Opinión

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 1° de abril de 2026, la Conferencia Episcopal Peruana dio a conocer un comunicado de monseñor Jordi Bertomeu Farnós, comisario apostólico a cargo del proceso de liquidación de las sociedades de vida apostólica Sodalitium Christianae Vitae y Fraternidad Mariana de la Reconciliación, y de las asociaciones de fieles Siervas del Plan de Dios y Movimiento de Vida Cristiana.

En él se señalan los objetivos que se pretende alcanzar:

  1. a) Asumir la representación legal de las mencionadas instituciones suprimidas o conferirla a personas de su confianza.
  2. b) Disponer los procedimientos para comprobar cualquier tipo de violencia y/o abuso sufrido por miembros o ex miembros de las instituciones suprimidas y atribuido con certeza al Sr. Luis Fernando Figari y/o a miembros o ex miembros de las instituciones fundadas por él.
  3. c) Definir y resarcir equitativamente los daños sufridos por las víctimas (conforme al canon 128 del Código de Derecho Canónico), teniendo en cuenta para esos efectos el valor consolidado de los bienes muebles y los ingresos obtenidos por la enajenación de los bienes inmuebles pertenecientes a las instituciones mencionadas.
  4. d) Regularizar (conforme al canon 265 del Código de Derecho Canónico) la situación jurídica de los clérigos que estuvieron incardinados en el Sodalitium Christianae Vitae.

A continuación se detallan en el escrito los pasos a dar para conseguir estos fines, entre los que destaca la apertura de un «canal de primera escucha» que funcionará del 4 al 22 de mayo de 2026 en la sede de la Nunciatura Apostólica en Lima.

Algunos aspectos de este protocolo ya han despertado recelos y críticas. La Asociación por la Verdad, Justicia y Reparaciones (que reúne a varias víctimas del Sodalicio y asociaciones vinculadas) ha expresado preocupación, mientras que la Red de Sobrevivientes Perú, dirigida por José Enrique Escardó, ha adoptado un tono más duro y confrontacional. Se trata de críticas que no necesariamente comparten todas las víctimas del Sodalicio.

Algunas de estas observaciones podrían tener fundamento. Por ejemplo, que el período para que las víctimas presenten sus casos sea muy acotado (solo del 4 al 22 de mayo) y que no se podrán presentar denuncias después de este lapso. O que la documentación a presentar sea exhaustiva, lo cual no significaría mayor esfuerzo para quienes ya han presentado sus casos ante la Misión Especial Scicluna-Bertomeu, pero podría constituir una barrera burocrática para quienes recién se atreven a contar por primera vez los abusos sufridos en alguna de las entidades de la Familia Sodálite. Asimismo, no queda suficientemente claro si la reparación se limitará a una compensación económica o incluirá también una reparación simbólica con pedido de disculpas, aunque en el mismo comunicado se incluye una petición de perdón del papa Francisco «por los ilícitos canónicos intolerables que, más allá del escándalo suscitado a nivel internacional, desfiguran la misión evangelizadora de la Iglesia y menoscaban severamente su credibilidad».

Otras críticas provienen de sectores defensores del Sodalicio. El Centro de Estudios Jurídicos Santo Tomás Moro, un nido de ultraconservadores críticos de varios aspectos de la enseñanza del papa Francisco, publicó una carta abierta al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, solicitando la destitución de monseñor Jordi Bertomeu por motivos carentes de solidez y objetividad. En el texto de la carta se dice expresamente:

«Debemos manifestarles que lo que sí nos ha causado mayor dolor y tristeza, razón por la cual nos manifestamos en esta carta abierta, es el manifiesto abandono de millares de familias, laicos y fieles católicos peruanos y extranjeros que pertenecieron y vivieron el evangelio en torno a la familia espiritual del Sodalicio de Vida Cristiana».

A lo cual añaden lo siguiente, exagerando dramáticamente las cifras sin vergüenza alguna:

«Centenares de miles de peruanos y extranjeros que recibieron la primera formación en la fe y en la moral católicas, que han sido abandonados sin mayor explicación y hasta ahora no se les explica que va a suceder con ellos, a dónde deben ir y cómo deben enfrentar cuestiones tan difíciles de comprender como es la manera como operan los carismas de Dios en las comunidades católicas y que es lo que deben hacer ahora frente a su comunidad disuelta, así haya tenido o no haya tenido carisma fundacional».

Resulta sintomático que en la extensa carta apenas se mencione a las víctimas.

En la misma línea, aunque con un estilo más agresivo y bilioso, el exsodálite y pseudoperiodista Alejandro Bermúdez publicó el 2 de abril en la red social X un artículo titulado «Guárdate tus amenazas Bertomeu, porque LAS VAS A PAGAR».

Respecto a las incardinaciones de sacerdotes, Bermúdez afirma, convirtiendo un chisme en un supuesto facto: «El objetivo de Bertomeu es claro: que ningún sacerdote sodálite pueda ser recibido en una diócesis». Ignora que, ante la escasez de vocaciones, la Iglesia difícilmente puede prescindir de sacerdotes formados, especialmente si son buenos. Remata su texto con la siguiente amenaza:

«Quiero que te quede claro, Bertomeu: estás en la mira ahora más que nunca, y lo seguirás estando; no por odio ni por venganza, sino por justicia. Porque un sujeto tan corrupto e inmoral como tú no solo no debería tener la responsabilidad que hoy ostenta, sino que ni siquiera debería haber accedido al sacramento del orden sacerdotal».

¿Qué más se puede decir sobre el proceso de reparaciones?

Existe una forma de razonar errada muy frecuente, denominada «falacia de la solución perfecta» (también conocida como «falacia de la perfección» o «falacia del nirvana»), muy contraproducente, pues impide que se hagan efectivas decisiones que hay que implementar. Consiste en rechazar una propuesta, solución o política simplemente porque no es perfecta, ignorando que puede representar una mejora significativa respecto a la situación previa o a las alternativas reales disponibles. Se compara la propuesta con un ideal utópico (“el nirvana”) y, al no alcanzarlo, se descarta por completo, aunque sea claramente mejor que lo que ha habido hasta entonces.

Y esta falacia es la que parecen estar cometiendo algunos de los que critican el actual proceso de reparaciones.

Ya anteriormente ha habido varios procesos similares de reparación a víctimas de abusos en la Iglesia católica. El caso del Sodalicio destaca por ser un proceso centralizado y final gestionado directamente por un comisario apostólico del Vaticano, que utiliza bienes incautados de la propia institución suprimida para indemnizar no solo abusos físicos y/o sexuales, sino también espirituales, de conciencia, de autoridad y económicos. Lo excepcional —que sienta un valioso precedente— es la supresión total de una sociedad de vida apostólica de derecho pontificio.

Este modelo combina investigación canónica, liquidación institucional y reparación económica de forma centralizada. Aunque reduce algunas garantías procesales para las víctimas (no queda claro si se admitirán apelaciones), agiliza las cosas y evita esperas indefinidas. Las reparaciones se financian exclusivamente con bienes del Sodalicio incautados, sin que la Santa Sede ponga dinero propio.

No obstante sus limitaciones, este proceso resulta necesario y es mejor que lo habido hasta ahora por varios motivos:

  • Independencia y autoridad externa: Los procesos anteriores fueron gestionados por el propio Sodalicio (Oficina de Escucha y Asistencia y acuerdos extrajudiciales). Las víctimas los criticaban por falta de imparcialidad. Ahora interviene directamente el Vaticano con poder de liquidación.
  • Reconocimiento más amplio de abusos: Incluye explícitamente no sólo abusos físicos y/o sexuales, sino también abusos espirituales, de conciencia, de autoridad y económicos.
  • Cierre institucional definitivo: Forma parte de la supresión total de la «familia espiritual sodálite», ofreciendo mayores garantías de no repetición.
  • Montos potencialmente mayores: Según información oficial del Sodalicio, hasta fines de 2024 se destinaron 5.348.000 dólares a la reparación de 83 víctimas (media aproximada de unos 64.000 dólares por persona, incluyendo terapias). Con la liquidación de bienes que realiza actualmente el comisario apostólico, el fondo disponible podría ser superior.

El proceso de reparaciones abierto por monseñor Jordi Bertomeu es imperfecto. Presenta deficiencias que merecen ser señaladas con claridad y, en la medida de lo posible, corregidas o complementadas. Sin embargo, también es necesario y constituye un avance real y significativo respecto a los mecanismos internos previos gestionados por el propio Sodalicio.

Para las víctimas que aún no han sido resarcidas adecuadamente, este «canal de primera escucha» puede ser la última oportunidad concreta de obtener un resarcimiento antes de que el caso se archive definitivamente. Apoyar el proceso —sin dejar de exigir mejoras en su ejecución— parece la actitud más razonable y constructiva en este momento.

La justicia perfecta no existe en este mundo. Pero la justicia posible, aunque imperfecta, es preferible a la perpetuación de la impunidad o la espera indefinida.

[ENTRE BRUJAS] A pocos días del 12 de abril, fecha de las elecciones generales, el Perú no se enfrenta a una jornada electoral ordinaria. Lo que está en juego es la posibilidad de iniciar un proceso de recuperación democrática tras años de deterioro institucional, debilitamiento del equilibrio de poderes y progresiva captura del Estado por sectores corruptos que se perpetúan en la política peruana.

En este contexto, durante los últimos meses ha cobrado visibilidad la campaña “Por estos no”, expresión de un legítimo hartazgo ciudadano frente a actores políticos vinculados a la corrupción, al oportunismo y a la falta de ética. Sin embargo, esta reacción, aunque necesaria, resulta insuficiente si no se acompaña de una mirada más amplia. Recuperar la democracia no pasa solo por excluir a determinados actores, sino por evitar que se reinstalen —con nuevos rostros o discursos— prácticas autoritarias, populistas o contrarias a los derechos humanos.

A estas alturas, no corresponde indicar por quién votar. Pero sí es imprescindible afirmar que el voto debe ser no solo estratégico, sino responsable. Responsable con un país que arrastra casi una década de inestabilidad política; con un Estado que enfrenta serias limitaciones frente al avance de economías ilegales y la criminalidad; y con una sociedad en la que las desigualdades estructurales —incluidas las de género— se han profundizado en un contexto de creciente vulnerabilidad.

Recuperar la democracia implica mucho más que sostener procesos electorales. Supone restituir el funcionamiento de las instituciones, garantizar un equilibrio real de poderes y reconstruir la legitimidad del Estado. Exige, además, políticas públicas inclusivas.

En los últimos años, junto con el deterioro institucional, se ha instalado un clima de desconfianza, miedo e individualismo. Los sectores que han contribuido a este escenario —debilitando la justicia, relativizando la corrupción o mostrando indiferencia frente a la vulneración de derechos— deben ser sancionados y una forma es no darles el voto. Esto incluye no solo a quienes forman parte de redes de poder más evidentes, sino también a quienes, desde discursos aparentemente renovados, reproducen prácticas autoritarias o desestiman principios básicos de derechos humanos. Pues son, más de lo mismo.

En ese sentido, los discursos racistas, clasistas o machistas, así como la descalificación sistemática de la disidencia, no son elementos menores. Son señales de proyectos políticos incompatibles con una democracia sustantiva. La recuperación democrática exige colocar en el centro la dignidad de las personas y la vigencia de sus derechos. La defensa de los derechos humanos, no es un tema menor, sino una condición esencial para reconstruir el país.

La seguridad se garantiza con políticas serias, inteligencia, con acceso a la justicia y erradicación de la impunidad. No con discursos populistas sin asidero real.

El proceso electoral del 12 de abril no resolverá por sí solo la crisis que atravesamos, pero sí puede marcar un punto de inflexión. Recuperar la democracia exige hoy algo más que participar: demanda un voto consciente, informado y ético, capaz de trazar límites claros frente al autoritarismo y la impunidad, y de abrir paso —aunque sea gradualmente— a una política basada en la responsabilidad pública, el respeto a los derechos y la posibilidad real de reconstruir lo común.

Tu voto por la presidencia, el senado y la diputación importa y de este depende recuperar el país de la garra de la corrupción, la demencia y el autoritarismo.

[Música Maestro] La semana pasada, el viernes 27 de marzo para ser exactos, fue el lanzamiento oficial de Honora, primer álbum como solista de Flea, reconocido integrante de los Red Hot Chili Peppers. El extraordinario músico sorprende al mundo con un disco de jazz, en el que además de su característico bajo toca la trompeta, su primer instrumento. Con Honora, Flea cierra un círculo que estaba abierto desde su más temprana infancia. El pretexto perfecto para hablar de su carrera, de su disco y de ese instrumento que domina como pocos.

Un instrumento de perfil… bajo

En setenta años de historia, el rock -como todo fenómeno sociocultural- ha generado sus propios códigos, lenguajes, símbolos y galería de personajes. De ellos, el más emblemático quizás sea el “héroe de la guitarra” o, como se dice en inglés, “guitar hero”, el guitarrista líder de aspecto poderoso y sobrenatural capaz de hacer que el mundo dé vueltas alrededor suyo con solo un movimiento de su brazo derecho (o izquierdo).

A través de las décadas han surgido incontables héroes de la guitarra -Hendrix, Page, Clapton, May, Van Halen, Satriani, Vai, Morello, White-, desde los fantasmagóricos y contemplativos hasta los extravagantes e innovadores. Hasta un videojuego se creó -Guitar Hero-, instalando el concepto en el siglo XXI como legado de la cultura popular del siglo anterior que se va transformando y adaptando a los tiempos modernos.

Y siempre, detrás de los dinámicos guitarristas que, con sus electrizantes solos y contundentes riffs acaparan los reflectores, están los bajistas. Aunque generalmente se les identifica con una actitud más conservadora, siempre detrás sosteniendo las armazones rítmicas de ensambles rockeros de todo tipo, la función que cumple el bajo es tan o más importante que la de las guitarras. Además, pueden llegar a ser tan extravagantes y hasta apropiarse del escenario, como los guitarristas.

Héroes del bajo

Las décadas doradas del rock clásico también produjeron una larga lista de nombres de ejecutantes de este instrumento que, a diferencia de la guitarra, no nació como evolución de instrumentos populares de civilizaciones europeas y orientales de la antigüedad -cítaras, vihuelas, laúdes- para posteriormente electrificarse, sino como adaptación directa del mundo clásico estrictamente europeo -el contrabajo del siglo XVI- para tener una versión portátil y amplificada.

Desde que la fábrica de Fender puso en circulación su modelo de bajo eléctrico Fender Precision Bass, a inicios de los años cincuenta, mucha agua ha corrido por los puentes de este popular instrumento, base rítmica para grupos de jazz, pop-rock, metal, punk, salsa, latin-jazz y todos los otros géneros que se puedan imaginar. Hoy existen muchas otras formas, efectos y marcas, con cuatro cuerdas -configuración original inspirada en el contrabajo- cinco y hasta seis.

Entre los héroes del bajo rockero, que son muchísimos, podemos mencionar por ejemplo a John Paul Jones (Led Zeppelin), moderado y virtuoso; Chris Squire (Yes), rotundo e inconfundible; Geddy Lee (Rush), dinámico y pesado. Si hablamos de jazz, la lista es tan grande que merecería un artículo aparte. Y en la salsa o el jazz latino, la próxima vez que escuchen temas de la Fania, o las grabaciones de Héctor Lavoe, Willie Colón y Rubén Blades, préstenles atención a las líneas de bajo de los portorriqueños Bobby Valentín y Salvador Cuevas, por un lado; y a las del cubano Carlos del Puerto (Irakere) o su hijo, Carlitos del Puerto Jr., uno de los mejores actualmente.

Los tumultuosos inicios de Flea

La primera vez que escuché a los Red Hot Chili Peppers fue en Disco Club, a través del videoclip de un cover de Higher ground, contenido en Mother’s milk (1989), su cuarto LP. Las imágenes mostraban a un cuarteto de jóvenes blancos que más parecían integrantes de una pandilla punk, tocando a velocidad y con distorsión típica del rock alternativo/grunge, el acompasado clásico de Stevie Wonder (LP Innervisions, 1973). Al inicio del video, un bajista de aspecto amenazante -torso desnudo, ceño fruncido, pelo amarillo, tatuajes, movimientos agresivos- replica con alucinante exactitud la línea introductoria que Wonder lanza desde su característico clavinet Hohner.

El artista conocido mundialmente como Flea –“Pulga” en inglés- construyó su carrera musical en la escena del punk y el metal de Los Angeles, ciudad a la que llegó a los 10 años con su madre Patricia, su hermana Karyn y su padrastro, un contrabajista de jazz. Su verdadero nombre es Michael Balzary y había nacido en Australia en 1962. Su padre, de nacionalidad húngara, se separó de la familia cuando él tenía solo 9 años. Walter Urban, su padrastro, solía organizar en casa tóxicas sesiones de jazz en las que caían los más grandes. El pequeño Michael vio en acción, a poquísima distancia, a Dizzy Gillespie, Coleman Hawkins, Miles Davis y muchos otros.

Sin embargo, su vida familiar no fue para nada sencilla ni perfecta. Urban padecía de un intenso alcoholismo que lo ponía violento, por lo que Flea, desde la adolescencia, se refugió en las calles y todos los peligros que ello traía. Así aparecieron las peleas, el consumo de marihuana y una conexión personal con la música fuerte que lo alejó de su primer amor, el jazz. Así conoció también a otro adolescente desadaptado, Anthony Kiedis, cantante en diversas bandas del barrio. Y al guitarrista Hillel Slovak, israelí de nacimiento pero afincado en Los Angeles con sus padres de origen eslavo. Los tres formaron en 1982, junto con el baterista Jack Irons, la primera alineación de The Red Hot Chili Peppers, a la postre una de las bandas más exitosas de los años noventa.

Red Hot Chili Peppers y la fama mundial

Entre 1982 y 1989, los Red Hot Chili Peppers atravesaron una serie de dificultades para encontrar su camino hacia el éxito. Sus cuatro primeros álbumes –The Red Hot Chili Peppers (1984), Freaky styley (1985), The uplift mofo party plan (1987) y Mother’s milk (1989)- pasaron bastante desapercibidos para la crítica especializada, a pesar de presentar una impresionante capacidad instrumental y una combinación auténtica de hip-hop, rock alternativo y funk.

Incluso el segundo álbum, Freaky styley, fue producido por el legendario George Clinton, líder de Parliament-Funkadelic. Salvo el mencionado cover de Higher ground y algunos otros temas –Get up and jump, Fight like a brave o Behind the sun– la onda de los RHCP no tuvo mayor impacto. La muerte por sobredosis de Slovak, en 1988, y los constantes cambios de baterista -Jack Irons, Cliff Martinez y hasta D.H. Peligro de los Dead Kennedys- hizo tambalear al proyecto de Kiedis y Flea. Sin embargo, la llegada de John Frusciante (guitarra, coros) y Chad Smith (batería) cambió todo.

Con esa formación -Kiedis, Flea, Frusciante y Smith- y un estratégico cambio de casa discográfica, de EMI Records a Warner Brothers, los Red Hot Chili Peppers levantaron vuelo. De ser una banda marginal en Los Angeles se convirtieron en un gigante que comenzó a llenar estadios y festivales en el mundo entero. Sus siguientes álbumes Blood sugar sex magik (1991), One hot minute (1995), en que Dave Navarro de Jane’s Addiction ocupó el lugar de John Frusciante quien se aisló de todo por problemas de salud mental y drogas -y donde Flea estrenó la primera canción que compuso a solas, la bizarra Pea– convirtieron al cuarteto en superestrellas, especialmente el primero, con canciones como Suck my kiss, Breaking the girl, Give it away o Under the bridge.

Para ese momento, estaba claro el estatus de Flea como el absoluto héroe del bajo de su generación. Junto con Les Claypool (Primus) y, en menor medida, Reginald “Fieldy” Arvizu (Korn) y Jeff Ament (Pearl Jam), el hiperactivo y dinámico fundador de Red Hot Chili Peppers se unió a esa lista de históricos y notables bajistas que lo precedieron. Influenciado por los máximos exponentes del funk y el jazz-fusión, pero con la energía desbordada de bajistas de punk, hard-rock y heavy metal, el estilo intenso y preciso de Flea se convirtió en marca registrada de su banda.

Californication y posterior desgaste del grupo

La idea de grabar un álbum como solista rondó la cabeza de Flea casi desde siempre. En la era del Blood sugar sex magik, Flea estuvo cerca de concretar ese anhelo, pero dio preferencia a invitaciones para colaborar con otros artistas. Por ejemplo, su bajo puede escucharse en Jagged little pill (1995), el tercer álbum de la canadiense Alanis Morrisette, así como en grabaciones de Tori Amos y Jane’s Addiction, con quienes incluso salió de gira.

Para fines de los noventa, el mundo de la música celebró el regreso de la formación más aclamada de los Red Hot Chili Peppers. Con John Frusciante de vuelta, el cuarteto tuvo un tremendo impacto global con Californication (1999), séptima producción en estudio que generó nuevos ingresos a su catálogo de éxitos como Around the world, el tema-título o Scar tissue, además de una paleta sonora más diversa con canciones como Parallel universe, densa y frenética; o Road trippin’, un tema acústico cercano al country.

El grupo siguió adelante con By the way (2002) y Stadium Arcadium (2006), extensos y algo repetitivos, aunque con ideas musicales interesantes siempre determinadas por el desempeño de Flea. Canciones como By the way o Hump de bump, son buenos ejemplos. Aunque en conciertos seguían siendo una gran atracción, sus producciones comenzaron a carecer del riesgo que sostuvieron hasta Californication. En sus últimos discos –I’m with you (2011), The getaway (2016), Unlimited love (2022) y Return of the dream canteen (2022)-, los Red Hot Chili Peppers mantienen su evolución musical con el peso y solvencia de los años, pero sin el filo de sus tiempos juveniles.

Flea y su pasión por la trompeta

“Recuerdo haber visto en casa a Dizzy Gillespie”, le contó hace la semana pasada al humorista Jimmy Fallon, conductor del sintonizado programa de la TV norteamericana The Tonight Show, como parte de la campaña promocional de Honora. “Me abrazó y hasta ahora recuerdo el aroma de su colonia, su amabilidad” dijo, además de contar que la trompeta fue su primer instrumento.

La trompeta es la principal protagonista de Honora, el sorprendente álbum de jazz con el que Flea cumple su propósito de grabar un disco en solitario. Previamente, en el 2012, había lanzado un EP con seis temas propios en clave de música experimental, electrónica y jazz, titulado Helen burns, donde despliega la pasión que le produce este instrumento de viento que aprendió a tocar escuchando a los mejores: Miles Davis, Chet Baker, Lee Morgan.

En varios conciertos de los Red Hot Chili Peppers se le puede ver tocándola, como en este segmento del DVD Live at Slane Castle (2003), en que sale enfundado en un traje negro con estampado de esqueleto, como lo hiciera antes uno de sus ídolos, John Entwistle, bajista de The Who. Incluso hay un video en YouTube de un concierto de Nirvana en Brasil, en 1993, en que Flea aparece como invitado durante Smells like teen spirit, haciendo líneas de delirante jazz con la trompeta en la parte final de este himno del grunge. Una rareza digna de ver y escuchar.

El momento actual de Flea

En una entrevista con el productor, músico y youtuber Rick Beato, también promocionando Honora, Flea reflexiona sobre vida, sus altibajos y su momento actual que incluye las celebraciones por el aniversario 25 del Conservatorio de Música de Silverlake, institución educativa sin fines de lucro que fundó en el 2001 en California para apoyar a niños de bajos recursos a encontrar su camino en la industria musical. Aquí podemos verlo tocando con sus alumnos.

Flea -apelativo que le pusieron desde pequeño porque no podía quedarse quieto ni un minuto-, es un bajista frenético, de una gestualidad agresiva e impredecible. Salta, se retuerce, sacude cabeza, brazos y piernas, todo mientras toca con sorprendente precisión intensos ritmos de funk-rock con recursos técnicamente refinados y complejos. Pero, cuando sopla la trompeta, su ser ingresa en una calma suave y acompasada, como en esta actuación junto a Patti Smith (ver aquí).

Tiene una condición física envidiable -llegó caminando de manos al programa de Jimmy Fallon la semana pasada, una verdadera proeza para un hombre de 63 años- y una impresionante rapidez mental. En sus respuestas, aflora esa espiritualidad que desde hace algunos años adoptó como tabla de salvación de una vida llena de exceso y peligro. Honora, su disco, le hace justicia a esta evolución artística y personal.

Las canciones de Honora

A diferencia de Helen burns, Honora es un disco de jazz orgánico, sin excesivas intromisiones de bases electrónicas. Solo tres de sus diez canciones se difundieron de manera oficial, antes del 27 de marzo. La primera de ellas, titulada A plea, es un ejercicio de acid jazz que, en un videoclip de siete minutos, muestra al siempre desenfadado y epiléptico Flea rodeado de niñas y niños mientras grita al mundo -a los políticos, a los empresarios, a los artistas- la necesidad de recuperar el amor en el mundo y evitar las guerras, un mensaje muy a tono con las dificultades que atraviesa actualmente Estados Unidos por los caprichos de su presidente.

La segunda, Traffic lights, presenta una colaboración vocal del líder de los ingleses Radiohead, Thom Yorke, con quien Flea coincidió algunos años atrás en un proyecto denominado Atoms For Peace. La canción posee un aura hipnótica que se nutre del smooth jazz y, nuevamente, el bajo y la trompeta de Flea serpentean sobre una melodía coescrita por él, Yorke y el tecladista Josh Johnson. La tercera, presentada en vivo en el programa de Fallon, es un cover del rapero Frank Ocean, un tema llamado Thinkin’ about you que Flea transforma en una sofisticada balada jazz, tocando bajo y trompeta a la vez, con inteligentes arreglos ejecutados por su solvente banda.

Honora contiene seis composiciones originales de Flea y cuatro de otros artistas. Además de la mencionada Thinkin’ about you, destacan Maggot brain, tema-título del tercer disco de Funkadelic, que la guitarra de Eddie Hazel convirtió en himno del rock psicodélico en 1971; el clásico del country Wichita lineman con participación vocal del australiano Nick Cave; y la balada jazz de 1932 Willow weep for me, escrita por Ann Ronell y grabada a través de los años por luminarias como Billie Holiday, Frank Sinatra, entre otros.

Este álbum es una de las mejores noticias en lo que va del año en términos de lanzamientos discográficos, un homenaje al jazz que llega gracias a uno de los músicos más irreverentes, auténticos y talentosos de los últimos 35 años que, de esta manera, agradece tanto su propia sobrevivencia a diversas dificultades -abuso y abandono juvenil, adicciones, diversas experiencias traumáticas- como la de aquel bagaje sonoro que nutrió su trayectoria. La carátula de Honora es una foto artística de una mujer con una paloma blanca sobre el hombro. La modelo es Shahin Badiyan, madre iraní de su actual esposa, Melody Ehsani.

[OPINIÓN] El impacto más crítico se observa en la soberanía nacional. La privatización de Petroperú y la cesión de yacimientos de gas y petroleo a corporaciones americanas, no son simples medidas de eficiencia, sino la renuncia a la seguridad energética del país. Al sumar a esto el alineamiento militar mediante la compra impuesta de armamento (cazas F16) y el establecimiento de bases extranjeras, el Perú pierde su autonomía de decisión en defensa, subordinando su territorio a intereses estratégicos foráneos.

​En el plano interno, el despido masivo de 800,000 trabajadores del estado y la reducción drástica de ministerios , apuntan a un «Estado mínimo» que abandona sus funciones sociales. Esto es Milei en versión Andina. Esta desarticulación administrativa garantizara que el Estado no tenga capacidad de regular ni de oponerse a las concesiones de recursos en los Andes, la Amazonía o el Mar de Grau.

​Finalmente, la ruptura de lazos comerciales con China, es el objetivo de este proyecto pro Trumpista, particularmente a través de cambios de contratos en el puerto de Chancay y la minería de litio, colocando al Perú en una posición de vulnerabilidad. Al bloquear la inversión china, se elimina la competencia y se fuerza al país a un régimen que algunos analistas describen como semi colonial, donde los activos críticos son entregados bajo condiciones de desventaja. Votar por este proyecto implica, por tanto, la claudicación de la soberanía popular frente a un pacto de élites y potencias externas. El Perú solo se salva con el voto estrategico en Primera y Segunda Vuelta. Y habrá que aliarse con todos los dispuestos a impedir la repeticion de una dictadura. Que puede derivar en una crisis y rebelión popular, similar a la de Chile 2019 o Colombia 2020.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] No sé de qué escribir esta mañana. Obviamente la campaña electoral me da vueltas a la cabeza desde que abro los ojos, bien temprano, como me gusta. Lo primero que veo en mi computadora son las redes, las tendencias, las encuestas, truchas, o más o menos sinceras. Las opiniones de los candidatos, de la gente, los insultos de los troles. Y otras novedades más, como la inteligencia artificial en campaña, con diversos personajes convertidos en animalitos, héroes de la ciencia ficción, diversas mascotas, y un largo etc.

También está, cómo no el insulto descarnado, la guerra de los troles, o la rebelión en la granja de los troles. La diatriba de improperios carece de la mínima censura. Son del más grueso calibre y aunque algunos intentan ser imaginativos, pocas veces coronan sus esfuerzos con el éxito.

También están el tema del sistema electoral, creado para que los mismos de siempre se queden, como siempre, en el poder. La fórmula es fácil: desagregar el voto entre la inverosímil suma de 36 partidos postulantes y colocar una valla electoral bien alta. De esta manera, ante tanta dispersión, alrededor de 30 de los 36 postulantes quedarán fuera, pero el tema no queda allí.

Los que quedan, que suelen ser los más fuertes, los que tienen más poder, los que ya están en el Congreso, se reparten todo lo que pierden quienes quedaron debajo de la valla. De esta manera, su representación parlamentaria engorda y engorda, se empodera y se empodera, y podría expresarse muy mayoritariamente en el próximo todopoderoso Senado, que ni el Presidente tendrá facultad de cerrar. Será la institución omnipotente, el verdadero lugar desde el cual se gobernará el Perú desde el 28 de julio venidero hasta que se modifique la Constitución y volvamos a un esquema más equilibrado entre los poderes  Ejecutivo y Legislativo.

El show de las encuestadoras es tema aparte: IPSOS y DATUM parecen conformar una dupla que apunta en cierto sentido, y siempre se trata de  la misma dirección, CPI e IEP apuntan hacia otro lugar. Los resultados entre estos dos bloques de encuestadoras no son “taan” diferentes pero sí al punto de que IPSOS nos presenta un congreso cuasi monoideológico y con apenas cuatro fuerzas representadas, mientras que con la muestra de CPI podría esperarse un parlamento con posibilidades de abarcar todo el espectro ideológico, en otras palabras, más representativo.

Esto último molestará a algunos. Hace rato que no estamos en tiempos de democracia, sino de imposición. El cambio de reglas electorales así nos lo muestra y se hace más palpable cuando estamos a punto de aplicar sus múltiples modificaciones a la medida de ciertos grupos de interés muy precisos.

No, no estoy apoyando a la izquierda al escribir estas líneas. Lo que pasa es que en estos tiempos de polarización no se le entiende a alguien que habla con criterios y valores del siglo XX. Hace poco escuché una conferencia de Luis Bedoya de hace 40 años, referente ineludible de la derecha peruana durante más de medio siglo. Si le haces escuchar las palabras del “Tucán” a un desprevenido de la derecha contemporánea lo trataría de caviar, rojete, rábano, entre otros mil epítetos. No era nada de eso: era demócrata y bien liberal, y expresó en su discurso que todos los sectores de la sociedad, y que todas las ideologías, debían tener representación parlamentaria y aprender a alcanzar acuerdos en beneficio del país.

En esa línea apuntamos, esta es la utopía en la que creemos en pleno siglo XXI de Donald Trump e Irene Montero, para mí igual de radicales. Soy, pues, un demócrata vintage, pero además un utopista de la Nación, de la República, de la Democracia, del servicio público bien entendido y del rol del Estado como la conquista del bien común, a través de sus servicios, a favor de la sociedad. No sé si suene boomer, pero a mí me sigue sonando bien.

[OPINIÓN] En el tramo final de este aciago proceso electorero, en el que se han combinado vicios antiguos de la politiquería local -ataques arteros, alianzas oportunistas, cartelones ridículos- con vicios modernos -la incorporación de la IA para generar spots que van de lo abiertamente difamador a lo divertido- llegamos a la conclusión de que, como dijo en uno de sus últimos podcasts César Hildebrandt, debieron ser solo ocho candidatos como máximo porque los demás están demás.

Ya estamos, luego de varios meses de idas y vueltas, de negociaciones y tachas, de terruqueos y especulaciones, a siete días. El panorama es más impredecible que nunca, a pesar de que las tendencias permitan a analistas de datos y expertos en la lectura de encuestas ofrecer pronósticos, los cuales a menudo se sazonan con sus respectivos sesgos y preferencias.

El próximo domingo 12 de abril, aun en estas condiciones tan precarias, será un día en el que se consagrará uno de los ejercicios democráticos fundamentales. Salir a votar sigue siendo una responsabilidad, un deber penoso que, a un tiempo, es un derecho, quizás el más importante de todos, el de expresar una voluntad frente al cambio de gobierno.

Lastimosamente, como se viene demostrando desde hace varios lustros, esa voluntad colectiva no representa ni se acerca al sentir del país en su conjunto. Muchos factores confluyen para ello, desde el tradicional ausentismo que ni siquiera las amenazas de multa logran amainar -es un comentario común en las sobremesas, desde que tengo uso de razón, aquello de que “si no fueran obligatorias nadie iría”- hasta la posibilidad de que, en este caso específico, una cantidad indeterminada pero no menor de electores anularán involuntariamente sus votos por las dificultades que encontrarán al recibir las cédulas, confusas, largas, de letras y símbolos microscópicos.

La cereza del pastel es, por supuesto, la atomización de votos que precisamente impone esta treintena de opciones. Se trata de una dinámica que ya no es desconocida en el Perú pero que, en esta oportunidad, supera toda medida. Ávidos de poder, hinchados de ego, hombres y mujeres que debieron conformar un frente común en contra de lo que hoy (casi) todos consideramos un pacto mafioso se dispararon en candidaturas individuales con símbolos nuevos, muchos de los cuales nadie será capaz de ubicar ni antes ni después del 12 de abril. Esas candidaturas estaban condenadas a pasar desapercibidas.

Es cierto que dos o hasta tres de ellas actualmente se ubican en posición expectante en el tramo final. Pero eso no hace más que confirmar la crítica pues habría sido mucho mejor que esos dos fuesen una sola fuerza, aglutinando en torno de la idea de la decencia versus la corrupción a la suma de aquellos votantes que, este domingo, viven el sueño de ser muy diferentes entre sí, en una infértil discusión que, lejos de expresar una diferenciación político-ideológica, lo que hace es demostrar la presencia de intereses sectarios. Si estaba tan claro que “el enemigo está al frente” ¿por qué no se unieron todos para combatirlo?

Por supuesto que no, a siete días de la votación, ya no hay nada que hacer. Este desmadre es lo que hay y, en ese sentido, el ejercicio de reflexión se convierte en una catarsis igual de inservible que el objeto que la provoca. Hacer cálculos, votos útiles o estratégicos, definir micro posturas por lealtad, terquedad o simple deseo de dar la contra. Y cruzar los dedos.

Porque ya no solo basta pensar en solicitar endoses y apoyos masivos para quien pase a segunda vuelta con Fujimori o con López Aliaga. Porque ese también podría ser un gran problema (¿Álvarez? ¿Sánchez?). O porque la segunda vuelta podría ser entre lo naranja y lo celeste, lo cual equivaldría a decidir si el país va a suicidarse lanzándose desde el balcón o desde la ventana de atrás del edificio. En su última semana, con debates agotados y encuestas prohibidas, el proceso de elecciones generales 2026, el octavo en el que participo como votantes, deja a los verdaderos peruanos de bien sin saber por quién votar.

[CIUDADANO DE A PIE] Lo advertimos en este medio meses atrás: las encuestas electorales pueden deformar la realidad tanto o más de lo que pretenden reflejarla. https://sudaca.pe/noticia/opinion/jorge-velasquez-terrorismo-de-encuestas/

Las encuestas de IEP para La República y CIT para Expreso ya habían hecho un favor involuntario al debate público peruano: confirmar, con la fuerza de los hechos, lo que hace semanas sostuvimos en esta misma tribuna bajo el nombre de “Terrorismo de encuestas”. No hace falta que una de ellas esté “cocinada” y la otra no. No hace falta descubrir una mano negra, una manipulación conspirativa de cifras y datos o un fraude descarado. Basta algo más simple y, por eso mismo, más inquietante: que dos mediciones presumiblemente honestas, levantadas casi en los mismos días, nos devolvieran “fotografías del momento” tan distintas de las preferencias del electorado que uno ya no termina preguntándose cuál de las dos dice la verdad, sino si alguna de ellas está realmente en condiciones de hacerlo.

El IEP, en su medición telefónica nacional realizada entre el 28 y el 31 de marzo con 1203 entrevistas, puso a Keiko Fujimori en 10%, a Rafael López Aliaga en 8,7%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Alfonso López Chau en 6,3% y a Jorge Nieto en 5,4%, con un dato todavía más elocuente que todos esos nombres: un 30% que no elegía a nadie. La encuesta de CIT, presentada como simulacro presidencial sobre una base de 1500 encuestados, dibuja otra escena: López Aliaga 13%, Keiko 11%, López Chau 8%, Acuña 6,5%, Álvarez 6,1%, Nieto 5,1%, Pérez Tello 4,5%, y un bloque mucho menor de indecisos y blancos. No estamos hablando de diferencias microscópicas ni de simples márgenes de error. Estamos hablando de mapas electorales que, en varios casos, apenas se reconocen entre sí. Candidatos que el IEP hunde, CIT los resucita. Un océano de indecisos que el primero preserva, el segundo lo reduce drásticamente.

Como si esto no fuera suficiente para embrollar la mente de los votantes, la nueva encuesta de Ipsos para Perú21, lejos de corregir el problema, lo agrava. Esta medición coloca a Keiko Fujimori en 13,7%, a Carlos Álvarez en 9,0%, a Rafael López Aliaga en 8,1%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Jorge Nieto en 4,1% y a Alfonso López Chau en apenas 3,3%, con 22% de votos en blanco y 4% de viciados. Una tercera encuesta importante vuelve a movernos el tablero con brusquedad: tres imágenes del mismo tramo de campaña que no solo no se asemejan, sino que directamente se contradicen. La encuesta de Ipsos no hace sino reforzar nuestro argumento porque pone claramente en evidencia que el problema no se reduce a la diferencia entre una encuesta telefónica y otra presencial. Incluso cuando el método se asemeja, los resultados siguen dibujando países electoralmente distintos. En suma, las encuestadoras que pretenden retratar al electorado, delatan al mismo tiempo sus propias serias limitaciones.

Y aquí conviene volver al punto de fondo que desarrollamos en nuestro artículo de diciembre. Las encuestas no son solo instrumentos que registran una realidad; son también procedimientos que la construyen parcialmente, la recortan, la fuerzan y luego la devuelven a la sociedad con “autoridad científica”. Una encuesta telefónica que lee una larga lista de candidatos no mide lo mismo que un simulacro con cédula, donde el elector ve nombres y símbolos y se acerca un poco más al gesto real del voto. La primera deja respirar más la indecisión, la segunda empuja a definirse. La primera registra mejor la vacilación. La segunda fabrica una imagen más compacta del mercado electoral. Y luego vienen los medios, que convierten esos números en una “carrera de caballos” y nos venden como certeza lo que apenas era una aproximación metodológica y provisional.

Eso confirma, además, otro de los argumentos centrales que ya habíamos planteado: el famoso “margen de error” puede convertirse en una magnífica coartada cuando el verdadero problema está en otro lado. El problema no es solo cuánto puede moverse un candidato arriba o abajo dentro de una misma muestra. El problema es qué sectores del país quedan mal capturados, qué tipo de elector responde o no responde, qué modalidad de encuesta presiona más o menos a tomar posición, y qué ocurre en un país fragmentado, desconfiado y emocionalmente herido, donde un gran número de electores decide su voto casi al final. Allí el error ya no es una coma estadística. Allí mandan más el error de cobertura, la volatilidad y el formato de medición que el número llamativo del titular periodístico. En estas condiciones, como lo advertimos antes, las encuestas se asemejan menos a un procedimiento científico sólido y más a una tinka electoral presentada con pretensiones de exactitud.

El propio IEP lo reconoce de manera indirecta cuando admite que “nada está dicho aún” y recuerda que la mitad de los electores decide en la última semana. Ese solo dato debería bastar para bajarles varias revoluciones a los titulares histéricos, a las mesas de análisis que reparten pasajes a segunda vuelta y a los operadores mediáticos que ya andan fabricando “subidas”, “caídas”, “empates técnicos” y “momentos decisivos” como si estuviéramos narrando una etapa del Tour de Francia. Pero no. Lejos de llamar a la prudencia, buena parte del ecosistema mediático hace exactamente lo contrario: convierte una información frágil y movediza en un dispositivo de presión sobre el voto. El ciudadano deja entonces de preguntarse quién propone algo mejor y empieza a preguntarse quién “tiene opción”, quién “se cayó” y a quién “hay que apoyar para que no se desperdicie el voto”. La deliberación cede ante el arrastre. Ese es, precisamente, el mecanismo que convierte las encuestas en instrumentos de condicionamiento subliminal del electorado.

Eso es, precisamente, lo más tóxico del terrorismo de encuestas. No que una encuesta falle ni que otra acierte por casualidad. Ni siquiera que algunas puedan ser manipuladas, cosa que en el Perú no sería ninguna novedad histórica: los Vladivideos de Montesinos son prueba irrefutable de ello. Lo más tóxico es que la repetición incesante de estos números termina sustituyendo una evaluación sopesada de las propuestas (por paupérrimas que sean) por el consumo ansioso de posiciones en el tablero. Los candidatos dejan de ser valorados tanto como portadores de programas como por sus limitaciones, y pasan a ser acciones que suben o bajan. El elector no actúa más como ciudadano políticamente responsable de nuestro futuro colectivo, sino como un apostador nervioso que vota por cálculo, miedo, moda o resignación.

Lo ocurrido ahora entre IEP, CIT e Ipsos debería servirnos como la última advertencia. No para ignorar todas las encuestas, pero sí para devolverlas a su sitio: el de instrumentos precarios, limitados, útiles a veces para detectar tendencias generales, pero incapaces de merecer la obediencia mental que hoy se les rinde. Que una encuesta ponga a Roberto Sánchez tercero y otra lo hunda; que una muestre a Acuña casi irrelevante y otra lo reviva; que una mantenga un océano de indecisos y otra lo reduzca drásticamente, no demuestra solo que el electorado es volátil. Demuestra también que las encuestas describen tanto o más sus propios métodos que la voluntad popular que pretenden retratar. Y cuando eso ocurre, la prudencia no está de más.

Aparecerán aún en los próximos días —incluso más allá del límite legal establecido— nuevas mediciones, nuevos porcentajes, nuevas “sorpresas” y, con ellos, una dosis suplementaria de confusión. Cada comando partidario buscará usar el número que más le conviene para inflar entusiasmo o sembrar desaliento. Y mientras tanto, lo verdaderamente importante —qué propone cada candidato para enfrentar la delincuencia, el crimen organizado, la corrupción, la economía ilegal y la degradación democrática del país— seguirá siendo ignorado.

La conclusión de todo esto puede sonar simple: las encuestas pueden informar algo, sí, pero también pueden deformar mucho. Pueden orientar, pero también pueden intimidar. Pueden sugerir tendencias, pero también pueden secuestrar el juicio ciudadano si les entregamos más autoridad de la que merecen. Mejor haríamos en tomarnos un tiempo para leer propuestas, comparar planes, examinar trayectorias, distinguir entre demagogia y seriedad. Votemos con la única consigna patriótica de rescatar nuestro país de la corrupción y el crimen en los que está sumido. Votemos todos el próximo 12 de abril con responsabilidad y amor por el Perú.

[PAUSA ACTIVA]  A dos semanas de las elecciones presidenciales, revisé los planes de gobierno de los candidatos que lideran las encuestas con una pregunta en concreto: ¿qué dicen realmente sobre el trabajo? La respuesta, más que una diversidad de propuestas deja un hallazgo bastante claro: diversos matices que giran en torno a la generación del empleo y lo abordan de manera superficial dejando de lado la necesidad de incorporar políticas que lo conciban como algo más que una simple consecuencia del crecimiento económico.

Keiko Fujimori, por Fuerza Popular, plantea que el incremento del empleo será resultado del crecimiento económico impulsado por la inversión privada. Por su parte, Renovación Popular, liderada por Rafael López Aliaga apuesta por el fortalecimiento del mercado laboral a partir de la dinamización económica, aunque incorporando un componente más social, donde el trabajo se concibe no solo como una herramienta para reducir la pobreza, sino como una herramienta clave para fortalecer la comunidad. Asimismo, y, en una posición muy similar, Alianza para el Progreso de César Acuña promueve el empleo formal principalmente a través de la inversión privada, el emprendimiento y la reactivación económica con el Estado como facilitador.

Un poco más distante, Juntos por el Perú de Roberto Sánchez introduce una mirada más estructural del mercado laboral, poniendo énfasis en problemas como la informalidad, los bajos ingresos y la baja productividad como fallas del propio modelo económico, además de reforzar el rol del Estado en la protección de derechos laborales. País para Todos de Carlos Álvarez, en cambio, adopta un enfoque más pragmático, donde lo central no es solo generar empleo, sino que el crecimiento económico se traduzca en mejoras concretas en el ingreso de las personas.

A su vez, el Partido del Buen Gobierno de Jorge Nieto plantea una visión de centro reformista, donde el trabajo se inserta dentro de un proceso más amplio de modernización del Estado, fortalecimiento institucional y desarrollo productivo. En una línea más técnica, Ahora Nación de Alfonso López Chau incorpora el trabajo dentro de una lógica de desarrollo del capital humano, con énfasis en habilidades, empleabilidad y productividad, incluyendo algunos indicadores vinculados a empleo adecuado, certificación de competencias y mejora de capacidades, especialmente en jóvenes y MYPE.

Es decir, hay matices, hay ideologías varias y hay distintas formas de entender el rol del trabajo en el país. Sin embargo, más allá de esas diferencias, encontramos un patrón que se repite: el trabajo es abordado de manera parcial y, en la mayoría de los casos, indirecta. La mayoría de las propuestas omite observar cómo se trabaja dentro de las empresas, la calidad del empleo desde una perspectiva integral, y reformas laborales concretas. El empleo aparece principalmente como una consecuencia de la economía —si el país crece, habrá más trabajo— en lugar de un sistema que también necesita ser diseñado, gestionado y mejorado.

Esto no significa que no haya elementos rescatables. La formalización laboral, por ejemplo, aparece en distintos enfoques: Fuerza Popular propone simplificar regulaciones para facilitar la formalidad, mientras que Juntos por el Perú la entiende como un problema estructural vinculado al modelo productivo y plantea mayor intervención estatal. También hay un fuerte impulso al emprendimiento, especialmente en Fuerza Popular, Renovación Popular y Alianza para el Progreso, algo coherente con la realidad peruana, donde el autoempleo es predominante. País para Todos pone el foco en que el crecimiento económico se refleje en ingresos reales para las personas, el Partido del Buen Gobierno aporta una mirada desde la reforma del Estado y la meritocracia, y, en menor medida, Ahora Nación introduce elementos vinculados a empleabilidad, productividad, certificación de competencias y adecuación entre educación y trabajo.

Sin embargo, incluso en los planes más desarrollados, el foco sigue estando en el acceso al empleo —capacitación, formalización o ingresos— más que en la experiencia del trabajo. Cuando se revisa con mayor detalle, quedan fuera temas clave como la productividad laboral a nivel organizacional, la calidad del empleo en términos de desarrollo de carrera, la gestión del talento dentro de las empresas o las brechas específicas de habilidades en el día a día del trabajo. En otras palabras, se habla bastante de cómo generar empleo, pero muy poco de cómo mejorar el trabajo.

Y ahí es donde aparece una oportunidad importante. Si el objetivo es realmente elevar las condiciones laborales en el Perú, la conversación debería incluir aspectos más concretos: cómo medir y mejorar la productividad del trabajador, cómo asegurar procesos de formación continua que eviten la obsolescencia laboral, cómo incentivar a las empresas a ofrecer no solo empleo formal, sino empleo de calidad, cómo intervenir en la gestión del trabajo en las micro y pequeñas empresas —donde se concentra la mayor parte de la fuerza laboral— y cómo generar mayor transparencia en el mercado laboral para que las personas puedan tomar mejores decisiones sobre su desarrollo profesional. Esto no reemplaza la necesidad de crecimiento económico, pero sí la complementa desde un ángulo que hoy está ausente: el día a día del trabajo.

Al final, los planes de gobierno no discrepan tanto en el objetivo —más empleo— sino en el camino para lograrlo. Sin embargo, comparten una omisión relevante: la falta de una mirada directa e integral sobre la calidad del trabajo. En un país donde la mayoría de las personas trabaja en condiciones precarias, informales o de subempleo, el desafío no es solo generar empleo, sino mejorar el trabajo que ya existe. Y esa sigue siendo, en gran medida, una conversación pendiente.

[Música Maestro]

Muchas veces me he preguntado por qué en nuestro país, a diferencia de otros de la región como México, Argentina, Colombia o Brasil, las expresiones nacionales de música popular no forman parte de la educación emocional de las grandes mayorías, por lo menos en Lima.

Y aunque he logrado ensayar varias respuestas que redundan siempre en lo mismo -el racismo, la autodiscriminación, el “síndrome colonial” como diría Manuelcha Prado, el fracaso del sistema educativo-, ninguna logra justificar cómo es que el tiempo ha pasado y nadie mostró algún interés por corregir esa carencia que nos empequeñece como nación.

La autoestima de los países se construye, entre otras cosas, a través de su arte popular, por lo que resulta vergonzoso que, más allá de los homenajes oficiales -los velatorios en el Ministerio de Cultura, los reportajes de cinco minutos por aquí y por allá- y de las genuinas demostraciones de pesar de familiares, colegas, amigos, paisanos y conocedores, tanto los logros en vida como los fallecimientos de verdaderos orgullos nacionales pasen desapercibidos para el gran público.

La música nacional de luto y el público ni enterado

Esta semana fallecieron dos iconos de la música nacional. Por un lado, el acordeonista, guitarrista, cantante y compositor Jorge Núñez del Prado, integrante del legendario dúo Los Campesinos, que dejó este mundo el pasado 11 de marzo a los 89 años. Un folklorista de primera a quien, como mencionó en una columna el jurista Ronald Gamarra -probablemente el único opinólogo de Lima que se tomó el trabajo de hablar de su trayectoria, en el semanario Hildebrandt en sus Trece- será llorado y bailado a la vez este julio, en las fiestas de su querida Paucartambo (Cusco), con las procesiones y los saqras colgados de las ventanas, musicalizando las comparsas con sus alegres huaynos y carnavales.

Y el segundo fue este fin de semana, el sábado 28 de marzo, una luminaria de la guitarra criolla, un innovador que destacó como compositor, arreglista y acompañante de destacadas figuras de la música, no solo en el Perú sino también en muchos otros países, particularmente en Argentina, al que consideraba su segunda patria.

A diferencia de don Jorge, que era un artista de puertas para adentro, conocidísimo en su región pero anónimo en Lima, especialmente para las nuevas generaciones; Lucho González Cárpena abrió su panorama artístico casi de manera involuntaria, desde niño -vivió en Buenos Aires hasta los 16 años- y desarrolló su exitosa carrera musical entre valses, marineras, chacareras y zambas. Falleció a los 79 años y, aunque hablaba con dejo argentino, a raíz de su niñez transcurrida allá, cuando tocaba era el Perú lo que brotaba de sus virtuosos dedos.

De Chabuca Granda a Mercedes Sosa

A Lucho González la música criolla le venía de familia. Su padre Javier era uno de los integrantes de Los Trovadores del Perú, uno de los conjuntos más importantes del periodo dorado del folklore costeño. Aprendió a tocar desde muy pequeño y se puso a estudiar de forma empírica. Aunque había nacido en Lima, antes de cumplir seis meses de vida su familia se instaló en la capital argentina, donde creció su amor por la música.

Cuentan que muchos artistas, entre peruanos y argentinos, visitaban a su padre, así como importantes políticos apristas exiliados durante el gobierno de la junta militar, lo que permite concluir que don Javier, a quien recordamos por su interpretación de 1945 del conocido vals Provinciano de Laureano Martínez Smart (1903-1964) -que en los setenta hiciera suya Luis Abanto Morales, agregándole el artículo “El” delante en el título- o el clásico de Pinglo, Mendicidad– simpatizaba, como muchos en esa época, con los ideales hayistas.

De regreso en Lima, Lucho conoció a los 21 años a Chabuca Granda, en ese entonces en su periodo más político, cuando componía canciones dedicadas al gobierno revolucionario de las fuerzas armadas de Velasco y a la gesta poética y de lucha social de Javier Heraud. Previamente, había grabado un LP con la reina y señora de la canción criolla, Jesús Vásquez, titulado A mi Perú cariñosamente (Sono Radio, 1971), con composiciones de Augusto Polo Campos, Mario Cavagnaro, entre otros. En ese histórico vinilo, González aparece en los créditos como responsable de bajos y guitarras.

El sexto álbum de la compositora de La flor de la canela, Paso de vencedores (Sono Radio, 1974), que contiene canciones como el tema-título, el sugerente landó Cardo o ceniza o la trilogía inspirada en el joven vate autor de El río –La herida oscura, Las flores buenas de Javier, El fusil del poeta– lleva como subtítulo “… con las guitarras de don Lucho González” y cuentan con sus arreglos y primera guitarra de Lucho González. Un lujo que todo peruano debería conocer.

Durante sus giras con Granda, González recorrió toda Hispanoamérica. Su relación concluyó ese mismo 1974, en que decidió irse a España para refinar sus estudios en composición y armonía. En esa época trabajó al lado de grandes nombres de la escena española, entre ellos la bolerista María Dolores Pradera, el cantautor argentino Alberto Cortez y la pareja Ana Belén y Víctor Manuel San José. Dos años después, recibió una llamada que revolucionó su vida artística. Mercedes Sosa, una de las intérpretes fundamentales del folklore argentino y la trova latinoamericana, lo invitó a unirse a su grupo para giras internacionales.

Carrera en Argentina: El trío

La experiencia junto a “La Negra” reforzó sus conexiones con el país en el que había crecido. De tal manera que, para inicios de los años ochenta Lucho González desapareció del radar de la música peruana casi por completo, salvo apariciones en grabaciones esporádicas y conciertos durante sus visitas al país, que han venido siendo recordadas por sus colegas en los días siguientes a su fallecimiento. En contraposición a ello, se convirtió en protagonista de un movimiento musical rioplatense que decidió combinar las raíces de su folklore con sonidos nuevos extraídos del jazz y el bossa nova.

En esa línea, es notable su alianza artística con una de las figuras más relevantes de la escena musical argentina, el pianista, compositor y productor Lito Vitale, de amplia versatilidad pues se ha movido desde siempre entre el jazz, el tango, el folklore, el rock y la música sinfónica, además de promover a artistas interesados en hacer avanzar las fusiones a través del sello discográfico Ciclo 3, que fundó con su esposa Esther. En 1984 vio la luz el primer trabajo de ambos, acompañados del quenista Jorge Cumbo, uno de los integrantes de Urubamba, conjunto folklórico célebre por grabar con Paul Simon una de sus versiones de El cóndor pasa.

Simplemente conocidos como El Trío, Vitale, González y Cumbo produjeron una genialidad en la que brillan los tres instrumentistas con composiciones propias en ritmos típicos argentinos -zambas, chacareras- como Vidala del cuculí (Vitale), además de una exquisita versión de Alfonsina y el mar, composición entrañable de Ariel Ramírez y Félix Luna, inspirada en el drama suicida de la poeta modernista Alfonsina Storni (1892-1938) que acabó con su vida lanzándose al Mar del Plata, canción que Mercedes Sosa inmortalizara en su LP Mujeres argentinas (1969).

En aquel célebre disco de carátula verde acuarela con los nombres de los tres músicos en la parte superior y un texto de presentación a mano alzada, destaca Huayno-T, escrita por Jorge Cumbo, fallecido en el 2021; y dos temas originales de González, Antarqui y Zamba antara. Posteriormente, entre 1985-1987, Cumbo fue reemplazado por el saxofonista/quenista Bernardo Baraj, para dos álbumes más en la misma línea. Muchos años más tarde, González y Vitale volvieron a juntarse, esta vez con el reconocido vientista Rubén “El Mono” Izarrualde, para grabar un extraordinario CD titulado Cuando el río suena (1997).

Regreso al Perú con Los Hijos del Sol

El nombre de Lucho González volvió a sonar en el Perú en 1988, cuando apareció como uno de los integrantes y líderes de un proyecto musical armado por el producto peruano radicado en Miami, Ricardo Ghibellini. La visión del empresario y publicista fue reunir en un grupo a talentosos instrumentistas peruanos residentes en Estados Unidos para hacer un homenaje a la música de nuestro país.

Gracias a su amistad con varios de ellos, Ghibellini logró reunir al connotado baterista Alex Acuña -famoso como miembro del grupo norteamericano de jazz-rock Weather Report- con los hermanos Ramón y Óscar Stagnaro (guitarra y bajo, respectivamente), con quienes coincidía todo el tiempo en sesiones de grabación. A ellos se unieron otros músicos destacados, entre ellos González quien asumió, junto a Acuña, la dirección musical del conjunto, bautizado como Los Hijos del Sol.

Para el rol de cantante escogieron nada menos que a Eva Ayllón, por entonces muy popular en el circuito de peñas criollas, en lo que sería su primer trabajo discográfico de perfil internacional. La producción, lanzada solo en formato de cassette y con dos videoclips de apoyo para las canciones El tamalito -escrita por Andrés Soto- y la salsa Ánimo y aliento, coescrita entre Acuña y González-, incluyó también una composición original de González, el instrumental Rumbeando al norte. La llegada de Los Hijos del Sol fue todo un acontecimiento cultural en el Perú de finales de los ochenta. El grupo se reunió para ofrecer dos conciertos en el Teatro Municipal, en 1989.

Los jóvenes públicos masivos de esa época no conocían la trayectoria de Lucho González y esta producción de Los Hijos del Sol lo puso delante de ojos y oídos nuevos -algo que también ocurrió, por supuesto, con los Stagnaro y Acuña-, a pesar de haber interactuado con algunos de los mejores músicos de la región. A partir de este trabajo con Los Hijos del Sol, la relación del eximio guitarrista con su país natal se reinició y se mantuvo sólida, lo mismo que su recargada agenda de grabaciones, proyectos musicales y conciertos, tanto en el Perú como en el extranjero.

Un guitarrista admirado

“Lucho González fue uno de los amores de mi vida. Una persona entrañable, artista apasionado y maestro bien dotado con el don de la música”, escribió Fito Páez en sus redes sociales, cuando se enteró de su fallecimiento. Pocos lo saben -aunque se ha mencionado en más de una de esas notas cortitas que suelen publicar los medios convencionales cuando un artista muere- pero González colaboró con su experta guitarra criolla en la grabación de dos canciones en las que el rosarino explora nuestra marinera.

La primera se llamó Detrás del muro de los lamentos, del exitoso álbum El amor después del amor (1992), donde incluso hizo los arreglos. Y la segunda fue Tu sonrisa inolvidable, un par de álbumes después, en Abre (1999), el mismo disco en el que aparecieron temas como Al lado del camino o Dos en la ciudad. “Tuve la suerte de verlo en acción. De tocar con él y verlo inventar riffs inextinguibles para esas canciones”, lo recuerda Fito en esta sentida despedida.

González, junto con Félix Casaverde, Ramón Stagnaro y Víctor “Coco” Salazar, encabeza a esa generación de guitarristas criollos que decidieron ir más allá del toque tradicional, inspirados en las innovaciones y patrones rítmicos de Carlos Hayre (1932-2012). los cuatro grabaron una versión de nuestro himno nacional, el año 1999, para un disco llamado Cuatro guitarras.

En ese sentido, influenció a toda una nueva hornada de guitarristas entre los que destacan Ernesto Hermoza y Yuri Juárez. Este último, también de amplia trayectoria en el cultivo de la nueva música criolla, de sonidos cosmopolitas y sofisticados, lamentó la muerte de González con un sentido mensaje por sus redes sociales. “Escuchándolo me enamoré del bordón, del arpegio, del golpe y del silencio con enjundia y la elegancia de sus canciones”.

También en 1999, fue invitado por el argentino Luis Salinas para un recital que compartieron con el español José Fernández Torres, más conocido como “Tomatito”. Allí, nuestro compatriota se luce interactuando con dos ídolos de la guitarra acústica contemporánea, aportando sus conocimientos de música criolla, negra y argentina con los escapes de jazz y tango de Salinas y el explosivo flamenco de Tomatito. Un disco indispensable para quienes disfrutan de la buena música tocada de manera orgánica, sin más adornos que el talento, la inventiva y la experiencia de manos curtidas en miles de recitales y ensayos, atrapando a los espíritus de la inspiración.

De jaranas, chacareras y trovas

El toque criollo de guitarra peruana es resultado de una maravillosa evolución artística que transformó a este popular instrumento de cuerdas -que llegó desde España con la Colonia- en sinónimo de nuestra identidad nacional. El sonido de Lucho González recogió, quizás mejor que ninguno otro de su generación, ese salero criollo y lo combinó con una gama de estilos provenientes de Argentina que guardan diversas similitudes con nuestras marineras y tonderos, haciendo de los bordones y trinos sus herramientas fundamentales.

Si Óscar Avilés, Alberto Urquizo y Pepe Torres representan el toque criollo tradicional, Lucho González y otros ya mencionados -Carlos Hayre, Félix Casaverde o Álvaro Lagos, el último de los que trabajó con Chabuca Granda, fallecido en el 2019- concibieron una forma innovadora y auténtica de modernizar ese repique sin caer en el disfuerzo o la fusión sin planificación.

No importa si uno lo escucha junto a Willy Terry, haciendo figuras criollas propias de una jarana de la Guardia Vieja o en alguno de los tantos discos que grabó con la cantautora peruana Carmina Cannavino (1962-2022), que desarrolló su carrera entre México, Argentina y Perú, en que su guitarra suena más sofisticada, su estilo es reconocible de inmediato, como quedó demostrado en su único disco en solitario, Esta parte del camino (EPSA, 2001).

Una de sus últimas producciones discográficas se llamó Coincidencias (2012), a dúo con una leyenda del rock argentino, Leo Sujatovich, quien alternara en álbumes clásicos como Porsuigieco (1976) cuando apenas tenía 16 años y fue uno de los principales colaboradores de Luis Alberto Spinetta, en los últimos discos de su proyecto de jazz-rock melódico Spinetta Jade -Los niños que escriben en el cielo (1981) y Bajo Belgrano (1983). En el álbum, Sujatovich y González exploran el tango moderno con composiciones propias así como de Astor Piazzolla y Pedro Aznar.

 

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