Opinión

Si bien mi memoria es frágil, recuerdo el momento cuando le dije a mi madre que quería estudiar cine. Su reacción fue como un “Plop” de Condorito, a pesar de que fuese ella la culpable de mi, quizás, inesperada decisión. Las primeras películas que vi, aún en la época del VHS, fueron elegidas por ella: El Mago de Oz, Mary Poppins, El Ciudadano Kane, Casablanca. Más adelante, cuando las visitas al Blockbuster, franquicia estadounidense de videoclubes, se convirtieron en algo parecido a ir a un parque de diversiones, empezamos a elegir con mi hermana películas más “fáciles”, más ingenuas, y si ahora lo analizo, más cómicas. Recuerdo títulos como “Beethoven”, “Mi pobre Angelito”, “Ricky Ricón”, “Flubber” o “Daniel el Travieso”, todas películas de los 90, año en que nací.

Finalmente, a pesar de mi promedio alto en matemática, mi deseo por “entretener” a la gente vencía mi ponderado, y mi madre me dio la increíble oportunidad de la que por momentos me arrepiento y por otros no encuentro la salida a que mi vida funcione de otra manera: dedicarme al cine. Había conseguido aplausos en las noches de talento de mi colegio, había llevado cursos de teatro, baile y de fotografía, ya había visto películas como “La Vida es Bella” y “Forrest Gump”, había quedado en tercer puesto en un concurso de cortometrajes ambientales para colegios en el instituto “Toulouse Lautrec” y ya me sentía Tarantino. Había visto algunas películas de Darín que me convencieron de que quería irme a Argentina a estudiar. Me preguntaban qué me llamaba la atención del cine argentino y yo respondía: su humor negro. Sinceramente, no tenía idea de qué significaba el humor, pero yo era una persona impredecible, unos días seria, otros con una sonrisa imborrable, algo parecido al personaje de Anne Hathaway en “Modern Love”, mini serie que pueden ver por Amazon Prime. Si analizo hoy el por qué de mi respuesta, quizás fue porque sentía que “la comedia” era un género menos profesional que “el drama”, y que decir “humor negro” sonaba a hacer cine como Woody Allen, sonaba a los objetivos que me había propuesto como “cineasta”, ser esa persona intelectual, seria y vestida de negro, mi lado bohemio. Leyendo algunos apuntes de la universidad me encontré con esto que en alguna clase tomé nota: “El humor aparece cuando algo en nuestro entorno o en nosotros mismos, se nos presenta de otra forma inesperada, deformada o de manera absurda”. Pero yo no encontraba la vida absurda, era muy testaruda como para encontrar belleza cinematográfica en una escena absurda.

Estudiando, descubrí el espectro de géneros cinematográficos que ofrece la industria, los que hoy se mezclan en las películas pero aún así tienen características muy específicas. Yo decidí que quería trabajar en aquel que surge desde hace cientos de años en Grecia, más conocido como el Drama. El cine lleno de choques de automóviles, golpes de tartas y de situaciones insólitas, me parecía un cine que no era inteligente y que por qué invertiría una licenciatura en estudiar una caída torpe y en crear un vestuario más o menos ridículo.

Pero así como las películas de hoy no se parecen a las del pasado, yo tampoco me parezco a la Tarantina, ni a la Almódovar, ni a la Godard, ni mucho menos a la Spielberg, directores que intenté parecerme en mi paso por la universidad. El crear un personaje torpe y aniñado no te hace menos inteligente, como solía pensar. El drama es la personificación de mi vida como directora que sueña con que la cámara mueva sentimientos y países enteros en una película que logre recordarse y no guardarse. Pero expresarme también puede tener matices que no solo configuren mis emociones complicadas, también puedo hablar a partir de personajes de la comedia que no son misteriosos de comprender. Ellos tienen algo que me llama mucho la atención hoy por hoy que se llama versatilidad. Y es que reaccionan de una forma original ante los sucesos, diferente a los personajes en el drama que reaccionan de formas complejas, como nosotros en nuestra vida. En la comedia, el espectador comprende con facilidad las motivaciones y objetivos de los personajes que son más excéntricos, más anormales, más de “otra realidad”. No obstante, no olvidemos que como estamos viajando a través del mundo de la comedia, son personajes verosímiles dentro de su planeta, los entendemos inconscientemente y no esperamos que sean realistas. Este es un ejemplo de que el género predispone al espectador.

Pero si nos vamos por un momento al humor clásico del cine de Hollywod, este también se construye a partir de sucesos que intentan que el espectador relacione con la vida real; un ejemplo es la película “To be or not to be” de Ernst Lubitsch (1942), en la que el humor se basa en la ridiculización del régimen nazista. Otro caso es el de “Dr.Stangelove Or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb”, en la que el personaje del Dr Strangelove hace movimientos involuntarios que se parecen al saludo militar nazi, y, además, se dirige  todo el tiempo al presidente de Estados Unidos como “Mein Führer”. Una película que marcó también mi adolescencia fue “Singin´in the Rain” de Gene Kelly y Stanley Donen (1952), que retrata el paso del cine mudo al sonoro y utiliza este pasaje como trama, como un suceso conflictivo, y es aquí donde la mayoría de sus situaciones humorísticas cobran sentido. Otros elementos que encontramos en las comedias clásicas son la suerte, la casualidad que “evita” el peligro, las coincidencias. El sexo ridiculizado es más una característica de las comedias actuales porque antes solo se hacía referencia a este de forma muy regularizada y disimulada por el “Código Hays”, como es el caso de “Some like it hot”, “The lady Eve” o “What´s new pussycat?”.

Suelo considerar que lo que nos vuelve humanos son nuestras emociones, y aquí les recomiendo un gran libro llamado “The emocional craft of Fiction”. En parte me interesa la psicología y ojalá existieran más vidas para estudiar muchas carreras, pero por ahora me limito a contar historias, y siempre que pueda involucrar otras artes, estaré muy agradecida. Dicho esto, si el drama es considerado como el cine de las emociones, donde por lo general los temas principales son basados en conflictos de índole emocional e inclusive de superación personal, entonces las películas se clasifican en base a los elementos comunes que estas abarcan, es decir, conforme a sus aspectos formales: ritmo, estilo, tono y, muy importante, el sentimiento que se propongan provocar en el espectador.

Creo que en parte, mi decisión de adolescente por el drama también tenía que ver con mi negación a sentir vergüenza, a mi timidez, a la crítica de los demás, al temor de hacer el ridículo. Y es que estudiar cine significa entregar tus historias al sentido que elijas para la vida.

Tags:

Drama, Ricardo Darín, Tarantino

Bienvenida la designación de Pedro Francke como titular de Economía y Finanzas. Le otorga una perspectiva de moderación al programa económico que, sin duda, tranquilizará a los mercados y permitirá confiar en que el gobierno transite una ruta de sensatez por lo menos en el corto plazo.

Pero lamentablemente para el gobierno, la presencia de Francke, o de Aníbal Torres, o de Juan Cadillo o de Juan Carrasco por mencionar algunos que sí pasan la valla, no es suficiente para darle la confianza a un gabinete presidido y conformado por sinfín de personajes inaceptables en el manejo de la cosa pública o -en el caso de Bellido- inadmisibles en cualquier gobierno de talante democrático.

Castillo no puede pretender que el país y el Congreso le acepten un gobierno moderado en lo económico, temporalmente, pero imbuido de una lógica política radical, preparada para el choque con el Congreso y la provocación de la disolución del Legislativo. Eso es inaceptable.

Bellido ni siquiera debiera formar parte del Congreso, mucho menos ser la segunda autoridad política del país. Ambiguo -por ser generoso con las palabras- con el terrorismo senderista, admirador del castrismo y del leninismo, involucrado en el caso Los Dinámicos del Centro, de pasado cuestionable, misógino y homofóbico (¿será por eso el respaldo del almirante Montoya?), no califica para ser Presidente del Consejo de Ministros.

El país votó por el Plan Bicentenario, no por el ideario de Perú Libre. Y si Castillo, envanecido a las pocas horas de sentir los masajes del poder, cree que puede hacer tabla rasa del orden democrático para lograr sus propósitos de una refundación constitucional, pues deberá encontrar férrea resistencia en la clase política, en el pueblo organizado (que ya se empezó a manifestar) y en el poder parlamentario.

El Congreso no le debe dar la confianza a Bellido. ¿Se gasta una bala de plata? Bueno, está para usarse, no para tenerla colgada de adorno en la pared. Que Castillo se vea obligado a recomponer su gabinete con gente calificada, que mantenga a los buenos y deseche a la sarta de impresentables que ha arrejuntado en su primer gabinete.

Y si el Congreso -ya lo hemos dicho- aprecia que todo se trata de una jugarreta política del Ejecutivo para arrinconar al Legislativo y disolverlo, pues deberá proceder defensivamente con la vacancia del señor Castillo por incapacidad política y moral. No es hora de tibiezas ni complacencias. El futuro democrático del país está en juego por culpa de la improvisación o necedad del Presidente Castillo, que no ha sabido leer el texto político que contiene el voto que le otorgó su mandato.

Tags:

Guido bellido, Pedro Castillo, Pedro Francke

No es un recurso sensacionalista señalar que la vida del ex sodálite arequipeño Martín López de Romaña está plagada de exageraciones, no inventadas sino reales. Pues no puede ser de otra manera para quien ha vivido más de una década en el seno del Sodalicio de Vida Cristiana, la secta católica fundada y liderada por Luis Fernando Figari.

López de Romaña relata su experiencia en un potente libro de reciente aparición: “La jaula invisible” (Penguin Random House, Lima 2021). Al principio se advierte al lector que «Todos los hechos narrados son reales».

El libro, que tiene como acápite “Mi vida en el Sodalicio: Un testimonio”, no sólo es una radiografía minuciosa de la institución, sino a la vez el retrato más vívido y detallado de Luis Fernando Figari que jamás se haya publicado, dado que el autor convivió varios años con él en la ahora inexistente comunidad de San José en Santa Clara (Ate-Vitarte, Lima) y perteneció a su círculo más cercano.

Con un estilo literario cautivador, López de Romaña nos relata cómo fue seducido desde los 12 años de edad por los sodálites, que habían fundado una comunidad en Arequipa, los cuales le hicieron sentir valioso después de que como adolescente hubiera experimentado varios fracasos escolares. El único éxito escolar que disfrutaría fue ganar el primer puesto de cuento en los juegos florales del Colegio San José, para sorpresa de varios profesores y alumnos, recibiendo como premio un ejemplar de la novela “La vida exagerada de Martín Romaña” de Alfredo Bryce Echenique. Pero fueron los sodálites quienes le elevaron la autoestima, haciéndole sentir muy especial. Según cuenta, Figari lo consideraba un “esper”, es decir, un individuo supradotado con habilidades paranormales. Lo que entonces no sabía el joven adolescente era que estaba siendo objeto de una táctica utilizada por las sectas para captar adeptos: llenar de elogios al candidato.

Lo que encontramos a continuación es una descripción de las estrategias proselitistas aplicadas en el Sodalicio para reclutar nuevos miembros. Con métodos intrusivos y lesivos de la privacidad, que paulatinamente iban generando una sustitución de la personalidad del sujeto por otra personalidad impuesta, manipulable, dispuesta a obedecer hasta las últimas consecuencias, el individuo era preparado para unirse al Sodalicio apenas alcanzara la mayoría de edad. Todo este proceso se llevaba a cabo sin conocimiento de los progenitores, más aún, con la indicación expresa de no contarles nada al respecto. En el fondo no era otra cosa que una especie de control mental o lavado de cerebro, por el cual también uno mismo terminaba generando sentimientos de culpa ante cualquier duda respecto al líder, la doctrina o el sistema institucional. Y al igual que en la novela “1984” de George Orwell el personaje de Winston Smith termina amando al Gran Hermano, a pesar de todos los maltratos y vejaciones, de manera similar López de Romaña terminará en un momento amando a Figari y poniendo su vida entera al servicio de sus caprichos y deseos.

Muy interesante es el relato de su paso por varias comunidades sodálites, entre ellas las ubicadas en San Bartolo y la comunidad de San José donde vivía el fundador. El día a día —las exigencias a veces inhumanas, la presión constante, la sustracción de sueño, la falta de libertad, la anulación de la vida privada— es narrado con una sinceridad brutal que a ojos extraños puede parecer insólita y poco creíble. No para mí, que viví en comunidades sodálites entre 1981 y 1993, y pasé por experiencias semejantes a las que López de Romaña tuvo entre 1994 y 2008. Y aunque haya quienes me hayan asegurado que para entonces ya se habían iniciado cambios en el Sodalicio, lo que describe el ex sodálite arequipeño indica que siguió funcionando como una secta destructiva.

Varios de los personajes que describe minuciosamente López de Romaña también jugaron un rol en mi historia personal, comenzando por Figari, aunque yo nunca pertenecí a su círculo íntimo. Los retratos escritos de Germán Doig, Jeffery Daniels, Jaime Baertl, Alejandro Bermúdez, Alessandro Moroni, entre otros, y de quienes son designados con los sinónimos de Manuel Alcázar y Julio Goyeneche son exactos y corresponden a la realidad.

Si bien López de Romaña nunca llegó a sufrir abusos sexuales con contacto genital en el Sodalicio, sí hubo por parte de Jeffery Daniels primero y después del mismo Luis Fernando Figari tanteos en la linea de lo sexual a través de caricias corporales incómodas, solicitudes de desnudarse o preguntas íntimas sobre su vida sexual. Como el depredador que está acechando a su presa, esperando el momento en que muestre un signo de debilidad para morderla en la yugular. Lo cual, en su caso, nunca llegó a ocurrir.

Lo más sustancioso del libro está en el relato de los continuos maltratos que han tenido que padecer los miembros de las comunidades sodálites, con el fin de doblegar sus voluntades y someter sus mentes. Las humillaciones que varios hemos sufrido en el Sodalicio han sido espectaculares, y López de Romaña cuenta varias de ellas. Aquí un ejemplo de una vejación no tan espectacular:

«Una noche había ido el padre Jaime Baertl a San José para conversar con el fundador. Parece que su reunión versó sobre buenas noticias porque éste nos llamó luego, a unos cuantos, a compartir con Jaime en la sala de televisión. Sus bromas eran hilarantes y el ambiente muy distendido. De pronto, el sacerdote se inclinó hacia su lado izquierdo en el sillón y se tiró un sonoro pedo. Todos reímos, un poco escandalizados. Luis Fernando me señaló y me ordenó: “¡Tú! ¡Huélele el pedo!”. La pura verdad es esta: sin oponer resistencia acerqué mi nariz a las posaderas del padre Jaime e hice como que olía los gases que habían salido con tanta parafernalia de su cuerpo. Salí del paso con una broma y todos se rieron. En ningún momento dejé que se manifestase mi dignidad menoscabada. Continué participando del jolgorio comunitario, hasta que el padre Jaime se fue a tirarse pedos a su comunidad».

Me hace recordar una anécdota ocurrida en los años 80, cuando en plena Misa en la estrecha capilla de la comunidad de San Aelred en Magdalena del Mar (Lima), donde el altar entraba a lo largo y los miembros de la comunidad alrededor de él, el P. Baertl despidió uno de sus sonoros y pestíferos cuescos, y todos los presentes tuvimos que aguantar el desagradable lance con cara de piadosa devoción. Como de costumbre, nunca se disculpó.

¿Cómo pudo librarse López de Romaña de eso que él llama la “jaula invisible”, donde los barrotes no son físicos sino que están puestos en lo más íntimo de uno mismo? Constreñida a los límites de un celibato inviable, su sexualidad, que no encontraba cauces para desarrollarse sanamente y que siempre se manifestaba como un secreto solitario, terminó generando en él una especie de doble vida, que incluía no sólo revistas pornográficas, sino también literatura de autores no permitidos en el Sodalicio y películas artísticas. Y aquello que le generaba angustia dentro de los parámetros impuestos por el Sodalicio fue a la vez su vía de salvación, no sin que tuviera que apurar el trago amargo de pensamiento suicidas y la frustración de sentir que había fracasado. El arte le abrió los ojos. Es la misma vía que, en otras circunstancias, tuve que recorrer yo mismo para alcanzar la libertad.

¿Cómo explicar que algunos no lo hayan logrado todavía y sigan prisioneros en sus jaulas invisibles? ¿O que aquellos que hemos logrado escapar nos hayamos demorado tanto tiempo en hacerlo y hasta ahora tengamos secuelas producto de lo vivido? López de Romaña lo explica muy bien:

«…el fundador, casi sin que te dieses cuenta, desde que eras prácticamente un niño, había ocupado por completo el lugar que tu sistema emocional tiene reservado para tu padre y tu madre. Tarde o temprano, un hijo tiene que independizarse. En eso consiste, entre otros factores, su maduración como ser humano. Pero en el SCV no te podías rebelar contra tu padre putativo. No solo porque era poderosísimo e inspiraba temor, sino porque rebelarte equivalía a ponerte en pie de guerra contra toda tu nueva familia y, presuntamente, contra ti mismo y contra Dios. Esto, sumado a la promoción de la obediencia ciega, el servilismo y la vigilancia permanente en un microcosmos que reemplazaba la realidad, hacía que, más allá de tu edad biológica, continuases siendo “como un niño”. […] Me refiero a que se atrofiaba tu capacidad de ser independiente y te volvías incapaz de responsabilizarte de ti mismo, de tomar decisiones sobre tu destino, de abrazar tu libertad y sus consecuencias».

“La jaula invisible” se lee como un thriller psicológico de suspenso, donde los horrores narrados superan ampliamente lo que otros han intentado plasmar en la ficción, como, por ejemplo, Santiago Roncagliolo en su fallida novela “Y líbranos del mal” (Editorial Planeta, 2021). Nos hallamos, pues, ante un libro indispensable para entender ese fenómeno perverso de fachada angelical conocido como Sodalicio de Vida Cristiana.

Tags:

La jaula invisible, Martín López de Romaña, Sodalicio

A solo unos cuantos metros del Partenón, en el Odeón de Herodes Ático, ubicado en la milenaria Acrópolis (Atenas, Grecia), se producirá, este miércoles 4 de agosto, uno de los acontecimientos musicales más importantes del mundo post-pandemia: Brian Eno (73), que en algún momento fuera catalogado como el artista británico más importante después de los Beatles -en términos de influencia y papel determinante para el desarrollo de la música popular contemporánea- presentará en vivo el álbum Mixing colours, grabado y publicado el año pasado, en medio de la crisis mundial del Coronavirus, en conjunto con su hermano menor Roger (62). Esta será la primera vez que los Eno saldrán juntos a un escenario. Y lo harán como parte de un prestigioso festival que se realiza desde hace 65 años en la capital helénica.

Se trata del Epidaurus Festival (también conocido como Festival de Atenas), un monumental evento que, entre mayo y octubre, presenta lo mejor de las artes escénicas griegas (teatro, cine, danza, música e instalaciones audiovisuales) y que tendrá a los hermanos Eno como la principal atracción internacional en su primera edición desde que se cancelaran todos los conciertos y espectáculos masivos, en marzo del 2020. El álbum, editado por el prestigioso sello alemán de música clásica Deutsche Grammophon, contiene 18 plácidas composiciones en las que el piano de Roger y los paisajes electrónicos de Brian se unen de forma sublime y sutil, para llenar los espacios que el COVID-19 dejó mudos y vacíos durante todo este tiempo.

Mixing colours -y su EP complementario, Luminous- fue uno de los lanzamientos más comentados del 2020, ya que se trataba de la primera colaboración formal de estos artistas, activos desde hace más de cuatro décadas. Como saben los conocedores de la copiosa obra musical del prestigioso productor -uno de los primeros en acuñar el término «no músico» para autodefinir su propuesta, ajena al ritmo y más enfocada en la generación de sensaciones a partir de sonidos puros, etéreos-, Brian Eno y su hermano Roger han coincidido en estudios de grabación muchas veces, pero no firmaban un álbum juntos desde aquella alucinante alegoría basada en la llegada del hombre a la Luna. Apollo: Atmospheres and Soundtracks –en el que también participó el multi-instrumentista y productor canadiense Daniel Lanois, colaborador cercano de Eno-, apareció en 1983. En Mixing colours, proyecto que tardó 15 años en concretarse, se plasma un resumen de sus exploraciones que van de lo acústico y espiritual a las simulaciones a través de secuencias, loops, efectos y brisas electrónicas.

El álbum que será tocado frente al ancestral Templo de Atenea ya había sido noticia el año pasado en la escena artística global –que no incluye, por supuesto, a esta comarca donde solo hablamos de farándulas ramplonas y simplones personajes de poca monta que son aplaudidos en los programas de entretenimiento y realities locales (como Yo Soy, Esto es Guerra y afines). Como parte de su estrategia promocional, Deutsche Grammophon convocó a un concurso para que videastas de todo el mundo presentaran trabajos audiovisuales inspirados en el disco, mostrando los efectos del aislamiento, la incertidumbre y las nuevas formas de vivir impuestas por el COVID-19. Participaron más de 1,800 cortos, básicamente de Europa, Estados Unidos y Japón. El comité organizador escogió, en conjunto con los Eno, a 200 finalistas, los cuales se proyectaron, entre febrero y marzo de este 2021, en una instalación al aire libre en la Plaza Jerry Moss del complejo The Music Center de Los Angeles, titulada A quiet scene. Quienes tuvieron la oportunidad de ver la exhibición quedaron maravillados con esta apuesta de arte participativo generado a partir de la coyuntura sanitaria que afecta al mundo entero.

Desde 1975, Brian Eno usó el término «ambient music» para describir su novedosa incursión en el minimalismo sonoro, un quiebre absoluto a lo que había hecho el inquieto multi-instrumentista y productor, hasta entonces asociado al glam-rock de Roxy Music (entre 1970 y 1973) y sus tres primeros lanzamientos como solista. Un dato poco conocido de aquellos inicios: en agosto de 1974, ocho meses después de publicar su debut en solitario, Here come the warm jets, Eno colaboró con la banda progresiva Genesis, durante las grabaciones de The lamb lies down on Broadway. En los créditos originales de ese LP se mencionan unos tratamientos de estudio o “enossifications” para las canciones In the cage y The grand parade of lifeless packaging. Cuando Peter Gabriel le preguntó cómo podían devolverle el favor, Eno le dijo que necesitaba un baterista, razón por la cual Phil Collins trabajó en sus dos siguientes álbumes, Taking Tiger Mountain by strategy (1974) y Another green world (1975), en los que comenzó a dar señales de su futuro rol en el desarrollo de la música electrónica y experimental pero más asociada a las texturas y sensaciones que a los patrones rítmicos y melódicos convencionales.

A partir de entonces, Eno se convirtió en el principal referente de la creación de atmósferas volátiles y casi fantasmales, un cruce entre los vuelos sintetizados de Tangerine Dream y los tranquilizantes paisajes de piano de Erik Satie o Phillip Glass, con álbumes como Discreet music (1975), Music for airports y Music for films (1978), hoy considerados clásicos absolutos de la onda ambient. Luego se convirtió en toda una celebridad del universo pop-rock: sus colaboraciones con Kevin Ayers, David Bowie -en la famosa “trilogía berlinesa” conformada por los álbumes Low, “Heroes” (1977) y Lodger (1980)-, Robert Fripp, Talking Heads y U2 -en afamados discos como The Joshua tree (1987), Achtung baby (1991) o Zooropa (1993), entre otros- como instrumentista, productor e instigador de arriesgadas y novedosas combinaciones de ritmos y efectos de estudio, tuvieron rotunda aceptación tanto en la crítica especializada como en los públicos compradores de discos y asistentes a conciertos. Si un álbum, del género que fuese, contaba con la participación de Brian Eno, tenía asegurada una espalda ancha de credibilidad artística. Hasta un grupo argentino de techno-pop convencional, The Sacados, lo menciona en una de las canciones más conocidas de 1991, Hablándole a la pared (¿se acuerdan? “… tus gustos y los míos no tienen nada que ver/yo escucho a Brian Eno y vos bailás con los Sacados/y lo que más te conmueve es la letra… ¡de Emmanuel!…”)

Una de sus colaboraciones más celebradas fue el proyecto Passengers, al lado de sus amigos de U2. Original Soundtracks 1 –el único CD que lanzaron bajo ese nombre- apareció en 1995 y produjo un exitoso single, una emotiva canción basada en el concurso de belleza de 1993 en Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, que se llevó a cabo en un sótano para evitar el fuego de francotiradores serbios durante los cruentos conflictos entre estos países, tras la disolución de Yugoslavia. Miss Sarajevo, con la participación especial del tenor italiano Luciano Pavarotti, se estrenó en vivo en uno de los megaconciertos que la recordada estrella de la ópera realizó bajo el nombre Pavarotti & Friends, dedicado “a los niños de Bosnia”. Aquella fue una de las raras apariciones en vivo de Brian Eno, junto a Pavarotti, The Edge y Bono, generando las melancólicas atmósferas del tema desde una computadora. De ahí en adelante, su trabajo se fue diversificando, siempre en el espectro electrónico y ambiental, de la mano con la evolución tecnológica para la manipulación de sonidos y lanzando interesantes proyectos multimedia para exhibiciones de artes plásticas y audiovisuales de todo tipo.

Por su parte, Roger Eno tuvo siempre un perfil más bajo, con producciones instrumentales de música minimalista, posmoderna, que servían como bandas sonoras para películas y documentales. Sus álbumes transitan el ambient, lo incidental y lo clásico. Su trabajo con el colectivo italiano Harmonia Ensemble -no confundir con los alemanes Harmonia ’76, con los que Brian trabajó ampliamente en Berlín- es muy interesante, en especial títulos como In a room (1993) y Harmonia/Eno meets Zappa (1994). Más de veinte títulos de música incidental de alto calibre avalan su propia trayectoria, desarrollada al margen del renombre de su hermano.

Mixing colours es un disco que relaja, que mece. Como dijo el mismo Brian Eno para describir aquella joya llamada Music for airports, se trata de música «prescindible y, a la vez, interesante». Escuchar estas olas de acariciantes notas inducen a la relajación profunda, a un estado de trance que consigue ese efecto sedante y casi inasible, ingrávido. Canciones como Celeste, Verdigris o Slow movement: Sand están ahí, suenan, pero pasan desapercibidas (Vean los videos, son geniales). Como el aire que respiramos, que nos permite vivir a pesar de que no podamos verlo. La velada de este miércoles en el festival ateniense hará que la magia de los hermanos Eno se eleve desde uno de los sitios fundacionales de la civilización occidental, en una conjunción de modernidad, historia y arte audiovisual que cobra especial relevancia como símbolo de desolación, pero también de esperanza, de lucha por la vida, demostraciones de fe y solidaridad que estamos viviendo a causa de la pandemia.

Tags:

Brian Eno, Mixing colours, Roger Eno

El Congreso no puede darle la confianza a un gabinete presidido por un sujeto como Guido Bellido, más que por cerronista furibundo, por su ambigüedad respecto de un tema tan sensible para el grueso del país, como es el terrorismo senderista y sus vinculaciones con el caso delictivo de Los dinámicos del centro.

Todo apunta a que sea una provocación premeditada de parte de Castillo para propiciar una primera negatoria de confianza que se tumbaría a su primer gabinete, y que así solo le restaría otra para provocar la disolución del Legislativo, llamar a nuevas elecciones congresales y allí aspirar a lograr la mayoría que hoy le falta para sus propósitos constitucionales.

Quizás, es probable que haya cierta inteligencia política detrás de la inesperada designación de alguien como Guido Bellido en el inaugural Premierato del nuevo gobierno. Puede ser solo torpeza, puede ser también sujeción a Vladimir Cerrón. Y simplemente (valga el término) eso, y que no haya una estrategia política maliciosa detrás.

Pero aún así, el Congreso, mayoritariamente de centroderecha, debe estar advertido y no permitir que Castillo haga lo que le venga en gana desde el poder. Ya los morados y Somos Perú han tomado distancia del régimen por esta decisión. Con ellos, se suman 87 votos en el Parlamento, los suficientes para vacar por incapacidad a Pedro Castillo.

Si luego de la negatoria de confianza a Bellido, Castillo insiste en nombrar a alguien del mismo perfil (Nájar, por ejemplo) o hace cuestión de confianza de algún proyecto de ley o del intento de reforma constitucional, el Congreso ya estará avisado de que la intención es villana y deberá anticiparse, proceder a vacar a Castillo, de inmediato a Dina Boluarte y dar pase a que asuma temporalmente la presidenta del Congreso y convoque a nuevas elecciones generales, con Castillo inhabilitado.

Si el Presidente, en abierto desacato del mandato popular y de la realidad política, cree que puede hacer y deshacer desde su cargo, pues tendrá que recibir el golpe político que se merece. Se va a generar zozobra e incertidumbre mientras dure el proceso, pero esa situación será infinitamente mejor que la que supondría agachar la cabeza ante alguien que no demuestra en sus primeros pasos tener las credenciales políticas y morales para ejercer la primera autoridad del país.

Se vienen tiempos difíciles para la República. Castillo pudo entender que podía hacer un gobierno de izquierda, que con legítimo derecho cambiase la política económica y refundase el Estado ineficaz que hemos sufrido, pero al parecer, imbuido de una lógica radical y de confrontación, cree que puede llevar al país hacia el abismo. Eso no se le puede permitir.

Tags:

Dina Boluarte, Guido bellido, Pedro Castillo

Hay ocasiones en las que la fotografía tiene un valor social y documental incalculable. Sus imágenes tienen la virtud de narrar sin palabras, de explicar sin teorías, de revelar sin exagerar el artificio. El Perú cuenta con una gran tradición de fotografía que va en esta dirección. Baste mencionar, por ahora, antecedentes cruciales como los de los artistas cusqueño Martín Chambi (1891-1973), Eulogio Nishiyama (1920-1996) o el arequipeño Guillermo Montesinos (1877-1925), que registraron a través del lente parte del vasto universo sociocultural del sur andino del Perú.

Acercándonos un poco más a la experiencia contemporánea, no se puede soslayar el aporte valioso de Tafos (Taller de Fotografía Social), surgido en 1986 a partir de talleres de fotografía impartidos en Ocongate (Cusco) y El Agustino, en Lima. Tafos, fundado por los alemanes Thomas y Helga Müller, se convertiría muy pronto en un referente de la fotografía de carácter social y sus alcances metodológicos y conceptuales, que iban desde ser una herramienta de la antropología urbana hasta configurar una escuela etnofotográfica. Un enorme archivo de 150 mil negativos es el testimonio de un proyecto que logró crear núcleos de fotógrafos por muchas partes del país.

Podría seguir mencionando otros hitos, pero eso me distraería de la razón por la que escribo estas líneas, que es poner de relieve la aparición de un reciente libro que enlaza crónicas e imágenes en torno a uno de los episodios más interesantes de nuestra historia última: la conversión de la Plaza de Acho, epicentro de la actividad taurina nacional, en la sede de un albergue para quienes se cuentan, seguramente, entre los pobladores más vulnerables de la ciudad. Me refiero a Casa de todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho, con textos de Luis Cáceres y Carlos Fuller, y fotografías de Franz Krajnik y José Vidal.

Como se recuerda, al inicio de la pandemia y el confinamiento obligatorio, la Beneficencia Pública de Lima y la Municipalidad de Lima deciden convertir Acho en un albergue temporal para que quienes carecían de un hogar al menos tuvieran temporalmente cobijo, alimento y salud. El resultado no se hizo esperar. Este lugar es sin duda una metáfora de la empatía y una muestra de que el humanitarismo nunca puede ser una tarea inútil.

Las crónicas de Cáceres y Fuller tienen una potencia conmovedora. Navegan entre el tono testimonial, el registro biográfico y la plasmación del habla de sus personajes. Indigentes, abandonados, olvidados, estos seres humanos han vuelto a la vida y en sus palabras, cálidas y sencillas, hay varias cosas en común: la tortura interior, la gratitud, la reflexión, el amor por la vida. Se trata de personas que creían haber perdido la esperanza y han asistido, poco a poco, al milagro de su recuperación, al prodigio de saber que la palabra dignidad podía tener un sentido más pleno.

Las fotografías de Krajnik y Vidal no complementan, son discurso en sí mismo. La imagen también nos comunica y nos instala en este universo de personas desoladas, cuya reconciliación con la vida parecía algo imposible de lograr. Imágenes que se mueven en clave realista, pero no descuidan la expresión. Krajnik y Vidal construyen un fresco en el que arte y miseria, arte y soledad, arte y pobreza se reconcilian y nos devuelven este esperanzado abrazo en el que los sin hogar, los sin voz y los sin rostro nos recuerdan que por algo hay que combatir la desigualdad y la pobreza, porque se trata de dos cosas que ofenden profundamente a la vida. Mención aparte para una bella y muy cuidada edición.

Casa de todos. Rostros de la calle en la Plaza de Acho. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Ciencias Aplicadas (UPC), 2021.

Si tomamos como referencia los temores que un sector de la derecha tenía respecto de la inminencia de un discurso radical, estatizante, expropiador y autoritario, el mensaje presidencial suena a lecho de rosas y a moderación económica y política.

Pero si descartamos las paranoias imberbes de nuestra poco ilustrada derecha nacional, lo cierto es que, más allá de las empáticas invocaciones históricas de arranque del discurso, que resuenan positivamente o deberían hacerlo en esta fecha bicentenaria, hemos asistido a una puesta en escena que no augura buenos tiempos para el país.

En materia económica, anuncios como los de retomar la actividad empresarial absoluta de Petroperú, otorgarle al Banco de la Nación función competitiva en el sector financiero o meter al Estado como socio -inclusive mayoritario- en proyectos de inversión minera, etc., no es una buena noticia, ni siquiera desde el punto de vista de una política económica de izquierda moderna. Son antiguallas ideológicas que solo traerán ineficiencia, corrupción y resultados contraproducentes.

Lo más grave, sin embargo, es su terca insistencia en la Asamblea Constituyente, con la cual, obviamente, sí pretende transformar por completo el modelo económico y convertirlo en un esquema estatista y controlista (si no, ¿para qué lo quiere cambiar?).

Al menos reculó en la idea original de ir por el camino del referéndum directo, lo cual hubiera sido un manotazo anticonstitucional, y ha decidido ir por el Congreso, como corresponde, pero hay que estar alertas respecto de la estrategia gubernativa para lograr su cometido.

¿Se va a quedar satisfecho Castillo con presentar una propuesta de reforma constitucional del artículo 206, someterla al Congreso y aceptar democráticamente dicha decisión, así sea contraria a sus deseos? El Legislativo seguramente le dirá que no es viable y ni siquiera obtendrá los 66 votos que necesitaría para luego ir a un referéndum que consolide la reforma. ¿Allí quedará la cosa?

Si así fuera, santo y bueno. El Primer Mandatario podrá decir que lo intentó y que no pudo, y se dedicará a gobernar con medianía nuestra economía y ojalá con eficiencia los sectores Salud y Educación, que son sobre los que más expectativa ciudadana hay (esperemos que el gabinete entrante esté a la altura de ese desafío).

Pero todo este esquema saltaría por los aires si Castillo, por ejemplo, decide hacer cuestión de confianza respecto del proyecto de reforma, provocando una colisión de poderes que podría llevar a la disolución del Congreso y estrenar un periodo de absoluta incertidumbre.

Las bancadas de centroderecha democráticas deberían saber, en esa perspectiva, a qué atenerse. Lo primero, no votar la propuesta y consultar al Tribunal Constitucional si procede esa cuestión de confianza sobre una reforma de la Carta Magna. Si el TC lo permitiese, pues igual votar a conciencia y rechazar semejante empotrada política, aún a riesgo de perder la curul y propiciar una nueva elección congresal.

Y de darse el caso, en esos comicios corresponderá nuevamente dar la batalla política. Todo lo que sea necesario se deberá hacer para impedir que el actual gobierno nos lleve a la deriva estatista y autoritaria que tantos ejemplos funestos tiene en la región y cuya posibilidad pende como una espada de Damocles sobre el país mientras Castillo no renuncie a la peregrina idea de refundar constitucionalmente la República.

Ayer hemos celebrado doscientos años de una puesta en escena que aún hoy no termina. Han cambiado los personajes, las imposturas, los ritos y los símbolos pero aquella base colonial, excluyente, discriminadora y racista sobre la que se construyó nuestra república sigue -pese a algunos pequeños avances- incólume. Se podría decir que son doscientos años de una farsa. Nunca pudimos lograr que los vasallos se vieran como ciudadanos con derechos y deberes. Hicimos de nuestra sociedad un lugar donde el privilegio, el color de piel y el prejuicio y no la capacidad, el talento, el trabajo o la inteligencia sean el criterio para distinguir a las personas.

Como un rezago de la época colonial el estado republicano se estableció en una sociedad en la que no existía vida pública ni ciudadanos. Fracasado el proyecto de una monarquía constitucional, las ideas republicanas entusiasmaron a la élite intelectual, pero no encontraron fuerzas sociales en condiciones de llevarlas a cabo. La República no supo acabar con la sociedad estamental de la colonia. Abolieron los títulos, pero paradójicamente el resultado no fue la democratización, sino que se plebeyizó al régimen jerárquico preexistente. El Perú mantuvo hasta 1854 -en plena República- la esclavitud y el tributo indígena y fue recién en 1980 que se permitió el voto universal.

Aquí radicaría uno de nuestros principales obstáculos para un proyecto común como nación. El Estado criollo, ayer como hoy, siempre que sintió amenazados sus intereses recurrió a la fuerza, la represión y la dictadura como modo de instaurar un orden, entendido como el mantenimiento de ciertos valores por ellos mismos consagrados. El nexo entre autoritarismo y democracia fue el militarismo. Con un ejército pocas veces participando de batallas con extranjeros y en las pocas que lo hizo perdió. No era de extrañar que su principal objetivo no fuera otro ejército extranjero, sino Palacio de Gobierno.

Paternalismo y violencia crean lealtades verticales de subsistencia que no pueden producir una sociedad igualitarista ni autonomía en los ciudadanos. Los conflictos sociales y políticos se convierten en disputas entre señores y sus séquitos que conforman grupos de clientela de carácter grupal, heredados de una sociedad colonial fragmentada, en la que resultaba demasiado difícil articular intereses y producir un proyecto colectivo.

Esto se traduce en la imposibilidad de crear ciudadanos autónomos y respetuosos de la ley. El igualitarismo típico de las sociedades modernas se torna una quimera, o mejor aún, en una ficción. Entonces no es tanto la mentalidad despótica de una élite política lo que origina nuestra “tradición autoritaria” a lo largo de la historia, sino el sentido común que la sostiene y reproduce en la vida cotidiana, desde la familia y la escuela hasta las relaciones laborales y jurídicas. Esto crea un tipo de relación moral en la que actos tan cruentos como la tortura, la violencia familiar o el feminicidio pasan completamente desapercibidos entre nosotros.

La nuestra se constituye en una sociedad de la desconfianza donde el manejo de los símbolos es muy difícil, nos hemos acostumbrado a que la gente aplauda y a la vez dude del que le habla. Buscamos esperanza y también al culpable. Esto pese a los muchos intentos por parte del Estado por construir una identidad nacional, ha fracasado, pues siempre se hizo desde arriba y como una imposición. Los peruanos aprendimos a de decir que sí cuando es no, como un modo de resistir el avasallamiento de los dominadores.

En una perturbadora novela Guillermo Thorndike hace reflexionar a uno de sus personajes principales; “Carecemos de identidad histórica, hemos traicionado nuestra antigua lengua, nos hemos olvidado de los dioses propios y hemos adoptado divinidades ajenas no siempre de la manera más honesta. Nos damos golpes en el pecho, cumplimos con las formalidades y después hacemos lo que nos da la gana. Hemos delimitado claramente los compartimentos estancos de la vida: mi amor por la mujer en la persona de mi madre, a la cual respeto, pero todas las demás son utilizadas, maltratadas, Unas putas. Mi amor por la madre de mis hijos pero traición a mi esposa. Mi respeto al padre, al Señor Morado: un día de procesión y trescientos sesenta y cuatro de corrupción.” En suma somos y nos somos.

Mantenemos un discurso que sea aceptado para evitar el rechazo, pero es siempre difícil saber exactamente qué piensa un peruano. Históricamente la élite nunca buscó una sociedad libertaria e igualitarista, sino mantener el orden autoritario y estamental que soportaba a la sociedad colonial. La disputa misma sobre la independencia fue un asunto de criollos interesados más en sus propios beneficios que en los de la comunidad. Recordemos, sino, a la aristocracia limeña financiando a los realistas incluso una semana antes de la llegada del ejército libertador a Lima.

Tenemos un tipo de moral que no respeta al Otro como alguien diferente, sino que genera relaciones de poder autoritario en las que no todos somos iguales. Ante delitos atroces sus perpetradores piden impunidad o nunca son castigados. Dentro de esta mentalidad hay vidas que son prescindibles en el Perú. Una muestra de ello ha sido la barbarie senderista que costó al Perú la vida de casi 80 mil peruanos, o el manejo infame de la pandemia por parte de Martín Vizcarra que a punta de frivolidad, corrupción y un alto sentido de la traición produjo la muerte de más de 100 mil compatriotas.

Cabe preguntarse entonces por las fuentes de esta profunda insensibilidad ética que nos ha llevado a tanto horror en estos doscientos años. La violencia, el autoritarismo y la corrupción que nuestra sociedad encarna, debemos buscarlos en nuestras tradiciones simbólicas y ampliamente socializadas como resultado de un largo proceso de constitución de categorías conceptuales. Hace falta todavía una fenomenología de nuestro mundo moral que nos muestre lo que somos y nos permita explicar por qué somos de esa manera.

x