Opinión

Bajo el impecable liderazgo del poeta Rafael Hidalgo, esta semana gozaremos del IX Festival Internacional La Huaca es Poesía, una actividad que se inició el 2013 y que se vio interrumpida los dos últimos años por la maldita pandemia que aún nos asola. Con todas las precauciones y protocolos del caso, el Festival se realizará en formato presencial en una de sus tres fechas, amparado por el imponente perfil del complejo arqueológico Mateo Salado, en el distrito limeño de Pueblo Libre (Plaza de la Bandera), donde tiene su sede esta heroica iniciativa de verdadero amor a la poesía.

El evento incluye tres días distintos en que numerosos poetas nos ofrecerán tanto un panorama internacional como otro del “Perú profundo” en lenguas originarias. Tanto internacionalmente como en nuestras tradiciones indígenas, la poesía se desplegará en una gran gama de poetas compartiendo su talento. 

El miércoles 17 de noviembre a las 8 de la noche (hora peruana) se dará inicio al Festival en formato virtual con la participación de Magdalena Biota (Argentina), Jorge Hurtado (Perú), Javier Llaxacondor (Perú), Juan José Rodinas (Ecuador), Gavy Sambuccetti (Argentina), Pablo Salazar-Calderón Galliani (Perú) y Maggie Velarde (Perú).

El viernes 19 a partir de las 5 de la tarde y en formato presencial leerán los siguientes vates, bajo el título de “Las voces poéticas en lenguas originarias convergen”: Dina Ananco (Amazonas), Gloria Cáceres (Ayacucho), Alida Castañeda (Apurímac), Washington Córdova (Apurímac), Hugo Carrillo (Apurímac) y Dante Gonzales (Áncash). Asimismo, ese día se presentarán Warmi Danzao Killarí (Danza de tijeras), el reconocido músico Piero Bustos y la pintora Natasha Cabrera. Se hará asimismo una transmisión internacional con el poeta José Antonio Mazzotti (desde Estados Unidos) y el novelista Eduardo González Viaña (desde España)

Y el sábado 20 a las 8 pm harán su incursión las voces femeninas de Andrea Cabel (Perú), Mónica Carrillo (Perú), Patricia Colchado Mejía (Perú), Lourdes Ortiz Sánchez (México), Cecilia Podestá (Perú), Carolina Sánchez Pinzón (Colombia) y Fiorella Terrazas (Perú).

Todas las fechas se transmitirán por los canales de Facebook Live y Youtube de La Huaca y contarán con la presencia de Rafael Hidalgo como presentador, siendo moderadoras de las reuniones las jóvenes y talentosas poetas Brenda Vallejo y Valeria Chauvel y el arqueólogo Santiago Morales Erroch, encargado de los trabajos de restauración de la huaca Mateo Salado. 

Para la primera y tercera fechas es importante resaltar que La Huaca es Poesía ha acogido siempre a poetas de muchos países, sobre todo latinoamericanos, por lo que se ha constituido a lo largo de estos años en un faro del quehacer poético en lengua castellana. Sin embargo, conscientes de que este idioma no es el único vehiculo de comunicación ni creación en el Perú, el equipo de La Huaca siempre ha intentado ampliar sus horizontes hacia las por lo menos 48 lenguas originarias que siguen vivas dentro de nuestro territorio nacional. De este modo, se apuesta por una verdadera inclusividad, dando luz a talentos muchas veces desconocidos que escriben y cantan en quechua, aimara, shipibo, awajún y algunas otras de esas hermosas lenguas.

Es increíble que, a estas alturas, siendo el proyecto de La Huaca es Poesía una dependencia del Ministerio de Cultura, no reciba ni un centavo de apoyo y todas las actividades tengan que hacerse de puro corazón, como se dice. Se trata, además, de la única iniciativa de este tipo a nivel mundial que se realiza de manera constante sobre un centro arqueológico, lo cual potencia la exposición de nuestra historia milenaria a la vez que visibiliza a nuestros y nuestras poetas por todo el mundo. Ni en México con sus magníficos templos mayas y aztecas, ni en Egipto con sus afamadas pirámides, ni en Grecia con su Partenón, ni en Roma con su Coliseo se hace de esos espacios un recinto de la poesía de manera regular como en nuestra Huaca limeña. 

Desde ya, les deseamos al equipo de La Huaca es Poesía todos los éxitos y agradecemos de antemano la difusión de este tipo de eventos, tan necesarios para nuestra sociedad en la actualidad, tan carente de poesía y tan pletórica de mercadeo literario.

 A La Huaca todos esta semana.

Parte del equipo de La Huaca es Poesía: de izquierda a derecha, Santiago Morales Erroch, Valeria Chauvel Moscoso, José Antonio Mazzotti, Brenda Vallejo Mezarina y Rafael Hidalgo, director del proyecto.

 

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Actividad, internacional, La Huaca es Poesía, poetas, voces

“Que pase el rey, que ha de pasar…que el hijo del conde se ha de quedar”

En los recreos escolares de mi primaria escolar solíamos jugar Qué pase el Rey, antiquísimo juego infantil con motivos nobiliarios en donde los niños pasan en circulo ante dos de ellos que, al finalizar el último verso del epígrafe que inicia esta nota, bajan los brazos y atrapan a uno. Este jugador resulta eliminado y se retira de la ronda. Al final gana el último sobreviviente, el que nunca fue atrapado.

Me acordaba de ese juego que remonta a lo que por esos años llamábamos jardín o transición, períodos previos a la primaria propiamente dicha, a propósito de lo que se ha hecho con la institución de la Presidencia de la República, gracias al uso y abuso de la vacancia presidencial. Este abuso se ha consolidado desde que, hace unas pocas semanas, el Congreso desactivó la Cuestión de Confianza, el contrapeso natural a la vacancia. 

Si nos remontamos a la historia, la vacancia presidencial aparece en los textos constitucionales desde la carta de 1823, donde se habla de aplicarla en caso de incapacidad física o moral del más alto dignatario de la nación. Aunque el tema ha sido harto discutido, el concepto moral, para esos tiempos, aludía la incapacidad mental, esto es la locura, o trastorno análogo, que pudiese incapacitarlo para el ejercicio de sus funciones.  

Sin embargo, el no reconocimiento de Keiko Fujimori de los resultados electorales de 2016 la llevaron, junto a su mayoritaria bancada, a activar el mecanismo, interpretando moral conforme a la primera acepción de RAE en la actualidad:  Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva, y no a la sexta, que todavía guarda el significado antiguo y original, que es como la interpretó la Constitución de 1823: Conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a lo físico. De allí el distingo entre físico o moral, entendido como físico o mental, traducido al español de nuestros días. 

En fin, este es un debate superado, al punto que al público ya no le importa. Sin embrago, no debiera sorprender que recobre actualidad si finalmente la derecha congresal se anima a presentar, ante el Congreso, la moción de vacancia para la cual buscan apenas una coyuntura propicia desde que Pedro Castillo ciñó la banda presidencial hace poco más de cien días. 

Los escenarios que evaluar ante una eventual vacancia del presidente Castillo son diversas. Nos ponemos a jugar otra vez Que pase el Rey en este nuevo periodo constitucional y nos dedicamos a cambiar de presidente cada dos por tres, como si no hubiese sido suficiente dividir el periodo anterior entre cuatro mandatarios. De esta manera, sumiremos al país en un caos aún mayor al que suponemos que vivimos, pues lo que yo veo es un presidente algo torpe pero que paulatinamente superpone sus aciertos a sus desaciertos, como tras la evidente mejoría en la selección de su gabinete ministerial. 

Otro elemento a tomar en cuenta es que unas encuestas desaprobatorias no equivalen a carecer de legitimidad. La mayoría de peruanos no está conforme con la gestión de Pedro Castillo, pero al mismo tiempo piensa que éste se ha ganado justa y democráticamente el lugar en el que está. Entonces cuidado con las tentaciones autoritarias, con los caballazos, revestidos con ropaje democrático, pues la calle juega su propio partido en la democracia peruana; y en este caso la sierra rural, y su apoyo militante a quien considera su presidente, es un factor sensible que no puede faltar en la evaluación de políticos sensatos (si los hay). 

Ya nos lo dijo Max Weber: legalidad y legitimidad no son lo mismo. A algunos vacar un presidente puede parecerles tan sencillo como contar con el voto de 87 congresistas. No es así, también tienen que contar con el favor del pueblo, soberano al fin y al cabo, ciudadano al fin y al cabo, aunque no les guste a quienes viven en las fronteras de nuestra democracia. 

 

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Congreso de la República, política peruana, Presidente Castillo

En el tercer artículo me referí a la postguerra, ese período cuando nada está demasiado claro, donde si hacer o no hacer no viene acompañado con un manual o, por el contrario, se define frente a regulaciones excesivas, contradictorias y, a la postre, contraproducentes. 

Tuve que viajar. Las razones no fueron ni turismo ni trabajo, sino acompañamiento médico a un familiar. Entre las declaraciones de salud llenadas en línea para el país de tránsito, aquellas que exige el destino final, las pruebas de que uno no tiene el virus, los certificados de vacunación, los hisopados al llegar al aeropuerto, los correos que uno recibe del ministerio de salud, las instrucciones de las líneas aéreas, las opciones de cuarentenas y las maneras de acortarlas, nos encontramos en un estado de confusión permanente. Lo más probable es que las cosas se vayan asentando y los criterios se hagan más sencillos y compartidos por las diferentes burocracias. El hecho es que se extraña la fluidez pre pandémica.  

¿Volverá? 

No en el corto plazo. Habrá que negociar permanentemente las condiciones de nuestros desplazamientos. De acuerdo con los lugares: podrá ser más sencillo ir de A a B, que regresar de B a A, las cosas podrán cambiar en función del estado de contagios, de circunstancias políticas, la edad de los viajeros; habrá momentos o coordenadas geográficas en los que la supervisión será viscosa y presente, mientras en otros los encargados de ejercerla cerrarán los ojos frente a lo que no está perfectamente en orden.

Por ejemplo, aunque recibí un permiso humanitario cuando el país aún tenía las fronteras cerradas a la visita de extranjeros y mi ingreso se produjo con más rapidez que el recojo del vehículo que había alquilado, recibí, no obstante estar vacunado y haber dado negativo al examen de corona —gratuito y cuyos resultados llegaron a mi correo unas horas más tarde— una orden de cuarentena por dos semanas a pesar de que me iba a quedar 10 días. Por cierto que no la cumplí. ¡La levantaron el día que regresaba a casa! 

De todas formas, la circulación por el país visitado, el paso por aeropuertos, el ingreso a los aviones y los trámites de llegada terminaron siendo bastante razonables. Pero todo lo anterior va a estar en revisión permanente y más vale que debamos estar tan atentos a sus avatares como a los del clima. 

De cualquier manera, en parte por la crisis sanitaria, pero no solamente por ella, ir de un lugar a otro va a ser un trámite bastante distante de lo que asumimos sería la libérrima transhumancia propia de la globalización y el “final de la historia”. 

Justamente ahora que el 9 de noviembre celebramos la caída de un muro que simbolizó la división entre personas y cuyo derrumbe auguró la abolición de las barreras para ideas, productos y personas, la pandemia nos regresa a la medievalidad de los ubicuos peajes. Pero, también, a una actitud de enorme recelo ante quienes quieren ingresar a nuestros territorios. 

Vuelven muros y cercos, cuya construcción y mantenimiento, así como la tecnología que permite hacerlos impenetrables, o convierte en barreras muy exigentes los controles migratorios, que están convirtiéndose en verdaderas industrias billonarias. 

Fuera del turismo y el comercio, ingresamos de lleno en una época en la que catástrofes climáticas, guerras y persecución política van a convertir a potenciales migrantes en peligros existenciales que van a ser enfrentados con pocos escrúpulos, además de jugar con ellos para fines geopolíticos, cómo está ocurriendo, entre otros, con los kurdos en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. 

Sí, es la vuelta de los peajes. Algunos en forma de trámites y gastos, otros en forma de muros, todos llenos de tecnologías para identificar al que se queda y al que pasa. Todos seremos indeseables hasta prueba de lo contrario. 

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Uno de los efectos colaterales de la parcial reforma política que se desplegó durante la gestión de Vizcarra fue que, al restringir el financiamiento electoral de las empresas formales, no es que haya producido una sequía de liquidez en los candidatos, sino que los mismos se han terminado acercando a fuentes ilegales de financiamiento (mafias del transporte, narcotraficantes, contrabandistas, traficantes de madera y demás) que, luego, como suele ocurrir, piden su correspondiente contraprestación.

Lo acabamos de ver con la protección que el Congreso le ha brindado a la mafia del transporte, la que mueve millones de dólares informalmente y necesita protección política para sobrellevar su irregular y dañina actividad. Como se ha visto, sus financiados le han devuelto el favor, al sabotear la interpelación al ministro de Transportes, que les había prometido todas las gollerías habidas y por haber, incluyendo las cabezas de las principales autoridades que desarrollan la reforma del transporte.

Y el problema se da no cuando hablamos del poder expresado en el gobierno central o en el Parlamento, sino cuando descendemos en la escala del poder y llegamos a los candidatos a gobernadores regionales y alcaldes provinciales y distritales. Todos, o casi todos, son financiados por fuentes ilegales provenientes de actividades delictivas, principalmente del narcotráfico, en las zonas donde esta actividad delictiva necesita alguna sombrilla protectora para la siembra, distribución o comercialización de la droga.

Luego, como consecuencia de ello, tenemos autoridades funcionales a los dineros ilícitos, corruptas de origen, prestas a cualquier presión o enjuague que se les solicite por parte de sus financistas.

Así, paulatinamente, el Perú se acerca a convertirse en un narco Estado o un Estado mafioso, sujeto a los intereses de actividades que mueven miles de millones de dólares delictivos, que destruyen la economía empresarial sana y generan un masivo proceso de lavado de activos que perturba hasta al propio sector financiero.

Es menester que las autoridades electorales pongan especial celo en supervisar las cuentas partidarias y las fuentes de financiamiento de los partidos que postulan. Y especial atención debe colocar la Unidad de Inteligencia Financiera ante las muestras evidentes de que acá se está lavando dinero con política sucia contaminando los poderes democráticos.

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delictivo, Estado, mafioso, narcotráfico, Perú

Como medida para enfrentar el gran aumento de pacientes por neumonía COVID-19 y la falta de espacios físicos en donde poder hospitalizar a los pacientes, durante la pandemia se construyeron los CAAT (Centros de Atención y Aislamiento Temporal), modulares destinados a la atención de pacientes con casos leves a moderados. 

Estas infraestructuras son bastantes amplias y, para ser sincera, si lo comparamos con la mayoría de ambientes de los hospitales nacionales, son ambientes bastante cómodos tanto para los pacientes como para el personal de salud: permiten mantener un espacio adecuado entre los pacientes, tienen buena iluminación, están climatizados, tienen camas cómodas, cortinas que permiten la privacidad del paciente, un sistema que permite llamar de forma sencilla al personal de salud, servicios higiénicos adecuados e incluso agua templada en las duchas. 

Aparte de ser espacios amigables para llevar una hospitalización (algo importante, ya que es una forma de cuidar la salud mental del paciente, que en muchos casos ya está afectada por el hecho en sí de estar enfermo), se encuentran completamente equipados; y el presupuesto destinado a ellos cubre gran parte de los servicios que se brindan (espacio físico, alimentación de los pacientes y personal que labora y limpieza y gestión de residuos hospitalarios). 

Este presupuesto llega desde el PRONIS (Programa Nacional de Inversiones en Salud), que se encuentra adjunto al MINSA, y ha permitido aligerar la logística y el gasto por parte de las Unidades Ejecutoras ante el gran incremento de pacientes hospitalizados. 

Por otro lado, como sabemos, el comportamiento de la pandemia es variable y así como en un momento tuvimos 46 de las 50 camas ocupadas por pacientes con neumonía COVID-19, hubo un tiempo en el que no tuvimos ni un caso hospitalizado.  Esta disminución en la incidencia de casos coincidió con el aumento de la llegada de pacientes al área de emergencia de Medicina. 

El panorama de las salas de emergencia es completamente diferente al de los CAATs. Todos sabemos que las emergencias de los hospitales nacionales siempre han estado colapsadas: pacientes esperando por camillas, a veces sentados en sillas de ruedas en mal estado pese a sentir mucho dolor, y siempre hacinados, tanto que incluso hay pacientes hospitalizados en los pasillos. 

Es muy frustrante observar este escenario sabiendo que hay un ambiente donde podrían ser recibidos y encontrarse más cómodos mientras llevan el proceso de enfermedad, es por esto que en muchos hospitales se ha optado por usar estos modulares para hospitalizar a pacientes no COVID, aprovechando el espacio mientras no se registran casos.  

Se quiso hacer lo mismo en mi hospital, sin embargo, el arquitecto encargado de la obra nos advirtió que al hacer ello podríamos tener problemas legales, algo que ya ha sucedido en otros departamentos. Esto se debe a que el presupuesto destinado por parte del PRONIS, por norma, debe ser utilizado exclusivamente para la atención de pacientes con neumonía COVID-19, por lo que usar los recursos para otro tipo de pacientes, podría ser visto por la contraloría como malversación de fondos. 

Por nuestro lado hemos intentado solicitar que al menos se nos brinde el espacio físico y que sea el hospital el que asuma el gasto que deriva del uso de los servicios. Esta propuesta aún está en conversación, pero por el momento sabemos que no se ha podido lograr nada favorable en ese sentido en otros hospitales. 

El contrato para el uso del CAAT se renueva cada cierto tiempo, por lo que creo que estos podrían ser actualizados para dar la flexibilidad de que el ambiente pueda ser utilizado por las salas de emergencia como mejor se crea conveniente, dando prioridad a la hospitalización de pacientes con neumonía COVID-19, claro está, pero teniendo en cuenta también el flujo de estos (porque si solo tengo un paciente con neumonía COVID-19 y 10 pacientes de Medicina, es más eficiente usar el ambiente para estos 10 y usar un cuarto aislado para el paciente con neumonía COVID-19). 

Además, estas infraestructuras están proyectadas para tener un tiempo de vida de 20 años. Se supone que cuando se llegue a un punto en que el número de pacientes con neumonía COVID-19 se mantenga bajo de forma sostenida, estas deberían ser retiradas, pero creo que eso sería ir en contra de su potencial, que es que ya están ahí. 

Espero que el tema burocrático deje de ser tan rígido para que puedan ser aprovechadas lo mejor posible en el futuro, viendo las necesidades que surjan en cada hospital y sobre todo, que su uso se adapte al comportamiento de esta infección, que ha cambiado bastante y a favor gracias a la llegada de las vacunas.  

 

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Shawn, Kat y Neil son jóvenes y talentosos. Al verlos tocar el piano con tan sorprendente facilidad, uno se los puede imaginar como solistas, músicos de sesión o integrantes de cualquier banda famosa. Sin embargo, son tres muchachos desconocidos que pasan sus noches divirtiendo al público en uno de los locales de la cadena de restaurantes Howl At The Moon (“Aullidos a la luna” en español), fundada hace 30 años, en 1990, en Cincinatti (Ohio) y que hoy tiene presencia en otras veinte ciudades grandes de los Estados Unidos, además de ofrecer su servicio de entretenimiento musical en fiestas particulares, instituciones, hoteles y hasta cruceros de la compañía Norwegian Cruise Line, que tiene entre sus destinos varias islas del Caribe y del Atlántico norte.

Shawn, Kat y Neil son, además, extremadamente versátiles. No solo tocan el piano a un nivel inexistente en estas tierras -hablando de artistas populares masivamente conocidos–. Pueden pasar de la obertura de la 5ta. Sinfonía de Ludwig van Beethoven (1804) a una versión casi imposible de Crazy train de Ozzy Osbourne, sin que se les escape una sola nota del riff o incluso de aquel alucinante solo que grabara el recordado Randy Rhoads, allá por 1980. Los tres cantan muy bien, son ingeniosos comediantes e intercambian instrumentos de manera constante, en una dinámica que, si te gusta el pop-rock clásico o el jazz (cubren una amplia gama de éxitos y estilos, desde los sesenta hasta los 2000s), te mantiene con ojos y oídos abiertos todo el tiempo. Kat, la única mujer del trío, es deslenguada y frontal, pero no al estilo chabacano al que nos han acostumbrado nuestras destalentadas “clauns” sino con estilo propio, adulta pero no vulgar. Neil, por su parte, con sus lentes de marco grueso y apariencia nerd, cambia todo el tiempo las letras de canciones populares mientras que Shawn, el más extravertido, pasa del piano al bajo, del bajo a la batería y de la batería al violín, sin disfuerzo alguno. Un espectáculo de primera a cargo de tres personas con apariencia absolutamente común y corriente, sin esas poses de divos y divas (nótese mi lenguaje inclusivo) que suelen adquirir, en nuestra insuficiente escena, personajes incapaces de hacer una sola cosa bien, ni siquiera aquella por la que son más conocidos o promocionados.

La premisa del show que ofrece Howl At The Moon es, en términos generales, sencilla: tres músicos, desde un escenario casi al nivel del público, toca canciones a pedido. Desde las mesas vuelan los papeles con las solicitudes y los pianistas/cantantes acometen la tarea con frescura y eficiencia. En medio, bromas de todo tipo, comentarios y rutinas para hacer que la gente participe y se divierta. Así, combinando elementos de karaoke, nightclub, stand-up comedy y restaurante con banda en vivo, Howl At The Moon asegura un momento de original entretenimiento con interpretaciones que, en algunos casos, alcanzan niveles de concierto profesional. Y aquí es donde la propuesta se hace sofisticada y de difícil réplica en medios como el nuestro, tan habituado a la improvisación, la argolla y la charlatanería cuando se trata de espectáculos artísticos. Todo el talento exhibido en Howl At The Moon no existe por arte de magia. Es producto de la preparación, la disciplina de verdaderos artistas, la seriedad para estudiar y ensayar antes de soltar una broma o hasta una grosería. Acá, basta con que se junten tres amigos chacoteros, sin ningún talento, con harta publicidad y contactos –sus amigos cronistas los presentan como actores, comunicadores, productores, comediantes, cineastas, cantantes, a veces todo eso junto y más- y arman un show de teatro, un programa de televisión, hasta películas de largo metraje y le dan cualquier cosa a su público, una masa que, lamentablemente, ha perdido toda capacidad de apreciación, regala palmas y, sin interponer un mínimo de dificultad, abdicando al importante rol del público como filtro para evitar estafas y shows de baja o nula calidad, acepta todo lo que sea puesto de moda por periódicos y redes sociales.

Hay un detalle adicional para el éxito de una opción como la de Howl At The Moon. Es un producto perfecto para la cultura pop norteamericana, que conecta con la idiosincrasia de un público cuyo rango de edad está entre 25 y 65 años, desde profesionales jóvenes hasta retirados que han escuchado estas canciones toda su vida y que reconocen, en las estrellas de rock o jazz de antaño, a sus vecinos, sus paisanos. Shawn, por ejemplo, toca -nota por nota- complicadas canciones de Billy Joel como Scenes from an Italian restaurant (The stranger, 1977) o Prelude/The angry young man (Turnstiles, 1976) o lanza, al violín eléctrico, temas country de Blake Shelton o Willie Nelson. O Neil, que hace versiones de Sweet Caroline (Neil Diamond, 1969), Don’t stop me now (Queen, 1978) o Even flow (Pearl Jam, 1991), con precisión y seguridad.

Esta clase de locales goza de gran popularidad en los Estados Unidos. Desde que el rock and roll y sus vertientes fueron perdiendo la categoría de movimiento cultural de masas, rebeldía ante el establishment y vehículo de expresión para los sueños, frustraciones y posturas de la juventud frente a lo que pasaba a su alrededor, se convirtieron en un amplio conglomerado de canciones y trayectorias artísticas del pasado, un capítulo de historia universal, fuente de recuerdos, crónicas y visiones nostálgicas de un mundo que ya no existe. En ese sentido, la subcultura moderna del karaoke y el varieté incorporó a su oferta comercial el pop-rock de otras décadas como elemento empacado y, hasta cierto punto, carente de cargas sociopolíticas importantes. Por ejemplo, una canción como Born to run, clásico de 1975 de Bruce Springsteen, que habla de superar las adversidades y durezas de una vida dedicada al trabajo, soñando con ser libres y cambiar el mundo al final de cada jornada, ahora solo es pretexto para un vacío desahogo catártico al momento del coro, para gritarlo después de revisar tus redes sociales desde un teléfono celular.

Y es que hubo un tiempo –casi cinco décadas, entre la segunda mitad de los cincuenta y finales de los noventa- en que el rock movió opiniones y conciencias, fue música de fondo para movimientos sociales, generó tendencias de moda y hasta económicas. Más allá de los cambios que experimentó el género con el paso del tiempo, un programa especial de Elvis Presley moviendo las caderas en Las Vegas contenía, en esencia, la misma potencia simbólica que un concierto grunge de Pearl Jam con Neil Young, en un estadio, frente a miles de personas. Las caravanas de buses, camiones y autos particulares que seguían a los Grateful Dead, dinamizaban el comercio –restaurantes, hoteles, gasolineras- y hacían colapsar el tráfico en las carreteras interestatales. En los últimos veinte años, a pesar de la existencia tenaz de festivales de amplio formato en espacios abiertos –que tuvieron un fuerte retroceso debido a la pandemia, por supuesto- como Lollapalooza, Bonnaroo o Glastonbury, los conciertos masivos dejaron de tener ese encanto orgánico y comunitario para volverse eventos corporativos, publicitarios y de estratificación, en los que importa más cómo ir vestido que la experiencia misma de unirse a una muchedumbre para entonar aquellos himnos guitarreros capaces de inflamar corazones y hacerlos saltar a cada estrofa.

Los elencos de Howl At The Moon, como también lo hacen las llamadas “bandas-tributo” o “bandas-cover”, que realizan giras interpretando canciones del pasado (las primeras de un artista específico y las segundas, de diversos artistas y épocas) apelan, precisamente, a la nostalgia de su público como principal disparador de emociones pero adaptada al esquema moderno de entretenimiento estandarizado que ofrece varias cosas al mismo tiempo: local cómodo y seguro, infraestructura –luces, mobiliario, parafernalia, merchandising-, una carta atractiva -tragos, piqueos- y, sobre todo, la sensación de estatus asociada al hecho mismo de sentarse allí y presenciar el show. Sin embargo, por encima de todo esto, lo que importa en este caso específico es la calidad y anchura del repertorio.

Como hemos mencionado, es el público quien determina lo que Shawn, Kat y Neil van a tocar. Y, como también dijimos, existe una reserva de casi seis décadas de canciones pop, country, jazz y rock disponible, según los gustos y preferencias del auditorio en cada ocasión. Y los muchachos parecen sabérselas todas. Por ejemplo, si alguien quiere escuchar Enter sandman de Metallica (1991), recibirá una versión alucinante, con solo y rezo nocturno incluido –para lo cual Shawn, encargado de los temas más pesados, solicitará la participación de alguna mesa-. Pero, de repente, alguien puede pedir una canción totalmente diferente como I’m so excited, éxito de 1982 de The Pointer Sisters, momento en que la risueña Kat lucirá su voz y fraseos pianísticos. Las posibilidades son ilimitadas: Elton John, Billy Joel, Ben Folds Five, Paul Simon, Aerosmith, Tom Petty, Madonna, Bob Seger, Lynyrd Skynyrd, Rolling Stones, Guns ‘N Roses. Un cancionero inagotable para este trío que incluso se da tiempo de jugar con divertidas melodías como Ocean man, de la banda noventera Ween, popular como banda sonora de la versión cinematográfica del dibujo animado Bob Esponja; Lime in the coconut (Harry Nilsson, 1971) o Hooked on a feeling (B.J. Thomas, 1968), más conocida como “The Ooga Chaka Song”, por la versión que hiciera la banda sueca Blue Swede en 1974. Las nuevas generaciones conocen ambos temas por su uso en los soundtracks de Reservoir dogs, ópera prima de Quentin Tarantino (1992) y de la primera entrega de Guardianes de la Galaxia, taquillero film de superhéroes del 2014.  

 

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Sobra desplegar argumentos que demuestren la evidente incapacidad gubernativa y la inimputabilidad política del presidente Castillo. Está avanzando solito, por sus propios errores, a que cuando se genere un “momento destituyente” (probablemente el próximo año), la oposición congresal lo saque del poder mediante su vacancia.

Pero de lo que se habla poco, y es menester hacerlo, es del Congreso, poder del Estado que también deja mucho que desear. Se ha ponderado su capacidad de coordinación para algunos temas y saludado su autonomía de criterio para decidir en asuntos estructurales, como los de la cuestión de confianza a los gabinetes Bellido y Vásquez (aunque, al primero nunca le debió otorgar dicha confianza). Pero en lo que muestra una falencia espantosa e insoslayable es en su labor de fiscalización del Ejecutivo.

Salen todos los días los de la oposición, o muchos de ellos, a declarar en medios, beligerantes, viriles, enhiestos, inmisericordes, pero a la hora de la hora no son capaces, en más de cien días, de haber censurado siquiera a uno de los tantos ministros impresentables que este gobierno alberga.

Ya Carlos Gallardo, el inefable ministro de Educación, no debería estar en el cargo hace tiempo. Lo mismo el de Transportes, al cual, para colmo, anoche el Congreso le salvó la vida, al no aprobar su interpelación. Luego Fuerza Popular ha rectificado y ha dicho que volverá a presentar una solicitud en ese sentido, pero el impasse nos deja la sensación maloliente de que estamos ante una devolución de favores por financiamiento ilegal de campañas electorales por parte de las mafias del transporte informal.

El ministro de Defensa ha sido pescado en flagrancia. No debería merecer ni siquiera la interpelación, si no ser censurado de inmediato. El de Energía y Minas es otro que está destruyendo la poca excelencia burocrática que había en su sector, y el Legislativo, bien gracias, mirando a otro lado.

Esta inacción ostentosa explica, además de las razones propias que atañen a todos los Congresos en el mundo, el creciente nivel de desaprobación del Parlamento. Según la última encuesta del IEP, entre setiembre y octubre la desaprobación de este poder del Estado ha pasado de 61 a 75% y su aprobación ha caído de 32 a 21%. Es consecuencia directa de la percepción ciudadana de que este Congreso no está cumpliendo su papel fiscalizador respecto de un gobierno nefasto como el que nos ha tocado en mala suerte tolerar.

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El presidente de EEUU, Joe Biden, dijo hace unos días que “no hay diferencia entre la familia de Somoza y la de Ortega” ante la reelección de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua. 

Esta frase está siendo repetida por sectores progresistas que rápido se han alineado con EEUU, y a la vez cuestionan a Ortega por su alianza con una parte de la oligarquía nicaragüense, cuando le proponen lo mismo a Castillo por la «gobernabilidad». 

El gobierno peruano, a través de Cancillería, emitió un comunicado señalando que las últimas elecciones nicaragüenses no cumplen los criterios mínimos de “elecciones libres, justas y transparentes que establece la carta interamericana”, confirmando su derechización al apoyar la política intervencionista de EEUU contra países hermanos.

Las sistemáticas intervenciones militares y financieras contra proyectos alternativos al capitalismo tiene décadas en toda la región, y con Nicaragua empieza en 1856 cuando EEUU usurpa el poder, establece el inglés como idioma oficial y reestablece la esclavitud negra. La larga historia colonialista imperial ha sido dirigida tanto por demócratas como republicanos. Recordemos que Biden como senador y vicepresidente apoyó estas políticas imperialistas. 

El triunfo de la revolución sandinista en 1979, considerada como la “más humana” por el bajo nivel de violencia y la influencia profunda de la iglesia católica, continúa siendo una herida abierta para EEUU, como lo es la revolución cubana. 

Por más de 40 años, EEUU ha utilizado todos sus recursos para sabotear el proyecto sandinista. A través del narcotráfico financió el ejército mercenario de los CONTRAS en los 80s, lo cual significó también sembrar el comercio de la cocaína en barrios pobres y racializados en EEUU. Más recientemente, el bombardeo mediático y la desinformación sobre la política interna en Nicaragua tiene como objetivo detener el proceso y dar una lección a quienes osan salir de su ámbito de influencia. En 2018, EEUU financió con millones de dólares una oposición golpista que dejaron decenas de muertos, a la vez que USAID le entregaba dinero a los medios de prensa a través de la Fundación Chamorro, para que periodistas como Miguel Mora, director de 100% Noticias, pidieran la intervención militar estadounidense.

¿Quién define qué son los derechos humanos?

Lo importante y trascendental para los pueblos es la conquista de derechos humanos por la lucha social y liberadora contra el colonialismo y la opresión, no por una agenda de derechos individuales, legales y jurídicos. La legalidad de los derechos humanos es parte de la narrativa elitista de ONGs internacionales, en su mayoría dirigidos por abogados blancos y privilegiados.

Nicaragua, siendo uno de los países mas pobres de la región, ha garantizado un 80% de seguridad alimentaria, expansión de la salud, educación y vivienda a su población. En los últimos años el gobierno sandinista ha entregado territorios a pueblos originarios y afrodescendientes que abarcan más de dos millones de hectáreas. Por el lado de la paridad de género, uno de los temas favoritos de las ONGs, el parlamento de Nicaragua está en primer lugar en el mundo con más mujeres en el gabinete y ocupa el cuarto lugar con mayoría de mujeres en el parlamento.

EEUU está en crisis y las élites lo saben 

EEUU es el primer violador internacional de derechos humanos como lo es también contra su propio pueblo. La vivienda, salud y educación no están garantizados. El alto desempleo, el aumento de la pobreza y la mortalidad materna (la más alta en un país industrializado), 1 de 30 niñxs no tienen vivienda, y millones dependen del refrigerio escolar para sobrevivir, exponen un sistema político corrupto donde solo acceden al poder real las élites o aliados del poder económico dominante. 

Su riqueza se basa en el poder colonial imperialista y capitalismo racial, la explotación laboral, exclusión de la clase trabajadora en el proceso electoral, apropiación de territorios, una prensa monocorde neoliberal donde se persigue a periodistas como Julian Assange, y por si fuera poco, mantiene cerca de cien presos políticos en cárceles inhumanas más tiempo que en ningún otro país.

La alta inflación también demuestra la crisis capitalista. La propuesta de recuperación económica es el Build Back Better, propuesta inicial de 3.5 trillones de dólares para infraestructura, creación de empleo, inversión en el cuidado, pero después de negociaciones, los progresistas del partido demócrata sucumbieron y aceptaron la reducción de este paquete a 1.5 trillones de dólares, dejando nuevamente fuera, como sucedió con la crisis de 2008, a los sectores más oprimidos sin cobertura de salud ni educación universal, sin salario justo y sin reforma migratoria.

Mientras que Biden le aseguraba a los ricos que “nada cambiará”, el Congreso aprobaba con mayoría demócrata y republicana, y oposición de la izquierda, el Acta RENACER. Esta acta establece más sanciones y propone el bloqueo económico a Nicaragua, así como recoger información sobre negociaciones con Rusia. RENACER es otro de los instrumentos de EEUU para reforzar su poder hegemónico violando el derecho a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

Países soberanos con otros modelos al capitalismo opresor, que quieren decidir con qué otras potencias comercializar como China o Rusia, se convierten en otra amenaza para el imperio en decadencia. En política no hay ángeles, pero no perdamos perspectiva, el capitalismo imperialista colonial de EEUU es la mayor amenaza para su propio pueblo y todos los pueblos en todo el mundo.

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