Opinión

[EL DEDO EN LA LLAGA] En 1995, Umberto Eco publicó su ensayo “Eternal Fascism” (“El fascismo eterno”), identificando 14 características típicas de esta ideología, la cual él también denomina ur-fascismo, es decir, el fascismo primordial, arquetípico o eterno, es decir, una forma esencial y subyacente del fascismo que trasciende las manifestaciones históricas concretas (como el fascismo italiano de Mussolini o el nazismo alemán). Según Eco, el ur-fascismo no es un sistema ideológico rígido y coherente, sino una nebulosa de actitudes, impulsos y características que pueden aparecer en combinaciones variables y que sobreviven al fascismo histórico del siglo XX. Estas características pueden manifestarse en movimientos políticos modernos, incluso bajo apariencias inocentes o democráticas, sin que necesariamente se declare abiertamente fascista.

Las reflexiones del filósofo italiano revisten suma actualidad, y nos sirven para identificar los diferentes fascismos que han tomado carta de ciudadanía no sólo en la política actual a nivel mundial, sino también en el ámbito religioso.

Ya hace 30 años, Eco alertaba sobre el peligro de estas corrientes de pensamiento:

«El ur-fascismo sigue entre nosotros, a veces en ropa de civil. Sería mucho más fácil para nosotros si apareciera en la escena mundial alguien que dijera: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero que las Camisas Negras vuelvan a desfilar por las plazas italianas”. La vida no es tan sencilla. El ur-fascismo puede regresar bajo los disfraces más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y señalar con el dedo cada una de sus nuevas manifestaciones —todos los días, en todas las partes del mundo—. Merece la pena recordar las palabras de Franklin Roosevelt del 4 de noviembre de 1938: “Me atrevo a afirmar, desafiando a quien corresponda, que si la democracia estadounidense deja de avanzar como una fuerza viva, buscando día y noche por medios pacíficos mejorar la suerte de nuestros ciudadanos, el fascismo crecerá en fuerza en nuestra tierra”. La libertad y la liberación son una tarea interminable».

Las palabras del presidente Roosevelt son proféticas y parecen haberse cumplido en el presente bajo la administración del presidente Donald Trump. Pero quizás lo que más nos puede interesar es cómo se plasman esas características del “fascismo eterno” en asociaciones religiosas, sobre todo las que forman parte de la Iglesia católica. Para ello voy a ir enumerando esas características, comentando cómo se plasmaban en el Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica que fue suprimida el 14 de abril de 2025 por el Papa Francisco y a la cual yo estuve vinculado durante treinta años.

  1. El culto a la tradición. El fascismo eterno se basa en un sincretismo cultural que rechaza la innovación y ve la verdad como ya revelada en un pasado mítico.

En el Sodalicio se veneraba la Antigüedad Cristiana y la Edad Media como épocas de plasmación perfecta de los valores cristianos en la sociedad —lo que conocemos como la cristiandad occidental— y se veía el desarrollo de las ideas a partir del Renacimiento como un declive en decadencia continua que conducía a la configuración de la sociedad moderna

  1. El rechazo de la modernidad. Ve la Ilustración y la razón moderna como el origen de la decadencia, aunque pueda aceptar avances tecnológicos superficiales.

El mundo actual era visto como un ente en absoluta decadencia, producto de la Reforma protestante, la Ilustración y la Revolución Francesa, todos ellos sucesos que desembocaron en la sociedad moderna, donde no existiría ningún pensamiento ni sistema ideológico rescatable.

  1. El culto a la acción por la acción. La acción se valora por sí misma, sin reflexión; pensar es una forma de debilidad. Se asocia al irracionalismo y al antiintelectualismo.

Si bien en el Sodalicio se insistía en que uno debía tener un pensamiento racional y desconfiar de los sentimientos, no se permitía ser crítico con los postulados ideológicos de la institución. Más bien, se debía actuar sin pensar cuando un superior daba una orden.

  1. El desacuerdo es traición. La crítica o el desacuerdo se consideran traición; no se tolera el debate racional.

En el Sodalicio quien criticaba el pensamiento único imperante o manifestaba discrepancias era considerado un traidor, al cual se le tenía que disciplinar y castigar.

  1. El miedo a la diferencia. Explotación del temor a lo diferente; el primer enemigo son los “intrusos”. Por definición, es racista.

La frase “un sodálite sólo puede ser amigo de otro sodálite” que repetía Luis Fernando Figari, el fundador del Sodalicio, expresaba la desconfianza que se debía tener hacia todo el que fuera ajeno a la institución. “Un cholo nunca podrá ser un buen sodálite”, otra frase suya, expresaba el desprecio que tenía hacia todo aquel que tuviera ancestros indígenas.

  1. Apelación a la frustración social. Surge de la frustración individual o colectiva, especialmente de clases medias amenazadas por crisis económicas o presión de grupos inferiores.

El Sodalicio buscó al principio a sus adeptos entre jóvenes de clases medias y altas, frustrados por la falta de perspectivas en el Perú, que pasó por una dictadura militar en los setenta, y por graves crisis económicas y sociales en los ochenta, a las cuales se sumó la amenaza terrorista en los ochenta y noventa.

  1. Obsesión por el complot. Los seguidores se sienten asediados por enemigos internos y externos; la vida nacional se ve como una conspiración permanente.

En los años setenta y ochenta se nos hablaba en el Sodalicio de la conspiración judeo-masónica para dominar el mundo. A eso se sumó la amenaza que constituía el comunismo y su supuesto socio, la teología de la liberación, que presuntamente no era otra cosa que la infiltración del marxismo dentro de la Iglesia. Y al Plan de Dios se contraponía el plan del demonio para descristianizar a la sociedad.

  1. El enemigo es a la vez demasiado fuerte y demasiado débil. Los enemigos son humillados, pero al mismo tiempo se les presenta como invencibles para justificar la lucha eterna.

Se nos inculcaba a los sodálites que teníamos la fuerza para vencer al mal en el mundo, pero a la vez este mal era sumamente poderoso y omnipresente, de modo que necesitábamos de la ayuda constante de Dios.

  1. La vida es lucha permanente. La paz es vista como una conspiración; se prepara para una batalla final apocalíptica (como el Armagedón o la guerra racial).

“La vida es milicia”, frase atribuida a José Antonio Primo de Rivera, era uno de los lemas que se nos repetía, refrendado por una cita del libro de Job en la versión de la Biblia de Jerusalén: “¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?” (Job 7, 1). Las lecturas obligadas de libros de ciencia ficción distópica —como “1984” de George Orwell y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, entre otros— alimentaban en nosotros la conciencia de que los tiempos apocalípticos estaban cerca.

  1. El desprecio por los débiles (elitismo popular). Se fomenta un elitismo de masas: cada ciudadano desprecia a los inferiores, pero admira a un líder superior.

Los sodálites se concebían como una élite que iba a reformar y salvar a la Iglesia, bajo la guía de su líder Figari, mientras que se tenía en menos a las demás asociaciones y órdenes religiosas —se decía que eran relajadas y poco exigentes— y también a los católicos de a pie, a los cuales se denostaba con el término despectivo de “parroquieros”.

  1. El culto al heroísmo y a la muerte. Se educa en el heroísmo; el héroe aspira al martirio, y la muerte es glorificada.

Aquí es pertinente citar dos estrofas del “Himno sodálite a Cristo Rey”, cantado solamente en ocasiones solemnes a puerta cerrada:

Soy de Cristo soldado escogido,

su bandera he jurado seguir,

lucharé por la fe decidido

aunque sea preciso morir,

aunque sea preciso morir.

 

Es María y Cristo que llaman,

nos convocan a una lucha sin par.

Cristo Rey, tus sodálites te aman

y desean morir por tu ley,

y desean morir por tu ley.

  1. El machismo y el culto al arma. Transferencia de la voluntad de poder a la esfera sexual (machismo, condena de costumbres no convencionales) y al manejo de armas.

Figari solía hablar del “estilo viril que nos caracteriza” y también nos inculcaba una misoginia profunda: “A la mujer, ¡con la punta del zapato!” Más aún, cuando alguien mostraba desaliento o tenía un momento de debilidad, se le comparaba con las mujeres: “Pareces una hembrita con tetas y todo”.

  1. Populismo cualitativo. El líder interpreta la “voluntad del pueblo” de forma selectiva; el parlamento o las instituciones democráticas se rechazan por no representar la verdadera voz popular.

NI que decir, los mecanismos democráticos eran totalmente ajenos al Sodalicio. Se consideraba la democracia en cuanto sistema político como una muestra de la decadencia de Occidente. Y al interior del Sodalicio, el único que representaba la voluntad de los sodálites era Figari, a quien todos debían obediencia incondicional.

  1. Uso de la neolengua. Empleo de un vocabulario pobre y sintaxis simplificada para limitar el pensamiento crítico y complejo.

Como ya lo he señalado en mi libro Las Líneas Torcidas (Lima 2025), “en el Sodalicio se fue creando un léxico propio, que debía ser vehículo de expresión de la espiritualidad sodálite y al cuál debían ceñirse todos los sodálites”. El control del lenguaje era una herramienta para controlar los pensamientos.

Lamentablemente, estas características del “fascismo eterno” también serían identificables en otras asociaciones católicas. No debemos parar en denunciar y señalar este mal, que constituye un peligro no sólo para las personas vinculadas a ellas, sino para la sociedad en general.

[Música Maestro] Pocos saben que Brigitte Bardot, admirada figura del cine francés y la liberación femenina fallecida el 28 de diciembre a los 91 años, tuvo una breve carrera musical. Lanzó cinco álbumes entre 1963 y 1968 en clave de pop psicodélico y nuevaolero, además de otros singles hasta 1973. En 1968, ella interpretó la versión original de un tema llamado Je t’aime… moi non plus. Serge Gainsbourg, su compositor, había escrito la sensual melodía pensando en ella.

Sin embargo, nunca fue lanzada al mercado para evitar que la prensa descubriera el romance secreto que mantenían, reemplazándola un año después con la versión que todos conocemos, cantada por la joven modelo inglesa Jane Birkin. La grabación de la recordada activista de los derechos animales y controvertida defensora de la ultraderecha parisina vio la luz recién en 1986, como parte de un disco recopilatorio editado por Polydor Records.

El hard-rock se va quedando sin héroes

El 22 de julio, el vocalista inglés Ozzy Osbourne falleció a los 76 años. Dos semanas antes, el cantante original de Black Sabbath, una de las figuras fundacionales del heavy metal, se había despedido de su público en un multitudinario concierto ante más de 45 mil personas, en Birmingham, su ciudad natal, con una actuación que, sin ser perfecta, fue clara muestra de su fuerza de espíritu tras varios años de padecimientos físicos de todo tipo.

Ace Frehley (74), guitarrista original de Kiss, sufrió una caída grave en su casa en New Jersey, el pasado 2 de octubre. A consecuencia de ello, fue internado con serias heridas en la cabeza. Catorce días después, el 16 de octubre, se anunció su muerte, ocasionando una ola de expresiones de pesar en la fiel comunidad de seguidores de “la banda más caliente del mundo”. Dos meses después, el resto de la banda recibió el premio Kennedy Center Honors, manchando su impecable trayectoria musical por su desembozado e incomprensible apoyo a Donald Trump.

Los fans de la era clásica del hard-rock lloraron la partida del guitarrista británico John Sykes, anunciada el 20 de enero, aunque posteriormente se supo que había fallecido un mes antes, en diciembre del 2024, víctima del cáncer a los 65 años. Sykes fue integrante de famosas bandas como Thin Lizzy (1982-1983), Whitesnake (1984-1988) y Blue Murder, power trío cuyo epónimo álbum debut de 1989 es una de las mejores producciones del género en esa década. Su estilo bluesero lo convirtió en un genuino héroe de la guitarra, aunque no haya recibido el reconocimiento masivo que merecía en vida.

Por su parte, los amantes del nu metal y otras vertientes contemporáneas del rock duro lamentaron las muertes de Sam Rivers (18 de octubre, 48), bajista de Limp Bizkit; y Tomas Lindberg (16 de septiembre, 52), de la banda sueca de death metal melódico At The Gates, ambos aquejados también por el cáncer; mientras que Brent Hinds (20 de agosto), voz y guitarra líder de Mastodon, sufrió un mortal accidente mientras conducía su motocicleta, cuatro meses después de separarse del poderoso cuarteto que había fundado en el 2000. Tenía solo 51 años.

Leyendas del pop-rock que nos dejaron

El año comenzó, literalmente, con el primer fallecimiento dentro del grupo vocal de country-pop norteamericano The Osmonds. El 1 de enero, el segundo de los nueve hijos de esta familia musical mormona, Wayne, falleció a los 73 años de un paro cardíaco. Muy famosos durante los sesenta y setenta por sus especiales navideños y canciones inocentes, los Osmond desaparecieron del radar de las nuevas generaciones casi de manera absoluta. Además de cantar, Wayne se encargó de las guitarras en todas las producciones del grupo desde 1971.

Las sucesivas muertes de Sylvester Stewart y Brian Wilson -9 y 11 de junio, respectivamente- fueron fuente de diversos homenajes y publicaciones en la prensa cultural especializada mundial. Los legados de Sly & The Family Stone y The Beach Boys son verdaderos tesoros para la cultura pop de un país como Estados Unidos, sumergido hoy en la inmundicia de tener un presidente involucrado en sonados casos de pederastia y promotor de colonialismos homicidas. Ambos artistas dejaron este mundo a los 82 años.

Garth Hudson (21 de enero) era el último miembro de The Band que quedaba hasta su fallecimiento a los 87 años. Versátil y brillante, dominaba teclados, vientos y acordeones, además de encargarse de los aspectos técnicos de todas las grabaciones del quinteto canadiense, incluido el extraordinario LP The basement tapes (1968-1975), con Bob Dylan. Fue el mismo caso de Joey Molland (1 de marzo, 77), guitarrista de Badfinger, con cuya muerte se sella la desaparición del cuarteto que compuso y grabó las versiones originales de Without you y Carry on ‘til tomorrow.

El 2 de noviembre falleció Donna Jean Godchaux (78), vocalista de los Grateful Dead entre 1972 y 1979. Y más recientemente, el 3 de diciembre, el guitarrista Steve Cropper, histórico integrante de Booker T. & the M.G.’s y The Blues Brothers, a los 84 años. También dejó de existir el vocalista y bajista de The Youngbloods, Jesse Colin Young, cuya voz oímos en el tema Get together, de su primer LP de 1967. El 23 de junio, Mick Ralphs, guitarrista de Mott The Hoople y Bad Company, falleció a los 81 años. Con esas bandas grabó himnos definitivos del rock setentero como All the young dudes o Feel like makin’ love. Otro guitarrista de esa época, el holandés George Kooymans (22 de julio, 77), pasó a la historia con Golden Earring y su éxito Radar love (1973).

Marianne Faithfull, cantante y actriz británica, falleció a los 78 años (30 de enero). Desde su sonado romance de casi un lustro con Mick Jagger en los sesenta, su participación en el concierto The wall que hiciera Roger Waters en 1990 o su colaboración con Metallica en el tema The memory remains (Reload, 1997), Faithfull fue un genuino icono artístico y contracultural. Aquí podemos verla interpretando, a dúo con David Bowie, el clásico I got you babe en el recordado programa Midnight Special, en 1973. Roberta Flack (24 de febrero, 88), intérprete de la balada Killing me softly with his song, exitazo de su quinto LP de 1973, murió en un hospital de Manhattan. Tenía problemas cardíacos.

El 26 de mayo, falleció otro histórico guitarrista norteamericano, Rick Derringer (77), cercano colaborador de los hermanos Edgar y Johnny Winter, quien metió sus afilados solos y riffs en los clásicos Frankenstein y Free ride, así como en su propio single Rock and roll hoochie koo, todas de 1973. Casi una década antes, Derringer ya había conocido la fama como integrante de The McCoys, con quienes grabó el single de R&B/pop Hang on sloopy (1965).

El británico Roy Thomas Baker (12 de abril, 78), recordado por su trabajo como productor en los cuatro primeros álbumes de Queen -él estuvo detrás de las consolas durante la creación de Killer queen, You’re my best friend o Bohemian rhapsody- así como en los álbumes más famosos de bandas como The Cars, Journey, Foreigner, entre otros.

Estrellas caídas del jazz y el rock progresivo

En el mundo del jazz, las muertes más sentidas han sido las del baterista Jack DeJohnette (26 de octubre, 83), legendario integrante de los conjuntos de jazz-rock de Miles Davis en los setenta; el trompetista Chuck Mangione (22 de julio, 84), figura destacada del smooth-jazz; el bajista Anthony Jackson (19 de octubre, 73), inventor del bajo de seis cuerdas; Roy Ayers (4 de marzo, 84), vibrafonista de soul, jazz y funk.

También se separó de este mundo el brasileño Hermeto Pascoal (13 de septiembre, 89), una de las mentalidades más innovadoras del siglo XX. Y el 26 de diciembre murió Daniel Piazzolla (70), hijo del compositor argentino Astor Piazzolla, quien trabajó junto a su padre a finales de los setenta como parte del Octeto Electrónico, uno de los periodos más innovadores y desafiantes del tango.

Mientras tanto, los conocedores del rock progresivo también recibieron muy malas noticias durante estos doce meses. Quizás la más reconocible sea la del fallecimiento del fundador, tecladista y cantante de Supertramp, Rick Davies (6 de septiembre, 81), pues tendió puentes entre la complejidad del prog-rock y el pop sofisticado accesible a las radios.

En el otro extremo, personalidades destacadas que fallecieron el 2025 fueron Jamie Muir (17 de febrero, 79), percusionista de King Crimson a inicios de los setenta; Mike Ratledge (5 de febrero, 81), tecladista fundador de Soft Machine; John Lodge (10 de octubre, 82), bajista original de The Moody Blues; y Mick Abrahams (19 de diciembre, 82), primer guitarrista de la formación original de Jethro Tull, que fue reemplazado en 1968 por Martin “Lancelot” Barre.

La comunidad de seguidores del universo Frank Zappa recibieron tres serios golpes este año que se acaba. El 5 de septiembre, el vocalista Mark Volman falleció a los 78 años. Junto a Howard Kaylan fueron las voces de The Turtles, famosos por su éxito de 1965 Happy together. A inicios de los setenta, se unieron a Frank como el dúo humorístico vocal Flo & Eddie. Por otro lado, fallecieron los dos últimos miembros originales de The Mothers Of Invention, el guitarrista Elliot Ingber y el bajista Roy Estrada.

Ingber (21 de febrero, 82), se separó de Zappa apenas lanzado el primer LP, Freak out! (1966) para integrarse a The Magic Band de Captain Beefheart con el pseudónimo de Winged Eel Fingerling. Por su parte, Estrada fue parte fundamental del sonido de The Mothers hasta su disolución en 1969, tras lo cual tocó con Captain Beefheart y la banda de blues-rock Little Feat. El bajista fue condenado en el 2012 por diversos casos comprobados de violación sexual a menores de edad y falleció en una cárcel de Texas, el 14 de agosto, también a los 82, uniéndose a una infame lista de músicos criminales que incluye a Chuck Berry, Gary Glitter, Ian Watkins y Michael Jackson.

Luto en la música en español

Cantantes nuevaoleros como los argentinos Leo Dan (1 de enero, 82), Yaco Monti (18 de septiembre, 80) o los españoles Manolo de la Calva (26 de agosto, 88) -del Dúo Dinámico- y Juan Ramón (30 de abril, 64), dejan recuerdos inolvidables en el rubro baladas en castellano, especialmente el primero, cuyas composiciones grabadas entre 1963 y 1980 continúan sonando en las radios y son reconocidas por distintas generaciones.

La intérprete de una de las canciones más conocidas del folklore mexicano contemporáneo, Rata de dos patas, la veracruzana Francisca Viveros Barradas, más conocida por su alias artístico, Paquita la del Barrio, falleció a los 77 años, el 17 de febrero. La canción, un himno contra la cultura machista infaltable en cualquier karaoke que se respete, fue escrita por Manuel Eduardo Toscano y grabada para el álbum Taco placero (2001).

La salsa tuvo tristes despedidas este año, con los fallecimientos seguidos de Rafael Ithier (6 de diciembre, 99) y Luis “Papo” Rosario (12 de diciembre, 78), integrantes fundamentales de El Gran Combo en su etapa más exitosa. El 20 de febrero, a los 73, falleció el cantante colombiano Wilson “Saoko” Manyoma, de Fruko y sus Tesos, orquesta con la que registró El preso (LP El grande, 1975). Asimismo, recordamos a Rubby Pérez (8 de abril, 69), fallecido en el terrible desplome del techo de un conocido local merenguero en Santo Domingo; y al extraordinario pianista Eddie Palmieri (6 de agosto, 88), columna vertebral de la salsa y el latin jazz.

El rock español perdió a dos de sus nombres más destacados, el vocalista de Ilegales, Jorge Martínez (9 de diciembre, 70), cuyo tema Soy un macarra (LP Agotados de esperar el fin, 1984) es uno de los más representativos de su tiempo y, por otro lado, el guitarrista y líder de Extremoduro, Roberto Iniesta (10 de diciembre, 63) que, en una docena de álbumes lanzados entre 1990 y 2013, hizo de la transgresión y la libertad sus banderas, con letras directas sobre la crisis política de su país y del mundo.

El folklore argentino perdió a dos de sus baluartes, el bandoneonista Osvaldo Piro (7 de agosto, 88), quien fuera esposo de la cantante Susana Rinaldi durante los años setenta; y el legendario acordeonista Raúl Barboza, colaborador cercano de Astor Piazzolla y de Mercedes Sosa, como parte de su conjunto en los años en que “La Negra” regresó del exilio. Ernesto Acher (12 de diciembre, 86), multi-instrumentista, compositor, cantante y actor, se convirtió en el cuarto integrante histórico de Les Luthiers en fallecer, después de sus compañeros Daniel Rabinovich (2015), Marcos Mundstock (2020) y el fundador, Gerardo “Flaco” Masana (1973).

Nuestro país quedó conmocionado tras el asesinato del vocalista de la popular orquesta de cumbia norteña Armonía 10, Paul “El Ruso” Flores (15 de marzo, 38), a causa de la extorsión, una situación que estuvo a punto de repetirse meses después, el 8 de octubre, cuando otra orquesta del mismo subgénero de música popular, Agua Marina, fue atacada a balazos en pleno concierto en Chorrillos. Otra figura de la cumbia peruana, Víctor Yaipén, fundador de El Grupo 5 y la Orquesta Candela, murió el 19 de enero, a los 69 años, por complicaciones asociadas a la diabetes.

Por su parte, el periodista y cantante de pop-rock Álamo Pérez Luna, vocalista de Feiser, de moderado éxito en los años ochenta, murió a los 61 años (17 de abril). Asimismo, dos peruanos ampliamente desconocidos aquí, pero de mucho prestigio en la escena internacional de la ópera y la música orquestal del siglo XX, fallecieron este año: el tenor Luigi Alva (15 de mayo, 98) y el compositor Celso Garrido Lecca (11 de agosto, 99).

Otros nombres destacados

Bandas icónicas de punk y post-punk sufrieron bajas considerables entre enero y diciembre. La más importante ocurrió apenas hace unos días, el 24 de diciembre, en que los medios informaron el fallecimiento, a los 65, del guitarrista y tecladista Perry Bamonte, integrante de The Cure desde aproximadamente 1995, aunque trabajó para la banda como técnico desde 1984. Dave Allen, bajista y fundador de Gang Of Four (5 de abril, 69); Brian James (6 de marzo, 70), guitarrista de la formación original de The Damned; y el baterista de The Jam, Rick Buckler (17 de febrero, 69).

Asimismo, dos históricas bandas de la movida gringa del punk cuya influencia se extendió, por un lado, al heavy metal y, por el otro, al disco y la new wave, perdieron a miembros fundacionales. David Johansen (28 de febrero, 1975), vocalista de The New York Dolls; y Clem Burke (6 de abril, 70), baterista de Blondie, la banda liderada por Debbie Harry. Por su parte, Gary “Mani” Mounfield (20 de noviembre, 63), bajista de los británicos The Stone Roses, uno de los líderes de la escena Madchester, sucumbió a diversos males cardíacos. Y hace dos semanas, el 22 de diciembre, el cantautor norteamericano Chris Rea pasó “al otro barrio”, a los 74 años.

La música electrónica perdió este 2025 a la alemana Christine Hahn (28 de mayo, 1974), del colectivo Malaria!; el inglés Douglas McCarthy, vocalista de los tecnoindustriales Nitzer Ebb (11 de junio, 58); y el escocés David Ball (22 de octubre, 66), productor y multi-instrumentalista de Soft Cell, dúo electropop famoso por su éxito Tainted love (LP Non-stop erotic cabaret, 1981). El vocalista y líder de los influyentes Pere Ubu, David Thomas (23 de abril, 71) de infecciones hepáticas en un hospital de Brighton, Inglaterra, donde vivía desde hacía algunos años.

Un caso especial es el de las gemelas alemanas Alice y Ellen Kessler, cantantes y bailarinas del vaudeville de los años sesenta, que murieron voluntariamente a los 89 años tras solicitar un suicidio asistido. El procedimiento se llevó a cabo en un hospital de Grünwald (Munich), en presencia de un equipo de doctores y abogados, el 17 de noviembre. Las hermanas dejaron su herencia a diversas organizaciones civiles dedicadas al cuidado de personas enfermas y solas.

Como vemos, la lista parece nunca acabar. Lalo Schifrin (26 de junio, 93) compositor argentino de famosas bandas sonoras como Dirty Harry (1971, una de las películas que inmortalizó a Clint Eastwood) o Enter the dragon (1973, tema emblemático del astro de las artes marciales Bruce Lee); Gary Graffman (27 de diciembre, 97), pianista neoyorquino que grabó la banda sonora de Manhattan, película de Woody Allen de 1979; Chris Dreja (25 de septiembre, 78), bajista de The Yardbirds; Connie Francis (16 de julio, 87), una de las primeras cantantes norteamericanas que se atrevió a cantar boleros en español; Jimmy Cliff (24 de noviembre, 81), uno de los más famosos exponentes del reggae jamaiquino; el músico brasileño Salomão “Lô” Borges, que lanzó en 1972 el influyente LP Clube da Esquina con Milton Nascimento; son solo algunas de las grandes estrellas de la música que se apagaron este año.

[OPINIÓN] En el incierto panorama electoral rumbo a abril de 2026, hay una figura que se despega del resto. No por romanticismo ni por construcción mediática, sino por acumulación de hechos. Se llama Keiko Fujimori.

Tres elecciones perdidas. Cárcel. Persecución sistemática. Linchamiento mediático permanente. Un matrimonio donde ella fue víctima estóica  de un evidente y despreciable personaje que terminó mal. Sufrió del rechazo en automático de una  generación formada más por consignas que por análisis. Si después de todo eso alguien sigue viva y compitiendo, hay que preguntarse: ¿qué la sostiene? No es terquedad. Es estructura.

Con la muerte de Alberto Fujimori se cerró un ciclo. El anti fujimorismo profesional perdió a su tótem y hoy se queda sin libreto. Keiko, en cambio, aparece distinta: más serena, más centrada, más cuidada. Alguien la debe estar queriendo bien. Y cuando una persona es querida de verdad, se nota. Así funciona la química humana.

Miremos alrededor. El centro y la derecha ofrecen un catálogo preocupante: improvisados, ególatras, psicópatas funcionales, corruptos reincidentes y confundidos entre el mesianismo y un pseudo liderazgo con graciosas ofertas que van desde “no cobraré un sueldo”  hasta “refundaré el Perú desde el Titicaca.”

La izquierda llega peligrosa pero arrastra el desprestigio de los últimos cinco años, producto del desastre que ellos mismos incubaron en 2021. El país ya pagó esa factura y creo no tiene ganas de repetirla.

A esto se suma el cansancio general desde el 2011, frente a la manipulación política del sistema fiscal, judicial y policial. El hartazgo es transversal. Y en ese contexto, la “China” se coloca al centro del tablero.

Y hay un dato adicional que muchos prefieren ignorar: organización. Keiko tiene partido, cuadros, presencia nacional y disciplina electoral. Algo que no tiene nadie más. Ni siquiera el histórico APRA, hoy atrapado en disputas internas tan previsibles como estériles.

El escenario es claro. El Perú no elegirá en 2026 desde el miedo ni desde la rabia. Elegirá con la esperanza de cerrar una etapa de caos, improvisación y desgaste permanente. Y la opción más estructurada está ahí, visible y probada en la adversidad.

Si eso ocurre como cre, el país tendrá la oportunidad de encaminarse con inteligencia y sentido práctico hacia el 2030. Todo lo demás son inventos.

Parafraseando al buen Fernando Armas: “Ojo de loca, no se equivoca.”  Y esta vez, la intuición apunta a que el Perú puede —por fin—  empezar a caminar en serio. Ojalá.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Su victoria, además, consolida las posiciones de la derecha global, muy especialmente de la latinoamericana y repercute en el Perú, ad portas de sus próximas elecciones generales de abril. Los variopintos candidatos libertarios de nuestro espectro político  estarán saltando en una pata.

De cara a la región, la presencia y el control norteamericanos sobre las reservas petroleras venezolanas- pues para Trump, esto nunca se trató de la democracia- generan un contrapeso a la aventura china iniciada en 2025 al inaugurar el puerto de Chancay. El error chino, más allá de las siempre amables palabras de XI JinPing, es no asociar su presencia en Sudamérica con ningún proyecto de desarrollo para la región, un puerto chino, solo un puerto chino, a fuer de sus pingües inversiones mineras. Entonces los herederos del Imperio del Dragón no tiene aliados en la región, solo observadores, solo expectativas, solo incertidumbres.

Europa es un eterno dilema. Humillada tanto o más que a finales de la Segunda Guerra Mundial, se muestra inerme. Depende tanto de los Estados Unidos que se ha convertido en un ente incapaz de cualquier iniciativa propia, al punto de que nadie se plantea firmemente una Europa sin americanos, una OTAN sin Estados Unidos, o la posibilidad de convertirse en una potencia cuatro o cinco veces menor en poder económico y militar pero con voz propia en el mundo. To be or not to be, sabias palabras de Shakespeare.

En España, siempre un tanto disparatada, se han escuchado las voces usualmente trasgresoras de Pablo Iglesias  e Irene Montero llamando a romper con Europa, con la OTAN, con el mundo. Es que en la península aún no se enteran de que su desarrollo económico, de los servicios y la infraestructura se los financiaron Alemania y Francia desde que se fundó la UE en 1993, ellos apuestan por la autárquica ínsula Barataria donde gobernaría, de seguro, una versión bastante alternativa y woke de Sancho Panza.

Vamos a las ideas, crecimos, crecí, en el antimperialismo yanqui, me revienta, lo rechazo, pero la idea del progreso estalló después de la Segunda Guerra Mundial. No existe eso de que cuanto más nos adentramos en el tiempo más superamos las taras del pasado, como los desembarcos de Marines yanquis y las obscenas dictaduras bananeras. Nada de eso, las armas serán más sofisticadas, pero el hegemón lo seguirá siendo, las oficinas públicas contarán con internet pero nuestras democracias son tan frágiles como en tiempos de la  fundación republicana.

Europa no puede, o no quiere, o se ha acomplejado tanto que ha perdido hasta el élan vital del que nos hablaba Henry Bergson hace un siglo. ¿Qué podrá América Latina? los pequeños pececillos siguen nadando despreocupados en el mar en el  que se alimenta el tiburón del imperialismo, las cálidas aguas del mar caribe, si hasta la analogía no nos lo parece ya tanto.

¿Es posible la Patria Grande? He seguido mucho a Haya de la Torre que dedicó su vida al proyecto de unir Indoamérica pensando que así podría equiparar fuerzas con el gigante del norte. En el concepto llevaba razón, pero no en la realidad: nunca nos pondremos de acuerdo. Más sensato es el camino solitario o las pequeñas o medianas alianzas sinérgicas, de interés. Más sensato es mirar a la minúscula Corea, examinar su milagro. No hablo de copiarla pero sí de inspirarnos en su ejemplo. Más sensato es ver a las naciones que cambiaron su destino porque un buen día tomaron la decisión de hacerlo pues en el mundo contemporáneo no existe otro camino para los peces chicos y nadie les prestará ayuda para convertirse en megalodones.

Breve actualización: Conforme a sus últimas declaraciones, a Donald Trump no le interesa la democracia en Venezuela. Ahora los venezolanos se quedan sin petróleo y probablemente con la misma dictadura pero sumisa a USA. El plan imperialista perfecto le ha funcionado a Trump y los defensores de una «invasión democrática» hacen el ridículo mundial. Lo que se viene es un protectorado norteamericano en el país llanero, ya sea directo con un gobernador gringo, o indirecto con un representante de la actual dictadura al frente. Edmundo González y María Corina Machado no son una opción. Diosdado Cabello podría convertirse en el próximo Anastasio Somoza regional. El asunto es que el petróleo le llegue rápido a USA y ya no más a los chinos. Si está es la lógica de Trump, solo queda esperar sus siguientes pasos en busca de recuperar la hegemonía perdida.

[Música Maestro] En los años setenta surgieron, en varios países de Hispanoamérica, diversos movimientos musicales influenciados por una corriente de pensamiento anclada en la búsqueda de justicia social, usando para ello el lenguaje sonoro del folklore. En nuestro país, en pleno gobierno de Juan Velasco Alvarado, el conjunto Tiempo Nuevo trató, sin mucho éxito a pesar de sus esfuerzos, de ser el equivalente nacional a artistas de la región como Inti Illimani, Quilapayún (Chile), Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui (Argentina) o Alfredo Zitarrosa (Uruguay).

En esa época, izar las banderas de la izquierda política -defensa de los derechos laborales de obreros, campesinos, maestros- fue moneda corriente entre las juventudes latinoamericanas. En las universidades se forjaban, en medio de recitales de poesía, las nuevas generaciones de políticos que querían hacerle frente a los círculos que concentraban el poder político y económico bajo el paraguas de aquel sueño utópico de una «distribución de la riqueza justa y solidaria». Eran tiempos en que palabras como «pueblo», «socialismo» o «proletariado» formaban parte del abecedario cotidiano de artistas que abrazaban aquellas ideas con seriedad, idealismo y apasionamiento.

Nuestro país no estuvo exento de aquella ola, en tiempos en que no era posible estigmatizar a nadie con palabras vacías como “progresismo” o “caviares”. Escritores, cineastas, poetas, grupos teatrales, artistas plásticos y músicos con profunda vocación humanista ofrecieron sus juventudes y talentos a esta forma de expresión artística. Entre estos últimos, destacó una agrupación nacida en el Conservatorio Nacional de Música, fundada por un compositor piurano de música académica que, tras varios años fuera del Perú, regresó inspirado por las experiencias vividas en un país que acababa de ingresar a un oscuro periodo dictatorial.

Los inicios

A comienzos de 1974, durante su segundo año como director del Conservatorio Nacional de Música, el compositor sinfónico y experimental Celso Garrido Lecca decidió armar un conjunto de música folklórica y académica, con todas las ideas que recopiló de su estadía por varios años en Chile, en plena efervescencia de los movimientos socialistas que llevaron al poder a Salvador Allende (1908-1973).

Su amistad con los integrantes de brillantes bandas como Inti Illimani y Quilapayún -que, en ese entonces, recién comenzaban sus caminos artísticos- y, especialmente, con Víctor Jara (1932-1973) le permitió enfocar su proyecto hacia lo que él llamó “taller de música experimental”, combinando elementos clásicos -arreglos, orquestaciones, armonías corales- con géneros de folklore latinoamericano, con énfasis en los ritmos nacionales de costa y sierra.

Así, Garrido Lecca realizó una convocatoria a la que respondieron cuatro alumnas del Conservatorio: Aurora Mendieta, Aída “Mocha” García Naranjo, Martina Portocarrero y la joven chilena Danai Höhne, con quien había compartido duras experiencias de las primeras represiones del gobierno militar, recientemente instalado. También llegaron al taller el guitarrista/cantante Marco Iriarte y el flautista clásico César Vivanco.

Para completar el nuevo grupo, Celso Garrido Lecca convocó a un joven actor y guitarrista, muy activo con el grupo teatral Cuatrotablas, Alberto “Chino” Chávez quien, a su vez, invitó a Dante Piaggio, un buen amigo suyo, para que cantara y tocara bajo. Los ocho jóvenes músicos y cantantes, bajo la dirección y arreglos de Garrido Lecca, se internaron en los salones del Conservatorio, ensayando y perfeccionando su propuesta. Casi un año después, Celso consideró que ya era el momento de dar la cara al público. Y así lo hicieron.

1975-1977: Cánticos de izquierda

Sus primeros escenarios fueron el histórico Teatro La Cabaña (Cercado de Lima), universidades y hasta en Derrama Magisterial, en el antiguo local del Ministerio de Educación (en la Av. Abancay). La puesta en escena se asemejaba a la de sus pares chilenos Quilapayún e Inti Illimani, con una diferencia sustancial pues se trataba de un conjunto mixto. En una sola línea, los ocho integrantes de Tiempo Nuevo se disponían de manera sobria y elegante, intercambiando voces e instrumentos.

Guitarras, charangos, bombos y ponchos negros, con las voces de Mocha, Marco, Dante, Aurora, Alberto, Martina y Danai cruzándose en finas armonías arregladas por Celso, y los vientos de Vivanco surcando la atmósfera con aquellas melodías de intensas letras proselitistas y reivindicativas del trabajo de campesinos, mineros, obreros y maestros.

De inmediato se les identificó como un grupo musical de izquierda, asociado a aquellas ideas que buscaban el cambio social y político según las tendencias vigentes. Por supuesto, Tiempo Nuevo se plegó al Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas de Juan Velasco Alvarado, participando en varias de las actividades organizadas por el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), a través de las cuales lograron presentarse en diversas localidades del país.

En 1977 grabaron su primer LP, titulado Por la tierra y la liberación nacional, editado por el sello alemán Neue Welt. El disco es una selección de huaynos, valses, marineras y tonadas latinoamericanas entre las cuales destacan La libertad llegó, Tiempo de lucha, Canción de poder -todas composiciones de Alberto Chávez-, una versión libre de El payandé -canción tradicional afroperuana-, el poema de Javier Heraud Palabra de guerrillero -con música de Chávez- y Cuando tenga la tierra, escrita por los argentinos Daniel Toro y Ariel Petrocelli, que había sido grabada en 1973 por Mercedes Sosa. Vamos por ancho camino, una intensa letra de Víctor Jara musicalizada por Celso Garrido Lecca fue también grabada por esta primera alineación de Tiempo Nuevo, con Danai como vocalista principal, aunque no formó parte de aquel álbum debut.

Nuevos tiempos para Tiempo Nuevo

Para los últimos años de la década de los setenta, Celso Garrido Lecca sintió que el mensaje político del grupo se había comenzado a debilitar y decidió separarse de su creación, que comenzó a adquirir vida propia. Junto con él, fueron retirándose uno a uno casi todos los miembros originales, con la excepción de Marco Iriarte y Aída “Mocha” García Naranjo, quienes tomaron la dirección del grupo.

Con la llegada de nuevos integrantes como Elsa Palao, José “Lolo” Reyes, Luis “Luchín” Silva, entre otros, el grupo mantuvo su perfil de canto testimonial y de protesta, ampliando su repertorio con la interpretación de temas de artistas reconocidos del folklore latinoamericano y la nueva trova.

Durante los años ochenta, el grupo estuvo muy activo dando recitales y grabando canciones, además de acompañar a artistas locales y amigos, en la misma línea musical e ideológica, como el compositor y tecladista Arturo Ruiz del Pozo, el cantautor Daniel “Kiri” Escobar, el reconocido músico afroperuano Andrés Soto, el grupo de teatro urbano Yuyachkani, entre otros.

En esos años, Tiempo Nuevo editó un par de cassettes -Tiempo Nuevo 2 y 3-, de producción independiente, con nuevas versiones de algunas de sus primeras canciones como Recuerdos de Calahuayo, A la salida de Casapalca -acerca de una matanza de mineros en ese pueblo ubicado en la sierra limeña de Huarochirí-, y carátulas ilustradas por el artista Eliseo Guzmán, coloridas y evocadoras de la pluridiversidad nacional.

En 1982, el grupo acompañó a la recordada cantante de huaynos María Dictenia Alvarado Trujillo, más conocida como Pastorita Huaracina (1930-2001) en una histórica visita a Corea del Norte, para celebrar el cumpleaños 70 de su líder y dictador Kim Il-Sung. En esa década se consolidó el nuevo núcleo de Tiempo Nuevo, encabezado por Iriarte, García Naranjo y Palao, a quienes se sumaron la cantante y compositora Norma “Poly” Alvizuri, los vocalistas Luis Berenguel, Alberto Orbegozo y Roberto Chávez.

El sonido de Tiempo Nuevo se mantuvo fiel a los postulados iniciales de Celso Garrido Lecca, aunque con menor predisposición a los arreglos de estilo clásico. En sus recitales era común escucharlos combinar su propio repertorio con clásicos de Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat y temas emblemáticos de la época dorada del folklore latinoamericano como Canción con todos (César Isella, Argentina), A mi palomita (Teófilo Vargas, Bolivia) o Gracias a la vida (Violeta Parra, Chile).

En 1992 lanzaron un álbum titulado 15 años construyendo Tiempo Nuevo, con una selección de canciones inéditas, mayormente compuestas por Norma Alvizuri -Simón corazón, La mala muerte- y otras como Viajero terrestre de Arturo Ruiz del Pozo, Si fuese varón de la recordada musicóloga y folklorista Rosa Elena “Chalena” Vásquez (1950-2016) y, especialmente, una polka llamada El tren eléctrico, escrita por Juan Luis Dammert, amigo del grupo, en que tratan con divertida ironía las nunca vistas bondades de aquel fallido proyecto del primer gobierno de Alan García. Posterior a ello, los integrantes de Tiempo Nuevo se dedicaron a proyectos personales y, aunque nunca se declaró oficialmente su disolución, el grupo no tuvo la misma presencia que en las décadas previas.

Siglo XXI: reencuentros y reediciones

Así, entre guitarras y cantos trovadorescos, la trayectoria entrecortada de Tiempo Nuevo se hizo mítica entre ciertos sectores del público peruano -y esencialmente, limeño- simpatizantes de ideologías socialistas y de izquierda, algo que sus integrantes buscaron siempre de manera deliberada.

Sin embargo, las transformaciones sociopolíticas del Perú fueron relegando esa forma de pensar hasta estigmatizarla por lo que las canciones de Tiempo Nuevo, musicalmente limitadas pero, después de todo, diferentes a lo común y corriente en lo relacionado a decir cosas que no eran necesariamente amables con el statu quo, fueron abandonando el imaginario colectivo. Hoy, las nuevas generaciones no tienen la menor idea de su existencia y los medios tradicionales solo se ocupan de ellos como de un objeto del pasado.

En el año 2015, para celebrar un aniversario más del grupo, Tiempo Nuevo se juntó para ofrecer unos recitales en el circuito de conciertos de Lima, en los que presentaron una colección de ocho CD, titulada Antología de un canto testimonial (edición limitada), conteniendo sus grabaciones clásicas, temas inéditos y conciertos, además de una nueva producción llamada Por la vida un canto necesario, que contiene temas propios y versiones de algunos de sus principales referentes como Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Víctor Jara, entre otros.

En aquellas actuaciones, el grupo estuvo integrado por Aída García Naranjo (voz, percusiones), Marco Iriarte (voz, guitarra), Elsa Palao (voz, charango, percusiones), Roberto Chávez (voz, bajo, guitarra), Norma Alvizuri (voz, charango, percusiones), Luis Berenguel (voz, batería, guitarra), Arturo Pinto (vientos) y Alberto Orbegozo (voz, bajo, guitarra, vientos).

Músicos, compositores y cantantes

En sus cincuenta años de intermitente trayectoria, han pasado por las filas de Tiempo Nuevo alrededor de treinta personas, entre cantantes, compositores e instrumentistas. Algunos de los integrantes originales desarrollaron interesantes carreras como solistas:

Martina Portocarrero: se convirtió en una de las intérpretes más conocidas de folklore andino, con letras cargadas de mensajes sociales y políticos. Flor de retama -composición del maestro ayacuchano Ricardo Dolorier que grabara en 1971- le trajo muchas satisfacciones y dolores, llegando a ser estigmatizada por su orientación ideológica. Postuló a varios cargos públicos, sin éxito. Falleció en el 2022, a los 72 años.

Danai Höhne Ramírez: chilena de nacimiento, Danai llegó al Perú en 1973 a los 19 años. Tras su paso por Tiempo Nuevo tuvo una exitosa carrera como vocalista de pop-rock, primero con el grupo TV Color y, posteriormente, al frente de su grupo Pateando Latas, que registró varios éxitos radiales entre 1986 y 1989, como Maquillaje sensual, Ídolos, entre otros. En 1992 falleció, prematuramente, a los 38 años.

Aída “Mocha” García Naranjo: combinó su carrera musical con la política desde sus inicios, participando en diversos movimientos estudiantiles y partidos. Entre julio y diciembre del 2011 fue Ministra de la Mujer y Desarrollo Social, durante el gobierno de Ollanta Humala, dejando un muy mal recuerdo. Posteriormente, fue embajadora del Perú en Uruguay (2012-2014), lo cual causó aun más controversias. Es, junto al guitarrista Marco Iriarte, la integrante más antigua del grupo.

Alberto “Chino” Chávez: fundador y compositor de varios de los primeros temas de Tiempo Nuevo, salió en 1978 para iniciar una prolífica carrera como productor de rock nacional. Fundó el grupo TV Color en 1983 -donde se reencontró con Danai- y, años más tarde, creó el sello discográfico L25, produciendo a bandas peruanas de rock alternativo como Leusemia, Masacre, La Sarita, entre otros.

¿Quién fue Celso Garrido Lecca?

El fundador de Tiempo Nuevo fue un compositor peruano de música instrumental contemporánea -equivalente a lo que llamamos comúnmente música clásica o sinfónica- que es, junto a Édgar Valcárcel (1932-2010) y Enrique Iturriaga (1918-2019), uno de los que más se ha preocupado por integrar las sonoridades andinas a la música moderna instrumental.

¿Quién podría decir que en el Perú se compone música serial o dodecafónica, las dos vertientes de la música «culta» más desafiantes y complejas de la historia de la música a nivel mundial? Garrido Lecca colocó el nombre del Perú en festivales internacionales a través de sus composiciones en esos estilos académicos, aun cuando en nuestro propio medio su música, compuesta durante siete décadas de trayectoria, solo sea conocida por círculos, cada vez más pequeños, de conocedores y allegados personales.

Vivió durante los años sesenta y setenta en Chile, donde se relacionó con artistas y músicos populares en esas épocas de fuerte activismo político y nacimiento de corrientes de izquierda. Trabajó muy de cerca con Víctor Jara y Quilapayún. Fue amigo personal de José María Arguedas (1911-1969) y dirigió el Conservatorio Nacional de Música entre 1973 y 1979, periodo en el cual conformó el Taller de Música Experimental que fue la génesis de Tiempo Nuevo.

En el año 2015, la institución previsional del magisterio peruano, Derrama Magisterial, le hizo entrega de la Medalla de Honor José María Arguedas, en reconocimiento a su trayectoria artística. Celso Garrido Lecca falleció a los 99 años, el pasado 11 de agosto.

  1. Antecedentes

El 29 de diciembre de 1820 fue proclamada la independencia de Trujillo, capital de la antigua intendencia del mismo nombre que abarcaba territorios de las actuales regiones de Tumbes, Cajamarca, Amazonas, Piura, San Martín y Lambayeque.

Para la mayoría de los historiadores peruanos, la primera etapa de la historia republicana del Perú, se inicia oficialmente el 28 de julio de 1821, día en el que el general José de San Martín, proclamó la Independencia del Perú en Lima, la capital del hasta entonces Virreinato del Perú. Sin embargo, considero que el punto de partida del nacimiento de la República del Perú, sería, el 29 de diciembre de 1821 día de la proclama de la Independencia de Trujillo del Perú

El Perú antes de su independencia, era uno de los más importantes virreinatos, se rigió por el Derecho Indiano y el Derecho Castellano. Más tarde en las etapas finales de la colonia, la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz del 19 de marzo de 1812, rigió en el Perú hasta abril de 1814 con el retorno de Fernando VII a España, tras la derrota de Napoleón por el pueblo español.  El pleito dinástico suscitado por la muerte de Fernando VII (1833) entre su hija Isabel y su hermano Don Carlos María Isidro de Borbón, ya no interesaba al Perú que había logrado ser un estado nacional.

  1. Trujillo, pieza clave para la Independencia del Perú

El 8 de setiembre de 1820   San Martín desembarcó en Paracas, pasando a Ancón y luego a Huaura con el objeto de ganar a Trujillo a la causa patriota. Tomó contacto secreto con el alcalde Marqués de Bellavista: con Don Clemente Merino de Arrieta, esposo de la dama que bordaría el primer pabellón patrio, con D. Luis José de Orbegoso y Moncada que era Síndico Procurador General del Ayuntamiento de Trujillo, entonces Conde de Olmos, casado con la dama Trujillana Doña María Josefa Martínez de Pinillos (1816) y con el Intendente José Bernardo de Tagle y Portocarrero, Marqués de Torre Tagle

“Mandaba entonces en Trujillo como Intendente y comandante General de Armas, el Brigadier Marqués de Torre-Tagle, quien no tardó en entenderse con el General San Martín, y sin muchas dificultades que vencer, se juró la independencia en mi país el 29 de diciembre de 1820” (De Orbegoso; 1939, 17)

Para comprender la Importancia territorial, administrativa y política de Trujillo, hay que tener en cuenta que estuvo básicamente conformado por el obispado de Trujillo, ubicado entre el de Lima y el de Quito, que contuvo varias provincias o jurisdicciones gubernativas conocidas como corregimientos. A la extinción de éstos últimos en las postrimerías del siglo XVIII, se creó la intendencia de Trujillo, que abarcó el área de su obispado y que siendo una de las nuevas regiones administrativas más extensas y pobladas, fue sin duda una de las más importantes del nuevo sistema de gobierno implantado por los Borbones. La sede de las principales autoridades políticas, administrativas y eclesiásticas de la región fue la ciudad capital de Trujillo, en la provincia de igual nombre, desde donde se irradiaba su influencia hasta Guayaquil por el norte, y la provincia del Santa por el sur, así como Cajamarca y Chachapoyas por el este. (Paul Aljovín de Losada)

San Martín, comprendió que era importante contar con el apoyo de Trujillo y no tardo en convocar una junta de las autoridades y vecinos notables, en casa del General La Fuente, que aún servía la Prefectura (de la que se había encargado por sí y ante sí desde la prisión de Riva Agüero) y en dicha junta manifestó la gran escases de dinero para atender a los más precisos y urgentes gastos de la guerra y a la subsistencia del ejército. En esta junta cabe destacar la presencia de Don Luis José de Orbegoso y Moncada, quien  manifestó que todos tenían que  sacrificar la parte de sus  fortunas que fuere necesaria y en un acto de desprendimiento y de patriotismo puso a disposición del General San Martín “ todos los capitales de mis haciendas, que consistían principalmente en ganados, para que se empleasen en el servicio y sostenimiento del ejército, exigiendo únicamente se me devolviesen los cascos de mis fundos, una vez terminada la guerra, para labrarlos y fomentarlos si me fuera posible “( De Orbegoso; 1939, 28)

Este gesto es muy poco conocido por los trujillanos, por tal motivo nuestro propósito de difundirlo, como reconocimiento histórico a su nombre.

El 29 de diciembre de 1820, en la sede del cabildo, el movimiento patriota proclamaba solemnemente, antes que otros pueblos del Virreinato, la Independencia nacional, aquí aparece nuestro personaje trujillano D. Luis José de Orbegoso y Moncada quien cede a la causa libertadora la mayor parte de su mayorazgo; esclavos, caballos, graneros y víveres, para la causa libertadora inspirado en esos nobilísimos sentimientos que lo hicieron renunciar a su alta posición y desprenderse de sus cuantiosos bienes de fortuna para abrazar con fervor la causa de la libertad.

El Gral. José de San Martín proclamó la Independencia del Perú y asume el mando supremo, político y militar del Perú con el título de Protector. Acto seguido por Decreto del 22 de diciembre de 1821, convocó por primera vez, a la ciudadanía. Lo hizo, dice Jorge Basadre, con el fin de que eligiera libremente un Congreso Constituyente para el exclusivo objeto de establecer la forma de gobierno que regiría en el Perú.

El Congreso se instaló el 20 de setiembre de 1822 y se forma la Junta de Gobierno integrada por don José de la Mar, Don Manuel Salazar y Baquíjano y Don Felipe Antonio de Alvarado (Triunvirato). Más tarde se produjo la petición de los jefes del ejército al Congreso, para que nombraran a Don José de la Riva Agüero Sánchez Boquete, simple coronel de milicias, pero aristócrata, como presidente del Estado y el día 28 de febrero de 1823, bajo la presión del motín, el Congreso se vio obligado a declarar el cese de la Junta de gobierno (Triunvirato) y en su lugar nombrar a Riva Agüero como Primer presidente del Estado Peruano, ascendiendo en seguida a Gran Mariscal.

El primer presidente del Perú comienza a formar un regimiento de caballería y “el 24 de febrero de 1823, destina a don Luis José de Orbegoso a formar desde sus bases, un escuadrón de línea con el nombre de “Invencibles de Trujillo”, que después dio su primera base al glorioso Regimiento “Húsares de Junín y Ayacucho” (De Orbegoso; 1939, 19)

El Congreso, en agosto de 1823, designó a don José Bernardo de Tagle y Portocarrero, Marqués de Torre Tagle, como Segundo presidente del Gobierno, acordando a la vez el cese de la gestión de Riva Agüero. Durante su período se promulgó el 12 de noviembre de 1823 la primera Constitución del Perú, que era de marcada tolerancia liberal y entre los aportes básicos figuraban el reconocimiento del sistema republicano (unitario y representativo), la designación de la religión católica como religión del Estado y el sistema tripartito de poderes (poder ejecutivo, legislativo y judicial

COLOFÓN

En palabras de Bonilla “La Independencia de Hispanoamérica y del Perú aparecen pues no como el resultado de una rebelión deliberada contra España, sino como un intento de reponer o reemplazar a la monarquía derrotada”

En lo que respecta a Trujillo, es emocionante la vida del Mariscal D. Luis José de Orbegoso y Moncada, protagonista de nuestra historia, quien fue un hombre culto, sincero, humano y honrado a carta cabal. Su condición de Conde de Olmos y de sucesor de los valiosos mayorazgos de las casas Orbegoso, Galindo y Moncada, le colocaban en expectable posición social y en holgada situación económica, dentro del régimen del Virreinato y de la República.

La Historia se ha encargado de juzgarlo y hacer resaltar la importante figuración de la vida pública del Gran Mariscal y presidente del Perú Don Luis José de Orbegoso, quien en medio del desgobierno y de las ambiciones descolló su egregia figura rodeada de esa aureola de bondad, de energía, de desinterés y de patriotismo, que fueron las características de su vida y que determinaron su acción.

Viva la ciudad de Trujillo, punto de partida del nacimiento de la República el 29 de diciembre de 1820, día de la proclama de la Independencia de Trujillo del Perú.

Trujillo, diciembre 2025

[OPINIÓN] En el Perú celebramos el Día de los Inocentes cada 28 de diciembre. Oficialmente, uno. En la práctica, 365. Porque para sobrevivir aquí hay que ser inocente casi todo el año. O, por lo menos, hacerse.

Yo, personalmente, culpo a Jorge Basadre por esta tendencia nacional a superar lo insuperable y soportar lo insoportable. Su célebre frase es noble, inspiradora… y peligrosamente funcional para justificar cualquier despropósito.

Hay que ser inocente para creer que Martín Vizcarra, César Acuña, Pedro Castillo o Carlos Álvarez están hechos para conducir los destinos del país. Inocente para pensar que el tráfico de Lima existe porque somos una potencia mundial y no porque algún mesiánico al mando nos engañó. O que traer trenes de hace 70 años es un “hito histórico” del transporte y no una anécdota cara para cubrir tres años de gestión fallida.

Hay que ser inocente para creer que la Ramiro Prialé resolverá las tres horas rumbo a Chosica, o que la “Vía Expresa”, hecha a las patadas, es la solución estructural del transporte limeño. Y asi, la inocencia limeña se proyecta a todo el Peru.

Somos inocentes para aceptar que el mismo medicamento cueste en el Peru 100 soles, 20 en Colombia y 15 en Estados Unidos “solo por un problema  en el costo del transporte”. Inocentes para esperar el domingo, encender Cuarto Poder creyendo que ahí se nos revelará la realidad y el futuro, cuando es obvio que ellos la fabrican.

Hay que ser inocente para repetir que “Central” es el mejor restaurante del mundo solo porque lo dice una revista a la que se le paga para que lo afirme. Inocente para sostener que RMP es proba sin considerar que ha trabajado defendiendo a la derecha, a la izquierda y el centro, sin sonrojarse. O pensar que ciertos periodistas no están en la planilla de Porky mientras le revientan cohetes y pontifican independencia.

Inocente para creer que un canal, porque cambió de dueño, ahora sí volverá a ser como antes; o festejar que el nuevo Aeropuerto Jorge Chávez es el mejor de América Latina, cuando te demoras más en llegar desde tu casa que, una vez despegado, en llegar a cualquier destino.

Y, sin embargo, pese a fiscales, policías y autoridades corruptas en flagrancia, el peruano vive feliz. Llega incluso a creer y seguir en su Selección, aunque no le gane ni a su sombra. En fin, como diría Galileo: e pur si muove.

Por eso, el 28 de diciembre es solo un recordatorio de que los otros 364 días hay que hacerse el inocente para resistir, construyendo un oasis propio en medio del caos autoimpuesto.

Porque ya saben: el Perú es más grande que sus problemas. Eso nos dijeron de niños. Y aquí seguimos. Inocentes.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Siempre me manejé a base de ideas e ideologías, también de marcos teóricos. Comprendo la realidad como un universo que requiere ser interpretado en busca de una inalcanzable verdad, que no se puede alcanzar por un motivo intrínseco a su naturaleza: se mueve. La historicidad, la temporalidad obligan a modificar el diagnóstico cada cierto tiempo, obligan a verdades de corta y mediana duración, nunca absolutas, el cambio marca la pauta, la adecuación es inexorable.

Luego está la crítica, la interpretación y su enorme repercusión en la epistemología. Una sola verdad, en un solo tiempo, igualmente será desafiada y, en simultáneo, diferentes teorías e ideologías se disputan el pedestal del conocimiento comúnmente aceptado. Ni siquiera los totalitarismos pudieron detener estas dos pulsiones ineludibles: la historicidad y la crítica.

Yo me formé en casa de un velasquista, mi padre Ezio, relacioné a Velasco con la justicia, con devolverle a los pobres lo que les había sido arrebatado, la parte de la dictadura del GRFA no la entendí muy bien por aquellos años. Precisamente en 1980, cuando cursaba primero de secundaria, ya sin generales en Palacio de Gobierno, cayó en mis manos Haya de la Torre y el APRA de Luis Alberto Sánchez.

Entonces mi base ideológica se completó. Volví a ese libro tres décadas después y comprendí por qué pensaba como pensaba, por qué me consideraba de izquierda sin ser comunista, porque creía fervientemente en la justicia social y porque entendía la democracia como una utopía que debía defenderse por encima de cualquiera otra. Quién mejor que Sánchez para legar la posta, perseguido por dictaduras desde Sánchez Cerro hasta Odría. Nadie como los apristas de la generación fundacional y la siguiente, la de Andrés Townsend y Armando Villanueva, para comprender por qué son importantes la democracia y el orden constitucional como marco de referencia para construir la justicia social y para comprender que el siglo XX peruano se truncó precisamente por lo contrario: por los tanques, los fusiles, el olor a pólvora, la represión política y la conculcación de la libertad.

Los tiempos universitarios me alejaron de un APRA en la que no militaba y del desastre de su primera gestión, y me acercaron a la Izquierda Unida, donde me caractericé por ser demasiado moderado e independiente. Había otra utopía en muchos de esos bravos compañeros que yo no alcanzaba a compartir, desde el lenguaje, el enfoque, la mirada, la propia ideología: el marxismo. Yo creía, como dijo Haya, en un país en el que se crease la riqueza para el que no la tiene y no tanto en quitársela al que la tenía.

Lo señalado no obsta que promueva una  política tributaria más justa y una redistribución por parte del Estado que suponga la revolución de sus servicios y de su infraestructura para promover el desarrollo: creo en llevar a nuestra burguesía tomada por las orejas, por un Estado rector, a comprometerse con dicho desarrollo, pero no creo en maniqueísmos. No creo en buenos y malos, ni en odios ancestrales, ni en revanchismos. No es el camino que lleva a la justicia, no para mí.

Después leí a Jürgen Habermas y su optimista Más allá del Estado Nacional  en el que ofrece una mirada alternativa a El fin de la historia de Francis Fukuyama. Para el alemán, tras la caída del muro, eran la democracia y los derechos el hombre los que finalmente habían vencido al autoritarismo y al nacionalismo. Por consiguiente, aquellos eran también los llamados a vivir para siempre, y no el mercado sin atadura de ningún tipo, tras su victoria sobre la economía dirigida.

Al final, Francis Fukuyama no tuvo razón, pero tuvo más razón que Habermas. Desde el flanco progresista, la democracia y los derechos del hombre fueron atacados por un excéntrico movimiento que se denominó woke o wokista y que obtuvo similar e identitaria respuesta de una derecha bíblica y puritana, cuando no libertaria, lo que inició la batalla cultural. Flanqueada a la derecha y a la izquierda por movimientos básicamente anti-derechos -o que en su empeño por promover los de algunos colectivos, podrían conculcar los de todos los demás- la esencia de la democracia, su espíritu deliberante, el alma de sus grandes teóricos, desde los padres griegos, hasta Jefferson y Hamilton, pasando por Rousseau, Locke y Montesquieu estallaron en mil pedazos. Solo quedaron el esqueleto de una maquinaria electoral y las ruinas de viejas instituciones que funcionan ora para financiar los sueños alucinados de unos, ora para fungir como infinita fuente de enriquecimiento ilícito de otros.

Hace unas décadas, Hugo Neira hablaba del Perú, de su inexorable camino hacia Tartaria, de sus leyes no escritas que son las que, finalmente, rigen nuestros destinos. Pero me temo que la asincronía es planetaria y no local, que la inmensa brecha que existe entre las ruinas de las instituciones y la política real explica por qué casi cuatro décadas después de la caída del muro no emerge aún otro paradigma, otra episteme.

Vivimos atrapados en una dimensión que se devanea entre dos mundos paralelos, y no creo plantear más que una verdad de Perogrullo que sin embargo debe decirse. En las instituciones vive el Gran Hermano, se devanea ese poder Judicial que nunca le dijo a Josef K. de qué lo estaban acusando; mientras tanto, el espacio público lo ocupa el ciudadano de pie. Allí, cotidianamente, extorsionan a señitos emolienteras en las esquinas de viejos barrios con aroma a menudencia frita. En esas mismas esquinas, cada tanto, asesinan a un microbusero que se negó a pagarle cupo a un sicario, pero estas son cosas de la calle, no son cosas de las instituciones.

Pero estas líneas trataban de una revisión de mis ideas a lo largo del tiempo. Estoy en el lugar de siempre, el de la izquierda democrática, que busca reconciliar al Estado con la sociedad. Y, como buen latinoamericano, estoy a la espera de un caudillo providencial que convierta en realidad mis más anheladas utopías ad portas del año por venir.  ¿O podrá ser un partido?

[CIUDADANO DE A PIE] Por estas fechas, hace dos años, Juan Carlos Tafur -siempre en su compulsiva y angustiada búsqueda de candidatos de derecha capaces de enfrentar con posibilidades de éxito a la “izquierda radical y disruptiva” —impulsaba públicamente la candidatura de Carlos Álvarez a la presidencia de nuestro país. No lo hacía en el vacío, sino que, como el propio periodista señalaba, respondía al interés que la “élite empresarial y financiera” tenía en el personaje, debido a su posicionamiento —por delante de Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga—, en una de esas “encuestas reconocidas” de las que ya hemos tratado en nuestra nota anterior (https://x.com/SudacaPeru/status/1996238955956605119?s=20). Las credenciales de Álvarez para postular, según Tafur, eran sus años de apoyo a obras sociales, el manejo de un buen discurso, haber recorrido el país de “cabo a rabo”, y detalle que despierta suspicacias democráticas, ¡ser querido por las fuerzas armadas!

A este auspicioso bautismo mediático le siguió la confirmación en forma de una entrevista en El Comercio. “¿Por qué discriminar a un cómico?”, se preguntaba Sonia del Águila, especialista en música y televisión de ese medio. “¿Quién dijo que hay un perfil único para servir al país?”, ensayaba Álvarez como respuesta. Resulta interesante que sea en esta complaciente y solícita entrevista donde se reconozca que hay quienes lo ven como “el cómico, el imitador, el bufón que ahora pretende ocupar un lugar en la arena política.” Pero ¿existen realmente elementos en la dilatada trayectoria profesional de Carlos Álvarez que justifique tal apelativo, o se trata simplemente de un intento de ridiculizarlo y minusvalorarlo?

Bufonería cortesana versus sátira política contestataria

La relación entre el humor y la política ha sido históricamente dual y ambivalente: desde los bufones de las cortes medievales, al servicio del poder, hasta los incómodos y a menudo temidos cómicos de la sátira política contestataria.

El bufón, ante todo, era un sirviente del soberano, un instrumento de gestión política (Otto) de lo que hoy llamamos “el oficialismo”. Tanto servía como válvula de escape para aliviar las tensiones internas del régimen monárquico (Outram), como de arma política del rey contra rivales y enemigos a los que no convenía atacar directamente. El bufón cortesano era pues            —contra muchas de las ideas románticas existentes—, un actor operando conscientemente dentro de las estructuras de poder, con una “libertad de expresión” estrictamente pactada (Billington).

La sátira contestataria, en cambio, “es el arma más eficaz contra el poder. El poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos», afirmaba el Nobel de Literatura Darío Fo. La noble misión de la comedia política auténtica es atacar al poder con las armas de la burla y la ironía, con el objeto de señalar y criticar sus defectos, sus abusos y sus hipocresías. También vigilar, porque el poder, por definición, debe ser vigilado (Montesquieu), y esta vigilancia solo puede ser ejercida por ciudadanos libres. La risa puede además insuflar al pueblo una «segunda vida» en la que las jerarquías y el sentido común dominantes son cuestionados (Bakhtin). Es por ello que la sátira es tremendamente impopular entre los gobernantes, pues proporciona al pueblo una forma de disidencia, particularmente en regímenes políticos opresivos. Werner Finck y Kurt Gerron en la Alemania nazi, así como Mikhail Zoshchenko y Vladimir Voinovich en la Unión Soviética, son ejemplos elocuentes del destino reservado a los humoristas incómodos bajo poderes dictatoriales.

Camotillo el Tinterillo y Sofocleto  

Aunque se reconoce al gran actor cómico trujillano, Álex “el Mono” Valle, como el precursor de la sátira política televisiva peruana en los inicios de los años sesenta, fue Tulio Loza quien elevó este género a su más alto nivel. Encarnando a “Camotillo el Tinterillo” —candidato eterno a la presidencia por su ficticio partido—, el mordaz e hilarante cómico denunciaba con humor directo la corrupción, el racismo, la burocracia y los abusos del poder. Sus valientes críticas al gobierno militar velasquista le valieron amenazas, vetos y finalmente el exilio en Argentina en 1973.

Mención especial merece igualmente Luis Felipe Angell “Sofocleto”, exponente privilegiado de nuestra sátira intelectual. Sus libros, columnas periodísticas y apariciones televisivas eran implacables denuncias de la hipocresía, la corrupción y la mediocridad de la élites. Su humor no dejaba títere con cabeza, fuera este civil o militar, de izquierda o de derecha. Pagó su audacia con censura, encarcelamiento y deportaciones.

Así, mientras que Tulio Loza y Luis Felipe Angell se convirtieron en paradigmas de la sátira política crítica y valiente —que en tiempos de dictadura no se autocensura ni se pone al servicio del poder —con Carlos Álvarez estamos ante algo totalmente distinto.

¿Un bufón cortesano?

La bufonería cortesana sigue vigente hoy en aquellos humoristas que se ponen al servicio del poder (Eco, Eagleton), que adulan con bromas complacientes a los gobernantes, los defienden mediante propaganda camuflada de chiste y ridiculizan selectivamente a sus adversarios. Este fue, precisamente, el caso de Carlos Álvarez en los años postreros del gobierno de Alberto Fujimori, cuando hizo uso de su gran talento para promocionarlo y ensalzarlo, mientras ridiculizaba sistemáticamente a sus opositores. Su presencia en el canal estatal entre 1999 y 2000 ha sido interpretada como parte de la estrategia mediática fujimontesinista. El propio Álvarez ha admitido recientemente que en aquellos años apoyó al gobierno de Fujimori —una clara admisión de su función como cómico bufonesco al servicio de un régimen corrupto—, “pero no sus tropelías”, precisó. Este poco creíble deslinde fue de inmediato objeto de burla por parte de Carlín, quien lo retrató en una caricatura de La República con indumentaria y actitud de bufón, frente a un apoltronado y divertido Fujimori. César Hildebrandt agregaría poco después una crítica más directa a esta declaración, calificando a Carlos Álvarez de “canalla” por haber satirizado —por dinero y no por convicción ni ideología— a todos aquellos que se enfrentaron a la dictadura fujimorista: un bufón a sueldo.

El candidato

Carlos Álvarez aspira a la presidencia de un país asolado por la delincuencia, cuya institucionalidad democrática viene siendo erosionada día a día, y donde la estabilidad económica se encuentra amenazada por un déficit fiscal creciente. No se trata, por cierto, de un fenómeno aislado ni novedoso, sino más bien característico de estos tiempos caóticos y convulsos. En sociedades exhaustas como la nuestra, existe la tentación de confundir al comediante con el estadista y la popularidad con la capacidad para gobernar. Los resultados de encumbrar a cómicos y payasos   en posiciones de poder suelen oscilar entre la decepción y la catástrofe. Personajes como Beppe Grillo en Italia, Volodímir Zelenski en Ucrania y Jimmy Morales en Guatemala, que se promocionaron bajo la premisa de que alguien ajeno a la política era, por definición, moralmente superior, adolecieron, una vez alcanzado el poder, de taras similares: desconocimiento del aparato estatal y de las instituciones, carencia de cuadros técnicos probados, toma de decisiones improvisadas, luchas internas, dificultades para establecer estrategias coherentes y, lo más grave, corrupción rampante.

La postulación de Álvarez coloca su trayectoria en el centro del debate: ¿qué tipo de liderazgo moral puede ofrecer alguien cuya relación con el poder político ha sido la de bufón cortesano al servicio de un régimen corrupto? ¿Son dignas de crédito sus declaraciones de guerra a la delincuencia y la corrupción? ¿Posee las agallas y el fuste para “desratizar” el Perú y conducir un gobierno que imponga orden, seguridad y transparencia? ¿Son sus ofrecimientos de “mano dura” algo más que los acostumbrados lugares comunes habituales de los discursos de la derecha radical? En todo caso, Carlos Álvarez ofrece —a sabiendas o no— un servicio inestimable a esas élites que hoy lo apoyan y publicitan en Cosas: contribuir a la dispersión del voto de los sectores populares, haciendo uso de su celebridad mediática. Ese es su nicho electoral asignado, porque los sectores pudientes de la derecha nacional ya tienen sus candidatos… y ciertamente él no se encuentra entre ellos.

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