Opinión

 

Sí hay personajes en la centroderecha que podrían galvanizar un proyecto político electoral potente y con posibilidades para el 2026 o para antes, si el régimen sigue haciendo agua y termina con su mandato interrumpido.

Roberto Chiabra, Fernando Cillóniz, Rómulo Mucho, Flor Pablo, Roque Benavides son, por ejemplo, nombres capaces de integrar diferentes colectividades partidarias y encabezar un proyecto de consolidación de las libertades políticas y económicas en el país, agregando las urgentes reformas institucionales y de segunda generación que debieron haberse llevado a cabo luego de la caída del fujimorato, pero que los gobernantes de la transición soslayaron olímpicamente.

 

 

Es preciso insistir en hacer realidad la sensata propuesta de Rafael López Aliaga de renunciar él mismo y Keiko Fujimori a sus respectivas aspiraciones. Son candidatos polarizantes, que eventualmente podrían pasar a la segunda vuelta (como lo ha demostrado tres veces Keiko Fujimori), para luego ser derrotados por sus contendores, aun por personajes tan precarios y endebles como Pedro Castillo. Y en ambos casos, además, le pueden quitar votos cruciales a los candidatos de similar identidad ideológica.

Si eventualmente Castillo dura sus cinco años de mandato hay tiempo de que aparezcan nuevos liderazgos (es una lástima que Rosangela Barbarán o Lucas Ghersi no alcancen la edad suficiente para poder postular), pero por lo pronto puede haber una baraja lo suficientemente atractiva para hacerle frente a centros aguachentos o izquierdas de toda laya que puedan surgir o querer reaparecer.

Es tiempo de reconducir la nave nacional hacia una opción claramente identificada con un modelo promercado, radical en las reformas necesarias para consolidar un capitalismo competitivo en el país, pero, a la vez, de plantear serias reformas institucionales (electoral, política, de seguridad interna, regionalización, salud y educación públicas, etc.).

La centroderecha, a diferencia de la izquierda -como ha quedado meridianamente demostrado en estos aciagos meses de gestión de Pedro Castillo-, tiene cuadros tecnocráticos de sobra y podría rápidamente dotar de excelencia la gestión pública, si tiene el norte definido y claro y no busca tan solo hacerse del poder para mantener el statu quo.

La del estribo: no pueden dejar de visitar la exposición Maravillarte, que va en el Ministerio de Cultura, en San Borja, y reúne alrededor de 500 obras de arte, seleccionadas previo un concurso convocado a raíz del bicentenario y que además de mostrar nuevos valores (en pintura, escultura, grabado y fotografía), alberga también la obra de algunos artistas consagrados. El ingreso es libre y no hay que hacer reserva. Va de martes a domingo (este domingo 27 clausuran), de 9.00 a 5.00 pm.

 

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Pedro Castillo

 

Enrique Montenegro ha mostrado en el programa de Milagros Leiva cómo hoy, sin necesidad de ser abogado, y por 170 soles, se puede conseguir un certificado trucho de diplomado de LIBREJUR con el Colegio de Abogados del Callao. Esto nos lleva, primero, a un horror conocido: los certificados bamba de diplomados. Sin embargo, ¿podemos afirmar desde ya que todos los certificados son falsos? Es muy ligero afirmar eso. Veamos.

LIBREJUR otorga certificados junto con el nombre del Colegio de Abogados del Callao desde hace muchos años, y además, en 2017 firmó un convenio con el Colegio de Abogados de Lima para cuestiones académicas. El 4 de octubre de 2021 ofreció un diplomado que incluye a un juez supremo (José Neyra, sobre derecho penal general y el Nuevo Código Procesal Penal), y antes, en otro diplomado, aparecía Alcides Chinchay, fiscal supremo en lo penal. El 21 de enero de 2022 ha ofrecido diplomados virtuales “válido para concursos de jueces y fiscales de la JNJ”, “Acreditados para el Ilustre Colegio de Abogados del Callao”. Su actividad no es reciente y se registran eventos desde el año 2009 al menos.

El nombre de Jaime Wilfredo Guillén Guillén aparece también como parte del Consejo Directivo del Instituto Peruano de Estudios Forenses. ¿Es el mismo LIBREJUR que ha caído en la venta de sus certificados sin llevar los cursos? ¿O siempre dio certificados bamba? ¿Esos abogados del 2009 no llevaron realmente los diplomados? ¿Cuántos abogados más han sido certificados por LIBREJUR? ¿O es que sí brinda cursos pero a veces también vende los certificados como se lo vendieron a Montenegro? ¿La JNJ tomará en cuenta a LIBREJUR para acreditaciones en los concursos en marcha?

Todas estas preguntas son necesarias y requieren una investigación. Como se ve, el problema es profundo. Por eso, llama la atención que el programa de Leiva se haya focalizado solo en la fiscal de la Nación Zoraida Ávalos, quien por cierto también debe explicar cómo fueron esas capacitaciones. Otro tema a dilucidar, sin aspavientos ni ojerizas, es la preservación por parte de un particular de documentos de hace 12 y 14 años (los cinco certificados en la mira son de esos años), no solo de una persona, sino de todos los que tienen certificados de esa época. Dicho sea de paso, de la calificación 67.50 puntos que se le dio a la fiscal Ávalos en su postulación a la suprema, el puntaje que recibió por cursos de capacitación presenciales fuera de la AMAG fue de 2.00 (“0.75 por cada uno”). Los certificados de LIBREJUR con el Colegio de Abogados Callao (con firma del decano en ese entonces Jorge Guizado Salcedo) que presentó para el concurso dicen que se realizaron en el Teatro “Felipe Pardo y Aliaga”, el auditorio de la UTP y el auditorio del Sindicato de Telefónica. De ser certificados truchos, ¿cómo así el exCNM no los detectó, o es que no eran truchos? Ojo, no era el CNM de Aguila del 2015.

Qué duda cabe que hay que mirar las denuncias sobre nombramientos de supremos del exCNM. Pero esas investigaciones deben hacerse sin prejuicios. Los cuestionamientos sobre el nombramiento de Ávalos se basan, al menos hasta donde se sabe, en dichos de personas investigadas por Cuellos Blanco. Se necesita investigar con profundidad e independencia. ¿Por qué no se dice que el congresista al mando de la investigación es José Ventura de Fuerza Popular, partido que tiene una acusación fiscal por crimen organizado? ¿Por qué en este escenario se le entrevista al ex fiscal de la Nación José Peláez, quien es cuestionado por las infructuosas investigaciones fiscales a Alan García? Dicho sea de paso, no podemos perder de vista otros procesos mientras todo esto pasa, como la elección de la Autoridad Nacional de Control del Ministerio Público, donde uno de los dos candidatos es el abogado Juan Antonio Fernández Jerí, muy cercano a Peláez Bardales.

Que se investigue objetivamente, y que intereses subalternos no saquen provecho de todo esto.

 

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CAL

 

El artículo semanal de Javier Díaz Albertini para El Comercio[1] vino esta semana con una preocupación que es la de muchos, pero que vale la pena discutir. El cuerpo central del texto cuestiona el por qué no existe una protesta ciudadana en la calle que haga sentir su voz frente al gobierno y Congreso. El autor destaca en especial tres condiciones como necesarias para empujar la “calle”:

“Primero, debe existir un sentimiento profundo de indignación de carácter moral por parte de un grupo significativo de la ciudadanía. Segundo, es necesario construir identidades colectivas que claramente distingan a un “nosotros” de un “ellos”. Tercero, es indispensable el convencimiento de que los cambios sociales son posibles por medio de la acción colectiva.”

Creo que esta vez el autor, uno de los más lúcidos para analizar la realidad peruana, se equivoca.

Tengo mis dudas sobre la primera condición, que es la clave. Particularmente, no percibo indignación. El mismo autor expresa un doble sentido de términos en el artículo cuando dice: “solo se está cumpliendo la primera. Estamos hartos.” Pero indignación y hartazgo no van por el mismo camino.

Indignar supone una emoción y un impulso a actuar que no se ve de manera evidente por ningún lado. Nos estamos -como sociedad- acostumbrando a una situación de crisis permanente en la que, si un día amanecemos sin gobierno y sin Congreso, a la gente le va a importar menos que poco.

Julia Kristeva, la filósofa y psicoanalista que ha estudiado tanto la relación entre el lenguaje, comunicación y tejido social, si la he leído bien, ayuda a comprender este particular momento de la relación entre política y sociedad en el Perú, cuando sostiene que estamos frente a nuevas formas de representación en las que nos volvemos menos parlantes y nos dejamos llevar más por imágenes:

“el papel creciente de la imagen, que reemplaza al lenguaje y hace que el hombre parlante se vuelva cada vez menos parlante. Mientras tanto, el sistema de comunicación cubre ya todo el campo visual bajo una inmensa tela superficial, en detrimento de la profundidad, del fuero interior.”[2]

Así, nuestra interpretación de lo que ocurre deja de ser diálogo y pasa a ser imagen. Principalmente porque lo que pasa no nos integra ni convoca. Vemos lo que ocurre, pero no interactuamos (lenguaje) con ello. Nuestra realidad es como una película que vemos en el cine o en la casa. Algo lejano que no percibimos relevante ni con la capacidad de que nos penetre.

Esto hace que, frente a la realidad, la evaluemos y nos distanciemos de ella. Por eso la “indignación” que para Díaz Albertini existe, de modo axiomático, no genera acción posible. No podemos trasgredir los planos, como en la Rosa Púrpura del Cairo de Woody Allen, donde la protagonista podía salir del ecran y volver a entrar en él, porque no hay conexión entre los mundos. Son realidades paralelas y planos diferentes. Pero en el plano importante, en las “cosas del comer” genial término acuñado por la comunicadora Laura Arroyo, eso no entra, es una ficción, una foto en la que no salimos.

Ahora bien, pensemos un poco algunos detalles:

  • La retórica del gobierno, expresada por el presidente, que habla de cómo la corrupción golpea al “pueblo” y no es capaz de mandar a su casa a ministros, asesores y autoridades con antecedentes tan cuestionables como indignantes.
  • La conducta del presidente Castillo que ha privilegiado siempre los pequeños encantos del poder antes que las políticas de Estado. Si no, que la fiesta de su hija, la visita a sus padres en plena cuarentena y otros adicionales, se expliquen adecuadamente.
  • La respuesta de ministros presentables de este gobierno que se ponen de costado frente a otros impresentables, sin hacerse paltas, diciendo que ellos solo ven por sus sectores. Porque de gobierno de proyecto único y claro, no hay nada, pero eso a quién le importa si tengo el ministerio.
  • Un Congreso que invierte una buena parte de su producción legislativa en proyectos declarativos que no impactan en la vida de nadie, como vimos en un buen informe de Alejandro Boyco, de El Comercio[3]
  • Una Mesa Directiva encarnada por Alva, prepotente y con tonos clasistas y racistas que no tiene ningún problema en mostrarse así frente a una alcaldesa de una provincia de afuera de Lima, desde luego.
  • Una confrontación oficialismo – oposición de papel, de palomillas, pero que cuando tienen que sentarse a defenderse ellos mismos, pues no tienen empacho en los abrazos largos y en tirarse abajo las reformas incipientes y el sistema anticorrupción. Allí sí hay foto.

Frente a eso, que además es el resumen de la última semana nomás, nos indignamos primero, gritamos, pero de ahí nos acostumbramos. Porque si no, nos morimos.

Pasamos a la última fase del duelo de una manera casi natural. Porque no hay cuerpo que aguante todo eso. Porque eso va a otra esfera, una en la que ya no tenemos decisión ni competencia. Tener opinión no es indignarnos. Y cada vez nos volvemos más cínicos socialmente hablando. Estamos al borde del alpinchismo moral en un sentido muy amplio.

Si no, miremos con otros ojos el índice Bloomberg tan comentado esta semana: ¿no deberíamos estar más preocupados por la diferencia inmensa que hay entre el indicador económico y el político y las cuerdas separadas que hay entre ambos? Cada uno quiere verlo desde su propio interés, pero nadie alerta sobre cómo nos hemos acostumbrado a vivir en la precariedad política más elocuente.

Lo que nos lleva a la segunda condición: la necesidad de un “nosotros” que nos convoque. Honestamente, me sonó un poco raro que se plantee eso porque es algo etéreo. ¿Por qué habría un “nosotros” si lo que puede convocar a algunos va a desmotivar a los otros? ¿Somos capaces de afirmar que ese “nosotros” es posible? Lo que nos genera identidad hoy es justamente esa diferencia con el otro. Por eso el #quesevayantodos resulta tan relevante.

Recordemos las marchas convocadas hace solo semanas contra el gabinete Valer. Un desfile de argumentos cada cual más extraño donde solo había una condición posible: la unidad era imposible. Yo no marcho con los cojudignos era la voz principal. La segunda era el yo no marcho con corruptos. Al medio los que querían expresar su posición, pero no así. Resultado: magras movilizaciones que validan más de lo que cuestionan.

En ese escenario, la tercera condición es quimérica: que la movilización se base en el convencimiento de que genera cambios sociales efectivos. Allí Díaz Albertini pone buenos ejemplos de lo que las últimas movilizaciones consiguieron:

“Que se derogaran leyes lesivas para los jóvenes trabajadores, que la justicia funcionara ante la violencia de género, que se repusiera a los fiscales del equipo Lava Jato, que no se usara la vacancia para convertir al Estado en botín.”

Pero queda en debe cuando analiza si lo que se logró realmente se sostuvo. Si esos cambios fueron tales y no fueron desmantelados por el ejercicio de esa política distante que justamente por eso interesa tan poco. Tan es así que el autor lo obvia, que no menciona los intentos actuales de contrarreforma y por qué ello no ha generado la misma movilización. Si en algún momento vivimos un momentum social que generó cambio, aprendimos también que ese cambio no fue permanente. Volvimos al estado inicial más temprano que tarde.

Díaz-Albertini acaba con un párrafo beltmoniano: “El (camino) más deseable es reparar nuestra alicaída autoestima nacional y repetirnos –hasta el cansancio– que merecemos más y mejor”. Un Splenda al corazón. Pero es en el fondo la aceptación explícita de que no tenemos idea de cómo afrontar esto que nos pasa. Es el buen deseo, la palmadita en la espalda, en-la-cancha-somos-11-contra-11. Nadie nos gana y Dios es peruano.

Porque en el fondo falta un elemento que le de inicio a este debate: cómo entiende el peruano esta situación, si la ve como crisis y cuáles son los marcos en los que quisiera una resolución. En esta historia, nadie le ha preguntado a la gente nada. Y eso nos va a pasar factura.

 

[1] Díaz Albertini, Javier (16/02/2022), La calle está dura. En: https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/la-calle-esta-dura-por-javier-diaz-albertini-noticia/?ref=ecr

[2] Clarin (2014): Los nuevos dolores del alma. Entrevista a Julia Kristeva. En: https://www.clarin.com/rn/ideas/Julia-Kristeva-nuevos-dolores-alma-moral_0_HkAeM1Jowme.html

[3] En: https://elcomercio.pe/politica/congreso/congreso-continua-con-la-agenda-declarativa-peru-libre-accion-popular-y-fuerza-popular-son-las-bancadas-con-mas-proyectos-no-vinculantes-proyectos-de-ley-legislativo-produccion-parlamentaria-ec-data-noticia/

 

 

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Gobierno, Pedro Castillo

 

Utilizo para mi columna de hoy el concepto utilizado por Pierre Rosanvallon para caracterizar lo que actualmente pasa por los regímenes políticos occidentales. El historiador señala que actualmente -en las democracias liberales- vivimos un tipo de accionar ciudadano y político que impacta de manera negativa en el régimen, desgastándolo y vaciándolo del contenido representativo.

Esas acciones pasan por judicializar, vetar e imputar cualquier tipo de política gubernamental, discurso y proyecto político. No es negativo ello, pero el punto de inflexión está en tener en cuenta que dichas características quedan en el aspecto reactivo. Ante tal contexto, cuando la opinión pública exige cambios importantes, la acción propositiva queda en el vacío. No hay eco que sea recogido por cualquier iniciativa que reconstruya el escenario político representativo. Se queda solo en el aire, como un llamado de atención. Eso es lo que actualmente estamos viviendo por el mundo.

Y eso es por lo que el país transita, desde hace varias décadas. Así entramos a la transición a la democracia. En un escenario político, que transita entre la fragmentación y la organización mínima, las minorías activas de toda índole (políticos y sociales) impulsan discursos y acciones que no generan capacidad de síntesis de aquel contexto que vivimos; por el contrario, acentúa aún más la capacidad de normalizar dicha de coyuntura crítica. De estar conformes de la crisis permanente.

Eso lo podemos evidenciar en la poca capacidad que tienen las minorías activas de movilizar gente por las calles o de reconstruir grandes relatos y proyectos que generen confianza en la mente y corazones de los peruanos. Lo que podemos ver también es que dichas minorías generan agendas que repercuten en la opinión pública (medios y encuestas), así como en la capacidad de canalizar la indignación a través del voto. Ya hemos podido apreciar cuales han sido los resultados de dicha situación en esta última elección: Pedro Castillo y su forma amateur de hacer política.

Me surge una pregunta a partir de dicho contexto: ¿es posible que transitemos a escenarios desencadenantes que impacten negativamente en el país? Vale decir, ¿podemos llegar a tocar fondo, mediante una elección, en la que elija a alguien más nocivo (léase populista) que el actual presidente del país? La entrada teórica propone que los populismos surgen como situación excepcional entre la dictadura y la democracia. Otra propone que el populismo no es excepcional, que es parte de nuestra cultura política y que gira entre ella y las dictaduras, en la que la democracia se vuelve algo no regular.

¿Por dónde va nuestro rumbo? Por generar proyectos democráticos que conecten de abajo hacia arriba -mediante proyectos de partido-escuelas- la necesidad de reconstruir la política representativa tan venida a menos desde los años noventa. Eso pasa por discutir reformas de los partidos que vayan más allá de la cuestión electoral.

 

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Gobierno, Pedro Castillo

 

Las escuelas y universidades son para que personas que, en general, no producen ni se reproducen se preparen para hacerlo en otros lugares; como casas —o habitaciones de cierto tipo— donde padres e hijos, puede ser que otros parientes, resuelven tareas ligadas al ciclo de vida socio afectivo; o como oficinas, tiendas, fábricas, negocios, en los que se crece desde el punto de vista económico y profesional.

Todo lo anterior parecía un orden natural, actividades y espacios indiscutibles, de los que derivaban protocolos, costumbres, reglas. Casi podría decirse que se trataba de un escenario inamovible en el que todos hacíamos lo nuestro. Por supuesto que es una exageración, que estamos hablando de instituciones, por lo tanto sometidas a una historia que las vio transformarse con matices en diferentes culturas. Pero como que era el default.

Hasta que vino la pandemia y se hizo evidente que el lugar donde habitualmente hacíamos ciertas cosas, por ejemplo trabajar, es menos determinante de lo que asumíamos y que se puede realizar con iguales o mejores resultados desde otras coordenadas. El trabajo y el estudio remotos eran posibles, un nuevo mundo se abría, los horizontes laborales y educacionales se ensanchaban. Antes del virus habían precursores que en la década previa iban en ese sentido, pero ahora se trataba de un camino sin retorno.

 

Hablemos solo del trabajo.

¡Flexibilidad es la voz! Los ejecutivos no están dispuestos a seguir trabajando para organizaciones que no ofrecen alternativas: tanto tiempo en la oficina, tanto fuera de ella. Trabajo híbrido, a pesar de que el término de asocia a seres contrahechos. Y aunque muchas organizaciones parecen creer que traerá lo mejor de ambos mundos, de la presencialidad y la virtualidad, los datos que poseemos hasta ahora no son tan claros.

En primer lugar ambas circunstancias tienen modelos mentales diferentes. Desde las maneras de focalizar, para hablar de un asunto neuropsicológico, hasta la susceptibilidad a la crítica, para hablar de uno que es esencialmente emocional, responden a variables distintas en remoto y presencial. No importa el arreglo, pasar de un modelo a otro requiere de ajustes y esos ajustes demandan energía. Ya se comienza a escuchar voces sobre el agotamiento de la hibridez.

No solamente eso. El clima laboral también cambia cuando uno tiene a una parte de los equipos lejos y otra dentro. ¿Tendrán los presentes más ventajas ante los ojos de sus jefes que los ausentes, se llevaran los segundos las cosas más fácilmente?, ¿tendrán los líderes —para quienes todo lo anterior significa ajustes mentales y conductuales importantes— que ceñirse a nuevos ejercicios de inclusividad al no olvidar dirigirse, además de a ellas y ellos, a virtuales y presenciales?

La cosa no está, literalmente, en el lugar. El asunto, por el contrario, es qué parte y tipo de  trabajo se hace dónde y cómo. Quizá la revolución radica en que iremos a un lugar que no es la oficina para documentarnos e inspirarnos, a la oficina para lo operativo, nos quedaremos en la casa para profundizar y documentar, y acudiremos a otro sitio para negociar, dar o recibir retroalimentación muy importante. Algunos de esos lugares serán propios de cada empresa, otros comunes a varias empresas, algunos estarán en la nube otros en la interacción cara a cara.

Para terminar, no es dónde trabajamos, sino en qué lugares vamos a hacer qué parte de nuestro trabajo. Seamos sinceros: no la tenemos clara y durante un tiempo lo híbrido será un viaje por territorio desconocido y nos deparará muchas sorpresas, requiriendo de todos creatividad y coraje.

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Teletrabajo

 

Es realmente grotesco que el gobierno de Castillo pretenda vanagloriarse de las buenas cifras macroeconómicas, a propósito de la excelente calificación obtenida en el índice de riesgo país de Bloomberg, que nos coloca en primer lugar en la región, desplazando a Chile.

Por lo pronto, habría que señalar que ese índice no es precisamente referencial, no es considerado muy solvente como real indicador de la buena o mala marcha de una economía (que Argentina, que es un desastre económico y financiero, aparezca en cuarto lugar en la región, bastaría para desacreditar el mismo), pero, además, aquello por lo cual se ubica al Perú en primera ubicación no es, precisamente, por algo que haya hecho este gobierno, sino, al contrario, a pesar de él.

La ausencia de liderazgo presidencial y la carencia de políticas públicas eficientes y tecnocráticas en sectores claves de la economía y la producción, van a hacer que el país crezca apenas 2% este año, cuando el contexto internacional nos debiera permitir aspirar a tasas de 4 o 6%, inclusive, como sucedió en el segundo gobierno de García.

Castillo y su ineptitud le cuestan al país, por lo menos, ocho mil millones de dólares anuales. Eso es lo que la economía peruana deja de crecer por la política de mediocridad administrativa y el copamiento partidario de sectores claves del Estado, sin ninguna consideración por la meritocracia o algún respeto por la pátina tecnocrática que se ha ido forjando a lo largo de las décadas en muchos ministerios u oficinas públicas.

 

Hay que saludar que Castillo haya arriado las banderas radicales estatistas y que el afán de convocar una Asamblea Constituyente le sea imposible de llevar a cabo, y en esa medida, es bienvenido que se mantengan, gracias a la Constitución del 93, las líneas maestras del modelo -ello, por sí solo, ya asegura un crecimiento económico del país-, pero estamos muy lejos de ser un ejemplo de políticas proinversión o promercado. Muy por el contrario, se está destruyendo la calidad estatal y se está desperdiciando un momento de oro para disparar las tasas de crecimiento y acelerar la reducción de la pobreza y de las desigualdades sociales. Ello sí es atribuible al régimen de Castillo y no debiera ser, como es obvio, motivo de vanagloria.

La del estribo: estamos en medio del siempre recomendable festival internacional de teatro y danza Temporada Alta -en su séptima edición-, que anualmente convoca la Alianza Francesa. Esta semana estarán Livalone (España) el 21 y 22 de febrero, Pocahontas o la verdadera historia de una traviesa (España) el 23 y 24 de febrero, Nuestros cuerpos sin memoria (Perú/Francia) el 26, 27 y 28 de febrero. Hay, además talleres y clases maestras. Vea la programación en la página web de la propia AF y las entradas las adquiere en joinnus. ¡Buen teatro presencial!

 

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Pedro Castillo

 

Corría la mitad de la década de los noventa y era tradición ir en el mes de julio con mi mejor amiga Carmen del Prado, mi tío Pedro Pablo y otras personas interesadas a la fiesta que se le rinde a la Virgen del Carmen, más popularmente conocida como «Mamacha Carmen», celebración colorida, llena de fervor, en el hermoso pueblo de Paucartambo. Fue en ese contexto que conocí a Doris Bayly.

Ocurrió poco después de su terrible accidente en bicicleta en Cuzco. Ella había sufrido una caída dos días antes de visitar Paucartambo por la fiesta de la Mamacha. Desde el primer momento pude notar su calmada manera de establecer el diálogo, su profundidad de pensamiento, su ponderación de las palabras y la forma mágica con que nos involucraba en cada conversación. Sus pausadas intervenciones provenían de una manera tranquila, sabia, de enfrentar la vida.

Los fierros que le pusieron por la caída no le impidieron ir a Paucartambo. Al contrario, nos llevó con su imparable entusiasmo hasta “Tres cruces” y tuvimos conversaciones intensas. En ese momento se encontraba escribiendo los textos de su primer poemario, Retrete para huérfanos, que José Antonio Mazzotti le publicó con la editorial ASALTOALCIELO en junio de 1996 desde Filadelfia, donde a la sazón vivía el reconocido poeta y promotor cultural. Esos cien ejemplares publicados en edición artesanal hoy constituyen pequeñas joyas de la literatura peruana.

Recuerdo cuando surgió uno de los poemas del libro. Estábamos en la pizzería que quedaba debajo del «Ayllu», el legendario café cusqueño, sentadas las cuatro puntas en una mesa, y de pronto surge el siguiente poema, que escribió al vuelo:

“X”

juego colectivo escrito sobre la gran mesa de madera

de una pizzería en el cusco

ándese con rodeos

de palabra y diccionario bajo el brazo

para encontrar la ruta

al centro mismo de la nada

 

pero escuche

ESCUCHA TE LO PIDO

el rumor gorjeante

a sangre espesa

que sube atropellando la garganta

y se detiene

al borde del suicidio

 

en

MEDIO

de la calle (26).

 

Esa era Doris, intensidad bajo un ropaje de calma, «rumor gorjeante / a sangre espesa /

que sube atropellando la garganta». Sus poemas parecían simples, pero ya se notaba una voz con garra y gran sentido de la economía del lenguaje. Como ella.

Dos años más tarde publicaría en Lima con la editorial Campodónico su segundo y último libro, Chico de mi barrio, donde reafirmó su original escritura.

Esta querida poeta y sagaz periodista sabía mantener conversaciones llenas de hondura, de análisis, para ir más allá y hacer que una se cuestionara lo que daba por sentado. Creo que todos los que la conocieron experimentaron un cambio ante un ser tan especial. A mí me hizo pensar en mi realidad, pues ella también venía de una familia de clase media alta, pero buscaba y anhelaba la justicia social, la equidad de la vida y la bondad. Sus convicciones eran muy parecidas a las que yo anhelaba. Hubo una simpatía desde el principio; realmente era una guerrera, una artista, una poeta, una periodista de otro nivel, todo a la vez.

El pasado miércoles 16 de febrero un maldito camión la atropelló mientras montaba su bicicleta, hábito que practicaba cada mañana, en la carretera cerca de Máncora, donde vivía con su familia desde hacía unos años. La dejaron abandonada en el camino y falleció a las pocas horas. Qué cruel es el Perú a veces con sus hijos.

Se le va a extrañar, porque mujeres como ella, auténticas, luchadoras, justas, espirituales, hay muy pocas. Que su luz nos acompañe siempre.

 

 

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Doris Bayly, poesía

 

Las aparentes muestras de cordialidad que se han brindado en las últimas horas los representantes del oficialismo y la oposición ojalá no transiten por una tregua política basada en el pacto de mantener el statu quo y preservar las gollerías mutuas.

Claramente, la mayor responsabilidad para evitar ello, anida en las filas de la oposición parlamentaria que tiene, frente a sí, la encomienda política primera de definir si le otorga o no el voto de confianza al gabinete Torres. Y, adicionalmente, la urgencia de fiscalizar la presencia de ministros altamente cuestionables que el régimen ha presentado en su parrilla ministerial.

De arranque, hay por lo menos seis que no deberían estar en el cargo que ocupan: el de Transportes (léase la reveladora carta de renuncia de la viceministra), Interior, Defensa, Energía y Minas, Cultura y especialmente el de Salud, sin contar otros que también tienen antecedentes críticos. ¿Con ese combo de inefables puede el Congreso pasar por agua tibia el envite y mirar de soslayo el tema?

Creemos que el Legislativo debe hacer con el gabinete Torres lo que debió hacer con el gabinete Bellido, negarle la confianza. Es una falta de respeto al país la presencia de personajes sin el menor valor administrativo o experiencia en la gestión pública, cuya presencia en el gabinete obedece a componendas políticas entre el presidente Castillo y Vladimir Cerrón, o con agrupaciones como Somos Perú y la facción provinciana de Acción Popular.

En términos generales, queda claro que va a ser muy difícil que la oposición consiga los 87 votos para vacar al presidente y no hay aún, además, las razones para justificar tamaño acto político. Puede recorrer también el camino de la acusación constitucional y dejar el camino expedito para que apenas se presente una inconducta presidencial proceder por esa vía. Es más sencillo, pero igualmente difícil de lograr.

En cualquier caso, antes de pensar en tales palabras mayores, puede y debe ejercer una actitud de vigilante fiscalización. Y ello pasa, en primer lugar, como hemos señalado, por negarle la confianza a un gabinete más impresentable aún que el de Guido Bellido. Y si por alguna sospechosa razón, o por un plato de lentejas, las bancadas del centro vuelven a darle los visos de continuidad al gabinete, es obligación de la auténtica oposición parlamentaria (y en este esfuerzo sí pueden contar con los votos), ir ministro por ministro, hasta despejar el horizonte gubernativo de sombras inaceptables.

 

 

 

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Congreso, Gabinete, Pedro Castillo

 

Desde octubre de 2015, cuando se destaparon casos de abusos mediante el libro “Mitad monjes, mitad soldados”, el Sodalicio nunca ha admitido ninguna responsabilidad institucional en las fechorías cometidas. Las declaraciones públicas de algunos de sus representantes pidiendo perdón se han limitado a disculpas por los abusos cometidos por algunos sodálites, que supuestamente habrían cometido actos incompatibles con los fines y el espíritu de la institución. Porque — repitiendo el esquema que se ha solido aplicar en toda la Iglesia católica ante la proliferación de casos de abusos— la institución siempre se ha considerado a sí misma como impecable y santa, y sólo algunos de sus miembros —cual “manzanas podridas”— habrían cometido actos repudiables, atribuibles a que “ también son humanos” y designados generalmente no como delitos sino como errores, faltas, deslices o simplemente pecados debidos a la fragilidad de la carne.

A fin de sellar y certificar esta impecabilidad institucional, el Sodalicio convocó a una comisión de tres expertos internacionales (Ian Elliott, Kathleen McChesney y Monica Applewhite) supuestamente para investigar los abusos y resarcir a las víctimas, pero que en realidad sólo sirvió para lavarle las manos a un sistema enfermo que muestra señales de putrefacción en su organismo.

Eso se hace evidente en la carta de Alessandro Moroni, entonces Superior General del Sodalicio, del 14 de febrero de 2017, que sirve de presentación a los informes de los expertos del 10 de febrero del mismo año.

Cuando habla de la «investigación completa de las acusaciones contra miembros o exmiembros del Sodalicio llevada a cabo por un equipo de expertos internacionales», resalta que «se trata de hechos en su mayoría ocurridos en un pasado distante», lo cual «hace difícil poder sustentarlos con una evidencia probatoria irrefutable y señalar concluyentemente la responsabilidad penal de los agresores», aunque «la consistencia de los testimonios recibidos y el rigor metodológico de los investigadores nos permiten reconocer frente a las víctimas la verosimilitud de sus testimonios».

Moroni se atreve a decir que «el último presunto acto de abuso de un menor de edad por un sodálite ocurrió […] en el año 2000», aunque poco antes ha señalado que «en 2007, un sodálite [Daniel Murguía] fue arrestado por el abuso sexual de un menor, y fue inmediatamente expulsado del Sodalicio». ¿Por qué no incluye este caso en su estadística? ¿Porque fue absuelto por el Poder Judicial debido a un tecnicismo judicial? ¿O simplemente porque ya no es sodálite? Los hechos que se le atribuyen son verosímiles y aparecen como comprobados en la misma sentencia absolutoria: llevar a un niño de la calle, un menor de 11 años, a un cuarto de hotel, hacer que se desnude y tomarle fotografías. Esto ya constituye un abuso sexual, aunque la ley no lo tipifique. Lo que adicionalmente habría ocurrido y que no se llegó a aclarar sólo lo saben el menor y el mismo Murguía.

De manera estratégica, Moroni soslaya el tema de los abusos psicológicos y físicos que habrían sufrido personas mayores de edad en la institución, las cuales se hallaban en situación vulnerable debido al control mental que se habría ejercido sobre ellas gracias a un régimen disciplinario característico de las sectas y el ejercicio de una obediencia absoluta que restringía su libertad personal y su capacidad de decisión. Y aunque abusos sexuales en perjuicio de adultos también los hubo en el Sodalicio, Moroni sólo considera los abusos contra menores de edad para poner una fecha límite, con una certeza de visos cuasi-proféticos.

Si bien admite que «los expertos identificaron ciertos elementos dentro de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera, permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir», a la vez señala que en la última década ha habido mejoras significativas.

En resumen, los abusos en el Sodalicio pertenecerían a un pasado ya remoto; la responsabilidad respecto a ellos recaería únicamente sobre unos cuantos sodálites y exsodálites que habrían cometido estas acciones. Las razones para dar a conocer el informe, según Moroni, serían «para poder reparar adecuadamente a las personas que han sufrido a causa de lo que aquí se relata, para que hechos como esos no se repitan y para hacer justicia a los sodálites y miembros de nuestra familia espiritual que son personas de bien, íntegras y comprometidas con el anuncio del Evangelio y el servicio a los demás».

En fin, la perfecta lavada de manos para una institución que tendría unos cuantos miembros sucios pero mantendría el cuerpo limpio e impecable. Y donde ya se habrían tomado todas las medidas a través de «un programa permanente para contribuir a la sanación y reconciliación de las personas que han sido víctimas de cualquier abuso o maltrato relacionado con nuestra comunidad y trabajar para que nunca vuelvan a ocurrir hechos de esta naturaleza».

Todo muy bonito, a no ser por que ese “programa permanente” prácticamente no existe. Con el informe de los expertos internacionales el Sodalicio habría considerado cerrado y concluido el proceso de reparación de las víctimas, sin evaluar la posibilidad de que haya muchas más de las que la institución ha reconocido oficialmente. Además, el proceso no parece haber sido tan limpio y justo como pretende Moroni.

El informe preliminar (julio de 2019) de Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, del Congreso de la República del Perú, presidida por el congresista Alberto de Belaúnde, recoge algunos testimonios sobre el proceso de reparación encargado por el Sodalicio, que estuvo a cargo del irlandés Ian Elliott.

Félix Neyra, por ejemplo —de cuya herencia materna se apropió el Sodalicio—, declaró que Elliott

«me citó para una segunda reunión. Me dijo que era una víctima del Sodalicio. Me garantizó que podían devolverme lo de mi herencia. Eran veinte mil dólares. […] Demoraron como 2 meses y nunca llegó el abono. Hubo correos con idas y vueltas con Ian y [José] Ambrozic. […] Después de estos dos meses me llamó Carlos [Neuenschwander], que era el encargado de la plata. Me citó a una reunión. También citó a Elliott. Me comunicó con ellos por Skype y me dice [Carlos] que han evaluado mi caso y que han llegado a la conclusión que no soy víctima en ningún aspecto. No hay pruebas de ese dinero ni voucher de depósitos. No me van a reparar con nada».

Algunos de las víctimas que quisieron negociar con Elliott el monto de su reparación se toparon con la barrera del idioma, pues Elliott se comunicaba en inglés y no manejaba la lengua castellana. El testimoniante “Arturo” cuenta:

«Yo pedí traductora la segunda vez que hablé con él, y la traductora nunca llegó. Tuve que traer a mi hermana para poder conversar. […] Me dio un monto y me dijo que no era negociable, pero que si quieres puedes ir por la vía judicial, aunque no me iban a dar mucho».

Del carácter no negociable de la reparación ofrecida por el Sodalicio también da cuenta “Mario”:

«Ian [Elliott] te escuchaba y luego el Sodalicio te hacía una oferta de “tómala o déjala”».

A “Mario” se le ofreció sólo el 12% de lo que en justicia pedía y le correspondía, por lo cual concluye que el proceso fue una «burla absoluta hacia las víctimas, porque te hacen ir a contarle tu vida privada a un desconocido con la esperanza de cerrar un capítulo de tu vida y no les interesa lo que tienes por decir».

Martín Balbuena, víctima de abusos no sexuales, describe un trato parecido:

«Ian [Elliott] me trató muy mal. Fue muy mala experiencia. Me hizo ir dos veces, me prometió muchas cosas que nunca me las dio. Me manipuló».

“Santiago”, por su lado, declaró:

«También estuve en la comisión Elliott. No hubo negociación, no estuve satisfecho. Ha sido una maldad lo que han hecho. La segunda comisión no le hace caso a las recomendaciones de la primera, contratan a unos gringos religiosos. Me entrevistó Elliott. Él considero que mi historia era creíble y me indemnizó. No puedo decir el monto. No me sirve ni para pagar buenas terapias. Me pareció autoritaria e insuficiente. Me dijeron: “tenemos esto, si quieres lo recibes, sino está ahí guardado para ti, cuando quieras vuelves”».

El testimoniante “Silvio” explica el motivo por el cual acepta una reparación que no le parece justa:

«Yo acepto esa reparación cuando llego a entender que no va a haber justicia, y que lo que debo hacer, además siendo manipulado por Elliott, es de que es mejor algo que nada. Eso, además, me lo escribe el mismo Elliott en un e-mail que me manda en este proceso, donde yo intento negociar, pero no hay ninguna negociación en el fondo».

El testimoniante “Sergio” tampoco estuvo satisfecho con la reparación ofrecida:

“Me dijeron que me pagarían unas terapias. Yo hasta ahora le pido al psicólogo que me dé el informe y no me lo ha dado. Fue un chiste. Yo creo que ellos revisaron mi sistema financiero. Yo tenía deudas. Eran bastante agresivos. Yo llegue a la Notaría Rivera creo, firmé y me dieron el cheque”.

Rocío Figueroa, víctima de abusos sexuales por parte de Germán Doig, también recibió una reparación. Su papel clave en el develamiento de los abusos sexuales en el Sodalicio fue convenientemente omitido en los informes de los expertos internacionales. Al respecto, comentó lo siguiente:

«También hablé en la segunda comisión, pero se portaron pésimo, no pusieron mi historia, pusieron que ellos hicieron todo. Me dijeron: “Debes estar molesta”. Les dije que sí, que los habían comprado. No esperaba mucho, recibí una reparación. Me ofrecieron una porquería y me dieron el doble. A mí me tienen miedo. Me hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad, pero me importa un pepino. Nadie te puede callar».

“Rodrigo”, uno de los pocos que se manifestó relativamente satisfecho con la reparación que recibió, manifiesta sin embargo lo siguiente:

«A mí me indemnizaron, me pagaron los años de terapia que yo había usado, me lo reconocieron y me pagaron un año de psicoanálisis. Pero a mí me trataron como rey, comparado a otros que han sufrido muchísimo más y han sido muchísimo más abusados».

Cabe resaltar que una condición para conceder una reparación era la firma de un acuerdo de confidencialidad, por el cuales la víctima debía comprometerse «a mantener absoluta reserva y confidencialidad sobre las conversaciones y negociaciones sostenidas para arribar a esta transacción, sobre el contenido del presente acuerdo, incluyendo los montos indemnizatorios comprendidos (asistencia e indemnización), los hechos que lo motivan y las personas involucradas en ellos» (texto tomado de de uno de esos acuerdos de confidencialidad), además de renunciar a cualquier demanda futura y a reclamar ningún monto adicional.

José Enrique Escardó, el primer denunciante del Sodalicio en el año 2000, comentó al respecto ante la Comisión De Belaúnde:

«[…] muy orondamente salieron una vez a decir que creo que habían utilizado dos millones de dólares, ¿no? Para reparación, dijeron ellos. En realidad no lo han utilizado para reparación; lo han utilizado para silenciar víctimas con manipulaciones, con mentiras, con falsas promesas. Han hecho firmar a varias víctimas —en condiciones muy vulnerables, en depresión, con situaciones económicas muy lamentables, muy tristes— acuerdos extrajudiciales en los cuales han exigido el silencio de la persona y han pagado dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil dólares por ese silencio de toda la vida, y para que no les vuelvan a pedir nunca nada, ni un centavo».

Lo que finalmente hizo el Sodalicio es conceder a las víctimas que les dio la gana de reconocer —entre las cuales no me incluyeron a mí— una compra mafiosa de su silencio, a fin de limpiar su imagen institucional. De este modo, se ha lavado las manos utilizando las estrategias de una nada santa organización criminal, de un organismo pútrido hasta la médula.

 

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Religión, Sodalicio
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