Opinión

[OPINIÓN] Antes de entrar en la historia criolla, vale recordar Being There, la sátira de Jerzy Kosiński que Hal Ashby llevó al cine. Chance, un jardinero de mente simple criado entre plantas y un televisor, es expulsado del único hogar que conoce y lanzado a un mundo que interpreta literalmente. Su vocabulario se limita a estaciones y podas, pero una sociedad ansiosa de escuchar algo que suene sensato decide convertirlo en oráculo. La ingenuidad se toma por genialidad y el vacío por profundidad. Ese truco, contado con humor en la película, tiene su versión local.

Carlos Espá llega a la política como Chauncey Gardner llegó a Washington: tranquilo, sonriente y armado de frases simples que algunos elevan a revelación. Solo que Chauncey venía del jardín y Carlos parece recién salido de un retiro espiritual donde se redactan deseos que harían sonrojar a una Miss Universo. Le falta rematar con: “…y la paz mundial”.

Su plan de gobierno es una lista de deseos: crecimiento explosivo, seguridad total, empleo para todos, ciudades ordenadas y un país funcionando como reloj. Suena hermoso, casi navideño. El problema no es la intención, sino la realidad, que suele arruinar las fantasías mejor intencionadas.

Como Chauncey, habla en metáforas que algunos interpretan como iluminaciones. Pero detrás de esa frescura no hay un estratega oculto, sino un hombre simpático y claramente desbordado por un escenario político en el que la inocencia dura menos que un presidente peruano en Palacio de Gobierno..

Y aquí entra el paralelo inevitable. Mientras Carlos imagina un país perfecto, Porky ya nos vendió el tráiler de la película Misión Imposible: Lima potencia mundial. Prometió trenes, autopistas futuristas, seguridad y orden absoluto… y entregó una ciudad convertida en laboratorio mundial del caos. Hoy lo único que no ofrece es lo urgente: decir la verdad. Frente a ese historial de ficción convertida en desastre, el idealismo ingenuo de Carlos —aunque irreal— resulta casi un descanso.

Espá inspira ternura y hasta curiosidad sociológica. Pero el Perú no es un jardín zen; es un terreno pedregoso poblado de Gorritis, Vizcarras, Porkys, Velas, Carhuanchos, Pérez, Generación Z, minería ilegal y el tóxico cura Castillo. No basta “poner de nuestra parte”. Aquí se gobierna entre plagas, no entre margaritas.

Carlos sueña. Y sueña bonito. Pero su programa es más cuento que ruta. Una versión nacional de Being There, sin Peter Sellers… y sin jardín.

Y aun así —en esta feria de impostores— es “lo menos peor.”

[Música Maestro] La semana pasada, al reflexionar en esta columna sobre la calidad de los cantantes de antes y los de ahora, sin querer me salió una pieza que Fabiola Bazo, la conocida socióloga experta en rock subterráneo -entre otras cosas- destruiría, en el supuesto de que la haya leído, desde luego. Y lo haría con justicia, porque casi no hago mención de cantantes mujeres, solo de manera transversal y complementaria. Lo curioso es que me di cuenta de ello después de publicarla.

Aunque siempre me resulta odioso y algo huachafo hacer comentarios sobre mis propios textos -también algo triste porque al parecer nadie más los comenta-, y lo evito lo máximo posible, en esta ocasión me parece pertinente aclarar la situación.

La mínima presencia de mujeres cantantes en el artículo anterior no es por sesgos machistas sino porque la voz femenina en la música popular ha tenido una evolución diferente y, en algunos aspectos, más significativas y determinantes, que la masculina. A pesar de ello, la hipersexualización y, en muchos casos, la elevación de lo vulgar/grotesco a la categoría de elegante/fashion que hoy promueven las redes sociales, las modas y las masas, han hecho retroceder esa influencia hasta casi hacerla desaparecer.

El poder en la sombra

Dicho lo anterior, tampoco se trata de que, en un supuesto afán “inclusivo”, se acabe por tergiversar la historia, al describir las cosas que pasaron desde una óptica con intenciones actualizadoras. Por eso es interesante una película como Tár, única en su género pues, desde la ficción, retrata la vida y conflictos de una directora de orquesta, figura casi inexistente en el mundo real. Otras películas cuyas tramas giran en torno al apasionante universo de la música académica, como Lisztomania (Ken Russell, 1975), Amadeus (Milos Forman, 1984) o Maestro (Bradley Cooper, 2023), tienen como personajes centrales a Franz Liszt, Wolfgang Amadeus Mozart y Leonard Bernstein, respectivamente.

Como en las guerras, que atraviesan el desarrollo de la humanidad desde las primeras civilizaciones, hasta las sucias componendas políticas del Perú de los últimos años, la historia siempre la escriben “los vencedores”. Y, en el caso de la música popular, fueron los hombres quienes dominaron la escena, aunque siempre en todas las épocas -como en la literatura, como en el cine, como en la política- hubo también siempre mujeres talentosas, distinguidas, creativas y, sobre todo en ese tiempo, aguerridas que, gracias a su autenticidad y en una época en que todo se les hacía cuesta arriba, brillaron con luz propia y sin ninguna necesidad de convertirse de forma voluntaria y en casi todos los casos, muy grotesca, como lo hacen ahora, en objetos sexuales (aunque muchas, en la música y el cine, definitivamente, lo fueron).

Como ha demostrado la neurociencia hace ya más de veinte años, el cerebro femenino posee conexiones más complejas y entrecruzadas que el masculino, especialmente en lo relacionado a la emoción, a la sensibilidad, a la intensidad con la que son capaces de expresarse en distintos ámbitos. Y eso refiriéndonos a las mujeres en general, desde sencillas y empobrecidas madres de zonas andinas o tribus africanas hasta sofisticadas filósofas, académicas y científicas de Oriente y Occidente. Es un equipamiento natural distinto del nuestro, una realidad que únicamente puede negarse desde puntos de vista cavernarios e ignorantes.

No menciono aquí su habilidad para hacer y pensar una multiplicidad de cosas distintas a la vez -derivada de esa condición natural- puesto que, a nivel de entrenamiento musical, muchos músicos hombres poseen también esa asombrosa funcionalidad. Solo dos ejemplos de ello, los bajistas Geddy Lee (Rush) y Mike Rutherford (Genesis) quienes, en situaciones de absoluta concentración y estrés escénico, son capaces de tocar el bajo con manos y pies en simultáneo, inclusive mientras cantan. Pero, definitivamente, cuando hablamos de voces femeninas, tenemos mucho que decir también.

Buenas cantantes, las de antes

Joan Baez (84) y Joni Mitchell (82) fueron las voces de su generación. Ambas representaron el ideal de búsqueda por reconocimiento artístico e ideológico que acompañó a los movimientos feministas y de recuperación de derechos civiles que se consolidaron en los años sesenta. Pero, además de eso, eran excelentes cantantes. La actuación de la norteamericana en el festival de Woodstock, interpretando clásicos del folk y del gospel –Joe Hill y We shall overcome– exhibe una encantadora voz de soprano que, cuando dice las palabras correctas, suena mucho más fuerte y libertaria que las irritantes raperas que se creen contestatarias soltando onomatopeyas repetitivas y gemidos fingidos.

En el caso de la canadiense, su dulce voz era capaz de entonar letras profundas y hasta duras, de intenso contenido emocional, personal y sociopolítico, acordes con la onda poética y contracultural de la era hippie en las soleadas colinas californianas de Laurel Canyon. Los cuatro álbumes que lanzó entre 1968 y 1972 son registros de su suave y a la vez rotunda tesitura vocal, que no requería de autotune ni tampoco de exhibicionismos baratos para sobresalir. Posteriormente, Joni bajó su tonalidad coincidiendo con su viraje del folk al jazz y la experimentación, pero siempre con excelencia y calidad.

Así como ellas, en ese tiempo también brillaron las potentes voces de Grace Slick (Jefferson Airplane) y Janis Joplin, la atribulada integrante del famoso “Club de los 27” -por la edad que tenía al fallecer, en 1970- que nos dejó algunas de las grabaciones de blues-rock y psicodelia más estremecedoras por su rasposa intensidad, en canciones como Maybe, Ball and chain, Summertime, entre otras. Por su parte, Slick -actualmente de 86 años- destacó con su poderosa voz en clásicos sesenteros como White rabbit o Somebody to love; y ochenteros como We bulit this city (1985) o Nothing’s gonna stop us now (1987).

Cantantes de pop-rock de impresionante capacidad vocal fueron moneda corriente en los años ochenta, educando nuestros oídos y dejando, por supuesto, la valla muy alta en nuestros niveles de apreciación. Encender una radio de música popular “anglo” de la época nos permitía escuchar, por ejemplo, a Pat Benatar y su potente actitud en temas como Promises in the dark (1981) o Shadows of the night (1982). A Sheena Easton y su candoroso tono de soprano. O a Cyndi Lauper y su estruendosa y aguda voz pletórica de personalidad.

Otro ejemplo es, por supuesto, la banda Heart, liderada por dos extraordinarias cantantes, las hermanas Ann y Nancy Wilson, que compartían micrófonos y combinaban sus tonos -una agresiva, la otra dulce- en inolvidables composiciones como These dreams (1986), What about love (1985) o incluso temas más antiguos como Dreamboat Annie y Straight on, de la década anterior.

En español: La música latina verdadera

A diferencia de lo que ocurrió en las artes plásticas o la literatura, la mujer tuvo una presencia muy fuerte en la música -académica, folklórica y popular- casi desde siempre. Inicialmente solo como intérpretes y, con el avance de las décadas, también como creadoras, incluso en épocas de amplia postergación y ninguneo machista. Los casos de cantantes femeninas del mundo angloparlante que hemos mencionado hasta el momento ilustran esa realidad. Pero en nuestro idioma también tenemos gran diversidad de ejemplos de ello.

Qué lamentable resulta constatar que voces deficientes, homogéneas e inexpresivas como las de Shakira, Rosalía o Karol G sean sinónimo actual de “cantante latina”. Ellas tres y la legión de clones que, como ellas, lideran las preferencias y triunfan actualmente por las desreguladas dosis de exhibicionismo que forman parte de sus perfiles artísticos, han logrado borrar de la memoria de las masas a las cubanas Celia Cruz (1925-2003), Olga Guillot (1922-2010) o la mexicana Toña La Negra (1912-1982), dignas y sobre todo, espectaculares vocalistas de calidad, gracia y diversidad de recursos. Y no podemos olvidar a esa otra cubana, La Lupe (1936-1992), que alborotó el cotarro de los años sesenta con su estilo provocador y fuertemente anclado en la tradición musical de su país.

Ochenta años de exquisita música latina cantada en castellano, con instrumentaciones preciosistas y letras que combinaban ritmo, sensualidad, romanticismo y deseos de libertad femenina, han sido sepultados por un estilo “moderno” que, en lugar de mejorar lo que encontró en sus bases más antiguas, ha decidido -en nombre de las ventas millonarias y los likes- sacrificar la musicalidad para dar privilegio a un disforzado desenfado que altera y pervierte el desarrollo tanto de la propia historia de nuestra música latinoamericana como de la capacidad apreciativa de los públicos.

Baladas, trova y pop-rock en voces femeninas

Si hablamos de baladas, voces muy escuchadas en los ochenta y noventa como las de Myriam Hernández (Chile), Isabel Pantoja (España), Laura Pausini (Italia), Ana Gabriel (México) o Amanda Miguel (Argentina) recogieron el legado de otras que, en décadas anteriores, desplegaron también una elegancia y fuerza interpretativa, particularmente desde España. Los nombres de Rocío Dúrcal, las hermanas Izaskun y Amaya Uranga (del grupo coral Mocedades) y Rocío Jurado aparecen como las primeras opciones que permite una revisión superficial de aquellas generaciones. Otros nombres, como Ángela Carrasco (República Dominicana), María Martha Serra Lima (Argentina), Marlene Arias (Venezuela), también destacaron con grabaciones inolvidables.

La argentina Mercedes Sosa (1935-2009) poseía un profundo tono vocal, además de una telúrica presencia escénica. En las antípodas de lo que representan hoy las mujeres “libres” de la música pop, la libertad de la legendaria “Negra” fluía de su humanidad y su mensaje, pero también de su capacidad para interpretar, en términos musicales, la amplia gama de géneros folklóricos de su tierra y de esa Latinoamérica rural que encarnaba. Si quisiéramos encontrar una intérprete actual que se ubicara a ese nivel, nos quedaríamos horas mirando al techo sin conseguirlo. Voces globales aun vigentes como las de Susana Baca (Perú), Björk (Islandia), Omara Portuondo (Cuba) o Cesaria Evora (Cabo Verde) pertenecen también a otras generaciones.

Por el lado del rock en castellano, buenas cantantes fueron y siguen siendo la española María Gara, Alaska para los amigos, y su paisana Luz Casal. Asimismo, Argentina produjo voces fenomenales como Patricia Sosa, María Rosa Yorio -quien fuera pareja de Charly García entre 1978 y 1982 aproximadamente-, Fabiana Cantilo, la rosarina Silvina Garré, Celeste Carballo y Claudia Puyó, la que acompaña a Fito Páez en el grand finale de su éxito El amor después del amor (1992).

En México, Alejandra Guzmán dedicó al rock el talento que heredó de sus padres Silvia Pinal y Enrique Guzmán, pionero del rocanrol en nuestro idioma. “La Guzmán” ingresa al rubro de cantantes con voz no tan prodigiosa pero cargada de actitud y expresividad, como también son los casos de Christina Rosenvinge, Ana Torroja (España) o Andrea Echeverri (Colombia).

Voces extraordinarias amenazadas por el olvido

Uno de los peores daños que artistas contemporáneas muy famosas y multimillonarias como Shakira (Colombia), Ariana Grande (Estados Unidos) o Dua Lipa (Inglaterra) y sus cientos de clones -a quienes podemos rastrear desde las épocas de Britney Spears y Thalía- le hacen a la apreciación sonora de las nuevas generaciones es la idea de que así se canta bien. Al escuchar a diario esas voces limitadas y procesadas, niños y niñas interiorizan esa noción equivocada y crecen sin experimentar la emoción que generan voces extraordinarias del pasado como Barbra Streisand (Estados Unidos), Paloma San Basilio (España) o Gal Costa (Brasil).

En la era de la música disco, por ejemplo, surgió toda una generación de vocalistas mujeres, mayormente afroamericanas, con registros y técnicas depuradas, herederas tanto de las reinas del gospel, el blues y el soul -Aretha Franklin, Diana Ross, Bessie Smith- como de las divas del jazz -Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Nina Simone-, capaces de verdaderas proezas vocales, emotivas y vibrantes, pero aplicadas al género más de moda. Me refiero, por ejemplo, a Donna Summer, Gloria Gaynor, Chaka Khan o Patti LaBelle. También en esos años destacaron las voces de Olivia Newton-John, Yvonne Elliman o Linda Ronstadt, provenientes de las escenas country, pop y del teatro musical.

En los ochenta, ese legado fue recogido por una nueva hornada de cantantes, encabezada por Whitney Houston y, algunos años después, Mariah Carey. En las mismas radios en que escuchábamos, por ejemplo, voces cumplidoras y expresivas, aunque no necesariamente buenas, como las de Madonna o Gloria Estefan, nos cruzábamos con la fuerza rockera de Joan Jett, el misterioso y oscuro encanto de Siouxsie Sioux o la aterciopelada voz de Christine McVie, la más alta en las finas armonías que armaba Fleetwood Mac.

En nuestra música criolla encontramos más ejemplos de excelentes ataques vocales femeninos. Escuchar a Cecilia Barraza, Bartola, Lucía de la Cruz, Eva Ayllón, Lucila Campos, Tania Libertad o María de Jesús Vásquez da gusto, por esa heterogeneidad que contrasta con las fotocopiadas voces de cumbiamberas y salseras actuales que solo saben repetirse entre ellas, con un “estilo” que limita las posibilidades del público de conocer y familiarizarse con las buenas voces, todavía están por ahí, cantando mejor y vendiendo menos.

Las cantantes buenas nunca desaparecerán

En los tiempos dorados de la música popular se formó un bagaje musical de amplios parámetros, desde el pop anglosajón perfecto de Karen Carpenter hasta los cantos exóticos de Yma Súmac. Mujeres de belleza natural, como Tina Charles o Angélica María, aparecían en la televisión sin disfuerzos, sin despojarse de su intimidad, sin alardear de ser tan “atrevidas” como los hombres y conquistaban a sus públicos, cantando bien.

Quizás la última representante de este tipo de mujer cantante pop, elegante y sugerente a la vez, coqueta pero sin entregarse a la (rentable) experiencia de cosificarse voluntariamente, haya sido la canadiense Celine Dion (57), quien vinculó el universo de Barbra Streisand con el de Kylie Minogue con asombros naturalidad. Es cierto que, en todas las décadas anteriores a esta, siempre ha sido el género masculino el dominante, tanto en las empresas discográficas como en las programaciones radiales e incluso entre el público masivo que, por ese motivo, da más atención al atractivo físico cuando se trata de mujeres en cualquier campo artístico.

Pero, en la medida que eso fue cambiando, las cosas para las mujeres en la música, en lugar de mejorar, empeoraron hasta degradarse y llegar a los extremos hipersexualizados de la actualidad. Esta degradación hegeliana, signo de los tiempos que vivimos, no ha impedido que aparezcan buenas voces, aquí y allá. Beyoncé y Adele son dos ejemplos, aunque ahí el problema es el tipo de canciones que interpretan.

Desde los años noventa surgió un segmento de público que acogió a voces pop pero formadas en el mundo clásico. Por ejemplo, Sarah Brightman (Inglaterra), Charlotte Church (Gales) o Emma Shapplin (Francia), a mitad de camino entre la rígida ópera de la rusa Anna Netrebko o la italiana Cecilia Bartoli -herederas de una larguísima tradición que tiene en la griega Maria Callas a su punto más alto en el siglo XX- y la volátil nueva era de Loreena McKennitt o Enya, tuvieron cierta popularidad pero, poco a poco, fueron también desplazadas por cuestiones más prosaicas y hasta grotescas, como las que hoy dominan las modas y preferencias.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 20 de noviembre de 2020 el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich, suprimió canónicamente la Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) en su arquidiócesis, como medida final tras una exhaustiva investigación iniciada en 2019. Seguirían las supresiones en las diócesis de Paderborn, Augsburgo, Münster y Rottenburg-Stuttgart, la última en febrero de 2023.

El detonante fueron “graves acusaciones” de antiguos miembros sobre “prácticas abusivas” en la comunidad, incluyendo manipulación psicológica, dependencia emocional y violaciones a la libertad personal, no de manera eventual y esporádica, sino como parte de un “sistema de abuso espiritual” estructural. Estas quejas, que se acumulaban desde los años setenta y fueron ignoradas entonces, se intensificaron en 2018-2019, en paralelo al escándalo de abusos sexuales en Alemania.

En el documental “Geknechtet unterm Kreuz – Leben in einer katholischen Sekte” (“Esclavizados bajo la cruz: Vida en una secta católica”), emitido el 30 de noviembre de 2021 por Bayerischer Rundfunk, una cadena de televisión bávara, se detallan los principales tipos de abusos basados en testimonios de exmiembros e informes eclesiásticos.

Abuso espiritual y psicológico

Manipulación y control totalitario: La comunidad imponía un “sistema de dependencia psíquica” donde la disidencia se equiparaba a un “pecado contra el Espíritu Santo”. Los líderes, agrupados en torno a la fundadora Traudl Wallbrecher, fomentaban un “culto a la personalidad” e indoctrinación, presentando a la Comunidad Católica Integrada como una “élite salvadora de la Iglesia”. Exmiembros describen procedimientos que pueden catalogarse como “lavado de cerebro” y aislamiento de familiares y amigos externos, con sanciones como el ostracismo para quienes cuestionaban las decisiones de las autoridades de la comunidad.

Abuso del sacramento de la penitencia: Se usaba la confesión para control disciplinario y psicológico, obligando a revelaciones íntimas que se compartían en asambleas comunitarias, violando la privacidad y generando vergüenza en los miembros que eran sometidos a esta humillación pública.

Interferencia en relaciones personales: La asamblea comunitaria decidía sobre matrimonios, separaciones y hasta la procreación —hasta el extremo de prohibir tener hijos u obligar a tenerlos, según fuera “útil para la comunidad”—. Esto incluía romper parejas o matrimonios contra la voluntad de los involucrados.

Abuso financiero y económico

Explotación económica: Los miembros debían entregar sus ingresos, herencias y propiedades a la comunidad, que los usaba para proyectos como “casas de integración” o la adquisición en 1995 y posterior acondicionamiento de la Villa Cavalletti, una histórica villa del siglo XVI ubicada en Grottaferrata cerca de Roma, utilizada brevemente como un centro teológico y de formación. No había transparencia en el manejo de fondos, y se presionaba para abandonar profesiones estables en favor de “compromisos totales” en beneficio de la institución.

Dependencia financiera: Se promovía la renuncia a la autonomía económica, en aras de una “obediencia evangélica”, lo que dejaba a muchos de los que se iban de la comunidad sin recursos y en estado de relativa pobreza.

Abuso en perjuicio niños

Separación de niños de padres: En las “casas de integración”, que funcionaban como una especie de comunas, los hijos eran separados frecuentemente de sus padres para ser educados colectivamente, generando traumas y negligencia emocional. Exmiembros relatan que se se sintieron crecer “como huérfanos” en un entorno de control ideológico.

Peligro para el bienestar infantil, con presiones psicológicas sobre familias que violaban normas básicas de la comunidad.

Abuso sexual

Aunque menos central, hay indicios de “casos individuales de abuso sexual” de hace más de 40 años, durante las décadas de los setenta y ochenta, posiblemente por parte de miembros o sacerdotes vinculados.

La Integrierte Gemeinde (IG, Comunidad Integrada) fue fundada en 1965. Sus orígenes se remontan a 1945, cuando la iniciadora, Traudl Wallbrecher, desarrolló la idea de un nuevo comienzo en la Iglesia conectado con las raíces judeocristianas como respuesta al Holocausto. Tras su matrimonio con el abogado Herbert Wallbrecher, surgió el núcleo de lo que luego sería la Comunidad Integrada. El grupo se estableció a finales de los años sesenta en Múnich. Durante un tiempo se la consideró un esperanzador impulso renovador en la Iglesia católica y, según su propia descripción, quería ser “un lugar para un cristianismo ilustrado e íntegro”. Su orientación espiritual y teológica se basaba en la exégesis moderna, el movimiento litúrgico y ecuménico, las raíces judías del cristianismo, y la filosofía y literatura de posguerra —entre otros, los existencialistas franceses—.

Los miembros de la Comunidad Integrada se entendían como una gran familia formada por matrimonios y solteros, sacerdotes y laicos, ancianos y jóvenes. Vivían repartidos por todo Múnich en comunidades conocidas como “casas de integración”. Un fuerte sentimiento elitista y el comportamiento percibido por exmiembros como adoctrinamiento y culto a la personalidad de la fundadora Traudl Wallbrecher marcaron la convivencia.

La jerarquía eclesiástica se mostró inicialmente reservada y cautelosa respecto a esta iniciativa. Ya en 1973 constaban en actas acusaciones de restricción de la libertad de los miembros y prácticas de abusivas por parte de la dirección de la comunidad.

A partir de 1976 se estableció un contacto más estrecho con Joseph Ratzinger, quien poco después sería nombrado arzobispo de Múnich y cardenal de la Iglesia. Ratzinger aprobó eclesiásticamente la Comunidad Integrada en su arquidiócesis en 1978; ese mismo año también fue reconocida en Paderborn por el arzobispo Johannes Degenhardt. A la comunidad se incorporaron varios teólogos de renombre que, gracias a la cercanía con Ratzinger, le otorgaron considerable prestigio. Rudolf Pesch reclutó a numerosos miembros de su comunidad estudiantil de Fráncfort para la Comunidad Integrada y en 1984 abandonó su cátedra. En 1977 se trasladó con su familia a una “casa de integración” y en 1996 su hija se casó con un hijo del matrimonio fundador; la boda fue oficiada en Roma por el cardenal Ratzinger. También se incorporaron el renombrado biblista Norbert Lohfink y su hermano Gerhard, teólogo, quien en 1986 igualmente dejó su cátedra y se mudó a la comunidad. La Comunidad Integrada se hizo presente y fue aprobada en otras diócesis de Alemania, Austria, Tanzania e Italia, o se destinaron sacerdotes de la comunidad a parroquias de esas diócesis.

En 1994 se fundó la comunidad sacerdotal vinculada a la Comunidad Integrada. Posteriormente ésta cambió su nombre por Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) y se convirtió en un grupo de católicos comprometidos, principalmente del sur de Alemania, que gracias a su posición especial como entorno familiar y de amistad de Joseph Ratzinger ganó influencia tanto en el ámbito eclesial interno como en la curia romana.

El vínculo con Ratzinger quedó ampliamente documentado en el libro “30 Jahre Wegbegleitung: Joseph Ratzinger/Papst Benedikt XVI. und die Katholische Integrierte Gemeinde” (“30 años de acompañamiento en el camino: Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI y la Comunidad Católica Integrada”), publicado por la misma comunidad y que consiste en un recuento de encuentros, cartas y fotos inéditas. Ratzinger habría visto en el grupo un «impulso esperanzador» para la Iglesia post-Vaticano II, en un contexto de crisis eclesial. La comunidad, con su énfasis en la liturgia renovada, el ecumenismo y las raíces judías del cristianismo, encajaba en las ideas de Ratzinger sobre una “Iglesia como comunión” y sobre la recuperación de lo esencial de la fe.

La Comunidad Católica Integrada se convirtió en un “entorno familiar y de amistad” para Ratzinger, quien la describió como una “comunidad de contraste” con el mundo, que actuaba como “sal de la tierra” en una sociedad secularizada. A partir de 1981, ya como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger continuó respaldándola, al punto de que en 1985 fue erigida como “asociación de derecho público” de acuerdo al canon 301 del Código de Derecho Canónico. La influencia de Ratzinger fue clave en la expansión Comunidad Católica Integrada, la cual fundó la Academia para la Teología del Pueblo de Dios en la Villa Cavalletti (Roma) en 2003, con un mensaje extenso de felicitación de Ratzinger, quien definió su misión como una reflexión interdisciplinar sobre el “Pueblo de Dios” de judíos y cristianos.

Tras su elección como Papa en 2005, concedió audiencias privadas al equipo directivo de la Comunidad Católica Integrada en el Vaticano (febrero de 2006) e invitó a una delegación a Castel Gandolfo ese mismo año, reforzando su rol como “promotor y amigo de larga data”.

Como ya se ha señalado, desde 1973 constaban actas con denuncias de restricciones a la libertad de los miembros y liderazgo abusivo. En 2000, un alto representante de una diócesis alemana informó a Ratzinger de quejas de exmiembros, incluyendo interferencias en matrimonios, confesiones públicas y presiones psicológicas. Ratzinger, según informes, no se sorprendió mucho, pero prefirió defender y acompañar a la comunidad en lugar de investigarla, argumentando que los testimonios de desertores tenían “credibilidad limitada”. Exmiembros lo contactaron directamente, pero él priorizó la lealtad al grupo.

En octubre de 2020, tras el informe final de la investigación encargada por el cardenal Marx, Benedicto XVI se distanció públicamente en una declaración a la revista Herder Korrespondenz: lamentó “profundamente” haber sido “informado insuficientemente” o “engañado” sobre aspectos internos de la Comunidad Católica Integrada, y negó haber avalado todas sus actividades como arzobispo. Afirmó que su aprobación se limitaba a iniciativas específicas, no a las “graves distorsiones de la fe” que habían sido denunciadas.

Eso no lo excusa ni le quita responsabilidad. Según el periodista Hanspeter Oschwald (1943-2015) en su libro “Im Namen des Heiligen Vaters: Wie fundamentalistische Mächte den Vatikan steuern”

(“En nombre del Santo Padre: Cómo las fuerzas fundamentalistas controlan el Vaticano”), publicado en 2010, quienes más influencias tenían sobre Benedicto XVI eran su secretario Georg Gänswein y el secretario de estado vaticano Tarcisio Bertone, seguidos de la Comunidad Católica Integrada. A continuación venían el Opus Dei y los tradicionalistas.

No debe extrañarnos que durante el pontificado de Ratzinger ninguna sociedad religiosa haya sido suprimida por motivos de abusos y falta de carisma, pues él mismo tuvo una vinculación muy cercana con una institución católica, aprobada canónicamente, que presentaba evidentes características sectarias y donde había un sistema de abusos. Por eso mismo, se entiende que entonces no haya tomado medidas más drásticas contra los Legionarios de Cristo, la Comunidad de las Bienaventuranzas y el Sodalicio de Vida Cristiana, por mencionar algunos ejemplos.

Tiene razón Alejandro Bermúdez cuando cree que durante el pontificado de Benedicto XVI no se hubiera suprimido al Sodalicio de Vida Cristiana, como no se suprimió a los Legionarios de Cristo. Pero eso no se debería a las virtudes de Ratzinger, sino más bien a su irresponsable ingenuidad que le llevó a prestarle todo su apoyo a una secta católica, la cual nunca hubiera tenido la expansión e influencia que logró si no es por su amistad con el Papa alemán.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El 23 de agosto de 1960 al canciller Raúl Porras Barrenechea casi se le acababa la vida pero ello no le impidió hacer uso de la palabra en la VII Reunión de Cancilleres de la OEA que se llevó a cabo en Costa Rica, bajo auspicio de Estados Unidos y con la deliberada intención de expulsar a Cuba de la organización, luego del triunfo de su revolución y su acercamiento al régimen socialista de Moscú.

La presión y hegemonía norteamericanas surtieron efecto en la sesión: todas las delegaciones votaron a favor de la expulsión de Cuba o se abstuvieron con excepción de dos, la peruana y la cubana, directamente perjudicada con la medida. Esta historia trae más que esto, Porras actuó desobedeciendo la orden de su gobierno, el de Manuel Prado. Fue el acto principista de un hombre que se moría y que antepuso su dignidad por sobre cualquiera otra consideración.  Y Porras no era socialista, por algo era canciller del conservador Prado, sencillamente creía en el americanismo y en la libre determinación de los pueblos.

Aquél día, en su célebre y recordado discurso señaló que la <<base del sistema democrático debía ser la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios, y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación, que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales>>.

De esta manera, desde premisas desarrollistas que clamaban por la mejora material de la condición humana en nuestro continente, a través del integracionismo, Porras planteó alcanzar el bienestar compartido, para, al final de su alocución, abogar por una solución pacífica a las divergencias surgidas entre Cuba y Estados Unidos.

He querido rescatar la proactividad de Porras, su capacidad de iniciativa y de enfrentar con propuestas los grandes desafíos regionales porque cobran relevancia en tiempos en los que Donald Trump amenaza abiertamente a la región con repotenciar la vieja doctrina Monroe para defender los intereses de Estados Unidos, aparentemente amenazados por China y eventualmente los BRICS. El viejo y conservador líder tiene motivos por los cuales preocuparse: los chinos son el mayor socio comercial de la mitad de nuestros países y acaban de inaugurar el mega puerto de Chancay con lo cual ya cuentan con una cabecera de puente en la región para sus operaciones comerciales.

Pero también recordaba a Porras debido al tenor quejumbroso de ciertos sectores respecto de las políticas trumpistas que no son novedad,  y no lo son, como el mismo señala, desde que en 1823 su lejano antecesor James Monroe plantease la doctrina a la que hoy se recuerda por su nombre. A primera vista, la intención de esa antigua geopolítica era defender el continente de la agresión de potencias europeas pero, a reglón seguido, quedó claro que la idea, más que altruista, buscaba reservar América Latina como zona de influencia de Estados Unidos, allí donde filibusteros como William Walker pudiesen hacer realidad sus sueños imperialistas más excéntricos.

Después vinieron los demás. A inicios del siglo XX, Theodore Rooselvelt comprendió que el imperio americano no podía estar en manos de aventureros e instituyó el Big Stick para intervenir donde quisiese cada vez que fuese necesario solo que con marines y ya no con corsarios desvariados. Ocho décadas después, las cosas habían cambiado poco.  En 1989, George H. W. Bush invadió Panamá con 27.000 marines y logró que el dictador Manuel Noriega se entregue a las fuerzas de ocupación americanas luego de buscar asilo en la sede episcopal del istmo.

Ahora es el turno de Donald Trump: entre supuestos narco-botes hundidos con misiles teledirigidos, reiteradas amenazas a la soberanía venezolana, aranceles por las nubes y la evocación a James Monroe para expulsar a los chinos de la región, el inefable líder mundial cavila una nueva y gran aventura imperialista sobre América Latina.

Pero a mí lo que me molestan son las lamentaciones. Los Estados Unidos no son el malo del cuento, mucho menos el bueno: es un hegemón que actúa como tal. A pesar de algunos periodos de acercamiento con la región como la Buena Vecindad de F.D. Roosevelt o la Alianza para el Progreso de J.F.Kennedy, el hegemón seguirá siendo tal -léase un imperio- que velará por sus intereses y por los de nadie más. China hace los mismo, pero es más sutil, la diplomacia de Xi Jinping hacia el Tercer Mundo es la mano extendida, pero es hegemón al fin y al cabo, salvo que los orientales, en virtud de su cosmovisión del mundo, le den una vuelta de tuercas a las teorías sobre el poder y la razón de Estado que manejamos desde los tiempos de Nicolás Maquiavelo y Tomas Hobbes. Pero la historia dice otra cosa.

La verdadera pregunta, en medio de tantas lamentaciones, es qué estamos dispuestos a hacer para cambiar la historia de América Latina y obtener nuestro lugar en el mundo, porque el hegemón no va a cambiar, así como en la naturaleza de un depredador estará siempre serlo

Y no me refiero a revoluciones trasnochadas, ni a bloques regionales endebles y temporales que se sostuvieron en los altos precios del petróleo en los mercados internacionales. Me refiero a cómo integrar mercados, a cómo integrar economías, a cómo integrar tecnologías, con quién hacerlo y hasta qué punto, pensando en la funcionalidad del proyecto. Estoy pensando en llevar la Alianza del Pacífico, tan golpeada recién por los conflictos con México, al plano del desarrollo de la industria y la tecnología, estoy pensando en la propia China y en Corea del Sur hace setenta años, cuando eran países tan tercermundistas cómo nosotros. Algo hicieron al respecto ¿verdad? Y lo hicieron solos, por iniciativa propia, y lograron que el mundo juegue a su favor.

Pero nosotros ni siquiera nos detenemos a pensar en ello, ¿es que no hay en América Latina cuatro o cinco líderes capaces de idear un camino desarrollista de mediano plazo? El triunfo de la patria chica tiene el rostro del  fracaso colectivo mientras que  el hegemón lo seguirá siendo, y no hace falta llorarlo ante nadie.

Imagen: Recordado diplomático Raúl Porras Barrenechea, defendió el interamericanismo, como camino hacia el desarrollo y bienestar compartidos

[OPINIÓN] En mis casi 50 años de vida compartiendo en el siempre pintoresco ambiente político-comunicacional, he visto pasar de todo: iluminados, charlatanes, desleales, mesías y estrategas de PowerPoint. Pero jamás —y repito, jamás— había conocido una mezcla tan peculiar como la que ofrece Avanza País. Una verdadera ensalada rusa: fría, desordenada y con ingredientes que uno preferiría no identificar.

El presidente de la agrupación es un personaje singular: una especie de gnomo político sin historia ni brillo, cuyo mayor mérito es estar allí… parado, respirando y firmando documentos. Su único “talento”, si cabe el término, es justamente ese, ser el presidente.

El Secretario General, en cambio, es un abogado buena gente, simpático, conversador y siempre ocupado mientras sueña seguramente con una curul.

Más abajo están los secretarios, tesoreros, administradores y delegados: casi todos miembros de una misma familia, y no necesariamente política. Son, literalmente, parientes de los anteriores. Una cofradía. Un club privado. Un árbol genealógico con espíritu partidario.

Y como toda regla tiene su excepción, corresponde señalarla: el General Williams, la congresista Tudela y el alcalde Francis Allison. Tres personas de valía metidas en esta comparsa.

Hace unos años, aquello fue la chacra del buen Hernando de Soto, que no logró ni un tercio de lo que prometía, pero sí consiguió levantar el apoyo suficiente para promover con eficiencia su desventura electoral. Después de eso, la agrupación, por simple inercia y algo de fortuna, consiguió en 2022 algunas alcaldías y un gobierno regional. Mérito real: cero.

Ahora, rumbo al 2026, pretenden repetir el milagro, esta vez sostenidos por un candidato, con talento, buena imagen, voluntad y decencia, pero siempre sin organización política y esta vez, además, sin un mango.

Por eso y muchas cosas más… 🎶

No te inmoles, Sabelón. ¡Sal corriendo, mi hermano! Talento tienes. Espera paciente un tren con destino seguro y mejor compañía.

Avanza País es un fogonazo más en el folclore político nacional. Una aparición fugaz, de esas que uno alcanza a ver sin tiempo siquiera para pedir un deseo… consejo hasta de un conejo.

[CIUDADANO DE A PIE] En los últimos años, las encuestadoras latinoamericanas han errado de manera constante y significativa al intentar anticipar resultados electorales. Los sonados fracasos en Perú (2021), Brasil (2022), Argentina (2023 y 2025), Ecuador (2023 y 2025) y Bolivia (2025) son algunos ejemplos ilustrativos. Pero el caso más significativo acaba de ocurrir en las elecciones del 16 de noviembre en Chile. Franco Parisi, el economista que hizo campaña por Zoom desde los Estados Unidos, obtuvo un “sorprendente” tercer lugar en la competencia con el 19,7 % de la votación, a pesar de que las principales encuestas le atribuían un puntaje inferior en al menos 8 puntos. La reacción fue inmediata: Parisi denunció la existencia de un “terrorismo de encuestas”, acusando a las encuestadoras de manipular deliberadamente sus cifras para hundirlo y direccionar el voto útil hacia los candidatos del establishment. Miembros de su equipo han incluso propuesto una ley que tipifica la “especulación en encuestas electorales” como delito, imponiendo penas de prisión a los responsables.  Con estas referencias, y frente a las encuestas de todo pelaje que serán nuestra inevitable compañía hasta las elecciones de abril, urge plantearnos, sin rodeos, tres preguntas fundamentales con respecto a ellas: ¿Son fiables? ¿Sirven como instrumentos de manipulación? ¿Promueven realmente el ejercicio del voto informado y responsable?

¿Son fiables?

Realizar una encuesta electoral no es tarea sencilla. Hace falta mucho dinero, una muestra verdaderamente representativa del universo de votantes, preguntas bien diseñadas, entrevistadores capacitados, una modalidad adecuada (cara a cara es la más precisa) y un procesamiento estadístico impecable. Si todo se hace bien, los resultados deberían acercarse bastante a la realidad, cosa que rara vez ocurre actualmente. Destacados especialistas en la materia (Gelman, Moreno, Vidal Díaz de Rada) señalan como responsable de esta situación al “error de cobertura”. Es decir, la existencia de miles de electores que sencillamente no son elegibles para ninguna encuesta debido a factores como lugar de residencia poco accesible (zonas rurales), carencia de telefonía e internet, falta de integración a los circuitos de la economía de mercado. Estos votantes “invisibles” para las encuestadoras tienen hoy una doble relevancia electoral: pueden abarcar un porcentaje significativo de la población (lo que menoscaba la representatividad de las encuestas) y, lo más importante, en tiempos de malestar social, como los actuales, son los electores con el mayor potencial de voto disruptivo (Alberto Mayol). En estas circunstancias, las encuestas se asemejan más a un juego de azar que a un procedimiento científico, en el que los “márgenes de error” son pura ficción.

¿Sirven como instrumentos de manipulación?

En el Perú esta pregunta no admite debate. Los “Vladivideos” de Montesinos entregando sumas millonarias a dueños y directores de encuestadoras, a cambio de inflar la intención de voto de Alberto Fujimori en las elecciones del 2000, son un argumento irrebatible en favor de una respuesta afirmativa. “Las encuestas son el termómetro de la opinión pública, y si uno controla el termómetro, controla la fiebre”, afirmó el condenado asesor durante su juicio. En efecto, la difusión de encuestas electorales fraudulentas, “cocinadas” con muestras amañadas, preguntas dirigidas y datos inventados, puede llegar a incidir de manera importante en el voto. Fue el caso de la victoria fujimorista del 2000, pues según el propio Montesinos, sin el bombardeo de encuestas falsas, Fujimori habría perdido en primera vuelta con apenas el 38-42 % de los votos. El mecanismo que explica este éxito es conocido: las encuestas manipuladas orientan la opinión pública a favor de ciertos candidatos debido al “efecto arrastre” (Druckman, Leibenstein), que condiciona subconscientemente a los indecisos a votar —sin respaldo racional— por el que “va ganando”, para evitar terminar en el bando de los perdedores. Más de dos décadas después, pareciera que aún somos vulnerables a este efecto: en Puno, solo 1 de cada 10 votantes cree en la veracidad de las encuestas… ¡Pero casi la mitad vota por el que va primero y otro cuarto por el que “sube”! (Pacori y Rodríguez).

¿Promueven realmente el voto informado y responsable?

Aun pasando por alto los errores de las encuestas electorales y asumiendo que se trata únicamente de defectos procedimentales sin ninguna intención oculta de engaño ni manipulación —algo que podría sonar a inocentada en el reino de la posverdad—, la respuesta es un rotundo no.

Ha sido demostrado hasta la saciedad que cuando los medios saturan a los ciudadanos con encuestas electorales repetitivas, lo único que consiguen es convertir la política en espectáculo, una carrera de caballos donde las propuestas de gobierno son lo que menos importa (Patterson, Hall Jamieson, Rosen, Lawrence, Aalberg). El resultado: votantes menos informados, menos reflexivos y mucho más proclives al efecto arrastre.

Pero el daño más severo —y el más ignorado— es otro: las encuestas violan uno de los principios fundamentales de la democracia representativa, consagrado en prácticamente todas las constituciones, incluida la nuestra (artículo 31): el secreto del voto. El secreto del voto no es un detalle banal ni un capricho jurídico. Es la muralla protectora de la libertad ciudadana, la única garantía real de la disidencia democrática y de la alternancia en el gobierno.

Al apremiar al ciudadano a declarar por adelantado sus preferencias electorales, el voto deja de ser secreto ya en su etapa de gestación. Y cuando eso ocurre, se termina exponiendo a la sociedad a todo tipo de maniobras, amenazas y chantajes por parte de los grupos de poder que buscan defender sus intereses y no están dispuestos a perderlos por mandato popular.

En términos llanos: cuando el secreto del voto se debilita, la democracia se debilita. No en vano reconocidos juristas y pensadores sociales han abogado por la prohibición total de las encuestas electorales (Rubio Llorente, Bourdieu, Bidart Campos, Rodotà). Esta sería la medida más radical y, sin duda, la más eficaz contra el “terrorismo de encuestas”, pero también la más difícil de implementar. En todo caso, va siendo hora de que evitemos el dejarnos deslumbrar por el circo de las encuestas y el “bailecito sin deliberación” (Juan De la Puente), y más importante aún, no apostar más por tinkas electorales, en las que la inmensa mayoría de peruanos invariablemente resultamos perdedores. Elijamos a nuestros representantes con la máxima conciencia y libertad posibles, basados en propuestas reales y no en proyecciones engañosas. Esta podría ser nuestra última oportunidad.

[Música Maestro] Un pasado lleno de buenas voces

Quienes fuimos niños/adolescentes entre 1980 y 1990 tuvimos la suerte de que, al encender la radio, sin importar en qué emisora se encontrara el dial, solo escuchábamos buenas voces. La mayoría de ellas eran simple y llanamente eso, buenas voces, con entrenamiento o sin él, pero con la capacidad elemental de respetar tiempos, inflexiones, recursos técnicos aprendidos con la práctica, con el ensayo, con la determinación para producir grabaciones de calidad.

Y, en esas estaciones de radio, también nos encontrábamos con algunas voces extraordinarias, que iban más allá de lo que un cantante promedio podía lograr. Hombres y mujeres con una destreza especial -única, en varios casos- para utilizar su voz como un instrumento más, con signos de haber atravesado por alguna escuela pública -un conservatorio- o privada, con profesores de canto expertos en solfeo, en afinación, en técnicas líricas o casi líricas que les ayudaron a desarrollar su talento natural para reproducir secuencias de notas con precisión, transmitir emociones, cambiar intensidades, modular, pasar del susurro que expresa romance, calma, tensión o misterio al potente sostenido que explota de alegría, de desesperación, de éxtasis.

La emoción musical que buscaban los cantantes cuyas canciones sonaban en las radios que escuchábamos en casa, solos, con nuestros padres, madres y hermanos, dejaban para la conversación coloquial -con sus músicos, en entrevistas, sin micrófonos ni sistemas de grabación al lado- los carraspeos, tosidos, balbuceos, onomatopeyas y muletillas que hoy son insumo de los grandes ídolos del reggaetón. Las cantantes no necesitaban hacer de cada presentación en público un despliegue de exhibicionismo o un desfile de pasarelas -muchas veces grotesco, de mal gusto- para mostrar su coquetería, belleza y/o sensualidad.

En ambos casos, lo central era el poder comunicativo de las voces, en un tiempo en que los videoclips recién comenzaban a aumentar su presencia e importancia como herramienta publicitaria e impulso de carreras emergentes. La mayoría de estos artistas vocales de la música popular provenían de otro pasado, uno más antiguo y menos audiovisual.

En un periodo de cuatro décadas -entre los años treinta y setenta del siglo pasado- muchos de esos cantantes se daban a conocer a través de discos, los circuitos teatrales y el cine, con países como Estados Unidos, México, Cuba, España y Argentina como principales fuentes de lo que llegó a nuestros jóvenes oídos. La noción de que para lograr fama y reconocimiento del público era requisito indispensable “cantar bien” o “tener oído” la aprendimos escuchando a los mejores.

Ejemplos concretos, del bolero al heavy metal

En la más reciente temporada del sintonizado programa de televisión Yo Soy, el premio mayor se lo llevó un joven cajamarquino por imitar a un cantante mexicano fallecido hace casi setenta años en un trágico accidente aéreo. Pedro Infante, con su aterciopelada y romántica voz de tenor, grabó decenas de boleros y rancheras entre los años 1939 y 1957, tanto en discos de vinilo como en películas entrañables. También hubo otros en ese tiempo -Jorge Negrete, Pedro Vargas, Javier Solís, Antonio Aguilar- pero la popularidad actual de canciones como Flor sin retoño o Angelitos negros no dejan lugar a dudas. Infante fue el mejor de su tiempo.

Las armonías vocales de bandas como The Mamas & The Papas y su versión en español, los vascos Mocedades, competían con las de los Bee Gees y los Beach Boys. Si bien es cierto no todas eran voces que pudieran catalogarse de prodigiosas -especialmente en el caso de los últimos dos- sí tenemos en sus grabaciones profusos ejemplos de una capacidad superior al promedio para cantar en afinación y armonía, construyendo bloques sonoros de múltiples líneas vocales que funcionaban a la perfección gracias al gran oído musical de sus ejecutantes.

Si uno ponía Radio Mar, a cualquier hora del día, lograba escuchar a cantantes notables como Andy Montañez, Jerry Rivas o Charlie Aponte -todos en El Gran Combo de Puerto Rico-, Rubén Blades o Cheo Feliciano, Óscar de León o Gilberto Santa Rosa. En Ritmo Romántica, la lista de nombres es inacabable. Desde Raphael y Camilo Sesto hasta Emmanuel y Luis Miguel, desde Rocío Dúrcal y Valeria Lynch hasta Pandora y Laura Pausini. En todos los ejemplos, el común denominador era que no cualquiera podía tomar un micrófono, emitir sonidos y ya. Más allá del estilo -voces delgadas, rasposas, profundas, potentes-, eran personas que cantaban bien.

Y ni hablar si nos ocupamos del rock de los setenta y ochenta. Pensemos, por ejemplo, en Freddie Mercury. Sin importar si la conversación es entre conocedores o radioescuchas comunes y corrientes, existe pleno consenso para considerar al líder, cantante, compositor y pianista de Queen como el más grande vocalista de todos los tiempos. Pero hubo muchos otros, como Steve Perry (Journey), Bobby Kimball (Toto), Lou Gramm (Foreigner) o Dennis de Young (Styx), solo por mencionar unos cuantos, cuyas voces han estremecido a multitudes durante décadas, en estudios y en conciertos, sin manipulación tecnológica -el autotune que hoy usan todos- y combinando destreza vocal con actitud rockera sin comprometer su autenticidad.

Joey Belladonna, vocalista de la banda neoyorquina de thrash metal Anthrax, es una de las mejores voces de la historia del rock –aquí lo escuchamos haciendo un cover de Don’t stop believin’ de Journey. Antes que él, cantantes virtuosos como Bruce Dickinson (Iron Maiden), Rob Halford (Judas Priest), Paul Stanley (Kiss) o Ronnie James Dio (Rainbow, Black Sabbath) también pusieron sus poderosos registros al servicio del hard-rock y el heavy metal. Y antes que ellos, no podemos dejar de mencionar a Robert Plant (Led Zeppelin) o Ian Gillan (Deep Purple), quien incluso fue escogido, cuando tenía 25 años, para el papel principal en la primera versión, la original, de la ópera-rock de Andrew Lloyd Webber, Jesucristo Superstar (1970).

Cantantes expresivos con no muy buena voz

Frente a voces innegablemente buenas como Jim Morrison (The Doors, rock), Ismael Miranda (salsa), David Bowie (rock) o José Luis Rodríguez “El Puma” (baladas) también ha habido en la historia de la música popular, intérpretes cuyas voces, aun cuando no puedan ser consideradas “buenas” en términos estrictamente musicales, han destacado tanto y/o más que los cantantes técnicamente bien dotados por su expresividad, particularidad y carisma.

Por ejemplo, casos como los de Bob Dylan, Mick Jagger, Lou Reed (The Velvet Underground), Héctor Lavoe, Luis Alberto Spinetta, Billy Corgan o José Luis Perales -otra vez, solo por poner unos cuantos nombres sobre la mesa- difícilmente podrían defenderse ante un tribunal encargado de determinar si son buenos cantantes o no. Sin embargo, aunque sus cuerdas vocales no sean las mejores, poseen una musicalidad y un carisma sonoro que los hace especiales. Todos ellos, además -con excepción de Lavoe- escribían lo que cantaban, abriendo una categoría distinta, la de cantautores, que merece en sí misma un análisis propio por todo lo que implica.

Tradicionalmente, quienes nos criamos en esa época de oro para la música -tanto la popular como la académica, la folklórica y la no comercial- asociamos a la idea de “buen cantante” a aquellas personalidades que hacían un despliegue notable de su capacidad vocal. Por ejemplo, cómo no pensar en Frank Sinatra -a quien durante muchos años se le conoció como, precisamente, “La Voz”- y todos sus coetáneos, desde Tony Bennett hasta Perry Como, integrantes de la generación de los “crooners”. Sin embargo, rockeros ochenteros como Robert Smith (The Cure), Morrissey (The Smiths) o Bono (U2) son también excelentes cantantes y poseen una personalidad, un color de voz, una actitud vocal que los hace distintos unos de otros, ajenos al canto formal o lírico.

Stevie Wonder, por ejemplo. Qué gran cantante. Cuando él tenía 35 años, solo cuatro más que el más famoso “cantante” de hoy, Bad Bunny, entonaba a la perfección -con alma, con técnica, con afinación y ondulaciones controladas a su pleno antojo- una preciosista balada llamada Overjoyed (LP In square circle, 1985). Uno de nosotros encendía la radio -Stereo 100 o Telestereo- y, con una edad que iba entre los 10 y los 15 años, escuchaba esa maravillosa viñeta. Además, Wonder no solo la compuso y cantó, sino que tocó prácticamente todos los instrumentos -salvo la guitarra, a cargo de Earl Klugh, otro grande del smooth jazz-. Eso sin mencionar que es invidente. Aun hoy, a sus 75 años, sigue sorprendiendo a quien desee escucharlo. Un genio.

Los gritantes: Pura emoción

Los géneros extremos del rock han producido grandes “gritantes” -¿o debería decir gritadores?-, a quienes tampoco podríamos incluir en ningún listado de lo que venimos describiendo como “buenas voces”, desde un punto de vista tradicional, clásico, formal o conservador.

Sin embargo, a diferencia de los balbuceos reggaetoneros, las adelgazadas vocecitas de Romeo Santos y afines o los homogéneos sonidos vocales de los ídolos del R&B y del hip-hop -todos ayudados por el autotune-, los gritantes balancean sus supuestas limitaciones con una potencia emotiva descontrolada y sumamente afinada, además, sin ayudas electrónicas. Por otro lado, está demostrado que esa forma gutural o gritada de cantar también es resultado de diversas técnicas sin las cuales sería imposible de ejecutar sin sufrir daños físicos.

Tom Araya, bajista y cantante de Slayer, es una de las mejores muestras de ese estilo vocal enfocado en un ataque feroz, en el que hay más gritos que líneas estilizadas. Al escuchar, por ejemplo, el alarido de casi doce segundos que inicia uno de sus temas emblemáticos, Angel of death (LP Reign in blood, 1986) podemos entender sin mayores explicaciones que no estamos ante la misma sensación que nos producen Pablo Milanés, Susana Baca, Björk o Paul McCartney. Tampoco de cantantes menos prolijos pero muy expresivos, como por ejemplo Mark Knopfler (Dire Straits), Tom Waits o Kurt Cobain (Nirvana). Hay en estos y muchos otros casos, emociones -rabia, dolor, humor, indignación- y hay musicalidad, pero no precisamente una buena voz.

Otro tipo de grito es el que encontramos en algunos cantantes de nuestra música criolla, para dar el salto hacia un espectro totalmente diferente, con características, intenciones y sensibilidades propias. Óscar Avilés, el genial guitarrista y cantautor, lanzaba sus enérgicas e inconfundibles llamadas –“¡toma! ¡andar andar! ¡segunda!”- en marineras limeñas y valses picados y eran, estrictamente hablando, gritos. Limpios y muy agudos, estos criollazos latigazos poseen también una musicalidad que, colocados correctamente -como hacía don Óscar- aportan emoción y alegría a las estrofas en las que vienen insertados, con naturalidad y gracia. No cualquiera puede hacerlo.

En los folklores regionales de Hispanoamérica tenemos también ejemplos de gritos con función musical, que se acomodan al oído y al estilo interpretado, cuando se realizan en el tiempo y las veces adecuadas, sin caer en la repetición que cansa y termina siendo odiosa, como son odiosas las permanentes interjecciones de Bad Bunny o la obsesión de los cumbiamberos con repetir una y otra vez el nombre de sus orquestas, lugares de procedencia y cantantes.

Por ejemplo, es común oír en los huaynos del centro -los que se tocan con orquestas y conjuntos de saxofones- a cantantes mayormente femeninas lanzar gritos muy agudos en medio de las comparsas y pasacalles. También lo hacen los bailarines de danzas como el huaylarsh o las morenadas y caporales, en medio del frenesí de su presentación. Hace poco lo pude apreciar también en un conjunto de danzas típicas de Bujará, en Uzbekistán (Asia Central), en que jóvenes cantantes y bailarinas lanzan agudas voces como para darse ánimo, exactamente la misma función que en nuestras expresiones andinas.

Los argentinos, en sus zambas y chacareras, hacen lo propio, con llamadas más sobrias a la segunda y tercera estrofa, lo que en términos de nuestra marinera limeña se llamaría “canto de jarana”. Una repasada a las grabaciones de Los Chalchaleros o Los Fronterizos bastan como ejemplos. Y, por supuesto, tenemos los tremebundos y agudos gritos, desbordados de emoción y en las antípodas de sus varoniles voces de barítono o tenor, que pueden lanzar los cantantes de rancheras, al frente del conjunto mariachi, capaces de hacer saltar a quien los escuche de manera sorpresiva.

¿Qué pasa con los cantantes actualmente?

La música moderna, venga de donde venga, aun tiene espacio para buenos cantantes. Sin embargo, la tendencia comercial de la actualidad privilegia lo que suelo llamar un “paquete” dentro del cual la música o algunos de sus elementos -ciertos ritmos, instrumentos, melodías- forman parte pero no son, en muchos casos, lo principal. Por eso lo que predomina en rankings o premiaciones determinadas por volúmenes de ventas y preferencias masivas no tiene mucho que ver con la interpretación musical en sí misma, sino con las otras cosas en las que viene envuelta.

Hasta entrados los años noventa, las masas todavía premiaban a las buenas voces, quizás como rezago de lo que habían aprendido en sus niñeces y adolescencias. Artistas como Andrea Bocelli (Italia) o Sarah Brightman (Inglaterra), principales exponentes de ese subgénero conocido como “crossover” -cruce de lo clásico con lo pop- se unían a las preferencias de públicos que podían escuchar, sin escandalizarse, a bandas grunge como Pearl Jam o Soundgarden, cuyos cantantes -Eddie Vedder y Chris Cornell- poseen voces sobresalientes aplicadas a contextos influenciados por el hard-rock.

Sin embargo, desde finales de esa década hasta la actualidad, las buenas voces han pasado a segundo plano en los gustos populares, que pueden hasta llegar a apreciarlas pero como algo del pasado, un anacronismo o exceso de sofisticación, resultado de la precarización de los controles de calidad que antes ejercían los públicos compradores de discos y asistentes a conciertos -algo de eso tocamos la semana pasada en este mismo espacio-, una nueva y sesgada interpretación de la estética DIY –el “do it yourself” o “hazlo tú mismo” que sentó las bases del punk- promovida desde las redes sociales y la hipersexualización que llega tanto del R&B y el hip-hop afroamericanos como del latin-pop/reggaetón y sus respectivos divos y divas.

Quizás un buen ejemplo de cómo diferenciar entre voces expertas y voces cumplidoras sea la versión en español de Reach, composición de la cubana Gloria Estefan que, bajo el nombre de Puedes llegar, se grabó para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. En esa canción escuchamos, en un mismo contexto, una voz extraordinaria -Plácido Domingo-, varias voces buenas –“El Puma”, Patricia Sosa, Alejandro Fernández-, dos expresivas -Roberto Carlos, Julio Iglesias- y un par comunes y corrientes -Carlos Vives, Ricky Martin- que ingresan a esa subcategoría de artistas que hoy lideran todas las preferencias pues, además de canciones presentan otras ofertas “de valor” -estatus, diversión, modas- como resumiría algún marketero del siglo XXI.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Acabo de ver la película Megalópolis, última entrega del reconocido director Francis Ford Coppola estrenada en 2024. El estreno resultó en un rotundo fracaso, la cinta vino acompañada de innumerables críticas y la asistencia a las salas de cine fue exigua. Luego, siempre han existido libros, obras de arte, autores, pintores  que no fueron comprendidos en su tiempo pero sí después como es el caso de Vincent Van Gogh y como creo que lo será  esta obra de Coppola. Lo digo porque me ha dado la impresión de asistir a la presentación de una utopía en tiempo distópicos,  en tiempos en donde el gran público y la gran producción se han volcado hacia la distopía.

La actual predilección por la distopía puede deberse a los tiempos de incertidumbre que vivimos. Por una parte, con las redes sociales hemos transgredido todos los límites y parámetros morales que antes limitaban nuestras acciones y orientaban nuestra convivencia. Solían existir ciertas líneas que jamás se cruzaban y que hoy se cruzan con absoluta normalidad.  Hemos caído en una decadencia cultural en la que se han normalizado las peores bajezas y las descalificaciones más innombrables. Antes se decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios hoy podría decirse que las redes sociales constituyen la continuación de la política por otros medios y que estos pueden ser tan o más obscenos que los de la guerra. En pocas palabras, nos hemos quedado sin paradigmas, acertaron los posmodernos en 1989.

Vivimos entonces en una sociedad sin referentes morales. De una parte, un líder como Donald Trump puede abiertamente humillar a cualquiera otro, ya sea que hablemos de un individuo o de un colectivo, y admitir abiertamente que lo hace porque tiene el poder para hacerlo pero, del otro lado, el wokismo no ha querido quedarse atrás y las cancelaciones y cacería de brujas sobre seres humanos, muchas veces inocentes, escrachados por la turba cibernética a base de acusaciones falsas, han transgredido flagrantemente una serie de derechos que antes se consideraban inalienables. Lo más paradójico es que quienes así proceden dicen obrar en defensa de dichos derechos.

Podría continuar largo con esta reflexión que abarca muchos otros temas globales y sociales. Recién hemos asistido, y probablemente sigamos asistiendo, a una redición del holocausto nazi paradójicamente protagonizada por Israel en Gaza. Por otro lado, vivimos en un mundo obsesionado por reducir a la especie humana a la simple condición de consumidor en el mercado. La distopía ya está aquí y lo que nos ofrecen las grandes productoras hollywoodenses son proyecciones perversas y retorcidas de una realidad que ya vivimos, lo cual ha convertido a la utopía en la última y más incierta víctima de la cultura de la cancelación.

Hoy el hombre debe dejar de serlo para transformarse en mero consumidor,  debe convertirse en masa, debe ser pobre, apretujarse en barrios marginales y enfrentarse a otros hombres para subsistir sin plantearse ninguna cuestión existencial. Pensemos en las sagas sobre zombis, ¿no son los zombis la proyección de nosotros mismos? ¿qué son los zombis al fin y al cabo sino una apretujada y acrítica masa de consumidores de carne humana?

De tal modo que la película de Coppola sorprende porque trae un mensaje concreto, un mensaje claro, casi una moraleja, y desde esa premisa, que parece obsoleta, se plantea cuestiones fundamentales. La cinta presenta dos características contradictorias pero sinérgicas: la complejidad y la simpleza. La puesta en escena es básicamente enrevesada, se fusionan en el escenario la New York contemporánea y la antigua Roma, tanto en la arquitectura como en los diálogos y las filosofías políticas. El resultado no siempre es  armónico, la idea central es evidente.

No voy a comentar el  desarrollo de la trama pero sí voy a decir algo, y lo advierto, acerca del final de la cinta. Entre la Antigua Roma y el Mundo Contemporáneo, en el desenlace de Megalópolis resplandece El Renacimiento. Coppola coloca de nuevo al hombre en el centro del universo, al ser humano en el centro de la gravedad newtoniana. Y le dice a la sociedad presente que cuenta con suficientes recursos como para hacernos felices a todos, como para construir un mundo rememorando la Utopía de Tomás Moro. En Utopía, o en Megalópolis,  el ser  humano será valorado por lo que es, por esa materia y espíritu capaces de soñar y de crear lo que nadie más ha creado. Finalmente no utilizar la genialidad y el talento para vivir mejor, para vivir más armónicamente, para procurar la felicidad, no es más que una mala decisión política.

[OPINIÓN] La Municipalidad de Barranco anunció, sin el menor pudor, que la Costa Verde volverá a cerrarse tres veces más: miércoles 3, viernes 5 y sábado 6 de diciembre. No es un aviso, es una advertencia: los vecinos y los ciudadanos deberán soportar otro round de caos porque a algún pelotudo se le ocurrió que 50 atletas merecen paralizar media ciudad.

Mientras tanto, cientos de miles de personas que necesitan trabajar o estudiar tendrán que meterse nuevamente por las calles frágiles de Barranco, hechas polvo desde hace años por absorber semejante carga. Las pocas vías que aún resisten simplemente seguirán cediendo. Todo porque los organizadores de los Juegos Bolivarianos no hicieron su trabajo y el Gobierno Regional de Ayacucho no construyó nada pese a haber recibido los fondos. Resultado: la competencia que debía realizarse allá termina improvisada acá.

Lo curioso es la tranquilidad con la que lo informan. Como si fuese normal cerrar una vía vital tres veces en una semana. Como si los limeños no estuviéramos hartos de que nuestro tiempo y paciencia sean deleznables. Como si no supiéramos que todo esto responde a la incapacidad de una cadena completa de funcionarios pelotudos que no entienden la ciudad que administran.

Y esto no es nuevo. Durante dos años, Porky y sus aliados en Miraflores, Barranco y San Isidro ya nos habían dejado bien entrenados: tráfico interminable, obras sin orden y una planificación urbana digna de una comedia negra. Nada cambió. Solo se confirmó que la improvisación es política pública y que la ciudadanía sirve como pera de boxeo.

Así que tomen nota: este fin de semana pueden mirar el sol, pero la playa no es opción. La Costa Verde estará cerrada otra vez, gracias al mismo grupo de pelotudos iluminados que insiste en recordarnos que la ciudad está en manos de gente que no debería administrar ni un semáforo.

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