, el rótulo de esta columna debería llamarse así:” Y por esas cosas caprichosas de la vida”. Y sí, fue de las cosas que más me dolieron, pero aun así estuvieron mi hermano menor y mi papá. Me costó sacarle las entradas, noches enteras trataba de que funcionaran las tarjetas que me prestaban, hasta que por suerte uno de una prima, terminó siendo aceptada. Y ahora el problema era la ubicación. Quería que fuera al lado de la popular que le daban a River. Pero no se pudo, las veces anteriores se hubiera podido, pero se acabaron. Como fuese, fueron ellos y disfrutaron, más allá del resultado, de ver por primera vez a River en suelo peruano. 

Bruno también se hizo presente en aquel partido (no podía faltar, estuvo y vivió en carne propia lo de Madrid) viniendo con los muchachos de Plaza Italia en esos siete días de ida y vuelta interminables, pero a su vez hermosos, por los paisajes que visten y tiñen nuestro continente. Lo cierto es que a veces el destino nos condiciona, imposibilitando que uno pueda decidir por sí mismo qué decisiones tomar. No sé si me hago entender, pero creo quien ha atravesado este derrotero, sí. Y traigo a colación todo esto, dado que, para llegar al funeral, tampoco pude. Y ahora era una extorsión lo que me imposibilitaba. Y cuando pude haberme librado de ese problema, fallecería. Y el vuelo más próximo era con llegada a las 4 p.m. Lo enterrarían a las 2 p.m. 

Me queda como reflexión entender que los tiempos cambian, con los días, todo avanza en el reloj de arena de la vida. Pero los recuerdos, esos que retraen los vientos de aquellos cielos que alguna vez abrazaron tu corazón, quedan. Y pensar que días antes del sorteo por la presente copa, me diría que fijo a River le tocaría un equipo peruano y que nos volveríamos a ver. Estaba en lo cierto, el azar determinó que River pisara estas latitudes, pero no él. Al final la vida se acostumbra a tocar las sonatas de dichas y tristezas, de ironías y cosas sin sentido como sin respuestas.

Ese día estuve con los muchachos de la Filial de Lima de River Plate y con mi hermano menor. Y con algunos incidentes al momento de entrar, como el que no me querían dejar entrar por alcoholemia, cuando estaba lúcido pero emotivo. El partido fue de un primer tiempo para River, donde desplegó un buen fútbol para que en un segundo tiempo se torne más parejo. El resultado final sería 1-0. Un buen comienzo para el ‘millo’. Aunque claro, no negaré que quisiera que universitario clasifique al ser peruano. Fue un día lleno de emociones, dado la una ausencia indescriptible que sentia. Como cuando el estadio vibraba con el gol, y en ciertos momentos del partido, en que dirigía mi mirada al cielo buscando entre esa inmensidad abrazar a mi amigo, como lo hiciéramos incontables veces juntos en River como en distintas canchas del país (Argentina) o del exterior. Con los días entendería que las despedidas de las personas que amamos nos impiden ver a la vida con los mismos ojos. 

Esta Casita de Cartón Cierra sus puertas cantando esta canción: «Al millonario una ilusión, solo le pido… Para los pibes que desde el cielo te alientan conmigo… Vos no los ves, no los tocás, pero están presentes… Esos recuerdos inolvidables quedan en mi mente». Y esperando de nuevo recibir a River, otra vez sin Bruno, como hubiese pasado si la vida no hubiera sido tan veleidosa e injusta. Pero era tan grande ese ser humano que este plano terrenal no era su lugar, sino la eternidad. Se adelantó mi hermano. Pronto lo volveré a ver.

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Parte tres ¡Papapa Presidente! A la tercera va la vencida…

Por: Rik Ahrdo

En un país acostumbrado a los personajes políticos extravagantes, Hernando de Soto logra destacarse con méritos propios. A sus 83 años, el autoproclamado «mesías del capitalismo informal» regresa por tercera vez a la arena electoral como si fuera la primera vez : con la misma sobreactuación, idéntico narcisismo y rodeado de teorías a medio digerir que vende como propias y revolucionarias. La única diferencia es que ahora suma a su currículum político una característica innegable: la vejez.

La derecha peruana ha degenerado en las últimas décadas. De tener representantes con convicción y sustancia, ha pasado a delegar su representación en voceros de quinta categoría que brillan en la Confiep mientras los verdaderos dueños del poder económico observan cómodamente desde la distancia. En este escenario, De Soto ha encontrado su nicho perfecto: ni empresario genuino, ni político con base social, sino simple intermediario que sobrevive en las grietas del sistema.

Su mayor habilidad no está en elaborar propuestas viables, sino en reciclar ideas ajenas presentándolas como propias. Resultó casi cómico verlo hace pocos días apropiarse del concepto de las 200 millas marítimas —una política establecida a fines de los años 40 por Bustamante y Rivero— como si fuera una solución revolucionaria de su propia cosecha. Un patrón de apropiación intelectual, ya visto con «El Otro Sendero»  y que, al parecer,  constituye desde hace un tiempo su método preferido. “A la vejez, viruela”, diría mi abuelita. Eso de tomar textos existentes y presentarlos como propios, no es muy digno de quien pretende representarnos. 

En ese sentido, su historial de coqueteos  políticos ha sido tuttifrutti. Salvo con los ahijados de MVLL, Toledo y Humala, De Soto se ha fotografiado con todos; con Keiko, su papá, con García y hasta con Chibolín… y como cereza de la torta, la patética foto con Pedro Castillo tras las elecciones de 2021. No importa la orientación política de quien ostente el poder; él siempre encuentra la manera de posar para una foto oficial, aunque sea con Gadafi. 

Lo más preocupante es que, detrás de su fachada de «Super International Advisor», existe un vacío propositivo absoluto. ¿Qué ha logrado concretamente en sus múltiples «asesorías? ¿A quién le ganó?

A estas alturas, lo que proponga De Soto carece de relevancia. Su trayectoria habla por sí sola: un aficionado bailarín, copy-paste,  con el idioma masticado y el ego exacerbado.

Por ello, en las próximas elecciones, votemos por quien queramos, pero al menos hagamos el esfuerzo de evitar que nuestro voto engrose la estadística de este eterno candidato que nunca llegará a presidente, pero que siempre consigue lo que realmente busca: una foto más para su colección de vanidades.​​​​​​​​​​​​​​​​

Palabra de maestro. 

 [La columna deca(n)dente] El escenario político nacional hace tiempo que dejó de ser solo caótico: ahora es profundamente ilegítimo. La crisis de representación ya no es un diagnóstico técnico, sino una experiencia cotidiana para millones de peruanos y peruanas que no se sienten reflejados en ninguna de las organizaciones políticas que dicen hablar en su nombre. En teoría, los partidos deberían canalizar demandas sociales, construir agendas públicas y disputar el poder en función de proyectos ideológicos. En la práctica, nuestros partidos se han convertido en otra cosa: cascarones vacíos, personalistas, desarticulados del tejido social y enfocados casi exclusivamente en capturar cuotas de poder. Hoy, el Congreso parece más un mercado persa que una arena democrática. 

Su fragmentación no expresa pluralismo, sino el efecto de una proliferación de agrupaciones diseñadas para las elecciones, como las famosas “combis electorales” que todos conocemos: sirven para llegar al poder, pero no tienen ni dirección, ni pasajeros, ni destino común. Partidos como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, Perú Libre y otros como Acción Popular o Somos Perú actúan más como cárteles o consorcios de intereses privados que como organizaciones al servicio del bien público.

Lo que estamos viviendo es más que una crisis política: es una degradación institucional sostenida. El Congreso no solo legisla, sino que ha capturado al Ejecutivo, vaciando la separación de poderes y anulando cualquier posibilidad de contrapeso. La presidenta Dina Boluarte, sin legitimidad ni respaldo político real, ha sido funcional a este nuevo régimen de facto. Un pacto informal entre facciones parlamentarias —unidas por el miedo a la justicia, el afán de impunidad y el deseo de controlar el aparato estatal— ha instaurado una forma perversa de gobernabilidad: autoritaria y antidemocrática.

El resultado es un vaciamiento democrático en toda regla. Tenemos elecciones, parlamento, leyes y discursos de legalidad. Pero lo que se esconde detrás es otra cosa: redes de protección mutua, legislación a medida de las organizaciones criminales y debilitamiento sistemático de los organismos de control.

Mientras tanto, los ciudadanos y ciudadanas observan con desconfianza, desafección y resignación. La política ha dejado de ser un canal de transformación para convertirse en un espectáculo ajeno. Y, sin embargo, ahí donde la indignación se vuelve generalizada, también surge la posibilidad de cambio. No se trata de una ilusión. Se trata de una urgencia. Hoy más que nunca, la participación ciudadana honesta, informada y activa no es un lujo, sino una necesidad vital. En este pantano político, quienes aún creen en la democracia tienen el deber de organizarse, fiscalizar, disputar espacios, construir nuevas formas de representación y afiliarse a partidos políticos que no están en el poder hoy. No para repetir las fórmulas fallidas, sino para sentar las bases de una regeneración que devuelva sentido a la política.

Porque si algo ha quedado claro es que lo viejo ya no sirve. Y lo nuevo, si no lo construimos nosotros, lo construirán otros… y no necesariamente para bien.

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Congreso, Democracia, Ejecutivo, Partidos políticos

[Música Maestro] 

NOTA: La asunción del nuevo Papa León XIV, estadounidense nacionalizado peruano, ha despertado una extraña e indefinida ola de esperanza en estos tiempos difíciles. Hacemos votos porque trascienda eso y se afiance como el apoyo que necesitamos en este país tomado por asesinos a sueldo y una bola de políticos necios, codiciosos y falsos.

I. Canción en harapos

“Qué fácil es escribir algo que invite a la acción contra tiranos, contra asesinos, contra la cruz o el poder divino, siempre al alcance de la vidriera y el comedor” canta, indignado, el cubano Silvio Rodríguez en Canción en harapos (Causas y azares, 1984), una letra que la derecha, si no fuera tan bruta y tan achorada, podría usar para burlarse de “los caviares”, esa fantasmal categoría con la que pretende descalificar todo lo que les huela a justicia social, cambio de reglas de juego y equilibrio ante las desigualdades. 

Sin embargo, pienso ahora en esos versos que denuncian las inconsistencias de quienes exigen soluciones desde tribunas cómodas y supuestamente combativas, frente a la corrupción y los asesinatos que hoy han convertido a Lima en la nueva Medellín o la nueva Tijuana, pero que, a la hora de la hora, miran de costado (casi) todo, con argumentos que usan como base una legalidad presentada como inalterable -para salvaguardar “el estado de derecho”- y que no es más que un pretexto para ejercer velados encubrimientos y hasta abiertas defensas de instituciones y personas nocivas para toda idea de democracia y justicia.

El gran Silvio que, en octubre, se reencontrará con nosotros, dice también en esa disonante composición, de las menos difundidas de su extenso catálogo: “Que fácil de apuntalar sale la vieja moral que se disfraza de barricada de los que nunca tuvieron nada…” refiriéndose a las máscaras del “pequeño burgués”.

Vienen a mi cabeza los que, en medio de masacres como la de Pataz y los diarios informes sobre personas comunes y corrientes muertas a balazos en las calles de cualquier distrito y a plena luz, discursean desde sus privilegios pero no llaman nunca las cosas por su nombre. Para no chocar con el amigo de sus amigos, para no cerrar la posibilidad de algún contrato o prebenda en el futuro inmediato.

II. No tenemos revolucionarios

Como nos cuenta Jon Lee Anderson, el genial cronista e investigador de The New Yorker, la centenaria revista estadounidense, en su extensa biografía de Ernesto “Che” Guevara, la vocación revolucionaria del legendario argentino comenzó a nacer en sus últimos veintes. 

Antes de eso, su intención estaba más cercana a convertirse en un doctor trotamundos experto en alergias que en ser un guerrillero armado con algunos conocimientos de medicina.

En su caso, fue la lectura y el contacto con diversas realidades que encontró en su camino aventurero -el abandono de regiones andinas de Perú y Bolivia, la situación política de Guatemala y México- lo que puso frente a sus ojos al verdadero enemigo.

¿Qué necesitarían los jóvenes de hoy para salir de su marasmo? Más que la literatura o los textos no ficticios sobre la historia de los países, convertidas en expresiones artísticas estimables, pero con poca capacidad de llamar a la acción, quizás deberíamos cifrar nuestras esperanzas en la música. 

Aunque, pensándolo bien -me digo a mí mismo mientras escribo esto-, resulta poco probable que las masas jóvenes actuales, extremadamente superficiales cuando se trata de aquellas que lidian por ingresar a círculos que les aseguren un buen trabajo o presencia en las siempre divertidas “clases altas”; y extremadamente superficiales también en los sectores menos favorecidos, embrutecidos por la farándula y las apuestas futboleras; obtengan alguna conciencia cívica, algún rasgo de indignación, escuchando a Dua Lipa, Shakira, Bruno Mars, Bad Bunny y su larguísimo etcétera de clones.

III. Thrash para el Perú de hoy

“Talking to you is like clapping with one hand!” grita Joey Belladonna en Caught in a mosh, tema del tercer LP de los neoyorquinos Anthrax, Among the living (1987). Es una figura que representa lo absurdo, lo imposible, lo idiota.

Es una de las tantas líneas que vienen a mi cabeza cada vez que, por algún desgraciado accidente o descoordinación durante el zapping, escucho a algún comentarista de Willax TV o la interminable retahíla de sandeces contenidas en cada mensaje que no escribe y lee mal “la señora que va a Palacio” (César Hildebrandt dixit), en sus apariciones públicas. 

Aunque para nosotros, más que aplaudir con una sola mano -acción que podrías ejecutar, digamos, golpeándote una pierna o la mesa- sirve, como metáfora de lo estúpido, la clásica parodia de comediantes ochenteros locales, como Miguel “El Chato” Barraza o Ricky Tosso quienes, cuando les tocaba representar a un oligrofrénico ponían cara de Jerry Lewis en El Profesor Chiflado mientras trataban de hacer chocar sus manos para aplaudir, sin lograrlo.

Los pesados riffs de Caught in a mosh -o de otros clásicos de ese álbum metalero como Efilnikufesin (N.F.L.) o I am the law– me hacen siempre fantasear con la idea de lanzar de cabeza a cualquier político actual en un pogo circular durante algún concierto de Anthrax, Metallica, Megadeth o Slayer.

¿Se imaginan? ¿A Boluarte, Quero o Adrianzén, sin zapatos y con los ojos cerrados, en medio de los empujones de decenas de fanáticos de System Of A Down mientras el guitarrista Malakian llamaba al frenético segmento intermedio de Toxicity, en el Estadio Nacional? Sería poesía para los oídos de los deudos de Pataz. 

Es cierto que no les devolverían la vida a sus seres queridos, injusta e incomprensiblemente abandonados, con su crudo y real secuestro reducido a la categoría de “fake news” por nuestras irresponsables autoridades.

Pero que aquellas personas que despreciaron su angustia reciban unas buenas patadas sin posibilidad de defenderse -y sin que ello sea considerado un delito o una acción “bárbara, al margen de la ley”- sería un mejor consuelo que las condolencias vacías de quienes jamás pensaron en hacer algo por ellos, ni antes ni después de tan trágicos acontecimientos.

IV. Rock clásico: ¿Dices que quieres una revolución?

Así comienza Revolution, clásico del periodo tardío de los Beatles. Grabada en 1968 en dos versiones, esta composición de John Lennon fue motivada por las noticias internacionales del primer semestre de aquel lejano año (París, Praga) que intenta cuestionar los métodos violentos de los grupos de izquierda e incluso alude negativamente al “jefe Mao” -una mención que causó cierta controversia en su momento y de la cual el mismo Lennon se arrepintió, tiempo después-, aunque sí muestra afinidad con la idea de la urgencia de cambios sociales.

La versión que hasta ahora escuchamos en las radios retro apareció como lado B de Hey Jude (agosto, 1968) y, veinte años después, en el volumen dos del primer recopilatorio oficial de singles beatlescos Past Masters (1988). La otra, más lenta y bluesera –Revolution 1-, es parte del doble The white álbum (1968). 

Como bien saben los fans del Fab Four, esta fue la primera y única vez en que tocaron temas políticos en sus letras, algo que sería mucho más común en el Lennon solista. Pero, más allá de una que otra alusión metafórica, los tótems del rock inglés, rebeldes y contraculturales por naturaleza, jamás abordaron problemas de este tipo en sus producciones musicales, lo cual cambió agresiva y drásticamente con la generación punk y posteriores subgéneros derivados de los gritos primigenios del bajo Londres. 

En líneas generales, la primera etapa del pop-rock y otros géneros nacidos en los Estados Unidos como soul, blues, funk o country (1955-1975), dominada por artistas de ese país, registra canciones acerca de problemáticas como la segregación racial -el movimiento de las Panteras Negras y el predicamento de Martin Luther King Jr. que tuvo musicalización gracias a James Brown y todo lo que vino después, desde Stevie Wonder hasta Marvin Gaye, desde George Clinton hasta Sly & The Family Stone-; los derechos civiles -a partir de Woody Guthrie y Pete Seeger, inspiración para Bob Dylan y Joan Báez- y la generación hippie, que alzó su voz de protesta contra la guerra de Vietnam, también desde un punto de vista rebelde y cuestionador pero, por la misma naturaleza de esos temas, con indirectas o manifestaciones que buscaban la reacción con propuestas artísticas que son usadas hasta hoy como símbolos de resistencia.

Frank Zappa, líder de The Mothers Of Invention, fue una rara avis en esa época, con un estilo que combinó desde el primer día desarrollos musicales complejos e inclasificables con letras que, cuando trataban de política, eran sumamente directas, casi con nombre propio. Ejemplos de ello son Trouble every day (Freak out!, 1966), Agency man (1968), I’m the slime (Over-nite sensation, 1973), Dickie’s such an asshole (1974, contra Richard Nixon; 1988 contra Ronald Reagan), Heavenly bank account (You are what you is, 1981), When the lie’s so big (Broadway the hard way, 1988), son solo algunos ejemplos de cómo golpeaba a los corruptos de la política, la economía y la religión. Y están también sus entrevistas. 

Géneros extremos como el hardcore punk, el thrash metal y el gangsta rap, surgidos desde la década de los ochenta- cambiaron ese panorama de protestas rebeldes pero etéreas de las décadas anteriores, mostrándoles los dientes a los diversos grupos de poder con diatribas dirigidas sin contemplaciones ni eufemismos. Sin entrar a detalle, podemos mencionar a bandas como Rage Against The Machine, D.R.I., Megadeth, Dead Kennedys, Public Enemy o System Of A Down, como los más representativos, entre centenares de artistas con discursos políticos más fuertes y con amplia exposición mediática.

V. Rock peruano subterráneo: Plena vigencia

Hace cuarenta años, sin embargo, en plena era de violencia y guerra interna, un fenómeno social y artístico local nos dejó lecciones que hoy deberían recoger las nuevas generaciones. 

Escuchando las letras de canciones como Vivo en una ciudad muerta (Guerrilla Urbana), ¿Qué patria es esta? (Sociedad de Mierda), La esquina es la misma (Zcuela Crrada) o ¿Dónde está el Presidente? (Eutanasia) -recopiladas en el CD Varios artistas:

La historia del rock subterráneo, 1985-1992 (Ya Estás Ya Producciones/11 y 6 Discos, 2010)- cuesta trabajo no estremecerse e identificarse con la patética situación descrita en ellas y el alto nivel de indignación que exhibían estas bandas peruanas, todas pertenecientes al movimiento de rock subterráneo que hoy es tratado como un souvenir «arty» por algunos colectivos en busca de hacer algo de caja con aquella juventud auténtica e irreflexiva que hoy peina canas y se dedica actualmente a otras cosas más rentables y seguras que andar gritando realidades aún vigentes. 

Este extenso disco recopila un total de 28 temas, la mayoría compuestos y grabados de manera independiente entre 1985 y 1989, más uno que otro producido en los primeros noventa. Curiosamente, el final de la saga «subte» en el Perú es ubicado por todos sus investigadores en 1992, año del autogolpe de Alberto Fujimori.

Y es curioso porque esa disolución del Congreso que fue, a la postre, germen de toda la corrupción política, social y económica que hoy vivimos como república, marcó también la desaparición de este movimiento que fue capaz de registrar su cólera y tristeza frente a las masacres senderistas y los abusos militares/policiales.

Pero, de repente, los rezagos de la movida underground limeña -la de provincias es otro cantar- fueron también absorbidos por la progresiva degradación del sistema educativo -que ya venía muy mal en los ochenta, por cierto- y el encanallamiento de los medios de comunicación masiva que promovió desde entonces y hasta ahora, con bastante éxito, la noción del racismo/clasismo capitalino disfrazado de inclusión que hoy pasa piola en todas partes. 

Muchos comentan por ahí que, así como están las cosas -con sicarios que matan a adolescentes en losas deportivas y bandas que ejecutan a trabajadores en minas privadas- ya para nadie es un secreto que nuestro país está tan mal como en las épocas del senderismo. Sin embargo nadie, desde el terreno del arte sonoro de consumo masivo -porque sí hay gente que hace cosas, pero están absolutamente invisibilizados- reacciona. 

Los músicos actuales peruanos se mantienen impávidos frente a situaciones criminales y corrupciones políticas, las mismas que son soliviantadas por la prensa convencional con toda clase de argucias- los condicionales, el uso irritante de la palabra “presunto”, los encubrimientos de todo tipo, los lobbies- y una opinión pública dividida que, gracias a la desinformación y el afán por mantenerse en el bando de los que gobiernan, prefiere silbar mirando al techo o, en los peores casos, asumen como propias las opiniones tóxicas que terruquean y caviarizan, en lugar de hacer un solo puño con los que más padecen.  

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