Opinión

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] No sé de qué escribir esta mañana. Obviamente la campaña electoral me da vueltas a la cabeza desde que abro los ojos, bien temprano, como me gusta. Lo primero que veo en mi computadora son las redes, las tendencias, las encuestas, truchas, o más o menos sinceras. Las opiniones de los candidatos, de la gente, los insultos de los troles. Y otras novedades más, como la inteligencia artificial en campaña, con diversos personajes convertidos en animalitos, héroes de la ciencia ficción, diversas mascotas, y un largo etc.

También está, cómo no el insulto descarnado, la guerra de los troles, o la rebelión en la granja de los troles. La diatriba de improperios carece de la mínima censura. Son del más grueso calibre y aunque algunos intentan ser imaginativos, pocas veces coronan sus esfuerzos con el éxito.

También están el tema del sistema electoral, creado para que los mismos de siempre se queden, como siempre, en el poder. La fórmula es fácil: desagregar el voto entre la inverosímil suma de 36 partidos postulantes y colocar una valla electoral bien alta. De esta manera, ante tanta dispersión, alrededor de 30 de los 36 postulantes quedarán fuera, pero el tema no queda allí.

Los que quedan, que suelen ser los más fuertes, los que tienen más poder, los que ya están en el Congreso, se reparten todo lo que pierden quienes quedaron debajo de la valla. De esta manera, su representación parlamentaria engorda y engorda, se empodera y se empodera, y podría expresarse muy mayoritariamente en el próximo todopoderoso Senado, que ni el Presidente tendrá facultad de cerrar. Será la institución omnipotente, el verdadero lugar desde el cual se gobernará el Perú desde el 28 de julio venidero hasta que se modifique la Constitución y volvamos a un esquema más equilibrado entre los poderes  Ejecutivo y Legislativo.

El show de las encuestadoras es tema aparte: IPSOS y DATUM parecen conformar una dupla que apunta en cierto sentido, y siempre se trata de  la misma dirección, CPI e IEP apuntan hacia otro lugar. Los resultados entre estos dos bloques de encuestadoras no son “taan” diferentes pero sí al punto de que IPSOS nos presenta un congreso cuasi monoideológico y con apenas cuatro fuerzas representadas, mientras que con la muestra de CPI podría esperarse un parlamento con posibilidades de abarcar todo el espectro ideológico, en otras palabras, más representativo.

Esto último molestará a algunos. Hace rato que no estamos en tiempos de democracia, sino de imposición. El cambio de reglas electorales así nos lo muestra y se hace más palpable cuando estamos a punto de aplicar sus múltiples modificaciones a la medida de ciertos grupos de interés muy precisos.

No, no estoy apoyando a la izquierda al escribir estas líneas. Lo que pasa es que en estos tiempos de polarización no se le entiende a alguien que habla con criterios y valores del siglo XX. Hace poco escuché una conferencia de Luis Bedoya de hace 40 años, referente ineludible de la derecha peruana durante más de medio siglo. Si le haces escuchar las palabras del “Tucán” a un desprevenido de la derecha contemporánea lo trataría de caviar, rojete, rábano, entre otros mil epítetos. No era nada de eso: era demócrata y bien liberal, y expresó en su discurso que todos los sectores de la sociedad, y que todas las ideologías, debían tener representación parlamentaria y aprender a alcanzar acuerdos en beneficio del país.

En esa línea apuntamos, esta es la utopía en la que creemos en pleno siglo XXI de Donald Trump e Irene Montero, para mí igual de radicales. Soy, pues, un demócrata vintage, pero además un utopista de la Nación, de la República, de la Democracia, del servicio público bien entendido y del rol del Estado como la conquista del bien común, a través de sus servicios, a favor de la sociedad. No sé si suene boomer, pero a mí me sigue sonando bien.

[OPINIÓN] En el tramo final de este aciago proceso electorero, en el que se han combinado vicios antiguos de la politiquería local -ataques arteros, alianzas oportunistas, cartelones ridículos- con vicios modernos -la incorporación de la IA para generar spots que van de lo abiertamente difamador a lo divertido- llegamos a la conclusión de que, como dijo en uno de sus últimos podcasts César Hildebrandt, debieron ser solo ocho candidatos como máximo porque los demás están demás.

Ya estamos, luego de varios meses de idas y vueltas, de negociaciones y tachas, de terruqueos y especulaciones, a siete días. El panorama es más impredecible que nunca, a pesar de que las tendencias permitan a analistas de datos y expertos en la lectura de encuestas ofrecer pronósticos, los cuales a menudo se sazonan con sus respectivos sesgos y preferencias.

El próximo domingo 12 de abril, aun en estas condiciones tan precarias, será un día en el que se consagrará uno de los ejercicios democráticos fundamentales. Salir a votar sigue siendo una responsabilidad, un deber penoso que, a un tiempo, es un derecho, quizás el más importante de todos, el de expresar una voluntad frente al cambio de gobierno.

Lastimosamente, como se viene demostrando desde hace varios lustros, esa voluntad colectiva no representa ni se acerca al sentir del país en su conjunto. Muchos factores confluyen para ello, desde el tradicional ausentismo que ni siquiera las amenazas de multa logran amainar -es un comentario común en las sobremesas, desde que tengo uso de razón, aquello de que “si no fueran obligatorias nadie iría”- hasta la posibilidad de que, en este caso específico, una cantidad indeterminada pero no menor de electores anularán involuntariamente sus votos por las dificultades que encontrarán al recibir las cédulas, confusas, largas, de letras y símbolos microscópicos.

La cereza del pastel es, por supuesto, la atomización de votos que precisamente impone esta treintena de opciones. Se trata de una dinámica que ya no es desconocida en el Perú pero que, en esta oportunidad, supera toda medida. Ávidos de poder, hinchados de ego, hombres y mujeres que debieron conformar un frente común en contra de lo que hoy (casi) todos consideramos un pacto mafioso se dispararon en candidaturas individuales con símbolos nuevos, muchos de los cuales nadie será capaz de ubicar ni antes ni después del 12 de abril. Esas candidaturas estaban condenadas a pasar desapercibidas.

Es cierto que dos o hasta tres de ellas actualmente se ubican en posición expectante en el tramo final. Pero eso no hace más que confirmar la crítica pues habría sido mucho mejor que esos dos fuesen una sola fuerza, aglutinando en torno de la idea de la decencia versus la corrupción a la suma de aquellos votantes que, este domingo, viven el sueño de ser muy diferentes entre sí, en una infértil discusión que, lejos de expresar una diferenciación político-ideológica, lo que hace es demostrar la presencia de intereses sectarios. Si estaba tan claro que “el enemigo está al frente” ¿por qué no se unieron todos para combatirlo?

Por supuesto que no, a siete días de la votación, ya no hay nada que hacer. Este desmadre es lo que hay y, en ese sentido, el ejercicio de reflexión se convierte en una catarsis igual de inservible que el objeto que la provoca. Hacer cálculos, votos útiles o estratégicos, definir micro posturas por lealtad, terquedad o simple deseo de dar la contra. Y cruzar los dedos.

Porque ya no solo basta pensar en solicitar endoses y apoyos masivos para quien pase a segunda vuelta con Fujimori o con López Aliaga. Porque ese también podría ser un gran problema (¿Álvarez? ¿Sánchez?). O porque la segunda vuelta podría ser entre lo naranja y lo celeste, lo cual equivaldría a decidir si el país va a suicidarse lanzándose desde el balcón o desde la ventana de atrás del edificio. En su última semana, con debates agotados y encuestas prohibidas, el proceso de elecciones generales 2026, el octavo en el que participo como votantes, deja a los verdaderos peruanos de bien sin saber por quién votar.

[CIUDADANO DE A PIE] Lo advertimos en este medio meses atrás: las encuestas electorales pueden deformar la realidad tanto o más de lo que pretenden reflejarla. https://sudaca.pe/noticia/opinion/jorge-velasquez-terrorismo-de-encuestas/

Las encuestas de IEP para La República y CIT para Expreso ya habían hecho un favor involuntario al debate público peruano: confirmar, con la fuerza de los hechos, lo que hace semanas sostuvimos en esta misma tribuna bajo el nombre de “Terrorismo de encuestas”. No hace falta que una de ellas esté “cocinada” y la otra no. No hace falta descubrir una mano negra, una manipulación conspirativa de cifras y datos o un fraude descarado. Basta algo más simple y, por eso mismo, más inquietante: que dos mediciones presumiblemente honestas, levantadas casi en los mismos días, nos devolvieran “fotografías del momento” tan distintas de las preferencias del electorado que uno ya no termina preguntándose cuál de las dos dice la verdad, sino si alguna de ellas está realmente en condiciones de hacerlo.

El IEP, en su medición telefónica nacional realizada entre el 28 y el 31 de marzo con 1203 entrevistas, puso a Keiko Fujimori en 10%, a Rafael López Aliaga en 8,7%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Alfonso López Chau en 6,3% y a Jorge Nieto en 5,4%, con un dato todavía más elocuente que todos esos nombres: un 30% que no elegía a nadie. La encuesta de CIT, presentada como simulacro presidencial sobre una base de 1500 encuestados, dibuja otra escena: López Aliaga 13%, Keiko 11%, López Chau 8%, Acuña 6,5%, Álvarez 6,1%, Nieto 5,1%, Pérez Tello 4,5%, y un bloque mucho menor de indecisos y blancos. No estamos hablando de diferencias microscópicas ni de simples márgenes de error. Estamos hablando de mapas electorales que, en varios casos, apenas se reconocen entre sí. Candidatos que el IEP hunde, CIT los resucita. Un océano de indecisos que el primero preserva, el segundo lo reduce drásticamente.

Como si esto no fuera suficiente para embrollar la mente de los votantes, la nueva encuesta de Ipsos para Perú21, lejos de corregir el problema, lo agrava. Esta medición coloca a Keiko Fujimori en 13,7%, a Carlos Álvarez en 9,0%, a Rafael López Aliaga en 8,1%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Jorge Nieto en 4,1% y a Alfonso López Chau en apenas 3,3%, con 22% de votos en blanco y 4% de viciados. Una tercera encuesta importante vuelve a movernos el tablero con brusquedad: tres imágenes del mismo tramo de campaña que no solo no se asemejan, sino que directamente se contradicen. La encuesta de Ipsos no hace sino reforzar nuestro argumento porque pone claramente en evidencia que el problema no se reduce a la diferencia entre una encuesta telefónica y otra presencial. Incluso cuando el método se asemeja, los resultados siguen dibujando países electoralmente distintos. En suma, las encuestadoras que pretenden retratar al electorado, delatan al mismo tiempo sus propias serias limitaciones.

Y aquí conviene volver al punto de fondo que desarrollamos en nuestro artículo de diciembre. Las encuestas no son solo instrumentos que registran una realidad; son también procedimientos que la construyen parcialmente, la recortan, la fuerzan y luego la devuelven a la sociedad con “autoridad científica”. Una encuesta telefónica que lee una larga lista de candidatos no mide lo mismo que un simulacro con cédula, donde el elector ve nombres y símbolos y se acerca un poco más al gesto real del voto. La primera deja respirar más la indecisión, la segunda empuja a definirse. La primera registra mejor la vacilación. La segunda fabrica una imagen más compacta del mercado electoral. Y luego vienen los medios, que convierten esos números en una “carrera de caballos” y nos venden como certeza lo que apenas era una aproximación metodológica y provisional.

Eso confirma, además, otro de los argumentos centrales que ya habíamos planteado: el famoso “margen de error” puede convertirse en una magnífica coartada cuando el verdadero problema está en otro lado. El problema no es solo cuánto puede moverse un candidato arriba o abajo dentro de una misma muestra. El problema es qué sectores del país quedan mal capturados, qué tipo de elector responde o no responde, qué modalidad de encuesta presiona más o menos a tomar posición, y qué ocurre en un país fragmentado, desconfiado y emocionalmente herido, donde un gran número de electores decide su voto casi al final. Allí el error ya no es una coma estadística. Allí mandan más el error de cobertura, la volatilidad y el formato de medición que el número llamativo del titular periodístico. En estas condiciones, como lo advertimos antes, las encuestas se asemejan menos a un procedimiento científico sólido y más a una tinka electoral presentada con pretensiones de exactitud.

El propio IEP lo reconoce de manera indirecta cuando admite que “nada está dicho aún” y recuerda que la mitad de los electores decide en la última semana. Ese solo dato debería bastar para bajarles varias revoluciones a los titulares histéricos, a las mesas de análisis que reparten pasajes a segunda vuelta y a los operadores mediáticos que ya andan fabricando “subidas”, “caídas”, “empates técnicos” y “momentos decisivos” como si estuviéramos narrando una etapa del Tour de Francia. Pero no. Lejos de llamar a la prudencia, buena parte del ecosistema mediático hace exactamente lo contrario: convierte una información frágil y movediza en un dispositivo de presión sobre el voto. El ciudadano deja entonces de preguntarse quién propone algo mejor y empieza a preguntarse quién “tiene opción”, quién “se cayó” y a quién “hay que apoyar para que no se desperdicie el voto”. La deliberación cede ante el arrastre. Ese es, precisamente, el mecanismo que convierte las encuestas en instrumentos de condicionamiento subliminal del electorado.

Eso es, precisamente, lo más tóxico del terrorismo de encuestas. No que una encuesta falle ni que otra acierte por casualidad. Ni siquiera que algunas puedan ser manipuladas, cosa que en el Perú no sería ninguna novedad histórica: los Vladivideos de Montesinos son prueba irrefutable de ello. Lo más tóxico es que la repetición incesante de estos números termina sustituyendo una evaluación sopesada de las propuestas (por paupérrimas que sean) por el consumo ansioso de posiciones en el tablero. Los candidatos dejan de ser valorados tanto como portadores de programas como por sus limitaciones, y pasan a ser acciones que suben o bajan. El elector no actúa más como ciudadano políticamente responsable de nuestro futuro colectivo, sino como un apostador nervioso que vota por cálculo, miedo, moda o resignación.

Lo ocurrido ahora entre IEP, CIT e Ipsos debería servirnos como la última advertencia. No para ignorar todas las encuestas, pero sí para devolverlas a su sitio: el de instrumentos precarios, limitados, útiles a veces para detectar tendencias generales, pero incapaces de merecer la obediencia mental que hoy se les rinde. Que una encuesta ponga a Roberto Sánchez tercero y otra lo hunda; que una muestre a Acuña casi irrelevante y otra lo reviva; que una mantenga un océano de indecisos y otra lo reduzca drásticamente, no demuestra solo que el electorado es volátil. Demuestra también que las encuestas describen tanto o más sus propios métodos que la voluntad popular que pretenden retratar. Y cuando eso ocurre, la prudencia no está de más.

Aparecerán aún en los próximos días —incluso más allá del límite legal establecido— nuevas mediciones, nuevos porcentajes, nuevas “sorpresas” y, con ellos, una dosis suplementaria de confusión. Cada comando partidario buscará usar el número que más le conviene para inflar entusiasmo o sembrar desaliento. Y mientras tanto, lo verdaderamente importante —qué propone cada candidato para enfrentar la delincuencia, el crimen organizado, la corrupción, la economía ilegal y la degradación democrática del país— seguirá siendo ignorado.

La conclusión de todo esto puede sonar simple: las encuestas pueden informar algo, sí, pero también pueden deformar mucho. Pueden orientar, pero también pueden intimidar. Pueden sugerir tendencias, pero también pueden secuestrar el juicio ciudadano si les entregamos más autoridad de la que merecen. Mejor haríamos en tomarnos un tiempo para leer propuestas, comparar planes, examinar trayectorias, distinguir entre demagogia y seriedad. Votemos con la única consigna patriótica de rescatar nuestro país de la corrupción y el crimen en los que está sumido. Votemos todos el próximo 12 de abril con responsabilidad y amor por el Perú.

[PAUSA ACTIVA]  A dos semanas de las elecciones presidenciales, revisé los planes de gobierno de los candidatos que lideran las encuestas con una pregunta en concreto: ¿qué dicen realmente sobre el trabajo? La respuesta, más que una diversidad de propuestas deja un hallazgo bastante claro: diversos matices que giran en torno a la generación del empleo y lo abordan de manera superficial dejando de lado la necesidad de incorporar políticas que lo conciban como algo más que una simple consecuencia del crecimiento económico.

Keiko Fujimori, por Fuerza Popular, plantea que el incremento del empleo será resultado del crecimiento económico impulsado por la inversión privada. Por su parte, Renovación Popular, liderada por Rafael López Aliaga apuesta por el fortalecimiento del mercado laboral a partir de la dinamización económica, aunque incorporando un componente más social, donde el trabajo se concibe no solo como una herramienta para reducir la pobreza, sino como una herramienta clave para fortalecer la comunidad. Asimismo, y, en una posición muy similar, Alianza para el Progreso de César Acuña promueve el empleo formal principalmente a través de la inversión privada, el emprendimiento y la reactivación económica con el Estado como facilitador.

Un poco más distante, Juntos por el Perú de Roberto Sánchez introduce una mirada más estructural del mercado laboral, poniendo énfasis en problemas como la informalidad, los bajos ingresos y la baja productividad como fallas del propio modelo económico, además de reforzar el rol del Estado en la protección de derechos laborales. País para Todos de Carlos Álvarez, en cambio, adopta un enfoque más pragmático, donde lo central no es solo generar empleo, sino que el crecimiento económico se traduzca en mejoras concretas en el ingreso de las personas.

A su vez, el Partido del Buen Gobierno de Jorge Nieto plantea una visión de centro reformista, donde el trabajo se inserta dentro de un proceso más amplio de modernización del Estado, fortalecimiento institucional y desarrollo productivo. En una línea más técnica, Ahora Nación de Alfonso López Chau incorpora el trabajo dentro de una lógica de desarrollo del capital humano, con énfasis en habilidades, empleabilidad y productividad, incluyendo algunos indicadores vinculados a empleo adecuado, certificación de competencias y mejora de capacidades, especialmente en jóvenes y MYPE.

Es decir, hay matices, hay ideologías varias y hay distintas formas de entender el rol del trabajo en el país. Sin embargo, más allá de esas diferencias, encontramos un patrón que se repite: el trabajo es abordado de manera parcial y, en la mayoría de los casos, indirecta. La mayoría de las propuestas omite observar cómo se trabaja dentro de las empresas, la calidad del empleo desde una perspectiva integral, y reformas laborales concretas. El empleo aparece principalmente como una consecuencia de la economía —si el país crece, habrá más trabajo— en lugar de un sistema que también necesita ser diseñado, gestionado y mejorado.

Esto no significa que no haya elementos rescatables. La formalización laboral, por ejemplo, aparece en distintos enfoques: Fuerza Popular propone simplificar regulaciones para facilitar la formalidad, mientras que Juntos por el Perú la entiende como un problema estructural vinculado al modelo productivo y plantea mayor intervención estatal. También hay un fuerte impulso al emprendimiento, especialmente en Fuerza Popular, Renovación Popular y Alianza para el Progreso, algo coherente con la realidad peruana, donde el autoempleo es predominante. País para Todos pone el foco en que el crecimiento económico se refleje en ingresos reales para las personas, el Partido del Buen Gobierno aporta una mirada desde la reforma del Estado y la meritocracia, y, en menor medida, Ahora Nación introduce elementos vinculados a empleabilidad, productividad, certificación de competencias y adecuación entre educación y trabajo.

Sin embargo, incluso en los planes más desarrollados, el foco sigue estando en el acceso al empleo —capacitación, formalización o ingresos— más que en la experiencia del trabajo. Cuando se revisa con mayor detalle, quedan fuera temas clave como la productividad laboral a nivel organizacional, la calidad del empleo en términos de desarrollo de carrera, la gestión del talento dentro de las empresas o las brechas específicas de habilidades en el día a día del trabajo. En otras palabras, se habla bastante de cómo generar empleo, pero muy poco de cómo mejorar el trabajo.

Y ahí es donde aparece una oportunidad importante. Si el objetivo es realmente elevar las condiciones laborales en el Perú, la conversación debería incluir aspectos más concretos: cómo medir y mejorar la productividad del trabajador, cómo asegurar procesos de formación continua que eviten la obsolescencia laboral, cómo incentivar a las empresas a ofrecer no solo empleo formal, sino empleo de calidad, cómo intervenir en la gestión del trabajo en las micro y pequeñas empresas —donde se concentra la mayor parte de la fuerza laboral— y cómo generar mayor transparencia en el mercado laboral para que las personas puedan tomar mejores decisiones sobre su desarrollo profesional. Esto no reemplaza la necesidad de crecimiento económico, pero sí la complementa desde un ángulo que hoy está ausente: el día a día del trabajo.

Al final, los planes de gobierno no discrepan tanto en el objetivo —más empleo— sino en el camino para lograrlo. Sin embargo, comparten una omisión relevante: la falta de una mirada directa e integral sobre la calidad del trabajo. En un país donde la mayoría de las personas trabaja en condiciones precarias, informales o de subempleo, el desafío no es solo generar empleo, sino mejorar el trabajo que ya existe. Y esa sigue siendo, en gran medida, una conversación pendiente.

[Música Maestro] Muchas veces me he preguntado por qué en nuestro país, a diferencia de otros de la región como México, Argentina, Colombia o Brasil, las expresiones nacionales de música popular no forman parte de la educación emocional de las grandes mayorías, por lo menos en Lima.

Y aunque he logrado ensayar varias respuestas que redundan siempre en lo mismo -el racismo, la autodiscriminación, el “síndrome colonial” como diría Manuelcha Prado, el fracaso del sistema educativo-, ninguna logra justificar cómo es que el tiempo ha pasado y nadie mostró algún interés por corregir esa carencia que nos empequeñece como nación.

La autoestima de los países se construye, entre otras cosas, a través de su arte popular, por lo que resulta vergonzoso que, más allá de los homenajes oficiales -los velatorios en el Ministerio de Cultura, los reportajes de cinco minutos por aquí y por allá- y de las genuinas demostraciones de pesar de familiares, colegas, amigos, paisanos y conocedores, tanto los logros en vida como los fallecimientos de verdaderos orgullos nacionales pasen desapercibidos para el gran público.

La música nacional de luto y el público ni enterado

Esta semana fallecieron dos iconos de la música nacional. Por un lado, el acordeonista, guitarrista, cantante y compositor Jorge Núñez del Prado, integrante del legendario dúo Los Campesinos, que dejó este mundo el pasado 11 de marzo a los 89 años. Un folklorista de primera a quien, como mencionó en una columna el jurista Ronald Gamarra -probablemente el único opinólogo de Lima que se tomó el trabajo de hablar de su trayectoria, en el semanario Hildebrandt en sus Trece- será llorado y bailado a la vez este julio, en las fiestas de su querida Paucartambo (Cusco), con las procesiones y los saqras colgados de las ventanas, musicalizando las comparsas con sus alegres huaynos y carnavales.

Y el segundo fue este fin de semana, el sábado 28 de marzo, una luminaria de la guitarra criolla, un innovador que destacó como compositor, arreglista y acompañante de destacadas figuras de la música, no solo en el Perú sino también en muchos otros países, particularmente en Argentina, al que consideraba su segunda patria.

A diferencia de don Jorge, que era un artista de puertas para adentro, conocidísimo en su región pero anónimo en Lima, especialmente para las nuevas generaciones; Lucho González Cárpena abrió su panorama artístico casi de manera involuntaria, desde niño -vivió en Buenos Aires hasta los 16 años- y desarrolló su exitosa carrera musical entre valses, marineras, chacareras y zambas. Falleció a los 79 años y, aunque hablaba con dejo argentino, a raíz de su niñez transcurrida allá, cuando tocaba era el Perú lo que brotaba de sus virtuosos dedos.

De Chabuca Granda a Mercedes Sosa

A Lucho González la música criolla le venía de familia. Su padre Javier era uno de los integrantes de Los Trovadores del Perú, uno de los conjuntos más importantes del periodo dorado del folklore costeño. Aprendió a tocar desde muy pequeño y se puso a estudiar de forma empírica. Aunque había nacido en Lima, antes de cumplir seis meses de vida su familia se instaló en la capital argentina, donde creció su amor por la música.

Cuentan que muchos artistas, entre peruanos y argentinos, visitaban a su padre, así como importantes políticos apristas exiliados durante el gobierno de la junta militar, lo que permite concluir que don Javier, a quien recordamos por su interpretación de 1945 del conocido vals Provinciano de Laureano Martínez Smart (1903-1964) -que en los setenta hiciera suya Luis Abanto Morales, agregándole el artículo “El” delante en el título- o el clásico de Pinglo, Mendicidad– simpatizaba, como muchos en esa época, con los ideales hayistas.

De regreso en Lima, Lucho conoció a los 21 años a Chabuca Granda, en ese entonces en su periodo más político, cuando componía canciones dedicadas al gobierno revolucionario de las fuerzas armadas de Velasco y a la gesta poética y de lucha social de Javier Heraud. Previamente, había grabado un LP con la reina y señora de la canción criolla, Jesús Vásquez, titulado A mi Perú cariñosamente (Sono Radio, 1971), con composiciones de Augusto Polo Campos, Mario Cavagnaro, entre otros. En ese histórico vinilo, González aparece en los créditos como responsable de bajos y guitarras.

El sexto álbum de la compositora de La flor de la canela, Paso de vencedores (Sono Radio, 1974), que contiene canciones como el tema-título, el sugerente landó Cardo o ceniza o la trilogía inspirada en el joven vate autor de El río –La herida oscura, Las flores buenas de Javier, El fusil del poeta– lleva como subtítulo “… con las guitarras de don Lucho González” y cuentan con sus arreglos y primera guitarra. Un lujo que todo peruano debería conocer.

Durante sus giras con Granda, González recorrió toda Hispanoamérica. Su relación concluyó ese mismo 1974, en que decidió irse a España para refinar sus estudios en composición y armonía. En esa época trabajó al lado de grandes nombres de la escena española, entre ellos la bolerista María Dolores Pradera, el cantautor argentino Alberto Cortez y la pareja Ana Belén y Víctor Manuel San José. Dos años después, recibió una llamada que revolucionó su vida artística. Mercedes Sosa, una de las intérpretes fundamentales del folklore argentino y la trova latinoamericana, lo invitó a unirse a su grupo para giras internacionales.

Carrera en Argentina: El trío

La experiencia junto a “La Negra” reforzó sus conexiones con el país en el que había crecido. De tal manera que, para inicios de los años ochenta Lucho González desapareció del radar de la música peruana casi por completo, salvo apariciones en grabaciones esporádicas y conciertos durante sus visitas al país, que han venido siendo recordadas por sus colegas en los días siguientes a su fallecimiento. En contraposición a ello, se convirtió en protagonista de un movimiento musical rioplatense que decidió combinar las raíces de su folklore con sonidos nuevos extraídos del jazz y el bossa nova.

En esa línea, es notable su alianza artística con una de las figuras más relevantes de la escena musical argentina, el pianista, compositor y productor Lito Vitale, de amplia versatilidad pues se ha movido desde siempre entre el jazz, el tango, el folklore, el rock y la música sinfónica, además de promover a artistas interesados en hacer avanzar las fusiones a través del sello discográfico Ciclo 3, que fundó con su madre Esther. En 1984 vio la luz el primer trabajo de ambos, acompañados del quenista Jorge Cumbo, uno de los integrantes de Urubamba, conjunto folklórico célebre por grabar con Paul Simon una de sus versiones de El cóndor pasa.

Simplemente conocidos como El Trío, Vitale, González y Cumbo produjeron una genialidad en la que brillan los tres instrumentistas con composiciones propias en ritmos típicos argentinos -zambas, chacareras- como Vidala del cuculí (Vitale), además de una exquisita versión de Alfonsina y el mar, composición entrañable de Ariel Ramírez y Félix Luna, inspirada en el drama suicida de la poeta modernista Alfonsina Storni (1892-1938) que acabó con su vida lanzándose al Mar del Plata, canción que Mercedes Sosa inmortalizara en su LP Mujeres argentinas (1969).

En aquel célebre disco de carátula verde acuarela con los nombres de los tres músicos en la parte superior y un texto de presentación a mano alzada, destaca Huayno-T, escrita por Jorge Cumbo, fallecido en el 2021; y dos temas originales de González, Antarqui y Zamba antara. Posteriormente, entre 1985-1987, Cumbo fue reemplazado por el saxofonista/quenista Bernardo Baraj, para dos álbumes más en la misma línea. Muchos años más tarde, González y Vitale volvieron a juntarse, esta vez con el reconocido vientista Rubén “El Mono” Izarrualde, para grabar un extraordinario CD titulado Cuando el río suena (1997).

Regreso al Perú con Los Hijos del Sol

El nombre de Lucho González volvió a sonar en el Perú en 1988, cuando apareció como uno de los integrantes y líderes de un proyecto musical armado por el producto peruano radicado en Miami, Ricardo Ghibellini. La visión del empresario y publicista fue reunir en un grupo a talentosos instrumentistas peruanos residentes en Estados Unidos para hacer un homenaje a la música de nuestro país.

Gracias a su amistad con varios de ellos, Ghibellini logró reunir en 1987 al connotado baterista Alex Acuña -famoso como miembro del grupo norteamericano de jazz-rock Weather Report- con los hermanos Ramón y Óscar Stagnaro (guitarra y bajo, respectivamente), con quienes coincidía todo el tiempo en sesiones de grabación. A ellos se unieron otros músicos destacados, entre ellos González quien asumió, junto a Acuña, la dirección musical del conjunto, bautizado como Los Hijos del Sol.

Para el rol de cantante escogieron nada menos que a Eva Ayllón, por entonces muy popular en el circuito de peñas criollas, en lo que sería su primer trabajo discográfico de perfil internacional. La producción, lanzada solo en formato de cassette y con dos videoclips de apoyo para las canciones El tamalito -escrita por Andrés Soto- y la salsa Ánimo y aliento, coescrita entre Acuña y González-, incluyó también una composición original de González, el instrumental Rumbeando al norte. La llegada de Los Hijos del Sol fue todo un acontecimiento cultural en el Perú de finales de los ochenta. El grupo se reunió para ofrecer dos conciertos en el Teatro Municipal, en 1989.

Los jóvenes públicos masivos de esa época no conocían la trayectoria de Lucho González y esta producción de Los Hijos del Sol lo puso delante de ojos y oídos nuevos -algo que también ocurrió, por supuesto, con los Stagnaro y Acuña-, a pesar de haber interactuado con algunos de los mejores músicos de la región. A partir de este trabajo con Los Hijos del Sol, la relación del eximio guitarrista con su país natal se reinició y se mantuvo sólida, lo mismo que su recargada agenda de grabaciones, proyectos musicales y conciertos, tanto en el Perú como en el extranjero.

Un guitarrista admirado

“Lucho González fue uno de los amores de mi vida. Una persona entrañable, artista apasionado y maestro bien dotado con el don de la música”, escribió Fito Páez en sus redes sociales, cuando se enteró de su fallecimiento. Pocos lo saben -aunque se ha mencionado en más de una de esas notas cortitas que suelen publicar los medios convencionales cuando un artista muere- pero González colaboró con su experta guitarra criolla en la grabación de dos canciones en las que el rosarino explora nuestra marinera.

La primera se llamó Detrás del muro de los lamentos, del exitoso álbum El amor después del amor (1992), donde incluso hizo los arreglos. Y la segunda fue Tu sonrisa inolvidable, un par de álbumes después, en Abre (1999), el mismo disco en el que aparecieron temas como Al lado del camino o Dos en la ciudad. “Tuve la suerte de verlo en acción. De tocar con él y verlo inventar riffs inextinguibles para esas canciones”, lo recuerda Fito en esta sentida despedida.

González, junto con Félix Casaverde, Ramón Stagnaro y Víctor “Coco” Salazar, encabeza a esa generación de guitarristas criollos que decidieron ir más allá del toque tradicional, inspirados en las innovaciones y patrones rítmicos de Carlos Hayre (1932-2012). los cuatro grabaron una versión de nuestro himno nacional, el año 1999, para un disco llamado Cuatro guitarras.

En ese sentido, influenció a toda una nueva hornada de guitarristas entre los que destacan Ernesto Hermoza y Yuri Juárez. Este último -alumno suyo en la academia que fundó en los sesenta con el también guitarrista Alejandro Palma exintegrante del grupo de rock Los Kreps-, también de amplia trayectoria en el cultivo de la nueva música criolla, de sonidos cosmopolitas y sofisticados, lamentó la muerte de González con un sentido mensaje por sus redes sociales. “Escuchándolo me enamoré del bordón, del arpegio, del golpe y del silencio con enjundia y la elegancia de sus canciones”.

También en 1999, fue invitado por el argentino Luis Salinas para un recital que compartieron con el español José Fernández Torres, más conocido como “Tomatito”. Allí, nuestro compatriota se luce interactuando con dos ídolos de la guitarra acústica contemporánea, aportando sus conocimientos de música criolla, negra y argentina con los escapes de jazz y tango de Salinas y el explosivo flamenco de Tomatito. Un disco indispensable para quienes disfrutan de la buena música tocada de manera orgánica, sin más adornos que el talento, la inventiva y la experiencia de manos curtidas en miles de recitales y ensayos, atrapando a los espíritus de la inspiración.

De jaranas, chacareras y trovas

El toque criollo de guitarra peruana es resultado de una maravillosa evolución artística que transformó a este popular instrumento de cuerdas -que llegó desde España con la Colonia- en sinónimo de nuestra identidad nacional. El sonido de Lucho González recogió, quizás mejor que ninguno otro de su generación, ese salero criollo y lo combinó con una gama de estilos provenientes de Argentina que guardan diversas similitudes con nuestras marineras y tonderos, haciendo de los bordones y trinos sus herramientas fundamentales.

Si Óscar Avilés, Alberto Urquizo y Pepe Torres representan el toque criollo tradicional, Lucho González y otros ya mencionados -Carlos Hayre, Félix Casaverde o Álvaro Lagos, el último de los que trabajó con Chabuca Granda, fallecido en el 2019- concibieron una forma innovadora y auténtica de modernizar ese repique sin caer en el disfuerzo o la fusión sin planificación.

No importa si uno lo escucha junto a Willy Terry, haciendo figuras criollas propias de una jarana de la Guardia Vieja o en alguno de los tantos discos que grabó con la cantautora peruana Carmina Cannavino (1962-2022), que desarrolló su carrera entre México, Argentina y Perú, en que su guitarra suena más sofisticada, su estilo es reconocible de inmediato, como quedó demostrado en su único disco en solitario, Esta parte del camino (EPSA, 2001).

Una de sus últimas producciones discográficas se llamó Coincidencias (2012), a dúo con una leyenda del rock argentino, Leo Sujatovich, quien alternara en álbumes clásicos como Porsuigieco (1976) cuando apenas tenía 16 años y fue uno de los principales colaboradores de Luis Alberto Spinetta, en los últimos discos de su proyecto de jazz-rock melódico Spinetta Jade -Los niños que escriben en el cielo (1981) y Bajo Belgrano (1983). En el álbum, Sujatovich y González exploran el tango moderno con composiciones propias así como de Astor Piazzolla y Pedro Aznar.

 

[OPINIÓN] Carlos Álvarez ha vivido —y bien— de mirar a los demás desde arriba del escenario. Durante más de treinta años convirtió la política en materia prima: imitó, ridiculizó, exageró y cobró por hacerlo. No es poca cosa. Tiene talento, tiene oficio, tiene timing. Y como suele ocurrir, más de un político lo usó con entusiasmo para golpear a otros. Un intercambio simple y conocido: tú haces reír, yo saco provecho.

Ese fue su terreno. La televisión.

El problema empieza cuando el personaje decide mudarse del sketch a la realidad. Cuando el payaso baja del escenario y pretende dirigir la función.

En lo que va de su aventura electoral, no hay mucho que rescatar. No hay propuesta seria, no hay estructura, no hay equipo visible. Solo frases de catálogo: seguridad, pena de muerte, niños con hambre. Lo básico, lo obvio, lo que cualquiera puede decir en cualquier rincón del tercer mundo sin haber pensado demasiado. Todo enmarcado en una puesta en escena doméstica y cargada, más cercana al set de Mirtha Legrand que al país real.

Y entonces aparece su último mensaje. Decide confrontar al amigo Aldo Mariátegui por una pequeña  columna en Perú21. Podía discrepar, en la misma medida, claro. Era lo razonable. Pero optó por lo otro: la furia, la mueca, la sobreactuación. Un tono entre resentido y grosero, lleno de referencias a “la gentita”, riquezas ajenas y nombres famosos en una especie de mensaje a la nación, que no aporta nada.

Más que una respuesta, fue un número.

Y ahí está el problema. No es que critique, es cómo lo hace. Porque en ese momento vuelve el oficio: el gesto exagerado, la caricatura, el golpe fácil. Solo que esta vez no hay libreto ni risas enlatadas. Hay una pretensión de poder.

Y eso cambia todo.

La política admite errores, admite incluso torpezas. Lo que no admite tan fácilmente es la superficialidad como método. Álvarez sigue siendo eficaz en lo suyo: provocar, imitar, burlarse. Pero gobernar es otra cosa.

El desgaste ya está ocurriendo. Después de jugar a ser candidato, no se puede volver al mismo lugar sin costo. El público cambia de mirada. El personaje pierde la magia.

Pobre payaso. Charlie Rivel escribió sus memorias con ese título porque entendía que serlo tiene un costo. Que detrás del número hay una vida entera de oficio, disciplina y algo parecido a la humildad. Álvarez tomó prestado el escenario, pero no esa parte.

Una última opinión, entonces. De un hombre de gracia que quiso ser otra cosa. Y que, al final, no dejó de serlo.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 19 de marzo de este año tuvo lugar la Catholic Prayer for America Gala 2026 (Gala de Oración Católica por América 2026 —entiéndase por América sólo Estados Unidos—) en el hotel Waldorf Astoria (antiguo Hotel Trump) en Washington, D.C., que se inició con un mensaje de vídeo enviado por el cardenal Gerhard Müller, exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Este evento fue organizado por Catholics for Catholics (Católicos por los Católicos), una organización estadounidense sin fines de lucro fundada en 2022. Se presenta como un movimiento católico conservador que busca restaurar la presencia pública de la fe católica en la esfera pública estadounidense, combinando devoción religiosa con un fuerte patriotismo. Su misión principal es inspirar una “nueva ola de catolicismo” y amor por Estados Unidos; educar sobre la doctrina católica y analizar las posiciones de líderes católicos en temas de política pública, legislación y bienestar social; elevar a Cristo a la vida pública estadounidense, sin ocultar la fe; apoyar a quienes defienden la fe católica y los valores tradicionales en la cultura y la política. Ni que decir, se trata de una organización que ha apoyado abiertamente —sin ningún atisbo de vergüenza— al presidente Donald Trump.

Y uno de sus aliados y embajadores, quien también participó con un breve discurso en esta gala ultraconservadora y fue galardonado con el Catholic Champion Award 2026 (Premio Campeón Católico 2026), está Eduardo Verástegui, un actor mexicano que se ha convertido en una figura emblemática para los católicos conservadores del ámbito latinoamericano. El premio se le otorgó por su compromiso en la protección de los niños y la lucha contra la trata de personas, y por su trabajo como productor de la película “Sound of Freedom”, que habría ayudado a visibilizar la crisis de la trata infantil a nivel nacional e internacional.

Sin embargo, aquí es donde comienza el doble rasero, pues el film sensacionaliza el tema al enfocarse en rescates dramáticos en selvas y “carteles extranjeros”, lo que podría dar la impresión errónea de que el tráfico sexual infantil es principalmente un problema que se origina fuera de las fronteras de Estados Unidos, aunque el destino final de consumo de esos niños “de afuera” sean los mismos Estados Unidos. En realidad, el tráfico y la explotación sexual de menores ocurre en todos los países, incluido en los 50 estados del país norteamericano. Dentro de Estados Unidos, la mayoría de los casos de explotación sexual infantil involucran a menores estadounidenses —muchas veces facilitados por conocidos, familiares o a través de Internet—, no sólo víctimas importadas.

Verástegui también ha omitido mencionar posteriormente las acusaciones contra Tim Ballard, fundador de Operation Underground Railroad (OUR) — la organización que inspiró la película—, interpretado por Jim Caviezel en el film. Ballard enfrentó desde finales de 2023 múltiples acusaciones de acoso sexual, agresión sexual y manipulación espiritual por parte de varias mujeres que trabajaron o colaboraron con él en operaciones encubiertas. Si bien estos hechos se conocieron después de realizada la película, Verástegui ha optado por guardar silencio al respecto. De este modo, por esos azares del destino, “Sound of Freedom” termina convirtiéndose en la exaltación heroica de un abusador sexual.

El mismo Eduardo Verástegui ha estado muy cerca de uno de los mayores pederastas de la historia de la Iglesia. A través del sacerdote Juan Gabriel Guerra, integrante de los Legionarios de Cristo, llegó a conocer personalmente al P. Marcial Maciel. el cuál habría facilitado un encuentro del papa Juan Pablo II con el actor mexicano en noviembre de 2004, de lo cual da testimonio una fotografía, donde también se ve al P. Maciel.

Recién el 31 de agosto de 2025, Verástegui haría declaraciones públicas sobre los abusos de Maciel —aun cuando esos abusos ya eran conocidos desde hace años y el actor mexicano habría preferido guardar silencio cómplice—:

«Acabo de ver el documental “El lobo de Dios”. Primero que nada, el título no me gustó. Creo que hubiera sido más honesto llamarlo “El lobo disfrazado de oveja” o, mejor aún, “El lobo del diablo”.

Más allá del título, el documental revela las perversidades de un hombre que hizo un enorme daño a la Iglesia y a muchas víctimas inocentes. Eso hay que decirlo con todas sus letras: fue un criminal y un traidor al Evangelio. El mal debe ser condenado, las víctimas escuchadas y recompensadas, y los culpables investigados, procesados, juzgados y encarcelados».

Verástegui también se ha pronunciado sobre el caso de Jeffrey Epstein, considerando que «es uno de los fracasos morales y criminales más graves de nuestro tiempo. Epstein dirigió una red de abuso sexual sistemático de menores». Ha preguntado públicamente: «¿Quién más de México aparece en la lista de Jeffrey Epstein? Si alguien abusó de un niño, sea quien sea, debe caer». Pero este rasero no aplica cuando quien aparece cientos de veces en la lista de Epstein es Donald Trump, a quien el actor considera su amigo y defiende apasionadamente. «El presidente Donald Trump es el mejor presidente que ha tenido México», publicó el 21 de enero en la red social X.

Verástegui se presenta como parte del movimiento conservador global alineado con Trump (estilo MAGA, Make America Great Again). Lo ve como un líder fuerte contra el “globalismo”, el comunismo, los cárteles y las agendas progresistas. Ha actuado como una especie de puente o “vocero” informal de Trump en círculos latinos y mexicanos conservadores. Sus elogios son abiertos y sin matices negativos hacia Trump; no se le conocen críticas públicas importantes al presidente estadounidense. Ni siquiera ha dicho nada contra las atroces políticas migratorias que atentan contra derechos humanos, sobre todo de los migrantes latinoamericanos, como sí lo han hecho en declaraciones públicas los obispos estadounidenses e incluso el papa León XIV. Verástegui parece seguir en este punto una agenda propia, que no es la de la Iglesia católica.

El día 21 de abril de 2025, cuando murió el papa Francisco, Verástegui publicó este texto. «Hoy despedimos al Papa Francisco. Oremos por el eterno descanso de su alma. Que el Señor lo reciba en su infinita misericordia». Son palabras respetuosas que, sin embargo, no muestran ningún entusiasmo por lo que significó el pontificado del papa argentino. Son palabras muy similares a las que publicó Alejandro Bermúdez, pseudo-periodista expulsado del Sodalicio y furioso detractor de Francisco, quien se considera a sí mismo “amigo” de Verástegui: «Concédele Señor el descanso eterno, y brille para el Papa Francisco la luz perpetua. Descanso eterno conceda a él el Señor, y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz. Amén».

Contrastan estos mensajes con lo que Verástegui publicó el 9 de mayo de 2025: «Dios nos ha regalado un nuevo Pastor: el Papa León XIV. Un hombre de fe, de oración, de servicio, con un corazón profundamente hispano, mariano y profundamente enamorado de Jesucristo y de su Iglesia. La Iglesia vive un momento de gracia. ¡Que viva el Papa León XIV!» Nunca se expresó en términos parecidos del Papa Francisco. Saquen sus conclusiones.

También es conocida su admiración por Mel Gibson, católico ultraderechista que rechaza el Concilio Vaticano II y que ha puesto en duda la legitimidad de los papas posteriores a ese concilio. Verástegui suele mencionar con entusiasmo y gratitud la película de Gibson “The Passion of the Christ” (“La Pasión de Cristo”), la recomienda explícitamente y la usa como ejemplo de cine que defiende la fe sin concesiones. Sin embargo, no tiene en cuenta que esa película se basa mucho más sobre las visiones de la religiosa alemana Anna Katharina Emmerick y sobre leyendas cristianas, que sobre los Evangelios mismos. Si consideramos que esa visiones fueron descartadas en el Vaticano por la Congregación para las Causas de los Santos debido a que no podían considerarse auténticas (cardenal José Saraiva Martins: «las “visiones” […] fueron anotadas, reelaboradas con gran libertad y sin control alguno, por el escritor alemán Clemens Brentano»), y si a eso le sumamos los detalles que fueron inventados por el guionista para sustentar determinadas interpretaciones de la fe, podemos concluir que nos hallamos ante una obra de teología-ficción salpicada de sadismo y espectacularidad sangrienta, y no ante una narración sobria, fiel a la esencia de los Evangelios.

A eso le podemos añadir otras posiciones doctrinales personales muy cuestionables de Verástegui, quien se considera pro-vida por su rechazo al aborto, pero está a favor de la pena de muerte. En un post del 7 de febrero de 2026 en la red social X decía lo siguiente:

«Conclusión católica, clara y honesta

La pena de muerte no ha sido condenada dogmáticamente por la Iglesia.

Fue considerada lícita durante siglos por santos, doctores y el Magisterio. La modificación del Catecismo no es infalible.

Es legítimo afirmar, con respeto y fidelidad a la Tradición, que el Papa pudo haberse equivocado en este punto. Defender esta postura no es herejía, ni desobediencia, ni ruptura con la fe católica. Es, sencillamente, pensar como la Iglesia ha pensado durante dos mil años».

No resistí la tentación de responderle con un post del 9 de febrero de 2026:

«Dogmáticamente la Iglesia tampoco ha condenado la esclavitud, la tortura ni la guerra. Pero la primera fue declarada moralmente ilícita recién en el siglo XIX, y las demás en el siglo XX. ¿Un católico puede estar a favor de la esclavitud, la tortura y la guerra?

Evidentemente, no.

Y tampoco a favor de la pena de muerte, aunque la postura de la Iglesia recién haya cambiado en el siglo XXI.

La Iglesia tuvo esclavos, torturó a “herejes” e inició “guerras santas”.

¿A esos tiempos quieres regresar, Verástegui?»

Si eso le sumamos su evidente homofobia, sus críticas a las luchas legítimas de las mujeres por sus derechos, su oposición al multiculturalismo unida a la discriminación de ciertos grupos poblacionales y su admiración por la cristiandad medieval, parece que efectivamente quisiera regresarnos a épocas superadas del pasado. Y eso es lo que menos necesita una Iglesia católica que ha estado sumida en graves crisis en los últimos tiempos.

[OPINIÓN] El Jurado Nacional de Elecciones ha logrado, con meticulosa organización, recrear en versión electoral lo que la historia ya había advertido: la confusión total. Su propuesta: un debate presidencial con treinta y cinco candidatos, donde cada uno dispone de ocho minutos en total —repartidos entre exposición y réplica— sobre temas que no eligen ellos sino el propio Jurado. Todo ordenado. Todo incomprensible.

El problema no es solo la cantidad, sino el formato. Esos ocho minutos están partidos en dos jornadas separadas por una semana. Cuatro minutos un día, sobre un tema; cuatro la siguiente, sobre otro. Un discurso fragmentado que asegura levedad en lo expuesto y olvido garantizado en quien escucha.

¿Quién puede seguir ese hilo? Nadie. Se le pide al ciudadano retener 35 intervenciones por jornada y reconstruirlas días después, en otro contexto, con otros rivales. No es información, es desgaste.

Para completar el cuadro, el sorteo cambia los cruces cada día. Keiko Fujimori con López Aliaga hoy; Belmont con el Cómico Álvarez mañana. Sin comparación directa, sin contraste, sin debate real. Solo combinaciones aleatorias que convierten el evento en una sucesión de monólogos que, gracias a Dios, duran apenas dos minutos. Al final de cada uno, el infaltable ¡Viva el Perú, carajo! y a otra cosa.

El problema, siendo justos, no es de los candidatos. Es del sistema que permite 35 postulantes —y miles más en listas parlamentarias— y luego pretende ordenarlos con cronómetro, para darlos a conocer sabiendo que el 80% está condenado a la irrelevancia desde el inicio. Participan igual, porque quieren sus  8 minutos de gloria y lamentablemente para nosotros,  la ley los obliga.

La televisión abierta vislumbró antes que nadie la falta de interés: en la primera jornada, el lunes 23, pasó de largo sin remordimientos.

Lo que queda es un desfile que, con menos protocolo, sería un buen programa cómico de fin de semana. Y no se duerman: aún falta la cédula de votación —ya de por sí incomprensible— para confirmar que en este bulín electoral, entender es lo único que no estaba previsto.

Que Dios nos coja confesados.

[INFORME] Roberto Sánchez Palomino empieza a tomar protagonismo mostrándose como el elegido para reivindicar a Pedro Castillo y su proyecto político. Sin embargo, su historial no sólo refleja la imagen de un ministro que entregaba puestos a sus conocidos, sino que también traicionó a la propia izquierda.

Cuando Pedro Castillo Terrones abandonó Palacio de Gobierno en diciembre del 2022, tras un fallido intento de golpe de Estado, podía parecer que se había escrito el capítulo final de su historia política. Sin embargo, las desaciertos y provocaciones del Congreso, su principal opositor, sumado a que un considerable sector del interior del Perú interpretó la vacancia como la intolerancia de los políticos limeños ante un maestro rural llevaron a que, más de tres años después, el nombre de Pedro Castillo siga teniendo un impacto considerable.

De cara a las elecciones que se llevarán a cabo en algunas semanas, la pregunta que restaba por responderse era quién podría representar a ese sector castillista que todavía estaba a la espera de una reivindicación. Desde el espectro de la izquierda habían surgido diversos nombres como Alfonso López Chau, quien siendo rector de la UNI había acogido a quienes llegaron a Lima para manifestarse contra el gobierno de Dina Boluarte, el líder aymara Vicente Alanoca y hasta Ronald Atencio, exabogado de Castillo.

Pero quien finalmente parece haber sido el elegido de la mayoría de los seguidores de Pedro Castillo es Roberto Sánchez Palomino. El congresista y líder del partido Juntos por el Perú hoy hasta brinda mítines usando el sombrero que supo caracterizar al expresidente y su nombre ha tomado fuerza en las encuestas. No obstante, debajo del sombrero existe un historial reciente que muestra la cuestionable manera en que se ha desempeñado Sánchez Palomino cuando tuvo poder.

EL CASO CENFOTUR

Luego que Pedro Castillo pasó a segunda vuelta en abril del 2021 se encontró ante la necesidad de acercarse a otros sectores de izquierda y, cuando posteriormente se convirtió en presidente, buscó en estos grupos  a quienes serían sus ministros. Roberto Sánchez Palomino fue uno de ellos y entre los años 2021 y 2022 se desempeñó como titular del sector de Comercio Exterior y Turismo.

Su llegada a este ministerio no tardó en tener repercusión en las entidades adscritas al Mincetur. El Centro de Formación en Turismo (Cenfotur) fue uno de los lugares donde se empezaron a evidenciar, y padecer, los cambios que trajo consigo la gestión del ministro Sánchez Palomino.

El 31 de diciembre del 2021, el entonces ministro Roberto Sánchez designaría a Víctor Fernando Sotelo Canales como el nuevo director nacional del Centro de Formación en Turismo. Una decisión que tomó por sorpresa a más de uno debido a que Sotelo no sólo carecía de experiencia en el rubro, sino porque además acumulaba denuncias por violencia familiar.

Este personaje que gozaba de la confianza del líder del ahora candidato presidencial fue el líder de una gestión que parecía no tener reparos en perseguir a todo aquel trabajador que no estaba dispuesto a acatar órdenes por más irracionales e injustificadas que sean. En ese contexto, en agosto del año 2022, Sudaca pudo conocer el caso de Tania Mabel Zurita Sánchez, quien era jefa encargada de la Oficina de Planificación, Presupuesto y Desarrollo de Cenfotur.

Zurita venía trabajando en el Centro de Formación en Turismo desde el año 2018. Pero fue con esta nueva gestión que se encontró ante un inesperado proceso disciplinario que hasta llegó al punto en que se le prohibió el ingreso a su centro de labores. ¿Qué acto tan grave la llevó a encontrarse ante este escenario? El haber solicitado una justificación técnica para avalar el pedido de un aumento de presupuesto que hicieron las nuevas cabezas de esta entidad.

Sudaca pudo acceder a la defensa presentada por Zurita Sánchez donde directamente menciona actos de hostigamiento que hasta llegaron a descuentos de su salario sin justificación alguna. Aunque desde Cenfotur negaron estas acusaciones, tras la difusión del informe de Sudaca, sólo pasaron unos días para que  Víctor Fernando Sotelo Canales presente la renuncia al cargo de director.

Pero la salida de Sotelo estuvo lejos de representar un cambio de rumbo para Cenfotur y sin dudas tampoco fue un escarmiento para Sánchez Palomino, quien no buscó a su reemplazo en una lista de especialistas del sector turismo sino en la lista de su partido. Fue así como Giannina Iris Avendaño Vilca, excandidata al Congreso por Juntos por el Perú, terminó ocupando el puesto vacante.

No pasó mucho tiempo para que la nueva gestión ponga sobre la mesa sus prioridades. A tan sólo días de la designación de Avendaño en Cenfotur se publicó una resolución de gerencia en la cual se establecía una nueva escala salarial que oficializaba aumentos que iban de dos mil hasta cuatro mil soles. Según el Reglamento de Organización y Funciones (ROF), le correspondía al Consejo Directivo ser quien proponga una la escala remunerativa, pero la gerencia general optó por saltarse este paso.

TRAICIÓN

Pero así como parece tener especial consideración con algunos de sus aliados de izquierda a los que colocó en puestos importantes, Roberto Sánchez también ha defraudado a quienes en algún momento compartieron con él una campaña electoral. El siguiente antecedente sobre la trayectoria de Sánchez Palomino expone lo que se podría calificar como una traición.

Para las elecciones del año 2021, la agrupación política de Roberto Sánchez Palomino, Juntos por el Perú, formó una alianza con Nuevo Perú, el partido de Verónika Mendoza, en un intento de lograr la unidad de la izquierda. No obstante, la culminación del proceso electoral se convertiría en el inicio de un cambio radical del vínculo entre quienes supieron ser aliados.

Acorde al documento del acuerdo político, al que pudo acceder Sudaca y que fue firmado por Roberto Sánchez y Verónika Mendoza, uno de los puntos incluídos hacía mención al uso del financiamiento público que alcanza la cifra de S/ 6,873,214.75 y se entregarían durante cinco años. Según el acta que se puede ver en la siguiente imagen, el monto que les sería entregado “se distribuirá equitativamente de común acuerdo entre Juntos por el Perú y Movimiento Nuevo Perú”.

Fuentes confiables revelaron a Sudaca que apenas en el mes de julio del 2021 se produjo el quiebre total entre estas dos facciones de izquierda y que, pese a los intentos por parte del grupo liderado por Verónika Mendoza para continuar trabajando de forma conjunta, Sánchez Palomino había decidido ignorarlos y, por supuesto, incumplir con la distribución equitativa del monto que recibirían por el financiamiento público.

La siguiente imagen corresponde a un grupo de Whatsapp con los representantes del partido y en el cual incluso participa Raúl Del Castillo, quien era el encargado designado por el partido de Sánchez Palomino para implementar el acuerdo con Nuevo Perú. En esta conversación se expone que Juntos por el Perú no sólo había decidido ignorar a Nuevo Perú y el compromiso asumido, sino que hasta eran vistos como una especie de enemigos sobre los cuales decían “deben morder el polvo de la derrota”.

Con la inclusión de exministros y hasta familiares de Pedro Castillo como candidatos al Congreso, resulta innegable que Roberto Sánchez y Juntos por el Perú intentan convertirse en una alternativa potenciada que cumplirá las promesas que el gobierno de Castillo Terrones no pudo. Pero debajo del sombrero y los discursos combativos sigue estando el mismo personaje que como ministro designaba funcionarios sin preparación y como líder político traicionaba a la izquierda.

 

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