Opinión

Jean Ferrari, administrador de la U, ha dicho que habrá importantes remodelaciones en el coloso merengue. Como socio, exdirigente, expalquista y asistente a sus tribunas, me permito sugerir algunas.

1.- Construir baños y cafeterías en la parte baja de las tribunas, de modo de evitarle al sufrido hincha tener que subir y bajar ocho pisos para realizar sus necesidades sanitarias o proveerse de alimentos. Ello haría, además, que se evite la aglomeración tribunera en las partes altas del estadio.

2.- Transformar las entradas a norte y sur, hundirlas y hacer que se ingrese por la parte media del estadio. El mismo propósito: que se llene primero la parte inferior de las tribunas y aumente la presión visual y auditiva a los rivales. Podría hacerse una bifurcación subterránea para evitar cortar la franja central de las dos tribunas populares.

3.- Construir en la parte alta que quedaría, si se hacen estas bajadas en declive, patios de comidas que también hagan más placentera la estadía en el recinto deportivo.

4.- Que se construyan escaleras mecánicas en todas las tribunas, que alivien el trajín al que hoy se ven sometidos las decenas de miles de asistentes por el mal diseño del estadio.

5.- Que se retomen las conversaciones con los vecinos de la urbanización Mayorazgo para retomar el proyecto inicial, que era que los vehículos de los palquistas ingresasen por un túnel subterráneo con salida a dicha urbanización de uso exclusivo automotor. Alrededor de 30 mil vehículos acuden hasta el propio estadio en cada partido de la U. El tráfico se vuelve endemoniado. Con este túnel, que no tendría por qué afectar la seguridad vecinal, esa situación se remediaría enormemente y ya solo se permitiría el tránsito peatonal desde el óvalo Huarochirí hasta el estadio.

6.- Que se construyan o habiliten ascensores para los palquistas. Si se hace ello y se construye el túnel para sus vehículos, podría conversarse con la Asociación de Palquistas y establecer un pago simbólico por entrada para cubrir esa inversión, que, en verdad, los tendría a ellos como principales beneficiarios. De esta manera, además, en los registros de asistencia y recaudación se sumarían los casi veinte mil palquistas que acuden usualmente al Monumental, demostrando, con más diferencia, quién tiene la mayor hinchada del Perú.

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Jean Ferrari, La U, Monumental

Un día me llamaron “varón, blanco, patriarcal, dominante y cis-heterosexual”. Definirme así desliza la idea de que existen condiciones de nacimiento que te perseguirán hasta el final de tus días y que nada de lo que hagas podrá cambiarlas. Curioso, porque las teorías que categorizan de este modo a algunas personas son las mismas que proponen que la sexualidad constituye un constructo social. Entonces ¿somos seres biológicos en unos aspectos y constructos socioculturales en otros?

Esta introducción me invita a comentar el abrumador triunfo obtenido en Francia por la izquierda populista de Jean-Luc Melenchón, desde la mirada de la batalla cultural. La victoria de la izquierda, consolidada por el segundo lugar de los liberales de Emmanuel Macron, deja fuera de juego, en la nueva Asamblea Nacional, a la ultraderechista Marine Le Pen. Por supuesto,  me alegra la doble buena noticia de la última semana europea: triunfo laborista en Inglaterra y de la Izquierda populista en Francia: la ultraderecha retrocede y con ella sus pulsiones más radicales que exhiben toques fascistas y xenófobos cada vez menos solapados. 

Yo fui formado en una izquierda socialdemócrata y de bienestar que hoy muchos califican de obsoleta y boomer. En todo caso, me dota de una libertad muy mía y que aprecio. Esta libertad me releva de la obligación de sumarme a la trinchera de alguna de las posturas extremas que hoy se enfrentan en la arena política. Esto no equivale a la evasión, ni a la neutralidad. 

La batalla cultural es una pulsión abyecta y totalitaria. Hasta ahora, el peor legado del siglo XXI. Se trata, apenas,  de un pseudo paradigma. No trata de las ideas que confronta, sino de los métodos de lucha que utiliza. Las dictaduras del siglo XX controlaban estados y, desde siniestros ministerios del interior, desaparecían físicamente a sus opositores a través de la tortura, la ejecución extrajudicial y, en los casos “menos severos”, el presidio y el destierro.

Gracias a las TIC nos hemos sofisticado. El daño material casi nunca es necesario, sin embargo,  no se atenúa la capacidad de menoscabar brutalmente la condición del ser humano.  Otros tiempos, al recuperar la libertad, los presos y perseguidos políticos se veían revestidos de un aura de legitimidad. La prisión, el exilio, la vida a salto de mata, la clandestinidad, eran valorados como cicatrices que solo puede dejar una vida consagrada a la lucha por la libertad, la justicia social, la igualdad y la democracia.

Hoy la represión es distinta. Contiene la perversa crueldad de matar a un individuo antes de producir su muerte biológica, de enfrentarlo a la tortura psicológica del abandono y el rechazo más absolutos, vaciados de ningún contenido, de confrontarlo día a día con una soledad irreversible, con la orfandad perpetua, condenado por el mero crimen de pensar o ser “distinto”. 

Paulatinamente, hemos convertido al individuo en un invertebrado kafkiano que finalmente se eliminará a sí mismo antes de enfrentar un día más al gran hermano de la cancelación y a ese otro, su gemelo idéntico, que sataniza la diversidad sexual. Se me vino a la memoria la visita del consiglieri Tom Hagen a Frank Pentangelli, en su confinamiento con el FBI, cuando el astuto abogado le propuso al mafioso de la vieja escuela su propia muerte a cambio del bienestar de su familia (Godfather II). Recién tomé conciencia de lo mucho que se nos adelantó la cosa nostra.

La guerra de hoy no la producen las ideas sino los métodos, el lenguaje, que no es lo mismo que los ideales y la doctrina. La relación entre ideas y métodos está por estudiarse. Las ideologías fascista y comunista presentaban absoluta sinergia con sus métodos de acción política. Si la revolución socialista planteaba la toma violenta del poder para derribar la burguesía y establecer la sociedad sin clases, los métodos solo podían ser consecuentes con las premisas ideológicas. Luego, si el fascismo colocaba a la nación por encima de todo y el nazismo a la raza, cualquier manifestación contraria a estas premisas debía ser exterminada.

Me pregunto si pasa lo mismo con la batalla cultural. Me pregunto si el vehículo mediático, académico y de las redes sociales ha iniciado una guerra que, en algún momento, incluirá misiles de verdad con un poder de destrucción que nunca antes conoció la humanidad. Pero me pregunto también si, dado que nos encontramos aún dentro de los límites del lenguaje -convertido en impía descalificación- será posible aún tender los primeros puentes, y luego de dos décadas asesinándonos en el ciberespacio, podremos entablar las primeras negociaciones de paz y acercar a las partes para establecer consensos mínimos dentro de un renovado marco democrático. 

Por eso hoy son cruciales el victorioso Melenchón, el Macron en sus reductos y la Le Pen que cedió posiciones luego de mucho avanzar ¿Podrá la terre de la liberté et la fraternité trazar una ruta que nos sustraiga de este corrosivo e inacabado paradigma de la confrontación? Francia tiene la palabra.

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Elecciones, Francia, Macron, Melenchon

[La Tana Zurda] Hoy elevo una mirada al cielo y despido desde mi firmamento a un ícono popular, a una persona que empoderó a muchos talentos jóvenes desde sus inicios sin importarle género o sexualidad, un alma pionera que innovó en todo ámbito. Se trata de la querida Yola Polastri, fallecida el pasado 7 de julio a los 74 años de edad.

Es verdad que ella hizo mucho por la música, la animación infantil en fiestas, pero también estimuló otras manifestaciones del quehacer cultural. Desde sus innovaciones en las actuaciones con las aclamadas «Burbujitas», empoderó a niños y niñas, haciéndolos protagonistas de su popular show «Hola Yola», que se convirtió en un referente alternativo del también popular «Tío Johnny» desde los años 1970.

Yola cultivó asimismo el periodismo cultural y deportivo. Cuando yo jugaba tenis y campeoné en un torneo internacional, ella fue la primera que me entrevistó y me hizo sentir querida por gente que de repente nunca conocí, pero Yola Polastri siempre invitó a jóvenes a su estudio y hacía que compartieran sus sueños y logros.
Recuerdo también haber conocido a gente talentosa como Marisol Martínez, Fernando Beingolea y otros más. Yola Polastri les dio confianza a muchos jóvenes y a muchas mujeres que, sin títulos y sin ninguna autoridad, hizo que fueran descubiertos por su talento. Muchos de ellos ahora ocupan grandes puestos en la escena cultural peruana.

Desde su inocente figura hasta la gran artista que se volvió, Yola Polastri inició una trayectoria para muchas otras más. Fue educada en el Colegio Parroquial Santa Rosa de Lima, en Lince, donde desde pequeña mostró grandes aptitudes para la actuación. Era una muchacha alegre y amorosa, muy querida por sus compañeros de aula y por los profesores. Hay que recordar que de esa institución han surgido personalidades como Beatriz Merino (ex Defensora del Pueblo), el artista Efraín Díaz-Horna, los escritores Guillermo Niño de Guzmán, Mariela Dreyfus y José Antonio Mazzotti, así como el abogado Manuel Pulgar-Vidal, ex Ministro de Ambiente durante el gobierno de Ollanta Humala y actual líder mundial en cuestiones de conservación ambiental.

La fama de Yola Polastri no debe ocultar su espíritu de aliento a la juventud y su práctica de lo que Horacio, el poeta latino, decía: «enseñar deleitando». Yola hizo del entretenimiento una vía privilegiada para aprender habilidades y cultivar el gusto por la música y la socialización. Los niños crecían complementando sus estudios escolares con una hora de entretenimiento diaria en la que se relajaban de la escuela sin dejar de aprender. Esa, al menos, fue mi experiencia.

Gracias, Yola, por tu innovación y por tu creatividad, por tu vuelo artístico y por ofrecer tu vida entera al Perú.

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feminista Yola, Yola Polastri

El gobierno de Dina Boluarte, rehén absoluto de la extrema derecha congresal, no tolera el sistema interamericano de derechos humanos. Se mantiene en él porque es consciente del escándalo mayúsculo que implicaría un retiro del mismo, pero dado el tenor de la carta que han enviado en conjunto la presidenta de la república y el titular del Congreso en protesta por una resolución de la CIDH, queda más que claro que la postura oficial es refractaria a los considerandos mínimos del sistema.

Llama particularmente a pasmo, la referencia -en la carta mencionada- al rechazo por primera vez oficial del término jurídico “conflicto armado interno”, el mismo que no implica ningún beneficio valorativo al terrorismo senderista o emerretista, pero cuya narrativa en ese sentido los dos principales poderes del Estado hacen por primera vez suya.

Los abogados que suelen acompañar a los voceros de la extrema derecha peruana saben muy bien que ese término no excluye la barbarie terrorista ni contemporiza con ella y comprende perfectamente lo sucedido en el país durante las épocas de la subversión.

Lo que en el fondo está en juego -y va de la mano con la ley que prescribe los delitos de lesa humanidad cometidos en esos tiempos- es la cerrazón respecto de las violaciones a los derechos humanos que nuestras fuerzas armadas y policiales cometieron durante ese periodo, y que el país entero haría bien en no olvidar, porque la barbarie terrorista no la justificaba. Es más, cuando se cambió de política oficial antisubversiva -justamente en los tiempos fujimoristas- fue que se logró arrinconar y luego derrotar a Abimael Guzmán.

La carta firmada por Dina Boluarte y Alejandro Soto es vergonzosa. Constituye una falta de respeto a las víctimas de las tropelías oficiales -que no fueron pocas- y forma parte ya de la historia peruana de la infamia. El Perú, como sociedad democrática, debe hacer de la memoria un ejercicio cotidiano y recurrente. Sitios como el Lugar de la Memoria, El ojo que llora, documentos como el informe de la Comisión de la verdad o muestras como Yuyanapaq (que se puede visitar en el Ministerio de Cultura), no es casualidad que sean aborrecidos por quienes quieren negar la historia a su conveniencia y antojo. Lo que escandaliza es que la primera mandataria haga eco de esa visión macartista y negacionista de la que hace gala buena parte de la derecha peruana.

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Alejandro Soto, CIDH, comision interamericana de derechos humanos, derechos humanos, Lugar de la Memoria

Mientras la vida seguía en un país azotado por tantas problemáticas, la luz de una estrella se apagaba. Yola Polastri falleció a los 74 años, llevándose consigo no solo sus creaciones y la esencia que la hizo un ícono a nivel nacional e internacional, sino también la infancia de nuestros padres, hermanos, abuelos y de todos aquellos que tuvieron la suerte de vivir en la época de la televisión en blanco y negro y conectar con «la chica de la tele»

Un poco irónico estar sentado escribiendo esta columna y que muchos de nuestros lectores se pregunten, ¿qué puede escribir este chico de 22 años si no ha vivido la época de Yola Polastri? Sinceramente, no puedo contradecirlos; es más, les doy la razón a muchos de ustedes. Sin embargo, no haber estado presente en esa hermosa época que muchos de ustedes, tal vez, sí vivieron, no me hace mezquino al sentimiento, emoción y algarabía que Polastri cautivaba en los adultos que aún tenían su niño interior guardado en lo más profundo de sus almas.

Recuerdo cuando se acercaba el Día del Niño y vimos una publicidad en el Parque Zonal Lloque Yupanqui que anunciaba la llegada de Yola Polastri. De manera ingenua, uno podría pensar que los padres llevarían a sus hijos a los típicos juegos mecánicos también anunciados en el evento. Sin embargo, ese día, todos esperaban a la tan anhelada «chica de la tele». Mientras las emblemáticas canciones como «Mi Rancho Bonito», «Eco» y otras creaciones de Yola se escuchaban en el evento, la gente estaba entusiasmada por su llegada. Todos se preguntaban: «¿A qué hora llegará Yola?», «¿Cantará El Teléfono?», «¿Vendrán las burbujitas?».

A las seis de la tarde, el estrado donde se iba a presentar Yola comenzó a iluminarse, y la música se escuchaba más fuerte. La gente empezó a gritar y a corear su nombre. Los más pequeños no entendían. No entendían por qué adultos y adultos mayores parecían haber retrocedido varios años y empezaban a saltar y a comportarse como esos niños que parecían haber desaparecido con el pasar de los años.

Mientras la algarabía se encendía en el ambiente, las famosas «burbujitas» salieron al escenario, y todos empezaron a gritar y cantar al ritmo de la música. Pasaron solo unos segundos cuando se escuchó la famosa canción «Vamos a ver a la chica de la tele», y detrás de las burbujitas apareció Yolanda Piedad Polastri Giribaldi, la famosa Yola Polastri.

El ambiente se llenó de emoción. Adultos llorando y saltando, mientras los niños los miraban con asombro. Las pelotas comenzaron a volar por toda la zona del evento, y las personas, emocionadas, esperaban que llegaran a su lado para lanzarlas hasta el otro extremo. Estoy seguro de que muchos de los presentes en el evento no se conocían, y a pesar de ello, se abrazaban y saltaban para corear las canciones de Yola.

El impacto que Polastri ha generado en la sociedad peruana es inminente, no solo porque fue parte de la infancia de nuestros padres, sino también porque llegó en un momento en el que nuestro país vivía los momentos más difíciles de su historia. Sin embargo, eso no fue excusa para que la esencia, los colores y la luz de la «chica de la tele» encendieran en tantos adultos el niño interior que llevaban dentro.

Hoy, la tan querida Yola Polastri ha regresado a su rancho bonito, donde brillará para muchos, y cuyo legado no será reemplazado por nadie. Desde este espacio, un joven de 22 años le agradece por haber iluminado la infancia de mis padres y haber hecho sus vidas mucho mejor.

¡Gracias, Yola!

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la chica de la tele, la chica de la tv, Yola Polastri

[La columna deca(n)dente]

La reciente aprobación de dos polémicos proyectos de ley por parte de la Comisión Permanente del Congreso ha desencadenado una seria preocupación tanto a nivel nacional como internacional. Estos proyectos han sido objeto de críticas por parte de analistas y diversos sectores de la sociedad debido a las implicaciones profundas que podrían tener para la democracia y el Estado de derecho en el país.

El primer proyecto de ley ha generado controversia al limitar la aplicación del concepto de crimen organizado únicamente a delitos que generan valor económico, como el narcotráfico, excluyendo delitos como el sicariato, la extorsión, la tortura y el asesinato. Esta restricción debilita la capacidad del sistema judicial para enfrentar eficazmente la criminalidad violenta y organizada, poniendo en riesgo la seguridad pública y la confianza de los ciudadanos en las instituciones estatales.

Por su parte, el segundo proyecto de ley es igualmente alarmante al declarar prescritos los crímenes considerados de lesa humanidad cometidos antes del 2003. Esta medida va en contra de los compromisos internacionales asumidos por Perú al suscribirse tanto al Estatuto de Roma como a la Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y Delitos de Lesa Humanidad, que establecen la imprescriptibilidad de tales crímenes. El proyecto de ley aprobado niega a las víctimas de estas atrocidades su derecho fundamental a la justicia, la verdad y la reparación, beneficiando de manera directa a Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos y el grupo Colina, entre otros, así como a los subversivos de Sendero Luminoso y del MRTA.

La aprobación de estos proyectos refleja un preocupante panorama político donde las diferencias ideológicas y partidarias parecen diluirse frente a intereses particulares y la protección de organizaciones criminales. Partidos como Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, Acción Popular, Perú Libre, entre otros, han mostrado una convergencia nada sorprendente al respaldar medidas que debilitan gravemente el Estado de derecho y el bienestar de la ciudadanía en general.

El impacto de estas leyes va más allá de sus implicaciones inmediatas; amenaza con socavar los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la democracia peruana. El debilitamiento del sistema judicial y la posible consolidación de la impunidad podrían generar un clima de desconfianza y desesperanza entre los ciudadanos, afectando la estabilidad política y social del país a largo plazo.

Quienes hoy legislan, embriagados de poder, creen que pueden hacer lo que quieran, olvidando que el poder es efímero y que tarde o temprano pagarán por sus fechorías. Esta arrogancia y desmesura en el ejercicio del poder no solo pone en riesgo la estabilidad política, sino que también amenaza los cimientos mismos de la democracia y el Estado de derecho. La historia ha demostrado repetidamente que el abuso de poder y la corrupción inevitablemente conducen a la caída de aquellos que creen estar por encima de la ley y la justicia.

Ante este escenario, es imperativo que los ciudadanos, la sociedad civil, los partidos políticos democráticos y la comunidad internacional estén alertas y actúen de manera decidida para defender el Estado de derecho y los derechos humanos en el país. La resistencia activa y la presión constante sobre el Congreso para revertir estas leyes son cruciales para evitar retrocesos irreversibles y asegurar un futuro justo, fraterno y equitativo para todos y todas. 

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Congreso, crimen, impunidad, organizaciones criminales, Partidos políticos

Cualquiera que haya visto el espectáculo brindado por el fiscal José Domingo Pérez en la primera audiencia del juicio por el caso cocteles o haya leído la reveladora entrevista a Ricardo Briceño, expresidente de la Confiep, a quien el Ministerio Público viene sometiendo a un calvario abusivo e irracional, debe concluir que algo se pudre en el organismo de la avenida Abancay.

La Fiscalía se ha vuelto -salvo honrosas excepciones- en una máquina moledora de carne de los adversarios, políticos o mediáticos, y que aprovecha cualquier resquicio absurdo de la ley para provocar acusaciones, detenciones preliminares, prisiones preventivas, allanamientos y cuanta parafernalia punitiva exista en su arsenal de instrumentos coercitivos.

Y el eje interpretativo más pertinente es el político. No guía a los fiscales el derecho penal sino el interés político, como cada vez se demuestra con mayor claridad. Hemos sido engañados, todos estos años, por una aparente lucha radical anticorrupción de parte de la Fiscalía, cuando lo que ha habido es una trama de intereses ideológicos y políticos puestos en marcha para aplastar a los adversarios.

El Poder Judicial, felizmente, no está tan contaminado como el Ministerio Público y ya veremos cómo sabrá poner orden en los casos que la Fiscalía amaña, pero entre tanto, se hizo pasar a personas inocentes por años de zozobra, gastos abogadiles, incertidumbre vital y enorme daño reputacional. ¿Quién les va a devolver eso? ¿Quién nos va a devolver eso?

Al respecto, tiene enorme responsabilidad la Junta Nacional de Justicia que en sus varios años de existencia no ha sabido corregir los malos rumbos que el Ministerio Público ha seguido y le ha permitido actuar con impunidad absoluta, sin siquiera una amonestación.

Una de las tareas fundamentales del gobierno que ingrese el 2026 es emprender una reforma profunda del Ministerio Público. Bien meditada, no puede ser al caballazo -la historia reciente nos demuestra que esas reformas apuradas, a nada bueno conducen-, para volver a colocar la institución en el sitial de prestancia y neutralidad penal que corresponde a un Estado de Derecho.

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Domingo Perez, Fiscalía, Ministerio público

[CIUDADANO DE A PIE] La accidentada y trunca presidencia de Pedro Castillo, la enérgica reacción popular suscitada por su destitución/encarcelamiento, y la tanto ilegítima como letal represión gubernamental resultante -tal como la ha calificado Amnistía Internacional-, han establecido un antes y un después en la política peruana de este siglo. Un siglo que, sin embargo, se inició bajo los buenos auspicios de una regeneración democrática, que al 2024, se han vistos incumplidos, como así lo evidencia la contundente regresión autoritaria y mafiosa que se ha instalado en las esferas gubernamentales y legislativas de nuestro país. Lentamente, el país va ingresando a un periodo pre-electoral caracterizado por la imposición de leyes y modificaciones constitucionales que buscan únicamente favorecer a los partidos actualmente presentes en el Congreso. Es en este inestable marco político que resulta pertinente preguntarse cuál podría ser el nivel de participación e influencia de Pedro Castillo en las próximas elecciones, máxime cuando su abogado y exministro, Walter Ayala, ha declarado recientemente, que su patrocinado desea “volver al poder”. Aunque resulta prácticamente imposible que el expresidente pueda candidatear en un futuro cercano, dada su previsible inhabilitación por el actual Congreso, esto no sería impedimento para que, como bien ha señalado Mirko Lauer en La República, pueda reciclarse en algún “partido castillista”, creado para tal fin, o en agrupaciones ya inscritas ante el JNE, dispuestas a jugar la “carta castillista”, como “locomotora parlamentaria”. Pero, ¿qué es y qué no es el Castillismo, una ideología, un movimiento, un sentimiento? Frente a quienes, como el politólogo Alberto Vergara, niegan llanamente su existencia, o al hipercrítico neoliberal Álvarez Rodrich, para quien un “castillismo sin Castillo” es poco menos que un imposible, intentemos esbozar algunas reflexiones al respecto.

Un populismo pragmático

El triunfo electoral de Pedro Castillo en el 2021, fue en gran parte posible gracias a la combinación de lo que Carlos Meléndez calificó como un “populismo silvestre”, carente de referencias intelectuales, pero animado por un fuerte sentimiento compartido de injusticia y explotación, y de un implícito “populismo étnico” en virtud del cual Castillo encarnaba a los pueblos originarios de nuestro país, a la vez que los representaba en su totalidad (en nuestra nota precedente tratamos este tema con amplitud https://sudaca.pe/noticia/opinion/pedro-castillo-tantas-veces-populista/).

María Esperanza Casullo, politóloga argentina y autora del libro “¿Por qué funciona el populismo?” ha escrito: “Aún el populismo más extremo debe mantenerse en el poder, lo cual implica gobernar, y esto requiere al menos cierto grado de capacidad tecnocrática.” Ya en el gobierno, pronto se hizo evidente que Castillo no contaba, salvo honrosas excepciones, con los cuadros técnicos calificados, no solo para emprender las grandes transformaciones prometidas, sino en muchos casos, para simplemente administrar los asuntos corrientes de la administración pública, haciéndose realidad aquello expresado por Juan Domingo Perón, el más prominente líder populista latinoamericano, hace más de seis décadas: “Una revolución no puede perder el tiempo, y si es el caso, se desprestigia y se viene abajo. Una revolución que improvisa no es una revolución.” Pero esta carencia fue solo una parte del problema pues, como Gino Costa ha reconocido en su muy reciente libro “La democracia tomada”: “Las condiciones políticas en las que asumió la presidencia de la república Castillo fueron muy adversas, y lo hubieran sido para cualquiera, más aún para él.” En efecto, sin una mayoría parlamentaria y con una derecha desatada, resuelta a vacarlo a la primera de bastos, haciendo uso para ello de sus potentes armas políticas, mediáticas y legales, Castillo se vio reducido a conducir, lo que Juan de la Puente ha llamado un “populismo pragmático”, un gobierno preocupado antes que nada en su supervivencia, recurriendo para ello a estrategias sospechosas de ilegalidad, de las que la justicia deberá pronunciarse oportunamente. En esta tesitura, el “castillismo” nunca pudo constituirse en una forma progresista de gerenciar el Estado, como sí sucedió, por ejemplo, con el correísmo y el lopezobradorismo. No contó con los medios, las condiciones, ni el tiempo para ello.    

Un castillismo simbólico

Incluso quienes, desde posiciones de izquierda, critican duramente a Castillo, no pueden dejar de valorar aquello referido por Jorge Frisancho en “Estallido popular. Protesta y masacre en Perú, 2022-2023”: “Hay, sin embargo, un aspecto en el cual el ascenso de Pedro Castillo significó un cambio sustancial. Se dio -se da- en el terreno simbólico y en el campo general de la imaginación política. Un sector amplio de la ciudadanía, con particular, pero no exclusiva intensidad en el sur andino, se identificó con la idea de Castillo en Palacio, se vio genuinamente representado en él, y percibió que su encumbramiento operaba una apertura de cotos previamente cerrados del poder en el Perú, dándole acceso, aunque solo fuera en abstracto y de un modo puramente potencial, a millones de peruanos sometidos a una pluricentenaria historia de exclusión.” Es precisamente en el terreno simbólico en donde los actores políticos, sociales y mediáticos se enfrentan por la hegemonía cultural, social y política. Más allá de sus limitaciones personales, Pedro Castillo se convirtió en un símbolo, el símbolo de un “nosotros”, constituido por los cientos de miles de peruanos que salieron a las calles a protestar tras su caída, enfrentándose a pecho descubierto a un “ellos”, tan bien caracterizado por Héctor Béjar como “una presidenta espuria, un Congreso dominado por un pequeño grupo de militares y marinos retirados vinculados con el Opus Dei, unos tres o cuatro jefes de bandas criminales dueños de partidos y cadenas de universidades privadas que usan la política como coartada, unos cuantos jueces y fiscales corruptos, banqueros y poderosos comerciantes y constructores, la que podríamos llamar una lumpen burguesía.” Enérgica y valerosa reacción en un país, en donde al decir de Alberto Vergara, “nadie es castillista”.

Plebeyo, y politizado     

En enero del 2023 y en plena efervescencia de las protestas populares en Puno, en una nota publicada en este mismo medio (https://sudaca.pe/noticia/opinion/jorge-velasquez-puno-polvorin-etnico/), evocábamos la expresión de Ricardo Cuenca “apropiarse del tiempo”, para referirnos a un movimiento étnico, actuando colectivamente frente al Estado y otros grupos dominantes, buscando transformar el orden social existente. Pero ha sido la socióloga y exministra Anahí Durand quien, en su libro “Estallido en los Andes. Movilización popular y crisis política en el Perú” -de lectura indispensable en la actual coyuntura política-, ha caracterizado, con mayor precisión, a los ciudadanos que se movilizaron durante las protestas, y que ella denomina -siguiendo la estela de pensamiento del intelectual y político boliviano Álvaro García Linera- un “sujeto plebeyo”, el cual “emerge de la experiencia compartida de dominación y asume los contornos de una sociedad abigarrada y multiforme donde la condición de clase convive con formas comunitarias (…) este Perú plebeyo configurado por las condiciones e informalidad, precariedad y exclusión que genera el neoliberalismo. Son sectores históricamente subordinados de la sociedad política debido a la herencia colonial y la permanente crisis de representación.” Más adelante, Durand agrega: “sujeto plebeyo, multiforme y cambiante, que avanza en conciencia política y podría constituir su propia representación… (que) puede liderar la conformación de un bloque plebeyo, que profundice la democracia acordando un nuevo pacto social plasmado en una nueva Constitución escrita con participación de ellos mismos.”. Una mayor politización implica una mayor posibilidad de avanzar en la emancipación, nos señala el académico y político español Juan Carlos Monedero, mientras que, por su parte, Andrés Manuel López Obrador considera como uno de los principales logros del proceso de cambio que él ha liderado en México, la politización y el empoderamiento de su pueblo. Es pues, justamente, en la politización de este sujeto plebeyo que conforma el “Perú insumiso” de hoy, como lo ha denominado Juan de la Puente, en que se encuentra la clave para la supervivencia y vigencia del castillismo. Frente a las propuestas cavernarias, elitistas, entreguistas y mafiosas de la derecha peruana, aquellos que aún se sienten próximos al encarcelado expresidente, pueden asumir su legado simbólico y -corrigiendo los errores- construir una opción nacional-popular portadora de un claro mensaje de inclusión, justicia social y democracia. Este castillismo tendría, qué duda cabe, un lugar asegurado bajo el sol.

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castillismo #simbolismo, hegemonía, Politización

Si este gobierno mediocre e ineficaz quisiera hacer algún aporte a la viabilidad democrática del país después del 2026, debería acometer una intensiva tarea de construcción de infraestructura y provisión de servicios básicos de calidad en el sur andino, matriz geográfica de los movimientos antisistema que se alistan a reverdecer laureles el 2026.

Tiene dos años por delante para lograr ese cometido. Ya es sabido que es incapaz de hacerle frente a la arremetida antidemocrática del Congreso y se allana a los exabruptos que allí se perpetran, sin chistar, porque requiere sus votos para mantenerse en el poder. Pedirle que se convierta en un baluarte de resistencia democrática resulta un exceso (ni siquiera en materia económica, el MEF es capaz de contener los arrestos populistas del Legislativo).

Miremos para otro lado respecto de las responsabilidades del régimen y en ese sentido, si de verdad quiere dejar una herencia positiva que haga que el próximo periodo gubernativo no sea una pesadilla, podría tranquilamente establecer un programa de nivelación social con la región más olvidada del país.

El gran sur andino representa casi el 20% del electorado nacional. Si vota, como es previsible, en la primera vuelta del 2026 como lo hizo en la segunda del 2021 (80% a favor de los radicales), la izquierda extrema tendrá asegurado un cupo y quizás hasta dos para la jornada definitoria de dicho proceso electoral.

Es tarea patriótica evitar que ello ocurra. Y eso sí se le puede exigir a la actual administración. Conminar al gobierno de Dina Boluarte a que rompa la inercia mediocre en la que se halla atrapado y exigirle que, al menos, haga algo respecto del tema que mencionamos.

Se impone una suerte de Plan Marshall para el sur andino. Los niveles de inequidad allí existentesson de escándalo y generan una dinámica política contraria a la del resto del país y constituye el basamento de los discursos antiestablishment en el que, con astucia, ya se hallan embarcados varios candidatos de la izquierda, que no va a brillar precisamente por su moderación en la jornada electoral venidera.

La del estribo: conmovedor y a la vez inspirador el último libro de Salman Rushdie, Cuchillo,Meditaciones tras un intento de asesinato, en el que narra las peripecias del atentado que sufriera, que casi le costó la vida, y las consecuencias y perspectivas que ello le ha generado para su existencia futura. Con enorme resiliencia, Rushdie ha sabido procesar el traumático incidente. De venta en todas las librerías.

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Congreso del Perú, Gobierno de Dina
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