Opinión

[OPINIÓN]  La diferencia entre sospechar que hay fraude y ser un fraudista propiamente tiene que ver con 1) la manera en que emerge la creencia en el fraude y 2) cómo se actualiza dicha creencia. Esta no es una definición estricta, sino más bien una serie de características a tomar en cuenta (basada en la teoría de Giulia Napolitano que discutí en esta columna). El fraudista cree, sin razón alguna, que se ha cometido un fraude. Además, rechaza de antemano toda evidencia que pueda corregir su creencia. En ese sentido, si una persona tiene más o menos buenas razones para creer en un fraude (es decir que su creencia se formó de manera racional), o está dispuesta a aceptar evidencia contraria, entonces no se le puede catalogar como fraudista.

¿Son fraudistas los votantes de Sánchez? En principio, no es irracional sostener la posibilidad de que el fujimorismo haya cometido fraude. Para comenzar, fueron ellos los últimos en hacer fraude en las elecciones peruanas el 2000. Peor aún, ¡hace solo 5 años Fujimori intentó cometer otro fraude! Los fujimoristas usaron el fraudismo para tratar de tergiversar los resultados de la elección, intentando anular actas que no los favorecían, inventando supuestos reemplazos de votantes, yendo hasta la OEA para reclamar, etc. Y lo peor, hicieron todo esto con el apoyo activo de toda la prensa tradicional. No solo eso, hace menos de dos meses el aliado del fujimorismo, el partido Renovación Popular de RLA, ha intentado también usar el fraudismo como herramienta para cometer fraude: han querido anular las actas de zonas rurales, han presentado una demanda de amparo para rehacer todo el proceso, etc. Incluso han llegado a forzar la destitución del jefe de la ONPE. Estos no solo fueron intentos políticos, sino que la gran mayoría de los simpatizantes de Fujimori y RLA apoyaron activamente estas iniciativas. En base a esto, no sorprende que varios votantes de Sánchez piensen que se está queriendo cometer un fraude en segunda vuelta.

Ahora bien, queda por verse si los votantes de Sánchez cumplen o no con la segunda característica (la de actualizar su creencia en base a la información correcta). Es claro que hasta ahora que no hay evidencia de que las autoridades electorales hayan manipulado esta segunda vuelta. Los organismos internacionales, si bien han llamado la atención por la cobertura sesgada de los medios tradicionales, han señalado también de que todo se ha conducido con tranquilidad y transparencia. Queda por ver, por lo tanto, cómo reaccionan los votantes de Sánchez frente a esto. Personalmente, sospecho que como esta vez no va a haber una maquinaria mediática que presione todos los días con la mentira del fraude, estas ideas van a ser abandonadas por la mayoría en los próximos días.

Esto no es un hecho menor o un mero tecnicismo filosófico. Por el contrario, sirve para combatir una tendencia penosa, a saber, la de querer igualar “los males” de la izquierda de Sánchez con los de la derecha de Fujimori y RLA. La prensa “neutral” debe tener esto en cuenta y usar las categorías con responsabilidad. El fraudismo de Fujimori fue el primer paso de un cargamontón que terminó en la vacancia de Castillo (bien vacado, por golpista, pero no olvidemos que dio el golpe para evitar que lo vaquen sin sustento). El fraudismo de RLA ha terminado de tirar al suelo la confianza de los peruanos en las instituciones. A ambos fraudismos se sumó bien contenta la prensa tradicional. Nada de esto se ha visto hasta ahora por parte de los votantes de Sánchez.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

Foto: https://www.etsy.com/listing/1408570174/reconstituted-stone-garden-set-of-3-wise

[CIUDADANO DE A PIE] Hay momentos en la vida pública en que la palabra es necesaria. Hay otros en que la palabra estorba. Y hay algunos, en que la palabra de ciertos personajes deja de ser explicación para convertirse en combustible altamente inflamable. Alfredo Torres acaba de escoger, con una ligereza preocupante, el peor de esos momentos.

Pasadas las 10 de la noche del domingo 7 de junio, IPSOS presentó su conteo rápido al 100%. El resultado favorecía a Roberto Sánchez por una diferencia estrecha: 50.3% contra 49.7% para Keiko Fujimori. La propia empresa, como corresponde, precisó el margen de error y señaló que se trataba de un empate técnico. Hasta allí no había demasiado que objetar. Una encuestadora mide, proyecta, advierte sus límites y coloca su estimación ante el país. No proclama presidentes. No reemplaza a la ONPE. No decide el destino de una elección. Hace estadística, ni más ni menos.

El problema vino después.

Menos de veinticuatro horas más tarde, Alfredo Torres decidió volver a la escena pública para explicar que estaban haciendo cálculos internos, evaluando actas pendientes, revisando el voto exterior y considerando escenarios en los que, mayoritariamente, Keiko Fujimori podía terminar ganando. En términos técnicos, esto puede ser defendible pues no contradice formalmente su conteo rápido. En términos políticos, el daño es considerable, aunque nunca falten analistas políticos dispuestos a convertir esta imprudencia en una inocente operación aritmética.

El Perú no es Suiza, vivimos en un “régimen híbrido” y esta elección no ocurre sobre una ciudadanía tranquila, instituciones prestigiosas y partidos consolidados. Ocurre en un país quebrado por la desconfianza, intoxicado por la sospecha, marcado por fraudes reales, fraudes imaginarios, golpes, vacancias, venganzas, persecuciones, terruqueos y una degradación sostenida de la conversación pública. En un país así, un encuestador no puede hablar como si sus palabras fueran simples notas al pie de una ficha técnica. Sus palabras pesan… y cuando son inoportunas, aplastan.

Torres ya había cumplido la misión encomendada. IPSOS había emitido su proyección. Había advertido su margen de error. Había dicho, en la práctica, que el resultado seguía abierto. Eso era todo. A partir de ese momento lo que correspondía era callarse y esperar el conteo oficial. No porque el silencio sea siempre una virtud, sino porque en medio de una elección al milímetro, el silencio puede ser una forma elemental de responsabilidad democrática. Y en este caso, señor Torres, lo prudente y correcto era callarse.

No se le está pidiendo que renuncie a su profesión. Se le está pidiendo que respete sus límites. Una encuestadora tiene derecho a explicar su metodología, pero no a convertirse en una ONPE paralela de cálculos reservados, escenarios cambiantes y lecturas sucesivas administradas por entrevistas radiales. Una cosa es enseñar al público qué significa un margen de error. Otra muy distinta es sugerir, en pleno conteo oficial, que la imagen que usted mismo entregó podría estar transfigurándose. La primera actitud informa. La segunda inquieta. Y en el Perú, inquietar sin necesidad es una forma de irresponsabilidad.

Un personaje con historia.

Alfredo Torres carga con un antecedente que en cualquier otro país lo obligaría a una reserva casi monástica. En el año 2000, durante la elección entre Alejandro Toledo y Alberto Fujimori, la empresa Apoyo —hoy integrada en la historia de IPSOS— quedó asociada en la memoria pública a una jornada electoral confusa y contradictoria. Esas elecciones constituyen sin duda un negro capítulo en nuestro historial democrático, una herida nunca restañada del todo. En aquella jornada, la boca de urna de Apoyo presentó inicialmente a Alejandro Toledo como ganador por un ligero margen. Horas después, el conteo rápido de la misma empresa invirtió el orden y dio ganador a Fujimori con casi el 50% de los votos válidos. El propio Alfredo Torres reconocería años más tarde que aquella boca de urna fue su mayor error profesional. No es posible afirmar que ese error haya sido parte del fraude organizado por un régimen corrupto y manipulador que convirtió al Estado en una maquinaria de permanencia en el poder. Afirmo algo políticamente suficiente: quedó instalado en la memoria de muchos peruanos como uno de los momentos más desconcertantes de una elección profundamente viciada.

Por eso, cuando en 2026 el jefe de IPSOS empieza a hablar de escenarios que podrían revertir una proyección inicialmente desfavorable a Keiko Fujimori, no estamos ante un tema exclusivamente técnico. Estamos ante una verdadera imprudencia, aun cuando existan explicaciones matemáticas perfectamente válidas.

Hay además un segundo elemento que exige un mayor recato por parte de Torres: su entorno mediático inmediato. Cecilia Valenzuela, su esposa, dirige Perú21, un diario que durante esta campaña no ha ocultado una orientación editorial abiertamente hostil al campo de Roberto Sánchez y complaciente con la candidatura de Keiko Fujimori. Que un medio tenga línea editorial no es pecado. En estos tiempos exigir neutralidad periodística en una campaña política, raya en una delirante ingenuidad.  Pero cuando el presidente de una encuestadora aparece, en plena incertidumbre electoral, elaborando públicamente escenarios favorables a la candidata que ese entorno mediático prefiere, la apariencia de conflicto se vuelve inevitable. En estos casos, lo más inteligente y apropiado es no agregar ruido innecesario.

Y se hizo exactamente lo contrario.

Lo más grave no es que haya explicado que Keiko puede ganar. Eso era evidente desde el primer minuto para cualquiera que supiera leer un margen de error. Lo grave es que lo haya hecho como si IPSOS siguiera ocupando un lugar privilegiado en el desenlace, como si el conteo rápido tuviera una segunda vida secreta, como si la empresa todavía estuviera procesando una verdad que la ciudadanía debía seguir recibiendo por entregas. Esa forma de intervención no fortalece la confianza; la perfora.

En nuestro sufrido país -estamos firmemente convencidos- la responsabilidad de un encuestador excede la exactitud de sus cálculos; incluye la valoración del efecto político de sus comunicaciones. Torres debería, por experiencia, saberlo mejor que nadie. Si todo está dentro del margen de error calculado, no hay nada nuevo que anunciar. Si la posibilidad de reversión ya se encuentra contemplada en la ficha técnica, no hace falta teatralizarlo en una entrevista. Si la única autoridad final es la ONPE, no corresponde a IPSOS seguir ocupando el centro de la escena.

Alfredo Torres tiene todo el derecho a hablar, pero nosotros tenemos también el derecho a exigirle que mida las consecuencias de hacerlo. Cuando la ONPE concluya el conteo, IPSOS podrá explicar lo que quiera. Ese será el momento de los intervalos, las curvas, las autocríticas o las celebraciones. Antes no. Antes hay que dejar que los votos hablen por sí mismos. Y los votos no hablarán mejor porque Alfredo Torres dé entrevistas. No se vuelven más legítimos porque un encuestador sugiera una posible reversión. En una democracia, el conteo oficial no necesita protagonismos impostados, necesita tiempo, vigilancia, transparencia y serenidad.

No defendemos la existencia de fraudes electorales ni conspiraciones en las que el señor Torres esté involucrado, voluntaria o involuntariamente, pero sí señalamos su imprudencia, el no entender —o no querer hacerlo— que, con la experiencia del año 2000, sus vínculos y el contexto político actual, su palabra exige una disciplina mucho mayor que la del ciudadano común.

Usted ya habló, señor Torres, la última, sinceramente, estuvo de más.  Ahora le toca a la ONPE concluir el conteo oficial. A los personeros vigilar. A los ciudadanos esperar. A los candidatos respetar. Y a usted callar. Con todo respeto señor Torres, y por el bien de nuestro querido país, por favor mantenga la boca cerrada.

[Música Maestro] OTROSÍ: Tres noticias de primer nivel esta semana en el mundo de la música popular: el 2 de junio falleció Peabo Bryson (75), una de las mejores voces de su generación, ganador del Oscar por icónicas baladas para películas de Disney. El sábado 6, Rush regresó a los escenarios y dejó deslumbrado a su público. Y el viernes 5, el pueblo argentino quedó conmocionado por el fallecimiento del Indio Solari (77), vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, movilizando multitudes en su despedida. Más de esos eventos en las próximas semanas…

Boards of Canada: Un regreso brillante

Después de trece años, Boards Of Canada edita un disco nuevo que ha alborotado a los amantes de la electrónica y la música no convencional. El dato, que es definitivamente notorio, es solo la confirmación de que los hermanos escoceses suelen tomarse las cosas con calma, puesto que para sus álbumes previos se demoraron, respectivamente, ocho, siete y cuatro años. Claro, este es el hiato más largo entre lanzamientos, pero tampoco es que deba sorprendernos tanto su espaciada periodicidad.

Inferno es el título de este álbum -¿el infierno de Dante? ¿el infierno en la tierra? ¿Gaza?-, el quinto de su discografía oficial, décimo si tomamos en cuenta los cinco EP que, como suelen hacer las bandas independientes, Boards of Canada lanza de cuando en cuando -décimo primero si nos fijamos en Acid memories (1989), una de las joyas perdidas a la que solo han tenido acceso familiares, amigos cercanos y los más fanáticos-; y contiene todos los elementos que han convertido al dúo en un acto de culto global, con ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Amsterdam rindiéndose ante esta nueva selección de sonidos espectrales y nostálgicos, brillantes y misteriosos.

Hace unas semanas, con motivo de la promoción de este álbum, más de una hora de música espacial, relajante y, por momentos, conmovedora, se difundió una nota en que el tándem había expresado su malestar por el uso de una de sus grabaciones en videos propagandísticos nada menos que de la Casa Blanca, lo cual les dio bastantes titulares alrededor del mundo.

Previamente, los hermanos Sandison y sus cómplices en Warp Records, su casa discográfica desde el debut de 1998, el sorprendente Music has the right to children, habían puesto en marcha una de esas idiosincráticas estrategias de suspenso con las que acostumbran crear expectativa cada vez que deciden exponer sus creaciones musicales. Pero, ¿quiénes son Boards of Canada?

Una banda de hermanos

Michael (55) y Marcus Sandison (53) nacieron en Escocia, en una pequeña villa, Cullen, ubicada en la costa superior del país del whisky, las gaitas y los hombres en falda, teniendo como frontera el Mar del Norte, esa extensión del Atlántico que baña sus costas. Pero vivieron casi dos años, cuando ambos tenían 9 y 7 aproximadamente, en la ciudad de Calgary, la más grande de Alberta, una de las más provincias más importantes del lado anglófono de Canadá.

¿La razón? Su padre trabajaba en el sector construcción y fue destacado allá para integrarse al equipo que levantó una de las edificaciones más conocidas del país norteamericano, el Scotiabank Saddledome -llamado así porque su techo tiene forma de una montura de caballo-, arena en la que se realizan conciertos masivos y eventos importantes de alto nivel como los juegos olímpicos de invierno.

En aquellos años infantiles, los hermanos se hicieron fanáticos de los documentales y programas para niños producidos por la Oficina Nacional de Cine de Canadá (National Fim Board of Canada, en inglés) por lo que el nombre de su proyecto musical, que iniciaron a mediados de los años ochenta ya de vuelta en su país natal -esta vez en Edimburgo, una de sus principales ciudades-, es una íntima y directa conexión con sus años de libertad, crecimiento y desarrollo socioemocional.

Música electrónica inteligente

Se puede pensar en varias cosas a la vez cuando uno recorre las grabaciones de Boards of Canada. Más allá de las diferencias y cambios anímicos que motivan a los músicos en cada lanzamiento, hay varios temas en común que le dan a su discografía unicidad y coherencia. No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas.

Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania), solo por mencionar a cuatro personajes fundamentales para la evolución de este género a mediados de los años setenta, es decir hace más de cinco décadas. Y los Boards of Canada lo vienen haciendo desde hace ya más de un cuarto de siglo.

La IDM -Intelligent Dance Music- es una rama de la música electrónica cuyos orígenes podemos trazar en el trabajo de artistas no relacionados al pop-rock convencional, como el japonés Ryuchi Sakamoto en sus tiempos ochenteros junto a Yellow Magic Orchestra o la ola alemana del krautrock más espacial, aquella que inspiró a Brian Eno en su paso por Harmonia. Boards of Canada han declarado en más de una oportunidad su devoción por estos experimentadores, así como por personalidades más contemporáneas como Aphex Twin, Autechre -que fueron algo así como sus padrinos- u Orbital, otro dúo de hermanos.

Post-rock, techno-folk, psicodelia y progresivo

Pero las producciones de Boards of Canada también pueden conectarse con otras vertientes de la música popular contemporánea no convencional, como por ejemplo los extremos más volátiles y etéreos del rock progresivo -el kosmische rock, por ejemplo, o el ya mencionado kraut- en conjunción con ritmos más asociados al techno, el trip-hop y géneros más modernos/alternativos como el post-rock. Desde los norteamericanos Tortoise hasta los islandeses Sigur Rós, lo de Boards of Canada se inscribe en esa (ya no tan) nueva generación de músicos que fluye al margen de Taylor Swift y Ed Sheeran.

En varios pasajes de sus siempre extensos discos -canciones básicamente instrumentales, conectadas muchas veces por viñetas de menos de un minuto y uso masivo de voces, conversaciones y efectos de sonido que van desde aleteos hasta el vuelo de helicópteros- hay ecos de Pink Floyd y Massive Attack, de Seefeel y Pet Shop Boys, de The Cure y de Mogwai, de Moby y Tangerine Dream. Especialmente, ciertas atmósferas creadas en sus canciones -especialmente las electroacústicas- me traen a la memoria a bandas como Mojave 3 o Fleet Foxes, representantes del indie-folk o, como suelen rotular otros, “pop de cámara”.

El diablo está en los detalles

Así se titula uno de los temas de Geogaddi (2002), el segundo disco de larga duración de Boards of Canada y, probablemente, lo mejor que han hecho hasta antes del estrenado Inferno, dentro de una discografía que es, en líneas generales, bastante consistente con la calidad y el trabajo serio de estos todavía jóvenes compositores y multi-instrumentistas que se colaron, casi desde el anonimato, en las preferencias de amplios sectores de público interesado en lo experimental y lo contemplativo, en la música que activa emociones y que está abierta a interpretaciones múltiples.

Ese álbum, en el que se mostraron un poco más oscuros e indescifrables que en su aclamado debut, con una serie de mensajes subliminales incrustados en las canciones a manera de sampleos de audios -voces distorsionadas extraídas de fuentes diversas -programas antiguos de televisión, voces de niños, entrevistas científicas- al estilo de los que hizo Pink Floyd en Dark side of the moon (1973), solo por citar una referencia más o menos reconocible por todos.

Conexiones con la numerología, la filosofía ambientalista, el ocultismo y la combinación de naturaleza y tecnología que, como decíamos, los liga al trabajo auroral de creadores como Vangelis o Jarre, terminan siendo novedosas en un mundo como el de hoy, que en los aspectos más superficiales del arte y específicamente de la industria musical, está más preocupado por generar estímulos hacia afuera, con poco o nulo espacio para una verdadera introspección y para el surgimiento de emociones dicotómicas -tranquilidad/angustia, relajación/tensión, seguridad/incertidumbre- capaces de ocasionar respuestas tanto sensoriales tanto psíquicas.

En una entrevista que concedieron al diario y web británica The Guardian, con respecto a los mensajes casi apocalípticos de su tercera producción oficial, The campfire headphase (2005), Michael Sandison deja más o menos clara la posición que adopta Boards of Canada como artistas frente al mundo del siglo XXI y su inevitable declive: “Nos hemos vuelto más nihilistas con el pasar de los años. De alguna manera estamos celebrando la idea de un colapso en lugar de resistirnos a ella”.

El culto por Boards of Canada

Artistas importantes surgidos en la década de los noventa como Björk o Radiohead han declarado ser seguidores de Boards of Canada y de su enigmática forma de afrontar su papel como artistas musicales. Pero, además de estas adhesiones obvias -por afinidades sonoras, por contemporaneidad- una de las cosas más sorprendentes es la cantidad creciente de público que ha abrazado la propuesta del dúo escocés, una extensa minoría de seres humanos que no sienten ninguna conexión con las banalidades del pop actual.

Conocidos mundialmente por su carácter elusivo, casi antisocial, los hermanos Sandison establecieron su perfil desde el comienzo. En ninguno de sus lanzamientos muestran sus rostros y difícilmente han concedido entrevistas, más allá de una que otra a medios prestigiosos The Guardian o especializados -y también prestigiosos- como NME y Pitchfork, para las cuales ponen estrictas reglas como, por ejemplo, nunca hacerlas en persona, solo por correo electrónico ni juntos desde el mismo lugar.

Tampoco hacen conciertos -una decisión que, por ejemplo, hizo conocida en los setenta y ochenta a una gran experimentadora, la británica Kate Bush- y sus campañas promocionales suelen ser misteriosas y creativas: vinilos con extraños audios en los anaqueles de las tiendas, códigos de barras que deben ser descifrados, envío de cintas de VHS por correo a los domicilios de quienes compraron su disco anterior.

Todo esto, además de la innegable calidad de su música, hacen de Boards of Canada una banda atractiva, ligeramente oscura y humanamente cálida a la vez, virtudes que promueven vínculos de identificación y complicidad emocional con sus oyentes, un fenómeno similar al que generaron en los noventa otros escoceses, los reyes del indie-pop, Belle & Sebastian.

Un sonido que une pasado y presente

Michael y Marcus tienen un sistema de trabajo muy cuidadoso pero, a la vez, relajado, como ellos mismos detallan: “En el estudio, no hay roles necesariamente definidos, nos vamos lanzando ideas de ida y vuelta. A veces tocamos sobre una base principal, otras uno de nosotros comienza algo y lo va armando, o viceversa. No tenemos un solo método ni funciones particulares, porque cambia de canción a canción. Ambos escribimos melodías pero también ambos manejamos aspectos técnicos, de modo que el proceso es impredecible y algo caótico”.

En cuanto la instrumentación, los Sandison son la mejor fuente de información: “Definitivamente, somos fanáticos de los equipos viejos, estilo vintage. Todo lo que usamos es decrépito. Nuestro estudio está rodeado de cosas de madera y luces LED. Hacemos todo lo posible por conseguir un instrumento específico solo para obtener un sonido particular. En cuanto a nuestra percusión, nunca es solo una caja de ritmos o un sampleo, ponemos mucha batería o percusiones reales en vivo, entretejidas en las pistas rítmicas”.

Desde las atmósferas electrónicas de su primer EP, Twoism (1995) hasta las ondas electroacústicas de The campfire headphase (2005); desde los golpes rítmicos y los efectos vocales de Geogaddi (2002) hasta los vuelos casi new age de Trans Canada highway (2006, el extended play que precede a sus dos últimos larga duración); del trip-hop semi-psicodélico de Music has the right to children (1998) a la diversidad instrumental de Inferno (2026), la música de Boards of Canada, descrita por el periodista Simon Reynolds como “un sonido difuso de tonos de sintetizador borrosos y una producción analógica deteriorada, sostenido por ritmos pacientes y sonámbulos, cargados de nostalgia”, es siempre una caja de sorpresas que une pasado y presente en una corriente fluida de sonidos y sensaciones agradables.

Música de colores

Esa melancolía casi asociada a la sinestesia -escuchar el turquesa, oler el marrón claro, saborear el verde- se apoya también en el aspecto visual de las carátulas de sus discos, otra de las características que comparten con sus compatriotas Belle & Sebastian. El uso de imágenes alteradas digitalmente -los rostros borrados de los personajes del primer álbum, los árboles de incandescentes tonos naranjas del segundo- con una tipografía limpia y escenas brumosas, se combina con las referencias a su propio paquete de influencias artísticas.

Así, tenemos que la carátula de Twoism (1995) nos remite a Daft Punk mientras que la de Trans Canada highway es una mención evidente a Kraftwerk. La foto del horizonte en Tomorrow’s harvest (2013) nos hace recordar al álbum Cluster & Eno (1977), a pesar de que reemplazan los simbióticos arbustos por los fríos edificios de San Francisco. Y las letras que usan para el nombre de la banda en Inferno, su más reciente disco, nos remite tanto al pop-rock psicodélico de los años setenta como a la estética de los programas de televisión de la época, como los que producían Transtel (Alemania) o la NHK (Japón).

Para trabajar, Boards of Canada se interna en sus propios estudios de grabación, llamados The Hexagon Sun, un bunker ubicado en Pentland Hills, una zona rural de Escocia. Desde allí cocinan estas maravillosas oleadas de tecnología retro, creatividad instrumental y conceptos que van de lo espiritual a lo fantasioso, intercambiando bajos, teclados, guitarras y baterías con un manejo electrónico inspirado en los padres del género. Como ellos mismos dicen: “Definitivamente, preferimos trabajar fuera de la ciudad porque en entornos urbanos es imposible evitar que te recuerden el año actual, las noticias, la música que suena en las radios, las modas, etc.”

[OPINIÓN] Permítanme presentarles dos especies fascinantes de la fauna política peruana. No habitan en la selva ni en los Andes. Su hábitat natural está entre Miraflores, San Isidro, Barranco y algunos rincones bien regados de Surco. Son hijos de papá. Y poseen una extraordinaria capacidad para perjudicar al país desde la comodidad de su superioridad moral o de su parrilla dominical.

El Cojudigno es ese personaje que en 2021 decidió que votar por Pedro Castillo —o facilitarle el camino— era una elegante forma de protesta. Una postura ética. Un gesto de dignidad. Una demostración de conciencia social sin necesidad de abandonar el aire acondicionado.

El resultado ya lo conocemos: años de desgobierno, improvisación elevada a política de Estado, la sensatez por los suelos y la inseguridad por las nubes.

Pero el Cojudigno no ha revisado nada. Revisar equivaldría a admitir un error. Y admitir un error destruiría el único patrimonio intelectual que le queda: la estupidez sostenida por una supuesta superioridad moral. Así que sigue ahí, en sus redes sociales, con su foto de perfil artística y una cita de algún filósofo que nunca leyó, explicando por qué tenía razón entonces y por qué también la tiene ahora.

¿De dónde sale este espécimen?

De una combinación letal: padres que confundieron el amor con la ausencia de consecuencias y colegios trilingües —de a mil dólares por cabeza— donde la cultura woke llegó mucho antes que la historia del Perú.

El resultado es un joven bien alimentado, bien vestido, con la tarjeta de crédito de papá en el bolsillo, que encuentra virtudes en José Domingo Pérez y coherencia en Antauro Humala. Una persona capaz de ver inteligencia en un psicópata sin atenuantes y liderazgo en un drogadicto confeso y asesino de policías.

Pero si el Cojudigno es peligroso por lo que hace, el Ausente lo es por lo que deja de hacer.

Solo en Miraflores, San Isidro, Barranco y Surco, alrededor de 300,000 electores decidieron no votar. Seamos justos: una parte tenía razones reales. Enfermedad, emergencia familiar, viaje impostergable. A ellos, todo respeto.

Pero una porción considerable simplemente se quedó en casa.

Porque había parrilla.

Porque hacía frío.

Porque «todos son iguales».

Porque «igual ya ganó».

Porque «mi voto no cambia nada».

Porque el sacrificio de caminar unas cuadras hasta su mesa electoral parecía una exigencia incompatible con el relajo dominical.

Si apenas una parte significativa de esos ausentes hubiera acudido a votar —siguiendo la tendencia natural de sus propios distritos: 70% Keiko, 30% Sánchez— estaríamos hablando de más de 200,000 votos adicionales para Fuerza Popular. Suficientes para transformar una elección ajustada en una diferencia cómoda que el Perú necesita.

La ironía es que el Ausente también pagará las consecuencias si Roberto Sánchez llegara al poder. El dólar no pregunta si usted votó antes de subir. La inversión no distingue entre responsables e indiferentes. Y la inseguridad tampoco solicita el certificado de sufragio antes de tocar la puerta.

Gracias a Dios —y a pesar de ambos— el Perú parece demostrar más sentido común del que sus peores ciudadanos merecen.

Pero que quede registrado.

Cuando llegue el momento de celebrar o de pagar la cuenta, habrá que preguntarle al Cojudigno por la nobleza de sus convicciones. Y al Ausente, simplemente, cómo estuvo la parrilla aquel domingo. 

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hoy, 7 de junio de 2026, millones de peruanos acudirán a las urnas para elegir a su nuevo presidente en segunda vuelta. También un día como hoy, hace 146 años, se libró la infausta batalla de Arica, en la que aproximadamente mil quinientos combatientes peruanos defendieron el austral puerto de la República frente a una fuerza invasora de cerca de seis mil soldados chilenos que avanzaba desde el norte, el sur y el mar.

La batalla de Arica encuentra una de sus principales explicaciones en la derrota naval sufrida por el Perú en Angamos, el 8 de octubre de 1879. Aquel día cayeron el almirante Miguel Grau y buena parte de la tripulación del célebre monitor Huáscar, embarcación que durante cinco meses logró inmovilizar estratégicamente a la escuadra chilena y retrasar los planes de invasión terrestre del enemigo.

En 1872, Chile dispuso la construcción de dos poderosos blindados en astilleros británicos. Cada una de estas naves poseía una capacidad de combate capaz de superar a la fragata Independencia, el buque más importante de la Marina peruana. Apenas se conoció la noticia, el gobierno del coronel José Balta inició gestiones para encargar unidades similares en Inglaterra. Miguel Grau, entonces comandante del Huáscar, respaldó decididamente aquella iniciativa.

Aunque resulta imposible establecer con absoluta certeza las motivaciones que impulsaron las  adquisiciones navales de Chile, es evidente que la construcción de aquellos blindados modificaba sustancialmente el equilibrio estratégico en el Pacífico sur. Conviene recordar que también en 1872 se constituyó la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, consolidándose así una poderosa presencia chileno-británica en la explotación y comercialización del salitre. Ello incrementó la competencia con la producción procedente de la entonces provincia peruana de Tarapacá y de su principal puerto exportador, Iquique.

Tras el cambio de gobierno producido ese mismo año, el presidente Manuel Pardo optó por abandonar el proyecto naval heredado de Balta y concentrar los recursos disponibles en la culminación de los ferrocarriles Central y del Sur, emprendimientos iniciados en 1870. Su propósito era encontrar una alternativa económica capaz de sustituir al guano, cuya explotación mostraba claros signos de agotamiento y cuyos beneficios se hallaban, en gran medida, comprometidos por el contrato suscrito con la casa Dreyfus en 1869.

Otro factor decisivo para la paralización del programa naval fue la crítica situación fiscal que atravesaba el país, consecuencia de una administración deficiente de las finanzas públicas, agravada por prácticas de corrupción ampliamente extendidas. En su Memoria de 1878, presentada como Comandante General de Marina, Miguel Grau volvió a advertir sobre el deterioro material de la escuadra peruana y la necesidad de fortalecerla ante la incorporación de los blindados chilenos construidos en Inglaterra. Una vez más, sus advertencias no encontraron eco suficiente en las más altas instancias del Estado.

He querido reflexionar sobre la batalla de Arica desde esta perspectiva porque resulta legítimo preguntarse si, bajo una conducción estatal más previsora, responsable y consciente de los desafíos geopolíticos de su tiempo, aquel combate habría llegado siquiera a producirse. Probablemente tampoco se habría suscrito un tratado de alianza que comprometía al Perú a intervenir en una eventual guerra entre Bolivia y Chile, conflicto que finalmente estalló y terminó arrastrando a nuestro país a una conflagración de enormes proporciones. Del mismo modo, resulta discutible el envío de una misión mediadora a Santiago cuando el Perú no estaba dispuesto a asumir una posición de neutralidad, circunstancia que proporcionó a Chile un argumento —o, si se prefiere, un pretexto— para declarar la guerra.

Por supuesto, honra a la nación contar con héroes de la talla de Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y Miguel Grau: el primero defendiendo la plaza “hasta quemar el último cartucho”; el segundo inmolándose en el Morro antes que permitir la captura del pabellón nacional; y el tercero enfrentando en el Huáscar a fuerzas navales muy superiores. Sin embargo, por admirable que resulte su sacrificio, siempre habría sido preferible que hubiesen envejecido rodeados de sus familias y fallecido en tiempos de paz.

Hoy no es un día cualquiera. Es 7 de junio, aniversario de la batalla de Arica, nuestra propia Termópilas: la lucha por el terruño, por el honor y por una idea de nación profundamente sentida. Pero también es la jornada en que elegimos a un nuevo presidente de la República.

Resulta absurdo exigir a los ciudadanos que “voten bien”. ¿Qué significa exactamente votar bien? La cuestión fundamental es otra: quien resulte elegido debe estar a la altura de la enorme responsabilidad que la ciudadanía deposita en sus manos. Gobernar implica conducir el Estado de manera eficaz para generar bienestar, reducir desigualdades y ampliar oportunidades.

El abandono histórico de amplias zonas rurales andinas y amazónicas, las persistentes brechas educativas y las deficiencias del sistema de salud son realidades inocultables. Sin educación de calidad no existe desarrollo sostenible. Quizá por ello, aunque todos admiramos a Bolognesi, Ugarte y Grau, todavía no hemos logrado consolidarnos plenamente como esa comunidad imaginada, diversa y cohesionada a la vez, llamada Perú. Con demasiada frecuencia seguimos percibiéndonos como grupos separados antes que como integrantes de un proyecto nacional compartido.

Mi único llamado, en este nuevo aniversario del Día de la Bandera, es el de un ciudadano a sus gobernantes presentes y futuros: responsabilidad, capacidad de gestión y una mejora sustancial de los servicios públicos. Pensemos en una patria moderna, desarrollada y dotada de infraestructura de primer nivel. Recordemos que países como China y Corea del Sur se encontraban, hace apenas seis décadas, en condiciones comparables o incluso inferiores a las nuestras. Ha llegado la hora de construir la república que durante tanto tiempo hemos postergado. Porque, en muchos sentidos, todavía estamos comenzando.

Cómo citarnos:

Parodi Revoredo, Daniel (2026, 7 de junio). El otro 7 de junio. Colocar aquí el link de la nota
Imagen: Lienzo de Agostino Marazani (1905)

 

 

[OPINIÓN] El fujimorismo, y la prensa que se le somete voluntariamente, ha tejido una narrativa perversa. Han hecho creer a buena parte de la opinión pública que todo el caos que vivimos actualmente (más de 6 muertos diarios, colapso institucional, proliferación de la minería ilegal, etc.) son causa de los “cinco años de Castillo”, y que solo Fujimori nos puede salvar. Dicen que si bien Castillo solo estuvo año y medio, el Castillismo se quedó el resto del tiempo. Eso es falso. La verdad es que quien ostenta mayor poder político en el Perú actual es el fujimorismo.

En los últimos diez años, el fujimorismo no ha dejado de acumular triunfos que lo acercan cada vez más al poder total, tomando poco a poco las instituciones más importantes del país. El fujimorismo se esparce por el Perú y corrompe todo lo que toca. La bancada fujimorista ha puesto a un Tribunal Constitucional a su medida, que ha sido instrumental en validar reformas constitucionales que los favorecen, incluyendo darle a los propios congresistas iniciativa de gasto, lo cual ha generado un desbalance que ya ha sido señalado por el Consejo Fiscal. Asimismo, tuvieron en Patricia Benavides a una Fiscal de la Nación completamente funcional a ellos, a cambio de favores políticos como destituir a Soraida Ávalos, y ahora tienen a otro funcional en la figura de Tomás Gálvez. Tienen también tomada la Contraloría, la Sunedu, y la Junta Nacional de Justicia. Además, el presidente del congreso, el fujimorista Fernando Rospigliosi, ha amenazado con “barrer” el Poder Judicial, eliminar a todos los jueces que quieran ponerles freno, y quedarse sólo con los que se le sometan.

Tal es el poder del fujimorismo que prácticamente han anulado la figura presidencial. Han vacado a todos los presidentes que se atrevieron a oponérseles. Después de que Keiko Fujimori amenazara con “gobernar desde el congreso”, se deshicieron de PPK, Vizcarra y Castillo. Hace unos días Miki Torres, actual candidato a la vicepresidencia por el fujimorismo, se vanagloriaba de haber coludido, junto con la prensa y otras instituciones, para sacar a Castillo del poder. Esta colusión comenzó mucho antes de que Castillo (sobre quien no niego que sea un pobre diablo) intentara dar un golpe de estado. Boluarte les fue útil por un tiempo, y la han protegido de todas las acusaciones en su contra, incluyendo la venta de favores, el abandono del cargo, y por supuesto las masacres en las protestas. Luego la vacaron cuando dejó de serles útil. A Jerí (acusado de violación y con muchísima evidencia de corrupción) también lo blindaron porque les servía. Ahora tenemos a Balcázar, una figura sin peso político. Intentó oponerse a la decisión de comprar los aviones a EE. UU., pero el fujimorista Rospigliosi no lo quiso así, y salió, rodeado de ministros, a desmentir al presidente. El fujimorista presidente del congreso… dirigiendo a ministros. Esto de por sí debería ser suficiente para saber quién gobierna realmente el Perú, y de quién es la culpa del caos actual.

Hay muchas cosas más que muestran su poder. Por ejemplo, el fujimorismo no ha tenido ningún reparo en gobernar de la mano del Perú Libre de Vladimir Cerrón. Para muestra, actualmente comparten la mesa directiva del congreso con el hermano de Cerrón Y, ¡oh sorpresa!, a Vladimir no lo han podido capturar hasta ahora. Vladimir, por su parte, no ha dejado de criticar a Sánchez, sin decir una sola palabra sobre Fujimori.

Lo que hemos visto estos últimos años es una pequeña muestra de lo que será el Perú si gana Fujimori. No habrá orden, ni seguridad, ni estabilidad económica o política. Y por supuesto no habrá oposición mediática, al menos no de parte de los medios más importantes del país. Será lo mismo que hemos tenido, pero peor. Yo en absoluto soy fan de Sánchez (¡cómo se le ocurre meter en su equipo al plagiario Rosendo Serna!). Sánchez es, sin lugar a duda, otro pobre diablo. Pero hoy tenemos que votar para resistir a la mafia más enraizada que ha habido jamás en el Perú. A partir del 7 de junio seamos oposición de quien sea que salga.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

 

FOTO:https://www.elitetreecare.com/2023/03/pruning-diseased-trees/

[ENTRE BRUJAS] Durante los últimos años, las defensoras de los derechos de las mujeres y las feministas hemos dirigido nuestros esfuerzos y recursos a defender los avances alcanzados y a denunciar los retrocesos en materia de igualdad, derechos sexuales y reproductivos, y lucha contra la violencia.

La ofensiva ha sido tan intensa que la categoría “igualdad de género” se convirtió en un término perseguido, cuya eliminación de las políticas públicas ha sido promovida de manera sistemática. Con ello no solo se busca perpetuar prácticas y estructuras excluyentes, sino también anular el pensamiento crítico, indispensable para movilizar a la ciudadanía y transformar las desigualdades.

Hemos tenido un Congreso adverso no solo a la agenda de igualdad, sino también a libertades fundamentales como el derecho de asociación y la libertad de expresión.

El debilitamiento de la agenda de derechos humanos afecta los cimientos de una democracia ya en declive, pero también tiene consecuencias concretas en la vida cotidiana de las personas: contribuye al incremento del racismo, al deterioro de los servicios públicos y al debilitamiento de las políticas orientadas a atender a las poblaciones más vulnerables. No se trata de un debate abstracto.

¿Quiénes han estado detrás de estas medidas? En alianza, varias de las agrupaciones políticas que lamentablemente continuarán teniendo poder. Estas fuerzas políticas han promovido el debilitamiento de los derechos humanos, afectando de manera particular los derechos de las mujeres y de la población LGBTIQ.

Y esta no es una historia nueva. Por ejemplo, durante la campaña presidencial de 2016, la candidata Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, consolidó una alianza estratégica con sectores conservadores de las iglesias católica y evangélica para captar el voto religioso. El principal hito de esta coalición ocurrió en marzo de ese año, en el Coliseo Amauta, donde firmó un compromiso público con la Coordinadora Cívica Pro Valores y el Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP). Mediante este acuerdo, se opuso formalmente al enfoque de igualdad de género, al aborto por violación y a la unión civil entre personas del mismo sexo, alineando su agenda política con posiciones contrarias a la ampliación de derechos.

Desde el Congreso y otras instancias, la agenda antiderechos continuó avanzando. Se fue implementando progresivamente una estrategia destinada a bloquear el avance hacia una sociedad más inclusiva y justa. Han sido diez años marcados por amenazas constantes a la vigencia de los derechos humanos y por retrocesos que impidieron avanzar con mayor decisión en la protección efectiva de los derechos de niñas, adolescentes, mujeres y personas LGBTIQ+.

Las consecuencias de esta agenda no se limitan a los derechos de las mujeres o de la población LGBTIQ+. Cuando la igualdad deja de ser una prioridad, también se resienten la salud, la educación, la vivienda y, en general, la capacidad del Estado para garantizar derechos a toda la ciudadanía.

Durante los últimos años, estos sectores han dejado de lado las reformas necesarias para fortalecer el sistema de salud, pese a las persistentes brechas en infraestructura, personal y acceso a servicios. En lugar de priorizar soluciones estructurales, han impulsado o respaldado iniciativas que debilitan políticas de igualdad y reducen la capacidad del Estado para abordar factores que inciden directamente en la salud y el bienestar de la población, perpetuando desigualdades en el acceso a una atención de calidad.

Estos sectores políticos han alcanzado una importante representación en el Senado y en la Cámara de Diputados. En pocos días nos toca votar por la presidencia y será entonces que se definirá el liderazgo del ejecutivo.

El voto es libre, pero también implica responsabilidad. Elegir no es únicamente optar por una candidatura, sino decidir qué principios, qué visión de sociedad y qué tipo de democracia queremos construir. La historia política reciente ofrece suficientes elementos para evaluar quiénes han defendido derechos y quiénes han contribuido a debilitarlos.

La decisión está en nuestras manos, pero también en nuestra memoria.

[OPINIÓN] El 30 de octubre de 1938, Orson Welles tomó el micrófono de la CBS y anunció, con voz de locutor de emergencia, que los marcianos habían aterrizado en Nueva Jersey. No era verdad. Era ficción radiofónica. Pero el pánico fue absolutamente real: la gente salió a la calle, algunos lloraron, otros huyeron en automóvil sin destino claro. El poder de una ficción bien contada puede mover multitudes.

Esta columna es un ejercicio parecido. Con una diferencia esencial: los invasores de esta historia no vienen de Marte. No tienen tentáculos. Tienen credencial del JNE. No aterrizaron en Nueva Jersey. Aterrizaron en Lima, a las cinco de la tarde del domingo 7 de junio, cuando la boca de urna confirmó lo que muchos temían y pocos quisieron creer a tiempo: ganó Roberto Sánchez.

Esta vez, no era ficción.

Domingo siete. En el Perú profundo, ese que todavía cree en presagios y en el mal de ojo, el domingo siete es el día en que todo se tuerce. El bus se va, el contrato se cae, la leche se derrama. Pues bien: la Ley de Murphy acaba de aplicarse al país entero. Y tiene nombre completo: Roberto Sánchez Palomino, rodeado de cincuenta joyas —por mencionar solo dos: José Domingo Pérez de ministro de Justicia y Antauro Humala con despacho propio y seguridad del Estado a su servicio. .

Lo que viene no es un mal gobierno. Es el descenso ordenado al desastre. El Banco Central de Reserva —una de las pocas joyas reales que le quedaba al Perú en América Latina— empieza a recibir «señales» del nuevo poder. Los economistas del entorno hablan de «soberanía monetaria». Traducción: el dinero de todos, administrado por todos ellos. La inversión minera frena. No porque haya una ley todavía, sino porque el capital huele el ambiente antes que los periodistas. Los servicios se deterioran, la inseguridad crece, la informalidad se expande y un grupo de avispados pseudo comunistas en el poder se enriquece con la velocidad y la impunidad que solo dan los primeros meses de gobierno. Maduro lo hizo. La Kirchner lo hizo. Evo lo hizo. Todos usaron la misma partitura: estatizar, controlar, repartir entre amigos, criminalizar al que protesta. El Perú está a punto de estrenar esa ópera. Con elenco nacional.

Miles de  jóvenes peruanos estudian fuera. El lunes 8 de junio decidirán, en silencio, que no hay para qué volver.

Y los grandes responsables —hay que decirlo con todas sus letras— son una generación de jóvenes que confundieron el hartazgo con criterio político. Criados frente a un celular, mal educados por diez años de ministros de medio pelo que desfilaron desde la era de PPK hasta hoy sin pena, sin gloria y sin currículo funcional, estos rebeldes de cartón votaron en contra de alguien sin saber a favor de quién. Votaron contra Keiko. Algunos viciaron la cédula convencidos de que eso es «un mensaje político». El mensaje lo recibió Sánchez, con aplausos.

Son los mismos que egresan de universidades privadas de dudosa acreditación —producto directo de esa década de ineptos al frente del sector educativo— con título en mano y sin empleo formal a la vista, terminarán vendiendo chocolates en el Metropolitano o haciendo delivery en bicicleta. No es sarcasmo: es la foto de un  país real. Y en lugar de preguntarse por qué, prefirieron apagar el cerebro, encender el TikTok y votar con el dedo pulgar. El mismo con el que dan like.

Pero el domingo siete tiene dos filos. Y aquí va la apuesta de esta columna: ojalá que este domingo siete le salga exactamente al revés a quienes quieren destruir el país, y al revés también a quienes no tienen la menor conciencia de lo que están haciendo. Ojalá la Ley de Murphy decida, por una santa vez, tomarse el día libre. Ojalá el Perú amanezca el lunes 8 de junio con una presidenta electa llamada Keiko Fujimori. Y que el 28 de julio de 2026 jure ante un país que todavía tiene futuro. Eso es posible. Depende, como siempre, de los que sí piensan antes de votar y de Dios, que como todos sabemos, ¡es peruano! 🇵🇪

RikAhrdo   ·   Lima, víspera del 7 de junio de 2026

* Ejercicio de ficción especulativa de escenario. No describe hechos ocurridos.

[EL DEDO EN LA LLAGA] En los años setenta, el terror con fuertes elementos religiosos vivió un auge notable, especialmente en el cine occidental. Películas como “El exorcista” (“The Exorcist”, William Friedkin, 1973) y “La profecía” (“The Omen”, Richard Donner, 1976) marcaron un punto de inflexión. En ellas, el Mal es claramente demoníaco y externo: un ente invasor que ataca a la familia, a la inocencia y al orden natural. Frente a él, la institución católica —aunque herida, dubitativa o imperfecta— representa el Bien posible. El sacerdote es el héroe sacrificial, el ritual exorcista es el arma última y la fe católica, a pesar de sus crisis, es la única barrera efectiva contra el abismo. El mensaje, en el fondo, resulta tranquilizador para el espectador creyente: el Mal es identificable, combatible y, en última instancia, la Iglesia sigue siendo el baluarte de la luz.

“La chiesa” (1989) de Michele Soavi (conocida en inglés como “The Church” y en español con títulos caprichosos y arbitrarios como “El engendro del diablo” y “Pandemonium: capital del infierno”) invierte radicalmente esta ecuación. Aquí el Mal no viene de fuera para ser expulsado por la cruz; está sepultado bajo los cimientos mismos de la institución eclesial. La catedral no es el refugio, sino la tumba monumental que oculta y preserva el horror. Lejos de redimir, la Iglesia multiplica el pecado de la violencia enraizada en ella.

En la película, dirigida por Michele Soavi y coescrita con Dario Argento, los Caballeros Teutónicos masacran en la Edad Media un pueblo entero acusado de brujería y satanismo, y sobre la fosa común erigen una majestuosa catedral gótica destinada a sellar el mal demoníaco para siempre. Siglos después, un bibliotecario remueve accidentalmente el antiguo sello. Turistas, restauradores, un sacerdote, niños de un colegio y otros visitantes quedan atrapados dentro del templo, mientras el Mal despierta y propaga posesiones, alucinaciones, violencia y una desintegración progresiva de la realidad, escenificada en un estilo barroco y surrealista ajeno a toda lógica racional. La propia iglesia se convierte en una trampa mortal que sella sus puertas automáticamente.

Esta visión corrosiva dialoga, además, con la tradición del terror italiano. Surgida en el crepúsculo de los ochenta, “La chiesa” hereda la exuberancia visual y el rechazo a la lógica lineal propios del género en Italia. Heredero de Mario Bava, el cine italiano de terror prioriza la atmósfera, el exceso estético y la fusión perturbadora entre belleza y repulsión. Dario Argento, director de obras señeras como “Suspiria” (1977) e “Inferno” (1980), y además co-guionista y productor del film de Soavi, aporta su barroquismo sensorial: espacios arquitectónicos vivos, violencia coreografiada y lo sobrenatural irrumpiendo como un sueño febril. La influencia de Lucio Fulci, maestro del género con obras como “La ciudad de los muertos vivientes” (1980) y “El más allá” (1981), se siente en el gore sin concesiones, además del nihilismo visceral y cósmico, donde la realidad se desgarra sin esperanza. Soavi, discípulo de Argento, sintetiza ambas escuelas en un estilo visual gótico onírico y pesimista.

El corazón simbólico —y la crítica más afilada— de la película radica en la propia catedral: no es un refugio de salvación, sino un monumento erigido sobre una fosa común. Los Caballeros Teutónicos, presentados en la película como ejecutores de un poder religioso implacable, no disciernen ni exorcizan; exterminan y sepultan en nombre de una doctrina frente a la cual toda disidencia, legítima o no, parece merecer castigo. La belleza gótica —vidrieras, frescos, estatuas— sirve entonces como suntuoso disfraz de las raíces violentas de la institución. La cruz que sella la fosa parece no redimir, sino oprimir y ocultar. La catedral funciona como prisión invertida. Su arquitecto, enterrado vivo, incorporó un mecanismo de sellado automático que, al activarse, atrapa a los “inocentes” junto con el Mal. La película puede interpretarse como una sugerencia de que las instituciones religiosas no sólo generan sistemas de control, sino también sus propias vías de autodestrucción.

La película mantiene una ambigüedad deliberada: ¿los aldeanos medievales practicaban realmente el satanismo o fueron víctimas de la paranoia inquisitorial? Esa duda refuerza la crítica: la Iglesia proyecta su propia violencia sobre el “otro” y, al reprimirla brutalmente, sólo consigue que el trauma histórico retorne con furia multiplicada. El Mal no es un ente externo; es el retorno de lo reprimido, nutrido durante siglos de negación y silencio. El obispo, figura siniestra y conocedora, puede leerse como una representación de una jerarquía más preocupada por preservar el secreto y los mecanismos de control que por afrontar la verdad con transparencia o genuina fe. La salvación, si es que llega, sólo parece posible mediante la destrucción misma de la institución.

Asia Argento, en uno de sus primeros papeles, interpreta a Lotte, la joven hija del sacristán que vive en la iglesia. Su función es esencialmente simbólica: actúa como vínculo entre el trauma medieval y el presente. En la secuencia inicial, una niña idéntica a ella figura entre las últimas víctimas de la masacre. Siglos después, Lotte reconoce su propio rostro en un grabado de aquellos acontecimientos, lo que desencadena recuerdos y revelaciones decisivas para comprender el secreto de la catedral. El personaje encarna la persistencia de la memoria histórica y la idea de que los crímenes del pasado nunca desaparecen del todo, sino que continúan proyectando su sombra sobre el presente.

La restauración de frescos, la curiosidad racional del bibliotecario y la irrupción de la vida secular (una boda, turistas, niños de escuela) ilustran cómo la modernidad desestabiliza antiguas represiones. En la tradición de Argento y Fulci, estos choques se viven de forma surrealista: alucinaciones, cuerpos fusionados y erupciones de lo carnal bajo la piedra sagrada convierten lo sacro en un carnaval grotesco y perturbador.

En medio del caos y la progresiva desintegración de la realidad, destaca el padre Gus, una figura que introduce un importante matiz en la crítica de la película. Si la institución aparece asociada al ocultamiento y a la violencia fundacional, Gus representa la posibilidad de una fe personal todavía capaz de actuar moralmente dentro de ella. Sacerdote de piel negra y carácter compasivo, encarna una versión más humana y moderna del catolicismo. Es uno de los pocos personajes que logra resistir la posesión demoníaca durante gran parte del metraje y se convierte en un auténtico signo de esperanza en medio de la locura. Junto a Lotte, mantiene la cordura y la voluntad de actuar cuando casi todos los demás han sucumbido. Sus visiones recurrentes lo conectan directamente con los Caballeros Teutónicos: practica tiro con arco y se ve a sí mismo como uno de aquellos cruzados medievales, lo que lo convierte en una figura ambigua y liminal, portadora del eco de la violencia enraizada en la historia de la Iglesia. Al final, es él quien activa el mecanismo de autodestrucción de la catedral, diseñado siglos atrás, sacrificándose para sellar el Mal y evitar su propagación al mundo exterior. Gus representa la paradoja central del film: la institución parece condenada por los pecados acumulados de su historia, pero algunos individuos que la integran conservan todavía la capacidad de sacrificarse por los demás. La fe personal subsiste, aunque para hacerlo deba participar en la destrucción de las estructuras que la aprisionan.

“La chiesa” es una pieza incómoda y valiente del terror de finales de los ochenta. Frente al modelo de “The Exorcist” o “The Omen”, donde la fe católica —por maltrecha que esté— sigue siendo la respuesta, Soavi propone una visión mucho más negra: las grandes instituciones espirituales se levantan sobre fosas comunes de intolerancia, masacre y negación sistemática. Cuando alguien levanta la losa —por curiosidad, por el paso del tiempo o por arrogancia—, lo reprimido regresa con saña. La fe institucional no salva a nadie. A veces, la única forma de contener el horror que uno mismo ha gestado es la autodestrucción radical del contenedor.

Precisamente porque la película gira en torno a un crimen colectivo oculto bajo una monumental estructura de poder y preservado mediante el silencio institucional, algunas de sus imágenes resultan especialmente sugerentes vistas desde la perspectiva actual.

Vista desde hoy, y a la luz de los numerosos escándalos que han afectado a la Iglesia católica durante las últimas décadas, la película adquiere una resonancia casi profética con la crisis de abusos sexuales en la Iglesia. Lo que en “La chiesa” es literal —un crimen fundacional sepultado bajo mármol y cruces, protegido por jerarquías que prefieren el silencio y el mecanismo de sellado— se ha repetido durante décadas de forma real: víctimas enterradas bajo el peso de la institución, encubrimientos sistemáticos, traslados de sacerdotes abusadores y una obsesión por preservar la imagen y el poder antes que confrontar la podredumbre. El Mal no era sólo el demonio medieval; era también el que se reproducía dentro de las sacristías, seminarios, escuelas católicas e institutos religiosos, alimentado por la misma cultura de secreto y autoridad intocable. Lotte, la niña que lleva el rostro de la masacre antigua, se convierte en eco de todas las víctimas inocentes cuya inocencia fue sacrificada sobre el altar de la reputación eclesial. Soavi no ofrece consuelo. Sólo una advertencia rotunda: mientras la Iglesia siga construyendo catedrales sobre fosas sin exhumarlas, el horror seguirá despertando. Y cuando lo haga, no distinguirá entre inocentes y culpables.

En fin, una obra visualmente hipnótica, cargada de surrealismo gótico, sujeta a múltiples interpretaciones y, sobre todo, profundamente incómoda. No es sólo una de las mejores piezas del terror italiano tardío: es también una de sus más implacables, porque no ofrece refugio ni redención, sino la imagen persistente de una institución que, al intentar sellar el horror, acaba revelando que lo habría estado sosteniendo todo el tiempo.

Página 6 de 450 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450
x