Opinión

Imaginemos el caso de Jones. Esta es una persona que ha fumado toda su vida, y que, a partir de su experiencia de no haberse enfermado nunca de cáncer de pulmón, afirma categóricamente, en contra del consenso del estáblishment médico internacional, que fumar no causa cáncer. 

Es cierto que el buen Jones puede impresionar a otros despistados como él, pero es evidente que está equivocado. La razón es bastante clara. Más allá de la anécdota individual, hay muchísima evidencia que apunta a que fumar eleva el riesgo de cáncer, a pesar de que no necesariamente causa esta enfermedad en todos los fumadores. Esto tiene que ver con la noción de causalidad. 

Cuando los médicos dicen que fumar causa cáncer de pulmón, no se refieren a que si uno fuma necesariamente vaya a contraer cáncer de pulmón —ni siquiera a que fumar haga que sea probable que uno contraiga este cáncer—, sino que, al fumar, uno eleva las probabilidades de tener esta enfermedad (de casi cero a más o menos 20%). En ese sentido, a pesar de que lo más probable es que un fumador no se enferme de cáncer, es correcto decir que fumar es una causa de esta enfermedad. 

La historia de Jones ilustra dos puntos filosóficamente interesantes. Lo primero es una noción probabilística de causalidad, que consiste en que A es la causa de B si A eleva las probabilidades de que ocurra B. Esta mirada probabilística va en contra de las nociones de causalidad que sostienen que A es la causa de B solo si, cada vez que ocurre A, necesariamente tiene que ocurrir B. 

Lo segundo tiene que ver con la manera como se descubren las relaciones causales. ¿Cómo saben los científicos que fumar causa cáncer de pulmón? Las relaciones causales no se pueden observar tal como uno observa, por ejemplo, los síntomas de una enfermedad. En muchos casos, estas relaciones se tienen que inferir a partir de estudios. En el caso de la relación entre fumar y cáncer, a lo largo de varias décadas se han realizado diferentes estudios que contrastaban la incidencia de cáncer entre fumadores y no fumadores, controlando factores como edad, sexo, clase social, tiempo como fumadores, condiciones preexistentes, etc., aislando así la diferencia entre fumar y no fumar como los únicos factores relevantes, y eliminando la posible influencia de otros factores (estos son los llamados estudios aleatorios prospectivos).

La razón por la que el ejemplo de Jones da risa es que no se ha dado cuenta de que su experiencia individual es limitada. Es como el borrachín que cree que conducir ebrio no es peligroso porque nunca ha tenido un accidente. 

En el caso de enfermedades nuevas, estos temas son más relevantes aún, pues no se han realizado aún los estudios prospectivos que indiquen la posibilidad de relaciones causales entre, por ejemplo, el consumo de un medicamento, y la cura de una enfermedad. Eso lo sabe bien cualquier estudiante de medicina de primer año. Hacer afirmaciones causales en contextos médicos, sin contar con la evidencia de estudios serios, puede ser muy peligroso, y es ciertamente muy poco profesional.  

Estas ideas son relevantes para entender parte de nuestro contexto actual: ¿se acuerdan cuando, hace ya varios meses, a partir de su experiencia de haberse recuperado del Covid, Ciro Maguiña, afirmó categóricamente, en contra del estáblishment médico internacional, que la ivermectina fue una de las causas de haberse recuperado del Covid? Lo que estaba haciendo el vicedecano del Colegio Médico del Perú es justamente una inferencia causal basada en la generalización de la experiencia individual, al mismo estilo de mis personajes ficticios ‘Jones el fumador’, y ‘el borrachín conductor’, solo que ni Jones ni el borrachín han estudiado medicina. 

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Ciro Maguiña, estáblishment

Recientes propuestas de reformas al sistema de gobierno han llamado la atención, pues parecen no centrarse en atacar el problema de raíz, sino en respuestas a situaciones coyunturales. El proceso de reforma constitucional tiene un gran impacto y, por lo tanto, no debe tomarse a la ligera.

Una constitución es un texto que recoge los principios y valores, las reglas de convivencia, de una sociedad. En ese sentido, no es propósito del texto constitucional desarrollar cada aspecto de nuestro quehacer cotidiano. En cambio, a partir de la norma suprema, se aprueban leyes y reglamentos específicos para cada sector y actividad que amerite regulación, siempre en armonía con los principios constitucionales.

Esta norma, al reflejar los valores de la sociedad, tiene vocación de permanencia en el tiempo que nos dé predictibilidad y seguridad. Esto no significa de ningún modo que nuestras reglas de convivencia no puedan evolucionar y adaptarse a los cambios sociales. La Constitución puede ser interpretada de manera dinámica por el Tribunal Constitucional, de tal forma que sus disposiciones se apliquen de acuerdo al contexto actual. 

Sin embargo, ante cambios sociales que lo ameriten, la propia Constitución contempla la regulación para introducir reformas que permitan ajustarla a la realidad nacional. Esto ocurrió, por ejemplo, cuando se reconoció el derecho al voto a nuestras Fuerzas Armadas, en el año 2005, o cuando se prohibió la reelección presidencial inmediata, según nuestra tradición constitucional.

Cualquier reforma constitucional debe ser evaluada con detenimiento y con particular enfoque en su impacto en el resto del texto constitucional. Es imprescindible mantener la armonía y consistencia de la norma suprema, de forma que el cambio en una disposición no entorpezca o vuelva inviable la aplicación de otra.

En este contexto, preocupa la reciente tendencia a la presentación de proyectos que buscan reformar la interacción de los poderes del Estado, pues no parecen derivar de un estudio profundo del problema que se busca solucionar y sus causas, sino más bien aparentan ser reacciones a situaciones a las que se ha enfrentado el país recientemente. Es el caso, por ejemplo, de la propuesta de interpretación de la cuestión de confianza, así como de las propuestas de modificación de la vacancia presidencial, o la llamada muerte cruzada, cuya aplicación derivaría en la disolución automática del Congreso.

No cabe duda que la relación ejecutivo legislativo es uno de los aspectos de la Constitución que mayor atención ha atraído, en particular a raíz de la interacción entre estos poderes en los últimos cinco años. En tal sentido, es necesario implementar cambios al sistema de balance de poderes. Sin embargo, estos cambios deben partir por evaluaciones profundas de expertos, seguidas por propuestas que ataquen el problema de raíz y de manera integral, en lugar de a cada figura de manera aislada. Finalmente, estas propuestas deben ser analizadas, reflexionadas y debatidas por los legisladores en búsqueda de la mejor alternativa. Es responsabilidad del legislador generar propuestas de calidad, debidamente sustentadas y evaluadas.

Urge regular adecuadamente un mecanismo real de control político al Ejecutivo, como el juicio político, así como el alcance de la cuestión de confianza. Pero la única manera de evitar futuras crisis políticas que nos paralicen de la forma en la que ha ocurrido en el pasado, es mediante una mirada integral y poniendo por delante el interés del país. Mucho bien nos haría retornar al sistema bicameral, entre otras razones porque las propuestas legislativas ameritan una reflexión más profunda.

 

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Ejecutivo, voto de confianza

Negarle la confianza al gabinete presidido por Mirtha Vásquez sería hacerle el juego al radical leninista Vladimir Cerrón. Ojalá la derecha y el centro parlamentarios entiendan que las batallas son estratégicas y no ideológicas o, mucho menos, fanáticas.

Claramente, el gabinete Vásquez supone una mejora cualitativa respecto del gabinete Bellido. Mantiene un par de nombres muy cuestionables, como los ministros del Interior y de Educación, tras los cuales haría bien el Congreso en ir y, eventualmente, luego de una interpelación, censurarlos. Pero el gabinete en su conjunto merece una oportunidad de gobernabilidad más aún luego de la crisis partidaria desatada entre el presidente Castillo y las facciones cerronistas de Perú Libre.

Cerrón ha jugado sucio a la política. Primero, porque quiso aprovechar el triunfo de Castillo en beneficio propio, priorizando su agenda sobre la del gobierno, y luego, cuando se tornó inmanejable la presencia de su alfil Bellido, pateando el tablero y poniendo nuevamente como valor superior el presunto beneficio de su agrupación.

A Castillo le va a hacer bien esta ruptura. Tiene ahora mayores márgenes de acción. Ha ganado oxígeno. Con Cerrón y Bellido marchaba a paso firme hacia la vacancia. Hoy ha recuperado terreno y se esperaría que pronto entienda lo saludable que sería que se desgaje también del ala Movadef del magisterio y, finalmente, asuma que el tema de la Asamblea Constituyente no va, ni ahora ni después.

Ese margen de evolución debe otorgárselo la oposición. El Congreso -y el centro en particular- cometió un grave error al darle la confianza al gabinete Bellido. Nunca se la debió dar. Pero la mejor manera de remediar la culpa por un error no pasa por cometer otro, como sería, esta vez, no darle la confianza a un gabinete mejor constituido que aquel que sí mereció dicho respaldo.

Lastimosamente, el Primer Mandatario, es un personaje muy limitado, incapaz de generar credibilidad por sí mismo. En esa medida, aun cuando se cometan todos los aciertos (separación del Movadef y descarte de la Constituyente), su gobierno no será capaz de movilizar a los agentes de inversión privados, los únicos en capacidad de lograr el propósito de la reactivación económica, que, según la encuesta de Ipsos de ayer, debería ser la primera prioridad ciudadana.

Esas son las consecuencias de votar por la izquierda en la encrucijada histórica en la que se hallaba el Perú. Será importante que el votante lo aprenda. Abortar este proceso de mediocridad -con un recorte abrupto del mandato de Castillo, camino que empezaría con la negatoria de la confianza al gabinete Vásquez-, borraría el descrédito político de la izquierda, que, bien merecido, se está ganando.

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Mirtha Vasquez, Movadef, Vladimir Cerrón

Desde hace unas semanas, debido a la posible aprobación de la cuestión de confianza por parte del Congreso de la República por insistencia, se viene debatiendo la posibilidad de su reforma y sus implicancias. ¿Qué propone el proyecto de ley en cuestión? Regular los artículos 132 y 133 en la que se proponga que el Ejecutivo solo pueda utilizar la cuestión de confianza para temas relacionados a políticas de gobierno en general, exceptuando de ella reformas constitucionales que competen al Congreso de la República y otras entidades autónomas. Acto seguido -en una disposición complementaria y final de la autógrafa- propone que solo el Congreso de la República puede interpretar el sentido de decisión. 

Proyecto de ley realmente cuestionable porque pone en desbalance el equilibrio de poderes. Como señala Carlo Magno Salcedo en su análisis del tema (La Mula, 11/10/21), actualmente el Congreso de la República, implícitamente, tiene la potestad de poder interpretar la Constitución para su labor legislativa, pero qué pasa cuando contraviene -por ejemplo- temas que puedan afectar la relación ejecutivo y legislativo. 

Sabemos que el contexto actual es de una polarización extrema debido al objetivo que tiene el gobierno de llevar adelante una Asamblea Constituyente, pero se debe actuar con suma cautela en temas jurídicos para causas políticas prodemocráticas, como detener esa intentona que pretende cambiar las reglas de juego. En ese sentido, y de acuerdo a la propuesta del constitucionalista y docente universitario Joel Campos, es necesario salir de esa dicotomía que contribuye a un enfrentamiento político fratricida y sin salida. 

Para ello -según el constitucionalista- se debe establecer una reforma al artículo 134 de la Constitución, sobre la disolución del Congreso de la República, en la que se proponga la “muerte cruzada” (que se usa también en el Ecuador) en la que disuelto este primero poder del Estado se proponga convocatoria a nuevas elecciones no solo para elegir nuevos parlamentarios sino también de presidente de gobierno. 

Dicha reforma limitaría el enfrentamiento permanente de los actores en el juego político. Reformas así oxigenan nuestro precario sistema político tan venido a menos en la que minorías activas (como el caso de grupos vinculados a Sendero Luminoso) tengan margen de acción para -desde el propio sistema- destruir los cimientos democráticos que tanto nos ha costado construir. 

La oposición política debe hilar fino -en tiempos turbulentos para el mantenimiento del Estado de derecho- para proceder a usar armas legales que no contravengan a la Constitución y a su estrategia de detener pretensiones que generan graves problemas a lo avanzado durante los últimos dos décadas en el país. 

 

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Asamblea Constituyente, Congreso de la República, voto de confianza

Francia o Inglaterra, S XII. Se señala que en algunos monasterios de clausura los monjes, para evitar el aburrimiento, tenían un juego particular que se basaba en una pelota que tenían lanzar a un contrincante que se situaba al frente y que solamente tenía permitido un bote antes de responder al adversario. Se le denominaba jeu de paume o juego de palma, ya que solo se podía usar la mano. Recién en el S XVI se permite el uso de una raqueta y a fines del S XIX se forma el primer club profesional. Evidentemente, hablamos del tenis.

Más allá de algunas referencias asiáticas (ts’uh Kúh en la China de la dinastía Han y el kemari japonés) o americanas (el pok ta pok maya o el pasuckuakohowog norteamericano), la principal referencia sobre el fútbol como lo conocemos hoy se remonta al S XII también en Inglaterra y Francia. Eran juegos de pelota grupales que iban tomando forma como entretenimiento y que después fueron tomando forma. Sin embargo, se trató de un juego asociado al lumpen y a la violencia extrema que estuvo proscrito y practicado de manera ilegal durante algunos siglos. Es recién en el XVI que en Italia se publica el primer libro de reglas. 

Si continuamos indagando por la historia de los demás deportes, tendremos relatos parecidos. Una lógica de entretenimiento que va tomando una forma específica, que normalmente personas asociadas con élites sociales deciden desarrollar y normar y que luego generan una institucionalización de su práctica: el deporte como tal, con reglas específicas.

Hace una semana, en pleno siglo XXI asistimos sin darnos cuenta al intento contemporáneo más relevante en este sentido: el primer campeonato mundial de globos, que por añadidura lo ganó un peruano y lo hizo el mismo día que la selección de fútbol, nuestro deporte más popular, caía ante Argentina. La metáfora es la misma: aprovechar una práctica popular (¿quién no ha jugado con un globo, evitando que toque el piso, en su infancia o más adelante, con sus amigos, familiares o como una forma de hacer amigos en una fiesta?) y darle forma, reglas y manejar la normativa del deporte. Como jugando.

El responsable de hacer algo así se llama Ibai Llanos. Y es un fenómeno a nivel mundial que está dando qué hablar y sobre el que vale la pena hacer ciertas reflexiones relevantes en la realidad del país.

¿Quién es este Ibai? A ver si somos precisos y que nuestros propios sesgos no nos ganen el comentario. Ibai es un streamer. Un streamer es un transmisor en vivo. El término me lo comentó Joaquín, 13 años, seguidor del comunicador. Un streamer que además sabe perfectamente qué decir y cómo decir permanentemente. Va de acierto en acierto. Muy famoso e influyente. Tanto que es portada de la edición española de la revista Forbes. Tanto que tiene más de 8 millones de seguidores en Twitch, 6 en Instagram,  7 en Youtube y 5 en Twitter. Tanto que puede darse el lujo de transmisiones con más de 600 o 700 mil espectadores en vivo, solo porque el las hace. Tanto que entre todos los periodistas deportivas de canon mundial, fue a él a quien Messi eligió para dar la primera entrevista oficial cuando pasó al PSG. Una de las preguntas que Ibai le hizo, suelto de huesos, a la estrella argentina fue: “¿crees que el otro día comí mucho en tu casa?”. Fue la primera vez que Messi hablaba en Twitch además.

Ya. Alguien que ha logrado tanto en apenas cinco años, ¿qué truco tiene? Antes de pensar en ensayos que lo expliquen decidimos preguntarle a la fuente más directa. Volvimos donde Joaquin y le consultamos qué le veía: “es entretenido, me hace reír”. Pero ni es solo entretenimiento ni es solo risa. Es cercanía, es lenguaje directo y no es dependencia a ninguna regla que no sea la de Ibai. Es honestidad en un mundo que no se considera honesto. Es capaz de despertarse un día y conversar con Messi, al día siguiente hacer de un juego de sala un deporte con Mundial y luego hacer una transmisión con un cuarto de millón promedio de espectadores viéndolo comentar sobre casi cualquier cosa.

El entretener pasa por hacer cosas diferentes cuando todos se esfuerzan en hacer lo mismo. La risa viene por el lado de la naturalidad con la que enfrenta los fenómenos. ¿Cuál es la diferencia con una entrevista en ESPN o Fox? Que Ibai habla con ellos (los entrevistados) y les pregunta las cosas como las preguntaría a amigos. No se complica. Es lo que textualmente Joaquín nos dice y le creemos. Joaquin puede quedarse viendo una entrevista que Ibai le hace a cualquiera en Twitch, pero jamás vería una de ESPN.

Más allá del medio, aunque este sea importante, creo que la principal ventaja competitiva de Ibai es esta manera de romper el canon que los medios imponen. Su forma de comunicar es distinta y eso lo hace deseable. Es un medio en sí mismo. Probablemente -es una hipótesis- si sometemos a prueba la credibilidad de algo que diga Ibai versus algo que diga un medio tradicional, las audiencias jóvenes no dudarían en creerle más al streamer que al medio. Todo está en el lenguaje.

Como el periodista Diego Salazar ha explicado con mejor arte: “Lo importante es que Ibai está siendo él mismo, o al menos eso es lo que los espectadores perciben. A diferencia de lo que ocurre con la televisión o la radio, donde la distancia con el espectador u oyente es inherente al medio, donde hay un emisor y un receptor y esos papeles no se confunden nunca, internet es el espacio donde todos acudimos a expresarnos como somos o como nos gustaría creer que somos”¹

Estando claros en lo que Ibai significa, ¿qué es lo que tiene que ver con la realidad nacional un conductor como él? Bueno, con la realidad como tal, no mucho. Pero hay tanto que aprender que a veces nos intriga saber por qué a nadie le interesa ver estos ejemplos en el mundo mundial. 

Esta semana, hubo algunos comunicados desde distintas fuerzas políticas. Uno de ellos, de los más recientes, es el de la cuenta oficial de la bancada de Perú Libre explicando los motivos por los que no se reunirán con La PCM mañana. No abundaré en razones, pero ya Eduardo Gonzales lo ha comentado en un hilo de tuiter²: ¿por qué la comunicación política tiene que ser tan distante, enrevesada, complicada y repetimos, distante? ¿Por qué no pueden decir las cosas directamente, en sencillo, sin usar un metalenguaje que nadie más quiere seguir? ¿Por qué optar por el laberinto en lugar de la línea recta? 

 Los políticos, así como los analistas e influenciadores locales, en su gran mayoría, jamás entendieron que la posibilidad de usar la expresión vía redes sociales los obliga a dialogar. Todos son mensajes unidireccionales, sin respuestas, sin intercambio. Y lo peor, sin capacidad de reflexión conjunta. Una de las principales fuentes de desconfianza interpersonal es la percepción de falsa autoridad. No es posible construir lazos si se opta por una forma de comunicación que sólo va a expresar y no a dialogar. Revisen cuentas de políticos y de autoridades. Jamás responden comentarios o preguntas. Si no quieren discutir, mejor que no posteen nada.

Cuando apreciamos las entrevistas a las autoridades, es tan evidente el armado de historias que no corresponden a la realidad que a todos se les asigna el rol de mentirosos y desconfiables. Parece que el ejercicio de honestidad estuviera penado. 

Tres ejemplos bien simples pero potentes de cómo en un universo de discursos armados y falsos, personajes como Ibai son tan bien recibidos. El contraste, pero sobre todo el uso de códigos que las audiencias valoran y esperan parece bastante claro. Desde estos parajes, ejercicios como las transmisiones casi diarias de comunicadores como Carlos León Moya (@contracultural) o el popular Man Ray (@litolobo) son ejemplos que debemos mirar. En especial este último, no solo por su parecido con Ibai, sino por la sensibilidad que muestra y porque a diferencia de otros comunicadores, no le cuesta ceder el micro y dejar que su audiencia se apodere de sus temas. Son dos grandes ejemplos que han planteado el uso de un lenguaje diferente, claramente comunitario y recíproco, que deberíamos mirar con expectativa y, por qué no, esperanza. 

Más allá de generar nuevos deportes, Ibai nos está enseñando qué grandes errores cometemos al comunicar como lo hacemos.     

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1 https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2021/09/01/ibai-llanos-messi-twitch-entrevista-periodistas/

 2 https://twitter.com/elfjcgc/status/1449660108418555906?s=20

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ESPN, Fox, Ibai Llanos

Después de casi treinta años, José Alberto Bravo de Rueda publica su segunda novela, titulada Fanático del rock (Lima: Hipocampo Editores). Si bien Bravo de Rueda es un prolífico escritor peruano que publica poesía y prosa, esta vez nos sorprende con un tema muy actual –político y cultural– que resalta la historia peruana de los últimos cincuenta años. 

Desde el inicio del relato notamos que el narrador en tercera persona nos cuenta sobre la admiración que existe en Lima por los músicos internacionales, particularmente los del género del rock y la banda The Rockin’ Bones (un sucedáneo literario de The Rolling Stones). Así, el argumento se desarrolla a través del secuestro de esa famosa banda por el comandante Fernando Goicochea, ex torturador y genocida del Grupo Colina que había sido dado de baja por sus atrocidades, pero seguía suelto en plaza y se dedicaba a la vida delictiva gracias a su avanzado entrenamiento militar y su posesión de diversas armas. Goicochea, curiosamente, es un fanático del rock y su intención es tocar con la banda mientras esta se encuentra cautiva.

Con una prosa limpia dentro de un lenguaje coloquial y lúdico, el narrador nos relata las hazañas de gente de poder en el estado peruano donde los corruptos (como Goicochea) terminan siendo los triunfadores y los honestos (como el detective Jorge Arteaga, de la Policía Nacional, perseguidor de Goicochea) son castigados. 

Asimismo, los temas de violencia, corrupción y crímenes son vistos bajo una nueva luz, donde se busca e indaga quiénes son los responsables de dichas acciones. La música cumple un rol fundamental a través del relato político-policial, desde un rock internacional, donde grandes músicos comparten su talento, hasta el gusto por lo local y regional. La música en sí identifica y define en muchos casos a nuestros personajes, que viven tanto el rock como el huayno.

La relevancia cultural que Fanático del rock nos expone es justamente la presencia musical en todos sus ámbitos y categorías, como un retrato alegórico del Perú, desde el rol fundamental que se le asigna al rock hasta sus derivaciones en subcategorías, como el auge de los músicos nacionales que representan distintas esferas sociales.

Sin embargo, el trasfondo histórico y político de la trama nos lleva a pensar en la denuncia de las atrocidades cometidas contra los derechos humanos que no se han resuelto en el país y que han derivado en algunos casos en la formación de comandos de delincuentes como síntoma de una sociedad enferma que no ha logrado superar sus problemas fundamentales (pobreza, desigualdad social, inseguridad pública, etc.). 

Fanático del rock nos ofrece una visión diferente a la aceptada por el conservadurismo nacional. Es decir, la novela pone en tela de juicio comportamientos y acciones perpetradas por gente de poder y finalmente nos ofrece una entretenida prosa con personajes que ejemplifican momentos trascendentes en la historia cultural y política del país.

José Alberto Bravo de Rueda ha publicado los poemarios Intento de ala (1983) y El libro de las reencarnaciones (2019), el conjunto El hombre de la máscara y otros cuentos (1994) y la novela Hacia el sur (1992). Es uno de los grandes valores de la notable Generación del 80, descuidada está, en su conjunto, por nuestra crítica local, más atenta a las publicaciones de las angurrientas editoriales transnacionales. Por añadidura, Bravo de Rueda forma parte del enorme contingente de escritores peruanos afincados en los Estados Unidos, que ya llega a por lo menos unos 150, según los índices del primer Encuentro de Escritores Peruanos en los Estados Unidos realizado el 2015 en Washington, DC. 

A leer a Bravo de Rueda, que vale la pena.

 

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#Rock, Fanático del rock, Literatura

La elección de Mirtha Vásquez en reemplazo de Guido Bellido plantea un nuevo escenario para los actores políticos y posibles recomposiciones en la izquierda y la derecha,  las que manteniendo sus estrategias primordiales podrían redefinir sus ubicaciones en el actual juego político. La tensión de fondo sigue siendo entre el proyecto de cambio y la conservación del estatus quo, pero están a la orden del día modificaciones tácticas que pueden tener consecuencias en el mediano y largo plazo.

Purga en la oreja

Así, la coalición vacadora mantiene su proyecto estratégico. A la espera de nuevas oportunidades, renueva su táctica principal de proponer censuras ministro por ministro, apuntando ahora a los titulares de las carteras de Interior, Educación y Cultura. Además, se insiste en la ley que acota la cuestión de confianza. Ambas tácticas bajo el paraguas polarizador de  un discurso hiperideologizado, macartista y terruqueador.

Lo que llama la atención, sin embargo, es que estas tácticas y narrativas sean asumidas también por sectores más amplios, desde el centro derecha hasta cierto progresismo liberal. Particularmente, sobresale aquella que apunta -incluso desde la segunda vuelta-, tanto a la exclusión de Perú Libre de la coalición de gobierno, como al abandono de las propuestas de campaña expresadas en el “plan de bicentenario” y en la apuesta por una nueva constitución.

Tenemos al frente un guión más o menos conocido, que con actores distintos repetía el mismo drama cada temporada. El régimen político instalado en el presente siglo combinó, en tiempos no electorales, el bloqueo de cualquier reforma distributiva significativa -vía terruqueo y criminalización de la protesta-con la cooptación del candidato reformista, el que terminaba abandonando su propuesta de cambio y su equipo original de gobierno. 

Sn embargo, lo que se suele omitir en estas posturas es que las elecciones no solo son respecto al presidente y su fórmula, sino también respecto de un programa de gobierno y una determinada conformación política para sostenerlo e implementarlo. Por ello, es profundamente antidemocrático la exclusión tanto del partido político –¡más aun cuando se trata del partido que ganó las elecciones!-, como también la exigencia de excluir propuestas que fueron parte de la oferta de gobierno de cara al electorado; Pedro Castillo ganó ofreciendo, entre otras cosas, una nueva constitución. 

Otro asunto es que la oposición exija a las fuerzas oficialistas que dicho objetivo se desarrolle en el marco de la legalidad democrática. Algo sobre lo cual el Presidente también ha insistido, anunciando que enviará un proyecto de ley que permita la convocatoria a una Asamblea Constituyente.  

Fuego amigo

El guion, sin embargo, ha dado un giro novedoso -y suicida- por izquierda: la misma fuerza política que los poderes fácticos quieren excluir, es la que amenaza con separarse y pasar a una inédita oposición. Los altisonantes términos que han proferido los liderazgos principales de Perú Libre hacia el gobierno y su nuevos conformantes contrastan con sus trayectorias y los hechos: no se ha podido ver ninguna política abandonada, ni ninguna tendencia que pueda señalarse como humalización o “caviarización” (con todos los amplísimos significados que eso supone). Salvo que se entienda que luchar por la memoria de las victimas del terrorismo de Estado y la defensa ambiental en confrontación con Yanacocha sea una señal de centroderechización. En efecto, la constitución no está en la agenda gubernamental -como no lo estuvo con Bellido-, aunque como lo ha señalado Castillo y otras fuerzas políticas del gobierno sigue siendo un objetivo político de mediano plazo. 

Hay obvias diferencias, de estilos y trayectorias, pero que principalmente expresan  formas distinta para llegar a un objetivo compartido. Si el Plan Bicentenario y el discurso del Presidente el 28 de julio son los que marcan los objetivos estratégicos  -y que ni es el “comunismo” ni “caviarización”-, entonces se debería reconocer que lo que existe  son diferencias menores o –apelando al manual leninista más rústico- de orden táctico. 

Las diferencias corren, entonces, por otro cauce o causa. Como ya lo dijimos anteriormente -y más allá de los pendientes judiciales-, la dirección de PL pretende perfilarse como una fuerza “verdadera” de la izquierda de cara a las elecciones regionales y municipales y, con un pie adentro  o sin eso, agitar la inconsecuencia del gobierno,  construyendo un perfil diferenciado -pero sin ofrecer alternativas programáticas viables-, intentando alejarse de los pasivos que suele cargar todo gobierno, más aun cuando hay un proyecto de vacancia al acecho.

El siempre difícil proyecto unitario choca aquí con una lógica más bien sinuosa que debe pasar a consideración. Y es que, paradójicamente, un distanciamiento permanente y radical de PL debilitaría por izquierda al gobierno, haciéndolo más dependiente de los votos siempre preciados del centro liberal y la centroderecha, con lo que el discurso de la derechización terminaría siendo una profecía autocumplida. 

Lo que está en juego hoy es la tantas veces burlada promesa de cambio que la democracia peruana le debe a millones de peruanos. En perspectiva, en términos narrativos, la coalición de gobierno debería insistir en que hay suficiente espacio para un proyecto que se coloque entre un continuismo mediocre y una política de agitación y consigna sin programa alternativo, que además alimenta la paranoia ultraderechista. El diálogo y el consenso tiene que apuntar no solo a avanzar en políticas que legitimen cambios más de fondo, sino también en una materia pendiente: el diálogo y consenso abajo, en la sociedad, mediante la activación de los sectores sociales beneficiados o por beneficiarse. Una ruta democrática y constituyente.

 

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Ha hecho mucho el presidente Castillo por quitarle argumentos a la derecha extrema, que lo quiere vacar desde el primer día sin importar razones, al romper con Vladimir Cerrón, el polo radical marxista que el exgobernador de Junín representaba.

La queda aún tarea por hacer. Desde tomar distancia también del ala maoísta del magisterio que lo acompaña y que se infiltra a través del Fenate-Movadef y de un displicente -si no, cómplice, ministro de Educación-, hasta, además, en lo que sería la piedra madre de la maduración del régimen, el abandono del proyecto de Asamblea Constituyente (y cuyo pase obligado por la disolución del Congreso es lo que activa todas las alarmas de una vacancia expréss). La última encuesta de Ipsos refleja que solo el 10% de la ciudadanía apoya el cambio de la Carta Magna.

Haciendo ello, Castillo no se humaliza, ni despliega una “hoja de ruta”. Simplemente quita toda la maleza que en estos momentos sigue perturbando la visión legítima de un gobierno de izquierda, que, como tal, debiera abocarse a tareas urgentes pendientes en el país.

Desde ajustar inequidades tributarias obvias, hasta generar nichos de competencia donde en estos momentos no los hay, en lo que coincidiría, dicho sea de paso, con una opción liberal, en manejar disruptivamente el establishment económico-empresarial del país.

Y, sobre todo, desplegar una reforma radical y profunda de los sistemas de salud y educación públicas. Allí radica la esencia de un gobierno de izquierda en el Perú. En lograr una ecualización ciudadana en base a esos dos grandes sistemas de nivelación e inclusión social, que representa que los pobres del país gocen de una salud y educación de primer orden, gratuita y universal.

Pero de ello hasta el momento poco o nada. El ministro de Salud está abocado, con eficacia, a manejar los asuntos de la vacunación (esperemos que también esté preparando al país para la tercera ola), pero de reforma del sector y de integración de EsSalud y el Minsa en un solo sistema, no hay una sola letra. Y el ministro de Educación va a contramarcha de lo mucho de bueno que se ha avanzado en los últimos lustros respecto de la carrera magisterial meritocrática y se la quiere tumbar de un porrazo. Es, en la práctica, un contrarreformista.

Castillo debe durar cinco años. Un gobierno de izquierda declarado debe poder hacerlo. Pero necesita despercudirse de tics ideológicos absurdos y abocarse a lo que realmente importa y corresponde.

-La del estribo: a ver si la correcta ministra de Cultura, Gisela Ortiz, le da una miradita al absurdo tema de rutas y aforos de Machu Picchu, la estrella del turismo nacional, que hoy está atrapada en regulaciones absurdas que solo espantan al turista en lugar de atraerlo.

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Así, en plural. Me refiero a la vuelta a la oficina, a la vuelta a los salones de clase, a esa tan mentada nueva normalidad, cuando la pandemia amaina y parece enfilarse hacia la endemia.

Se supone que todos estamos saltando en un pie: madres y padres hartos de actuar varios guiones distintos en el mismo escenario, por fin exonerados de ser asistentes de aula impagos. Los chicos eximidos de esa cercanía sofocante —he escuchado a varios que juran “la siguiente epidemia no me agarra ni de a vainas en la casa de mis viejos”— que puso entre paréntesis las promesas de independencia y autonomía.

Pero no…, por lo menos no así de sencillo, ni unánime.

Acompañé a pacientes de todas las edades en los varios matices del encierro y las múltiples tonalidades del miedo. Ahora voy siguiendo los sentimientos encontrados camino a los espacios pre covídicos, no solo de individuos, sino también de grupos de ejecutivos que trabajan en organizaciones de todo tipo y en varios países.

Los hay claustrofóbicos y otros claustrofílicos, los hay que se sienten cómodos con colegas bidimensionales y otros que añoran la carne y el hueso de los pasillos. Pero si los mandamases en los directorios y quienes dirigen los departamentos de recursos humanos creen que se va a imponer una talla única, se equivocan groseramente.

Muchos la tienen clara: el contacto importa, pero la reunionitis compulsiva es una pérdida de tiempo y energías. Nada justifica desplazamientos que en algunas ciudades se miden en horas. La identidad organizacional no depende de una sede central llena de rituales y señales que tienen que ver más con jerarquía y control que con innovación y productividad. Se puede trabajar desde cualquier lugar, por lo menos parte del tiempo.

Todos saben que lo que se extraña de las empresas y colegios —encuentros casuales, intercambio de información interpersonal, vale decir, chismes y recreos de todo tipo— es justamente lo que estará fuera de límites y que el resto es, más o menos, lo que se hacía en casa o cualquier otro lugar, solo que… con mascarilla.

Pero, sobre todo, un número apreciable de quienes estudian y trabajan, han comenzado a redefinir lo que significan esas dos actividades y su contribución a la identidad de las personas y están llegando a la conclusión de que por lo menos algunos protocolos educacionales y profesionales no son más que estupideces consagradas por la tradición y la autoridad.

Ya se dieron cuenta.

Los más creativos y capaces ofrecerán sus talentos a organizaciones —públicas y privadas, con y sin fines de lucro— que acepten lo anterior y ofrezcan flexibilidad, así como reconocimiento a maneras distintas de hacer las cosas; que combinen lo presencial con lo remoto, la circulación de personas e ideas por espacios diversos sin que dejen, por ello, de pertenecer a culturas institucionales vigorosas.

El COVID-19 causa una enfermedad, SARS-CoV-2, que se volvió pandemia. Habíamos olvidado que las pestes nos han acompañado desde que se nos ocurrió erigir la torre de Babel, mítico emprendimiento bíblico, símbolo de nuestra soberbia.

Hemos podido más que nuestros ancestros cuando sufrieron los embates de las plagas ateniense, antonina, justiniana, la muerte negra, la gripe rusa y la española, para solo mencionar algunas. Con celeridad extraordinaria desarrollamos vacunas eficaces y las venimos aplicando a pesar de las dificultades —que han terminado siendo más ideológicas, basadas en ideas, que logísticas—, así como estrategias comportamentales individuales y colectivas que limitan los contagios.

Sin embargo, no hay bala de plata: todos los países, no importa el sistema político que los gobierna ni los perfiles culturales que los definen, han pasado por cimas y simas en sus indicadores pandémicos.

Independientemente de lo anterior, el estado de ánimo colectivo —que ya venía groggy desde 2008— ha cambiado para peor. Sin entender los nuevos sentidos del trabajo, lo que esperamos de la vida, lo que define a los individuos, la identidad colectiva, el significado de salud y enfermedad, el balance entre protección y libertad, la palabra regreso es una cáscara vacía.

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Covid-19, sociedad
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