Opinión

[Música Maestro] El sábado, casi al mediodía, la noticia de su fallecimiento conmovió a mi corazón salsero a través de un mensaje de WhatsApp. Y supongo que lo mismo debe haber ocurrido con miles de corazones salseros a lo largo y ancho de Latinoamérica y Estados Unidos, en aquellas zonas donde el aura de su música barrial, sus arreglos inteligentes para metales y orquestas sinfónicas, su inconfundible voz nasal y esa estética de bajomundo que caracterizó a las carátulas de sus álbumes clásicos -diseñadas por el célebre “señor salsa”, Israel “Izzy” Sanabria- se impuso como el espíritu vital de la salsa dura.

Esa identidad visual y sonora que fue, por un lado, una innovación estrictamente artística que desligó a la naciente salsa de sus orígenes ambiguos -el boogaloo sonaba todavía demasiado gringo, demasiado jazzeado- y por el otro, una declaración de principios de orgullo étnico y socioeconómico, una combinación de pobreza con sofisticación que dio a Willie Colón estatus de padre fundador de la salsa, junto con los creadores del sello Fania. Si Jerry Masucci era el negociante y Johnny Pacheco el líder, Colón era el obrero que en los estudios dirigía, producía, arreglaba, ordenaba elementos y lanzaba voces al estrellato.

Lamentablemente, la vejez le trajo ciertas inconsistencias -en concreto, su incomprensible apoyo a Donald Trump- pero ese tramo de su vida no es lo suficientemente relevante como para opacar todo su legado como organizador de los primeros momentos de un género que hoy padece una nueva crisis, acaso más aguda y difícil de superar que la debacle sufrida a mediados de los ochenta con la caída de la salsa clásica y el ascenso de sonidos más aguados y accesibles a los públicos nuevos. Que en paz descanse Willie Colón, “el diablo”.

Con Héctor Lavoe: Su eterno protegido

Durante casi una década, los nombres de Willie Colón y Héctor Lavoe fueron una sola cosa, una entidad imbatible en el entorno de la nueva música latina. Johnny Pacheco (1935-2021), el flautista y director dominicano, fue quien los presentó, allá por 1966. Tenían 16 y 19 años, respectivamente. crecieron y aprendieron juntos las mieles de la fama, las caídas y recuperaciones en un torbellino de música, efervescencia creativa y excesos de todo tipo.

Colón venía desarrollando su carrera como trombonista, trompetista y productor desde jovencito. Había nacido en el Bronx, en Nueva York, pero fue criado en la patria de sus padres, Puerto Rico para después, de adolescente, llegar de nuevo a la Gran Manzana. Su pasión por el latin-jazz y el boogaloo le permitió componer varias canciones para llenar por lo menos un par de discos para Alegre Records.

Pero, cuando el sello cayó en dificultades financieras, aquel proyecto inicial se frustró. Allí aparecieron Masucci y Pacheco para llevarse al intuitivo pero aun inexperto Willie Colón a la escudería de Fania Records. Esos dos discos terminaron siendo El malo (1967) y The hustler (1968), con Héctor Lavoe compartiendo el micrófono con Elliot Romero y el legendario Gabriel Peguero, más conocido por su alias “Yayo El Indio”.

Discos y canciones inolvidables

Entre 1967 y 1975, el dúo produjo diez extraordinarios álbumes para Fania Records, todos con éxitos inolvidables y fundamentales para cualquier persona que se diga amante de la buena salsa. Imposible no emocionarse al escuchar clásicos como la poderosa Barrunto (La gran fuga, 1971), la bomba Ah-ah/Oh-no (El juicio, 1972) o los infaltables temas navideños La murga y Aires de Navidad (Asalto navideño Vol. 1, 1970). Sin embargo, son los discos Cosa Nuestra (1970) y Lo mato (Si no compra este LP) (1973) los que aportaron más canciones al canon salsero: Te conozco, Che che colé, el bolero Ausencia, Todo tiene su final, El día de mi suerte, Calle luna, calle sol.

La sociedad se acabó en 1975, aunque solo en lo relacionado a firmar discos como dúo. Luchando con sus propias inseguridades, Héctor Lavoe inició su carrera como solista ese año, con el LP La voz, que contiene exitazos como El todopoderoso, Rompe Saragüey, la versión en estudio de Mi gente -que habían estrenado con la Fania All-Stars en sus discos en vivo- y el bolero de nuestro Mario Cavagnaro, Emborráchame de amor, bajo la producción de Willie Colón.

Este trabajo conjunto se mantuvo en casi todos los álbumes en solitario de Lavoe. Así, cada vez que escuchas canciones como Juanito Alimaña, Triste y vacía (Vigilante, 1983), Periódico de ayer, Hacha y machete (De ti depende, 1976), El cantante (Comedia, 1978), escuchas, además de la inconfundible presencia vocal de Héctor, los coros y arreglos de Willie.

El sonido de Colón

Los trombones fueron el aporte central que hizo Willie Colón a la salsa, un sonido rugoso, duro y agresivo que él mismo generaba, junto a sus otros dos compañeros, los norteamericanos Barry Rogers y Lewis Kahn. Ese ataque grueso y metálico caracteriza todas las secciones instrumentales en los temas más conocidos de Colón, tanto con Héctor Lavoe como con Rubén Blades, una marca registrada. Pero cuando uno escucha los tres instrumentales incluidos en The good, the bad and the ugly (1975) -MC² (Theme Realidades), Doña Toña o I feel campesino, la cosa queda aun más clara.

Otro gran aporte de las instrumentaciones de Willie Colón fue la decidida incorporación de los dos ritmos tradicionales de Puerto Rico, la bomba y la plena, con uso de brillantes percusiones menores -triángulos, campanas- y el cuatro de Yomo Toro (1933-2012), que además forma parte de las carátulas de los asaltos navideños, esa selección de ritmos caribeños aplicados a las fiestas decembrinas, canciones conocidas en el folklore boricua como “aguinaldos”.

Por último y no menos importante está la visión modernizadora de Willie Colón, al introducir elementos nuevos a sus ensambles salseros, como conjuntos de cuerdas, coros femeninos e instrumentos del pop-rock -baterías electrónicas, guitarras eléctricas-, además de un fino oído para enriquecer su repertorio caribeño con sonidos del Brasil -Oh qué será, de Chico Buarque es un ejemplo (Fantasmas, 1983), de España -como la conocidísima Gitana (Tiempo pa’ matar, 1984) o del lejano oriente- en el instrumental Chinacubana (Solo, 1979) o Asia (Top secrets, 1989).

Con Rubén Blades: Una amistad rota por el dinero

El camino de Willie Colón continuó cosechando éxitos tras la separación parcial de Lavoe. Al frente de sus músicos regulares en Fania -entre ellos Salvador Cuevas (bajo), Joe “Professor” Torres (piano), Barry Rogers y Lewis Kahn (trombones), Milton Cardona, José Mangual Jr. (percusiones)- Colón entabló una nueva sociedad junto al cantautor panameño Rubén Blades, alcanzando cuotas más elevadas de fuerza lírica y conciencia sociopolítica.

Cinco años bastaron para hacer de este dúo el nuevo capítulo estelar de la salsa clásica. Canciones como Según el color, Pablo pueblo (Metiendo mano, 1977), Maestra vida, El nacimiento de Ramiro (Maestra vida, 1980), Tiburón, Ligia Elena (Canciones del solar de los aburridos, 1981) y todo el LP Siembra (1978), contienen algunas de las mejores grabaciones de la historia de la salsa, todas bajo la dirección musical de Willie Colón.

Aunque después de The last fight (1982) sus caminos musicales se separaron, Colón y Blades coincidieron unas cuantas veces más, antes de romper palitos en una cadena de desavenencias que solo la muerte del trombonista ha logrado cortar. Inclusive el álbum Tras la tormenta (1995), que generó un gran ingreso a los rankings de Colón con el tema Talento de televisión y se promocionó como el gran reencuentro entre ambas estrellas, fue grabado por separado. Asuntos mezquinos de contratos y regalías quebraron una de las colaboraciones más fructíferas de la música popular en nuestro idioma.

Como solista: Cantante y productor infatigable

Aunque podríamos calificar sus dos primeros trabajos -El malo y The hustler- como solistas, en realidad Willie Colón se estrena como artista individual con una extraordinaria suite instrumental, preparada especialmente para un programa de televisión, El baquiné de angelitos negros (1977) en el que incorpora violines -con solos de Alfredo de la Fe, otra estrella de la Fania- al ensamble salsero e intercala su extensa composición con una melodía muy conocida, la del bolero Angelitos negros (Andrés Eloy Blanco/Manuel Álvarez Rentería) que popularizara el cantante mexicano Pedro Infante en la película del mismo nombre.

Paralelamente a ese trabajo y sus presentaciones con Rubén Blades, Willie Colón se unió a la cubana Celia Cruz, para el disco Only they could have made this album (1977), en el que destacaron Burundanga y un arreglo de Willie de Usted abusó, clásico de la música brasileña. Dos años después lanzaría Solo (1979), con composiciones propias como Nueva York, Señora, Sin poderte hablar o el instrumental Chinacubana -que usaría en los ochenta Luis Delgado Aparicio como cortina de su programa televisivo Maestra Vida (Canal 9)- y donde exhibe una vez más sus interesantes ideas musicales, combinando arreglos sinfónicos, elegantes coros femeninos y ritmos caribeños con maestría.

Los años ochenta vieron a Willie Colón más decidido en consolidarse como voz solista, con una cadena de populares álbumes como Corazón guerrero (1982), Fantasmas (1983), Criollo y Tiempo pa’ matar (1984). Precisamente, en este último aparece la canción que se convertiría en uno de sus trabajos más sofisticados -aunque los arreglos no son suyos sino de Héctor Garrido- la canción Gitana, escrita en 1979 por el cantaor José Manuel Ortega Heredia «Manzanita», para su primer disco. Willie Colón hizo suya esta canción española hasta convertirla en la más popular de su catálogo solista.

Esa misma década produjo álbumes para Héctor Lavoe, Celia Cruz, Ismael Miranda, entre muchos otros, un trabajo que venía realizando desde sus inicios como integrante de la Fania All-Star y promotor de clásicos de la salsa como la orquesta La Conspiración del trompetista portorriqueño Ernie Agosto (1950-2003). En 1982, relanzó la carrera de la trovadora venezolana Soledad Bravo con el LP Caribe, poniendo a su servicio a los músicos de su orquesta y arreglos para salsa de composiciones de Milton Nascimento, Chico Buarque y Silvio Rodríguez.

De Idilio a El Malo II, lo último de Willie Colón

En 1986, en un disco titulado Especial No. 5, apareció un bolero con sonido sintetizado, composición del venezolano Luis Guillermo González, titulado Pregunta por ahí, que fue usado como tema de créditos finales en la telenovela La intrusa (RCTV), protagonizada por los actores Víctor Cámara y Mariela Alcalá. Debido a la popularidad de la novela -en la que el mismo Colón aparece haciendo de sí mismo- la canción se hizo muy conocida, mostrando una faceta nueva del salsero.

Luego siguieron dos éxitos radiales, Asia y El gran varón (Top secrets, 1989), cerrando una década difícil para la salsa como género musical, por el auge de la llamada “salsa sensual”. En los noventa, Willie Colón se mantuvo vigente con dos canciones que hasta hoy rotan por radios salseras: Idilio, una composición de los años treinta, de Alberto “Titi” Amadeo, en que hace armonías vocales con el productor Ángel “Cucco” Peña (de su LP Hecho en Puerto Rico, 1993) y la mencionada Talento de televisión (Tras la tormenta, 1995). Sus giras por Latinoamérica, siempre exitosas, mostraban a un artista algo desgastado por el sobrepeso y otros problemas de salud, aunque su prestigio en el mundo de la música latina se conservó intacto.

El siglo XXI vio a Willie Colón involucrándose en política y, específicamente, en temas de seguridad ciudadana. Incluso alcanzó a graduarse como teniente adjunto del Departamento de Seguridad Pública de la policía del condado de Westchester, en Nueva York. Entre 1994 y 2008 fue común verlo apoyando campañas del Partido Demócrata. Sin embargo, entre 2012 y 2013, desde que manifestó su abierta oposición a la dictadura de Hugo Chávez en Venezuela -incluso hizo una canción al respecto, Mentiras frescas- su postura política fue virando hasta decantar en un inexplicable respaldo a Donald Trump, lo cual generó más de un cruce de palabras con su antiguo camarada, Rubén Blades.

Entre los años 2017 y 2019 estuvo de gira celebrando sus 50 años de carrera artística, pero el 2023 anunció su retiro de los escenarios debido a una descompensación tras un concierto en Cali, Colombia. Su última producción discográfica se tituló El Malo II: Prisioneros del mambo (2008) que incluyó un medley de su época junto a Héctor Lavoe con las canciones La banda (1973), Periódico de ayer (1976), El todopoderoso (1975) y El cantante (1978).

De La banda a Siembra: Las polémicas de Willie

En el año 2010, los medios peruanos fueron leídos por toda la América Latina salsera por un titular en sus secciones de espectáculos que daba cuenta de la detención, durante la madrugada posterior a un concierto que había ofrecido en una desaparecida discoteca en el distrito limeño de La Molina, de Willie Colón, por un caso de plagio.

La famosa canción La banda (Asalto navideño Vo. 2, 1973) -a veces consignada como “Llegó la banda”- había sido motivo de una denuncia penal hecha por el compositor y músico limeño Walter Fuentes Barriga (1948-2019) -integrante de la orquesta nacional Las Estrellas de la Máquina- quien aseguraba ser el autor original, en sus tiempos como integrante de la orquesta de música tropical del director argentino Enrique Lynch (1948-2020), muy conocido en Lima a finales de los sesenta. Y era cierto, como demuestran las grabaciones.

Luego de varias idas y vueltas, la cosa legal se entrampó sin llegar a buen puerto. Al parecer, este sería uno de esos casos en que no se respetaron los créditos por las precariedades de los controles de derechos de autor de la industria musical en esas épocas, algo similar a lo que le ocurrió al cantautor Paul Simon, tras la versión en inglés de El cóndor pasa que tituló If I could (Bridge over troubled waters, 1970, el último LP de Simon & Garfunkel). Mientras que los herederos de Daniel Alomía Robles (1871-1942) sí llegaron a un acuerdo con el músico neoyorquino, Fuentes falleció sin alcanzar justicia, aunque actualmente las reediciones de la grabación de Colón sí mencionan su nombre como autor.

El caso de Siembra, el legendario disco que grabara junto a Rubén Blades en 1978, se reactivó hace un par de años cuando el panameño recibió un Grammy por su versión en vivo, conmemorando los 45 años de su lanzamiento, sin considerar a Colón -quien había sido productor y organizador de aquella obra maestra salsera, el álbum más vendido en la historia del género-, lo que motivó una virulenta reacción de Willie y una respuesta, alturada y firme, del compositor de clásicos incluidos allí como Plástico y Pedro Navaja. Solo la muerte pudo acabar con esta pelea, que cuento a detalle en este artículo.

En estos días, en que se viene hablando desde distintos ámbitos -desde conversaciones domésticas hasta círculos académicos y líderes de opinión- acerca de Bad Bunny y su supuesto rol como máximo representante de la latinidad moderna, la muerte de Willie Colón nos obliga a mirar y escuchar a un verdadero e indiscutible referente de un orgullo racial, regional y musical que perduró durante décadas y del cual se seguirá hablando en generaciones posteriores.

[Migrante al paso] Abrí una hoja de Excel. No entendía nada. Desde el colegio con sus clases de informática que no veía algo así. Soy pésimo para esas cosas. Con las justas manejo Word básico. Ahora que manejo un negocio, tengo que estar por lo menos familiarizado con el programa y entender a la perfección lo que es un flujo de caja. Ya se imaginarán a un escritor haciendo un flujo de caja. Me sentía totalmente descolocado. Intenté varias veces y no me salía. Me comencé a poner ansioso y derrotado por esa página cuadriculada. Me sentía tonto. Los números no cuadraban y ya estaba mareado. Hasta pensaba que me había olvidado de cómo multiplicar y dividir. Llevo menos de un año usando chat GPT para tareas simples, justamente como para sacar cálculos u ordenar finanzas. Cuando tuve que hacerlo solo perdí el control. Yo no crecí con estas herramientas de inteligencia artificial, me preguntaba qué pasará si de pronto deja de existir. ¿En qué momento se volvió algo imprescindible? Creo que el mundo ya cambió por completo, pero aún no lo asimilamos. Supongo que algo parecido sucedió con el internet. Me temo que esto sí es un poco más invasivo. Solo me bastó un pequeño ejercicio para darme cuenta de lo fácil que es hacer a una persona inútil y lo fácil que va a ser que negocios y sistemas complejos de políticas públicas lleguen a manejarse solos. Bueno, después de todo lo que vemos tal vez sea mejor así.

Recordaba un examen de Office en el colegio, no recuerdo bien el nombre, pero era un examen internacional que demostraba tu dominio sobre los principales programas de Microsoft. Me saqué sobresaliente, pero no lo hice yo. Justo cuando tocaba la parte de Excel, me rendí. Eran como 40 preguntas o algo así. Faltaban 10 minutos y no había respondido nada. Yo ya había aceptado jalar el curso. Ya no quedaba nadie en el cuarto helado lleno de pantallas antiguas y pesadas, un salón que siempre estaba oscuro. No sé con qué cara me habrán visto, pero me ayudaron. Alguien tomó mi sitio y en poquísimo tiempo terminó todas las preguntas. De esa manera, fui el mejor del salón. Ahora solo agarraría mi teléfono o abriría otra pantalla y chat GPT me daría todas las respuestas.

Me imagino que ya no existirán ese tipo de exámenes. Estas nuevas herramientas están obligando a los sistemas educativos a que cambien por completo. Me parece perfecto, porque era de lo más anticuado. Estuve en un buen colegio y, aun así, siendo niño me daba cuenta de lo desfasado e inútil que era. Desde el sílabo hasta el sistema de evaluación. Bueno, esas tonterías ya no pueden pasar desapercibidas. Me río de recordar que me decían: ¿acaso vas a tener una calculadora en el bolsillo? Si hubieran sabido que lo que todos tenemos en el bolsillo tiene más herramientas que todo ese salón de cómputo. Hubiera sido una locura pensarlo también, pero ahora que ya sabemos cómo avanzan las cosas debería ser tomado en cuenta para futuros modelos educativos.

El trabajo dignifica a la gente. Estoy de acuerdo, no de manera exagerada ni luterana, en el sentido de que mediante el trabajo logras el camino correcto. Pero sí me he dado cuenta de que, ocupando tu tiempo, por lo menos un poco, trabajando te sientes mejor. Es algo que recién estoy descubriendo. He trabajado antes, pero muy poco comparado con otras personas de mi edad. Pero tengo bastantes cosas que he hecho y los demás no. Mi tolerancia es mucho más baja, porque recién estoy aprendiendo cosas, cosas que varios tuvieron que aprender hace 10 años o más. Nunca es tarde. Pronto podré superar, calmado, momentos mucho más difíciles que una simple hoja de Excel.

Termino de escribir la crónica un poco tarde. A la vez muy temprano. Lunes, 5 de la mañana, ahora tengo que despertarme temprano para hacer ejercicio antes de trabajar. Lo que antes era una tortura ahora es algo usual. No suele ser tan temprano, pero he tenido épocas en las que no conocía las mañanas, mi día comenzaba con el almuerzo. En ese momento me encantaba, ahora me siento inútil cuando me sucede. No solo he tenido que aprender a tener que trabajar, también a ser productivo de día. La noche era mi momento, me sentía más cómodo mientras todos dormían. Entonces, no sé si el trabajo te dignifica, pero por lo menos te da una estructura. Y como me dijo un amigo el otro día: tu vida no es el horario, pero el horario ayuda a que tu vida funcione.

[OPINIÓN] El Perú no enfrenta una crisis política coyuntural. Vive, desde hace varios años, una crisis estructural de ingobernabilidad democrática. No se trata únicamente de la inestabilidad en los cargos o de la sucesión permanente de autoridades; se trata de una degradación profunda de la política como espacio de responsabilidad pública. La clase política actual ha demostrado, en reiteradas oportunidades, que prioriza la repartija del poder antes que la conducción del país, mientras la ciudadanía enfrenta violencia, inseguridad y abandono de la salud, la educación y las políticas de igualdad.

Esta crisis no es neutra. Tiene efectos diferenciados y particularmente graves para las mujeres y las poblaciones más vulnerables. En un contexto donde los feminicidios no cesan, donde la violencia sexual sigue marcando la vida de niñas y adolescentes, y donde la desigualdad limita el acceso efectivo a derechos, resulta inadmisible que estos temas hayan sido desplazados del centro del debate político. Más aún, es éticamente intolerable que se normalice la posibilidad de que personas con denuncias graves por violencia o con discursos que justifican matrimonios infantiles aspiren a ocupar los más altos cargos del Estado.

Tomar atención a estas dimensiones, no es accesorio. La forma en que un candidato o candidata se posiciona frente a la igualdad de género y los derechos humanos revela su concepción del poder. Quien minimiza la violencia contra las mujeres, quien tolera la idea de obligar a una niña a parir, quien relativiza el sufrimiento de los más vulnerables, no está expresando una opinión aislada: está evidenciando una falta de ética y una actitud complaciente con el abuso.

La experiencia reciente debería servirnos de advertencia. Cuando se relativizan antecedentes de denuncias de violencia, cuando se trivializan afirmaciones sexistas o actitudes patriarcales bajo la excusa de la “eficiencia” o la “mano dura”, se habilita un estilo de liderazgo basado en la virilidad tóxica, el abuso simbólico y la instrumentalización del poder. Esa lógica no es anecdótica; forma parte de un perfil que luego se traduce en prácticas caóticas, corrupción y aprovechamiento del cargo.

La ciudadanía está cansada. No solo de la corrupción y la irresponsabilidad de quienes acceden al poder, sino también de la sensación de no tener alternativas éticamente defendibles. Sin embargo, el agotamiento no puede llevarnos a la indiferencia. Las negociaciones políticas están sobre la mesa y, aunque las opciones inmediatas para asumir la presidencia del Congreso no despierten esperanza, la mirada debe situarse en el futuro próximo. En abril, en las urnas, se jugará nuevamente la posibilidad de redefinir el rumbo democrático.

La pregunta es ineludible: ¿quién ofrece un plan de gobierno serio, con propuestas viables y centradas en los problemas reales del país? ¿Quién demuestra una actitud inclusiva y una preocupación genuina por el dolor de los más vulnerables? La sensibilidad frente al sufrimiento ajeno no es un gesto sentimental; es un indicador de compromiso democrático. Sin una defensa auténtica de los derechos humanos de todas las personas, no puede haber buen gobierno.

En tiempos de crisis continua, detenerse a reflexionar es un acto político. Elegir no es solo optar por un nombre, sino por una concepción de país. Si la democracia ha de sobrevivir a su propia erosión, necesita autoridades con integridad, con perspectiva de igualdad y con una ética pública que coloque la dignidad humana en el centro. Sin ello, cualquier promesa de orden o estabilidad será apenas una fachada más de la misma crisis que decimos querer superar.

[OPINION] Murphy no pensó en el Perú, pero el Perú decidió rendirle homenaje permanente.

La política peruana se ha convertido en el laboratorio ideal para confirmar su teoría. La elección del nuevo presidente del Congreso —y por arrastre, presidente eventual del país— es la prueba más reciente. Cuando uno cree que ya se tocó fondo, aparece una pala institucional y alguien decide seguir cavando.

Un comunista cuestionado, sancionado y reciclado de un partido que nos metió de cabeza y patas en esta crisis —con un expresidente preso por intento de golpe— vuelve al escenario. Mediocridad y extremismo avanzando de la mano, sin pudor y sin memoria. Esta vez, además, impulsados —según señala la congresista Moyano, intuyo que con razón— por el cálculo frío del señor Porky. El empático. El visionario. El que sueña con convertir al Perú en potencia mundial mientras incendia el presente.

El cálculo es simple y profundamente irresponsable: provocar el caos para luego venderse como la alternativa “ordenada”. Gran error. Cada día que pasa, este personaje muestra más las garras, genera más rechazo y erosiona incluso a quienes, por moda o conveniencia, lo defendían. Llegará el día —no tan lejano— en que hasta mis tías de San Isidro despierten y retiren ese apoyo tan fervoroso como inexplicable.

Lo preocupante no es solo el personaje, sino el ecosistema que lo sostiene: la política convertida en circo, el oportunismo elevado a estrategia y la irresponsabilidad presentada como audacia. Todo bajo aplausos, likes y slogans vacíos.

Y entonces uno mira atrás, no con nostalgia ingenua sino con sana comparación. Belaunde, Víctor Raúl, Bedoya Reyes, Cornejo Chávez, Alan García y Alfonso Barrantes —con todas sus luces y sombras— son gigantes frente a esta procesión de enanos improvisados.

Murphy tenía razón.

Y nosotros, como siempre, pagamos la demostración.

Dios nos coja confesados.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hace tres décadas y media, con bombos, platillos, y sobre las ruinas del socialismo real, se advinieron, tomados de la mano, la globalización y el neoliberalismo económico. Pero centrémonos en la primera de entre ellos: la globalización nos planteó a los seres humanos un mundo feliz sobre la base de la interconectividad virtual y financiera. De este modo, todos comercian con todos y todos resultan ganadores en la jugada.

El neoliberalismo ingresa en la ecuación a través del manejo de los mercados mundiales para que fluya la globalización: bajos aranceles o cero aranceles, cero trabas al comercio de mercaderías de un extremo al otro del planeta tierra y la OMC convertida en la gran gendarme global: si te sales de las reglas te ponen tarjeta amarilla, a la segunda se expulsan de sistema.

Tres o cuatro décadas después, el sistema no resultó ni tan perfecto, ni tan bienhechor: reducida al mínimo la participación y fiscalización estatal, las grandes multinacionales tomaron el control del comercio mundial y se convirtieron en las grandes triunfadoras de la globalización. La riqueza se multiplicó n veces pero su redistribución solo convirtió  a dichas empresas en mórbidos obesos de un sistema que solo favorece a unos pocos.

Luego, en medio de estos cambios, la geopolítica mundial tampoco logró asentar un Nuevo Orden Mundial como aquellos que nos otorgaron cierta estabilidad en tiempos de la Guerra Fría: nos amenazaban las bombas atómicas, pero sabíamos cómo se dividía el mundo, quién era quién en el concierto de las naciones.

Fue entonces que, al iniciar la década milenio (2000-2010) Estados Unidos vio súbitamente amenazada su supremacía económica mundial por la vertiginosa emergencia china, a un ritmo que no deja de acelerarse y que, sencillamente, los norteamericanos, ni tienen como detener, ni cuentan con el desarrollo suficiente como para competir.

La batalla por el dominio del mundo está perdida para USA, pero no para su presidente Donald Trump y la imponente US Army, desde lejos, la más poderosa del mundo. Y vinieron las subidas de los aranceles, algo así como tapar con un dedo al sol del ingente comercio asiático en pleno auge de su conquista planetaria. La invasión a Venezuela, básicamente para agenciarse todo el petróleo del país llanero, aumentarlo a su propio caudal, e intentar perjudicar a chinos y rusos, sus habituales compradores, es otro manotazo de ahogado.

Y ahora Chancay. La ola ya se venía venir, pues ninguno de nosotros se cree en verdad a un Trump tan zalamero con el Perú, país que tiene poco que ofrecerle y al que despreciará del mismo modo como desprecia prácticamente a todos los países en vías de desarrollo y, lo que es peor, a su gente. Pero el tema es que aquí está Chancay, el gran puerto chino en el Pacífico sudamericano, que conecta directamente con el inconmensurable puerto de Shanghái. La ecuación no acaba allí, los chinos terminarán construyendo un moderno ferrocarril desde Chancay a algún puerto en el Brasil y, de este modo, la vuelta al mundo del comercio del Imperio del Dragón se habrá completado y la guerra, que ya tiene un ganador, finalmente habrá concluido.

Pero, súbitamente, Estados Unidos, que acaba de invadir Venezuela y enarbolado la doctrina Donroe, se proclama defensor de los países débiles y fiel escudero de los atentados en contra de su soberanía. Este es el cao del puerto de Chancay, precisamente. Para nadie es un secreto, que, con o sin Ositran, este es un puerto chino, que responde a intereses chinos, y todavía no sabemos a ciencia cierta cómo se beneficia el Perú con el atemorizante monstruo de hierro y concreto que observa indiferente el lugar donde, algún remoto día se septiembre de 1880, hundimos a la Covadonga, no en combate, sino con un atentado.

En fin, la globalización consistía, en teoría, en que todos comerciaban con todos y vivían felices para siempre. Después se trató de que las multinacionales podían expandirse por donde quisieran, sin interferencia estatal, inclusive supervisada por la OMC. Estados Unidos promovió ese Nuevo Orden Mundial hasta que China lo aprovechó mejor y los superó ampliamente, entonces no les convino más y le plantean al mundo un esquema como el que llevó a la Primera Guerra Mundial: cada uno cuida y monopoliza sus materias primas, cada uno cuida y monopoliza sus mercados.

Chancay es el símbolo del fin de la Globalización. Los países ya no deben comerciar libremente, deben someterse a imperios económicos, como se sometieron desde el último tercio del siglo XIX. Para Trump el continente americano debe volver a ser el área de influencia natural de expansión del imperialismo yanqui. En ese esquema, el puerto chino, porque chino es, de Chancay, no tiene cabida. La globalización acaba de terminar.

[Música Maestro] ¿Por qué Bad Bunny no representa «lo latino»?

Porque «lo latino» es mucho más que eso. Y es mucho más de lo que las dos últimas generaciones de latinos piensan y sienten respecto de sí mismos. Más allá de discusiones sobre opiniones y/o gustos musicales, siempre infructuosas, es necesario entender que actualmente lo que el mundo globalizado e hiper conectado conceptualiza como «latino» es una combinación de un 20% de cuestiones auténticas -idiosincrasias, tradiciones familiares, símbolos artísticos/culturales- y un 80% (acaso más) de manipulación y alteración de esos componentes para facilitar el consumo masivo en latitudes ajenas a las nuestras a través de la masificación de estereotipos. Y eso aplica también, de manera más específica, a los portorriqueños.

Hace algunos años, en familia, participamos de un tour por Tierra Santa, con una de las primeras paradas en Egipto. El paquete incluía una cena informal tras la visita a las fantásticas pirámides de Giza. El grupo tenía alrededor de veinte personas y nosotros éramos los únicos latinoamericanos. Sabedor de ello y sin decírselo a nadie, el guía hizo arreglos con el restaurante para que nos recibieran con una melodía representativa de nuestro continente como detalle especial por haber llegado desde tan lejos. A más de doce mil kilómetros de Lima, al administrador del local no se le ocurrió otra cosa que poner, a todo volumen, el hit del momento: Despacito, del portorriqueño Luis Fonsi.

Todos los integrantes del grupo, en su mayoría angloparlantes de la tercera edad, se emocionaron al escuchar el golpeteo monótono de ese reggaetón de moda y nos miraban, haciéndonos gestos para que bailáramos -porque asumían, seguramente, que lo haríamos perfectamente bien-, mientras que nosotros, los supuestamente agasajados, comentábamos entre risas y en el castellano que nadie más podía entender: “¿hemos hecho este viaje tan largo y agotador para escuchar esta vaina que no soportamos ni en casa?” Por supuesto que el periplo valió la pena por las inolvidables maravillas que conocimos, pero hubiera sido mucho mejor ser recibidos con una salsa de El Gran Combo o una peruanísima marinera norteña. Era mucho pedir.

La percepción de lo latino y sus cambios

La pequeña anécdota familiar que acabo de contar -que aun nos hace reír al recordarla en sobremesas- puede ser leída de dos formas. Una ligera, superficial, que se apura en resaltar el impacto cultural, la fama y lo lejos que ha llegado el reggaetón, asumiéndolo como un valor en sí mismo –“¡manya… Despacito en El Cairo, Luis Fonsi es un crack!”, un signo de los tiempos.

La otra mirada va un poco más allá para comprender que el éxito innegable de esa canción y lo que representa es resultado del reduccionismo de lo latino -hablando solo de la industria cultural y de entretenimiento, sin fijarnos en la amplia problemática de lo que significa la migración latinoamericana en términos de fuerza laboral- digitado a través de los años desde la subcultura pop norteamericana (el cine, la farándula, las músicas de moda) y que, poco a poco, se ha ido degenerando hasta niveles inaceptables para las personas de bien.

De Carmen Miranda y Desi Arnaz, en los cincuenta y sesenta; a Santana y la Fania All-Stars en los setenta; las fiestas de la Calle 8, Miami Sound Machine en los ochenta y el posterior imperio Estefan en la década siguiente. El común denominador fue siempre el mismo, “lo latino” es música para bailar y enamorarse, sinónimo de un ritmo y una sensualidad irresistible e imposible de entender para los públicos norteamericanos y europeos, condenados a caer rendidos ante la seducción, el exotismo, la calentura.

Nada más gracioso, en ese sentido, que ver a un gringo tratando de bailar salsa, a una pareja norteamericana ensayando torpemente el tango para su matrimonio o a un discriminador europeo perdiendo la cabeza por una mujer latina.

La superficialidad sensorial como mercancía

En ese período de casi cinco décadas, la personalidad “hot” de lo latino en EE.UU. y Europa mantuvo siempre, hablando de música popular, unos niveles de calidad óptimos. En géneros como el bolero, la salsa o el latin-jazz, la excelencia iba por delante, sin disociar sensualidad de elegancia. Y en cuestiones más comerciales como los primeros exponentes de latin-pop, en la década de los noventa, si bien ya empezaban a aparecer propuestas musicales y artísticas menos pulidas, con un enfoque meramente exhibicionista, algunos artistas aun respetaban ciertos parámetros para no caer en el mal gusto.

El reggaetón y el trap, en el siglo XXI, quebraron absolutamente todo lo anterior para imponer lo grotesco y vulgar como nuevos sinónimos de la latinidad, hasta convertir las manifestaciones más animalescas de pulsiones superficiales en una mercancía poderosamente comercial, como demuestra plenamente la vigencia y fama global de personajes como Bad Bunny, Shakira, Daddy Yankee, Karol G y sus cientos de clones.

Pero, además de eso, todos estos exponentes de la vulgaridad asolapada en un género musical extremadamente popular y de discutibles valores artísticos, gozan de un inmerecido ascenso social, pues hoy son aceptados de manera transversal por toda clase de público y son considerados, tanto por las masas como por ciertos sectores de la crítica especializada y hasta académica, como líderes de opinión y embajadores de ese orgullo latino que pisotean y usufructúan desde hace veinticinco años.

Estos géneros, nacidos en Puerto Rico -aunque según el productor Rodney S. Clark, más conocido como “El Chombo”, fue en Panamá- poseen una impresionante capacidad para generar millones de dólares con cada insulto a la inteligencia auditiva, con cada video en el que se valida socialmente el soft-porn como elemento constitutivo de la nueva idiosincrasia latina, y su presencia es obligatoria incluso en el sonido de artistas latinos de otros géneros, nuevos o consolidados, que aspiren a algo de notoriedad.

Y ahora, con la presentación políticamente cargada y pertinente de Bad Bunny en el Super Bowl, ciertos sectores de las masas han asumido, sin separar la paja del trigo, que esa supuesta representatividad es contundente e incuestionable.

Puerto Rico, ala que cayó al mar…

El cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022) escribió en 1979 una canción llamada Son de Cuba a Puerto Rico, que sirvió además como título para su séptima producción discográfica oficial. En su letra, el célebre exponente de la nueva trova hace una arenga al pueblo portorriqueño a no retroceder en su búsqueda de independencia y usa una acertada metáfora en la que ambos países “son de un pájaro las dos alas”.

Durante años se creyó que “la voz amada” que dijo eso, mencionada por Milanés, era de José Martí (1853-1895), símbolo cubano de la educación y el patriotismo. Sin embargo, la frase pertenece a un poema titulado A Cuba, escrito por la periodista boricua Dolores “Lola” Rodríguez de Tió (1843-1924). En los años noventa, este profundo canto de hermandad entre dos países caribeños golpeados por los Estados Unidos fue convertido en una elegante salsa por el sonero cubano Isaac Delgado, para su disco Con ganas (1994). Nunca sonó en las radios.

Como sabemos, a finales del siglo XIX Puerto Rico pasó de ser una colonia del imperio español a ser posesión de los Estados Unidos, a través de una invasión y posterior reactivación de un decreto real de la época que le permitió anexar la isla del encanto a sus dominios. Sus habitantes tienen la nacionalidad norteamericana desde 1917. Aun cuando no tiene voto congresal y el poder local es ejercido por un gobernador -actualmente es una mujer, Jenniffer González-Colón- el presidente de Puerto Rico es, sobre el papel, Donald Trump. Los portorriqueños tienen absoluta libertad para entrar y salir del país del Tío Sam y ninguna ley contra migrantes debería afectarles.

El Super Bowl y su sobredimensionamiento

La comentada actuación del reggaetonero en el Super Bowl se hubiera enriquecido mucho si colocaba, en su segmento salsero, esa canción que plantea “volar con el machete en las alas”. Por cierto, esa sección que incluyó una versión alterada de Un verano en Nueva York, salsa clásica de El Gran Combo grabada en 1975 -más de cincuenta años atrás- fue, de lejos, lo mejor de esa tortura auditiva a la que nos sometió y que, a pesar de su cacofonía sonora y mensajes visuales entremezclados -tradiciones familiares con elencos de bailarinas retorciéndose como si estuvieran en un nightclub para camioneros trumpistas- todos nos vimos en la obligación de apoyar.

Pero lo suyo, además de ser una protesta 100% valiosa políticamente -solo pensar en la cara de Trump y sus amigotes al verlo en vivo y en directo, con el bosque de banderas de Centro y Sudamérica detrás suyo, la justifica de principio a fin-, también ha sido un nuevo golpe de efectos publicitarios inmensos para su carrera, para sus ventas y su (ya no tan) nuevo perfil como personaje influyente.

Después de todo, sus ininteligibles canciones fueron oídas y vistas por una gran masa de televidentes alrededor del mundo -más de 140 millones- además de los casi 80 mil espectadores que ese día abarrotaron el estadio Levi’s de California, sazonadas con un par de apariciones invitadas (Lady Gaga y Ricky Martin). Es cierto que alias “conejo malo” llena escenarios por sí solo desde hace ya varios años, pero nunca viene mal una campaña publicitaria gratuita para seguir ganando millones, reciclando simbologías y aprovechando una coyuntura difícil para las masas de migrantes amenazados por las medidas xenófobas y racistas que todos vemos con estupor, para consolidar su posicionamiento como líder de opinión y de la resistencia.

El eterno sabor de la música de Puerto Rico

Todo lo que conocemos como “salsa” proviene, esencialmente, de la lectura que migrantes caribeños asentados en barrios neoyorquinos hicieron de la gran familia de ritmos bailables que llegaron desde la Cuba precastrista. Aunque fue un locutor venezolano, Fidias Danilo Escalona, quien usó por primera vez el término, la virtuosa generación de músicos y cantantes “nuyoricanos” -portorriqueños nacidos en Estados Unidos- encabezada por Ray Barretto, Willie Colón, Richie Ray, Bobby Cruz, Ismael Miranda, entre otros y liderados por el flautista y compositor dominicano Johnny Pacheco, impuso el vocablo para identificar al nuevo género.

De allí para adelante, Puerto Rico es el país que más artistas ha contribuido al desarrollo de la salsa. Las vertientes cubanas, más orientadas al jazz latino, trataron en décadas posteriores de recuperar su espacio con una forma conocida como “timba”, reconocible por sus arreglos para metales, sus poderosas secciones de percusión y sus estentóreos y, muchas veces, desordenados, coros masculinos. Aunque son subgéneros hermanos, el oído entrenado reconoce a leguas la diferencia entre la salsa cubana y la portorriqueña. Y las preferencias del público son claras.

La salsa portorriqueña, representada por pesos pesados como Héctor Lavoe, Willie Colón, La Sonora Ponceña, Raphy Leavitt & La Selecta, Luis Ángel Canales, El Gran Combo, Carlos “Cano” Estremera, Ismael Rivera y un larguísimo etcétera pertenecientes a sus años formativos, es la favorita por su sentido barrial, sus mensajes alegres, positivos y románticos que combinan orgullo, identidad y buen ánimo de cara a la vida, sin importar las dificultades.

La generación de “salseros sensuales” -con Eddie Santiago, Willie González, Lalo Rodríguez, Frankie Ruiz, Gilberto Santa Rosa, como cabezas de serie- recogieron ese legado y lo actualizaron para el público juvenil de las décadas siguientes, conformando un cuerpo sonoro extenso y multiforme. Marc Anthony y Jerry Rivera son, a grandes rasgos, los dos últimos representantes del sonido boricua genuino, con fuertes anclas en los ritmos cubanos que le sirvieron de base, prolongación de lo que se conoció en el pasado como salsa dura.

También hay salseros de otros países, como por ejemplo Rubén Blades (Panamá), José Alberto “El Canario” (República Dominicana), Óscar de León (Venezuela), quienes también han sido fundamentales en el desarrollo del género y alcanzaron fama mundial. El caso de la salsa colombiana, con nombres como Fruko y sus Tesos, Grupo Niche, Joe Arroyo o Los Titanes, es especial pues introducen en el armazón básico de la salsa, elementos muy reconocibles de su propio país, configurando un crisol de influencias afrolatinas, caribeñas y americanas (como diría el recordado locutor y olvidable político Luis Delgado Aparicio Porta, “Saravá”), sin perder de vista la preponderancia del sentir portorriqueño en esta música.

Cuando Bad Bunny usa algunos de estos elementos en sus grabaciones y presentaciones públicas -pienso, por ejemplo, en su Tiny Desk para la NPR estadounidense- se siente el disfuerzo, el uso comercial, como si fuera una autoapropiación cultural, si tal cosa es posible.

Críticas facilistas en las redes

Como siempre ocurre en estas situaciones polarizadoras, las barras bravas defensoras de todo lo actual salieron con la pierna en alto para demoler a quienes no se plegaron al coro monocorde de halagos dirigidos al nuevo líder de la revolución latina. “No se conviertan en aquello que alguna vez criticaron” publicó una vieja gloria del punk peruano. “Bad Bunny no resuelve la controversia pero hace visible lo innegable, que los latinos son parte de la vida estadounidense”, publicó otro líder de opinión online. Por mucho que esta clase de comentarios tengan algo de sentido, no pasan de ser cuestiones menores, casi irrelevantes frente al asunto principal que se configura en esta problemática.

Esto no se trata de criticar “los gustos de los jóvenes”, una visión unidimensional y chata del problema. Se trata de comprender que, así como hoy tenemos 36 candidatos al sillón presidencial y así como una gavilla de pederastas controla las redes sociales del mundo, también los gustos populares están atravesados por esa pobreza apreciativa que le da preeminencia masiva y primeros lugares en los rankings de ventas a opciones que están claramente por debajo, en términos de interpretación musical, de todo lo que se ha hecho en Latinoamérica durante los pasados 80 años.

Estas opciones pueden llegar a ser, hasta cierto punto, divertidas en sí mismas -porque son pegajosas, porque son bailables, porque conectan con esa dimensión sensual que pertenecen al ámbito íntimo de las personas- pero su elevación a la categoría de posturas capaces de influir la forma de pensar, sentir y vivir de las poblaciones en los cinco continentes, es solo una muestra más de la degradación de las actividades humanas, comandadas por la excesiva aceptación del escapismo, el libertinaje y la juerga como símbolos de libertad individual, éxito social y pertenencia a lo moderno.

[OPINIÓN] Aunque jamás fue tan popular en las radios como otras canciones de ese mismo disco -La Universidad (Cosa de locos) o Televidente- Un viaje en un micro, tema compuesto por Pocho Prieto y Chachi Galarza, describía con precisión y sorna la realidad diaria de millones de personas en la capital. Por cierto, la canción de marras tampoco tuvo videoclip, soporte promocional muy de moda en ese entonces, a pesar del potencial que tenía por las frases entre sarcásticas y realistas que tenía, dentro de su simpleza.

Por eso, dos décadas después, cuando a través de unos amigos de mi esposa conocí a una institución vecinal que decidió quijotescamente enfrentarse a la maquinaria del fallecido ex alcalde de Lima Luis Castañeda Lossio (1945-2022) que iniciaba la construcción, durante su segundo periodo como burgomaestre, del corredor vial El Metropolitano, me uní a esa causa sin pensarlo dos veces.

Los principales integrantes de aquel colectivo eran, en su totalidad, hombres y mujeres bordeando los sesenta años, vecinos de Barranco, distrito que conocían de cabo a rabo pues allí habían transitado sus adolescencias en los maravillosos años sesenta. Algunos de ellos, incluso, tenían cierta experiencia en política, como regidores o candidatos a la alcaldía barranquina, o como jóvenes militantes de la fenecida Izquierda Unida durante sus años universitarios. Sin embargo, nada los preparó para el bulldozer que Castañeda Lossio y su banda abusiva les pasaría por encima a ellos, al distrito, a la ciudad.

Supuestamente, el “Corredor Segregado de Alta Capacidad-COSAC” -pomposo nombre completo de lo que todos hoy conocen y padecen como simplemente “El Metropolitano”- era una obra que solucionaría el caos vehicular, uniendo el cono norte -Carabayllo- con el inicio del cono sur -Chorrillos-, suprimiendo la vetusta Vía Expresa, por la cual circulaban todo tipo de transportes públicos y privados, para convertirla en el paso exclusivo de una masiva cantidad de buses espaciosos, modernos, seguros y con una frecuencia suficiente como para trasladar a las enormes masas de trabajadores que, de extremo a extremo, se movilizaban a diario sufriendo toda clase de vejámenes en el sistema anterior.

Actualmente, a pesar de que la población ya se acostumbró al Metropolitano y sus múltiples problemas -flota insuficiente, estaciones mal diseñadas, buses que chocan entre sí, mafias que trafican con el recargado de tarjetas y exponen a los usuarios a las repentinas balaceras y ajustes de cuentas que generan- hay un importante sector de ciudadanos para quienes está clarísimo que no representó ninguna mejora para el transporte público.

Los buses “segregados” se unieron al caos de siempre con unidades que, sin aire acondicionado, acaban repletas hasta el máximo de su capacidad pues no pasan muy seguido y, sobre todo, con tramos antitécnicos que le destruyeron la vida y el tránsito a los habitantes de Barranco y el Centro de Lima, dos zonas urbanas, históricas y minúsculas por las cuales nunca debió circular.

Hoy resulta fácil decirlo, si vemos el tránsito infernal que sufren todos los que ingresan y salen del conocido distrito al sur de Lima, admirado por su historia, su bohemia y sus lugares emblemáticos. En su momento, los vecinos organizados regalaron su experiencia y su trabajo, desgastaron sus gargantas en marchas y plantones frente a la municipalidad, perdieron su tiempo en “mesas de trabajo” con la GTU -hoy ATU– y los “expertos” de las empresas que apoyaban la construcción del Metropolitano los paseaban olímpicamente, escuchándolos para al final decirles, “sí, entendemos su preocupación. Pero El Metropolitano va como está”.

Los vecinos organizados explicaron las razones por las cuales cerrar la Av. Bolognesi era más un problema que una solución, por qué era más pertinente hacer que la vía exclusiva del Metropolitano acabara en inconcluso “patio” de República de Panamá -hoy más conocido como “el terral”- a la espera de la conexión con el tramo que va hacia el sur y que actualmente es el más novedoso problema del caos vehicular limeño, con fallecidos incluidos, por qué “los alimentadores” deberían ser los que reemplazaran a las 34 líneas de micros que se enredaban en las avenidas principales barranquinas para evitar el cierre de una de sus avenidas principales. Nadie escuchó.

Recuerdo que uno de los líderes de esta asociación vecinal, llamada convenientemente Salvemos Barranco -aun existe, a pesar de que tras los caballazos de las huestes de Castañeda y de quienes lo sucedieron ya prácticamente no haya nada que salvar- incluso logró, tras un serio y esforzado trabajo de quienes lo apoyábamos, reunirse con connotados personajes entonces ligados a la alcaldía de Susana Villarán, uno de ellos considerado el experto más experto en ordenamiento vehicular urbano y demás, en su casa/oficina.

Después de escuchar, con cara de aburrido como si estuviera pensando “a qué hora terminas, oe”, los argumentos sólidos sobre la inconveniencia del tramo barranquino del Metropolitano, respaldados por opiniones autorizadas de diversas instituciones y personalidades dedicadas a estudiar el tema, el funcionario lo miró con ínfulas de superioridad y le dijo: “Ya hermanito, pero realmente ¿ustedes qué quieren?”

Estamos en el 2026 y El Metropolitano ya está mayoritariamente internalizado en la mentalidad de los siempre maltratados usuarios del transporte público. En algunos casos, hay quienes aseguran que, con todos sus problemas, “antes estábamos peor” y eso ya deberíamos considerarlo una ganancia. Sin embargo, como usuario de transporte público libre de la cómoda ceguera que dan las lunas polarizadas, el taxi por aplicativo o el chofer privado, siento los olores, las apreturas, los empujones y la vida en riesgo todos los días. Y recuerdo esa canción de Río, que me suena tan vigente ahora como hace cuarenta años.

 

[INFORME] Un asesor con un rol poco claro pero un contrato generoso y un exalcalde fiestero de Somos Perú convertido en ejecutivo adjunto del Ministerio de Salud aparecen como los nuevos personajes de la polémica lista de visitantes de José Jerí en el despacho presidencial.

Los rumores de vacancia, como tantas veces durante la última década, suenan cada vez más fuerte en los pasillos de Palacio de Gobierno y el Congreso. Las sospechosas reuniones con empresarios chinos, junto con las contradicciones en los intentos de justificarlas, y las reuniones nocturnas con mujeres que precedieron contratos con el Estado parecen haber logrado que se pierda la confianza en José Jerí como conductor del país hasta el mes de julio.

Aunque tanto José Jerí como Ernesto Álvarez, su primer ministro, intentaron explicar sus acciones amparándose en la inexperiencia del mandatario y un estilo de gobernar que no está tan comprometido con los protocolos tradicionales, detrás de Jerí han existido nombres que no son precisamente novatos en el terreno político.

Sudaca ha podido detectar  a uno de estos personajes que, como lo demuestran sus constantes visitas al despacho de Jerí, ha sido muy cercano al gobierno del congresista de Somos Perú y que, para sorpresa de muchos, incluso estuvo vinculado con las personas de confianza del expresidente Pedro Castillo.

PERSONA DE CONFIANZA

En julio del año pasado, José Jerí Oré, quien por entonces veía la presidencia de la Mesa Directiva del Congreso como el máximo logro de su carrera política, recibe la visita de Luis Alfonso Morey Estremadoyro, un abogado involucrado con diversos medios de comunicación creados en los últimos años.

Este nombre volvería a figurar en el mes de octubre, cuando Jerí asume llega a Palacio de Gobierno tras la vacancia de Dina Boluarte. Incluso, como lo señala el periodista Eduardo Quispe, para aquel entonces había logrado un rápido ascenso al cargo de asesor directo y hasta habría estado involucrado en el discurso que se emitió esa madrugada en la que José Jerí recibió la banda presidencial.


Con Jerí instalado en Palacio de Gobierno, el abogado siguió en contacto con quien ahora era la máxima autoridad del país. Según los registros de visitas, Morey Estremadoyro sostenía reuniones de trabajo en el despacho presidencial y la persona encargada de recibirlo era Royer Azañero Álvarez, quien se desempeña como jefe de gabinete de asesores.

Sin embargo, esta cercanía entre Morey y Jerí nunca terminó por verse reflejada oficialmente en una designación oficial en por parte de la Presidencia ni la Presidencia de Consejo de Ministros. Pero, poco menos de un mes después de la llegada de Jerí a la presidencia, Morey Estremadoyro sí logró una orden de servicio por más de veinticinco mil soles con la Cancillería por un “servicio especializado para la elaboración de una estrategia comunicacional en materia política”.

Lo que había empezado en el mes de julio con un acercamiento a Jerí ahora le había abierto las puertas de la Cancillería. Porque, además de la orden de servicio mencionada anteriormente, el asesor del presidente también realizaba visitas a las oficinas de la Cancillería en el mes de enero. No obstante, aquí se observa un dato curioso porque esta vez lo hacía como director general de la empresa Best Cable, una empresa que brinda el servicio de televisión por cable, telefonía e internet.

Es preciso señalar que el nombre de Luis Alfonso Morey Estremadoyro no es ajeno a las altas esferas de la política nacional. En el año 2021, cuando Pedro Castillo ganó las elecciones, Morey era muy cercano con Mauro Gonzales, un joven que combinaba sus funciones como directivo de un medio comunicación con las de asesor y jefe de prensa de Castillo Terrones.

Por aquella época, diversos informes periodísticos ponían el foco sobre la aparición de medios oficialistas y Morey Estremadoyro era mencionado entre sus promotores. El abogado le brindó una entrevista al autor de este informe en la que reconocía que se encontraba colaborando con Gonzales para la creación de un nuevo medio de comunicación que, según sus palabras, ayudaría a darle pluralidad a la prensa peruana.

Pero esto no es todo sobre el vínculo entre Morey y el presidente Jerí. La semana pasada, el programa  ‘Beto a Saber’ informó sobre una reunión entre Hernando de Soto y José Jerí que habría ocurrido el 27 de noviembre del año pasado en la vivienda del economista y excandidato presidencial. En la imagen que se difundió también se puede advertir la presencia del abogado Morey.

Un días, después, el 28 de noviembre del 2025, Jerí se volvería a reunir con el excandidato de Avanza País. Esta vez ocurriría en el despacho presidencial en lo que fue registrado como una reunión de trabajo. Pero, como se puede observar en los horarios de ingreso y salida, esta reunión habría sido de tres debido a que también estaba presente Morey Estremadoyro.

EL MODELO A SEGUIR

Los polémicos y sospechosos encuentros no han sido lo único que ensombreció la gestión de José Jerí como presidente. En las últimas semanas, diferentes informes periodísticos han expuesto los diversos encuentros del mandatario con mujeres que, casualmente, eran sus amigas en redes sociales e incluso Perú21 reveló que para su fiesta de cumpleaños habría estado presente una creadora de contenido de Onlyfans.

Pero este tipo de afición por estas rodeado de mujeres  podría haber sido copiada de otra figura de Somos Perú que, casualmente, también aparece en la lista de visitantes que merodean por el despacho de Jerí. Esta persona es Alan Fernando Carrasco Bobadilla, quien fue alcalde del distrito de Santa Rosa hasta el año 2022. No obstante, lo más resaltante de su gestión municipal no fue un obra sino un escandaloso ampay.

En abril del año 2021, cuando el país todavía permanecía en alerta por la pandemia del Coronavirus, el programa de espectáculos  ‘Magaly TV: La Firme’ emitió imágenes del entonces burgomaestre compartiendo en un yate con  las conocidas vedettes Deysi Araujo y Azuzena del Río.

Para las elecciones del 2022, Carrasco Bobadilla no buscó una alcaldía sino que bajó su perfil y se presentó de la mano de Somos Perú como candidato a regidor para Lima. Sin embargo, con la llegada de José Jerí a Palacio de Gobierno se abrirían nuevas oportunidades laborales para el exalcalde de Santa Rosa.

A los pocos días de la llegada de Jerí a la presidencia, más precisamente el 31 de octubre del año pasado, Alan Carrasco Bobadilla renunció al cargo de asesor administrativo que venía desempeñando en la Municipalidad de Ventanilla y, menos de una semana después, se oficializó su llegada al Ministerio de Salud donde se convirtió en ejecutivo adjunto.

Cuando se concretó la vacancia de Dina Boluarte parecía difícil, al menos en el corto plazo, que otro político pueda llevar a cabo una gestión igual de cuestionable. Sin embargo, José Jerí parece haberlo logrado y, sin lugar a dudas, la elección del círculo que lo ha rodeado tampoco ayudó a encaminar un gobierno que, tras la pérdida de respaldo en el Congreso, parece tener los días contados.

El abogado Luis Alfonso Morey se comunicó con Sudaca para realizar los siguientes comentarios sobre el informe publicado:

«Agradezco la oportunidad de precisar la información difundida. Las reuniones consignadas en los registros corresponden a actividades de carácter profesional, algunas de ellas sujetas a deberes de confidencialidad, por lo que no es posible detallar su contenido.

Me une con el presidente constitucional de la República, José Jerí, una relación de amistad. Fui su asesor principal durante su gestión como presidente del Congreso y posteriormente he colaborado profesionalmente con el gobierno que él lidera a través del Ministerio de Relaciones Exteriores. Todo de manera limpia y profesional.

Asimismo, mantengo una relación de amistad con el economista Hernando de Soto, con quien he sostenido distintos encuentros e intercambiado ideas tanto en el ámbito personal como profesional.

Cualquier registro que me atribuya representación de Best Cable no se ajusta a la realidad y debe corresponder a un error del sistema. En todas las ocasiones he participado a título profesional y personal»

 

[EL DEDO EN LA LLAGA]  La película “Grâce à Dieu” (“Gracias a Dios”, 2018) del cineasta francés François Ozon nos muestra las dificultades que tienen que afrontar las víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica. Allí se nos cuenta un drama basado en hechos reales que denuncia el escándalo de abusos sexuales en perjuicio de menores cometido por el sacerdote Bernard Preynat en Lyon (Francia), entre los años setenta y noventa, principalmente en campamentos de scouts. Está confirmado que Preynat abusó de por lo menos 70 menores de edad, aunque se estima que el número de víctimas llegaría a las 400, y las autoridades de la Iglesia católica encubrieron los hechos durante décadas.

El film se centra en la historia de tres víctimas:

  • Alexandre Guérin, un banquero exitoso, católico practicante, casado y padre de cinco hijos.
  • François Debord, un ateo furioso y activista, que canaliza su rabia en acciones directas.
  • Emmanuel Thomassin, un hombre más atormentado y emocionalmente inestable, cuya vida ha sido profundamente marcada por el trauma.

Los tres, los cuales inicialmente no se conocen entre sí, terminan uniéndose a través de la asociación “La Parole Libérée” (“La Palabra Liberada”, fundada por sobrevivientes reales como François Devaux y Alexandre Hezez), que recopila testimonios, crea una red de apoyo y presiona judicial y mediáticamente para que se levante el secreto y se haga justicia. Se muestran sus luchas personales, el impacto del trauma en sus vidas (familia, fe, identidad), las respuestas evasivas o insuficientes de la Iglesia (incluyendo el famoso lapsus del cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon: “La mayoría de los hechos, gracias a Dios, están prescritos”), y cómo forman una comunidad para romper el silencio y buscar reparación.

Pero también se muestran los conflictos internos que aquejan a una asociación de víctimas. Mientras unos quieren ir más allá de sus casos individuales y denunciar el sistema eclesiástico que permite que clérigos cometan abusos, sistema que luego los encubre y protege, otros se contentan con que los responsables paguen sus culpas, y también hay víctimas que se niegan a unirse a las denuncias porque están tan afectadas por el trauma, que se sienten incapaces de soportar la presión pública que significa exponer abiertamente sus casos, o simplemente no logran reunir el valor para unirse a esta lucha. Porque hay algo muy cierto: el activismo abierto contra la pederastia eclesial suele traer consigo un alto costo personal y no pocos problemas individuales y sociales.

Ciertamente, las asociaciones de víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica han jugado un papel muy importante en la visibilización de los abusos y la ruptura del silencio. Han sido fundamentales para exponer encubrimientos sistémicos a nivel global, forzando la agenda pública y mediática. Ofrecen redes de apoyo mutuo, grupos de sanación, recursos psicológicos/emocionales y conexiones legales. Muchas son lideradas por sobrevivientes, lo que genera empatía y credibilidad entre víctimas que desconfían de instituciones eclesiales o estatales.

Han logrado avances concretos: listas públicas de clérigos acusados (en EE.UU. y otros países), políticas de “tolerancia cero” en algunas diócesis, presión al Vaticano y colaboración en comisiones de la verdad (Australia, Francia, Alemania). Han impulsado cambios legislativos (imprescriptibilidad en algunos países) y denuncias ante la ONU.

Sin embargo, algunos críticos, incluyendo algunos sobrevivientes y analistas, señalan que priorizan la Iglesia católica sobre otros contextos de abuso (escuelas, familias, otras religiones), lo que puede percibirse como sesgo anticatólico o agenda ideológica más que protección universal de menores.

No han faltado en esas asociaciones conflictos internos y crisis de liderazgo. Algunas voces, incluyendo sobrevivientes que encontraron sanación en la Iglesia, critican que ciertos grupos parecen más enfocados en atacar la institución eclesiástica que en sanar a víctimas o colaborar constructivamente. Muchas operan con donaciones y voluntarios, lo que restringe su alcance, especialmente en regiones pobres o con fuerte influencia eclesial.

Además, muchos de quienes hemos sido víctimas de abusos por parte de personal clerical o religioso de la Iglesia católica —en mi caso, en el Sodalicio de Vida Cristiana— creemos que los abusos sexuales son sólo el síntoma de un problema más profundo. Y que la lucha contra los abusos sexuales no podrá tener éxito si no se atacan las raíces mismas, que radican en el abuso de poder y abuso de conciencia que practican sistemas de rasgos autoritarios e instituciones de características sectarias.

SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), la más antigua asociación de víctimas de la Iglesia católica, fundada en 1988 por Barbara Blaine (1956-2017), una sobreviviente de abusos, sufrió entre 2016 y 2017 una crisis de liderazgo, la cual llevó a renuncias masivas. En diciembre de 2016, David Clohessy, director nacional durante décadas y figura pública clave, renunció abruptamente, citando conflictos internos y preocupaciones por su salud. Clohessy era una de las voces más visibles de SNAP en medios y audiencias. En febrero de 2017, Barbara Blaine, fundadora y presidenta, también renunció, dejando a la organización sin sus líderes históricos en un corto período. Estas salidas ocurrieron en medio de una convulsión institucional, con reportes de divisiones internas, pérdida de confianza y cambios en la dirección, pues Barbara Dorris asumió como nueva líder.

En enero de 2017, Gretchen Hammond, una exempleada administrativa había presentado una denuncia alegando que SNAP tenía un esquema de comisiones o pagos de retorno con abogados que representaban a sobrevivientes en demandas contra la Iglesia. Según la denuncia, SNAP aceptaba comisiones financieras —en forma de “donaciones”— de abogados que representaban a víctimas de abuso sexual. A cambio, SNAP refería o dirigía a sobrevivientes como clientes potenciales a esos abogados, quienes luego presentaban demandas contra la Iglesia Católica, a menudo con acuerdos millonarios. SNAP negó las acusaciones, afirmando que aceptaba donaciones de abogados pero no dirigía clientes. Más de la mitad de las donaciones anuales de SNAP provendrían en ese momento de abogados litigantes, e incluso se mencionaba un abogado de Minnesota que habría donado alrededor de un millón de dólares. Esto convertía a a SNAP en una “operación comercial” que “entregaba” víctimas a abogados para beneficio mutuo. La demanda generó escrutinio mediático y contribuyó directamente a las renuncias de Clohessy y Blaine. El caso se resolvió posteriormente en 2018 con un acuerdo extrajudicial, sin admisión de culpa por parte de SNAP, y Clohessy regresó regresó parcialmente a SNAP en 2018 como portavoz voluntario.

Problemas internos de otro tipo también han afectado a Ending Clergy Abuse (ECA).

Este proyecto había sido concebido en agosto de 2017 por Barbara Blaine, poco antes de su muerte inesperada en septiembre de 2017, junto a Timothy Law, abogado de Seattle, y otros activistas, con el nombre inicial de The Accountability Project (TAP). Esta iniciativa se convirtió rápidamente en Ending Clergy Abuse (ECA). Surgió como respuesta a la necesidad de una red internacional unificada de sobrevivientes y activistas contra el abuso sexual clerical en la Iglesia Católica, donde los casos de encubrimiento y falta de rendición de cuentas eran —y siguen siendo— un problema sistémico global. La organización se presentó públicamente en junio de 2018 en Ginebra (Suiza), con una conferencia de prensa el 7 de junio de 2018. En ese momento, ya contaba con más de 25 sobrevivientes y activistas de 15 países y 4 continentes. El anuncio coincidió estratégicamente con la visita del Papa Francisco a Ginebra (21 de junio de 2018), para presionar por mecanismos centrales de rendición de cuentas de obispos y una política global de tolerancia cero.

ECA ha organizado manifestaciones de resonancia mediática, a fin de visibilizar el problema de abusos en la Iglesia católica, entre los cuales se cuentan la “March to Zero Tolerance”, que tuvo su epicentro en Roma a fines de septiembre de 2023. También tuvieron resonancia la reunión de la junta directiva de ECA con el Papa León XIV el 20 de octubre de 2025, y la Cumbre Global ECA en Buenos Aires (16 de diciembre de 2025), que fue el primer evento internacional dedicado exclusivamente a alegaciones de abusos institucionales, coerción y explotación en el Opus Dei, centrado en testimonios de sobrevivientes y acceso a la justicia.

Pero más allá eventos mediáticos, ECA no puede ostentar ningún logro significativo en la lucha contra el abuso clerical. El éxito que han tenido algunos miembros de ECA en su lucha para que los responsables rindan cuentas se debe exclusivamente a iniciativas personales que no fueron apoyadas institucional ni financieramente por la asociación. Por ejemplo, fue la labor de Pedro Salinas, hasta hace poco miembro destacado de ECA, junto con la de otras víctimas y periodistas, la que contribuyó a la disolución definitiva del Sodalicio de Vida Cristiana.

También es conveniente mencionar que hubo otros integrantes de ECA a lo largo de su breve historia que renunciaron a la asociación, desilusionados ante la manera en que se manejaban los asuntos internos, en ocasiones muy similar a la manera autoritaria en que se manejan muchos asuntos dentro de la Iglesia católica.

En diciembre de 2025, ECA contaba oficialmente con 45 miembros. Ese mismo mes 8 de esos miembros —entre los cuales me cuento yo mismo desde la campaña en Roma en septiembre de 2023— decidimos renunciar a la asociación debido a una serie de circunstancias y acciones por parte de miembros de la junta directiva, que ponían en tela de juicio el talante democrático de la asociación. La junta directiva se negó a proporcionarnos información transparente sobre el proceso de expulsión de un miembro de ECA que había participado en las jornadas de septiembre de 2023 en Roma. Se nos quiso imponer un código de conducta más apropiado para instituciones donde los abusos sexuales eran probables y frecuentes. Se quiso implementar la obligatoriedad de entrenamientos (que debíamos pagar nosotros mismos) en el tema de abusos, además de cuotas en dinero para asociados.

He aquí lo que expresamos los renunciantes:

«Aun cuando ECA tenga fines justos y nobles por los cuales siempre lucharemos personalmente, consideramos sin embargo que a muchos no nos ha traído ningún beneficio verificable pertenecer a la organización, pero sí podríamos tener problemas en el futuro debido a una mala gobernanza que se ha inclinado hacia un autoritarismo inaceptable.

Durante los últimos años, muchos miembros de ECA han expresado su profundo descontento con la gestión de la organización por parte de la junta directiva, gestión marcada por el autoritarismo, la negativa a escuchar la opinión de las bases y la imposición de decisiones desde arriba. Hemos utilizado todos los mecanismos disponibles en una organización democrática para fomentar el debate sobre la buena gobernanza democrática. La junta directiva se ha negado repetidamente a permitir que este debate se lleve a cabo. ECA ha dejado de ser una organización democrática.

Las bases no tienen derechos, sólo obligaciones arbitrarias establecidas por la junta directiva. Se nos pide que contribuyamos con nuestro esfuerzo y trabajo a una organización donde no tenemos voz. El autoritarismo con el que opera ECA hoy en día se asemeja mas a la Iglesia católica que a una organización de derechos humanos. Se ha permitido que prospere un ambiente tóxico. Permanecer en dicha organización infligiría daño moral a cualquier activista de derechos humanos que se precie. Por todas estas razones, no queremos formar parte de ECA y hemos decidido renunciar a nuestra membresía».

En un solo mes ECA ha perdido el 18% de sus miembros. Los renunciantes son originarios de España, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y El Salvador. Por eso mismo, decíamos también en uno de nuestros escritos a la junta directiva:

«Agotamos todos los mecanismos a nuestro alcance para obtener respuestas y propiciar un cambio de actitud; sin embargo, una y otra vez nos encontramos con una negativa sistemática que impidió, cuando menos, recibir respuestas claras y serias a los planteamientos expresados.

Durante este proceso cuestionamos, nos quejamos y también propusimos alternativas que permitieran dar un giro a la verticalidad impuesta. No obstante, todos nuestros intentos fueron ignorados u opacados. Por el contrario, fuimos calificados como un “pequeño grupo”, “disidentes” o “latinoamericanos”».

La lucha contra los abusos sigue siendo una de nuestras banderas. Esperamos que las organizaciones que siguen abocadas a esta causa aprendan de sus errores y no socaven sus legítimas batallas con actitudes similares a las que están en la raíz de los abusos mismos.

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