Opinión

Ciertas posturas me desbordan, como eso de exigirle a los deportistas que actúen como activistas y que se enfrenten a este gobierno o a otros que pudiesen tenerse por condenables como lo hacen las vanguardias políticas opositoras. Condenarlos porque asisten a actos protocolares en los que serán condecorados por las autoridades del Estado tras obtener para el país un triunfo de resonancia internacional es maniqueo y oportunista. 

Resulta aún más lamentable cuestionar la calidad de su ciudadanía por esta razón. Hubo, como no, deportistas que sí se pronunciaron. Como no recordar el desplante del futbolista chileno Carlos Caszely al dictador Augusto Pinochet en la Casa de la Moneda, antes de que el team deportivo partiese a competir en la Copa del Mundo de Alemania 1974. Pero el resto del equipo sí saludó al temible dictador, ¿debía no hacerlo?

Por encima de mis convicciones ideológicas y políticas yo creo en la democracia, a mí no me importa si Stefano Peschiera es de derecha, porque creo en la democracia y entonces creo en los derechos fundamentales y hay uno que dice que nadie puede ser discriminado en virtud de sus ideas. Por esa misma razón, no me interesa el grupo social de pertenencia del medallista olímpico, ni mucho menos su etnia (pues incluso le han dicho despectivamente que practica un deporte para blancos). Bien,  resulta que nadie puede ser discriminado por su raza y mientras este principio que es universal prevalezca sobre las teorías decoloniales, pues me guiaré por el principio de la igualdad y de la universalidad de los derechos. 

Algunos piensan que no hay conflicto entre ambos preceptos. Yo pienso que si lo hay y que dividirnos en grupos enfrentados no es el camino para superar la tara del racismo, que, en efecto, es más racismo si es blanco y es occidental pues viene respaldado por el poder.  En este aspecto concreto concuerdo con la teoría decolonial. En la resolución, en los métodos de lucha se ubican algunas de mis diferencias:  ni la guerra de las razas, ni la guerra de los sexos van a generar ninguna sociedad más justa. Nos dirigen, más bien, a una distopía dramática y patética.  

A mí no me interesa si Stefano Peschiera es rico aunque desde luego yo no lo soy. La Constitución que he referido –la del 93 que aún contiene los derechos fundamentales a pesar de las barrabasadas que se están cometiendo contra ella- consagra el derecho al libre desarrollo y al bienestar. Que yo sepa Stefano Peschiera no es corrupto ni ladrón, ni lo es su familia. Y si lo fuese su familia, debido precisamente a la terca insistencia de los teóricos decoloniales en dividirnos en clanes o grupos diferenciados y no en individuos, aún en nuestro orden jurídico las responsabilidades son individuales; en otras palabras, no se heredan.

Ya para terminar este brevísimo comentario: ¡qué ganas de jodernos entre peruanos! ¿no? ¡qué ganas de cerrarle el paso a cualquier iniciativa que trate de la nación, que suponga unir fuerzas desde nuestras diferencias para sacar todos juntos adelante un proyecto de desarrollo, o que implique algo tan inofensivo como disfrutar la poco usual obtención de una presea olímpica. ¡Qué mal rollo llevamos dentro! No podemos ni mirarnos la cara de frente sin que una voz interna nos esté diciendo, “sí, pero tu vienes de allá y yo vengo de acá”; “¿en qué distrito vives? ¿de qué colegio eres?” Somos el país en el que la diferenciación social es lema y bandera de izquierdas y derechas ¿podrán ofrecernos algo con narrativas así?   

Recordé mi pubertad, llegó a mis manos, a mi viejo tocadiscos para ser exacto, un 45 rpm con tres canciones, tres festejos de cada lado cantados por Arturo “zambo” Cavero. Unos muy célebres como “Mueve tu cucú” del gran Pepe Villalobos. A mí me emocionó uno que pasó desapercibido, nadie lo recuerda, nadie lo canta, no fue famoso ni en su época, tal vez porque difundía una utopía para la cual no estábamos ni estamos preparados todavía.

El festejo se llama “El Milagro Grande” y le canta al milagro de Fray Martín de Porras quien hizo comer a un perro, un gato y un ratón del mismo plato. La letra establece una bella analogía con los seres humanos:  

“Y también si hizo el milagro

Yo habré de pedirte Dios

Lo repitas entre los hombres

Si es tu voluntad Señor

Que los cholos, los mulatos, 

Y los rubios como el sol 

Se sirvan del mismo plato

En la mesa del Amor

Y no habrá perro ni gato

Que se coman al ratón”

¿Qué es una sociedad justa? Pienso en ello a menudo. Pienso en el Perú, pienso en las prioridades. Primero lo material: tener Estado, tener servicios de educación y salud de calidad, tener infraestructura y proyectos de desarrollo, desarrollarnos, crecer. Segundo e inmediato, lo espiritual: igualdad sin discriminación ni racial, ni de género, ni de ideas, ni ninguna otra. Aspirar a una sociedad de iguales, de ciudadanos que nos sintamos y tratemos como iguales en el ágora pública, en una sociedad pluricultural que es nuestro mayor valor, que nos queramos y respetemos y que adoptemos juntos las mejores decisiones en procura del bien común y en el marco de la democracia, de nuestras instituciones y de la universalidad de los derechos fundamentales. 

Si ese no es el camino, no sé cuál otro podría ser. 

La derecha aplaude enfervorizada cuando cuestionamos las actitudes antidemocráticas de la izquierda, pero no debería tener sustento para hacerlo cuando en ella misma anidan pulsiones autoritarias esenciales.

Es la derecha que sigue sosteniendo que el triunfo de Castillo fue producto de un fraude, la que abomina de las políticas de género y luego se desgañita pidiendo pena de muerte para los violadores, la que aplaude la prescripción de los delitos de lesa humanidad, la que defiende la represión policial de fines del 22 e inicios del 23 (“tantos muertos como sea necesario para recuperar la paz” llegó a decir uno de sus más preclaros representantes), que se emociona hasta las lágrimas con los arrebatos autoritarios del Congreso pretendiendo tirarse abajo la autonomía de los organismos de justicia o destrozando la reforma universitaria, la que saluda los disfuerzos autoritarios de alguien como el alcalde limeño que quiere tumbarse el Lugar de la Memoria.

Y no es poca y viene en proceso de crecimiento, contaminando inclusive a representantes políticos que uno estimaría de centroderecha o que ahora pretenden postular a la Presidencia bajo las banderas de un centro convocante, pero que en muchas de sus declaraciones sobre alguno de los temas mencionados dejan entrever un talante autoritario preocupante.

El déficit democrático de nuestras élites políticases pavoroso. La democracia representativa, la formal, la burguesa, la clásica, ha dejado de movilizar a la ciudadanía y su clase política reacciona frente a ello sin tratar de virar el rumbo equivocado de la población, sino acomodándose a dichas tendencias sin rubor.

La derecha, en particular, viene retrocediendo en criterios de libre mercado, formas democráticas y defensa de las libertades civiles. Está cada vez más bruta y achorada y hay que hacer votos, por ello, para que los representantes lúcidos de ella, que se alinean en nuevos partidos, se consoliden y crezcan lo suficiente para disputarles el protagonismo estelar que de otra manera esa otra derecha radical va a tener el 2026.

La del estribo: notable la puesta en escena deMuseo de la ficción I. Imperio, una versión original del clásico Macbeth. Es una videoinstalación performática que se presenta por primera vez en Lima y en Latinoamérica, obra del artista Matías Umpierrez y protagonizado por dos grandes del teatro mundial como Ángela Molina y Robert Lepage. Va en el ICPNA hasta fines de agosto, en doble función, a las 6 y a las 8 pm. Entradas en Joinnus.

Sigue la saga: valioso aporte a la historiografía crema la del periodista Pedro Ortiz Bisso, con su libro 100 años, 27 títulos, 11 historias, donde relata anécdotas y experiencias vitales del club de sus amores, con un estilo narrativo directo y puntual. Un aporte más al centenario del más grande.

[Música Maestro] Una congresista, cuestionada por sus vínculos con organizaciones criminales y poseedora, ella misma, de un estilo matonesco, es rechazada en un bar limeño por su agresiva manera de ejercer la política -si a eso podemos llamar “ejercer la política”. Un gobernador regional, de repentino enriquecimiento y gustos lujosos, pródigo en regalar/prestar joyas a las autoridades para ganar su favor, recibe una andanada de reclamos si apenas se atreve a asomar la nariz por la ventana de su despacho. Una presidenta con más del 90% de desaprobación es enfrentada públicamente y recibe jalones de pelo, empujones y no puede dar el paso por cualquier punto del país sin que los ciudadanos le recuerden, a gritos, lo que piensan por más que ella pretenda que todo va bien con su popularidad. 

Salvo un incidente lamentable e imposible de suscribir -el intento de impactar la cabeza de la mencionada congresista con un vaso de vidrio desde lo alto de un balcón- hay en estas manifestaciones ciudadanas un elemento de ineludible realidad, el hartazgo frente a las acciones cínicas e impunes de quienes detentan el poder. 

Cuando las personas sienten que las herramientas legales o institucionales no funcionan, necesitan inventar maneras de canalizar la frustración ante el maltrato, el ninguneo, la sinvergüencería. Una de ellas es el rechazo espontáneo en espacios públicos, acción a la que los investigadores de la política social en Argentina y España le han creado un nombre: escrache (castellanización de la palabra anglosajona “scratch” que significa literalmente “arañar, rasguñar”). 

A pesar de que el poder político cuenta con toda una batería de defensores, el escrache ocurrido en el conocido bar La Noche de Barranco, la madrugada del pasado domingo 4 de agosto, funcionó como una llamada a la acción -o, como dicen los marketeros huachafos, un “call-to-action”- que generó réplicas en días y lugares distintos -Piura, Ayacucho, Puno- con más ciudadanos ganando confianza en sí mismos y decidiéndose a protestar. 

Hubo una época en que estas llamadas a la acción venían en forma de canciones. Y hay una en especial que, por su claridad y contundencia, merece ser rescatada del olvido e incorporada al lenguaje cotidiano de las personas de bien que estamos ya hartos de tantas faltas de respeto y atropellos a la razón, parafraseando a Enrique Santos Discépolo (1901-1951) y su inolvidable tango Cambalache, de 1934.

Robert Nesta Marley (1945-1981) es reconocido mundialmente como embajador de la música y la cultura de Jamaica, una figura emblemática que funcionaba como gurú espiritual y representante en la tierra de Jah, cuya misión fue todo el tiempo esparcir amor y armonía, en medio de densas humaredas de sagrada ganja y las relajantes melodías del reggae, ese cadencioso género que él y sus cómplices lograron introducir en los ghettos negros de Londres, gracias al apoyo comprometido del productor inglés Chris Blackwell (87), quien los llevó a él y a su banda The Wailers a los estudios de Island Records, sello que había fundado en 1959.

Las canciones de Marley tienen, en su inmensa mayoría, letras amables y positivas, que ensalzan valores como la solidaridad, la libertad, la ilusión romántica y el desapego a las cosas materiales, una filosofía impregnada de su devoción y práctica del rastafarianismo, religión cuyos orígenes se remontan a las primeras décadas del siglo XX, cuando las poblaciones negras jamaiquinas que aun pugnaban por conseguir su liberación -Jamaica fue colonia británica por más de 300 años entre 1655 y 1962-, abrazaron los ideales panafricanistas que llegaban desde el reinado de Haile Selassie (1892-1975), emperador de Etiopía, gracias al trabajo de varios activistas locales, entre los que destacó el sindicalista Marcus Garvey (1887-1940).

Pienso, por ejemplo, en Three little birds, con ese coro que antecede en casi una década al Don’t worry be happy de Bobby McFerrin (1987), canción que sirve de consuelo ante situaciones difíciles; los himnos románticos Is this love, One love, Satisfy my soul o Waiting in vain -de álbumes postreros como Exodus (1977) y Kaya (1978); o en esa suave tonada que es sensible alegato por la soberanía y la libertad, a la autonomía de pensamiento y el respeto a la vida humana que es Redemption song (Uprising, 1980). En todas estas canciones, Marley impone su punto de vista conciliador y reflexivo, apelando a la recuperación del sentido de lo humano con fuertes dosis de ternura, sin dejar de mostrarse como un pensador popular y firme, capaz de defenderse si la situación lo merece.

Pero el aura sacerdotal/chamánica de Marley también conoció su límite. Fue después de un viaje a Haití, a inicios de los setenta, que lo dejó conmovido no solo por la pobreza extrema sino también por el talante dictatorial de sus autoridades, por lo que comenzó a escribir canciones de tono más rebelde, mostrándole los dientes a los abusos del poder. Para cuando The Wailers -Bob Marley (voz, guitarra), Peter Tosh (guitarra, voz), Neville “Bunny Wailer” Livingston (percusión, voz), Earl Lindo (teclados) y los hermanos Aston y Carlton Barrett (bajo y batería)- entraron a los estudios Harry J. de Kingston a grabar su sexto álbum, ya tenían listo un repertorio de composiciones originales que son, de lejos, las más militantes de su catálogo.

El disco Burnin’ se grabó durante la primavera de 1973 entre Londres y Kingston y es la última producción de la formación de The Wailers que incluye a Marley, Tosh y Livingston, juntos desde 1965, durante su primer periodo como grupo local de R&B, reggae y ska. Tras el impacto del álbum anterior, Catch a fire (1971) -el primero bajo la tutela de Blackwell- la industria musical en Inglaterra esperaba con ansias las nuevas canciones del predicador jamaiquino y su afinado conjunto. Y lo que recibió se convirtió de inmediato en un clásico de la canción protesta. 

Get up, stand up abre el álbum y establece el tono de manera categórica e irrefutable. Pero también otras canciones son de índole combativo como, por ejemplo, Duppy conqueror, Small axe o Burnin’ and lootin’. Por cierto, Burnin’ también incluye otro de los éxitos inmortales de Bob Marley & The Wailers, I shot the sheriff -que ingresó al canon rockero gracias a la versión que grabara Eric Clapton en su segundo álbum como solista, 461 Ocean Boulevard (1974)-, cuya letra alude a la represión policial y el hostigamiento que pueden llevar a una persona pacífica a cometer un delito en extremo violento. Como se desprende de la letra, el protagonista no niega el hecho y trata de explicarlo diciendo que fue “en defensa propia”. 

Las tres estrofas de Get up, stand up contienen frases de potente vigencia en la coyuntura mundial, aplicables a cualquier país y cualquier época, lo cual la convierte en una pieza de música popular atemporal. Por ejemplo, aquello de “oye predicador, no me digas que el cielo está debajo de la tierra, yo sé que tú no sabes lo que realmente importa en la vida” es un ataque directo a cualquier clase de charlatán -un tele-evangelista, un vendedor de fórmulas para alcanzar el éxito, un candidato/a al congreso o la presidencia- que usa los medios de comunicación para convencer y engañar a las masas. Desde Elon Musk hasta Rafael López Aliaga, a todos les va como anillo al dedo esta aclaración achorada, envuelta en un fondo musical amable, casi podríamos decir que inofensivo, como es el reggae.

Al final de cada estrofa, el cantautor antecede al coro que nos empuja a luchar por nuestros derechos una pregunta cuestionadora, una motivación a usar nuestra inteligencia: “¿Qué vas a hacer ahora que has visto la luz? ¡Levántate y pelea!” Cuando vemos cómo en nuestra cotidianeidad se han entronizado el abuso y la trapacería, que a la mal llamada “clase política” le resulta muy cómodo pasar por encima de la gente y pierde, en el camino, no solo la vergüenza sino también la dignidad -les da lo mismo que se les insulte de mil maneras, ellos siguen llevando adelante sus planes sin que se les mueva un pelo para salirse con la suya- esta clase de canciones deberían formar parte de nuestro discurso más íntimo. Sin embargo, a pesar de los escraches, seguimos dormidos pensando que todo va sobre ruedas.

La frase más significativa de Get up, stand up cierra la tercera y última estrofa, un resumen de lo que olvidan todos los malandrines de cuello-y-corbata que creen que nunca se van a acabar sus fuentes de poder e impunidad: “You can fool some people sometimes but you can’t fool all the people all the time” que literalmente podemos traducir así: “Puedes cojudear a algunas personas por algún tiempo, pero no puedes cojudear a todas las personas todo el tiempo”, algo que deberían escuchar a diario todas nuestras autoridades del sector público y muchísimos personajes del privado. De alguna manera, relaciono este juego de palabras a otro también muy conocido, escrito por Bob Dylan en la parte final de uno de sus himnos generacionales, Like a rolling stone, de su entrañable sexta producción discográfica, Highway 61, revisited (1965), que a la letra dice: “When you ain’t got nothing, you got nothing to lose” (“cuando no tienes nada, no tienes nada que perder”).

De acuerdo con los créditos del álbum Burnin’, Get up, stand up fue escrita a cuatro manos por Bob Marley y Peter Tosh (1944-1987). De hecho, Tosh también la grabó, en su segundo disco en solitario, Equal rights (1977) y la incluyó regularmente en sus repertorios en vivo hasta su trágico asesinato, a manos de dos pistoleros que querían robarle dinero. El mismo año Neville Livingston (1947-2021), el tercer Wailer, también hizo un cover del tema para su segunda aventura como solista, Protest. Mientras que las versiones de Marley y Tosh son muy parecidas, la de Bunny Wailer posee un ritmo un poco más saltarín, sin despegarse por supuesto del espíritu original del reggae que cultivaron e hicieron popular desde sus inicios.

En 1988, Get up, stand up fue la canción escogida para cerrar los conciertos de la gira colectiva Human Rights Now!, organizada por Amnistía Internacional por el cuarenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que reunió sobre el mismo escenario a cinco superestrellas del pop-rock mundial: los norteamericanos Tracy Chapman y Bruce Springsteen, los británicos Sting y Peter Gabriel y el senegalés Youssou N’Dour. El ambicioso tour recorrió países de Europa, Asia, África, Norte, Centro y Sudamérica, ante multitudes que llegaban a superar las 50,000 personas, en ciudades como Los Angeles (EE.UU.), Montreal (Canadá), Abidjan (Costa de Marfil) o Buenos Aires (Argentina). 

En cada visita, los músicos realizaban conferencias de prensa y difundían los postulados de la justicia social, el respeto por los derechos de las minorías y la equitativa distribución de la riqueza, en lo que fue además una continuación del proyecto humanitario Live Aid que habían iniciado, entre 1984 y 1985, los compositores y activistas británicos Midge Ure y Bob Geldof. Como ha quedado demostrado con el tiempo, muchas cosas que se denunciaron en esos años no solo no cambiaron sino que han empeorado a nivel planetario -la corrupción política, la ambición de los multimillonarios y la decadencia del pensamiento crítico que padecemos en el Perú son solo botones de muestra- pero esas denuncias también son testimonio de la disposición que tienen algunos artistas para promover la toma de conciencia entre las masas. 

De esta manera, una generación después de haberse estrenado, Get up, stand up de Bob Marley & The Wailers adquirió vida propia como grito de guerra para aquellos colectivos ochenteros preocupados por defender los derechos humanos. Así como, en nuestro idioma, el clásico de los Quilapayún El pueblo unido jamás será vencido -también de 1973- se posicionó como himno de las calles, la composición de Marley y Tosh fue entonada por públicos de los cinco continentes que asistieron a esas masivas presentaciones. 

El cierre de esa gira fue en el Estadio Monumental de River Plate de la capital argentina y es particularmente emocionante la versión final de Get up, stand up con la que acabaron aquel 15 de octubre de 1988, acompañados de León Gieco y Charly García, quienes habían sido sus teloneros como representantes del país anfitrión. En el 2014, la canción fue incluida en el proyecto multimedia Playing For Change, con la participación de Keith Richards, el guitarrista de blues Keb’ Mo’ y un conglomerado de artistas de países como Jamaica, Zimbabwe, Brasil, Uruguay, Australia. El colorido video en YouTube tiene más de 16 millones de visualizaciones.

Get up, stand up también es el título del musical que se estrenó, en el circuito de teatros del West End de Inglaterra, en el año 2021 y se mantiene en cartelera en la actualidad. Esta canción que todos deberíamos aprendernos de memoria fue, además, la última que Bob Marley interpretó en vivo, con la que cerró el que sería, a la postre, su último concierto, realizado el 23 de septiembre de 1980 en la ciudad norteamericana de Pittsburgh (Pensilvania), una grabación que fue hallada en los archivos del músico en el año 2000 y vio la luz recién el 2011, en un álbum doble titulado Live Forever. 

Bob Marley falleció a los 36 años el 11 de mayo de 1981 en Miami, un hecho que generó múltiples teorías conspirativas acerca de cómo contrajo el melanoma cancerígeno que hizo metástasis por su negativa, por razones religiosas, a someterse a la amputación de la zona afectada (pie derecho). Empero, su legado musical se mantiene vivo gracias a la potencia de mensajes como el de Get up, stand up, pletóricos de vigencia y significado. 

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Bob Marley, Get up stand up, Reggae

Van a tener que trabajar mucho, sostenida e inteligentemente, los candidatos de la centroderecha y centroizquierda democráticas, para lograr enfrentar la tendencia a que el 2026 irrumpa con inesperada contundencia un candidato antisistema, radical, populista y/o autoritario.

Las condiciones están dadas para que ocurra algo semejante. Tenemos un Estado débil, incapaz de desplegar políticas públicas y mucho menos de brindar servicios esenciales de calidad, la gente está irritada y furiosa por ello (todas las encuestas coinciden al respecto), la clase media -sostén histórico de las democracias- está disminuyendo a pasos agigantados (o por la pobreza creciente o por la emigración masiva de sus miembros).

En el mundo, además, las democracias occidentales han perdido su hegemonía ante la aparición de la China y la revitalización de Rusia, rompiendo el monopolio que después de la caída del muro de Berlín ejercieron los Estados Unidos y la Unión Europea. Es más, en las propias democracias occidentales, la democracia misma está seriamente amenazada por la irrupción de la derecha radical autoritaria.

En el caso peruano se suma el desgaste de la transición democrática post Fujimori por no haber sido capaz de afrontar los desafíos sociales que le correspondían, limitándose a gobernar en piloto automático.

El fenómeno no es nuevo. En circunstancias parecidas han emergido Fujimori, Bukele, Milei, Bolsonaro, Correa, Chávez, Castillo, el propio Trump, para no hablar de los extremistas europeos.

Las cartas vienen jugadas en ese sentido. Por el lado izquierdo, un Antauro o un Bellido; por el lado derecho un Butters o un Álvarez. Si el gran centro democrático no se pone las pilas y no toma consciencia del grave riesgo de la fragmentación y la futilidad de las campañas cortas, perderá sin atenuantes las próximas elecciones.

Que nadie se dé después por sorprendido. Si al coctel mencionado, le sumamos, la penetración de las redes sociales y la destructiva participación de los dineros ilegales en las campañas -seguramente apoyando a los candidatos disruptivos- entenderemos la magnitud del desafío. Ojalá lo entienda el poco de clase política democrática decente que subsiste en el país.

Ha causado muchas y justificadas suspicacias la aparición de una novela inédita de García Márquez y cinco cuentos de Julio Ramón Ribeyro en un periodo de tiempo relativamente breve. Sin duda se trata de lanzamientos que en el encabezado dejan ver dos nombres que funcionan casi como una marca. Que el libro dejó de ser un objeto sagrado hace tiempo, no es novedad. Que la publicidad envuelva inéditos en papel brillante, tampoco. Hay su pizca de ingenuidad en pensar estos libros como una especie de Santo Grial.

Me ha conmovido, pese a todo, ver legiones de lectores abalanzarse sobre los libros inéditos de García Márquez y Julio Ramón Ribeyro. Novela y cinco cuentos, respectivamente, que tienen algo en común: sus autores no deseaban publicarlos porque estaban inacabados, en proceso, aun truncos. Por algo permanecían inéditos, ¿no? Lo bueno es que estas cosas nos hacen ver que el libro es a veces mercancía y que una buena estrategia de comunicación y propaganda puede hacer el milagro de vender gato por liebre, pasando por encima de la voluntad de dos autores que ya en el más allá no tenían ninguna posibilidad de impedir su publicación.

Leí Nos vemos en agosto con cierto desagrado, no sé si decir con tristeza. Se presiente la sombra de lo que fue, en su momento, uno de los lenguajes mas cautivantes de la narrativa latinoamericana, ese que alcanzó lo inalcanzable en textos como Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Poco premio es percibir ese olor sin que se concrete. Nos vemos en agosto me recuerda la manera cómo Fellini imaginaba a sus personajes y los dibujaba: eran parte de un proyecto, no un trabajo culminado.

Leyendo los cuentos inéditos de Ribeyro, que vienen acompañados del prestigioso eslogan “el más vendido de la FIL”, tengo sensación parecida. En estos relatos está presente la atmósfera clásica de lo fantástico que solía trabajar el autor, aquella que se encumbró en piezas notables como “La insignia”, “Doblajes” o “Ridder y el pisapapeles”; del mismo modo, otros relatos se inclinan por ese ánimo realista que pone al fracaso como motivo central, pero solo se advierte un eco de la maestría lograda en cuentos como “Una aventura nocturna”, “Terra Incógnita” o “Los gallinazos sin plumas”. 

No puedo dejar de mencionar, sin embargo, cierta nostalgia. Recordar la primera vez que leí con asombro a los dos. A Ribeyro en el colegio, revelándome la vida cotidiana de seres pequeños y grises que mi burbuja me impedía ver, víctimas de un destino aplastante y al que no era posible enfrentar. Esas batallas perdidas eran de algún modo mías también. A García Márquez en la universidad, de cachimbo, con un desvencijado ejemplar de Cien años de soledad en las manos, leyendo en una suerte de estado de gracia, con un ojo en la poesía y otro en la historia alegórica que contiene la novela. Gratitud por siempre. 

Ese recuerdo sin embargo no me impide ver que acaso estos libros, cuyos autores habían desterrado al silencio, no merecerán tanta complacencia. No sé si Vivir para contarla continúe, no tengo noticias de que García Márquez hubiera continuado escribiendo sus memorias o interrumpido su escritura. Se rumorea por ahí que aparecerán nuevos volúmenes de La tentación del fracaso, el diario de Ribeyro. Dos pretextos más que ideales para que esta vez sea yo quien se abalance impunemente sobre ellos.

Uno ya no sabe si está ante un cuadro de cinismo desembozado, o un estado de confusión moral e ideológica pavoroso, cuando escucha a la excongresista Indira Huillca, escamotear las inquisitivas preguntas de Jaime Chincha respecto del caso de Venezuela y si lo que allí se vive califica como dictadura, respondiendo que sí, pero que es igual a la que se vive en el Perú.

Fuera de la retórica y demagógica calificación de “dictadura congresal” que la izquierda se ha inventado para definir la prepotencia y daño democrático que nuestro Legislativo, sin duda, está perpetrando, no hay forma, ni en la más enfebrecida imaginación, que pueda hacer que se califique el gobierno de Dina Boluarte como dictatorial.

Acá el Congreso puede hacer idioteces, pero no ha sido capaz siquiera de tumbarse a la Junta Nacional de Justicia y sus leyes son desacatadas por el Poder Judicial, explícita o tácitamente (como en el caso de la prescripción de los delitos de lesa humanidad); la prensa actúa independientemente y mayoría, si no la totalidad, es crítica del régimen; la sociedad civil (ONGs y gremios empresariales) opera con libertad y autonomía y sus integrantes pueden decir, como lo hacen, lo que les viene en gana sin temer ser encarcelados al día siguiente o sufrir represalias económicas.

Hubo muertes injustificadas a fines del 2022 e inicios del 2023, y la justicia ya tiene un camino trazado para juzgar a los responsables (inclusive el Ministerio Público ha presentado denuncia constitucional contra la presidenta). En una democracia también ocurren violaciones a los derechos humanos, pero, a diferencia de Venezuela, que tiene más muertos en su haber, acá hay un derrotero de justicia que al final del día sancionará a los culpables.

¿Algo así podría ocurrir en Venezuela? Allá se detienen a los opositores, se ha acogotado a la prensa independiente hasta casi hacerla desparecer, las ONGs no existen y los gremios empresariales que osen protestar sufren de inmediato expropiaciones o severos castigos y la represión asesina a diario a opositores. Los poderes del Estado (el sistema judicial y electoral) están copados por el gobierno y éste es capaz por ello de tramitar un fraude escandaloso como el de las últimas elecciones presidenciales.

¿Puede Indira Huillca, sin ruborizarse, decir que vivimos en una dictadura como la venezolana? Eso lo dice para rebajar el calificativo que le endosa al régimen de Maduro y demuestra una vez más, lamentablemente, que un sector importante de la izquierda peruana ha involucionado y ya no tiene entre sus banderas a enarbolar la de la democracia.

Este es un gobierno que brilla por su ineptitud. En diversas conversaciones sostenidas con la dirigencia magisterial del SUTEP, tanto el Ministerio de Educación como el MEF habían llegado a diversos acuerdos que iban a ser tenidos en cuenta en el pliego presupuestal del próximo año.

El gobierno, haciendo caso omiso a su propia palabra, ha decidido romper su compromiso y pretende aprobar un Presupuesto General en el que no se incluirían ninguno de los acuerdos tomados. Como resultado de ello, el SUTEP, gremio que agrupa a 320 mil maestros y que el pasado 23 de mayo convocara a un exitoso paronacional que diera lugar a inmensas movilizaciones callejeras en todo el país, ha decidido iniciar desde hoy una huelga de hambre en cuatro macrorregiones y, de seguir siendo soslayado, convocar a una pronta huelga nacional indefinida.

No solo estamos frente a un incumplimiento de la palabra oficial empeñada sino frente a un acto de torpeza política mayúscula del régimen. Como hemos sostenido recientemente, este gobierno no va a caer por acción del Congreso (jamás van a vacar a Dina Boluarte), pero un movimiento de las masas en las calles, que ya están en punto de ebullición -como se aprecia por diversos actos aislados de furia popular-, sí puede ser el detonante de su caída.

Este gobierno, que dilapida recursos, de la mano de un Congreso populista, no es capaz de cumplir acuerdos básicos, que deberían llevarlo a cumplir la Constitución, que asigna el 6% del PBI al sector Educación, está jugando con fuego.

Una movilización beligerante de la masa magisterial puede ser el gran gatillador de la indignación popular respecto de un régimen que apenas tiene 5% de aprobación. El ministro de Educación y el titular del MEF son ciegos frente a esa posibilidad. Ojalá el premier Adrianzén, quien parece más ducho en política, se dé cuenta del grave riesgo que implica tener a todo el magisterio movilizado y el potencial de contagio y de detonante de la furia callejera que ya las encuestas reflejan, pero que aún no cuaja en protesta pública.

En estos últimos días, la prensa se ha concentrado en varios casos de peleas conyugales de congresistas y de un futbolista muy conocido. Todos los conflictos han implicado situaciones de violencia que la prensa ha sabido aprovechar para circular relatos, imágenes, opiniones y así aumentar su audiencia y fidelidades mediáticas. Desde los años 90 varias conductoras de televisión han conseguido un éxito comercial muy grande gracias a los engaños y violentas respuestas que sus reportajes y entrevistas traen consigo. Como en el Perú no existen comités dentro de los mismos medios o en el Estado que pongan freno a tan gran negocio, parece haberse naturalizado que sea la opinión pública la que sustente toma de bandos, si con uno, si con otro, e incluso presionen sobre la decisión de las instituciones a las que pertenecen. 

Esta práctica trae riesgos muy grandes, pues dado que el ser humano va asentando su personalidad y comportamiento siguiendo ejemplos y modelos en el hogar y en su entorno, no solo naturaliza la violencia, si no el éxito mediático que está trae consigo. Y alcanzar la popularidad en redes y medios no es ahora tan sólo un pasatiempo sino una profesión que buena parte de la adolescencia mundial tiene como meta laboral; pareciera entonces que fomentamos el saber manipular la violencia conyugal como un recurso para conseguir la fama tan ansiada y sus beneficios económicos. 

Si como sociedad tuviésemos un juicio sano, deberíamos haber desarrollado herramientas para detener las distintas formas de violencia que nos rodean porque la violencia escala, se multiplica y nos anula, nos acorta y amarga la vida, sobre todo la de las niñas y niños obligados desde su fragilidad a conformarse o defenderse sin tener el poder de un adulto. Y traigo el tema del poder porque está asociado directamente con la violencia. La prensa difunde los casos en los que congresistas y futbolistas son los agresores. Es por eso que las víctimas requieren del apoyo de un sistema judicial que pueda dar protección, y no otro que responda a la presión mediática, las conveniencias de las instituciones a las que pertenecen y a otros arreglos que son tradición en nuestro sistema de justicia. 

Y han sido precisamente congresistas, vergonzosamente liderados por mujeres, quienes han perseguido y prohibido la educación sexual integral en las escuelas, principal materia en buena parte del mundo, donde se enseña cómo relacionarse sanamente con las personas con las que se mantienen relaciones sexuales, cómo cuidar y defender nuestros cuerpos, cómo evitar los abusos de poder de género en sociedades tan machistas como la nuestra.  Les hemos quitado la posibilidad de educar generaciones libres de tremenda opresión que vive más de la mitad de hogares peruanos. De darles herramientas para escapar de la trata, principal crimen que ha repuntado de manera escalofriante en el país debido a la minería ilegal y el narcotráfico. 

Si nuestros congresistas citan la Biblia para evadir esta responsabilidad y luego la utilizan para afirmar que ser autoridad es ser un rey elegido por Dios, están llevando al límite la política y la democracia con tal de continuar defendiendo el derecho que sienten de cometer abuso, contra las mujeres, contra la diversidad sexual, contra la defensa de nuestros cuerpos. Y los medios que viven de difundir golpes y peleas de famosos hacia sus parejas, sonríen, dándole la espalda a una generación de niñas, niños y adolescentes abandonados en un sistema educativo a punto de colapsar. 

Nuestro siguiente gobierno, tendrá que ser uno con la capacidad de hacerse cargo, de sentirse responsable de ponerle freno a este abandono. Pongamos toda nuestra imaginación en conseguirlo. Nuestro futuro lo reclama.

[TIEMPO DE MILLENIALS] ¿Eres de los que se deja llevar por los mitos del reciclaje para, precisamente, no reciclar? Aquí te darás cuenta de la importancia de comprometerte con el medio ambiente y ya no tendrás excusa:

  1. No reciclo porque no sirve de nada, todo se mezcla en la misma bolsa

La verdad: los recicladores separan, clasifican y procesan de manera automática cada material que reciben.

  1. No reciclo porque todo se mezcla en las plantas de reciclaje

La verdad: las instalaciones y plantas de reciclaje están separadas y solo llega a cada una de estas el residuo a tratar.

  1. Hay que lavar los envases antes de reciclar

La verdad: no es necesario y es más, no es recomendable. Porque se están gastando recursos dos veces. Una, en tu casa antes de dejarlo en el contenedor. Y dos en la planta, todos los productos pasan por un proceso de limpieza. Por tanto, no es necesario lavar nada antes de reciclar.

  1. No reciclo porque reciclar es más contaminante que fabricar un producto nuevo

La verdad: es menos costoso reciclar que fabricar un nuevo producto. Al reciclar ahorramos: agua, energía y materias primas. También reducimos la contaminación que se produce al obtener la materia prima para realizar el producto.

  1. No reciclo porque no quiero que se pierdan puestos de trabajo

La verdad: el reciclaje de residuos crea 10 veces más empleos que si se eliminaran en vertederos.

  1. No reciclo porque no tengo espacio para hacerlo

La verdad: esta no es una excusa, la clave está en saber organizarse y adaptarse al espacio. 

  1. Los objetos solo pueden reciclarse una vez, ¿para qué me voy a molestar?

La verdad: muchos productos pueden reciclarse varias veces y algunos como vidrios o metales, pueden reciclarse indefinidamente sin perder nada de calidad. 

  1. Por mucho que recicle, no voy a salvar el planeta

La verdad: es un trabajo en equipo con todos los actores de la cadena de reciclaje, pero tu papel sí importa.

  1. Los productos reciclados son de peor calidad

La verdad: los fabricantes invierten tiempo y recursos en las nuevas medidas de ecodiseño, por ello son de una calidad igual que las que se han creado con materia prima virgen.

  1. Transportar los materiales reciclables causa más contaminación que no reciclarlos

La verdad: se produce la misma contaminación transportando los residuos a los vertederos que a las plantas de reciclado. Además, existen puntos donde se acumulan los materiales reciclados y así transportarlos en grandes cantidades, disminuyendo la contaminación.

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