Opinión

14N Un año después: Una perspectiva diferente

En noviembre del 2020 el Perú vivió y protagonizó una de las crisis fundamentales para entender su historia contemporánea al movilizarse en contra del gobierno de Manuel Merino y logra su rápida renuncia. El historiador José Ragas el domingo en La República señala sobre este momento que: “… fue la mayor movilización ciudadana de la historia republicana. Incluyó no solo la ocupación del espacio público a nivel nacional sino también protestas desde el espacio doméstico (por la cuarentena del COVID – 19) y las redes sociales”².

Poniendo en contexto el tema, el expresidente Vizcarra fue vacado por el Congreso, medida que obtuvo el 91% de desaprobación ciudadana: el 78% señaló al Congreso como el responsable de la crisis y las motivaciones para dicha acción fueron percibidas como intereses políticos de los congresistas, antes que real preocupación por actos de corrupción. De hecho, el Congreso obtiene un 90% de desaprobación, si no la más, una de las más altas de rechazo que ha tenido el Legislativo en su historia reciente.³ 

Pero un dato más significativo es que más de un tercio de la población urbana y rural del país de 18 a más años señala que participó de las protestas contra el gobierno de Merino “ya sea en marchas, por redes, con cacerolazos u otra forma de protesta”. De estos, en mayoría se trataba de jóvenes, mujeres de NSE altos y medios de Lima. Uno de cada 3 peruanos estuvimos, como pudimos, haciendo algo para que el régimen no se mantuviera.

Un año después, ¿qué ocurrió con este tercio de peruanos movilizados, interesados, politizados?, ¿qué fue lo que se construyó a partir de allí y cómo esas protestas articularon algo más que el disgusto por una situación que generó tanta indignación y protesta? La respuesta es lacónica: nada. Fuera Merino, fuera movilización. ¿Cómo entenderlo? Humildemente este columnista considera que entre quienes investigaron y publicaron sobre el tema el mejor alcance lo dio Eduardo Villanueva en su libro “Rápido, violento y muy cercano: Las movilizaciones de noviembre de 2020 y el futuro de la política digital” en las que el autor analiza cómo un uso intenso de recursos digitales permitieron generar una respuesta social novedosa, disruptiva y eficaz (términos propios que se me hacen razonables al leer sus hallazgos), pero a la vez de tiempo limitado. Una vez que se logra lo buscado, el movimiento desaparece.

Villanueva mismo lo explica en su blog, un año después: 

“¿Qué quedó? Poco. Bastó con traerse abajo a los usurpadores para sentir la satisfacción del deber cumplido, sin que esto significara un acuerdo mínimo sobre qué hacer con el resultado. Es parte del problema de fondo de nuestra sociedad: no hay conexiones claras entre lo que la gente quiere y lo que la clase política —entendida esta de una manera muy pero muy laxa— puede hacer.”4

En nuestra cuenta de Twitter (@ojoenlagente), una red social de opinión, aunque muchas veces sea arduo separar la paja de trigo para saber cuándo lo es y cuándo es concierto de trolls, le planteamos a los seguidores y a algunos analistas que tuvieron la cortesía de dar su punto de vista, que pudieran plantear sus hipótesis de los que pasó luego del 14N. La pregunta específica fue: 

Leo opiniones: ¿por qué las marchas de Nov20 no generaron un movimiento orgánico y pese a ser masivas quedaron ahí? Los partidos que más cerca estuvieron sacaron resultados penosos en elecciones. ¿Qué pasó? Los leo

El tuit a la hora del cierre de este artículo ha tenido 140 respuestas. Más de 50 000 impresiones, más de 2 000 interacciones directas. Ha motivado a la opinión a opiniones diversas que, con respeto y esfuerzo, han logrado desgranar el tema y ofrecer muchas hipótesis posibles. Así que los invito a revisar estas hipótesis de qué pasó a partir de lo que en ese post se comenta. Nuestra labor será la de compiladores y organizadores de esta información esta vez. El contenido, es compartido. Es el ejercicio de cocreación que más hemos disfrutado.

Esencia apolítica

Lo primero y más mencionado como respuesta ha sido que se trató de un movimiento que en su base y su razón rechazaba la política como actividad. Si esto fue así, era lógico considerar que de allí se iba a nuclear alguna organicidad dentro del espectro político del país. Muchos han mencionado esto con certeza y convicción

Como el politólogo José Alejandro Godoy menciona, las marchas tenían como único fin el sacar a Merino de su condición de presidente, pero además no tenemos partidos que canalizaran demandas muy variadas y -algo que veremos luego- la vivencia de la pandemia que hizo priorizar acciones concretas.

La comunicadora e investigadora Manuela Núñez señala que hay mucha desesperanza que algo bueno salga de la política pues “habíamos visto en primera línea cómo los políticos se arranchaban el Perú y con él, nuestra salud mental. Sacamos a Merino y todo se acabó.”

Jacqueline Fowks, periodista que cubrió las protestas de noviembre de manera excepcional, también reflexiona en la misma línea: “Las protestas NO pretendían volverse un movimiento ‘orgánico’. Tuvieron un objetivo específico: terminar con un gobierno ilegítimo y rechazar ese modo de hacer política.”

Efecto inmediato

Derivado de lo anterior, varios testimonios consideran que las protestas tenían un fin único, pero también inmediato que le dio sentido y permitió aglutinar. Como el abogado Luis Edgardo Vasquez considera: “La sensación colectiva de máxima injusticia o de abuso de poder es inmediatista, por tanto, su manifestación tiene una finalidad y se agota en ella. No tiene un efecto transformador de la cultura política, ni como elector ni como elegido.”

Es decir, era un movimiento condenado a morir en sí mismo o perdía su carácter masivo, unificador. La posibilidad de nuclear distintos frentes, intereses y hasta ideologías era su fin único. Nada más. No habían compromisos, adhesiones o lógicas más allá de ese fin.

Incluso su manera de convocarse tenía relación con ello. Como el periodista Jorge Luis Cruz manifiesta: “La movilización por redes sociales no es jerárquica. Por eso no habían líderes. Son como nodos vinculados. Por eso es difícil que, de una organización no jerarquizada, en el corto plazo, salga representación.”

Un movimiento que se organiza mejor en el “anti”

Ronald Cross, abogado y como él mismo se denomina “nerd electoral” plantea que no era posible lograr organicidad alguna si el punto de partida es el “anti” y pone de ejemplo el antifujimorismo como punto de comparación de una manera interesante:

“Cada 5 años vemos a la coalición anti fujimorista unirse detrás de candidatos muy diferentes en 2V. Y sin embargo resulta imposible recomponer esa coalición en la próxima elección. Unir a la gente “en contra” de algo es más fácil aquí. La baja participación en el referéndum y las municipales el 2018 y las congresales extraordinarias del 2020 sugieren qué hay hastío muy grande no solo con un establishment político, sino con la política con un todo. Hay mucha gente que va a votar porque tiene que y su aspiración es votar y luego no tener q pensar en política por 5 años.”

Varios otros testimonios dan cuenta de esta percepción, al considerarse que el objetivo era derrocar un régimen. El apuro era volver a la normalidad lo antes posible. Luego de eso, ¿qué necesidad había de algo más? Ninguna.

Unión con babas

Otra hipótesis que aparece es que somos un país que se articula por “momentos” en los que surge algo que nos cohesiona, pero que luego desaparece y nos reduce a una expresión más individual. Nuestra organicidad siempre es momentánea, temporal. 

Como la tuitera @usuariaperuana señala: “Somos un país fragmentado por donde lo veas, pero hay momentos reales de unión como las marchas de Nov20, la marcha de los 4 suyos, cuando fuimos al mundial, etc. Pero pasa y todo vuelve al caos de siempre, una y otra vez”.

El periodista Enrique Patriau sostiene en esa línea, que “Quizás fue porque participó gente con posiciones diversas. ¿Algo tan heterogéneo podía derivar en algo orgánico? Otra posibilidad: fue una protesta con un objetivo muy puntual. Se logró de manera rápida y la gente volvió a su vida.”

Una respuesta emocional

También se considera que lo que se vivió en noviembre 2020 se puede evaluar desde una lógica menos racional. Se trató de una respuesta emotiva que llevó a las personas a las calles. Esto tiene dos dimensiones, por un lado, quienes sostienen que esa emotividad fue la energía que canalizó el movimiento: “las razones que mueven estas marchas son subjetivas, responden a emociones del momento. Falta líderes interesados en hacer política de verdad y en conducir movimientos duraderos” (usuaria @marta1109).

Pero por otro lado se trataría también de un impulso motivado por el encierro. Donde se vio la oportunidad de salir, de expresarse, de romper con esa cuarentena: “La respuesta no es política si no psicológica, el encierro generó que muchos jóvenes estuvieran con ganas de salir a hacer desmadre luego muchos «influencers» solo fueron a tomarse fotos cosa que copiaron muchos de ellos” (usuario @Hi3i) 

Lima versus provincias

Farid Matuk sostiene una mirada distinta, más política, cuando señala que: “desde un punto de vista arcaico fueron protestas de la pequeña burguesía en contra de un gobierno oligárquico que había derrocado un gobierno de la burguesía provinciana. Por su naturaleza ecléctica, la pequeña burguesía no se articula como partido, y más bien fue una oportunidad perdida para la burguesía provinciana. Recién hace unos días, Vizcarra está intentando liderar esa burguesía provinciana y eventualmente arrastrar a la pequeña burguesía.”

Nos resulta llamativo este punto de vista y amplía el espectro de análisis. Algunos otros usuarios lo dejan entrever señalando el carácter clase mediero y poco popular que tuvieron las protestas. 

Partidos poco representativos

Abel Gilvonio, sociólogo y representante de izquierda, expresa de manera autocrítica que “no hay partidos nacionales con estructuras sólidas que puedan canalizar a mediano y largo plazo las demandas ciudadanas. Todo es muy frágil y volátil. Esto provoca una militancia itinerante que un día participa de una revuelta social y al otro día está en lo suyo”

Hay muchas referencias también a la acción del Movimiento Nuevo Perú y del Partido Morado. Todos en un tono crítico y evidenciando que no se esperaba la capitalización política de la protesta.

Alberto Bellido considera que: “Cuando hay manifestaciones de protesta masivas, en general ese voto no recae en “partidos” ya existentes. Viendo experiencia española e italiana, ese voto va a partidos nuevos, Podemos y Movimento 5 Stelle, respectivamente. Pero ese proceso tomó algunos años de maduración.”

A modo de conclusión

En el fondo, cada uno pude sacarla del hilo que originó la discusión. Pero un espacio de Twitter bien llevado, con participantes que deseen aportar su opinión, es posible y salen ideas y reflexiones increíbles.

El respeto más grande por la memoria de Inti y Bryan y por el deseo de que su memoria se respete castigando a los culpables y haciéndose cargo de los heridos. 14N en Perú significó un hecho sin precedentes. No lo olvidemos.

Gracias a todos los que comentaron el post. Imposible exponer todos los comentarios. Pero hoy, el artículo lo escribieron ustedes.5


 1. El título: Respuesta del usuario @carjuas al post que da origen a este artículo

2. En: https://twitter.com/joseragas/status/1459904254433497094

3. Las cifras presentadas en este artículo se toman de la encuesta de IEP: Informe de Opinión noviembre 2020. En: https://iep.org.pe/wp-content/uploads/2020/11/Informe-Especial-IEP-OP-Noviembre-2020-v2.pdf

4. En: https://eduardovillanuevamansilla.substack.com/p/las-movilizaciones-de-noviembre-2020

5. El post original: https://twitter.com/ojoenlagente/status/1459483497907867653

 

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14N, Inti y Bryan, Manuel Merino, Marchas, protestas

El gabinete es un desmadre. La premier Mirtha Vásquez, a pesar de haber logrado la renuncia de dos ministros (Luis Barranzuela y Walter Ayala), aún no logra consolidarse, porque el presidente Castillo juega a la del sindicalista básico que es, y divide, alienta la intriga, juega con las piezas del poder, sin clarificar un rumbo y un horizonte.

En ese plan se encamina a un deterioro paulatino. La última encuesta de Ipsos, publicada hoy en El Comercio, muestra un desplome significativo. Pasa de 42% de aprobación en octubre a 35% en noviembre, y su desaprobación crece de 48 a 57%. Y más en particular, su aprobación en sus zonas de arraigo cae estrepitosamente. En el centro tenía 52% de aceptación, ahora tiene 37% (tal vez producto de su alejamiento de Cerrón); y en el oriente, donde tenía 54% de aprobación, ahora alcanza un magro 37%. Cae también en el sur, pero poco, de 55 a 52%.

En el sector C, tenía 38% de aprobación, ahora tiene 28%; en el D tenía 44%, ahora 38%; y en el E mostraba una aprobación de 53%, ahora es de 47%. Sus bases populares, su recurrido “pueblo” lo empieza a abandonar.

Deseémoslo o no, cuando el próximo año se junten las piezas de la tormenta perfecta (crisis sanitaria con la tercera ola, crisis económica, crisis política y crisis social), la incompetencia gubernativa y personal del Presidente de la República, van a producir un “momento destituyente”, que ante la menor detonación hará que la estabilidad presidencial vuele por los aires. Ya hay un ánimo vacador en un sector importante de la clase política. Bastará cualquier pretexto (y Castillo los da de sobra) para que ese sector crezca e incluya al centro, con lo cual la suerte presidencial estará echada.

La única manera de evitar que ese escenario se active es que el Primer Mandatario corrija desde ya los despropósitos y asuma con seriedad la tarea de gobernar. Y eso pasa, en primer lugar, por consolidar la presencia de su Premier y no jugar al sabotaje indirecto, al coqueteo poco disimulado con los boicoteadores cerronistas (que se acercan a los ministros enfrentados con la Premier para ofrecerles su apoyo incondicional, en labor abierta de zapa) a la espera de reconstituir un gabinete Bellido recargado.

-La del estribo: muy recomendable el libro Solo quedamos nosotros, de Jaime Rodríguez, que publica Penguin Random House. Relatos autobiográficos y pequeñas crónicas noveladas, configuran un libro valioso, con una narrativa limpia. Posdata: no se pierdan Fieras en el Teatro Británico. No se van a arrepentir. Extraordinaria puesta en escena.

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Luis Barranzuela y Walter Ayala, Pedro Castillo, Premier Mirtha Vásquez, Presidente Castillo

Bajo el impecable liderazgo del poeta Rafael Hidalgo, esta semana gozaremos del IX Festival Internacional La Huaca es Poesía, una actividad que se inició el 2013 y que se vio interrumpida los dos últimos años por la maldita pandemia que aún nos asola. Con todas las precauciones y protocolos del caso, el Festival se realizará en formato presencial en una de sus tres fechas, amparado por el imponente perfil del complejo arqueológico Mateo Salado, en el distrito limeño de Pueblo Libre (Plaza de la Bandera), donde tiene su sede esta heroica iniciativa de verdadero amor a la poesía.

El evento incluye tres días distintos en que numerosos poetas nos ofrecerán tanto un panorama internacional como otro del “Perú profundo” en lenguas originarias. Tanto internacionalmente como en nuestras tradiciones indígenas, la poesía se desplegará en una gran gama de poetas compartiendo su talento. 

El miércoles 17 de noviembre a las 8 de la noche (hora peruana) se dará inicio al Festival en formato virtual con la participación de Magdalena Biota (Argentina), Jorge Hurtado (Perú), Javier Llaxacondor (Perú), Juan José Rodinas (Ecuador), Gavy Sambuccetti (Argentina), Pablo Salazar-Calderón Galliani (Perú) y Maggie Velarde (Perú).

El viernes 19 a partir de las 5 de la tarde y en formato presencial leerán los siguientes vates, bajo el título de “Las voces poéticas en lenguas originarias convergen”: Dina Ananco (Amazonas), Gloria Cáceres (Ayacucho), Alida Castañeda (Apurímac), Washington Córdova (Apurímac), Hugo Carrillo (Apurímac) y Dante Gonzales (Áncash). Asimismo, ese día se presentarán Warmi Danzao Killarí (Danza de tijeras), el reconocido músico Piero Bustos y la pintora Natasha Cabrera. Se hará asimismo una transmisión internacional con el poeta José Antonio Mazzotti (desde Estados Unidos) y el novelista Eduardo González Viaña (desde España)

Y el sábado 20 a las 8 pm harán su incursión las voces femeninas de Andrea Cabel (Perú), Mónica Carrillo (Perú), Patricia Colchado Mejía (Perú), Lourdes Ortiz Sánchez (México), Cecilia Podestá (Perú), Carolina Sánchez Pinzón (Colombia) y Fiorella Terrazas (Perú).

Todas las fechas se transmitirán por los canales de Facebook Live y Youtube de La Huaca y contarán con la presencia de Rafael Hidalgo como presentador, siendo moderadoras de las reuniones las jóvenes y talentosas poetas Brenda Vallejo y Valeria Chauvel y el arqueólogo Santiago Morales Erroch, encargado de los trabajos de restauración de la huaca Mateo Salado. 

Para la primera y tercera fechas es importante resaltar que La Huaca es Poesía ha acogido siempre a poetas de muchos países, sobre todo latinoamericanos, por lo que se ha constituido a lo largo de estos años en un faro del quehacer poético en lengua castellana. Sin embargo, conscientes de que este idioma no es el único vehiculo de comunicación ni creación en el Perú, el equipo de La Huaca siempre ha intentado ampliar sus horizontes hacia las por lo menos 48 lenguas originarias que siguen vivas dentro de nuestro territorio nacional. De este modo, se apuesta por una verdadera inclusividad, dando luz a talentos muchas veces desconocidos que escriben y cantan en quechua, aimara, shipibo, awajún y algunas otras de esas hermosas lenguas.

Es increíble que, a estas alturas, siendo el proyecto de La Huaca es Poesía una dependencia del Ministerio de Cultura, no reciba ni un centavo de apoyo y todas las actividades tengan que hacerse de puro corazón, como se dice. Se trata, además, de la única iniciativa de este tipo a nivel mundial que se realiza de manera constante sobre un centro arqueológico, lo cual potencia la exposición de nuestra historia milenaria a la vez que visibiliza a nuestros y nuestras poetas por todo el mundo. Ni en México con sus magníficos templos mayas y aztecas, ni en Egipto con sus afamadas pirámides, ni en Grecia con su Partenón, ni en Roma con su Coliseo se hace de esos espacios un recinto de la poesía de manera regular como en nuestra Huaca limeña. 

Desde ya, les deseamos al equipo de La Huaca es Poesía todos los éxitos y agradecemos de antemano la difusión de este tipo de eventos, tan necesarios para nuestra sociedad en la actualidad, tan carente de poesía y tan pletórica de mercadeo literario.

 A La Huaca todos esta semana.

Parte del equipo de La Huaca es Poesía: de izquierda a derecha, Santiago Morales Erroch, Valeria Chauvel Moscoso, José Antonio Mazzotti, Brenda Vallejo Mezarina y Rafael Hidalgo, director del proyecto.

 

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Actividad, internacional, La Huaca es Poesía, poetas, voces

“Que pase el rey, que ha de pasar…que el hijo del conde se ha de quedar”

En los recreos escolares de mi primaria escolar solíamos jugar Qué pase el Rey, antiquísimo juego infantil con motivos nobiliarios en donde los niños pasan en circulo ante dos de ellos que, al finalizar el último verso del epígrafe que inicia esta nota, bajan los brazos y atrapan a uno. Este jugador resulta eliminado y se retira de la ronda. Al final gana el último sobreviviente, el que nunca fue atrapado.

Me acordaba de ese juego que remonta a lo que por esos años llamábamos jardín o transición, períodos previos a la primaria propiamente dicha, a propósito de lo que se ha hecho con la institución de la Presidencia de la República, gracias al uso y abuso de la vacancia presidencial. Este abuso se ha consolidado desde que, hace unas pocas semanas, el Congreso desactivó la Cuestión de Confianza, el contrapeso natural a la vacancia. 

Si nos remontamos a la historia, la vacancia presidencial aparece en los textos constitucionales desde la carta de 1823, donde se habla de aplicarla en caso de incapacidad física o moral del más alto dignatario de la nación. Aunque el tema ha sido harto discutido, el concepto moral, para esos tiempos, aludía la incapacidad mental, esto es la locura, o trastorno análogo, que pudiese incapacitarlo para el ejercicio de sus funciones.  

Sin embargo, el no reconocimiento de Keiko Fujimori de los resultados electorales de 2016 la llevaron, junto a su mayoritaria bancada, a activar el mecanismo, interpretando moral conforme a la primera acepción de RAE en la actualidad:  Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva, y no a la sexta, que todavía guarda el significado antiguo y original, que es como la interpretó la Constitución de 1823: Conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a lo físico. De allí el distingo entre físico o moral, entendido como físico o mental, traducido al español de nuestros días. 

En fin, este es un debate superado, al punto que al público ya no le importa. Sin embrago, no debiera sorprender que recobre actualidad si finalmente la derecha congresal se anima a presentar, ante el Congreso, la moción de vacancia para la cual buscan apenas una coyuntura propicia desde que Pedro Castillo ciñó la banda presidencial hace poco más de cien días. 

Los escenarios que evaluar ante una eventual vacancia del presidente Castillo son diversas. Nos ponemos a jugar otra vez Que pase el Rey en este nuevo periodo constitucional y nos dedicamos a cambiar de presidente cada dos por tres, como si no hubiese sido suficiente dividir el periodo anterior entre cuatro mandatarios. De esta manera, sumiremos al país en un caos aún mayor al que suponemos que vivimos, pues lo que yo veo es un presidente algo torpe pero que paulatinamente superpone sus aciertos a sus desaciertos, como tras la evidente mejoría en la selección de su gabinete ministerial. 

Otro elemento a tomar en cuenta es que unas encuestas desaprobatorias no equivalen a carecer de legitimidad. La mayoría de peruanos no está conforme con la gestión de Pedro Castillo, pero al mismo tiempo piensa que éste se ha ganado justa y democráticamente el lugar en el que está. Entonces cuidado con las tentaciones autoritarias, con los caballazos, revestidos con ropaje democrático, pues la calle juega su propio partido en la democracia peruana; y en este caso la sierra rural, y su apoyo militante a quien considera su presidente, es un factor sensible que no puede faltar en la evaluación de políticos sensatos (si los hay). 

Ya nos lo dijo Max Weber: legalidad y legitimidad no son lo mismo. A algunos vacar un presidente puede parecerles tan sencillo como contar con el voto de 87 congresistas. No es así, también tienen que contar con el favor del pueblo, soberano al fin y al cabo, ciudadano al fin y al cabo, aunque no les guste a quienes viven en las fronteras de nuestra democracia. 

 

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Congreso de la República, política peruana, Presidente Castillo

En el tercer artículo me referí a la postguerra, ese período cuando nada está demasiado claro, donde si hacer o no hacer no viene acompañado con un manual o, por el contrario, se define frente a regulaciones excesivas, contradictorias y, a la postre, contraproducentes. 

Tuve que viajar. Las razones no fueron ni turismo ni trabajo, sino acompañamiento médico a un familiar. Entre las declaraciones de salud llenadas en línea para el país de tránsito, aquellas que exige el destino final, las pruebas de que uno no tiene el virus, los certificados de vacunación, los hisopados al llegar al aeropuerto, los correos que uno recibe del ministerio de salud, las instrucciones de las líneas aéreas, las opciones de cuarentenas y las maneras de acortarlas, nos encontramos en un estado de confusión permanente. Lo más probable es que las cosas se vayan asentando y los criterios se hagan más sencillos y compartidos por las diferentes burocracias. El hecho es que se extraña la fluidez pre pandémica.  

¿Volverá? 

No en el corto plazo. Habrá que negociar permanentemente las condiciones de nuestros desplazamientos. De acuerdo con los lugares: podrá ser más sencillo ir de A a B, que regresar de B a A, las cosas podrán cambiar en función del estado de contagios, de circunstancias políticas, la edad de los viajeros; habrá momentos o coordenadas geográficas en los que la supervisión será viscosa y presente, mientras en otros los encargados de ejercerla cerrarán los ojos frente a lo que no está perfectamente en orden.

Por ejemplo, aunque recibí un permiso humanitario cuando el país aún tenía las fronteras cerradas a la visita de extranjeros y mi ingreso se produjo con más rapidez que el recojo del vehículo que había alquilado, recibí, no obstante estar vacunado y haber dado negativo al examen de corona —gratuito y cuyos resultados llegaron a mi correo unas horas más tarde— una orden de cuarentena por dos semanas a pesar de que me iba a quedar 10 días. Por cierto que no la cumplí. ¡La levantaron el día que regresaba a casa! 

De todas formas, la circulación por el país visitado, el paso por aeropuertos, el ingreso a los aviones y los trámites de llegada terminaron siendo bastante razonables. Pero todo lo anterior va a estar en revisión permanente y más vale que debamos estar tan atentos a sus avatares como a los del clima. 

De cualquier manera, en parte por la crisis sanitaria, pero no solamente por ella, ir de un lugar a otro va a ser un trámite bastante distante de lo que asumimos sería la libérrima transhumancia propia de la globalización y el “final de la historia”. 

Justamente ahora que el 9 de noviembre celebramos la caída de un muro que simbolizó la división entre personas y cuyo derrumbe auguró la abolición de las barreras para ideas, productos y personas, la pandemia nos regresa a la medievalidad de los ubicuos peajes. Pero, también, a una actitud de enorme recelo ante quienes quieren ingresar a nuestros territorios. 

Vuelven muros y cercos, cuya construcción y mantenimiento, así como la tecnología que permite hacerlos impenetrables, o convierte en barreras muy exigentes los controles migratorios, que están convirtiéndose en verdaderas industrias billonarias. 

Fuera del turismo y el comercio, ingresamos de lleno en una época en la que catástrofes climáticas, guerras y persecución política van a convertir a potenciales migrantes en peligros existenciales que van a ser enfrentados con pocos escrúpulos, además de jugar con ellos para fines geopolíticos, cómo está ocurriendo, entre otros, con los kurdos en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. 

Sí, es la vuelta de los peajes. Algunos en forma de trámites y gastos, otros en forma de muros, todos llenos de tecnologías para identificar al que se queda y al que pasa. Todos seremos indeseables hasta prueba de lo contrario. 

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Uno de los efectos colaterales de la parcial reforma política que se desplegó durante la gestión de Vizcarra fue que, al restringir el financiamiento electoral de las empresas formales, no es que haya producido una sequía de liquidez en los candidatos, sino que los mismos se han terminado acercando a fuentes ilegales de financiamiento (mafias del transporte, narcotraficantes, contrabandistas, traficantes de madera y demás) que, luego, como suele ocurrir, piden su correspondiente contraprestación.

Lo acabamos de ver con la protección que el Congreso le ha brindado a la mafia del transporte, la que mueve millones de dólares informalmente y necesita protección política para sobrellevar su irregular y dañina actividad. Como se ha visto, sus financiados le han devuelto el favor, al sabotear la interpelación al ministro de Transportes, que les había prometido todas las gollerías habidas y por haber, incluyendo las cabezas de las principales autoridades que desarrollan la reforma del transporte.

Y el problema se da no cuando hablamos del poder expresado en el gobierno central o en el Parlamento, sino cuando descendemos en la escala del poder y llegamos a los candidatos a gobernadores regionales y alcaldes provinciales y distritales. Todos, o casi todos, son financiados por fuentes ilegales provenientes de actividades delictivas, principalmente del narcotráfico, en las zonas donde esta actividad delictiva necesita alguna sombrilla protectora para la siembra, distribución o comercialización de la droga.

Luego, como consecuencia de ello, tenemos autoridades funcionales a los dineros ilícitos, corruptas de origen, prestas a cualquier presión o enjuague que se les solicite por parte de sus financistas.

Así, paulatinamente, el Perú se acerca a convertirse en un narco Estado o un Estado mafioso, sujeto a los intereses de actividades que mueven miles de millones de dólares delictivos, que destruyen la economía empresarial sana y generan un masivo proceso de lavado de activos que perturba hasta al propio sector financiero.

Es menester que las autoridades electorales pongan especial celo en supervisar las cuentas partidarias y las fuentes de financiamiento de los partidos que postulan. Y especial atención debe colocar la Unidad de Inteligencia Financiera ante las muestras evidentes de que acá se está lavando dinero con política sucia contaminando los poderes democráticos.

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Como medida para enfrentar el gran aumento de pacientes por neumonía COVID-19 y la falta de espacios físicos en donde poder hospitalizar a los pacientes, durante la pandemia se construyeron los CAAT (Centros de Atención y Aislamiento Temporal), modulares destinados a la atención de pacientes con casos leves a moderados. 

Estas infraestructuras son bastantes amplias y, para ser sincera, si lo comparamos con la mayoría de ambientes de los hospitales nacionales, son ambientes bastante cómodos tanto para los pacientes como para el personal de salud: permiten mantener un espacio adecuado entre los pacientes, tienen buena iluminación, están climatizados, tienen camas cómodas, cortinas que permiten la privacidad del paciente, un sistema que permite llamar de forma sencilla al personal de salud, servicios higiénicos adecuados e incluso agua templada en las duchas. 

Aparte de ser espacios amigables para llevar una hospitalización (algo importante, ya que es una forma de cuidar la salud mental del paciente, que en muchos casos ya está afectada por el hecho en sí de estar enfermo), se encuentran completamente equipados; y el presupuesto destinado a ellos cubre gran parte de los servicios que se brindan (espacio físico, alimentación de los pacientes y personal que labora y limpieza y gestión de residuos hospitalarios). 

Este presupuesto llega desde el PRONIS (Programa Nacional de Inversiones en Salud), que se encuentra adjunto al MINSA, y ha permitido aligerar la logística y el gasto por parte de las Unidades Ejecutoras ante el gran incremento de pacientes hospitalizados. 

Por otro lado, como sabemos, el comportamiento de la pandemia es variable y así como en un momento tuvimos 46 de las 50 camas ocupadas por pacientes con neumonía COVID-19, hubo un tiempo en el que no tuvimos ni un caso hospitalizado.  Esta disminución en la incidencia de casos coincidió con el aumento de la llegada de pacientes al área de emergencia de Medicina. 

El panorama de las salas de emergencia es completamente diferente al de los CAATs. Todos sabemos que las emergencias de los hospitales nacionales siempre han estado colapsadas: pacientes esperando por camillas, a veces sentados en sillas de ruedas en mal estado pese a sentir mucho dolor, y siempre hacinados, tanto que incluso hay pacientes hospitalizados en los pasillos. 

Es muy frustrante observar este escenario sabiendo que hay un ambiente donde podrían ser recibidos y encontrarse más cómodos mientras llevan el proceso de enfermedad, es por esto que en muchos hospitales se ha optado por usar estos modulares para hospitalizar a pacientes no COVID, aprovechando el espacio mientras no se registran casos.  

Se quiso hacer lo mismo en mi hospital, sin embargo, el arquitecto encargado de la obra nos advirtió que al hacer ello podríamos tener problemas legales, algo que ya ha sucedido en otros departamentos. Esto se debe a que el presupuesto destinado por parte del PRONIS, por norma, debe ser utilizado exclusivamente para la atención de pacientes con neumonía COVID-19, por lo que usar los recursos para otro tipo de pacientes, podría ser visto por la contraloría como malversación de fondos. 

Por nuestro lado hemos intentado solicitar que al menos se nos brinde el espacio físico y que sea el hospital el que asuma el gasto que deriva del uso de los servicios. Esta propuesta aún está en conversación, pero por el momento sabemos que no se ha podido lograr nada favorable en ese sentido en otros hospitales. 

El contrato para el uso del CAAT se renueva cada cierto tiempo, por lo que creo que estos podrían ser actualizados para dar la flexibilidad de que el ambiente pueda ser utilizado por las salas de emergencia como mejor se crea conveniente, dando prioridad a la hospitalización de pacientes con neumonía COVID-19, claro está, pero teniendo en cuenta también el flujo de estos (porque si solo tengo un paciente con neumonía COVID-19 y 10 pacientes de Medicina, es más eficiente usar el ambiente para estos 10 y usar un cuarto aislado para el paciente con neumonía COVID-19). 

Además, estas infraestructuras están proyectadas para tener un tiempo de vida de 20 años. Se supone que cuando se llegue a un punto en que el número de pacientes con neumonía COVID-19 se mantenga bajo de forma sostenida, estas deberían ser retiradas, pero creo que eso sería ir en contra de su potencial, que es que ya están ahí. 

Espero que el tema burocrático deje de ser tan rígido para que puedan ser aprovechadas lo mejor posible en el futuro, viendo las necesidades que surjan en cada hospital y sobre todo, que su uso se adapte al comportamiento de esta infección, que ha cambiado bastante y a favor gracias a la llegada de las vacunas.  

 

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CAAT, Covid-19, modulares, Pacientes no covid, salas de emergencia

Shawn, Kat y Neil son jóvenes y talentosos. Al verlos tocar el piano con tan sorprendente facilidad, uno se los puede imaginar como solistas, músicos de sesión o integrantes de cualquier banda famosa. Sin embargo, son tres muchachos desconocidos que pasan sus noches divirtiendo al público en uno de los locales de la cadena de restaurantes Howl At The Moon (“Aullidos a la luna” en español), fundada hace 30 años, en 1990, en Cincinatti (Ohio) y que hoy tiene presencia en otras veinte ciudades grandes de los Estados Unidos, además de ofrecer su servicio de entretenimiento musical en fiestas particulares, instituciones, hoteles y hasta cruceros de la compañía Norwegian Cruise Line, que tiene entre sus destinos varias islas del Caribe y del Atlántico norte.

Shawn, Kat y Neil son, además, extremadamente versátiles. No solo tocan el piano a un nivel inexistente en estas tierras -hablando de artistas populares masivamente conocidos–. Pueden pasar de la obertura de la 5ta. Sinfonía de Ludwig van Beethoven (1804) a una versión casi imposible de Crazy train de Ozzy Osbourne, sin que se les escape una sola nota del riff o incluso de aquel alucinante solo que grabara el recordado Randy Rhoads, allá por 1980. Los tres cantan muy bien, son ingeniosos comediantes e intercambian instrumentos de manera constante, en una dinámica que, si te gusta el pop-rock clásico o el jazz (cubren una amplia gama de éxitos y estilos, desde los sesenta hasta los 2000s), te mantiene con ojos y oídos abiertos todo el tiempo. Kat, la única mujer del trío, es deslenguada y frontal, pero no al estilo chabacano al que nos han acostumbrado nuestras destalentadas “clauns” sino con estilo propio, adulta pero no vulgar. Neil, por su parte, con sus lentes de marco grueso y apariencia nerd, cambia todo el tiempo las letras de canciones populares mientras que Shawn, el más extravertido, pasa del piano al bajo, del bajo a la batería y de la batería al violín, sin disfuerzo alguno. Un espectáculo de primera a cargo de tres personas con apariencia absolutamente común y corriente, sin esas poses de divos y divas (nótese mi lenguaje inclusivo) que suelen adquirir, en nuestra insuficiente escena, personajes incapaces de hacer una sola cosa bien, ni siquiera aquella por la que son más conocidos o promocionados.

La premisa del show que ofrece Howl At The Moon es, en términos generales, sencilla: tres músicos, desde un escenario casi al nivel del público, toca canciones a pedido. Desde las mesas vuelan los papeles con las solicitudes y los pianistas/cantantes acometen la tarea con frescura y eficiencia. En medio, bromas de todo tipo, comentarios y rutinas para hacer que la gente participe y se divierta. Así, combinando elementos de karaoke, nightclub, stand-up comedy y restaurante con banda en vivo, Howl At The Moon asegura un momento de original entretenimiento con interpretaciones que, en algunos casos, alcanzan niveles de concierto profesional. Y aquí es donde la propuesta se hace sofisticada y de difícil réplica en medios como el nuestro, tan habituado a la improvisación, la argolla y la charlatanería cuando se trata de espectáculos artísticos. Todo el talento exhibido en Howl At The Moon no existe por arte de magia. Es producto de la preparación, la disciplina de verdaderos artistas, la seriedad para estudiar y ensayar antes de soltar una broma o hasta una grosería. Acá, basta con que se junten tres amigos chacoteros, sin ningún talento, con harta publicidad y contactos –sus amigos cronistas los presentan como actores, comunicadores, productores, comediantes, cineastas, cantantes, a veces todo eso junto y más- y arman un show de teatro, un programa de televisión, hasta películas de largo metraje y le dan cualquier cosa a su público, una masa que, lamentablemente, ha perdido toda capacidad de apreciación, regala palmas y, sin interponer un mínimo de dificultad, abdicando al importante rol del público como filtro para evitar estafas y shows de baja o nula calidad, acepta todo lo que sea puesto de moda por periódicos y redes sociales.

Hay un detalle adicional para el éxito de una opción como la de Howl At The Moon. Es un producto perfecto para la cultura pop norteamericana, que conecta con la idiosincrasia de un público cuyo rango de edad está entre 25 y 65 años, desde profesionales jóvenes hasta retirados que han escuchado estas canciones toda su vida y que reconocen, en las estrellas de rock o jazz de antaño, a sus vecinos, sus paisanos. Shawn, por ejemplo, toca -nota por nota- complicadas canciones de Billy Joel como Scenes from an Italian restaurant (The stranger, 1977) o Prelude/The angry young man (Turnstiles, 1976) o lanza, al violín eléctrico, temas country de Blake Shelton o Willie Nelson. O Neil, que hace versiones de Sweet Caroline (Neil Diamond, 1969), Don’t stop me now (Queen, 1978) o Even flow (Pearl Jam, 1991), con precisión y seguridad.

Esta clase de locales goza de gran popularidad en los Estados Unidos. Desde que el rock and roll y sus vertientes fueron perdiendo la categoría de movimiento cultural de masas, rebeldía ante el establishment y vehículo de expresión para los sueños, frustraciones y posturas de la juventud frente a lo que pasaba a su alrededor, se convirtieron en un amplio conglomerado de canciones y trayectorias artísticas del pasado, un capítulo de historia universal, fuente de recuerdos, crónicas y visiones nostálgicas de un mundo que ya no existe. En ese sentido, la subcultura moderna del karaoke y el varieté incorporó a su oferta comercial el pop-rock de otras décadas como elemento empacado y, hasta cierto punto, carente de cargas sociopolíticas importantes. Por ejemplo, una canción como Born to run, clásico de 1975 de Bruce Springsteen, que habla de superar las adversidades y durezas de una vida dedicada al trabajo, soñando con ser libres y cambiar el mundo al final de cada jornada, ahora solo es pretexto para un vacío desahogo catártico al momento del coro, para gritarlo después de revisar tus redes sociales desde un teléfono celular.

Y es que hubo un tiempo –casi cinco décadas, entre la segunda mitad de los cincuenta y finales de los noventa- en que el rock movió opiniones y conciencias, fue música de fondo para movimientos sociales, generó tendencias de moda y hasta económicas. Más allá de los cambios que experimentó el género con el paso del tiempo, un programa especial de Elvis Presley moviendo las caderas en Las Vegas contenía, en esencia, la misma potencia simbólica que un concierto grunge de Pearl Jam con Neil Young, en un estadio, frente a miles de personas. Las caravanas de buses, camiones y autos particulares que seguían a los Grateful Dead, dinamizaban el comercio –restaurantes, hoteles, gasolineras- y hacían colapsar el tráfico en las carreteras interestatales. En los últimos veinte años, a pesar de la existencia tenaz de festivales de amplio formato en espacios abiertos –que tuvieron un fuerte retroceso debido a la pandemia, por supuesto- como Lollapalooza, Bonnaroo o Glastonbury, los conciertos masivos dejaron de tener ese encanto orgánico y comunitario para volverse eventos corporativos, publicitarios y de estratificación, en los que importa más cómo ir vestido que la experiencia misma de unirse a una muchedumbre para entonar aquellos himnos guitarreros capaces de inflamar corazones y hacerlos saltar a cada estrofa.

Los elencos de Howl At The Moon, como también lo hacen las llamadas “bandas-tributo” o “bandas-cover”, que realizan giras interpretando canciones del pasado (las primeras de un artista específico y las segundas, de diversos artistas y épocas) apelan, precisamente, a la nostalgia de su público como principal disparador de emociones pero adaptada al esquema moderno de entretenimiento estandarizado que ofrece varias cosas al mismo tiempo: local cómodo y seguro, infraestructura –luces, mobiliario, parafernalia, merchandising-, una carta atractiva -tragos, piqueos- y, sobre todo, la sensación de estatus asociada al hecho mismo de sentarse allí y presenciar el show. Sin embargo, por encima de todo esto, lo que importa en este caso específico es la calidad y anchura del repertorio.

Como hemos mencionado, es el público quien determina lo que Shawn, Kat y Neil van a tocar. Y, como también dijimos, existe una reserva de casi seis décadas de canciones pop, country, jazz y rock disponible, según los gustos y preferencias del auditorio en cada ocasión. Y los muchachos parecen sabérselas todas. Por ejemplo, si alguien quiere escuchar Enter sandman de Metallica (1991), recibirá una versión alucinante, con solo y rezo nocturno incluido –para lo cual Shawn, encargado de los temas más pesados, solicitará la participación de alguna mesa-. Pero, de repente, alguien puede pedir una canción totalmente diferente como I’m so excited, éxito de 1982 de The Pointer Sisters, momento en que la risueña Kat lucirá su voz y fraseos pianísticos. Las posibilidades son ilimitadas: Elton John, Billy Joel, Ben Folds Five, Paul Simon, Aerosmith, Tom Petty, Madonna, Bob Seger, Lynyrd Skynyrd, Rolling Stones, Guns ‘N Roses. Un cancionero inagotable para este trío que incluso se da tiempo de jugar con divertidas melodías como Ocean man, de la banda noventera Ween, popular como banda sonora de la versión cinematográfica del dibujo animado Bob Esponja; Lime in the coconut (Harry Nilsson, 1971) o Hooked on a feeling (B.J. Thomas, 1968), más conocida como “The Ooga Chaka Song”, por la versión que hiciera la banda sueca Blue Swede en 1974. Las nuevas generaciones conocen ambos temas por su uso en los soundtracks de Reservoir dogs, ópera prima de Quentin Tarantino (1992) y de la primera entrega de Guardianes de la Galaxia, taquillero film de superhéroes del 2014.  

 

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