Opinión

Se está discutiendo en el Congreso la posibilidad de que se permita el financiamiento a los partidos por parte de personas jurídicas privadas. Eso es bueno siempre y cuando no sea anónimo, como pretende un sector del Parlamento, sino abierto y transparente.

Al haberse cerrado esa posibilidad, lo único que se logró fue que los sectores de las economías delictivas, con claros intereses de influencia política, se acercaran a los candidatos y les financiasen sus campañas, como sucedió con Pedro Castillo y muchos otros, que luego retribuyen ello con leyes propicias o vistos buenos estatales a su quehacer delictivo.

Al abrir la cancha a la posibilidad de financiamiento privado se reduce esa influencia, pero no se logrará acotar plenamente. Nada impide que el narcotráfico, la minería ilegal, los tratantes de personas o los transportistas informales hagan bolsas de dinero para apoyar candidaturas a cambio de favores posteriores.

El mejor remedio a esa desestabilizadora posibilidad -afecta directamente la gobernanza democrática- es dotar a la ONPE de mayores dientes para fiscalizar el tema. Por lo pronto, que sea obligatorio bancarizar no solo los aportes sino también los gastos. Y, lo más importante, que si se descubriera un desbalance grosero, que revelaría el ingreso de dineros ilegales, la ONPE tenga la capacidad de suspender la presencia de ese partido en la lid electoral. Hoy no lo puede hacer, simplemente controla un par de veces o tres el proceso, pero no puede establecer sanción alguna.

Que la economía esté controlada en amplios sectores por mafias criminales es un tremendo problema que se debe resolver con celeridad. Pero que la política también lo esté, ya constituye un riesgo mayor, porque colocaría al Estado en manos de lógicas delictivas abiertas, desnaturalizando la esencia misma de la democracia y la gobernabilidad que se busca recuperar luego de haber sufrido dos gobiernos nefastos, como los de Pedro Castillo y Dina Boluarte.

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Dina Boluarte, ONPE, Pedro Castillo

Aquellos que vivimos los tiempos fujimoristas, recordamos la desazón con la que fue recibida la eliminación del curso de Filosofía del Plan Curricular Nacional. Tampoco era que los profesores de aquel entonces fueran reflexivos pensadores que nos enseñaran bien el contenido de los textos escolares (muchos sin formación habían sido nombrados en el primer gobierno de Alan García), pero uno que otro curioso, o algún privilegiado que accedió a un buen colegio, sin duda leyó y discutió sobre la libertad, las ideas, la ética y la moral. 

No me detendré a hacer un recuento de que han dicho los pensadores al intentar definir la ética, pero sabemos que se trata de una actitud reflexiva que emerge cuando tenemos que tomar decisiones que nos afectan a nosotras, nosotros mismos, pero sobre todo porque afectan a los demás. Desde los más cercanos hasta grandes grupos de la humanidad o de seres vivos. La ética nos comprende (o nos comprendía) no como personas aisladas, sino como seres condicionados a vivir en comunidad. 

Una obligación del Estado, se suponía, consistía en compartir una ética con la población, que debía reconocer como propia y que por ello se enseñaba desde la escuela, se esparcía mediante los discursos públicos, en los espacios emblemáticos y, sobre todo, al momento del ejercicio de sus poderes. Pero aquí hoy no la hay. Se fue como arena entre los dedos: si abrimos las noticias veremos que los mineros quieren permanecer artesanales, los policías dedicarse a la extorsión y tráfico de armas, la presidenta y su gabinete quieren seguir mintiendo, los alcaldes usar los bienes públicos para sus negocios  y los congresistas empeñarse en borrar toda legislación que les impida delinquir y de paso, censurar a sus opositores políticos.

Mientras tanto, la población quiere justicia por los peruanos asesinados por este gobierno; cárcel para los políticos corruptos, y unas fuerzas del orden capaces de poner fin a los asesinatos y atentados de los sicarios, de las fuerzas paramilitares. Pero también quiere la indiferencia del Estado respecto de su informalidad, que se apruebe la pena de muerte, aplaudir la vida amorosa de sus futbolistas de televisión y mantener la fama culinaria alcanzada a nivel mundial. Es un anhelo sin reflexión, instintivo, defensivo agresivo, de frases como “con mi gente no te metas”. Quizá esa sea la suerte de discurso que ha reemplazado al ético y que implica indiferencia y colusión.  

Es un reto político muy grande porque se trata de una crisis ética que ya había sido anunciada: décadas atrás se empezó a discutir la carencia de un pacto social que sirviera de base para gobernarnos como nación y ponerle fin a la pobreza. Al poco tiempo de terminada la dictadura de Alberto Fujimori, se creó un Acuerdo Nacional, con personajes destacados de la política peruana y destinado a proteger a las poblaciones más vulnerables. Hoy es una página web abandonada donde aún se cita a los ex presidentes ahora encarcelados. 

El carecer de un acuerdo solidario ha devenido en la imposición de intereses cada vez más criminales en los tres poderes del Estado y en un contexto internacional también muy complejo. Nuestro continente se ha llenado de sur a norte de políticos y presidentes que han convencido a la población de que los derechos humanos que se habían logrado, son algo maligno que se debe rechazar (basándose en tres nefastas dictaduras que tampoco tienen interés en proteger derechos). Que el bienestar social empobrece al Estado y le hace daño al país. Son dirigentes cada vez más populares, millonarios empresarios que se están convirtiendo en el modelo exitoso de político que pasa por encima de los demás, con herramientas de entretenimiento y religión sumamente poderosas para el control de la población. Vaya reto nos toca si es nuestra tarea resolver cómo fortalecer a la ética para que retorne (porque alguna vez lo estuvo) a los corazones de nuestra población. 

[DESDE BUSAN] ¡Por fin en Busán, Corea del Sur! El camino para llegar ha sido largo tanto por el trayecto -3 vuelos- como por la preparación y revisión de documentos, así como la asistencia a reuniones formales convocadas por El Comité Intergubernamental de Negociación de la ONU (INC) y las reuniones paralelas. He venido en calidad de observadora. Los observadores no tenemos la oportunidad de discutir con los demás países y negociar, nuestro aporte es con conocimiento y experiencia en las mesas de contacto.

El INC inició su quinta y última sesión el 25 de noviembre, donde representantes de 175 países y más de 600 organizaciones observadoras se reúnen para alcanzar un tratado global que limite la contaminación plástica. Estas reuniones, que se extenderán hasta el 1 de diciembre, tienen como objetivo establecer un marco internacional que controle la producción de plásticos y mitigue sus impactos en la salud humana y el medio ambiente.

En paralelo a las negociaciones, miles de activistas ambientales marcharon por las calles de Busán exigiendo medidas drásticas para reducir la producción y el uso de plásticos. Las principales ONG involucradas, como Greenpeace y WWF, presentaron una petición firmada por tres millones de personas, solicitando un tratado que priorice la reducción de la contaminación en su origen.

La plenaria que dio inicio a las negociaciones mostró que esta semana será intensa y de crucial importancia en relación con el cuidado del medio ambiente. ¡Estamos haciendo historia! Así, las primeras conversaciones se centraron en temas procedimentales como establecer las reglas del juego y aprobar -o no- el “non-paper” presentado por el presidente del INC, el embajador ecuatoriano, Luis Vayas Valdiviezo, como un documento sugerido para que sea el instrumento base de las negaciones. Los representantes de los países acordaron adoptar al “non-paper”, una muy buena noticia ya que permitió dar inicio a las conversaciones técnicas en las cuatro mesas de contacto establecidas.

Son 4 los temas que estarán en discusión:

  1. Los plásticos problemáticos: ¿cómo se definen?
  2. Las listas presentadas por algunos países sobre los químicos considerados peligrosos así como las medidas y controles.
  3. El ciclo de vida completo de los plásticos, es decir que el tratado no solo contemple gestión de residuos si no que incluya la producción y consumo.
  4. El financiamiento necesario para una transición justa: quien paga, cuanto y cuáles son los mecanismos de financiamiento necesarios especialmente para los países menos desarrollados.

Es claro que todos los países tienen una meta común: acabar con la contaminación por plásticos. Sin embargo, a pesar de la voluntad política, las negociaciones enfrentan desafíos debido a posturas contrapuestas entre los países participantes. Mientras que algunos buscan reducir la producción de plásticos, otros, prefieren centrar los esfuerzos en la gestión de residuos.

Estoy, estamos a la expectativa de que el lunes 1 cerremos las negociaciones con un tratado. Veremos. 

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contaminación, INC-5, Naciones Unidas, Plásticos

Mientras la derecha siga restringiendo su narrativa a la defensa del modelo económico, no tendrá ningún porvenir electoral auspicioso. Es cierto que la dinámica de la inversión privada debe recuperarse a los niveles de los 90 y la primera década del siglo XX, pero esa promesa debe ser bandera primordial de los gremios empresariales.

Los políticos de derecha deben romper los moldes tradicionales bajo los cuales se han movido regularmente en el país. Al respecto, me atrevería a señalar cuatro ejes básicos de políticas estatales que la derecha debería incorporar a su arsenal ideológico y político: salud y educación públicas, lucha contra la inseguridad ciudadana y reforma del proceso de regionalización.

Si los gobernantes de la transición post Fujimori hubieran hecho su tarea en esos aspectos y hoy el Perú tuviese una salud de primer orden, educación pública de alta calidad, seguridad en las calles y una descentralización operativa y eficaz, el país sería otro, viable y con la ciudadanía básicamente satisfecha con el statu quo.

No fue así. Los gobernantes de la transición descuidaron por completo esas labores y dejaron al país inerme frente a la pandemia, lo que generó un malestar ciudadano tan gigantesco que luego fue la causa de la llegada de un improvisado a la presidencia, como fue Pedro Castillo. Esta vez, el malestar que ocasiona la pésima gestión pública de Dina Boluarte es igual o mayor al que existía el 2021 y augura por ello -lo diremos hasta el hartazgo- la aparición de figuras antisistema.

Escuchar a un candidato de derecha hablar de estos temas sería inédito, inusual, rupturista, y le arrebataría a la izquierda el monopolio del manejo estatal, bajo criterios más modernos y eficientes, seguramente. Ya de por sí sorprende que en el tema de la inseguridad ciudadana, no haya un solo candidato de la derecha -en un tema que propicio para ella, además- salir a plantearle al país una solución cabal al problema (solo Antauro Humala y Carlos Álvarez se pronuncian regularmente sobre el tema).

La derecha se va a tener que esmerar por encima de lo habitual si quiere asomarse a la justa electoral del 2026 con posibilidades reales de disputarle al fujimorismo y a la izquierda radical el protagonismo que de antemano, ambos sectores ya tienen asegurado. Propuestas de reforma del Estado pueden ser un caballito de batalla capaz de refrescar el discurso habitual de las derechas

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derecha peruana, Estado peruano

Por Pedro Salinas (*)

El padre Jorge, o papa Francisco, tiene, desde hace rato, información suficiente para suprimir al Sodalitium Christianae Vitae (SCV), o Sodalicio, sociedad de vida apostólica de derecho pontificio fundada en Lima, Perú, en 1971, por el depredador sexual Luis Fernando Figari Rodrigo.

La data levantada por la denominada “Misión Especial”, conformada por los monseñores Charles Scicluna y Jordi Bertomeu (quienes han actuado en tándem por segunda vez, luego de su efectiva gestión en Chile, en 2018), ha sido contundente y demoledora. Tan es así, que, un año y pocos meses después, luego de terminadas las rigurosas pesquisas, se han producido hasta quince expulsiones de alto impacto.

En el camino, el mensaje papal siempre fue muy claro: “inicien un camino de reparación y justicia”. Repetido como mantra. O letanía, si prefieren. Como ofreciéndoles, en un guiño magnánimo, una última oportunidad, que el Sodalicio, sistemáticamente, sencillamente despreció.

El Sodalitium evidenció desde un inicio un problema de comprensión lectora debido a su miopía sectaria. Y en los hechos, se zurró en la exhortación del pontífice argentino.

La campaña sodálite contra todos aquellos que exigían el correlato lógico de la supresión, disolución, eliminación, o como quieran llamarle, o la abolición de dicha institución de culto y características mafiosas, así como de sus ramificaciones (Movimiento de Vida Cristiana, Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Siervas del Plan de Dios), fue, como era de esperarse, feroz y atrabiliaria, apelando a sus métodos matonescos mediático-judiciales de toda la vida.

Llevando a extremos los procesos contra los periodistas que escribimos el libro-denuncia Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2015), contra el prefecto de la curia vaticana que eyectó a José Antonio Eguren de Piura, contra el próximo cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, contra el cardenal Pedro Barreto, e incluso contra el nuncio en Lima, Paolo Rocco. Entre otros. Porque no fueron los únicos a quienes se les envió la maquinaria del descrédito, que exhibe el Sodalicio -usualmente desde las sombras- contra quienes considera sus “enemigos”.

No solo eso. La mayoría de “expulsados” sigue viviendo en comunidades sodálites y son tratados todavía como iguales, como hermanos, como amigos. Como sodálites, es decir. Haciendo caso omiso de la decisión vaticana, declarándose en rebeldía. Llegando a vociferar que esperarán la muerte del papa y apelarán al siguiente para ser repuestos.

Más todavía. El Sodalitium, luego de cada “paquete” de expectorados, publicaba un escueto comunicado apostillando que acataría la voluntad del papa, salvo en el caso de la exclusión y destierro del sodálite más importante luego de Luis Fernando Figari: el cura Jaime Baertl. En ese caso, se hicieron los tontos de capirote. Miraron al techo. Se pusieron a silbar. Se volvieron a insubordinar.

Y el jefe de los católicos, en lugar de actuar y dejar de postergar una decisión supuestamente ya adoptada, no solo mostró debilidad, sino que recibió a un par de agentes soterrados del Sodalitium, felicitados y aclamados en redes por conspicuos sodálites y célebres sodalovers.

Y, no faltaba más, fueron ovacionados como intrépidos héroes en los medios de la ultraderecha, afines a esta organización de fachada católica, en la que todavía cacarean la hipotética existencia de un “carisma”, a pesar de los crímenes perpetrados: abusos sexuales, físicos y psicológicos; hackeo de las comunicaciones; encubrimiento de diversos crímenes; campañas arteras en la que contrataban operadores para infiltrar el sistema de administración de justicia peruano para favorecer sus intereses. Y así, en ese plan.

Esto último, “la amigable reunión con los denostadores de la Misión Scicluna-Bertomeu”, ha suscitado una clamorosa reacción de indignación, de furia, de frustración, de desesperanza, de tristeza, de desilusión, por parte de víctimas y sobrevivientes.

Este cúmulo de incontenibles e incómodas sensaciones reventaron mi teléfono de mensajes y llamadas el último fin de semana. Al punto que, me ha llevado a tomar la decisión de renunciar indefectiblemente al seguimiento del Caso Sodalicio, una turbulenta historia que ha marcado buena parte de mi vida, a un costo bastante alto (en todos los ámbitos).

¿Por qué? Porque perdí la esperanza. Sin esperanza, cualquier esfuerzo se siente vano, infructuoso, vacío, inútil, ilusorio. Y mi esperanza, si me apuran, estribaba en que este papa iba a actuar bien. Y por lo visto el fin de semana, mi esperanza y mi confianza en el padre Jorge, se consumió más rápido que un incienso quemado.

La traición del papa es difícil de perdonar. Con las víctimas no se juega. Y menos, se les desdeña. Porque lo que ha hecho el jefe de los católicos, con su gestito para las galerías, ha sido someter a los sobrevivientes del Sodalicio a un juego perverso, a una movida tóxica que no se merecen a estas alturas, luego de tantísimos años de espera. El papa Francisco, por lo demás, estaba informadísimo del interés del Sodalitium de reunirse con él.

Sabemos que miembros del Consejo Superior, el par de agentes de marras, y similares, han estado detrás de audiencias privadas para tratar de detener lo que parecía una decisión irrefrenable: la disolución del Sodalicio y sus ramificaciones.

Y sabemos también que, enterado el papa de la presión ejercida, este habría tomado la determinación de no recibir a nadie vinculado a esta sociedad sectaria y mafiosa, hasta terminado el proceso.

Y esto no me lo estoy inventando. Ni estoy especulando. Lo sé de muy buena fuente (que no son ni Bertomeu ni el futuro cardenal, como, estoy seguro, teorizarán los sodatroles alacranescos, que ya comenzaron a esparcir su veneno).

¿Qué hizo actuar al papa así? No lo sé.

¡El papa no podía admitir ni acoger ni abrazar a los victimarios antes que a las víctimas!

¡¿En qué estaba pensando, por dios?!

La verdad es que -ya lo dije- no lo sé, ni tampoco me importa, la verdad. O ya no, en todo caso. Porque la señal enviada como un rayo fulminante ha sido devastadora para víctimas y sobrevivientes, que, durante décadas, han tenido que soportar el largo y doloroso camino hacia ninguna parte, jalonado de mezquindad y de infamia.

Y ha sido también un golpe bajo para quienes, sin que nos lo pidan, y como piñones fijos, hemos tenido que hacer el trabajo de la puñetera e indolente iglesia católica. Es decir, sacar adelante la verdad para que esta vea la luz. Ha sido un golpe bajo, reitero, y encima una amarga y monumental desilusión.

Creí en este papa más que muchísimos católicos, pese a mi condición de agnóstico. Creí en la buena fe del padre Jorge. Creí que, ante las evidentes presiones sodálites que aparecerían de una u otra forma, iba a hacer prevalecer su buen juicio y su talante insobornable. Creí que sería consecuente con su iterativa y persistente prédica de la “tolerancia cero”.

Y fíjense. Terminé derrapando y empotrándome contra la pared, como un idiota redomado. Defraudado, una vez más, por una iglesia católica que alberga a abusadores de todo tipo, y que, más allá de algunos fuegos de artificio, en este asunto terminará encubriendo y jugando remolonamente a que el tiempo apague y borre tanto sufrimiento silencioso e infinito, ocasionado por una “sociedad de vida apostólica” que siempre se ha salido con la suya, como es el caso del Sodalitium y sus aliados, para quienes todo vale y les da igual la vida de las víctimas. O les importa un carajo, si prefieren.

Qué pena y qué estafa.

(*) periodista, escritor y exsodálite

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Iglesia católica, Papa Francisco, Papa Jorge, Sodalicio, traición del papa

En un espacio de los muchos que existen en las redes sociales, un cibernauta despistado cometió un pecado capital: colgó un vídeo en el que Agustín Laje explica lo “woke”. Yo ya sabía lo que se venía, aunque el espacio que refiero es diverso, el unánime rechazo hacia el máximo representante del neoconservadurismo acababa de quebrarse, así, sin más, como quien no quiere la cosa, como un transeúnte que atraviesa sin saberlo una manifestación que enfrenta a un grupo pro-aborto con otro pro-vida. A Laje le he escuchado decir cosas terribles sobre la mujer y sobre los homosexuales, también a Nicolás Márquez con quien publicó un libro que se puso muy de moda hace diez o quince años. 

Yo viví en España al amanecer de este siglo y recuerdo que en la capacitación de un trabajo nos advertían que no podíamos discriminar bajo ningún concepto a las parejas gay, que eso estaba legislado, que existía el delito de discriminación sexual. Me pareció estupendo y pensé cuándo sucederá lo mismo en el Perú donde la discriminación a las personas LGTBI+ y a las mujeres era casi irrefrenable y los avances en la paridad casi imperceptibles.

Pero justo por esos años los movimientos de reivindicación feminista, LGTBI+ y de la lucha contra la discriminación sociocultural iniciaron un profundo proceso de radicalización incubado los años o décadas anteriores. En esta ocasión no voy a detenerme en teorías, voy a señalar sencillamente los métodos y las propuestas más radicales. 

En el primer lugar de la ignominia del progresismo del siglo XXI se empoderó la cultura de la cancelación que nació en las universidades de los Estados Unidos. El motivo podía ser justo pero no siempre el fin justifica los medios. Cayó, al principio, la primera línea de contumaces abusadores sexuales que habían aprovechado sus posiciones de poder para perpetrar todo tipo de tropelías contra mujeres que tenían que someterse a sus deseos más perversos si aspiraban a lograr algo en la vida, inclusive en Hollywood. 

Pero el éxito de la punición pública, mediática y redial, y de la condena a la muerte social a estos deplorables personajes empoderó diversos movimientos y colectivos. A su turno,  los objetivos comenzaron a traspasar largamente la otrora preciada e indiscutible utopía de la igualdad. Entonces, en los planos feminista, LGTBI+ y de las luchas socioculturales se impuso la revancha, la vendetta histórica y, principalmente, la conciencia de que la igualdad era una obsoleta muñeca del pasado: ahora se trataba del poder. 

Por eso, la segunda línea que cayó con la cancelación no era necesariamente responsable de los crímenes que se le imputaba, pero eso no importaba, lo que importaba era que lo pareciese. Se trataba de generar la impresión de vivir en un mundo execrable donde todo hombre constituía un sujeto patriarcal, un abusador latente que podía atacar en cualquier momento. Así se impuso una cultura de la paranoia y de la sospecha, principalmente en la esfera académica.

Es en este nuevo y aterrorizado mundo que surgen personajes como Agustín Laje como una natural antinomia. Y también ante el gigantesco forado académico dejado por una intelectualidad demasiado temerosa de enfrentar un escrache y atreverse a pensar por sí misma nuevamente. Al final, no se distingue al que milita creyentemente del que se alinea por conveniencia. No hay contrapeso sensato, no hay una nueva filosofía del punto medio, aunque este resulte imposible de encontrar.

Y luego no solo está Laje. También están Georgia Meloni, Javier Milei y Nayib Bukele. Y de esta manera se configuró un planeta novedoso pero conflictuado que enfrenta a extremismos radicales y en el que el reciente triunfo de Donald Trump le otorga varios cuerpos de ventaja a los conservadores en esta guerra hegemónica -que cuentan con no pocos neofascistas en sus filas- sobre los progresistas. Y entre gritos y recíprocras recriminaciones estamos a punto de comenzar una Tercera Guerra Mundial por lo de Ucrania: ¡bravo! el mundo sigue siendo tan imbécil como siempre. 

Vuelvo a mi red social, anochece, el torbellino producido por la mención a Laje se diluye. Finalmente se leen unas líneas que cierran “salomónicamente” el debate: “Creo, que ya es hora de pensar políticamente como se debe, ¿no crees?” Y entonces volvió la calma y súbitamente recuperamos el consenso. 

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#AgustinLaje #Progresismo #Conservadurismo #Batallacultura #LGTBI+ #feminismo #DonaldTrump #GeorgiaMeloni #JavierMilei #NayibBukele #TerceraGuerraM

UNO

Caucásico, ojos claros, y pelo corto. Lógicamente, tenía éxito con las mujeres. En el colegio formaba parte del grupo de los matones, que se sentaban en la última fila. Incluso hacían llorar a las maestras, directora incluida. Era una institución de nivel técnico, que tenía cierto prestigio en la ciudad. Una de las cosas que me llamó la atención del susodicho, era su fanatismo –¿ilógico? –por Racing. Corría el 2015, y los tiempos eran caóticos para un club, en permanente crisis. En ese entonces, cumplía un papel discreto en el torneo continental. Ah, me olvide de mencionarles, que estoy escribiendo de un joven asunceno, mesócrata. Su viejo lo traía todas las mañanas en auto, no andaba en colectivo. Sus compañeros, entendían, mejor dicho, trataban de entender esa incondicionalidad del carilindo. Era su profe de informática. Hablábamos mucho de futbol, de cine, política o actualidad, al inicio de las clases. Cuando podía – siempre – metía a la Academia, en equis conversación, sin importar el ridículo. La pasión futbolera no entiende de razones. Jamás. Aun, con la distancia que existe entre Asunción y Buenos Aires. Una vez le inquirí. 

  • ¿Porque no eres hincha de Boca Jrs o River Plate, que son clubes más ganadores?

Se despachó con un verborragia celeste y blanca. En donde, incluía el gol de Cárdenas –del 67- , la zurda mágica de Rubén Paz y Milito. En tanto, le brillaban los ojos y gesticulaba, sin cesar. Dejando en claro, que el hincha no solo lo era, en los buenos tiempos, sino en épocas de sequía. Las discusiones futboleras, en el aula, eran antológicas. Y un día, sucedió lo inevitable. La Academia vino a jugar a nuestra ciudad. En el noticiero deportivo, del mediodía, mostraron la llegada del equipo de Avellaneda. Y de repente, percibí un rostro familiar. Mascullé.

  • No puede ser. Ese angelito es mi alumno.

Al día siguiente, nos confirmó que fue al aeropuerto, a recibir a la delegación. El quid del asunto, no es que haya ido, sino que eran solo dos perdidos –compartían la misma pasión – que agitaban los brazos a lo loco, ante la indiferencia de la plantilla, que estuvieron en el aeropuerto, en aquella fría madrugada asuncena. Al día siguiente, compartió –a todos– la felicidad, de haber visto a sus ídolos.

Ante la avalancha de los más de cuarenta mil fanas argentinos, me acordé de mi ex alumno. Debe estar de plácemes. Disfrutando como nunca el título, merecido de Racing, que ahora sí, es un club ganador. Recapitulo, siempre lo fue y no me di cuenta. Su gente –sufrida y seguidora- lo ha demostrado, en especial, en tiempos de sequía pertinaz. Fácil es querer un club ganador; difícil, de equipos que no ganan ni la copa del perro. De ahí, el asombro de los asuncenos por las historias de lo más variopintas de los hinchas racinguistas.

DOS

Costas es un técnico muy querido en los países que ha dirigido: Colombia, Perú, Paraguay y Ecuador. Increíblemente, o no tanto, en su país es infravalorado. Sus equipos siempre han sido ofensivos con pressing constante. Durante la Sudamericana, el equipo exhibió las virtudes de la filosofía del técnico. Confirmó, como lo hizo antes Independiente del Valle o LDU, que la alegría no es solo brasileña. Eliminó en un partidazo al Corinthians, sin renunciar al ataque, ya sea de visitante o local. Lo que no entiendo, es como Racing Club de Avellaneda, no es campeón del torneo argentino. Ha sido superior en rendimiento, en estas copas, a River, Boca Juniors, Talleres y Lanús. Equipos con presupuesto mayores, pero sin un proyecto claro, ni identidad. Derribando el paradigma.

  • La plata es lo más importante.

Lo esencial es el proyecto y sostenerlo. Cruzeiro, eligió a Diniz, debe darle el respaldo necesario, si es que desea ganar algo.

Gustavo, un hombre humilde, no parece argentino, dijo un periodista, en cierta ocasión. Y no le faltaba razón. Imposible no conmoverse con el hombre. Como jugador, vivió las peores épocas racinguistas y siempre se mantuvo fiel. Gustavo Adolfo Costas Makeira ha quedado en la historia del club. Se lo merece, aparte es un muy buen tipo.

TRES

Una marea celeste y blanca inundó la ciudad. El calor infernal – con temperaturas mayores a 35 grados – no los amilanó. En menor medida, vino la marea azul. El Shopping más cheto de Asunción, fue testigo de los cánticos y la alegría de las hinchadas. La Costanera, albergó a otra gran parte. Sin incidente alguno. En el centro histórico, compartieron ambas fanaticadas, incluso la carrera vosa. Era la medianoche, no importaba. Varios, vinieron sin permiso en el laburo, para ver la consagración. Muchos a dedo; otros, en su vehículo, sin entradas. Sin un peso partido por la mitad. Pero conscientes de que era un momento histórico. Tenían que ser testigos, para contarles a sus hijos, nietos y amistades. Las redes se inundaron, con los agradecimientos de los porteños por el trato de los anfitriones. 

  • “Vine a la casa de la mama de la pareja de mi primo. Somos siete y no nos dejan ni comprar comida, ni usar nuestras toallas. Es impresionante”.
  • “En las calles nos gritan: Vamos Racing”
  • “En los kioskos nos hablan con respeto y cariño”
  • “En la casa del cuñado de mi primo hicieron un asado de bienvenida para 17 personas, solo porque veníamos nosotros”.

Los paraguayos demostrando la mejor cara del país. Ahora mientras escribo, cae la noche. La noche se vestirá de celeste y blanco, hasta altas horas de la madrugada. Y también el recordado David Fretes está de fiesta.

Felicidades campeón. 

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Copa Sudamericana 2024

Según la última encuesta del IEP sigue creciendo la gente que descree de la política y que engrosará el ejército de votantes antisistema, más allá de su filiación ideológica.

Así, entre noviembre del año pasado y noviembre de este año, la gente a la que le interesa nada la política ha crecido de 21 a 35%, catorce puntos, una diferencia significativa y crucial. A la que le interesa poco ha disminuido de 35 a 28%, pero sumando ambas, la gente que le interesa poco a nada la política era el 56% de la ciudadanía a fines del 2023; hoy es el 63%.

La gente de centroderecha se contenta con los resultados de autoidentificación ideológica, que en esta misma encuesta muestran un predominio de este sector (izquierda 25%, centro 39% y derecha 36%), y creen que está la cancha inclinada su favor.

Sin embargo, la gente que mayoritariamente dice que le interesa poco o nada la política va a votar no por su identidad ideológica sino por su estado de ánimo, claramente disidente del statu quo, y harto de las cosas como están funcionando.

En esa medida, crecerán las opciones radicales disruptivas, que en este momento casi monopolizan los candidatos de la izquierda (Antauro Humala, Guido Bellido, Aníbal Torres, en alguna medida Verónika Mendoza, quien inteligentemente ha radicalizado su discurso).

La única forma de romper esta tendencia es que la centroderecha perfile sus respectivas candidaturas como radicales y disruptivas, críticas al extremo del establishment boluartiano, del fujimorismo predominante y logren confirmar alianzas novedosas y atractivas al electorado.

Si de acá a abril del 2026 eso no ocurre, el camino está empedrado para una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y un candidato de izquierda, o, inclusive, entre dos candidatos de izquierda. El malhumor ciudadano pesará más a la de hora acercarse a las urnas que la eventual identidad ideológica del votante. El 2026 predominará la irritación, la cólera anidada y contenida de años de mediocridad y desvergüenza exhibidos por el régimen de Boluarte, de la mano de un Congreso tan deslegitimado como ella, y al que la gente aborrece sin distinción.

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encuestas IEP, Keiko Fujimori

[La columna deca(n)dente] En la tragicómica ópera del Congreso peruano, Eduardo Salhuana, presidente del Parlamento, se luce con una joya discursiva que reinventa el derecho en clave de absurdo: “Nicanor Boluarte tiene derecho a preservar su libertad”. Con una mezcla de ternura familiar y audacia legalista, Salhuana ha conseguido lo que parecía imposible: resignificar conceptos tan básicos como justicia, prófugo y libertad. Según su novedosa lógica, “preservar la libertad” no es más que desaparecer oportunamente cuando un juez dicta prisión preventiva. Así nace un principio digno de figurar en manuales alternativos de derecho: la fuga precautoria.

El caso de Nicanor Boluarte, hermano de la presidenta Dina Boluarte, ilustra esta filosofía con notable precisión. Ante los 36 meses de prisión preventiva dictados por el juez Richard Concepción Carhuancho, Boluarte escogió el camino más práctico: convertirse en “no habido”. En el Perú, esta condición no es un signo de deshonra, sino casi un reconocimiento simbólico, comparable a una medalla al mérito. En un país donde los prófugos pueden llegar a convertirse en referentes mediáticos, la desaparición estratégica es vista, en ciertos círculos, como una demostración de astucia más que de culpa. ¿Y qué mejor manera de preservar la libertad que ausentarse justo cuando intentan quitártela?

Para Salhuana, lejos de ser una anomalía, este acto es una brillante demostración de derechos democráticos. Si el Congreso protege a sus propios integrantes frente a la justicia, ¿cómo no extender esa inmunidad tácita al primer hermano de la nación? Negar este privilegio sería, en su lógica, una forma inaceptable de discriminación. Su razonamiento, por supuesto, abre un fascinante precedente. Si aplicáramos esta filosofía de manera universal, todos los ciudadanos que enfrentan prisión preventiva deberían inspirarse en Boluarte y “preservar su libertad” desde algún paraíso remoto. Pero, claro, no todos cuentan con un Congreso tan hábil en las piruetas verbales para justificar lo injustificable.

Mientras el Parlamento ejecuta su espectáculo, Dina Boluarte, presidenta de la República, no se queda atrás. En una declaración que parece destinada a las antologías del disparate político, afirmó: “Está ciega la justicia, le vamos a quitar la venda”. La frase, cargada de literalidad, propone una solución que, a primera vista, parece revolucionaria: despojar a la Justicia de su venda para que identifique sin ambigüedades a los corruptos. ¿Quién necesita la venda cuando los sospechosos están a la vista? A este ritmo, Boluarte bien podría sugerir eliminar otros símbolos arcaicos, como la balanza, y reemplazarla por una calculadora para presupuestos o un cuchillo de cocina, más útil para las licitaciones creativas y los ajustes morales que caracterizan su gobierno.

Sin embargo, esta metáfora presidencial no solo revela un desconocimiento simbólico preocupante, sino también una gestión que parece ciega ante las demandas sociales y éticas del país. Si quitar la venda a la estatua es la solución, ¿qué hacemos con el peso de la balanza o el filo de la espada? Boluarte parece ignorar que la venda no es un problema, sino un símbolo de imparcialidad; al sugerir retirarla, proyecta una gestión incapaz de abordar la corrupción sistémica que carcome al país.

Estos episodios, entre el absurdo y el cinismo, son elocuentes recordatorios de por qué Perú necesita líderes que sepan gobernar y no solo malabaristas del discurso. La ironía no puede pasar desapercibida: mientras la estatua de la Justicia, despeinada y resignada, espera que alguien le devuelva su dignidad, el país sigue atrapado en una tragicomedia política, donde preservar la libertad parece significar huir, y buscar justicia equivale a quitarle la venda al símbolo de la imparcialidad.

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