Opinión

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] La aprobación presidencial y la del congreso no pasan del 3%. Estos niveles constituyen un récord en América Latina. Sin embargo, la baja aprobación de nuestros gobernantes no se manifiesta en las calles, a través de grandes estallidos de protesta. Pero estamos en el siglo XXI: las corrientes de opinión y los centros de decisión no se generan como hace 30 años.

Bastó una mediana protesta juvenil en las calles, pero nutrida en las redes sociales, para que los partidos políticos que impulsaron la onerosa ley de Las AFPs diesen marcha atrás, quitasen el cuerpo, súbitamente pasasen a criticarla y a proponer su modificación y hasta su derogatoria. La conclusión se cae de madura: puede que las fuerzas políticas que nos gobiernan no le teman a la calle -veremos qué pasa este fin de semana- pero sí le temen a la opinión pública, sí le temen al voto, y le temerán más conforme se aproximen más las próximas justas electorales de 2026.

Desde algunos sectores políticos se ha dicho que la cuestión por resolver el próximo año no trata de derechas vs izquierdas, sino de decentes vs. indecentes. La dicotomía no podría ser más maniquea pero es muy posible -tras varias legislaturas aprobando leyes a favor del crimen, a favor de lobbies legales e ilegales y en contra del bien común -esto es del bolsillo de la gran mayoría de peruanos- que grandes masas busquen en abril del próximo año a aquel candidato o partido que finalmente defienda sus intereses.

#Porestosno es una campaña hasta ahora bastante exitosa pero que, al final de cuentas, no garantiza mucho. El problema: hay otras variables en juego. Un número importante de peruanos votará sí o sí por la agenda conservadora, que es una agenda mundial vinculada a las posturas políticas e ideológicas de Donald Trump, Javier Milei, el partido Vox y el recientemente asesinado activista Charlie Kirk. En el Perú, el apadrinado parece ser Rafael López Aliaga. Sin embargo, la también conservadora Keiko Fujimori cuenta con el voto del núcleo duro fujimorista y ante la singular dispersión generada por 39 candidatos a la presidencia es muy probable que uno de los dos pase a segunda vuelta. Tal vez ambos, lo que garantizaría la continuidad del actual orden de cosas el próximo quinquenio.

Al otro extremo, el de los llamados “decentes”, y coloco las comillas como clara advertencia de que estoy refiriendo una mirada de sentido común política y no una conclusión científica. Aunque sus enemigos tildan a Martín Vizcarra desde corrupto hasta genocida, lo cierto es que un sector importante del electorado peruano -la primera minoría- lo sigue porque entiende que enfrentó al sector que hoy gobierna en contra de los grandes intereses nacionales y populares. Martín no será candidato, al menos al estado de cosas el día de hoy, pero sí podría serlo su hermano Mario y parece claro que sí le endosará parte de su votación. ¿Le alcanzaría para la segunda vuelta? El programa de Vizcarra o de El Perú primero nunca estuvo muy claro, se sitúa en la centro derecha y su apuesta política siempre fue el populismo, la aplicación de medidas a favor de las mayorías como la obligación a las farmacéuticas a ofrecer medicamentos genéricos y su propio carisma personal.

Seguidamente tenemos a Alfonso López Chau, candidato del novel partido AHORA NACIÓN. Los ahoranacionistas representan lo contrario a los vizcarristas. Son un partido de jóvenes liderados por un hombre mayor, profesional y académico, son un partido claramente definido como de centro izquierda democrática y que viene desarrollando un programa entorno a la idea original de la socialdemocracia popular. La apuesta parece pertinente pues vivimos tiempos globales de cambios ideológicos en los que se busca alternativas más sociales, tanto a los excesos del neoliberalismo como a la polarización protagonizada por conservadores y progresistas enconados en la batalla cultural. La propuesta de AHORA NACIÓN no descarta la posibilidad de una Nueva Constitución pero se inclina más por una opción gradualista.

AHORA NACIÓN apuesta por la recuperación del Estado para ponerlo al servicio de las grandes mayorías a través de su modernización y ofrece empoderar a las regiones vinculándolas con los mercados mundiales. El partido cuenta con cuadros técnicos importantes y podría constituirse en la opción seria en medio de tanta improvisación. Distinto es que un electorado acostumbrado al populismo y el clientelismo sepa identificar una opción con estas características. Ahí radica el gran desafío.

Al extremo de la izquierda, Guillermo Bermejo se perfila como candidato de Nuevo Perú, el partido de Verónica Mendoza, al que se  suma el suyo propio: Voces del Pueblo. Bermejo tiene carisma y ductilidad ante cámaras. Es ameno y podría  revertir la imagen de izquierdista radical de la que viene precedido así como de algunas acusaciones que lo vinculan con sectores de MOVADEF. El programa de NP propone una nueva Constitución, la modificación sustancial del capítulo económico de la actual y la priorización de agendas culturales, la defensa poblaciones vulnerables y pueblos originarios.

Entre el centroizquierdista Alfonso López Chau, el centroderechista Mario Vizcarra y el izquierdista Guillermo Bermejo podría encontrarse el otro candidato que pase a segunda vuelta pero es preciso señalar que es muy distinto representar para los electores la tan anhelada alternativa de cambio y de decencia, que llegar efectivamente a serlo. El maniqueísmo derecha-malo vs izquierda-bueno representa ya muy poco en el imaginario de los peruanos y menos tras la muy cuestionada y desastrosa gestión municipal de Susana Villarán.

¿Quiénes son los indignados? Indignados podríamos ser todos o casi todos. Distinto es establecer qué bolsones electorales estarían dispuestos a votar por una opción de cambio real. En primer lugar tenemos al siempre rebelde sur peruano que sin duda abrazará una de las tres opciones antes mencionada o repartirá sus preferencias entre ellas. Luego tenemos el nada despreciable electorado del expresidente Pedro Castillo cuyo gobierno, casi patético y con visibles indicios de corrupción, no justifica una carcelería con evidentes matices políticos. Los jóvenes, sin duda alguna, serán una fuerza en sí misma, probablemente la más consciente y la del voto más reflexivo y, por último, las clases medias intelectuales -caviares que les llaman algunos- que apostarán también por una de las opciones que apunten a salir de la peripatética situación en la que nos encontramos.

Ante nosotros una carrera de obstáculos. El primero colocar en segunda vuelta a uno de los candidatos que podría representar un cambio real en la conducción del país. El segundo: que efectivamente gane la segunda vuelta.  Y el tercero: que realmente encarne un gobierno de decencia, de recuperación de las instituciones del Estado para ponerlas al servicio del país y del bienestar y desarrollo de todos los peruanos.

[MÚSICA MAESTRO] Una semana triste

La pasada fue una semana particularmente luctuosa, tanto a nivel nacional como internacional. Desde un joven periodista peruano, recientemente redimido con el oficio al punto de ser considerado por el nefasto poder actual como uno de los más incómodos, hasta un nonagenario diseñador italiano cuyo apellido es una marca, sinónimo tanto de distinción y lujo como de engaño y montaje, la muerte les pasó “como un fuerte vendaval” -Fito Páez dixit- dejando a sus seguidores con la inevitable pesadumbre que produce el paso “al otro barrio”.

En la música también sonaron notas tristes esos días. Primero fue Mark Volman, extraordinario cantante norteamericano miembro original de The Turtles, un sexteto de pop beatlesco que se hizo inmortal con el éxito de 1967, Happy together y luego se convirtió, junto con su compañero Howard Kaylan, en el dúo de pop-rock humorístico Flo & Eddie, integrantes de The Mothers Of Invention entre 1970 y 1972 que se reinventaron luego como personalidades de la radio y televisión gringas. Su muerte se produjo a los 78 años, de demencia, el viernes 5 de septiembre.

Al día siguiente falleció de un agresivo cáncer a la sangre con el que luchaba desde hacía una década el extraordinario pianista Rick Davies (81), fundador y columna vertebral de Supertramp, grupo británico cuyas melodías perfectas, inteligente rebeldía y aspecto discreto los convirtió, en plena era de extravertidos dioses de la guitarra, rompe hoteles y depredadores de groupies, en adalides de una contracultura con identidad propia, capaces de hacer pop-rock cuestionador, virtuoso y accesible a todo tipo de público sin sacrificar calidad ni elegancia.

Rick Davies, un líder de perfil bajo

“Conocí a Rick durante 52 años, dio forma a mi vida en muchas maneras, sobre todo musicalmente. Es el mejor músico que he conocido” escribió en su Instagram John Helliwell (80), saxofonista, tecladista y vocalista en Supertramp desde el lanzamiento de Crime of the century (1974), el disco que les abrió definitivamente las puertas del éxito. Helliwell, un carismático showman, de expresión sarcástica y voz hiperaguda que presentaba las canciones en pausado y perfecto francés en aquel disco doble en vivo que todos hemos escuchado más de una vez, era también parte vital de ese sonido refinado. En lo personal, su amistad adquirió otro nivel cuando Davies le pidió, en 1977, que fuera su padrino de bodas.

Su voz era grave y su gesto, adusto. En la mitología que se creó alrededor de Supertramp, Rick Davies era el malhumorado y difícil de tratar. Sin embargo, los testimonios que han comenzado a salir tras el deceso en su casa de New York nos descubren lo que más o menos intuíamos desde que alcanzamos la comprensión de que, a diferencia del piano que dominaba como una extensión de su propio cuerpo, no todo es blanco-y-negro en las relaciones humanas. Su fuerza de carácter era el motor que permitía al quinteto seguir adelante a pesar de sus propios altibajos emocionales.

La complicidad musical que desarrolló con el compositor, vocalista, guitarrista y pianista Roger Hodgson se vio también perjudicada por esas oscilaciones anímicas. Aunque, para todos los efectos, Supertramp fue siempre una entidad colectiva, resultado del sólido engranaje de sus partes, para nadie era un secreto que la simbiosis entre ambos era la generadora de esa sencilla y a la vez sofisticada, compleja genialidad. Pero, cuando se trataba de liderar al grupo humano, Rick Davies era, desde su intencional perfil bajo, quien llevaba la voz cantante.

El sonido vigente de Supertramp

Aunque se les suele asociar al concepto “rock de los ochenta”, la discografía básica de Supertramp pertenece a la década anterior. Ocurre que, en nuestro país, muchas de las canciones más conocidas del grupo comenzaron a difundirse a partir del éxito de la versión en vivo de Dreamer, contenida en el mencionado álbum doble Paris (1980) y lanzada originalmente seis años antes.

Algo parecido pasó con el clásico de The Kinks, Lola, cuya versión en vivo incluida en One for the road (1980), fue fija en la programación de radios ochenteras. Actualmente, muchas personas todavía piensan que pertenece a esa década, a pesar de que la grabación original en estudio está en el álbum conceptual Lola versus Powerman and the Moneygoround, Part One (1970), el octavo de la banda de los hermanos Dave y Ray Davies quienes, por cierto, no son parientes de Rick.

Como ocurre con otros artistas de esa época, el amplio repertorio de Supertramp ha quedado reducido a dos o tres temas de rotación fija y repetitiva, cotidiana, en las emisoras dedicadas al pop-rock en inglés. En realidad, la discografía de Supertramp se compone en total de 11 discos de larga duración en estudio y 6 en concierto, con Rick Davies presente como único miembro estable.

Además, en 1986 apareció su primera recopilación de grandes éxitos, The autobiography of Supertramp (1986), el LP de enigmática carátula que muestra a un hombre sin rostro leyéndose a sí mismo. En la era de los discos compactos esta fue reemplazada, sucesivamente, por otras dos selecciones: The very best of Supertramp (1990, de carátula blanca y su segunda parte, de portada negra, de 1992) y, ya en el siglo XXI, un CD doble titulado Retrospectacle: The anthology (2005).

Los primeros años

El camino musical de Supertramp comenzó cuando Rick Davies y Roger Hodgson se conocieron allá por 1969, tras un anuncio que Davies puso en una revista buscando “un guitarrista que toque rock progresivo”. Davies, amante del blues y el jazz, provenía de un pueblo de clase trabajadora llamado Swindon, al sur de Inglaterra y había adquirido experiencia como líder en The Joint y, luego, fue parte de la banda del cantautor irlandés Gilbert O’Sullivan, conocido por su single Alone again (Naturally) de 1971. Por su parte, Hodgson era un joven músico obsesionado con el pop y los temas espirituales que había crecido en otra ciudad sureña, Portsmouth, en una familia de profesionales acomodados que le dieron una educación privilegiada.

La primera configuración oficial del grupo fue Rick Davies (voz, piano), Roger Hodgson (voz, bajo), Keith Baker (batería) y Richard Palmer-James (voz, guitarras) y adoptó el nombre de Supertramp -aquí se les ve tocando una versión del clásico, All along the watchtower– tras leer la autobiografía de W. H. Davies, literato y vagabundo galés. Palmer-James escribió las letras de las primeras melodías compuestas por Davies y Hodgson, influenciadas por la onda prog-rock de entonces.

Poco después de su álbum debut, Palmer-James abandonó Supertramp para trabajar como letrista de King Crimson, en varios himnos del Rey Carmesí como Exiles (Larks tongues in aspic, 1973), The great deceiver (Starless & Bible black, 1974) o Starless (Red, 1974). Luego de reclutar al saxofonista David Winthrop, el dúo fundador se embarcó en la producción de su segundo LP, con una base rítmica nueva integrada por Kevin Currie (batería) y Frank Farrell (bajo), y Hodgson asumiendo el rol de guitarrista dejado por Palmer-James.

Supertramp (1970) e Indelibly stamped (1971), pasaron desapercibidos en la escena inglesa de prog-rock y psicodelia. Algunas canciones como Surely, Maybe I’m a beggar, Travelled o la extensa Try again contienen atisbos de lo que vendría, pero no logran redondear una propuesta contundente. En todo caso, sirvieron como tubo de ensayo para la explosión de creatividad que llegaría tres años después, en que realmente se inicia el sonido definitivo del grupo.

Entre el rock progresivo y el soft-rock

Crime of the century (1974) mostró una evolución tremenda en términos de desarrollo de ideas musicales y líricas. En un movimiento arriesgado, decidieron incorporar gruesas dosis de jazz a sus composiciones, además de dar mayor protagonismo a la combinación de sus voces -muchas veces jugando con los falsetes, al estilo de los Bee Gees- y a un instrumento que ambos dominaban, el piano y sus diversas variaciones. Así, la guitarra de Hodgson cedió espacio a los Wurlitzer, órganos Hammond B-3 y Fender Rhoads, en una propuesta única en el panorama rockero del momento, a mitad de camino entre el progresivo y el soft-rock.

Además, la pareja de compositores rearmó el grupo, con el ingreso de tres nuevos integrantes, el norteamericano Bob Siebenberg (batería), el escocés Dougie Thomson (bajo) y el británico John Helliwell (saxo, teclados, coros), consolidando la formación clásica de Supertramp. A partir de este momento, el grupo adquiere un nivel de sofisticación que no se limitaba al aspecto sonoro, sino a la adopción de una apariencia mesiánica, de ropas blancas, barbas tupidas y gestos misteriosos, lo que les dio cierto aire intelectual e incluso místico.

Canciones como School, Rudy, Dreamer o Hide in your shell apoyaron este nuevo concepto, con letras sensibles y discursivas, pero que eran de todo menos aburridas o forzadas. La primera, por ejemplo, con sus distintas secciones y su historia de inconformismo frente a lo convencional, es el primer gran logro artístico de Supertramp. Los álbumes siguientes -Crisis? What crisis? (1975) e Even in the quietest moments (1977), aportaron una combinación agradable de esos pianórganos en permanente y compulsivo staccato, voces contrapuestas y densas guitarras electroacústicas, con nuevos éxitos como Ain’t nobody but me o Give a little bit que mostraban las dos caras de la moneda. Por un lado, el romanticismo pop de Hodgson y por el otro la fibra rockera de Davies.

Para el sexto disco, Breakfast in America (1979), la banda desplegó lo mejor de sus poderes, en medio de una situación atípica en la historia del rock. Sus dos principales cabezas, en el pico de su creatividad, se las arreglaron para producir canciones que se instalaron para siempre en la memoria colectiva. Y lo hicieron casi sin dirigirse la palabra. “Somos muy distintos, pero nos queremos” comentaron en esa época.

Ese contraste de personalidades es lo que hacía funcionar a Supertramp. En 1978, un periodista de Melody Maker pasó tres días en el estudio mientras grababan y mezclaban el disco y, en su artículo, aseguró que nunca los vio conversar juntos más de cinco minutos y que solo intercambiaban cordiales «buenos días», «hasta mañana», como dos oficinistas que se saludan fríamente, casi por compromiso. Con sus diferencias también al tope, Roger y Rick no interactuaban mucho, haciendo concesiones solo para los conciertos y otros compromisos, con un profesionalismo que jamás permitió filtraciones hacia afuera. Viendo videos de esa época, nadie sería capaz de adivinar lo que ocurría.

En ese fabuloso álbum, en cuya carátula una risueña camarera de avión sostiene una bandeja de desayuno imitando la postura de la Estatua de la Libertad, mientras que al fondo, desde la ventana, se ve un parque formado de diversos objetos de cocina, una sátira no intencional al consumismo norteamericano, están sus himnos definitivos, The logical song, Goodbye stranger y Breakfast in America.

Las canciones de Rick Davies, éxitos subestimados

En todos los álbumes que grabaron entre 1970 y 1983, el 90% de temas aparecen firmados en conjunto por ambos, como ocurre con los Beatles. Sin embargo, también como Lennon y McCartney, Hodgson y Davies componían por separado de manera individual para luego trabajar juntos los acabados finales, detalles, efectos, letras, etcétera.

Las canciones más famosas de Supertramp pertenecen a Roger Hodgson, desde Dreamer (1974) y Give a little bit (1977) hasta las archiconocidas Breakfast in America, The logical song (1979) o temas menos difundidos, pero igual de buenos como Hide in your shell (1974), Sister Moonshine (1975), la filosófica Lord is it mine (1979) o el éxito It’s raining again, incluido en el último disco que hizo con la banda, … Famous last words… (1982).

Sin embargo, Rick Davies colocó su estilo como compositor y cantante en temas tan famosos e importantes en el repertorio del grupo como Bloody well right (1974) y su alucinante inicio al piano; la reflexiva balada From now on (1977), Ain’t nobody but me (1975) o ese prodigioso homenaje al doo-wop de los años cincuenta, My kind of lady (1982), cuyo divertido y evocador videoclip alegró nuestras tardes durante esa inolvidable década.

En todos ellos, desde los vuelos progresivos de Crime of the century o las insinuaciones latinas de Rudy (ambas de 1974) hasta los arranques blueseros de Oh darling o Casual conversations, la voz grave de Davies se impone como marca registrada e inconfundible de Supertramp tanto como el tono más agudo y nasal de Hodgson. Goodbye stranger, con sus cambios y filigranas instrumentales -la batería, el afilado solo de guitarra, los coros, los pianos-, resume su capacidad para construir historias de música y letra inolvidables. Un clásico por donde se le escuche.

Un legado difícil de quebrar

Roger Hodgson (75) renunció a Supertramp en 1983 y la mayoría creyó que era el final del grupo. Un par de años después, el álbum Brother where you bound (1985) colocó un par de temas en los rankings –Better days y Cannonball– y retornó a arenas progresivas con colaboraciones de David Gilmour (Pink Floyd) y Scott Gorham (Thin Lizzy) en el extenso tema-título. Luego, siguieron unos cuantos álbumes más, sin alcanzar el éxito comercial del periodo 1974-1979.

Aunque formalmente no volvieron a reunirse sobre el escenario, Rick Davies y Roger Hodgson tuvieron una última ocasión, acompañados por John Helliwell, para cantar Goodbye stranger y The logical song en un evento privado en Beverly Hills, en homenaje a Jerry Moss, uno de los fundadores de A&M Records, la casa discográfica que lanzó todas sus producciones musicales. Con los años, los músicos volvieron a hablarse, pero jamás pensaron en tocar juntos de nuevo.

Mientras Roger Hodgson -de quien no se ha publicado pronunciamiento alguno tras la muerte de su excompañero-, hizo algunos discos como solista, sin mayor repercusión comercial, pasó la temporada 2001-2002 como integrante de la All-Starr Band de Ringo Starr y armó su propio grupo para tocar por el mundo el famoso material que escribió para Supertramp, Rick Davies y los otros tres -Helliwell, Siebenberg y Thomson- siguieron hasta el 2012 aproximadamente, con un elenco rotativo de músicos de apoyo, concentrándose en mantener vivo el legado de Supertramp hasta el año 2015, en que anunció su retiro tras ser diagnosticado con el mieloma que terminó con su vida, dejando un vacío inmenso en el mundo de la música popular.

[EL DEDO EN LA LLAGA] Roma, 14 de abril de 1984. Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana, pronuncia su “Catequesis sobre el amor” ante una multitud de jóvenes —en su mayoría vinculados al Camino Neocatecumenal— en la Basílica de San Pablo Extramuros. El día 12 de abril le había tocado el turno a Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, y el día anterior, 13 de abril, Kiko Argüello, líder de los neocatecumenales, había hecho delirar de emoción a los jóvenes reunidos allí para participar del Jubileo de los Jóvenes, convocado por el Papa Juan Pablo II dentro del marco de las celebraciones del Año Santo de la Redención.

Así se dirigió Figari a su joven audiencia:

«El número que aquí vemos, con ser muchos, no es más que un puñado frente a los millones y millones de hombres jóvenes, de mujeres jóvenes, creyentes, anhelantes, que en todo el mundo vibran desde lo profundo de su corazón —desde ese cenáculo íntimo, interior, donde las cosas más importantes de la vida se experimentan—; jóvenes que vibran por compartir la experiencia fuerte, la experiencia intensa, la experiencia irradiante del Año de la Redención, vivido en el centro mismo de la cristiandad».

Quienes estuvimos allí presentes percibimos la emoción que embargaba a Figari al hallarse ante una multitud de jóvenes creyentes, a los cuáles en su mayoría él mismo nunca hubiera considerado aptos para formar parte del Sodalicio que él había fundado, una élite de jóvenes varones elegidos para vivir el ideal de ser mitad monjes, mitad soldados.

Pues cuando Figari y quienes formábamos parte de la delegación sodálite —unos diez miembros entre los cuales también se encontraban Germán Doig, Virgilio Levaggi y Alejandro Bermúdez— acudimos a Roma en ese momento, aún no existía el Movimiento de Vida Cristiana. El Sodalicio era solamente una asociación pía de fieles de derecho diocesano, con aspiración a ser mucho más que eso. Adicionalmente, habían grupos de jóvenes escolares varones, llamados Agrupaciones Marianas, que era donde el Sodalicio hacía su pesca de vocaciones. Una vez identificados aquellos jóvenes “buena voz” a los que había que “trabajar” para convencerlos de su vocación sodálite, el resto era desechado y no se le prestaba mayor atención. Prácticamente, eran considerados materia residual y se les dejaba librados a su suerte. Si venían a las misas dominicales de los sodálites en los setenta e inicios de los ochenta, se les toleraba, pero no se invertía ningún esfuerzo en mantener su lealtad al grupo.

Los esporádicos Convivios (congresos de estudiantes católicos de escuelas privadas para alumnos de clase media alta para arriba), realizados inicialmente en 1977 y 1978, y luego retomados a partir de 1983, tenían como finalidad la selección proselitista de muchachos para formar agrupaciones marianas, donde pescar nuevas “vocaciones” sodálites. No era otro el objetivo.

También existía la Asociación de María Inmaculada (AMI), destinada a las amigas de los sodálites y a las novias de aquellos sodálites que habían optado por una vocación matrimonial.

Eso era todo. Pues el Sodalicio era la niña de los ojos de Figari, donde se concentraban todos sus esfuerzos. Sin embargo, el número reducido de sodálites, ese puñado de jóvenes dispuestos a darlo todo por el endiosado fundador, no parecía satisfacer sus ansías megalomaníacas de verse aclamado por multitudes. Y algo debe haber cambiado en él después de ver esas multitudes de jóvenes de ambos sexos idolatrando a Kiko Argüello. Y más aun cuando al día siguiente, esos mismos jóvenes lo escucharon atentamente, lo aplaudieron, cantaron y celebraron su fe dentro del marco de una liturgia eucarística dominada por la simbología neocatecumenal.

Poco tiempo después de nuestro regreso a Lima, Figari —en el marco de una conferencia en el Colegio de los Sagrados Corazones de Belén (San Isidro, Lima)— planteó la idea de un movimiento que se guiaría por la espiritualidad sodálite, es decir, por la ideología espiritual que él había pergeñado, aunque sin las fuertes exigencias que se le imponían a los sodálites y con una participación más suelta y relajada.

Sin embargo, su idea de un movimiento no surgió como una inspiración del Espíritu Santo, sino más bien como una estrategia pragmática: quienes en las agrupaciones marianas no habían pasado la valla como para ser considerados “vocaciones sodálites”, podían seguir vinculados como miembros del movimiento, a mayor gloria de Figari. Asimismo, también estaba la idea de vincular a los padres de los sodálites y agrupados marianos, a fin de limar las asperezas en sus relaciones con ellos que, por lo general, fueron conflictivas. Pues en el Sodalicio se solía fomentar la enemistad de los “elegidos” hacia sus progenitores, a los cuales se veía como obstáculos para una entrega generosa al Plan De Dios. Así lo plasmó Figari por escrito en su Memoria 1979:

«…quiero sí referirme a un dolor que se clava en lo profundo del alma, y que con el correr del tiempo y nuestra mayor presencia apostólica, se hace más frecuente. Me refiero a la tragedia que constituye que muchos padres que se dicen cristianos pongan todo género de trabas en el crecimiento en la fe de sus hijos. […] Ese fenómeno lo vemos crecer en la misma medida que observamos el desarrollo de nuestros trabajos apostólicos. Duele porque no es un ataque que viene de fuera, sino de dentro. Un ataque, que a veces se torna cruel por su refinamiento y su sistematización, que causa daño a miembros de nuestra comunidad que desean entregarse cada vez más plenamente al Señor. Que hace tambalear a jóvenes que ven en Cristo el camino de liberación. Hemos sido testigos de hechos inenarrables que llevan a comprender por qué en nuestro medio se puede hablar de crisis de la familia. Aunque, quizá fuera mejor hablar de crisis de amor. Y, cuando el joven da muestras de acoger un llamado del Señor para entregar toda su vida a la Iglesia a través de Santa María, muchas veces esas agresiones a las que nos venimos refiriendo se tornan en furibundas reacciones en contra de la misma fe y hasta de Dios, sin abandonarse por ellos actitudes increíblemente coercitivas de parte de padres que dicen amar a sus hijos. Por ello digo que más que crisis de familia habría que hablar de crisis de amor. .[..] Aquellos quienes viven y sufren esta realidad dolorosa descrita deben tener confianza en los caminos de Dios, y permanecer siempre leales al llamado que el Señor les ha hecho llegar. Él les fortalecerá».

No se admitía la posibilidad de que fuera el Sodalicio mismo el que estuviera mal y hubiera dado motivo para esas actitudes de oposición por parte de los padres de familia. Esta situación de conflicto podría cambiar si había un movimiento que les ofreciera a esos padres y madres una vinculación a esa cosa en que estaban metidos sus hijos.

En 1985, al año siguiente, fue fundado oficialmente el Movimiento de Vida Cristiana (MVC), literalmente para recibir a los sobrantes de la pesca de vocaciones y mitigar los daños colaterales infligidos a padres de familia, que contemplaban como sus hijos eran absorbidos por una institución totalitaria y fanática. El Espíritu Santo no tuvo arte ni parte en esa decisión.

El 23 de marzo de 1994 el MVC fue reconocido por el Pontificio Consejo para los Laicos como asociación internacional de fieles de derecho pontificio. En ese entonces habría contado con unos 25,000 miembros y estaba presente en 21 países.

Sin embargo, décadas después, el 14 de abril de 2025, la Santa Sede, admitiendo la falta de carisma vocacional del MVC, lo suprimió definitivamente. La pregunta que nos hacemos es qué es lo que realmente se suprimió, considerando cómo estaba estructurado el movimiento.

Como señalaba una publicación del Pontificio Consejo para los Laicos del año 2006:

«Los miembros del MVC se vinculan a su misión apostólica a título personal o colectivo dando vida a comunidades, grupos, instituciones, asociaciones y servicios de varios tipos y con distintos fines […], cuyas actividades están dirigidas por un Consejo general de coordinación, constituido por el Coordinador general, el Asistente espiritual y el Secretario ejecutivo».

La vinculación de los emevecistas con el MVC nunca fue directa, sino que se hacía efectiva a través de la pertenencia a grupos, donde la membresía no era formal ni estaba documentada, mucho menos sujeta a normas y reglamentos oficiales. Además de las Agrupaciones Marianas y la Asociación de María Inmaculada (AMI), se constituyeron asociaciones y grupos como Solidaridad en Marcha, Acción Universitaria (para estudiantes universitarios), Familia de Nazaret (para parejas de esposos), Betania (para mujeres adultas), Emaús (para varones adultos), Simeón y Ana (para personas de edad avanzada) y otros más. Al suprimirse el MVC se eliminó el paraguas de derecho pontificio que cobijaba a estos grupos, pero éstos han seguido existiendo y actuando como si no hubiera pasado nada.

Por ejemplo, la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación (Camacho, Lima), que sigue a cargo de sacerdotes que fueron integrantes del suprimido Sodalicio —el párroco Juan Carlos Rivva y el vicario parroquial Juan Pablo Rosado—, sigue ofreciendo a sus feligreses la participación en Agrupaciones Marianas (de jóvenes varones y mujeres por separado), Solidaridad en Marcha, Pan para mi Hermano y grupos de Betania, Emaús, Familia de Nazaret, Simeón y Ana.

Algo similar pasa en la parroquia Holy Name de Denver (Colorado, EE.UU.), a cargo del párroco Juan Fernando Sardi y del vicario parroquial Craig Kinneberg, ambos sacerdotes del suprimido Sodalicio. Allí se sigue ofreciendo la participación de jóvenes en los Marian Groups y en otras dos iniciativas nacidas del Christian Life Movement (CLM), la presencia en Estados Unidos del MVC, concretamente en Denver y Philadelphia. Me refiero a Creatio —que pretende liderar experiencias transformadoras que permitan a todas las personas, particularmente jóvenes, encontrarse con la belleza de la creación y del Creador, algo inspirado en los retiros DyN (Dios y Naturaleza) para adolescentes escolares que organizaba el Sodalicio en los años setenta e inicios de los ochenta— y a Christ in the City. una organización católica sin fines de lucro dedicada a formar misioneros, voluntarios y comunidades para conocer, amar y servir a los pobres, con un enfoque particular en las personas sin hogar. Según los formularios 990 —declaraciones de organización exenta de impuesto sobre la renta—, obligatorios en los Estados Unidos y que son de acceso público, los montos de dinero recibidos por Christ in the City —que se han incrementado a lo largo de los años hasta llegar a los 3,218,044 de dólares en 2024— se destinan en su mayoría a actividades de formación de los jóvenes misioneros, no a los pobres a los que supuestamente ayudan. Por lo tanto, además de ser una institución sospechosa de actividad proselitista por tener a tres sodálites expulsados en su staff directivo (Eduardo Regal, José Ambrozic y Alejandro Bermúdez), también despierta suspicacias que no se sepa quiénes son sus donantes y quiénes son aquellos a los que les pagan por servicios de formación y capacitación. Hasta es posible que haya un esquema de lavado de activos, lo cual no me extrañaría en entidades vinculadas al Sodalicio.

Otro ejemplo a destacar es Mission Brazil, en la diócesis de Petrópolis, que efectúa acciones que tienen como objetivo promover en los jóvenes el carácter evangelizador. Anteriormente se llamaba Mission MVC Brazil y su logo actual es una versión modificada del logo del MVC. Parece que la supresión del movimiento sólo tuvo el efecto de modificar ligeramente su nombre, pues su personal sigue siendo el mismo, los métodos y estrategias siguen siendo los mismos, su ideología espiritual no ha cambiado y hasta la dirección que indican (R. Figueira de Melo, 142 – Centro, Petrópolis – RJ, 25625-120) es la misma que tenía el Centro Pastoral do Movimento de Vida Cristã.

Y estos grupos siguen sosteniendo lo indicado en el comunicado del MVC que informa sobre su supresión:

«Guiados por la gracia del Espíritu Santo, continuemos siendo testigos del Evangelio, con corazones humildes y dispuestos a servir como apóstoles de la reconciliación. Como María, atesoremos en el corazón aquellos frutos auténticos de fe, servicio y apostolado que están vivos en nuestros corazones» (Comunicado Oficial – MVC, 14/04/2025).

Sin ningún respeto por las víctimas, sin reconocer la afirmación de la Santa Sede de que carecen de carisma fundacional, sin autocrítica ni conciencia de sus propios métodos sectarios, sin un sentido correcto de lo que es pertenecer al Pueblo de Dios y construir Iglesia.

En resumen, si nunca hubo una pertenencia directa y formal de sus miembros al MVC, sino que ésta se hacía efectiva a través de la participación en uno de los tantos grupos que conformaban el movimiento, al ser suprimido éste, los grupos han seguido existiendo con la aquiescencia de algunos obispos cómplices y párrocos encubridores. Y se habrían convertido en refugio de muchos de aquellos que fueron miembros del Sodalicio hasta el final.

El MVC, que nació como un receptáculo de sobrantes de la caza de vocaciones del Sodalicio, se ha convertido ahora en el receptáculo de remanentes del Sodalicio. Y sigue siendo lo que fue desde un principio: un contenedor de residuos con barniz de espiritualidad pero de aroma indescriptible.

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] Tuve la suerte de llevar clases con Franklin Pease en la facultad de Historia de la PUCP. Comprendo que fue una suerte y un honor ahora que han pasado 30 años y que puedo entender muchas cosas que antes no. Franklin no era fácil, podía molestarse con facilidad. Si te acercabas a pregúntale o solicitarle algo te arriesgabas a una respuesta a voz en cuello, intimidaba.

Pero era Franklin, era maestro, y del maestro debes recoger su fruto, cada maestro tiene uno en particular y él lo tenía, y no era en absoluto baladí: con Franklin constatabas que te estabas haciendo historiador. Lo tuve en primer ciclo de facultad y apenas le entendía. Eso me desmoralizó, citaba autores como quien menciona ciudades en un juego de charadas, y yo pensaba que nunca iba a alcanzar un nivel igual o parecido. Luego me matriculé a otro curso con él, ya al final de mi carrera, y entonces sí le entendía todo, me sentí muy cómodo, me di cuenta de que ese historiador talentoso y consagrado tenía sentado en un pupitre de su aula a otro historiador, uno muy joven y por graduarse, lleno de ganas de seguir su camino, o, más aún, el suyo propio.

Franklin era conservador, era conservador con la historia, con la disciplina histórica y creo que eso estaba bien. La cuidaba, defendía sus fueros como un castillo medieval asediado. No gustaba mucho de la transdisciplinariedad, es verdad, consideraba que nuestra disciplina tenía métodos y teoría propios, los que eran suficientes para volcarnos a la aventura de traer el pasado al presente, a través de la intervención del historiador.

Esta nota no persigue la intención de discutir las posturas del maestro Franklin que nos dejó temprano, en 1999, cuando tenía todavía mucho por ofrecernos. Dejó sin embargo, como legado, decenas de obras escritas y miles de historiadores formados.

Pero junto al merecido homenaje al Maestro, esta nota trae consigo una inquietud y que atañe una cuestión que siempre ha ocupado y preocupado a los historiadores: la invasión del pasado por el presente. Ahora estamos en la ola MAGA “Has Estados Unidos Grande Otra Vez”, slogan que se remonta a los tiempos de Ronald Reagan pero que ha cobrado inusitada actualidad en la primera y, aún más, en la segunda administración de Donald Trump.

De hecho, bajo una mirada de rescate de los valores tradicionales americanos, el inefable mandatario ha sometido a revisión los contenidos de 8 salas del Instituto Smithsonian de Washington por considerar que difunde una historia de los Estados Unidos demasiado crítica con la institución de la esclavitud, con la suerte de los sectores menos favorecidos y que niega los logros y la excepcionalidad del país. Independientemente de la postura de Trump, atendible como todas, queda claro la intrusión de la política en asuntos que atañen la historia y la cultura.

En realidad, está cuestión es tan antigua como la civilización misma. Los jeroglifos egipcios narran una historia oficial de la gestión de los faraones desde la perspectiva del poder, pero también debería estar claro que corren tiempos en los que la historia y la cultura constituyen áreas del conocimiento que responden a desarrollos científicos que deberían ofrecer alguna autonomía frente a gobiernos y políticos que buscan trasladar al pasado batallas ideológicas que bajo ningún concepto deberían abandonar el tiempo presente y la proyección hacia el futuro.

En todo caso, otro tiempo los políticos acudían al pasado bajo la fórmula historia magistra vitae -maestra de vida- es decir, para extraer ejemplos de lo que debe y no debe hacerle. A un historiador la fórmula no le sonará muy científica pero a nadie le molestó ni le molesta mucho ese conocimiento de sentido común que no es solo de los políticos, es cotidiano.

Lo de hoy es diferente y MAGA tiene un precedente. En una publicación que hice en mis redes sobre el tema encontré comentarios inspiradores: woke del presente vs woke del pasado; presentismo woke vs pasadismo maga. Las cosas van por ahí.

En octubre de 2021 una estatua del libertador de Estados Unidos Thomas Jefferson fue retirada del ayuntamiento de New York por haber sido propietario de esclavos. Definitivamente, el desarrollo del movimiento Black Lives Matter, tras el infausto asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd en Minneapolis, a manos de un agente policial blanco radicalizó la lucha por los derechos de los afrodescendientes. De esta manera,  fueron señalados personajes históricos -otrora prohombres de la patria- por haber poseído esclavos en tiempos en que dicha práctica se encontraba plenamente vigente y normalizada -no por ello era justa ni buena- al punto que solo se abolió tras la Guerra de Secesión en 1865, casi un siglo después de obtenida la independencia de las Trece Colonias de la Corona Británica del Rey Jorge III.

Según CNN, a noviembre de 2022, al menos 60 estatuas de Cristóbal Colón habían sido vandalizadas por quienes, siguiendo la teoría decolonial y otros desarrollos teóricos provenientes del progresismo radical, convirtieron al descubridor de América en símbolo de la expoliación, explotación y despojo de los pueblos originarios. La política fue más allá y llegó al nivel de los gobiernos. Hace poco tiempo AMLO y después Claudia Sheinbaum exigían y no con las mejores formas a la Corona Española disculparse con los pueblos originarios de México por el daño que les fue infligido en tiempos de la colonización. La Corona respondió con arrogancia colonialista: habría que estar agradecido con la civilización legada, ¡Vive Dios!, fin de la discusión.

Y bueno, me queda el debate latinoamericano: los conservas al ataque. Y no me refiero a los que quieren conservar la historia como un preciado bien, tal y como lo hacia el maestro Pease, sino a los conservadores de ahora, a los “MAGA” latinoamericanos alineados con Trump, con Milei y que han decidido iniciar la disputa del pasado en este hemisferio.

En México se han ido por el argumento, bastante básico, de que no hay que quejarse de la conquista española, porque los grupos étnicos precolombinos también se conquistaban entre sí, tan básica es la cosa que no me molestaré en responderla. En el Perú, un joven ingeniero remonta la peruanidad hasta antes de sus orígenes. Sustentándose en curiosas genealogías, sostiene que Río de la Plata y la Nueva Granada no se independizaron de España sino del Perú y de los peruanos, como si el virreinato peruano no le perteneciese entonces a España, como si dicho virreinato no hubiese estado liderado por el españolísimo y absolutamente eficaz virrey Don Fernando de Abascal. Entiende, dicho ingeniero, que los peruanos de entonces eran como los de ahora y que nos la pasábamos igual de entretenidos con el campeonato mundial del pan con Chicharrón toda vez que no iremos a la Copa del Mundo de Estados Unidos 2026.

Pero qué largo preámbulo. ¿Qué podemos sacar en concreto de todo esto? Lo primero: la batalla cultura es una pésima gestora del pasado y de la historia, y es una peor gestora de los bienes cultural y de su proyección hacia la sociedad.

Lo segundo, tenemos que recuperar el conservadurismo bien entendido del maestro Franklin Pease, que alguna vez, en una de sus brillantes sesiones, retrató a la historia como una abuelita muy delicada a la que había que tratar con mucho cuidado y no atropellarla con una guerra ideológica, por lo demás burda y obscena, como la que enfrenta a los presentistas wokes con los pasadistas magas.

Algunos sostienen la crisis del wokismo debido a la ola trumpista. La verdad, la premisa no me parece alentadora, como no me lo parece reemplazar un extremo por otro.

La semana pasada hablé de la socialdemocracia popular. Hasta ahora no es más que una idea, un camino de retorno a los valores democráticos del siglo XX pero por la ruta del siglo XXI. Nuestra sociedad amerita apreciar su historia y no sumirla en unos combates que representan la distorsión más abyecta de aquellos que una vez plantease el maestro Lucien Febvre.

Además, nuestra sociedad merece relacionarse con su legado cultural, patrimonial e histórico sin conflictuarse: comprendiendo, analizando y problematizando el daño, el dolor generado por  situaciones del pasado que no deben regresar, pero sabedora de que han terminado. Por su parte, las autoridades del presente deben preocuparse por que concluyan y terminen de aposentarse en el pretérito, si acaso no lo hubiesen hecho todavía.

Al maestro Franklin Pease García-Yrigoyen

p.d. Imagen: Estatua a Thomas Jefferson retirada del consistorio de New York por su pasado esclavista

En cada elección regional y municipal, vemos un patrón repetido: un candidato que obtiene apenas el 16% o 17% de los votos termina gobernando con mayoría absoluta en el consejo. No importa si otros candidatos sumaron entre todos el 84% restante. La ley, en lugar de equilibrar, premia al primero con el control total de las decisiones.

¿El resultado? Autoridades que no necesitan dialogar ni pactar. Gobiernan sin oposición real, eliminando toda posibilidad de concertar una agenda común con las otras fuerzas políticas que, aunque no ganaron, también representan a miles de ciudadanos. Así, muchas buenas ideas quedan fuera del juego institucional simplemente porque la ley no contempla mecanismos para integrarlas.

Esta distorsión crea una generación de caudillos locales, acostumbrados a mandar sin control ni contrapesos. Pero lo más grave viene después: muchos de ellos escalan a espacios nacionales —Congreso, ministerios, altos cargos del Estado— arrastrando un “ADN democrático” dañado. No han aprendido a negociar, a construir consensos, ni a rendir cuentas. Solo saben imponer.

Por eso la tarea urgente es doble. Primero, hacer docencia democrática: educar a la ciudadanía sobre la importancia del pluralismo, del diálogo y de la representación verdadera. Y segundo, impulsar una reforma electoral que elimine este mecanismo perverso que convierte a minorías en mayorías absolutas.

La democracia no puede seguir siendo una puesta en escena donde el que gana impone su visión y los demás desaparecen. Los perdedores no solo pierden la elección; pierden también su voz en el debate público. Y con ellos, pierde la sociedad en su conjunto, que deja fuera ideas, visiones y propuestas que podrían enriquecer la gestión.

La gran tarea que tenemos todos es promover ese pequeño gran cambio en las normas electorales. Solo así podremos construir una democracia real, desde la base, que fluya hacia el escenario nacional. Es cierto que tomará años, pero algo se tiene que hacer hoy. Porque si no se empieza ya, el país se alejará cada vez más de alcanzar un desarrollo integral y justo para todos.

[MÚSICA MAESTRO] ¿Una edad carente de interés?

Nadie suele mencionar los sesenta, en términos de edades, como si fuera un punto intermedio entre la madurez y la ancianidad desprovisto de atractivo o importancia. Se dice, por ejemplo, que “los cuarenta son los segundos veinte”, que “los cincuenta son la mitad del camino” o que “no tienes 40 sino 18 más 22 de experiencia”. Para las siguientes décadas -setenta, ochenta, noventa- hay rankings de quiénes llegaron a tan altas instancias y que tan bien (o mal) lo hicieron.

Curiosamente, tampoco hay fórmulas coloquiales para aludir a quienes alcanzan las tres décadas de vida -salvo la consabida referencia a los 33, la “edad de Cristo”-, es decir cuando se llega a la mitad de sesenta. Al parecer, al tratarse de edades en las que no suele pasar nada, salvo casos específicas -o te casaste antes o te casarás después, pasaste la adolescencia y primera adultez sin accidentes ni enfermedades, tienes un trabajo más o menos estable, sea bien o mal pagado, ni los treinta ni los sesenta revisten mayor interés como tema de conversación.

Sin embargo, a los 60 falleció Diego Armando Maradona, en el 2020, probablemente el futbolista más idolatrado de la historia. Y ochenta años atrás, en 1940, un sicario de Stalin asesinó en México a León Trotsky cuando tenía esa misma edad. Importantes personajes del cine -Carrie Fisher, la Princesa Leia de Star Wars-, el fútbol -el soviético Lev Yashin, “La Araña Negra”, el único arquero Balón de Oro- o la música -el cantautor John Martyn, el primer vocalista/guitarrista de Pink Floyd, Syd Barrett, el tecladista y fundador de Depeche Mode, Andy Fletcher, el bolerista cubano Ignacio Villa, “Bola de Nieve”-, entre otros, también dejaron este mundo a los 60.

Asimismo, artistas como el cantante mexicano líder de Caifanes/Jaguares, Saúl Hernández; la cantautora Tracy Chapman; el bajista de Guns ‘N Roses, Duff McKagan; los argentinos Vicentico, vocalista de Los Fabulosos Cadillacs y Kevin Johansen, muy popular aquí en Lima por sus constantes visitas junto al caricaturista Liniers; el rockero norteamericano Lenny Kravitz; la viuda de Kurt Cobain y fundadora de Hole, Courtney Love; el guitarrista y cantante de Phish, Trey Anastasio; la pianista canadiense Diana Krall, estrella del jazz contemporáneo y esposa de Elvis Costello; el cantante y líder de Pearl Jam, Eddie Vedder; la baladista mexicana Yuri; o los bajistas metaleros Robert Trujillo (Ozzy Osbourne, Suicidal Tendecies, Metallica) y Dave Ellefson (Megadeth) llegaron al sexto piso el año pasado. Y nadie dijo nada.

¿Qué músicos cumplen 60 este año 2025?

La galería es amplia, por supuesto, y diversa. Por razones cronológicas obvias, las personalidades más conocidas del universo musical que han cumplido o están por cumplir sesenta años este 2025 gozaron de amplia difusión y fama en los ochenta y noventa. Aunque muchos de ellos siguen productivos y vigentes, ya califican como “viejas glorias” en sus respectivos estilos y enfrentan, como cualquier ser humano, el camino hacia el envejecimiento sin temores, conscientes de que aun no califican para ser consideradas venerables piezas de museo.

Björk cumple 60 el 21 de noviembre. Desde la volcánica Islandia, la cantante y compositora llegó durante la primera mitad de los noventa con un cargamento inagotable de canciones y sonidos del que todavía pueden extraerse estrambóticas y poco convencionales sorpresas, tanto sonoras como audiovisuales. Aunque su última producción oficial, Fossora (2022), apareció hace ya tres años, la ex líder de Sugarcubes e intérprete de clásicos noventeros como Army of me, Bachelorette o It’s oh so quiet? es aun un referente de libertad creativa y personalidad.

En una entrevista concedida a la Rolling Stone, manifestó estar mentalmente muy activa. “Ahora mismo estoy más ocupada sacando todas las ideas que tengo dentro y el tiempo se acaba. ¿Y si tuviera que grabar 20 discos más? A mi ritmo, probablemente saque cinco antes de morir”, comentó. Y, como siempre, fiel a su actitud contracultural frente al music business, la islandesa dispara contra las nuevas costumbres tecnológicas: “Spotify y la cultura streaming son probablemente lo peor que les ha pasado a los músicos y a toda una sociedad”.

Esta semana también está de cumpleaños Richard Melville Hall, más conocido como Moby, el compositor, productor y multi-instrumentista que se coló en la memoria colectiva de los melómanos del cambio de siglo con dos de sus primeros álbumes, los brillantes Play (1999) y 18 (2002). A diferencia de Björk, el músico electrónico ha sostenido una amplia producción discográfica, desapercibida para nosotros a causa del antifaz que no imponen el reggaetón y el latin-pop. Su último lanzamiento, Always centered at night, es del año pasado.

El 4 de enero fue el turno de Beth Gibbons, vocalista de Portishead, uno de los colectivos fundamentales de la escena trip-hop surgida en Bristol, al sur de Inglaterra. Con su elegancia natural, influenciada por divas del pasado como Billie Holiday o Edith Piaf, Gibbons le puso voz a la breve e influyente discografía del grupo y lanzó también un par de álbumes en solitario. Durante el primer trimestre del 2025 subió al sexto piso el compositor neoyorquino Stephin Merritt, líder de The Magnetic Fields, importante banda de indie pop, con inolvidables discos repartidos entre 1991 y 2020 como Realism (2010), The charm of the highway strip (1994), 69 love songs (1999) y su testimonial 50 song memoir (2017), cincuenta canciones, una por cada año de su vida.

Rockeros que se unen al club de los sesentones

Como todos sabemos, las grandes estrellas del rock clásico superan largamente la barrera de los 65, pues todos nacieron entre 1940 y 1955, aproximadamente. Por ejemplo, Pete Townshend escribió en su clásico My generation, cuando apenas tenía 20: “Hope I die before I get old” (“espero morir antes de llegar a viejo”). El guitarrista y cantante cumplió 80 en mayo de este año. Y su baterista, Zak Starkey -hijo del ex Beatle Ringo Starr- que toca con The Who desde 1996, cumplirá 60 este sábado 13. Ambos llegaron a viejos sin cumplir ese deseo de juvenil rebeldía.

Sin embargo, varios artistas de grunge y rock alternativo que conocimos a través de las ondas de radios locales como Doble 9 o Miraflores o del canal norteamericano MTV, ingresaron ya a la sexta década de vida, mientras que otros están por hacerlo en los próximos años. Esta vez le tocó a Krist Novoselic (16 de mayo), bajista de Nirvana, el mayor del trío de Seattle. Aunque no logró rehacer su imagen pública tras el suicidio de Kurt Cobain, como sí lo hizo Dave Grohl al frente de Foo Fighters, se ha mantenido muy activo en la música, colaborando con una diversidad de artistas.

Un día después de Novoselic, el 17 de mayo, cruzó la barrera de los cincuenta el díscolo líder de Nine Inch Nails, Trent Reznor. Por su parte, Black Francis (voz, guitarra) y Joey Santiago (guitarras), integrantes del reverenciado cuarteto de Boston, Pixies, quienes iniciaron su carrera durante la segunda mitad de los ochenta y son, junto con Pavement y R.E.M., uno de los pilares del rock alternativo, cumplieron sesenta el 10 de abril y el 6 de junio, respectivamente.

El guitarrista británico-norteamericano Saul Hudson, más conocido como Slash, intersección perfecta entre la escena setentera del hard-rock -Aerosmith, Kiss, Ted Nugent, Sammy Hagar- con todo lo que vino después para el rock de guitarras y baterías afiladas, cumplió 60 el 23 de julio último. El responsable del sonido inconfundible de Guns ‘N Roses se prepara para regresar al Perú en noviembre. El 22 de enero arribó también a esa edad Steven Adler, baterista de la formación original de “la más peligrosa del mundo”, de la que salió despedido por sus excesos, los mismos que le ocasionaron serios problemas de salud antes de llegar a los cuarenta.

En el mundo del heavy metal, punk y otros subgéneros de música extrema hay varios sesentones desde hace rato. De hecho, este estilo debe ser, después del rock clásico, el que más dificultades enfrenta cuando se trata de la edad, pues hay amplios sectores que consideran que, una vez perdida el aura mágica, rebelde y saludable de la juventud, algunas imágenes se pierden y comienzan a rozar, muchas veces de manera involuntaria, el ridículo.

Sin embargo, cuando vemos a personalidades como Dave Lombardo, Frank Bello o Jeff Scott Soto, llegar en perfectas condiciones y seguir sorprendiendo con su energía y habilidades, la cosa adquiere matices que llaman a la duda. Mientras que el furibundo y preciso baterista de Slayer, cubano de nacimiento, los cumplió el 16 de febrero y el explosivo bajista de Anthrax lo hizo la primera semana de julio, el virtuoso cantante que saltó a la fama como parte de la banda del guitarrista sueco Yngwie Malmsteen en discos emblemáticos como Rising force (1984) o Marching out (1985), llegará a los sesenta el próximo 4 de noviembre.

Volviendo a arenas más convencionales, aunque igual de desconocidas para las masas adictas al reggaetón y a Taylor Swift, la sección rítmica del cuarteto estadounidense Phish, es decir el bajista Mike Gordon y el baterista Jon Fishman, entraron también al club de los sesenta en junio y febrero, respectivamente y la edad los encuentra a ambos en plena actividad. Distinto es el caso de otro extraordinario músico, Tim “Herb” Alexander, baterista original de Primus, quien anunció su retiro de la música el año pasado, aduciendo cansancio físico y necesidad de estar con su familia. Alexander cumplió 60 en abril de este año.

El envejecimiento en artistas musicales femeninas

Cuando Madonna celebró su cumpleaños número 60, allá por el 2018, algunas páginas de espectáculos globales informaron que lo hizo en privado, disfrutando de un lujoso periplo por la ciudad norafricana de Marrakech, en Marruecos. Sin embargo, la “reina del pop” hace lo mismo todos los años y no porque tenga un apego especial con las edades que alcanza o con las ciudades que escoge para sus festejos. Se trata más bien de un asunto hedonista propio de su naturaleza y perfil artístico, orientado al consumo, a la reinvención y constante exhibicionismo de su imagen.

La era moderna, dominada por la devoción hacia la imagen juvenil, coloca a las mujeres en general -y a las artistas en particular- en una posición difícil, pues se ven sometidas a una serie de presiones que van desde las más íntimas y personales hasta las familiares, sociales o, en el caso de figuras públicas, las que provienen del siempre feroz y desubicado escrutinio del público y los medios. Es moneda corriente en la actualidad ver a mujeres que, abrumadas por estas preocupaciones, se someten a intervenciones quirúrgicas desde edades muy tempranas en que no las necesitan y, con mayor vehemencia, a partir de la llegada de la menopausia.

El temor de ser estigmatizadas como “viejas” -un temor real y muy duro, por cierto- y a quedar desplazadas por las promociones siguientes que aun tienen el atractivo natural de su juventud, genera en las poblaciones femeninas esta clase de situaciones conflictivas que involucran su salud física y mental, un tema del que no se habla mucho, merecedor de una atención mayor y cuyas sus implicancias exceden a los objetivos de esta columna.

Sin embargo, vale mencionarlo porque, así como Björk y Beth Gibbons, mujeres que nunca han dependido de los patrones de belleza convencionales ni de la dictadura exhibicionista para hacerse notar, también han cumplido 60 este año Linda Perry (15 de abril), recordada lideresa de 4 Non Blondes, grupo que ingresó a la lista de one-hit wonders con el clásico de 1993 What’s up? y que posteriormente amadrinó a Pink, en rol de productora y compositora de sus principales éxitos; y la estrella canadiense del country-pop Shania Twain (28 de agosto), hasta ahora presente en nuestras radios con You’re still the one o Man! I feel like a woman, de su tercer álbum Come on over (1997) y que aun hoy trata de sostener su carrera sobre la base de una apariencia juvenil que no se adapta mucho a la edad que tiene, algo que le suele generar muchas críticas.

Los 60 en nuestro idioma

“Me siento muy bien a mis sesenta años” dijo, en una entrevista, la popular intérprete chilena Myriam Hernández, una de las últimas representantes de la balada romántica en castellano que no requería de disfuerzos exhibicionistas para hacerse conocida e incluso para mostrarse atractiva y hasta sugerente. La cantante de éxitos radiales como Tonto, Peligroso amor o Huele a peligro estuvo de cumpleaños el pasado mes de mayo y los viene celebrando con una gira llamada Tauro World Tour, que la traerá al Perú el próximo octubre.

Otra conocida cantante latinoamericana, la colombiana Andrea Echeverri, compositora y lideresa de Aterciopelados, estará de cumpleaños este sábado 13 de septiembre. En sus letras, la voz de Baracunatana, Bolero falaz o La estaca, se ocupa con temas de índole reivindicatorio, criticando a la sociedad patriarcal y consumista de exhibicionismos baratos y sexistas. Recientemente, en un podcast de conversación, la irreverente artista ofreció interesantes puntos de vista relacionados al envejecimiento y la femineidad, a su estilo deslenguado y agudo.

Joaquín Cardiel y Juan Valdivia, bajo y guitarra de los legendarios Héroes del Silencio, suben también a la sexta década de vida, el primero lo hizo en junio y el segundo, proveedor de algunos de los riffs más poderosos del rock español, lo hará en diciembre. Otra estrella del pop-rock de la península ibérica, Mikel Erentxun, recordado como líder de la banda vasca Duncan Dhu -aunque él nació en Venezuela- y como solista, sopló sesenta velas el 23 de febrero. También cumplió 60 el guitarrista Daniel Mezquita, integrante de los Hombres G, en junio. Del mismo modo, dos integrantes de Los Prisioneros, el guitarrista y fundador Claudio Narea y la cantante/tecladista Cecilia Aguayo, que se unió al combo chileno desde su cuarta placa discográfica Corazones (1990), que contiene los éxitos Tren al sur y Estrechez de corazón, en julio y enero de este año.

Los sesenta son los segundos treinta

Cierro este recuento, siempre arbitrario, siempre perfectible, mencionando algunos artistas de distintos géneros y nacionalidades que han llegado/llegarán a los sesenta este año: Haddaway (Trinidad y Tobago, 9-ene), productor de música de discotecas, famoso por su exitazo de 1993 What is love?; el bajista/guitarrista norteamericano Billy Sherwood (14-mar), integrante de Yes que reemplazó a Chris Squire tras su muerte; la soprano rumana Angela Gheorghiou (7-sep) y el tenor galés Bryn Terfel (9-nov), dos de las principales figuras de la música clásica actual; el trovador mexicano Fernando Delgadillo (11-nov); Fidel Nadal (21-sep), vocalista del combativo colectivo argentino Todos Tus Muertos; el rapero cubano Sen Dog (22-nov), miembro de Cypress Hill; y el predicador mexicano Jesús Adrián Romero (16-feb). Entre muchos otros.

 

[CIUDADANO DE A PIE] “Nuestra democracia ha dejado de cumplir con sus funciones básicas: no produce capacidad de gobierno, no representa a sus ciudadanos, no protege sus derechos, no garantiza el balance de poderes y es un peligro real que, si la degradación institucional prosigue su curso, en un futuro próximo, las elecciones podrían no cumplir con estándares democráticos mínimos.” Es con estas palabras que Alberto Vergara y Rodrigo Barrenechea inician el primer capítulo de su libro Democracia Asaltada publicado en el 2024. La frase encierra no solo una cruda y acertada caracterización de la inoperante democracia peruana, sino también un sombrío presagio sobre las elecciones generales de abril del 2026, que se celebrarán en el contexto de una democracia secuestrada por la crimilegalidad.

Entendemos por crimilegalidad el nuevo orden económico y político que viene imponiéndose en nuestro país, en el cual las economías ilegales y criminales, mediante la violencia, la coerción y la cooptación de autoridades, ejercen un control territorial efectivo sobre las áreas donde operan, configurando verdaderas gobernanzas criminales. Este control se consolida socialmente debido a que miles de familias residentes en estos territorios, dependen para su subsistencia, de los ingresos obtenidos por su participación, directa o indirecta, en los circuitos que alimentan estas economías: mano de obra, comercio, servicios, transporte. Esta delicada situación de sometimiento es susceptible de orientar las preferencias electorales de estas poblaciones hacia candidatos vinculados al crimen organizado. Pero por desgracia, tal influencia no se limita únicamente a ciertas regiones del país. Según el Instituto Peruano de Economía, las economías ilegales y criminales generan anualmente diez mil millones de dólares, que se integran a la economía formal a través de diversas modalidades de lavado de activos. Este proceso, facilitado por nuestras debilidades institucionales y la corrupción endémica, fortalece a las organizaciones criminales, permitiéndoles infiltrarse en sectores clave como los negocios y la política, incrementando significativamente su poder e influencia.

De manera ostensible y descarada, la crimilegalidad campea a sus anchas en las más altas esferas de gobierno del país. El Congreso y el Ejecutivo no solo omiten combatir la ilegalidad, sino que la alientan y protegen, al tiempo que infiltran y neutralizan las instancias encargadas de la lucha contra el crimen y la protección de los ciudadanos. Leyes y normas espurias en favor de la impunidad son promulgadas de manera compulsiva, en lo que a todas luces constituye un plan concertado y estructurado para entregar los espacios del país a las grandes organizaciones criminales, como ha señalado el exprocurador José Ugaz, experto en lucha contra la corrupción. Sin duda, la ejecución y consolidación de esta estrategia mafiosa se extenderán más allá de 2026, poniendo en el foco de los grupos involucrados las elecciones del próximo año, que definirán, de manera determinante, nuestro futuro como sociedad. ¿Estamos en condiciones de hacer frente a esta amenaza?

 

[Música Maestro]  El abuelo, Larco y otros postres

“… y mientras el viento se levanta vuelo y revuelo… así como el esperma espero, así como el esperma, espero…”. Esa extraña frase es la última de El abuelo, misteriosa viñeta vocal escrita y grabada por Andrés Dulude en el Estudio Amigos de Edmundo Delgado, en La Victoria, para abrir el segundo LP de Frágil, Serranio, lanzado al mercado local en 1990 en medio de gran expectativa pues se trataba del retorno del cantante después de casi una década de su primer alejamiento.

La voz distorsionada -con amenazante risa que se aleja- y la retorcida atmósfera de los teclados de Tavo Castillo no es lo que en términos convencionales podríamos denominar “una canción”. Es más bien una breve introducción de minuto y medio para establecer el tono oscuro de Animales, segunda parte de la archiconocida y revisitada Av. Larco, en la que los cazadores, diez años después de su aparición oficial, siguen con sus malas artes pero ya no solo en la emblemática avenida miraflorina sino desplegando sus “intransigentes modales” en casas y oficinas.

Siempre encontramos esa clase de giros en las letras que Dulude escribió para Frágil, su grupo por antonomasia, a pesar de que según él mismo cuenta, fue el último en llegar. Su poesía es oscura, irreverente, de denuncia, pero también algo arcana, oculta. “Todas son como hijas para mí, las escribí con sentimiento y emoción” me responde, cuando le pregunto cuál es su favorita. En Pastas, pepas y otros postres, otra clásica del legendario álbum debut de Frágil, don Andrés le pone el ojo, entre otras cosas, a los borrachos y marihuaneros que fingen sentir apego a la naturaleza pero “se fuman las plantas a un grito diciendo ¡no me interesa!”.

Si seguimos escarbando en sus versos, hallaremos referencias al gobierno militar y las levas, la inmigración vista desde la óptica de un limeño ochentero, los primeros puntos de micro comercialización de drogas en barrios marginales, las coimas de los políticos, etcétera. Normalmente, la prensa musical y de espectáculos locales hablan de Andrés Dulude como un cantante, pionero del rock nacional, líder de una de sus bandas más populares y queridas.

Sin embargo, no le prestan mayor atención esos mensajes, acaso tan relevantes y progresivos como esos primeros intentos de consolidar su perfil dentro del género que más les gustaba a él y sus compañeros de ruta pero que, lamentablemente, no lograron redondear por falta de continuidad “porque teníamos que trabajar en otras cosas para sustentar a nuestras familias” y por las condiciones paupérrimas de informalidad en las que siempre se ha movido la escena local. “Muchos empresarios inescrupulosos, cabeceros, terminaban por no pagarnos, eso nos limitó como banda”.

El pasado miércoles 27 de agosto, en el Sargento Pimienta de Barranco, varias bandas se juntaron para ofrecer un concierto a beneficio de Andrés (73), quien actualmente libra una batalla contra el cáncer. “Todos ellos son amigos personales con los cuales he compartido partes de mi vida”, comenta. Además de Frágil, estuvieron esa noche Río, Mar de Copas, Amén y D’Mente Común. Fue una velada significativa en favor de una de las personalidades que definieron lo poco de rescatable que tuvo nuestra escena rockera en los años ochenta.

Un señor de barrio

Andrés Eduardo Dulude León nació el 19 de junio de 1952. Creció en la urbanización Balconcillo, entre las avenidas México y Canadá, una de las zonas más conocidas de La Victoria, distrito picante y pelotero. “Pasé por muchos colegios, demasiados” dice el señor de aquel frondoso bigote, hoy desaparecido a causa de la enfermedad. “El diagnóstico -contesta sin tapujos en la breve entrevista que me concedió a través del WhatsApp, por intermedio de la esposa de su gran amigo Octavio “Tavo” Castillo- es carcinoma urotelial de alto grado invasivo” (N. de R.: es un tipo de cáncer alojado en la vejiga y el tracto urinario). Y a renglón seguido ratifica su voluntad de hierro. “Me siento vivo y con ganas de seguir viviendo”.

Sus padres, Andrés y Juana, tenían mucha música en casa, de todos los géneros de moda en esa época. Para cuando Andresito tenía 5 años, ya imitaba al famoso pianista y cantante afroamericano Nat King Cole (1919-1965), probablemente tratando de entonar aquellos boleros clásicos -Ansiedad, Piel canela, Quizás, quizás, quizás- que la estrella del jazz grabó en su español masticado. En sus años adolescentes descubrió el rock, a través de los Beatles –“eran unos genios, traduje todas sus canciones, son como pequeños libros”- y, en la escena local, a toda la mancha nuevaolera, desde Los Doltons y Los Shains hasta bandas más arriesgadas que se acercaban a la psicodelia y el prog-rock como Traffic Sound o Telegraph Avenue.

Poco antes de llegar a los 20 años, Andrés Dulude tuvo su primera experiencia como cantante. Junto a sus amigos Yoshi Hirose (guitarra), Víctor García (guitarra), Mike García (bajo) y Álex Ramos (batería) de la Urb. San Eugenio en Lince formó el grupo Los Barones que, poco tiempo después, se transformó en Sebastianth. Con ese nombre lograron grabar un disco de 45 RPM, dos canciones interpretadas en inglés, Dreamer, con unas congas que le dan aires de latin-rock; y Mary Ann, una balada influenciada por los sonidos psicodélicos de Jefferson Airplane y el soft-pop de Badfinger. El single fue lanzado en 1972 por la conocida casa discográfica Sono Radio.

Un año después, en 1973, Dulude se mudó con su familia a Barranco, otro barrio bohemio y musical para luego pasar una temporada lejos, en los Estados Unidos. Paralelamente, cuatro muchachos de Breña habían comenzado a hacer versiones de artistas conocidos como Santana, The Ventures y Grand Funk Railroad. Con el auge del rock progresivo británico se pusieron la valla más alta e incluyeron en su repertorio covers de Jethro Tull, Yes y Genesis.

En una reunión de amigos en Pueblo Libre, el cuarteto comentó que necesitaban un cantante. Andrés, entonces con lentes redondos y un impresionante peinado afro preguntó qué tocaban y la respuesta le causó gracia. “¡Qué van a tocar el Fragile, ustedes!” -en alusión al cuarto LP de Yes, de 1971- y quedaron para ensayar juntos. Era 1975 y estaba naciendo Frágil con su formación original: Andrés Dulude (voz, guitarra, armónica), Octavio “Tavo” Castillo (teclados, guitarras), Luis Valderrama (guitarra), César Bustamante (bajo, teclados) y Harry Antón (batería).

1979-1992: Frágil y su corta vida discográfica

Alguna vez comenté que Frágil, uno de mis grupos favoritos durante mi adolescencia, era “la promesa incumplida del prog-rock nacional”. Y, a estas alturas, resulta imposible retractarme ya que se trata de una conclusión a la que arribé hace mucho, sobre la base de una realidad incuestionable. Sin embargo, más que una queja, veo eso como un reconocimiento de lo bien que sonaron en la corta discografía que produjeron.

Que un grupo peruano formado por cuatro instrumentistas de primera y un frontman de alta calidad vocal que además era capaz de escribir letras de profundo sentido sin caer en lo discursivo o lo obvio solo haya producido tres discos en un periodo de doce años -es decir, uno cada cuatro en promedio- es, principalmente, una pena. Porque, a diferencia de otras bandas de su tiempo, Frágil sí tenía un potencial diferente que mereció más combustible para seguir creciendo.

El legado de Frágil debería ir más allá de la presencia inamovible de Av. Larco, la canción, en las programaciones de emisoras convencionales. Yo he sido testigo de cómo El Caimán (Hombre solo) o Inquietudes, que nunca sonaron en las radios ni antes ni ahora, eran coreadas por el público -en la Feria del Hogar, en el Parque Salazar, en el Campo de Marte-, y he visto a Andrés Dulude poseído en el escenario, haciendo movimientos de mimo -como un cruce entre Peter Gabriel en Selling England by the pound y Los músicos ambulantes de Yuyachkani-, con el rostro pintado de blanco, volteando los ojos para acá y para allá, claramente inspirado en estrellas del progresivo clásico como Fish (Marillion) o Peter Gabriel (Genesis), corriendo entre el público, chocando manos y animando a la gente con su potente voz. Fueron, desde el principio, una banda de culto.

Cuando después de mucho tiempo volví a escuchar Av. Larco (1980), el disco, tras el fallecimiento en mayo del año pasado del baterista Arturo Creamer, que había reemplazado a Harry Antón poco antes de entrar a los históricos estudios de Elías Ponce Jr. -en el cruce de las avenidas Salaverry y San Felipe, en Jesús María-, volví a distinguir en sus texturas volátiles –Mundo raro, Floral, Lizzy-, sus destrezas instrumentales –Oda al tulipán, Obertura– y el peso natural de Av. Larco -la creativa historia, el videoclip pionero, el pop-rock inteligente-, ese diamante en bruto que no llegó a pulirse más, como lo hubiera hecho en cualquier otro país.

Después pasó toda una década para la llegada de Serranio (1990), el segundo. Andrés se había ido a trabajar a México y el grupo intentó seguir adelante con el apoyo de una carismática vocalista argentina, Haydée “Piñín” Folgado que, sin desmerecer aquellas canciones –La nave blanca, Antihéroes, Alrededor (1984)- que gozaron de regular rotación en la radio y TV de la época, no lograron mantener viva esa estela prometedora dejada por el debut.

En Serranio, con Jorge Durand (ex S.O.S.) en batería, Frágil volvió a los rankings con temas como La del brazo y el tema-título, además de otros que recordaban el fulgor inicial, como la balada Aquella niña, la extraña Pilón, el arrebatado grito de queja contra la corrupción de Cuánto hay o el instrumental Huarmi -donde insertan Mambo de Machaguay, clásico huayno arequipeño que también habían grabado, entre otros, nuestro Luis Abanto Morales y el grupo chileno Los Jaivas-, que junto a las mencionadas Inquietudes y Animales -estratégica conexión argumental con el disco anterior-, trajeron de regreso la ilusión.

Posteriormente, llegó Cuento real (1992), el más progresivo de los tres, con canciones como Mirando a través de un cristal, Tiempo de resurrección o la primera parte del tema-título, que nos hace recordar a Jethro Tull. Estas y otras canciones como La guerra del quién soy yo e Historia de Adelaida -inspirada en el primer Genesis- recuperaron el prestigio de Frágil pero, al poco tiempo, el vocalista volvió a separarse del grupo, iniciando una larga etapa de idas y vueltas de la que jamás lograron remontar.

Como es su costumbre, la prensa consiguió encasillar al quinteto en una sola canción, ignorando a las demás como consecuencia de ello. A partir de esa única canción giraron todas sus actividades futuras. Conciertos sinfónicos, aniversarios cada cinco años y hasta un musical basado en la icónica letra de Av. Larco, pero orientado a un público muy diferente al que disfrutó de los primeros años de Frágil. Andrés Dulude, un artista que no suele hacer concesiones, se muestra políticamente correcto cuando comenta esa pésima película, dirigida por Jorge Carmona en el 2017: “Fue interesante porque el autor del guion juntó música de muchos autores y las combinó para crear la historia”. Por cierto, no debe confundirse con el documental Av. Larco: La historia de Frágil contada por ellos mismos (Ayni Priducciones, 2021).

Las otras facetas de Andrés Dulude

Aparte de su trabajo con Frágil, Andrés Dulude desarrolló una amplia carrera como sonidista, colaborando con muchos de sus colegas para hacer que los conciertos salgan perfectos. Como él mismo cuenta en una entrevista con Franklin Jáuregui, director de la legendaria revista musical Esquina, trabajó muchos años en la consola principal del Gran Estelar de la Feria del Hogar. En internet circulan sus fotos junto a Héctor Lavoe, uno de los artistas internacionales con los cuales cruzó caminos en esa faceta tras bambalinas.

Cuando decidió irse de Frágil por primera vez, el cantante pasó algunos años en México, trabajando con la orquesta del cantante, compositor y productor Rulli Rendo, uno de los artistas peruanos más populares en Latinoamérica, tanto en grabaciones como en conciertos y presentaciones en la televisión. En ese ensamble, la voz de Andrés, más asociada al rock, se dedicó a entonar los famosos popurrís de guarachas, cumbias, nueva ola y demás ritmos tropicales que eran la especialidad del “Rey del Toque”, apareciendo en programas muy sintonizados como Siempre en Domingo, el recordado espacio de Televisa bajo la conducción de Raúl Velasco. Aquí podemos ver un video de Rulli Rendo y su orquesta con Dulude en los coros.

Esa versatilidad le permitió mantenerse vigente durante sus temporadas alejado de Frágil. “Soy cantante, puedo cantar salsa, rock jazz, bolero, de todo”, nos dice, con orgullo. Y es verdad, pues lo hemos visto al lado de Eva Ayllón, con La Gran Banda de su amigo Jean Pierre Magnet, junto a Juan Diego Flórez. “He colaborado con muchos artistas locales y también extranjeros. Por ejemplo, grabé una canción con Joaquín Sabina que nunca vio la luz”. Pero nunca se le ve más cómodo como cuando interpreta sus propias canciones, por ejemplo en esta versión en vivo de El Caimán (Hombre solo) o este extracto de su concierto Acoustic Deja Vu (2006), en el que canta junto a su compadre Tavo Castillo su composición Gente real, usando para la introducción la estrofa inicial de un clásico de Jethro Tull, Thick as a brick.

Pero si hay algo más importante que la música para Andrés Dulude es la familia. Cada vez que salió de Frágil fue por razones personales ligadas a su familia: “La primera vez fue para sostener a mis hijas. En la época de Santino y Pardo -sus reemplazantes la segunda vez que se fue- estuve trabajando con mi amigo Jorge Madueño, el padre de “Pelo”. Y la tercera, me fui a Miami a cuidar a mi madre anciana, hasta que falleció en el 2020”.

Andrés Dulude recibió, desde que se anunció su estado de salud, el apoyo inmediato y directo no solo de sus compañeros de Frágil y de su familia -su actual esposa, Anita Purizaga, se encarga de todo lo relacionado a sus tratamientos y trámites, además de colaborar musicalmente con él, desde hace años-, sino también de la escena rockera local, que lo ven como un referente de consecuencia y talento.

“Estoy por sacar un libro con el verdadero significado de mis letras, que contiene además de las primeras 24 canciones que escribí para Frágil, otras letras que no pasaron el filtro de la banda y que espero grabar algún día, si la vida me alcanza”. Así será, confiamos en que el viaje musical y poético de Andrés Dulude aun tiene varias millas por recorrer, gracias a la fortaleza de su espíritu y al cariño de quienes lo escuchamos desde hace tantos años.

 

[EL DEDO EN LA LLAGA]  Nos hallamos en los años cincuenta, en el contexto de la Guerra Fría. Albert D. Biderman (1923-2003), un científico social de la Fuerza Aérea de EE.UU., es asignado a investigar por qué muchos prisioneros de guerra estadounidenses capturados por las fuerzas comunistas durante la Guerra de Corea cooperaban con el enemigo, firmando declaraciones falsas, denunciando a su propio país y colaborando con la propaganda comunista.

Tras extensas entrevistas con prisioneros repatriados, Biderman concluye que hay tres elementos principales detrás del control coercitivo de los interrogadores comunistas: “dependencia, debilidad y miedo”. Biderman resumió sus hallazgos en una tabla que enumeraba ocho principios, publicada por primera vez en el artículo “Communist Attempts to Elicit False Confessions from Air Force Prisoners of War” [“Intentos comunistas de obtener confesiones falsas de prisioneros de guerra de la Fuerza Aérea”] en una edición de 1957 de The Bulletin of the New York Academy of Medicine. El artículo describe brevemente los métodos psicológicos aplicados por los interrogadores coreanos y chinos para forzar al sujeto a emitir cierta información y hacer confesiones falsas. En la misma edición de The Bulletin, el psiquiatra Robert Jay Lifton (1926- ) publica los resultados de una investigación similar sobre los mismos métodos, acuñando el término “thought reform” [“reforma del pensamiento»], también conocido como “lavado de cerebro”.

En un informe de 1973 sobre la tortura, Amnesty International determinó que la Tabla de Coerción de Biderman contenía las “herramientas universales de tortura y coerción”. En ese sentido, puede aplicarse para la comprensión de realidades distintas más allá de contextos de guerra. De hecho, se ha aplicado para analizar dinámicas de abuso en relaciones interpersonales, sobre todo en casos de violencia doméstica. También resulta una herramienta clave para estudiar el control psicológico en sectas o grupos religiosos abusivos.

Los principios de la Tabla de Biderman apuntan a quebrar la personalidad del sujeto y doblegar su voluntad, de modo que se convierta en un ser sumiso a las indicaciones de los interrogadores. Pongo a continuación cada uno de los principios de la Tabla de Biderman y cómo se aplicaban en el Sodalicio de Vida Cristiana.

1. Aislamiento

Descripción: Separar completamente a la persona de todo contacto social, privándola de interacción humana.
Efecto: Provoca ansiedad, desesperación y dependencia del interrogador.

Aplicación al Sodalicio: Son numerosos los testimonios que han descrito cómo el Sodalicio restringía al mínimo el contacto con familiares y amigos externos a la comunidad. Por ejemplo, José Enrique Escardó relató que lo escondían en un baño cuando su madre quería visitarlo en una casa de formación en San Bartolo (al sur de Lima). Los miembros vivían en comunidades cerradas, donde el contacto con personas fuera del grupo era controlado, fomentando la dependencia hacia los líderes, especialmente hacia Luis Fernando Figari, sus sucesores y sus representantes. El mundo exterior era considerado un peligro para la vida comunitaria y se limitaba la interacción con él.
Efecto: Esto generaba aislamiento emocional y social, haciendo que los sodálites dependieran exclusivamente de la comunidad en lo referente a su identidad, sustento y apoyo.

2. Monopolización de la percepción

Descripción: Controlar lo que la persona ve, oye o percibe, fijando su atención en una situación inmediata y controlada.
Efecto: Elimina estímulos externos que puedan contrarrestar la coerción.

Aplicación al Sodalicio: El Sodalicio imponía un régimen estricto sobre las lecturas, actividades, horarios y hasta los estudios profesionales de sus miembros. Se recomendaban lecturas específicas, de carácter obligatorio, mientras se desalentaba el análisis racional o lecturas alternativas. Las actividades estaban diseñadas para reforzar la ideología del grupo, como retiros y catequesis centradas en la obediencia absoluta.
Efecto: Esto limitaba la capacidad de los miembros para cuestionar la autoridad del Sodalicio, ejercer el pensamiento crítico o considerar perspectivas alternativas.

3. Humillación y degradación inducidas

Descripción: Usar insultos, burlas o tratos degradantes para minar la autoestima.
Efecto: Reduce la resistencia al hacer que la persona se sienta menos valiosa.

Aplicación al Sodalicio: Diversos testimonios describen prácticas humillantes, como obligar a miembros a dormir en escaleras, comer alimentos en combinaciones repugnantes, o serles vertidos sobre la cabeza alimentos o bebidas de la mesa. Además, un informe de 2017 encargado por el propio Sodalicio describió a Figari como “degradante, vulgar y vengativo”, usando humillaciones para controlar a los miembros. Las humillaciones más recurrentes, aplicadas también por los líderes sodálites, eran las burlas por características personales —en ocasiones de carácter racista— y los insultos groseros por cualquier motivo, proferidos a gritos.
Efecto: Estas prácticas minaban la autoestima, haciendo a los miembros más sumisos y obedientes.

4. Agotamiento

Descripción: Debilitar física y mentalmente mediante privación de sueño, hambre o estrés constante.
Efecto: Disminuye la capacidad de resistir o pensar con claridad.

Aplicación al Sodalicio: Los exmiembros reportaron regímenes agotadores, con horarios estrictos, jornadas intensas de actividades espirituales, de estudio y apostólicas, y poca consideración por el descanso, sobre todo por el descanso nocturno, que podía ser interrumpido arbitrariamente para vigilias inesperadas o acciones humillantes. La falta de sueño y el estrés constante se usaban para debilitar la resistencia de los miembros. A esto se sumaban las dietas interminables como castigo, que llegaban ser de pan y agua, o incluso de lechuga y agua.
Efecto: El agotamiento dificultaba el pensamiento crítico y reforzaba la obediencia.

5. Amenazas

Descripción: Crear miedo mediante amenazas de daño físico, muerte o castigos severos.
Efecto: Genera ansiedad constante y obediencia por temor.

Aplicación al Sodalicio: José Enrique Escardó relató haber sido amenazado con una cuchilla en el cuello, un claro acto intimidatorio. Además, la ideología del Sodalicio promovía la obediencia absoluta bajo el lema “el que obedece nunca se equivoca”, lo que implicaba consecuencias psicológicas o espirituales por desobedecer. Las amenazas también incluían castigos dentro de la comunidad, como aislamientos adicionales o tareas degradantes. A eso se sumaba la inculcación a rajatabla del miedo a la “condena eterna” y a la “infelicidad terrenal”, si uno no se hallaba a la altura del ideal sodálite.
Efecto: El miedo constante mantenía a los miembros en un estado de sumisión.

6. Demostraciones ocasionales de “indulgencia”

Descripción: Ofrecer pequeños privilegios o recompensas de forma impredecible.
Efecto: Crea esperanza y dependencia emocional hacia el interrogador.

Aplicación al Sodalicio: El Sodalicio usaba gestos de “indulgencia” como permisos para ciertas actividades o reconocimientos dentro de la comunidad para reforzar la lealtad. Por ejemplo, el ascenso dentro de la jerarquía (emitir una promesa del siguiente nivel en la escala de compromisos, convertirse en formador de candidatos a la vida consagrada, ser nombrado superior de una comunidad) se presentaba como una recompensa por la obediencia. Estas indulgencias eran esporádicas y dependían de la aprobación de los superiores.
Efecto: Creaba esperanza y dependencia emocional hacia los líderes, especialmente hacia Figari.

7. Demostración de omnipotencia

Descripción: Convencer a la persona de que el interrogador tiene control total sobre su destino.
Efecto: Fomenta impotencia y sumisión.

Aplicación al Sodalicio: Figari era presentado como una figura cuasi divina, con autoridad absoluta sobre la vida de los sodálites. Los testimonios describen un sistema donde Figari exigía “sumisión total” y controlaba decisiones personales, desde la vestimenta hasta las carreras profesionales. La estructura jerárquica y la ideología del Sodalicio reforzaban la percepción de su omnipotencia. Esto se cumplía también, guardando las diferencias, en el caso de los superiores de comunidad.
Efecto: Los miembros sentían que no había escapatoria ni posibilidad de resistencia.

8. Imposición de demandas triviales

Descripción: Forzar el cumplimiento de reglas o tareas insignificantes y arbitrarias.
Efecto: Desarrolla hábitos de obediencia automática.

Aplicación al Sodalicio: El Sodalicio imponía reglas estrictas sobre aspectos triviales, como la forma de vestir, horarios rígidos o comportamientos específicos en la comunidad (las posturas corporales para cada ocasión, la forma de hablar, el uso de determinadas palabras a ser usadas en las comunicaciones verbales y escritas). Se exigía obediencia absoluta en detalles cotidianos, como la elección de lecturas o actividades de estudio o recreativas. Estas demandas reforzaban el control total sobre la vida de los miembros. A esto se añadían las órdenes absurdas, sin finalidad específica, que el miembro debía obedecer sin chistar.
Efecto: Generaba un hábito de obediencia ciega, eliminando la autonomía personal.

En resumen, los testimonios de exmiembros documentan un sistema de control psicológico en el Sodalicio, que generaba un clima propicio para abusos físicos, e incluso sexuales. Estas prácticas coinciden con las técnicas descritas en la Tabla de Biderman, especialmente en el uso sistemático de aislamiento, humillación, agotamiento, amenazas y control psicológico para someter a los miembros, especialmente a los jóvenes. Estas tácticas crearon un entorno de coerción que facilitó los abusos físicos, psicológicos y sexuales reportados. No resulta, pues, exagerado afirmar que en el Sodalicio se practicó sistemáticamente la tortura psicológica y la coerción, a fin de “quebrar” a sus miembros —como se admitía explícitamente sin ambages en el lenguaje coloquial de los sodálites—. Y de esta manera se justificó la violación de derechos humanos fundamentales, lo cual refrenda a todas luces la merecida supresión que ha sufrido la institución.

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