Opinión

[OPINION] “De lo que hablamos aquí es de la responsabilidad del país asilante, de adecuarse a las disposiciones de la Convención de Caracas, en lugar de violarlas y contravenirlas para favorecer a sus aliados político o ideológicos”

Todos recordamos las desgarradoras escenas de Quasimodo, el jorobado de Notredame, cargando en sus brazos a la bella gitana Esmeralda, luego de salvarla de su ejecución para introducirla a la celebérrima catedral gótica parisina, clamando porque el archidiácono le otorgue asilo. Esmeralda le había dado agua de beber al desafortunado jorobado cuando fue expuesto encadenado en la plaza pública. Ese solo hecho, despertó en él un amor devoto hacia la gitana en un universo urbano marginal, recreado magistralmente por Víctor Hugo, que jamás le había mostrado piedad.

La institución del asilo es muy antigua. Otrora, los perseguidos por diversas causas podían refugiarse en cualquier Iglesia y solicitarlo. Entonces el Estado no podía intervenir en lo que se consideraba una sede pontificia y era el Vaticano el responsable de decidir la suerte del desdichado que solicitaba protección.

En 1949, de manera azarosa y casi espectacular, Víctor Raúl Haya de la Torre logró ingresar a la sede diplomática de Colombia, burlando la vigilancia de la policía secreta de la dictadura de Manuel A. Odría. Colombia concedió el asilo pero el Perú no otorgó el salvoconducto. Esta situación de punto muerto motivó el confinamiento del fundador del APRA durante 5 años en la referida embajada. En octubre de 1954, la presión internacional y el deterioro de la situación interna del Perú, así como la notable merma en la popularidad de su represivo Presidente  obligaron a la dictadura a otorgarle el salvoconducto a Haya de la Torre para que pudiese finalmente abandonar el país.

En 1950, Perú y Colombia decidieron llevar este caso a la CIJ de la Haya, sin embargo esta falló ambiguamente: de una parte señaló que el asilo no había sido concedido en forma, pero de la otra indicó que Bogotá no tenía la obligación de entregarle a su protegido a las autoridades de Lima. Por aquellos tiempos, a Haya de la Torre se le conoció bajo el pseudónimo de Señor Asilo.

En virtud de esta situación, en marzo de 1954 se reunió en Caracas la Convención Sobre Asilo Diplomático, la que en su artículo I le otorgó al estado asilante la potestad de decidir la procedencia  o no del asilo al sujeto que lo demanda. En tal sentido, el otro Estado, el que persigue al asilado o demandante del asilo, tiene la obligación de acatar dicha decisión.

El referido artículo de la Convención de Caracas ha salvado muchas vidas. En las décadas de 1970 y 1980, decenas sino cientos de perseguidos políticos por implacables dictaduras de izquierda y derecha pudieron salvar sus vidas en virtud de esta salvaguarda. Sin embargo, la Convención de Caracas no es, como se está señalado, un cheque en blanco para el país asilante, o una potestad que pueda ser utilizada indiscriminadamente.

La misma Convención sostiene en su artículo III que los procesados o los sentenciados por delitos comunes que no hubiesen cumplido con sus sentencias no pueden beneficiarse con el asilo político. En otras palabras, esta institución jurídica fue instituida con la finalidad de preservar la seguridad de personas perseguidas en virtud de su actividad o ideas políticas y no con la intención de que puedan acogerse aquellos cuyos casos no revisten dichas características.

Por ello, llamó mucho la atención el asilo diplomático concedido por Brasil a la expareja presidencial Nadine Heredia, sobre quien no existe ninguna persecución política y fue condenada a 15 años de prisión por lavado de activos. Algunos cuestionan la sentencia en su contra, pero si eso bastase para solicitar asilos habríamos pervertido en absoluto el sentido de la institución.

Recién la periodista Rosa María Palacios se pronunció sobre el tema, refiriendo para ello el artículo 36 de la Constitución Política del Perú que señala que “el Estado reconoce el asilo político. Acepta la calificación de asilado que otorga el gobierno asilante”. Y es verdad, y es positivamente cierto que el Perú debía otorgar el salvoconducto a Nadine Heredia y también debe otorgárselo a Betssy Chávez.

Pero de lo que hablamos aquí es de la responsabilidad del país asilante de adecuarse a las disposiciones de la Convención de Caracas, en lugar de violarlas y contravenirlas para favorecer a sus aliados políticos o ideológicos. Este ha sido el caso del indebido asilo otorgado por el presidente de Brasil Ignacio Lula da Silva a Nadie Heredia.

Luego está el caso del ex presidente Alan García Pérez y hay que señalarlo. Su caso guarda similitud con el de Heredia. La diferencia es que García no había sido sentenciado, la expareja presidencial sí. En todo caso, el motivo de Uruguay para no conceder el asilo se sostuvo precisamente en virtud del artículo III de la Convención de Caracas y los seguidores de García tienen derecho a preguntarse ¿por qué no ha sucedido lo mismo con Nadine Heredia?

Si se tratase solamente de los principios y contenidos de la Convención de Caracas,  solo podemos colegir que el asilo político otorgado a la expareja presidencial lastima la esencia de la institución del asilo, la desvirtúa y pervierte. Luego, es mejor que el Perú no actúe como Brasil y que conceda los salvoconductos; que manifieste respeto al derecho internacional, que no deje la mala imagen que dejó hace 75 años al confinar a Haya de la Torre en la embajada de Colombia en tiempos de la dictadura de Manuel Odría.

Sobre Betssy Chávez el caso es fronterizo. No existe en sentido estricto una dictadura persiguiéndola pero sí un gobierno que se devanea entre el autoritarismo y un orden constitucional languideciente. En tal sentido, parecen escasas las garantías de obtener un proceso judicial sin injerencias políticas.

Sobre México, mi preocupación es otra, su respaldo a Pedro            Castillo, desde que este intentase perpetrar un golpe de Estado en contra del  ordenamiento constitucional en el Perú, más parece responder a la teoría progresista de la colonialidad del poder y a posturas ideológicas identitarias que a los motivos que, según la Convención de Caracas, justifican otorgar un asilo político.  Y por esta razón me parece que estamos sometiendo la institución del Asilo Político al gusto de quien quiera utilizarlo por cualquier motivación particular, menos por los principios que la Convención defiende.

Si algo extraño del periodo de la Guerra Fría, es que, con todo y todo, había ciertas reglas, ciertos consensos, ciertas columnas a las cuales aferrarse, aunque no siempre se mantuviesen en pie. Desde la brutalidad de Donald Trump, los excesos del wokismo y la libre interpretación del derecho internacional estamos manifestando la abierta intención de hacer tabla rasa con l´Ancien régime de la Guerra Fría. Me pregunto cómo será el nuevo.

[Música Maestro] Con el surgimiento de géneros como el grunge, el indie, el shoegazing, la EDM y el nu metal, la música popular anglosajona sufrió una nueva recomposición, tan fuerte y revolucionaria como lo fueron en sus respectivas décadas el rock progresivo, el punk y la new wave. Mientras que las radios trataban de adaptarse a los nuevos aires, incorporando a sus programaciones las vertientes más amables de estos cambios -el britpop, el rock alternativo. Esa renovación de sonidos también alcanzó al pop-rock en español, lo cual terminó en una generación amplia, interesante y de diversos recursos estilísticos.

En paralelo, las viejas glorias de otros tiempos continuaron su camino artístico, algunos aferrándose a sus conocidas fórmulas y otros intentando actualizarse, con resultados que fueron de lo sorprendente a lo decepcionante. Desde los padres fundadores -y sus hijos- del pop-rock de los sesenta y setenta, los ídolos ochenteros y sus ramificaciones estilísticas, hasta los barones de géneros extremos como el punk, el rap y el heavy metal, todos aportaron a la diversidad que escuchamos entre 1990 y 1999.

Para cuando comenzó la década de los noventa, el rock y sus derivados ya tenían, como mínimo 25 años de antigüedad. La reedición del festival de Woodstock, en 1999 -tres décadas después del original- en medio de la existencia de varios encuentros propios de su tiempo -Lollapalooza, Glastonbury, Coachella, entre otros- fue una especie de punto final, otro más, para la continua evolución de la música popular.

En esta nota he escogido solo seis para mostrar esa variedad de estilos que nos dejó la década noventera, dejando de lado las obviedades que aun resuenan en emisoras del recuerdo, con la intención de poner el foco en las puntas de los muchos icebergs que confirmaron esa vibrante etapa que fue, a la vez, premonitoria de la decadencia que se venía el siglo XXI, una que estamos padeciendo sin pausa ni opciones desde hace ya un cuarto de centuria.

Hole – Celebrity skin (DGC Records, 1998)

A diferencia de Dave Grohl, quien básicamente se colgó de su fama como baterista de Nirvana tras el terrible suicidio de Kurt Cobain para promocionar su propia banda, el camino musical de su viuda empezó casi en paralelo, a pesar de que ese hecho también fue publicidad gratuita para ella, algo inevitable pues todo lo relacionado al líder de la escena grunge se convirtió en objeto de culto tras aquel trágico 5 de abril de 1994.

Courtney Love había formado Hole en 1989, el mismo año de Bleach, el debut de Nirvana, con un sonido cercano al punk y al noise-rock, en la onda de Sonic Youth o The Butthole Surfers. Sin embargo, después de dos álbumes, la cantante y guitarrista decidió modificar ligeramente su línea musical en este tercero, más orientado hacia el hard-rock con ciertas influencias de la escena californiana de los años sesenta.

El resultado tiene suficiente peso como para olvidarse de quienes reprochaban a Hole ser una banda que aprovechaba su conexión con uno de los personajes más influyentes de la década. Acompañada por Eric Erlandson (guitarra), Melissa Auf der Maur (bajo, coros) y Patty Schemel (batería), Courtney Love concibió estas canciones en medio de un torbellino emocional sumamente depresivo, del cual salió gracias a su expareja Billy Corgan (líder de The Smashing Pumpkins), coautor de cinco temas, entre ellos Malibu y Celebrity skin, las más conocidas del álbum; y toca el bajo en dos (Hit so hard y Petals).

Schemel fue reemplazada en las sesiones por Deen Castronovo, por algunos desacuerdos con el productor. El antiguo sonido de la Costa Este se siente en Malibu, Awful, Boys on the radio o Heaven tonight. Otros temas como Dying, Use once & destroy, Reasons to be beautiful o Hit so hard son más grunge. Northern star es un quejumbroso tema acústico con sección de cuerdas. La voz de Courtney Love se parece, por momentos, a la de Joan Jett, pero su imagen definitivamente es mucho más controversial y chocante. Celebrity skin marcó el final de Hole, pero Love no perdió vigencia por sus constantes apariciones en noticias del espectáculo.

Pavement – Wowee Zowee (Matador Records, 1995)

Pavement fue una de las bandas fundamentales de la movida «indie» norteamericana pero, con el tiempo, su presencia en la memoria del público fue desvaneciéndose. Quizás porque, a diferencia de otros actos como Sonic Youth, The Flaming Lips o Yo La Tengo, estos californianos jamás se interesaron en firmar contrato con sellos grandes. O jamás lo consiguieron. Aquella independencia les dio estatus de banda de culto, aunque casi nadie hable de ellos.

Este es su tercer álbum, sin contar los EP, titulado Wowee zowee, frase extraída del tema Wowie zowie, del disco debut de The Mothers of Invention (Freak out!, 1966). La onda relajada y ecléctica de estas 18 canciones representa el mejor momento de Pavement y, en especial, de su principal compositor y líder espiritual, Stephen Malkmus, toda una estrella por sus presentaciones en Lollapalooza y sus dimes-y-diretes con Billy Corgan.

Malkmus es considerado una especie de genio por los seguidores de este subgénero del rock alternativo. Aunque no necesariamente llega a ese nivel, sí cabe decir que hay en sus composiciones mucha personalidad y talento, con registros que van de lo experimental (We dance, Flux=rad, Fight this generation, Grave architecture) a lo country alternativo de baja fidelidad (Motion suggests, Father to a sister of though). En Brinx job, el quinteto se pone beatlesco, mientras que en Half a canyon, la distorsión es grunge puro, a lo Nirvana.

Por eso la figura de Stephen Malkmus es importante en el desarrollo del rock noventero norteamericano, porque se puso al margen del alternativo exitoso para lanzar discos cargados de influencias diversas. Este álbum fue un retorno a un sonido más volátil, sin dejar de lado ataques rockeros de muy buena factura como en Extradition, Black out y especialmente Rattled by the rush, el tema más conocido por quienes conocen a fondo la escena indie.

Pavement siguió produciendo hasta finales de la década y posteriormente se reunieron en el 2010 para una gira. En este álbum, la formación de Pavement fue la siguiente: Stephen Malkmus (voz, guitarra), Scott Kannberg (guitarras), Mark Ibold (bajo), Bob Nastanovich (percusión, coros) y Steve West (batería).

Paul McCartney – Off the ground (Parlophone Records/Capitol Records, 1993)

El primer disco rock del ex Beatle en los noventa -en 1991 había lanzado su oratorio dedicado a Liverpool- no recibió muy buenos comentarios en su momento, sobre todo comparándolo con el anterior, Flowers in the dirt (1989). Sin embargo, escuchado a la distancia, hubo algo de mezquindad en esas críticas, puesto que su contenido refleja la creatividad compositiva de Paul así como la cohesión con su banda -Hamish Stuart (guitarras, bajos, voces), Robbie McIntosh (guitarras, coros), Paul «Wix» Wickens (teclados, acordeón, coros), Blair Cunningham (batería) y su inseparable Linda McCartney (teclados, coros).

Supongo que esa acrimonia se debió al tono acústico y comercial de Hope of deliverance, la canción más popular de este disco, el décimo como solista, sin el rótulo de Wings; décimo octavo desde la separación de los Fab Four. Pero, valgan verdades, es una canción excelente. El álbum arranca con Off the ground, de tintes volátiles y un pegajoso efecto de palmas. Aquí reaparece el McCartney más muscular, con inevitables toques beatlescos en Mistress and maid y Golden earth girl, lejos ya del disco (Coming up, 1980) o del pop sinfónico de Pipes of piece (1983), con bastantes guitarras y mellotrones.

Hay temas como Looking for changes, Biker like an icon o Get out of my way que quedan bien con la época, independientemente de su trayectoria y renombre. También hay algunas canciones románticas como la mencionada Golden earth girl, The lovers that never were y I owe it all to you, melodías suaves, sencillas y agradables al oído, algo para lo que siempre tuvo particular talento. Las guitarras de McIntosh y Stuart son sumamente claras y se combinan muy bien con la versatilidad del inquieto compositor, capaz de grabar hasta 20 instrumentos por su cuenta.

Como ocurrió en Flowers in the dirt, hay dos temas firmados con su gran amigo Elvis Costello, The lovers that never were y Mistress and maid. Al final de C’mon people hay una oculta, Cosmically conscious, que mereció mayor difusión. Buen disco de un artista venerado que, de vez en cuando, recibe puyazos innecesarios por parte de la crítica especializada.

Slowdive – Souvlaki (Creation Records, 1993)

Neil Halstead (voz, guitarra), Rachel Goswell (voz, guitarra), Christian Savill (guitarra), Nick Chaplin (bajo) y Simon Scott (batería) conforman este quinteto británico de dream-pop y shoegazing, subgéneros que iban un par de niveles por debajo del modern-rock o rock alternativo. Con este álbum, el segundo de su breve discografía, Slowdive se puso al frente de esta vanguardia subterránea: sonidos que iban por debajo de todo lo que estaba sucediendo en la superficie de la escena musical imperante.

La ominosa carga de distorsión y actitud contemplativa de Slowdive hizo que se convirtieran en banda de culto, y su devoción por el post-punk -el nombre del grupo es de una canción del quinto álbum de Siouxsie & The Banshees, A kiss in the dreamhouse (1982)- y la generación de atmósferas hipnóticas, casi psicodélicas; los pusieron al margen de cualquier posibilidad de éxito comercial. El arsenal de efectos para guitarras crea una inexpugnable pared de ruido blanco a lo largo de todo el disco. Halstead y Goswell son amigos desde la infancia e incluso fueron pareja, por lo menos hasta el momento en que lanzaron este disco, una dinámica que sin duda aportó emoción y tensión a su proceso creativo.

En su momento, las críticas de la prensa especializada no les fueron nada favorables. Incluso Alan McGee, fundador del sello Creation Records, se opuso a su grabación por considerarlo «poco comercial». La vuelta de tuerca llegó con el apoyo de Brian Eno, quien aceptó colaborar en dos canciones, como compositor y tecladista.

La sola mención de Brian Eno en los créditos hizo que la actitud de los críticos cambiara drásticamente. Slowdive pasó de ser denostado a recibir elogios, adoraciones y cultos, muchos de ellos sobredimensionados por el empujón que les dio el genial e influyente productor.

Lo cierto es que Souvlaki -nombre de una tradicional comida chatarra griega- es hoy considerado uno de los puntos más altos del showgaze, una demostración de música hecha con genuinas pretensiones artísticas y expresivas, aunque eso les cueste no ser muy conocidos masivamente. Y de lo caprichosa que suele ser la prensa musical especializada en determinados contextos.

Primus – Frizzle fry (Caroline Records/Prawn Song Records, 1990)

El primer disco en estudio de Primus -segundo de su discografía, tras el álbum en vivo Suck on this (1989)- es un torbellino frenético de canciones en clave de humor negro. El tridente Les Claypool (bajo, voz), Larry LaLonde (guitarra) y Tim «Herb» Alexander (batería) se mantuvo unido hasta 1996 con estrambóticas producciones como Sailing the seas of cheese (1991) y Pork soda (1993) que completan una trilogía de potente funk-rock con ráfagas de metal y uno que otro atisbo de prog-rock que enriquecían su colorida propuesta y dejaban a los Red Hot Chili Peppers como niños de pecho.

Las veloces y poderosas manos de Claypool combinan digitación tradicional con acordes completos y técnicas de slapping-tapping, todo al mismo tiempo, como en To defy the laws of tradition, que comienza con los primeros segundos del clásico YYZ de Rush (1981). Cada tema tiene sorpresas a nivel de instrumentación, por la amplia capacidad de los tres para generar fondos musicales equilibrados y caóticos al mismo tiempo, como LaLonde y sus pesadillescos riffs/solos o los polirritmos de Alexander.

En Groundhog’s day y Pudding time se nota claramente la influencia del jazz del trío, uno de los mejores actos de la década. Sobre la base de su pasado metalero -LaLonde en Possessed, Claypool en Blind Illusion, oscura banda de hardcore de mediados de los ochenta- Primus construye temas fuertes también, como Frizzle fry, Too many puppies, Mr. Knowitall, John The Fisherman o Harold of the Rocks, con letras que hablan de personajes simples, grises, retraídos y antisociales cuyas vidas aburridas y ridículas terminan por enloquecerlos o hacerlos peligrosos.

Sathington Willoughby y Spegetti western son instrumentales alucinantes mientras que To defy es una breve coda de la primera canción. Por su parte, otro instrumental, You can’t kill Michael Malloy, en tiempo de vals y tocado con organillo barroco, fue compuesto por su productor, Matt Winegar.

En la versión reeditada en 2002 por el sello discográfico Prawn Song Records, propiedad de Les Claypool, se incluye un cover: Hello Skinny/Constantinople, dos temas del quinto disco de The Residents (Duck Stab!/Buster & Glen, 1978), otra de sus referencias.

Underworld – dubnobasswithmyheadman (Junior Boy’s Own Records, 1994)

Para muchos este fue el debut de Underworld, banda londinense de música electrónica. Sin embargo, se trata de su tercera producción. Era un trío conformado por Karl Hyde (voz, guitarras), Rick Smith (voz, teclados) y Darren Emerson (teclados).

Cuentan que entre 1990 y 1993, Hyde estuvo a punto de abandonar la música, desanimado por el magro resultado de sus dos primeros discos, más convencionales, pero fue contratado como músico de sesión en Estados Unidos y terminó tocando con Prince, Deborah Harry e Iggy Pop, con quien incluso salió de gira.

De regreso a Londres, reunió nuevamente a Underworld y cambió completamente al grupo. Hay algo de oscuridad y misterio en estas canciones, sensaciones que aumentan con el arte de carátula, extraño collage en blanco y negro con reminiscencias de la música electrónica industrial y el trip-hop.

Los temas son largos e hipnóticos, aunque caen por momentos en la repetición que amenaza con aburrir pronto a quienes no se conectan al 100% con esta forma de hacer música pop. Las letras están siempre en segundo plano, como si fueran un efecto más, con ecos y texturas semi robóticas que hablan de vida nocturna, sexo, juventud, entre otros tópicos.

Hyde y Smith se convirtieron, a partir de este disco, en una de las parejas de productores más solicitada, llegando a trabajar con Tricky, Björk y otros. Underworld reinventó la música electrónica con su inteligente uso de osciladores, secuencias y hasta guitarras, como en Tongue. En temas como Dirty epic hay referencias a New Order y Pet Shop Boys, mientras que Cowgirl parece un interminable mantra digital. En River of bass y M.E. muestran sus preocupaciones espirituales y ambientalistas.

El álbum ganó notoriedad tres años después luego de que el single Born slippy.NUXX -incluido en el álbum, Second toughest in the infants (1996)- se convirtiera en el himno de la generación que vibró con Trainspotting (Danny Boyle, 1997), película que muestra el sórdido submundo de la adicción en el que sumerge un grupo de jóvenes de Londres. El tema inicial, Dark & long, también aparece en la película, bajo el subtítulo Dark train.

[EL DEDO EN LA LLAGA] Mons. Javier del Río Alba, arzobispo de Arequipa, ha sido nombrado comisario apostólico adjunto «para llevar a término las disposiciones vinculadas a la supresión de las sociedad de vida apostólica Sodalitium Christianae Vitae y Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación pública de fieles Siervas del Plan de Dios y la asociación privada de fieles Movimiento de Vida Cristiana», como indica una nota de prensa del Arzobispado de Arequipa fechada el 6 de noviembre de 2025. Con el mismo título y encargo también han sido nombrados por el Dicasterio para los Institutos de de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica el empresario César Arriaga Pacheco y el abogado Juan Velásquez Salazar, ambos arequipeños.

En una video-entrevista con el medio arequipeño El Búho, publicada el 19 de abril de 2017, esto es lo que decía Mons. Del Río sobre el caso de Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio:

«Hasta donde yo tengo entendido en el proceso seguido ante la Santa Sede no se ha probado la violación, o sea, delitos sexuales. Creo —porque no he tenido acceso a las actas— que no se ha llegado a probar. […] La Santa Sede no lo ha mandado a Luis Fernando Figari a una cárcel dorada como se dice. La Santa Sede lo ha mandado a que viva recluido. Ahora, corresponde al Sodalicio ver dónde está recluido. Cuando sale el tema Figari, yo me he pronunciado ante los medios, en entrevistas. […] En honor a la gente buena que hay, yo diría que no es todo el movimiento. Sí, que Luis Fernando Figari ha cometido actos abominables. Que hay algunos más, sin duda».

[Pregunta de la entrevistadora] En un movimiento tan fundamentalista como el Sodalicio que el líder fundador guía espiritual y los principales estén involucrados significa pues que toda la línea que de ahí se desprende pues estaría de alguna manera contaminada. ¿No le parece? Porque si fuera uno que no influye mucho en el movimiento, se le saca.

No, pero es que hay diversas generaciones. Hay sodálites que a Luis Fernando lo han visto una vez en la vida o dos. […] Uno de mis vicarios es sodálite. Yo he consultado con uno de los denunciantes luego con otras personas que se han salido del Sodalicio. Les he dicho: Mira, estoy pensando en este sacerdote, tú qué piensas, tú que lo conoces que has sido sodálite, ¿tiene algo? Me ha dicho: no, no tiene nada; es un buen hombre. O sea, no todo está… […] Yo creo que todavía el Sodalicio tiene que recorrer un camino muy largo. Esto tiene para rato. Mucha gente se está saliendo del Sodalicio, mucha gente está saliendo del Movimiento de Vida Cristiana o están escandalizados por lo que ha pasado. Yo pienso que con toda razón».

El sacerdote sodálite mencionado es el P. Alberto Ríos Neyra y hasta el día de hoy sigue ocupando el cargo de vicario general de la curia arquidiocesana de Arequipa.

En diciembre de 2024, El Búho recoge estas declaraciones de Mons. Del Río que van en la misma línea que las anteriores:

«Es posible que una institución haya estado corrompida en sus cúpulas, pero eso no quita que haya miembros de bien, gente que reza y trabaja sinceramente. Lamentablemente, algunos de ellos también han sufrido las consecuencias de estos hechos».

Se sigue de ello que para el arzobispo de Arequipa no era la institución la que estaba mal, sino solamente algunos miembros de su cúpula y, por lo tanto, la supresión sería una medida exagerada. Bastaría con extirpar a la cúpula corrupta, y problema solucionado.

Lamentablemente, la realidad no es así. Como ha precisado la Santa Sede, el Sodalicio carecía de carisma espiritual. Y, por lo tanto, lo que se construyó fue un sistema institucional que no solamente hizo daño a muchos de sus integrantes, sino también les enseñó a aplicar medidas disciplinarias que terminarían haciendo daño a otros, aunque hicieran esto de buena voluntad y sin malas intenciones. Los “miembros de bien” que se quedaron en el Sodalicio hasta el final también están contaminados, se volvieron cómplices de los abusadores, callaron por obediencia —en todos los colores del arco iris— lo que sabían y lo que habían visto y nunca tuvieron la mas mínima empatía con las víctimas, a muchas de las cuales las tacharon de enemigas de la Iglesia. Como hizo la cúpula misma. No se sabe de disidencias al interior del Sodalicio. Y si las hubo, fueron acalladas apelando a la obediencia o a la ley tácita de la omertà que siempre ha practicado la institución.

Mons. Del Río se ha reunido con algunas víctimas del Sodalicio en privado —según él mismo afirma—, pero en público lo ha hecho en varias ocasiones con miembros prominentes del Sodalicio y con personas vinculadas a la institución. Una de estas ocasiones es descrita en el boletín oficial del arzobispado de Arequipa “En camino” (Nº 700, 10 de diciembre de 2021), con ocasión del quincuagésimo aniversario de la fundación del Sodalicio:

«La familia sodálite en Arequipa se reunió para celebrar los 50 años de fundación del Sodalicio de Vida Cristiana. La Misa fue presidida por Mons. Javier Del Río Alba y concelebrada por sacerdotes de la comunidad y sacerdotes cercanos a la familia espiritual, en el campus San Lázaro de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), donde también estuvieron presentes el Superior General del Sodalicio, José David Correa; el Rector de la UCSP, Germán Sánchez Contreras y toda la familia espiritual. La celebración eucarística se realizó el miércoles 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

La noche anterior el Arzobispo visitó a la comunidad sodálite presente en nuestra Arquidiócesis, para expresarle su saludo y aliento en el apostolado que realizan en la Universidad Católica San Pablo, el Instituto del Sur, el Asilo San José, varias capillas y diversas obras sociales en nuestra ciudad».

En ese entonces ya se sabía de los abusos cometidos por varios miembros del Sodalicio y la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada por el mismo Sodalicio ante el escándalo producido por la publicación de “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz, ya había publicado su informe final (abril de 2016), donde se decía claramente:

«En los años iniciales de su fundación, el SCV estableció una cultura interna, ajena y contraria a los principios establecidos en sus Constituciones, […] en la que la disciplina y la obediencia al superior se forjaron sobre la base de exigencias físicas extremas, y castigos también físicos, configurando abusos que atentan contra los derechos fundamentales de las personas, universalmente reconocidos y consagrados en la Constitución Política del Perú».

Se trataba de una “cultura particular” presente en toda la institución, que permitía y fomentaba los abusos, y no de de unas cuantas “manzanas podridas”.

Incluso el mismo Mons. Del Río había tenido que lidiar con un caso de abusos, precisamente el del sacerdote sodálite Luis Ferroggiaro Dentone, entonces capellán de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), quien fue acusado en abril de 2016 por el padre de un niño de 7 años, con quien habría sido “cariñoso” en exceso. Ferroggiaro ya había tenido anteriormente una denuncia de acoso sexual en el distrito portuario El Callao, interpuesta por un joven. Mons. Del Río pidió el retiro inmediato del sacerdote acusado, lo que derivó en su alejamiento del cargo que ostentaba y de la ciudad de Arequipa. Ferroggiaro sería expulsado del Sodalicio por orden del Papa Francisco en octubre de 2024. Actualmente estaría residiendo en los Estados Unidos.

En agosto de 2023, tras la llegada al Perú de la Misión Especial enviada por el Papa —integrada por Mons. Charles Scicluna y Mons. Jordi Bertomeu—, el tema volvió a tocarse. Así lo cuenta el portal El Búho:

«Miguel Salazar, superior del SVC en Arequipa, había reunido a los docentes de la Universidad San Pablo para tranquilizarlos sobre los resultados de esa investigación. Según dijo, ante un auditorio repleto y ansioso, “todo estaba en orden” y nada hacía prever que habría sanciones o disolución del Sodalicio. Entonces, lo confrontó un docente que llamaremos Roldán. Le reprochó que no se hubiera investigado el caso contra Ferroggiaro, que él conocía de cerca. Y habló en voz alta, por primera vez, de los abusos que cometió el Sodalicio, fuera y dentro de la universidad. Como era de esperarse, Roldán terminó rápidamente despedido de la UCSP».

En el año 2024 Miguel Salazar Steiger, José Ambrozic Velezmoro y Juan Carlos Len Álvarez serían expulsados del Sodalicio por disposición de la Santa Sede. Los tres, además de ser sodálites de alto rango, eran miembros de la Asamblea General de la Universidad —compuesta por seis miembros— y una de sus tareas era elegir al rector de la Universidad. El rector en funciones de la universidad era —y lo es hasta ahora— Alonso Quintanilla Pérez-Wicht, quien en la década de los ochenta aspiraba a ser sodálite consagrado de comunidad y estuvo un tiempo en las casas de formación de San Bartolo (al sur de Lima), donde no sólo fue testigo de los abusos que allí se cometían, sino que también él mismo los sufrió en carne propia, como yo mismo —fiel a mis recuerdos— puedo atestiguar.

Las ambigüedades de Mons. Javier del Río son evidentes, lo cual explica los recelos despertados en las víctimas a raíz de su nombramiento. Por una parte, dice estar de acuerdo con todas las medidas tomadas por la Santa Sede en relación con el Sodalicio, por otra parte parecía no estar de acuerdo en que se llegara al extremo de una supresión. Por un lado, toma medidas contra un sacerdote sodálite acusado de abuso, por otro lado mantiene lazos de cercanía con el Sodalicio —hasta el punto de tener a un sacerdote sodálite como vicario general de la arquidiócesis—y aprueba las labores apostólicas de la institución, sin ver —o sin querer ver— que hay detrás una cultura de abuso que no se limita a unos cuantos miembros.

¿Por qué ha sido él el elegido para “administrar” la supresión del Sodalicio y demás asociaciones fundadas por Figari? Tal vez porque, a ojos de las autoridades y miembros del suprimido Sodalicio, no tiene el perfil de una “figura enemiga”, y sería improbable que los remanentes sodálites inicien una campaña de desprestigio contra él, como sí lo han hecho contra los cardenales Carlos Castillo, Pedro Barreto e incluso Robert Prevost, el actual Papa León XIV.

Sólo espero que los responsables vaticanos no se hayan equivocado. Y a Mons. Del Río se le presenta ahora la oportunidad de redimirse de sus ambigüedades pasadas, que tanto malestar han ocasionado entre las víctimas.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hace unos días, el destacado internacionalista Francisco Tudela van Breugel-Douglas señaló que el Perú debía otorgar el salvoconducto a la Sra. Betssy Chávez para que pudiese acogerse al asilo diplomático que le ha otorgado México y desplazarse a dicho país. Está bien claro que Tudela no es, ni de lejos, simpatizante de las causas políticas e ideológicas que Chávez defiende. Sin embargo, recordó que, debido al confinamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre en la embajada de Colombia (1949-1954) en virtud a la negativa del gobierno dictatorial de Manuel Odría a otorgarle el salvoconducto, la Convención Sobre Asilo Diplomático de Caracas de 1954 estableció en su artículo I  que: el asilo otorgado en legaciones, navíos de guerra y campamentos o aeronaves militares, a personas perseguidas por motivos o delitos políticos, será respetado por el Estado territorial de acuerdo con las disposiciones de la presente Convención.

Este fue el caso del líder indígena Alberto Pizango quien ingresó a la embajada de Nicaragua en 2009 y pidió asilo diplomático a este gobierno luego de la que justicia peruana dictase una orden de detención contra él por su participación en los luctuosos sucesos de Bagua. En aquella oportunidad,  alrededor de 20 policías y 10 pobladores indígenas amazónicos murieron en un enfrentamiento que tuvo como colofón la posible privatización de las tierras de las comunidades locales.

El entonces presidente del Perú, Alan García Pérez, no dudó en otorgar el salvoconducto a Pizango tan pronto Nicaragua le concedió el asilo y, de este modo, el líder indígena partió hacia Managua bajo la protección del gobierno autoritario de Daniel Ortega. El motivo de García fue el mismo que ha esgrimido recién Francisco Tudela: desde que Nicaragua concedió el asilo ya la cuestión pasa a ser de absoluta responsabilidad de Nicaragua según la Convención de Caracas de 1954. Al gobierno peruano le correspondía otorgar el salvoconducto.

La prevalencia del referido artículo nos parece pertinente: cientos de personas han logrado salvar sus vidas de la represión de implacables dictaduras en las décadas de 1970 y 1980, pidiendo asilo en diversas embajadas cuando América Latina se vio asolada por una ola de temibles dictaduras.

Sin embargo, hoy nos encontramos en una era de cambios paradigmáticos en los que comenzamos a perder de vista algunos consensos básicos. A nosotros no deja de preocuparnos la nula repercusión nacional y regional que tuvo el asilo diplomático concedido por el presidente de Brasil Lula de Silva a la ex pareja presidencial Nadine Heredia cuando lesiona esencialmente la institución de la que hablamos. Sobre Heredia no había persecución política alguna, lo que existe es una condena por lavado de activos, en virtud de ingentes sumas de dinero que recibió para financiar las campañas electorales del Partido nacionalista en 2006 y 2011.

En el segundo de los casos, de acuerdo con el testimonio de Marcelo Odebrecht, se otorgó a la pareja Humala-Heredia la suma de 3 millones de dólares, a solicitud del Partido de los Trabajadores, precisamente el de Lula de Silva. Al respecto, también la Convención de Caracas de 1954 señala en su artículo III que: No es lícito conceder asilo a personas que al tiempo de solicitarlo se encuentren inculpadas o procesadas en forma ante tribunales ordinarios competentes y por delitos comunes, o estén condenadas por tales delitos y por dichos tribunales, sin haber cumplido las penas respectivas, ni a los desertores de fuerzas de tierra, mar y aire, salvo que los hechos que motivan la solicitud de asilo, cualquiera que sea el caso, revistan claramente carácter político.

Sé perfectamente que existen voces críticas de la condena en contra de los Humala-Heredia. Sin embargo, si el desacuerdo con una sentencia del Poder Judicial fuese suficiente para obtener asilos políticos, tendríamos colas de ciudadanos disconformes con los fallos dictados en su contra alrededor de las sedes diplomáticas del mundo entero.

Sucintamente, la institución del asilo diplomático o político no se puede politizar, ni se le debe ideologizar, no se le puede otorgar a los amigos o a los cómplices, a los partidarios o seguidores: sólo aplica cuando los derechos de una persona peligran ante la represión política sistemática de un régimen autoritario o que no ofrece las debidas garantías constitucionales.

En tal sentido, el caso de Betssy Chávez está al límite: es presunta responsable de un quiebre del orden democrático pero es discutible si existen en el Perú las garantías procesales mínimas para obtener un juicio justo. El caso de Nadine Heredia es de escándalo y lesiona la esencia de la institución del asilo: no es una perseguida política, es una condenada por un delito común.

Tal vez deberíamos pensar en recuperar aquellos consensos de antes, de lo contrario nuestro orden internacional se sumergirá cada vez más en la tierra de nadie.

 

[OPINIÓN] Carl Sagan, gran promotor del pensamiento escéptico y del método científico, advirtió alguna vez sobre un futuro cercano dominado por pocos y por la tecnología, un espacio donde nadie podría distinguir entre lo que se siente verdad y lo que es verdad. El Perú, siempre creativo, no solo tomó nota de la advertencia: la convirtió en proyecto nacional. Y con honores.

Aquí estamos en 2026, con una vitrina electoral que no ofrece propuestas, sino estímulos sensoriales. López Aliaga no presenta un plan de gobierno, presenta un reality de confrontación permanente y como bandera una trama de despropósitos a medio hacer. Álvarez dejó de imitar políticos para convertirse directamente en uno: porque, a estas alturas, el único requisito ya no es propuesta ni experiencia, sino carisma de payaso funcional a TikTok. Acuña es la prueba empírica de que en Perú las leyes de la física no aplican para todos: se puede desafiar la gramática, la lógica y el sentido común, y aun así cotizar como “opción viable” en las encuestas. Los Vizcarra regresan como esas secuelas que nadie pidió, pero igual se estrenan con expectativa. Y Forsyth, Barnechea y Carla García son el enigma mejor rankeado: no se sabe si son el Gato de Schrödinger o el Pollo de Castillo, pero respiran.

Mientras tanto, el país hace lo que mejor sabe: reaccionar en lugar de pensar.

Las marchas ya no son sobre algo, son para algo: para el like, la viralización, el algoritmo que después certificará que hay una multitud indignada exigiendo… ¿qué exactamente? Irrelevante. Las protestas perdieron líderes, perdieron pliegos, perdieron rumbo, pero ganaron dirección de fotografía en modo selfie. ¿Ocurrieron realmente? Depende del ángulo.

Si la calle es el escenario, CADE es el palco VIP. La edición 2025 no fue un espacio de debate, fue un espejo de cuerpo entero donde cada uno fue a mirarse el ombligo. Mucho networking, poca conversación. Se habló de la realidad evitando mirarla de frente. No vaya a ser que la realidad devuelva la mirada.

Sagan probablemente diría que la información no murió en el Perú: fue reemplazada por la sensación de estar informado. El pensamiento crítico no desapareció: se tercerizó a las encuestas de Ipsos Apoyo, a los hilos de Twitter o a los clips de TikTok. Las convicciones ya no se debaten, se empaquetan como hashtags reutilizables. No importa si algo es verdad, importa si se siente verdad. No importa la solidez de la idea, importa la potencia del impacto. No importa la propuesta, importa el rendimiento en pantalla.

Y así llegamos al 2026: candidatos que son más ruido que sustancia; ciudadanos que prefieren emoción a argumento; marchas que buscan cámara antes que cambio; y élites que no discuten país, lo comentan con whisky en mano desde la tribuna.

Entonces, ¿quién ganará las elecciones? Fácil: el que descifre la fórmula. Menos plan, más emoción. Menos largo plazo, más dopamina. Menos futuro, más presente en combustible. Menos país, más tendencia. Porque ya no elegimos presidentes. Elegimos momentos. Y los momentos, como los fuegos artificiales, brillan espectacular en la oscuridad… pero no iluminan un carajo.

[ENTRE BRUJAS] Noviembre es un mes de memoria, lucha y compromiso por los derechos de las mujeres. Cada 25 de noviembre, el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres nos recuerda que la violencia machista persiste como una de las formas más graves de desigualdad y discriminación. En esta fecha conmemoramos a las hermanas Mirabal, tres mujeres dominicanas asesinadas por resistir la dictadura de Rafael Trujillo en 1960, cuyo legado se convirtió en símbolo universal de resistencia frente a la opresión patriarcal.

Más de sesenta años después, la violencia contra las mujeres persiste como uno de los principales problemas sociales y de derechos humanos en el país. Según datos del Portal Estadístico del Programa Nacional Aurora (Warmi Ñan), entre enero y septiembre de 2025 se registraron 114 feminicidios, 211 tentativas de feminicidio, 24 231 casos de violencia sexual y 47 346 casos de violencia física en todo el Perú.
Estas cifras reflejan la magnitud de una crisis estructural que el Estado aún no logra enfrentar con eficacia ni con un enfoque de igualdad y derechos.

El mes de noviembre no solo nos invita a conmemorar, sino también a exigir políticas públicas integrales que garanticen la prevención, atención, sanción y reparación frente a todas las formas de violencia. La erradicación de la violencia contra las mujeres no puede entenderse al margen de la defensa de la democracia y los derechos fundamentales. Una sociedad que tolera la violencia y la impunidad erosiona sus cimientos democráticos, porque la igualdad y la no discriminación son principios inseparables de un Estado de derecho.

Sin embargo, en el Perú, la agenda por los derechos de las mujeres parece haber perdido relevancia. Los discursos conservadores se expanden en el debate público, impulsando narrativas que niegan los avances alcanzados en décadas de lucha feminista. Un ejemplo preocupante es el Proyecto de Ley Nº 11561/2024-CR, impulsado por el partido Renovación Popular a través del congresista Alejandro Muñante, que propone incorporar el artículo 402-A al Código Penal para sancionar las supuestas denuncias falsas en casos de violencia familiar.

Lejos de fortalecer el acceso a la justicia y combatir la impunidad, esta iniciativa criminaliza a las denunciantes, deslegitima las denuncias y reinstala la sospecha sobre las víctimas.

A ello se suman otras iniciativas legislativas regresivas, como la Ley N.º 32301 (Ley APCI), que modifica el marco de la cooperación internacional en el país y amplía las facultades del Estado para supervisar y controlar el trabajo de las organizaciones de la sociedad civil. Diversas instituciones y colectivos han advertido que esta norma podría restringir la autonomía de las organizaciones y limitar su capacidad para brindar acompañamiento y acceso a la justicia a mujeres, adolescentes y niñas víctimas de violencia. De concretarse, estos efectos representarían un grave retroceso democrático y una amenaza directa a la defensa de los derechos humanos en el Perú.

Estos ataques no son hechos aislados. Forman parte de una tendencia regional y global que busca socavar los compromisos en materia de derechos humanos, restringir la autonomía de las mujeres y debilitar los mecanismos de protección.
Frente a ello, defender los derechos de las mujeres es también defender la democracia: ambas luchas son inseparables.

Noviembre, entonces, no debe ser solo un mes conmemorativo, sino un recordatorio de que los derechos conquistados pueden perderse si no se defienden. En tiempos de retrocesos, el feminismo sigue siendo una fuerza ética y política que interpela al poder, exige justicia y recuerda que la igualdad no puede esperar.

[Música Maestro] A propósito del anunciado regreso de Rush a los escenarios, con la baterista alemana Anika Nilles (42) ocupando el lugar del fallecido Neil Peart, comparto estas reseñas de algunos ejemplos de lo que se conoce como “rock progresivo”, uno de los géneros derivados de la psicodelia y el hard-rock que produjo algunos de los mejores álbumes de la historia de la música popular contemporánea.

Cuando comenzaba mi formación melómana, a mediados de los años ochenta, llegó a mis manos un cassette del tercer álbum de Emerson Lake & Palmer, Trilogy (1972). En esa época, las guitarras de Ac/Dc y Van Halen se habían hecho un enorme espacio como mis principales referencias, entre los boleros de La Sonora Matancera y la música criolla de mi papá, las cumbias colombianas y baladas en español de mi mamá y el pop-rock radial de mis hermanos.

Desde los primeros sonidos de The endless enigma (Part 1) -la atmósfera de los teclados, los pianos arácnidos, las percusiones- me pareció estar escuchando el soundtrack de una película. Poco a poco, quedé intoxicado por esa sucesión de percusiones medio orientales, flautines marroquíes y fondos de sintetizadores que, después de un par de minutos, se transforman en un instrumental psicodélico sacado de algún episodio de la clásica serie de dibujos animados del Hombre Araña, la que veíamos en Canal 4. Esa cinta me voló la cabeza y, a partir de ese momento, quise saber más.

Han pasado poco menos de cuarenta años de aquel primer contacto con el rock progresivo -recuerdo que, en el argot de quienes solo hablábamos de música, lo comprimíamos a “progre” a años luz del significado pseudopolítico que esa partícula tiene hoy- y, a pesar de las normales oscilaciones que pueden tener los gustos personales a través de los años según la edad, el estado anímico, etc. el prog-rock sigue estando entre mis estilos musicales favoritos, al cual le doy preferencia en cualquier situación y lugar. Eso me pasa también con otros géneros -el metal, la salsa clásica, el rock argentino- pero en este caso la obsesión se mantiene inalterable.

Hay pocas vertientes de este estilo de rock, surgido en Inglaterra a mediados de los años sesenta como respuesta a la psicodelia norteamericana que no me entusiasman, una de ellas quizás sea la del metal progresivo en sus aristas más fantasmagóricas -bandas como Nightwish o Blind Guardian- que, a pesar de ser virtuosas, llevan a niveles demasiado exagerados la velocidad, el sinfonismo y el disfuerzo escénico. Después, desde las ligazones con el folk -Jethro Tull, Fairport Convention- hasta su conexión con la música electrónica -The Orb, las aventuras tecnológicas de Steve Hillage- casi todo lo prog-rock goza de mi absoluta aceptación.

Incluso bandas más contemporáneas como Haken, Opeth, Coheed and Cambria, Sendelica tienen, aunque suene increíble, puntos de encuentro no solo con el progre más clásico -Yes, Rush, King Crimson- sino con otros géneros como el shoegazing, el indie-rock -con bandas como The Flaming Lips, Mogwai, The Russian Circles-, en un círculo virtuoso en el que entran los jazz-rockers de los setenta, algunos metaleros como Voivod o Dream Theater y desarrollos de iconos del rock en nuestro idioma como Luis Alberto Spinetta (Invisible, Spinetta Jade) o Charly García (La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán) en un crisol de opciones que convierten al rock progresivo en una cadena de sonidos interminable. Aquí, algunos ejemplos traídos desde el pasado.

King Crimson – Starless and Bible Black (Island Records, 1974)

Los dos primeros temas de este disco, The great deceiver y Lament, deben ser de las composiciones más vertiginosas del extenso catálogo crimsoniano. Ocho minutos de caída libre por las escaleras. Robert Fripp (guitarras, teclados, mellotrones), Bill Bruford (baterías, percusiones), John Wetton (bajo, voces) y David Cross (violín, viola, mellotrón, piano) pasan del jazz-rock de la primera al hard-rock de la segunda con enfermizo frenesí, un estilo que ya habían explorado en su anterior LP, Larks tongues in aspic (1973).

Las letras de Richard Palmer-James, guitarrista original de Supertramp y amigo personal de Wetton son intelectuales y agudas, lidiando metafóricamente con temas como la fama y el demonio. Aunque este disco, el sexto oficial de King Crimson, es considerado una producción en estudio, en realidad fue grabado con un 80% de tomas recogidas de diversas presentaciones durante la gira previa, mezcladas y trabajadas para eliminar ruidos externos (aplausos y gritos del público, por ejemplo), errores en la interpretación, entre otros detalles.

El resultado es excepcional, nadie se dio cuenta de que se trataba de un álbum en concierto, algo que se reveló hace muy poco. The night watch y The mincer, los otros dos temas con letra, poseen las estructuras atonales y escalas disonantes que todo fan de King Crimson agradeció siempre, un desafío permanente que alcanza hasta a sus seguidores más fieles.

Los instrumentales son serias improvisaciones en vivo: Trio es una delicada pieza para cuerdas, en la que Bruford recibe créditos de composición por tomar la decisión de no golpear un solo objeto durante su ejecución; We’ll let you know es un jam que juega con ciertas métricas del funk; mientras que Starless and Bible black y Fracture son extensas piezas que en la versión en vinilo ocupan todo el Lado B.

En el 2014, la revista británica Prog Rock anunció el lanzamiento de una caja de 27 discos con todas las fuentes originales que sirvieron para armar este álbum, amplias explicaciones de cada concierto, versiones en super audio y Blue-ray, para conmemorar el 40 aniversario de su aparición. Un tesoro para coleccionistas y amantes del Rey Carmesí.

Brand X – Unorthodox behaviour (Charisma Records/Passport Records, 1976)

Phil Collins se unió a este grupo en 1975, el mismo año en que grabó A trick of the tail, su debut como vocalista/baterista en Genesis, tras la renuncia de Peter Gabriel. Y este primer álbum de Brand X fue una demostración de la amplitud de sus recursos baterísticos. Sin quererlo, Collins domina el desarrollo de estos siete temas, aunque no intervino mucho en su composición.

Es necesario aclarar que Brand X es mucho más que el proyecto alterno de Phil Collins. Sin duda su presencia sirvió para poner a la banda en el mapa, pero John Goodsall (guitarras, ex integrante de Atomic Rooster), Robin Lumley (teclados) y Percy Jones (bajos, contrabajos, marimbas) tenían suficientes argumentos como para destacar por sí solos. Este álbum se caracteriza por su intensa dinámica instrumental, al estilo de The Mahavishnu Orchestra, Return To Forever y Weather Report, los tres grupos más representativos del jazz fusión de ese momento.

El trabajo de Jones en bajos fretless y contrabajos acústicos es notable, mientras que Lumley destaca a ambos lados de su espectro: en los temas en que predomina el piano -como en Born ugly, con ciertos toques latinos- se nota la influencia del jazz clásico mientras que en Nuclear burn se pone a la altura de Keith Emerson, Rick Wakeman o Tony Banks, soltando ráfagas progresivas desde sus Moog, Farfisa, Fender Rhodes y demás armamento de alto calibre.

Collins brilla con sus redobles, fraseos y hi-hats, especialmente en Smacks of euphoric hysteria y el tema-título, una extraordinaria canción en clave de funk. Los solos eléctricos de Goodsall son agresivos y veloces, fuertemente influenciados por John McLaughlin y muy similar a lo que años después mostró Daryl Stuermer, futuro colaborador de Collins en Genesis y en su trayectoria como solista.

Las canciones son largos y complejos jams sobre una base, con Goodsall intercalando los ataques eléctricos con fondos acústicos como en Euthanasia waltz. En Touch wood, que cierra el disco, arman un juego acústico con acordes abiertos de guitarra y unos teclados lejanos que parecen distraídos, contrarios a todo el vértigo desplegado en la media hora previa.

Kin Ping Meh – Kin Ping Meh (Polydor Records, 1971)

Este álbum es uno de los tesoros mejor escondidos de la movida rockera que se desarrolló en Alemania en los años setenta. Kin Ping Meh fue, junto con Triumvirat, una de las pocas bandas que optó por hacer música más parecida a la escena dominante del prog-rock, ubicada en Inglaterra.

A diferencia de Can, Neu! o Amon Düül, representantes del kraut-rock, una vanguardia en la que el rock se combinaba con extraños sonidos electrónicos y una propuesta musical espacial, lo de Kin Ping Meh está más enlazado al hard-rock de Deep Purple, Uriah Heep y otras, con vertiginosas líneas de Hammond B-3 y potentes bases rítmicas.

En 1971 apareció este álbum debut con Werner Stephan (voz, guitarra, percusión), Willie Wagner (guitarra, armónica, voz), Fritz Schmitt (piano, órgano, voz), Torsten Herzog (bajo, voz) y Kalle Weber (batería, percusión), la formación definitiva de Kin Ping Meh, nombre que proviene de una novela romántica china del siglo 17, en el último tramo de la dinastía Ming, titulada originalmente Jin Ping Mei (La ciruela en el florero dorado).

La carátula del álbum muestra una pintura en la que el personaje central es un hombre chino, de contextura gruesa, que aparece tendido plácidamente mientras es acicalado por varias damiselas de raza aria, una suerte de sincretismo entre la inspiración del nombre y la proveniencia germana de los músicos.

El disco contiene temas notables como Fairy-Tales, a mitad de camino entre el progresivo clásico de Emerson Lake & Palmer y la onda épica de Uriah Heep, con una extensa sección instrumental. La voz de Stephan es alta y poderosa, los demás integrantes lo apoyan en coros fuertes aunque ligeramente amontonados y caóticos.

Los teclados de Schmitt son protagonistas a lo largo del disco, mientras que el trabajo en guitarras de Wagner y Stephan es secundario. El resto del álbum es una selección de canciones de ritmo denso y parejo, como My dove, Don’t you know o la sutil Sometime. En canciones como Too many people y Everything, hay una vocación más directa por hacer hard-rock con tintes de blues y soul, al estilo de Deep Purple.

Rush – Hemispheres (Anthem Records/Mercury Records, 1978)

El sexto álbum del trío canadiense es el último de su periodo conceptual, aquel de las composiciones divididas en secciones e historias fantásticas sobre temas universales como las clásicas dicotomías amor-odio, bien-mal, materialismo-espiritualidad, escritas por el extraordinario baterista Neil Peart.

Aquí, es la lucha de mente versus corazón, racionalidad versus emoción, traducida neurológicamente con la teoría de los hemisferios cerebrales, de ahí el título. La suite Cygnus X-1 Book II: Hemispheres sirve como hilo conceptual y es continuación de Cygnus I Book I: The voyage, que cierra el disco anterior, A farewell to kings (1977). En esta segunda parte, concluye la historia del navegante espacial tras sus batallas contra los dioses, de las cuales emerge triunfador convertido en Cygnus, el cisne que traerá balance a la galaxia.

Esta sobredosis de escapismo lirismo hace de Rush una banda muy atractiva para quienes viven gobernados por el hemisferio cerebral izquierdo, mientras que el desarrollo musical, extremadamente virtuoso y detallista, es perfecto para quienes poseen una visión matemática de la vida, rasgos típicos del hemisferio cerebral derecho.

Estos contenidos son difíciles de captar a la primera y requieren del oyente una preparación previa o, por lo menos, una actitud abierta y receptiva. En ese sentido es lógico que Rush atraiga a las juventudes actuales, dominadas por los aspectos elementales de su desarrollo cerebral, prefiriendo el reggaetón o el latin-pop y su exacerbación de los sentidos primarios.

El lado B del vinilo original contiene solo tres temas que exhiben el filo de hard-rock y la presencia vocal de Geddy Lee –The trees y Circumstances-, con temas medio ambientalistas y sociales. La guitarra de Alex Lifeson es brillante y virtuosa, como siempre, y en el instrumental La Villa Strangiato se luce.

Este es un clásico de la banda, inamovible en sus conciertos hasta el final de su camino, tras la muerte de Peart en el 2020. Aunque dura casi diez minutos continuos, está subdividida en doce menudas partes, una de las cuales (Monsters), es adaptación de Powerhouse, composición de 1937 del norteamericano Raymond Scott, conocida por su uso en varias caricaturas de la Warner Brothers.

Caravan – In the land of grey and pink (Deram Records, 1971)

Para muchos, Caravan es una de las mejores bandas de rock progresivo y a la vez muy subestimada frente a la popularidad de otras más conocidas. Además, es junto con Soft Machine, el grupo que mejor representa a The Canterbury Scene, escena surgida al sur de Inglaterra en esa ciudad del condado de Kent.

La carátula de este tercer álbum evoca a esos cuentos fantásticos de la Tierra Media, mientras que la música es una inteligente mezcla de psicodelia, pop-rock, jazz y avand-garde. Love to love you (And tonight pigs will fly) es, probablemente, la única canción de esta banda inglesa-escocesa reconocible por el público convencional.

Este fue el último lanzamiento del cuarteto original -Pye Hastings (voz, guitarras), Richard Sinclair (bajos, voz), David Sinclair (pianos, teclados) y Richard Coughlan (batería, percusiones)-, antes de iniciar una serie de cruces con otros grupos como Matching Mole, Camel, entre otros. Jimmy Hastings, hermano de Pye, toca vientos en varios temas pero no es considerado miembro estable del grupo.

El álbum se inicia con tres canciones bastante convencionales: Golf girl, de melodía lánguida y misteriosa; Winter wine, con ritmo marchante y la voz de Sinclair que parece sacada de un LP de The Chieftains; y la mencionada Love to love you, en clave de pop psicodélico al estilo de Love o Spirit. Los complejos poderes instrumentales del cuarteto comienzan a manifestarse con el tema-título, con intrincados solos de teclados.

Para terminar, Caravan ofrece una suite que supera los veinte minutos, Nine feet underground, subdividida en ocho partes. De principio a fin, Caravan condensa aquí todas las influencias que había recogido en sus dos discos anteriores, desde toques oscuros de King Crimson, ensoñaciones experimentales de Kevin Ayers & The Whole World y vuelos instrumentales de Genesis o Yes, con suma prolijidad. La flauta de Jimmy Hastings se funde al inicio con la guitarra de su hermano Pye en una onda espacial y psicodélica que tiene tanto de The Doors como de Pink Floyd. La canción concluye con una fuga de rock que recuerda mucho al instrumental Glad de Traffic (LP John Barleycorn must die, 1970).

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] En los años ochenta o noventa, una obra del grupo teatral Pataclaun popularizó la expresión “el criollismo nunca muere, ni seguirá muriendo”. La frase, acertada, daba para todas las interpretaciones posibles pero predominaba la idea de una resistencia cultural desdeñada desde una intelectualidad rendida ante el Perú migrante, brillantemente recreado por José Matos Mar en su Desborde Popular y Crisis del Estado.

En realidad, la rivalidad o confrontación criollo-andina en el plano musical no fue más que un artificio intelectual, aunque izquierdistas de la vieja escuela aún se llenen la boca con un discurso tan obsoleto como alejado de la realidad. Lo que debimos plantear, desde un principio, es que la deriva del Perú oficial, de la republiqueta criolla como alguna vez la llamó González Prada, desbordada por el mar humano que venía desde los Andes a reclamar lo que se le ofreció y jamás se le brindó desde los tiempos de San Martín y Bolívar, poco o nada tenía que ver con las expresiones folclóricas, también populares, que se desarrollaron en la costa del Perú y que solo están para sumarse a la riqueza pluricultural del país.

Pero este artículo trata de reminiscencias, las de un hombre de cincuenta y ocho años a quien la tormenta del criollismo lo pilló en medio de un enorme y árido desierto. Quiero decir, no había manera de escapar, el criollismo me empapó, me atravesó las venas, no existe otro género musical en el planeta, ni otro pulsar de la guitarra, ni otro lenguaje cultural que me genere las mismas emociones que el criollismo, y ya no las habrá, no hay nada que hacer al respecto.

El universo criollo lo descubrí de niño, cuando me despertaba la “viva voz” de las jaranas caseras de papá Ezio, mamá Laura y sus amigos chosicanos. Algunas canciones las entonaban como himnos, eufóricos, con muchas copas de más, bien entrada la madrugada. En particular me impresionó Luis Pardo, “La Andarita”:

Por eso yo quiero al niño, amo y respeto al anciano,

al indio que es como mi hermano, le doy todo mi cariño” /

Si han de matarme ¡en buena hora!, pero mátenme de frente.

Yo soy señores LUIS PARDO, el famoso bandolero.1

Después vino mi aventura adolescente en la Peña afroperuana Valentina del distrito de La Victoria, donde clasifiqué un festejo dedicado al Alianza Lima en 1984, cuando tenía 15 años y cursaba cuarto de secundaria en el colegio Franco Peruano de Monterrico. El choque cultural, resuelto favorablemente, no fue solo mío, sino de las decenas de mis compañeros de colegio que asistían por primera vez a La Victoria, a las diferentes fechas del concurso musical.

Podría seguir y seguir, pero no me he planteado aquí una autobiografía de mi relación con el criollismo, aunque algo de eso tienen estas reminiscencias. Últimamente estuve pensando que de ese mundo criollo feliz, en crisis, moribundo pero sin morir nunca que me tocó vivir, ya no queda nadie o prácticamente nadie.

No existe ya el café, ni el criollo restaurant,

ni el italiano está donde era su vender,

 Ha muerto doña Cruz que juntito al solar se solía poner

a realizar su venta al atardecer de picantes y té,

no hay ya los picarones de la buena Isabel,

 todo, todo se ha ido, los años al correr.

(Vals De vuelta al Barrio. Felipe Pinglo Alva)

Felipe Pinglo Alva, el bardo inmortal de los Barrios Altos

La constatación me hace pensar en mi mismo, me hace pensar en mi vida y me hace pensar si acaso llegué tarde a ese criollismo que se muere sin morirse, o si llegué justo a tiempo para disfrutarlo. Tuve el privilegio de conocer y saludar a Eloísa Angulo y María de Jesús Vásquez, de escuchar declamar a Serafina Quinteras, de conocer y conversar con Don Oscar Avilés, de bailar el vals Olga cantado por el “zambo” Arturo Cavero en vivo. Me recordó los tonos del cole cuando sonaban las primeras notas de Satisfaction de los Rolling y saltábamos disparados a la pista de baile, pues lo mismo.

Eloísa Angulo, la soberana de la canción criolla

Don Feliz Pasache, autor de Nuestro Secreto, compositor de moda en los ochenta, me trataba con gran cariño cuando llegaba a la Peña Valentina, pensar que competía con él en el concurso. Me ganó, menos mal. También conocí a Augusto Polo Campos, más distante, y a la señora Lucila Campos. La anfitriona, la Señora Norma Arteaga Barrionuevo, la hija de Valentina Barrionuevo, cuantas veladas, pero también cuantas visitas informales, charlas interminables, y cuanta amistad. Y en el primer lugar debo mencionar a don Adolfo Zelada Arteaga, eximio guitarrista y compositor, que este año hubiese cumplido 100 y nos acompañó hasta pasados los 95. Amigo de mi padre, amigo mío, la enjundia criolla de principios del siglo XX, los códigos criollos de una Lima que definitivamente sí se ha ido, sabiduría popular purita, que ya no hay.

Hay unos que saben mucho

Otros que están aprendiendo

Conforme vayan entrando

Ahí los iré conociendo

Eximio guitarrista, cantante y compositor Adolfo Zelada Arteaga, pura enjundia criolla

No quisiera, sin embargo, ser injusto con mi nostalgia. Hay una nueva generación que se caracteriza además por ser muy cultora, por poseer una actitud de rescate de las obras más escondidas y recónditas -y más bellas también- de los más antiguos. Hay una nueva generación guardiana y también hay otra nueva generación de las peñas y los programas radiales y televisivos. Y prefiero sinceramente disculparme por no mencionarlos en estas líneas, he querido evitar olvidar a alguno pero fundamentalmente no he pretendido elaborar un catálogo, sino sugerir una vigencia.

Jóvenes criollos continúan la labor

Recién adquirí una compilación de artículos del “taita” José María Arguedas sobre la cultura, que principia con un ensayo sobre lo andino y lo mestizo. José María, sabedor de los abismos socioculturales de nuestra nación en construcción supo no discriminar, y al decir no discriminar, digo no discriminar a nadie. El proyecto de la nación peruana del futuro, principalmente si queremos construirla pluricultural, no puede discriminar a nadie, tampoco al folclore de la costa.

Pataclaun se equivocó: el criollismo no siguió muriendo, siguió viviendo y vive cambiando y permaneciendo al mismo tiempo, como suelen hacerlo las manifestaciones folclórico-culturales del mundo entero. Por eso celebro mi cultura, mi acervo, en el Día de la Canción Criolla.

Tu nombre es una canción

Cuya excelsa melodía

Nos convoca noche y día

En criolla comunión

Eres ser hecho canción

Eres humana y divina

No hay jarana que no enciendas

Valentina, Valentina

(Rezaba un slogan en la puerta del Centro Social Folclórico Valentina, hace tantos años)

Concurso La Valentina de Oro, en la Peña Valentina,  La Victoria, 1982

1.- Fragmentos del poema Canto a Luis Pardo de Abelardo Gamarra. Algunas partes del poema fueron musicalizados y dieron lugar al vals La Andarita.

2.- En la foto de la portada de este artículo aparecen el eximio guitarrista Willy Terry y el destacado cantante y percusionista Eduardo “papeo” Albán.

[OPINIÓN] Hubo un tiempo en que INDECOPI se presentaba como el caballero de armadura brillante que rescataría al indefenso consumidor del dragón empresarial. Hoy, ese caballero cambió el caballo por una calculadora y el un POS. Ya no protege: factura. Y lo hace con el entusiasmo de quien ha encontrado en la multa el nuevo petróleo nacional.

El caso de la comunicadora Luz Amelia Cárdenas es un ejemplo digno de estudio: pierde más de diez mil dólares por un hackeo bancario, la entidad financiera se hace la distraída… y ¿qué hace INDECOPI? Multa a la caja municipal, posa para la foto y se va a almorzar. La afectada, en cambio, sigue esperando que alguien le devuelva su dinero. Moral de la historia: INDECOPI sí cobra, pero no resarce ni obliga a resarcir.

Lo mismo sucede con aerolíneas, colegios y farmacias. ¿Los usuarios reciben compensación? Ni un sol. ¿INDECOPI cobra? Siempre. El escándalo no es solo lo que hace, sino lo que no hace: sanciona sin reparar, acusa sin resolver, presume de cifras pero es incapaz de devolverle al ciudadano lo que perdió.

Y no hablamos de un ente “excesivamente estricto”. No. Esto es otra categoría: la del cobrador del peaje de la moral pública, que cobra por adelantado y nunca entrega el servicio. Se ha judicializado su comportamiento y los tribunales ya le han bajado el dedo varias veces: por violar el debido proceso, por excederse en sus funciones, por inventarse criterios tan creativos como ilógicos. Porque cuando un organismo se convierte en juez, parte, policía, recaudador y vocero político a la vez… ya no regula: amenaza.

Es momento de recordar lo obvio: INDECOPI no fue creado para llenar las arcas del Tesoro ni para castigar al que genera empleo. Su tarea original era proteger al ciudadano, no usarlo como excusa contable.

Hoy, el consumidor no es el centro: es el pretexto. Y el sector productivo no es supervisado: es intimidado.

Si el gobierno habla en serio de reactivación económica, tendrá que empezar por algo simple pero urgente: devolverle a INDECOPI su brújula institucional. Porque un país donde el regulador vive de la multa… es un país donde la justicia se volvió negocio.

 

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