El viaje que emprende un adolescente, Lucho, desde Lima hacia la hacienda San Gabriel en los Andes no es un movimiento carente de sentido; por el contrario, el viaje y la permanencia en la hacienda harán posible que Lucho se enfrente a profundos cambios en su sensibilidad, al conocer de primera mano el orden jerárquico que impera en la sociedad peruana, duplicada en el micro mundo de la hacienda. No deja de ser interesante que la experiencia de Lucho no sea exactamente la de un migrante, sino más bien la de un visitante que durante el viaje adquiere una experiencia cognoscitiva: el viaje le permite conocer y juzgar las múltiples tensiones sociales que se dan cita en la configuración de la sociedad peruana. Evidentemente el viaje implica un proceso formativo: en la ida se adquiere el conocimiento, en el regreso ha madurado una vocación por la escritura, traducida en lo que el propio Lucho, al final de la novela, llama “mi testimonio”, dando a su relato un carácter de urgencia y ansiedad social.
La coronación del relato tiene un rostro premonitorio, muestra algo que ha empezado a cambiar. Ocurre una pérdida (la inocencia) y le sucede una restitución (la escritura). Una tensión crucial a lo largo del relato alimenta el contraste entre la urbe y el campo; Lucho es consciente de su extracción urbana y del convencimiento de tener un destino ligado a ella. Mientras el campo se empobrece y se degrada, la urbe gana en industria y sofisticación, es el espacio de lo moderno. Y aunque Crónica de San Gabriel no abandone nunca ese tono de derrotero sentimental del personaje, sus lecciones sobre la vida peruana, algunos de sus puntos de quiebre y sus desigualdades más dramáticas, son evidentes.
Julio Ramón Ribeyro. Crónica de San Gabriel. Lima: Revuelta, 2023.