Opinión

[Música Maestro] “¿Qué te parece este fenómeno?”

La primera vez que escuché el nombre de este dúo fue a través de un mensaje de WhatsApp que me envió en mayo del año pasado una muy buena amiga, melómana y cinéfila, que formó conmigo parte de la última generación de vendedores de música entre fines de los noventa e inicios de los dosmiles, antes de los mp3 y Spotify. Me preguntó “¿qué opinas de este fenómeno, tío?” -alguna vez contaré por qué nos decimos “tío” o “tía” en ese grupo de antiguos trabajadores de desaparecidas cadenas de discotiendas- y acompañó su consulta con un video adjunto.

El video era un clip de treinta segundos de TikTok. Un concierto diurno ante muchísima gente y una segunda línea que decía “(Gustavo) Dudamel tocó con ellos en Coachella”. Y luego una mención a su participación en los Tiny Desk Concerts de la NPR, esos unplugged del siglo XXI que, por dárselas de inclusivos y modernos pasan de la excelencia a la viruta entre un capítulo y otro. No tuve tiempo de verlo, solo le di play sin mirar, prometiéndole una pronta respuesta.

En este momento no podría decir que recuerdo exactamente qué escuché -un ritmo alatinado, medio funky quizás, unas congas, un bajo fuerte, unos rapeos ininteligibles e indudablemente argentinos por el acento- pero sí que le escribí a mi amiga lo primero que vino a mi mente -está la conversación grabada en mi teléfono, por lo que no es un mérito de mi memoria: “esto parece un cruce entre Ilya Kuryaki y El Gran Silencio”. Ella insistió, enviándome otro clip en que uno de los jóvenes aparecía tocando un tema muy rebuscado de Luis Alberto Spinetta, El anillo del Capitán Beto (del tercer LP de Invisible, El jardín de los presentes, 1976). La referencia me interesó pero, como estaba trabajando, lo dejé ahí “para después”.

El dúo de marras en Yo Soy

Los meses pasaron y no conseguí darme el tiempo de escuchar al “fenómeno” que despertaba tanto entusiasmo en mi amiga y excompañera de trabajo. Hace unas semanas, en el espacio televisivo Yo Soy, apareció una pareja de imitadores con sombreros y lentes estrafalarios, balbuceando tonterías. La “canción” con la que pasaron la prueba en el sintonizado programa de Frecuencia Latina era un típico e intrascendente reggaetón/trap, por lo que no me generaron interés alguno ni los relacioné con aquel WhatsApp de mayo.

Sin embargo, en uno de los últimos capítulos del concurso, Ricardo Morán -uno de los jueces y, al parecer, productor general del programa- mencionó esa asociación con el famoso director venezolano de orquestas sinfónicas. “¿Serán los mismos?”, me pregunté internamente. Como suelo confiar en mi intuición para casi todo, y mucho más si se trata específicamente de cuestiones musicales, tomé la decisión de exponerme voluntariamente a las producciones de este conjunto reggaetonero, llamado Ca7riel y Paco Amoroso.

Y lo que descubrí me puso delante de un problema: los muchachos comenzaron sus carreras haciendo música de verdad pero, al parecer, decidieron deliberadamente tomar el camino de lo que está más de moda para hacerse ricos y famosos, porque las masas responden muy bien a la agresiva y homogénea vulgaridad de los “géneros urbanos”.

Ca7riel y Paco Amoroso, el “fenómeno”

Hace poco me di a la tarea de escuchar Baño María (2024), debut oficial de Ca7riel y Paco Amoroso y me pareció una pérdida de tiempo. Reggaetón puro y duro, densas bases electrónicas y letras que caen en los mismos clichés, vicios y exageraciones de personajes desechables e igual de famosos como Bad Bunny, Karol G y afines, música para las masas adictas a lo canalla. A renglón seguido, el algoritmo de YouTube me lanzó de inmediato su actuación en la NPR. Y lo que escuché era básicamente lo mismo. Pero sonaba diferente. Era otra cosa.

Alrededor de los dos jóvenes, cuyos nombres verdaderos son Catriel Guerreiro y Ulises Guerriero -lea bien, no comparten el mismo apellido- había un conjunto de músicos extremadamente buenos, jóvenes como ellos. Aunque su desarrollo instrumental se desenvuelve en torno a esos rapeos insulsos que tanto me irritan, es notorio que tienen la capacidad de tocar ritmos latinos, funk y latin-jazz con bastante solvencia. Siendo argentinos, eso no sorprende, desde luego. De lejos, Argentina es el país que mejores músicos de jazz, pop y rock ha producido en Latinoamérica.

Esa tocada de casi veinte minutos que, según datos de internet, se viralizó y superó los 30 millones de visualizaciones en solo medio año -el “fenómeno”-, me llevó a otra actuación en concierto ante más de 15 mil espectadores en el Movistar Arena de Buenos Aires. En este formato, sin las restricciones de espacio ni tiempo que caracterizan a los Tiny Desk de Washington, pude entender lo que ya venía sospechando. Ese bajista, esos solos de Moog, algo más había detrás de este dúo argentino y su coprolalia reggaetonera.

Una discusión que se repite una y otra vez

Cada vez que alguien se atreve a criticar las actitudes y letras del reggaetón por su talante misógino y su desembozada chabacanería, saltan las barras bravas que defienden y relativizan todo lo actual para desautorizar agresivamente esta opinión que, como todas, puede ser discutible pero nunca sujeto de agravio o desprecio por ser diferente e incluso contraria a las tendencias y preferencias de las mayorías.

Nos tildan de “hipócritas” porque escuchamos a los Rolling Stones, Aerosmith o Mötley Crüe, solo por mencionar a algunos de esos artistas del pasado que también tienen como temas recurrentes una actitud machista y cosificadora que denigra a la mujer, además de exhibir comportamientos ajenos a lo política y socialmente correcto en otros ámbitos. Sin embargo, la respuesta ante ese argumento no solo consiste en comparar a los reggaetoneros con esos y otros ejemplos sacados de la escena rockera.

Porque más allá de las similitudes líricas, las envolturas musicales del pop-rock poseen una serie de valores intrínsecos de los cuales carecen las canciones del reggaetón, eso sin contar las proporciones de la atención que dedican a ciertos tópicos en sus letras. Mientras que en cualquier banda -incluso si pensamos en actos extremos como Cannibal Corpse, Throbbing Gristle o Carcass- las referencias sexuales son una de tantas otras situaciones que abordan, la naturaleza monotemática del reggaetón es difícil de negar.

Y ni hablar de los vuelos poéticos que podemos encontrar en canciones de Leonard Cohen, Lou Reed, Kate Bush o Patti Smith, que pueden ir de lo sugerente a lo explícito sin perder inteligencia, frente a las majaderías baratas del reggaetonero o reggaetonera de su preferencia.

Astor y Las Flores de Marte

El éxito de Ca7riel y Paco Amoroso configura un caso de uso preconcebido de lo que está de moda para llamar la atención. Es como si una desconocida escritora de apenas 22 años, después de haber publicado dos brillantes novelas con ventas proporcionalmente opuestas a una avalancha de comentarios positivos de la crítica especializada rendida ante su complejidad y uso creativo del idioma, decidiera a los 23 abrirse un perfil de OnlyFans y hacerse famosa y millonaria de la noche a la mañana, prostituyendo su imagen. Nadie niega el derecho de esta literata ficticia de hacer lo que le venga en gana, pero eso no garantiza que el cambio sea artísticamente positivo.

Rastreando en el pasado de Catriel y Ulises, encontré un interesante bloque de canciones compuestas e interpretadas por ellos, siendo aun más jóvenes -actualmente los dos tienen 32 años- ubicadas en las antípodas de las simplonerías que hoy rapean y que tanta fama les ha dado, en una banda llamada Astor y Las Flores de Marte, con viajes instrumentales que pasan del funk al jazz-rock al metal alternativo, fuertemente influenciada por toda la ola del virtuoso rock progresivo argentino que encabezó Luis Alberto Spinetta, inspirada a su vez por lo más pesado del prog-rock británico y el jazz-rock norteamericano de los setenta.

Astor y Las Flores del Mal -a veces consignados simplemente como Astor- se formó en Buenos Aires en el año 2011, por los amigos de escuela Catriel Guerreiro (voz, guitarra, bajo), Ulises Guerriero (batería), Alan Alonso (guitarras) y Felipe Brandy (bajo). Se presentaron en diversos concursos musicales de su localidad e incluso llamaron la atención del legendario pianista y productor Lito Vitale, quien los apoyó para grabar un tema, el sorprendente Mazitagus.

El cuarteto no produjo ningún material oficial hasta el año 2017, un EP de cinco canciones titulado Vacaciones todo el año, un placer para el oído conocedor por sus eclécticas ideas musicales, virtuosismo instrumental y autenticidad. Pero, como ese estilo ya no le gusta a nadie a niveles masivos -aunque sí recibieron atención de cierta prensa especializada y de un público minoritario que los consideraba de culto-, optaron por hacer otra cosa, a todas luces más rentable.

Ca7riel, Paco Amoroso y sus músicos

Las nuevas identidades, vestimentas extravagantes y actitudes forzadamente bizarras hacen que mi comparación de Ca7riel & Paco Amoroso con los Ilya Kuryaki and the Valderramas, banda de latin-funk y rap que alborotó al pop-rock en nuestro idioma en los noventa sea pertinente, aunque el colectivo liderado por Dante Spinetta (hijo de “El Flaco”) y Emmanuel Horvilleur (hijo del fotógrafo de “El Flaco”, Eduardo Martí), es de lejos mucho más interesante por su sonido influenciado por el funk clásico y una paleta temática que no se circunscribe a la promiscuidad sexual sino que incorpora referencias a las artes marciales y cierta conciencia sociocultural.

En su comentada actuación en los Tiny Desk Concerts, el dúo aparece con una banda de apoyo de alto calibre. Felipe Brandy (bajo, 31) los acompaña desde las épocas de Astor y Las Flores de Marte. Posee una extrema habilidad para los fraseos libres y el funk, respaldado por el ritmo sólido de Eduardo Giardina (batería, 44). Javier Burín (piano, teclados, 24) lanza solos de Moog que hacen recordar a Chick Corea y Cory Henry, insospechados en un contexto reggaetonero. Los tres, junto al percusionista Maxi Sayes (26), acaban de armar UATS, un cuarteto de jazz-fusión emparentado con colectivos como Snarky Puppy y Vulfpeck. Otro lote.

Catriel Guerreiro es un afilado guitarrista de rock, funk y jazz, con momentos que hacen recordar a algunas de sus principales inspiraciones, Luis Alberto Spinetta y Michael “Kidd Funkadelic” Hampton, del universo P-Funk que comanda desde 1970 George Clinton. En cierta manera, estos Ca7riel y Paco Amoroso podrían recordarnos a los Beastie Boys, quienes comenzaron siendo una banda de hardcore punk adolescente y evolucionaron hasta convertirse en expertos raperos que, de vez en cuando, tomaban sus instrumentos para tocar acid-jazz, funk o punk, sus géneros matrices. Sin embargo, esa obsesión por parecerse a lo peor del reggaetón, más allá de darles éxitos comerciales, desmerece su versatilidad en lugar de potenciarla.

De hecho, luego de toda la excesiva fama que han tenido con sus irritantes reggaetones, los argentinos parecen dispuestos a dar nuevamente una vuelta al timón con su próximo disco, que vienen anticipando con un tema llamado Hasta Jesús tuvo un mal día, con la colaboración vocal de Sting, que suena totalmente distinto al sonido atolondrado y ridículo de sus canciones más populares. ¿Autenticidad o movida marketera? Solo el tiempo lo dirá.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Varios influencers en redes sociales están tomando abierto partido por Irán en la desastrosa guerra que ha estallado, una vez más, en Medio Oriente.

Me queda claro que Israel y Estados Unidos la han iniciado -como casi siempre- me queda también claro que se trata del petróleo de Irán y del estratégico estrecho de Ormuz por donde este pasa y sale hacia el  Océano Indico.

Tengo claro todo: la histórica prepotencia de Israel contra Palestina como la madre de este conflicto, pero también conozco la abyecta dictadura teocrática de los Ayatolas en Irán. Es obvio que por este motivo no voy a justificar el ataque recibido. Además,  no se trata de un match  de cualquier deporte en el cual tenga que optar por un bando y alentar a uno de los contendientes. El tema es mucho más serio que eso, y me queda meridianamente claro, también, que varios países y grupos fundamentalistas islámicos presentan agendas maximalistas absolutamente cuestionables a ojos  occidentales.

La pregunta es por qué todo esto explota ahora. El histórico despojo de los palestinos desde 1947 y los ataques de Hamas de 2023 constituyen una parte de la respuesta. La otra es el 2do mandato de Donald Trump, corregido y aumentado: un niño cuyo juguete para conquistar el mundo es el ejército más poderoso del mundo. Su objetivo final es imposible: frenar el avance económico chino.

Solo me queda decir, aunque suene ingenuo, que resulta que este planeta también es nuestro; es decir, de los que vivimos en América Latina, el Africa y otras regiones del planeta, que no somos protagonistas de este cuento de terror, pero que igual pagaremos las consecuencias si el final resulta trágico e irreversible.

Y me queda recordar a JF Kennedy y Nikita Kruschev que le ofrecieron al planeta un mensaje y una opción racional y humanista, cuando las bombas atómicas casi volaban por encima de nuestras cabezas. El mundo iba rumbo a la catástrofe pero ellos supieron entenderlo y evitarlo, aunque el líder soviético haya estrellado su zapato nada menos que contra su escaño en la sala de sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Hoy extrañamos a ambos personajes. No sé qué nos pasó ¿fue lo que digo siempre? ¿fue la guerra de extremistas progresistas contra extremistas conservadores? No lo creo, casi que no me parece para tanto. Ese, en todo caso, es el cariz ideológico a una guerra que es económica y cuya meta es el dominio sobre el planeta Tierra.

Tras la Primera Guerra Mundial, Inglaterra comprendió que no sería más la potencia dominante del mundo, como lo fue durante el siglo XIX, en la recordada Era Victoriana. ¿Qué hizo al respecto? Se convirtió en la principal aliada de la nueva potencia dominante. Estados Unidos no necesitan líderes como Trump que van en contra de las agujas del reloj, la historia, la historicidad y el tiempo, este es un camino sin retorno.

Ha pasado poco tiempo desde la caída de aquel infame muro berlinés que  abrió las puertas a un Nuevo Orden Mundial Unipolar con Estados Unidos al frente. Pero ese mundo se extinguió deprisa, nadie pudo calcularlo o verlo venir, pero vino de la mano de la China de Deng Xio Ping y sus sucesores. Donald Trump es un hombre del pasado, de una USA patrona del mundo que ya no está más en condiciones de serlo, solo  que él no se ha dado cuenta. Ojalá, cuando despierte a la realidad, no sea demasiado tarde para todos.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El caso de la red criminal construida por el infame magnate de las finanzas Jeffrey Epstein, si bien resulta escandaloso, no constituye ninguna novedad en la historia del género humano, plagada de atrocidades innombrables que muchos prefieren seguir ignorando.

Epstein armó una red de tráfico sexual sistemático de menores. Se calcula que unas mil niñas y adolescentes fueron reclutadas con promesas de dinero por “masajes” que derivaban en abusos sexuales. Testimonios detallan cómo Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell abusaban sexualmente de las menores en sus propiedades (Nueva York, Palm Beach, isla privada Little St. James, Nuevo México, París). Hay alegatos, algunos en documentos del FBI de 2019 a 2025, de que Epstein “prestaba” sus víctimas a hombres poderosos y adinerados. Esta red involucraba modelos, empleados, pilotos y asistentes que ayudaban a transportar y atraer a chicas jóvenes de distintos países. También hay testimonios aislados aún no corroborados de asesinatos, mutilaciones, sacrificios rituales, cercenamiento de bebés, intestinos removidos y consumo de excrementos (coprofagia) o carne humana (canibalismo) en yates o propiedades de Epstein.

Expertos independientes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon en febrero de 2026 que los archivos publicados sobre el caso Epstein contienen “evidencia perturbadora y creíble” de abuso sexual sistemático a gran escala, tráfico y explotación de mujeres y niñas, hasta el punto de constituir crímenes de lesa humanidad (esclavitud sexual, prostitución forzada, tortura, etc.), cometidos en un contexto de misoginia extrema, racismo y corrupción.

Hay quienes han querido ver una premonición de lo que recién está saliendo a la luz en la película “Ojos bien cerrados” (“Eyes Wide Shut”, 1999) de Stanley Kubrick, sobre todo en la escena central de la orgía enmascarada en una mansión remota, con máscaras venecianas, rituales formales, contraseñas, jerarquías y un ambiente de poder absoluto. Uno de los temas que la película explora es cómo el dinero y el estatus permiten acceder a mundos prohibidos donde las mujeres son cosificadas, y donde se garantiza la impunidad de los participantes. No es sólo sexo; es control y degradación, esa dinámica de élites que usan su posición para explotar a personas vulnerables sin temer ninguna consecuencia.

Sin embargo, la película que, a mi parecer, mejor retrata esa realidad es “Saló o los 120 días de Sodoma” (“Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975) de Pier Paolo Pasolini, una adaptación de una obra del Marqués de Sade que el cineasta e intelectual italiano convierte en una alegoría del fascismo. En el film, cuatro libertinos fascistas (el duque, el presidente, el obispo y el magistrado) secuestran a un grupo de jóvenes y los llevan a un castillo remoto durante 120 días, donde crean un régimen totalitario de placeres sádicos. Las víctimas (jóvenes vírgenes, hijos/hijas de los propios libertinos) son tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva (desde humillaciones hasta abuso sexual, coprofagia, tortura y asesinato).

Los cuatro libertinos establecen reglas, contratos y rituales precisamente para afirmar su poder absoluto sobre la ley y la moral. Pasolini lo presenta como la lógica íntima del fascismo/capitalismo desatado: el placer máximo deriva del control total y la degradación ajena sin castigo. El verdadero “producto” no es el sexo, sino la impunidad. Los cuatro poderosos (representando poder económico, político, religioso y judicial) se vigilan y refuerzan entre sí.

“Saló” es ficción alegórica extrema, diseñada para ser insoportable y denunciar el fascismo como posibilidad permanente del poder. Por la crudeza de sus imágenes, no obstante su valor artístico, el film fue prohibido o censurado en decenas de países, entre ellos Italia, Reino Unido, Alemania Occidental, Suecia, Nueva Zelanda y Canadá

Los paralelos con el caso Epstein son evidentes. Tanto en el film como en el caso que nos atañe había un espacio aislado y “extraterritorial”, donde las víctimas eran tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva. La isla Little St. James, de propiedad de Epstein, funcionaba como un enclave aislado, accesible solo por avión privado o yate, donde se alega que ocurrían abusos sistemáticos sin interferencia externa. Los archivos del caso Epstein muestran una red de contactos entre multimillonarios, políticos y figuras influyentes, donde la participación o el conocimiento mutuo creaba una barrera de silencio y protección.

Mientras que Pasolini filmaba para provocar y diagnosticar la corrupción del poder, lo de Epstein ocurrió en una sociedad democrática con leyes, pero con fallas institucionales que permitieron la impunidad por décadas. Pero tanto en el film como en la realidad se constata que la concentración extrema de riqueza y poder puede generar espacios de impunidad donde la explotación se convierte en sistema.

Las semejanzas van más allá de los contextos históricos. Pues Pasolini concebía el fascismo no como un régimen histórico puntual, el de Benito Mussolini, sino como una posibilidad permanente y estructural del capitalismo avanzado, lo que algunos llaman “capitalismo filofascista”, “neofascismo consumista”, “fascismo tardocapitalista” o “fascismo total” en su forma más sutil y depredadora.

Pasolini lo dijo explícitamente en sus ensayos de los años 70: que el consumismo masivo y el neocapitalismo no son opuestos al fascismo; son su evolución más eficaz y menos visible. Mientras el fascismo clásico usaba uniformes, marchas y propaganda nacionalista abierta, el “nuevo fascismo” (el del capital desregulado) homogeneiza culturalmente, anula la diversidad, reduce al ser humano a objeto de consumo y crea espacios de impunidad absoluta para las élites.

Esto se aplica perfectamente a la red de Epstein. El capitalismo filofascista se manifiesta en la cosificación extrema de las víctimas (niñas tratadas como mercancía intercambiable, reclutadas en red piramidal), la protección mutua entre poderosos (contactos cruzados que crean silencio cómplice) y la degradación antropológica (aquí, por la explotación sexual sistemática de personas vulnerables). No se trata de ideología explícita, sino de una lógica fascistoide inherente al poder desnudo. Cuando la acumulación ilimitada de riqueza elimina cualquier freno ético o legal, surge un “fascismo de mercado” o “anarquía del poder” donde las élites crean micro-totalitarismos privados. Pasolini lo llamó «fascismo total» porque penetra hasta en lo corporal y lo íntimo.

Así lo expresaba en sus “Escritos corsarios”, una recopilación de artículos periodísticos y ensayos breves escritos entre 1973 y 1975:

«Creo profundamente que el verdadero fascismo es lo que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad “la sociedad de consumo”. […] Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha tocado en lo íntimo, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. No se trata ya de una regulación superficial, escenográfica, como en la época mussoliniana, sino de una regulación real que les ha robado y cambiado el alma. […] La “civilización del consumo” es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la “sociedad de consumo” ha realizado bien el fascismo».

Epstein no era un “perverso aislado”; era el gestor de un enclave extraterritorial (la isla, el jet, las mansiones) donde elites capitalistas experimentaban la impunidad total. El placer máximo no viene del sexo en sí, sino de violar todas las leyes humanas sin consecuencias, igual que en “Saló”, donde el sadismo se ritualiza para afirmar el poder absoluto.

De este modo, “Saló” no es sólo una comparación estética o de atrocidades. Es una premonición ideológica que Pasolini lanzó contra el capitalismo consumista, y los archivos de Epstein la hacen sonar proféticamente acertada. Muestra cómo el poder absoluto, cuando se desliga de cualquier rendición, tiende a reproducir dinámicas fascistas, no por nostalgia mussoliniana, sino por la lógica interna del capital sin frenos.

[Música Maestro] El sábado, casi al mediodía, la noticia de su fallecimiento conmovió a mi corazón salsero a través de un mensaje de WhatsApp. Y supongo que lo mismo debe haber ocurrido con miles de corazones salseros a lo largo y ancho de Latinoamérica y Estados Unidos, en aquellas zonas donde el aura de su música barrial, sus arreglos inteligentes para metales y orquestas sinfónicas, su inconfundible voz nasal y esa estética de bajomundo que caracterizó a las carátulas de sus álbumes clásicos -diseñadas por el célebre “señor salsa”, Israel “Izzy” Sanabria- se impuso como el espíritu vital de la salsa dura.

Esa identidad visual y sonora que fue, por un lado, una innovación estrictamente artística que desligó a la naciente salsa de sus orígenes ambiguos -el boogaloo sonaba todavía demasiado gringo, demasiado jazzeado- y por el otro, una declaración de principios de orgullo étnico y socioeconómico, una combinación de pobreza con sofisticación que dio a Willie Colón estatus de padre fundador de la salsa, junto con los creadores del sello Fania. Si Jerry Masucci era el negociante y Johnny Pacheco el líder, Colón era el obrero que en los estudios dirigía, producía, arreglaba, ordenaba elementos y lanzaba voces al estrellato.

Lamentablemente, la vejez le trajo ciertas inconsistencias -en concreto, su incomprensible apoyo a Donald Trump- pero ese tramo de su vida no es lo suficientemente relevante como para opacar todo su legado como organizador de los primeros momentos de un género que hoy padece una nueva crisis, acaso más aguda y difícil de superar que la debacle sufrida a mediados de los ochenta con la caída de la salsa clásica y el ascenso de sonidos más aguados y accesibles a los públicos nuevos. Que en paz descanse Willie Colón, “el diablo”.

Con Héctor Lavoe: Su eterno protegido

Durante casi una década, los nombres de Willie Colón y Héctor Lavoe fueron una sola cosa, una entidad imbatible en el entorno de la nueva música latina. Johnny Pacheco (1935-2021), el flautista y director dominicano, fue quien los presentó, allá por 1966. Tenían 16 y 19 años, respectivamente. crecieron y aprendieron juntos las mieles de la fama, las caídas y recuperaciones en un torbellino de música, efervescencia creativa y excesos de todo tipo.

Colón venía desarrollando su carrera como trombonista, trompetista y productor desde jovencito. Había nacido en el Bronx, en Nueva York, pero fue criado en la patria de sus padres, Puerto Rico para después, de adolescente, llegar de nuevo a la Gran Manzana. Su pasión por el latin-jazz y el boogaloo le permitió componer varias canciones para llenar por lo menos un par de discos para Alegre Records.

Pero, cuando el sello cayó en dificultades financieras, aquel proyecto inicial se frustró. Allí aparecieron Masucci y Pacheco para llevarse al intuitivo pero aun inexperto Willie Colón a la escudería de Fania Records. Esos dos discos terminaron siendo El malo (1967) y The hustler (1968), con Héctor Lavoe compartiendo el micrófono con Elliot Romero y el legendario Gabriel Peguero, más conocido por su alias “Yayo El Indio”.

Discos y canciones inolvidables

Entre 1967 y 1975, el dúo produjo diez extraordinarios álbumes para Fania Records, todos con éxitos inolvidables y fundamentales para cualquier persona que se diga amante de la buena salsa. Imposible no emocionarse al escuchar clásicos como la poderosa Barrunto (La gran fuga, 1971), la bomba Ah-ah/Oh-no (El juicio, 1972) o los infaltables temas navideños La murga y Aires de Navidad (Asalto navideño Vol. 1, 1970). Sin embargo, son los discos Cosa Nuestra (1970) y Lo mato (Si no compra este LP) (1973) los que aportaron más canciones al canon salsero: Te conozco, Che che colé, el bolero Ausencia, Todo tiene su final, El día de mi suerte, Calle luna, calle sol.

La sociedad se acabó en 1975, aunque solo en lo relacionado a firmar discos como dúo. Luchando con sus propias inseguridades, Héctor Lavoe inició su carrera como solista ese año, con el LP La voz, que contiene exitazos como El todopoderoso, Rompe Saragüey, la versión en estudio de Mi gente -que habían estrenado con la Fania All-Stars en sus discos en vivo- y el bolero de nuestro Mario Cavagnaro, Emborráchame de amor, bajo la producción de Willie Colón.

Este trabajo conjunto se mantuvo en casi todos los álbumes en solitario de Lavoe. Así, cada vez que escuchas canciones como Juanito Alimaña, Triste y vacía (Vigilante, 1983), Periódico de ayer, Hacha y machete (De ti depende, 1976), El cantante (Comedia, 1978), escuchas, además de la inconfundible presencia vocal de Héctor, los coros y arreglos de Willie.

El sonido de Colón

Los trombones fueron el aporte central que hizo Willie Colón a la salsa, un sonido rugoso, duro y agresivo que él mismo generaba, junto a sus otros dos compañeros, los norteamericanos Barry Rogers y Lewis Kahn. Ese ataque grueso y metálico caracteriza todas las secciones instrumentales en los temas más conocidos de Colón, tanto con Héctor Lavoe como con Rubén Blades, una marca registrada. Pero cuando uno escucha los tres instrumentales incluidos en The good, the bad and the ugly (1975) -MC² (Theme Realidades), Doña Toña o I feel campesino, la cosa queda aun más clara.

Otro gran aporte de las instrumentaciones de Willie Colón fue la decidida incorporación de los dos ritmos tradicionales de Puerto Rico, la bomba y la plena, con uso de brillantes percusiones menores -triángulos, campanas- y el cuatro de Yomo Toro (1933-2012), que además forma parte de las carátulas de los asaltos navideños, esa selección de ritmos caribeños aplicados a las fiestas decembrinas, canciones conocidas en el folklore boricua como “aguinaldos”.

Por último y no menos importante está la visión modernizadora de Willie Colón, al introducir elementos nuevos a sus ensambles salseros, como conjuntos de cuerdas, coros femeninos e instrumentos del pop-rock -baterías electrónicas, guitarras eléctricas-, además de un fino oído para enriquecer su repertorio caribeño con sonidos del Brasil -Oh qué será, de Chico Buarque es un ejemplo (Fantasmas, 1983), de España -como la conocidísima Gitana (Tiempo pa’ matar, 1984) o del lejano oriente- en el instrumental Chinacubana (Solo, 1979) o Asia (Top secrets, 1989).

Con Rubén Blades: Una amistad rota por el dinero

El camino de Willie Colón continuó cosechando éxitos tras la separación parcial de Lavoe. Al frente de sus músicos regulares en Fania -entre ellos Salvador Cuevas (bajo), Joe “Professor” Torres (piano), Barry Rogers y Lewis Kahn (trombones), Milton Cardona, José Mangual Jr. (percusiones)- Colón entabló una nueva sociedad junto al cantautor panameño Rubén Blades, alcanzando cuotas más elevadas de fuerza lírica y conciencia sociopolítica.

Cinco años bastaron para hacer de este dúo el nuevo capítulo estelar de la salsa clásica. Canciones como Según el color, Pablo pueblo (Metiendo mano, 1977), Maestra vida, El nacimiento de Ramiro (Maestra vida, 1980), Tiburón, Ligia Elena (Canciones del solar de los aburridos, 1981) y todo el LP Siembra (1978), contienen algunas de las mejores grabaciones de la historia de la salsa, todas bajo la dirección musical de Willie Colón.

Aunque después de The last fight (1982) sus caminos musicales se separaron, Colón y Blades coincidieron unas cuantas veces más, antes de romper palitos en una cadena de desavenencias que solo la muerte del trombonista ha logrado cortar. Inclusive el álbum Tras la tormenta (1995), que generó un gran ingreso a los rankings de Colón con el tema Talento de televisión y se promocionó como el gran reencuentro entre ambas estrellas, fue grabado por separado. Asuntos mezquinos de contratos y regalías quebraron una de las colaboraciones más fructíferas de la música popular en nuestro idioma.

Como solista: Cantante y productor infatigable

Aunque podríamos calificar sus dos primeros trabajos -El malo y The hustler- como solistas, en realidad Willie Colón se estrena como artista individual con una extraordinaria suite instrumental, preparada especialmente para un programa de televisión, El baquiné de angelitos negros (1977) en el que incorpora violines -con solos de Alfredo de la Fe, otra estrella de la Fania- al ensamble salsero e intercala su extensa composición con una melodía muy conocida, la del bolero Angelitos negros (Andrés Eloy Blanco/Manuel Álvarez Rentería) que popularizara el cantante mexicano Pedro Infante en la película del mismo nombre.

Paralelamente a ese trabajo y sus presentaciones con Rubén Blades, Willie Colón se unió a la cubana Celia Cruz, para el disco Only they could have made this album (1977), en el que destacaron Burundanga y un arreglo de Willie de Usted abusó, clásico de la música brasileña. Dos años después lanzaría Solo (1979), con composiciones propias como Nueva York, Señora, Sin poderte hablar o el instrumental Chinacubana -que usaría en los ochenta Luis Delgado Aparicio como cortina de su programa televisivo Maestra Vida (Canal 9)- y donde exhibe una vez más sus interesantes ideas musicales, combinando arreglos sinfónicos, elegantes coros femeninos y ritmos caribeños con maestría.

Los años ochenta vieron a Willie Colón más decidido en consolidarse como voz solista, con una cadena de populares álbumes como Corazón guerrero (1982), Fantasmas (1983), Criollo y Tiempo pa’ matar (1984). Precisamente, en este último aparece la canción que se convertiría en uno de sus trabajos más sofisticados -aunque los arreglos no son suyos sino de Héctor Garrido- la canción Gitana, escrita en 1979 por el cantaor José Manuel Ortega Heredia «Manzanita», para su primer disco. Willie Colón hizo suya esta canción española hasta convertirla en la más popular de su catálogo solista.

Esa misma década produjo álbumes para Héctor Lavoe, Celia Cruz, Ismael Miranda, entre muchos otros, un trabajo que venía realizando desde sus inicios como integrante de la Fania All-Star y promotor de clásicos de la salsa como la orquesta La Conspiración del trompetista portorriqueño Ernie Agosto (1950-2003). En 1982, relanzó la carrera de la trovadora venezolana Soledad Bravo con el LP Caribe, poniendo a su servicio a los músicos de su orquesta y arreglos para salsa de composiciones de Milton Nascimento, Chico Buarque y Silvio Rodríguez.

De Idilio a El Malo II, lo último de Willie Colón

En 1986, en un disco titulado Especial No. 5, apareció un bolero con sonido sintetizado, composición del venezolano Luis Guillermo González, titulado Pregunta por ahí, que fue usado como tema de créditos finales en la telenovela La intrusa (RCTV), protagonizada por los actores Víctor Cámara y Mariela Alcalá. Debido a la popularidad de la novela -en la que el mismo Colón aparece haciendo de sí mismo- la canción se hizo muy conocida, mostrando una faceta nueva del salsero.

Luego siguieron dos éxitos radiales, Asia y El gran varón (Top secrets, 1989), cerrando una década difícil para la salsa como género musical, por el auge de la llamada “salsa sensual”. En los noventa, Willie Colón se mantuvo vigente con dos canciones que hasta hoy rotan por radios salseras: Idilio, una composición de los años treinta, de Alberto “Titi” Amadeo, en que hace armonías vocales con el productor Ángel “Cucco” Peña (de su LP Hecho en Puerto Rico, 1993) y la mencionada Talento de televisión (Tras la tormenta, 1995). Sus giras por Latinoamérica, siempre exitosas, mostraban a un artista algo desgastado por el sobrepeso y otros problemas de salud, aunque su prestigio en el mundo de la música latina se conservó intacto.

El siglo XXI vio a Willie Colón involucrándose en política y, específicamente, en temas de seguridad ciudadana. Incluso alcanzó a graduarse como teniente adjunto del Departamento de Seguridad Pública de la policía del condado de Westchester, en Nueva York. Entre 1994 y 2008 fue común verlo apoyando campañas del Partido Demócrata. Sin embargo, entre 2012 y 2013, desde que manifestó su abierta oposición a la dictadura de Hugo Chávez en Venezuela -incluso hizo una canción al respecto, Mentiras frescas- su postura política fue virando hasta decantar en un inexplicable respaldo a Donald Trump, lo cual generó más de un cruce de palabras con su antiguo camarada, Rubén Blades.

Entre los años 2017 y 2019 estuvo de gira celebrando sus 50 años de carrera artística, pero el 2023 anunció su retiro de los escenarios debido a una descompensación tras un concierto en Cali, Colombia. Su última producción discográfica se tituló El Malo II: Prisioneros del mambo (2008) que incluyó un medley de su época junto a Héctor Lavoe con las canciones La banda (1973), Periódico de ayer (1976), El todopoderoso (1975) y El cantante (1978).

De La banda a Siembra: Las polémicas de Willie

En el año 2010, los medios peruanos fueron leídos por toda la América Latina salsera por un titular en sus secciones de espectáculos que daba cuenta de la detención, durante la madrugada posterior a un concierto que había ofrecido en una desaparecida discoteca en el distrito limeño de La Molina, de Willie Colón, por un caso de plagio.

La famosa canción La banda (Asalto navideño Vo. 2, 1973) -a veces consignada como “Llegó la banda”- había sido motivo de una denuncia penal hecha por el compositor y músico limeño Walter Fuentes Barriga (1948-2019) -integrante de la orquesta nacional Las Estrellas de la Máquina- quien aseguraba ser el autor original, en sus tiempos como integrante de la orquesta de música tropical del director argentino Enrique Lynch (1948-2020), muy conocido en Lima a finales de los sesenta. Y era cierto, como demuestran las grabaciones.

Luego de varias idas y vueltas, la cosa legal se entrampó sin llegar a buen puerto. Al parecer, este sería uno de esos casos en que no se respetaron los créditos por las precariedades de los controles de derechos de autor de la industria musical en esas épocas, algo similar a lo que le ocurrió al cantautor Paul Simon, tras la versión en inglés de El cóndor pasa que tituló If I could (Bridge over troubled waters, 1970, el último LP de Simon & Garfunkel). Mientras que los herederos de Daniel Alomía Robles (1871-1942) sí llegaron a un acuerdo con el músico neoyorquino, Fuentes falleció sin alcanzar justicia, aunque actualmente las reediciones de la grabación de Colón sí mencionan su nombre como autor.

El caso de Siembra, el legendario disco que grabara junto a Rubén Blades en 1978, se reactivó hace un par de años cuando el panameño recibió un Grammy por su versión en vivo, conmemorando los 45 años de su lanzamiento, sin considerar a Colón -quien había sido productor y organizador de aquella obra maestra salsera, el álbum más vendido en la historia del género-, lo que motivó una virulenta reacción de Willie y una respuesta, alturada y firme, del compositor de clásicos incluidos allí como Plástico y Pedro Navaja. Solo la muerte pudo acabar con esta pelea, que cuento a detalle en este artículo.

En estos días, en que se viene hablando desde distintos ámbitos -desde conversaciones domésticas hasta círculos académicos y líderes de opinión- acerca de Bad Bunny y su supuesto rol como máximo representante de la latinidad moderna, la muerte de Willie Colón nos obliga a mirar y escuchar a un verdadero e indiscutible referente de un orgullo racial, regional y musical que perduró durante décadas y del cual se seguirá hablando en generaciones posteriores.

[Migrante al paso] Abrí una hoja de Excel. No entendía nada. Desde el colegio con sus clases de informática que no veía algo así. Soy pésimo para esas cosas. Con las justas manejo Word básico. Ahora que manejo un negocio, tengo que estar por lo menos familiarizado con el programa y entender a la perfección lo que es un flujo de caja. Ya se imaginarán a un escritor haciendo un flujo de caja. Me sentía totalmente descolocado. Intenté varias veces y no me salía. Me comencé a poner ansioso y derrotado por esa página cuadriculada. Me sentía tonto. Los números no cuadraban y ya estaba mareado. Hasta pensaba que me había olvidado de cómo multiplicar y dividir. Llevo menos de un año usando chat GPT para tareas simples, justamente como para sacar cálculos u ordenar finanzas. Cuando tuve que hacerlo solo perdí el control. Yo no crecí con estas herramientas de inteligencia artificial, me preguntaba qué pasará si de pronto deja de existir. ¿En qué momento se volvió algo imprescindible? Creo que el mundo ya cambió por completo, pero aún no lo asimilamos. Supongo que algo parecido sucedió con el internet. Me temo que esto sí es un poco más invasivo. Solo me bastó un pequeño ejercicio para darme cuenta de lo fácil que es hacer a una persona inútil y lo fácil que va a ser que negocios y sistemas complejos de políticas públicas lleguen a manejarse solos. Bueno, después de todo lo que vemos tal vez sea mejor así.

Recordaba un examen de Office en el colegio, no recuerdo bien el nombre, pero era un examen internacional que demostraba tu dominio sobre los principales programas de Microsoft. Me saqué sobresaliente, pero no lo hice yo. Justo cuando tocaba la parte de Excel, me rendí. Eran como 40 preguntas o algo así. Faltaban 10 minutos y no había respondido nada. Yo ya había aceptado jalar el curso. Ya no quedaba nadie en el cuarto helado lleno de pantallas antiguas y pesadas, un salón que siempre estaba oscuro. No sé con qué cara me habrán visto, pero me ayudaron. Alguien tomó mi sitio y en poquísimo tiempo terminó todas las preguntas. De esa manera, fui el mejor del salón. Ahora solo agarraría mi teléfono o abriría otra pantalla y chat GPT me daría todas las respuestas.

Me imagino que ya no existirán ese tipo de exámenes. Estas nuevas herramientas están obligando a los sistemas educativos a que cambien por completo. Me parece perfecto, porque era de lo más anticuado. Estuve en un buen colegio y, aun así, siendo niño me daba cuenta de lo desfasado e inútil que era. Desde el sílabo hasta el sistema de evaluación. Bueno, esas tonterías ya no pueden pasar desapercibidas. Me río de recordar que me decían: ¿acaso vas a tener una calculadora en el bolsillo? Si hubieran sabido que lo que todos tenemos en el bolsillo tiene más herramientas que todo ese salón de cómputo. Hubiera sido una locura pensarlo también, pero ahora que ya sabemos cómo avanzan las cosas debería ser tomado en cuenta para futuros modelos educativos.

El trabajo dignifica a la gente. Estoy de acuerdo, no de manera exagerada ni luterana, en el sentido de que mediante el trabajo logras el camino correcto. Pero sí me he dado cuenta de que, ocupando tu tiempo, por lo menos un poco, trabajando te sientes mejor. Es algo que recién estoy descubriendo. He trabajado antes, pero muy poco comparado con otras personas de mi edad. Pero tengo bastantes cosas que he hecho y los demás no. Mi tolerancia es mucho más baja, porque recién estoy aprendiendo cosas, cosas que varios tuvieron que aprender hace 10 años o más. Nunca es tarde. Pronto podré superar, calmado, momentos mucho más difíciles que una simple hoja de Excel.

Termino de escribir la crónica un poco tarde. A la vez muy temprano. Lunes, 5 de la mañana, ahora tengo que despertarme temprano para hacer ejercicio antes de trabajar. Lo que antes era una tortura ahora es algo usual. No suele ser tan temprano, pero he tenido épocas en las que no conocía las mañanas, mi día comenzaba con el almuerzo. En ese momento me encantaba, ahora me siento inútil cuando me sucede. No solo he tenido que aprender a tener que trabajar, también a ser productivo de día. La noche era mi momento, me sentía más cómodo mientras todos dormían. Entonces, no sé si el trabajo te dignifica, pero por lo menos te da una estructura. Y como me dijo un amigo el otro día: tu vida no es el horario, pero el horario ayuda a que tu vida funcione.

[OPINIÓN] El Perú no enfrenta una crisis política coyuntural. Vive, desde hace varios años, una crisis estructural de ingobernabilidad democrática. No se trata únicamente de la inestabilidad en los cargos o de la sucesión permanente de autoridades; se trata de una degradación profunda de la política como espacio de responsabilidad pública. La clase política actual ha demostrado, en reiteradas oportunidades, que prioriza la repartija del poder antes que la conducción del país, mientras la ciudadanía enfrenta violencia, inseguridad y abandono de la salud, la educación y las políticas de igualdad.

Esta crisis no es neutra. Tiene efectos diferenciados y particularmente graves para las mujeres y las poblaciones más vulnerables. En un contexto donde los feminicidios no cesan, donde la violencia sexual sigue marcando la vida de niñas y adolescentes, y donde la desigualdad limita el acceso efectivo a derechos, resulta inadmisible que estos temas hayan sido desplazados del centro del debate político. Más aún, es éticamente intolerable que se normalice la posibilidad de que personas con denuncias graves por violencia o con discursos que justifican matrimonios infantiles aspiren a ocupar los más altos cargos del Estado.

Tomar atención a estas dimensiones, no es accesorio. La forma en que un candidato o candidata se posiciona frente a la igualdad de género y los derechos humanos revela su concepción del poder. Quien minimiza la violencia contra las mujeres, quien tolera la idea de obligar a una niña a parir, quien relativiza el sufrimiento de los más vulnerables, no está expresando una opinión aislada: está evidenciando una falta de ética y una actitud complaciente con el abuso.

La experiencia reciente debería servirnos de advertencia. Cuando se relativizan antecedentes de denuncias de violencia, cuando se trivializan afirmaciones sexistas o actitudes patriarcales bajo la excusa de la “eficiencia” o la “mano dura”, se habilita un estilo de liderazgo basado en la virilidad tóxica, el abuso simbólico y la instrumentalización del poder. Esa lógica no es anecdótica; forma parte de un perfil que luego se traduce en prácticas caóticas, corrupción y aprovechamiento del cargo.

La ciudadanía está cansada. No solo de la corrupción y la irresponsabilidad de quienes acceden al poder, sino también de la sensación de no tener alternativas éticamente defendibles. Sin embargo, el agotamiento no puede llevarnos a la indiferencia. Las negociaciones políticas están sobre la mesa y, aunque las opciones inmediatas para asumir la presidencia del Congreso no despierten esperanza, la mirada debe situarse en el futuro próximo. En abril, en las urnas, se jugará nuevamente la posibilidad de redefinir el rumbo democrático.

La pregunta es ineludible: ¿quién ofrece un plan de gobierno serio, con propuestas viables y centradas en los problemas reales del país? ¿Quién demuestra una actitud inclusiva y una preocupación genuina por el dolor de los más vulnerables? La sensibilidad frente al sufrimiento ajeno no es un gesto sentimental; es un indicador de compromiso democrático. Sin una defensa auténtica de los derechos humanos de todas las personas, no puede haber buen gobierno.

En tiempos de crisis continua, detenerse a reflexionar es un acto político. Elegir no es solo optar por un nombre, sino por una concepción de país. Si la democracia ha de sobrevivir a su propia erosión, necesita autoridades con integridad, con perspectiva de igualdad y con una ética pública que coloque la dignidad humana en el centro. Sin ello, cualquier promesa de orden o estabilidad será apenas una fachada más de la misma crisis que decimos querer superar.

[OPINION] Murphy no pensó en el Perú, pero el Perú decidió rendirle homenaje permanente.

La política peruana se ha convertido en el laboratorio ideal para confirmar su teoría. La elección del nuevo presidente del Congreso —y por arrastre, presidente eventual del país— es la prueba más reciente. Cuando uno cree que ya se tocó fondo, aparece una pala institucional y alguien decide seguir cavando.

Un comunista cuestionado, sancionado y reciclado de un partido que nos metió de cabeza y patas en esta crisis —con un expresidente preso por intento de golpe— vuelve al escenario. Mediocridad y extremismo avanzando de la mano, sin pudor y sin memoria. Esta vez, además, impulsados —según señala la congresista Moyano, intuyo que con razón— por el cálculo frío del señor Porky. El empático. El visionario. El que sueña con convertir al Perú en potencia mundial mientras incendia el presente.

El cálculo es simple y profundamente irresponsable: provocar el caos para luego venderse como la alternativa “ordenada”. Gran error. Cada día que pasa, este personaje muestra más las garras, genera más rechazo y erosiona incluso a quienes, por moda o conveniencia, lo defendían. Llegará el día —no tan lejano— en que hasta mis tías de San Isidro despierten y retiren ese apoyo tan fervoroso como inexplicable.

Lo preocupante no es solo el personaje, sino el ecosistema que lo sostiene: la política convertida en circo, el oportunismo elevado a estrategia y la irresponsabilidad presentada como audacia. Todo bajo aplausos, likes y slogans vacíos.

Y entonces uno mira atrás, no con nostalgia ingenua sino con sana comparación. Belaunde, Víctor Raúl, Bedoya Reyes, Cornejo Chávez, Alan García y Alfonso Barrantes —con todas sus luces y sombras— son gigantes frente a esta procesión de enanos improvisados.

Murphy tenía razón.

Y nosotros, como siempre, pagamos la demostración.

Dios nos coja confesados.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hace tres décadas y media, con bombos, platillos, y sobre las ruinas del socialismo real, se advinieron, tomados de la mano, la globalización y el neoliberalismo económico. Pero centrémonos en la primera de entre ellos: la globalización nos planteó a los seres humanos un mundo feliz sobre la base de la interconectividad virtual y financiera. De este modo, todos comercian con todos y todos resultan ganadores en la jugada.

El neoliberalismo ingresa en la ecuación a través del manejo de los mercados mundiales para que fluya la globalización: bajos aranceles o cero aranceles, cero trabas al comercio de mercaderías de un extremo al otro del planeta tierra y la OMC convertida en la gran gendarme global: si te sales de las reglas te ponen tarjeta amarilla, a la segunda se expulsan de sistema.

Tres o cuatro décadas después, el sistema no resultó ni tan perfecto, ni tan bienhechor: reducida al mínimo la participación y fiscalización estatal, las grandes multinacionales tomaron el control del comercio mundial y se convirtieron en las grandes triunfadoras de la globalización. La riqueza se multiplicó n veces pero su redistribución solo convirtió  a dichas empresas en mórbidos obesos de un sistema que solo favorece a unos pocos.

Luego, en medio de estos cambios, la geopolítica mundial tampoco logró asentar un Nuevo Orden Mundial como aquellos que nos otorgaron cierta estabilidad en tiempos de la Guerra Fría: nos amenazaban las bombas atómicas, pero sabíamos cómo se dividía el mundo, quién era quién en el concierto de las naciones.

Fue entonces que, al iniciar la década milenio (2000-2010) Estados Unidos vio súbitamente amenazada su supremacía económica mundial por la vertiginosa emergencia china, a un ritmo que no deja de acelerarse y que, sencillamente, los norteamericanos, ni tienen como detener, ni cuentan con el desarrollo suficiente como para competir.

La batalla por el dominio del mundo está perdida para USA, pero no para su presidente Donald Trump y la imponente US Army, desde lejos, la más poderosa del mundo. Y vinieron las subidas de los aranceles, algo así como tapar con un dedo al sol del ingente comercio asiático en pleno auge de su conquista planetaria. La invasión a Venezuela, básicamente para agenciarse todo el petróleo del país llanero, aumentarlo a su propio caudal, e intentar perjudicar a chinos y rusos, sus habituales compradores, es otro manotazo de ahogado.

Y ahora Chancay. La ola ya se venía venir, pues ninguno de nosotros se cree en verdad a un Trump tan zalamero con el Perú, país que tiene poco que ofrecerle y al que despreciará del mismo modo como desprecia prácticamente a todos los países en vías de desarrollo y, lo que es peor, a su gente. Pero el tema es que aquí está Chancay, el gran puerto chino en el Pacífico sudamericano, que conecta directamente con el inconmensurable puerto de Shanghái. La ecuación no acaba allí, los chinos terminarán construyendo un moderno ferrocarril desde Chancay a algún puerto en el Brasil y, de este modo, la vuelta al mundo del comercio del Imperio del Dragón se habrá completado y la guerra, que ya tiene un ganador, finalmente habrá concluido.

Pero, súbitamente, Estados Unidos, que acaba de invadir Venezuela y enarbolado la doctrina Donroe, se proclama defensor de los países débiles y fiel escudero de los atentados en contra de su soberanía. Este es el cao del puerto de Chancay, precisamente. Para nadie es un secreto, que, con o sin Ositran, este es un puerto chino, que responde a intereses chinos, y todavía no sabemos a ciencia cierta cómo se beneficia el Perú con el atemorizante monstruo de hierro y concreto que observa indiferente el lugar donde, algún remoto día se septiembre de 1880, hundimos a la Covadonga, no en combate, sino con un atentado.

En fin, la globalización consistía, en teoría, en que todos comerciaban con todos y vivían felices para siempre. Después se trató de que las multinacionales podían expandirse por donde quisieran, sin interferencia estatal, inclusive supervisada por la OMC. Estados Unidos promovió ese Nuevo Orden Mundial hasta que China lo aprovechó mejor y los superó ampliamente, entonces no les convino más y le plantean al mundo un esquema como el que llevó a la Primera Guerra Mundial: cada uno cuida y monopoliza sus materias primas, cada uno cuida y monopoliza sus mercados.

Chancay es el símbolo del fin de la Globalización. Los países ya no deben comerciar libremente, deben someterse a imperios económicos, como se sometieron desde el último tercio del siglo XIX. Para Trump el continente americano debe volver a ser el área de influencia natural de expansión del imperialismo yanqui. En ese esquema, el puerto chino, porque chino es, de Chancay, no tiene cabida. La globalización acaba de terminar.

[Música Maestro] ¿Por qué Bad Bunny no representa «lo latino»?

Porque «lo latino» es mucho más que eso. Y es mucho más de lo que las dos últimas generaciones de latinos piensan y sienten respecto de sí mismos. Más allá de discusiones sobre opiniones y/o gustos musicales, siempre infructuosas, es necesario entender que actualmente lo que el mundo globalizado e hiper conectado conceptualiza como «latino» es una combinación de un 20% de cuestiones auténticas -idiosincrasias, tradiciones familiares, símbolos artísticos/culturales- y un 80% (acaso más) de manipulación y alteración de esos componentes para facilitar el consumo masivo en latitudes ajenas a las nuestras a través de la masificación de estereotipos. Y eso aplica también, de manera más específica, a los portorriqueños.

Hace algunos años, en familia, participamos de un tour por Tierra Santa, con una de las primeras paradas en Egipto. El paquete incluía una cena informal tras la visita a las fantásticas pirámides de Giza. El grupo tenía alrededor de veinte personas y nosotros éramos los únicos latinoamericanos. Sabedor de ello y sin decírselo a nadie, el guía hizo arreglos con el restaurante para que nos recibieran con una melodía representativa de nuestro continente como detalle especial por haber llegado desde tan lejos. A más de doce mil kilómetros de Lima, al administrador del local no se le ocurrió otra cosa que poner, a todo volumen, el hit del momento: Despacito, del portorriqueño Luis Fonsi.

Todos los integrantes del grupo, en su mayoría angloparlantes de la tercera edad, se emocionaron al escuchar el golpeteo monótono de ese reggaetón de moda y nos miraban, haciéndonos gestos para que bailáramos -porque asumían, seguramente, que lo haríamos perfectamente bien-, mientras que nosotros, los supuestamente agasajados, comentábamos entre risas y en el castellano que nadie más podía entender: “¿hemos hecho este viaje tan largo y agotador para escuchar esta vaina que no soportamos ni en casa?” Por supuesto que el periplo valió la pena por las inolvidables maravillas que conocimos, pero hubiera sido mucho mejor ser recibidos con una salsa de El Gran Combo o una peruanísima marinera norteña. Era mucho pedir.

La percepción de lo latino y sus cambios

La pequeña anécdota familiar que acabo de contar -que aun nos hace reír al recordarla en sobremesas- puede ser leída de dos formas. Una ligera, superficial, que se apura en resaltar el impacto cultural, la fama y lo lejos que ha llegado el reggaetón, asumiéndolo como un valor en sí mismo –“¡manya… Despacito en El Cairo, Luis Fonsi es un crack!”, un signo de los tiempos.

La otra mirada va un poco más allá para comprender que el éxito innegable de esa canción y lo que representa es resultado del reduccionismo de lo latino -hablando solo de la industria cultural y de entretenimiento, sin fijarnos en la amplia problemática de lo que significa la migración latinoamericana en términos de fuerza laboral- digitado a través de los años desde la subcultura pop norteamericana (el cine, la farándula, las músicas de moda) y que, poco a poco, se ha ido degenerando hasta niveles inaceptables para las personas de bien.

De Carmen Miranda y Desi Arnaz, en los cincuenta y sesenta; a Santana y la Fania All-Stars en los setenta; las fiestas de la Calle 8, Miami Sound Machine en los ochenta y el posterior imperio Estefan en la década siguiente. El común denominador fue siempre el mismo, “lo latino” es música para bailar y enamorarse, sinónimo de un ritmo y una sensualidad irresistible e imposible de entender para los públicos norteamericanos y europeos, condenados a caer rendidos ante la seducción, el exotismo, la calentura.

Nada más gracioso, en ese sentido, que ver a un gringo tratando de bailar salsa, a una pareja norteamericana ensayando torpemente el tango para su matrimonio o a un discriminador europeo perdiendo la cabeza por una mujer latina.

La superficialidad sensorial como mercancía

En ese período de casi cinco décadas, la personalidad “hot” de lo latino en EE.UU. y Europa mantuvo siempre, hablando de música popular, unos niveles de calidad óptimos. En géneros como el bolero, la salsa o el latin-jazz, la excelencia iba por delante, sin disociar sensualidad de elegancia. Y en cuestiones más comerciales como los primeros exponentes de latin-pop, en la década de los noventa, si bien ya empezaban a aparecer propuestas musicales y artísticas menos pulidas, con un enfoque meramente exhibicionista, algunos artistas aun respetaban ciertos parámetros para no caer en el mal gusto.

El reggaetón y el trap, en el siglo XXI, quebraron absolutamente todo lo anterior para imponer lo grotesco y vulgar como nuevos sinónimos de la latinidad, hasta convertir las manifestaciones más animalescas de pulsiones superficiales en una mercancía poderosamente comercial, como demuestra plenamente la vigencia y fama global de personajes como Bad Bunny, Shakira, Daddy Yankee, Karol G y sus cientos de clones.

Pero, además de eso, todos estos exponentes de la vulgaridad asolapada en un género musical extremadamente popular y de discutibles valores artísticos, gozan de un inmerecido ascenso social, pues hoy son aceptados de manera transversal por toda clase de público y son considerados, tanto por las masas como por ciertos sectores de la crítica especializada y hasta académica, como líderes de opinión y embajadores de ese orgullo latino que pisotean y usufructúan desde hace veinticinco años.

Estos géneros, nacidos en Puerto Rico -aunque según el productor Rodney S. Clark, más conocido como “El Chombo”, fue en Panamá- poseen una impresionante capacidad para generar millones de dólares con cada insulto a la inteligencia auditiva, con cada video en el que se valida socialmente el soft-porn como elemento constitutivo de la nueva idiosincrasia latina, y su presencia es obligatoria incluso en el sonido de artistas latinos de otros géneros, nuevos o consolidados, que aspiren a algo de notoriedad.

Y ahora, con la presentación políticamente cargada y pertinente de Bad Bunny en el Super Bowl, ciertos sectores de las masas han asumido, sin separar la paja del trigo, que esa supuesta representatividad es contundente e incuestionable.

Puerto Rico, ala que cayó al mar…

El cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022) escribió en 1979 una canción llamada Son de Cuba a Puerto Rico, que sirvió además como título para su séptima producción discográfica oficial. En su letra, el célebre exponente de la nueva trova hace una arenga al pueblo portorriqueño a no retroceder en su búsqueda de independencia y usa una acertada metáfora en la que ambos países “son de un pájaro las dos alas”.

Durante años se creyó que “la voz amada” que dijo eso, mencionada por Milanés, era de José Martí (1853-1895), símbolo cubano de la educación y el patriotismo. Sin embargo, la frase pertenece a un poema titulado A Cuba, escrito por la periodista boricua Dolores “Lola” Rodríguez de Tió (1843-1924). En los años noventa, este profundo canto de hermandad entre dos países caribeños golpeados por los Estados Unidos fue convertido en una elegante salsa por el sonero cubano Isaac Delgado, para su disco Con ganas (1994). Nunca sonó en las radios.

Como sabemos, a finales del siglo XIX Puerto Rico pasó de ser una colonia del imperio español a ser posesión de los Estados Unidos, a través de una invasión y posterior reactivación de un decreto real de la época que le permitió anexar la isla del encanto a sus dominios. Sus habitantes tienen la nacionalidad norteamericana desde 1917. Aun cuando no tiene voto congresal y el poder local es ejercido por un gobernador -actualmente es una mujer, Jenniffer González-Colón- el presidente de Puerto Rico es, sobre el papel, Donald Trump. Los portorriqueños tienen absoluta libertad para entrar y salir del país del Tío Sam y ninguna ley contra migrantes debería afectarles.

El Super Bowl y su sobredimensionamiento

La comentada actuación del reggaetonero en el Super Bowl se hubiera enriquecido mucho si colocaba, en su segmento salsero, esa canción que plantea “volar con el machete en las alas”. Por cierto, esa sección que incluyó una versión alterada de Un verano en Nueva York, salsa clásica de El Gran Combo grabada en 1975 -más de cincuenta años atrás- fue, de lejos, lo mejor de esa tortura auditiva a la que nos sometió y que, a pesar de su cacofonía sonora y mensajes visuales entremezclados -tradiciones familiares con elencos de bailarinas retorciéndose como si estuvieran en un nightclub para camioneros trumpistas- todos nos vimos en la obligación de apoyar.

Pero lo suyo, además de ser una protesta 100% valiosa políticamente -solo pensar en la cara de Trump y sus amigotes al verlo en vivo y en directo, con el bosque de banderas de Centro y Sudamérica detrás suyo, la justifica de principio a fin-, también ha sido un nuevo golpe de efectos publicitarios inmensos para su carrera, para sus ventas y su (ya no tan) nuevo perfil como personaje influyente.

Después de todo, sus ininteligibles canciones fueron oídas y vistas por una gran masa de televidentes alrededor del mundo -más de 140 millones- además de los casi 80 mil espectadores que ese día abarrotaron el estadio Levi’s de California, sazonadas con un par de apariciones invitadas (Lady Gaga y Ricky Martin). Es cierto que alias “conejo malo” llena escenarios por sí solo desde hace ya varios años, pero nunca viene mal una campaña publicitaria gratuita para seguir ganando millones, reciclando simbologías y aprovechando una coyuntura difícil para las masas de migrantes amenazados por las medidas xenófobas y racistas que todos vemos con estupor, para consolidar su posicionamiento como líder de opinión y de la resistencia.

El eterno sabor de la música de Puerto Rico

Todo lo que conocemos como “salsa” proviene, esencialmente, de la lectura que migrantes caribeños asentados en barrios neoyorquinos hicieron de la gran familia de ritmos bailables que llegaron desde la Cuba precastrista. Aunque fue un locutor venezolano, Fidias Danilo Escalona, quien usó por primera vez el término, la virtuosa generación de músicos y cantantes “nuyoricanos” -portorriqueños nacidos en Estados Unidos- encabezada por Ray Barretto, Willie Colón, Richie Ray, Bobby Cruz, Ismael Miranda, entre otros y liderados por el flautista y compositor dominicano Johnny Pacheco, impuso el vocablo para identificar al nuevo género.

De allí para adelante, Puerto Rico es el país que más artistas ha contribuido al desarrollo de la salsa. Las vertientes cubanas, más orientadas al jazz latino, trataron en décadas posteriores de recuperar su espacio con una forma conocida como “timba”, reconocible por sus arreglos para metales, sus poderosas secciones de percusión y sus estentóreos y, muchas veces, desordenados, coros masculinos. Aunque son subgéneros hermanos, el oído entrenado reconoce a leguas la diferencia entre la salsa cubana y la portorriqueña. Y las preferencias del público son claras.

La salsa portorriqueña, representada por pesos pesados como Héctor Lavoe, Willie Colón, La Sonora Ponceña, Raphy Leavitt & La Selecta, Luis Ángel Canales, El Gran Combo, Carlos “Cano” Estremera, Ismael Rivera y un larguísimo etcétera pertenecientes a sus años formativos, es la favorita por su sentido barrial, sus mensajes alegres, positivos y románticos que combinan orgullo, identidad y buen ánimo de cara a la vida, sin importar las dificultades.

La generación de “salseros sensuales” -con Eddie Santiago, Willie González, Lalo Rodríguez, Frankie Ruiz, Gilberto Santa Rosa, como cabezas de serie- recogieron ese legado y lo actualizaron para el público juvenil de las décadas siguientes, conformando un cuerpo sonoro extenso y multiforme. Marc Anthony y Jerry Rivera son, a grandes rasgos, los dos últimos representantes del sonido boricua genuino, con fuertes anclas en los ritmos cubanos que le sirvieron de base, prolongación de lo que se conoció en el pasado como salsa dura.

También hay salseros de otros países, como por ejemplo Rubén Blades (Panamá), José Alberto “El Canario” (República Dominicana), Óscar de León (Venezuela), quienes también han sido fundamentales en el desarrollo del género y alcanzaron fama mundial. El caso de la salsa colombiana, con nombres como Fruko y sus Tesos, Grupo Niche, Joe Arroyo o Los Titanes, es especial pues introducen en el armazón básico de la salsa, elementos muy reconocibles de su propio país, configurando un crisol de influencias afrolatinas, caribeñas y americanas (como diría el recordado locutor y olvidable político Luis Delgado Aparicio Porta, “Saravá”), sin perder de vista la preponderancia del sentir portorriqueño en esta música.

Cuando Bad Bunny usa algunos de estos elementos en sus grabaciones y presentaciones públicas -pienso, por ejemplo, en su Tiny Desk para la NPR estadounidense- se siente el disfuerzo, el uso comercial, como si fuera una autoapropiación cultural, si tal cosa es posible.

Críticas facilistas en las redes

Como siempre ocurre en estas situaciones polarizadoras, las barras bravas defensoras de todo lo actual salieron con la pierna en alto para demoler a quienes no se plegaron al coro monocorde de halagos dirigidos al nuevo líder de la revolución latina. “No se conviertan en aquello que alguna vez criticaron” publicó una vieja gloria del punk peruano. “Bad Bunny no resuelve la controversia pero hace visible lo innegable, que los latinos son parte de la vida estadounidense”, publicó otro líder de opinión online. Por mucho que esta clase de comentarios tengan algo de sentido, no pasan de ser cuestiones menores, casi irrelevantes frente al asunto principal que se configura en esta problemática.

Esto no se trata de criticar “los gustos de los jóvenes”, una visión unidimensional y chata del problema. Se trata de comprender que, así como hoy tenemos 36 candidatos al sillón presidencial y así como una gavilla de pederastas controla las redes sociales del mundo, también los gustos populares están atravesados por esa pobreza apreciativa que le da preeminencia masiva y primeros lugares en los rankings de ventas a opciones que están claramente por debajo, en términos de interpretación musical, de todo lo que se ha hecho en Latinoamérica durante los pasados 80 años.

Estas opciones pueden llegar a ser, hasta cierto punto, divertidas en sí mismas -porque son pegajosas, porque son bailables, porque conectan con esa dimensión sensual que pertenecen al ámbito íntimo de las personas- pero su elevación a la categoría de posturas capaces de influir la forma de pensar, sentir y vivir de las poblaciones en los cinco continentes, es solo una muestra más de la degradación de las actividades humanas, comandadas por la excesiva aceptación del escapismo, el libertinaje y la juerga como símbolos de libertad individual, éxito social y pertenencia a lo moderno.

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