Opinión

En la última encuesta de Ipsos publicada en Perú21, de la izquierda aparecen Aníbal Torres con 3% de intención de voto, seguido de Verónika Mendoza con 2%, habiéndose excluido a Antauro Humala de la encuesta por estar inhabilitado por el Poder Judicial.

Seguramente, si el líder etnocacerista apareciese en la boleta, tendría un número bastante mayor que el conseguido por sus pares de izquierda. En general, el escenario social está dado para que alguna fuerza antisistema aparezca en el firmamento y allí la izquierda parte con ventaja respecto de la derecha por su mayor beligerancia a propósito del régimen de Dina Boluarte.

Lo cierto, sin embargo, es que sería tremendamente injusto que la izquierda ocupe un papel protagónico en esta elección venidera. Tremenda responsabilidad histórica tiene en su haber como para aspirar a que el furor antiestablishment de la ciudadanía termine encaramando a algún candidato de sus filas, a despecho de su proceder en los últimos lustros.

Primera gran responsabilidad: haber desmontado el sistema proinversión y promercado que reinó durante los gobiernos de Toledo y García, que explican el gran crecimiento económico, y la reducción pasmosa de la pobreza y de las desigualdades. La izquierda afincada con Humala, ralentizó el crecimiento económico, rebajando la categoría del Perú en materia de competitividad y de libertades económicas. Millones de pobres le deben su situación a la actuación económica de la izquierda.

Segunda gran responsabilidad: haber apoyado incondicionalmente al desastre absoluto del gobierno de Pedro Castillo. Le prestó sus votos y sus cuadros técnicos para ejercer el peor gobierno de nuestra historia republicana. Gran parte de la crisis económica de los últimos tiempos se debe no solo a la pandemia sino también a esa gestión funesta del Atila chotano apoyado por la izquierda que hoy se pretende reciclar, lamentablemente con más fortuna de la que merecería.

Esos dos factores bastarían para que la izquierda desaparezca de la escena electoral, pero el desastre de Dina Boluarte le ha devuelto la vida. Será cuestión de ahondar la memoria histórica reciente para que el país castigue severamente a los grandes responsables del desastre que hoy vivimos.

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Por : Pedro Salinas

En mi último libro “Sin noticias de dios” (Autopublicación, 2022), hay varias subtramas que no se conectan, necesariamente, de forma directa con el Caso Sodalicio, pero que no dejan de ser reveladoras. Una de ellas tiene que ver con una historia criminal que atañe a un jerarca de la iglesia peruana. Si tienen un tiempo en esta holgada semana santa, les dejo algunos extractos para la ocasión. La historia completa se encuentra a partir de la página 543:

(…)

Luego de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados, Pao y yo recibimos incontables llamadas, correos electrónicos, whatsapps, mensajes por el inbox del Facebook, y hasta cartas físicas sobre casos de abusos sexuales perpetrados por religiosos de no pocas organizaciones católicas, y también de curas diocesanos de diferentes parroquias. Solamente atinábamos a decir: «Lo siento mucho. Estamos enfocados en el Caso Sodalicio». Porque era la verdad. No había forma material ni tiempo para investigar lo que pasaba en otras congregaciones católicas.

Sí es verdad que hubo un caso que me interesó sobremanera, pues tenía que ver con una autoridad eclesiástica. El caso me lo habían adelantado dos personas, MC y G, que (…) tenían la versión de primera mano. Esta información llegó a mí entre el 2016 y el 2017. A través de ambos quise contactar a la presunta víctima, pero en ningún caso quería conversar con el autor de estas líneas. Y ahí lo dejé.

Hasta que, hacia fines de junio del 2018, una amiga, «Rosa de Lima» (nombre falso) lo convenció de hablar conmigo, y me lo derivó. Esta persona -a quien conocía, cosas del azar, desde que teníamos edad escolar y con quien teníamos no pocos amigos en común, porque Lima es así, un pañuelo-, finalmente se decidió a contactarme. Había visto la película El Bosque de Karadima, de Matías Lira, y eso cambió todo para él. «Rosa de Lima» me había escrito por el WhatsApp.

—Tengo que preguntarte algo, Pedro. ¿Alguna vez te llegó alguna denuncia sexual contra el obispo «Camilo» (nombre falso)? Es importante. Estoy ayudando a una víctima y esa información es clave

—Sé que existe por lo menos una supuesta víctima de «Camilo». Dos personas distintas me contactaron para ver cómo ayudarlo. Hasta donde sé, nunca lo denunció. Lo conozco desde que era un chiquillo y ambos estábamos en el colegio. Pero no quiere hablar conmigo ni por joder.

—¿Te puedo llamar?

—Sí, claro.

En la comunicación telefónica, constatamos que hablábamos de la misma persona. Fue ella, «Rosa de Lima», quien me contó el impacto que le causó la película sobre Karadima. Que conocía a su familia y que le extrañó mucho cuando la llamó, hasta que le contó parte de lo que había vivido. Le dije entonces que lo persuada de ponerlo todo por escrito y que, a través de nuestros amigos chilenos, en particular Juan Carlos Cruz (…), podíamos tratar de llegar al «hombre de blanco». Eso de hablar como espías del Mossad, era una exótica y huachafosa costumbre gremial, que saltaba automáticamente en este tipo de conversaciones, cada vez que se compartía información sensible.

Le dije también que no le prometía nada, pero que ese podía ser el camino más expeditivo. Por lo menos más expeditivo que el de una denuncia ante el peripatético Tribunal Eclesiástico, donde, además, probablemente se truncase el asunto. Por razones obvias. «Camilo» era un pez gordo. Y ya sabíamos cómo se comportaban algunos jerarcas de la curia cuando el escándalo asomaba la cabeza.

«David», como bautizaré a la víctima, se decidió a hacerlo, confiando ciegamente en «Rosa de Lima», en Juan Carlos Cruz y en mí, por lo que procedió a sentarse frente a su ordenador un 5 de julio del 2018 para escribir su testimonio. Luego de leerlo y releerlo varias veces, se lo envió a «Rosa de Lima» para que lo revise. Al día siguiente, finalmente, «David» me escribió por el WhatsApp para reunirnos.

Casi en paralelo me estaba comunicando con Juan Carlos Cruz. Le conté todo en una videollamada que duró más de cinco minutos, como adivinarán, porque Juan Carlos no dejaba de hacerme preguntas e interrumpirme para conocer más detalles y calibrar bien la gravedad de lo que había ocurrido con «David». Luego de media hora de examinar el asunto, me explicó cómo procederíamos en el hipotético caso de que «David» se atreviese a dar el paso para denunciar a monseñor «Camilo».

Y después cambiamos de tema para ponernos al día. Le conté lo de la obra de teatro. Me dijo que estaba yendo de vacaciones a Santiago hacia mediados de julio y me soltó, como jugando, que le provocaría darse un salto por Lima. Lo convencí de que lo haga y de que, con él acá, podíamos hacer un foro con el equipo de La Plaza después de ver San Bartolo. La idea le fascinó. Ese compromiso y generosidad se harían reiterativos en más de una oportunidad. Juan Carlos sentía el Caso Sodalicio como propio. Y lo demostraría una y mil veces, incondicionalmente.

Al comunicarme nuevamente con él, le dije que todo iba viento en popa. Que en La Plaza estaban más que entusiasmados con su presencia en la obra. Que apenas me ratificara la fecha, le iba a organizar entrevistas con medios nacionales (…) A las dos horas me escribió para confirmarme que vendría, y yo, por mi parte, le comenté que «David» había decidido dar el paso.

En el interregno, hubo una catarata de correos electrónicos. Primero entre “David” y mi amiga, luego entre ella y yo, y finalmente con Cruz Chellew. El objetivo era afinar la carta de «David» que debía llegar a manos del papa. La carta, finalmente, salió de mi bandeja el 9 de julio.

Estimado Juan Carlos,

Con cargo a entregarte la carta física la próxima semana que nos veamos en Lima, te adjunto la carta de «David» dirigida al papa Francisco. Se trata de una denuncia gravísima que acusa al obispo «Camilo» de abuso a un menor de edad. El hecho ocurrió hace treinta y cinco años, pero la víctima recién se atreve a denunciar, como suele suceder en muchísimos casos de víctimas abusadas por clérigos católicos. Como podrás inferir, hemos podido hacer pública la denuncia a través de los medios de comunicación, provocando un terremoto de proporciones inimaginables, como hicimos anteriormente con el Caso Sodalicio, pero la víctima quiere que su denuncia llegue con sigilo al papa. Y estamos respetando su decisión. Espero que, a través tuyo, podamos materializar el deseo de la víctima, porque de otra forma, vía el Tribunal Eclesiástico, no hay manera de que suceda algo.

Te mando un fuerte abrazo, y agradecemos desde ya tu gestión ante el santo padre, con el deseo de que se haga justicia.

La respuesta de Juan Carlos no se hizo esperar. Ese mismo día, escribió: «Querido Pedro, ya se la envié al contacto que me dio el Papa para estas cosas, y con tu texto. Te aviso apenas sepa algo. Pero qué horror lo que relata en su carta. Qué valiente que es “David”. Abrazos».

Ese día también le escribí a «Rosa de Lima», cuya intervención fue determinante en esta historia: «Ya llegó la denuncia al contacto del “amigo chileno”. Ahora a esperar».

La carta, dirigida al papa Francisco, comenzaba diciendo: «Con mucho respeto, y algo de temor, quiero contarle una experiencia adolescente de abuso sexual que he guardado por años entre un grupo muy pequeño de amigos y familiares». La descripción de lo sucedido estaba contenida en tres folios. Al leer el inquietante y estremecedor texto me di cuenta por qué le había impactado tanto la película sobre Karadima.

El abuso se perpetraba durante el sacramento de la confesión Esta era semanal o quincenal. Pero él fue su único confesor durante unos cinco meses, aproximadamente, cuando «David» apenas era un muchachito imberbe, menor de edad. Una vez que el depredador se ganó su absoluta confianza, lo conminaba a arrodillarse frente a él, entre sus piernas, sin confesionario de por medio. Y ahí fue cuando el agresor con sotana comenzó a hacer de las suyas, poco a poco, gradualmente, acercándose cada vez más, aprovechándose de la situación de dominio sobre el inocente chiquillo que carecía de una figura paterna.

Hasta que un día, que acercó su boca a la suya para besarlo, la sensación de incomodidad fue demasiado fuerte -y ojo que las situaciones de acoso sexual, reiteradas y sistemáticas, narradas en la esquela, son notorias a lo largo del testimonio desarrollado en la copiosa carta-. Ese instante, en el que «David» se sintió fastidiado y súbitamente irritado, en el que sus sistemas de alerta le avisaron que algo raro estaba ocurriendo, fue decisivo. Algo en ese sacerdote no estaba bien y, pese a su vulnerabilidad e ingenuidad, logró percibir el mal.

Las situaciones de abuso eran claras e incontrastables. La carta al papa remataba así:

Esta historia ha permanecido en secreto por años (…) (Como consecuencia de todo ello), me alejé por completo de la fe y de los sacramentos. No quise confesarme más (…) Ver la película “El bosque de Karadima” gatilló en mí muchos recuerdos dolorosos. Me gustaría recuperar mi fe. Me hace mucha falta, y siento mucha tristeza (…) No quiero hacerle daño a la Iglesia (…) La razón de esta carta es muy sencilla. Creo que Usted debe conocer estos hechos. He visto con sana envidia lo que está sucediendo en Chile y pensé que esta era la oportunidad de darle a conocer esta historia. No hay ninguna posibilidad de sanción penal (todo prescribió hace años). Tampoco busco un juicio eclesiástico, y mucho menos una reparación económica. Me hubiera gustado una disculpa, pero esa debió darse hace más de treinta años. Lo único que quiero es que Usted sepa la verdad, y que la tenga en cuenta.

La conmovedora y contundente misiva terminaba con la firma de «David» y su número telefónico.

***

(…)

(El 20 de julio), llegamos a La Mula donde nos esperaba Rolando Toledo y su equipo de producción. Las cámaras estaban en sus sitios y los micros puestos sobre la mesa. Juan Carlos vestía una impecable chompa azul y una camisa a cuadros, y lucía un porte aristocrático, mientras que el entrevistador, este servidor, o sea, exhibía unas ojeras de zombi, la mirada líquida, y una panza que parecía un bombo. Desde que llegué no dejé de tomar café y agua debido a la espantosa resaca que tenía.

Rolando se había encargado de convocar a varios periodistas para que participen con preguntas hacia el final. Juan Carlos, quien es un magnífico y eficaz comunicador, hizo un repaso sumamente didáctico y ágil de lo que había pasado en Chile durante los últimos ocho años. Habló de sus amigos y colegas de lucha, Jimmy Hamilton y Jose Murillo. De su visita a Roma para conversar con el papa Francisco. Del Caso Sodalicio. De San Bartolo, a la que calificó como «una joya del teatro peruano».

Antes de la conversación, todo hay que decirlo, le pregunté si le parecía que debíamos abordar la denuncia que involucraba a monseñor «Camilo», solamente de refilón, sin dar nombres ni nada. «No lo sé, se lo deslicé a El Comercio, pero hoy no publicó nada de eso». Efectivamente, el día anterior ya se lo había soltado a la periodista del decano, de una manera sutil pero clara. Lamentablemente, la periodista simplemente no la vio, se le pasó lo más importante de sus declaraciones. O, quizás, su editor prefirió omitir esa parte. Nunca lo sabré. «Dejémoslo ahí nomás. Hagamos que la entrevista fluya, y punto», le dije. Y así fue.

Pero a la hora de la rueda de prensa, hacia el final de la Mesa Mulera (así le decíamos a las entrevistas en La Mula), aprovechando una pregunta de un periodista del diario Correo, se mandó con todo: «Yo sé de un obispo peruano que tiene una denuncia bastante grave. Se trata de alguien de la jerarquía». La resaca se me fue del todo en ese momento, y solo atiné a decir, siguiéndole la cuerda: «Eso sonó fuerte». Y sin poder contenerme, volví a meter mi cuchara, interrumpiendo al periodista de Correo y al propio Juan Carlos, para preguntar:

—¿Y esa información la tiene el papa?

—Puede ser -me dijo, tras unos segundos sin responder, con una mirada cómplice y un tono misterioso que sonó a un sí.

—¡Guau! -acoté, y solo volví a intervenir para despedir el programa.

Esa explosiva revelación de Juan Carlos, que era como para un titular de primera página, insólita e inexplicablemente, no fue rebotada por ninguno de los medios que asistieron a La Mula. No obstante, por lo que supimos luego, sí agitó el cotarro en el gremio episcopal. Y de qué manera.

Su última entrevista, ese mismo viernes por la noche, fue en Canal N , con Mijael Garrido-Lecca. En silencio, sentado en una silla, a unos metros del set, estaba escuchando el diálogo entre Mijael y Juan Carlos, quien hablaba con ímpetu, cuando de pronto, y sin aviso, soltó una frase que sonó como un disparo: «Sé que hay una denuncia grave contra un jerarca de la Iglesia peruana».

***

(…)

En la columna diaria de Augusto Álvarez Rodrich, del 7 de agosto, el periodista de La República, quien fue uno de los que siguió el Caso Sodalicio desde sus inicios, hubo una alusión a la visita de Juan Carlos Cruz. Fue el único que advirtió la gravedad de la denuncia que había deslizado en La Mula y en Canal N, y que fue invisibilizada por los medios, ya sea por falta de atención o por lo que sea.

Se debe dilucidar a quién se refirió el chileno Juan Carlos Cruz en su paso por Lima cuando a unos periodistas distraídos les dijo que «un miembro importante del episcopado peruano tiene una grave denuncia ante el Vaticano».

Entre tanto, el 17 de agosto, en las páginas de La República, el presidente de la Conferencia Episcopal, Miguel Cabrejos, respondió a los cuestionamientos que hice en una de mis columnas y en otros medios sobre las débiles respuestas de los obispos peruanos. Monseñor Cabrejos se defendió señalando que nunca se callaron ni ocultaron nada. Y para demostrarlo, le mostró a La República ocho documentos, entre comunicados y notas de prensa que emitieron entre los años 2015 y 2017. También informes que enviaron a la Santa Sede. «Yo no voy a responder a las personas. Simplemente quiero decir una gran verdad: que la Conferencia Episcopal nunca ocultó nada. Todo esto demuestra que sí hemos hecho», dijo Cabrejos.

Era una verdad a medias, si me preguntan. A lo largo de esta crónica, los lectores podrán juzgar qué tan firme fue la actuación de la iglesia peruana en el Caso Sodalicio. Más todavía. Hasta ese momento, mediados de agosto del 2018, a casi tres años del destape, los obispos no se habían reunido con las víctimas de la organización sectaria creada por Figari.

Por último, dos días antes, el 15 de agosto, se dio a conocer públicamente la denuncia presentada por el arzobispo sodálite José Antonio Eguren contra mí por «difamación agravada», exigiendo una reparación de doscientos mil soles, el equivalente a más de sesenta mil dólares, y una pena de tres años de prisión, acusando una «campaña de desprestigio en su contra». Sobre eso, Cabrejos no dijo nada.

El 18 de septiembre, desde Berlín, Alemania, el cardenal Pedro Barreto volvió a referirse a la situación del fundador del Sodalitium, a quien calificó nuevamente de «perverso». El príncipe de la iglesia indicó que el proceso eclesiástico en su contra ha estado marcado por la «lentitud». Esto se lo dijo a la agencia alemana DW.

El día anterior, 17 de septiembre por la mañana, tuvo una audiencia privada con el papa Francisco nada menos que el arzobispo sodálite José Antonio Eguren, miembro del denominado «núcleo fundacional» del Sodalitium. ¿El motivo de la reunión? No trascendió a los medios. No obstante, en ese momento Juan Carlos Cruz no solo tenía una relación personal y directa con el pontífice argentino, sino con otras autoridades vaticanas del entorno de Jorge Mario Bergoglio. Ergo, pudimos enterarnos de algunas cosas.

Eguren, según estas fuentes vaticanas, habría pretendido solicitarle al papa una suerte de certificado o documento que evidenciara que él no tenía ninguna acusación o señalamiento o proceso eclesiástico o denuncia o algo por el estilo en el Vaticano. El papa Francisco, de muy buenas maneras, le dio a entender que no era costumbre expedir «hojas de buena conducta» a nadie, y que si tenía la conciencia tranquila no tenía que preocuparse de nada. O algo así.

De acuerdo con otra fuente eclesiástica, contactada en Lima, se había esparcido el rumor entre los purpurados peruanos de que aquella autoridad jerárquica a la que se refirió Juan Carlos Cruz en Lima era Eguren.

—¡Pero no es él! Créame que no se refirió a él -le dije a mi fuente con solideo, defendiendo a mi querellante, atropellándome con mis palabras.

—Yo lo sé. ¿Quién cree usted que ha sido el autor del chisme?

—No lo sé, pero me parecería torpe por parte de Eguren irse hasta Roma para decirle al papa: «Por si acaso, no soy yo». Es más. Eso hasta lo haría sospechoso ante el propio Francisco, ¿no le parece?

—Pienso igual que usted. Pero quien deslizó el rumor, le cuento, fue monseñor «Camilo».

—¡¿En serio?! Esto ya parece salido de una película sobre el medioevo, en la que los cardenales guardaban cicuta en sus anillos. Estaba casi seguro de que eran amigos.

—En esta historia se están jugando muchas cosas, y la amistad es lo último que importa.

—Guau. Qué fuerte. Este «Camilo» es realmente una serpiente. ¿Y es verdad que uno de los motivos principales del viaje de Eguren a Roma ha sido para pedir algo así como una especie de «certificado de buena conducta»?

—Es cierto. Pero yo no le he dicho nada a usted, por si acaso…

—No se preocupe. Lo tengo claro… ¿Y le dieron algo?

—No.

Al día siguiente recibí una llamada rarísima a mi celular. Me contactó «Ludovico», un periodista medio ahuevado, de escaso humor, con quien había trabajado en mis pininos televisivos. Luego dirigió un diario de corte conservador. Y era tío carnal de un talentoso editor y escritor que trabajaba en Planeta. Ah, y algo no menos importante, era muy cercano a «Camilo».

Me pilló en la oficina, a la hora de mi primer café. Muy afectuosamente, me felicitó -tres años después- por la investigación periodística sobre el Caso Sodalicio, por los premios que habíamos ganado con Pao, por la obra de teatro, y así, sin aterrizar sobre nada. Me dio la impresión de que su voz había envejecido. Después se puso a formular preguntas inocuas, o quizás no lo eran tanto. ¿Cómo estás? ¿En qué andas ahora? ¿Qué otros proyectos tienes entre manos? ¿Qué nuevas revelaciones piensas sacar a la luz? Y cosas por el estilo.

Pasado un buen rato, en el que, pacientemente, me la pasé siguiéndole la cuerda, lo corté afablemente, para precisarlo un poquito:

—Bueno, «Ludovico», y ahora que ya te puse al día sobre mí, cuéntame: ¿Cuál es el verdadero motivo de tu llamada?

—Jajaja. Siempre directo, ¿no? No has cambiado mucho desde aquella vez que hicimos televisión. Jajaja. Sí, bueno, mira, esteee, lo que pasa es que tenía mucha curiosidad sobre los comentarios que hizo el comunicador chileno en la entrevista que le hiciste…

—Pregúntame lo que quieras, «Ludovico». Con confianza.

—Gracias, Pedro. Sí, mira, en algún momento dijo algo así como que sabía o que tenía información de una denuncia sobre una autoridad eclesiástica peruana…

—Sí, recuerdo que dijo eso. Fuerte, ¿no?

—¿Sabes de quién se trata?

—No dijo su nombre. Se lo comentó a un periodista de Correo, no a mí.

—¿Pero te lo dijo a ti en privado? ¿O se lo preguntaste luego?

—Lo que sé es que el papa está al tanto.

—¿Y la denuncia sobre qué es?

—Dijo que sobre algo «bastante grave».

—¿Sabes si era sobre algo de índole sexual?

—Me dio la impresión de que a eso se refería, ¿no?

—Bueno, Pedro, no te quiero robar más tu valioso tiempo. Ha sido un gusto hablar contigo después de tiempo, saber de ti, y nada, hace rato que quería felicitarte por tus logros periodísticos.

—Gracias, querido «Ludovico», eres muy amable. Te mando un abrazo.

—Otro para ti. Nos vemos, chau.

***

(…)

Con quien hablé luego fue con Juan Carlos Cruz:

—Tengo noticias sobre “Camilo”. Cuando puedas, coméntale a “David” lo siguiente: cuando “Camilo” cumpla años, tendrá que renunciar formalmente a su condición porque así lo establecen las normas eclesiásticas. Luego de ello, el papa lo dejará como obispo por un rato, pero no por mucho rato. Para (la fiesta de) Reyes (entre el 5 y 6 de enero), comenzará su cuenta regresiva. Díselo por favor de mi parte. De enero no pasa. Díselo así, por favor.

—¡Mierda!

—Sí, lo mismo dije cuando me dieron el encargo. Abrazo grande, amigo.

—Hoy me tomo un whisky por el “hombre de blanco”.

—No busques pretextos para emborracharte. Pero sí. Tómate más de uno. Es como para celebrar.

(…)

Pedro Salinas

Las denuncias de pederastia contra Juan Luis Cipriani, excardenal del Perú -el primero en el mundo del Opus Dei-, que ya se conocían extraoficialmente hace años, pero que ayer se han hecho públicas por una nota del diario El País, de España, constituyen, sin duda, un duro golpe político a las pretensiones de la ultraderecha nativa por imponer una narrativa ideológica.

Cipriani era una suerte de ícono de esta derecha -acaba de ser condecorado por el alcalde de Lima- y hoy la van a tener difícil a la hora de defender a su símbolo máximo, aunque ya salieron, por supuesto, los negacionistas a señalar, entre otras tonterías, que El País es un diario “progre” así que no hay que creerle nada, o que faltan pruebas y que el Papa también es jesuita de izquierdas y odia al Opus Dei.

Lo cierto es que el remezón es sísmico, golpea severamente la imagen de un referente moral y político de la derecha conservadora peruana y, no cabe duda, corroe el discurso de moralidad que trataban de endosarse los representantes de este sector.

La izquierda ya empezó a sacar provecho de la denuncia y sorprende, sobremanera, el silencio estruendoso del resto de la derecha peruana, la no conservadora, que prefiere mirar de soslayo una noticia que, de hecho, los beneficia, ya que, entre sus rivales a vencer, no está solamente la izquierda radical sino también sus pares de derecha extrema.

Las denuncias contra Cipriani y la disolución del Sodalicio afectan seriamente la narrativa de candidatos como Rafael López Aliaga y Phillip Butters, cercanos a esas agrupaciones, y corrobora, una vez más, que en el Perú nada está escrito sobre piedra y las veleidades de la escena electoral se seguirán presentando hasta el final de la campaña.

Cómo será de fuerte el golpe que hasta ahora la ultraderecha no reacciona, aunque no tardará en aparecer un comunicado firmado por “notables” en defensa del excardenal, del mundillo político y empresarial con el cual Cipriani tejió una alianza fáctica y política.

La del estribo: entrañable el libro Rudo, anécdotas, humillaciones y reflexiones de un payaso, que narra peripecias vitales de Carlos Carlín, un personaje de la escena artística peruana y que ha decidido mostrar la piel en este libro. Está en las principales librerías del país. Vale la pena comprarlo y leerlo.

[La columna deca(n)dente] El Perú vive una de las crisis políticas, sociales y éticas más profundas de su historia contemporánea, marcada por una tensión constante entre la barbarie institucionalizada y los ideales de civilización democrática. En esta dicotomía, el país parece debatirse entre un Estado que, en lugar de encarnar el progreso y la justicia, se ha convertido en un espacio de corrupción sistémica, y una sociedad que, pese a sus múltiples fracturas, mantiene destellos de resistencia y esperanza.

La barbarie en el país no se manifiesta como un caos desorganizado, sino como un sistema perfectamente funcional para garantizar privilegios, perpetuar la desigualdad y anular cualquier intento de reformas institucionales. Desde el Congreso, controlado por los partidos que integran la llamada “coalición del mal”, los cuales representan intereses particulares y no el bienestar común, hasta las redes de poder económico, legales e ilegales, que cooptan instituciones, el Perú ha normalizado un estado de excepción permanente que profundiza la precariedad de la democracia.

La expresión más clara de esta barbarie es la criminalización de la protesta social, la represión indiscriminada y la indiferencia hacia las demandas de justicia y equidad. Las ejecuciones extrajudiciales de 49 conciudadanos durante las movilizaciones de fines de 2022 e inicios de 2023, así como la impunidad de los responsables, son una herida abierta que evidencia el divorcio entre el Estado y la ciudadanía. Estas ejecuciones, de entera responsabilidad del Ejecutivo, y la constante instrumentalización de la Constitución para justificar abusos y servir a intereses criminales, refuerzan esta tendencia hacia el autoritarismo.

Frente a esta realidad, la civilización en el caso peruano no debe entenderse como un ideal abstracto ni como un proyecto paternalista de modernización desde arriba. La idea de civilización debe ir más allá de la gestión tecnocrática o la acumulación de indicadores macroeconómicos positivos. Implica una apuesta por un Estado al servicio de los ciudadanos y ciudadanas, que respete la diversidad cultural, garantice derechos fundamentales y promueva la participación activa de la ciudadanía en las decisiones públicas.

El dilema entre barbarie y civilización no es nuevo en la historia peruana. Desde el conflicto entre gamonales y campesinos en los Andes, pasando por la lucha contra el terrorismo y los proyectos extractivistas en la Amazonía, el país ha vivido múltiples momentos en los que esta dicotomía ha sido utilizada como marco interpretativo. Sin embargo, el reto actual es mayor, ya que el modelo económico neoliberal y la fragmentación política han reducido los espacios de articulación social y política, profundizando la desconfianza ciudadana en las instituciones.

El riesgo, como advierten algunos analistas, es que esta crisis no solo perpetúe la barbarie, sino que conduzca a su institucionalización definitiva. La consolidación de un «Estado fallido funcional», que sirve para la reproducción de intereses privados, incluso criminales, y no para el bienestar colectivo, amenaza con sumir al país en un círculo vicioso de autoritarismo, descomposición social y desinstitucionalización.

Para evitar la perpetuación de la barbarie, es necesario construir un nuevo consenso social que trascienda los intereses partidarios. Este consenso debe partir del reconocimiento de las deudas históricas con las regiones excluidas, la apuesta por un sistema educativo y de salud de calidad, y el fortalecimiento de instituciones transparentes y eficaces. La civilización, entendida como proyecto colectivo, es posible solo si se priorizan los derechos humanos, la justicia, la equidad y la participación ciudadana como ejes fundamentales del desarrollo.

El Perú enfrenta una encrucijada. La barbarie, en su versión institucional y cotidiana, amenaza con anular cualquier posibilidad de transformación. La civilización, en cambio, exige un esfuerzo colectivo y sostenido para superar los ciclos de violencia y exclusión que han marcado la historia del país. ¿Qué camino tomaremos? Esa es la pregunta que definirá el destino de nuestro país.

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Que haya cerca de 60 partidos habilitados para postular en las próximas elecciones del 2026 es un suicidio democrático. Conducirá a una elección disfuncional con un resultado díscolo e impredecible que, sin duda, colocará al país el próximo quinquenio en un derrotero institucional peor que el que tenemos ahora.

Es menester que el Congreso haga algo al respecto. Se facilitó la inscripción de partidos en la reforma electoral llevada a cabo, pero con la condición de la realización de las primarias, que filtraban en gran cuantía el número final de partidos en disputa. Al haberse suprimido las PASO se ha abierto una caja de Pandora que no conllevará a ningún beneficio democrático.

Ya restablecer las PASO es inviable. Ni siquiera presupuestalmente es atendible una solicitud de ese tipo. Lamentablemente. Pero sí es posible establecer algún tipo de filtro que disminuya el número de agrupaciones hábiles para postular.

Un mecanismo válido y que solo requiere mayoría absoluta en una sola votación es la modificación de la ley orgánica de elecciones y que se exija que en el proceso interno que de todas maneras se tendrá que llevar cabo (seguramente la mayoría de partidos optará por el mecanismo de los delegados), al menos participe el 20% del número mínimo de afiliados (25,000), es decir que participen 5,000 militantes. Si eso no se logra, inmediatamente el partido queda fuera de la contienda.

Está en manos del Congreso lograr ello antes de que sea demasiado tarde. Permitir que haya 60 agrupaciones en la liza, no solo es un despropósito logístico sino que difuminará el voto fragmentando la votación y permitiendo que sea gobernante del Perú alguien que al final obtenga un 10% o poco más en las urnas.

Ya hemos visto con Castillo a qué conduce ello, a la perversión de la representación parlamentaria (Niños y demás), la ruptura de los partidos que entren, al desorden institucional producto de semejante degradación y, finalmente, a la persistencia de un modelo mercantilista de manejo del Congreso como el que hoy horada los márgenes mínimos de sindéresis institucional de un poder del Estado fundamental para el funcionamiento de una democracia operativa.

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[El dedo en la llaga] El anuncio de la obra teatral “María Maricón” de Gabriel Cárdenas Luna en el marco del festival de artes escénicas “Saliendo de la Caja” organizado por el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) ha generado reacciones airadas de parte de colectivos católicos, la Conferencia Episcopal Peruana, el Ministerio de Cultura, el Congreso de la República y diversos personajes vinculados a las tendencias más ultraconservadoras del catolicismo peruano. ¿Está justificada esta reacción que no sólo pretenderse quedarse en protestas declarativas, sino que busca una censura de la obra, a fin de que no sea representada ante el público de ninguna manera?

El resumen del contenido de la obra que aparece en el folleto del festival no parece ser motivo suficiente para estas reacciones hiperventiladas:

«Obra escénica testimonial que explora el conflicto entre la religión y el género, a través de la deconstrucción de diferentes vírgenes y santas católicas. Utilizando danzas folklóricas peruanas, cantos y textos religiosos y populares, además de la experiencia de vida personal del performer principal quien es homosexual, la obra teje una narrativa compleja y emotiva que desafía las normas establecidas y celebra la diversidad».

Lo que ha suscitado tantas iras santas es el título mismo de la obra, y sobre todo el afiche, donde aparece un hombre vestido con una ornamentación que suelen vestir las imágenes sagradas de la Virgen María en el panteón de la devoción católica.

En esta línea va el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana, que dice defender «la libertad de expresión. Sin embargo, consideramos, que no es un derecho absoluto y tiene límites, sobre todo cuando riñen con otros derechos como la libertad religiosa, la fe y la devoción del pueblo peruano. Estos límites adquieren mayor rigor si tenemos en cuenta que la PUCP es una universidad católica y pontificia que debe transmitir los valores cristianos y está sujeta a las Enseñanzas y Magisterio Pontificio». Por otra parte, el Ministerio de Cultura «invoca el respeto por los símbolos religiosos, que son patrimonio de nuestro país. El título de la obra y la forma en que se presenta el afiche, con la imagen de un varón que reemplaza la figura de María de Nazareth, atenta contra tres elementos de la fe católica que se recogen en la Sagrada Tradición de la Iglesia Católica, la Sagrada Escritura y el propio Magisterio de la Iglesia». 

Lo que no queda claro es cómo una obra de teatro —o su promoción mediante un afiche— puede atentar contra la libertad religiosa, si consideramos el inciso 3 del artículo 2 de la Constitución Política del Perú:

«Toda persona tiene derecho: A la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere el orden público».

¿Acaso la obra y su afiche impiden que los católicos puedan ejercer libremente sus creencias religiosas? Lo que sí atenta contra libertades constitucionales es censurar la obra e impedir que puedan acceder a ella los que quieran verla. Soy católico, pero no comparto la necedad de Mons. Miguel Cabrejos, quien firma el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana en su calidad de presidente de esa entidad.

¿Hasta qué punto se deben respetar los símbolos religiosos? En la medida en que se respeta a la persona humana y sus creencias. Pero eso no anula la posibilidad de recurrir a la sátira cuando hay motivos suficientes para ello. Y la creación artística abre esas posibilidades. En ese sentido, es legítimo satirizar cualquier símbolo, sea el que fuere. Si se cree que no se puede hacer con los símbolos del catolicismo, entonces no se podría hacer con los del islamismo, del nazismo, del comunismo, del capitalismo, etc. Y en toda sátira hay ineludiblemente una vena crítica que ofende a algunos. Como decía un cura jesuita ya fallecido: son los gajes de la democracia.

¿Significa eso que en el arte todo está permitido? El límite es lo delictivo. Si una obra justifica la discriminación, el racismo y el odio a minorías, o hace apología de conductas criminales, entonces ya no es libertad de expresión sino delito. La valoración de “María Maricón”, una obra que hasta ahora nadie ha visto, debe hacerse sobre la base del contenido de la obra, no del afiche, que no configura ningún delito.

Por otra parte, toda imagen icónica o sagrada de María es una creación humana que se ha generado en determinados contextos sociales e históricos, y ninguna representa fidedignamente a la María de carne y hueso que habría vivido a inicios del siglo I en la pequeña localidad de Nazaret. Si me preguntan, ella debió parecerse más a cualquier mujer palestina que habita la franja de Gaza. Por lo tanto, satirizar artísticamente una imagen de la Virgen María no constituye necesariamente una falta de respeto a la madre histórica de Jesús.

¿Y qué decir de aquellos que exigen que la universidad que está detrás del festival censure la obra porque no es compatible con los valores cristianos que ella representa? Debo aclarar que se llama Pontificia Universidad Católica del Perú, no Pontificia Universidad Católica Conservadora Fundamentalista y Fanática del Perú. La libertad de conciencia está entre uno de los valores fundamentales que, como entidad católica, debe salvaguardar. Además, no se necesita ser católico para estudiar en esa universidad y la libertad de expresión del estudiante debe quedar incólume. Existe el derecho a la crítica y a la sátira, caiga quien caiga.

Hay quien ha hecho el paralelo con sociedades islámicas, donde una falta de respeto a la figura de Mahoma acarrea consigo reacciones violentas y sanciones crueles, incluyendo la muerte. Pero hacer este paralelismo entre católicos y musulmanes es improcedente. La mayoría de los musulmanes que conozco no son así, y eso se da sólo en sociedades teocráticas gobernadas por islamistas radicales y fanáticos. ¿Es que también son así los católicos? La mayoría de católicos no son así, predispuestos al fanatismo y a la violencia verbal … e incluso física.

¿Nos hallamos ante una blasfemia, como ha afirmado el pseudo-periodista Alejandro Bermúdez, expulsado del Sodalicio de Vida Cristiana por el Papa Francisco?

El Catecismo de la Iglesia Católica define así el pecado de blasfemia:

«La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a “los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos” (St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

Es decir, para cometer una blasfemia es requisito creer en Dios, la Iglesia, los santos y las cosas sagradas. Eso no aplica para no creyentes. Manifestar algo ofensivo respecto a cosas en cuya existencia no se cree no califica como blasfemia. Y los creyentes no pueden pretender que a los no creyentes se les aplique las mismas normas morales que valen para ellos.

Además, Bermúdez se olvida de que quien ofendió a la gente religiosa y piadosa de su tiempo fue Jesús mismo, según cuentan los Evangelios. Fue acusado en varios momentos de cometer blasfemia. Tan ofendidos se sintieron los sacerdotes judíos y los fariseos, cumplidores de la Ley, que conspiraron para matarlo y decidieron entregarlo a las autoridades romanas para su ejecución cuando interpretaron una de sus frases ante el Sanedrín como una blasfemia contra Dios.

Lo que sí se puede decir con propiedad es que el Sodalicio es una institución blasfema, pues recurre al nombre de Dios para justificar abusos de todo tipo y prácticas criminales. Y contra esas blasfemias no veo que hayan protestado con tanta vehemencia ni los católicos tradicionales ni la mayoría de los obispos peruanos.

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No sé qué es peor en términos socioculturales, si la autocensura de la Pontificia Universidad Católica del Perú respecto de una obra de teatro que trataba con irreverencia la figura de la virgen María, o si la vuelta de la estatua de Pizarro a un lugar prominente en la ciudad, a despecho de la orgía de violencia y saqueo que tuvo para la población indígena de estos territorios la llegada de los conquistadores españoles.

La PUCP ha cometido un grosero error, llevada por el temor a la reacción furibunda de la derecha conservadora y les ha dado un mensaje terrible a sus propios alumnos, al hacerles saber que el arte tiene parámetros religiosos que debe cumplir si quiere estar en caja. El festival “Saliendo de la caja” ya nunca más será el mismo luego de este acto de pusilanimidad mostrado.

Y Pizarro, el iniciador de la tragedia apocalíptica que supuso para las masas indígenas la llegada de los españoles, ha vuelto por sus fueros gracias al hispanismo iletrado del alcalde de Lima, que hace suyas tesis hispanistas que por estos días la ultraderecha ha insistido también en subrayar. El mestizaje que tanto se pondera no nació de armoniosas relaciones consentidas entre blancos e indios sino que fue producto de la violación y esclavitud sexual de las indias a sus conquistadores. Ello no merece ponderación ni rescate sino superación. Es inevitable nuestra condición de país mestizo, pero deberá asumirse bajo la contrición de un pecado original que nunca debió ser reivindicado como hecho cultural positivo.

¿Es cierto que después, con la República, el indio mereció peor suerte? Sí, he allí, pues, la herencia colonial, que aun hasta nuestros días cargamos encima y que es menester superar. Y ello no se logrará con gestos simbólicos retrógrados, como devolver la estatua del iniciador del proceso de conquista a un sitial que no merece.

Felizmente, en algo compensa estos trastes, la decisión del Vaticano de disolver el Sodalicio de Vida Cristiana, una orden religiosa preñada de denuncias de abuso sexual y psicológico por parte de la mayoría de sus fundadores. Tarde ha llegado la reacción del Vaticano, pero ha llegado y solo queda confirmar que la información se haga oficial. Un duro golpe a las huestes reaccionarias del país que la justicia demandaba. Una buena noticia en medio de una semana cargada de avances culturales de la derecha ultramontana.

La del estribo: muy placenteras y recomendables dos obras de la premio Nobel coreana, Han Kang: La vegetariana y La clase de griego. Literatura fácil en términos narrativos, pero honda en su densidad psicológica. Y sigue llegando buen teatro. A ver La Cena, obra dirigida por María Dalidou, basada en la obra de Herman Koch. Va en el entrañable teatro Ricardo Blume del 24 de enero al 2 de marzo. Entradas en Teleticket.

[Música Maestro] Hace cuatro años, en esta misma columna, publiqué un texto titulado Lima en canciones: Entre jaranas y pogos. Al releerlo, me sorprende cómo esas líneas, en esencia pesimistas y ligeramente oscuras, se quedan cortas frente a lo que hoy vivimos a diario. Si en el 2021, año pandémico, la Lima de antaño, la de mis padres, yacía “entre bocinazos de combis, balbuceos reggaetoneros y gritos de cantantes de cumbia norteña”, actualmente estamos bajo el fuego cruzado de sicarios extorsionadores y, literalmente, toda persona que necesite salir a la calle -a trabajar, a hacer las compras de la semana, a visitar a amigos y/o familiares- está en riesgo potencial de ser asaltado a mano armada o de que le caiga una bala perdida, a cualquier hora y en cualquier distrito de Lima Metropolitana.

Nuestra capital afronta el aniversario 490 de su fundación española sobreviviendo, a rastras y en completo estado de indefensión, padeciendo el feroz ataque de criminales desalmados, nacionales y extranjeros, capaces de disparar por la espalda con una mano y sostener el celular con la otra, para grabar “el trabajo” y asegurarse la paga; y de políticos corruptos descarados que se burlan de la inteligencia de una población maniatada, enmudecida por la apatía y el miedo, una ciudadanía a la que se supone que deberían servir desde el Congreso, desde Palacio, desde el Poder Judicial. 

Así las cosas, ¿a quién le quedan ganas ahora, enero del 2025, de recordar las letras de “esas canciones del folklore costeño que hacen remembranza de aquel talante señorial, esa elegancia mestiza poscolonial que, con todo su anacronismo, aún sirve como afirmación de una identidad cada vez más desaparecida” de Lima? Me pregunto y repregunto eso mientras escribo, sintiéndome en conflicto personal por dedicar este humilde espacio al aniversario de Lima solo porque la fecha coincide con su publicación, a ver si eso genera algo más de tráfico y consigue acercar a más lectores. 

En lugar de sumergirme en la discografía de The Cult -pronto en Lima-, hablar de la música dodecafónica de Arnold Schoenberg, celebrar los ochenta años de Chico Buarque, reescuchar los discos de Anthrax a todo volumen o comparar las letras del último álbum de The Cure, Songs of a lost world (2024) con las de clásicos como Pornography (1982) o The top (1984), escritas por la misma persona, Robert Smith, a cuarenta años de distancia; me someto voluntariamente a pensar en canciones que hablen de Lima, pero no de esa Lima que hace décadas ya fue y que las nuevas generaciones, adictas a Netflix y a Magaly TV, no extrañan o lo que es peor, ni siquiera conocen, sino de la actual, la de sicarios que musicalizan sus Tik Toks con los mismos reggaetones que bailan nuestros hijos en sus actuaciones escolares.

¿Por qué hago esto? Porque a veces, la nostalgia por los tiempos idos puede ser más terapéutica que varias visitas al psiquiatra -y mucho más barata-, siempre y cuando aquel segmento del pasado al que te aferres haya tenido momentos que te ayuden a superar las cenagosas realidades que nos tocan hoy en suerte. Sin embargo para este caso, para el aniversario de Lima, esos escapismos nostálgicos parece que no son de mucha efectividad.

¿Cómo aguantar las arcadas que producen las paporretas negacionistas del ministro del Interior? ¿Cómo resistir la tentación de lanzar algún objeto pesado a la pantalla del televisor cada vez que sale a decir, después de algún horrendo asesinato en San Juan de Lurigancho o Ate, en Surco o San Miguel, en Carabayllo o Villa María del Triunfo, en el Callao o en Surquillo, que todo está bien y que los estados de emergencia van sobre ruedas? ¿Escuchando Lima de veras de Chabuca Granda? ¿Cantando “Lima está de fiesta, la canción criolla se viste de gala” como escribiera, en 1965, Manuel Raygada Ballesteros, para su valsecito Acuarela Criolla? No da para tanto.

Aun cuando yo también suelo utilizar ese formato en determinadas ocasiones, me resultan extremadamente odiosas esas publicaciones que proliferan en medios tradicionales o en sus respectivas páginas web, con listados bajo títulos como “10 canciones que representan mejor a Lima”, cada 18 de enero y, en especial, este año. Abrí varias en estos días y, a medida que iba avanzando, me decía a mí mismo lo absurdas que se ven, pues representan una absoluta negación de lo que nos está pasando como ciudad. Y, a estas alturas del partido, eso califica como complicidad frente al crimen. 

¿A quién le puede importar la historia de Romance en La Parada, la creativa y picaresca letra escrita por Augusto Polo Campos para un vals grabado por Los Troveros Criollos hace cinco o seis décadas, cuando en este mismo instante, mientras usted lee esto, en las inmediaciones de ese mercado popular, a alguien le están arrebatando su celular desde una moto o un local termina reventado a balazos por no pagar la cuota extorsiva de la semana? 

No es novedad que la Lima de ahora no es la misma que inspiró a Laureano Martínez, Lorenzo Humberto Sotomayor, Victoria Santa Cruz o Alicia Maguiña. De hecho, esa Lima a la que se pretende homenajear, recordando su pasado cada vez más antiguo y borroso, comenzó a desaparecer poco después de que esos y otros compositores le cantaran a sus zaguanes, sus jaranas, guapas limeñas y callejones de un solo caño, cuando el fenómeno de la migración -que describió José Matos Mar en aquel libro publicado por el IEP en 1984- dio sus primeros pasos en los albores del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, a finales de los años sesenta, para consolidarse en los ochenta como consecuencia de la barbarie terrorista que terminó de ahuyentar a las familias andinas de sus terruños. 

Esta Lima que hoy padecemos, más horrible de lo que jamás pudo imaginar don Sebastián Salazar Bondy ni en sus peores pesadillas, tampoco se parece a la que motivó a un quinteto de muchachos de Breña, fanáticos del rock progresivo británico de los setenta, para cantar sobre las noches de cacería de los jóvenes miraflorinos nietos y bisnietos de la república aristocrática, hijos de los hacendados expropiados por la Reforma Agraria. Av. Larco, con su historia cargada de metáforas sobre la acción nocturna y ese video cinematográficamente producido, describía una pequeñísima porción de una urbe semivacía, si la comparamos con el hacinamiento actual, que aun podía contemplarse y vivirse sin el temor de morir, de madrugada –“el fin de fiesta se acerca ya”- o a la hora del almuerzo. 

Es cierto que en el resto del Perú las cosas comenzaron a ponerse muy feas justo en esa época pero, para cuando Frágil lanzó su LP debut en 1981, un año después de la primera acción registrada de Sendero Luminoso en el distrito ayacuchano de Chuschi, en 1980, nuestra capital todavía era un remanso de paz (los apagones y atentados citadinos comenzaron algunos años después). Los problemas de racismo, desorden urbano, misoginia y clasismo que venía arrastrando, de los cuales no se comenzó a hablar con claridad hasta mediados de los años noventa, encontraron en esa canción -letra de Andrés Dulude, música de César Bustamante- un vehículo de expresión que, con cierto sarcasmo, anticipó casi sin quererlo las cosas que llegaron después. Lamentablemente, aquello del “viernes sangriento” es, desde que el descontrol criminal nos domina, más que un creativo juego de palabras, una descripción, casi un titular para El Trome o Reporte Semanal, solo que de lunes a domingo.

También podríamos detenernos en Nostalgia provinciana, incluida en el segundo larga duración de Los Mojarras, Ruidos en la ciudad (1994, que también contiene ese otro himno suburbano, Triciclo Perú). La canción, escrita por el cantante Hernán Condori Montero, más conocido en el ambiente artístico local como “Cachuca”, logró introducir en las programaciones radiales y televisivas de la época algunos de los temas que fueron bandera de las agrupaciones de chicha durante la década anterior como las migraciones, los pueblos jóvenes, los ambulantes, la informalidad, pero con una ambientación sonora que combinaba las guitarras eléctricas del pop-rock con el golpeteo percusivo del huayno. 

El orgullo limeño-provinciano que declama, a gritos, el líder de Los Mojarras y su propia historia personal -de padres puneños, nacido en Lima, criado en uno de los distritos enclave de la migración, El Agustino, en los extramuros de Lima Metropolitana antes del surgimiento de los “conos”- se convirtieron en símbolo de esa nueva Lima y su mestizaje caótico, por un brevísimo tiempo. Algo similar ocurrió con el grupo de rock fusión Del Pueblo… Del Barrio, cuyos orígenes datan de mediados de los ochenta, que encarnó el espíritu rebelde, contestatario, marginal y achorado de la nueva Lima, aunque recién plasmaron con claridad las preocupaciones de la nueva urbe que sepultó, entre cerros e invasiones, a las quintas y a los barrios altos, en su canción Esteras en el sol (a veces consignada como Esteras in the sun), de su ¿tercer? álbum Matute FM (2000).

La irregular banda de Piero Bustos y Ricardo Silva, célebre por temas como Escalera al infierno, Posesiva de mí (Del Pueblo… Del Barrio, 1985) o Polvos Azules (Antología 1983-1994) -que usa el nombre de las populares galerías pero trata de un asunto totalmente diferente- grabó el tema central de la película nacional Gregorio (Grupo Chaski, 1984), compuesta por el tecladista Arturo Ruiz del Pozo, recordado por sus experimentos de new age local en Marcahuasi y las pampas de Nasca. La historia del niño que baja del campo a la ciudad para padecer discriminación en la capital también podría calificar como un retrato sonoro de esa (ya no tan) nueva Lima, con su letra plañidera y ese ritmo afroandino que caracterizó siempre al combo victoriano. 

Es tan limitada la producción de canciones contemporáneas que hablen claramente de Lima, que no sean de aquella entrañable música criolla perteneciente a otra época que, en uno de los más recientes listados publicados, incluyeron el tema de créditos finales de Juliana (1989), la otra gran película ochentera del Grupo Chaski. En su escena final podemos ver un micro subiendo lenta y tranquilamente, atravesando la negra noche, por la accidentada autopista de un cerro -algo impensable en tiempos actuales-, lleno de niños que cantan y bailan, al ritmo de una acompasada pero pobremente producida salsa compuesta por José Bárcenas. Si bien es cierto el largometraje también usa como contexto y escenografía los problemas de la capital a fines de esa década, la canción en sí misma no tiene absolutamente nada que ver con el aniversario de “la ciudad de los reyes”.

Por supuesto que esos clásicos valses que hablan de la Lima “romántica y altiva, alegre y soñadora” (Lima de novia) o de la “fragancia evocadora que brota en cada esquina” (Lima de octubre) son parte de nuestro acervo musical más querido. No es posible negar la calidad de las interpretaciones que de ellas hicieran, en los años sesenta y setenta, artistas populares como Edith Barr, Lucha Reyes, Conjunto Fiesta Criolla o Los Embajadores Criollos. Pero son, en la actualidad, descripciones que no aplican a esta ciudad de humores rancios y rostros desencajados, que esquivan las motos y van rogando para llegar a salvo a sus casas, evitando cualquier contacto visual con potenciales criminales y sintiéndose ellos mismos vigilados, en un estado de permanente inseguridad y desconfianza. 

Si uno sale caminando del tugurizado y peligroso Centro Comercial Polvos Azules por alguna de las puertas de Paseo de La República y camina hacia el óvalo Grau encontrará, a la altura del grifo Repsol, una cuadra en diagonal que es como una cuña por donde autos y transeúntes cortan camino para salir directo a la avenida del mismo nombre. Es un pequeño callejón sin nombre, con la pista llena de huecos, las paredes descascaradas, a punto de caerse y un intenso olor fétido a basura acumulada en estado de descomposición, orines y quién sabe qué más. Solo Dios sabe qué otras barbaridades ocurren en ese lugar pasada la medianoche. Está así desde hace más de treinta años. Esta callecita representa mejor que ninguna otra el abandono que sufre nuestra ciudad. 

En ese sentido, el pop-rock subterráneo produjo temas que calzan más con la situación actual de este laberinto en estado perpetuo de putrefacción y asediado por delincuentes. Sin embargo, al tratarse de expresiones artísticas marginales y con serios problemas de producción y ejecución, no alcanzan para armar un setlist apropiado para esta Lima del siglo XXI. El portal La Mula intentó hacer un recuento, hace algunos años, pero solo refuerza mi punto de vista. De ese largo y rebuscado listado, vale la pena mencionar al recientemente fallecido César N que lanzó, con su banda Éxodo, un divertido rockabilly titulado Rock en Lima, la podrida ciudad (Rock and roll para los incrédulos, cassette, 1986) en el que los problemas de aquella Lima -represión policial, mendigos, charlatanes, ambulantes- suenan, frente a los pistoleros de ahora, a juego de niños, como su inquieta guitarra al estilo Chuck Berry o Brian Setzer (salvando, por supuesto, las distancias).

Definitivamente, aunque siempre son dignas de escucharse por ser parte importante de la historia de nuestro folklore, no hay manera de relacionar a la Lima actual, la de Rafael López Aliaga y Juan José Santivañez, con los versos floridos y la fina inspiración de Chabuca Granda o Mario Cavagnaro. Pero sí con un LP de punk-rock grabado hace exactamente 40 años por Leusemia, un cuarteto de veinteañeros de la Unidad Vecinal No. 3, tradicional complejo habitacional del Cercado construido a finales de los años cuarenta del siglo XX. Tres de las canciones de ese legendario disco de rock nacional, escritas por Leo Escoria y Raúl Montañez, integrantes originales del combo liderado por Daniel F, deberían gritarse hoy a la cara de nuestros políticos cada vez que salen a dar sus indignas declaraciones.   

Me refiero a Crisis en la gran ciudad –“¡todos mueren, nadie vive, caos, crisis y agonía, todos quieren, nadie puede, el sistema es una birria!”, Decapitados –“¡no quiero más gente oprimida, hay que acabar con los poderes, no quiero ideas derrumbadas, no quiero más!”- y Astalculo –“¡Lima angustiada, Lima violenta, Lima injusta, Lima mórbida, Lima hacinada, Lima sórdida, Lima revienta, Lima morirá!”. Dicho sea de paso, el título de esta última, según “Montaña” -nuestro Johnny Ramone- describe a la canción en sí misma, pero podríamos usarlo para resumir a nuestra clase política.

DATO CURIOSO: la banda francesa Indochine le dedicó una canción a Lima, titulada Bienvenue chez les nus (Bienvenidos a los desnudos), en su sexto álbum Un jour dans notre vie (1993), cinco años después de los multitudinarios conciertos que ofrecieron en el Coliseo Amauta en abril y mayo de 1988. En la letra, el vocalista Nicola Sirkis menciona los cercos policiales, las escolares que los saludaban y los autos muertos bajo el cielo azul de Lima.

Estamos ante una segunda ola de criminalidad en el país. El número de ataques, extorsiones, sicariato, asaltos, etc., ha aumentado exponencialmente con el inicio del año. La diferencia respecto de la primera ola es que esta vez el gobierno ya no atina a hacer nada al respecto, rindiéndose frente al problema y dejando a los ciudadanos de a pie a merced del crimen.

Con anterioridad se decretaron inútiles estados de emergencia, se cayó en el populismo penal, se mostraron grandilocuentes gestos de inversión en el sector Interior, se plantearon reorganizaciones fallidas. Esta vez, ni eso, simplemente no hay respuesta alguna.

Mientras ello ocurre, la presidenta y el titular del Interior pierden su tiempo en frivolidades o en defenderse de las acusaciones en su contra, sin que les importe ya un pepino resolver un problema gravísimo, el mayor ataque a la seguridad nacional después del conflicto armado interno que nos enfrentó a Sendero Luminoso y el MRTA.

De por sí, ello debería bastar para que se declare la vacancia presidencial y el Congreso, aun desprestigiado como está, designe a alguien cuya única misión, además de convocar elecciones, sea afrontar con genuina preocupación el problema de la inseguridad, que nos está corroyendo la entraña ciudadana y que amenaza con distorsionar las elecciones del 2026.

El efecto de la inseguridad será como el de la pandemia. Afectará los ánimos del votante, harto de la situación y conducido a votar por opciones radicales autoritarias, así como la pandemia y el desnudamiento de la inoperancia del Estado llevó a votar por un candidato antisistema como Pedro Castillo.

Allí radica la principal responsabilidad de la mediocridad de este gobierno, seducido por los oropeles del poder, sin afán alguno por utilizarlo para mejorar la vida de los ciudadanos, y que va a dejarnos como herencia un país incendiado, desesperado, con la psicología electoral alterada, distorsionada al punto de que la moderación política será desbordada por esa situación psicosocial.

No es tarde para hacer algo. Este gobierno no lo va ni a intentar. El Congreso tiene en sus manos la posibilidad de romper esa inercia y buscar una solución, así sea solo a este problema.

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