Opinión

No nos equivoquemos ni nos dejemos confundir. Detrás del intento de censurar a la ministra de Salud Pilar Mazzetti, hay un claro afán de desestabilizar al gobierno y eventualmente -si logran las fuerzas suficientes- de destituir al presidente Sagasti.

La actual ministra no tiene vela en el escándalo de la vacunación vergonzosa del expresidente Vizcarra, por más que lo haya sido durante ese momento. Ya lo aclaró (aunque sí haría bien en averiguar quiénes formaron parte de la voceada lista de privilegiados que lograron acceder fraudulentamente a la presunta “cortesía” del laboratorio chino), pero eso no parece importarle a quienes promueven su censura.

Algunos podrán pensar que resulta paranoico especular sobre algún propósito vacador. No lo es. Esta coalición necesita un par de semanas en el poder para lograr varios cometidos: tirarse abajo la ley universitaria y la Sunedu, permitiendo el regreso de las universidades truchas; desmontar los procesos anticorrupción en los que algunos de los titiriteros de estos partidos están comprometidos; controlar los organismos electorales y propiciar un resultado en las urnas fraudulento.

Recordemos cuáles fueron las primeras tres acciones del gobierno de Merino: citar de urgencia al jefe de la Sunedu, admitir a trámite un amparo de Telesup, intentar despedir a un procurador anticorrupción y ordenar a los periodistas del canal estatal que se alineen a los propósitos oficialistas. Clarísimo el talante antidemocrático e irregular.

Eso es lo que quieren y para ello necesitan tan solos unas semanas en el poder. Los avala una tradición de infiltración de todos los poderes del Estado a su alcance y suponen que con el Ejecutivo en sus manos podrán hacer lo que les venga en gana (inclusive, de considerarlo necesario, aplazar las elecciones hasta que llegue el momento que ellos consideren propicio para sus pretensiones).

No soy defensor de Mazzetti. La considero corresponsable del desmadre de su sector, de la falta de camas UCI, oxígeno y demora en la llegada de las vacunas. Sagasti nunca debió extenderle su mandato. Pero el intento de censura no obedece a ello sino a una falsa imputación a la que claramente se le ve el fustán desestabilizador.

Los sectores civiles y políticos democráticos deben estar vigilantes para impedir que la recompuesta coalición vacadora vuelva a hacer de las suyas.

Ojalá el pueblo reaccione y castigue con severidad electoral a un candidato impresentable como es el exmandatario Martín Vizcarra. El incidente de la vacuna china que se hizo colocar junto a su cónyuge, en su calidad de gobernante, lo pinta de cuerpo entero: taimado e inescrupuloso.

Claramente no fue ningún voluntario, aprovechó su cargo y, lo que es más grave, si efectivamente quería sumar esfuerzos para que la vacuna se probase en el país, bien pudo hacerlo público y así animar a más compatriotas a hacerlo. El secretismo con que lo ha manejado demuestra claramente lo turbio de la decisión.

Lo único bueno que hizo Vizcarra durante su gobierno fue disolver el facineroso congreso fujiaprista, que de prosperar en sus propósitos hubiera llevado al país al abismo y provocado un incendio político de tal envergadura que hoy cosecharían electoralmente fuerzas radicales y disruptivas.

Fuera de eso su gestión ha sido un desastre, siendo el ejemplo más palmario el manejo de la pandemia. Condujo al país a una cuarentena irreflexiva, populachera e inútil, que no solo no contuvo el ciclo natural del virus sino que produjo un colapso de la economía. Y se desentendió por completo de la búsqueda de oxígeno, camas UCI y, por cierto, del aseguramiento de las vacunas.

La propia reforma política, que despertó tanto entusiasmo termino siendo mediatizada por su intervención demagógica de prohibir la reelección de los congresistas. No le interesaba la reforma sino tan solo confrontar con el Congreso, como recurso de popularidad.

No sorprende por eso creer que haya sido beneficiario de una jugarreta del Jurado Nacional de Elecciones para poder seguir en carrera, como ha sido denunciado por el periodista Ricardo Uceda, haciendo la salvedad de que nos parece bien que siga en la contienda, pero como también debieron seguir otros (APRA, listas del PPC y demás) que han sido apartados por un JNE allí sí riguroso e intransigente.

Vizcarra no merece entrar al Congreso para asegurarse cierta inmunidad que le permitiría blindarse de los serios procesos de corrupción que se le siguen, acusado de haber recibido millonarias coimas por obras públicas durante su gestión como gobernador regional de Moquegua. Merece sentarse en el banquillo de los acusados, no en una curul.

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es uno de los escritores latinoamericanos más interesantes de la escena contemporánea. Aunque inicia su carrera literaria como poeta (Bahía inútil, su primer poemario, data de 1998) es la narrativa el terreno en el que su obra ha logrado un unánime reconocimiento.

 

La trilogía formada por Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007) y Formas de volver a casa (2011) posicionó rápidamente a Zambra como un narrador capaz de construir un universo personalísimo, que giraba en torno a la vocación por la escritura y por el que seguramente es uno de los fantasmas históricos más densos de Chile: la dictadura de Pinochet. Toda la trilogía está marcada por un lenguaje económico, de ánimo indudablemente minimalista.

 

La tentación de vincular a algunos personajes de esta trilogía con el propio Zambra –en especial a los que escriben o tienen alguna vinculación con la práctica literaria– es un riesgo permanente, pero si por algo existe la ficción es para tendernos un velo de misterio.

 

Otro libro de Zambra, Mis documentos (2013), además de ser su primera incursión en el relato breve, arroja luces más claras sobre ese vínculo, aunque el texto se mueve en una frontera híbrida, pues toma elementos no solo del cuento, también del ensayo, el diario y la memoria. Sin llegar a ser un texto declaradamente autobiográfico, la sensación de identidad con el autor material podría ser, en este caso, más intensa.

 

Dejo aparte, en este recuento, Facsímil (2014), un libro propiamente experimental, que se acerca mucho a la idea de obra abierta y cuya fórmula narrativa (un simulacro de examen de admisión universitario) ofrece en cada respuesta innumerables opciones de interpretación, un recurso que ya había usado Cabrera Infante en una página perdida de su notable Exorcismos de Esti(l)o (1976).

 

Poeta chileno (2020) es la reciente entrega de Zambra. Una novela de mayor aliento, que abandona esa obsesión por la brevedad y la concisión que se había constituido en uno de los más notorios rasgos de su estilo. El título nos coloca, una vez más, en el centro del universo de Zambra, esa mezcla de displacer cotidiano e impulso creador que afiebra frecuentemente a sus criaturas.

 

Uno de los personajes centrales de este libro, Gonzalo, busca afiliarse, pertenecer a un ámbito que no es otro que el de la poesía chilena, especie de familia alterna, pues la biológica, aquella de la que proviene, tiene un carácter disfuncional. Lo genuino y su impostura van formando, a lo largo de la narración, pares conceptuales: padre/padrastro, hijo/ hijastro, poeta/poetastro, familia/familiastra. Los sentidos se deslizan, creando contextos de ironía y por momentos de sarcasmo, a la vez que ponen al desnudo todo un mundo de carencias y conflictos afectivo-emocionales.

 

El propio Gonzalo tendrá, en Vicente (su hijastro) su contraparte. Gonzalo estudió literatura, con toda la carga de escepticismo que los otros suponen en sociedades como las nuestras y tiene claro que quiere ser poeta, que no es lo mismo que simplemente escribir poemas. El poeta es un constructo, desde el nombre: Gonzalo Pezoa, en clarísima alusión al gran poeta portugués, fue una entre varias posibilidades de nom de plum, felizmente desechada. Vicente, influido por Gonzalo, desea también seguir sus pasos. “Parrita”, lo llaman algunos, causándole un evidente fastidio.

 

Detrás del sarcasmo, los juegos de palabras, las inverosímiles combinaciones para un improbable bautizo poético, existe un velado tributo a la poesía chilena, hay que decirlo, una de las tradiciones más poderosas del mundo hispano. Del mismo modo, el retrato de las diferencias generacionales entre Gonzalo y Vicente, a veces crudas, no esquivan tampoco mostrar sus momentos de conmovedora cercanía. En esos contrastes habita, sin duda, la poesía.

 

Poeta chileno. Barcelona: Anagrama, 2020.

Con la situación convulsa que vive nuestro país y el mundo producto de una terrible pandemia que no amilana en su letalidad y que cada vez cobra más vidas, la noticia de la desactivación – tras siete años de muy eficiente trabajo- de la força-tarefa da Lava Jato ha pasado casi desapercibida en nuestro medio. Augusto Aras, el Procurador General de Brasil designado por el presidente Jair Bolsonaro, ordenó que desde el 1 de febrero, Lava Jato en Paraná pase a  integrar al Grupo de Acción Especial de Combate al Crimen Organizado (Gaeco) del Ministerio Público Federal (MPF) con lo que, en la práctica,  la força-tarefa da Lava Jato ha dejado de existir.

 

La mayor investigación de corrupción y lavado de activos en Brasil y con gran impacto en nuestro continente, comenzó el 2014. Desde entonces, este grupo de trabajo integrado por un selecto equipo de fiscales, liderado por Deltan Dellagnol, ha logrado lo que nunca se había conseguido en la historia de Brasil y de América Latina en la lucha contra la corrupción transnacional. En siete años la força-tarefa da Lava Jato  ha producido 130 denuncias contra 533 imputados, generando 278 condenas. En cuanto a la recuperación de dinero, este grupo de fiscales hoy desactivado, ha logrado la devolución de más de R $ 4,3 mil millones a través de 209 convenios de colaboración y 17 convenios de clemencia, en los que se ajustó la devolución de casi R $ 15 mil millones. Lograron condenar a Marcelo Odebretch, uno de los hombres más ricos del mundo, así como a los dueños de las más grandes empresas constructoras del Brasil. Lo propio en el ámbito político, donde se obtuvo la condena, ratificada por dos instancias judiciales, contra el ex Presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva.

 

Sin embargo, pese a todos estos excelentes resultados la perniciosa alianza de políticos, empresarios y corrupción parece haber tenido éxito. En medio de una serie de críticas al grupo de fiscales y al ex Juez Sergio Moro, por haber politizado el caso, el enorme poder mediático, político y económico de los investigados y condenados ha logrado, en el gobierno de Bolsonaro, lo que se pensaba imposible: la desactivación de la Força-tarefa da Lava Jato y con ello el inicio del fin de la lucha contra la corrupción a nivel internacional.

 

No es casual que en esta misma semana el Tribunal Supremo de Brasil (una instancia altamente politizada, pues sus miembros son elegidos por el presidente y el congreso) haya dado un duro golpe al caso Lava Jato autorizando a la defensa del ex presidente Lula el acceso a los mensajes, negados por falsos y adulterados, entre el ex juez Moro y los fiscales. Esto sería óbice para que luego se pueda, por un mero formalismo, anular la prueba y dejar en la impunidad a muchos investigados y condenados como Lula.

 

La arremetida ha sido feroz, contra un grupo de fiscales valientes y honestos que se propusieron como objetivo hacer justicia y refundar la república desde la fuerza de la igualdad ante la ley. Si alguna lección nos dejó el Lava Jato brasileño es que nadie quedó impune. Hoy toda esa esperanza de una sociedad más justa y sin corrupción ha quedado truncada por la fuerza de quienes quieren que nada cambie para seguir haciendo sus negocios a costa de la vida de los más pobres con total impunidad.

 

En una época signada por la peste, la mayor de todas ellas, la que más vidas hoy está cobrando es la de la corrupción y la impunidad. Cada persona que muere a causa de la falta de oxígeno, por la falta de una cama UCI, por falta de vacunas o de pruebas moleculares, es una víctima no sólo del Covid-19, sino también de la corrupción.

 

En el Perú lo que llama la atención es que esta importante noticia sólo haya sido resaltada por los investigados en el Lava Jato Peruano y haya pasado casi desapercibida en los medios. Es grave pues podría significar el preludio de lo que le podría esperar a nuestro equipo de fiscales. No hay duda de que aquí también se está aguardando el momento propicio para atestar un golpe como el ocurrido en Brasil. Ya hemos sido testigos de varios intentos en esta dirección y de una brutal y mentirosa campaña de desprestigio contra el Equipo Especial de Fiscales, liderado por Rafael Vela. Hasta ahora la reacción ciudadana ha sido fundamental para asegurar que esta lucha sin cuartel contra la corrupción siga adelante.

 

El equipo de fiscales peruanos, con honestidad, rigor y objetividad nos ha mostrado toda la podredumbre de esta alianza entre políticos y empresarios para robarles a los más pobres del Perú. Ver a cuatro presidentes de la república (uno de ellos decidió acabar con su vida por esto), dos alcaldes de Lima, varios gobernadores regionales, varios candidatos a la presidencia (hoy volviendo a intentarlo) y los más poderosos empresarios y abogados del país desfilar por la prisión, nos dio la mayor lección de nuestra historia republicana y esta es, que el crimen no paga.

 

Con menos tiempo que sus homólogos de Brasil, nuestros fiscales del equipo especial, también tienen muchos éxitos para exhibir. Desde su creación en julio del 2016, ya han presentado 6 acusaciones (que comprenden 48 personas naturales y 4 personas jurídicas), que esperan que el Poder Judicial inicie con los juicios orales respectivos, más de 860 investigados, 98 procesos de colaboración eficaz (14 de ellos ya concluidos), 49 prisiones preventivas ratificadas por la segunda instancia, 30 testigos protegidos, 471 asistencias judiciales internacionales. En lo económico han sido incautados US$ 17’552,591.55, S/. 32’ 326,070.38, 123 inmuebles y 17 vehículos.

 

Todo esto en el lado de lo cuantitativo, pues en lo moral y en la construcción de ciudadanía su trabajo ha sido mucho más profundo. Todos hemos podido comprobar que políticos de todas las tendencias tenían un único acuerdo común: la corrupción. La cantidad de evidencias en su contra son inobjetables y avasalladoras. El proceder del Equipo Especial ha sido totalmente objetivo, no ha habido un solo sospechoso que no haya sido o esté siendo debidamente investigado. Aquí, el propósito de nuestros fiscales ha sido siempre conocer la verdad por dolorosa y deshonrosa que esta sea.

 

Por eso, en esta elección donde se definirá el futuro de la lucha contra la corrupción en el Perú debemos estar muy atentos a cualquier arremetida que desde el futuro gobierno se quiera hacer contra el Equipo Especial de fiscales peruanos. El caso Lava Jato debería estar entre las prioridades de la agenda de todos los candidatos y quien salga elegido tendría que ser aquel o aquella que esté totalmente limpio de toda sospecha.

 

Tratar de seguir los pasos equivocados sólo puede conducir a quienes los sigan al abismo. La ciudadanía deberá mantenerse vigilante y atenta ante cualquier intento de estropear la lucha contra la corrupción y mantener a los corruptos en la impunidad y sus privilegios. De cara al Bicentenario, es momento de una apuesta ciudadana por la verdad y la justicia.

 

El Ministro de Educación, recién ayer, 9 de febrero, ha empezado a negociar la inclusión de las profesoras y profesores a la fase 2 del proceso de vacunación que incluye a los adultos mayores de 60 años, a las personas con comorbilidad (imagino que de los 15 a los 60 ya que el resto son adultos mayores), comunidades nativas e indígenas y personal del INPE. Aún no se ha anunciado públicamente cuando comenzará la fase 2 en tanto depende del arribo de las vacunas.

 

Por eso, esa afirmación, tan general, de vacunar a todo docente parece no tomar en cuenta que hacerlo implica vacunar a 523 mil personas, y sólo con ellos nos referimos a más de un millón de vacunas. ¿Y si agregamos a los más de 4 millones de adultos mayores de la fase 2?, ¿a los aproximadamente 150,000 peruanas y peruanos menores de 60 de las comunidades nativas e indígenas? Esa determinación poblacional requiere mayores especificaciones. Al parecer ya empezaron a notar que no hay tanta cobertura, pues horas después de esta declaración del MINEDU, el MIMP anunció que retirará a las personas privadas de su libertad. Hablábamos de más de 80,000 personas en los penales del país.

 

Y es que hasta la fecha sólo sabemos que en marzo arribará un mínimo 413,000 dosis de la vacuna producida por Oxford/AstraZeneca, como parte de un lote de 1′600,000 dosis de esta vacuna que serán entregados en el primer semestre de este año. Es decir, solo habrá dosis para cerca de un millón de personas más hasta julio. Nada más. Los 14 millones de AstraZeneca están programados para setiembre y los 13 millones provenientes del mecanismo Covax Facility llegarán al país el segundo semestre de este año, con la posibilidad de que muy pocas puedan llegar antes.

 

Entonces, hasta que el gabinete al que pertenece el ministro de Educación se vaya, las clases serán virtuales. La conectividad se nos ha dicho, también estará lista recién en julio. ¿Cómo se va a mejorar o paliar esta carencia? ¿Seguirá creciendo la brecha que dará más de dos años de desventaja a los estudiantes de zonas rurales y urbano marginales? Ojalá que el ministro priorice vacunar a las profesoras y profesores de estas zonas que dice tener identificadas. Cómo será su negociación. Al no haberlos incluido en la primera fase de marzo, para julio, en el mejor de los casos, esos colegios tendrán docentes presenciales junto con internet, con el riesgo de que de inmediato un nuevo gobierno que sabemos que siempre afecta la dinámica laboral en los sectores estatales por los sistemas de reemplazo, nos complejice los problemas en el Minedu. Urgimos un plan realista que asuma que el mayor número de vacunas llegará en el mes de Setiembre.

 

Tampoco es difícil pensar propuestas. Por ejemplo, el grupo de trabajo que se instaló en diciembre para planificar el retorno presencial del año escolar 2021, ¿por qué no cambia de inmediato su objetivo por uno que mejore la calidad y cobertura de la virtualidad en lo que queda del año? ¿Y si ponemos a los docentes rurales en primera prioridad en caso de algún adelanto de Covax?

 

Por lo pronto, necesitamos un ministro que responda por lo que ocurrirá en menos de un mes con el comienzo de las clases en los colegios del país, sobre todo en los que aquí nos preocupan. Pensar en setiembre no debe ser por ahora su prioridad, porque, finalmente, para ese momento será muy probable que sea otra persona la que ocupe su lugar.

 

Lima, 10 de febrero de 2021

Una señora que caminaba por la avenida Emancipación, hacia la agencia de pagos de los servicios de Telefónica en los años 90, es abordada por un hombre elegante, apuesto, buenmozo, y por si eso fuera poco, con labia poética. Inmediatamente este hombre le muestra un grueso fajo de billetes. Le dice: «Señora, se le cayó». Sorprendida, la señora detiene su rumbo, mira a todos lados, no comprende qué es lo que pasa, sabe que ese fajo no es suyo pero calla, mira a los ojos al ángel que le cayó del cielo unos segundos, toma el fajo y se anima a disimular, dice gracias. «Un momentito, señora, ¿no me da una recompensa?», contesta gentilmente el caballero. La convence —a quién no si hasta decente parece—. Para salir de la escena cuanto antes, la señora mete su mano en el bolsillo secreto de su sostén y saca el dinero que cargaba. Le da todo lo que tenía para pagar los servicios de su casa. Emocionada, cambia de rumbo, ya no se dirige hacia la caja de Telefónica; sino hacia su casa para festejar. Al llegar, abre el fajo con su familia. Ha sido estafada. Había sido víctima del engaño. En la avenida Emancipación, en el Centro de Lima, le mostraron muchos billetes, pero en casa se encontró con la infeliz realidad: un fajo de papeles cortados a la medida de un billete, solo el de encima parecía auténtico pero también era otro engaño más, era falso. Eso, es que te hagan el avión.

 

Que te hagan el avión es, en criollo, darte gato por liebre. Que te hagan el avión es ofrecerte mensajes engañosos, incompletos. Como decirte: «Las vacunas ya están en el Perú», cuando realmente donde están es en tres pequeñas cajas que alcanzan solo para una ñisca de gente. ¡Ah!, y —también— que te hagan el avión es hacer fiesta por ello, y no decirte que la vacuna china Sinopharm es todavía un experimento. ¿No te han dicho, acaso, por qué las cifras de vacunación en China son muy bajas? ¿Tampoco te han contado que compañías chinas están comprando vacunas de laboratorios de otros países?, ¿acaso los chinos no confían en sus vacunas? Ciertos interesados responderán que China compra vacunas a laboratorios de otros países no porque desconfíe de sus vacunas sino porque hacen falta tantas como para tantos chinos. Entonces, si creen que a China le faltarán vacunas ¿por qué nos vende?, ¿es muy fraterno? Cuidado que te estén haciendo el avión o el cuento chino.

 

 El avión es una modalidad de estafa que al principio te hace creer en una falsa realidad. Cuando caes, piensas que te estás beneficiando, pero pronto descubres que todo es un engaño. Es una maña muy vieja, conocida, por ejemplo, en los Barrios Altos, de donde dice ser el presidente Sagasti y de donde era la ingenua señora que se emocionó con un fajo de “billetes” que al desatarlo, se encontró con un montón de hojas de guía telefónica cortadas en forma de billetes.

 

No todo lo que ves —o te muestran para que aplaudas— es real. Cuidado que te estén haciendo el avión

El tamaño de la crisis que vivimos, que no es sólo sanitaria sino también económica (producto de las cuarentenas) y política (que ya se arrastraba desde la explosión Lava Jato), nos hacía pensar que esta campaña electoral iba a ser pródiga en propuestas ideológicas, fundacionales o refundacionales, dado el caso, capaces de movilizar la conciencia de los electores.

No es así, increíblemente. No pasamos de un torneo estéril de ver quién ofrece más bonos, más empleos y más mano dura. Uno y otro candidato se esmera en tratar de recoger una u otra de esas ofertas buscando así congraciarse con lo que entienden son las mayores demandas populares.

Lo cierto es que el total de candidatos no está recogiendo de verdad la expectativa ciudadana. Cuando, según la encuesta del IEP, se le pregunta a los encuestados, sin mostrarles una lista de opciones, por quién va a votar, un terrible 74% no elige a nadie. La desafección cívica respecto del elenco estable de candidatos es gigantesca.

Y ello pasa, creemos, en gran medida, porque no se están brindando narrativas capaces de convencer a los peruanos de que saldremos del hoyo en el que nos encontramos. Apenas la izquierda pergeña alguna propuesta alrededor de su planteamiento de nueva constitución y merece tímida respuesta de la derecha fujimorista.

No hay más. No es casual, en ese sentido que encabece escualidamente las encuestas alguien que como George Forsyth representa al anticandidato ideológico, una cima de lugares comunes y propuestas sin sustento.

Esta campaña va a calentar no a punta de puyazos o memes, o videos llamativos, sino cuando algún candidato decida romper el tabú de que con ideas no se gana electores. El momento crítico que pasamos hará que cualquier propuesta orgánica de gobierno, con planteamientos en materia económica, política, sanitaria, educativa, de seguridad, etc., cuaje.

Ojalá algún candidato se anime a hacerlo y genere, por ende, un efecto multiplicador. Verá cómo obtiene buenos resultados. Ideas claras y atractivamente presentadas pueden ser dinamita pura en esta elección aguachenta. Sería terrible que elijamos en las elecciones del bicentenario y en medio de la peor crisis en más de un siglo, a quien haga de la inercia del marketing su estrategia de campaña.

Todos hemos enfrentado situaciones en las que, después de proponer un buen argumento en una discusión, nuestro interlocutor se rehúsa a refutarnos y responde con un obstinado: “Bueno, yo soy libre de pensar lo que quiera”. Si bien esta respuesta es correcta desde un punto de vista legal, quisiera enfocarme en el aspecto moral: ¿Es moralmente correcto pensar lo que sea? O mejor, ¿es moralmente correcto construir nuestras creencias de cualquier manera?

 

Hace muchos años, dictando un taller, le pregunté a un grupo de maestros de secundaria cuál creían que era la causa de las estaciones del año. La gran mayoría respondió que se debían a que la órbita de la Tierra alrededor del Sol es elíptica (una elipse es algo así como un círculo aplanado): cuando la Tierra está más cerca del Sol es verano, y cuando está más lejos es invierno. Les pedí que hicieran los cálculos correspondientes, y con eso todos pudieron ver que la “aplanadura” de la elipse es mínima, es decir que la órbita es prácticamente circular. Por lo tanto, las diferencias en la distancia de la Tierra al Sol a lo largo del año no explican los cambios de temperatura. Para mi sorpresa, muchos se apresuraron a mostrarme sus libros de texto, diciendo: “Pero mira Manuel, ¡aquí se ve que la órbita es bien elíptica!”. Yo les indiqué que, si su explicación fuera correcta, la temperatura alrededor de la Tierra sería la misma durante todo el año: invierno en todo el planeta cuando la Tierra está más lejos del Sol, y verano cuando está más cerca, lo cual contradice la experiencia de tener diferentes temperaturas en los dos hemisferios. A muchos este argumento les hizo cambiar de opinión, pero un pequeño grupo no quiso dar su brazo a torcer. Uno de ellos incluso se paró y dijo: “¡No puede ser! ¡Yo siempre he sabido que las estaciones se deben a que la órbita es elíptica!”.

 

En este tipo de situaciones el problema moral no es ni la falta de conocimiento ni la incapacidad de analizar las posibles implicancias de sus respuestas, sino más bien la poca voluntad de aceptar un error, el desprecio a la evidencia, y el rechazo deliberado a comprender un argumento simple. Tal vez no podamos juzgar a los demás por lo que creen, pero ciertamente podemos juzgarlos por la manera como deciden formar sus creencias. En particular, podemos juzgar a una persona por qué tanto se apega a sus ideas frente a evidencia contradictoria.

 

Pensemos en nuestra situación actual frente a la pandemia. Como nunca antes, casi sin querer, nos hemos visto envueltos en fascinantes discusiones acerca de cómo sopesar la evidencia científica con las personas más inesperadas. Sin embargo, tal vez porque no estamos acostumbrados a navegar la incertidumbre científica, muchas de estas discusiones terminan abruptamente con un “bueno, ¿y qué problema hay con lo que yo crea? Es mi decisión personal”. Pero, ¿lo es?

 

Tomemos el caso del consumo de ivermectina. Muchos de los que la toman sostienen que es problema suyo y que no afectan a nadie. Pero, ¿cómo llegaron a esa decisión?  ¿Realmente creen que funciona, o lo hacen solamente ‘por si acaso’ funcione? ¿Creen que, si una persona toma ivermectina y se recupera, eso es evidencia suficiente de la efectividad de este medicamento (a pesar de la alta tasa de gente que se recupera por otros factores)?  ¿Se basan en los resultados de un estudio de células de cultivo, en el que la concentración de ivermectina que tuvo un efecto retroviral equivalía a una dosis 30 veces mayor al consumo apto para humanos? ¿Lo hacen porque es la opinión predominante en su grupo de WhatsApp? ¿O piensan acaso que existe una conspiración mundial contra la ivermectina, a pesar de que MERCK, uno de los fabricantes más importantes de este medicamento a nivel mundial, ha aconsejado que no se le use para tratar el Covid-19? Las mismas personas que usan razonamientos defectuosos para tomar la decisión de consumir ivermectina, usarán mecanismos similares para formar otro tipo de ideas y actitudes que sí son directamente relevantes para todos:  van a decidir si aceptarán o rechazarán la vacuna, si usarán o no máscara, si visitarán o no a sus parientes, etc. Su decisión de consumir ivermectina no es privada. Sean profesores, autoridades políticas, o ciudadanos comunes, tarde o temprano nos afectará a todos.

 

Cuando alguien quiera poner fin a una discusión diciéndoles que ellos son ‘libres de pensar lo que quieran’, respóndanle lo que dijo el matemático y filósofo inglés William K. Clifford hace casi 150 años en su ensayo La ética de la creencia: “Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.”

 

Y si en el calor del momento no se acuerdan de la cita de Clifford, le pueden decir simplemente lo que uno de los profesores le reclamó al que se paró: “¡No jodas, pues! ¿Qué piensas de este argumento?”

 

(Nota al lector: la explicación de las estaciones tiene que ver con el ángulo que forma el eje terrestre con el plano de traslación de la tierra).

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

 

 

 

De acuerdo a las encuestas, la derecha se ha ido empequeñeciendo paulatinamente en los últimos años. Mantiene una mayoría relativa, si se considera que buena parte de quienes se definen de centro en verdad son derechistas culposos, pero ella es cada vez menos significativa. Con mayor razón, requiere que sus candidatos subrayen sus pareceres ideológicos para capturar su propio nicho y poder pasar así a la segunda vuelta.

Puntualmente hablando, luego de la pandemia crítica -es decir, cuando un buen porcentaje de peruanos ya esté vacunado- el país va a requerir un shock capitalista que acelere el normal flujo de inversiones privadas. Sin hacer nada, el Perú puede crecer a tasas de alrededor del 4%, pero necesitamos hacerlo a 6 o 7% sostenidamente.

Debiera servir esta ocasión para aprovechar de proponer la ruptura de todos los nudos y amarres mercantilistas (privilegios tributarios, excepciones reglamentarias, favorecimientos presupuestales) de los que gozan sinfín de empresarios, para construir un capitalismo realmente competitivo, una economía de mercado cabal.

A la vez, que se diga abiertamente cuán necesario es desmontar algunos tabúes sociales, como que la inversión minera es mala o que la sobreprotección laboral es buena. Y en medio de esa batalla, apostar de una vez por todas por eliminar por completo el Estado empresario (Petroperú y Sedapal, principalmente) que tanto daño le sigue haciendo al país.

No se oye padre, sin embargo, en las filas de la derecha. Solidarios en la timidez, han hecho de sus respectivas campañas una carente de ideas y propuestas, dejándole el camino servido a la izquierda que con su letanía de cambio de Constitución y de modelo económico ha logrado convertir su mensaje en el centro de la discusión.

A este paso, que no nos extrañe una segunda vuelta a lo Ecuador, con Yonhy Lescano definiéndola con Verónika Mendoza. La derecha tiene tras suyo el inmenso activo de haber sacado a millones de peruanos de la extrema pobreza y de haber reducido la desigualdad, con un modelo basado en una parcial economía de mercado. Si no es capaz de defenderlo y proponer su profundización antes que se reversión, estará perdida en las urnas.

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