Opinión

Tal vez deberíamos preguntarnos si alguna vez existió, más allá del ágora ateniense. La democracia de los tiempos modernos, la representativa, puede entenderse también como un reemplazo soterrado del monarca absoluto, el Estado ya no soy yo, ahora somos nosotros, pero ese “nosotros” gobierna, casi omnipotente, a todos los demás.

Luego, allí donde rige el Estado de derecho, el sufragio no nos convierte en democracia, ni en el gobierno del pueblo en sentido estricto. Después están los mediadores, primero los sindicatos, después los partidos políticos, luego los organismos no gubernamentales y las asociaciones de la sociedad civil, entre otros, pero el problema que se plantea sigue siendo el mismo.

En tiempos de los grandes partidos, o en las realidades donde todavía existen, lo que sí rige es el Contrato Social: la delegación del poder del pueblo a sus representantes y sin mandato imperativo. Demócratas y republicanos, convencidos de apostar por una forma de vida y organización social en la que creen, votan a sus candidatos y se sienten mediadamente bien representados. Por ello, tienen la percepción de participar de lo que sucede.

Retrocedamos al mundo de “Entre Guerras”, la democracia era más democracia porque la flanqueaban dos totalitarismos, el comunista y el fascista, de dictadura de partido único. Mal que bien, y aunque se cumplan mucho, poco o regular, los derechos fundamentales de las cartas magnas democráticas garantizaban que nadie nos iba a enviar Siberia o al paredón si disentíamos. Entonces la democracia representativa, en tanto que nuevo nosotros gobernante (nosotros = Estado + instituciones) parecía más democracia todavía.

El mejor momento para la democracia en el siglo XX fue 1989. Cayó el muro de Berlín y no solo el capitalismo vencía al comunismo: también la democracia y el liberalismo político derrotaban a la dictadura de partido único que aún se mantenía en pie, la del socialismo real, la fascista fue aniquilada en 1945.

Pero para 1989 no había necesidad de defender la democracia, ni al gobierno del pueblo, con todo lo de real e imaginario que pudiese tener, de ningún enemigo visible y entonces la sabotearon por dentro. Vino el wokismo, una nueva cultura política neototalitaria que se desarrolla en el marco de una democracia que entra en crisis sencillamente porque la civilización occidental la pierde de vista al darla por sentada.

Y entonces la llamaron dictadura de la corrección política y después cultura de la cancelación y todos los progresismos en sus diferentes formas y colores se saltaron la valla de la democracia sin ningún problema: ya no es “o estás conmigo o estás contra mí”, sino “estás conmigo o estás socialmente muerto”.

Los cancelados eran a veces responsables de violencia contra la mujer pero otras veces no. Este fue el caso del célebre actor Johnny Depp, de los pocos que han logrado volver del ostracismo de una cancelación, tras vencer a su exesposa, Amber Heard, en un juicio que presenció el mundo entero y que debilitó seriamente las posiciones del movimiento feminista radical.

La dictadura de la corrección política alcanzó al movimiento LGTBI+, cuyas posturas a favor de apoyar con fármacos y cirugías las transiciones sexuales de niños, prevaleciendo la voluntad del infante -respaldada por la política estatal- por sobre la patria potestad, aumentó considerablemente las filas de quienes corrían a agruparse en la vereda del frente.

Al final del camino, la teoría poscolonial, al mismo tiempo que denuncia con justicia una discriminación que ya lleva medio milenio, plantea como teoría y praxis políticas el reemplazo del principio de la igualdad por el de la guerra tribal o de razas. De esta manera, un ciudadano caucásico en América Latina es, desde que nace, un varón, blanco, heteropatriarcal que goza, ad doc., de una situación de privilegio. El mérito y la performance no influyen en el resultado: ¿dijo más Adolfo Hitler?

Y si al progresismo no le importó el cerco democrático y de los derechos fundamentales, el conservadurismo no quiso ser menos. Algunos estados de USA han revertido las leyes proaborto, Donald Trump acaba de señalar que en su país solo hay hombres y mujeres. Inclusive, el dos veces presidente del hegemón americano, siempre grandilocuente y exagerado, no escatima referencias a la pureza de sangre en sus intervenciones públicas. A su turno, en Europa el                         nacional-conservadurismo de remembranzas fascistas avanza imparable y, en América Latina, esa también parece ser la tendencia. ¿Hitler vs Hitler?

Hay un pozo en el fondo en esta crisis paradigmática de la democracia. En USA, latinos y afrodescendientes, presuntas víctimas de las espartanas políticas de Trump, le votan con frenético entusiasmo. En Argentina, un pueblo hambriento por las políticas económicas de Javier Milei no deja de vivar a Javier Milei, a su política económica y a su “carajeada” defensa de la libertad.

¿Se hartó la gente del wokismo, el que a su vez dejó atrás la fase democrática de occidente caracterizada por los derechos fundamentales? Carambolas de la historia. De esta forma lesfacilitaron el trabajo a los conservadores -para quienes los derechos humanos “son una cojudez”- que vinieron justo después y que hoy le imponen al mundo su propia distopía autoritaria. Sin un mínimo consenso democrático mundial, Donald Trump puede decidir unilateralmente la limpieza étnica -por asesinato o desplazamiento- de los palestinos gazatíes con el complacido aplauso de Benjamín Netanyahu.

La historia enseña que al pasado no se vuelve. ¿Podremos recuperar los valores y prácticas democráticos luego de que progresistas y conservadores occidentales los condenasen al ostracismo del pasado? ¿Se trata de volver a la democracia? ¿O el mundo, dialécticamente, tras la primera gran guerra del siglo XXI -que será brutal y brutalmente destructiva- establecerá, renacido una vez más de entre sus ruinas, un nuevo orden político internacional. Pacifista, cómo no, erigido sobre cientos de millones de vidas humanas. Corsi e Ricorsi, dijo Giambattista Vico.

Prepárense, siéntense en familia ante la TV HD de no sé cuántas pulgadas en la sala de su casa y con harto popcorn a ver qué es lo que pasa, o anímense a luchar por una utopía que aún el mundo no nos ha revelado. Complejo dilema del sujeto contemporáneo.

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AdolfoHitler, Conservadurismo, Democracia, derechos fundamentales, Donald Trump, feminismo, Jhonny Depp, progresismo, wokismo

Si así nomás, con un poco de seguridad en la permanencia de Boluarte y con el ingreso de Salardi al MEF (que no es un macroeconomista de nota sino un buen gestor), la confianza inversora se ha disparado y ya se habla de la posibilidad de crecer este año 4%, imaginemos lo que ocurriría si ingresase a Palacio un gobierno orgánicamente liberal, con cuadros técnicos alineados con ese esquema y un plan agresivo de medidas económicas.

El Perú tiene un potencial de crecimiento enorme. Con un buen gobierno, ni siquiera uno extraordinario, podría llegar a tasas cercanas al 6%, que, esas sí, permitirían la reducción de la pobreza y el desempleo, y las desigualdades, como aconteció durante los gobiernos de Toledo y García, en la primera década del milenio, antes que Humala empezará a revertir el modelo de crecimiento aplicado.

Un gobierno que despliegue un agresivo programa de inversiones privadas, que destrabe valientemente los proyectos mineros congelados, que privatice Petroperú, Sedapal y Córpac, que desregule el sector laboral, que invierta en servicios públicos esenciales, como educación, salud y seguridad, podría transformar el país rápidamente.

Milei y lo que está haciendo en Argentina es un buen ejemplo de las bondades reestructuradoras que puede tener para un país una política liberal. En Argentina se ha cambiado la estructura mental populista y los resultados positivos ya saltan a la vista en muy corto tiempo. El Perú cuenta con la ventaja de que gran parte de ese camino ya lo recorrió y lo único que tiene que hacer es retomarlo.

Con dos periodos de gobierno sucesivos en esa misma perspectiva, el país podría dar vuelta a la página de los riesgos políticos antisistema que rondan permanentemente porque se hizo una parte de la tarea, pero no la otra, la de proveer beneficios a las mayorías populares del país, que es lo que cabe reclamarle a la transición, que desaprovechó la bonanza fiscal para hacerlo (incluidos los mencionados Toledo y García).

El legado de un artista no está constituido únicamente por la obra material que deja al término de su paso terrenal. Hay que sumar también sus palabras, su voz, registro fiel de su trayectoria vital, de las ideas y sentimientos que la sostuvieron.

Las palabras de Chabuca, segunda edición significativamente ampliada, va en esa dirección: recoger, palabra a palabra, la otra vida de Chabuca Granda, esa que tejió en decenas de entrevistas e intervenciones escénicas.

Alberto Rincón Effio ofrece en esta compilación un mosaico de enorme valor. Se incluye de todo, desde noticias de prensa que anuncian su llegada a algún país hasta entrevistas rápidas y breves, sin olvidar sustanciosas conversaciones, como aquella con Joaquín Serrano para Radio Televisión Española, o ese otro diálogo cargado de pathos, muy cerca ya de su final, con César Hildebrandt.  

Todo abona el terreno en el que se siembra el mito para recuperar la dimensión humana de la poeta y la compositora, una artista de sensibilidad exquisita, cierto, pero que no olvidó sus conexiones profundas con el mundo que la aristocracia de la cual provenía había olvidado: allí está doña Victoria Angulo, humilde y digna señora afroperuana que inspira “La flor de la canela”; allí está Mauro Mina, el legendario boxeador chinchano retratado en “Puño de oro”. 

La lectura de los diálogos y apariciones en prensa de Chabuca Granda son también una línea de tiempo que va marcando los cambios en su propio quehacer musical. Una muestra de conciencia artística y de reflexión musical. ¿Importa ahora si es criolla o no? No, porque lo trascendió. Ella conocía muy bien el mundo de Pinglo, como se deja notar en una amplia conversación con Pablo de Magdalengoitia, otro recordado personaje. 

Al mismo tiempo, en otras entrevistas y reportes es capaz de explicar con soltura y claridad sus procesos de exploración musical, su acercamiento a las sonoridades afroperuanas y el empleo de armonías más modernas, que instalaban su música en un contexto más amplio que el puramente limeño. Uno de esos casos sería el de las canciones que dedica a Javier Heraud, o un tema ya clásico como “Cardo o ceniza”, en cuyas letras la poesía transpira intensamente.

Las palabras de Chabuca será de consulta obligatoria para quien quiera penetrar en el universo que fundó la compositora con su música y, por supuesto, con sus palabras.  Palabras como estas, en respuesta a César Hildebrandt:

“¿Qué es ser peruana para ti, Chabuca?

–Bueno, ahora es un sufrimiento… Te lo digo en serio… Y si sigo hablando –no me dejes hablar mucho– te diré que ser peruana es tener una angina como la que tengo, es tener algo malo y crónico, un doro de siempre… ¿Qué es ser peruano? De repente es no creer” (p.393). 

Las palabras de Chabuca. Alberto Rincón Effio. Lima, Biblioteca Abraham Valdelomar: 2024. 

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Chabuca Granda, Entrevistas, Música peruana

[La Tana Zurda] En el Perú de nuestros primeros días del año, la indiferencia hacia ciertos artistas y escritores se manifiesta en dos frentes desconcertantes: por un lado, el gobierno de Dina Boluarte; por otro, la actividad cultural del escritor y crítico Mario Pera, quien expresa sus inquietudes a través de un espacio literario y cultural virtual. En ambos casos, la ausencia de reconocimiento hacia figuras clave de nuestra cultura parece no ser producto de la casualidad, sino más bien de una actitud deliberada que pone de manifiesto un desdén por las voces disidentes.

Por un lado, el gobierno ha sido responsable de actos flagrantes de olvido hacia importantes figuras literarias. La exclusión del escritor Nicolás Yerovi del velatorio oficial, bajo el pretexto de “requisitos formales”, es un claro ejemplo. Este escritor, humorista gráfico y crítico corrosivo, quien con sus palabras desmanteló las estructuras del poder, fue ignorado por el Ministerio de Cultura, que, alegando que Yerovi no formaba parte de su catálogo de artistas, negó el homenaje público a una de las figuras más importantes de la cultura nacional. Yerovi, quien falleció el pasado 19 de enero, fue víctima de un desaire que va más allá de un simple error administrativo; es una señal de que aquellos que se muestran críticos del poder, como él, no tienen cabida en un sistema que premia la lealtad y castiga la contraposición.

Por otro lado, el caso de Mario Pera refleja un comportamiento igualmente ominoso, pero de una naturaleza más sutil. En su recuento anual sobre los escritores y artistas fallecidos, Pera cometió la inexplicable omisión de mencionar al poeta y académico José Antonio Mazzotti, quien murió el 5 de septiembre de 2024. Cuando la omisión fue señalada por sus lectores, Pera optó por una excusa vacía y un silencio incómodo, sin aclarar ni rectificar el olvido. Este gesto no solo evidencia una falta de rigor profesional, sino también una invisibilización deliberada que recuerda la actitud del gobierno ante figuras incómodas: no se menciona lo que no conviene.

En la omisión de Pera, al igual que en el desaire del gobierno, hay una coincidencia inquietante: el desprecio por lo que representa la verdadera libertad de pensamiento y expresión. La narrativa que ambos, Pera y el gobierno, promueven, aunque desde ángulos distintos, comparten un trasfondo similar: el intento de minimizar la importancia de aquellos que, con su trabajo y sus ideas, se oponen a la narrativa oficial o hegemónica. A través de la negligencia, el silencio y el olvido, tanto el gobierno como Mario Pera demuestran una clara muestra de desdén hacia la memoria de aquellos que han dejado un legado cultural invaluable.

El maltrato hacia Rafael Dumett y los ganadores del Premio Nacional de Literatura 2024 también se suma a este patrón de indiferencia institucional. A pesar de que el jurado lo reconoció como el mejor novelista del año, Dumett no ha recibido el homenaje público que le corresponde. Su crítica abierta al gobierno, a la que el propio autor y muchos otros han señalado como causa de esta omisión, es un recordatorio más de cómo el poder político prefiere invisibilizar a quienes lo desafían. La falta de fecha para la ceremonia oficial de premiación, que ha dejado al autor, quien reside en los Estados Unidos, sin la posibilidad de organizar su viaje, es solo otro de los actos que evidencian una intencionalidad detrás de la desidia gubernamental.

Así como el gobierno se empeña en dejar de lado las figuras que podrían incomodar su estabilidad, Mario Pera, desde su particular trinchera cultural, opta por borrar la huella de ciertos autores que no se alinean con su visión del mundo. En ambos casos, no solo se trata de un reconocimiento o de un premio que no llega; se trata de una falta de respeto que refleja la imposibilidad de convivir con las críticas y la disidencia en un entorno democrático.

La historia de Yerovi, Dumett, Mazzotti y otros artistas y escritores desatendidos no es solo la historia de un gobierno incapaz de manejar la crítica o de un crítico cultural que se olvida de sus propios deberes. Es la historia de un país que se niega a honrar a quienes, con su trabajo, han contribuido y contribuyen a la construcción de una identidad cultural que no se ajusta a las conveniencias del poder político ni a las afinidades de una élite intelectual que, en lugar de reconocer la diversidad de voces, opta por olvidar deliberadamente a quienes no coinciden con sus propios intereses.

Por ello, los olvidos de Dina Boluarte y Mario Pera no son accidentes. Son señales claras de un modelo que prefiere borrar la historia en lugar de celebrarla en su totalidad. Como ciudadanos y como lectores, debemos recordar que un país que olvida a sus artistas y sus pensadores es un país que se olvida a sí mismo.

 

 

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Cultura, festival, omisiones, premios

[Tiempo de Millenials] Esta semana el Gobierno de Donald Trump anunció el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional – USAID.

¿Qué es USAID?

Es una agencia federal independiente fundada en 1961 por el Gobierno del presidente John F. Kennedy y su función era distribuir ayuda exterior a países aliados de Estados Unidos en áreas económicas, agrícolas, sanitarias, políticas y humanitarias. Adicionalmente, la USAID promueve la democracia en todo el mundo a través del financiamiento de organizaciones no gubernamentales, medios independientes e iniciativas sociales.

¿A quién financia USAID?

La ayuda de USAID se implementa mediante subvenciones, acuerdos de cooperación o contratos, y sus destinatarios pueden ser organizaciones no gubernamentales, empresas privadas, universidades, organizaciones internacionales o Gobiernos, entre otros. 

De acuerdo con el Congreso de Estados Unidos, en 2023, la USAID distribuyó fondos por un valor de USD 43,400 millones en todo el mundo.

¿Quiénes son los principales beneficiarios de USAID?

Los principales receptores son Ucrania, Etiopía y Jordania. Ucrania, país afectado por la guerra ha recibido más de 16,000 millones de dólares en apoyo. Le siguen República Democrática del Congo, Somalia, Yemen, Afganistán, Nigeria, Sudán del Sur y Siria.

Por otro lado, América en su totalidad, es una de las regiones que menos recibió en 2023. Solo dos países de América Latina no recibieron ayuda: Argentina y Uruguay.

¿Cuáles serían las consecuencias en América Latina?

A pesar de que nuestra región no representa el punto de mayor apoyo económico el flujo si resulta crucial para el sostenimiento de distintos planes de asistencia que van desde temas educativos y de derechos reproductivos hasta esquemas de defensa de los derechos humanos y labores de respaldo humanitario.

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"El duro golpe a la asistencia social que dejaría el cierre de USAID."

La economía le puede jugar una buena pasada al gobierno de Dina Boluarte. Según la última encuesta de Datum, 80% de la ciudadanía considera que su situación este año será mejor y ya los indicadores macroeconómicos apuntalan ese optimismo, sumados al nombramiento de un ministro capaz como Salardi que asegura confianza del sector inversor.

Lo que políticamente no logra, por su falta de capacidad, por la ausencia de políticas públicas, por su fracaso en la lucha contra la delincuencia, por los remanentes de las muertes por las protestas al inicio de su gestión (que enconan al sur andino de modo permanente), por las sombras de corrupción que se ciernen sobre varios sectores de su gobierno (baste ver lo de Qali Warma), la buena marcha económica se lo puede dar.

Hay varias consecuencias políticas de semejante hecho. Primero, se diluirían las posibilidades de que Dina Boluarte sea vacada por el Congreso. No es lo mismo tirarse abajo a una gobernante con 3% de aprobación que a una que tenga 10% por ejemplo (puede crecer a esa tasa si la economía sigue mejorando). Sin necesidad de pagarle a los canales de televisión, como sibilinamente acaba de declarar, Boluarte puede hacerse más visible para la gente de a pie y mejorar sus rangos de aprobación.

Segundo, puede arrastrar en esa mejora aprobatoria al Congreso, su socio político permanente, que hoy se halla enfrascado en escándalo tras escándalo (no pasa un día sin que no aparezca un nuevo motivo de primeras planas contra el Legislativo).

Tercero, mejoraría la performance electoral de los partidos que la soportan, particularmente del fujimorismo y el acuñismo, que ya no cargarían con un lastre tan grande. Ello amplía el margen de opciones electorales para el 2026.

Cuarto, disminuiría el factor de la irritación ciudadana como elemento disruptivo de la jornada electoral venidera, y que alimenta las opciones antisistema, particularmente las radicales de izquierda, que abrevan de la insatisfacción generalizada contra el gobierno y el “pacto de derechas” que la ciudadanía percibe como vigente.

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Encuesta Datum, opinión de Juan Carlos Tafur, pie derecho

Son muchas las víctimas violencia sexual quienes por miedo, vergüenza o temor a la estigmatización guardan un doloroso silencio por años. Algunas no entienden lo que ha sucedido, se quedan confundidas, sobre todo cuando la persona agresora fue alguien de su entorno, a quién admiraban o respetaban. 

La confusión y el temor se incrementa cuando quién pensabas que debería cuidarte, guiarte o protegerte, aprovecha este rol o la confianza depositada no solo por el niño, niña, joven o mujer, sino por la familia de esta, para vulnerar lo más íntimo: la integridad sexual. 

En nombre de las religiones se han cometidos muchos abusos, desde siempre. Hablar de esto no es atacar la fe de cada persona, que es respetable, sino visibilizar que, dentro de las iglesias, también hay agresores sexuales, quienes aprovechando este espacio de poder y confianza vulneran niñas, niños, adolescentes y mujeres. 

El escándalo del Sodalicio, puesto en la palestra pública tras la investigación de Paola Ugaz y Pedro Salinas, graficó una realidad que ha costado años ser aceptada por la jerarquía católica, pero que es real. La violencia sexual existe en organizaciones religiosas y poderosas como esta, y ha sido una práctica de poder y control, que terminó vulnerando la vida de decenas de jóvenes. 

Se sabe que este no es el único caso.  Juan Luis Cipriani, ex arzobispo de Lima y primer cardenal del Opus Dei, renunció a la orden y salió del Perú en 2019, ante una denuncia de violencia sexual realizada por un hombre adulto, que quiso hablar de los hechos sucedidos varias décadas atrás (1983). Esto fue investigado por el Vaticano y se ordenó el exilio del ex cardenal. 

Hechos similares se han denunciado en todo el mundo. Lamentablemente, en nombre de la fe se han cometido abusos y hechos deleznables e irreparables, que han sido silenciados por las instituciones religiosas y sus autoridades, con la finalidad de no perder ni su legitimidad ni su poder. Aquellas que no han dado respuesta o han omitido los hechos, se han convertido en cómplices de los abusos que se perpetúan en el seno de estas organizaciones.

Tan cómplices de los hechos son quienes conociendo los mismos callan, como quienes premian y condecoran a los supuestos agresores, dejando de lado los testimonios de las víctimas para afirmar – mediante sus actos- que no les creen.  

Pero también hay otro nivel de complicidad y es el del ciudadano/a de a pie. La fe es individual; pero esta no puede cegarnos y llevarnos a defender lo indefendible. Tal vez las Iglesias, y especialmente la católica, ha perdido a tantos fieles, justamente por las incoherencias que existen y porque si un principio católico es: el bien por el otro, no podemos dejarlo de lado para defender a una jerarquía ciegamente. 

La consigna cristiana de “ama a tu próximo como ti mismo” a muchos se les olvida.

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Cipriani, NoMásViolencia

Desde los tiempos de Para leer al Pato Donald (1972), de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, el estudio de las historietas nos ha acercado al diverso manejo de la heroicidad y del sentido del humor en las sociedad actuales. Pensemos en las historietas europeas más populares: Mortadelo y Filemón, Tin Tin, Obelix y Asterix, las obras de Moebius o de Milo Manara, en ellas sus héroes resaltan por cierto ingenio singular, considerado característico de su cultura o incluso, productor de su cultura. Esta riqueza del cómic para la comprensión de una sociedad es probable que lo deba a su origen costumbrista, rasgo que parece haber condicionado su devenir. Pensemos ahora en las historietas estadounidenses, esas plenas de superhéroes (diurnos y nocturnos) que también salen en el cine y que nos acompañan en tal ola de merchandising (que inunda no solo la casa sino también el colegio con los útiles escolares): son tan súper sus héroes que hasta libran voluptuosas batallas en galaxias cruzadas por naves espaciales. Donde esté el villano, no se detendrán hasta conseguir la gloria de su país.

Quienes escucharon el discurso de Donald Trump deben haber notado que se utilizó al superhéroe como recurso retórico: el será el Superpresidente que llevará a Estados Unidos a su Edad de Oro. A poco de comenzar su discurso, Trump se presenta como el hombre al que Dios salvó, desviando la bala a su oreja y otorgándole así la vida para salvar a Estados Unidos. El público (de notoria mayoría blanco, por cierto) se pone de pie y lo aplaude. Desde ese momento, su heroicidad quedó establecida a la manera del héroe salvador de una nación, elegido previamente por Dios. Como las profecías de Nayib Bukele que lo proclamaron presidente o Nicolás Maduro que recibió el mensaje de Hugo Chávez a través de un pajarillo, Trump ha sido escogido y ahora lo verán. 

En su discurso, estructura la Edad de Oro a partir de un irónico anhelo: se apropia del sueño (1963) de Martin Luther King Jr., el principal héroe político norteamericano que lideró la lucha contra el racismo; un racismo que hasta el día de hoy practican tanto Trump como sus votantes, sobre todo en las zonas de mayor pobreza en su país. Trump toma el deseo de justicia, libertad e igualdad como los objetivos que reitera una y otra vez en su discurso, enumerándolos cada vez que anunciaba medidas que planteaban lo contrario: retirar la diversidad de género del ámbito público de Estados Unidos o alzar el muro en la frontera con México. 

Así comienza su Edad de oro, viejo recurso mitológico digno de un salvador ungido por Dios, dado que remite a una visión cíclica del tiempo. Esta sostiene que tras un periodo de declive y decadencia (palabras que usó Trump para describir el estado actual de su país) se retorna a los tiempos del paraíso. Por eso la resumió como aquella (y repite) en la que habrá justicia, libertad, igualdad porque podrán apropiarse de los territorios petrolíferos del mundo que les provoque, porque podrán continuar contaminando con la producción de carros a gasolina, porque libres de competencia de mano de obra barata podrán ejercer la discriminación y apelar a Dios cuando tengan alguna duda. Tan heroico será el logro de Donald Trump, que conseguirá territorios en otras partes de nuestra galaxia, y la prueba será que antes de morir, habrá dejado la bandera de su país en el planeta Marte. Ya verá China.  

Y el público se pone una y otra vez de pie, para aplaudir el discurso que los lectores de Marvel o DC quizá no se habían dado cuenta, pero ahora que lo leen, por algo les había parecido tan familiar…  

[La columna deca(n)dente] En el país, la expresión coloquial «hablando huevadas» se utiliza para describir la práctica de decir tonterías, mentiras o cosas sin sentido. En el contexto político, esta expresión adquiere una connotación crítica, refiriéndose a discursos o declaraciones de políticos y autoridades que son percibidos como vacíos, engañosos o carente de fundamento. Es una forma de señalar la falta de sinceridad o la manipulación de la información por parte de figuras públicas, sugiriendo que lo que se dice no es creíble ni tiene valor real.

Los discursos políticos en Perú, al igual que en muchos otros países, están a menudo plagados de expresiones sin sentido, promesas vacías y frases hechas que buscan tranquilizar a la ciudadanía sin comprometer realmente a nadie. ¿Cuántas veces hemos escuchado a un funcionario asegurar que «se están tomando las medidas necesarias» o que «el pueblo es su prioridad», mientras los problemas persisten o incluso empeoran? Este tipo de retórica es, lamentablemente, el pan de cada día en nuestro país.

Por ejemplo, en medio del auge de la extorsión, el sicariato y los asaltos, el Ministro del Ambiente, Juan Carlos Castro, afirmó que «los que viven en mi condominio perciben que salen más tranquilos a la calle». Por su parte, la presidenta Dina Boluarte declaró que “el Tren de Aragua está prácticamente desbaratado”. Estas declaraciones, que parecen desconectadas de la realidad que viven muchos ciudadanos y ciudadanas, son un claro ejemplo de «hablando huevadas» en la política. Hablar sin decir nada es una estrategia que permite a los políticos mantenerse en el poder sin rendir cuentas.

El «hablando huevadas» político puede manifestarse de varias maneras. Está el discurso salamero o sobón, como el del Ministro de Cultura, Fabricio Valencia, quien sostuvo que “en 14 mil años de presencia de la especie humana en esta parte del mundo, es la primera vez que una dama dirige el destino de los peruanos», o cuando la presidenta Boluarte afirmó que tenemos “un excelente Ministro del Interior” refiriéndose a Juan José Santivañez. También encontramos la retórica cínica, como la afirmación del Congresista de Renovación Popular, Alejandro Muñante, quien justificó su voto a favor de la eliminación de la detención preliminar diciendo que “mi error fue no leer las letras pequeñas”.

Además, está la retórica emocional, donde se apela a la unidad sin ofrecer soluciones concretas. “Nos corresponde a todos promover el diálogo y la unidad para consolidar el crecimiento económico del Perú”, declaró la presidenta al inicio del año. ¿Cuántas veces hemos escuchado «el Perú primero» o «vamos a salir adelante» mientras la corrupción sigue campante?

En tiempos de crisis, esta forma de comunicación se multiplica. Los políticos no hablan para resolver problemas, sino para evitar que la población exija soluciones. Un ejemplo claro es la declaración del Alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, quien afirmó: “estoy buscando la verdad de cómo se le ha robado al pueblo peruano los fondos que eran para ayuda social. Por ejemplo, Manuela Ramos, un caso concreto, le roba al pueblo más de 1 millón de dólares de los 1.4 millones que recibió”.

El problema no es solo de los políticos. Los ciudadanos también nos hemos acostumbrado a aceptar estas frases sin exigir contenido. Nos conformamos con discursos huecos y seguimos votando por quienes dominan este idioma de la evasión. ¿Cuántas veces hemos escuchado «esta vez será diferente» o «el cambio ya empezó» solo para encontrarnos con más de lo mismo?

A fin de cuentas, si la política sigue siendo un espacio donde se premia el «hablando huevadas», la democracia seguirá siendo un espectáculo vacío. Los ciudadanos, cansados de esta retórica, exigen más transparencia y responsabilidad de sus líderes, políticos y autoridades. Es hora de que los discursos políticos sean más que simples «huevadas» y reflejen un compromiso genuino con la solución de los problemas reales del país. Es hora de dejar de premiar a quienes solo saben decir “huevadas”.

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