Opinión

Durante las últimas semanas, en que —debido al proceso electoral— el Perú ha vivido en carne propia una polarización inédita en nuestra historia republicana, ha sido evidente el apoyo que le ha dado a la candidatura de Keiko Fujimori —incluso asumiendo casi como dogma de fe la quimera del fraude— un grupo conformado por burgueses limeños de los sectores socio-económicos A y B, a los que designaré como la élite pituca, y que tiene en el Club de Regatas Lima uno de sus focos de concentración poblacional. Y esto no quiere decir que todos los socios del Regatas presenten las características de esta élite racista y clasista, pero mi descripción, basada en mi propia experiencia y por ende subjetiva, se aplica de manera general al fenómeno como tal.

Mi padre llegó a ser socio vitalicio del Club Regatas y yo pasé mi infancia y mi adolescencia en el club. Guardo buenos recuerdos de esos años, que para mí estuvieron llenos del espíritu aventurero de la infancia que aprende a conocer el mundo. Allí me sentía seguro, pero también con la libertad de ir adonde quisiera sin experimentar la continua tutela y vigilancia de mis padres, quienes podían despreocuparse sabiendo que, sea donde sea que estuviera, siempre me hallaría en algún lugar dentro de la burbuja que es el club, ya sea retozando en la playa, desafiando las olas en el mar o practicando deporte con algún amigo.

Crecí en ese mundo, creyendo, dentro de las limitaciones de mi perspectiva infantil, que ese estilo de vida era lo más normal y corriente en el Perú. De manera similar a como mi vida se desarrollaba entre Miraflores —donde vivía mi familia— y San Isidro, y ocasionalmente Monterrico y La Molina, siendo que los distritos que estaban más allá de esos límites constituían un mundo aparte, remoto, lejano y hasta peligroso. Ir al centro de Lima era como visitar otro país.

Pero poco a poco, a medida que iba entrando en la adolescencia, varias sombras se me fueron haciendo evidentes en ese país de las maravillas que era el Regatas. Pues en el club no sólo se admitía socios con determinado perfil —y con una billetera abultada para poder pagar la cuota de ingreso, que actualmente asciende por lo menos a 500 cuotas ordinarias mensuales a ser desembolsadas de golpe—, sino también se excluía —por lo menos simbólicamente— a los peruanos con un perfil mayoritario en la población. Desde el muelle de la primera playa del club, que se extendía en el mar como prolongación de un muro que marcaba los límites de su territorio, podíamos ver a los bañistas de la populosa playa vecina Pescadores, a los que considerábamos como parte del pueblo ignorante y mal educado, gente de otro nivel que no conocía las normas de higiene y era proclive a la delincuencia. En nuestro inocente mundo infantil, que no era otra cosa que un reflejo sin culpa del universo de los adultos, cualquier cholo de esa playa que intentara colarse en el club a través del mar constituía un peligro, del cual nos protegían los trabajadores de seguridad, también cholos ellos, pero que eran vistos de distinta manera porque estaban al servicio de la élite que pululaba en las instalaciones del club.

En ese microcosmos del Club Regatas, que no era sino una muestra de una élite mas amplia que habita los distritos residenciales acomodados de Lima y nunca ha sido el reflejo de un Perú multirracial, multicultural, con iguales oportunidades para todos, sin racismo, sin misoginia en las jerarquías de mando —pues el consejo directivo del club está integrado exclusivamente por especímenes del género masculino—, lo más importante era mantener a toda costa la imagen institucional de una asociación de gente bien y decente, lo cual se ha plasmado en la renuencia que han mostrado sus autoridades a lo largo del tiempo para actuar decididamente en caso de comisión de un delito dentro del club. Como lo demuestra recientemente la agresión que sufrió Piero Corvetto, jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el 26 de junio pasado, en el local del Regatas en Chorrillos. El personal del club se negó a identificar al agresor y en un comunicado del 27 de junio el consejo directivo ha puesto obstáculos para la entrega de material probatorio, señalando que “el Club, a través de Junta Calificadora y de Disciplina, órgano autónomo, viene llevando a cabo las acciones correspondientes, en observancia de su competencia”. Y concluye diciendo que el Club “es una asociación civil, deportiva y cultural que cultiva el respeto mutuo entre sus asociados”. Lo cierto es que una de las acciones correspondientes hubiera sido elevar una denuncia penal contra el presunto agresor por cometer un delito dentro del recinto del club. Pero la institución, buscando salvaguardar su imagen, ha preferido en casos como éste actuar sin transparencia, omitiendo denuncia, lo cual también configuraría un delito.

Lo peor es, que si se demuestra la agresión, Corvetto podría denunciar al Club por omisión de denuncia, considerando que hubo testigos y videos que probarían el hecho. Pero en ese caso podría ser sancionado con suspensión o expulsión del club, pues en sus Estatutos se enuncia como causal de sanciones «iniciar, mantener o publicitar querella o acción judicial contra el Club, a excepción de las acciones de impugnación establecidas en el Artículo 92º del Código Civil» (Art. 61°, e).

En otras palabras, el socio pierde el derecho a denunciar al club si hay responsabilidad de éste por un abuso o delito que haya sufrido dentro de sus instalaciones. Y también el club tendría carta libre para sancionar a los socios aplicando criterios discriminatorios, pues otra de las causales de sanciones es «cometer actos reñidos contra la moral y las buenas costumbres» (Art. 61°, f). Lo cual, planteado bajo esa amplia ambigüedad, puede incluir hechos como presentarse abiertamente como homosexual, el beso de dos lesbianas en un espacio público o simplemente que una mujer ande en topless, cosas que no constituyen ninguna falta o delito en ninguna parte del territorio peruano.

A la élite pituca no le importa convivir con la corrupción con tal de mantener sus privilegios. En consecuencia, ha optado masivamente por apoyar a Keiko Fujimori y le tiene un miedo apocalíptico a un gobierno de Pedro Castillo. No me extrañaría que haya socios del Regatas que hayan estado de acuerdo con la agresión a Corvetto sólo por no haber impedido que el campesino de Chota obtenga más votos que la hija del dictador. Más aun cuando el mismo presidente del club, Jaime Cornejo Bustillo, ha manifestado que la responsabilidad de lo sucedido recaería sobre el jefe de la ONPE: «Yo he estado presente en el tema así que podría decir que casi he sido testigo de los hechos. Y para mí ha sido completamente orquestado por el señor Corvetto». Y es que Corvetto lo único que hizo fue hacer bien su trabajo, garantizando unas elecciones limpias y transparentes. Pero la transparencia y la incorruptibilidad son cosas que pasan a segundo plano cuando se trata de que la realidad se modele según los intereses arbitrarios de la pituquería limeña.

Por eso mismo, cuando en grupo de WhatsApp de antiguos compañeros de colegio del Colegio Humboldt critiqué la veneración casi fanática que algunos le prestaban a Keiko, alguien me llamó “conflictivo, acomplejado y resentido social”, calificativos que suelen aplicar los de la élite pituca a todos aquellos que hagan legítimas observaciones críticas a su clasismo y racismo inveterados. Por definición, ninguno de quienes forman parte de ese élite puede ser considerado un “resentido social”, pero sí aquellos de otros sectores sociales que no admiten su supremacía social.

El problema no lo he percibido recientemente. Ya desde hace décadas, en aquella época en que decidí unirme al Sodalicio, había una parte de mi ser que había quedado incólume a los rasgos clasistas que también había en el Sodalicio, y cuando alcancé la mayoría de edad rechacé la oportunidad que se me presentó de convertirme en socio del Regatas. No me arrepiento y me siento orgulloso de haber sido siempre un disidente de mi estrato social. O quizás un resentido social por motivos éticos y por respeto a la dignidad de todos los peruanos, sin distinción de clase, color ni condición social.

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Club de Regatas Lima, Corvetto

La semana pasada falleció, a causa del COVID-19, Guillermo Caldas Cuya, más conocido en el ámbito musical nacional como Guiller. Tenía 79 años de edad. Es un caso curioso el de Guiller, ya que de no ser por su reaparición televisiva, provocada por un programa reality en que un ciudadano común y corriente participó imitándolo, casi nadie entre el público joven y masivo -de 40 años para abajo- sabría exactamente quién era este señor hasta hace relativamente poco tiempo.

Diferente es lo que ocurre entre la gente dedicada a la farándula (tanto la de su tiempo como de la telebasura moderna), quienes sí tenían contacto con el cantante, debido a que se mantuvo siempre activo a pesar de que su estilo, extremadamente popular hace tres décadas y media, hoy es visto como un asunto anacrónico, de viejos. Y asociado, además, a niveles socioeconómicos bajos y medio bajos, no a las alturas ficticias de procacidades no artísticas y falsamente sofisticadas como el reggaetón o el «latin pop», tan vigentes hoy.

Guiller fue una de las estrellas más representativas de la segunda (y última) generación del bolero peruano, llamado popularmente «bolero cantinero» o «cebollero» (término menos común, que remite, por supuesto, a sus capacidades lacrimógenas), que se hizo muy conocido desde los años finales de la década de los cincuenta, como una prolongación del bolero ecuatoriano, encarnado en la voz sedosa y almibarada de Julio Jaramillo (1935-1978), que cautivó al gusto popular con sus pasillos, valses románticos y, sobre todo, ese estilo particular de bolero distanciado notoriamente de las versiones mexicana y cubana, que dominaban las preferencias del público latinoamericano. Jaramillo, fallecido prematuramente a los 43 años, tuvo mucho éxito en nuestro país y fue determinante para el desarrollo de este estilo bolerístico que tuvo en Guiller a uno de sus representantes más sólidos, con canciones como El rey de las cantinas, La loca o Salva a mi hijo, composiciones de Eduardo García Ruiz (bajo su pseudónimo “Napo Tovar”), Bernardo Castañeda y Marcial “Chito” Galindo”, que el cantante grabó a comienzos de los ochenta, cuando ya tenía más de una década sobre los escenarios.

Para cuando Guiller, nacido en los Barrios Altos en 1942, apareció con su estilo despechado, estridente y bohemio, ya el bolero peruano tenía sonido propio, gracias a las voces prodigiosas de Lucho Barrios (1935-2010) y Pedrito Otiniano (1937-2012), quienes venían cosechando éxitos en radios y recitales de Perú, Ecuador, Argentina y Chile. En este último país su repercusión fue tal que incluso llegaron a decir que Lucho Barrios era «un cantante chileno nacido en el Perú». Ambos habían adaptado el estilo de Jaramillo a sus propias voces, dándole una dosis extra de dramatismo y desgarro que caló muy hondo en el imaginario colectivo. Guiller e Iván Cruz lideraron esa segunda hornada de boleristas cantineros, con un impacto muy fuerte, reflejado tanto en sus ventas discográficas como en los teatros y coliseos que llenaban en Lima y provincias. Este último tuvo éxitos como Mozo, deme otra copa (composición propia), Ajena (Manuel Canela Martínez) y, especialmente, Vagabundo soy, composición del maestro chiclayano Julio Carhuajulca.

A pesar de los altos niveles de popularidad que lograron estos artistas peruanos, a nivel nacional e internacional, durante un periodo de tiempo cercano a las tres décadas –entre 1959 y 1987 aproximadamente- hoy son apenas recordados por los medios de comunicación, mencionados casi como personajes pintorescos, con dos o tres canciones emblemáticas a las que les dan duro (“como a bombo de fiesta”, diría algún antiguo por ahí), dejando de lado los detalles de sus trayectorias, en algunos casos, impresionantes y hasta bizarras. Y solo los recuerdan cuando mueren, la mayor parte de las veces, con notas de pésima calidad informativa y homenajes en programas de farándula de baja estofa. En contraste a esas despedidas mediáticas y tributos variopintos, en los que desfilan desde el Ministerio de Cultura hasta La Chola Chabuca, estos ídolos populares fallecen, casi todos, en la más indigna pobreza a pesar de sus lauros artísticos, logrados con mucho esfuerzo y tenacidad. En cambio, conservan intacto el cariño del público, que no pierde oportunidad para reconocer y agradecer su trabajo.

El bolero cantinero peruano convivió, en su época de oro, con la etapa más brillante de la música criolla. Después lo hizo con el boom de la cumbia instrumental, la nueva ola, la salsa y el boogaloo y, finalmente, con la chicha, la cumbia norteña y el huayno moderno. Todos, géneros musicales relacionados a las clases más pobres, capitalinas y provincianas que, cada cierto tiempo, son usados como fuente de diversión para las élites. Una de las cosas que más me sorprende de este fenómeno sociocultural es cómo el discurso oficial, cada vez que se ocupa del bolero de cantinas, invisibiliza a las personas que lo hicieron posible, y construye una narrativa en la cual más importa lo que aquellas canciones generan en determinados individuos o grupos sociales. Un ejemplo de ello es un artículo de Carlos Iván Degregori (1945-2011), publicado en 1983 en el legendario Diario de Marka, titulado “El bolero cantinero: La erotización de la derrota”. En el largo texto, impecablemente escrito, por cierto, el recordado e imprescindible antropólogo y ensayista limeño se la pasa hablando de sus recuerdos al escuchar boleros cantineros. Ni una mención a sus intérpretes, autores y músicos, como si estos no existieran.

En ese sentido, por ejemplo, resulta imperdonable que el gran público y los medios convencionales no tengan presente la importancia que tuvieron para la creación del bolero cantinero Raúl Huamanchumo Reyes, más conocido como «Chalo» Reyes (1937-2016) y Santiago «Cato» Caballero (actualmente radicado en Europa), responsables de las brillantes guitarras en las grabaciones clásicas de Lucho Barrios y Pedrito Otiniano. En el caso de «Chalo», además de excelente guitarrista y humorista, fue autor de recordados títulos que definieron el género como Marabú, El oro de tu pelo, El hijo varón, entre otros, muchos de los cuales fueron también interpretados por Guiller, con su característico vozarrón adolorido.

En sus entrevistas, Guiller solía contar que algunas radios se resistieron, al comienzo, a propalar El rey de las cantinas –que se convirtió en su sobrenombre- y Salva a mi hijo (más conocida como “Virgen María”), pues consideraban que las letras “sonaban mal”, debido a sus alusiones directas al consumo de alcohol y marihuana, respectivamente. Sin embargo, es ese estilo exagerado y melodramático el que las convirtió en las favoritas de un público muy específico –trabajadores, obreros, estudiantes y muchachadas de barrio aprendiendo a ser bohemios, en bares y huariques de todo tipo-, irremediablemente ligado a los bajos fondos de la sociedad, una característica que, además, es esgrimida como motivo de orgullo tanto por artistas como por sus seguidores.

Si quisiéramos trazar una historia corta del bolero peruano –algo que han hecho, en extenso, investigadores como Eloy Jáuregui y Agustín Pérez Aldave- tendríamos que hablar, por supuesto, del trío Los Morunos, formado en Barranco, a inicios de los sesenta. Con un estilo más influenciado por el bolero clásico mexicano –Los Panchos, Los Tres Diamantes- Los Morunos tuvieron dos etapas: de 1961 a 1974 y de 1978 hasta el 2008 aproximadamente, con su formación más recordada y exitosa: Manuel Ortiz (voz), Luis Silva y Modesto Pastor (voces y guitarras). También habría que mencionar a Mario Cavagnaro quien, además de sus conocidas polkas y valses replaneros –interpretados magistralmente por Los Troveros Criollos- escribió Osito de felpa (1951) y Emborráchame de amor (1975), dos boleros que ingresaron al cancionero internacional por todo lo alto, con grabaciones de estrellas como los ecuatorianos Julio Jaramillo y Olimpo Cárdenas, o el salsero portorriqueño Héctor Lavoe, quien estrenó esta última en su primer LP como solista.

Pero, sin duda alguna, el bolero cantinero es el que más arrastre tuvo y tiene en el Perú, un producto local de íntimas conexiones con esa idiosincrasia mestiza, colorida y emocionalmente desbordada que nos define y, hasta cierto punto, estigmatiza y condena. Además de los desaparecidos Lucho Barrios y Pedrito Otiniano, brillaron también en las rockolas nacionales Johnny Farfán (1943-2013), Anamelba (nombre real: Melba Annie Pinzás, 1942-2011), Gaby Zevallos (1944-2016). De esta generación han quedado, tras el reciente fallecimiento de Guiller, los cantantes Iván Cruz (75), Ramón Avilés (74), Linda Lorenz (76) y Vicky Jiménez (68), como únicos exponentes de esa canción popular y desgarrada, himnos del desamor y la bohemia alcoholizada.

OTROSÍ: En los noventa hubo una nueva generación de jóvenes vocalistas que, quizás inspirados en el megaéxito comercial de Luis Miguel y su serie Romances, reactualizaron el bolero de Ecuador y Perú: Charlie Zaa (Colombia), Douglas (Chile) y Segundo Rosero (Ecuador) lideraron esa tendencia, de breve duración.

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Ya estuvo buena la tolerancia política y mediática a los exabruptos clasistas y racistas de quienes, amparados en mentirosas hipótesis de fraude, pretenden desconocer los resultados electorales, yendo desde la sugerencia de anular las elecciones o invocar un gobierno civil-militar de transición que convoque a nuevas elecciones, hasta considerar “Presidente nulo” a Pedro Castillo aun después de ser proclamado por el Jurado Nacional de Elecciones.

Si acaso es verdad que Keiko Fujimori ha decidido tomar distancia de esta ultraderecha nativa, no se entiende qué hace enviando a Nano Guerra García a ser partícipe del sainete y papelón cometido por un grupo de improvisados en Washington. A ella le corresponde, antes que a nadie, poner paños fríos, dejar que las cosas jurídicas sigan su curso normal, aceptar los resultados, acercarse a saludar al ganador apenas se produzca la proclamación oficial y dedicarse los siguientes años a desplegar una oposición leal, recia, pero democrática.

La ultraderecha es minoritaria. Bulliciosa y generadora de “noticias”, por lo que se ve, pero abrumadoramente minúscula en comparación con otros sectores de la vida política peruana, como quedó confirmado en la primera vuelta electoral.

Si un sector de la clase política, mediática y empresarial, decide seguir el camino de la insubordinación constitucional, pues que lo haga, que a ningún lugar que no sea el de la esterilidad o vergüenza pública podrá llegar. El país democrático es inmensamente mayoritario y sabrá digerir el triunfo ajustado de una opción de izquierda que, por lo demás, cada vez más se acerca a cauces de moderación que deberían rebajar la histeria irracional de nuestra poco ilustrada y mal llamada elite.

El plan de gobierno de Keiko Fujimori era superior al de Castillo, el solvente Carranza lo hubiera hecho mejor que Francke, y era la ocasión idónea para un gobierno de derecha que aplicase un shock capitalista capaz de romper la inercia centrista de los últimos lustros, pero debe aceptarse que el país no lo ha querido así, que antes que razones primaron sentimientos antiestablishment que el profesor Pedro Castillo supo capitalizar electoralmente mejor que Keiko Fujimori.

No es ese talante democrático el que alienta a las huestes de la tribu ultraderechista peruana. A su racismo y clasismo, que tornan inaceptable a un personaje como Castillo, le suma un talante abiertamente antidemocrático, que desde ya la convierte en una amenaza nacional sobre la que hay que advertir.

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Keiko Fujimori, Pedro Castillo, Ultraderecha

Querida Manuela,

Estamos ya en julio de 2021, mes del bicentenario. Seguimos con la pandemia y todavía no nombran a quien será el nuevo presidente para el siguiente quinquenio. Hay pocas actividades programadas para la celebración, a diferencia de la conmemoración que hubo por los 100 años, cuando Augusto B Leguía organizó grandes fiestas con delegaciones internacionales en el Palacio de Gobierno, en los clubes, carreras hípicas de gala, fiestas populares, la gran parada militar, desfiles escolares, desfiles de carros alegóricos, y una serie de inauguraciones como la inauguración del monumento al generalísimo José de San Martín, en la plaza que desde entonces lleva su nombre y que ha sido tan utilizada para las protestas y marchas democráticas.

Creo que la mejor conmemoración de lo que va para nuestro bicentenario es la Serie Numismática «La Mujer en el Proceso de Independencia del Perú«, acuñada el 30 de diciembre de 2020 del Banco Central de Reserva (Nota informativa. Circular 0037-2020-BCRP), que pone en circulación tres monedas alusivas a mujeres patriotas que colaboraron en la independencia: Heroínas Toledo, Brígida Silva de Ochoa y María Parado de Bellido recorrerán mercados en forma simultánea con las actuales monedas de 1 sol.

Tu seguro que las conociste o escuchaste de ellas. Al igual que tú, recibieron medallas de parte del General San Martín. Brígida Silva de Ochoa fue una valiente patriota que arriesgó su vida siendo informante de los insurgentes, y dio apoyo económico y moral a patriotas prisioneros. Ella fue calificada como una forjadora de la opinión pública, siendo declarada por San Martín como “Hija de la Patria” por sus virtudes y compromiso con la independencia. María Parado de Bellido, como te comenté en mi segunda carta, abrazó con convicción el proyecto independentista con su frase célebre: “No estoy aquí para informar a ustedes, sino para sacrificarme por la causa de la libertad”. La tercera moneda es de Las Heroínas de Toledo, Cleofé Ramos y sus hijas María e Higinia Toledo, tres mujeres que cortaron las amarras del puente colgante sobre el río Mantaro en medio del fuego enemigo con una rapidez que hasta hoy sorprende. Por su liderazgo y valentía, San Martín las reconoció con la Medalla de Vencedoras.

El legado de todas hoy lo celebramos. Ellas, al igual que tú, representan el sacrificio por la patria y son un símbolo de coraje, resistencia y lealtad a los ideales que forjaron la república. Manuela, creo para este bicentenario tan movido, con tan pocos festejos, el mayor logro es que mujeres estén ocupado los puestos más importantes el el Estado: están Violeta Bermúdez Valdivia, Presidenta del Consejo de Ministros; Mirtha Esther Vásquez Chuquilín, Presidenta del Congreso de la República del Perú; Zoraida Ávalos Rivera, Fiscal de la Nación; y Elvia Barrios Alvarado, actual presidenta de la Corte Suprema del Perú y del Poder Judicial (la primera mujer en asumir dicho cargo en el Perú). Asimismo, tres universidades públicas de larga tradición, como la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad Nacional de Ingeniería y la Universidad Nacional de Educación “La Cantuta” tienen rectoras mujeres. Según datos de la Autoridad Nacional del Servicio Civil (Servir), 5 de cada 10 servidores públicos son mujeres, número que supera al del sector privado donde el promedio de colaboradoras es de 3 por cada 10 colaboradores. Por otro lado, el 24% de jefas de hogar forman parte del aparato estatal a nivel nacional, mientras que en el sector privado solo 19%. Queda claro que hay mucho que trabajar para nosotras, las mujeres, solo espero que para ello no se necesiten 100 años más.

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Augusto B Leguía, Bicentenario

César Vallejo concibe la poesía como una forma radical de intervenir en la reflexión sobre el acontecer existencial, ético y político de los hombres. Sus poemas, sobre todo a partir de Trilce (1922) se articulan en una trama de interpelaciones que revela la crisis contemporánea y en la necesidad no tanto de “representar” el mundo, sino de presentarlo como el todo que es: trunco, contradictorio, múltiple, tenso. A eso se deben sumar las posibilidades de la redención y la utopía que, en su caso, no son pocas. Nada de esto sería posible sin una condición previa que Vallejo cumple cabalmente: hacer visibles los resortes políticos que habitan su escritura.

Eso explica que Víctor Vich, un destacado crítico y académico peruano ponga a examen la poética vallejiana bajo el marco del acontecimiento, una categoría que, precisamente, contribuye a colocar el foco en las relaciones existentes entre la escritura de Vallejo y la “idea comunista”, pero no como una cuestión programática, sino como evidencia de que el sujeto contemporáneo necesitaba un lugar de enunciación fuera de los mecanismos de enajenación que sostenían a las sociedades capitalistas y a los discursos hegemónicos.

La invitación a leer a Vallejo desde la crisis del sujeto y la crisis del lenguaje, en el marco de la experiencia, de lo vivo, de lo actuante, adquiere pleno sentido: su poesía no es mera expresión sentimental o un catálogo de juegos con la palabra; más allá del artificio hay verdades profundas sobre la existencia histórica del hombre contemporáneo. Ese elemento es el que tiende puentes hacia la comprensión de la(s) poética(s) de Vallejo en un escenario político. “Vallejo está convencido de que la poesía y el arte deben estar articulados a un ´proceso de verdad´ y que esa verdad debe encontrarse socialmente situada” (p.98), anota Vich.

El mundo contemporáneo pasa ante los ojos de Vallejo tamizado por una amplia gama de sentimientos, que van de la agonía a la esperanza; esa mirada múltiple, además, se vincula con experimentaciones en lo estético. De Los heraldos negros (1918) a España, aparta de mí este cáliz (1939) hay un derrotero cuyos elementos transversales (el otro, la historia, el sujeto) se conservan intactos y sobreviven a los cambios que opera el propio Vallejo en su escritura. La visión crítica de la historia, la lectura política de la realidad, se traducen en figuras y alegorías que enriquecen la interpretación de la presencia del hombre en la escena contemporánea. Vallejo habló para su tiempo, pero su palabra sobrevive.

No olvidemos, como apunta Vich, que “el sujeto de la poesía de Vallejo es, también, un sujeto de la voluntad. Si bien toda su obra se propuso representar el carácter fundamentalmente frágil de la condición humana y nunca tuvo reparos en mostrar cómo la subjetividad evade tomar grandes decisiones, vale decir, cómo se acobarda ante el acontecimiento (…), lo cierto es que la suya es una poesía que también constata que el ser humano puede hacerse parte de una verdad universal y afirmarla con compromiso” (p.187).

¿Su lectura puede tener también el mismo sentido? Por supuesto. Leer a Vallejo es una aventura del sentido, una exploración en nuestras disfuncionalidades como seres humanos, un viaje hacia las tensiones y la enajenación producidas por el capitalismo en sus versiones más dogmáticas y la lucha que supone enfrentarlas. Vida, muerte, pasión por la vida y lo real, redención. Aquí hay, pues, Vallejo para rato: “Hoy me gusta la vida muchos menos,/ pero siempre me gusta vivir: ya lo decía./ Casi toqué la parte de mi todo y me contuve/ con un tiro en la lengua detrás de mi palabra”.

César Vallejo. Un poeta del acontecimiento. Lima: Editorial Horizonte, 2021.

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César Vallejo, poesía, Víctor Vich

Allí sigue, en su cuenta de twitter, incólume, el post del presidente electo Pedro Castillo, distorsionando la verdad al atribuir la muerte de un correligionario a la acción violenta de un grupo fanático de la ultraderecha y reclamando que su muerte no puede quedar impune.

El tuit, lanzado precipitadamente a las dos de la madrugada, revela claramente el intento de utilizar políticamente una tragedia sin darse el mínimo trabajo de verificar la realidad de los hechos.

Haría bien Castillo en rectificarse, pedir disculpas y, sobre todo, aprender de lo sucedido para no reiterar error semejante más adelante, cuando ya sea presidente en ejercicio.

Un error de ese calibre le puede costar la Presidencia. Un mandatario que mienta o cometa un error semejante puede verse expuesto, ante un Congreso en el que no tiene mayoría y no cuenta además con los votos suficientes para evitar una vacancia (tiene solo 42 votos seguros, entre los 37 de Perú Libre y los 5 de Juntos por el Perú, y necesitaría 44 para estar a salvo), a un descalabro fatal.

La gravedad del cargo de jefe de Estado exige una severidad que no puede exponerse a dislates de semejante calibre. Es cierto que somos humanos y cometemos errores y un Presidente no está libre de cometerlos, pero lo que acá queda claro es que el señor Castillo no revela propósito de enmienda ni voluntad política de rectificación.

El poder es la peor droga. La circulina es más potente que la cocaína. Lo peor que le podría ocurrir a un mandatario poco preparado, con enormes precariedades políticas, es entregarse al cauce de la precipitación o el exceso, imbuido del alto cargo que ni siquiera aún ocupa.

De por sí, los pronósticos políticos de la gestión de Castillo no son buenos. Aún a pesar de su saludable moderación económica, hay tremendos problemas por delante para los que no parece correctamente equipado y que van a requerir de una sabiduría particular, que por cierto no se aprecia en este poco feliz tuit.

Manejarse en medio de una pandemia que aún no cesa, resolver las enormes expectativas que sobre su gestión se ha generado en millones de peruanos -la mitad del país-, atender el teje y maneje de un Congreso donde no tiene mayoría, no son poca cosa, y van a exigir un manejo serio y responsable, una mano de estadista, no la perseverancia de un candidato beligerante e irresponsable.

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circulina, Congreso, Pedro Castillo

UNO

“Montesinos puede parecer un monstruo, pero es nuestro monstruo” – Luis Jochamowitz

Una escena los delata. Enfundado en un traje Dior, pañuelo en el bolsillo del saco, cuidadosamente peinado y maletín, en mano, entra al juzgado. Ahí se encuentran ambos: cara a cara. Fujimori con campera de color oscuro y corbata, lo mira expectante. Vladimiro inclina la cabeza, en señal de reverencia, y le regala una sonrisa, cómplice, levantando las cejas; el otro guiña un ojo.

Moviendo impertérrito un dedo, gesticula mientras mira desafiante a un fiscal, anonadado, ante la retórica del sociópata. Dominaba la escena, como siempre lo hacía en el SIN, ante todos.

¿Usted tiene un parentesco con el Gral. Torres Aciego?

“En absoluto…. somos colombroños para su conocimiento” musitó Vladi

“¿Y eso qué significa?” pregunta intrigado el fiscal.

“Personas que tenemos el mismo apellido, pero no tenemos parentesco. Eso se llama Co-lom-bro-ño” silabea burlonamente; mientras en el rostro de su socio-amigo se dibuja una sonrisa sardónica.

Estaba dejando en ridículo al fiscal de turno.

En el Mega Juicio tenía los mismos gestos que AF. Una concordancia perfecta. Cuando 2 personas hacen clic, se sincronizan los cuerpos. Es así. Delata la cercanía perfecta que tuvieron.

Da respuestas buscando la aprobación del ex-presidente. Se muestra extasiado ante las cámaras. Es el circo mediático. Más tarde, por consejo de su abogada da por terminada su alocución.

DOS

Dícese que era esmirriado de adolescente. Una pintura típica del microcosmo adolescente: los patas del barrio, sentados en la clásica esquina ocupados, haciendo nada. De repente, uno de ellos, sin razón alguna, agarra de punto al que tiene pinta de boludo o de sabihondo.

  • ¿Oye cojudazo porque me miras?
  • No miro huevadas, por si acaso, respondió el aludido.
  • ¿Qué dijiste huevón?
  • Escuchaste bien, cojudo.

Se miraron, entre ellos, asombrados, se levantaron y le dieron un correctivo al contestón. Vladi entonces erosionó. Investigó y reveló a los padres de los abusivos, sus travesuras y pecadillos. Logró así su venganza y respiró aliviado. Había encontrado una forma de sobrevivir.

Había crecido en un hogar carenciado. Su padre era un tiro al aire. Había pertenecido a una familia de alcurnia; quienes le dieron la espalda al contraer nupcias con una proletaria.

Todo eso lo afectó, profundamente.

Tuvo una relación de amor-odio con don Pancho Montesinos. Quien acorralado por problemas financieros, se suicida.

Jochamowitz lo relata en su libro.

“A un amigo en común, lo llevó a un edificio, abrió la puerta de uno de los departamentos, y le mostró el cuerpo de su padre, que se acababa de suicidar, espetándole una pregunta.

¿Tú crees que la muerte de este hijo de puta, va a afectar mi carrera?”

TRES

“Nunca seas pobre”

Francisco Montesinos

Visualizó que el Ejército era una institución netamente vertical. Llena de formas y símbolos. Donde uno se podía acoplar y lograr ascender rápidamente, si usaba la incriminación y  lisonja (in extremis) ante las personas correctas.

Hubo un quiebre.

En 1976 entregó una lista de armamento a funcionarios de inteligencia de los EE.UU. Tras un viaje clandestino a ese pais, fue detenido y procesado en el fuero militar. El Gobierno Militar había comprado armamento a URSS, ante la posibilidad de un conflicto militar con Chile. No fue acusado de traición (para no incriminar a su jefe), fue dado de baja, por deserción y puesto en prisión.

Hombre pragmático, al salir de prisión se graduó de abogado. Tenía labia, pero lo más importante: sabia crear redes de servicios integrales (incluía policías y jueces corruptos).

Entonces se dedicó a defender a narcotraficantes. Por ende, se hizo de billete.

En los lejanos ochentas, la Hacienda Nápoles lo tuvo como visitante. Pablo Escobar, Todopoderoso, lo miró fijamente y supo de inmediato que era uno de los suyos.

En aquellos años aciagos, se hizo asesor de un inepto, pero con ganas de sacar rédito al cargo: el Fiscal General.

Llevó información personal de los desaparecidos por Sendero Luminoso.

En ese ínterin, le solicitaron que asesore a un ignoto candidato: Alberto Fujimori.

……..

Luego de los audios que presentó Popi Olivera la semana pasada, alguien duda que el 2026 (cuando salga libre), ¿le queden cartas por jugar?

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Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos

La patria desde su acepción griega de patra, hace referencia al lugar de nacimiento y posteriormente a su entrelazamiento familiar por medio del vocablo latino pater. En suma, la terra patrum es la tierra de los padres y de los familiares. La patria implica por tanto un ethos, una morada donde rigen unos hábitos, costumbres, creencias que para sus habitantes son comunes. Por ello, el amor patrio es entonces una suerte de “amistad civil” de los hombres que viven en una determinada comunidad, es más, gracias a ella podemos vivir y hablar de comunidad.

Pues bien, lo que ha mostrado un sector de la derecha peruana en estos días es que ha conformado un Frente Antipatriota, incapaz de entender el sentido de “amistad civil” y toda civilidad en general, que ha puesto en marcha un plan de golpe de estado con la finalidad de no permitir la proclamación del presidente electo Pedro Castillo. Lo llamamos Antipatriota pues lo que ha venido demostrando es su poco interés por el sentido de comunidad. Ciegos ante la voluntad de cambio expresada por el pueblo, sólo están velando por sus mezquinos intereses empresariales, políticos y sus privilegios. Han sacado a relucir y comprobar, una vez más, que en el Perú siempre hubo sólo una clase dominante y nunca una élite dirigente.

La voluntad de golpe se expresó abiertamente en el infame comunicado firmado por un grupo de militares en retiro (los generales de ninguna batalla), la abierta intervención del criminal Vladimiro Montesinos para sobornar a los magistrados del Jurado Nacional de Elecciones, el intento de sabotaje a este mismo tribunal electoral para dejarlo sin quorum con la maniobra torpe del “hermanito” Luis Carlos Arce, el pedido de una auditoria imposible a la OEA y la agitación social con la clara intención de provocar una desgracia que todos tengamos que lamentar.

Lo que resulta claro es que el único objetivo de este Frente Antipatriota es evitar a toda costa que Pedro Castillo llegue a juramentar como el presidente del bicentenario. Una de las cosas más lamentables es que muchos liberales también hayan abdicado de la defensa de la libertad y la democracia. Mario Vargas Llosa y compañía han sacado lo peor de sí al no deslindar de estos intentos de perpetrar un golpe de estado. Su nombre y el de muchos quedará en el anecdotario político eternamente vinculado al de Vladimiro Montesinos en el intento de que la “chica” llegue a como dé lugar a la presidencia. En el ocaso de su existencia el hombre que luchó contra todas las dictaduras defiende lo que es, parafraseándolo, el “golpe perfecto”.

El fujimorismo termina su atroz paso por la vida nacional del mismo modo como lo inició: de la mano de Montesinos urdiendo un golpe de estado. Pero, más peligroso aún se ha sumado a un grupo fascista liderado por el hombre, que se reivindica tras el apelativo de un cerdo, que no se cansa de mostrar su desprecio por los sectores populares. En lo miserable de su alma anómala ha pedido incluso que se haga subir el dólar para castigar a aquellos que menos tienen. En este grupo también se encuentran los sectores racistas que enarbolan lo más duro de la derecha fascista internacional. Sabíamos que nuestra derecha siempre fue autoritaria y algo estúpida, pero siempre se puede caer más bajo. En este elenco se suma también el Apra. El partido del espacio-tiempo-histórico que nunca se supo colocar en el lugar correcto de la historia y una vez más traicionan su legado. Antes con Odría y hora con el fujimorismo en una suerte de síndrome de Estocolmo los apristas han llevado a su partido al olvido de lo que alguna vez fueron.

El Frente Antipatriota no quiere al Perú. En medio de la muerte de miles de nuestros compatriotas, con este retraso absurdo que están provocando que la tragedia se ahonde.  En este momento el gobierno electo debería estarse ocupando de la transferencia responsable del ministerio de salud, por ejemplo, con una tercera ola tocando la puerta, o del ministerio de economía para recuperar los 6 millones de empleos perdidos por el Covid, o de cómo garantizar que se continúe el ritmo de vacunación, pero todo esto resulta imposible, pues la señora Fujimori ha decidido orquestar un golpe que no solo ataca a Pedro Castillo, sino que golpeará a todas las familias que necesitan urgentemente saber cómo se acabará con la pandemia, cómo se recuperará la economía, de los bonos para llegar a fin de mes, de educación para que los niños no pierdan un segundo año escolar, etc. Este Frente Antipatriota nos está golpeando a todos. Basta ya.

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El Páramo reformista. Eduardo Dargent, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2021.

Eduardo Dargent ha hecho una contribución indispensable y notable para entender por qué es tan difícil hacer reformas en el Perú con su reciente libro.

Su argumento central es que la dificultad para reformar en el Perú tiene que ver no solo con los intereses corruptos que infiltran el Estado, a los que Dargent se refiere como las malas manzanas en el barril, usando la metáfora de Mario Montalbetti. Si fuese así bastaría con extirpar esas manzanas del barril, pero no es el caso.

Si se les saca, se pudrirán otras. Por eso Dargent sostiene que la dificultad de reformar es más compleja y profunda, y tiene que ver con el barril mismo, que tiene una madera que malogra las manzanas: una “estructura social e institucional que limita los esfuerzos de cambio”. Su argumento colisiona contra el discurso facilista que muchas veces predomina en parte de la ciudadanía que culpa a los políticos corruptos de los problemas del Estado. Sin duda esas manzanas podridas hacen daño, pero Dargent profundiza mucho más para entender por qué siguen apareciendo.

Y el problema, explica el libro, es la existencia de fuerzas que se oponen a las reformas ya sea porque amenazan sus intereses o porque tienen diagnósticos ingenuos y fallidos (o una combinación de ambos). Dargent identifica tres grupos, a los que llama “conservadores populares”, “libertarios criollos”, y “izquierdistas dogmáticos”.

El siguiente párrafo del libro los describe bien y la forma como cada uno torpedea la posibilidad de reformas:

“Los conservadores populares minimizan la necesidad de reformas y la razón principal para ello es estar atravesados por intereses particulares. Los libertarios criollos no reconocen los límites de sus recetas privatizadoras, los beneficios que obtienen del orden actual ni lo conservadores que son frente al cambio. Ambos tipos de actores son parte de la madera. Los izquierdistas dogmáticos sí entienden que el poder está en la base de la resistencia al cambio y pregonan la necesidad de curar la madera, una postura que, como verán, comparto, pero son irresponsables al creer que un cambio en el poder, en los términos que ellos consideran positivo, traerá necesariamente mejoras sustantivas.”

Dargent explica de manera muy clara y convincente cómo estos tres grupos se convierten en obstáculos para reformas, y de esa manera logra proveer una visión más completa sobre los desafíos que enfrenta cualquier esfuerzo reformista.

Quizá mi única diferencia con su tipología es que los libertarios criollos y los conservadores populares son aún más parecidos de lo que él sugiere, y podrían encajar en una sola categoría. Las elecciones y los acontecimientos post-electorales muestran que muchos liberales criollos son en el fondo conservadores, o al menos no tienen ningún reparo en adoptar las mismas posiciones cuando perciben que tienen al frente a un rival común. En esos casos la argumentación liberal termina siendo usada solo para maquillar intereses conservadores que buscan preservar poder y statu quo.

En cambio, los liberales genuinos son un grupo mucho más pequeño y casi sin influencia.

Dargent escribe con el loable propósito de ayudar a construir una demanda social por reformas, y para eso intenta hacerle ver al lector cómo el comportamiento y narrativa de cada uno de estos grupos conspira contra ellas.

Busca lograr una reflexión crítica sobre el debate político en el Perú y advertirle al lector el efecto tóxico que tienen estos tres grupos sobre la madera, con la esperanza de que pueda alejarlo de ellos.

Coincido que eso es necesario y Dargent lo expone de manera magistral. Pero a pesar de que no es su intención, el libro me llevó a adoptar una reflexión más pesimista que la del autor: ¿bastará con crear una mayor conciencia ciudadana por lo que requieren estos procesos de reforma? Me temo que quizá no, y que estos tres grupos podrían ser un síntoma de un problema más profundo: lo fragmentado y desarticulado que es el Perú.

En ese sentido, durante la lectura me acechó continuamente la pregunta de si realmente es posible reformar en países tan fragmentados, con tan poco capital social. Me explico: la formación de coaliciones ciudadanas amplias para promover reformas que creen bienes públicos requiere por definición que los integrantes de esas coaliciones puedan confiar entre ellos lo suficiente como para unirse bajo una agenda común. Si cada uno desconfía de las motivaciones del otro, la acción colectiva se dificulta. En el Perú la desconfianza que existe entre grupos distintos de la sociedad es casi patológica. Para un sector del empresariado ser profesor de la PUCP ya es señal de sospecha. Para un grupo de intelectuales ser empresario es casi sinónimo de no ser demócrata. Un ejemplo reciente es la Proclama Ciudadana. Una iniciativa que promovía compromisos básicos que en principio cualquiera suscribiría, era vista con muchísima sospecha por ambos lados.

La peruana es una sociedad muy dividida, muy fragmentada. No conozco ejemplos de coaliciones amplias exitosas en países así.

Por eso quizá los tres enemigos de la reforma que Dargent identifica florecen o logran importancia porque la madera con la que se hizo el barril proviene de un árbol que no tiene la materia prima adecuada: una sociedad desarticulada, sin lazos de confianza interpersonal que faciliten que la acción colectiva.

Por eso me temo que soy más pesimista que Dargent sobre la posibilidad de “curar el barril” a través la creación de una demanda ciudadana por reformas. Esos esfuerzos pueden dar resultados en algunos casos (Sunedu es un buen ejemplo de cómo una coalición social puede defender una reforma de los ataques de políticos corruptos y de algunos de los grupos que Dargent identifica), pero no como para reformar de manera sistemática, como el Perú requiere.

Creo que necesitamos algo más, que para mi pasa un shock institucional como lo que describí con Andrea Stiglich en El Perú está calato (Planta 2015).

Sin embargo, reconozco la contradicción: ese shock institucional no es posible sin una demanda ciudadana como la que Dargent busca crear. Por lo tanto coincido en que el esfuerzo que plantea a través de su libro es indispensable.

Finalmente, Dargent pone el dedo en la llaga al enfatizar que la necesidad reformista del Perú es vasta: se requiere un conjunto de cambios profundos y en varias dimensiones. Esto es algo que los tres grupos mencionados por Dargent, cada uno a su manera, pasa por alto, con la consecuencia de banalizar la discusión sobre los problemas del país. Para los conservadores se requiere mano dura para sacar adelante proyectos mineros, para los libertarios desregular más, para los izquierdistas dogmáticos cambiar la Constitución.

Y más aún, como señala el libro, no solo se trata de diseñar mejores y nuevas políticas, sino también fortalecer la capacidad del Estado para implementarlas con éxito, algo que no es tomado en cuenta por ninguno de los tres grupos.

La mayoría de los países que han vivido milagros y en poco tiempo (relativamente) transitaron de ingreso bajo a ingreso alto o medio-alto pudieron hacerlo secuenciando bastante sus reformas en el tiempo. Con algunas cosas básicas (estabilidad macro, economía al menos medianamente abierta, etc.) pudieron aprovechar sus ventajas comparativas y desarrollar industrias exportadoras intensivas en mano de obra. El argumento de la hipótesis de modernización (e incluso su versión revisada -Acemoglu et al-) es que eso generó una fuente de empleo masiva que sacó gente de la pobreza y empezó a crear una clase media favorable a ciertas reformas e instituciones económicas y políticas que permitieron seguir creciendo y robustecerse.

El problema es que por cambios tecnológicos y globalización esas industrias exportadoras intensivas en mano de obra ya no parecen ser una buena locomotora. En el mundo de ingreso bajo y medio la participación de la manufactura en el empleo se viene reduciendo desde hace años, a diferencia de lo que la teoría clásica habría sugerido.

¿Qué nos queda entonces? Hacer reformas bastante más complejas para desarrollar industrias que dependen de ventajas comparativas más sofisticadas, que van más allá de materias primas y mano de obra barata. Estas requieren acción del Estado muchísimo más compleja que la que requirieron los países de milagros del siglo XX. Ninguno de ellos tuvo que arreglar sus sistema educativo antes de empezar a crecer, o tener colaboración público-privada para promover la innovación antes de empezar a crecer.

Por lo tanto, las reformas que le tocan al Perú son verdaderamente desafiantes y sin parangón en la historia económica moderna. Eso significa que nuestra incapacidad para reformar es aún más incapacitante para nuestro desarrollo de lo que creemos.

Y por eso el libro de Dargent trae una discusión tan necesaria.

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