Opinión

La última encuesta de Ipsos publicada en Perú 21, anticipa lo que va pasar con la centroderecha si no hace esfuerzos extraordinarios de aglutinamiento. Serán pigmeos electorales que sucumbirán a la mayor fuerza del fujimorismo, la izquierda y la derecha radicales.

En la encuesta de marras, aparecen De Soto con 3%, Carla García con 2%, George Forsyth con 2%, César Acuña con 2%, Alfredo Barnechea con 2%, Fernando Olivera con 2% y Rafael Belaunde con 2%. Y la lista sigue con una pléyade de candidatos con 1% que ya no son mencionados en la medición.

El fujimorismo tiene un bolsón electoral fijo de 12 o 13%; la izquierda radical deberá alcanzar otro tanto, y la derecha radical lo propio (López Aliaga será, al parecer, el candidato que despunte en el sector, aunque por allí aparece expectaticio, Carlos Álvarez y de alguna manera Phillip Butters).

Entre esos tres sectores estará definida la contienda electoral, si la centroderecha no hace su tarea principal: unirse en conglomerados partidarios que potencien sus virtudes. Por el momento, no hay, al parecer, intención alguna de emprender semejante tarea y cada uno apuesta por ir solo, a la expectativa de que la ruleta de la fortuna electoral que funciona en el Perú los termine por beneficiar faltando una o dos semanas para el proceso en las urnas.

Si a ello le sumamos la posibilidad de que alguien como Jean Ferrari, quien está inscrito en un partido, el administrador exitoso del club más popular del Perú, se lance a la arena electoral, la suerte de la centroderecha está echada. Hay que agregarle, adicionalmente, que ninguno de sus candidatos es precisamente un dechado de virtudes políticas: elocuencia, carisma, carácter disruptivo, etc.

No basta con emprender un trabajo interno concienzudo de preparación de planes de gobierno. Es importante, pero no decisivo, menos en un país donde la gente no vota por programas sino por liderazgos (aunque en esta encuesta el 22% señala que se fijarán en propuestas y políticas de gobierno, apenas superado por un punto por aspectos personales del candidato).

Tampoco basta con recorrer el país de cabo a rabo, tarea que algunos ya están emprendiendo con gran ahínco. Eso es relevante, la izquierda ya lo está haciendo, pero la única manera de marcar una diferencia pasará por armar alianzas o pactos diversos que eliminen la fragmentación y aglutinen activos políticos ya presentes en cada uno de ellos.

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[Música Maestro] De todas las danzas peruanas, la marinera es quizás la que mayor admiración despierta en el mundo, por su vistoso vestuario, su romántica simbología y su sonido señorial. Los pañuelos en el aire lanzan, como acertadamente dice la letra de un antiguo vals criollo (Embrujo, 1956, de Luis Abelardo Núñez Takahashi), hechizos que hipnotizan y conquistan a quienes tienen la suerte de ver una marinera bien bailada. Sea norteña o limeña –las variantes más conocidas, aunque también hay en otras regiones- la marinera ha conservado, en líneas generales, su personalidad y constituye, junto con sus primas hermanas el tondero y la zamacueca, un motivo de orgullo para todos los peruanos.

Como el pisco, el cebiche y el suspiro a la limeña, la marinera también fue, en algún momento, motivo de controversia entre peruanos y chilenos. Y, como en estos tres casos contemporáneos, el veredicto de la historia inclinó la balanza a nuestro favor: el romántico y elegante baile de pañuelos blancos, vestidos de encaje y enérgicos zapateos es peruano por sus cuatro costados. 

La marinera como tal, se conoce con ese nombre desde 1879, año en que se inició la Guerra del Pacífico, y fue bautizada así por el cronista Abelardo Gamarra Rondó (1852-1924), más conocido en los círculos literarios y periodísticos de ese entonces como “El Tunante”. Gamarra recuperó para nuestro país este espectacular baile de pareja que había comenzado a ser llamado “chilena” por los vecinos del sur, poco antes del infausto conflicto bélico que tanto daño nos ocasionó.

De forma similar a tantas otras manifestaciones culturales del Perú, el origen de la marinera no está del todo establecido ni correctamente registrado, aunque queda claro que se trata de una más de las pruebas del intenso mestizaje que ha marcado nuestra vida como nación. Con todas las fallas que tenemos como país, parafraseando al entrañable humorista y escritor Nicolás Yerovi (1951-2025), fallecido hace unos días, uno se sorprende de que, a pesar de todas nuestras desdichas, con gestiones políticas desastrosas que desprecian la cultura y la decencia, aun haya personas que aprecien la intrínseca belleza de la marinera. 

Desde España, el fandango; los ritmos negros del África; y el folklore de raigambre andina fueron fusionándose y, en el caso de la marinera, refinándose con la práctica, hasta alcanzar el formato que hoy muchos conocen y admiran. Y, a pesar de no contar con registros fidedignos acerca de cómo se bailaba la marinera a finales del siglo XIX, no hace falta ser un experto en el tema para imaginar que no se vería como las coreografías grupales y disforzadas que vemos, desde hace algunos años, en las últimas ediciones del famoso Concurso Nacional de Marinera o en espectáculos diseñados para turistas que se presentan en locales como el restaurante y asociación cultural Brisas del Titicaca o su clon barranquino, La Candelaria.

La marinera está relacionada, por supuesto, al tondero piurano, un baile de campo, más rústico que la sofisticada danza que hoy nos ocupa. También hace uso de pañuelos y sombreros de paja, pero la vestimenta es mucho más sencilla, pueblerina, y tanto el hombre como la mujer bailan descalzos. Cecilia Barraza, una de las artistas de música criolla más conocidas, hizo suya la interpretación de tonderos clásicos como La apañadora (Alicia Maguiña), El forastero (Rafael Otero López), entre otros.

De lo que no cabe duda es que la marinera es una evolución de la zamacueca, baile de la costa de Lima que comenzó a practicarse en tiempos coloniales y que también es la base de otros géneros de música y danza sudamericanos como la cueca chilena y la zamba -así, con “z”, no como la samba brasileña, con “s”- argentina, con muchas similitudes en estructura rítmica entre ellas. 

El extraño nombre –zamacueca- es la unión de dos términos, “zamba” y “clueca” o “culeca”, porque en sus primeras formas, la bailarina simulaba los andares de las gallinas después de poner un huevo, sosteniendo la falda con ambas manos, movimiento que se mantiene en la marinera actual. La zamacueca se sigue bailando hoy, identificada con el acervo folklórico afroperuano, mientras que la marinera resultante se bifurcó en diversas vertientes, de las cuales dos se han mantenido como las más populares tanto nacional como internacionalmente: la limeña y la norteña. 

“Guitarra llama a cajón / cajón a la voz primera / escuchen con atención… / ¡Aquí está marinera!” proclamaba el folclorista afroperuano Nicomedes Santa Cruz (1925-1992) en la primera cuarteta de su décima de pie forzado Aquí está la marinera, escrita entre 1968 y 1970. En esta ingeniosa poesía, el recordado don Nico nos enseña la secuencia que debe seguir una pareja para bailar la marinera de manera correcta. Pero no se refiere a la norteña, la más conocida, sino a la “peruana… de Lima”, como aclara el prolífico compositor y musicólogo negro, a manera de introducción a la magistral interpretación de un tradicional canto de jarana, junto al guitarrista Vicente Vásquez, en la tercera edición de su famoso LP Cumanana (1974). 

Nicomedes Santa Cruz es, probablemente, el artista que dejó más grabaciones de marinera limeña respetando su tradición y estructura originales, como podemos apreciar en temas como Mándame quitar la vida, Soy la redondez del mundo o los estudios de marineras limeñas en notas mayores y menores que figuran en otro de sus álbumes emblemáticos, Socabón (1970).

La marinera limeña se caracteriza por su cadencia acompasada, su porte sobrio e instrumentación –guitarras, cajones y palmas- que remite a la forma en que se tocaba la zamacueca, con las guitarras, laúdes y palmas españolas del fandango. El coqueteo entre los bailarines es sutil y señorial, con el hombre generalmente vestido de frac negro y la mujer con elegantes vestidos blancos, azules, verdes o granates. Ambos usan zapatos y alzan sus pañuelos al aire en cada evolución, giro y contoneo. 

Hay muchas marineras limeñas, con coplas que se repiten indistintamente en canciones diferentes –estrofas, cantos de jarana y fórmulas o palabras claves, conocidas también como “llamadas”, que sirven para identificarlas. Un buen ejemplo de marinera limeña lo encontramos en la fuga de la clásica composición de Chabuca Granda, José Antonio, escrita en 1957 y dedicada a don José Antonio de Lavalle y García, un criador de caballos peruanos de paso que era amigo personal de la recordada cantautora. 

Alicia Maguiña fue la otra gran investigadora de este género nacional, con recopilaciones de cantos de jarana que le aprendió a artistas populares como el legendario cantor Manuel “Canario Negro” Quintana (1880-1959), a quien inclusive protegió hasta su muerte. Asimismo, era común verla en medio de los hermanos Elías y Augusto Ascuez (1895-1967 y 1892-1985, respectivamente), o bailando marineras limeñas, pañuelo blanco en alto, al lado de personalidades del criollismo más auténtico como Bartola Sancho Dávila (1883-1967) o Valentina Barrionuevo, “La Valentina de Oro” (1908-1984) en aquellas históricas jaranas “de padre y señor mío” realizadas en la cuadra 3 del Jr. Luna Pizarro, en La Victoria, el famoso “Callejón del Buque”.

A pesar de que la marinera llegó al norte desde Lima, es esta modalidad la que ha dado la vuelta al mundo por ser más visual y vertiginosa que la limeña. La marinera norteña destaca por su naturaleza más enérgica, aunque sin perder la elegancia y el garbo en su ejecución. Los bailarines pasan del cortejo sutil y elegante al zapateo frenético y ágil, siguiendo una estructura fija –que también rige para la limeña- de dos estrofas (“no hay primera sin segunda”) y la fuga o resbalosa, en la que el ritmo se aligera hasta llegar a un estado climático en que la pareja termina en perfecta sincronización con la música.

Las regiones de La Libertad, Lambayeque y Piura son el epicentro de la práctica de la marinera norteña, en especial las capitales de las dos primeras, Trujillo y Chiclayo, con un cancionero amplio de marineras dedicadas a estas ciudades del norte peruano, antes conocidas por su amabilidad y lamentablemente tomadas hoy por la corrupción política y la delincuencia. Así baila mi trujillana, del compositor trujillano Juan Benites Reyes, es probablemente la melodía más representativa, infaltable en todas las ediciones del Concurso Nacional de Marinera, un tradicional evento anual que se celebrará este año del 27 de enero al 2 de febrero, en su edición número 65. 

El bailarín de marinera se caracteriza por su traje de chalán –camisa y pantalón de lino blanco, sombrero de paja de ala ancha, cinturón grueso, zapatos negros- y su pareja, por sus hermosos vestidos de encaje en la parte alta y enormes faldas que ella levanta y despliega con elegancia y mucho arte. El pelo recogido con finas peinetas y tembleques, el maquillaje, los aretes de filigrana conocidos como “dormilonas” y otros accesorios -los escapularios y detentes, las flores-, completan un atuendo femenino que cautiva al público. Los rostros siempre sonrientes y las expresiones de fina coquetería abundan, así como los desplazamientos circulares y zapateos que simulan al caballo peruano de paso. Un detalle adicional: en la marinera norteña ella baila, a veces, sin zapatos. Como en el tondero.

La instrumentación tradicional de la marinera incluye voces, guitarras, cajones y palmas pero, desde hace ya varias décadas, se ha impuesto la interpretación de marineras norteñas con banda de música, ensambles a los que generalmente vemos tocando himnos y marchas de guerra. El repique de tarolas marca siempre el inicio de cada tema y la resonancia profunda de trombones, trompetas y tubas realza cada una de las canciones, definiendo la línea melódica y reemplazando a la voz humana. En las décadas de los setenta y ochenta se grabaron emblemáticos discos de marineras instrumentales. Los de la Banda de la Guardia Republicana, la Banda Santa Lucía de Moche y la Banda San Miguel de Piura son los más conocidos, grabados durante la década de los años setenta, en pleno auge nacionalista.

Una de las variantes más espectaculares de la marinera es aquella en la que el bailarín es reemplazado por un chalán quien, montado en un caballo peruano de paso, lo hace bailar con la mujer que gira y zapatea frente al hermoso animal, adornado con cintas y escarapelas con los colores de nuestra bandera. En la inauguración de los Juegos Panamericanos Lima 2019, que pasó de ser el evento más comentado como orgullo de la peruanidad frente al mundo a ser intencionalmente desaparecido de la memoria colectiva local por haberse realizado durante la gestión presidencial de Martín Vizcarra, se incluyó un segmento en que se lució esta forma de presentar la marinera. 

Otra versión, más moderna, es la que se baila en grupo, una modificación que los más puristas no aceptan del todo, ya que la marinera es esencialmente un baile de pareja. Se trata de unas coreografías planificadas con extremado cálculo y disfuerzo, ideales para restaurantes turísticos y para acercarlas a públicos de gustos homogéneos, que siguen la estética de los musicales de Broadway o las puestas en escena de música irlandesa, muy de moda en el mundo globalizado, pero que tiende a desnaturalizar las estampas auténticas de la romántica interacción individual que caracterizan a la marinera.

Todos los años, desde 1960, se realiza el Concurso Nacional de Marinera, en el que cientos de parejas de distintas edades compiten frente a jurados especializados. Aunque comenzó con mucho apoyo, en la actualidad el concurso tiene serios detractores que cuestionan la rigurosidad de los criterios de evaluación, algunos estilos de baile e incluso los resultados. Existen también denuncias de favoritismos, premios amañados y hasta boicots entre participantes. Por tercer año consecutivo, a raíz de diversos problemas de permisos no concedidos por un alcalde de Trujillo hoy vacado, el certamen se realizará en el Callao y no en la emblemática capital de La Libertad, hoy tomada por la delincuencia. No es que en el Callao o en Lima las cosas sean mejores o más seguras pero bueno, es lo que hay.

El concurso dura toda una semana, pero la atención se concentra en la gran final. Durante ocho horas, las parejas finalistas compiten para obtener los preciados primeros lugares, en una actividad que une a la comunidad de la marinera -familias, academias, personajes notables, profesores, campeones de ediciones pasadas- y también al público en general que interactúa con sus pancartas y matracas mientras disfrutan de conocidas melodías como La concheperla (Abelardo Gamarra/José Alvarado “Alvaradito”, 1892), El turrón (Juan Requena Castro), Así baila mi trujillana (Juan Benites Reyes, 1981), Que viva Chiclayo (Luis Abelardo Núñez, 1947), Sacachispas (Luis Abelardo Núñez, 1955), San Miguel de Piura (Artidoro Obando García, 1911), El sueño de Pochi (José Escajadillo), y muchas otras, no tan conocidas.

Las categorías regulares del Concurso Nacional de Marinera son: Preinfantes, Infantes, Infantiles, Noveles, Junior, Juveniles, Adultos, Master. Y las categorías especiales: De la Unidad, de Oro, Campeón de Campeones. Las parejas se preparan durante todo el año ensayando, mandando a hacer sus trajes y cuadrando sus coreografías para dar lo mejor de sí en cada etapa del concurso. Cada año, miles de personas se congregan para ver a los mejores. Algunos de ellos llegan de otras ciudades del mundo. 

La marinera ha llegado al siglo XXI como uno de los más importantes símbolos de identidad nacional. En toda la zona del norte peruano, la marinera sigue cultivándose entre niños y niñas, quienes la aprenden a bailar desde el colegio: “Yo bailo marinera desde los 9 años. Todos mis compañeros de clase bailan marinera. No todos han estado en clases de academia, pero el colegio incluía dos horas de baile en la semana”, nos cuenta una joven trujillana de la generación millenial, pero que ha desarrollado amor, identificación y respeto por esta linda danza nacional. “¡Bailar marinera me encanta!”, nos dice.

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Marinera, Música peruana, Música popular, Perú, Tondero, Zamacueca

[La columna deca(n)dente] Por décadas, Juan Luis Cipriani, figura destacadísima del Opus Dei y exarzobispo de Lima, fue presentado por sectores conservadores como un bastión de valores y principios. Para estos grupos, cuya expresión política se ha materializado en partidos de derecha y ultraderecha, como Renovación Popular, Cipriani representaba la «reserva moral», un faro ético en medio de las turbulencias políticas y sociales. Sin embargo, una mirada crítica revela que este discurso no solo fue falaz, sino también profundamente perjudicial para la salud democrática y ética del país.

El respaldo de Cipriani al régimen de Alberto Fujimori marcó un punto de inflexión en la relación entre Iglesia y política en el Perú. Durante los años noventa, mientras el fujimorismo consolidaba su control autoritario mediante mecanismos de corrupción, clientelismo y violaciones de derechos humanos, Cipriani se posicionó como un aliado estratégico. Su silencio frente a casos como las desapariciones o ejecuciones extrajudiciales en Ayacucho durante el conflicto armado interno, y su crítica constante a las organizaciones de derechos humanos, reflejan una subordinación de los valores éticos al poder político. Esta cercanía no puede interpretarse como neutralidad o mediación, sino como una forma de legitimación moral del gobierno fujimorista, que atentaba contra los principios democráticos.

Las denuncias de abuso sexual contra Cipriani y las sanciones impuestas por el Vaticano han destapado una crisis de legitimidad, no solo para él, sino también para los sectores que lo presentaron como un símbolo ético. Aunque Cipriani niega las acusaciones, las medidas disciplinarias de la Santa Sede confirman la seriedad de los señalamientos en su contra. Este desenlace ha expuesto la fragilidad del discurso conservador que lo erigió como «reserva moral», evidenciando que los valores que decía representar eran, en el mejor de los casos, selectivos y convenientes.

Resulta revelador que los partidos de derecha y ultraderecha hayan adoptado a Cipriani como su referente moral, mientras promovían agendas políticas basadas en el autoritarismo, la exclusión y el desprecio por los derechos fundamentales. Este fenómeno no es exclusivo del Perú; en América Latina, las alianzas entre sectores religiosos conservadores y fuerzas políticas reaccionarias han sido una constante, reforzando estructuras de poder que perpetúan desigualdades. Cipriani, lejos de ser un faro moral, fue una herramienta de estas agendas, un símbolo utilizado para justificar políticas que, en muchos casos, contradecían los principios éticos más básicos.

La figura de Cipriani como «reserva moral» fue, en esencia, una construcción política más que una realidad ética. Su legado es un recordatorio de los riesgos de mezclar religión y política, de convertir a líderes eclesiásticos en figuras intocables y de permitir que intereses políticos se disfracen de valores morales.

Para los católicos, las sanciones contra Cipriani han sido un golpe devastador a la confianza en sus líderes religiosos. Para la opinión pública, su caída representa una oportunidad para reflexionar sobre la necesidad de construir referentes éticos que no dependan de alianzas con el poder, sino de un compromiso genuino con la justicia, la verdad y los derechos humanos. En última instancia, la lección que deja el caso Cipriani es clara: la moralidad no puede ser monopolizada por una ideología ni instrumentalizada por intereses políticos. Solo cuando se pone al servicio de toda la sociedad, y no de unos pocos, puede aspirar a ser verdaderamente legítima.

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En la última encuesta de Ipsos publicada en Perú21, de la izquierda aparecen Aníbal Torres con 3% de intención de voto, seguido de Verónika Mendoza con 2%, habiéndose excluido a Antauro Humala de la encuesta por estar inhabilitado por el Poder Judicial.

Seguramente, si el líder etnocacerista apareciese en la boleta, tendría un número bastante mayor que el conseguido por sus pares de izquierda. En general, el escenario social está dado para que alguna fuerza antisistema aparezca en el firmamento y allí la izquierda parte con ventaja respecto de la derecha por su mayor beligerancia a propósito del régimen de Dina Boluarte.

Lo cierto, sin embargo, es que sería tremendamente injusto que la izquierda ocupe un papel protagónico en esta elección venidera. Tremenda responsabilidad histórica tiene en su haber como para aspirar a que el furor antiestablishment de la ciudadanía termine encaramando a algún candidato de sus filas, a despecho de su proceder en los últimos lustros.

Primera gran responsabilidad: haber desmontado el sistema proinversión y promercado que reinó durante los gobiernos de Toledo y García, que explican el gran crecimiento económico, y la reducción pasmosa de la pobreza y de las desigualdades. La izquierda afincada con Humala, ralentizó el crecimiento económico, rebajando la categoría del Perú en materia de competitividad y de libertades económicas. Millones de pobres le deben su situación a la actuación económica de la izquierda.

Segunda gran responsabilidad: haber apoyado incondicionalmente al desastre absoluto del gobierno de Pedro Castillo. Le prestó sus votos y sus cuadros técnicos para ejercer el peor gobierno de nuestra historia republicana. Gran parte de la crisis económica de los últimos tiempos se debe no solo a la pandemia sino también a esa gestión funesta del Atila chotano apoyado por la izquierda que hoy se pretende reciclar, lamentablemente con más fortuna de la que merecería.

Esos dos factores bastarían para que la izquierda desaparezca de la escena electoral, pero el desastre de Dina Boluarte le ha devuelto la vida. Será cuestión de ahondar la memoria histórica reciente para que el país castigue severamente a los grandes responsables del desastre que hoy vivimos.

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izquierda peruana, Pedro Castillo

Por : Pedro Salinas

En mi último libro “Sin noticias de dios” (Autopublicación, 2022), hay varias subtramas que no se conectan, necesariamente, de forma directa con el Caso Sodalicio, pero que no dejan de ser reveladoras. Una de ellas tiene que ver con una historia criminal que atañe a un jerarca de la iglesia peruana. Si tienen un tiempo en esta holgada semana santa, les dejo algunos extractos para la ocasión. La historia completa se encuentra a partir de la página 543:

(…)

Luego de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados, Pao y yo recibimos incontables llamadas, correos electrónicos, whatsapps, mensajes por el inbox del Facebook, y hasta cartas físicas sobre casos de abusos sexuales perpetrados por religiosos de no pocas organizaciones católicas, y también de curas diocesanos de diferentes parroquias. Solamente atinábamos a decir: «Lo siento mucho. Estamos enfocados en el Caso Sodalicio». Porque era la verdad. No había forma material ni tiempo para investigar lo que pasaba en otras congregaciones católicas.

Sí es verdad que hubo un caso que me interesó sobremanera, pues tenía que ver con una autoridad eclesiástica. El caso me lo habían adelantado dos personas, MC y G, que (…) tenían la versión de primera mano. Esta información llegó a mí entre el 2016 y el 2017. A través de ambos quise contactar a la presunta víctima, pero en ningún caso quería conversar con el autor de estas líneas. Y ahí lo dejé.

Hasta que, hacia fines de junio del 2018, una amiga, «Rosa de Lima» (nombre falso) lo convenció de hablar conmigo, y me lo derivó. Esta persona -a quien conocía, cosas del azar, desde que teníamos edad escolar y con quien teníamos no pocos amigos en común, porque Lima es así, un pañuelo-, finalmente se decidió a contactarme. Había visto la película El Bosque de Karadima, de Matías Lira, y eso cambió todo para él. «Rosa de Lima» me había escrito por el WhatsApp.

—Tengo que preguntarte algo, Pedro. ¿Alguna vez te llegó alguna denuncia sexual contra el obispo «Camilo» (nombre falso)? Es importante. Estoy ayudando a una víctima y esa información es clave

—Sé que existe por lo menos una supuesta víctima de «Camilo». Dos personas distintas me contactaron para ver cómo ayudarlo. Hasta donde sé, nunca lo denunció. Lo conozco desde que era un chiquillo y ambos estábamos en el colegio. Pero no quiere hablar conmigo ni por joder.

—¿Te puedo llamar?

—Sí, claro.

En la comunicación telefónica, constatamos que hablábamos de la misma persona. Fue ella, «Rosa de Lima», quien me contó el impacto que le causó la película sobre Karadima. Que conocía a su familia y que le extrañó mucho cuando la llamó, hasta que le contó parte de lo que había vivido. Le dije entonces que lo persuada de ponerlo todo por escrito y que, a través de nuestros amigos chilenos, en particular Juan Carlos Cruz (…), podíamos tratar de llegar al «hombre de blanco». Eso de hablar como espías del Mossad, era una exótica y huachafosa costumbre gremial, que saltaba automáticamente en este tipo de conversaciones, cada vez que se compartía información sensible.

Le dije también que no le prometía nada, pero que ese podía ser el camino más expeditivo. Por lo menos más expeditivo que el de una denuncia ante el peripatético Tribunal Eclesiástico, donde, además, probablemente se truncase el asunto. Por razones obvias. «Camilo» era un pez gordo. Y ya sabíamos cómo se comportaban algunos jerarcas de la curia cuando el escándalo asomaba la cabeza.

«David», como bautizaré a la víctima, se decidió a hacerlo, confiando ciegamente en «Rosa de Lima», en Juan Carlos Cruz y en mí, por lo que procedió a sentarse frente a su ordenador un 5 de julio del 2018 para escribir su testimonio. Luego de leerlo y releerlo varias veces, se lo envió a «Rosa de Lima» para que lo revise. Al día siguiente, finalmente, «David» me escribió por el WhatsApp para reunirnos.

Casi en paralelo me estaba comunicando con Juan Carlos Cruz. Le conté todo en una videollamada que duró más de cinco minutos, como adivinarán, porque Juan Carlos no dejaba de hacerme preguntas e interrumpirme para conocer más detalles y calibrar bien la gravedad de lo que había ocurrido con «David». Luego de media hora de examinar el asunto, me explicó cómo procederíamos en el hipotético caso de que «David» se atreviese a dar el paso para denunciar a monseñor «Camilo».

Y después cambiamos de tema para ponernos al día. Le conté lo de la obra de teatro. Me dijo que estaba yendo de vacaciones a Santiago hacia mediados de julio y me soltó, como jugando, que le provocaría darse un salto por Lima. Lo convencí de que lo haga y de que, con él acá, podíamos hacer un foro con el equipo de La Plaza después de ver San Bartolo. La idea le fascinó. Ese compromiso y generosidad se harían reiterativos en más de una oportunidad. Juan Carlos sentía el Caso Sodalicio como propio. Y lo demostraría una y mil veces, incondicionalmente.

Al comunicarme nuevamente con él, le dije que todo iba viento en popa. Que en La Plaza estaban más que entusiasmados con su presencia en la obra. Que apenas me ratificara la fecha, le iba a organizar entrevistas con medios nacionales (…) A las dos horas me escribió para confirmarme que vendría, y yo, por mi parte, le comenté que «David» había decidido dar el paso.

En el interregno, hubo una catarata de correos electrónicos. Primero entre “David” y mi amiga, luego entre ella y yo, y finalmente con Cruz Chellew. El objetivo era afinar la carta de «David» que debía llegar a manos del papa. La carta, finalmente, salió de mi bandeja el 9 de julio.

Estimado Juan Carlos,

Con cargo a entregarte la carta física la próxima semana que nos veamos en Lima, te adjunto la carta de «David» dirigida al papa Francisco. Se trata de una denuncia gravísima que acusa al obispo «Camilo» de abuso a un menor de edad. El hecho ocurrió hace treinta y cinco años, pero la víctima recién se atreve a denunciar, como suele suceder en muchísimos casos de víctimas abusadas por clérigos católicos. Como podrás inferir, hemos podido hacer pública la denuncia a través de los medios de comunicación, provocando un terremoto de proporciones inimaginables, como hicimos anteriormente con el Caso Sodalicio, pero la víctima quiere que su denuncia llegue con sigilo al papa. Y estamos respetando su decisión. Espero que, a través tuyo, podamos materializar el deseo de la víctima, porque de otra forma, vía el Tribunal Eclesiástico, no hay manera de que suceda algo.

Te mando un fuerte abrazo, y agradecemos desde ya tu gestión ante el santo padre, con el deseo de que se haga justicia.

La respuesta de Juan Carlos no se hizo esperar. Ese mismo día, escribió: «Querido Pedro, ya se la envié al contacto que me dio el Papa para estas cosas, y con tu texto. Te aviso apenas sepa algo. Pero qué horror lo que relata en su carta. Qué valiente que es “David”. Abrazos».

Ese día también le escribí a «Rosa de Lima», cuya intervención fue determinante en esta historia: «Ya llegó la denuncia al contacto del “amigo chileno”. Ahora a esperar».

La carta, dirigida al papa Francisco, comenzaba diciendo: «Con mucho respeto, y algo de temor, quiero contarle una experiencia adolescente de abuso sexual que he guardado por años entre un grupo muy pequeño de amigos y familiares». La descripción de lo sucedido estaba contenida en tres folios. Al leer el inquietante y estremecedor texto me di cuenta por qué le había impactado tanto la película sobre Karadima.

El abuso se perpetraba durante el sacramento de la confesión Esta era semanal o quincenal. Pero él fue su único confesor durante unos cinco meses, aproximadamente, cuando «David» apenas era un muchachito imberbe, menor de edad. Una vez que el depredador se ganó su absoluta confianza, lo conminaba a arrodillarse frente a él, entre sus piernas, sin confesionario de por medio. Y ahí fue cuando el agresor con sotana comenzó a hacer de las suyas, poco a poco, gradualmente, acercándose cada vez más, aprovechándose de la situación de dominio sobre el inocente chiquillo que carecía de una figura paterna.

Hasta que un día, que acercó su boca a la suya para besarlo, la sensación de incomodidad fue demasiado fuerte -y ojo que las situaciones de acoso sexual, reiteradas y sistemáticas, narradas en la esquela, son notorias a lo largo del testimonio desarrollado en la copiosa carta-. Ese instante, en el que «David» se sintió fastidiado y súbitamente irritado, en el que sus sistemas de alerta le avisaron que algo raro estaba ocurriendo, fue decisivo. Algo en ese sacerdote no estaba bien y, pese a su vulnerabilidad e ingenuidad, logró percibir el mal.

Las situaciones de abuso eran claras e incontrastables. La carta al papa remataba así:

Esta historia ha permanecido en secreto por años (…) (Como consecuencia de todo ello), me alejé por completo de la fe y de los sacramentos. No quise confesarme más (…) Ver la película “El bosque de Karadima” gatilló en mí muchos recuerdos dolorosos. Me gustaría recuperar mi fe. Me hace mucha falta, y siento mucha tristeza (…) No quiero hacerle daño a la Iglesia (…) La razón de esta carta es muy sencilla. Creo que Usted debe conocer estos hechos. He visto con sana envidia lo que está sucediendo en Chile y pensé que esta era la oportunidad de darle a conocer esta historia. No hay ninguna posibilidad de sanción penal (todo prescribió hace años). Tampoco busco un juicio eclesiástico, y mucho menos una reparación económica. Me hubiera gustado una disculpa, pero esa debió darse hace más de treinta años. Lo único que quiero es que Usted sepa la verdad, y que la tenga en cuenta.

La conmovedora y contundente misiva terminaba con la firma de «David» y su número telefónico.

***

(…)

(El 20 de julio), llegamos a La Mula donde nos esperaba Rolando Toledo y su equipo de producción. Las cámaras estaban en sus sitios y los micros puestos sobre la mesa. Juan Carlos vestía una impecable chompa azul y una camisa a cuadros, y lucía un porte aristocrático, mientras que el entrevistador, este servidor, o sea, exhibía unas ojeras de zombi, la mirada líquida, y una panza que parecía un bombo. Desde que llegué no dejé de tomar café y agua debido a la espantosa resaca que tenía.

Rolando se había encargado de convocar a varios periodistas para que participen con preguntas hacia el final. Juan Carlos, quien es un magnífico y eficaz comunicador, hizo un repaso sumamente didáctico y ágil de lo que había pasado en Chile durante los últimos ocho años. Habló de sus amigos y colegas de lucha, Jimmy Hamilton y Jose Murillo. De su visita a Roma para conversar con el papa Francisco. Del Caso Sodalicio. De San Bartolo, a la que calificó como «una joya del teatro peruano».

Antes de la conversación, todo hay que decirlo, le pregunté si le parecía que debíamos abordar la denuncia que involucraba a monseñor «Camilo», solamente de refilón, sin dar nombres ni nada. «No lo sé, se lo deslicé a El Comercio, pero hoy no publicó nada de eso». Efectivamente, el día anterior ya se lo había soltado a la periodista del decano, de una manera sutil pero clara. Lamentablemente, la periodista simplemente no la vio, se le pasó lo más importante de sus declaraciones. O, quizás, su editor prefirió omitir esa parte. Nunca lo sabré. «Dejémoslo ahí nomás. Hagamos que la entrevista fluya, y punto», le dije. Y así fue.

Pero a la hora de la rueda de prensa, hacia el final de la Mesa Mulera (así le decíamos a las entrevistas en La Mula), aprovechando una pregunta de un periodista del diario Correo, se mandó con todo: «Yo sé de un obispo peruano que tiene una denuncia bastante grave. Se trata de alguien de la jerarquía». La resaca se me fue del todo en ese momento, y solo atiné a decir, siguiéndole la cuerda: «Eso sonó fuerte». Y sin poder contenerme, volví a meter mi cuchara, interrumpiendo al periodista de Correo y al propio Juan Carlos, para preguntar:

—¿Y esa información la tiene el papa?

—Puede ser -me dijo, tras unos segundos sin responder, con una mirada cómplice y un tono misterioso que sonó a un sí.

—¡Guau! -acoté, y solo volví a intervenir para despedir el programa.

Esa explosiva revelación de Juan Carlos, que era como para un titular de primera página, insólita e inexplicablemente, no fue rebotada por ninguno de los medios que asistieron a La Mula. No obstante, por lo que supimos luego, sí agitó el cotarro en el gremio episcopal. Y de qué manera.

Su última entrevista, ese mismo viernes por la noche, fue en Canal N , con Mijael Garrido-Lecca. En silencio, sentado en una silla, a unos metros del set, estaba escuchando el diálogo entre Mijael y Juan Carlos, quien hablaba con ímpetu, cuando de pronto, y sin aviso, soltó una frase que sonó como un disparo: «Sé que hay una denuncia grave contra un jerarca de la Iglesia peruana».

***

(…)

En la columna diaria de Augusto Álvarez Rodrich, del 7 de agosto, el periodista de La República, quien fue uno de los que siguió el Caso Sodalicio desde sus inicios, hubo una alusión a la visita de Juan Carlos Cruz. Fue el único que advirtió la gravedad de la denuncia que había deslizado en La Mula y en Canal N, y que fue invisibilizada por los medios, ya sea por falta de atención o por lo que sea.

Se debe dilucidar a quién se refirió el chileno Juan Carlos Cruz en su paso por Lima cuando a unos periodistas distraídos les dijo que «un miembro importante del episcopado peruano tiene una grave denuncia ante el Vaticano».

Entre tanto, el 17 de agosto, en las páginas de La República, el presidente de la Conferencia Episcopal, Miguel Cabrejos, respondió a los cuestionamientos que hice en una de mis columnas y en otros medios sobre las débiles respuestas de los obispos peruanos. Monseñor Cabrejos se defendió señalando que nunca se callaron ni ocultaron nada. Y para demostrarlo, le mostró a La República ocho documentos, entre comunicados y notas de prensa que emitieron entre los años 2015 y 2017. También informes que enviaron a la Santa Sede. «Yo no voy a responder a las personas. Simplemente quiero decir una gran verdad: que la Conferencia Episcopal nunca ocultó nada. Todo esto demuestra que sí hemos hecho», dijo Cabrejos.

Era una verdad a medias, si me preguntan. A lo largo de esta crónica, los lectores podrán juzgar qué tan firme fue la actuación de la iglesia peruana en el Caso Sodalicio. Más todavía. Hasta ese momento, mediados de agosto del 2018, a casi tres años del destape, los obispos no se habían reunido con las víctimas de la organización sectaria creada por Figari.

Por último, dos días antes, el 15 de agosto, se dio a conocer públicamente la denuncia presentada por el arzobispo sodálite José Antonio Eguren contra mí por «difamación agravada», exigiendo una reparación de doscientos mil soles, el equivalente a más de sesenta mil dólares, y una pena de tres años de prisión, acusando una «campaña de desprestigio en su contra». Sobre eso, Cabrejos no dijo nada.

El 18 de septiembre, desde Berlín, Alemania, el cardenal Pedro Barreto volvió a referirse a la situación del fundador del Sodalitium, a quien calificó nuevamente de «perverso». El príncipe de la iglesia indicó que el proceso eclesiástico en su contra ha estado marcado por la «lentitud». Esto se lo dijo a la agencia alemana DW.

El día anterior, 17 de septiembre por la mañana, tuvo una audiencia privada con el papa Francisco nada menos que el arzobispo sodálite José Antonio Eguren, miembro del denominado «núcleo fundacional» del Sodalitium. ¿El motivo de la reunión? No trascendió a los medios. No obstante, en ese momento Juan Carlos Cruz no solo tenía una relación personal y directa con el pontífice argentino, sino con otras autoridades vaticanas del entorno de Jorge Mario Bergoglio. Ergo, pudimos enterarnos de algunas cosas.

Eguren, según estas fuentes vaticanas, habría pretendido solicitarle al papa una suerte de certificado o documento que evidenciara que él no tenía ninguna acusación o señalamiento o proceso eclesiástico o denuncia o algo por el estilo en el Vaticano. El papa Francisco, de muy buenas maneras, le dio a entender que no era costumbre expedir «hojas de buena conducta» a nadie, y que si tenía la conciencia tranquila no tenía que preocuparse de nada. O algo así.

De acuerdo con otra fuente eclesiástica, contactada en Lima, se había esparcido el rumor entre los purpurados peruanos de que aquella autoridad jerárquica a la que se refirió Juan Carlos Cruz en Lima era Eguren.

—¡Pero no es él! Créame que no se refirió a él -le dije a mi fuente con solideo, defendiendo a mi querellante, atropellándome con mis palabras.

—Yo lo sé. ¿Quién cree usted que ha sido el autor del chisme?

—No lo sé, pero me parecería torpe por parte de Eguren irse hasta Roma para decirle al papa: «Por si acaso, no soy yo». Es más. Eso hasta lo haría sospechoso ante el propio Francisco, ¿no le parece?

—Pienso igual que usted. Pero quien deslizó el rumor, le cuento, fue monseñor «Camilo».

—¡¿En serio?! Esto ya parece salido de una película sobre el medioevo, en la que los cardenales guardaban cicuta en sus anillos. Estaba casi seguro de que eran amigos.

—En esta historia se están jugando muchas cosas, y la amistad es lo último que importa.

—Guau. Qué fuerte. Este «Camilo» es realmente una serpiente. ¿Y es verdad que uno de los motivos principales del viaje de Eguren a Roma ha sido para pedir algo así como una especie de «certificado de buena conducta»?

—Es cierto. Pero yo no le he dicho nada a usted, por si acaso…

—No se preocupe. Lo tengo claro… ¿Y le dieron algo?

—No.

Al día siguiente recibí una llamada rarísima a mi celular. Me contactó «Ludovico», un periodista medio ahuevado, de escaso humor, con quien había trabajado en mis pininos televisivos. Luego dirigió un diario de corte conservador. Y era tío carnal de un talentoso editor y escritor que trabajaba en Planeta. Ah, y algo no menos importante, era muy cercano a «Camilo».

Me pilló en la oficina, a la hora de mi primer café. Muy afectuosamente, me felicitó -tres años después- por la investigación periodística sobre el Caso Sodalicio, por los premios que habíamos ganado con Pao, por la obra de teatro, y así, sin aterrizar sobre nada. Me dio la impresión de que su voz había envejecido. Después se puso a formular preguntas inocuas, o quizás no lo eran tanto. ¿Cómo estás? ¿En qué andas ahora? ¿Qué otros proyectos tienes entre manos? ¿Qué nuevas revelaciones piensas sacar a la luz? Y cosas por el estilo.

Pasado un buen rato, en el que, pacientemente, me la pasé siguiéndole la cuerda, lo corté afablemente, para precisarlo un poquito:

—Bueno, «Ludovico», y ahora que ya te puse al día sobre mí, cuéntame: ¿Cuál es el verdadero motivo de tu llamada?

—Jajaja. Siempre directo, ¿no? No has cambiado mucho desde aquella vez que hicimos televisión. Jajaja. Sí, bueno, mira, esteee, lo que pasa es que tenía mucha curiosidad sobre los comentarios que hizo el comunicador chileno en la entrevista que le hiciste…

—Pregúntame lo que quieras, «Ludovico». Con confianza.

—Gracias, Pedro. Sí, mira, en algún momento dijo algo así como que sabía o que tenía información de una denuncia sobre una autoridad eclesiástica peruana…

—Sí, recuerdo que dijo eso. Fuerte, ¿no?

—¿Sabes de quién se trata?

—No dijo su nombre. Se lo comentó a un periodista de Correo, no a mí.

—¿Pero te lo dijo a ti en privado? ¿O se lo preguntaste luego?

—Lo que sé es que el papa está al tanto.

—¿Y la denuncia sobre qué es?

—Dijo que sobre algo «bastante grave».

—¿Sabes si era sobre algo de índole sexual?

—Me dio la impresión de que a eso se refería, ¿no?

—Bueno, Pedro, no te quiero robar más tu valioso tiempo. Ha sido un gusto hablar contigo después de tiempo, saber de ti, y nada, hace rato que quería felicitarte por tus logros periodísticos.

—Gracias, querido «Ludovico», eres muy amable. Te mando un abrazo.

—Otro para ti. Nos vemos, chau.

***

(…)

Con quien hablé luego fue con Juan Carlos Cruz:

—Tengo noticias sobre “Camilo”. Cuando puedas, coméntale a “David” lo siguiente: cuando “Camilo” cumpla años, tendrá que renunciar formalmente a su condición porque así lo establecen las normas eclesiásticas. Luego de ello, el papa lo dejará como obispo por un rato, pero no por mucho rato. Para (la fiesta de) Reyes (entre el 5 y 6 de enero), comenzará su cuenta regresiva. Díselo por favor de mi parte. De enero no pasa. Díselo así, por favor.

—¡Mierda!

—Sí, lo mismo dije cuando me dieron el encargo. Abrazo grande, amigo.

—Hoy me tomo un whisky por el “hombre de blanco”.

—No busques pretextos para emborracharte. Pero sí. Tómate más de uno. Es como para celebrar.

(…)

Pedro Salinas

Las denuncias de pederastia contra Juan Luis Cipriani, excardenal del Perú -el primero en el mundo del Opus Dei-, que ya se conocían extraoficialmente hace años, pero que ayer se han hecho públicas por una nota del diario El País, de España, constituyen, sin duda, un duro golpe político a las pretensiones de la ultraderecha nativa por imponer una narrativa ideológica.

Cipriani era una suerte de ícono de esta derecha -acaba de ser condecorado por el alcalde de Lima- y hoy la van a tener difícil a la hora de defender a su símbolo máximo, aunque ya salieron, por supuesto, los negacionistas a señalar, entre otras tonterías, que El País es un diario “progre” así que no hay que creerle nada, o que faltan pruebas y que el Papa también es jesuita de izquierdas y odia al Opus Dei.

Lo cierto es que el remezón es sísmico, golpea severamente la imagen de un referente moral y político de la derecha conservadora peruana y, no cabe duda, corroe el discurso de moralidad que trataban de endosarse los representantes de este sector.

La izquierda ya empezó a sacar provecho de la denuncia y sorprende, sobremanera, el silencio estruendoso del resto de la derecha peruana, la no conservadora, que prefiere mirar de soslayo una noticia que, de hecho, los beneficia, ya que, entre sus rivales a vencer, no está solamente la izquierda radical sino también sus pares de derecha extrema.

Las denuncias contra Cipriani y la disolución del Sodalicio afectan seriamente la narrativa de candidatos como Rafael López Aliaga y Phillip Butters, cercanos a esas agrupaciones, y corrobora, una vez más, que en el Perú nada está escrito sobre piedra y las veleidades de la escena electoral se seguirán presentando hasta el final de la campaña.

Cómo será de fuerte el golpe que hasta ahora la ultraderecha no reacciona, aunque no tardará en aparecer un comunicado firmado por “notables” en defensa del excardenal, del mundillo político y empresarial con el cual Cipriani tejió una alianza fáctica y política.

La del estribo: entrañable el libro Rudo, anécdotas, humillaciones y reflexiones de un payaso, que narra peripecias vitales de Carlos Carlín, un personaje de la escena artística peruana y que ha decidido mostrar la piel en este libro. Está en las principales librerías del país. Vale la pena comprarlo y leerlo.

[La columna deca(n)dente] El Perú vive una de las crisis políticas, sociales y éticas más profundas de su historia contemporánea, marcada por una tensión constante entre la barbarie institucionalizada y los ideales de civilización democrática. En esta dicotomía, el país parece debatirse entre un Estado que, en lugar de encarnar el progreso y la justicia, se ha convertido en un espacio de corrupción sistémica, y una sociedad que, pese a sus múltiples fracturas, mantiene destellos de resistencia y esperanza.

La barbarie en el país no se manifiesta como un caos desorganizado, sino como un sistema perfectamente funcional para garantizar privilegios, perpetuar la desigualdad y anular cualquier intento de reformas institucionales. Desde el Congreso, controlado por los partidos que integran la llamada “coalición del mal”, los cuales representan intereses particulares y no el bienestar común, hasta las redes de poder económico, legales e ilegales, que cooptan instituciones, el Perú ha normalizado un estado de excepción permanente que profundiza la precariedad de la democracia.

La expresión más clara de esta barbarie es la criminalización de la protesta social, la represión indiscriminada y la indiferencia hacia las demandas de justicia y equidad. Las ejecuciones extrajudiciales de 49 conciudadanos durante las movilizaciones de fines de 2022 e inicios de 2023, así como la impunidad de los responsables, son una herida abierta que evidencia el divorcio entre el Estado y la ciudadanía. Estas ejecuciones, de entera responsabilidad del Ejecutivo, y la constante instrumentalización de la Constitución para justificar abusos y servir a intereses criminales, refuerzan esta tendencia hacia el autoritarismo.

Frente a esta realidad, la civilización en el caso peruano no debe entenderse como un ideal abstracto ni como un proyecto paternalista de modernización desde arriba. La idea de civilización debe ir más allá de la gestión tecnocrática o la acumulación de indicadores macroeconómicos positivos. Implica una apuesta por un Estado al servicio de los ciudadanos y ciudadanas, que respete la diversidad cultural, garantice derechos fundamentales y promueva la participación activa de la ciudadanía en las decisiones públicas.

El dilema entre barbarie y civilización no es nuevo en la historia peruana. Desde el conflicto entre gamonales y campesinos en los Andes, pasando por la lucha contra el terrorismo y los proyectos extractivistas en la Amazonía, el país ha vivido múltiples momentos en los que esta dicotomía ha sido utilizada como marco interpretativo. Sin embargo, el reto actual es mayor, ya que el modelo económico neoliberal y la fragmentación política han reducido los espacios de articulación social y política, profundizando la desconfianza ciudadana en las instituciones.

El riesgo, como advierten algunos analistas, es que esta crisis no solo perpetúe la barbarie, sino que conduzca a su institucionalización definitiva. La consolidación de un «Estado fallido funcional», que sirve para la reproducción de intereses privados, incluso criminales, y no para el bienestar colectivo, amenaza con sumir al país en un círculo vicioso de autoritarismo, descomposición social y desinstitucionalización.

Para evitar la perpetuación de la barbarie, es necesario construir un nuevo consenso social que trascienda los intereses partidarios. Este consenso debe partir del reconocimiento de las deudas históricas con las regiones excluidas, la apuesta por un sistema educativo y de salud de calidad, y el fortalecimiento de instituciones transparentes y eficaces. La civilización, entendida como proyecto colectivo, es posible solo si se priorizan los derechos humanos, la justicia, la equidad y la participación ciudadana como ejes fundamentales del desarrollo.

El Perú enfrenta una encrucijada. La barbarie, en su versión institucional y cotidiana, amenaza con anular cualquier posibilidad de transformación. La civilización, en cambio, exige un esfuerzo colectivo y sostenido para superar los ciclos de violencia y exclusión que han marcado la historia del país. ¿Qué camino tomaremos? Esa es la pregunta que definirá el destino de nuestro país.

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Que haya cerca de 60 partidos habilitados para postular en las próximas elecciones del 2026 es un suicidio democrático. Conducirá a una elección disfuncional con un resultado díscolo e impredecible que, sin duda, colocará al país el próximo quinquenio en un derrotero institucional peor que el que tenemos ahora.

Es menester que el Congreso haga algo al respecto. Se facilitó la inscripción de partidos en la reforma electoral llevada a cabo, pero con la condición de la realización de las primarias, que filtraban en gran cuantía el número final de partidos en disputa. Al haberse suprimido las PASO se ha abierto una caja de Pandora que no conllevará a ningún beneficio democrático.

Ya restablecer las PASO es inviable. Ni siquiera presupuestalmente es atendible una solicitud de ese tipo. Lamentablemente. Pero sí es posible establecer algún tipo de filtro que disminuya el número de agrupaciones hábiles para postular.

Un mecanismo válido y que solo requiere mayoría absoluta en una sola votación es la modificación de la ley orgánica de elecciones y que se exija que en el proceso interno que de todas maneras se tendrá que llevar cabo (seguramente la mayoría de partidos optará por el mecanismo de los delegados), al menos participe el 20% del número mínimo de afiliados (25,000), es decir que participen 5,000 militantes. Si eso no se logra, inmediatamente el partido queda fuera de la contienda.

Está en manos del Congreso lograr ello antes de que sea demasiado tarde. Permitir que haya 60 agrupaciones en la liza, no solo es un despropósito logístico sino que difuminará el voto fragmentando la votación y permitiendo que sea gobernante del Perú alguien que al final obtenga un 10% o poco más en las urnas.

Ya hemos visto con Castillo a qué conduce ello, a la perversión de la representación parlamentaria (Niños y demás), la ruptura de los partidos que entren, al desorden institucional producto de semejante degradación y, finalmente, a la persistencia de un modelo mercantilista de manejo del Congreso como el que hoy horada los márgenes mínimos de sindéresis institucional de un poder del Estado fundamental para el funcionamiento de una democracia operativa.

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[El dedo en la llaga] El anuncio de la obra teatral “María Maricón” de Gabriel Cárdenas Luna en el marco del festival de artes escénicas “Saliendo de la Caja” organizado por el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) ha generado reacciones airadas de parte de colectivos católicos, la Conferencia Episcopal Peruana, el Ministerio de Cultura, el Congreso de la República y diversos personajes vinculados a las tendencias más ultraconservadoras del catolicismo peruano. ¿Está justificada esta reacción que no sólo pretenderse quedarse en protestas declarativas, sino que busca una censura de la obra, a fin de que no sea representada ante el público de ninguna manera?

El resumen del contenido de la obra que aparece en el folleto del festival no parece ser motivo suficiente para estas reacciones hiperventiladas:

«Obra escénica testimonial que explora el conflicto entre la religión y el género, a través de la deconstrucción de diferentes vírgenes y santas católicas. Utilizando danzas folklóricas peruanas, cantos y textos religiosos y populares, además de la experiencia de vida personal del performer principal quien es homosexual, la obra teje una narrativa compleja y emotiva que desafía las normas establecidas y celebra la diversidad».

Lo que ha suscitado tantas iras santas es el título mismo de la obra, y sobre todo el afiche, donde aparece un hombre vestido con una ornamentación que suelen vestir las imágenes sagradas de la Virgen María en el panteón de la devoción católica.

En esta línea va el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana, que dice defender «la libertad de expresión. Sin embargo, consideramos, que no es un derecho absoluto y tiene límites, sobre todo cuando riñen con otros derechos como la libertad religiosa, la fe y la devoción del pueblo peruano. Estos límites adquieren mayor rigor si tenemos en cuenta que la PUCP es una universidad católica y pontificia que debe transmitir los valores cristianos y está sujeta a las Enseñanzas y Magisterio Pontificio». Por otra parte, el Ministerio de Cultura «invoca el respeto por los símbolos religiosos, que son patrimonio de nuestro país. El título de la obra y la forma en que se presenta el afiche, con la imagen de un varón que reemplaza la figura de María de Nazareth, atenta contra tres elementos de la fe católica que se recogen en la Sagrada Tradición de la Iglesia Católica, la Sagrada Escritura y el propio Magisterio de la Iglesia». 

Lo que no queda claro es cómo una obra de teatro —o su promoción mediante un afiche— puede atentar contra la libertad religiosa, si consideramos el inciso 3 del artículo 2 de la Constitución Política del Perú:

«Toda persona tiene derecho: A la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere el orden público».

¿Acaso la obra y su afiche impiden que los católicos puedan ejercer libremente sus creencias religiosas? Lo que sí atenta contra libertades constitucionales es censurar la obra e impedir que puedan acceder a ella los que quieran verla. Soy católico, pero no comparto la necedad de Mons. Miguel Cabrejos, quien firma el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana en su calidad de presidente de esa entidad.

¿Hasta qué punto se deben respetar los símbolos religiosos? En la medida en que se respeta a la persona humana y sus creencias. Pero eso no anula la posibilidad de recurrir a la sátira cuando hay motivos suficientes para ello. Y la creación artística abre esas posibilidades. En ese sentido, es legítimo satirizar cualquier símbolo, sea el que fuere. Si se cree que no se puede hacer con los símbolos del catolicismo, entonces no se podría hacer con los del islamismo, del nazismo, del comunismo, del capitalismo, etc. Y en toda sátira hay ineludiblemente una vena crítica que ofende a algunos. Como decía un cura jesuita ya fallecido: son los gajes de la democracia.

¿Significa eso que en el arte todo está permitido? El límite es lo delictivo. Si una obra justifica la discriminación, el racismo y el odio a minorías, o hace apología de conductas criminales, entonces ya no es libertad de expresión sino delito. La valoración de “María Maricón”, una obra que hasta ahora nadie ha visto, debe hacerse sobre la base del contenido de la obra, no del afiche, que no configura ningún delito.

Por otra parte, toda imagen icónica o sagrada de María es una creación humana que se ha generado en determinados contextos sociales e históricos, y ninguna representa fidedignamente a la María de carne y hueso que habría vivido a inicios del siglo I en la pequeña localidad de Nazaret. Si me preguntan, ella debió parecerse más a cualquier mujer palestina que habita la franja de Gaza. Por lo tanto, satirizar artísticamente una imagen de la Virgen María no constituye necesariamente una falta de respeto a la madre histórica de Jesús.

¿Y qué decir de aquellos que exigen que la universidad que está detrás del festival censure la obra porque no es compatible con los valores cristianos que ella representa? Debo aclarar que se llama Pontificia Universidad Católica del Perú, no Pontificia Universidad Católica Conservadora Fundamentalista y Fanática del Perú. La libertad de conciencia está entre uno de los valores fundamentales que, como entidad católica, debe salvaguardar. Además, no se necesita ser católico para estudiar en esa universidad y la libertad de expresión del estudiante debe quedar incólume. Existe el derecho a la crítica y a la sátira, caiga quien caiga.

Hay quien ha hecho el paralelo con sociedades islámicas, donde una falta de respeto a la figura de Mahoma acarrea consigo reacciones violentas y sanciones crueles, incluyendo la muerte. Pero hacer este paralelismo entre católicos y musulmanes es improcedente. La mayoría de los musulmanes que conozco no son así, y eso se da sólo en sociedades teocráticas gobernadas por islamistas radicales y fanáticos. ¿Es que también son así los católicos? La mayoría de católicos no son así, predispuestos al fanatismo y a la violencia verbal … e incluso física.

¿Nos hallamos ante una blasfemia, como ha afirmado el pseudo-periodista Alejandro Bermúdez, expulsado del Sodalicio de Vida Cristiana por el Papa Francisco?

El Catecismo de la Iglesia Católica define así el pecado de blasfemia:

«La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a “los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos” (St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

Es decir, para cometer una blasfemia es requisito creer en Dios, la Iglesia, los santos y las cosas sagradas. Eso no aplica para no creyentes. Manifestar algo ofensivo respecto a cosas en cuya existencia no se cree no califica como blasfemia. Y los creyentes no pueden pretender que a los no creyentes se les aplique las mismas normas morales que valen para ellos.

Además, Bermúdez se olvida de que quien ofendió a la gente religiosa y piadosa de su tiempo fue Jesús mismo, según cuentan los Evangelios. Fue acusado en varios momentos de cometer blasfemia. Tan ofendidos se sintieron los sacerdotes judíos y los fariseos, cumplidores de la Ley, que conspiraron para matarlo y decidieron entregarlo a las autoridades romanas para su ejecución cuando interpretaron una de sus frases ante el Sanedrín como una blasfemia contra Dios.

Lo que sí se puede decir con propiedad es que el Sodalicio es una institución blasfema, pues recurre al nombre de Dios para justificar abusos de todo tipo y prácticas criminales. Y contra esas blasfemias no veo que hayan protestado con tanta vehemencia ni los católicos tradicionales ni la mayoría de los obispos peruanos.

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