Opinión

[CIUDADANO DE A PIE] A escasas semanas de las elecciones del 12 de abril, las preferencias electorales empiezan a moverse tras semanas de relativo estancamiento. A la izquierda del espectro político, el socialdemócrata Alfonso López Chau, de Ahora Nación, aparece como la opción con mayores posibilidades de pasar a una segunda vuelta. En la derecha, en cambio, el panorama es más complejo: Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori aparecen técnicamente empatados en la punta, mientras José Williams Zapata, de Avanza País, otra de las figuras clave del parlamentarismo de facto que ha gobernado el Perú en los últimos años, figura bastante más rezagado.

Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, aunque compiten entre sí, pertenecen a un mismo bloque político, unidos por los intereses que representan, las políticas que defienden y su forma de entender el ejercicio del poder. Estas tres fuerzas constituyen lo que en España se denominó un “trifachito”: tres expresiones de una misma derecha radicalizada que compiten entre sí sin dejar de pertenecer al mismo campo político.

A este triada radical le ha surgido un rival inesperado en la persona de Wolfgang Grozo, candidato de Integridad Democrática. Su acelerado crecimiento en las encuestas podría desbaratar planes de segunda vuelta. La pregunta inevitable es si Wolfgang Grozo representa una verdadera alternativa al trifachito o si no es más de lo mismo con una envoltura de novedad.

Dios los cría y ellos se juntan: el Foro Madrid

La extrema derecha contemporánea ya no opera encerrada en fronteras nacionales, sino a través de redes transnacionales que comparten discursos, enemigos y estrategias. El Foro Madrid, impulsado por el partido neofascista español VOX, se ha convertido en el principal espacio de articulación que reúne a las derechas radicales iberoamericanas.

En el Perú, ese espacio ha encontrado adherentes y colaboradores entusiastas en dirigentes —y hoy candidatos— del trifachito y grupos afines: Keiko Fujimori, Luis Galarreta, Alejandro Muñante, Jorge Montoya, José Cueto, Patricia Chirinos, Adriana Tudela y, de manera especialmente activa, Rafael López Aliaga, anfitrión en Lima del II Encuentro Regional del Foro Madrid en marzo de 2023. Se trata, en el fondo, del mismo horizonte ideológico: una derecha reaccionaria que combina autoritarismo, guerra cultural y fantasías de reconquista bajo el emblema neocolonial de la “Iberoesfera”.

¿Cuántos más, mejor?

El refrán “cuantos más, mejor” sugiere que una tarea compartida entre varios tiene mayores posibilidades de éxito. Ese no es el caso de la política peruana, donde el “cuantos más” se ha traducido en una saturación de siglas que, lejos de favorecer un sano pluralismo de ideas, produce en el elector perplejidad y confusión al decidir su voto.

Las derechas —entendidas desde el centro liberal hasta el radicalismo — se presentan en al menos una decena de planchas presidenciales y listas parlamentarias. ¿Existen diferencias significativas que justifiquen tal fragmentación? No es el caso de los partidos que componen el trifachito, pues los tres han adoptado, en mayor o menor medida, los discursos y consignas de la actual ola reaccionaria mundial, cuyos principales rasgos son:

La guerra cultural permanente: lejos de traducirse en una defensa efectiva de la “libertad” que pregonan, su accionar político apunta a restringir derechos. Toda agenda o política pública asociada a la igualdad, la educación sexual, el feminismo o los derechos reproductivos son el blanco de sus estridentes cruzadas morales.

El integrismo religioso: a diferencia de su referente VOX, apoyado por grupos ultraconservadores católicos como el Opus Dei y El Yunque, en el Perú el respaldo más visible al trifachito —en especial a Renovación Popular— proviene de corrientes evangélicas neopentecostales. Estas iglesias viven hoy en un matrimonio de conveniencia con sectores católicos ultraconservadores que durante años las menospreciaron. Juntos buscan imponer sus convicciones religiosas al conjunto de la sociedad mediante leyes y políticas públicas, atentando contra la separación entre la Iglesia y el Estado propia de las democracias avanzadas. Paradójicamente, algunos de sus líderes y candidatos no son precisamente modelos de cumplimiento de la moral que predican.

El autoritarismo punitivo: culto a las soluciones de “mano dura” frente a problemas tan complejos y multifactoriales como la delincuencia. Promesas de megacárceles, militarización de la seguridad ciudadana, endurecimiento de castigos y reintroducción de la pena de muerte resultan atractivas en un país que enfrenta niveles de criminalidad nunca antes vistos. Pero el discurso del trifachito es una estafa, pues mientras sus candidatos proponen la “bukelización” del país, sus actuales bancadas han elaborado y promulgado un paquete de leyes procrimen que se resisten a derogar. ¿Podemos razonablemente esperar rectificaciones por parte de sus nuevos electos cargados, en muchos casos, con un prontuario delictivo difícil de ignorar?

El populismo maniqueo: a falta de un proyecto nacional inclusivo capaz de aglutinar a las grandes mayorías, el trifachito recurre a lo que Taguieff llama la «manufactura del odio»: la deshumanización y demonización de grupos a los que se atribuyen todos los males de la sociedad. Es un recurso recurrente de la ultraderecha, que convierte la política no en diálogo y gestión de los conflictos, sino en un enfrentamiento regido por la lógica militar del “amigo-enemigo”. Una guerra en la que el bien, que ellos encarnan, debe destruir al mal: sus oponentes. En el Perú, el trifachito ha designado como enemigo a “los caviares”, un cajón de sastre en el que se coloca a cualquier persona o grupo que convenga a sus intereses. La figura del caviar resulta particularmente útil, ya que —a diferencia de otras latitudes— el trifachito no puede asignar ese papel a las élites económicas y sociales, de las que forma parte y cuyos intereses defiende.

Capitalismo sin rostro humano: sectores pertenecientes al fujimorismo, pero principalmente a Avanza País, plantean una agenda económica de desregulación profunda, reducción radical del Estado, mayor flexibilización laboral, ampliación de las privatizaciones y disminución de la carga impositiva. Se trata de un recetario típico del neoliberalismo radical (Stiglitz) que persigue el beneficio del capital privado en desmedro de la protección social. Pero a ese “menos Estado” que predican, lo acompañan invariablemente con un “más Estado” represor que defienda sus intereses, tal como quedó claramente demostrado en su apoyo a las ejecuciones extrajudiciales del gobierno Boluarte en 2022/2023.

¿Más vale trifachito conocido que outsider por conocer?

Algunos analistas políticos se han mostrado sorprendidos ante el persistente apoyo electoral que reúnen Fuerza Popular y Renovación Popular, y aunque este apoyo parece haber alcanzado su techo e incluso mostrar cierto declive, lo cierto es que uno de cada cinco peruanos está ahora mismo dispuesto a votar por una de estas agrupaciones.

La sorpresa de estos analistas sería menor si tomaran en cuenta algunos datos relevantes: dos tercios de los peruanos consideran necesario contar con un “líder fuerte” que ponga orden (IDEA/Ipsos), más de la mitad apoyaría a un líder que acabe con la delincuencia, aunque no respete los derechos humanos (IEP), y a casi un tercio de nuestros compatriotas le da lo mismo vivir bajo un régimen democrático o no (IDEA/Ipsos). A la vista de estas opiniones, lo sorprendente es más bien que el trifachito no tenga una intención de voto mucho mayor.

Pero los peruanos no nos acostamos demócratas una noche y nos levantamos autoritarios la mañana siguiente. Nuestro país ha venido sufriendo desde hace años una “desdemocratización acelerada” que afecta gravemente la capacidad de gobierno, la representación ciudadana, la protección de derechos y el balance de poderes (Vergara, Barnechea), pero es la gravísima crisis de seguridad ciudadana la que actualmente capta prioritariamente nuestra atención. Cuando la población siente que su vida corre peligro al salir de casa cada día, la democracia y sus instituciones se convierten en un lujo irrelevante. Es en ese clima que el discurso de “mano dura” adquiere enorme importancia, aunque su aplicación signifique el abandono de las formas democráticas: el autoritarismo deja de ser una amenaza y se convierte en una tabla de salvación.

El crecimiento acelerado de Wolfgang Grozo tampoco debería sorprender, pues responde a las mismas causas, con un factor adicional: López Aliaga, Fujimori Higuchi y Williams Zapata no representan ninguna novedad, sino que forman parte del desprestigiado establishment político actual. Cada uno de ellos tiene un lastre que dificulta su crecimiento: a López Aliaga lo apoyan principalmente los varones de más de 50 años de las clases acomodadas capitalinas, Fujimori Higuchi tiene un monumental antivoto y Williams Zapata, como el resto de militares retirados del actual Congreso, solo parece haber tenido una agenda corporativa de dos puntos: impunidad y mejoras salariales (Rosa María Palacios dixit).

Wolfgang Grozo ha sabido captar las simpatías del electorado más joven, encarnando una opción novedosa de “mano dura”, aliada a las habilidades propias de los servicios de inteligencia. Sus promesas de hacer que Bukele parezca “un niño de pecho” a su lado y pacificar al país en menos de seis meses, no podían sino seducir a una ciudadanía que exige resultados inmediatos en materia de seguridad. Por lo demás, Grozo tiene planteamientos bastante similares a los del trifachito en temas de conservadurismo moral, neoliberalismo radical, populismo maniqueo y terruqueo. Nada que pueda realmente desencantar a amplios sectores de la derecha, incluidos los más radicales. Todo lo contrario.

¿Logrará Grozo mantener su tendencia ascendente? Ya algunos nubarrones ensombrecen su horizonte electoral: un discurso que se modula o contradice según el auditorio al que se dirija, más propio del cálculo político que de verdadera convicción, y una imagen de outsider sin tacha que se desdibuja por su acercamiento a cuestionables personajes como Zamir Villaverde y Tomás Aladino Gálvez… El tiempo —muy breve — responderá esta pregunta.

[Música Maestro] El estreno, a finales de febrero, de Do the impossible (Christine Turner, 2026) para la serie American Masters de la plataforma de streaming PBS trajo de regreso a los medios culturales y especializados en música, a la enigmática e inescrutable figura de Sun Ra, uno de los compositores de jazz vanguardista menos mencionado entre los titanes del género.

Aun cuando los conocedores equiparan su capacidad en el piano a la de Thelonious Monk, su sentido del riesgo y la experimentación a Miles Davis o sus dotes de arreglista y director de ensambles a Duke Ellington, es prácticamente imposible encontrar títulos suyos en el canon de standards -si pertenecen a esa exclusiva minoría que le dedica tiempo a leer esta columna, ya saben perfectamente qué es un “standard” cuando hablamos de jazz-, a pesar de que lanzó más de un centenar de discos entre 1955 y 1993, año en que falleció a los 79 años.

También es verdad que, por momentos, la cacofonía producida por la línea de metales que organizaba, entre saxofones, trombones, clarinetes, trompetas y oboes, es un caos controlado que se hace difícil de escuchar, aun para el oído experto. Es como tener a diez Eric Dolphy (1928-1964) juntos haciendo solos de hard-bop con pitos agudos de Arturo Sandoval de fondo y Pharoah Sanders (1940-2022) soplando tres saxos al mismo tiempo, todo a la vez. Mientras eso pasa, Sun Ra, con los ojos extraviados, hace señas y se recuesta sobre los teclados, a veces lanzando arácnidos arpegios de be-bop y otras, simplemente, aporreando los acordes como su colega Cecil Taylor (1929-2018).

En esos instantes -eventualmente, bastante largos- las fanfarrias de Frank Zappa y The Mothers Of Invention entre 1967-1969, sus arrestos de estrafalaria big-band con The Grand Wazoo/The Petit Wazoo Orchestras (1972) o las oleadas de ruido eléctrico de Miles Davis en su periodo Bitches brew -como las del álbum en vivo Pangaea (1969)- quedan como ejercicios de educación inicial frente a todo este desmadre sonoro. Es que la música de Sun Ra era, literalmente, de otro planeta.

El jazz no tiene límites

La primera vez que leí algo acerca de Sun Ra fue hace un cuarto de siglo, en una entrevista a George Clinton. Hasta ese momento, yo estaba seguro de que el cantante, productor y compositor que llevó al espacio exterior al funk de James Brown y al soul de Sly & The Family Stone era el creador de esa imaginería entre espacial y africanista que, posteriormente, fueron marca registrada de Earth, Wind & Fire y, en algunos momentos -sobre todo en vivo- de Prince.

En la conversa que, si mal no recuerdo, fue publicada por la revista Rolling Stone, el líder de la pandilla Parliament-Funkadelic menciona a Sun Ra pero no como una influencia directa, sino con sorpresa cuando, al escucharlo a mediados de los setenta, descubrió que ambos venían alimentándose de las mismas fuentes de inspiración para levantar el orgullo afroamericano, en una época dura para ese grupo racial, ligándolo a cuestiones extraterrestres y todo lo que eso implica -libertad, estigmatización, prejuicio-. “Íbamos al mismo restaurante y, sin cruzarnos entre nosotros, comíamos lo mismo”, dijo esa vez.

Sun Ra llevó ese concepto, el de la alienación en un mundo hostil y reprimido por distintas fronteras -culturales, sociales, políticas, religiosas, psicológicas- al máximo de su capacidad expresiva. Sus largas y confusas suites no son el resultado de arranques de liberación motivados por una coyuntura, que podría ser una moda o un específico momento de su vida personal. Son la materialización sonora de su ruptura con todo lo convencional, seguro de que algo o alguien le encomendó la misión de dar a conocer ese mensaje diferente a una humanidad que le es ajena, que está incapacitada para comprenderlo porque ese mensaje proviene del espíritu, esa dimensión mística que el ser humano occidental tiene olvidada desde hace décadas.

Ser negro, norteamericano y, como sugieren tímidamente algunos, asexuado -para no decir sin tapujos lo que hasta hoy, treinta años después de su muerte, sigue siendo solo una sospecha- fueron para Sun Ra los motores que dispararon la necesidad de inventarse una vida distinta a la del resto, una elección que en términos de “lo normal” puede verse como cierta especie de locura, una delusión ocasionada por traumas o problemas mentales surgidos de su propia genética humana. De pertenecer a todas las minorías pasó a convertirse en una entidad única, inasible. Por ello la oficialidad del jazz le dio la espalda.

Sun Ra inventó el afrofuturismo

A pesar de esa postergación -Frank Tirro, por ejemplo, en su célebre libro The history of jazz (1977), no lo menciona ni una sola vez en sus más de 400 páginas- el extravagante pianista contribuyó tanto como el saxofonista Ornette Coleman (1930-2015) o The Art Ensemble of Chicago a la aceptación del free-jazz como subgénero de la vanguardia musical norteamericana, con álbumes como los dos volúmenes de The heliocentric worlds of Sun Ra (1965) que, de alguna manera, pueden servir de puerta de ingreso y resumen para un catálogo mucho más extenso y retador.

Su verdadero nombre fue Herman Poole Blunt, pero decidió cambiarlo por Le Sony’r Ra -en alusión a la divinidad solar egipcia- como un acto de rebeldía ocasionada por la discriminación que padeció durante sus años juveniles. La nueva identidad quedó comprimida, poco tiempo después, a Sun Ra, que se convirtió en su nombre legal a inicios de los años cincuenta, en una movida similar a la que hiciera una década después el boxeador Muhammed Ali, otro icono del “poder negro”, movimiento de reivindicación racial en medio de la lucha por derechos civiles.

Había nacido en 1914 en la ciudad de Birmingham (Alabama, Estados Unidos) y, desde su adolescencia mostró serias aptitudes para la música, tocando en el piano melodías completas de oído. Su carrera en el jazz se inició mucho tiempo antes de reinventar su personalidad, en tríos y conjuntos de Chicago y Nueva York, puliendo su estilo virtuoso como pianista hasta que, en algún lugar entre los años treinta y cuarenta le ocurrió algo extraordinario.

“Todo mi cuerpo se transformó, podía ver a través de mí mismo, no tenía forma humana. Me teletransportaron y estaba en un escenario con ellos. Ellos me hablaron”, cuenta su biógrafo John Szwed en Space is the place: The lives and times of Sun Ra (1997), libro en el que se revelaron, por primera vez, varios aspectos de su infancia, adolescencia e inicios en la música. Como queda claro, Sun Ra describe, en este pasaje, una abducción. Según el músico, fue secuestrado por seres extraterrestres que se lo llevaron nada menos que a Saturno, a mil cuatrocientos millones de kilómetros de distancia de aquí.

A partir de ese extraño y poco comprobable evento, Sun Ra adoptó una personalidad mística y distante, como si todo el tiempo estuviera en un plano diferente. Para sus músicos, era además de director, una especie de gurú espiritual, un maestro. En sus entrevistas, abundaban las divagaciones entre lo metafísico y lo onírico. Y en sus conciertos, él y sus músicos se presentaban con coloridas vestimentas hechas de materiales sencillos que influenciaron a toda una generación, a través de una estética musical y artística que integra elementos de identidad racial con una combinación entre historia de la cultura negra ancestral, tecnología y ciencia ficción que, años más tarde, terminó llamándose “afrofuturismo”.

The Sun Ra Arkestra: sus discípulos

Después de algunos años fuera de todo circuito musical, quizás recuperándose de aquella inverosímil experiencia y ordenando los encargos que recibió “desde el espacio exterior”, Sun Ra reapareció, en la segunda mitad de los años cincuenta, con tres álbumes de jazz más o menos convencional –Jazz by Sun Ra (1957), Super-sonic jazz (1958) y Jazz in silhouette (1959)- con los que presentó en sociedad a su propia orquesta, un conglomerado de colaboradores que lo acompañó de manera casi permanente durante las tres décadas y media siguientes.

Siempre en esa onda entre lo esotérico y lo religioso, Sun Ra bautizó a su grupo como “The Arkestra”. El nombre une los vocablos “Orchestra” y “Ark”. Este último –“arca” en español- hace alusión a dos objetos de fuerte significado para el judaísmo, presentes en el Antiguo Testamento. Por un lado, la mítica embarcación que Noé construyó, por mandato divino, para proteger a las especies del castigo diluviano y, por el otro, el Arca de la Alianza, el contenedor de madera recubierto de oro donde Moisés guardó las tablas de la ley.

Los músicos de The Arkestra se entregaban por completo a la filosofía de Sun Ra, convirtiéndose en constantes aprendices de aquello que aprendió en Saturno. En el documental A joyful noise (Robert Mugge, 1980) pueden verse entrevistas a varios de ellos, describiendo el proceso creativo de Sun Ra y sus cósmicos conceptos que influyeron profundamente en sus carreras. Para entender la relación entre Sun Ra y las múltiples configuraciones de su Arkestra, este largometraje -junto a Space is the place (John Coney, 1974), cuya banda sonora se convirtió en uno de sus álbumes más celebrados- son excelentes muestras de ese liderazgo, entre paternalista e hipnótico, que Sun Ra ejercía en quienes ingresaban a su órbita.

Aunque la mayoría de sus álbumes oficiales estuvieron firmados como Sun Ra and His Arkestra, el colectivo recibió a lo largo del tiempo distintos sobrenombres que aumentaban su conexión con lo galáctico. Así, el álbum When sun comes out (1963), uno de los primeros que lanzó con su propio sello, convenientemente llamado El Saturn Records, tiene en sus créditos a la Myth Science Arkestra; mientras que lanzamientos setenteros como Atlantis (1970) o Pathways to unknown worlds (1975), bajo el nombre de Astro-Infinity Arkestra o variaciones que incluían frases como “universo azul”, “intergaláctica astral” y otras marcianadas de ese estilo.

The Arkestra sin Sun Ra: Un legado vivo

Para la década de los noventa, Sun Ra and His Arkestra tenían un amplio y muy bien ganado prestigio, como pioneros del afrofuturismo, una corriente musical que, de forma equivalente a la blaxpoitation del cine setentero, generó fuertes dosis de orgullo en la comunidad afroamericana en épocas de intensas luchas sociales y como portadores de una idiosincrasia sonora arriesgada y experimental, al punto que una banda en apariencia tan distinta como Sonic Youth los tuvo de teloneros durante varios conciertos promocionales de su noveno álbum oficial, el influyente Dirty (1992), un evento que Lee Ranaldo, guitarrista de los iconos del indie-rock calificó de “memorable”.

Un año después de aquella insospechada colaboración, Sun Ra falleció a los 79 años, de múltiples dolencias orgánicas tras una larga convalecencia y rodeado de su familia en Alabama. El saxofonista John Gilmore asumió la dirección de The Arkestra hasta su propia muerte en 1995, a los 63, de un enfisema pulmonar. Su lugar fue ocupado por otro de los más cercanos colaboradores de Sun Ra, Marshall Allen, también saxofonista. Ambos, junto a la vocalista June Tyson (1936-1992), el saxofonista Danny Ray Thompson (1947-2020), el bajista Ronnie Boykis (1935-1980) o el percusionista Stanley Morgan, conocido como Atakatune (1953-2018), estuvieron entre los más identificados con la filosofía artística de Sun Ra.

El caso de Marshall Allen es verdaderamente notable. A sus 102 años, sigue haciendo sonar su saxo alto a impresionantes volúmenes, manteniendo intacta su vocación por la experimentación sonora y el catálogo de Sun Ra, que enriquece con sus propias composiciones. Bajo su dirección, The Arkestra ha seguido adelante como uno de los actos en vivo más coloridos, desafiantes e innovadores en una escena de jazz que también padece los rigores de la homogeneización que prima en la industria musical. Junto con trompetista Ray Anthony (104), el único sobreviviente de la big-band de Glenn Miller (1904-1944), Marshall Allen -que el año 2024 lanzó un disco nuevo, titulado New dawn– debe ser el músico de jazz más longevo y activo.

Un ruido agradable

Hubo épocas en que los músicos de pop-rock tenían cosas qué decir, relevantes, trascendentes. Podía ser con melodías accesibles y simples, como en el caso de los Beatles y los Rolling Stones o de arcanas armonías intrincadas y complejas, como pasaba con Genesis o Frank Zappa. En el mundo del jazz, se podía ser convencional como Frank Sinatra y sus orquestas melódicas o contracultural como Miles Davis, espiritual como John Coltrane, social como Charles Mingus. Pero el patrón se repetía. Con simplicidad o en medio de complicaciones, la música transmitía cosas que iban más allá del mensaje superficial o políticamente correcto.

Con el correr de los años, una crisis de contenidos que comenzó en la década de los ochenta fue haciendo retroceder a aquellos artistas conscientes de su rol social, convirtiéndolos en placer para minorías. Donde antes el mensaje marcaba la tendencia, hoy reina la ligereza, el reduccionismo de fórmulas vendedoras. No hay discursos, solo eslóganes.

Por eso, la presencia del legado artístico y sonoro de Sun Ra, imperceptible y a la vez perenne, como el aire que respiramos, es un hecho que debe conocerse y, en la medida de lo posible, difundirse. Y su trabajo sostenido junto a reconocidas bandas de indie-rock como Clap Your Hand And Say Yeah o Yo La Tengo -con quienes estuvieron de gira el año pasado-, una muestra del valor que tiene para quienes siguen aferrados a hacer música no solo para estimular los sentidos sino también para ponerlos a prueba y expandirlos.

Escuchar álbumes clásicos como el alucinante Live at Montreaux (1976) o los sonidos menos enredados de títulos como Lanquidity (1978), Visits planet earth (1966) o Some blues but not the kind that’s blue (1977), o ver la tocada que hizo, en el año 2014, The Sun Ra Arkestra en los Tiny Desk Concerts de la NPR, permite entrar en contacto con una propuesta difícil pero fresca a la vez, un rotundo manifiesto de personalidad musical ante la ausencia de riesgos que toman muchos músicos modernos, más preocupados en hacerse famosos rápidamente que en construir un legado que resista la prueba del tiempo, como en su momento lo hizo Sun Ra.

 

[OPINIÓN] La advertencia del embajador estadounidense Bernie Navarro —»el dinero chino barato cuesta soberanía»— merece análisis crítico desde perspectivas que el discurso oficial silencia. ¿Dónde está la soberanía peruana cuando el FMI condiciona política fiscal, o cuando la DEA opera en territorio nacional sin supervisión parlamentaria efectiva? La retórica selectiva aplica estándares exclusivos a inversión asiática mientras se aceptan condicionantes occidentales en defensa y financiamiento. La base espacial de Tahuantinsuyo, cooperación civil con China, genera alarma en Washington; pero EE.UU. mantiene 76 bases militares en América Latina, algunas en países donde la población desconoce su alcance operativo. En Ecuador, hace poco, 76% de la poblacion en un referendum exigio la salida de la base militar de Manta.

La falsa dicotomía «romper con China» ignora complementariedad económica estructural. Desde 2014, Pekín es primer socio comercial del Perú, impulsado , no por la ideología , sino por demanda real de cobre y crecimiento del 141.8% en exportaciones no tradicionales. Romper este vínculo sería irracional económicamente. Pero presentarlo como dependencia omite que Estados Unidos mantiene relaciones comerciales masivas con China —superior a cualquier otro país— pese a retórica confrontacional. La «dependencia» es relativa: ¿es China dependiente de mercados occidentales u occidente de manufacturas chinas?

El «equilibrio» diplomático propuesto por el canciller Hugo de Zela asume implícitamente que el perjuicio siempre derivará de responder a Washington, nunca de sus acciones unilaterales. La realidad contradictoria: EE.UU. es destino clave para agroexportaciones peruanas, pero mantiene subsidios agrícolas que vulneran competencia leal, mientras exige «acceso equitativo» a mercados latinoamericanos. Las «tensiones políticas» no deberían derivar en aranceles punitivos contra agricultores peruanos; pero tampoco deberían impedir que Lima cuestione prácticas comerciales desleales del norte.

Desde Pekín, la narrativa distingue cuidadosamente infraestructura de desarrollo de instalaciones militares. Chancay opera bajo legislación peruana, con concesión temporal, no propiedad absoluta, y puertos similares con inversión china funcionan en territorio estadounidense mismo. La comparación es incomoda para Washington: ¿quién representa mayor «influencia» extranjera medida en presencia militar desplegada, bases operativas y operaciones de inteligencia?

Aquí cobran relevancia las experiencias del bloque progresista democrático latinoamericano. Brasil, bajo Lula, negoció cláusulas de transferencia tecnológica en infraestructura con inversión china que el Perú no exigió en sus contratos, permitiendo desarrollo de capacidades locales en ingeniería portuaria. México, bajo presión similar de EE.UU. durante el T-MEC, mantuvo soberanía energética nacionalizando litio mientras expandía comercio con ambas potencias globales, demostrando que «neutralidad» no es equidistancia pasiva sino negociación activa desde intereses nacionales definidos. Bolivia y Honduras han diversificado socios comerciales sin rupturas dramáticas, priorizando industrialización primaria sobre exportación bruta de recursos.

La Unión Europea, particularmente los gobiernos socialdemócratas de Alemania y España, ofrecen marcos regulatorios aplicables. Su estrategia de «inversión sostenible» exige estándares laborales, ambientales y de gobernanza a capitales extranjeros —incluidos chinos y de EEUU— sin prohibir la inversión, creando competencia por calidad en lugar de veto geopolítico. El mecanismo de «diligencia debida» empresarial, que responsabiliza a inversionistas por cadenas de suministro, podría adaptarse al Perú para garantizar que Chancay cumpla estándares peruanos, no solo comerciales chinos ni de seguridad estadounidenses.

La conclusión no debe ser ser un Peru «puente» donde competidores globales se enfrenten, metáfora que asume que el Perú carece de agenda propia más allá de facilitar la bronca ajena. La estrategia latinoamericanista exige ser jugador con reglas propias: industrializar el cobre antes de exportarlo (valor agregado que Chile aplica al litio), exigir contrapartidas tecnológicas a toda inversión extranjera sin distinción de origen, y rechazar tajantemente que la «seguridad» de cualquier potencia defina que es «infraestructura peruana crítica». El desarrollo nacional no está en juego en la rivalidad Sino-Americana; ambas potencias deben adaptarse a parámetros que Lima defina unilateralmente para beneficio soberano. La verdadera independencia no es equidistancia, es capacidad de imponer condiciones. Solo hay que votar, este 14 de abril, por los candidatos que revisen agenda del Canciller de Zela, con acelerada entrega del pais a una potencia extranjera, restituyendo la soberania economica y militar del Peru. Mal calculo subordinarse a EEUU, la guerra con Iran lo cambia todo, al ser posiblemente derrotada la ultima guerra unipolar ,por una estrategia asimetrica de resistencia cuya efectividad hace obsoleta la teoria del » patio trasero» del Imperio. Una China fortalecida, sin disparar un solo misil o construir una sola base militar, es un mejor socio comercial que EEUU. O no?

[OPINIÓN] Cada cinco años el Perú vive un fenómeno curioso: antes de las elecciones, el sentido común se toma vacaciones y la gente corre a refugiarse en las encuestas. No importa que la historia haya demostrado, una y otra vez, que en el Perú las encuestadoras descubren la verdad recién cuando faltan quince días para la elección. Antes de eso, son más bien un ejercicio de imaginación… o de financiamiento.

Ocurrió en 2016. Ocurrió en 2021. Y probablemente volverá a ocurrir ahora.

Pero igual la gente necesita creer. Es una cuestión casi espiritual.

Hoy, el candidato que más ruido produce es Rafael López Aliaga. Nadie puede negar que su despliegue comunicacional es el mayor de todos: redes sociales, entrevistas amistosas, encuestas generosas y un entusiasmo económico que, según él mismo, sale de su propio bolsillo.

El problema no es el ruido. El problema es su temperamento.

En su vocabulario político, “corrupto”, “imbécil” o “ladrón” aparecen con una naturalidad admirable. Los militares —según él— hacen “estupideces en los cuarteles”, las culebras shushupe son las indicadas para combatir la inseguridad, y cualquiera que discrepe entra rápidamente en la categoría de idiota. El candidato se presenta como un casto salvador, benefactor y millonario providencial. Sin embargo, la gestión municipal que debería ser su principal vitrina luce más bien como un inventario de promesas incumplidas: trenes abandonados en un parque, obras a medio hacer y una municipalidad con demandas internacionales serias y financieramente comprometida por años. Todo esto pronto le pasará la factura.

Pero claro, eso, por ahora, también tiene remedio: un periodista amigo o una encuesta adecuada.

En la otra orilla aparece Keiko Fujimori. Su partido mantiene un electorado estable y, para bien o para mal, es la organización política más persistente de los últimos quince años. Sus adversarios han intentado liquidarla judicial y mediáticamente durante una década, sin éxito. Hoy la candidata reaparece libre, políticamente rehabilitada y, como suele ocurrir en el Perú, otra vez en la conversación final.

Las encuestas, sin embargo, prefieren tratar ese dato con tibia prudencia. No vaya a ser que la realidad incomode demasiado al relato.

Luego está el resto del zoológico electoral.

Carlos Álvarez ocupa el espacio del entretenimiento político: votos que nacen de la risa y mueren en la reflexión. César Acuña conserva su sólida chacra norteña, fertilizada durante años con beneficios, favores y una universidad que educa… más o menos. López Chau parece condenado a vivir eternamente de su cuota de izquierda —entre el cinco y el siete por ciento—, porcentaje que difícilmente le alcanzará para pasar a mayores. Y el general Grozo —novedad reciente de las redes— disfrutó un breve destello juvenil que se apagó con la misma velocidad con que suelen apagarse las mentiras, sobre todo cuando vienen acompañadas de disculpas.

Todo lo demás, francamente, es voto perdido. Ni los demás generales ni el joven fantasma del Apra con aspiraciones épicas parecen destinados a alterar el tablero.

Pero aún falta en la ecuación el gran protagonista silencioso de esta elección: la cédula de votación.

Un documento tan complejo que rivaliza con un crucigrama dominical de alto nivel. Muchos ciudadanos necesitarán una hora para descifrarla. Otros simplemente renunciarán en el intento. Votos nulos, cédulas rotas, errores involuntarios: un cuarenta por ciento de incertidumbre que ninguna encuesta logra medir, y menos aún incluir en su vaticinio semanal.

Así que volvamos al viejo y desprestigiado sentido común.

Ese mismo que sugiere que López Aliaga difícilmente será presidente, que Keiko Fujimori tiene altas probabilidades de pasar a segunda vuelta y que, llegado ese escenario, buena parte de los votos dispersos terminarán alineándose con la opción que al menos conversa con todos, incluso con sus adversarios más furibundos.

Pero no arruinemos la fiesta.

Sigamos creyendo en las encuestas. Gracias a ellas, muchos votarán convencidos de que el ganador ya está decidido. Y ese pequeño espejismo puede ser, paradójicamente, lo que termine llevando a alguien a la segunda vuelta.

Donde, como suele ocurrir en la política peruana, la realidad llega tarde… pero llega.

Salvo, claro, que me equivoque.

Aunque el sentido común —ese viejo mañoso— me dice que no.

Y ya saben, parafraseando al amigo Armas:

“Ojo de loca no se equivoca”

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Pocos libros me inspiraron tanto como Más Allá del Estado Nacional, de Jürgen Habermas, publicado en 1998. La democracia, los derechos del hombre, los fundamentales, por fin habían triunfado en el planeta. Por fin los nacionalismos y las ideologías totalitarias no reclamarían más su cuota de sangre al ciudadano, por la patria, por el centímetro de territorio que se defiende con la vida, por la lucha contra el adversario  nacional o ideológico.

Más allá del Estado Nación fue una interpretación del nuevo paradigma emergente, menos superficial, más filosófica y, básicamente, más humanista que la de Francis Fukuyama en su El fin de la Historia (1992), estridente y fantasiosa apología neoliberal.

Inevitablemente, el elemento utópico estaba presente en la obra de Habermas, como lo está en toda obra que analiza, no solo el presente sino un periodo de transición. Lo cierto es que el mundo de la igualdad, y de los derechos fundamentales, anunciado en 1948 por la Declaración Universal de los Derechos Humanos nunca llegó.

La década milenio fue de absoluta incertidumbre, la de los diez marcó otro tránsito, de polos ideológicos signados por una mirada estructural, comunismo vs. capitalismo, por otra con énfasis en la impronta cultural, magas vs wokes, y en este escenario nos encontramos hasta hoy.

La segunda gestión presidencial de Donald Trump complica aún más las cosas.  Si el orden jurídico internacional instaurado en 1945, léase la ONU y adláteres, pocas veces se impuso a las apetencias de las grandes potencias, el mandatario americano ha decretado, en los hechos, el fin de dicho orden, y el inicio de otro caracterizado por la Real Politik, por el poder del más fuerte, de otro análogo a los que antecedieron, en el siglo XX, a las dos grandes guerras mundiales.

Pero por todo lo dicho, la utopía incumplida de Habermas parece comenzar a abrirse paso en nuestro indecible presente que tanto nos acongoja con incertidumbres de guerra, con violencia, con la prevalencia sin atenuantes del más fuerte. La república, la democracia, ya no constituyen más el régimen dominante a nivel global, el orden político que regula, en su interior, la lucha por el poder, pero retorna convertido  en Tercera Vía. Y comienza a hacerlo desde izquierdas democráticas que vuelven a percibir el compromiso social, ante las grandes carencias materiales ciudadanas, como la primera de las agendas en una lucha por reinstaurar la vigencia de los derechos fundamentales.

Veamos un momento al Perú, finalmente. Menos de un mes nos separa de las justas electorales del 12 de abril. Existen, enhorabuena y en medio del infernal zumbido de la corrupción, apuestas por la recuperación del Estado, arrebatándoselo a las coaliciones de mafias que se han apoderado de él, lo que limita sensiblemente su capacidad de servicio al ciudadano.

Pero el Perú es también identitario: lo demostró el inesperado triunfo de Pedro Castillo en 2021, de pésima gestión y debemos señalarlo, muy aparte de muchas otras consideraciones. Pero Pedro Castillo fue presidente porque representó el grito secular de los desposeídos, un grito que entona notas étnicas y socioculturales, porque, mal que a algunos les pese que esto se diga, en el Perú aún existen millones de ciudadanos que estarían en una situación igual o muy parecida si diésemos un salto en el tiempo y nos situásemos a fines del siglo XIX, y aún si diésemos otro salto y nos situásemos en la era colonial.

Miremos pues al Perú serrano rural y al Perú amazónico, y exijamos del Estado peruano, en primer lugar, el perdón por su secular abandono, y que implica inclusión y reconocimiento, así como sus servicios, en el más alto nivel, en el que se merecen todos los ciudadanos nacidos en el país.

Jürgen Habermas sobrevivió la Alemania Nazi, vio alzarse y derrumbarse el muro de Berlín, fue espectador privilegiado del principio y el fin de la Guerra Fría. Lo que no vivió Habermas fue al Perú y sus complejidades. En el Perú, la democracia no se entiende sin reconocimiento, inclusión y justicia social. Téngalo presente quienes sueñan con la Promesa Peruana de Basadre y la Utopía Republicana de Carmen Mc Evoy.

En la imagen, IA de Jürgen Habermas en los andes peruanos junto a mujer andina.

[Música Maestro] El soundtrack de mi adolescencia

La semana pasada se cumplieron exactamente cuarenta años del lanzamiento de esta obra maestra de la música agresiva, casi una hora de catarsis en la que cuatro muchachos que no llegaban todavía a los 25 años consolidaron una propuesta corrosiva e inteligente a la vez, que marcaría un antes y un después en el rock duro, construyendo sus épicas y elaboradas canciones con tanto entusiasmo y calidad que se convirtieron en el buque insignia de uno de los géneros de metal extremo más admirados, el thrash.

Deben haber sido miles las veces que he escuchado el Master of puppets, desde ese verano limeño de 1987-1988, en que llegó a mis manos por primera vez, en la forma de un cassette pirata comprado en el mercado negro del centro y me sigue erizando la piel hasta ahora. El LP había aparecido en el Estados Unidos un año antes, el 3 de marzo de 1986 y era toda una sensación en el circuito subterráneo de música popular en inglés.

En plena era del rock de los ochenta y sus cientos de opciones populares -desde Bon Jovi hasta Madonna- y cuando en el Perú se cocinaba el rock subterráneo en nuestra tugurizada capital, a escondidas, casi de forma clandestina, uno tenía que agenciarse de otras maneras el acceso a este disco, el tercero de Metallica, cuyas canciones jamás iba a sonar en radios convencionales o en las fiestecitas de nuestro barrio, allá en la quinta etapa de Pando en San Miguel, donde lo que bailábamos era Soda Stereo, The Cure y Hombres G.

Una banda que revolucionó el metal

Metallica inventó el thrash, dicen algunos. Y aunque siempre es difícil dar crédito absoluto a esta clase de aseveraciones, en este caso no está muy lejos de la realidad. Como lo han contado en más de una oportunidad los dos miembros fundadores, James Hetfield y Lars Ulrich, en la inmensa cantidad de documentales que se han producido sobre ellos, desde que se conocieron en California siendo unos adolescentes, se la pasaban horas de horas escuchando discos de bandas como Budgie, Black Sabbath, Diamond Head, Thin Lizzy, Venom y Motörhead, sazonadas con oceánicas cantidades de alcohol, exageradas para sus cortas edades.

En ese entonces, en que se juntaban a tocar con sus amigos -entre ellos Dave Mustaine y Ron McGovney, guitarra y bajo originales del grupo- inspirados en los vinilos de la New Wave Of British Heavy Metal que el incendiario baterista nacido en la fría Dinamarca coleccionaba compulsivamente, solo se trataba de emular a sus ídolos. Pero algo pasó y sus sensibilidades de chicos callejeros, inconformes con los convencionalismos de su tiempo, generaron sonidos nuevos que recogieron todo ese aprendizaje y lo transformaron en un vehículo para expresar y desahogar sus propios sentimientos de alienación frente a las presiones sociales de la época, que podían llegar a ser emocionalmente nocivas y hasta fatales.

Eso, sumado a los ensayos obsesivos en los que se enfrascaban con el único objetivo de convertirse en el grupo más rápido y agresivo del mundo, hizo de la carrera de Metallica una verdadera revolución en la escena metalera, que inició su camino hacia la conquista del mundo en 1983 con Kill’em all, un potente álbum debut que fue entendido solo por unos cuantos visionarios. Un año después, Ride the lightning (1984), demostró una vertiginosa evolución en la forma de componer de James Hetfield (voz, guitarra) y Lars Ulrich (batería).

Mientras, la llegada de Kirk Hammett en reemplazo del hiper talentoso pero díscolo Dave Mustaine dio un ritmo diferente a los solos que se complementó a la perfección con el bajo virtuoso de Cliff Burton, quien había sustituido a McGovney. Para cuando viajaron a los estudios Sweet Silence, en Dinamarca, para grabar su nueva selección de temas bajo la batuta del productor Flemming Rasmussen, en septiembre de 1985, Metallica ya era una máquina imposible de detener.

Lado A: Adrenalina pura

Desde los primeros acordes de guitarras acústicas, uno puede sentir la oscuridad, el misterio, el ambiente cargado de tensión. Pero nadie que escuche el álbum por primera vez podría adivinar lo que viene después de esos cuarenta segundos de espectral calma. Las guitarras de Hammett y Hetfield parecen hachazos que cortan la respiración, con el furioso riff de Battery y la descomunal descarga de velocidad de la sección rítmica de Burton-Ulrich.

Este llamado a las armas -Metallica cultivó desde su primer disco la idea de que sus seguidores conformamos un ejército, con temas como Whiplash o Metal militia- termina y, casi sin respirar, nos lanza de cabeza al universo distópico del tema-título, Master of puppets. Ocho minutos y medio de una espiral esquizofrénica con un intermedio melódico de guitarras gemelas que tiene el efecto de un poderoso calmante. Es un breve descanso de minuto y medio antes de que la pesadilla vuelva, como esos tramos rectos y lentos de las montañas rusas que separan a una caída libre de la otra. Las pesadillescas risas del final es estremecedor y placentero a la vez.

Antes del que quizás sea el mejor tema del álbum -por temática y creatividad instrumental-, Welcome home (Sanitarium), nos encontramos con una canción atípica en esta etapa auroral de Metallica, The thing that should not be, fuertemente influenciada por Black Sabbath. Rotunda y oscura, parece una pisada destructora de la criatura de horror inventada por el norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937) que ya les había servido de inspiración en el disco anterior con un alucinante instrumental, The call of Ktulu.

Lado B: Velocidad y brillo

Los frenéticos quiebres de Disposable heroes muestran a un dúo de guitarristas -Hetfield y Hammett- capaces de llevar todo lo que aprendieron durante sus años formativos a un nuevo nivel de intensidad, con armonías en guitarras dobles a toda velocidad, como si Brian Robertson y Scott Gorham (Thin Lizzy) hubiesen recibido una descarga eléctrica en las manos. Robert Trujillo, bajista de Metallica desde el año 2003, dice que esta es su canción favorita, desde el punto de vista de un oyente y seguidor del grupo.

Este furibundo arranque del segundo lado del vinilo original es seguido por Leper Messiah, de ritmo cortante en guitarras y un tono más pesado, faceta que la banda ya había desplegado plenamente en su álbum anterior Ride the lightning, con el que comparte más de una similitud en cuanto a la estructura de sus contenidos -inicio con plácidas guitarras seguido de tormentosas canciones y temas de medio tiempo que matizan la velocidad predominante. Como The thing that should not be, este tema ha envejecido bien. Si antes parecía un inesperado bajón, ahora ambos temas funcionan como balance.

Orion continúa la costumbre del Metallica de los primeros años, de colocar un instrumental en cada disco. Definido de principio a fin por el virtuosismo de Cliff Burton en las cuatro cuerdas, es uno de las mejores composiciones en el catálogo del grupo por la contundencia de sus diferentes partes, el peso de cada músico tanto en los melódicos solos como en las armonías de fondo que son casi orquestaciones, la atmósfera de arrollador poderío que, tras ocho minutos y media, se aleja dejando devastación detrás de sí, una aplanadora. Y para cerrar, otra brillante descarga de agresividad con Damage Inc., que comienza con un bajo procesado al revés que simula, nada menos, que una melodía de Johann Sebastian Bach del siglo XVIII.

Cliff Burton: el arma secreta

Un tema recurrente ente quienes escuchamos este disco desde nuestra adolescencia es cómo la pobre mezcla original de 1986 ocultó las líneas de bajo de Cliff Burton, para dar mayor protagonismo a las guitarras o a la voz de Hetfield. Una envidia sana recorre mi cerebro cada vez que pienso en aquellos contemporáneos nuestros que, en California o en alguna de las ciudades de Europa por las que pasaron, pudieron ver al prodigioso bajista hacer lo suyo en vivo. Como hemos podido redescubrir en ediciones más recientes del disco, remezcladas con la tecnología del siglo XXI, es simplemente estremecedor de lo bien que suena.

Hagan la prueba y busquen en YouTube, por ejemplo, las pistas aisladas del bajo original de Orion. Cada fraseo es diferente, los solos demuestran un manejo técnico impresionante de las pedaleras y su digitación natural trae a la memoria tanto a Geezer Butler (Black Sabbath) como a Steve Harris (Iron Maiden) y a Geddy Lee (Rush). Por supuesto, ya lo habíamos notado en el instrumental Anesthesia (Pulling teeth) o en la introducción de For whom the bell tolls, de los álbumes previos, pero sus grabaciones en Master of puppets lo dejan clarísimo. El tipo era un genio, el arma secreta de Metallica.

Ocurre lo mismo con las demás canciones del disco, aunque a título personal prefiero detenerme en sus sorprendentes arreglos para Disposable heroes, Master of puppets (la canción) y Welcome home (Sanitarium). El amplio rango de recursos de Cliff Burton lo alejan del rol básicamente rítmico del bajo para convertirse en pieza fundamental de la contundencia del conjunto, casi como un tercer guitarrista, con furiosa velocidad, inventiva para los fraseos y precisión virtuosa. Tristemente, la fatalidad del destino cortó una vida que prometía mucho más en el mundo de la música en general, y del heavy metal en particular.

Cuarenta años de una tragedia

El aniversario 40 del Master of puppets también trae a la memoria un horrible accidente. Para promocionar el disco, Metallica se embarcó en una ambiciosa gira mundial llamada The Damage Inc. Tour, que comenzó pocas semanas después de lanzado el álbum. Luego de 58 conciertos en los Estados Unidos – entre ellos la conocida participación como teloneros de Ozzy Osbourne en la que el público terminaba aplaudiéndolos más a ellos que al “Príncipe de la Oscuridad”-, la banda partió hacia Europa, donde ya eran considerados estrellas del metal por las tres visitas previas que habían hecho al viejo continente.

El 26 de septiembre de 1986, después de tocar en Estocolmo (Suecia), la banda tomó la carretera rumbo a Copenhague (Dinamarca), para el concierto número 91 de la gira. Como a las 7 de la mañana del 27, el chofer perdió el control de la camioneta y se volcó completamente. Cliff venía dormido en la parte delantera, asiento que le ganó a Kirk Hammett en un juego de azares -unos dicen que fueron las cartas, otros dicen que Burton escogió el palito más largo-. El impacto lo sacó disparado por una de las ventanas y, a renglón seguido, el pesado auto cayó encima de él. Fue muerte instantánea. Tenía solo 24 años y un brillante futuro musical por delante.

Este hecho podría haber significado el final para Metallica, justo después de sacar su disco más logrado hasta ese momento. En medio del dolor por la pérdida de tan importante miembro -y de las investigaciones que terminaron liberando de cargos al conductor-, Hetfield, Hammett y Ulrich decidieron seguir adelante y tras un exigente proceso de selección, contrataron a Jason Newsted, entonces de 23 años, para cubrir el lugar dejado por Cliff. Cada vez que uno escucha Master of puppets o ve los videos de Cliff durante ese periodo previo a su prematura muerte, es imposible no pensar qué habría sido del grupo si esa noche hubiera sido diferente.

Letras inteligentes en contextos metaleros

Desde las historias fantasmagóricas de Black Sabbath o los cuentos medievales de Iron Maiden, las letras del heavy metal siempre se han caracterizado por ser bastante interesantes. Metallica se nutrió de esas enseñanzas para generar su propia imaginería, con elementos que iban de lo bíblico -como en The four horsemen (Kill’em all, 1983) o Creeping death (Ride the lightning, 1984) a lo bélico, de la esquizofrenia al sentimiento gregario de las comunidades metaleras.

En su tercer disco, Metallica refinó aun más sus temáticas, convirtiéndose en verdaderos narradores de historias, pero a grito pelado y distorsión. La capacidad para generar imágenes metafóricas complejas y realistas alcanza su máximo esplendor en el tema central, Master of puppets. Si bien es cierto ya todo el mundo tiene claro que se trata de la voz de las drogas describiendo cómo es capaz de acabar con la vida de una persona, sus versos e intenciones sonoras retratan cualquier tipo de adicción o incluso de manipulación, por lo que es más vigente que nunca habida cuenta la crisis sociopolítica y la desinformación que cunden en el mundo moderno.

Mientras que Welcome home (Sanitarium) narra en primera persona el drama del interno en un manicomio que, para escapar, decide acabar con todos -inspirada por la novela sesentera de Ken Kesey que a su vez sirvió de base para una extraordinaria película de 1975, One flew over the cuckoo’s nest, más conocida por su título en español, Atrapado sin salida, dirigida por el checoslovaco Miloš Forman (1932-2018) y protagonizada por Jack Nicholson (88); Disposable heroes incorpora duras críticas al enrolamiento de jóvenes en el ejército para ser carne de cañón en guerras que ni siquiera entienden.

En Leper Messiah, dirigen sus dardos a la corrupción de los tele-evangelistas, una problemática muy en boga en Estados Unidos en esos años. Por mi parte, yo dedicaría la retahíla furiosa que lanza Hetfield al final de este tema –“Lie! Lie! Lie! Lie!”-, así como la letra completa de Damage Inc., cargada de diatribas al poder y su vocación por la mentira descarada, a los principales candidatos a la presidencia peruana. La pondría de fondo en cada entrevista o spot de la mañosa franja electoral. El disco de la espectacular carátula pintada por el artista Don Brautigam fue el primero de heavy metal ingresado a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ser “cultural, estética e históricamente significativo”.

 

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido que el Perú necesita una nueva capital. Nada de reformas al Estado, descentralización seria o planes regionales de desarrollo. No. Su última genialidad de campaña: mudarla a Junín. O sea, con suerte, a Huancayo.

La idea suena audaz, pero huele a improvisación total. Trasladar una capital no es un capricho de mitin; implica mover ministerios, Congreso, Poder Judicial, embajadas y toda la maquinaria logística del Estado. En el mundo, eso toma décadas y fortunas. Para Porky, en cambio, basta un micrófono y un arranque de entusiasmo.

El problema va más allá de la inviabilidad: es la nula estrategia política electoral. ¿Qué pensarán en Arequipa, Cusco, Piura, Trujillo o Chiclayo? ¿Por qué Huancayo y no ellos? ¿Cuándo consultaron a las demás regiones para avisarles que la capital se mudaría al valle del Mantaro?

No hace falta ser genio para oler el despropósito de empatía pre electoral tras este mensaje.

Y como si la propuesta no fuera suficiente, el propio candidato decidió agregar un ingrediente más al espectáculo. En un mitin en Satipo, también en Junín, afirmó que los militares peruanos pasan el tiempo “haciendo estupideces en los cuarteles”.

Un comentario gratuito contra una institución del Estado que confirma lo que ya se viene observando: una campaña cada vez más desordenada y llena de exabruptos. Insultar a periodistas, empresarios, adversarios y ahora a las Fuerzas Armadas parece haberse convertido en un estilo.

Al parecer el señor ya no escucha a nadie. Convencido de su supuesto éxito electoral, pasa por encima de cualquier títere con cabeza que se le ponga al frente.

Y ni hablemos del detalle que la memoria no perdona: Lima aún espera ser esa “potencia mundial” que López Aliaga prometió al asumir la alcaldía —a la que juró no abandonar—. y lo hizo sin pestañar, dejando como herencia 90 trenes viejos y abandonados, las carreteras norte y sur sin operadores responsables, una Vía Expresa Sur a medio hacer y llena de problemas y, para distraernos, a su segundo al mando inaugurando cada 100 metros de la interminable Ramiro Prialé.

Una Lima donde su único legado evidente es el tráfico infernal las demandas internacionales en marcha y una inseguridad imparable.

Pero ahí va el autoproclamado billonario benefactor de los pobres, recorriendo el país con soluciones milagrosas: aeropuertos fabulosos por docenas, prisiones con shushupes y cocodrilos a cargo… que convertirían ahora a ¿Huancayo? “potencia mundial”.

O, lo más probable, una parada más en su decadencia electoral, que ya parece inevitable.

[El dedo en la llaga] Alemania tiene leyes muy estrictas contra el extremismo de derecha, sobre todo el nacionalsocialismo o nazismo, debido a lo que ocurrió durante el régimen de Adolf Hitler entre 1933 y 1945. Durante ese periodo, Alemania se convirtió en una dictadura que provocó el asesinato sistemático de unos 6 millones de judíos en lo que se conoce como el Holocausto, así como la persecución de muchas otras personas (gitanos, discapacitados, homosexuales, opositores al régimen, comunistas, etc.). También ocasionó la Segunda Guerra Mundial, que causó la muerte de entre 70 y 85 millones de personas. Después de la derrota de la Alemania nazi en 1945, el país quedó devastado y hubo un consenso fuerte de que algo así no podía volver a ocurrir. Los alemanes también aprendieron que Adolf Hitler llegó al poder utilizando el sistema democrático de la República de Weimar y luego eliminó las libertades y derechos ciudadanos. Por eso se decidió crear una democracia que pudiera defenderse de movimientos antidemocráticos.

La constitución alemana actual, llamada oficialmente Ley Fundamental para la República Federal de Alemania (en alemán: Grundgesetz für die Bundesrepublik Deutschland), permite, por eso mismo, prohibir organizaciones que quieran destruir la democracia, castigar la propaganda nazi, vigilar a grupos extremistas. A esto se le llama “democracia militante” o “democracia defensiva”.

En ese sentido, el Código Penal alemán prohíbe, por ejemplo:

  • Usar símbolos nazis como la esvástica, el emblema de las SS (Schutzstaffel), el símbolo de la SA (Sturmabteilung) o banderas o insignias del partido nazi.
  • Hacer el saludo nazi o difundir propaganda del Tercer Reich.
  • Negar o justificar el Holocausto.

Todas estas acciones pueden constituir delito penal. Ciertamente, hay excepciones si el uso de símbolos se hace con fines educativos, artístico o históricos, siempre y cuando quede claro que no se está defendiendo la ideología que está detrás de esos símbolos.

Una reciente investigación del semanario WELT AM SONNTAG, publicada este domingo 8 de marzo, revela una realidad preocupante. El número de incidentes de extrema derecha en las escuelas ha aumentado fuertemente en los últimos años.

Hace tres años, en el estado federado de Postdam, se hizo pública la carta abierta de dos profesores sobre incidentes de extrema derecha en una escuela de Burg im Spreewald. Los dos profesores fueron amenazados tras su escrito y tildados de “traidores”. Ya entonces, WELT AM SONNTAG tuvo acceso a los documentos del Ministerio de Educación en Potsdam. Desde entonces, se han añadido cientos de notificaciones más. Los incidentes más recientes permiten, de forma selectiva, una visión de cuán profundo es el problema. Muestran que en muchos casos no se trata solo de provocaciones adolescentes, sino de propaganda nazi en toda regla, y en parte se trata de niños que ya en edad temprana entran en contacto con ideologías radicales.

El estado federado de Brandeburgo registra los incidentes de manera sistemática y detallada. A nivel federal, el estado ocupa una posición pionera al respecto. Cuando el reportero de WELT AM SONNTAG solicitó inspeccionar todos los expedientes en febrero, tuvieron que ser traídos con un trolley, debido a lo abundante del material. Las notificaciones provienen por igual de escuelas primarias, escuelas secundarias, institutos y escuelas profesionales. «El extremismo de derecha es un fenómeno que cubre todo el territorio», dice una fuente familiarizada con los procedimientos.

Un caso llama la atención. Alumnos de un instituto en Herzberg visitan el memorial del antiguo subcampo de concentración en Schlieben. Pocas horas después, dos de ellos están en el paradero del autobús y entonan la línea de una canción: «Turcos, árabes, griegos, ya no podemos oler esta escoria». El texto proviene de la canción «Kanake verrecke» de la banda neonazi de punk rock Landser, declarada “organización criminal” y prohibida por un tribunal alemán en el año 2003 y cuyos integrantes fueron sentenciados a diversas penas por Incitación al odio y difusión de propaganda nazi. Ante la pregunta del profesor, los jóvenes explican que el video con la canción se les apareció «simplemente así» en TikTok y que era «muy pegadiza».

No es un caso aislado. Hoja tras hoja, incidentes menores y mayores de los últimos tres años llenan los expedientes. Un alumno de la escuela secundaria en Bad Liebenwerda hace el saludo hitleriano en el pasillo de la escuela. En Schwedt, un alumno de octavo grado levanta repetidamente el brazo. Ante la clase dice: «Vamos a follarnos a los judíos y también a gasear a los negros». Más tarde, relativiza su declaración ante la dirección del centro educativo. Además, afirma no saber qué significa el saludo hitleriano. En la escuela secundaria de Rathenow, una alumna aparece en clase de biología con una camiseta que dice: «Estudio de bronceado 88 – Aun sin sol, marrón». El número 88 alude a las letras «HH» de «Heil Hitler», el marrón al color de los uniformes de las fuerzas paramilitares de choque conocidas como SA.

En otros casos, los profesores documentaron que en las escuelas se encontraron pegatinas de partidos neonazis como «Dritter Weg» («Tercera Vía»), su organización juvenil «Nationalrevolutionäre Jugend» («Juventud Nacionalrevolucionaria») o el grupo de extrema derecha «Deutsche Jugend Voran» (DJV, «Juventud Alemana Adelante»). El DJV es considerado en círculos de seguridad como un grupo de rápido crecimiento y orientado a la acción, dirigido a un público joven y afín a internet. A través de tales grupos, también se introduce en el ámbito neonazi a jóvenes que antes no tenían ningún contacto con temas políticos.

Llama la atención que también muchas escuelas primarias aparecen en los expedientes. En una escuela primaria en Potsdam, un alumno de segundo año corre por el patio con el brazo en alto. Cuando se le pregunta, dice que conoce el significado del gesto y lo hace «a propósito». En una escuela primaria en Dosse, un alumno de cuarto año pinta en un trabajo de clase sobre Alemania los contornos del país con los colores de la bandera del Tercer Reich. El padre del niño es un conocido integrante de los «Reichsbürger», un movimiento extremista cuyos miembros sostienen que el Estado alemán actual no es legítimo. En la nota del profesor se dice lacónicamente que contactar a los padres resulta en vano, ya que en el pasado hubo amenazas de parte de ellos.

En Brandeburgo se registra todo lo que notifican las escuelas, incluso lo que no llega al nivel de punible. En el año escolar 2022/2023 se registraron 117 casos. Un año después fueron 560, casi el quíntuple. En 2024/2025 la cifra fue de 386. Para el año escolar en curso 2025/2026, el ministerio registra hasta ahora 109 casos en el primer semestre.

En Renania del Norte-Westfalia, en cambio, se recogen datos policiales, es decir, delitos penales registrados, y se observa una dinámica similar. En 2023, la policía registró 277 delitos políticamente motivados ocurridos en «escuela/universidad», en 2024 ya fueron 452. Para 2025 hay 461 casos. El espectro va desde delitos de propaganda como mostrar el saludo hitleriano, hasta incitación al odio contra determinadas minorías de la población, insultos y hasta lesiones corporales. Los investigadores observan además que los contenidos de extrema derecha se difunden cada vez más en chats de clase y grupos.

Casos similares también aparecen en los expedientes de Brandeburgo. En capturas de pantalla de un chat de clase se encontró, por ejemplo, la foto de una nube de humo con la inscripción: «retrato de familia judío». En otra laptop escolar, un alumno había guardado una foto de Adolf Hitler y una imagen con el lema «Ausländer raus» («extranjeros fuera»).

También Sajonia informa de cifras en aumento. En 2023 se registraron 149 incidentes de extrema derecha, 155 en 2024, y en 2025 ya eran 245. La base son «incidentes especiales» que notifican las direcciones de los centros, como «influencias políticas o religiosas extremistas» o «incidentes racistas o antisemitas». Según el ministro de cultura de Sajonia, Conrad Clemens (CDU), «el extremismo de derecha es nuestro mayor problema social». Hay muchas iniciativas importantes de prevención, pero el terreno para el extremismo se prepara allí donde las afirmaciones misantrópicas y antidemocráticas no se cuestionan, «ya sea en el patio del recreo, en el club deportivo o en el entorno privado».

Otros estados federados también informan de aumentos significativos. En Turingia, el número de casos aumentó de 95 en el año 2023 a 174 en el año 2025. En Hesse, la cifra de incidentes extremistas de derecha denunciados creció de 39 en en el año 2023 a 159 en el año 2025, en Berlín de 74 en el año 2023 a 126 en el año 2025, en Renania-Palatinado de 25 en el año 2023 a 78 en el año 2025. Mecklemburgo-Pomerania Occidental registró en el año escolar 2024/2025 235 notificaciones relacionadas con antecedentes extremistas o símbolos anticonstitucionales, un claro aumento respecto al año anterior.

En Sajonia-Anhalt, los delitos de derecha registrados por la policía en escuelas aumentaron de 74 en el año 2023 a 192 en el año 2024, lo que supone un aumento de casi el triple. La ministra del interior de este estado federado, Tamara Zieschang (CDU), declaró a WELT AM SONNTAG: «Los incidentes extremistas de derecha en escuelas primarias son especialmente preocupantes. Muestran lo importante que es transmitir valores democráticos desde temprana edad, algo que debe comenzar no sólo en la escuela, sino también —y especialmente— en el hogar de la familia».

El experto en extremismo de derecha David Begrich, de la asociación «Miteinander» en Magdeburgo, identifica tres factores que contribuyen al aumento de incidentes en las escuelas. En primer lugar, la visibilidad general de contenidos de este tipo en los medios digitales ha aumentado considerablemente. En segundo lugar, existe un «regreso del placer de probar hasta dónde se puede llegar». En tercer lugar, especialmente en Alemania del Este, la Alternativa ara Alemania (AfD) ha contribuido a que las posiciones extremistas de derecha se normalicen aun más. «La diferencia con los años 90 es que ya no existe una cultura juvenil de derecha específica que se pueda delimitar claramente», afirma Begrich. Hoy en día, favorecido por internet, se trabaja mucho más con fragmentos de diferentes ámbitos.

Esto significa que quien, por ejemplo, escucha a la banda neonazi Landser porque se la recomienda el algoritmo de TikTok y le gusta, no necesariamente tiene que ser un extremista de derecha consolidado. En los años 90 era diferente. Quien entonces escuchaba a Landser era «con mayor probabilidad un neonazi consolidado», «porque era mucho más difícil acceder a ese material». En el trato con alumnos llamativos, Begrich aboga por un enfoque «situacional-comunicativo». «Antes de que la escuela llame a la policía, hay que hablar con los alumnos. En la gran mayoría de los casos, no se trata de visiones del mundo ideológicamente consolidadas».

Sea como sea, es un problema preocupante. Pues una sociedad dominada por ideologías extremistas termina siendo caldo de cultivo de los peores crímenes que la humanidad es capaz de cometer: crímenes de lesa humanidad.

[INFORME] Mientras la encuesta de Datum registra una reducción considerable en el porcentaje de votos para Rafael López Aliaga, el candidato de Renovación Popular pone en duda la credibilidad de las encuestadoras. Sin embargo, Sudaca pudo encontrar que, durante su gestión en la Municipalidad de Lima, se invertían más de cien mil soles en encuestas.

A casi un mes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, las encuestas empiezan a mostrar cambios importantes en lo que hasta ahora había sido una contienda política que no terminaba de convencer a un importante sector del electorado. Mientras algunas figuras empiezan a tomar mayor protagonismo, otras parecen haber perdido la simpatía que generaban en un sector de la población.

Entre estos candidatos que han visto que su porcentaje de intención de voto se reduce está el exalcalde de Lima, Rafael López Aliaga. Según la encuesta realizada por Datum Internacional que se presentó la noche del domingo en el dominical “Cuarto Poder”, el candidato de Renovación Popular ha pasado en pocas semanas del 13,4% al 10% con lo cual ha perdido el primer lugar que ahora está en manos de Keiko Fujimori y Fuerza Popular.

 

López Aliaga no se ha mantenido al margen ante este tipo de resultados y en las últimas horas, durante un mitin en el Callao, le pidió a sus seguidores no confiar en estas encuestas a las cuales catalogó como “mentirosas”.  El candidato conservador continuó con su crítica a las encuestadoras señalando que “no pagamos nada a las encuestadoras. No les creo nada, ni lo que comen. Estamos primeros y lejos”.

Sin embargo, aunque ahora el líder de Renovación Popular pone en duda la credibilidad de los resultados que arrojan estas encuestas, Sudaca pudo encontrar información que dejó su paso por la Municipalidad de Lima que expone una postura radicalmente opuesta sobre el trabajo de las encuestadoras.

CUANDO SÍ LES CREÍA

Si bien hoy las palabras del exburgomaestre limeño denotan un innegable desprecio y desconfianza al trabajo que realizan las empresas que se dedican a estos estudios, durante su paso por la Municipalidad Metropolitana de Lima parecía que tanto él como quienes integraban su gestión tenían una postura muy distinta.

Sudaca pudo encontrar que, en mayo del 2025, la Municipalidad de Lima contrató a Datum Internacional, la misma encuestadora que lo ubica en ese segundo lugar que tanto lo molesta, para que les brinde un “servicio de recopilación, procesamiento y análisis de datos e información estadística” por el cual pagaron más de cuarenta mil soles.

El trabajo realizado por Datum Internacional parece haber sido confiable ante los ojos de López Aliaga y sus funcionarios. Tanto así que, apenas un mes después, la Municipalidad de Lima volvió a emitir una orden de servicio con esta empresa por un “servicio de análisis en generación de información estadística” por el cual pagaron más de veinte mil soles.

NO PAGAMOS NADA A LAS ENCUESTADORAS, PERO…

Durante su reciente mitin en el Callao, Rafael López Aliaga también se jactaba de no haber pagado a encuestadoras. Sin embargo, tal como se pudo ver en el caso de Datum Internacional, la realidad es muy distinta. Mientras fue alcalde de Lima, López Aliaga parecía tener un nivel de confianza en ellas muy diferente al que manifiesta hoy.

En septiembre del año 2023, cuando todavía no llevaba ni un año como alcalde, la gestión que encabezaba el hoy candidato presidencial optó utilizar los recursos de la ciudad para encargarle a CPI (Compañía Peruana de Estudios de Mercados y Opinión Pública S.A.C.) la realización de un “estudio de percepción sobre la gestión municipal”. Esta orden de servicio le costó a Lima treinta y nueve mil soles.

El mismo López Aliaga que hoy llama a desconfiar de las encuestadoras volvió a recurrir a CPI (Compañía Peruana de Estudios de Mercados y Opinión Pública S.A.C.) en mayo del año siguiente. Esta vez, aunque el resultado podría parecer predecible, la Municipalidad de Lima consideró oportuno invertir en un “estudio de percepción de la inseguridad ciudadana”.

Aunque en su faceta de candidato presidencial intenta fomentar la desconfianza hacia el trabajo realizado por diversas encuestadoras y no duda en llamarlas “mentirosas”, Rafael López Aliaga exhibe una innegable contradicción con respecto a la importancia que le daba al trabajo de estas mismas encuestadoras durante su paso por la Municipalidad de Lima y por el cual no tuvo problemas en invertir un cantidad importante que salió del bolsillo de los limeños.

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