Opinión

Como se sabe, el Perú está sufriendo dramáticas consecuencias durante la pandemia, y se encuentra entre los países con mayor número de contagios y muertes en el mundo. Las razones inmediatas son bastante conocidas: nuestra salud pública tiene una gran insuficiencia de insumos materiales y humanos para atender a pacientes graves de COVID-19, y la salud privada sólo es accesible para la minoría que la puede pagar.

 

La gran esperanza de evadir el virus son las vacunas, pero varias autoridades han dicho  claramente que las que están en el país no evitan el contagio, sino sólo atenúan la gravedad de los síntomas. La explicación es extraña, porque debilita el argumento de la obligatoriedad vital y moral de inmunizarse vía inyecciones. Y quizá es un mensaje estratégico para seguir promoviendo la inoculación sin decir lo cierto: que las vacunas eficaces – en este caso para un virus muy mutante – estarán listas en años. Ojalá uno se equivoque con estas especulaciones, pero lo indiscutible es que seguimos expuestos al contagio, y peligran miles de vidas.

 

En este escenario, el gobierno ha retomado los confinamientos. El primer periodo de encierro estuvo lejos de ser prolijo, porque no se cuenta con la capacidad estatal suficiente para asegurar el cumplimiento de lo decretado, y porque la gente – más aún sin ayuda económica estatal – tiene necesidades que no puede resolver fuera del espacio público y libre de aglomeraciones. Sin embargo, la medida logró bajar la demanda hospitalaria para casos graves de contagio, y el sistema de salud se alejó del colapso por un tiempo. La economía, como se esperaba, quedó severamente deprimida. Todo indica que el actual confinamiento tendrá resultados y plazos similares.

 

Muchos progresistas han relacionado la situación crítica que ha mostrado nuestro sistema de salud en la pandemia con el modelo económico vigente. Es posible que una parte del asunto tenga que ver con esto, la otra con 200 años de subdesarrollo. Y una última con el hecho de que la institucionalidad occidental de salud pública parece estar incapacitadas para epidemias muy contagiosas, como ésta y otras que estarían próximas por razones ambientales. No sólo en el Perú ha habido colapso sanitario, también ha sucedido en varios países de Latinoamérica, Asia y Europa, además de Estados Unidos. Y en muchos otros el desplome ha estado cerca. Cualquier oferta hospitalaria del mundo puede llegar rápidamente a su límite final si, de pronto, grandes volúmenes de la población necesitan cuidados e infraestructura médica de emergencia.

 

Pero volviendo al punto: no hay solución satisfactoria a la vista para los contagios, y por lo tanto, la epidemia seguirá trayendo terribles consecuencias por varios años, con el riesgo de llevarnos a una situación de grave inviabilidad política y económica, en medio de muertes masivas. En ese dramático escenario, me parecería un grave e histórico error negarnos a mirar otras perspectivas de salud y sanación, y sobre todo aquella que tenemos a la mano: la del Perú milenario.

 

La medicina pre-hispánica, como otras no occidentales, parte de una cosmovisión en la que tanto la realidad natural como el hombre tienen una energía dinamizante intrínseca. En el humano, una parte esencial de este fundamento generativo sería el sistema inmunológico, que es nuestra capacidad de supervivencia frente al resto de la naturaleza, pues debe reconfigurarse constantemente para eliminar a los millones de virus nocivos del ambiente, y sus mutaciones. Por ello, la perspectiva medicinal andina encontraría que el camino más seguro para enfrentar las infecciones – inevitables frente a un antígeno tan contagioso y cambiante – es implementar una política nacional de fortalecimiento inmunológico masivo. Dudo que haya médico que discuta que un sistema inmunológico óptimo es la mejor defensa frente a epidemias de cualquier tipo, y que en ese fin supera por mucho a cualquier vacuna, finalmente un imperfecto diseño humano de defensa viral focalizada.

 

Para lograr el refuerzo inmunológico deseado, nuestros ancestros acudirían a sus grandes conocimientos de nutrición y botánica, y encontrarían que, en suelo peruano, hay muchos insumos para diseñar dietas que logren ese fin. Se trataría, en lo fundamental, de sumar probióticos (chicha de jora sin azúcar, masato, tocosh), verduras y productos integrales (sin refinamiento industrial) a nuestras comidas, y de eliminar azúcar, frituras y aditivos químicos (conservantes, colorantes, saborizantes, etc.). Al cabo de unos meses, se tendrían que evaluar los sistemas inmunológicos correspondientes, y en la medida en que se lograsen los resultados esperados, la gente iría retomando su vida pre-pandémica.

 

De la experiencia de sanadores que todavía hoy curan de esta manera, se sabe que el cuerpo responde muy rápidamente a los procesos regenerativos. Para grupos jóvenes en relativa salud, de entre 20 y 30 años, podríamos estar hablando de un mes de régimen. Y para adultos mayores y otros grupos vulnerables (obesos, hipertensos, diabéticos, otros), el tiempo de retorno a su quehacer habitual dependería de cuánto se demorasen en regenerar sus deteriorados sistemas inmunológicos, lo que está sujeto a la situación inicial de cada caso. De cualquier forma, la red de servicios de nuestro sistema de salud está en condiciones de realizar todas las evaluaciones individuales necesarias para garantizar la reconstitución inmunológica del interesado, antes de recomendar su libre exposición al entorno.

 

En paralelo a este importante esfuerzo de dieta regenerativa, la medicina pre-hispánica recomendaría el cultivo del espíritu, lo que habitualmente llamamos salud emocional. En la cosmovisión andina, el hombre es cuerpo y alma, y éstos sanan juntos. Y la forma de fortalecer al segundo es entrando contacto con su fuente, que es la naturaleza. A dicha hondura, el espíritu llega a través de la aproximación física, la meditación o el uso de plantas maestras, sumado a una indispensable actitud de aceptación de las limitaciones sensorial-cognitivas del ser vivo frente a la profundidad esencial. La racionalidad occidental queda muy corta aquí.

 

Obviamente, no es fácil poner en práctica una política como la aquí planteada. A diferencia de nuestras culturas pre-hispánicas, no tenemos grandes reservas de alimentos para resistir   emergencias, ni un sistema de distribución de productos centralizado por el Estado. Tampoco la convicción de que el cuerpo se fortalece y renueva a través de una reconexión alimentaria y espiritual con la naturaleza. Pero incluso sin todo ello, es posible concretar esta propuesta.

 

Para asegurar que los productos de nuestra geografía lleguen a todos los puntos de venta del país, el gobierno tendría que implementar circuitos de producción y distribución para dichos insumos, los que usualmente provienen de la agricultura familiar – ahora muy golpeada, pero cada vez más indispensable para nuestra seguridad alimentaria. Además, tendría que impedirse la venta de alimentos nocivos para el sistema inmunológico, usualmente los más comerciales. En el ideal, este programa debería ejecutarse con la colaboración del sector privado, siempre que éste entienda el delicado e insoluble momento nacional, y el inevitable futuro naturalista del mercado mundial. De resistirse, el gobierno gozaría de total legitimidad para forzar el cumplimiento de sus decisiones.

 

Es claro que este proyecto tendría que estar dirigido desde Palacio de Gobierno, y tratado como una política nacional de la mayor trascendencia histórica, dado que podría sacarnos de la pandemia y quizá llevarnos hacia un nuevo destino como país. El presidente, apoyado por otros liderazgos políticos y científicos, y de la mano de los medios de comunicación, sería el primer encargado de conversar permanentemente con la ciudadanía, explicando los fundamentos del programa e insistiendo en los nuevos hábitos alimenticios y emocionales. Es todo un liderazgo, ciertamente, pero pienso que el presidente Sagasti tiene la visión de Estado suficiente como para analizar este modelo sin conservadurismos, ajustarlo a su posibilidad decisoria y, por lo menos, iniciarlo como camino alternativo. Desde luego, es imposible concretar esta propuesta sin ayuda económica durante la regeneración inmunológica masiva, de tal forma que se asegure el retiro obligatorio en los hogares.

 

Finalmente, debemos observar que este camino no sólo nos daría la posibilidad escapar de la epidemia, sino también traería trascendentes externalidades, para nosotros y nuestros hijos: muy significativas mejoras en salud física y espiritual,  enriquecimiento perceptivo de la realidad, aumento de nuestras productividades individuales, mayor sensibilidad ecológica, hábitos alimenticios inteligentes, seguridad alimentaria nacional, empuje al actual relanzamiento de la agricultura familiar, posicionamiento geopolítico mundial, y desarrollo finalmente. En cualquier escenario, incluso en el de un plazo prolongado de diseño y armado, esta salida es mucho más rápida que los varios años que debemos esperar para recibir vacunas contra el contagio. Y no es excluyente con la decisión de vacunarse en cualquier momento.

 

Siempre es difícil romper con los sentidos comunes, incluso cuando están en crisis. Pero hoy podría estarse jugando nuestra viabilidad económica y política, así que tenemos la obligación de escuchar toda solución que suene factible, más aún si ésta no es riesgosa y nos empuja hacia un camino de verdadero progreso.

 

* Los contenidos de este texto, y en particular lo referido a la dieta de fortalecimiento inmunológico propuesta y sus plazos, han sido discutidos con Kusy Trigo, ingeniera de alimentos y magíster en bioquímica.

Respecto del escándalo de las vacunas vip, llama la atención la poca diligencia de la Fiscalía. En un comunicado firmado por Zoraida Ávalos, señala que ha solicitado a la universidad Cayetano Heredia y al Instituto Nacional de Salud que remitan informes sobre lo actuado. Dada la magnitud del oprobio, la Fiscalía de la Nación debió allanar e inmovilizar los documentos. Las diligencias iniciales son urgentes y deben asegurar los elementos probatorios, que pueden ser alterados.

A estas alturas del partido, es dable sospechar que pueden estar ocultándose pruebas y documentos comprometedores, que pondrían en mayor evidencia el desaguisado cometido. Y, por cierto, se espera que los 487 de la lista del oprobio sean todos citados con urgencia a declarar para entender el trasiego que explica su privilegio.

Las respuestas del doctor Germán Málaga, director de ensayos clínicos de la universidad Cayetano Heredia, ante el Congreso no han sido satisfactorias. Por lo pronto, si la universidad mencionada quiere dejar incólume su bien ganado prestigio debería proceder a despedirlo en el acto (ojo que también están a su cargo las pruebas de la vacuna alemana Curevac que ya se están testeando en el país) y las autoridades vacunadas renunciar. Las faltas deontológicas son terribles y habrá que determinar si no comportan también ilícitos penales, ya que, de alguna manera, se trata de uso de recursos públicos (la investigación está avalada por el Estado peruano).

Queda mucho por investigar. Por ejemplo, sobre las 600 dosis completas que fueron a parar a la embajada china, que haría bien en revelar sus destinatarios, y las cerca de 500 también completas que aún obran en poder de la Cayetano, sobre las que resulta difícil pensar que están guardadas en algún depósito, a las que se suman las de la universidad San Marcos, por más que ésta haya declarado que se utilizaron exclusivamente para personal investigatorio (sería bueno que también haga pública su lista).

El escándalo moral es terrible y horada la credibilidad ciudadana frente a instituciones y personas. El daño que se le ha hecho a la lucha contra la pandemia es terrible y los responsables de ello deben pagar por sus inconductas.

Ayer, domingo 14 de febrero, fue el primer Día de San Valentín en pandemia. Y, a pesar de todos los esfuerzos del establishment comercial por hacer de esta fecha algo todavía vigente, a través de la venta superficial de peluches, bombones y demás objetos -online, por supuesto, para protegerse de “la” COVID-, los reportajes chacoteros de Frecuencia Latina y las vulgaridades porno-soft de los programas faranduleros, las contradicciones entre lo que originalmente significaba la celebración y lo que hace esta sociedad -adicta al TikTok y otros exhibicionismos en redes- con temas como el amor y la amistad son tan grandes como las mentiras de los candidatos a la Presidencia de nuestro país.

 

Pero quizás sea en la música que actualmente escuchan los jóvenes en que esta incoherencia se hace más evidente y patética. Vivimos un tiempo en que los asuntos relacionados “al corazón” son vistos como una cosa desfasada, anacrónica, una debilidad inaceptable en hombres y mujeres. Los grandes romances son hoy piezas de museo, que ya ni siquiera entre los más pequeños pueden imaginarse con mucha claridad y las historias de amores intensos se reducen a disfuerzos entre personajes de la telebasura que (inter)cambian de parejas con la misma facilidad con la que se cambian de ropa. Una ligera revisión a las letras de canciones románticas de hace tres décadas –no es mucho tiempo, después de todo- basta para entender esta situación:

 

Te amo desde el primer momento en que te vi, hace tiempo te buscaba y ya te imaginaba así. Te amo. Esta frase pertenece a una de las baladas más conocidas del cantautor venezolano Franco de Vita (Te amo, 1988), y encarna el espíritu de la canción romántica esencial, creíble: letra que describe sentimientos profundos y pueriles, melodía cadenciosa y suave, voz desgarrada y conmovedora. Freddie Mercury, rockero británico, extravagante y excesivo líder de Queen, cantaba a estadio lleno, ante 50 mil almas: Love of my life can’t you see? Bring it back, don’t take it away from me because you don’t know what it means to me (Love of my life, 1975). Los mismos elementos -emoción, profundidad, melodrama- se conjugan en perfección romántica.

Escuchando las babosadas sexistas y mononeuronales que hoy aplauden los adolescentes, en “canciones” como las de Maluma, Romeo Santos, Shakira o cualquiera de sus afines, uno se pregunta: ¿Cuándo pasó de moda el amor en términos musicales? Quizás las sociedades de antes, cautivadas por los tormentosos romances de la historia, la literatura clásica, la ópera, el cine y las telenovelas, y sin la contaminación del consumismo salvaje que domina todas las actividades humanas, se dejaban llevar por sus emociones sin avergonzarse.

O será que la modernidad materialista se encargó de arrancarle a la humanidad esa careta falsa de romanticismo para que pueda entregarse, con absoluta libertad y cinismo, a la ansiedad práctica e inmediatista de los emparejamientos pasajeros concentrados en una sexualidad epidérmica y comercializada por los medios de comunicación, los contratos matrimoniales donde se discuten más patrimonios que sentimientos y las relaciones “serias” en las que la estabilidad depende de un cuidadoso -y a veces psicópatico- juego de roles, intereses y conveniencias.

No lo sabemos. Lo cierto es que hoy Franco de Vita, Freddie Mercury o cualquier otro de los tantísimos creadores e intérpretes de música popular romántica occidental del pasado difícilmente tendría éxito masivo hoy con esta clase de canciones. Los más culturosos los acusarían de “cursis”, mientras que la oceánica masa de jóvenes que deliran por reggaetoneros, latin-poperos o bachateros con pinta y labia de sicarios y bataclanas simplemente pasaría de largo al escuchar estas declaraciones de amor musicalizadas para vivir un rato felices los cuatro buscando hombres mayores que les abran las puertas y les traigan flores. O cosas peores.

La extinción de la canción romántica no es total gracias a que aún hay quienes disfrutan de su auténtica belleza. Cómo no emocionarse, por ejemplo, escuchando aquellos boleros de Los Panchos, los lamentos de Lucho Gatica o Daniel Santos, las sutiles canciones de Carpenters o las grandiosas baladas de la era dorada del pop hispanoamericano, en que surgieron grandes intérpretes como José José, Nino Bravo, Camilo Sesto, Rocío Durcal, Isabel Pantoja, José Luis Rodríguez, José Luis Perales y tantos otros.

La devaluación del sentimentalismo musical tiene que ver con los excesos y fórmulas en los que cayeron varios artistas durante los ochenta, en inglés y en español, lo cual fue tomado como pretexto para descalificar todo un género que ha unido, con sus letras intensas -desde las infantiles hasta las sugerentes- y sublimes instrumentaciones, a millones de parejas genuinamente enamoradas. Pero si bien esos disfuerzos existieron, no justifican el encanallamiento que padecemos actualmente, comprobable con solo darle una vuelta a las emisoras de moda.

Hace treinta o cuarenta años, en la era del cassette, uno de los regalos más comunes entre las (no tan) inocentes parejas universitarias e incluso escolares era una cinta con canciones especialmente seleccionadas que se intercambiaban como demostración de afecto. No podían faltar Air Supply, Chicago, Journey, Billy Joel, Elton John, Bee Gees. También entraban Nino Bravo, Raphael, Dyango y Mocedades. Hasta finales de la década de los noventa llegaban buenas canciones celebrando al amor: las viñetas poéticas de Juan Luis Guerra, uno que otro tema de artistas juveniles como Luis Miguel, Sin Bandera o Cristian Castro. O las emotivas baladas de Celine Dion y Laura Pausini, solo por mencionar algunos nombres, que continuaban esa larga tradición de música popular romántica.

Incluso géneros como la salsa, el heavy metal y la trova insertaban el romanticismo en medio de sus temas habituales. Así tenemos las poesías musicalizadas de Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat o Luis Eduardo Aute; las power ballads de Bon Jovi, Poison o Warrant; las rítmicas confesiones de Rubén Blades, Willie Colón o Willy Chirino. Más allá de preferencias específicas, es innegable que todas estaban en las antípodas del abyecto mal gusto que hoy difunden las radios populares.

 

Ayer fue el Día de San Valentín, uno muy diferente a causa de la pandemia. Y, en ese sentido, el amor y la amistad son sentimientos que, por más desprestigiados que estén, aun persisten en aquellas parejas que son capaces de expresarse lo que sienten a través de una canción sin acomplejarse. Aunque estén en extinción, las canciones de amor abren pecho a la muerte y despeñan su suerte por un tiempo mejor (Por quien merece amor, Silvio Rodríguez, 1982).

 

Es una mezcla de indignación y de vergüenza lo que produce saber que ha habido ciudadanos peruanos que aprovecharon su posición de poder para beneficiarse de un bien escaso y preciado como la vacuna contra el covid 19, entre ellos el expresidente Vizcarra.

Indignación porque naturalmente subleva que en medio de circunstancias en las que miles de peruanos están expuestos al virus por su trabajo (médicos, policías, etc.) o por condiciones socioeconómicas (los más pobres del país), haya habido quienes, en culposo secreto, decidieron ponerse a salvo sin que les importe si su función social era primordial: simplemente los amparó tener el nexo con el poder o el contacto político para hacerlo.

Vergüenza porque una vez más en nuestra historia se demuestra que hay peruanos a los que el sentido de Patria les importa poco o nada. La lista del oprobio (de la que hay que descontar al personal médico partícipe de la investigación, por cierto) está conformada por la misma estirpe de quienes durante las luchas contra el dominio español se alineaban con la monarquía y combatían a los independentistas, o de quienes en plena guerra con Chile negaban desde el Congreso los impuestos que Grau y otros hombres de uniforme clamaban para enfrentar al enemigo en relativa igualdad de condiciones.

No sé si quepa alguna responsabilidad penal en estas personas. Ojalá que sí. Ojalá que sufran carcelería por la indignidad que han cometido. Pero si no cupiese alguna falta legal, pues que se activen todas las sanciones políticas y sociales posibles. Lo que han hecho bordea la traición a la patria.

El presidente Sagasti ha prometido una investigación sumaria. Lo primero es conocer la lista completa de estos vacunados vip. Lo segundo es hallar a los responsables de haber armado la lista. Lo tercero es apartar del Estado a todo aquél que fue partícipe directa o indirectamente. Finalmente, poner a disposición de las autoridades judiciales para que determinen si hay responsabilidad penal.

Si el Ejecutivo no actúa con prontitud, diligencia y plena transparencia, su propia estabilidad está en juego. No puede caber el menor ápice de consideración o cálculo respecto de las drásticas decisiones que corresponde tomar.

Una de las historias más tiernas de los orígenes de San Valentín es la que relata que al santo, antes de convertirse en tal, le gustaba unir en sacramento a los soldados con sus amadas doncellas en bodegas, ya que los tórtolos no solían tener medios para costear elegantes ceremonias. Cuando San Valentín fue descubierto lo quisieron decapitar por sacrílego y quebrantador de la ley. El juez que había dictaminado tremenda sentencia tenía una hija ciega que a San Valentín le había gustado y a la que había entregado un papelito. Antes de que rodara su cabeza, y gracias a las oraciones que elevaba fervorosamente, la hija ciega pudo ver el papel y leer: “Tu Valentín”. Esa entrega que le costó la vida hizo surgir, sin embargo, la luz en los ojos de la amada.

 

La breve anécdota nos devuelve la esperanza y la fe, pero también la creencia en el amor como mayor motivo para la transformación de nuestra existencia. El Día de San Valentín, o Día de los Enamorados, o más recientemente Día del Amor y la Amistad, es una fecha importante según el ámbito en el que uno se desenvuelva. Hemos mencionado que esos sentimientos son los que nos hacen evolucionar como seres humanos, pero todo depende de nuestro género, etnia y clase, ya que no todos estamos desafortunadamente al mismo nivel económico y social ni podemos acceder a los mismos beneficios.

 

Creo que es interesante reconocer que, si bien este es un día lindo para manifestar nuestros sentimientos a nuestras parejas y personas queridas, sería ideal que todos los días celebráramos el amor y la afectividad. Desde que vine a vivir a EEUU, país de una enorme clase media (aunque cada vez más empobrecida), lo primero que observé es que el Día de San Valentín se festeja a lo grande, y que un chico te pida ser su “pareja de San Valentín” es una señal del inicio de la pubertad, rito de pasaje que transforma nuestras vidas con la chispa de la sana ilusión. Pero ¿qué pasa con las personas que no tienen esa oportunidad? ¿Qué pasa con los que tienen la carencia más urgente de una olla vacía o de una constante humillación por el color de su piel y su manera de hablar? ¿Qué pasa con los que tienen que celebrar en secreto porque los consideran “raros” o monstruosos por sentirse atraídos a personas de su mismo sexo, o por mutar de sexo, simplemente? ¿Es tan fácil el amor bajo el racismo y el sexismo que abundan como plagas en nuestras prácticas cotidianas?

 

Las cursilerías propias del Día de San Valentín (tarjetitas rosadas, cajas de chocolates, flores de un día, memes y frases hechas) se convierten en ramilletes encubridores de todo un mundo de violencia estructural. Como corona mortuoria, la parafernalia de San Valentín traiciona la esencia del día como un saludito a la bandera que nos permite sentirnos “buenos” por unas horas.

 

Pero tampoco se trata de ser aguafiestas y arruinar el día. La ilusión del amor no se mata así nomás. Debe prevalecer porque la alternativa es mucho más fea: un mundo en que las relaciones personales afianzan asimetrías y discriminaciones. Se trata más bien de extender el sentimiento de entrega y generosidad especialmente a aquellos que sufren persecución, ninguneo, postergación, como los millones de peruanos que tendrán que esperar la vacuna anticovidiana quién sabe por cuántos meses, sino años.

 

Como San Valentín, hagamos luz. Desde esta columna domingo a domingo pondré mi pequeña llamita. Síganme los buenos.

El crecimiento de Lescano no es sorpresivo. Probablemente va a seguir creciendo. Como buen candidato acciopopulista tiene múltiples rostros ideológicos y de todos cosecha.

Lescano no es de izquierda, pero claramente le disputa en el imaginario popular ese escenario a Verónika Mendoza, a quien le ha robado el sur y el centro del país, tradicionales bastiones de la izquierda. Lescano podría ser calificado del ala izquierdista de Acción Popular y eso lo ubica en una posición más bien centrista. En el recuerdo popular deben pesar sus batallas contra Telefónica y diversos grupos de poder.

Por el lado del centro, claramente es el gran beneficiario del desplome de los candidatos que lo veían expresando. Forsyth cae de 17 a 11% y va a seguir cayendo. Su ideología endeble y escaso bagaje programático le iban a terminar pasando factura más aún si ha decidido hacer una campaña fuera de los medios (que en estos tiempos de ausencia de mítines y dificultades logísticas para traslados, serán determinantes en la elección). Más bien, la inquietud es cómo así ha durado tanto arriba en las encuestas.

Y Guzmán también se viene abajo. Es un mal candidato y el único que parece no darse cuenta es él mismo. Su grave error de carácter en el incidente incendiario prácticamente bloquea cualquier aspiración política suya. Tenía 7% en intención de voto en la medición anterior y hoy tiene 4%, confirmando lo que ya la encuesta del IEP había mostrado.

Finalmente, Lescano cuenta con el activo de una marca partidaria conocida, que ha tenido resultados auspiciosos en los últimos procesos electorales (Barnechea el 2016, Muñóz en la alcaldía de Lima, los centenares de autoridades electas, las elecciones parlamentarias de enero del año pasado). Eso de hecho, va a pesar.

No veo a Lescano como una estrella fugaz que hoy crece, llega a un pico y empieza a descender. Lo más probable es que sea uno de los que tercie por pasar a la segunda vuelta. Hasta el momento, están en ese talante, además de Lescano, Keiko Fujimori y Verónika Mendoza. Como curiosidad fáctica, en la propia encuesta de Ipsos colocan probables escenarios de segunda vuelta, y confrontado con ambas lideresas, Lescano les gana.

Hay mucho tiempo aún por delante, pero algunas tendencias ya empiezan a consolidarse. Si no hay terremotos electorales, las tendencias señaladas apuntan a ir consolidándose.

 

Con la campaña electoral empiezan a llover las propuestas, las hay de todo calibre, de todo nivel de lógica y falta de lógica, para todos los gustos y públicos.

 

Muchas ofrecen el cambio, cambio de Constitución, cambio del Congreso, cambio de la política económica, de las pensiones, etc. Pero nadie habla en serio del más importante de los cambios, el cual probablemente, hará innecesarios muchos de los cambios prometidos. Nos referimos al cambio en la ética practicada por la gran mayoría, mas bien deberíamos decir a la falta de ética que campea en nuestra sociedad.

 

El último presidente del Perú que no fue enjuiciado por corrupción (sin contar los gobiernos de transición), terminó su mandato hace 36 años.

Esto significa que la mayoría de la población sólo tiene memoria de presidentes corruptos; de la “plata llega sola”, de las montañas de efectivo del Doc en la televisión, de la casa de mi suegra en Casuarinas, de “que difícil es andar derecho “, “yo soy el dueño pero no sé nada”, cuando recordamos las frases y acciones de nuestros últimos 5 Presidentes electos que nos gobernaron en los últimos 35 años.

 

Con ese nivel de corrupción, al más alto nivel del Estado no hay sistema que funcione. Con ese ejemplo no hay sistema que funcione. Aún cuando tengas una historia de más de 200 años de democracia y seas el país mas rico del mundo, la corrupción, el mal ejemplo, pueden echar todo por la borda en muy poco tiempo. La invasión del Capitolio norteamericano por hordas de insurrectos es un claro ejemplo reciente.

 

¿Qué poder ejecutivo va a poder funcionar medianamente bien si desde su cabeza recibe muestras y prédicas de corrupción?  Ninguno. La corrupción va a ser tal que hasta su Contralor va a entrar en el baile pidiendo su tajada.

 

¿Qué poder judicial va a poder administrar justicia adecuadamente si sus líderes crean bandas de cuellos de todos los colores, para ofrecer ayuda a cambio de dinero, sin importar si el que pide ayuda es la víctima de violación o el violador mismo, si como fiscal ingreso rompiendo la puerta para llevarme expedientes secretos en que se me acusa junto con mis cómplices?

 

¿Qué Congreso va a funcionar si… (ver anexo infinito en los diarios)?

 

¿Cómo va a funcionar la descentralización si las regiones se coparon de caciques de la corrupción que no solo robaron, sino que se asociaron en bandas con fiscales y jueces asesinando donde fuera necesario? En Lima no mas, un Mudo se robó más de 20 millones de dólares en nuestras narices sacando la plata del banco de mil soles en mil soles.

 

¿Cómo va a funcionar el mercado si los más importantes empresarios se unen en gremios dirigidos por un Alí Babá brasilero para robarse millones de dólares de nuestras obras de infraestructura?

 

¿Cómo va a funcionar una empresa estatal, secuestrada por la corrupción, que nos obliga a construir una refinería innecesaria, que nos dice que va costar 800 millones de dólares y ya vamos por los 5 mil millones constituyéndose en una de las mayores estafas individuales de la historia? Si hacemos los cálculos la refinería nos ha robado mas de 500 soles a cada peruano.

 

Así podríamos seguir por horas, traficantes de tierras, reguladores cómplices de la depredación, universidades de mentira, acaparamiento de oxígeno, etc.

 

Si seguimos seguramente llegaremos a la mayoría de todos nosotros que hemos dejado de pagar nuestros impuestos, que no pagamos el IGV, que hemos ofrecido una coima, que hemos sido testigos mudos del delito.

 

No es pues problema de sistemas, leyes, ordenamientos, es un problema ético que nos está hundiendo a todos. Es un cáncer que está descomponiendo nuestra sociedad. Un cáncer tan avanzado que nos cambió 3 presidentes en una semana, que estuvo a punto de llevarnos al caos total.

 

Tenemos que recuperar la decencia, tenemos que empezar a decir NO a la corrupción uno por uno. Tenemos que dar el ejemplo, imponer nuestra postura y determinación, tal cual lo hicimos en las calles hace pocas semanas, pero en una cruzada más individual, uno por uno, dando el ejemplo, convirtiéndonos en los verdaderos  “vivos” que sabemos lo que más nos conviene como país y como individuos.

 

Podemos empezar hoy mismo, cada uno desde su propia casa o trabajo, podemos seguir haciéndolo en las elecciones de abril votando sólo por gente decente, sin ninguna tacha judicial, sin historia de robos, engaños, abusos, mentiras.

 

El ejemplo, el buen ejemplo es muy fuerte y contagioso.

 

Si, como todo hace esperar, la candidatura de Daniel Salaverry se ve duramente afectada por la inmoralidad cometida por Martín Vizcarra cuando fue presidente de la República, al asegurarse para él y su esposa una vacuna china, a despecho de la angustia de millones que esperan por lo mismo, y manteniendo en sospechoso secreto la operación, el tablero electoral puede tener un ligero, pero significativo movimiento.

Según la última encuesta del IEP, entre la segunda (Verónika Mendoza) y el octavo (Daniel Salaverry), no hay ni seis puntos de diferencia. Salaverry tiene 4% de intención de voto en Ipsos y 2.5% en IEP. Si se produce un trasvase de sus votos, los beneficiarios van a tener un envión que puede ser determinante.

¿A quiénes podrían ir los votos de la dupla Salaverry-Vizcarra? Forsyth -que venía cayendo- forma parte del probable pelotón de receptores. Verónika Mendoza o Keiko Fujimori difícilmente recibirán votos de quienes están en orillas divergentes o son archienemigos, respectivamente.

Lescano, con 7.1%, De Soto con 5.6%, Guzmán con 4.6 o hasta el propio Ollanta Humala, con 2.8% podrían recibir el endose de quienes puedan resultar decepcionados del affaire Vizcarra.

Mañana domingo sale la encuesta de Ipsos, pero no parece técnicamente probable que sus fechas de medición incluyan el “vacunagate”, así que el efecto migratorio recién se verá a mediano plazo.

Nada está dicho aún. En la izquierda la disputa es entre Verónika Mendoza y Yonhy Lescano, en el centro entre George Forsyth, Julio Guzmán. Ollanta Humala y Daniel Salaverry (centro para el imaginario popular, porque en verdad son candidatos de centroderecha o derecha) y en la derecha la cosa va entre Keiko Fujimori, Hernando de Soto y Rafael López Aliaga. En el ala populista light anda César Acuña y en el populismo duro Daniel Urresti.

En una campaña tan desabrida ideológicamente (lo que resulta increíble dada la magnitud de la crisis y el impulso que ello debiera dar a debates de fondo), va a depender de un gazapo (como el de Vizcarra), una frase feliz o desafortunada, un traspiés del propio candidato o de algún allegado relevante, de una denuncia periodística, de una buena o mala entrevista, de una afortunada campaña publicitaria. El tablero va a seguir moviéndose.

El Jurado Nacional de Elecciones, debería proceder de inmediato a aceptar las candidaturas completas de aquellas agrupaciones a las que los Jurados Electorales Especiales -de menor rango- han sacado de la contienda, y en el caso de las listas apristas (que ya han merecido respuesta del JNE), enmendar y permitirles la postulación integral.

Los jurados electorales no tienen ante sí un conjunto de normas ajustadas talmúdicamente sino que tienen margen para emplear su criterio de conciencia. Y en ese sentido, queda claro que el derecho a la participación electoral es un bien claramente superior al déficit de algunos trámites en falta que en el peor de los casos debieran merecer una sanción o amonestación, pero no el castigo máximo de la exclusión, como ha sucedido.

Debemos ser una de las pocas democracias en el mundo en la que se excluyen candidaturas por nimiedades burocráticas. Al hacerlo, los magistrados están afectando seriamente la gobernabilidad democrática de un país que ya de por sí no le brinda mucha legitimidad a sus representantes y que menos aún lo hará si ve que aquellos en los que deposita la poca confianza que mantiene respecto de la clase política, son sacados de la carrera.

Una de las causas de la enorme disfuncionalidad que ha afectado la democracia peruana en estos últimos cinco años (cuatro presidentes a cuestas) fue el retiro de Julio Guzmán y César Acuña, quienes el 2016 ocupaban el segundo y cuarto lugar cuando el JNE, por pequeñeces leguleyas, los retiró de la contienda. Como estaban ubicados, cualquiera de los dos estaba llamado a competir con Keiko Fujimori en la segunda vuelta y no Pedro Pablo Kuczynski.

El zafarrancho que hemos sufrido estos años tiene otras razones, obviamente, como la piconería absurda de Keiko Fujimori por la derrota, la frivolidad gubernativa exasperante de PPK, la mediocridad administrativa de Vizcarra o la estulticia política de Merino, pero de hecho, el vicio de origen del régimen que nos ha gobernado desde el 2016 proviene, en gran medida, de una funesta decisión de nuestras autoridades electorales.

En esa perspectiva, es preocupante y lamentable que no hayamos aprendido de los errores y los volvamos a cometer con un esmero digno de mejor causa.

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