Opinión

Desde diversos ángulos y perspectivas, gran parte de la obra narrativa del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (1973) constituye una exploración consistente y rigurosa en ese fragoroso pantano histórico que representa la violencia en el presente y la memoria de los colombianos.

El año 2015 apareció La forma de las ruinas, una ambiciosa novela que intentaba reconstruir y unir, de manera fragmentaria, dos magnicidios que marcaron la historia de Colombia: el asesinato del líder liberal Rafael Uribe Uribe, acaecido en 1914 y en 1948 el del reformista Jorge Eliecer Gaitán (que aquí sería un despreciable caviar según algunos doctos con tribuna), crimen que daría pie al “Bogotazo”.

Algunos de sus libros anteriores, como los cuentos de Canciones para el incendio (2018) y las novelas Las reputaciones (2013) y El ruido de las cosas al caer (2011) conceden a la experiencia de la violencia, en formas varias, un lugar central en su tramado. Hoy que hemos cerrado Volver la vista atrás (2020) su más reciente novela, la tentación de definir este corpus como una suerte de diálogo coral es grande y se justifica por la presencia de la violencia y sus efectos como columna vertebral.

Sin embargo, Volver la vista atrás tiene elementos novedosos, en relación con el universo al que Vásquez nos tenía acostumbrados. El más significativo es que los materiales que sirven de base a la narración son reales, es decir, provienen de lo fáctico y corresponden mayormente al testimonio-memoria del cineasta colombiano Sergio Cabrera (director de ese gran clásico que es La estrategia del caracol, 1993) que se divide en dos vertientes: el recuerdo de su padre, Fausto Cabrera, un catalán que huyó de la España franquista para recalar en Colombia; y la narración formativa de los años que pasaron el cineasta y su familia en la China de Mao, país donde Fausto reforzó su convencimiento revolucionario y tanto el cineasta como su hermana lograron el estatus de guardias rojos.

Es decir, el relato de base es la historia de una familia convertida a un ideal revolucionario y luego de abandonar China para volver a Colombia, integrada tanto a acciones de apoyo y logística (en el caso de los padres) como a la guerrilla (en lo que respecta a Sergio y a su hermana). A ese material se suma otro, producto de las pesquisas del propio escritor y del contacto con otros personajes aludidos a lo largo de la historia.

Anota Vásquez en la nota de autor: “Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella elementos imaginarios. Esto no es una paradoja, o no lo ha sido siempre”. Basado en la autoridad enciclopédica de José Cuervo, apela con elocuencia a una acepción del verbo fingir: modelar, diseñar, dar forma a algo. Y añade: No es distinto lo que he intentado en estas páginas: el acto de ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia” (p.473).

Esta es pues una narración que sale del archivo familiar y aspira a convertirse en documento de una época en la que actividades como la guerrilla no estaban todavía sujetas al imperio moral y la justificada condena que pesa hoy sobre la violencia política como arma de transformación social. La novela prescinde de juicios de carácter moral sobre el relato de las peripecias familiares; del mismo modo, tampoco intenta cubrir con una pátina de romanticismo todas las correrías que pasan los personajes. Hay un logrado equilibrio en una novela que, lo digo sin resquemor, tiene todo para viajar al ecran.

Es octubre de 2016 y Sergio Cabrera está en Barcelona, presto a recibir un homenaje por su trayectoria cinematográfica, cuando se entera de la muerte de su padre. A partir de ahí se desencadena una historia llena de aventuras y desplazamientos que no impiden ver el fondo del asunto: esa curva que va del aprendizaje y entusiasmo revolucionarios a la más profunda decepción. Oportuna aparición en un momento como este, en que nada es más deseable que la paz para Colombia.

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Colombia, Juan Gabriel Vásquez

La reciente película de la compañía Disney-Pixar regresa con el brillo que anteriormente lograron cintas como Toy Story, Cars o Ratatouille.  Se trata de un fantástico film de animación que consigue envolver al espectador con un fresco relato y es a la vez una alegoría a las diversidades. Se estrenó el 18 de junio en la plataforma de Disney plus y espera conseguir el éxito que sus predecesoras han obtenido. 

Luca, es la historia de un niño que impulsado por su amigo Alberto decide dejar su hogar para conocer el mundo. Ambos con la fijación de conseguir una vespa (conocida motoneta italiana) que les permita lograr ese fin. Con ese propósito se embarcan en la Carrera de la Copa Portorosso, triatlón de un pueblo en la riviera italiana en donde conocen a Giulia, quien se unirá al equipo. 

La codiciada vespa no es otra cosa que el vehículo que los conducirá a la libertad de poder explorar un mundo que les ha sido negado por su condición de seres distintos. Por eso se convierte en un objeto de ensoñación y deseo. Cuando en realidad es una motoneta sencilla, pero que tiene todo un valor cultural en Italia. Podríamos mencionar este elemento también como parte de la inocencia que corresponde a la edad de los personajes. 

La aparente sencillez de esta historia captura al espectador con momentos divertidos e incluso surrealistas. Sin embargo, la clave de este relato está en la identidad de sus personajes. Luca y Alberto han huido de las profundidades del océano para adoptar forma humana ante la mirada de los demás, cuando en realidad son monstruos marinos. 

Esta premisa que hace alusión a las minorías, a lo diferente, satanizado por siglos, por temor y desconocimiento, es un importante punto de partida en esta última entrega de los estudios de animación. Si bien podemos recordar films también con este propósito como Monster Inc o Unidos, donde se presenta el primer personaje gay. En Luca, este concepto alcanza una dimensión con mayor impacto social.

Enrico Casarosa, quien dirigió la película, ha negado cualquier intención de darle al film un contenido LGBTQ. En declaraciones a la prensa se ha referido a que solo quiso reproducir experiencias de su infancia en Génova a lado de quien fue su amigo y que lleva el mismo nombre en la ficción: Alberto. “Una celebración a la amistad” mencionó. 

El director italiano expone una serie de componentes en Luca, como homenaje al séptimo arte. Admirador confeso del cine de Hayao Miyazaki, conocido por El viaje de Chihiro, como también de Federico Fellini, Wes Anderson, entre otros. Por lo que destacan los afiches de películas como La Strada en las calles del colorido pueblo, Vacaciones en Roma y guiños a cintas como El Rey León cuando sus protagonistas miran el cielo y se preguntan el significado de las constelaciones.

Lo cierto es que los elementos que deliberadamente el director ha incluido en esta película para hacer alusión a su cultura cinematográfica son considerables. Pero con respecto al argumento es inevitable pensar en La Sirenita y la restricción que los seres marinos tenían de contactar a los altamente peligrosos humanos. 

Jacob Tremblay, aquel niño galardonado que destacó por su actuación en La Habitación en el 2015, no ha parado de trabajar y hoy a sus 14 años ha dado la voz al personaje principal de este film. Por otro lado, en el papel de Alberto destaca Jack Dylan Grazer, conocido por su actuación en la película It. Acompañan Sacha Baron Cohen como el tío Hugo y Emma Berman como Giulia. 

Pixar debe escuchar las corrientes que van marcando las tendencias en el mundo. No hacer oídos sordos como lo hizo Disney cuando no aceptó el pedido de sus seguidores para presentar a Elsa de la película Frozen como un personaje LGTBI. Sin embargo, algo está cambiando y no es de sorprender que esta historia plantee figuras distintas a las que por muchos años Disney nos ha tenido acostumbrados. Giulia, es una niña impetuosa, capaz de confrontar a quien dude de sus capacidades. Un símbolo interesante de empoderamiento femenino y que se aleja del discurso conservador y patriarcal. 

En el mes del orgullo, donde se celebra a la comunidad LGTBI en su lucha por obtener los mismos derechos que las mayorías tienen, una película animada casualmente gráfica una realidad muy sencilla, pero dolorosa. Llamamos monstruos a todo lo que sea diferente y anormal, según lo que como sociedad se ha normalizado y legitimado. Ponemos la lupa sobre asuntos irrelevantes de la condición humana, por no profundizar en los océanos de cómo nos relacionamos como especie. 

A 35 años de la creación de los Estudios de Pixar, sus productores han elegido el mismo día de lanzamiento que tuvo hace 11 años Toy Story 3. Marcar tendencia hoy es apostar por la inclusión y por dejar de lado conceptos que sólo han alimentado el miedo a la diferencia. Parece que atrás ya han quedado las historias con las que miles de niñas crecieron soñando con el  príncipe azul y un sistema obsoleto de nobleza. Una nueva era también se refleja en la animación. 

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Disney-Pixar, Enrico Casarosa, Luca

Se lee recurrentemente en las redes sociales las palabras de satisfacción de muchos ciudadanos por haber sido beneficiarios del plan de vacunación anticovid y en algunos casos describen como placentera la sensación de que el Estado funcione.

No es solo una percepción subjetiva. Es relevante en términos de gobernabilidad democrática que haya un buen sistema de salud pública. Es una piedra de toque de la convivencia social y de la inclusión ciudadana que lamentablemente todos los gobiernos de la transición post Fujimori descuidaron con punible indolencia.

Se espera que el gobierno de Castillo le ponga especial énfasis a ello. Se ha dicho y escrito que se va a aumentar el presupuesto en salud pública y que los reajustes tributarios obedecen a esa intención.

Ojalá el nuevo gobierno sea capaz de integrar los sistemas de seguridad sanitaria y de provisión de salud pública (SIS, EsSalud, Minsa), que se anime a revisar con buen criterio el desastre que es la regionalización de los servicios de salud (se han vuelto un antro de corrupción), que sea capaz de reformar el manejo mafioso que se ha entronizado por parte de oligarquías sindicales refractarias a cualquier cambio en el sector (de repente, al ser un gobierno de izquierda le resulta más fácil domeñar a los colectivos sindicalistas).

Tanto Hernando Cevallos como Pedro Francke, los dos alfiles programáticos de Castillo, han formado parte, directa o indirectamente, del Foro Salud. Son plenamente conscientes de la problemática y de los posibles caminos de solución.

Hoy la urgencia es la pandemia y al respecto ojalá se apueste por la continuidad de equipos (inclusive de Oscar Ugarte o Fiorella Molinelli en sus respectivos cargos), hasta que concluya el proceso de vacunación que tan exitosamente ha empezado a funcionar en el país.

Esta vez, la eventual reconstrucción de la clase media -si se maneja la economía con sensatez- (ha disminuido casi a la mitad producto de la recesión pandémica) no puede soslayar la provisión de unas buenas salud y educación públicas, factores esenciales de edificación de ciudadanía inclusiva en el establishment del que todos los peruanos debemos sentirnos parte.

Si Castillo se olvida del despropósito de llevar al país al despeñadero político con una Asamblea Constituyente, y logra aumentar la recaudación fiscal y construir un sistema eficiente y digno de salud pública, habrá puesto un enorme grano de arena en la construcción de una cabal identidad nacional republicana.

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Pandemia, Pedro Francke, Vacunación

UNO

Gordo culón y caucásico, una alopecia lo acompaña desde tiempos pretéritos. Cuando es interpelado sufre de una incontinencia verbal. Su presencia, en el escenario político, es una secuela natural de la aparición del hombre-ridículo en la presidencia de los EE.UU.  Ante las cámaras, una pregunta incómoda y pertinaz lo acecha, la entrevistadora no ceja en su empeño. El candidato refunfuña, no se disculpa, monologa: “Soy dueño de la verdad pues, no necesito disculparme; soy millonario, carajo”.

“Darle vivienda, en un hotel 5 estrellas, a una niña violada es lo máximo que puedo darle de cariño”.

La blonda periodista lo interpela: “Hay un gran porcentaje de niñas de 9 y 12 años que son violadas, ¿piensa que es justo que den a luz?”.

“Entonces Ud. es asesina, quiere matar a dos personas”.

El Opus Dei ha parido 2 personajes en el ámbito político: Ambos célibes. Ególatras y bizarros.

Cada viernes, en su cubículo privado, con el torso desnudo, se arrodilla y empieza la flagelación. En ese momento, siente levitar, acercándose cada vez más a su Dios, a través del dolor. La mayoría, a eso, le llama sadomasoquismo.

Conservadores, católicos, protestantes, etc. se identifican con el orondo personaje. Sea por su autoritarismo, antifeminismo y homofobia. Gente que siente temblar, el piso de sus creencias, ante los cambios en la sociedad.

George W Bush era un converso también. Oró, con su gabinete, para tomar la decisión de invadir Irak. No encontró las armas de destrucción masiva; pero sí, encontró petróleo.

DOS

“Me interesa un comino esta elección, es lo que menos me importa en la vida…métanse la alcaldía al poto, a mí que me importa la alcaldía…” Lourdes Flores Nano – candidata a la Alcaldía 2010

Salida de un partido de derecha, del que solo quedan escombros. Lourdes, caderona de pelo frondoso y ya sesentona. Abogada de cierto prestigio y arropada; eso sí, con un poncho de marca. Locuaz, habla de maniobras fraudulentas en un puñado de mesas. Luego se contradice “hubo fraude”, y sentencia: “Keiko ha ganado en las mesas”. Días después, manifiesta, sin ruborizarse “hubo penetraciones en mesas”.

Queda en ridículo al denunciar fraude, porque los personeros  y jefe de mesa tenían el mismo apellido; insólito, porque es algo común en los pueblos del Perú profundo. No sorprende, es el desconocimiento inequívoco de parte de la derecha contumaz.

“Lo que me pasa hoy día es que, precisamente, no tengo ningún interés, no tengo en juego nada, pero sí tengo un sentimiento democrático”.

Conocido es el aporte financiero de Odebrecht a su campaña política. Hay pendiente un juicio. De la incólume e impoluta Lourdes, que emergió en 1985, ya no queda nada. Solo resquicios de una, impenitente fujimorista, que busca por todos los medios, desacreditar las instituciones democráticas.

TRES

“Nosotros somos socialistas y nuestro camino a una nueva Constitución es un primer paso, y si tomamos el poder, no lo vamos a dejar. Con todo el respeto que se merecen ustedes y sus pelotudeces democráticas, preferimos quedarnos para establecer un proceso revolucionario en el Perú” – Guillermo Bermejo

Piel cobriza, altisonante y con discursos cadavéricos de los años setenta. Genuflexo ante su líder Cerrón (“la sentencia es una error judicial”). Pareciera que no entiende que su discurso y posición, están a contramano con el presente.

Acusado de terrorismo, fue asilado político de la Venezuela de Maduro. Tiene pendiente un juicio.

En las antípodas de la izquierda moderna, es un conservador recalcitrante y supinamente ignaro en otros temas.

“No podemos estar en los mismos caminos que el Nuevo Perú y ellos […] No vamos a aceptar que nos vengan a imponer (…) género o aborto y tanta vaina, ahorita”.

Cuanto se dejan sentir Bedoya, Barrantes y Pease en el horizonte político.

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Guillermo Bermejo, Lourdes Flores, Rafael Lopez Aliaga

La crisis política que llevó a la disolución del Congreso en el 2019 fue a causa de la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional. En esa oportunidad, se quiso hacer una elección que sirviera a los intereses de la mayoría fujimorista. Hoy la historia se repite, no como tragedia sino como una comedia bufa de un Congreso que es un remedo de sí mismo.

Con la única intención de constituir un Tribunal Constitucional a su medida y que sirva como obstáculo a toda iniciativa de reforma o cambio que quiera implementar el próximo gobierno, quieren tener por la vía de la leguleyada, el poder que les fue negado en las urnas. Este es un problema tanto de legitimidad como de legalidad.

Nadie discute que la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional es una facultad constitucional del Congreso, pero a veinte días de vencer su mandato, los congresistas peruanos quieren conformar, entre gallos y medianoche, un Tribunal Constitucional que carecerá de toda legitimidad por lo turbio de su origen. Los parlamentarios, muchos de ellos de nivel precámbrico, no se dan cuenta que si llegan a perpetrar su despropósito generarán una enorme crisis política de consecuencias desconocidas.

En un alarde de su necedad y poco respeto a la institucionalidad han decidido ir en contra de un mandato judicial con tal de salirse con la suya. Esto hará, además de ilegítima, ilegal la elección de los magistrados, que si tuvieran un poco de vergüenza y modales democráticos, renunciarían a una elección espuria. Como la ignorancia es siempre atrevida, los sectores mayoritarios del Congreso, han llegado al colmo de sacar un comunicado en el que señalan que no acatarán la orden de un juez, porque a su parecer no tiene la debida motivación y es transgresora de la separación de poderes.

Parece que no se percatan que quienes están transgrediendo la separación de poderes son ellos y no la juez que declaró fundada una medida cautelar para que no se produzca esta elección. Al Poder legislativo no le compete pronunciarse sobre la debida o indebida motivación de una resolución judicial. Lo democrático y legal es que si no están de acuerdo con una resolución judicial pueden apelar, pero no desconocerla porque creen o consideran que no está bien motivada. De lo contrario, cualquiera que crea que una resolución judicial que no le da la razón podría ser desconocida sólo porque le parece que no está debidamente motivada, sin necesidad de recurrir a la instancia superior. Sería el estado de la barbarie de la que parece que muchos congresistas aún no han salido.

Cuando Montesquieu propuso la separación de poderes como base de un sistema republicano de gobierno, lo hizo porque sabía que “para prevenir el abuso, es necesario, por la naturaleza misma de las cosas, que el poder límite al poder” (Espíritu de las Leyes, Libro XI). Pues bien, lo que ha hecho el Poder Judicial es limitar el poder abusivo de un Congreso que no ha sido capaz de cumplir con su propio reglamento de selección de los magistrados del Tribunal Constitucional.

Hablando precisamente de la falta de motivación, la resolución judicial que otorga la medida cautelar lo hace, entre otras cosas, porque el Congreso no ha cumplido con el artículo 35 de su propio reglamento de selección de magistrados al Tribunal Constitucional que exige la motivación respecto a la calificación de los postulantes. Motivación que no ha sido realizada ni publicada en ningún lugar, como manda dicho reglamento. Entonces, no es que el Poder Judicial haya transgredido la separación de poderes, sino que ha cumplido con su trabajo de mantener el equilibrio entre ellos evitando la ilegalidad y el abuso.

El equilibrio de poderes busca precisamente que cada uno, dentro de sus funciones y prerrogativas, contenga los ímpetus de abuso del otro. En este caso, el desconocimiento de la resolución judicial acarrearía la ilegalidad de la elección de los magistrados si es que el Congreso continúa con su despropósito.

Esto nos lleva a un punto más de fondo que se deberá discutir con calma y a profundidad. El origen político y la necesidad de un Tribunal Constitucional. Con un Congreso unicameral el Tribunal Constitucional se vuelve una especie de senado integrado por siete miembros que el pueblo no ha elegido, pero además se convierte en una cuarta instancia en toda materia, desde impuestos hasta libertades, en la que sólo siete personas pueden enmendar la plana a tres instancias del Poder Judicial. Por eso se vuelve la pepita de oro de todos los políticos, porque el control sobre el Tribunal Constitucional supone el control sobre toda decisión relevante en el país.

Este será uno de los tantos temas que aún quedan pendientes para una reforma de fondo sobre la estructura de nuestro estado. Pero mientras no se dé, lo democrático es cumplir con la institucionalidad, legalidad y legitimidad de un Tribunal Constitucional que no sea el resultado de componendas y negociados que quieran desconocer la voluntad popular al intentar frenar las reformas que el pueblo ha pedido con la elección de un gobierno que ha prometido un nuevo pacto social. Esa ha sido la opción ganadora y la que todos debemos respetar.

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Congreso, Tribunal Constitucional

Aunque suele ser uno de los lugares comunes más eficientes para esconder la desinformación y el prejuicio hasta racista, es falso que considerar al mundo rural peruano como el futuro del país sea idealización o condescendencia culposa. Es más bien mirar la acción política con lógica, pero desde la amplitud y la multidisciplina. No es cualquier circunstancia ser cuna de civilización junto a otros seis entornos del mundo. El mérito no está en la antigüedad ni en la exclusividad, sino en la capacidad colectiva de crear una solución material y tecnológica sostenible frente al desafío de asentarse en una geografía para dejar atrás la tribu, el nomadismo y la endogamia.

Lo llamo genio civilizatorio andino, e implica una epistemología y una filosofía moral que deben mirarse más a menudo, para así calibrar mejor su vigencia y su grandísimo potencial de aportes. Para el peruano pre-colonial, la naturaleza es una totalidad sistémica viviente, diversa, dinámica, sapiente, volitiva y comunicativa, por lo que se manifiesta con frecuencia, aunque sin mostrar nunca su total e inimaginable inmensidad. Lo hace, por ejemplo, a través de plantas que pueden retirarse ante la vehemencia humana, activar nuestros sentidos al tomarlas o curar pendientes emocionales específicos con la empatía de una terapia conversacional; y de animales capaces de transferir poderes o fuerzas vitales internas. Por medio de fenómenos de escala astronómica que buscan conservar los equilibrios convenientes en medio de la mutancia general de las cosas, o de familiares cuya presencia física ha prescrito pero no han muerto, sino que sus espíritus reposan en una dimensión desde donde se comunican – para protegernos – vía energías que se expanden en ceremonias colectivas. El hombre es parte natural de este concurrente e inclusivo equilibrio, por tanto ni excluye ni pretende andar solo por la vida, porque esto sería contraproducente para su salud emocional – que requiere de  calor comunitario – y para el óptimo ejercicio de sus responsabilidades cósmicas con la especie, la comunidad y la familia. Por la misma razón, tampoco descuidará su propio equilibrio biológico saludable. Y mucho menos querrá dominar y deteriorar el soporte natural que le provee agua, alimentos, sabiduría y vida, sino que buscará resguardar y optimizar su sostenibilidad. Son ciudadanos de la madre tierra.

Esta realidad así concebida, que no es literatura garcimarquezana y puede perfectamente corroborarse, lleva a un entendimiento del evento cognitivo muy opuesto al del canon occidental, que ciertamente es cada vez menos hegemónico, a partir del arribo de corrientes como las teorías de los sistemas complejos, la física cuántica u otros, que han abierto la puerta a todo una nueva concepción del acto de conocer. La filosofía andina dialoga y coincide con esta vanguardia epistemológica, aunque sus convicciones no proceden de la abstracción racional y la aproximación estratégica del científico, sino de la experiencia cósmica cotidiana. Así, si la naturaleza es una morada cuya inmensidad supera nuestra razón y sólo se presenta parcialmente, entonces no hay posibilidad de verdades finales – todo es subjetivo y contingente entre nosotros – y, por lo tanto, no cabe la exclusión definitiva de ninguna perspectiva o persona: más bien se debe buscar lo contrario en casi todo momento, porque enriquece la posibilidad de soluciones. Y dado que la realidad física natural es un equilibrio de diversidades que se debe proteger, el invento técnico siempre será poco intrusivo frente al ambiente intervenido, y la salida para el daño disfuncional siempre será un reequilibrio paciente y progresivo de todas las fuerzas, una regeneración. Y en el extremo necesario, las secesiones y abstenciones serán empáticas con todas las partes implicadas, humanas o no. Finalmente, no hay hacedores y pensadores en la comunidad, todos son ambos, bajo la premisa de que es más fecundo buscar equilibrios que incluyan a la totalidad de actores con poderes relativamente similares, y de que nadie quiere ejercer derechos de autor para diferenciarse y quebrar la divulgación recíproca de los hallazgos técnicos. El exceso de saber, sin hacer o ser, hace daño en la filosofía pre-hispánica.

Estamos ante grandes planificadores, guardianes e innovadores de la diversidad natural, y en muchísimos contextos de extrema adversidad (por algo controlan las alturas del país que hasta hoy nadie conquista). Hay todo un increíble acervo de conocimientos y tecnologías capaz de derrotar a nuestro endémico subdesarrollo, porque han sido cientos de generaciones las que han vivido bajo esta cosmovisión y con este espíritu de creatividad colectiva, y porque el genio civilizatorio andino tuvo un altísimo y sofisticado conocimiento de la realidad físico-natural y sus energías, desde sus núcleos más elementales e imperceptibles (niveles cuánticos) hasta su dinámica astral. Con esos contenidos y esa cultura productiva, se construyen grandes reinos naturalistas y soluciones tecnológicas. Paso a mostrar sólo una parte de tres de sus principales dominios civilizatorios, que casualmente hoy son críticos en el Perú y en el mundo: el  agua, la alimentación y la salud.

En dos o tres décadas, a más tardar, empezarán a darse severos problemas de abastecimiento de agua en todas las ciudades costeras del país. Lima, por ejemplo, es una de las ciudades con mayor estrés hídrico del mundo, lo que se agrava considerando que en el 2050 seremos el doble de capitalinos. Pese a que estamos imposibilitados de acceder a las más modernas tecnologías de captación de agua, por diversas razones ya planteadas en anteriores columnas, seguimos olvidando o ignorando que la civilización andina aseguró la llegada de este insumo a todo su inmenso territorio, enfrentando con ello el problema de la estacionalidad de lluvias y las repentinas sequías de la sierra. Lo hicieron a través de las milenarias mallas de riego que, de generación en generación, fueron ampliando y perfeccionado, incorporándoles diversas ingenierías de obtención, recepción y traslado del líquido elemento.  En este momento, la cooperación internacional y el Estado peruano estudian, a 4000 metros de altura – distrito de Huamantanga, al norte de Lima región – una tecnología Wari de traslado del agua de la lluvia a los canales habituales del suelo y subsuelo, a través de grandes cuencos receptores (llamados amunas) cuyos filtros naturales son conectados a trasvases artificiales por donde el agua viaja hacia su cauce natural, elevando la cantidad de recurso disponible. De la reparación de las muchas amunas dañadas u olvidadas – lo que está en manos de Sedapal – depende el abastecimiento de agua potable de las ciudades de la costa para las décadas próximas.

La alimentación es otro genio civilizatorio andino. Se divulgó hace poco, por las celebraciones del Día del Campesino, que la agricultura familiar peruana produce el 80% de nuestra alimentación. Vale y mucho, pero se quedaron cortos: podemos alimentarnos sin depender de ninguna otra economía, lo puede hacer cada región incluso, y con los productos más nutritivos del planeta. Esto no sólo responde a la riqueza genética de la cordillera, sino a que la inventiva andina desarrolló muy eficientes técnicas para la conservación, el transporte a distancia y la optimización nutricional de alimentos, vía efectivos métodos de deshidratación. Con esta práctica se alimentó – con una calidad que hoy no nadie tiene en el mundo y acaso nunca más se tuvo – a millones de campesinos por siglos, en un territorio de dimensión continental. La falta de soberanía y de seguridad alimentaria nos cobrará factura durante la inmediata post-pandemia, y será un grave problema civilizatorio en pocas décadas. Los pocos países del mundo que puedan enfrentar con facilidad este contratiempo tendrán una enorme ventaja geopolítica. El Perú puede ser uno de esos elegidos históricos, si por fin nos reconocemos y aprovechamos lo nuestro.

Y también la salud – variable crítica para nuestros sueños de progreso – fue muy bien gestionada por los antiguos peruanos. Es bastante obvio que no nos alcanzan los recursos – de todo tipo – para tener servicios médicos de calidad y cantidad suficiente, y que el mercado mundial de los químico-farmacéuticos es excluyente y nocivo con las sociedades pobres. La sanación andina, mientras tanto, es muchísimo más barata, porque utiliza dietas, consumo de plantas – mucho más activas y asertivas de lo que solemos creer -, intercambio de energías con animales y contacto general con la naturaleza para lograr el retorno del equilibrio saludable. En realidad, lo que necesita que la medicina occidental peruana, dueña de nuestra institucionalidad de gobierno en el sector, se abra al mestizaje epistemológico y decida sumar a su complejidad, al mismo tiempo que enseñar lo suyo. Adquirir el conocimiento pre-hispánico de botánica y zootecnia podría implicar una revolución medicinal y científica del Perú para el mundo.

Gran parte de todos estos contenidos civilizatorios, claramente vigentes, son también promisorios porque siguen vivos en las más de 8000 comunidades rurales que, según los cálculos, existen en la sierra peruana, algunas veces en condición de total desconexión. No son saberes que se encuentran en las zonas urbanas de la sierra ni en las pequeñas aglomeraciones de las carreteras de las alturas mayores. Tampoco en las extensas propiedades agrícolas dedicadas al comercio de gran escala. En todos estos lugares, la filosofía civilizatoria es finalmente occidental, obviamente con un muy alto grado de mestizaje. Y por esa razón ahí – o en la escuela o cuando vienen a Lima – los campesinos refuerzan el sentimiento de vergüenza que les fue inoculado en la colonia, y la convicción de que lo sensato es dejar la vida agrícola y buscar la ciudad. Enferman así sus autoestimas y las de sus proles, mientras reman a kilómetros de lo que ambicionan y dejan morir el genio civilizatorio que necesitamos, y el único entorno donde podrían obtener mínima calidad de vida. El Estado peruano nunca ha visto riqueza en las comunidades rurales, y más bien – desde Bolivar – siempre ha querido parcelarlas en propiedad privada y desconocer legalmente su posesión grupal, con fines de facilitar su venta y hacerlas productivas bajo parámetros de monocultivo en grandes extensiones, lo que extingue la diversidad y fertilidad de las tierras. Es la lógica de la competitividad  capitalista occidental, opuesta en aspectos centrales a la cosmovisión pre-hispánica, y que siempre ha terminado en la explotación de migrantes campesinos que apostaron por lo nuevo, y luego no tienen los insumos para hacerse valer en el mercado ni pueden volver atrás porque vendieron o dejaron lo suyo. Es el mismo sentido común que se pone de lado de las empresas mineras cuando hay conflictos sociales por razones medio-ambientales.

Esta mirada – contenida en una economía del desarrollo neoclásica (liberales, pues) – domina la academia y el sector público peruanos desde los noventa, cuando se sumó a nuestro occidentalismo colonial republicano. Luego de una reforma agraria – que fracasó en su intento de cooperativizar a las comunidades – y del abandono en la década de 1980, se pasó la implementación un conjunto de programas sociales donde la unidad comunidad rural casi no existe, porque el objetivo casi siempre es hacer competitivos a los agricultores campesinos, y eso pasa por darles títulos individuales de propiedad y atomizarlos. Incluso el muy descriptivo término agricultura familiar, introducido por la FAO y facilitador de muchos entendimientos, es una conservadora negación de la realidad colectiva y un contrabando ideológico en favor de la venta de tierras. Hasta hoy, el Estado peruano no cuenta con un registro centralizado y definitivo de las comunidades campesinas de la sierra, pese a que su existencia colectiva es norma oficial desde los tiempos de Leguía. Sucede que no cualquier quechua-hablante puede hacer valer sus derechos en el Perú, y más bien son presa fácil de las conspiraciones institucionales y administrativas de los gobiernos de turno.

Es la riqueza civilizatoria de los Andes lo que necesitamos, que es de gobernanza comunal. Ellos no tienen ningún futuro de largo plazo bajo el orden competitivo global, salvo mayor deterioro: son brechas demasiado grandes las que tendrían que superarse. El único derrotero razonable es regenerar y conservar la trama y el contexto histórico de las comunidades rurales, poniéndolas en el centro de nuestras políticas nacionales, y dándoles el poder y los recursos necesarios para que puedan descolonizarse y recordar su valor histórico. Es necesario revitalizarlas a partir del acopio y la divulgación de conocimientos de los cerca de 6000 sabios ancianos que, según se calcula, todavía viven en el territorio que ocupa, por lo menos, la cuarta parte del suelo peruano. No sólo tienen un vasto y sorprendente entendimiento del pensamiento y hacer de sus ancestros, sino que transmiten y transfieren una energía muy reconstitutiva. El camino ideal, y quizá el único que permitiría lograr los objetivos aquí propuestos, es que la próxima constitución – que tarde o temprano vendrá – reconozca a la nación quechua como parte del Estado plurinacional peruano. Eso les garantizaría un orden de gobierno propio (hoy desmembrado pero visible), relevantes consideraciones culturales y representación política en el congreso, lo que hoy increíblemente no tienen. Ellos saben muy bien cómo reconstruirse, y el exceso de intromisión centralista de nuestro aparato público – si decidiera con sinceridad apoyarlos – únicamente ralentizaría un proyecto que es urgente. Nunca la sociedad andina se ha cerrado a occidente ni a su comercio, su filosofía y su historia son de apertura a la diversidad. Pero, como ha atestiguado nada menos que el gran Erick Hobsbawm – que sabía leer el espíritu de los pueblos -, los campesinos peruanos tienen una aguda conciencia de lo que hace peligrar su naturaleza, así como la paciencia ancestral necesaria para recogerse y seguir esperando el momento oportuno de expandirse. Con o sin nosotros, claro está.

* Este texto ha podido terminar su forma y conclusiones gracias a la muy valiosa información y perspectivas que me han provisto los esposos Javier Trigo y Noelia Pérez, grandes promotores, estudiosos y ciudadanos de la civilización andina, y el taita Santiago Agui de Cerro de Pasco, depositario de la sabiduría cósmica de los antiguos peruanos.

Pedro Castillo cometería un grave error si despliega una estrategia de acercamiento al centro en base a prebendas cuestionables. Hemos visto, felices de la vida, a los representantes de Podemos (el partido de José Luna) visitar al presidente electo y ofrecer todo su apoyo. ¿A santo de qué?
Por cierto, con ese respaldo le alcanzaría para librarse de una eventual vacancia. Tiene 37 votos propios, 5 de Juntos por el Perú y con los 5 de Podemos sumaría 47, necesitando 44 para estar a salvo.

El problema es que los apoyos que se aprecian se están cocinando entre gallos y medianoche. Sería inadmisible, por ejemplo, que a los pocos meses del nuevo gobierno una flamante Sunedu decida otorgarle permiso de funcionamiento a la clausurada universidad Telesup u otorgarle el permiso a otro grupo universitario vinculado a Alianza para el Progreso para operar en el sur (sumando otros 15 votos a la bolsa parlamentaria).

Lo que se espera es un pacto con el centro congresal, que suma en total 44 votos, que incluya varios compromisos explícitos: primero, la no convocatoria a una asamblea constituyente; segundo, respaldo a las modificaciones tributarias que Castillo quiere hacer en el sector minero; tercero, protección contra cualquier pedido de vacancia; cuarto, eventual apoyo a algunas reformas constitucionales muy puntuales (bicameralidad, acotamiento de la vacancia y las cuestiones de confianza, quizás regulación sobre los oligopolios, etc.); quinto, apoyo en la elección de los magistrados del TC y directores del BCR; sexto, alguna participación de representantes de los partidos del centro en el Ejecutivo. Y así.

De eso se trata un pacto político. Pero Castillo sabe que tiene que dar algunas concesiones y la más importante de todas es que se comprometa a no pretender disolver el Congreso en base a cuestiones de confianza y, por ende, que renuncie a la idea polarizante y confrontacional de convocar, a las buenas o a las malas, a una Asamblea Constituyente.

La polarización del país y la fragmentación del Congreso obligan a que el gobierno entrante establezca pactos políticos de primer orden para asegurar la gobernabilidad. No arreglos o enjuagues de poca monta con el solo afán de sumar votos en el Congreso que impidan su vacancia. Eso no sería alta política. Sería el despliegue de jugarretas encubiertas, de politiquería barata.

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Una imagen queda en la retina después del partido del lunes, contra Brasil. El tobillo doblado de Gianluca Lapadula, todo el pie hecho hacia un costado, y el rostro de dolor del delantero cayendo al suelo. Las manos a la cabeza, a la nuca, a la frente, de todos los peruanos. Se lesionó el nueve, se acabó el partido, perdimos una vez más. 

Y sí, perdimos. Una vez más. Contra Brasil, el verdugo de todos, el equipo invicto lleno de estrellas de Play Station. Pero no perdimos al nueve. Lapadula, tendido en el piso, aceptó el dolor, se entregó a él, se paró, pisó una, dos, tres veces, y siguió corriendo. Con esa máscara que ayer no era un protector nasal, sino el casco de un luchador greco romano. Con un pie doblado así, Pizarro hubiera salido en camilla y directo al avión. 

Lapadula es el triunfo más grande de Perú en esta Copa América. Un crack. Él, con la nueve en la espalda, en sí mismo, vale más que un partido y que un gol. Hoy, Perú tiene un nuevo delantero titular, el reemplazante claro a Guerrero y Farfán. Dígase y repítase: el nuevo titular. Su virtud principal es el carisma: ha capitalizado a través del sentimiento, la confianza de todo un país futbolístico, y le da así vida a una ilusión. 

Ojalá el pago a Lapadula por este impresionante último mes con Perú, donde encontró goles y determinación, sea conseguir un equipo para protagonizar. En el Leicester, en Mónaco, en la primera de Italia o en la segunda. Donde sea, pero jugando. Motivado, con objetivos, y con goles. Su paso por Perú será breve, pues en pocos años ya será un delantero veterano. Pero mientras esté, no caben dudas, va camino a la leyenda.

En dos meses, toca Uruguay. Ningún partido de la Copa era más importante que Uruguay en Lima, para ir al Mundial. Perú ha probado jugadores nuevos y ha encontrado algunas respuestas. Lapadula es la más visible, pero no la única. Detrás suyo, hay uno que se confunde con Cueva y hace recordar al típico jugador peruano desvergonzado, con cintura y baile. 

Raziel García no es una confirmación. Con tres partidos, entrando desde la banca, es imposible serlo. Es más una agradable sorpresa. Es el recuerdo de que la habilidad más notable de Gareca ha sido encontrar pólvora donde tantos antecesores suyos solo pudieron producir polvo. A punto en lo físico y quizás saliendo pronto del cabizbajo fútbol peruano, es una opción para las próximas doce finales rumbo a Qatar.

Pasos atrás en la misma banda izquierda, Trauco tiene reemplazo y ya no solo un suplente. Gareca ha persistido por años con un jugador originario de Cristal que supo irse rápido a un fútbol de más competencia y mejor formación, la liga de Estados Unidos. Marcos López encontró la titularidad en el San José ya hace mucho, y cuando le toca con Perú entra con ganas, decidido a pelear el puesto. 

Sergio Peña hizo una temporada excelente en Holanda. Encontrará equipo en primera pronto y volverá a la competencia. En Perú, ha logrado entrar en el universo de opciones para ser titular. Bastaba un par de encuentros para descubrir su noble pegada y su toque rápido. Falta contundencia, pero eso sería mucho pedir a cualquier jugador peruano. Quizás con los años. 

Algunas otras conclusiones para Perú. Ha llegado el momento de despedir de la selección, quizás no rápida pero sí decididamente, a Ramos y a Corzo. El primero es una insistencia ante la falta de respuestas que encuentra Gareca en Abram, Araujo, Santamaría o Callens. Pero el único camino al éxito es la perseverancia, y Ramos es un jugador cuyo ritmo actual está muy por debajo de la alta competencia sudamericana. 

Si se reconcilia con Zambrano, Ramos debe quedar en el olvido. Y hay que rotar entre los más jóvenes, que se mantienen en la alta competencia internacional. Hay que saber qué pasó con Abram, y por qué Araujo no le parece una solución al técnico. Pero el camino es la insistencia. Y sino, habrá que encontrar respuestas en el torneo local, no en el pasado.

Aldo Corzo, con casi cuarenta partidos en selección en más de diez años involucrado, es un jugador con notable experiencia y oficio. Pero Perú no es una selección que mira al presente, sino al futuro. Como cualquier equipo chico. Y perseverar en un lateral incapaz de proyectarse y que es superado cuando el rival aprieta el acelerador,  no le hace bien a un fútbol cuya mayor debilidad es la variante. Y ahí están Lora y Lagos.

Aunque no estuvo, el otro que va quedando fuera del universo de Gareca es Farfán. Suena mal agradecido decirlo, pero Jefferson ya no es necesario. Merece un gran partido de despedida y pasar al retiro internacional. Detrás suyo, se clasifique o no al Mundial, es momento de probar variantes, si Lapadula o Guerrero no están. Y si persevera el técnico en un jugador roto en lo físico y al borde del retiro, peligra, nuevamente, el futuro. 

Perú se alista para Uruguay, la primera de las finales en menos de seis meses. Colombia por el tercer puesto es un premio consuelo a una Copa América que dejó conclusiones positivas. Sobre todo, la revalidación de entrar en un séptimo año de Gareca con motivación y buen ritmo de competencia. Ojalá no sea el séptimo malo. Ojalá no sea el séptimo y último. Ojalá llegue a once y más. 

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Lapadula, Raziel García, Ricardo Gareca

El pasado 21 de junio el Tribunal Constitucional emitió la sentencia 641/2021, la cual abre la puerta para traer abajo una de las instituciones patriarcales más naturalizadas que tenemos: la obligatoriedad de poner el apellido paterno en primer lugar.

La máxima instancia judicial del país, a través del análisis de un caso concreto, establece que, cuando el artículo 20 del Código Civil señala “que al hijo le corresponde el primer apellido del padre y el primer apellido de la madre”, no puede interpretarse una jerarquía, por lo tanto, no debe obligarse a las personas a usar como primer apellido el paterno.

Es interesante notar como el TC, en su argumentación, reconoce que existe un contexto histórico de discriminación hacia las mujeres; por lo que la práctica de generar un orden de prelación entre los apellidos responde a lógicas de exclusión que el Estado debe enfrentar para garantizar el derecho a la igualdad en el ámbito familiar y el derecho a la identidad.

En concreto, el TC señala que los padres y las madres deben ponerse de acuerdo en el orden de los apellidos, por lo que exhorta al Congreso a modificar el artículo 20 del Código Civil, estableciendo los mecanismos para la resolución de discrepancias entre los progenitores.

Con estas definiciones se abre una gran oportunidad para que las y los congresistas se comprometan con la igualdad y recuperen los proyectos legislativos que se encuentran en el Congreso – desde el 2017-  sobre esta materia.

Recordemos que, la primera legisladora que plantea esta iniciativa fue la ex congresista Marisa Glave, quién advirtió lo discriminatorio de la norma y su impacto sobre la vida de miles de personas. A su proyecto de ley le siguieron otros que acumulados lograron un dictamen aprobado en la Comisión de la Mujer y opiniones favorables de diversos sectores.  A la luz de la actual sentencia del TC se requiere exonerar de dictamen en la Comisión de Justicia y Derechos Humanos, para que la propuesta sea priorizada y pase directamente al pleno, sea debatida y – esperemos-  aprobada; garantizando que el contenido y los mecanismos para la solución de discrepancias entre las partes, respondan a criterios de no discriminación.

A pocos días del bicentenario este Congreso tiene una última pero gran oportunidad para contribuir con la igualdad, modificando una norma patriarcal y que ha perpetuado relaciones desiguales en las familias, así como limitado el derecho a la identidad. Muchas madres, padres, hijos e hijas, lo agradecerán.

Es tiempo de garantizar  #ApellidosEnIgualdad.

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Apellidos, familia, Tribunal Constitucional
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