Opinión

El Congreso de la República ha tenido una de las jornadas más vergonzosas de las últimas décadas al otorgarle ampliamente la confianza al que debe ser el peor gabinete ministerial presentado jamás ante el Legislativo.

Ya después de la jornada de ayer, mejor que se elimine la cuestión de confianza y se la den automáticamente al Ejecutivo. Porque si no interesa la calidad moral y profesional de los ministros, si no es relevante la solvencia programática del consejo ministerial, entonces mejor que se descarte ese filtro democrático.

La claudicación del centro político (Alianza para el Progreso, Acción Popular, Podemos y Somos Perú), desplegada supuestamente en aras de la gobernabilidad, va a traer consecuencias negativas para ella, al abrirle la puerta al desmán ideológico que ha supuesto que el presidente Castillo elija el gabinete que finalmente ha elegido y al cual, a pesar de las múltiples y probadas denuncias, se ha aferrado.

Si alguno de los claudicantes cree que su voto amainará las fuerzas radicales que anidan en el gobierno y que, por ende, atemperará su objetivo final de refundar constitucionalmente la República, al antojo de la ideología maximalista de Cerrón, se equivoca groseramente.

Veremos los pasos siguientes. Se ha anunciado la interpelación individual de los ministros impresentables. Si AP, APP, Podemos y Somos Perú le vuelven a conceder la gracia de sus votos a tales ministros, ya implicará no un cálculo político o la desenvoltura de una estrategia light de contención, sino una deleznable concesión que permitirá sospechar que seguramente hay detrás algún beneficio colectivo o particular a favor de tales agrupaciones o de sus líderes y sus intereses empresariales.

Mientras el gobierno, en boca de Castillo, no anuncie que se ceñirá a la autónoma decisión congresal respecto del intento de reforma del artículo 206 de la Constitución -que tiene la intención de permitirle al Ejecutivo la convocatoria a un referéndum que lo faculte a llamar a una Asamblea Constituyente- y que no hará cuestión de confianza por ese proyecto de reforma, el gobierno seguirá siendo un potencial peligro antidemocrático.

Y si eso se plasma, como todo lo hace suponer, entonces los centristas claudicantes que ayer le han dado graciosamente su respaldo al gabinete Bellido, tendrán que responderle al país por su ignominia política y su irresponsabilidad. Ayer, la gobernabilidad democrática del país ha perdido una batalla.

El P. Wolfgang Rothe, vicario parroquial en la zona de Múnich conocida como Perlach, además de tener un doctorado en teología y otro en derecho canónico, es un especialista en whisky, habiendo vertido sus conocimientos al respecto en ponencias y artículos en revistas especializadas, así como en programas de radio y televisión. No sólo le gusta degustar, con moderación por cierto, esta bebida espirituosa sino que también sabe relacionarla con temas culturales y espirituales. Además de haber publicado algunos libros sobre el tema, entre ellos “Agua de la vida: Introducción a la espiritualidad del whisky” (“Wasser des Lebens: Einführung in die Spiritualität des Whiskys”, Editions Sankt Ottilien, Sankt Ottilien 2018), también ha organizado peregrinaciones a Escocia, donde los participantes pueden visitar lugares importantes para la cultura del whisky y para la tradición espiritual cristiana.

En septiembre saldrá a la venta un nuevo libro del llamado “vicario del whisky”, que esta vez poco tiene que ver con el licor escocés, sino más bien con otro tema candente de actualidad: el abuso sexual en la Iglesia católica. El título: “Iglesia abusada: Un ajuste de cuentas con la moral sexual católica y sus defensores” (“Missbrauchte Kirche: Eine Abrechnung mit der katholischen Sexualmoral und ihren Verfechtern”, Droemer, München 2021). Puede parecer extraño que un clérigo católico publique un libro crítico sobre la Iglesia en relación a los abusos. Pero en este caso existe una razón de peso. El mismo P. Rothe fue víctima de abuso ya siendo sacerdote, y como ocurre con la mayoría de las víctimas, mantuvo silencio al respecto durante más de una década.

Resulta que en febrero de 2019 estaba viendo un programa de televisión donde Doris Reisinger (Wagner de soltera), una ex monja de la comunidad religiosa austríaca “Das Werk” (“La Obra”) quien había sido sometida sexualmente por un un sacerdote, mantenía un diálogo con el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena. Reisinger le decía al cardenal que durante años nadie le había creído cuando había relatado los abusos espirituales y sexuales que había sufrido en la comunidad. Le pregunta a Schönborn si él le cree. «Yo sí le creo», fue la respuesta del prelado. Cuando el P. Rothe escuchó eso, algo hizo clic en su interior. A él le había ocurrido algo semejante. El obispo emérito de la localidad austríaca de St. Pölten, Klaus Küng, había abusado sexualmente de él en el año 2004. Y durante unos 15 años había reprimido el recuerdo de esa experiencia, porque nadie le hubiera creído. Había llegado el momento de hablar, de modo que redactó una carta de diez páginas detallando todo lo que le había sucedido entonces y se la envío al cardenal Schönborn.

En 2004 ya había estallado el escándalo del seminario diocesano de St. Pölten, del cual el P. Rothe era vicerrector. En el año 2003 la policía había encontrado en los discos duros de las computadoras unas 40 mil imágenes de contenido sexual comprometedor, que incluían pornografía infantil, zoofilia e incluso fotos de seminaristas en situaciones comprometedoras. Incluso se difundió una imagen del mismo P. Rothe, en el cual parecía estar dándole un beso en la boca a un seminarista, lo cual el clérigo ha negado, indicando que no hubo nada de eso y que se trata de un malentendido debido al ángulo desde el cual fue tomada la foto. Sin duda alguna, esta interpretación es posible. A esto se suman las prácticas homosexuales, fiestas gay y romances entre seminaristas, algunos de los cuales también habrían acosado a niños en las parroquias circundantes. El obispo Kurt Krenn, miembro del Opus Dei, se vio obligado a renunciar y el cierre del seminario era inminente.

El sucesor de Krenn, el obispo Klaus Küng —quien fue primero nombrado visitador apostólico de la diócesis—, cita el 6 de diciembre de 2004 al P. Rothe a la residencia episcopal para anunciarle que quedaba relevado de todos sus cargos y que debía tomarse un tiempo de descanso. El sacerdote, descompuesto por la situación y temiendo por su reputación, sufre un desvanecimiento. El obispo, que había estudiado medicina para no tenía licencia para ejercer, le da una pastilla tranquilizante. Más tarde, de regreso en su habitación, el P. Rothe se toma una copa grande de vino tinto, sale al balcón de su departamento ubicado en la planta alta y cae desde lo alto. Afortunadamente, sólo se rompe una mano. Pero el análisis de sangre que le hacen en la clínica revela un dato inquietante: le había sido suministrado benzodiazepina, un psicofármaco.

¿Qué es lo que había sucedido como para que decidiera beber una buena cantidad de vino después de la visita al obispo? Había sido para vencer su asco y repugnancia ante hechos que durante 15 años se resistió a denunciar. El obispo Küng, sentado junto a él en el sofá, lo había acariciado, no en los genitales pero si en partes del cuerpo donde nadie desearía que lo toquen contra su voluntad. A pesar de estar sedado, el P. Rothe logró sustraerse al manoseo episcopal, pero era tal la vergüenza que le había sobrevenido, que calló el incidente. Y mantuvo ese silencio durante más de una década, hasta el momento en que decidió enviar la carta con su testimonio al cardenal Schönborn, quien meses después la remitiría a Roma para iniciar un proceso canónico.

Antes de que eso ocurriera, el P. Rothe ya había presentado una denuncia ante las autoridades civiles. En abril fue interrogado por la Policía Criminal de Múnich, posteriormente por la policía austríaca. Penalmente no se logró esclarecer la imputación contra el obispo Küng, dado que no había pruebas ni testigos de lo que había ocurrido en la residencia episcopal sino solamente palabra contra palabra, y en mayo de 2019 la fiscalía de St. Pölten archivó el proceso por prescripción del delito.

El 14 de septiembre de 2020 la diócesis de St. Pölten, ahora a cargo del obispo Alois Schwarz, emite un comunicado de prensa informando que el sacerdote Wolfgang Rothe había acusado al obispo emérito Klaus Küng de abuso sexual. El Vaticano había archivado el proceso, concluyendo que la acusación era infundada. «Para el obispo Küng, quien siempre rechazó los cargos de la manera más enérgica, con esta decisión de Roma el caso queda resuelto», concluye el comunicado.

Lo que no dice el texto es que en abril de 2020 el obispo Schwarz ya le había informado por carta al P. Rothe sobre la decisión vaticana, amonestándolo canónicamente con la advertencia de no mantener o difundir sus acusaciones en el ámbito público, bajo pena de ulteriores sanciones. Se debe tener en cuenta que este tipo de amonestación suele ser el paso previo a una suspensión.

El incidente sexual no fue el único de que fue víctima el P. Rothe después del accidente del balcón. Él mismo cuenta que se le aisló durante meses en un convento . Por indicación del obispo Küng, se le ordenó someterse a un test psiquiátrico-psicológico para determinar si era maricón, el cual ha sido considerado como “inequívocamente discriminatorio” y “atroz” por el psiquiatra forense Norbert Leygraf, consultado por el “Süddeutsche Zeitung”, uno de los diarios más importantes de Alemania. El obispo habría intentado de esta manera tener argumentos para cuestionar su idoneidad para el trabajo pastoral, especialmente con niños y jóvenes. Además, lo habría presionado a fin de que renuncie al sacerdocio e incluso habría buscado que se le reduzca al estado laical. La caída del balcón habría sido interpretada como un intento de suicidio, lo cual lo habría hecho no apto para seguir ejerciendo el sacerdocio, considerando que el derecho canónico establece que un intento de suicidio incapacita al candidato para recibir las órdenes sacerdotales. El obispo Küng también fracasaría en sus intentos de que el P. Rothe fuera trasladado a Rumanía.

Tras la archivación del proceso canónico y la amonestación recibida, el P. Rothe se sentía en un callejón sin salida. En julio de 2020 el periodista Bernd Kastner del “Süddeutsche Zeitung” toma contacto con él, tras conocerse el caso a través de medios periodísticos austríacos, sin ninguna participación del P. Rothe. Esta vez se le pudo convencer de que era conveniente que contara él mismo su historia a la prensa, y no de manera anónima como quería en un principio, sino con nombres y apellidos. Los dos artículos sobre su caso serían publicados en enero de 2021 en el “Süddeutsche Zeitung”.

El P. Rothe cree que ésta ha sido la decisión correcta. Ninguna autoridad eclesiástica se ha manifestado, ya sea para decirle que creen en su palabra, ya sea para sancionarlo. Romper el código del silencio ha sido para él la única manera de protegerse de los abusos de autoridad. «Hay situaciones en la vida en la que hay poner todo sobre el platillo de la balanza». Y esto es lo que ha hecho al publicar un libro donde no sólo relata su caso sino cuestiona una moral sexual que genera las condiciones para que los abusos se repitan una y otra vez en la Iglesia católica.

Iba en un taxi, el martes pasado, pensando sobre qué escribir para mi columna de hoy, cuando recibí la noticia. Primero fue un mensaje por messenger, luego en el Facebook y grupos de WhatsApp. Por un par de minutos, la posibilidad de que fuera uno de esos «fakes» -como el que anunció, hace una semana, la muerte del charro mexicano Vicente Fernández- me entretuvo revisando fuentes. Infobae, The Guardian, Ultimate Classic Rock, TMZ, The New York Times, CNN, BBC. Ya no hay dudas. Charlie Watts, el inamovible baterista de los Rolling Stones, falleció esa tarde en un hospital de Londres, dos meses después de haber cumplido 80 años.

Su salud ya estaba quebrada, al punto que se había anunciado su no participación en No filter, la gira que traerá de vuelta a esta pandilla de viejos zorros, la primera vez que no subiría al escenario, en casi sesenta años, como integrante de la banda de rock más longeva de la historia -la noticia fue difundida en Twitter por Andrew Loog Oldham (77), amigo y productor del quinteto en sus años más rebeldes. La explicación no ahondaba en detalles, solo mencionaba que el legendario baterista iba a ser sometido a un procedimiento quirúrgico. De hecho, los resultados de aquella operación habían sido positivos, según pudo conocerse. El comunicado oficial de los Stones, en el que informan sobre esta lamentable pérdida, es también escueto y no ofrece pormenores de las causas del deceso. En cambio, muestra profundo cariño y admiración por el compañero caído y pide respeto a la privacidad de sus familiares y amigos.

«Es un día triste para el rock and roll» dijo el músico, productor y personaje de redes sociales Rick Beato, conocido entre músicos y melómanos por sus videos de YouTube en los que decodifica el lenguaje musical. Entre los acordes de Brown sugar (1971), Angie (1973) y Can’t you hear me knocking (1971), el norteamericano rindió homenaje, a su estilo, al motor de este grupo británico que lideró, junto a los Beatles, la escena rockera en sus primeros años. El ritmo sólido y contenido, los redobles colocados con precisión entre las rugosas guitarras, el hábil manejo del hi-hat, la química con Bill Wyman, descritos en 13 minutos cargados de duelo rockero. Keith Richards declaró alguna vez que Watts era «el cuarto de máquinas» de los Rolling Stones. Mick Jagger, durante los febriles y alcoholizados años ochenta, lo llamó «su baterista». Y recibió por respuesta un puñetazo y una aclaración: «Jamás vuelvas a llamarme tu baterista. ¡Tú eres mi cantante!». Aunque siempre declaró no sentirse orgulloso de aquella reacción, el buen Charlie se dio el gusto de poner en su sitio a uno de los cantantes de rock más temidos por su carácter irascible y engreído.

Presente en los Rolling Stones desde el día 1 de su formación -y en los más de sesenta discos que publicaron entre 1963 y 2016-, Charlie Watts mantuvo siempre su perfil bajo, casi invisible si lo comparamos con la extravagante personalidad de los «Glimmer Twins», como se les conocía a Jagger y Richards. Aun cuando muchos consideraban que Bill Wyman era «el tranquilo» -de hecho, un interesante documental sobre el bajista se llama, precisamente, The quiet one (Oliver Murray, 2019)-, este título representa mucho mejor a Watts. A pesar de que pasó también por oscuros lapsos de adicción durante los ochenta (la época del puñetazo a «su cantante»), la vida del baterista fue, en medio de la vorágine de los estudios de grabación y las permanentes giras alrededor del mundo, bastante tranquila: ningún escándalo mediático, ningún ingreso a prisión, un solo matrimonio, una sola hija, no groupies. De hecho, los periódicos ingleses de los años setenta no pensaban en el atildado baterista y diseñador gráfico cuando les preguntaban a las madres de entonces, en sus titulares, si «dejarían a sus hijas escaparse con un Rolling Stone».

Convertidos en íconos del rock y asociados al arte y la cultura de toda una época, los Rolling Stones han sido retratados en libros y documentales de toda clase. Cineastas como Jean-Luc Godard y Martin Scorsese registraron sus movimientos, gestos y procesos creativos, en distintas etapas. El primero en One plus one, desde un punto de vista vanguardista y en el contexto de la lucha por derechos civiles y las protestas estudiantiles, mientras la banda grababa su noveno álbum Beggars banquet (1968), que contiene el clásico Sympathy for the devil, como también se conoció al film; y el segundo en Shine a light (2008), para mostrarnos a la banda en pleno concierto, desde ángulos nunca antes vistos. Watts, de mirada adormecida y sonrisa socarrona, fue testigo y protagonista de una de las sagas más interesantes y desenfrenadas de la música popular contemporánea.

El toque de Charlie Watts es directo, de tamborazos agresivos y secos, rellenos y fraseos impredecibles, y sutiles remates en platillos y hi-hats, recursos aprendidos de su gran amor por el jazz y sus ídolos Max Roach, Roy Haynes o Elvin Jones. Basta con observar su forma de sostener las baquetas, tan diferente a la de sus contemporáneos y grandes amigos Ringo Starr (The Beatles), Mick Avory (The Kinks) o Keith Moon (The Who) para entender ese estilo 100% jazzero, que aportaba singularidad al blues, rock y R&B de la banda. Tampoco tuvo la espectacularidad de Ginger Baker (Cream), Mitch Mitchell (The Jimi Hendrix Experience) ni el protagonismo de Mick Fleetwood (Fleetwood Mac), también afectos al jazz norteamericano. Lo suyo era la base, la tierra firme sobre la cual se sostenía todo el sonido de los Stones. Podía ser estricto rock and roll –Gimme shelter (1969), Hang fire (1981)-; balada –Fool to cry (1976), Wild horses (1971)-; o disco funk –Emotional rescue (1980), Miss you (1978)-, la batería de Charlie Watts siempre resolvía con personalidad y acentos propios. En Waiting on a friend (1981), por ejemplo, acompaña únicamente con el borde de su tarola, bombo y un suave hi-hat, mientras que en Love is strong (1994), el ataque es rotundo, contundente.

En términos de imagen, Watts también se distanciaba de sus compinches, algo que comenzó a notarse más en la tercera y cuarta etapas de la banda. Entre 1963 y 1979 todos lucían relativamente igual: pelos revueltos, uniformes al estilo Beatle (a veces), pantalones acampanados, bufandas coloridas, maquillaje en los ojos. Cómo olvidar su disfraz de dandy psicodélico en Rock and Roll Circus (1968) o la carátula del álbum en vivo Get yer ya-ya’s out! (1970), en la que Charlie aparece, ingrávido, de blanco y con gorro del Tío Sam, sosteniendo dos guitarras junto a un burro. Pero, a partir de los ochenta, mientras Jagger era capaz de aparecer semidesnudo, Wood, Wyman y Richards salían despeinados y, en el caso de Keef, con sus inseparables bandanas y aretes, Watts mantuvo una apariencia muy sobria, dentro y fuera del escenario. Incluso desarrolló una obsesión por el buen vestir, al punto de ser considerado «el rockero más elegante» por una revista especializada en moda.

Entre 1986 y 2017, el baterista formó su propia banda, para tocar jazz, swing y boogie woogie a sus anchas. Con The Charlie Watts Quintet -que, en ocasiones, llegaba a ser una big band de diez músicos- grabó una decena de álbumes, en vivo y en estudio, entre los que destacan un concierto de 1986 en el Fulham Town Hall de Londres (con una orquesta de 30 integrantes) y dos tributos a Charlie Parker –From one Charlie (1991) y With strings (1992). Su capacidad de trabajo era inagotable. Estamos hablando de una persona que, hace apenas un par de años, en el 2019 –tras superar sus adicciones y hasta un cáncer a la garganta que amenazó su vida en el 2004- le decía a New Musical Express, una de las revistas musicales más importantes de Gran Bretaña, que no pensaba para nada en retirarse y, aunque resentía cada vez más eso de salir de giras, estaría junto a los Rolling Stones cada vez que fuera necesario.

Charlie Watts es el segundo miembro fundador de los Rolling Stones que abandona el mundo físico, 52 años después de que Brian Jones fuera hallado muerto, a los 27, en la piscina de su propia casa. En cierto modo, es increíble que Jagger (78), Richards (77) y Wood (74) lo sobrevivan, dados sus excesos a través de los años. Estrellas del rock como Paul McCartney, Elton John y Ringo Starr han expresado su pesar por este fallecimiento, resaltando su amabilidad y estilo. Lars Ulrich, baterista de Metallica, comentó alguna vez que su objetivo de vida era llegar a la edad de Charlie Watts y seguir tocando. Ray Davies, vocalista y líder de The Kinks, recordó cuando Watts le contó, en algún pub londinense mientras tomaban unas cervezas, que lo habían invitado a unirse a una banda llamada The Rolling Stones. “Acepta” –le respondió- “puede ser que paguen bien”. Pero la mejor frase me la regaló la cantautora norteamericana Joan Baez, quien lo recordó como “un príncipe entre ladrones”. Eso era.

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Charlie Watts, Música, Rolling Stone

Bastaría la mediocridad del discurso de presentación del Premier Bellido ante el Congreso, como suficiente motivo para no darle la confianza solicitada ayer ante el Pleno legislativo.

Pocas veces se ha visto un mensaje tan generalista, sin precisiones de políticas públicas, detallado solo en las dádivas populistas que entregará, sin ninguna invocación a los motores de la reactivación económica como son los agentes privados, trayendo a colación un rol más activo del Banco de la Nación y Petroperú, creyendo que el mejor destino económico pasa por un mayor rol del Estado, etc.

Pero no es solo un mensaje anodino lo que debería llevar al Parlamento a negarle -insistimos- la confianza al gabinete, sino el prontuario judicial, penal y político de la mayoría de integrantes de ese gabinete (en muchos casos con vínculos probados con organizaciones filosenderistas), y por la mostrada incompetencia de muchos de ellos para manejar asuntos gubernativos. Eso no ha cambiado de ayer a hoy. ¡En otros tiempos hubiese bastado uno solo de esos personajes en un gabinete para que el Congreso le negase la confianza!

No se trata siquiera de discrepancias ideológicas con los radicalismos de izquierda que alberga este gabinete. Reiteramos, ganó un gobierno de ese perfil y está en el legítimo derecho de desplegar políticas en esa línea. Lo que se pone en entredicho es la idoneidad del gabinete presentado, a todas luces carente de ella.

La oposición congresal cometería un grave error si se queda prendada de las impostadas buenas maneras del Premier Bellido y se olvida de que estamos ante un gabinete plagado de allegados a un pasado violentista que cobró miles de víctimas y veinte años de horror en el país (empezando por el propio Premier), un gabinete pleno de personajes incompetentes para el cargo que ocupan, un gabinete remendado que solo busca ganar tiempo para hacer realidad la agenda máxima del gobierno, como es convocar a una Asamblea Constituyente corporativista que asegure la construcción de una patria socialista y chavista, sin importar que la mayoría del pueblo peruano no votó por ello.

El gobierno está ganando tiempo. Sabe que ha cometido groseros errores que le han costado la desaprobación al propio presidente Castillo, a su premier Bellido y al factótum partidario Vladimir Cerrón. Ir al Parlamento con afectaciones falsamente educadas solo busca que el Congreso, incauto, caiga en el juego y le extienda un manto de confianza a un régimen que claramente no se va a contentar con hacer los siguientes cinco años, los pobres planteamientos presentados ayer ante el Pleno. Si el Congreso le da la confianza será cómplice del desastre que anuncia este régimen.

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Congreso, Cuestión de confianza, Guido bellido

A la hora en la que presenté esta columna, el Congreso continuaba el debate en relación al otorgamiento del voto de confianza del Gabinete presidido por Guido Bellido. Aunque la experiencia enseña que con nuestros Congresos uno nunca puede estar seguro, los indicios apuntan a que el PCM Bellido y su Gabinete obtendrán la confianza.

La exposición del PCM en el Congreso fue bastante pobre en cuanto a contenido. En eso, siendo justos, ha mantenido la línea de presentaciones de PCM anteriores: un paporreteo de números sin contexto y de ideas sueltas sin detalles sobre su implementación. No hubo ningún anuncio novedoso – si hubo sorpresas, fue en lo que no se dijo: no se hizo ni una sola mención a la aspiración de instaurar una Asamblea Constituyente. Una lectura desapasionada del texto no lo deja a uno con sabor a revolución. Fue un discurso, si no moderado, al menos mediocre en radicalismo.

Más bien, si el PCM buscó confrontar a sus opositores, no fue a través de ideas y propuestas, sino a través de gestos – especialmente su introducción en quechua y el acto de chacchar coca en el Pleno – claramente teledirigidos hacia una doble función: conectar con los sectores más excluidos de la población, y provocar al sector de la oposición más impulsivo y conservador a mostrar sus rancios complejos de superioridad capitalina. En lo segundo, al menos, está claro que tuvo éxito: que el Congreso no esté preparado – en pleno 2021 – para ofrecer traducción en simultáneo a un discurso en el segundo idioma oficial más hablado del Perú es risible. Y que haya gente que pretenda justificar tal negligencia, es francamente patético.

Cabe un paréntesis aquí para ilustrar la ingenuidad de parte de la oposición en este punto: haría bien la Derecha en entender que si este Gabinete ha sembrado confrontación, es porque espera cosechar insultos. El Gobierno está convencido de que el camino a la sobrevivencia pasa por una popularidad ganada a base de mostrarse despreciados por un establishment al que la población ya demostró en noviembre pasado que encuentra muy fácil odiar. Y ojo, no es una mala estrategia.

No discrepo con quienes consideran que este Gabinete no merece el voto de confianza. Comparto la repulsión de muchos conciudadanos por las aberrantes expresiones de empatía, y puede incluso interpretarse hasta admiración, de parte del PCM Bellido hacia Sendero Luminoso en sus redes sociales. Y si bien siempre he condenado el llamado “terruqueo”, en este caso particular, la abundante evidencia obliga a aceptar que varios integrantes de este Gabinete están para un interrogatorio en la Dincote, no para despachar en Palacio de Gobierno. Hay mérito en el argumento de que el poder del Congreso de negar confianza a un Gabinete está allí justamente para casos extremos como este, donde apremia la necesidad de cortar con un infiltración antidemocrática a fondo y desde la raíz.

Pero si bien el ciudadano ordinario puede darse el lujo de tomar posición en función de sólo sus principios, el estadista es siempre rehén de la realidad política – y esta indica que el Congreso pierde muy poco otorgando la confianza, y expone demasiado negándola. ¿Cuál es el punto de negar la confianza, y dejar al Congreso en posición extremadamente vulnerable frente a la amenaza de disolución, cuando Castillo igual podría designar otro Gabinete igual o más nefasto aún? ¿Y que se pierde otorgando confianza a un Gabinete cuyo rango de acción es de cualquier manera contenible por una oposición legislativa cómodamente mayoritaria?

No, los Congresistas hacen bien en no pisar el palito. Hay que elegir batallas, y esta no vale la pena. Más bien, se debe procurar que la victoria de Gobierno sea lo más pírrica posible. Mostrar los dientes, pero no morder: un voto de confianza, pero con reservas. Y reservar la pólvora institucional del Congreso para gastarla en los dos siguientes enfrentamientos, donde el flanco estará menos expuesto: la delegación de facultades y la inevitable interpelación y censura de varios ministros. En cuanto a lo primero, el Congreso debería negar facultades legislativas en materia tributaria y de reforma del sistema previsional, aludiendo la particular incompetencia técnica e inestabilidad del Gabinete, y en cuanto a lo segundo, el paredón debe empezar por los Ministros de Trabajo y de Energía y Minas, los peores de una camada francamente lamentable.

Ello no implica que otorgar la confianza no tenga un precio – uno que todos los peruanos deberemos pagar. Y es que el mensaje que se estará enviando es que mostrar simpatía pública por Sendero Luminoso ya no es más inaceptable en la política peruana. Que hay redención para el que elogió la violencia política – y la hay incluso sin que medie arrepentimiento. Las posibilidades que esa nueva realidad abre deberían llevarnos a todos a sombría reflexión.

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Guido bellido, pcm

Querida Manuela,

¿Cómo vas? Espero que bien. Yo sigo sin muchos ánimos. Esta realidad está cada vez más caótica, entre la pandemia y los políticos, a quienes más les interesa pelearse por dichos que por hechos. He estado pensando mucho en tu vida porque tenemos varias cosas en común. La historiadora Jenny Londoño te describe como «Una luchadora por la constitución de nuestra primera República, una librepensadora que detestaba el fanatismo religioso». Quería reflexionar contigo sobre la libertad.

Tu padre, cuando eras niña, te regaló dos esclavas negras, Jotanás y Nathan, para que siempre te acompañasen. Ellas eran primas y un poco mayores que tú. Vaya si te acompañaron. De niñas jugaban y de adultas te conseguían información por medio de los sirvientes y esclavos de los españoles y/o de los propios independentistas. Ellas murieron después que tu en Paita. Siempre estuvieron contigo, porque eran tuyas. Tus eras su amita Manuelita. Ellas venían del Valle del Juncal, de una hacienda que era un criadero de esclavos.

¿Cómo siendo una creadora de la libertad nunca liberaste a Jotanas y Nathan? Desde los 14 años creíste en la Independencia de América. En la libertad según la Revolución Francesa, entiendo que fuiste producto de tu época. Una época en la que no se cuestionaba que la venta de seres humanos, a quienes se trataba como objetos o cosas. Sabes mejor que yo que durante la Independencia, San Martín decreta la libertad de vientres, es decir que ya nadie nacía esclavo en el Perú, pero no fue sino hasta el 3 de diciembre de 1854 que la esclavitud fue abolida en el Perú por el presidente Ramón Castilla. ¿Se abolió realmente?

El Perú establece en la Constitución de 1993 la libertad como un derecho fundamental. Le pregunto a los legisladores y servidores públicos, ¿qué han hecho para garantizar este derecho a nuestras mujeres, niñas, niños y adolescentes? Así como Jonatas y Nathan hay muchas mujeres que son esclavas de sus maridos, de sus proxenetas, de sus padres, de sus convivientes, de los jueces, policías, fiscales, profesores y a nadie la importa. A diferencia de hace 200 años, existen leyes que protegen a las mujeres y los integrantes del grupo familiar (Ley 30364), políticas y planes nacionales. No se cumplen. ¿Alguien fiscaliza la eficiencia del Estado? ¿A alguien le importa?

Es fácil decir qué hacer, lo difícil es ejecutarlo. Te cuento que participé en la creación de la Ley 28950, Ley Contra la Trata de Personas y Tráfico Ilícito de Migrantes de 2007, que es lo que vendría a ser la esclavitud moderna. Luego fui parte de la preparación del Plan Nacional de Acción contra la Trata de Personas 2016-2021, así como de la ejecución de un mega operativo en la zona de La Pampa (Madre de Dios) en 2014. Conozco el tema y, desde la promulgación de la norma, solo ha habido modificaciones, se han creado oficinas, publicado políticas y planes pero no hay resultados concretos. Acaban de publicar la Política Nacional Contra la Trata de Personas en la que  no se innova en nada.

Ayer, en el evento “Protección de los derechos de las niñas, niños y adolescentes víctimas de la trata de personas”, la jueza suprema Janet Tello reveló que en 2020 solo hubo 394 denuncias policiales registradas por el delito de trata de personas: 342 (73.4%) de los casos tenían como víctimas a mujeres y el 50.6% estaba entre los 18 y 29 años, el 40.9% era menor de 18 años y el 8.5% tenía de 30 años a más. Hace años que las cifras nos muestran que las víctimas son mujeres jóvenes. Si ya tenemos la información, conocemos lo lugares, formas y modalidades. ¿Por qué a nadie la importa?

Sé que tu amabas a tus esclavas, al igual que mucha gente quiere a sus empleadas domésticas en la actualidad, pero creo que debemos de evolucionar y dejar de lado este tipo de relaciones que incluso, sin quererlo, muchas veces se vuelven tóxicas y codependientes. Ya pasaron 200 años y nadie debe ser explotado o ser servil, menos sexualmente.

Te cuento el caso de J.E.G.M., comienza en 2019. Ella era una adolescente de 15 años cuando fue rescatada por las autoridades por ser víctima de explotación sexual en el bar en El Bajo Pukiri Delta1 en Madre de Dios. Como víctima adolescente, se debieron activar los protocolos. Fue llevada a la Unidad de Protección Especial (UPE) de Madre de Dios donde le otorgaron medidas de cuidado y fue internada en el recientemente inaugurado Centro de Acogida Residencial (CAR). En abril de 2020, por la pandemia, cesan las medidas de protección y es entregada a su madre. El 24 de abril de 2021 se encontró su cuerpo de 16 años tirado en el Km 108, zona conocida como La Pampa, con un embarazo de dos meses, signos de violencia sexual y estrangulamiento. Semanas antes sus amigas habían denunciado su desaparición y por eso la buscaba la policía. Dejó una niña de dos años. Este es uno de los tantos casos que ocurren a diario en todo el país. Este es el cotidiano. Pero, ¿qué pasa Manuela? ¿Por qué a nadie le importa?

 

Esta realidad está cada vez más caótica, entre la pandemia y los políticos, a quienes más les interesa pelearse por dichos que por hechos.

 

En un excelente ensayo escrito en 1955, titulado “En torno a los diarios íntimos”, Julio Ramón Ribeyro reclamaba para el diario un lugar en la literatura, aunque sin dejar de problematizar ciertos aspectos de esta especie textual. Se preguntaba, por ejemplo, cuáles serían las reglas intrínsecas del género: ¿la periodicidad? ¿el principio de veracidad? Del mismo modo, intentaba esbozar las diferencias entre los diarios ficticios y los no ficticios. Todo esto resulta más interesante aun cuando caemos en la cuenta de que Ribeyro es, precisamente, uno de los mayores diaristas del ámbito hispano.

Las preguntas de Ribeyro sobre el diario no eran gratuitas y, en todo caso, adelantaron varias discusiones y cuestionamientos al discurso autobiográfico. A pesar de todo, la fascinación de algunos lectores por las memorias, las autobiografías, los epistolarios y los diarios, sigue allí, intacta, ajena a discusiones teóricas que son seguramente muy sugerentes para el cenáculo de especialistas pero que, eventualmente, podrían privar de ciertos placeres al lector menos entrenado en esas elevadísimas argucias.

Paso al placer, entonces. Tengo en mis manos la reciente edición de Diarios, de Stefan Zweig (1881-1942), que cuentan con participación peruana, pues la traducción ha estado a cargo de la destacada escritora Teresa Ruiz Rosas. Los Diarios de Zweig abarcan casi treinta años de su vida, que transcurren entre 1912, dos años antes del estallido de la Primera Guerra y llegan hasta 1940, ya cuando la invasión nazi en Europa deja de ser pesadilla para convertirse en horror presente.

El arco temporal de estos Diarios revela una urgencia. Una sensibilidad atenta como la de Zweig no podría permitirse superficialmente el bárbaro período que amenazaba a Europa y que, finalmente, arrasó con ella. El 31 de julio de 1914, Zweig comenta con profundo pesar el llamamiento de la milicia en Austria: “La gente pasaba horas enteras de pie frente a la orden de alistamiento, redactada en un alemán miserable y totalmente incomprensible. Cuando oscureció, algunos miembros de asociaciones de veteranos intentaban animar a la población, pero sus arengas sonaban huecas: se había arrastrado a demasiada gente y la guerra se había colado en todos los hogares” (pp.98-99).

Una de las anotaciones finales corresponde al lunes 17 de junio de 1940. Zweig, ya obtenida la ciudadanía británica ese mismo año, está en Londres, preparando su viaje a Brasil. Es comprensible que Zweig quiera huir del horror de la guerra. Ese día escribe: “Se ha perdido Francia, reducida a escombros por siglos, el país más cautivador de Europa, ¿para quién escribiré, para qué viviré? En Inglaterra la situación es cada vez más tensa, me siento completamente marginado pese a la nacionalidad, incluso indeseable, porque nos han convertido en personas sospechosas a las que no conviene acercarse” (p.512). Los extremos de esta aventura autobiográfica tienen, pues, un hilo común: el horror provocado por dos guerras.

La escritura, protagonista también de estos cuadernos, a menudo se presenta como un atado de contradicciones. El jueves 10 de junio de 1915 anota lo siguiente: “Mi diario muere a causa del peso que me oprime. Estoy exhausto el día entero, cansado de todo” (p.206). Unos días más adelante, el 20 de junio, escribe: “Estoy metido de lleno en mi obra de teatro y desde entonces el mundo exterior me duele menos, siento que rindo cuentas ante mí mismo. Es la única forma de huir, puesto que los países están cerrados, como las ciudades” (p.208).

Por otra parte, la entrada del 13 de noviembre de 1918 no deja de ser profética, ya firmado el armisticio: “(…) Al menos yo consumo la mitad de mis fuerzas pensando en los espantosos escenarios que se avecinan, en que el odio entre clases y estamentos inundará el mundo” (p.382). Son muchas las puertas que abre este diario, y varias invitaciones, una de ellas a recorrer las páginas de El mundo de ayer, la autobiografía que acometió Zweig. Por ahora queda recordar a este gran maestro del ensayo, la biografía y el relato, enfrentando en las páginas de su diario sus dilemas y obsesiones, sus miedos y sus soledades. Vale la pena cada página de este testimonio magnífico, contradictorio y brillante.

 

Stefan Zweig. Diarios. Edición de Knut Beck. Prefacio de Mauricio Wiesenthal. Traducción de Teresa Ruiz Rosas. Barcelona: Acantilado, 2021.

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Alemania Nazi, Guerra Mundial, Stefan Zweig

La consolidación de la alianza radical Castillo-Cerrón se expresa fundamentalmente en el gabinete Bellido. Por esa sola razón, el Congreso debería negarle la confianza. No puede avalar un pacto espúreo. Lo que se consolidaría con ese gabinete sería un proyecto refundacional socialista que conllevará una agenda de confrontación paulatina hasta lograr la destrucción de la democracia formal y la economía de mercado.

El juego político que se pretende, pasa por suavizar los modales, evitar los temas conflictivos -la Asamblea Constituyente, por ejemplo-, a la espera de que el Congreso le termine dando la confianza y así poder empezar a desplegar la agenda encubierta.

La abrumadora presencia de ministros con prontuariado político, judicial o penal, o con demostrada incompetencia técnica para el cargo al que han sido nombrados, ya de por sí también constituye un factor político suficiente para que el Legislativo le tire un portazo bien merecido al Ejecutivo.

La presentación generalista de Bellido, sin ninguna precisión programática ni claridad respecto de políticas públicas, no puede engañar al país sobre las reales intenciones radicales de su entorno y del influyente Cerrón. A eso van.

Y eso, más temprano que tarde, pasará por confrontar con el Congreso, con los medios de comunicación o con los grupos empresariales. Y una vez que logre recuperar alguna popularidad gracias a esa estrategia de choque y al despliegue de medidas populistas, arremeterá para lograr su cometido de convocar a una Asamblea Constituyente que nos lleve a la deriva chavista tan cara a la ideología del gobierno (en ese talante, la presencia de ministros moderados es solo una concesión temporal para poder desplegar la estrategia subalterna a la primera de bastos).

El gabinete Bellido no merece la confianza. El efecto político de no dársela será inmensamente benéfico para el país, porque obligará a Castillo a recomponer su círculo de poder y ojalá a entender que el camino que Cerrón hasta el momento ha logrado imponerle solo lo llevará a la ruina.

Las balas de plata están para usarse. El Congreso debe usarla. Y si luego de hacerlo, el gobierno declara la guerra y atiza el conflicto haciendo cuestión de confianza por cualquier cosa, en venganza por la negada a Bellido, se espera que en esa tesitura, el Legislativo se comporte a la altura de las circunstancias y simplemente decida ejercer sus fueros y proceda a vacar a un Presidente que demostraría, con su tozudez, que no está moralmente capacitado para ejercer la primera magistratura de la República.

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Cuestión de confianza, Guido bellido, Pedro Castillo

UNO

“Me van a pagar, no?. Ten en cuenta que yo vivo de esto” espetó Charlie a un rubio greñudo (Brian Jones), quien lo fue a buscar por tercera vez, para que se una al grupo. Charlie se hizo de rogar. No le interesaba en absoluto el blues y menos el rock. Era amante del Jazz. Pero olfateó que los muchachos tenían algo especial. Provenía de una familia de clase obrera, a diferencia de Jagger y Richards, pero al igual que Wyman. Y necesitaba el money.

La importancia del baterista en un grupo es crucial. Le aporta el tempo necesario. Y Watts era uno de los mejores. Sofisticado, le proporcionó, a la música del grupo, un toque personal, derivando el blues eléctrico en contrapuntos de shuffle. Ahí radica su importancia inherente.

Es cierto, sin él, no hubiera habido Rolling Stones.

Dícese que Jones salió gritando, a los cuatro vientos; sabía que iban a ser Imbatibles. Era enero de 1963, en Londres.

 

DOS

Lo recuerdo perfectamente, fue en el verano del 77 que escuché una canción de los Stones. Y si, fue “Satisfaction”. Fue un cimbronazo. En aquellos años, si tenías plata podías comprar los LPs o tratar de cazar una emisora que emitiera la música stoniana. Yo era parte de los segundos: era misio. Encima, a diferencia de Los Beatles, que tenían programas exclusivos dedicados a su música; esto no sucedía con los RS. Eso era lo jodido en aquellos años.

Ahora, los jóvenes tienen a mano la discografía entera del grupo insular, a un clic de distancia.

En aquellos años, salieron a flote canciones disgregadas como “Miss you” o Beast of Burden”.

De ahí la importancia de “Disco Club”, y del extinto Gerardo Manuel (se emitía por el canal 7). Transmitía los videos musicales del momento.

Y el 81, presentó los videos clips de “Start me Up”, “Hang Fire” y “Waiting on a friend”. Imposible olvidarlo.

 

TRES

El baterista impuso respeto ante 2 figuras hercúleas (Mick y Keith), a lo largo del tiempo. A mediados de los sesenta, cuando ambos experimentaban con LSD, jamás se les ocurrió joderlo a CW, que rehuía tal droga.

Tuvo una sola mujer. En las giras, alocadas de los sesenta y setenta, le pidió a Klein (su manager) que lo dejase de joder con los viajes:  extrañaba a su esposa. Nunca se aprovechó de las groupies. Increíble, ¿no?.

Rehuía la demagogia. Era minimalista y nada ostentoso. Eso sí, era elegante y usaba trajes, hecho a medida, de Saville Row.

Cuando no andaba de gira, simplemente tocaba, con su quinteto de Jazz, en clubes pequeños. Y disfrutaba de la vida hogareña.

En los conciertos, cuando Jagger lo presentaba, se ganaba la mayor ovación.  Era el Gentleman Silencioso, y Querido.

CUATRO

En Mangomarca viví del 81 al 84. Tenía un grupo de amigos, que vivían en la misma cuadra, con quienes hablábamos y escuchábamos música de Los Beatles. A dos cuadras de distancia tenía otros amigos: Campeón, Carlos y Freddy. Con los 2 primeros discutíamos de Ledzepelin, Pinkfloyd y demás grupos. Sin embargo, Freddy era un Stoniano Indómito. Me hablaba de ellos, una y otra vez. Escuchábamos su música. El compadrito era una enciclopedia musical. En las fiestas, recuerdo perfectamente, haber escuchado y bailado “Little T&A” del Álbum “Tattoo You”.

Con el tiempo me mudé. Viajé y me casé. Hice mi vida, como todos los demás. A la cincuentena he vuelto a escuchar, con parsimonia y delectación, los álbumes “Beggars Banquet”, “Let It Bleed” y “Exile On Main St”, una y otra vez.

Hace un tiempo atrás, volví a contactar con los amigos de aquel barrio. Freddy, sigue siendo el mismo melómano de siempre. Suscribe efemérides rockeras todas las semanas en el face. No ha cambiado mucho, o si, y no me doy cuenta: Yo peino canas y él creo que no. Eso sí, permanece el mismo respeto y cariño, entre ambos.

Los cincuentones logramos pescar las últimas 2 décadas productivas de los Rolling. No lo percibíamos en ese momento, en su verdadera magnitud. Lo que si sabíamos era que ellos eran un pedazo enorme de Historia Contemporánea, del cual fuimos parte.

Con la partida del baterista, los cimientos del grupo se han resquebrajado. Habría que preguntarse si tiene sentido seguir Rodando, o ha llegado el momento del Adiós Permanente.

Lo que sí, los RS están huérfanos de la seriedad y pulcritud canosa, que los acompaño y unió durante más de 58 años.

 

 

 

La importancia del baterista en un grupo es crucial. Le aporta el tempo necesario. Y Watts era uno de los mejores.

Es cierto, sin él, no hubiera habido Rolling Stones.

Lo recuerdo perfectamente, fue en el verano del 77 que escuché una canción de los Stones. Y si, fue “Satisfaction”. Fue un cimbronazo. En aquellos años, si tenías plata podías comprar los LPs o tratar de cazar una emisora que emitiera la música stoniana. Yo era parte de los segundos: era misio.

De ahí la importancia de “Disco Club”, y del extinto Gerardo Manuel (se emitía por el canal 7). Transmitía los videos musicales del momento.

El baterista impuso respeto ante 2 figuras hercúleas (Mick y Keith), a lo largo del tiempo. A mediados de los sesenta, cuando ambos experimentaban con LSD, jamás se les ocurrió joderlo a CW, que rehuía tal droga.

Tuvo una sola mujer. En las giras, alocadas de los sesenta y setenta, le pidió a Klein (su manager) que lo dejase de joder con los viajes:  extrañaba a su esposa. Nunca se aprovechó de las groupies. Increíble, ¿no?.

En los conciertos, cuando Jagger lo presentaba, se ganaba la mayor ovación.  Era el Gentleman Silencioso, y Querido.

Los cincuentones logramos pescar las últimas 2 décadas productivas de los Rolling. No lo percibíamos en ese momento, en su verdadera magnitud. Lo que si sabíamos era que ellos eran un pedazo enorme de Historia Contemporánea, del cual fuimos parte.

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